miércoles, agosto 20, 2014

Reflexia I



Vuelvo a hablar de literatura, porque, al final, después de tantas idas y venidas, después de tantas cosas, sigue gustándome hacerlo, aunque ya me lo piense mucho antes de ponerlo por escrito (hay tantos escritores en Facebook diciendo sus cosas, tantas editoriales anunciando la última obra maestra, tantos poetas de baratillo glosando el atardecer, que se me hace cuesta arriba ponerme con las palabras escritas: una hormiga tras otra tras otra). 

Otra de Chirbes, (“Los viejos amigos”), una película (“La gran belleza”), alguna conversación que otra (“no creo que Sandman, de Gaiman, sea adaptable al cine”) y de nuevo las ganas de escribir y no solo ficción, (siempre agazapado ahí el deseo, contenido en su jaula), también este ir escribiendo pequeños ensayos, si es que eso no ha dejado por completo de tener sentido hoy en día, en esta inundación. 

Chirbes y el estilo. Sorrentino y el estilo. Gaiman y el estilo. Las narraciones que más me intrigan o interesan, llámenle como quieran, son las que no se pueden adaptar de un medio a otro sin despojarlas de una parte esencial. Hablo de un arte, digamos narrativo, claro, porque la poesía o la pintura son otro deporte. Son obras tan intrínsecamente ligadas al medio en el que han nacido, tan entrelazadas el contenido y la forma en ellas que cualquier adaptación está destinada al fracaso o, en el mejor de los casos, a la amputación (piensen si no en la serie “Crematorio”, fantástica como serie y tan alejada de la novela en todos los sentidos). 

El estilo, la forma y el contenido, un tema antiguo como el mundo (al menos desde que el mundo es mundo y registra por escrito las cosas). No eso solo el estilo libre indirecto propio de Chirbes, o la extraña alegoría de Sorrentino o los mitos y tiempos entremezclados de Gaiman con todas sus referencias, es la impresión de asistir a algo más que una historia, a algo más que planteamiento y nudo y desenlace, es descubrirse días más tarde pensando (soñando incluso) en esas obras, en esos mundos. 

Nuestra impedimenta mental. No es poco eso.

viernes, mayo 30, 2014

Crujiditos



Hay veces en las que la vida entra en un impasse, un espacio o un tiempo (lo mismo da, cada vez lo tengo más claro) en el que todos esperamos algo que ponga en marcha el mecanismo de la existencia una vez más, la ruedita dentada dentro de la rueda mayor, clac, clac, crujiditos leves, y todo de nuevo en movimiento. Una imagen reconfortante, porque es mucho mejor pensar en el mundo como en una maquinaria perfecta y ajustada y no como en lo que en realidad es, un caos informe, una estructura, una sintaxis en la que las reglas generativas son incognoscibles. O algo así.

Son días en los que es probable que las dolencias se acumulen: una lumbalgia, ciática, dolor de garganta, un pequeño herpes (cómo van a importar, con todas esas [nuestras] madres indestructibles, doloridas a diario, que suspiraban profundamente cuando sentaban mientras decían: por fin me senté; también decían: hoy no he tenido tiempo ni de mirarme...) y el espíritu va quedando minado. También aparecen afecciones mucho peores. Enfermedades terribles. 

Lo peor es la sensación, apenas atisbada (a la que no queremos dedicar mucho tiempo no vaya a ser que) de que, tal vez las cosas permanezcan ahí, en el estadio actual sin avanzar en ningún sentido, sin posibilidad de mejora. Siempre aquejados de los mismos problemas. Y eso en el mejor de los casos. Tememos que se detenga el tiempo, tal y como esperaban los cristianos antiguos en el Paraíso,  y que sea eternamente inmóvil e igual a sí mismo. 

No, pensamos, las cosas cambiarán, en un sentido o en otro, las cosas irán a mejor (mejorarán definitivamente, ya lo creo, cómo si no), no siempre vamos a estar en esta espera. Damos el progreso por supuesto, como si la ciencia lo hubiera contaminado todo con su optimismo, obviando que el mismo mundo tiene una naturaleza fractal (tal y como me dijo un amigo mío una vez con mucho acierto) y a cada pregunta respondida aparecen multitud de nuevas preguntas. Pero es que mejorarán. Estoy seguro. No pueden no hacerlo.

Wishful thinking, le llaman a eso los ingleses. 

Y resulta que hay unas elecciones. Y, de repente, lo que parecía anclado, toma una deriva extraña y el clac clac de la maquinaria hace un ruido raro y nos observamos preguntándonos:  ¿Y ahora qué?

Como si el mero hecho de hacernos esta pregunta no fuera ya un avance.

miércoles, mayo 21, 2014

Recomendación

Pues sí, ayer volví a hablar de literatura, a una pequeña rusa de 19 años, con un rabillo pintado en los ojos demasiado marcado, y también a los amigos y noté, poco a poco, como iba creciendo el entusiasmo en mi interior (me dije, qué cosa más rara, que crezca así el entusiasmo), así, tal cual, porque yo había empezado la conversación con una mirada un poco conmiserativa, la verdad, miraba a la chica rusa y pensaba, pobre, con lo joven que es, espero que no se decida por la literatura, que no da de comer y además está llena de rijosos que pretenderán llevársela a la cama deslumbrándola con citas (leídas o inventadas, qué más da) y si no, a ver por qué la mayoría de escritores son tan feos, a ver, pues por eso, porque ya en el instituto decidieron hacerse con una personalidad ya que no podían aprovecharse de su físico, destacar de la masa gracias a sus lecturas y muchos de ellos lo consiguieron, muchos de ellos se despertaron años más tarde al lado de una mujer escultural, así que me dije, pobre chica, espero que le dé por la ingeniería, o por las matemáticas, o por cualquier otra cosa que no sea la literatura, tan llena como está de caras de resignación, como las de esos pobres editores que saben que el libro que acaban de editar tampoco va a vender mil ejemplares o esos pobres escritores que hablan de sus libros para un público iniciado en el culto, como si fueran sacerdotes órficos, o algo así, satanistas seguidores de Crowley, y se ponen a decir cosas que a la inmensa mayoría de los mortales les parecen, simplemente, incomprensibles.

Y el entusiasmo iba invadiéndome, y yo no podía hacer nada, y me notaba cada vez más animado y los ojos (estoy seguro de que fue así aunque no pueda verme desde fuera como si fuera Dios contemplando a sus pequeñas hormiguitas) comenzaron a brillarme y, al final, me puse a recomendar libros como un loco, al final, dije: pues tienes que leer "El día del Watusi" (oh, oh, el Watusi) pero entonces un amigo me dijo que la chica era rusa (yo no lo sabía hasta ese momento) y que tenía 19 años (la verdad es que parecía mayor) y claro, pensé, pues no le va a gustar, cómo le va a gustar una revisión satírica de la transición (y con mucho más mérito que otras posteriores, eh, ahora se ha puesto de moda verla con ojos críticos, pero estamos hablando de un libro escrito entre 2002 y 2003, un libro escrito en la cima de la burbuja, en el culmen del España va bien), escrita con una agudeza tremenda, es cierto (como si Casavella se hubiera visto habitado por el espíritu de Cervantes, que a su vez se hubiera visto habitado en su día por el de Erasmo de Rotterdam; y ahora esta idea me recuerda a Vila-Matas, que en alguno de sus libros, si es que no son todos el mismo, hablaba de eso, de escritores viéndose poseídos por el espíritu de otros escritores) pero muy, muy centrado, el día del Watusi, digo, en la reciente historia de España, cómo va a gustarle a una chica rusa tan jovencita y con ese rabillo y esos zapatos rockeros, imposible, pensé, imposible y eso que la chica ya había sacado el móvil y estaba tomando nota como una niña aplicada, que es lo que parecía mientras nos escuchaba hablar, pobres ancianos.

Pero era demasiado tarde y ya habían empezado las opiniones a borbotear en mi interior, como un manantial de aguas sulfúricas, y claro, qué hacer entonces, pues cambié de tercio (qué expresión tan taurina esta) y dije, vale, no vas a entender el Watusi, ni falta que te hace (imaginemos que tenemos nosotros que leer una revisión satírica de la caída del comunismo en Rusia, no pillaríamos ni la mitad de los chistes) pero sí tienes que leer “Sangre de mi sangre” de Alistair McLeod, un canadiense que fue pescador y minero y que vivía en Nueva Escocia, y que seguía hablando gaélico, como toda su familia y su comunidad, a pesar de que hacía más de doscientos años que habían emigrado al nuevo mundo, porque es una puta obra maestra, le dije a la chica rusa, una puta obra maestra, repetí, por si no le había quedado claro lo que opinaba de ella y luego le dije, no la busques en las librerías, porque está descatalogada, pero la tienen en la biblioteca Iván de Vargas, en los Austrias, porque yo la pillé allí, así que la tienen seguro y esa sí, esa sí que tiene que gustarle, como tiene que gustarle a todo el mundo porque habla de la familia, y de las obligaciones que asumimos con ella, de las tradiciones y los orígenes, habla de la vida con un lirismo y una falta absoluta de cursilería que es casi imposible de conseguir para la inmensa mayoría de los escritores, vivos o muertos, que alguna vez se han dedicado a tan absurda tarea. Y me alegré mucho de habérsela recomendado.Y de haber vuelto a hablar de literatura. A pesar de todo.

miércoles, febrero 05, 2014

Silencio

Si estoy en silencio es porque, como ya saben, crecí en el seno de una cultura supersticiosa (ser del sur es lo que tiene) y prefiero no decir nada para no convocar la mala suerte, el mal fario. Los dioses siempre están pendientes de aliviarse el aburrimiento a nuestra costa y no estoy por la labor de ponérselo fácil.

Y menos ahora, cuando el tiempo cumple con una de sus funciones de forma perfecta: construir.

lunes, diciembre 16, 2013

Lubricante

La crisis dura ya demasiado tiempo y ahora ya sabemos que se diseñó desde el principio para expoliar los sistemas públicos, una vez que el mercado decidió que no había suficiente negocio para ellos y cuando digo que se diseñó, no lo digo pensando en una mente criminal capaz de prever todas las variables, sino más bien en una responsabilidad compartida y difusa, el nuevo estilo del capitalismo líquido y maravilloso al que nos han acostumbrado, al estilo de ese presidente de empresa que, con sus silencios, acaba provocando que cuarenta personas se queden sin casa en el edificio histórico que la compañía ha comprado y en el que pretenden crear una fundación para ayudar a los más necesitados, sobre todo a aquellos que la maldita crisis ha dejado en la calle, tenemos que apoyarnos en estos tiempos difíciles, dice el presidente, como empresa, tenemos una responsabilidad social con la que debemos cumplir, y más en estos tiempos, de esta vamos a salir reforzados.

No sé si me explico.

Parece imposible, entonces, personalizar la culpa en nadie en concreto, y decimos cosas como es el sistema el que está podrido, estoy no hay quien lo arregle, es culpa de los fondos de inversión americanos que compran empresas en Europa para que los jubilados puedan amojamarse en Florida, contemplando como sus lunares se convierten poco a poco en melanomas, es culpa de los inversores, de la falta de regulación, de la falta de supervisión, de la tecnología, capaz de fabricar máquinas que compran y venden acciones y futuros y bonos y participaciones preferentes y opciones sobre acciones a la velocidad del rayo (nunca mejor dicho) para conseguir en cada operación una pequeña migaja, unos céntimos de céntimos de euro que, sin embargo se acumulan en montañas gigantescas, o es culpa del Banco de España, que no lo vio venir.

Pero, visto con perspectiva, era inevitable.

Es culpa de todos ellos, qué duda cabe, pero se nos olvida que todo ha sido el resultado de una magnificación del consumo de bienes y servicios, una virtualización de la vida que ha aligerado el mundo hasta convertirlo en una leve manta de unos y ceros que todo lo envuelve y que, ahora, que no tenemos cómo pagar el alquiler, ha resultado tan parecida a un sudario. Olvidamos el origen de este mundo extraño que vivimos: la publicidad, que ya en su lejano nacimiento en los años 50 del siglo pasado era la cornucopia que alimentaba la televisión, esa ventana en la que veíamos partidos de fútbol y series y películas y que, sin embargo, tal y como la definió con extraña sinceridad no sé qué ejecutivo, es un invento en el que el contenido es el que interrumpe la publicidad y no al revés, pues el contenido está puesto ahí para que, precisamente, podamos ver los anuncios. 
Y, cuando las pantallas lo inundaron todo y se descorporeizaron y comenzaron a invadir los muros de las casas, como en Farenheit 451, e internet se convirtió en lo que siempre habíamos intuido que se convertiría, en un gigantesco centro comercial, descubrimos que habíamos cumplido a pies juntillas algunas de la profecías que ya aparecían en la antigualla aquella del Manifiesto comunista, como aquello de que los obreros somos esclavos de una manera mucho más sutil, pues pedimos créditos para comprar cosas que no necesitamos y así estamos encadenados a la nómina y la paga. Y ahora la publicidad se ha convertido en algo peor incluso, ahora es masiva y personalizada a la vez, gracias a los algoritmos que sacan petróleo de los datos que alegremente dejamos en manos de las empresas de internet, la que dirige este mercado, esta sociedad que nos hemos dado y que tan orgullosos nos hacía sentir cuando en Time aparecían nuestros bancos como los más rentables de todo el viejo continente y nuestros cocineros como el epítome de la modernidad, con sus creaciones de nitrógeno líquido y que hoy en día, sin embargo, nos molesta y nos duele porque vemos en esa misma revista a los compatriotas rebuscando en la basura y nos preguntamos cómo es posible que hayamos pasado del mejor de los mundos al peor en tan poco tiempo, cómo es posible que nos haya pasado esto.

La codicia es el verdadero lubricante del mundo.

viernes, diciembre 13, 2013

Dobles



Asumir que los años han pasado y aceptar las consecuencias (todas) que las decisiones que tomaste en su momento hayan tenido, saber que ya no eres un proyecto de adulto sino un adulto hace ya mucho tiempo, que nadie te mira pensando en el hombre en el que te convertirás (tal y como muchos de mis coetáneos parecen esperar con su patético miedo a crecer, pensando que siempre hay tiempo, que siempre se está a tiempo de cualquier cosa, cuando no hay nada tan falso como eso, maldito pensamiento hueco moderno: siempre se puede cambiar de vida, siempre se puede cambiar de trabajo y de país, siempre se puede. Y no, no siempre se puede, por mucho que digan los psicólogos de suplemento dominical).

Los demás te mirarán y decidirán si has utilizado bien tu tiempo o no, si has vivido, si has hecho algo con él. Decía un escritor en su blog hace poco que no tener hijos era el único fracaso definitivo y no creo estar de acuerdo: todos los fracasos son definitivos a medida que pasa el tiempo, todas esas vidas posibles que podríamos haber llevado y no hemos llevado, todos esos caminos que podíamos haber tomado y no hemos tomado (aquel trabajo en el extranjero que no te atreviste a aceptar, aquella mujer con la que no quisiste estar o aquella otra que no quiso estar contigo, aquel ascenso al que te negaste), todas las decisiones, todas ellas, (tus compañeros de promoción con puestos de responsabilidad y tú no, otros con negocios propios que funcionan bien y tu no, otros con trabajos extenuantes y mal remunerados y tú no, otros muertos y enfermos, y tú no) 

¿Cómo no pensar en las vidas posibles, cómo no tener curiosidad por conocer a todos tus dobles que, en universos paralelos, están viviendo esas vidas que nunca llegaron a ser la tuya? Sus mujeres, doctas o prácticas, (casi siempre hay que elegir entre ambas cualidades);  y sus trabajos, en oficinas o en casa, en este desgraciado país o en otro más amable; sus aficiones y sus días, ocupados con niños o sin ellos.  ¿Cómo no imaginarlo, al menos?