Como en todos los viajes, el aeropuerto de Barajas me acompaña el tiempo suficiente como para hacerme sentir ese estado de ánimo ligero y juguetón que siempre ayuda a dejar la ciudad sin pena, con un interés curioso. Ayer, después de un par de copas, yo defendía la existencia de una república pannacional de aeropuertos, deslocalizada y arborescente, como una red de embajadas sin país, ya que un aeropuerto se parece, más que nada, a otro aeropuerto. Hoy constato esa impresión, esa idea que tuve gracias al alcohol se corrobora: la misma cocacola cero, en las mismas mesas de formica, sacada el mismo autoservicio, las mismas tiendas Godiva para aquellos que no han tenido tiempo de buscar un detalle para la mujer y deben cumplir con el rito de llevar un recuerdo, las mismas pantallas con las salidas y las llegadas, los suelos pulidos y tan lisos que apetece llevar una maleta con ruedas, las mismas parejas que se separan con lágrimas en los ojos. Algunos amigos, en aquella conversación, me decían que los aeropuertos eran muy distintos entre sí. Yo no lo niego, es necesaria esa variedad (cultural y paisajística) en cualquier república pero vuelvo a insistir en mi idea: a lo que más se parece un aeropuerto es a otro aeropuerto.
Salgo con una hora de retraso pero no me importa. Leo una novela de Pynchon, Contraluz, y, a pesar de llevar 100 páginas, todavía no sé como encajarla, aunque eso sí, es innegable que el hombre tiene un talento deslumbrante para las imágenes.
[Digresión: Pynchon es el único escritor que aparece habitualmente como un personaje de los Simpson, un hombre con una bolsa de papel en la cabeza con una gran interrogación ya que no se tienen imágenes de él (y creo que hoy en día esa es la mejor prueba de la conversión del escritor en un mito pop). Todos los años hay estudiantes que deciden darle caza, obtener una imagen del escritor. Esta actividad, la búsqueda de Pynchon, se ha convertido en una especie de pasatiempo para universitarios, como el Bloomsday para los aficionados al Ulises de Joyce. Parece ser que seguir el rastro de escritores, muertos o vivos, otorga al pasatiempo un aura cultural innegable. Fin de digresión.]
[Inserción desde el futuro: Me encanta el estado de la libreta en la que estas notas de viaje están escritas. En alguno de los viajes a la playa se ha mojado y, tras secarse, el pequeño cuaderno rojo ha quedado manchado y quebradizo en algunos sitios. Parece el cuaderno de notas de un reportero de guerra. Yo siempre quise ser reportero de guerra. Son el tipo de hombres que no tienen problemas para llevarse a una chica a la cama. Se les ve. Ahí en la pantalla tan rudos y valientes.]
Llego al aeropuerto de Tánger y espero una larga cola para sellar el pasaporte. Está bastante vacío, supongo que los marroquíes que vienen en verano esde Francia y España han vuelto ya y que los que vienen en avión, lo hacen sobre todo en agosto. El aeropuerto de Tánger es blanco y de altas columnas decoradas con azulejos. Tal vez sea cierto que existen muchas diferencias entre ellos. Tal vez. Al salir tomo un taxi. No es demasiado caro. Assilah está a 20 km. del aeropuerto y cuesta unos 20 euros. Si viajara acompañado sería más barato pero viajar solo no es barato, ya lo sé de otras ocasiones. Assilah es una medina de casas blancas azotada por el viento en la orilla del mar. Me recuerda a Tarifa. Me pregunto si sus habitantes estarán locos también. Abdul, negro de tanta intemperie, con rastas y dientes también negros me acompaña al riad y me ofrece costo y kifi por el camino. Hay que hacerse al juego. Soy un turista. Soy dinero. No pasa nada. Hace tiempo que no pretendo ser un «viajero», tal y como afirman todos esos gilipollas de la Internacional Papanatas, que diría Quim Monzó.
Doy una vuelta a las 15.00 y, además del calor, es Ramadán y el ritmo de los días es lento, la ciudad recuerda a un lagarto al sol a esas horas. Cuando me he dado cuenta de que los que estábamos en la calle éramos todos turistas vuelvo al hotel a echar la siesta. El riad está decorado con gusto y tiene una televisión que solo sintoniza dos cadenas locales españolas. Escucho música y pienso en las letras de las canciones. Pienso en mi proyecto, en mi librería. Duermo.
Recuerdo haber estado disfrutando de la siesta, refrescado por el aire acondicionado y lo recuerdo ahora [Digresión: este ahora realmente es un entonces], cuando tomo estas notas en la terraza del riad, de madrugada, completamente fumado, después de una noche tomando té y otras cosas con unos amigos marroquíes.
martes, septiembre 14, 2010
martes, septiembre 07, 2010
Aquí y ahora
Aquí y ahora son traicioneras, son palabras que se encarnan en el momento de leerlas en un lugar y un espacio que siempre son los del lector.
Mi aquí es distinto del suyo, ténganlo por seguro. Estoy en Assilah, en Marruecos.
Mi ahora también es diferente. No acabo de entender exactamente en qué pero el tiempo no funciona de la misma manera por aquí. Caben más cosas dentro. Sobre todo pereza.
Ya diré algo por aquí, supongo.
Mi aquí es distinto del suyo, ténganlo por seguro. Estoy en Assilah, en Marruecos.
Mi ahora también es diferente. No acabo de entender exactamente en qué pero el tiempo no funciona de la misma manera por aquí. Caben más cosas dentro. Sobre todo pereza.
Ya diré algo por aquí, supongo.
sábado, agosto 28, 2010
Atardecer
(A David Milch, creador de Deadwood)
(A David, que aún no sabe cuánto necesita verla)
(A David, que aún no sabe cuánto necesita verla)
Esta tarde mientras estaba tumbado en el sofá imaginé a alguien que recibía un disparo en el pecho y pensé que el hombre sentiría el impacto de la bala mucho antes de oír el sonido, pues la bala va más rápido que el sonido y la transmisión nerviosa es prácticamente instantánea, y en cómo sería recibir esa presión en el pecho y no entender nada y justo un instante después oír el disparo y comprender en ese minúsculo intervalo de tiempo que estás muerto. Y más tarde pensé que no era suficiente esa imagen para construir un relato que desde su inicio quiere existir como un cuento del oeste. Porque en los cuentos del oeste siempre suceden muchas cosas, siempre hay un hombre a caballo que hace algo o dice algo o informa a los demás de algo que ha sucedido y que pone en movimiento a los hombres del pueblo que corren a por sus armas y gritan que van a desollar a esos salvajes, si se trata de indios, o que van a desollar a esos cabrones, si se trata de hombres blancos y claro, en este cuento lo que sucede es que el hombre asiste horrorizado a su propia muerte en el pequeño intervalo de tiempo que pasa entre el impacto y el sonido.
Lo importante no sería, por tanto, el relato de los hechos, la narración de lo sucedido sino el punto de vista, el hombre con el tiempo escurriéndose muy lentamente, observando el brillo del agua en el abrevadero, las risas del bar y el estruendo de la música, el polvo en suspensión, el escarabajo escabulléndose a sus pies. No sucedería nada, solo esa impresión de estupefacción que poco a poco se transforma en la certidumbre de estar a punto de dejar de ser, en la convicción de que no habrá milagro posible. Este hombre que ahora comprende lo sucedido, este ser que se observa el pequeño agujero que ha hecho la bala al entrar en el pecho y que, justo después, sabe que se trata de un disparo, está a punto de dejar de comprenderlo todo, se sabe muerto aunque aún no lo está.
Este momento no parece suficiente para ser un cuento del oeste pero el relato no se deja domar e insiste y yo ya no tengo ganas de oponerme a lo que el cuento quiere ser. Así que me dejo llevar por la ambientación y por el infecto olor que surge de la zona de la curtiduría del pueblo minero, por la suciedad de los trajes de todos los habitantes, por los colores de las ropas de las furcias, por esa mirada de desprecio que el recién llegado del Este, siempre un lugar más civilizado que estos poblados que extienden la nación norteamericana hacia el Oeste, muestra hacia todos los que habitan aquel lugar miserable y dejado de la mano de Dios, y sigo viendo al hombre que continúa apagándose lentamente, que ahora ya no es más que un moribundo que se sabe moribundo y advierto que la tierra se ha movido de forma imperceptible y que la sombra del edificio en el que está la casa de postas se ha desplazado un milímetro y veo tres caras que han abierto mucho los ojos después de oír el disparo y contemplo de nuevo al hombre, al moribundo, al muerto en vida, lo veo desplomándose muy lentamente con la mano agarrándose el pecho, con la mano como si fuera un garfio, alrededor de un agujero de bala por el que, siguiendo una trayectoria recta y limpia, un proyectil del calibre 38 ha entrado destrozándolo todo a su paso y reventando parte del pulmón, la aorta y medio corazón y llevándose con él la vida miserable del hombre está cayendo al suelo en este mismo instante.
jueves, agosto 26, 2010
Escena
Después de abrir la puerta contempló los huecos de los muebles y los miró mucho tiempo, los rectángulos de bordes oscuros que el humo del tabaco había ido creando en torno a los cuadros, evidentes ahora que habían desaparecido, las pelusas que se movían lentas, como medusas en busca de una presa, el hueco más claro de la tarima en la zona del sofá. El plano general del hombre, con mirada apesadumbrada mientras suena una banda sonora melancólica y profunda, cambia entonces a un primer plano de su cara. La mirada muestra tristeza y a la vez resolución al mirar a su casa medio vacía. El hombre no llora aunque parezca a punto de hacerlo, se controla, no quiere, a pesar de que no haya nadie para verlo, dejarse llevar por la tristeza, quizá piense que eso no sería viril. Tal vez un ligero suspiro, como si se le escapara y más tarde un estirarse, un poner la espalda recta, como diciéndose ahora, con resolución. Y todo moviéndose con la lentitud propia de los ambientes densos, más densos que el aire, como si hubieran aparecido branquias en su cuello y toda su vida se desarrollara ahora bajo el agua. Su vida lenta y pesarosa, pesada y densa, cargada a la espalda. Un hombre de mediana edad mirando los huecos de los cuadros que ya no están en su casa, mirando las pelusas lentas y etéreas, observando el rayo de luz que entra desde la calle, las motas de polvo, el dibujo geométrico del parqué, la pintura blanca algo sucia por el paso del tiempo, el color ocre de los radiadores, los tres cojines tirados en el suelo de cualquier manera.
lunes, agosto 23, 2010
Viejos
Me fijo en sus manos, que parecen sarmientos, como si las venas azules estuvieran dispuestas sobre la piel y no debajo de ella, con todas las manchas que el tiempo ha ido depositando sobre ellas. Las mueve con habilidad, un poco retorcidas tal vez, afectadas ligeramente por la artritis, pero aún ágiles, pelando pimientos asados, patatas, tomates, envasando verduras asadas en botes con tapa de rosca para conservas, recogiendo la ropa del tendedero. Su ritmo es lento pero de una manera especial, como si fuera el mundo el que se condensara alrededor de ella, esperando.
Veo también a un hombre que regresa de un paseo con un bastón en las manos. Tiene el pelo muy blanco y un bigotito y va vestido con un pantalón ligero de verano y una camisa clara. El sombrero de paja le protege del sol de agosto. Parece tranquilo y feliz de poder dar un paseo por los alrededores del pueblo, de visitar sus castaños o su huerto o sus marranos. Tal vez solo le guste pasear y subir a algún monte y mirar desde allí las vistas, el pueblo de casas blancas en la falda de la montaña y el verde de las encinas. Se le ve ufano.
Pienso entonces que la vejez en un pueblo es mucho más digna que en la ciudad, que en un pueblo el tiempo más que apremiarlos, más que empujarlos fuera del carril central se arremolina en torno a ellos sin apenas rozarlos. Los viejos en los pueblos parecen tranquilos esperando. Los envidio, la verdad.
Veo también a un hombre que regresa de un paseo con un bastón en las manos. Tiene el pelo muy blanco y un bigotito y va vestido con un pantalón ligero de verano y una camisa clara. El sombrero de paja le protege del sol de agosto. Parece tranquilo y feliz de poder dar un paseo por los alrededores del pueblo, de visitar sus castaños o su huerto o sus marranos. Tal vez solo le guste pasear y subir a algún monte y mirar desde allí las vistas, el pueblo de casas blancas en la falda de la montaña y el verde de las encinas. Se le ve ufano.
Pienso entonces que la vejez en un pueblo es mucho más digna que en la ciudad, que en un pueblo el tiempo más que apremiarlos, más que empujarlos fuera del carril central se arremolina en torno a ellos sin apenas rozarlos. Los viejos en los pueblos parecen tranquilos esperando. Los envidio, la verdad.
martes, agosto 17, 2010
Desplazamientos
El hombre maduro reflexiona últimamente sobre ciencia, sobre novela, sobre corpúsculos de dimensión uno que se agitan incansables en torno a un núcleo, sobre hombres afectados de cáncer que deciden cambiar algo en su vida, aunque lo hagan tarde, sobre mujeres elegantes que caminan sobre tacones y se ven enfrentadas a dilemas morales, sobre el tiempo que pasa y que nos amortaja poco a poco con un sudario invisible, que marca nuestras arrugas y blanquea nuestro pelo, sobre la agitación del mundo (el mundo de las supercuerdas).
El mundo se está conviertiendo para él poco a poco en un lugar aún más incomprensible. Le consta. El estudio es inútil y solo le muestra lo insondable de su tarea, la infinita profundidad de la sima en la que flota, buceando a 35 metros, mientras observa la pared cubierta de corales desvanecerse allá abajo, más alla de los cien metros de visibilidad con los que se cuenta en el mar Caribe. Un esfuerzo inútil y, precisamente, por eso, el único que merece la pena hacer.
El hombre maduro recuerda el poema de Cavafis (Ítaca y el camino y la vida) que se ha convertido en un lugar común, en un poema citado por los artículos de psicología de los suplementos dominicales, sé agua, amigo mío, tal y como decía Bruce Lee. Y también recuerda un personaje de una novela de Eduardo Lago que escribía versos en un papel de fumar que utilizaba inmediatamente para liar un cigarrillo y que, tras fumárselo, decía: la gracia está en escribirlos. Y a Pessoa en una habitación lisboeta soñando que viaja, soñando que algún día se atreverá a dejar su rutina de café y licor y marchará como Gauguin a los mares del Sur. A tantos y tantos otros. Y hace esto. Dejar por escrito impresiones, palabras, juegos brillantes como pescado recién sacado del mar, como mares al atardecer, como las gruesas y bruñidas tarimas de roble de los pisos burgueses, como fotones, como gravitones (esa entelequia) fluyendo de un cuerpo a otro a través de las líneas de campo. Como medusas a punto de morir, a punto de perder el agua que necesitan para seguir existiendo, como fuegos artificiales. Cosas sin sustancia, juegos florales.
Y entonces advierte que otra vez, a pesar de aborrecerlo, ha escrito un texto metaliterario. Y entonces dice mierda, otra vez.
El mundo se está conviertiendo para él poco a poco en un lugar aún más incomprensible. Le consta. El estudio es inútil y solo le muestra lo insondable de su tarea, la infinita profundidad de la sima en la que flota, buceando a 35 metros, mientras observa la pared cubierta de corales desvanecerse allá abajo, más alla de los cien metros de visibilidad con los que se cuenta en el mar Caribe. Un esfuerzo inútil y, precisamente, por eso, el único que merece la pena hacer.
El hombre maduro recuerda el poema de Cavafis (Ítaca y el camino y la vida) que se ha convertido en un lugar común, en un poema citado por los artículos de psicología de los suplementos dominicales, sé agua, amigo mío, tal y como decía Bruce Lee. Y también recuerda un personaje de una novela de Eduardo Lago que escribía versos en un papel de fumar que utilizaba inmediatamente para liar un cigarrillo y que, tras fumárselo, decía: la gracia está en escribirlos. Y a Pessoa en una habitación lisboeta soñando que viaja, soñando que algún día se atreverá a dejar su rutina de café y licor y marchará como Gauguin a los mares del Sur. A tantos y tantos otros. Y hace esto. Dejar por escrito impresiones, palabras, juegos brillantes como pescado recién sacado del mar, como mares al atardecer, como las gruesas y bruñidas tarimas de roble de los pisos burgueses, como fotones, como gravitones (esa entelequia) fluyendo de un cuerpo a otro a través de las líneas de campo. Como medusas a punto de morir, a punto de perder el agua que necesitan para seguir existiendo, como fuegos artificiales. Cosas sin sustancia, juegos florales.
Y entonces advierte que otra vez, a pesar de aborrecerlo, ha escrito un texto metaliterario. Y entonces dice mierda, otra vez.
lunes, agosto 16, 2010
Ciencia
Antes pensaba que los matemáticos creaban las herramientas que los físicos utilizaban para reflexionar sobre la naturaleza. Hasta mediados del siglo XIX era así. Las matemáticas ofrecían la posibilidad al hombre de conseguir verdades absolutas, verdades que más tarde explicaban comportamientos de sistemas naturales. Newton explicó las órbitas de los planetas, la forma de la tierra, etc., a la vez que creó el cálculo infinitesimal (con permiso de Leibniz).
Sin embargo, la aparición de geometrías no euclidianas a mediados del siglo XIX vino a corroborar que las matemáticas son mucho más extensas que la naturaleza, que es posible concebir sistemas formales consistentes que no tienen expresión en el mundo real, sino solo en la abstracción del cerebro de los matemáticos. Más tarde, Gödel demostró que cualquier sistema formal que el hombre pudiera crear contiene proposiciones indemostrables en su seno, formuladas, por supuesto, de acuerdo a las reglas preestablecidas. De esa manera, la pretensión de los matemáticos de contar con el mejor instrumento para explicar el mundo se vino abajo, estalló en pedazos como una copa sometida a un sonido de frecuencia demasiado alta. Las matemáticas habían dejado de ser suficientes para explicar la naturaleza. Es decir, las matemáticas son infinitas y, a su vez, siempre serán insuficientes para explicar el mundo.
En cuanto a la física, John D. Barrow dice lo siguiente en su Libro de la Nada: «Quien está fuera del mundo de la ciencia podría verse tentado a pensar que la progresión de nuestro conocimiento sobre el funcionamiento de la Naturaleza consiste en reemplazar teorías falsas por teorías nuevas de las que pensamos que son correctas durante un tiempo pero que finalmente se mostrarán también falsas. De este modo, la única cosa segura sobre la teoría actualmente favorita es que se demostrará que es tan falsa como sus predecesoras.
Esta caricatura yerra el aspecto clave. Cuando en la ciencia tiene lugar un cambio importante, en el que una nueva teoría sube al escenario, la teoría entrante tiene la propiedad de acercarse cada vez más a la vieja teoría en cierta situación límite. De hecho, revela que la antigua teoría era una aproximación (normalmente muy buena) a la nueva, y sigue siendo válida en un abanico concreto de condiciones. Así, la teoría de la relatividad especial de Einstein se convierte en la teoría del movimiento de Newton cuando las velocidades son mucho menores que la de la luz, y la teoría de la relatividad de Einstein se convierte en la teoría de la gravedad de Newton cuando los campos gravitatorios son débiles y los cuerpos se mueven a velocidades menores que la de la luz. En años recientes hemos empezado incluso a imaginar qué aspecto podría tener la teoría sucesora de la de Einstein. Parece que la teoría de la relatividad general de Einstein es un caso límite a baja energía de una teoría más profunda y más amplia, que ha sido bautizada como teoría M.»
Es decir, las teorías que explican la naturaleza se acumulan unas sobre otras, como muñecas rusas, como capas de cebolla. A su vez, estas teorías están basadas en estructuras formales puras, esto es, matemáticas, de existencia independiente.
De estas dos premisas se concluye que cada pregunta que el hombre se responde plantea una nueva batería de preguntas sin respuesta, como un árbol que no dejara de crecer.
Desde los sistemas de cuenta de los hombres neolíticos (mejor saber cuántos corderos hay al principio y al final del día en el rebaño) hasta los espacios tensoriales, desde el animismo hasta la teoría de cuerdas van cinco milenios de pensamiento humano, de ingenio, de inteligencia. Para acabar concluyendo que la tarea siempre estará inacabada. Y no por ello los pensadores cejan en su empeño.
Eso es lo que nos hacen inequívocamente humanos. Porque los monos también sienten empatía por otros monos. Y los elefantes mueven tristes las moles de sus cuerpos cuando van camino del cementerio.
Sin embargo, la aparición de geometrías no euclidianas a mediados del siglo XIX vino a corroborar que las matemáticas son mucho más extensas que la naturaleza, que es posible concebir sistemas formales consistentes que no tienen expresión en el mundo real, sino solo en la abstracción del cerebro de los matemáticos. Más tarde, Gödel demostró que cualquier sistema formal que el hombre pudiera crear contiene proposiciones indemostrables en su seno, formuladas, por supuesto, de acuerdo a las reglas preestablecidas. De esa manera, la pretensión de los matemáticos de contar con el mejor instrumento para explicar el mundo se vino abajo, estalló en pedazos como una copa sometida a un sonido de frecuencia demasiado alta. Las matemáticas habían dejado de ser suficientes para explicar la naturaleza. Es decir, las matemáticas son infinitas y, a su vez, siempre serán insuficientes para explicar el mundo.
En cuanto a la física, John D. Barrow dice lo siguiente en su Libro de la Nada: «Quien está fuera del mundo de la ciencia podría verse tentado a pensar que la progresión de nuestro conocimiento sobre el funcionamiento de la Naturaleza consiste en reemplazar teorías falsas por teorías nuevas de las que pensamos que son correctas durante un tiempo pero que finalmente se mostrarán también falsas. De este modo, la única cosa segura sobre la teoría actualmente favorita es que se demostrará que es tan falsa como sus predecesoras.
Esta caricatura yerra el aspecto clave. Cuando en la ciencia tiene lugar un cambio importante, en el que una nueva teoría sube al escenario, la teoría entrante tiene la propiedad de acercarse cada vez más a la vieja teoría en cierta situación límite. De hecho, revela que la antigua teoría era una aproximación (normalmente muy buena) a la nueva, y sigue siendo válida en un abanico concreto de condiciones. Así, la teoría de la relatividad especial de Einstein se convierte en la teoría del movimiento de Newton cuando las velocidades son mucho menores que la de la luz, y la teoría de la relatividad de Einstein se convierte en la teoría de la gravedad de Newton cuando los campos gravitatorios son débiles y los cuerpos se mueven a velocidades menores que la de la luz. En años recientes hemos empezado incluso a imaginar qué aspecto podría tener la teoría sucesora de la de Einstein. Parece que la teoría de la relatividad general de Einstein es un caso límite a baja energía de una teoría más profunda y más amplia, que ha sido bautizada como teoría M.»
Es decir, las teorías que explican la naturaleza se acumulan unas sobre otras, como muñecas rusas, como capas de cebolla. A su vez, estas teorías están basadas en estructuras formales puras, esto es, matemáticas, de existencia independiente.
De estas dos premisas se concluye que cada pregunta que el hombre se responde plantea una nueva batería de preguntas sin respuesta, como un árbol que no dejara de crecer.
Desde los sistemas de cuenta de los hombres neolíticos (mejor saber cuántos corderos hay al principio y al final del día en el rebaño) hasta los espacios tensoriales, desde el animismo hasta la teoría de cuerdas van cinco milenios de pensamiento humano, de ingenio, de inteligencia. Para acabar concluyendo que la tarea siempre estará inacabada. Y no por ello los pensadores cejan en su empeño.
Eso es lo que nos hacen inequívocamente humanos. Porque los monos también sienten empatía por otros monos. Y los elefantes mueven tristes las moles de sus cuerpos cuando van camino del cementerio.
lunes, agosto 02, 2010
Años
La novia del Corto se pasaba el día pensando en un hombre que nunca supo si le convenía, cantaba Javier Ruibal en directo, hace tantos años que parece mentira que sean tantos años, en una sala granadina en la que habían cometido un error con su nombre (Javier Ruival) y en la que os hicieron esperar durante más de una hora al cantante, hasta que el dueño comprobó que no íbais a consumir más copas a aquel precio exorbitante. Y también cantaba Enrique Morente con Lagartija Nick un tema muy extraño en un disco flamenco con guitarras de distorsión mientras veinte o treinta personas bebían cerveza sentados en los escalones de la Cuesta de San Gregorio, en el Albaicín (o Albayzin, o Albaycín) y el cigarrillo de maría pasaba de mano en mano y el futuro aún estaba intacto, perfecto y recién horneado. Y los yonquis siempre tenían mucha prisa y preguntaban la hora y nunca esperaban lo suficiente para enterarse de qué hora era y hoy tampoco hicísteis cena porque siempre fue mucho mejor bajarse al Gondo y dejar que las tapas que os ponían Javi y su mujer os dieran de comer y tu hermano se quitó la ropa en ese bar el día que hicísteis la fiesta de despedida, el día que todo el mundo supo que os íbais a vivir a la capital en pos de un futuro mejor, de un trabajo mejor, de dinero, del chalet y la parejita y la piscina. Y el campus de Fuente Nueva, y Siniestro Total en las fiestas del Zaidín haciéndoos saltar a todos, que siempre os supísteis sus canciones de memoria y en el momento en el que alguien los ponía en el casette todos comenzábais a cantar a voz en grito. Y Gun en un garito que se llamaba Segunda Edición y al que siempre le cambiábais el nombre y os empeñábais en llamar Siglo XXI y todas aquellas noches y más noches y más noches estudiando Teoría de la Información y la Codificación y Álgebra e Inteligencia Artificial y Computabilidad (con aquel profesor de manos largas y voz pausada que tanto te gustaba y del que ahora no recuerdas ni el nombre) y trabajo, más trabajo, más trabajo y más trabajo.
Quién te iba a decir a ti.
Quién te iba a decir a ti.
martes, julio 27, 2010
Conversación
En un bar entablé conversación con una desconocida (que palabra esta, entablar, como si una conversación pudiera fijarse con clavos a un tablero hecho de listones, un tablero como los que los ciegos que cantaban romances llevaban con ellos, donde colocar dibujos y palabras y las ayudas de la época para que la gente poco instruida pudiera seguir la historia y mientras más pienso en ella, más rara se vuelve la palabra, como si el hecho de repetirla muchas veces, —entablar, entablar, entablar—, la despojara de significado y la convirtiera en algo mucho más parecido, no sé, a un signo puro, al mero significante en acción ahí flotando, renegando de sus responsabilidades, solo signo y sonido, signo puro desligado para siempre del concepto).
El caso es que en esa conversación empezamos a hablar de escritores (escritores, esta palabra sí que es densa, sí que está anclada a su significado, se ha utilizado tanto y en tantos contextos diferentes que es imposible desligarla de lo que representa, es imposible pensar en esa palabra como en un signo puro porque la hemos visto demasiadas veces henchida de significado, porque incluso vemos la imagen de algunos escritores cuando la pronunciamos, también henchidos de significado, porque pensamos en la tarea dura y solitaria del escritor, no sé, todo ese trabajo con el significado, qué gran carga, qué ímproba tarea, porque esa palabra está tan llena que resulta imposible vaciarla, ni repitiéndola ni con ningún otro truco).
En esa conversación yo dije que los mejores escritores del siglo XX español eran todos unos señoritos burgueses que se podían haber dedicado a escribir gracias a que no tenían que trabajar (algo que, por otra parte, es una constante en la historia de la literatura, el famoso canon del hombre blanco burgués de mediana edad es bastante cierto porque el hombre negro proletario y joven bastante tenía con llevar dinero a casa y en comer a diario y no hablemos ya de la mujer indígena y cargada de hijos, lo que, por otra parte, tampoco convierte a cualquier hombre negro proletario y joven o mujer indígena y cargada de hijos que escribieran en unos genios, la verdad, pero eso es otro tema y me estoy desviando y, sea cual sea el camino que se suponía que debía llevar este texto, está claro que hace tiempo que se ha perdido, pero en fin, a veces es mejor dejar que el texto que se rebela siga su camino y mirar sorprendido hacia atrás cuando ponemos el punto final).
El caso es que la desconocida se enfadó muchísimo (como si hubiera sido una ofensa personal, como si fuera la nieta de García Lorca o algo así, algo que, por otra parte, en una ciudad como esta no sería tan extraño, en una ciudad como esta podrías conocer a la sobrina de Javier Marías y acabar en la casa de su abuelo, el filósofo Julián Marías, sentado en su sillón rojo leyendo, por ejemplo, una primera edición de la poesía de Unamuno, y además, un encuentro con la nieta de Lorca, si ocurriera en algún sitio, podría darse perfectamente en un bar como aquel, en el que dos mujeres grandes, gordas, tatuadas, vestidas de negro y lesbianas, además de madre e hija, ponían copas en vasos de plástico, sirviendo el refresco de botellas de dos litros, un bar lumpen de barrio frecuentado por una fauna tan variada como inquietante) y me dijo que no tenía ni puta idea de nada.
Yo (a pesar de estar bastante de acuerdo con ella en que no tengo ni puta idea de nada, pero empeñado en que, al menos, no lo pensara por razones equivocadas) intenté hacerle ver que el hecho de que yo considerara a García Lorca un burguesito de provincias, (y además, según lo que cuenta Pepín Bello en una entrevista que recuerdo y que, desgraciadamente no he podido encontrar, se trataba de un burguesito muy amanerado, al igual que Cernuda, una costumbre que les hacía bastante pesados a los ojos de Pepín, ese mito capaz de pasar a la historia por haberse corrido las juergas con las personas adecuadas, el hombre que nos gustaría ser a todos aquellos aspirantes que pululamos por los bares intentando colocar una conversación interesante a ver si nos llevamos a la cama a alguien), el hecho de que yo considerara a García Lorca, iba diciendo, un burguesito de provincias no tenía nada que ver con la calidad de su poesía.
Eso sí, a mí en particular sus coplillas del romancero gitano me dejan bastante frío, le dije (harto como estoy siendo andaluz de la expresión de los madrileños cuando oyen mi acento, que parece que estén todos esperando el chiste, la copla o la gracieta, como si haber nacido en un sitio y no en otro te colgara un sambenito del que no puedes desembarazarte, harto como estoy de los andaluces que hacen gala de serlo y a la mínima se convierten en caricaturas de sí mismos y en cualquier cena se arrancan por bulerías, como si no hubiera un panteón lleno de poetas andaluces, como si Juan Ramón, a mis ojos el mejor poeta del siglo XX español, no fuera también andaluz, hay que joderse).
Y fue mencionar el romancero gitano y la chica se fue protestando y bufando sin dejarme que le explicara nada (ya ves, a mí, como se atreve, que me muero por explicar cosas incluso a quien no quiere oirlas, a mí, con la buena conversación que tengo y lo divertido que puedo ser, con la cantidad de cosas interesantísimas que le hubiera contado, hasta chistes le hubiera contado si me hubiera dado la oportunidad, hasta le hubiera cantado una bulería si hubiera sido necesario, lo que fuera, lo que fuera con tal de que me hubiera hecho algo de caso y no se hubiera puesto a hablar con un amigo con el que iba y con el que, diez minutos más tarde, estaba dándose el lote mientras me miraba de reojo).
Y claro, me quedé allí. Cariacontecido.
Y tuve que pedir otra copa a la camarera lesbiana.
A la hija, por si acaso tenían curiosidad.
El caso es que en esa conversación empezamos a hablar de escritores (escritores, esta palabra sí que es densa, sí que está anclada a su significado, se ha utilizado tanto y en tantos contextos diferentes que es imposible desligarla de lo que representa, es imposible pensar en esa palabra como en un signo puro porque la hemos visto demasiadas veces henchida de significado, porque incluso vemos la imagen de algunos escritores cuando la pronunciamos, también henchidos de significado, porque pensamos en la tarea dura y solitaria del escritor, no sé, todo ese trabajo con el significado, qué gran carga, qué ímproba tarea, porque esa palabra está tan llena que resulta imposible vaciarla, ni repitiéndola ni con ningún otro truco).
En esa conversación yo dije que los mejores escritores del siglo XX español eran todos unos señoritos burgueses que se podían haber dedicado a escribir gracias a que no tenían que trabajar (algo que, por otra parte, es una constante en la historia de la literatura, el famoso canon del hombre blanco burgués de mediana edad es bastante cierto porque el hombre negro proletario y joven bastante tenía con llevar dinero a casa y en comer a diario y no hablemos ya de la mujer indígena y cargada de hijos, lo que, por otra parte, tampoco convierte a cualquier hombre negro proletario y joven o mujer indígena y cargada de hijos que escribieran en unos genios, la verdad, pero eso es otro tema y me estoy desviando y, sea cual sea el camino que se suponía que debía llevar este texto, está claro que hace tiempo que se ha perdido, pero en fin, a veces es mejor dejar que el texto que se rebela siga su camino y mirar sorprendido hacia atrás cuando ponemos el punto final).
El caso es que la desconocida se enfadó muchísimo (como si hubiera sido una ofensa personal, como si fuera la nieta de García Lorca o algo así, algo que, por otra parte, en una ciudad como esta no sería tan extraño, en una ciudad como esta podrías conocer a la sobrina de Javier Marías y acabar en la casa de su abuelo, el filósofo Julián Marías, sentado en su sillón rojo leyendo, por ejemplo, una primera edición de la poesía de Unamuno, y además, un encuentro con la nieta de Lorca, si ocurriera en algún sitio, podría darse perfectamente en un bar como aquel, en el que dos mujeres grandes, gordas, tatuadas, vestidas de negro y lesbianas, además de madre e hija, ponían copas en vasos de plástico, sirviendo el refresco de botellas de dos litros, un bar lumpen de barrio frecuentado por una fauna tan variada como inquietante) y me dijo que no tenía ni puta idea de nada.
Yo (a pesar de estar bastante de acuerdo con ella en que no tengo ni puta idea de nada, pero empeñado en que, al menos, no lo pensara por razones equivocadas) intenté hacerle ver que el hecho de que yo considerara a García Lorca un burguesito de provincias, (y además, según lo que cuenta Pepín Bello en una entrevista que recuerdo y que, desgraciadamente no he podido encontrar, se trataba de un burguesito muy amanerado, al igual que Cernuda, una costumbre que les hacía bastante pesados a los ojos de Pepín, ese mito capaz de pasar a la historia por haberse corrido las juergas con las personas adecuadas, el hombre que nos gustaría ser a todos aquellos aspirantes que pululamos por los bares intentando colocar una conversación interesante a ver si nos llevamos a la cama a alguien), el hecho de que yo considerara a García Lorca, iba diciendo, un burguesito de provincias no tenía nada que ver con la calidad de su poesía.
Eso sí, a mí en particular sus coplillas del romancero gitano me dejan bastante frío, le dije (harto como estoy siendo andaluz de la expresión de los madrileños cuando oyen mi acento, que parece que estén todos esperando el chiste, la copla o la gracieta, como si haber nacido en un sitio y no en otro te colgara un sambenito del que no puedes desembarazarte, harto como estoy de los andaluces que hacen gala de serlo y a la mínima se convierten en caricaturas de sí mismos y en cualquier cena se arrancan por bulerías, como si no hubiera un panteón lleno de poetas andaluces, como si Juan Ramón, a mis ojos el mejor poeta del siglo XX español, no fuera también andaluz, hay que joderse).
Y fue mencionar el romancero gitano y la chica se fue protestando y bufando sin dejarme que le explicara nada (ya ves, a mí, como se atreve, que me muero por explicar cosas incluso a quien no quiere oirlas, a mí, con la buena conversación que tengo y lo divertido que puedo ser, con la cantidad de cosas interesantísimas que le hubiera contado, hasta chistes le hubiera contado si me hubiera dado la oportunidad, hasta le hubiera cantado una bulería si hubiera sido necesario, lo que fuera, lo que fuera con tal de que me hubiera hecho algo de caso y no se hubiera puesto a hablar con un amigo con el que iba y con el que, diez minutos más tarde, estaba dándose el lote mientras me miraba de reojo).
Y claro, me quedé allí. Cariacontecido.
Y tuve que pedir otra copa a la camarera lesbiana.
A la hija, por si acaso tenían curiosidad.
lunes, julio 26, 2010
Feos
El bar, perteneciente a una cadena de restaurantes en la que sirven un desayuno inglés bastante decente y que el hombre maduro suele frecuentar los fines de semana para poder leer con tranquilidad el periódico y no tener que preocuparse por el almuerzo, solo tenía ocupadas cuatro o cinco mesas con la clientela habitual, una pareja de homosexuales mayores, disfrutando como niños de la trasgresión de tomar tortitas con nata para desayunar, olvidada por una vez la dieta baja en grasas y de alto contenido en proteínas que seguían para sacarle el máximo partido al tiempo de gimnasio, cada uno con su periódico y sus gafas, con semblante de concentración, comentando una a una las noticias de la sección de internacional; dos parejas sudamericanas que habían hecho un alto en la ardua tarea de recorrer todas las tiendas de la calle y rellenar de artículos varias bolsas de papel con logotipos muy conocidos, exactamente iguales a otras bolsas de papel con logotipos muy conocidos que podían encontrar en sus propias ciudades, a seis mil kilómetros de distancia, tomando cocacola en lugar de café y huevos revueltos con abundante ketchup; un grupo de cuatro amigas, mujeres anodinas, ni guapas ni feas, ni modernas ni antiguas, ni rubias ni morenas, que probablemente se considerarían peores de lo que realmente eran y que haría mucho tiempo que no pasaban la noche con un hombre sin saber que, en realidad, a todas ellas les bastaría con un mínimo cambio, con unos collares nuevos, unos zapatos, un escote más atrevido, otro corte de pelo, algo más de desenvoltura en las miradas para que el resto de mujeres anodinas de su círculo de amigas las envidiara con el odio soterrado e intenso del que solo son capaces las mujeres cuando juzgan a una amiga; y una pareja de jóvenes con pantalones de algodón y sandalias, ella con una ancha cinta en el pelo y él con barba y rastas, leyendo el periódico y conversando con tranquilidad, jóvenes internacionales sin patria, que podrían encontrarse igualmente en Lisboa, en Roma, en Londres, en París, esa clase de jóvenes a los que se ve a gusto en cualquier gran ciudad europea, que hablan idiomas y son aficionados al arte, que han decidido ver mundo en lugar de acumular dinero para comprar el piso amplio de los suburbios que sus madres hubieran preferido en lugar del cuchitril de cincuenta metros, en un quinto piso sin ascensor, donde viven ahora, esa clase de jóvenes que pueden verse en el Chiado o en el Trastévere o el barrio turco de Berlin y que siempre parecen tener conversaciones muy interesantes.
Y al final del bar ellos dos, esperando pacientemente, a pesar de que el bar se encontraba casi vacío, a que un camarero los acomodara, tal y como recomendaba el cartel que se hiciera, respetando las normas, feos y mal vestidos, ella con una blusa de punto blanca con escote de pico que ya era antigua en la época en la que su madre había visto a sus amigas atreverse a con la minifalda, con zapatos blancos, de esos con una abertura en forma de uve, a través de la que se podía ver la uña del dedo gordo del pie y un trozo muy pequeño de dedo índice, con una falda de tejido sintético estampada con motivos imposibles de recordar, con gafas anticuadas, dientes descuadrados y demasiado grandes y una cola de caballo; él gordito y calvo, con demasiado vello corporal, con unas bermudas de color caqui y unos zapatos de cuero claro, de los que suelen comprar los hombres de mediana edad en verano esperando que no transpiren demasiado y, sin embargo sabiendo que la primera vez que se los quiten en público deberán pedir disculpas por el olor, con una camisa polo de color verde demasiado llamativo y calcetines de hilo. Ambos se miraban mientras esperaban pacientemente que un camarero reparara en ellos, aunque, de vez en cuando, ponían cara de circunstancias, como diciéndose, a ver, habrá que esperar si eso pone el cartel, habrá que esperar a que nos atiendan, como personas habituadas a pasar desapercibidas que no se toman como algo personal el esperar detrás de una barra y que el camarero no les dirija ni una sola mirada, tan poco acostumbradas a llamar la atención que se morirían de la vergüenza en el caso poco probable de que asistieran a una función de teatro alternativo y cualquiera de los actores les hablara para hacerles participar en la obra, allí esperando sin prisa, sonriendo. Él la miraba con arrobo, esa es la palabra, arrobo, y ella respondía con una sonrisa en los ojos tan franca y tan verdadera que el rictus de vergüenza que intentaba componer con el resto de la cara se veía impostado, como una especie de reflejo que hubiera aprendido de pequeña y que, ahora, siendo ya una mujer que iba a desayunar con el hombre con el que acababa de pasar la noche, fuera un gesto totalmente fuera de lugar.
El hombre maduro se vio invadido por la ternura de forma inesperada y, por un segundo, envidió a los feos con absoluta sinceridad. Más tarde dobló su periódico, se levantó, pagó su cuenta y se marchó.
Y al final del bar ellos dos, esperando pacientemente, a pesar de que el bar se encontraba casi vacío, a que un camarero los acomodara, tal y como recomendaba el cartel que se hiciera, respetando las normas, feos y mal vestidos, ella con una blusa de punto blanca con escote de pico que ya era antigua en la época en la que su madre había visto a sus amigas atreverse a con la minifalda, con zapatos blancos, de esos con una abertura en forma de uve, a través de la que se podía ver la uña del dedo gordo del pie y un trozo muy pequeño de dedo índice, con una falda de tejido sintético estampada con motivos imposibles de recordar, con gafas anticuadas, dientes descuadrados y demasiado grandes y una cola de caballo; él gordito y calvo, con demasiado vello corporal, con unas bermudas de color caqui y unos zapatos de cuero claro, de los que suelen comprar los hombres de mediana edad en verano esperando que no transpiren demasiado y, sin embargo sabiendo que la primera vez que se los quiten en público deberán pedir disculpas por el olor, con una camisa polo de color verde demasiado llamativo y calcetines de hilo. Ambos se miraban mientras esperaban pacientemente que un camarero reparara en ellos, aunque, de vez en cuando, ponían cara de circunstancias, como diciéndose, a ver, habrá que esperar si eso pone el cartel, habrá que esperar a que nos atiendan, como personas habituadas a pasar desapercibidas que no se toman como algo personal el esperar detrás de una barra y que el camarero no les dirija ni una sola mirada, tan poco acostumbradas a llamar la atención que se morirían de la vergüenza en el caso poco probable de que asistieran a una función de teatro alternativo y cualquiera de los actores les hablara para hacerles participar en la obra, allí esperando sin prisa, sonriendo. Él la miraba con arrobo, esa es la palabra, arrobo, y ella respondía con una sonrisa en los ojos tan franca y tan verdadera que el rictus de vergüenza que intentaba componer con el resto de la cara se veía impostado, como una especie de reflejo que hubiera aprendido de pequeña y que, ahora, siendo ya una mujer que iba a desayunar con el hombre con el que acababa de pasar la noche, fuera un gesto totalmente fuera de lugar.
El hombre maduro se vio invadido por la ternura de forma inesperada y, por un segundo, envidió a los feos con absoluta sinceridad. Más tarde dobló su periódico, se levantó, pagó su cuenta y se marchó.
viernes, julio 23, 2010
Cádiz
Yo, como cualquier madre, quiero mucho a mi hijo. Esta última semana lo operaron y me vine a su casa a pasar unos días con él. Así no se tenía que preocupar de nada. Y para hacerle mimos, claro, que para eso una madre siempre es una madre. Hemos pasado unos días estupendos. Largas conversaciones sobre él o sobre mí, o sobre la familia, porque a mi hijo le gusta mucho hablar y, además, habla de sentimientos y de cosas que importan, no como otra gente que habla y habla pero no dice más que tonterías. Anteayer fuimos a un museo y me lo pasé estupendamente. Es un placer escucharlo explicar este movimiento pictórico, este cuadro, la técnica del sfumato o la simbología de un tríptico gótico. No sé si lo he dicho pero mi hijo tiene dos carreras. Sé que a él no le gusta que lo comente pero yo siempre que me dan ocasión lo saco a relucir. No se trata de orgullo de madre, aunque algo sí que hay de eso. Es más bien que, conociéndolo, no me va a dar el gusto de hacerse rico para que pueda presumir de su puesto de trabajo o de su dinero. El otro día, en una cafetería a la que me había llevado desde la que había una vista impresionante de la ciudad, le dije que cuando vi su cara por primera vez pensé que estaba destinado a ser alguien importante. El me contestó que eso es lo que piensan todas las madres cuando ven a su primer hijo por primera vez. También me dijo que él se consideraba alguien importante y que vivía como quería y que, en cualquier caso, había dejado de tener claro por el camino qué significaba una vida de éxito. Me hizo pensar, la verdad, aunque eso no quita que a mí, de todas maneras, me hubiera gustado que fuera alguien importante, alguien con un buen puesto en el trabajo, con un coche grande y un chalet con piscina. Cuando se me escapan esas cosas, él siempre me dice que qué manía con el chalet, que a él no le gusta vivir en un chalet, que las urbanizaciones con todas las casas iguales le inquietan, que tras la apariencia de tranquilidad y normalidad, se esconden los peores vicios. Yo asiento y le digo que sí, que lleva razón. A ver qué voy a hacer. Está convencido de que el dinero no es importante y no se da cuenta de que la vejez se planta aquí en un momento y que hay que pensar en el futuro, que hay que guardar para cuando no se tenga, que hay que ser precavido y sacrificarse si es necesario. Pero es tocarle el tema del sacrificio y me mira con la sonrisa esa de medio lado que tiene, como si se estuviera apiadando de mí y me dice que él no está dispuesto a sacrificarse a cambio de nada, que eso es producto de la moral católica en la que nos hemos criado. Y no digo yo que no. Si yo sé que ahora ellos viven mucho mejor y sin tantas historias en la cabeza como teníamos nosotros pero ¿y el orgullo de haber sacado adelante una familia con el dinero justo?, ¿el ser capaces de privarnos de algunas cosas para que ellos no echaran nada en falta? Tal vez suene anticuado pero yo me siento muy orgullosa de haberlos criado a todos. De haber criado a tres buenas personas que además se quieren entre ellos. Algo que no es nada fácil. En absoluto. A pesar de eso, las mujeres que han trabajado en la calle siempre nos miran por encima del hombro a las que nos hemos quedado en casa. Aunque no quieran que se les note, me doy cuenta de que no creen que lo que hayamos hecho sea trabajar, no nos consideran sus iguales. Y, vamos, esto lo he hablado yo con mi hijo más de una vez, ¿acaso no hubiera habido que contratar a alguien que se quedara en casa si yo hubiera tenido que salir a trabajar a la calle?
Yo sé que eso a él no le importa. Me lo ha dicho más de una vez. Mamá, la vida de cada uno es la vida de cada uno. Y también sé que se toma en serio mis hobbies y que puedo hablar con él de pintura y de las cosas que estoy haciendo. Eso sí, siempre está con la cantinela de que tengo que relajarme, que tengo que tomarme la vida con más tranquilidad, que no debería darle tanta importancia al orden, que estoy jubilada y que debería disfrutar más de la vida en lugar de ahogarme en un vaso de agua. Eso es lo que me dice. Y la verdad es que le doy la razón pero cada uno es como es y pretender cambiarme a mí a estas alturas sí que lo veo una empresa complicada. Lo intento, eh, que conste que lo intento. Mi hijo me dice a veces, y eso me molesta, para qué voy a engañarte, que afortunadamente no ha heredado eso de mí, que él se preocupa si tiene que preocuparse pero que buscar las preocupaciones para poder darle vueltas a la cabeza, que eso no va con él. Y algo de razón digo yo que llevará pero, vamos, que tampoco él es que sea perfecto, que a veces se gasta una mala leche que no hay quien lo aguante. En fin.
Próxima parada: C…
No, si esta es mi parada, sí. Debería bajarme, llevas razón. Pero, no sé, ¿adónde dices que va este tren?
Pues no, no parece un mal plan remojarse los pies en Cádiz.
Yo sé que eso a él no le importa. Me lo ha dicho más de una vez. Mamá, la vida de cada uno es la vida de cada uno. Y también sé que se toma en serio mis hobbies y que puedo hablar con él de pintura y de las cosas que estoy haciendo. Eso sí, siempre está con la cantinela de que tengo que relajarme, que tengo que tomarme la vida con más tranquilidad, que no debería darle tanta importancia al orden, que estoy jubilada y que debería disfrutar más de la vida en lugar de ahogarme en un vaso de agua. Eso es lo que me dice. Y la verdad es que le doy la razón pero cada uno es como es y pretender cambiarme a mí a estas alturas sí que lo veo una empresa complicada. Lo intento, eh, que conste que lo intento. Mi hijo me dice a veces, y eso me molesta, para qué voy a engañarte, que afortunadamente no ha heredado eso de mí, que él se preocupa si tiene que preocuparse pero que buscar las preocupaciones para poder darle vueltas a la cabeza, que eso no va con él. Y algo de razón digo yo que llevará pero, vamos, que tampoco él es que sea perfecto, que a veces se gasta una mala leche que no hay quien lo aguante. En fin.
Próxima parada: C…
No, si esta es mi parada, sí. Debería bajarme, llevas razón. Pero, no sé, ¿adónde dices que va este tren?
Pues no, no parece un mal plan remojarse los pies en Cádiz.
lunes, julio 19, 2010
Hoy en día
Hoy en día nadie se hace hombre antes de cumplir los treinta y todo el que vive lo hace proyectado hacia el futuro, hoy en día siempre se es algo que se será más tarde, no algo que ya se es. Siempre se puede cambiar, nos dicen, nos quieren hacer creer que se puede ser alguien diferente, que lo que somos es como un traje que puede pasar de moda y que basta levantarse y desprenderse de él para ser otros. Basta con ir a un centro comercial atestado cualquier fin de semana y comprar unas cuantas cosas para iniciar un nuevo camino, el camino del nuevo yo, basta con unas lecturas, una sesión de terapia, tal vez iniciar un coleccionable en septiembre, un coleccionable ridículo como «El maravilloso mundo de los relojes» o «Grandes batallas de todos los tiempos» para empezar otra vez. Pero, queridos escritores de libros de autoayuda que enseñáis a cambiar nuestras zonas erróneas, querido psicólogo que asistes a las víctimas (las víctimas con sus caras de estupefacción ante el desastre), queridos vendedores de humo, queridos expertos en marketing de lo efímero que vendéis emociones en lugar de productos recubriendo la avaricia con colorines, mierda sobre mierda, me temo que no es tan fácil. No. Ya somos.
Es lo que hay. Mejor tenerlo claro.
Es lo que hay. Mejor tenerlo claro.
viernes, julio 16, 2010
Viajero
(a Neil Gaiman, el hacedor de mundos)
Hoy he soñado que viajaba en el tiempo, que despertaba justo el 10 de marzo de 2004 y que, absolutamente seguro de provenir de 2010, advertía que se trataba de la noche inmediatamente anterior al atentado islamista de Madrid. Paseaba por mi ciudad y encontraba a gente que he tratado en los últimos tiempos y hablaba con ellos. Pero en aquel tiempo diferente, aquel tiempo anterior en el que algunos edificios y algunos solares no coincidían exactamente con los que recordaba, el mundo aparecía cambiado.Recuerdo, eso sí, el discurso interior en el sueño, recuerdo pensar que era muy curioso haber viajado en el tiempo, recuerdo decirme que yo sabía parte de lo que iba a pasar en España después de las explosiones del día siguiente, las manifestaciones, las elecciones, las protestas. También me acordaba de lo que iba a ser de mi vida en esos años, como a cámara rápida, la nueva vida, las nuevas parejas, los cambios. Pero no le daba ninguna importancia, con esa sensación de perfecta anormalidad que presentan algunos sueños. En ellos se vuela sin esfuerzo o se combate en una batalla o se tiene la certeza de haber asesinado a alguien. Y de ellos solo es posible recordar la felicidad del vuelo, el miedo de la batalla, la culpabilidad del asesinato. No tienen planteamiento, ni nudo ni desenlace. Solo flotar ingrávido mientras la ciudad se parece cada vez más a una construcción de lego allá abajo, o estar aterido de frío con las explosiones retumbando a nuestro alrededor, o avergonzado y aterrorizado por saber de forma irrefutable que quien hizo aquello a la chica fuiste tú.
En mi sueño yo me sentía un visitante del futuro, yo sabía que había vuelto a una etapa de mi vida muy anterior aunque no sentía la necesidad de salir corriendo a intentar evitar la masacre del día siguiente ni tampoco de ir a casa y pedir perdón y decir lo siento de verdad y, aunque tú no lo sabes, si seguimos por este camino no vamos a conseguirlo, que lo sepas. No. No sentía más que una vaga curiosidad por los cambios que el paso del tiempo había introducido, por la falta de precisión de mis recuerdos, poco más. A cada rato me iba diciendo: esto no es exactamente como lo recordaba, a cada mirada notaba una esquina cambiada, una tonalidad diferente, un negocio que no debía estar ahí, un solar donde antes se encontraba un edificio. Caminaba por una esquina del casco histórico de mi ciudad, una curva amplia con aceras de empredado a los lados de la calle, como un meandro, mientras hablaba con una amiga o en aquel tiempo tal vez fuera más exacto decir que hablaba con la hermana de una amiga y ella me iba contando cosas que le habían sucedido en Barcelona, en una ciudad en la que habitaba unos años antes y me iba hablando de su vida y de su niño pequeño y yo pensaba: pero si he hablado contigo esta mañana, seis años después. Y miraba hacia atrás, hacia el ayuntamiento de mi ciudad y sentía de nuevo aquella sensación de extrañeza, como si las imágenes fueran producto de la superposición de dos ojos estrábicos. Pero no sentía nerviosismo, solo curiosidad.
Cuando he despertado me he preguntado si significaba algo, si era posible extraer alguna conclusión útil del sueño, si mi subconsciente me estaba tratando de enviar un mensaje. He pensado que no. Más tarde he recordado la sensación de absoluta normalidad con la que me sabía un extraño en el tiempo del sueño, el discurso interior de mi cabeza, las sensaciones experimentadas. Y lo que más ha llamado mi atención ha sido el hecho de que ni una sola vez se haya filtrado, como ocurre en otras ocasiones, esa intuición fugaz que me dice, por encima de las imágenes, estás soñando, puedes estar tranquilo porque estás soñando. Al contrario, he despertado y me ha costado varias horas desprenderme de la impresión de que el sueño es, al menos, tan real como la vigilia.
lunes, julio 05, 2010
Descanso
El tiempo no transcurre de forma lineal pero en un texto esa verdad es más cierta que en cualquier otro lugar (¿lugar?), en un texto el tiempo se alarga, en un texto las palabras, una detrás de otra, ejercen la secuencialidad de forma absoluta y a la vez, lo que las palabras quieren decir cambian el tiempo, lo violentan, lo sacuden y, de repente, puede aparecer un árbol en contrapicado, un olmo alto, verde y espeso mecido por la brisa, puede aparecer la sombra de ese olmo, desparramada sobre un hombre tendido que lo contempla y oye como susurra y ahora, dentro de ese hombre, ese momento se hincha, se comprime, se convierte en algo diferente, algo minúsculo e inmenso a la vez, algo leve y denso y en ese instante una conversación de dos mujeres jóvenes que son casi adolescentes pide participar sin haber sido invitada, pide su lugar en la cabeza de ese hombre (estamos dentro de la cabeza de ese hombre) que piensa que el tiempo es irrecuperable y a la vez amorfo y elástico, como las cuentas de un collar en un hilo, el hilo y las cuentas, los momentos como este engarzados en una línea que apenas se deja advertir, y las mujeres jóvenes ríen y se hacen fotos con el móvil y los olmos siguen susurrando y una dulce quemazón marca el resultado del ejercicio en el cuerpo de un hombre maduro (en el cuerpo de ese hombre) y el cielo azul de esta ciudad escupe su color con arrogancia y un avión pasa dejando un rastro de vapor en el cielo, saetas disparadas en la eterna guerra de los ángeles contra Dios, ese Dios inexistente pero presente en nuestra visión del mundo, ese concepto que permite que cualquiera pueda recordarse desde fuera, como directores de la película de su propia vida, recordarse (¿imaginarse?) desde arriba tendido en la hierba, descansando mientras mira el balanceo de los árboles y la risa de las mujeres jóvenes se superpone a la música que suena en la cabeza, y los olmos siguen susurrando y el instante sigue aumentando de tamaño, sigue hinchándose, acaparándolo todo, llenando la realidad de algo para lo que no existe un nombre, ni en este ni en ningún idioma, ningún nombre que pueda describir este detenimiento, esta lentitud, esta absoluta falta de tiempo en el tiempo.
jueves, julio 01, 2010
La simetría del azar
Hace cinco años que este blog existe. Dibujemos seis marcas separadas en un papel. La primera está etiquetada como 30 de junio de 2005, la última como 30 de junio de 2010. Los intervalos que van de una marca a otra son los años. Hay cinco intervalos y todos cubren la misma extensión del papel. Dos centímetros, por ejemplo.
Entretengámonos un rato. De fuera hacia adentro. De la máxima extensión de tiempo a la mínima:
Han pasado cinco años, es decir, diez centímetros, entre esto: Perdigones
Y esto: Imbécil
Han pasado solo tres, seis centímetros, entre esto: Chino
Y esto: Veinte
Uno tan solo, dos centímetros de nada, entre esto: Contra la literatura
Y esto: Hambre
Si dentro de esos dos centímetros, dentro de ese año medianero de 2008, buscamos el texto que deje exactamente un centímetro a cada lado, la mitad de ese año a cada lado, encontraremos las palabras que constituyen el centro de gravedad exacto de este blog, un punto sobre el que todo quedaría en equilibrio, con una cantidad igual de tiempo a cada lado, el texto por el que si las palabras comenzaran a deshacerse misteriosamente, podría convertirse en el agujero negro que absorbiera todos los demás, el texto que sería la célula mutada que se convierte en cancerosa y que se extiende por el resto del organismo, el texto que sería el lugar por el que empieza a arder el papel si todas estas palabras estuvieran impresas en un gigantesco rollo de papel continuo. El texto semilla, el texto esencia, el texto arquetipo.
Que por una extraña simetría, coinciden exactamente con las primeras que llevé al Bremen, el taller literario que tan importante ha sido en este tiempo.
Debe de existir una ley que lo gobierne todo tan simple, tan simple que somos incapaces de verla.
Gracias por todo.
Entretengámonos un rato. De fuera hacia adentro. De la máxima extensión de tiempo a la mínima:
Han pasado cinco años, es decir, diez centímetros, entre esto: Perdigones
Y esto: Imbécil
Han pasado solo tres, seis centímetros, entre esto: Chino
Y esto: Veinte
Uno tan solo, dos centímetros de nada, entre esto: Contra la literatura
Y esto: Hambre
Si dentro de esos dos centímetros, dentro de ese año medianero de 2008, buscamos el texto que deje exactamente un centímetro a cada lado, la mitad de ese año a cada lado, encontraremos las palabras que constituyen el centro de gravedad exacto de este blog, un punto sobre el que todo quedaría en equilibrio, con una cantidad igual de tiempo a cada lado, el texto por el que si las palabras comenzaran a deshacerse misteriosamente, podría convertirse en el agujero negro que absorbiera todos los demás, el texto que sería la célula mutada que se convierte en cancerosa y que se extiende por el resto del organismo, el texto que sería el lugar por el que empieza a arder el papel si todas estas palabras estuvieran impresas en un gigantesco rollo de papel continuo. El texto semilla, el texto esencia, el texto arquetipo.
Que por una extraña simetría, coinciden exactamente con las primeras que llevé al Bremen, el taller literario que tan importante ha sido en este tiempo.
Debe de existir una ley que lo gobierne todo tan simple, tan simple que somos incapaces de verla.
Gracias por todo.
martes, junio 29, 2010
Imbécil
El que ha escrito la entrada anterior es un absoluto gilipollas. Un idiota que lo que mejor sabe hacer es pavonearse. Mirad qué sensibilidad, mirad cuánto sé, mirad aquí. Aquí. ¿No me véis? ¿No se me ve? Yo no. Ni puta falta que me hace. El de antes pretende emocionar, transmitir no sé qué mierda de ideas. Yo no. Yo no lo necesito. Yo, en realidad, ni siquiera sé por qué estoy justificándome aquí. Yo, como él, ni siquiera existo.
Hay un tío en mi oficina. Fantaseo con la posibilidad de cortarle el pescuezo, la verdad. Sé que solo son fantasías morbosas que probablemente no se hagan jamás realidad, pero a mí me gusta tenerlas. Me gustaría observar el terror en sus ojos, ver la pequeña sacudida de su pecho en el último estertor, prestar atención a cómo su camisa de algodón egipcio se va llenando poco a poco de sangre. Capilarización creo que se llama el proceso. Es adecuado. También se llaman capilares los pequeños vasos sanguíneos que primero se romperían por la acción del cuchillo. Es una fantasía. Como yo. Me gustaría ver la pregunta en su cara, ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Por hijo de puta, por eso, por imbécil. Porque sí.
Una amiga del gilipollas de antes le dijo hace un tiempo que dejara de leer a Chuck Palahniuk pero lo que no sabe es que el que lo lee soy yo. Gente enganchada y cabreada, confusa, que no tiene demasiado claro a dónde va el mundo, que ni siquiera sabe si el mundo ha tenido alguna vez alguna dirección. Urbanitas aburridos de sus miserables vidas vacías. Esa es mi gente. Hombres demasiado musculados que se masturban con porno barato tras la última raya. Alegres desgraciados de cabeza a la muerte con la sonrisa puesta. Todo diversión. Todo. Otra ronda. Otro día. Otro cuerpo frío en la cama. Otro padre con cáncer.
El otro prefiere a García Márquez y eso. Mujeres que ascienden a los cielos, que huelen a humo, viejos con una mirada que atesora toda la sabiduría natural del buen salvaje que fueron no hace tanto tiempo, la tierra telúrica borboteando detrás. Esas cosas. Las nubes acumulándose a toda velocidad justo antes de la tormenta que se desató cuando la virgen rubia de la casa fue violada por el malvado latifundista. El rumor de las hojas aquel día volviendo en sueños una y otra vez durante toda una vida. Mujeres que se vistieron de negro un día y nunca abandonaron ese color. El sudor caribeño inundándolo todo.
Mi hombre musculado ha entrado en acción. Está afilando un cuchillo. Corta bastante. Va a comprobar si la mujer de negro sigue teniendo tan buenas tetas como parece. O si es el color, que adelgaza y favorece mucho. No puede creerse que el único polvo que ha echado fuera hace tanto tiempo. Y a disgusto. Mi hombre es así.
Yo también. El gilipollas de antes no.
Todos estamos tan muertos que ni siquiera hemos podido llegar a nacer.
Hay un tío en mi oficina. Fantaseo con la posibilidad de cortarle el pescuezo, la verdad. Sé que solo son fantasías morbosas que probablemente no se hagan jamás realidad, pero a mí me gusta tenerlas. Me gustaría observar el terror en sus ojos, ver la pequeña sacudida de su pecho en el último estertor, prestar atención a cómo su camisa de algodón egipcio se va llenando poco a poco de sangre. Capilarización creo que se llama el proceso. Es adecuado. También se llaman capilares los pequeños vasos sanguíneos que primero se romperían por la acción del cuchillo. Es una fantasía. Como yo. Me gustaría ver la pregunta en su cara, ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Por hijo de puta, por eso, por imbécil. Porque sí.
Una amiga del gilipollas de antes le dijo hace un tiempo que dejara de leer a Chuck Palahniuk pero lo que no sabe es que el que lo lee soy yo. Gente enganchada y cabreada, confusa, que no tiene demasiado claro a dónde va el mundo, que ni siquiera sabe si el mundo ha tenido alguna vez alguna dirección. Urbanitas aburridos de sus miserables vidas vacías. Esa es mi gente. Hombres demasiado musculados que se masturban con porno barato tras la última raya. Alegres desgraciados de cabeza a la muerte con la sonrisa puesta. Todo diversión. Todo. Otra ronda. Otro día. Otro cuerpo frío en la cama. Otro padre con cáncer.
El otro prefiere a García Márquez y eso. Mujeres que ascienden a los cielos, que huelen a humo, viejos con una mirada que atesora toda la sabiduría natural del buen salvaje que fueron no hace tanto tiempo, la tierra telúrica borboteando detrás. Esas cosas. Las nubes acumulándose a toda velocidad justo antes de la tormenta que se desató cuando la virgen rubia de la casa fue violada por el malvado latifundista. El rumor de las hojas aquel día volviendo en sueños una y otra vez durante toda una vida. Mujeres que se vistieron de negro un día y nunca abandonaron ese color. El sudor caribeño inundándolo todo.
Mi hombre musculado ha entrado en acción. Está afilando un cuchillo. Corta bastante. Va a comprobar si la mujer de negro sigue teniendo tan buenas tetas como parece. O si es el color, que adelgaza y favorece mucho. No puede creerse que el único polvo que ha echado fuera hace tanto tiempo. Y a disgusto. Mi hombre es así.
Yo también. El gilipollas de antes no.
Todos estamos tan muertos que ni siquiera hemos podido llegar a nacer.
lunes, junio 28, 2010
Kabuki
Piensen que en Japón hay una afición desmedida por el flamenco, que hay academias de cante y baile en las principales ciudades. En ellas, cantaores y bailaores de medio pelo dan clases y se ganan muy bien la vida explicando qué es una soleá, a qué se le llama compás, cómo se afina una guitarra, cuáles son los principales palos del cante, qué un cante festero, por qué es importante que el cantaor esté sentado.
Horas y horas de estudio del español, para llegar a entender lo que están cantando, y también de la cultura gitana, de la historia del cante, aprendiendo anécdotas sobre flamencos, viajando a España, probando el vino fino, visitando los tablaos.
Ahora imaginen una afición similar en España por el kabuki, el teatro tradicional japonés. Imaginen varias escuelas en Madrid, Barcelona y Sevilla en las que maestros japoneses intentan hacer comprender a los aficionados el significado del más mínimo gesto de las cejas, la expresividad encerrada en un movimiento de caderas. Piensen en hombres y mujeres estudiando toda la vida para aprender a maquillar, a vestir a los actores, a que el sonido de la música tradicional suene en el tono justo.
Horas y horas de estudio del japonés, de la tradición literaria, de la sutileza de una cultura milenaria para comprender, aún de forma superficial, algo de ese teatro.
Me pregunto si en el kabuki tienen algo parecido a ver encarnarse el flamenco de forma inexplicable en una señora gitana de sesenta años que, con las zapatillas de estar por casa, se sube la falda por encima de las rodillas mientras zapatea.
Y, aunque parezca extraño, aunque yo no tenga ni la más remota idea del significado de ese teatro, aunque para mí solo sean actores exagerando mucho el gesto con la cara maquillada de blanco, me respondo que sí, que estoy seguro de sí que lo tienen.
Y entonces pienso en las cosas que tenemos en común. Y me consuela. Algo.
Horas y horas de estudio del español, para llegar a entender lo que están cantando, y también de la cultura gitana, de la historia del cante, aprendiendo anécdotas sobre flamencos, viajando a España, probando el vino fino, visitando los tablaos.
Ahora imaginen una afición similar en España por el kabuki, el teatro tradicional japonés. Imaginen varias escuelas en Madrid, Barcelona y Sevilla en las que maestros japoneses intentan hacer comprender a los aficionados el significado del más mínimo gesto de las cejas, la expresividad encerrada en un movimiento de caderas. Piensen en hombres y mujeres estudiando toda la vida para aprender a maquillar, a vestir a los actores, a que el sonido de la música tradicional suene en el tono justo.
Horas y horas de estudio del japonés, de la tradición literaria, de la sutileza de una cultura milenaria para comprender, aún de forma superficial, algo de ese teatro.
Me pregunto si en el kabuki tienen algo parecido a ver encarnarse el flamenco de forma inexplicable en una señora gitana de sesenta años que, con las zapatillas de estar por casa, se sube la falda por encima de las rodillas mientras zapatea.
Y, aunque parezca extraño, aunque yo no tenga ni la más remota idea del significado de ese teatro, aunque para mí solo sean actores exagerando mucho el gesto con la cara maquillada de blanco, me respondo que sí, que estoy seguro de sí que lo tienen.
Y entonces pienso en las cosas que tenemos en común. Y me consuela. Algo.
martes, junio 15, 2010
Tundra
Piensen en la tundra. Yo siempre la he imaginado como una extensión de hierba helada, no sé por qué. Como los jardines de las casas del norte en invierno. Una capa de hielo blanquecino cubriendo el verde. Supongo que no es así, sé que no hay árboles en la tundra, ni árboles ni ardillas ni serpientes, pero la tundra está llena de musgos y líquenes, de turberas y de zonas pantanosas, todas ellas cubiertas por el rocío helado. Imaginen la tundra, cubierta de cristales de hielo, refulgentes al sol de la mañana. Imaginen a un reno inmenso caminando tranquilo.
Entre tanto, miren mi salón. Con los libros alineados por altura en la estantería, como una biblioteca renacentista con los libros en folio, los serios, a un lado y a otro los de octavo, los ligeros. Vean el desorden de películas y libros sobre la mesa, oigan al hombre negro cantar acompañado de una armónica algo sobre la soledad y sobre los burdeles. Miren por la ventana y observen a la pareja joven de pie, moviéndose rítmicamente, acunando a su niña pequeña. Si siguen por el pasillo, llegarán a mi cuarto de baño, no tengan miedo. Yo les dejo entrar. No están fisgando. La estantería del cuarto de baño tiene una puerta de cristal a través de la que se ven los botes de cápsulas alineadas. Hay un poco de todo: calmantes, relajantes musculares, antibióticos, paracetamol para el cuerpo y ansiolíticos y antidepresivos para el ánimo. Farmacopea. Los botes también están alineados por altura, como los libros.
Piensen en el desierto. Con la extensión roja de tierra cambiando del granate al bermellón a medida que el sol, inclemente, la ilumina. Las pitas y los cactus enhiestos sobre la tierra. Las serpientes moviéndose rápidas de un escondite a otro. Las dunas de arena avanzando lentamente, como dotadas de voluntad débil pero constante. Piensen en un escarabajo negro que surge de repente de un agujero en la arena y que corre rápido un par de metros, casi sin tocar el suelo, dejando pequeñas señales, como si peinara la tierra, unos cuantos granos cada vez, rápido, veloz.
Y ahora hagan como yo, tómense otra pastilla. Una más. Y otra. Y otra más.
No hagan ruido al marcharse ni avisen a nadie, por favor. Déjenme seguir soñando con la tundra. Con el desierto.
Entre tanto, miren mi salón. Con los libros alineados por altura en la estantería, como una biblioteca renacentista con los libros en folio, los serios, a un lado y a otro los de octavo, los ligeros. Vean el desorden de películas y libros sobre la mesa, oigan al hombre negro cantar acompañado de una armónica algo sobre la soledad y sobre los burdeles. Miren por la ventana y observen a la pareja joven de pie, moviéndose rítmicamente, acunando a su niña pequeña. Si siguen por el pasillo, llegarán a mi cuarto de baño, no tengan miedo. Yo les dejo entrar. No están fisgando. La estantería del cuarto de baño tiene una puerta de cristal a través de la que se ven los botes de cápsulas alineadas. Hay un poco de todo: calmantes, relajantes musculares, antibióticos, paracetamol para el cuerpo y ansiolíticos y antidepresivos para el ánimo. Farmacopea. Los botes también están alineados por altura, como los libros.
Piensen en el desierto. Con la extensión roja de tierra cambiando del granate al bermellón a medida que el sol, inclemente, la ilumina. Las pitas y los cactus enhiestos sobre la tierra. Las serpientes moviéndose rápidas de un escondite a otro. Las dunas de arena avanzando lentamente, como dotadas de voluntad débil pero constante. Piensen en un escarabajo negro que surge de repente de un agujero en la arena y que corre rápido un par de metros, casi sin tocar el suelo, dejando pequeñas señales, como si peinara la tierra, unos cuantos granos cada vez, rápido, veloz.
Y ahora hagan como yo, tómense otra pastilla. Una más. Y otra. Y otra más.
No hagan ruido al marcharse ni avisen a nadie, por favor. Déjenme seguir soñando con la tundra. Con el desierto.
domingo, junio 13, 2010
Duermevela
Lo malo de pasar de los treinta años es que tienes la edad de los que salen en televisión y son ellos los que salen en televisión y tú no. Tú sigues intentándolo y confiesas a los amigos que eres escritor o director o actor, justo antes de apurar la última copa o justo antes de meterte la penúltima raya o justo antes de cerrar el último garito abierto todos los martes. Te levantas después con resaca y te quejas del injusto destino que te mantiene atado a un trabajo que, aunque te permite pagar las facturas, cercena de raíz tu visión poética del mundo y es por ese cochino trabajo que tienes que salir a buscar estímulos, que tienes que beber unas copas todos los días y conversar con gente a la que, por mucho que lo intente, le pasa como a ti, que no sabe como entrar al centro del éxito desde su periferia, que no sabe como pasar de ser el chico que conoce a alguien con talento y famoso a ser ese que tiene talento y es famoso. El que sale en televisión.
Lo malo de pasar de los treinta años es que te sabes de memoria los nombres de los escritores, los músicos, los artistas que triunfaron antes de los veinticinco y se te aparecen en sueños, en largas listas que siempre son la misma y que retumban en tu cabeza con insistencia hasta que te duermes. Y en esos momentos de duermevela el mundo se te aparece con una plenitud de la que carece en la vigilia, y está esperando tu última obra, tu novela, o tu corto o tu cuadro, porque el mundo no sabe lo que se está perdiendo y entonces puedes contemplarte a ti mismo firmando ejemplares en la Feria del libro, sonriente, afeitado y guapo, preguntando a la gente que cómo se llaman y escribiendo dedicatorias ingeniosas. En la duermevela aparece el mundo tal y como debería ser y no como es. El mundo en el que no sales en televisión.
Lo malo no es pasar de los treinta años. Lo malo es pasar de los treinta años sin dejar de quejarte de lo injusto que es el mundo, sin haber entendido que al mundo le importas un carajo.
Lo malo de pasar de los treinta años es que te sabes de memoria los nombres de los escritores, los músicos, los artistas que triunfaron antes de los veinticinco y se te aparecen en sueños, en largas listas que siempre son la misma y que retumban en tu cabeza con insistencia hasta que te duermes. Y en esos momentos de duermevela el mundo se te aparece con una plenitud de la que carece en la vigilia, y está esperando tu última obra, tu novela, o tu corto o tu cuadro, porque el mundo no sabe lo que se está perdiendo y entonces puedes contemplarte a ti mismo firmando ejemplares en la Feria del libro, sonriente, afeitado y guapo, preguntando a la gente que cómo se llaman y escribiendo dedicatorias ingeniosas. En la duermevela aparece el mundo tal y como debería ser y no como es. El mundo en el que no sales en televisión.
Lo malo no es pasar de los treinta años. Lo malo es pasar de los treinta años sin dejar de quejarte de lo injusto que es el mundo, sin haber entendido que al mundo le importas un carajo.
miércoles, junio 09, 2010
Cómic
Juan solo tiene un diente en la encía superior, un diente como una bandera de marfil y cuando abre la boca se la ve muy vacía. Juan es calvo, delgado y siempre lleva vaqueros baratos, una sudadera y una mochila, de esas que sirven para llevar un portátil, a la espalda. Dudo de que sepa utilizar un ordenador, de que le haya interesado alguna vez usar un ordenador. La mochila le resulta útil para llevar los cómics. Será por la forma rectangular. Así puede transportarlos de un sitio a otro sin que se estropeen en las esquinas.
Juan entra en el bar y dice: tengo cosas nuevas, cosas que os van a interesar y muestra varios cómics de los años ochenta que ha encontrado y que, dependiendo de su rareza y de su estado de conservación, etiqueta con un precio u otro. Ninguno vale menos de veinte euros pero es un buen precio. Son cómics de época. Ayer, por ejemplo, me fijé en uno, editado por El Víbora, a finales de los ochenta, una recopilación de viñetas satíricas pornográficas de los años treinta que valía treinta y cinco euros. Ya digo que no me parece un mal precio. Cuando me intereso por él, el hombre nos cuenta que en la época, en Estados Unidos, los buhoneros vendían de pueblo en pueblo todo tipo de cacharros, que sacaban de una caja y que, al lado, tenían otra de la que iban sacando los dibujos. Seguramente será mentira pero la historia es buena y eso es lo que importa. Pierdo un momento el hilo de la conversación mientras imagino al viajante con su carromato, o con su furgoneta de los años treinta, mostrando con disimulo los tebeos a los interesados, preocupado por la llegada del inevitable grupo de señoras escandalizadas, de esas que siempre asisten al sermón del reverendo. Faulkner. Amanece que no es poco. El villorrio. Cuando vuelvo, Juan me está mirando con toda la cara sonriendo, comprimida entre los ojos y la boca, como si se encongiera en una franja muy estrecha. La boca sigue llena de huecos. El diente sigue ahí. Pienso en que Antonio, el caricaturista que también va de bar en bar ofreciendo su trabajo, haría un dibujo fantástico con él. Parece un personaje de sus tebeos.
Juan dice con su voz cazallera:
—Cómprame este de los Freak Brothers, que tú eres muy friki.
—No, dame ese que no lo tengo —contesta un amigo.
—Sí, sí lo tienes. Que lo sé yo y llevo la cuenta de los cómics que te vendo.
—Seguro que lo tiene por ahí en su casa sin abrir, como hace siempre. Eso si no se lo ha dejado en un bar —apostilla otro.
—Que no, que no lo tengo, coño. Si lo sabré yo.
—Que sí lo tienes, que te lo he vendido ya. Joder, hazme caso, que yo me acuerdo de todos los que te vendo.
—Bueno, si tú lo dices... ¿Quieres una cañita?
—Venga, una cañita rápida que tengo que seguir trabajando.
Echo un vistazo a los cómics. Me traen recuerdos. Recopilaciones de CIMOC, de El Víbora, de aquella época en la que había al menos veinte revistas diferentes que publicaban historias gráficas cada quince días. Ay, la de veces que me habré encerrado en el baño con uno de aquellos, pienso. Fast Rewind hasta la habitación de un amigo, mirando tebeos de superhéroes, de misterio. El perfume del invisible. Milo Manara. Ahhh.
Juan se acaba la caña de un par de tragos y cuando le preguntan si va a seguir el mundial de fútbol dice que no, que estará por ahí vendiendo cómics y restaurando en su casa. Le pregunto qué restaura pero no me hace mucho caso porque ya está cogiendo entre los brazos los diez kilos de tebeos que lleva como muestra y que siempre deja en la barra de los bares a los que entra buscando a sus clientes. Creo que Juan podría hacer una lista de los bares que frecuentan sin esfuerzo. Y otra con los cómics que cada uno le ha comprado. Debe de tener una memoria prodigiosa este hombre. Una memoria prodigiosa y un solo diente.
—Nos vemos, chavales.
—Venga, que te vaya bien, Juan. Que vendas mucho.
Juan entra en el bar y dice: tengo cosas nuevas, cosas que os van a interesar y muestra varios cómics de los años ochenta que ha encontrado y que, dependiendo de su rareza y de su estado de conservación, etiqueta con un precio u otro. Ninguno vale menos de veinte euros pero es un buen precio. Son cómics de época. Ayer, por ejemplo, me fijé en uno, editado por El Víbora, a finales de los ochenta, una recopilación de viñetas satíricas pornográficas de los años treinta que valía treinta y cinco euros. Ya digo que no me parece un mal precio. Cuando me intereso por él, el hombre nos cuenta que en la época, en Estados Unidos, los buhoneros vendían de pueblo en pueblo todo tipo de cacharros, que sacaban de una caja y que, al lado, tenían otra de la que iban sacando los dibujos. Seguramente será mentira pero la historia es buena y eso es lo que importa. Pierdo un momento el hilo de la conversación mientras imagino al viajante con su carromato, o con su furgoneta de los años treinta, mostrando con disimulo los tebeos a los interesados, preocupado por la llegada del inevitable grupo de señoras escandalizadas, de esas que siempre asisten al sermón del reverendo. Faulkner. Amanece que no es poco. El villorrio. Cuando vuelvo, Juan me está mirando con toda la cara sonriendo, comprimida entre los ojos y la boca, como si se encongiera en una franja muy estrecha. La boca sigue llena de huecos. El diente sigue ahí. Pienso en que Antonio, el caricaturista que también va de bar en bar ofreciendo su trabajo, haría un dibujo fantástico con él. Parece un personaje de sus tebeos.
Juan dice con su voz cazallera:
—Cómprame este de los Freak Brothers, que tú eres muy friki.
—No, dame ese que no lo tengo —contesta un amigo.
—Sí, sí lo tienes. Que lo sé yo y llevo la cuenta de los cómics que te vendo.
—Seguro que lo tiene por ahí en su casa sin abrir, como hace siempre. Eso si no se lo ha dejado en un bar —apostilla otro.
—Que no, que no lo tengo, coño. Si lo sabré yo.
—Que sí lo tienes, que te lo he vendido ya. Joder, hazme caso, que yo me acuerdo de todos los que te vendo.
—Bueno, si tú lo dices... ¿Quieres una cañita?
—Venga, una cañita rápida que tengo que seguir trabajando.
Echo un vistazo a los cómics. Me traen recuerdos. Recopilaciones de CIMOC, de El Víbora, de aquella época en la que había al menos veinte revistas diferentes que publicaban historias gráficas cada quince días. Ay, la de veces que me habré encerrado en el baño con uno de aquellos, pienso. Fast Rewind hasta la habitación de un amigo, mirando tebeos de superhéroes, de misterio. El perfume del invisible. Milo Manara. Ahhh.
Juan se acaba la caña de un par de tragos y cuando le preguntan si va a seguir el mundial de fútbol dice que no, que estará por ahí vendiendo cómics y restaurando en su casa. Le pregunto qué restaura pero no me hace mucho caso porque ya está cogiendo entre los brazos los diez kilos de tebeos que lleva como muestra y que siempre deja en la barra de los bares a los que entra buscando a sus clientes. Creo que Juan podría hacer una lista de los bares que frecuentan sin esfuerzo. Y otra con los cómics que cada uno le ha comprado. Debe de tener una memoria prodigiosa este hombre. Una memoria prodigiosa y un solo diente.
—Nos vemos, chavales.
—Venga, que te vaya bien, Juan. Que vendas mucho.
jueves, junio 03, 2010
Cruces
Mamen conoce a un chico, actor en paro, que, a su vez, conoce a una escritora famosa, de nombre Lucía, que ha vendido bastante escribiendo sobre la naturaleza femenina, los problemas femeninos, y demás cuestiones relacionadas con el bello sexo, epíteto que en su caso, tal vez alguna vez fuera cierto pero que ahora es más que inexacto. El actor en paro no tiene nunca un euro pero sí la tendencia de meterse de rondón en casa de los demás, particularmente en la de Mamen, principiante en el mundo de la fotografía profesional y bastante celosa de su intimidad aunque con debilidad por los hombres guapos, y de Lucía, mujer madura que se deja halagar por un chico joven, actor en paro, y de gran rendimiento atlético. Mamen se queja a un amigo suyo, aspirante a escritor, de que el actor la llama constantemente, probablemente intentando agenciarse una cena, a pesar de que ella le ha insistido en que no lo haga porque está harta de tener que invitarlo siempre y de echarlo de casa cuando se harta de ver su cara en el espejo. El actor, cuando, gracias a su insistencia y a la poca voluntad de Mamen, consigue quedar con ella, le cuenta las cenas que comparte con Lucía, la escritora. Según parece, Lucía se pone su ropa interior más sexy, comprada en La Perla, ahora que puede pagársela, cuando queda con el actor en paro, para que todo sea perfecto después de los postres. El actor en paro, que nunca tiene un chavo, anda desesperado por encontrar la manera de seguir pagándose la viagra, bastante cara, para poder seguir disfrutando del glamour de la compañía de alguien tan famoso. Afortunadamente, el actor en paro tiene amigos en la noche, actores como él, que sirven copas y trafican con estupefacientes y viagra, que últimamente es la combinación de moda para acabar la noche de la mejor forma posible, que según todos ellos es el sexo con desconocidos tras una noche de drogas. Pero los amigos del actor, después de hablarle de las últimas audiciones y de las obras de teatro alternativo en las que están participando, en las que interpretan papeles intensamente dramáticos en piezas cortas pero profundas, le regalan media pastilla sin olvidar recordarle que, incluso en la farmacia, no son nada baratas. Mamen, mientras tanto, hace cursos de fotografía y sale a sacar fotos, trabaja en bodas, comuniones y guarderías y gasta todo el dinero que gana con sus imágenes en material fotográfico. Lucía, mientras tanto, escribe sobre los problemas femeninos, pensando en los fantásticos cunninligus que últimamente le han caído en suerte. El actor en paro, mientras tanto, se presenta todos los días a audiciones en las que, invariablemente, le dicen que tiene mala cara y que debería asistir a algunas clases en las que mejorar su dicción. El aspirante a escritor, mientras tanto, mantiene un blog.
El aspirante a escritor a veces piensa, cuando tiene un mal día y advierte que la vida no tiene vuelta atrás, que es posible que ni siquiera tenga talento después de todo, que, gracias a un actor en paro, gorrón y caradura, que llama a su amiga y le hace sentirse incómoda, más camarero que actor, como todos, juerguista y drogadicto, como todos, solo está a dos saltos del cunninligus a Lucía, la escritora famosa que podría ser su pasaporte a la fama. Y como sabe que, hoy en día, todo es cuestión de a quién conoces, le desea al actor en paro habilidad y resistencia en su función sexual, a ver si en la próxima fiesta de una editorial famosa en la que se ha colado, puede decirle a Lucía que todo lo que sabe el actor en paro se lo ha enseñado él y que si quiere comprobarlo. Y a ver si cuela.
El aspirante a escritor a veces piensa, cuando tiene un mal día y advierte que la vida no tiene vuelta atrás, que es posible que ni siquiera tenga talento después de todo, que, gracias a un actor en paro, gorrón y caradura, que llama a su amiga y le hace sentirse incómoda, más camarero que actor, como todos, juerguista y drogadicto, como todos, solo está a dos saltos del cunninligus a Lucía, la escritora famosa que podría ser su pasaporte a la fama. Y como sabe que, hoy en día, todo es cuestión de a quién conoces, le desea al actor en paro habilidad y resistencia en su función sexual, a ver si en la próxima fiesta de una editorial famosa en la que se ha colado, puede decirle a Lucía que todo lo que sabe el actor en paro se lo ha enseñado él y que si quiere comprobarlo. Y a ver si cuela.
lunes, mayo 31, 2010
Barrio X
El Loren, un tipo cojo que se dedicaba a vender droga, me estaba diciendo: Pues sí, el Antoñín palmó hace un mes, en un accidente de coche. Y deja mujer y dos hijas. Aunque, tarde o temprano tenía que pasarle algo así, por coger el coche puesto hasta las cejas, fíjate yo, y señalaba su pierna mala, y tuve suerte, eh, tuve suerte porque me salí de la carretera a 140 y no me quedé en una silla de ruedas.
Me lo contaba en un bar con demasiada luz, con tubos fluorescentes blancos, un bar de barrio más, con una barra de aluminio, una carta de comida que cocinaba la mujer del dueño y unos camareros con camisa blanca y la cara llena de marcas, problemas de alcoholismo y una acusada tendencia a mirar hacia otro lado cuando se formaba una cola en el baño del bar de gente demasiado agitada. Un bar de tantos, que tal vez se llamara Antonio, Casa Juli, el Parreño, o de cualquier otra manera.
Lo estaba mirando y pensé: qué naturalidad tienen al hablar de la muerte, como si se tratara de un accidente más, poca cosa. Como supongo que tienen todos aquellos que están habituados a convivir con ella. No esperan acumular el suficiente dinero para tener una casa y otra en la playa y un coche de alta gama que la familia pueda envidiar, pensando, mira lo bien que le va al cabrón del Loren. No. Quieren llegar a mañana, pensé, y a dentro de cinco años, si tienen suerte.
Fuimos a su piso y durante el rato de cortesía que hay que dedicar a cualquier camello con el que tengas suficiente confianza como para que te invite a casa, observé su pelo corto y su barriga, su ropa de saldo y los vaqueros desteñidos con lamparones, sus zapatillas de deporte blancas de cuero sintético, la cojera de su pierna derecha. Olí el desagradable tufo de aquel salón, a suciedad acumulada y a desorden, insoportable hasta que te acostumbrabas y desaparecía sin más. Escuché el ruido de los niños llorando, a su mujer rezongando en otra habitación mientras tendía la colada, las rumbas en la radio por el patio interior en el que se secaba la ropa. Y tras pasarle los billetes, el Loren, mientras pesaba el material con una balanza electrónica y preparaba las bolsitas de plástico en las que lo guardaría, dijo: ya veréis como os gusta, ya veréis lo rico que está, un material de primera.
Y, después de despedirnos con un apretón de manos y de apuntar su nuevo número de móvil, abrimos la puerta de su casa y bajamos los tres tramos de escaleras que nos separaban del parque, nos montamos en el coche y volvimos a casa. Y durante todo ese tiempo no conseguí que se fuera de mi cabeza el tono con el que había dicho que un amigo suyo de toda la vida se había muerto, ese tono de resignación ante el destino, esa entereza tan extraña ante la muerte.
Me lo contaba en un bar con demasiada luz, con tubos fluorescentes blancos, un bar de barrio más, con una barra de aluminio, una carta de comida que cocinaba la mujer del dueño y unos camareros con camisa blanca y la cara llena de marcas, problemas de alcoholismo y una acusada tendencia a mirar hacia otro lado cuando se formaba una cola en el baño del bar de gente demasiado agitada. Un bar de tantos, que tal vez se llamara Antonio, Casa Juli, el Parreño, o de cualquier otra manera.
Lo estaba mirando y pensé: qué naturalidad tienen al hablar de la muerte, como si se tratara de un accidente más, poca cosa. Como supongo que tienen todos aquellos que están habituados a convivir con ella. No esperan acumular el suficiente dinero para tener una casa y otra en la playa y un coche de alta gama que la familia pueda envidiar, pensando, mira lo bien que le va al cabrón del Loren. No. Quieren llegar a mañana, pensé, y a dentro de cinco años, si tienen suerte.
Fuimos a su piso y durante el rato de cortesía que hay que dedicar a cualquier camello con el que tengas suficiente confianza como para que te invite a casa, observé su pelo corto y su barriga, su ropa de saldo y los vaqueros desteñidos con lamparones, sus zapatillas de deporte blancas de cuero sintético, la cojera de su pierna derecha. Olí el desagradable tufo de aquel salón, a suciedad acumulada y a desorden, insoportable hasta que te acostumbrabas y desaparecía sin más. Escuché el ruido de los niños llorando, a su mujer rezongando en otra habitación mientras tendía la colada, las rumbas en la radio por el patio interior en el que se secaba la ropa. Y tras pasarle los billetes, el Loren, mientras pesaba el material con una balanza electrónica y preparaba las bolsitas de plástico en las que lo guardaría, dijo: ya veréis como os gusta, ya veréis lo rico que está, un material de primera.
Y, después de despedirnos con un apretón de manos y de apuntar su nuevo número de móvil, abrimos la puerta de su casa y bajamos los tres tramos de escaleras que nos separaban del parque, nos montamos en el coche y volvimos a casa. Y durante todo ese tiempo no conseguí que se fuera de mi cabeza el tono con el que había dicho que un amigo suyo de toda la vida se había muerto, ese tono de resignación ante el destino, esa entereza tan extraña ante la muerte.
jueves, mayo 27, 2010
Futbolista
Sé que piensas en aquel gol de la final. Como todos los días de los últimos veinte años, recuerdas los detalles de aquel gol, la emoción del estadio, el grito alborozado de los hinchas, la parábola que describió el balón al entrar a la red, incluso la presión del balón contra tu pie, la sensación en el pulgar derecho de haber golpeado bien, la salida del balón girando sobre sí mismo y escorándose a la derecha. Lo recuerdas todo, todos los días. Siempre que te duelen las rodillas, llegan las imágenes. Lo sé.
Y tras el recuerdo siempre te preguntas lo mismo. ¿De dónde sale la velocidad a la que el tiempo parecer transcurrir ahora, como si el propio tiempo se envalentonara y se animara a pasar cada vez más rápido a medida que se acumula? También sé que la pregunta que siempre, como un eco que no acaba de oírse, queda flotando en el aire es la de ¿cómo es posible que a mí? ¿Verdad que es esa la pregunta? La respuesta que queda flotando también la sé: no, no es posible. No es posible que a mí. No.
Ay, amigo, esa es la cuestión. ¿Cómo es posible? ¿Como es posible que a nosotros? ¿A nosotros? Y en tu caso debe de ser todavía más difícil, ¿no? En tu caso la caída ha debido de ser más dura. Ahora eres un héroe mítico, perteneces al olimpo de esta sociedad tan necesitada de dioses y ahora eres nadie, como Ulises al regresar a Ítaca. Ha debido de ser duro, sí. ¿Recordará Ulises, como tú, su momento de gloria, aquella vez que consiguió cerrar el ojo de cíclope? ¿Se revolverá en su cama reviviendo sus aventuras, al igual que tú no consigues dormir muchas noches y sientes que tu casa inmensa es demasiado grande para ti, que la mujer que duerme a tu lado se va convirtiendo progresivamente en una extraña? ¿Reinventará Ulises todos los días, cuando le parezca oír de nuevo a las sirenas, lo que sintió al hundir la espada en aquel ojo? No lo sé, amigo, sinceramente no lo sé. Resulta algo triste verte así.
Yo no tengo, como tú, un momento culminante en mi vida, no tengo un lugar al que volver una y otra vez. Sin contar con que tu lugar, esa casa a la que regresas, es un sitio casi físico, un éxito incontestable, porque si algo bueno tiene el deporte es precisamente eso, que en estos tiempos de inseguridades, es algo incuestionable, si ganas, ganas, que un éxito deportivo no se va empañando con el tiempo, como ocurre con el resto de cosas. Yo no tengo un sitio así al que volver, amigo mío. Yo tengo varios lugares a los que suelo regresar. Y regreso así, como estoy haciendo ahora, ¿sabes? Los recuerdo, los recreo, me los invento, los describo. A eso he dedicado mi vida, ¿ves?, a hacerme con las palabras, a aprender que a todo lo cubre un manto de polvo y olvido. Y a que no me importe.
Pero cómo comparar esos lugares con tu día de gloria, con la emoción del gladiador, con el estadio rugiendo, con los millones de ojos observando cada movimiento tuyo, con la adrenalina circulando libre por tus venas, con la belleza armoniosa de tu cuerpo en carrera. A tu lado, yo no recuerdo más que pálidas sombras, un atardecer, un templo cubierto de maleza, un horizonte despojado, una copa de vino. Pálidas sombras de otras vidas sin importancia, como todas las vidas. A tu lado mi vida ha sido vulgar, mi vida ha sido una de tantas. Como compararla con el éxito, con los focos, con la fama, con el dinero, con la aclamación. Cómo hacerlo y no sentirse insignificante. Aunque tratar de sentirse insignificante sea un propósito lleno de sentido. Sé que no me entiendes. Sé que ni te preocupa. Pero yo a ti sí que lo hago, amigo, te lo aseguro. Te comprendo muy bien. Sin que eso signifique que intento ponerme en tu lugar. Nunca me atrevería, bien lo sabes.
Y tras el recuerdo siempre te preguntas lo mismo. ¿De dónde sale la velocidad a la que el tiempo parecer transcurrir ahora, como si el propio tiempo se envalentonara y se animara a pasar cada vez más rápido a medida que se acumula? También sé que la pregunta que siempre, como un eco que no acaba de oírse, queda flotando en el aire es la de ¿cómo es posible que a mí? ¿Verdad que es esa la pregunta? La respuesta que queda flotando también la sé: no, no es posible. No es posible que a mí. No.
Ay, amigo, esa es la cuestión. ¿Cómo es posible? ¿Como es posible que a nosotros? ¿A nosotros? Y en tu caso debe de ser todavía más difícil, ¿no? En tu caso la caída ha debido de ser más dura. Ahora eres un héroe mítico, perteneces al olimpo de esta sociedad tan necesitada de dioses y ahora eres nadie, como Ulises al regresar a Ítaca. Ha debido de ser duro, sí. ¿Recordará Ulises, como tú, su momento de gloria, aquella vez que consiguió cerrar el ojo de cíclope? ¿Se revolverá en su cama reviviendo sus aventuras, al igual que tú no consigues dormir muchas noches y sientes que tu casa inmensa es demasiado grande para ti, que la mujer que duerme a tu lado se va convirtiendo progresivamente en una extraña? ¿Reinventará Ulises todos los días, cuando le parezca oír de nuevo a las sirenas, lo que sintió al hundir la espada en aquel ojo? No lo sé, amigo, sinceramente no lo sé. Resulta algo triste verte así.
Yo no tengo, como tú, un momento culminante en mi vida, no tengo un lugar al que volver una y otra vez. Sin contar con que tu lugar, esa casa a la que regresas, es un sitio casi físico, un éxito incontestable, porque si algo bueno tiene el deporte es precisamente eso, que en estos tiempos de inseguridades, es algo incuestionable, si ganas, ganas, que un éxito deportivo no se va empañando con el tiempo, como ocurre con el resto de cosas. Yo no tengo un sitio así al que volver, amigo mío. Yo tengo varios lugares a los que suelo regresar. Y regreso así, como estoy haciendo ahora, ¿sabes? Los recuerdo, los recreo, me los invento, los describo. A eso he dedicado mi vida, ¿ves?, a hacerme con las palabras, a aprender que a todo lo cubre un manto de polvo y olvido. Y a que no me importe.
Pero cómo comparar esos lugares con tu día de gloria, con la emoción del gladiador, con el estadio rugiendo, con los millones de ojos observando cada movimiento tuyo, con la adrenalina circulando libre por tus venas, con la belleza armoniosa de tu cuerpo en carrera. A tu lado, yo no recuerdo más que pálidas sombras, un atardecer, un templo cubierto de maleza, un horizonte despojado, una copa de vino. Pálidas sombras de otras vidas sin importancia, como todas las vidas. A tu lado mi vida ha sido vulgar, mi vida ha sido una de tantas. Como compararla con el éxito, con los focos, con la fama, con el dinero, con la aclamación. Cómo hacerlo y no sentirse insignificante. Aunque tratar de sentirse insignificante sea un propósito lleno de sentido. Sé que no me entiendes. Sé que ni te preocupa. Pero yo a ti sí que lo hago, amigo, te lo aseguro. Te comprendo muy bien. Sin que eso signifique que intento ponerme en tu lugar. Nunca me atrevería, bien lo sabes.
martes, mayo 25, 2010
Barrio IX
El Pelu le estaba diciendo al Negro: como le vea mi chupa a alguien, lo rajo. Te lo advierto porque sé que sabes quién me la quitó. Lo sé. Dile de mi parte que como venga a tu bar y se la vea puesta, lo mato. Que lo sepas.
No va a matar a nadie, pensaba yo, cómo va a matar a nadie. Si es mi amigo. Pero también recordaba una anécdota que me contó de cuando era un niño (tal vez ocho o nueve años antes) y le tiró la boina a un profesor por hacer la gracia y cuando el Consejo Escolar le abrió un expediente, no tuvo otra idea que llevar una navaja al colegio por si acaso lo echaban definitivamente y no podía matricularse en el instituto. Otra leyenda urbana, claro, eso de que si te abrían expediente no podías volver a matricularte y te vetaban para los estudios para siempre. Ya ves. Para lo que luego le sirvió matricularse. Pero en aquellos días, supongo que el mundo se acababa con facilidad, el mundo se volvía muy áspero con cualquier nimiedad. Sin perspectiva es fácil ahogarte en un vaso de agua. Si solo has nadado en un vaso, qué sabes tú de que existe el mar. Yo quise morirme una vez porque atranqué el váter de mis padres con unas revistas porno. Pensé que era mejor deshacerme de ellas, de aquellas fotografías de los años setenta con mujeres con abundante vello púbico en el váter y el agua se desbordó y la vergüenza casi pudo conmigo. No porque mis padres hubieran descubierto aquellas revistas. O que me masturbaba. No. Sino por la vergüenza de haber sido tan idiota. Por eso creo que lo entendí cuando me contó lo de la boina y la navaja. El Consejo Escolar solo lo echó una semana y un viejo profesor con boina pudo retirarse a tiempo y mi amigo pudo matricularse en el instituto. Ya ves. Para lo que luego le sirvió.
Y otro día: Negro, dile a tu colega. Y el Negro: no es mi colega. Pues dile a quien sea que como lo vea con mi chupa lo mato. Por estas que me lo llevo para adelante.
Y el Negro: A mí me dejas de tus movidas. Y él: Sí, sí, mis movidas pero la chupa me la quitaron en tu bar.
Y el Negro bufando y su corpachón estremeciéndose y yo diciendo: Joder, Pelu, que no es para tanto. La próxima vez que vuelva a Córdoba te traigo otra, que me costó solo 3000 pelas en la tienda esa de segunda mano del novio de Marta, que ya te lo he dicho. No pasa nada. O mejor, te vienes a Granada y eliges tú la que quieres y ya está.
Y el Pelu: Que no pasa nada, que no pasa nada. Pues sí pasa. Pasa que es mi chupa. Y como vea al hijoputa que se la ha llevado, le van a llover hostias hasta en el carnet de identidad. Que lo mato.
—Que sí, pero te vas a meter en un marrón por una estupidez, por 3000 pelas.
—Que no son las 3000 pelas, a ver si te enteras, que no son las putas 3000 pelas, que a mí nadie me levanta la chupa. Y menos en el bar al que vengo a diario. Y menos si el Negro sabe quién es. Anda, Negro, dímelo. A ti qué más te da. Si yo no voy a decirle quién me lo ha dicho. Anda, enróllate.
—Joder Pelu, que no. Que no te lo puedo decir. ¿Para qué? Para buscarme una ruina. Que no, coño.
Y volvía de Granada y el Pelu me contaba que había pasado varias veces esa semana por el bar del Negro a preguntar por su chupa. Y, claro, yo que lo conocía, lo imaginaba con la misma cantinela una y otra vez. Que como lo vea, lo rajo. Que como yo vea mi chupa y la lleve cualquier pringado, que me lo llevo para adelante. Y otra vez. Y para qué quiere una chupa el gilipollas ese si no se la puede poner. Para qué, a ver. Porque sé que es uno de los que me puedo encontrar en cualquier garito, y como lo vea… Me lo imaginaba y luego el Negro me decía en un aparte. Joder, con tu colega, la que le ha dado con la chupa. Y yo le decía: no se te ocurra decirle quién se la ha mangado que se le ha metido entre ceja y ceja. Y él: pues claro que no.
Y luego me enteré de que un día, por casualidad, salió de copas con uno de los colegas de su barrio. Un tipo mayor que nosotros, medio gitano, creo, no recuerdo, con pinta de peruano. Aunque por entonces no vivieran peruanos en España. Un hombre que trabajaba en una obra, de su barrio de toda la vida. Alguien que jamás se había metido en un lío.
Pero el Negro pensó finalmente que igual el Pelu no era alguien a quien se pudiera robar. Igual pensó que el idiota que se había llevado la chupa (y era un idiota, después de unos años, nos enteramos de que era un niñato pijo que se había encaprichado de la chupa de mi amigo) se había metido en un verdadero problema por 3000 cochinas pesetas.
Y al siguiente día, cuando el Pelu pasó por el bar a darle la tabarra al Negro con su chupa, el Negro le dijo: mira lo que tengo aquí. Y se la devolvió. Mi amigo, entonces, se la puso, se miró en el espejo y sonrió.
Y le dijo: Anda, dime quién ha sido. A ti qué más te da. Si total, la chupa ya la tengo. Dime quien ha sido. A ver si le puedo partir la cabeza al hijoputa que me ha robado. Si a ti ya te da igual. Si ya me ha devuelto la chupa el cabrón. Dime quién ha sido y así me quedo tranquilo, hombre.
No va a matar a nadie, pensaba yo, cómo va a matar a nadie. Si es mi amigo. Pero también recordaba una anécdota que me contó de cuando era un niño (tal vez ocho o nueve años antes) y le tiró la boina a un profesor por hacer la gracia y cuando el Consejo Escolar le abrió un expediente, no tuvo otra idea que llevar una navaja al colegio por si acaso lo echaban definitivamente y no podía matricularse en el instituto. Otra leyenda urbana, claro, eso de que si te abrían expediente no podías volver a matricularte y te vetaban para los estudios para siempre. Ya ves. Para lo que luego le sirvió matricularse. Pero en aquellos días, supongo que el mundo se acababa con facilidad, el mundo se volvía muy áspero con cualquier nimiedad. Sin perspectiva es fácil ahogarte en un vaso de agua. Si solo has nadado en un vaso, qué sabes tú de que existe el mar. Yo quise morirme una vez porque atranqué el váter de mis padres con unas revistas porno. Pensé que era mejor deshacerme de ellas, de aquellas fotografías de los años setenta con mujeres con abundante vello púbico en el váter y el agua se desbordó y la vergüenza casi pudo conmigo. No porque mis padres hubieran descubierto aquellas revistas. O que me masturbaba. No. Sino por la vergüenza de haber sido tan idiota. Por eso creo que lo entendí cuando me contó lo de la boina y la navaja. El Consejo Escolar solo lo echó una semana y un viejo profesor con boina pudo retirarse a tiempo y mi amigo pudo matricularse en el instituto. Ya ves. Para lo que luego le sirvió.
Y otro día: Negro, dile a tu colega. Y el Negro: no es mi colega. Pues dile a quien sea que como lo vea con mi chupa lo mato. Por estas que me lo llevo para adelante.
Y el Negro: A mí me dejas de tus movidas. Y él: Sí, sí, mis movidas pero la chupa me la quitaron en tu bar.
Y el Negro bufando y su corpachón estremeciéndose y yo diciendo: Joder, Pelu, que no es para tanto. La próxima vez que vuelva a Córdoba te traigo otra, que me costó solo 3000 pelas en la tienda esa de segunda mano del novio de Marta, que ya te lo he dicho. No pasa nada. O mejor, te vienes a Granada y eliges tú la que quieres y ya está.
Y el Pelu: Que no pasa nada, que no pasa nada. Pues sí pasa. Pasa que es mi chupa. Y como vea al hijoputa que se la ha llevado, le van a llover hostias hasta en el carnet de identidad. Que lo mato.
—Que sí, pero te vas a meter en un marrón por una estupidez, por 3000 pelas.
—Que no son las 3000 pelas, a ver si te enteras, que no son las putas 3000 pelas, que a mí nadie me levanta la chupa. Y menos en el bar al que vengo a diario. Y menos si el Negro sabe quién es. Anda, Negro, dímelo. A ti qué más te da. Si yo no voy a decirle quién me lo ha dicho. Anda, enróllate.
—Joder Pelu, que no. Que no te lo puedo decir. ¿Para qué? Para buscarme una ruina. Que no, coño.
Y volvía de Granada y el Pelu me contaba que había pasado varias veces esa semana por el bar del Negro a preguntar por su chupa. Y, claro, yo que lo conocía, lo imaginaba con la misma cantinela una y otra vez. Que como lo vea, lo rajo. Que como yo vea mi chupa y la lleve cualquier pringado, que me lo llevo para adelante. Y otra vez. Y para qué quiere una chupa el gilipollas ese si no se la puede poner. Para qué, a ver. Porque sé que es uno de los que me puedo encontrar en cualquier garito, y como lo vea… Me lo imaginaba y luego el Negro me decía en un aparte. Joder, con tu colega, la que le ha dado con la chupa. Y yo le decía: no se te ocurra decirle quién se la ha mangado que se le ha metido entre ceja y ceja. Y él: pues claro que no.
Y luego me enteré de que un día, por casualidad, salió de copas con uno de los colegas de su barrio. Un tipo mayor que nosotros, medio gitano, creo, no recuerdo, con pinta de peruano. Aunque por entonces no vivieran peruanos en España. Un hombre que trabajaba en una obra, de su barrio de toda la vida. Alguien que jamás se había metido en un lío.
Pero el Negro pensó finalmente que igual el Pelu no era alguien a quien se pudiera robar. Igual pensó que el idiota que se había llevado la chupa (y era un idiota, después de unos años, nos enteramos de que era un niñato pijo que se había encaprichado de la chupa de mi amigo) se había metido en un verdadero problema por 3000 cochinas pesetas.
Y al siguiente día, cuando el Pelu pasó por el bar a darle la tabarra al Negro con su chupa, el Negro le dijo: mira lo que tengo aquí. Y se la devolvió. Mi amigo, entonces, se la puso, se miró en el espejo y sonrió.
Y le dijo: Anda, dime quién ha sido. A ti qué más te da. Si total, la chupa ya la tengo. Dime quien ha sido. A ver si le puedo partir la cabeza al hijoputa que me ha robado. Si a ti ya te da igual. Si ya me ha devuelto la chupa el cabrón. Dime quién ha sido y así me quedo tranquilo, hombre.
viernes, mayo 21, 2010
Teletransporte
A Peter
Supongamos que lo consiguen. Que acaban por inventar el teletransporte, la tecnología fallida del futuro que nos prometieron (junto a los coches que vuelan, faltan solo seis años para que estemos en el mundo que Ridley Scott imaginó en Blade Runner y seguimos esperándolos). Supongamos que existe. Supongamos que la humanidad ha conseguido inventar un método para transportar de manera instantánea la materia de un sitio a otro. La inerte y la viva. Las cosas y las personas. Se pueden hacer una idea. Una pequeña cápsula con una portezuela, de color metálico, que emite un silbido sssshhhhhh, al activarla. Un fogonazo de luz (un efecto especial, como el sonido de las naves espaciales) y al fijar la vista en una segunda cápsula, exactamente igual a la primera, vemos un objeto que no estaba ahí, que aparece de la nada (tal vez dejando un rastro de humo blanquecino, también exigencia del guión). Lo hemos visto mil veces.
Bien, pues una posibilidad es imaginar, si el viaje en sí deja de tener sentido, si el transporte de mercancías desaparece, si la logística y la distribución se mueren, un mundo sin coches, sin combustibles fósiles, sin contaminación, el que las fábricas estarían alimentadas por energía solar. Un mundo feliz. Ya saben, tomar un café en Central Park, un aperitivo en Tailandia, un mundo fluido, deslocalizado.
Ahora bien, dado que, tal y como defendía con acierto Marx, la economía continuaría siendo el motor de la historia, la oferta y la demanda seguirían imponiendo su ley. Habría una demanda tremenda para ir a Nueva York y una demanda ínfima para tomar un chato en, pongamos, Motilla del Palancar, por lo que, en buena lógica, el sistema de cápsulas tendría una configuración parecida al sistema de transporte actual. Miles de capsulas en Central Park Station emitiendo fogonazos constantes, y cintas transportadoras y escaleras mecánicas y gigantescas filas de personas dejándose escanear para poder acceder al país, lectores de retina. Y en Motilla del Palancar ni una sola cápsula, la más próxima en la capital de provincia. ¿No creen?
Si para ir de Madrid a Barcelona en avión, el vuelo ocupa un 20% del total del tiempo del viaje y para ir Madrid a Nueva Zelanda, un 80%, lo que la nueva tecnología conseguiría es reducir ese tiempo, no el resto y siempre habría un resto. Es cierto que los ricos tendrían una cabina en casa, al igual que ahora tienen jets privados que les evitan las aglomeraciones de la aviación comercial y helicópteros que los llevan de los aeropuertos a los centros de negocios. Ellos. Los poderosos. Pero tener una cápsula sería astronómicamente caro y solo estaría al alcance de unos pocos. De los de siempre.
La tecnología que iba a acabar con la infelicidad se parecería mucho a la energía nuclear. Habría un consejo mundial que la regularía. Los países que intentaran desarrollar cápsulas de forma independiente, serían sancionados, tal vez invadidos (invadidos de forma tradicional porque es de suponer que el ejército enemigo no podría teletransportarse dentro del país), lo que nos devuelve, más o menos a done estamos. La tecnología que iba a cambiar el mundo se convertiría en algo parecido a la telefonía móvil. Economía obliga. Piénsenlo.
Por favor, señores científicos, olviden el teletransporte. Y concéntrense en lo que importa: inventen los coches que vuelan de una puta vez.
viernes, mayo 14, 2010
Casavella 2.0
Podríamos afirmar que una paradoja es la brillante forma de la inquietud, la expresión de una dificultad insuperable para el pensamiento racional. O la permanencia del carácter ambiguo de los seres humanos, de su relación y de las situaciones grandes y pequeñas, graves o ligeras, que generan esas relaciones ambiguas entre seres humanos ambiguos en un mundo al que, si no queremos trivial, se nos mostrará áspero y caótico. Paradoja es también el esfuerzo del individuo por captar la verdadera esencia de las cosas, su misterio, y la duda continua ante la formación poliédrica de esas mismas cosas, representadas en su memoria por el sentido múltiple y variable de un tiempo pasado que pensaba como propio. El novelista es un cazador de paradojas que luego teje y modela con intención arquitectónica hasta construir pequeños hoteles a la orilla del mar, o sólidos edificios urbanos, o inmensas catedrales orientadas a Jerusalén (o a Atenas).
(...)
Por muy agradable que sea rememorar el pasado, uno acaba por volver siempre a los más refinados tópicos de la moralidad. El maestro que todos llevamos dentro cobra vida, analiza los hechos de la Historia y los corrige a resultas del examen. No todas las correcciones tienen por qué ser desfavorables. Algunos acontecimientos, como el Risorgimento, obtienen una calificación de sobresaliente por sí mismos, en tanto que otros, como el carácter de la reina Isabel, acaban siendo calificados de sobresaliente a la larga. Tampoco deben calificarse los acontecimientos por su valor real. ¿Por qué acertó Drake cuando al enterarse de que la Armada Invencible se aproximaba se puso a jugar a los bolos, y erró Carlos II por ponerse a cazar polillas al llegar a sus oídos la entrada de la flota holandesa en el Medway? La respuesta es: «Porque Drake venció». ¿Por qué acertó Alejandro Magno arrojando las reservas de agua al ver cómo era aniquilado su ejército, en tanto María Antonieta se equivocó al decir «que coman pasteles»? La respuesta es: «Porque María Antonieta murió ejecutada». Las respuestas son muy parecidas tanto en uno como en otro caso. Debemos analizar el pasado desde un prisma más amplio que el presente, porque al examinar el presente no podemos estar nunca seguros de lo que va a suceder.
El escrito de Forster es de 1920. ¿Seguiría el autor inglés pensado que el Risorgimento merecía la calificación de sobresaliente en 1922, cuando Mussolini subió al poder? ¿Qué calificación merecía la Restauración de Cánovas en 1890, en 1900, en 1910? ¿Y la Segunda República? Podríamos estar jugando a eso todo el día. Pero nuestro pretendido análisis no sería más que eso, un juego. Durante el período que va de 1975 a 1995, actos bienintencionados acabaron en la gloria y en el fracaso, lo mismo que las mezquindades, que los inteligentes maquiavelismos, que la compraventa de éticas y voluntades, que las manipulaciones, que las entregas generosas.
De todos modos, a título individual, la feria se recuerda siempre según el resultado, insisto, y, para algunos, y no han sido sólo los eternos resentidos o los perpetuos comerciantes del espíritu de la contradicción, la nueva democracia culminó con la llegada al poder de una gente empeñada en ocuparlo que, lamentablemente, no sabía que hacer con él, hasta que, lamentablemente, aprendió, y de qué modo, para después cederlo, no sin escándalo, a quienes, lamentablemente, utilizaban esos mecanismos del poder desde siempre.
(…)
Yo busco una vía de conocimiento a través de la ficción para reflejar después esa búsqueda en un lenguaje que se pretende elástico, duro y hermoso. Intento así preservar esas mismas ficciones de la ficción general y ese mismo lenguaje del lenguaje general.
Entretanto, les ruego que se sigan preguntando qué ocurrió en realidad en El Día del Watusi y decidan si los dioses han muerto o no, o si les susurran aún al oído «El Dios Pan sigue vivo» o «Dioniso sigue vivo», durante el tiempo que comparten conmigo la experiencia. Hagan caso de ese guía mestizo que les habla en paradojas y desvaría con la presencia de antiguos dioses. O no le hagan caso, puede estar rotundamente equivocado.
Amen. Te alabamos, Señor.
(...)
Por muy agradable que sea rememorar el pasado, uno acaba por volver siempre a los más refinados tópicos de la moralidad. El maestro que todos llevamos dentro cobra vida, analiza los hechos de la Historia y los corrige a resultas del examen. No todas las correcciones tienen por qué ser desfavorables. Algunos acontecimientos, como el Risorgimento, obtienen una calificación de sobresaliente por sí mismos, en tanto que otros, como el carácter de la reina Isabel, acaban siendo calificados de sobresaliente a la larga. Tampoco deben calificarse los acontecimientos por su valor real. ¿Por qué acertó Drake cuando al enterarse de que la Armada Invencible se aproximaba se puso a jugar a los bolos, y erró Carlos II por ponerse a cazar polillas al llegar a sus oídos la entrada de la flota holandesa en el Medway? La respuesta es: «Porque Drake venció». ¿Por qué acertó Alejandro Magno arrojando las reservas de agua al ver cómo era aniquilado su ejército, en tanto María Antonieta se equivocó al decir «que coman pasteles»? La respuesta es: «Porque María Antonieta murió ejecutada». Las respuestas son muy parecidas tanto en uno como en otro caso. Debemos analizar el pasado desde un prisma más amplio que el presente, porque al examinar el presente no podemos estar nunca seguros de lo que va a suceder.
El escrito de Forster es de 1920. ¿Seguiría el autor inglés pensado que el Risorgimento merecía la calificación de sobresaliente en 1922, cuando Mussolini subió al poder? ¿Qué calificación merecía la Restauración de Cánovas en 1890, en 1900, en 1910? ¿Y la Segunda República? Podríamos estar jugando a eso todo el día. Pero nuestro pretendido análisis no sería más que eso, un juego. Durante el período que va de 1975 a 1995, actos bienintencionados acabaron en la gloria y en el fracaso, lo mismo que las mezquindades, que los inteligentes maquiavelismos, que la compraventa de éticas y voluntades, que las manipulaciones, que las entregas generosas.
De todos modos, a título individual, la feria se recuerda siempre según el resultado, insisto, y, para algunos, y no han sido sólo los eternos resentidos o los perpetuos comerciantes del espíritu de la contradicción, la nueva democracia culminó con la llegada al poder de una gente empeñada en ocuparlo que, lamentablemente, no sabía que hacer con él, hasta que, lamentablemente, aprendió, y de qué modo, para después cederlo, no sin escándalo, a quienes, lamentablemente, utilizaban esos mecanismos del poder desde siempre.
(…)
Yo busco una vía de conocimiento a través de la ficción para reflejar después esa búsqueda en un lenguaje que se pretende elástico, duro y hermoso. Intento así preservar esas mismas ficciones de la ficción general y ese mismo lenguaje del lenguaje general.
Entretanto, les ruego que se sigan preguntando qué ocurrió en realidad en El Día del Watusi y decidan si los dioses han muerto o no, o si les susurran aún al oído «El Dios Pan sigue vivo» o «Dioniso sigue vivo», durante el tiempo que comparten conmigo la experiencia. Hagan caso de ese guía mestizo que les habla en paradojas y desvaría con la presencia de antiguos dioses. O no le hagan caso, puede estar rotundamente equivocado.
Guías mestizos, dioses antiguos y novelitas inútiles. Francisco Casavella. 2004
Amen. Te alabamos, Señor.
lunes, mayo 10, 2010
Naranjos 2.0
El niño se aguanta el vértigo y el miedo mientras camina con precaución por encima de aquel muro, a varios metros sobre el suelo. A su derecha hay varios naranjos cargados de fruta, un olvidado huerto tras una tapia blanca. Sus amigos le dicen que tenga cuidado, que hacia la mitad de aquel muro faltan algunos ladrillos y puede caerse. El niño no quiere mirar al suelo y por eso se concentra en los naranjos, en el verde brillante de sus hojas, en su olor. Preferiría no estar allí. A él no le gustan las naranjas dulces pero Rafa o Antonio o Juan los ha retado a colarse en aquella casa en ruinas, a explorar el huerto que siempre pueden ver desde la azotea de la casa de enfrente, en las callejas donde juegan al escondite y se ocultan de las miradas de los padres y de los abuelos.
Cuando llegan al otro lado, descienden por el montón de piedras por las que el muro se está deshaciendo y se introducen a través de una ventana rota, que limpian de cristales para que nadie se corte. La habitación está llena de escombros, de vigas de madera podridas y rotas, de cristales y de trapos. Un informe montón de suciedad, de esquirlas, de puntas y de clavos oxidados sobre los que saltan con indiferencia. Cuando consiguen acceder al patio a través del hueco de una puerta medio venida abajo oyen los ladridos.
Dos perros pequeños los miran gruñendo y enseñando los dientes. El grupo se calla pero Juan o Antonio o Rafa coge una piedra y le acierta al perro más grande en el hocico. Los gañidos del animal les provocan risa y los envalentonan. Los perros se escabullen por un hueco del muro mientras sus risas quedan suspendidas en el aire, en agudo contraste con el miedo que los ha agarrado a todos un segundo antes y que tarda en disiparse. Putos perros de mierda.
Los naranjos están cargados de fruta, las malas yerbas les llegan casi a la altura de las rodillas. El verde de las hojas es oscuro y el olor que impregna el huerto tiene un toque ácido. También huele a mierda de perro. Comienzan a trepar al primero de los naranjos, gruesos y nudosos, tan altos como solo pueden serlo los árboles que se han dejado descuidados mucho tiempo. La primera naranja vuela hacia él, pero consigue evitarla con un brusco movimiento de cabeza. Apenas tarda un instante en recoger una del suelo y devolver el tiro. No tiene buena puntería, pero eso es lo de menos. Las naranjas vuelan de unos a otros mientras los gritos salvajes de los niños provocan que varias palomas salgan volando. La segunda naranja que arroja da en el blanco, en el pecho de Juan o Antonio o Rafa, quien no se lo toma demasiado bien y avanza hacia él decidido. Ambos ruedan por el suelo enzarzados en una pelea que no acaba de ser seria. Se separan entre risas y juramentos, con algunos arañazos en las manos.
Un ruido sordo les hace callar. Pueden sentir la vibración en la tierra del huerto. Les ha parecido que el ruido ha venido de la planta superior. Se miran indecisos hasta que Rafa, Antonio o Juan dice: Vamos a ver qué ha sido eso. Entremos y veamos qué ha pasado. Sus objeciones no consiguen nada. Qué más da. Es peligroso. Ya habéis visto como está la casa, será cualquier trasto que se ha caído. Eres una maricona, un gallina. De eso nada. ¿Queréis que entremos? Venga. Por mí desde luego no será. Capullos...
Vuelven adentro mirando hacia la planta de arriba con precaución. Uno de ellos saca una linterna. La escalera medio desvencijada aguanta milagrosamente en el aire, tras los cuadros de dos bicicletas, media viga de madera y un colchón que apesta. Cuidado, dice uno de ellos, he visto un par de jeringuillas. Si te pinchas con una de esas te tienen que poner la inyección del tétanos y no veas si duele. Antonio, Juan o Rafa se apoya con cuidado en el primer escalón para probar su resistencia. Mejor subimos de uno en uno, dice el niño, tal vez la escalera no nos aguante a todos. La madera puede estar podrida. Vale, dice el primero, subo yo. Cuando ve que aguanta su peso, comienza el ascenso. La escalera parece aguantar. Tras unos momentos, lo oyen gritar: eh, subid, no os vais a creer lo que encontrado aquí. Su voz parece excitada.
El niño sube pacientemente, procurando no colocar mal los pies, ni apoyar todo su peso sobre los peldaños. Al llegar arriba puede ver la puerta de una cómoda de madera en el suelo. El polvo permanece suspendido en el aire, sus motas relucen en el haz de la linterna y en los hilos de sol que entran a través de los tablones rotos que cubren la ventana. La habitación parece conservar la vibración del golpe, como si las paredes aún emitieran un sonido justo por encima del umbral de la percepción, los graves retumbando en silencio.
Sus amigos ya se están manchando las manos revolviendo las cosas del interior. Trapos irreconocibles que tal vez fueran parte de la mantelería de la familia. Cuatro cucharas grandes, casi negras, entre el polvo. Un montón de cristales amontonados, antiguas copas vencidas por años de sol y abandono. Suciedad en capas, sólida. Cosas convertidas en basura. Pequeñas bolitas negras que uno de ello identifica como mierda de ratón. Telarañas en las esquinas, justo por encima de las bisagras oxidadas, ahora descolocadas y con los tornillos casi colgando.
El niño encuentra el libro y lo abre con cuidado. Las tapas de cartón han aguantado bastante bien pero el interior resulta quebradizo. Las páginas negras han perdido el brillo y se han vuelto de un color parduzco, pero continúan resaltando contra el blanco y negro brillante de las imágenes, muy contrastado. Intenta sacar una fotografía que se parte por la mitad. Cuidado, están muy viejas, se dice. Otro de los niños ha sacado las manos de los cajones, atraído por esos rostros de época, adustos y serios. Dos minutos delante del objetivo resultaba ser demasiado tiempo para fingir una sonrisa. Por eso en las fotos antiguas la gente sale tan seria. Un hombre y una mujer serios vestidos de boda, un niño vestido de marinero, serio, la familia al completo mirando fijamente a la cámara con trajes anticuados. Sin una sonrisa. Al llegar al final del álbum los dos amigos se estremecen. Un anciano en un ataúd parece dormido dentro de su traje oscuro.
Deben de ser los antiguos dueños de la casa, dice el niño. Qué listo, pues claro. ¿Quiénes van a ser si no? No sé, tal vez sea el álbum de alguien que lo dejó aquí de viaje, o uno que le enviaron los parientes que habían emigrado a América, yo qué sé. De verdad... siempre con las mismas cosas. Estás como una puta cabra. Ese álbum es de la gente que vivía aquí, está claro. Qué ganas tienes siempre de inventarte historias, coño. Bueno, dice el niño bajando la mirada, un poco avergonzado.
Joder, cómo nos hemos puesto, dice otro de los críos. Vámonos, anda, vámonos, que de la bronca que me va a echar mi madre no me salva ya ni Dios... Sí, mira como llevamos las camisetas. Hostiaaa...
El niño coge el álbum. El cartón medio podrido le deja una marca oscura más en la camisa de cuadros. Baja la escalera pensando en cómo meter el libro en casa de sus abuelos sin que se den cuenta y tenga que contarles dónde lo ha encontrado. Los amigos parlotean y se lamentan de la bronca que les va a caer por llegar a casa tan sucios. Uno de ellos recuerda la pedrada al perro. Ríen. Llegan al muro y desandan el camino. El niño piensa mientras tanto en los antiguos habitantes de la casa, en cuánto tiempo hará que murieron. Se pregunta si el niño vestido de primera comunión seguirá vivo, si habrá vuelto alguna vez a la que fue su casa. Si, como él, odia las naranjas dulces.
Cuando llegan al otro lado, descienden por el montón de piedras por las que el muro se está deshaciendo y se introducen a través de una ventana rota, que limpian de cristales para que nadie se corte. La habitación está llena de escombros, de vigas de madera podridas y rotas, de cristales y de trapos. Un informe montón de suciedad, de esquirlas, de puntas y de clavos oxidados sobre los que saltan con indiferencia. Cuando consiguen acceder al patio a través del hueco de una puerta medio venida abajo oyen los ladridos.
Dos perros pequeños los miran gruñendo y enseñando los dientes. El grupo se calla pero Juan o Antonio o Rafa coge una piedra y le acierta al perro más grande en el hocico. Los gañidos del animal les provocan risa y los envalentonan. Los perros se escabullen por un hueco del muro mientras sus risas quedan suspendidas en el aire, en agudo contraste con el miedo que los ha agarrado a todos un segundo antes y que tarda en disiparse. Putos perros de mierda.
Los naranjos están cargados de fruta, las malas yerbas les llegan casi a la altura de las rodillas. El verde de las hojas es oscuro y el olor que impregna el huerto tiene un toque ácido. También huele a mierda de perro. Comienzan a trepar al primero de los naranjos, gruesos y nudosos, tan altos como solo pueden serlo los árboles que se han dejado descuidados mucho tiempo. La primera naranja vuela hacia él, pero consigue evitarla con un brusco movimiento de cabeza. Apenas tarda un instante en recoger una del suelo y devolver el tiro. No tiene buena puntería, pero eso es lo de menos. Las naranjas vuelan de unos a otros mientras los gritos salvajes de los niños provocan que varias palomas salgan volando. La segunda naranja que arroja da en el blanco, en el pecho de Juan o Antonio o Rafa, quien no se lo toma demasiado bien y avanza hacia él decidido. Ambos ruedan por el suelo enzarzados en una pelea que no acaba de ser seria. Se separan entre risas y juramentos, con algunos arañazos en las manos.
Un ruido sordo les hace callar. Pueden sentir la vibración en la tierra del huerto. Les ha parecido que el ruido ha venido de la planta superior. Se miran indecisos hasta que Rafa, Antonio o Juan dice: Vamos a ver qué ha sido eso. Entremos y veamos qué ha pasado. Sus objeciones no consiguen nada. Qué más da. Es peligroso. Ya habéis visto como está la casa, será cualquier trasto que se ha caído. Eres una maricona, un gallina. De eso nada. ¿Queréis que entremos? Venga. Por mí desde luego no será. Capullos...
Vuelven adentro mirando hacia la planta de arriba con precaución. Uno de ellos saca una linterna. La escalera medio desvencijada aguanta milagrosamente en el aire, tras los cuadros de dos bicicletas, media viga de madera y un colchón que apesta. Cuidado, dice uno de ellos, he visto un par de jeringuillas. Si te pinchas con una de esas te tienen que poner la inyección del tétanos y no veas si duele. Antonio, Juan o Rafa se apoya con cuidado en el primer escalón para probar su resistencia. Mejor subimos de uno en uno, dice el niño, tal vez la escalera no nos aguante a todos. La madera puede estar podrida. Vale, dice el primero, subo yo. Cuando ve que aguanta su peso, comienza el ascenso. La escalera parece aguantar. Tras unos momentos, lo oyen gritar: eh, subid, no os vais a creer lo que encontrado aquí. Su voz parece excitada.
El niño sube pacientemente, procurando no colocar mal los pies, ni apoyar todo su peso sobre los peldaños. Al llegar arriba puede ver la puerta de una cómoda de madera en el suelo. El polvo permanece suspendido en el aire, sus motas relucen en el haz de la linterna y en los hilos de sol que entran a través de los tablones rotos que cubren la ventana. La habitación parece conservar la vibración del golpe, como si las paredes aún emitieran un sonido justo por encima del umbral de la percepción, los graves retumbando en silencio.
Sus amigos ya se están manchando las manos revolviendo las cosas del interior. Trapos irreconocibles que tal vez fueran parte de la mantelería de la familia. Cuatro cucharas grandes, casi negras, entre el polvo. Un montón de cristales amontonados, antiguas copas vencidas por años de sol y abandono. Suciedad en capas, sólida. Cosas convertidas en basura. Pequeñas bolitas negras que uno de ello identifica como mierda de ratón. Telarañas en las esquinas, justo por encima de las bisagras oxidadas, ahora descolocadas y con los tornillos casi colgando.
El niño encuentra el libro y lo abre con cuidado. Las tapas de cartón han aguantado bastante bien pero el interior resulta quebradizo. Las páginas negras han perdido el brillo y se han vuelto de un color parduzco, pero continúan resaltando contra el blanco y negro brillante de las imágenes, muy contrastado. Intenta sacar una fotografía que se parte por la mitad. Cuidado, están muy viejas, se dice. Otro de los niños ha sacado las manos de los cajones, atraído por esos rostros de época, adustos y serios. Dos minutos delante del objetivo resultaba ser demasiado tiempo para fingir una sonrisa. Por eso en las fotos antiguas la gente sale tan seria. Un hombre y una mujer serios vestidos de boda, un niño vestido de marinero, serio, la familia al completo mirando fijamente a la cámara con trajes anticuados. Sin una sonrisa. Al llegar al final del álbum los dos amigos se estremecen. Un anciano en un ataúd parece dormido dentro de su traje oscuro.
Deben de ser los antiguos dueños de la casa, dice el niño. Qué listo, pues claro. ¿Quiénes van a ser si no? No sé, tal vez sea el álbum de alguien que lo dejó aquí de viaje, o uno que le enviaron los parientes que habían emigrado a América, yo qué sé. De verdad... siempre con las mismas cosas. Estás como una puta cabra. Ese álbum es de la gente que vivía aquí, está claro. Qué ganas tienes siempre de inventarte historias, coño. Bueno, dice el niño bajando la mirada, un poco avergonzado.
Joder, cómo nos hemos puesto, dice otro de los críos. Vámonos, anda, vámonos, que de la bronca que me va a echar mi madre no me salva ya ni Dios... Sí, mira como llevamos las camisetas. Hostiaaa...
El niño coge el álbum. El cartón medio podrido le deja una marca oscura más en la camisa de cuadros. Baja la escalera pensando en cómo meter el libro en casa de sus abuelos sin que se den cuenta y tenga que contarles dónde lo ha encontrado. Los amigos parlotean y se lamentan de la bronca que les va a caer por llegar a casa tan sucios. Uno de ellos recuerda la pedrada al perro. Ríen. Llegan al muro y desandan el camino. El niño piensa mientras tanto en los antiguos habitantes de la casa, en cuánto tiempo hará que murieron. Se pregunta si el niño vestido de primera comunión seguirá vivo, si habrá vuelto alguna vez a la que fue su casa. Si, como él, odia las naranjas dulces.
domingo, mayo 09, 2010
Faulkner
«Pero una mañana volvió la espalda a la tosca pizarra y vio un rostro de ocho años y un cuerpo de catorce, con el aspecto femenino de los veinte que, en el mismo instante en que pisaba el umbral, llevaba a la escuálida habitación, sin luz ni calor destinada al duro oficio de la enseñanza elemental protestante, una ráfaga húmeda de enervante corrupción primaveral, una triunfal prosternación pagana, delante del útero primeginio y supremo.»
«Le dije a usted, cuando me pidió permiso para ejercer de escritor en el pueblo, que era mejor que hiciese lo que hacen los otros sudamericanos, que unos días van en bici y otros huelen bien. [...] Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner, ¡de William Faulkner! [...] ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?»
El villorrio. William Faulkner.
«Le dije a usted, cuando me pidió permiso para ejercer de escritor en el pueblo, que era mejor que hiciese lo que hacen los otros sudamericanos, que unos días van en bici y otros huelen bien. [...] Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner, ¡de William Faulkner! [...] ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?»
Amanece que no es poco. José Luis Cuerda. 1988
viernes, mayo 07, 2010
Futuro
«En cuestión de segundos, las acciones de Accenture pasaron de 40 dólares a un centavo. Las de Lear bajaron de 74 dólares a 0,0001. Varios títulos más se desplomaron sin freno por una serie de órdenes automáticas de venta mientras los sistemas estaban descontrolados en Wall Street. Lo que empezó como una fuerte caída del índice Dow Jones por la amenaza que el contagio de la crisis griega supone para el conjunto de la economía, acabó con momentos de pánico en una Bolsa de Nueva York (NYSE) en manos de los sistemas informáticos de negociación».
El futuro ya está aquí. Prepárense. Yo ya estoy intentando contactar con la resistencia.
El País. 07-05-2010.
El futuro ya está aquí. Prepárense. Yo ya estoy intentando contactar con la resistencia.
lunes, mayo 03, 2010
Solo
El hombre que mira por la borda cuando se aleja de Europa sabe que será la última vez que vea el continente. No le importa mucho, siempre ha tenido la muerte tan cerca que ahora que le han asegurado que no le quedan más que dos meses, no le parece tan terrible. Basta con dejarse ir, sin demasiado apego, basta con irse yendo sin hacer ruido, sin levantar la voz. Fumar una última pipa de kif, volver a ver a Aisha. Los últimos deseos de un moribundo que se irá y al que nadie recordará cuando haya pasado algo de tiempo. Para él ha llegado el momento en el que su propia vida ya le resulta tan ajena como la pequeña casa con vistas al mar que ocupó en los años ochenta y en la que los amigos permanecían años enteros, sin moverse de la silla de playa de la azotea.El hombre que mira por la borda cuando se aleja de Europa ha hecho testamento, se ha despedido de sus hijos y de su ex mujer, ha vendido sus escasas posesiones y ha cogido un barco. Morir es lo más difícil de todo, una tarea a la que encomendar la vida: irse sin rabia, sin preocupación ni miedo. Mira a lo lejos y ve el peñón, su silueta recortada contra el gris de la tarde, la estela que deja el barco tras de sí, e imagina la columna de agua bajo el barco, la columna que cambia a medida que el barco navega sobre ella, imagina el fondo y las fallas y los volcanes, el mar bullendo de vida. Las nubes, agrupándose de forma caprichosa, el gris, que él sabe verde, del peñón. Ve la costa española y no puede evitar pensar que también es su vida lo que va quedando atrás, que también es su tiempo el que se deshace, como la niebla que cubre el mar, como la bruma que impregna sus ropas.
Después de la visita al médico, llamó a su familia uno por uno y les describió el final que deseaba. Les había hablado de un atardecer infinito, de la dulzura del mar arribando a la playa, de los pies callosos de los pescadores entrando en el agua para recoger las redes, del sabor del pescado cogido esa mañana en el mar. Más tarde les había dicho que no le buscaran, que cuando llegara el final el los recordaría, que estuvieran seguros, pero que no deseaba compartir esos momentos con ellos.
Estaba cansado de la eterna lucha por acallar la voz que nunca se iba, la voz del miedo, esa voz que dice a los hombres al oído que llegará un día en el que el mundo seguirá sin ellos, que seguirá sin detenerse ni advertir siquiera una perturbación en su superficie cuando llegue la hora. Ya no tenía ningún sentido seguir aferrado a nada. El final tampoco era para tanto, la verdad.
La foto es de David Ruiz.
jueves, abril 22, 2010
El Bremen en el Ladrón de Tinta
El viernes 23 de abril celebramos «La noche de los libros». La tripulación del Bremen irá al Ladrón de Tinta a jugar con las palabras. Si te apetece participar en nuestro concurso de microrrelatos solo tienes que pasarte por la calle Noviciado, número 2. Nosotros te daremos el papel, el boli y el tema. Tú pones el resto. Si además te apetece podrás leernos tu cuento. El lunes pondremos todos los textos participantes en nuestro blog para empezar una votación que terminará el siguiente viernes. El ganador recibira un ejemplar de nuestro libro y una invitación para asistir a una de nuestras reuniones quincenales y conocer nuestro barco-gruta. Los dos finalistas podrán llevarse también un ejemplar de «Camarote 503. 16 historias desde el Bremen»
¡Te esperamos!
Ladrón de Tinta
c/Noviciado 2
23 de abril
20.00h
¡Te esperamos!
Ladrón de Tinta
c/Noviciado 2
23 de abril
20.00h
miércoles, abril 14, 2010
Encajar*
El mejor boxeador es el que sabe encajar. Le golpean en el hígado, en la mandíbula, en la nariz y apartándose las lágrimas con los guantes, sigue en pie dispuesto. Y devuelve los golpes.
Después, el médico le sutura la ceja rota, le endereza el puente de la nariz y sigue entrenándose para el siguiente combate. Como Muhammad Alí en el combate del siglo contra Foreman: casi todo el combate encajando, su cerebro retumbando contra su cráneo camino del Parkinson y aguantando hasta conseguir colocar un gancho que derribara a su contrincante.
Tal vez encajar sea algo que a lo que todos deberíamos aprender: a cosernos los puntos mirándonos al espejo, a notar la sangre en la boca, con ese sabor metálico y salobre. A derrumbarnos y ser capaces de apoyar las manos en el suelo, contraer los músculos y volver a levantarnos aunque sea tan sólo para volver a caernos, cegados por la hinchazón de los ojos.
Para que así, cuando suene la campana en el asalto final, poder decirnos que hicimos todo lo que pudimos, que lo intentamos de corazón, que nos cubrimos y tiramos muchos golpes, que mantuvimos el juego de piernas, que nunca perdimos la cara, que fuimos valientes, pero que el contricante era demasiado fuerte y nunca había perdido un combate.
*Este texto se publicó hace casi cuatro años, pero hoy me apetecía rescatarlo.
Después, el médico le sutura la ceja rota, le endereza el puente de la nariz y sigue entrenándose para el siguiente combate. Como Muhammad Alí en el combate del siglo contra Foreman: casi todo el combate encajando, su cerebro retumbando contra su cráneo camino del Parkinson y aguantando hasta conseguir colocar un gancho que derribara a su contrincante.
Tal vez encajar sea algo que a lo que todos deberíamos aprender: a cosernos los puntos mirándonos al espejo, a notar la sangre en la boca, con ese sabor metálico y salobre. A derrumbarnos y ser capaces de apoyar las manos en el suelo, contraer los músculos y volver a levantarnos aunque sea tan sólo para volver a caernos, cegados por la hinchazón de los ojos.
Para que así, cuando suene la campana en el asalto final, poder decirnos que hicimos todo lo que pudimos, que lo intentamos de corazón, que nos cubrimos y tiramos muchos golpes, que mantuvimos el juego de piernas, que nunca perdimos la cara, que fuimos valientes, pero que el contricante era demasiado fuerte y nunca había perdido un combate.
*Este texto se publicó hace casi cuatro años, pero hoy me apetecía rescatarlo.
martes, abril 13, 2010
Y esperanza
La esperanza
Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.
Dice Bolaño que vienen los días como muchachos caminantes y yo quiero creerlo, quiero creer en los alegres muchachos por venir. Pero a veces a mi espera le faltan estas tres letras: -nza. Tres letras que parecen un nombre japonés o un adjetivo africano. Tres letras que son los cimientos de la palabra aunque se disfracen de tejado o de porche. Basta borrarlas para que la casa comience a tener manchas de humedad y los ratones continúen royendo incansables los cimientos.
Y el día que se venga abajo, por fin los vagabundos se harán con los trastos viejos que se acumulaban en el desván.
Si encontráis alguno en uno de esos mercadillos callejeros, no paguéis demasiado por él. No merece la pena.
Que conste que os he avisado.
Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.
Dice Bolaño que vienen los días como muchachos caminantes y yo quiero creerlo, quiero creer en los alegres muchachos por venir. Pero a veces a mi espera le faltan estas tres letras: -nza. Tres letras que parecen un nombre japonés o un adjetivo africano. Tres letras que son los cimientos de la palabra aunque se disfracen de tejado o de porche. Basta borrarlas para que la casa comience a tener manchas de humedad y los ratones continúen royendo incansables los cimientos.
Y el día que se venga abajo, por fin los vagabundos se harán con los trastos viejos que se acumulaban en el desván.
Si encontráis alguno en uno de esos mercadillos callejeros, no paguéis demasiado por él. No merece la pena.
Que conste que os he avisado.
lunes, abril 12, 2010
Amor
Dijo el telediario que la hambruna había matado a veinte mil campesinos en un país sudamericano o asiático, qué más daba. Se veía la desolación de la gente en las imágenes. Algo relacionado con el precio del café o del té. Los precios descendieron a la mitad gracias a un movimiento especulativo y dos meses más tarde veinte mil campesinos agonizaban. Tres semanas después, el responsable de ese movimiento, un agente de bolsa enamorado de su preciosa mujer, anota en una hoja estos versos de Pere Gimferrer para leérselos en voz alta:
(...)
así, como el molino jaspeado
o como la herrería del añil
en el cielo de puesta, van los cuerpos
precipitados a la embocadura,
como si no pudiéramos vivir
más que asidos el uno al otro, un garfio
de batista o de rosa, aquel rasguño
con que la piel al rojo vivo dice
fuegos de artillería del amor
(...)
(...)
así, como el molino jaspeado
o como la herrería del añil
en el cielo de puesta, van los cuerpos
precipitados a la embocadura,
como si no pudiéramos vivir
más que asidos el uno al otro, un garfio
de batista o de rosa, aquel rasguño
con que la piel al rojo vivo dice
fuegos de artillería del amor
(...)
jueves, abril 08, 2010
Barrio VIII
—Hay que pirarse —nos dice el Rati bajando la voz y metiéndonos prisa.
—¿Qué pasa, coño?
—Que nos han visto.
—¿Qué os han visto haciendo qué? —preguntamos mientras le echamos un vistazo al colega del Rati: el mismo corte de pelo, los mismos tatuajes hechos en la cárcel, las mismas cadenas de oro, la misma cara llena de cicatrices pequeñas.
—Entrando al bar. Joder. Nos han visto los de la tienda de enfrente. Tenemos que pirarnos.
—Pero... ¿entrando al bar a qué?
—Pues... A reventar las tragaperras —dice el hijo de puta mientras no puede evitar la risa—. Estábamos muy puestos y nos dio por ahí.
Apenas hacía tres o cuatro horas que nos habíamos desplomado dentro de nuestra tienda de campaña, casi inconscientes, tras una noche de farra en el camping de la costa donde pasábamos una semana de vacaciones. El Rati siempre hacía cosas parecidas. Por una de ellas había estado en la cárcel, lo que no había contribuido mucho ni a su buen humor ni a su contención. Se ponía de todo lo que encontraba excepto caballo, que pertenecía a una época de su vida que prefería olvidar. En realidad, todos preferíamos olvidar aquella época. Encima, siempre había tenido mucho éxito con las mujeres el muy cabrón. Otro de los amigos, en aquellas ocasiones en las que desaparecía y luego lo encontrábamos metiendo en un servicio, o en el asiento de atrás de un coche, siempre decía con envidia que el Rati tenía el sello de calidad en la frente, que las mujeres lo sabían, que por eso se le daba tan bien. Ninguno de nosotros se preocupaba cuando no lo encontrábamos al salir de alguno de los garitos de la noche. El Rati era de esas personas que suelen poner en peligro a los demás, no al revés. Pensábamos, más bien, que estaría follándose a alguna, el muy hijo de la gran puta.
—Y, ¿cómo os colásteis?
—Por un hueco que había en la parte de atras. Pero ya está bien de charla, coño, que os estoy diciendo que hay que abrirse. ¿Está todo pagado?
—Pues sí. Lo pagamos todo ayer.
—Hala, pues agüita.
—Joder, Rati, me cago en tu puta madre. Siempre igual. A ver si algún día podemos pasar una semanita tranquila, coño.
—Ya.
—Te lo digo en serio, tío. Estoy hasta los huevos.
—Vale. Pero hay que moverse. Ya.
Nos levantamos y desmontamos la tienda rápidamente. Tras meterla de cualquier manera en el maletero, salimos del camping con tranquilidad, sin armar mucho ruido para no despertar a nadie. Solo nos permitimos las carcajadas cuando el coche estaba ya en la carretera nacional y el Rati decía: Nos vamos a poner de gambas hasta arriba. Por estas.
—¿Qué pasa, coño?
—Que nos han visto.
—¿Qué os han visto haciendo qué? —preguntamos mientras le echamos un vistazo al colega del Rati: el mismo corte de pelo, los mismos tatuajes hechos en la cárcel, las mismas cadenas de oro, la misma cara llena de cicatrices pequeñas.
—Entrando al bar. Joder. Nos han visto los de la tienda de enfrente. Tenemos que pirarnos.
—Pero... ¿entrando al bar a qué?
—Pues... A reventar las tragaperras —dice el hijo de puta mientras no puede evitar la risa—. Estábamos muy puestos y nos dio por ahí.
Apenas hacía tres o cuatro horas que nos habíamos desplomado dentro de nuestra tienda de campaña, casi inconscientes, tras una noche de farra en el camping de la costa donde pasábamos una semana de vacaciones. El Rati siempre hacía cosas parecidas. Por una de ellas había estado en la cárcel, lo que no había contribuido mucho ni a su buen humor ni a su contención. Se ponía de todo lo que encontraba excepto caballo, que pertenecía a una época de su vida que prefería olvidar. En realidad, todos preferíamos olvidar aquella época. Encima, siempre había tenido mucho éxito con las mujeres el muy cabrón. Otro de los amigos, en aquellas ocasiones en las que desaparecía y luego lo encontrábamos metiendo en un servicio, o en el asiento de atrás de un coche, siempre decía con envidia que el Rati tenía el sello de calidad en la frente, que las mujeres lo sabían, que por eso se le daba tan bien. Ninguno de nosotros se preocupaba cuando no lo encontrábamos al salir de alguno de los garitos de la noche. El Rati era de esas personas que suelen poner en peligro a los demás, no al revés. Pensábamos, más bien, que estaría follándose a alguna, el muy hijo de la gran puta.
—Y, ¿cómo os colásteis?
—Por un hueco que había en la parte de atras. Pero ya está bien de charla, coño, que os estoy diciendo que hay que abrirse. ¿Está todo pagado?
—Pues sí. Lo pagamos todo ayer.
—Hala, pues agüita.
—Joder, Rati, me cago en tu puta madre. Siempre igual. A ver si algún día podemos pasar una semanita tranquila, coño.
—Ya.
—Te lo digo en serio, tío. Estoy hasta los huevos.
—Vale. Pero hay que moverse. Ya.
Nos levantamos y desmontamos la tienda rápidamente. Tras meterla de cualquier manera en el maletero, salimos del camping con tranquilidad, sin armar mucho ruido para no despertar a nadie. Solo nos permitimos las carcajadas cuando el coche estaba ya en la carretera nacional y el Rati decía: Nos vamos a poner de gambas hasta arriba. Por estas.
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