martes, septiembre 14, 2010

Assilah I

Como en todos los viajes, el aeropuerto de Barajas me acompaña el tiempo suficiente como para hacerme sentir ese estado de ánimo ligero y juguetón que siempre ayuda a dejar la ciudad sin pena, con un interés curioso. Ayer, después de un par de copas, yo defendía la existencia de una república pannacional de aeropuertos, deslocalizada y arborescente, como una red de embajadas sin país, ya que un aeropuerto se parece, más que nada, a otro aeropuerto. Hoy constato esa impresión, esa idea que tuve gracias al alcohol se corrobora: la misma cocacola cero, en las mismas mesas de formica, sacada el mismo autoservicio, las mismas tiendas Godiva para aquellos que no han tenido tiempo de buscar un detalle para la mujer y deben cumplir con el rito de llevar un recuerdo, las mismas pantallas con las salidas y las llegadas, los suelos pulidos y tan lisos que apetece llevar una maleta con ruedas, las mismas parejas que se separan con lágrimas en los ojos. Algunos amigos, en aquella conversación, me decían que los aeropuertos eran muy distintos entre sí. Yo no lo niego, es necesaria esa variedad (cultural y paisajística) en cualquier república pero vuelvo a insistir en mi idea: a lo que más se parece un aeropuerto es a otro aeropuerto.
Salgo con una hora de retraso pero no me importa. Leo una novela de Pynchon, Contraluz, y, a pesar de llevar 100 páginas, todavía no sé como encajarla, aunque eso sí, es innegable que el hombre tiene un talento deslumbrante para las imágenes.
[Digresión: Pynchon es el único escritor que aparece habitualmente como un personaje de los Simpson, un hombre con una bolsa de papel en la cabeza con una gran interrogación ya que no se tienen imágenes de él (y creo que hoy en día esa es la mejor prueba de la conversión del escritor en un mito pop). Todos los años hay estudiantes que deciden darle caza, obtener una imagen del escritor. Esta actividad, la búsqueda de Pynchon, se ha convertido en una especie de pasatiempo para universitarios, como el Bloomsday para los aficionados al Ulises de Joyce. Parece ser que seguir el rastro de escritores, muertos o vivos, otorga al pasatiempo un aura cultural innegable. Fin de digresión.]
[Inserción desde el futuro: Me encanta el estado de la libreta en la que estas notas de viaje están escritas. En alguno de los viajes a la playa se ha mojado y, tras secarse, el pequeño cuaderno rojo ha quedado manchado y quebradizo en algunos sitios. Parece el cuaderno de notas de un reportero de guerra. Yo siempre quise ser reportero de guerra. Son el tipo de hombres que no tienen problemas para llevarse a una chica a la cama. Se les ve. Ahí en la pantalla tan rudos y valientes.]
Llego al aeropuerto de Tánger y espero una larga cola para sellar el pasaporte. Está bastante vacío, supongo que los marroquíes que vienen en verano esde Francia y España han vuelto ya y que los que vienen en avión, lo hacen sobre todo en agosto. El aeropuerto de Tánger es blanco y de altas columnas decoradas con azulejos. Tal vez sea cierto que existen muchas diferencias entre ellos. Tal vez. Al salir tomo un taxi. No es demasiado caro. Assilah está a 20 km. del aeropuerto y cuesta unos 20 euros. Si viajara acompañado sería más barato pero viajar solo no es barato, ya lo sé de otras ocasiones. Assilah es una medina de casas blancas azotada por el viento en la orilla del mar. Me recuerda a Tarifa. Me pregunto si sus habitantes estarán locos también. Abdul, negro de tanta intemperie, con rastas y dientes también negros me acompaña al riad y me ofrece costo y kifi por el camino. Hay que hacerse al juego. Soy un turista. Soy dinero. No pasa nada. Hace tiempo que no pretendo ser un «viajero», tal y como afirman todos esos gilipollas de la Internacional Papanatas, que diría Quim Monzó.
Doy una vuelta a las 15.00 y, además del calor, es Ramadán y el ritmo de los días es lento, la ciudad recuerda a un lagarto al sol a esas horas. Cuando me he dado cuenta de que los que estábamos en la calle éramos todos turistas vuelvo al hotel a echar la siesta. El riad está decorado con gusto y tiene una televisión que solo sintoniza dos cadenas locales españolas. Escucho música y pienso en las letras de las canciones. Pienso en mi proyecto, en mi librería. Duermo.
Recuerdo haber estado disfrutando de la siesta, refrescado por el aire acondicionado y lo recuerdo ahora [Digresión: este ahora realmente es un entonces], cuando tomo estas notas en la terraza del riad, de madrugada, completamente fumado, después de una noche tomando té y otras cosas con unos amigos marroquíes.

6 comentarios:

María a rayas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
María a rayas dijo...

a mi antes me gustaban los aeropuertos, pero cada vez me ponen más triste...debe ser que los relaciono más con las despedidas que con las bienvenidas (pero es que casi nunca viene nadie a buscarme...)

me gustan las disgresiones y sí, te veo como reportero de guerra a lo pérez reverte pero con menos mala leche (aunque un pelín canalla como el menda lerenda, no? ;-)

soy yo la que he eliminado la entrada anterior:es que me he hecho un lío...
parezco nueva

un beso!

Aroa dijo...

tiempo alagartado
mmm

Aroa dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Xavie dijo...

Hola María,
A mí me gustan porque me parecen sitios fantásticos en los que siempre parecen estar sucediendo historias.
No, yo no me veo como reportero de guerra... Eso sí, menos mala leche seguro que tengo (eso no es difícil).

Aroa,
Está corregido. No sé en qué estaría pensando.

Besos,
X.

Portorosa dijo...

¿Y cómo hiciste amigos tan rápido?

No te olvides de tu librería, por favor.