lunes, julio 06, 2009

Pastillas

Con el estómago lleno de pastillas. Esa es la muerte que prefiere. No quiere morir bajo las balas de un loco que lea "El guardian entre el centeno" ni en un accidente de avión, junto con Richie Valens (aka Ricardo Valenzuela), compositor de "La Bamba". No. Mejor las pastillas. Mejor tomar ansiolíticos, calmantes, tranquilizantes, mejor ingerir grageas de colores brillantes, una tras otra. Hecho con cierto sentido estético, este último acto podría incluso fundar una costumbre perdurable: tomar cinco pastillas azules, diez rosas y veinte verdes. El suicidio pop.

Yacer desmadejado en el suelo, obligar a los médicos que descubran el cuerpo a ocultar los detalles demasiado morbosos: nada de El Rey de Rock ha muerto de una sobredosis de barbitúricos mientras leía una revista pornográfica en su baño preferido; nada de El Rey del Pop estaba calvo, en los huesos y en el momento de su muerte no llevaba la peluca puesta. Nada de eso. Morir bajo los efectos de los barbitúricos. Que no es igual a morir drogado. Pastillas con receta médica, una muerte en azul, rosa y verde. La combinación pop-rock.

Y vivir en un parque temático y tener una fuente de pepsi cola, un traje de lentejuelas y una colección de pelucas.

Y una sonrisa que es una mueca que es un tajo en la cara que es una línea recta como en un personaje de South Park.

Y una casa que es un museo que es un parque temático que es un horror estético que es un mausoleo.

Un mausoleo de color pastel: azul, rosa y verde.

sábado, julio 04, 2009

Sabado 11. Presentación del Bremen

El sábado 11 de julio los integrantes del Bremen, ese sótano de Malasaña en el que se leen tan buenos relatos, presentamos un libro que hemos editado y que constituye el resumen del primer año de taller.



La cita será en El ladrón de tinta, c/ Noviciado nº 2, a las 20.00 h.
Si se animan les invitaremos a un vino.

martes, junio 30, 2009

4 años

Me ha dicho Xavie que tengo que escribir hoy. Vale. Recojo el guante (se creerá el gilipollas que no me atrevo). Ahí va mi texto:

Hoy, 30 de junio, hace cuatro años que subí mi primera entrada al blog. Y a pesar de que nunca me ha gustado escribir sobre el medio ni tampoco soy dado a las cadenas de blogs, las citas y demás prácticas propias de las bitácoras (bonita palabra, dice Xavie, pero poco práctica; pues vale, digo yo), hoy me gustaría agradecer su tiempo a todos aquellos que vienen aquí a leer (no te pases, ya sabes... que luego me dejas el blog demasiado sentimental, dice Xavie) lo que a mí (¡qué coño a ti, chaval, qué coño!) se me pasa por la cabeza.

Gracias a todos. En especial a aquellos que empezaron siendo lectores y se convirtieron en amigos. De los de verdad, de los de carne y hueso. Este no-lugar (te veo un poquito pedante últimamente, amiguete) me ha dado muchísimas cosas. Tantas que ni se me pasa por la cabeza cerrarlo.

Eso sí, si alguien tiene un diseño bonito (con fondo blanco, por petición popular) y me lo quiere ofrecer graciosamente (esto es, sin pagar), yo encantado.

Besos y abrazos,
Javier (¡hay que joderse!)

viernes, junio 26, 2009

Veinte

Su padre le había dicho que lo que le pasaba es que creía que tenía veinte años y a pesar de que él había contestado que no, que era muy consciente de su edad, la frase se había quedado flotando en la habitación como una acusación muda.
A él no le parecía que hiciera cosas propias de los veinte años, la verdad, pero qué sabía su padre. Cuando su padre tuvo a su primer hijo tenía veinticinco años y llevaba trabajando desde los catorce, en unas condiciones esclavistas, catorce horas al día, en mitad de La Mancha, en una venta polvorienta donde una vez vio a Ava Gadner, que siempre lo contaba, pedir una ración de carne con tomate para un perro con sarna que había por allí. Descansando dos días cada tres meses y sin poder gastar porque el dinero se enviaba directamente a la abuela para sufragar los estudios del hermano mayor. Y después camarero y oficinista en el Silo de trigo y por fin trabajador en una gran empresa. Su padre había conocido a su futura mujer, que tenía catorce, a los dieciocho y tras siete años de novios, se habían casado. Su futura mujer de entonces era ahora su mujer desde hacía casi cuarenta años. Se había afiliado a un sindicato todavía clandestino, por el impulso altruista de ayudar a los demás —como si los demás se lo merecieran—. Y luego había llegado la transición y las manifestaciones y la democracia, la hipoteca de una casa pequeña y fea, propia de los setenta —una casa para la que debió contratar una hipoteca con los tipos de interés muy altos, pero que pudo pagar en solo quince años con un único sueldo—, ver crecer a los hijos, vivir, verlos marcharse, la jubilación. El orgullo de haber creado una buena familia.
¿Qué podía saber su padre de sus vidas móviles, de estas vidas de estudiante, traductor, programador, revisor, ingeniero, experto en marketing, trabajador para una consultora, analista de mercados, estudiante otra vez, filólogo, editor, corrector de estilo y otra vez traductor? De estas vidas que nunca acaban de terminar, que se mezclan, que permanecen aunque hayan pasado décadas porque siempre, por mucho que deseemos que el pasado nos libere, somos también lo que hemos sido. De las capas que nos constituyen, de las tres ciudades en las que había vivido él, de las cuatro mujeres que ya había tenido y perdido, de la inmensa cantidad de tiempo dedicada a los libros, del desamor. De la escritura, de la batalla con las palabras, de los intentos por orientar la existencia de otra manera, del aburrimiento. De la cualidad lábil de la vida hoy en día. De la búsqueda permanente, de la pulsión autodestructiva que hay que cabalgar, siempre atento, sin dejarse ir, siempre concentrado. De la belleza de las ciudades desconocidas por la mañana cuando se está solo y se tiene un día completo que perder tomando café y leyendo.
Por eso se había limitado a contestar: no creo que lleves razón papá, no lo creo, y más tarde se había quedado en silencio.

jueves, junio 25, 2009

Piel

Al sacudir el cuerpo como si fuera un perro recién salido del agua, he observado una lluvia de escamas, brillando al sol y depositándose suavemente. He podido ver que habían formado en el suelo la muda de mi piel, un traje perfecto para mí pero hueco, sin carne dentro. Me he asustado y he corrido a mirarme en un espejo, temiendo el aspecto descarnado de mi cara. Estaba normal, si acaso más bronceada de lo que la recordaba.
He pensado que una visión, un sueño o una metáfora son cosas muy parecidas, que todo puede ponerse en el predicado de una frase, que nuestra historia depende de dónde se empiece a contar, de a quién asignamos el papel protagonista, y de la compañía, sobre todo de la compañía. Una vez comprendido esto, he decidido que todo lo que me ha sucedido lo ha hecho siguiendo un guión en el que nada fue producto del azar. Todo seguía un plan maestro para construir un personaje: yo mismo.

Y desde ese punto de vista, no me ha disgustado ser yo. Creo.

lunes, junio 22, 2009

Cenicienta

Cenicienta yace en la cama esperando la muerte inevitable, confirmada por los médicos de palacio. Tiene ochenta años, el pelo blanco y muy fino y su cara, en otro tiempo digna del príncipe, un óvalo perfecto en la que el poeta de palacio había puesto cerezas y perlas, marfil y rosas, está cruzada por una red de arrugas que deja ver las venas azules. Está recordando la noche del baile, la pieza que los músicos interpretaban cuando llegó al salón, el vestido mágico que realzaba su talle de forma tan maravillosa, sus zapatos de cristal. Y sobre todo, al príncipe, tan elegante en su uniforme, con aquel andar elástico que tanto gustaba a todas las mujeres del reino.
Sus hijos la miran con amor desde el borde de la cama, tal vez esperando un milagro, un último gesto mágico que la salve, pero ella sabe que va a morir, que nada puede ganar al tiempo y que incluso su propia historia acabará por ser olvidada. A partir de aquella noche, su vida ha transcurrido de forma imperceptible y nunca ha vuelto a sentir nada parecido, ni siquiera con su primer hijo. Entonces su visión comienza a nublarse y al oir de nuevo la música, al sentir otra vez las miradas de deseo de los hombres posadas en su cuerpo, una última sonrisa se abre paso en su cara.

jueves, junio 18, 2009

Bochorno

(Reducción al absurdo)

Hace calor. Bochorno. El hombre cocina en soledad mientras su mujer ha ido con los niños al centro comercial. Suda sin ser consciente de ello y, de vez en cuando, siente en las axilas una sensación de frescor que no espera cuando el viento entra en la cocina.
El hombre pone a sofreír la cebolla y el ajo en aceite de oliva virgen a muy baja temperatura. Poco a poco la cocina se llena de un aroma dulce. Escoge entonces tres tomates de la cesta que les trajo un vecino y los mete bajo el agua. Saca el corazón utilizando con habilidad un cuchillo pequeño y los divide en cuartos, que trocea cortando siempre por la parte de la pulpa.
El cielo es de color gris azulado. Las nubes han cubierto el sol pero, como una cúpula de vidrio, han encerrado el aire en su interior, que permanece quieto y caliente. También los árboles del prado parecen estar esperando algo. La radio ha dicho que se alcanzarán los 35º C.
El hombre, con un cuchillo de hoja estrecha y afilada, hace un corte en el vientre del perro muerto que yace en la encimera. Su mujer lo llamaba Aníbal. Con un movimiento experto le arranca la piel, volviendo el cuerpo como un calcetín y le corta las manos para separarla definitivamente. Tira el pellejo a una bolsa de basura negra, donde, a continuación, arroja también la cabeza y el rabo.
Las escalas repetidas de las clases de piano de la niña de los vecinos se extienden en ondas caprichosas, a merced del viento. El termómetro exterior sigue indicando 33º C, igual que media hora antes.
Nota las gotas de sudor acumulándose en sus cejas. Se lava las manos, sanguinolentas tras eviscerar al animal, y se las seca con un trapo, que le sirve también para limpiarse la frente. Coloca en la olla los pedazos de carne, teniendo cuidado de distribuirlos bien y añade sal, pimienta, azafrán y laurel. Tras cinco minutos, da la vuelta a la carne y añade medio vaso de vino blanco oloroso.
En el exterior, poco a poco, el viento comienza a arreciar. Las nubes se arremolinan nerviosas allá arriba, tornándose de un color oscuro, entre el gris y el azul. Ya ni siquiera puede verse exactamente donde está el sol. La temperatura sigue en 33º C, inamovible.
La cocina huele bien, como todos los domingos. El vino ha perdido el alcohol y tras remover el guiso con una cuchara de palo, lo cubre con agua. Cierra entonces la olla y la programa para que emita una señal a los veinte minutos.
El viento comienza a ulular en el garaje. Baja a cerrar la puerta de fuera y recuerda entonces la bolsa de basura negra. Vuelve a la cocina, la recoge y, junto con el contenido del recogedor, mete en ella también el trapo con el que se ha limpiado las manos.
La olla pita y al liberarla del vapor, el aroma resulta delicioso. La mueve entonces suavemente de izquierda a derecha, para comprobar si alguno de los trozos de carne se ha quedado adherido. El guiso se mueve sin problemas, denso, con la textura justa. Con un tenedor toma entonces un poco de carne para comprobar su grado de cocción. Está perfecta. Añade al guiso diez puñados de arroz, lo remueve y lo pone a fuego lento.
Su mujer y sus hijos llegan justo cuando está terminando de secarse de la ducha. Sale del baño, fresco y despejado, para besar a su familia. Los niños dicen a gritos que están hambrientos y que huele muy bien, que la comida que más les gusta del mundo es el arroz de su padre. Ponen el mantel, los cubiertos, el agua, el pan, los platos. Sirven el arroz y la carne y comienzan a comer.
Entonces los niños preguntan por Aníbal y él les contesta que no, que no lo ha visto; que habrá salido a dar una vuelta. Ya sabéis que lo hace a menudo, que este perro es un descastado. Esperemos que no le suceda nada, que no se encuentre con un perro mayor que él, ya lo conocéis, con las malas pulgas que tiene, esperemos que no se meta en una pelea o algo. Bueno, ya volverá cuando tenga hambre, ya sabéis cómo es.