jueves, enero 19, 2017

Montaña

(a mis amigos)

Lo más difícil de cumplir años no es contemplar cada vez más cerca nuestro horizonte de sucesos (el interior de nuestro agujero negro personal que nos espera allá, sin ninguna prisa, con toda la tranquilidad que ofrece la eternidad a la espalda), sino mantener la esperanza, no convertirse en un cínico por el camino, apreciar la hermosa complejidad del mundo, rendirse al azar, aceptar que casi todo depende de la suerte (sors, sortis, las cuentas de cerámica con las que leían el destino las videntes romanas y también sorteo de las tierras a los soldados cuando acababan el servicio, respectivamente). 

Está siendo una buena semana. He visto a mucha gente que aprecio y que no suelo ver a menudo. He hablado y me he reido de cosas que normalmente me guardo para mí. Ayer, alguno de ellos dijo que tal vez el secreto de la felicidad fuera aceptar la propia mediocridad y dejar de perseguir grandes sueños. Lo dijo con mucha gracia, que conste, porque ese lenguaje de manual de autoayuda solo podía ser en broma (si lo conocieran, lo comprenderían). Siguiendo la broma le dije que sí, pero que tal vez habría que darle una vuelta al significado de la palabra mediocridad y tal vez para ello bastara con recurrir de nuevo a la etimología: mediocris, considerado por muchos un compuesto de medius (medio, intermedio, de en medio, central) y ocris, palabra arcaica que significa montaña o peñasco escarpado. 

Ser la montaña central no está tan mal.

Piensen en todas esas rocas a la deriva en el espacio que, de repente, entran en una atmósfera (que existe porque el núcleo del planeta está formado por hierro y eso creó un campo magnético capaz de mantener los gases sobre la superficie) y arden iluminando el cielo del verano. O en la sonda Philae, capaz de aterrizar sobre un cometa diez años y medio después de su lanzamiento mostrando que, como especie, tal vez (y solo tal vez) merezcamos la pena. O en la fascinación que provoca observar a un niño aprendiendo tan rápido que casi se oyen crepitar sus neuronas a medio metro de distancia. O en la sensación de ingravidez que tienen los buceadores, empequeñecidos ante el mar cuando muestra una porción de su inmensa profundidad. O en los pequeños destellos de calidez que a veces tienen los desconocidos con nosotros.

O en la amistad, posiblemente la manifestación más desinteresada del amor.

Mi homenaje
Vicente Gallego

Por cuanto ya he leído,
me permito afirmar que a nuestro gremio
le parece arriesgado dedicarte un poema.
Tememos un exceso de emoción
y nos asusta el tópico, sin reparar, tal vez,
en que es sentimental y tópica la vida,
y en que no hay sentimiento
más sobrio y menos huero
que aquel al que rehuye la cobarde retórica
de nuestra recelosa tribu.
Pocas veces encuentras, amistad,
el lugar que mereces en los versos de un hombre:
te lo usurpa el amor, ese afecto inconstante,
sentimental y tópico que se dice tu hermano.
No pretendo cargarte de adjetivos,
compararte con nada ni sumar tus virtudes;
solamente quisiera, aunque sea una vez,
certificar mi asombro ante tu gran ausencia
y rendirte homenaje.
Yo te canto, amistad,
sosegada pasión que bendices mi vida.

El mundo es un lugar que no deja de sorprenderme.
 

martes, enero 03, 2017

Futuro



Reflexiono mucho últimamente sobre el mundo que viene, observo que, dependiendo del día, me muevo entre la utopía y la distopía, entre el optimismo tecnológico y el pesimismo antropológico, no sé realmente lo que me lleva a tener un estado de ánimo o el otro y no me importa mucho tampoco, la verdad. Si uno no fuera capaz de contradecirse acabaríamos siendo como esos robots del futuro especializados en tareas muy concretas que cada vez hacen mejor su trabajo, pero son incapaces de saber qué están haciendo (no por qué lo están haciendo, pues eso es común a los humanos, ¿alguien sabe realmente por qué hace las cosas? O, mejor aún, ¿alguien sabe para qué las hace?) y no creo que nadie quiera parecerse a un programa especializado en jugar al ajedrez incapaz de reconocer la belleza de la palabra “alborada” o “boronía” (ambas de raíz árabe, qué eufónico el dialecto andaluz del español gracias a su influencia). 

El caso es que, como iba diciendo, reflexiono sin llegar a ninguna conclusión, porque precisamente tal vez (y solo tal vez) no haya conclusión posible a la que llegar. Y después lo dejo. Y después vuelvo sobre el tema (tal vez el hecho de tener dos hijos pequeños tenga que ver con esa querencia de mi cabeza a reflexionar sobre el futuro y esa obligación, diría casi moral, de imponerme el optimismo como contrapartida al cinismo).

Reflexiono, como les decía e, imitando las técnicas de los estudios de mercado, preveo dos escenarios, digamos, plausibles que resumen muchas de las ideas que uno puede leer en la red.

En uno de ellos, los humanos hemos dejado de existir dentro de, pongamos, quinientos años. No pasa nada. La vida es mucho más poderosa que la especie Homo y, además, íntimamente creo que forma parte de la organización de la materia: la materia acaba generando vida que acaba generando inteligencia autoconsciente que acaba preguntándose sobre cómo es posible que, siendo polvo de estrellas como somos, seamos capaces de pensar sobre el universo que nos rodea. Una catástrofe, ya saben. Nuclear, ambiental, astronómica. O la codicia, que lleva a la mayoría de la humanidad a vivir en condiciones tan absolutamente lamentables que los humanos están dispuestos a la autoaniquilación si con eso consiguen destruir a los mandarines.

En otro escenario, los humanos hemos dejado de existir dentro de, pongamos, quinientos años. Pero no hemos desaparecido, nos hemos convertido en otra cosa, en algo mejor. Hemos trascendido nuestro destino, nos hemos convertido en viejos olmos centenarios que contemplan con distancia los acontecimientos del mundo, hemos alcanzado la inmortalidad, hemos aprendido a volcar nuestra conciencia a un ordenador, hemos evolucionado gracias a la ingeniería genética y ahora volamos como los pájaros o somos capaces de pensar como las piedras, ese viejo sueño. Hemos viajado a las estrellas. Nos hemos vuelto seres pentadimensionales que observan con curiosidad esta obsesión que tenemos por el tiempo, cuando el tiempo no es más que otro plano en el que movernos. 

Siempre me muevo entre un extremo y el otro y, al final, creo que lo único que concluyo, lo único que puedo concluir es que estamos justo en el eje de una bisagra, en un punto de inflexión, en un atractor fractal. Todo está cambiando tan rápido que no sabemos hacia dónde nos dirigimos.

Y lo mejor de todo es que lo que quiero de verdad es tener tiempo de leer. Solo eso. Ya ven.

viernes, diciembre 02, 2016

Anglona



Hay un sitio medio secreto en mi barrio al que me gusta ir a deshoras, el Jardín del Principe de Anglona, un jardín que perteneció al palacete anexo —una de las pocas muestras que han llegado hasta nuestros días del modo de vida de la nobleza de la corte madrileña de finales del siglo XVIII, dice el cartel explicativo— y que aunque está en la Plaza de la Paja, da la impresión de no estar abierto al público. También hay un palacete, ahora convertido en varios pisos, en la Plaza de los Carros que aparece en Fortunata y Jacinta de Galdós, en el que vive el amigo de Fortunata, ese que la tiene protegida y le enseña cosas prácticas de la vida. Y una iglesia, la de San Andrés, a la que llegaban no sé qué nobles a través de un voladizo sobre la calle, cubierto para que la chusma no pudiera verlos. Y otra iglesia (será por iglesias), la de San Pedro el Viejo que conserva partes del siglo XV y que tiene una torre rectangular que recuerda a las torres civiles de Florencia. Hay piedras que ya estaban ahí en el siglo XVII y edificios que llevan dos siglos alojando familias burguesas. 

El paisaje que vemos a diario, aunque no lo observemos, se filtra en nuestras conciencias como una lluvia fina, como el aire dentro de una muñeca rusa, que tiene dentro otra muñeca rusa, y otra más. Es importante ese paisaje, que baña constantemente nuestra visión inconsciente y periférica, aunque creamos que no lo es, aunque estemos dispuestos a mudarnos a un barrio más cómodo para que los niños así puedan jugar en los jardines que hay justo al lado del edificio funcional y moderno, con calificación energética A+ o como se diga, con piscina para el verano y garaje para el coche. Aunque llegue un momento en el que la incomodidad de subir una y otra vez las escaleras y de soportar las aglomeraciones se nos haga cuesta arriba. Es importante, repito, ese paisaje. 

Tanto como para haber subido un millón de escalones (acabo de hacer un cálculo aproximado) en el tiempo que llevo viviendo en mi casa. Tanto como para desear que mis hijos crezcan en mi barrio, a pesar de la incomodidad, a pesar de las posibles urbanizaciones con piscina con jardines privados, a pesar del ruido, de los coches, de la falta de aparcamiento, de la insoportable navidad y del calor atorrante de julio.

Me gusta vivir aquí, qué le voy a hacer.

jueves, noviembre 17, 2016

Vilas



No sabemos qué es el cerebro. Sabemos mucho más que hace treinta años sobre su funcionamiento. Sabemos que la voz que nos habla desde su interior está en el propio cerebro y que cada vez que recordamos, recreamos el recuerdo, lo cambiamos, le añadimos detalles y texturas. Pero no sabemos mucho más, la verdad.

Stendhal se desmayó por no poder asumir tanta belleza en la basílica de la Santa Cruz en Florencia y a partir de entonces, esa sofocación ante lo hermoso se denominó “Mal de Stendhal”. Yo estuve en aquella basílica. Era hermosa, sí.

No sé por qué me acuerdo de esto ahora. También me acuerdo de una casa estrecha en el Albaicín de Granada, una casa con una escalera tan angosta que me costaba pasar por ella a mis 26 años y con una ventana cuadrada desde la que se veía la Alhambra como si fuera un cuadro, la casa de una amiga a la que iba de vez en cuando a hablar de cosas que ya formaban parte de mí (libros, cómics, películas, canciones y grupos, estilos musicales, qué decían las letras de las canciones en inglés: mi amiga era traductora y entendía lo que cantaban los grupos que me gustaban), una casa que ha permanecido en mi recuerdo como la casa perfecta que hay que tener a los 25 años, a pesar de su incomodidad, de su estrechez y de su frío. 25 años. Joder.

Me acuerdo de un profesor con los dedos muy largos con el que aprendí mucho. Me acuerdo de las noches compartidas de estudio con mi ex mujer.

Me acuerdo de mis primeras impresiones de Madrid. De mi primer trabajo aquí, de cómo me puse orgulloso una corbata el primer día para ir a la oficina (cantaban Los Enemigos en Septiembre: “Voy a estrenar corbata hoy./Por fin haré algo de verdad./¡Qué feliz soy!” y daban en el clavo, ni corbata, ni hacer algo de verdad).

Me acuerdo, me acuerdo, me acuerdo... Como en el libro de George Perec (tenía cara de loco el tal Perec, con esa sotabarba que tenía). También me acuerdo que tenía la colección de compactos de Anagrama en la segunda sección de la estantería de la izquierda de la Independiente. Y que estuve mucho tiempo escuchando allí música de Nueva Orleans. Y leyendo. Pero solo me acuerdo de dos o tres libros verdaderamente buenos. Estaba bien el propósito de aquel trabajo, eso sí. El propósito: extender la fe, conseguir nuevos adeptos. Pobre misionero era yo. 

Me acuerdo de la primera vez que hablé con mi mujer. Y me acuerdo del nacimiento de mis hijos.

Qué más da lo demás si lo importante, como diría Manuel Vilas, es el amor.

viernes, septiembre 09, 2016

Visiones



Veo fumando a Houellebecq, con esa nariz gigante que se le está poniendo con la edad (como si su apéndice segregara su propia capa de látex) y el pelo ralo y me lo imagino en su casa, en pantuflas, con un jersey ajado y manchado. Me lo imagino lleno de las pequeñas manías que todos vamos acumulando con la edad (“Te he dicho que no soporto que dobles el periódico; En esta casa no se pone música hasta las nueve de la noche; No, están prohibidos los telediarios”, ese tipo de cosas). Y lo veo retirándose al campo mientras el tiempo pasa y la muerte espera.

Veo las últimas imágenes enviadas por la sonda Messenger antes de estrellarse contra Mercurio y siento de repente una ternura difícil de explicar. Piénsenlo: la humanidad ha creado una máquina capaz de viajar a Mercurio y de morir cumpliendo con su deber. 

Veo el mar. En mi cabeza veo el mar.