martes, abril 21, 2015

Normalidad



El tiempo sin escribir se ha ido acumulando de una manera extraña alrededor del silencio y romper ese silencio se me antoja difícil. Me digo que es igual, que lo importante es empezar a hacerlo, que ya irán surgiendo las ideas a medida que lo haga. Pero creo que, al ir cumpliendo años, aquel arrojo de decir cosas por escrito, aquel atrevimiento, ya no es el que era. Como si hubiera comprendido que escribir es inútil para contar las cosas verdaderamente importantes. O hubiera llegado a la conclusión de que, tal vez, sea yo el incapaz de hacerlo. Estoy harto de juegos de estilo, la verdad.

Gema sigue bien. A punto de conseguir otra vez ese resplandor tan suyo en los embarazos, como si su pecho albergara una supernova. 

Román sigue bien. Crece. Sus ojos son muy azules. A veces, cuando sonríe pone cara de pillo. Ya cierra los puños. Me gusta que lo haga, es probable que los necesite en algún momento. 

Sigo por aquí. Muy de vez en cuando, pero mejor eso que nada.

jueves, diciembre 18, 2014

Sic tibi terra levis



Una compañera de trabajo está muriendo en el hospital. Le diagnosticaron un cáncer hace un par de años que no era operable y aquí está acabando todo. La última vez que la vi fue en mi barrio, tenía buen aspecto y parecía muy animada. Me estuvo contando que le habían cambiado la medicación y que tenía más energía. 

No es que fuéramos, exactamente, amigos, era más bien esa clase de cordialidad que se desarrolla entre compañeros de trabajo con cierta afinidad. Le gustaban los libros, su marido era filósofo y escritor, se interesó lo suficiente por mí como para conocer mi librería y comprarme algunos libros. Me caía bien, la verdad, y he sentido mucho hoy enterarme de la noticia. La esperábamos, pero eso no cambia la sorpresa. Ella pensaba durar mucho más tiempo, hablaba de sobrevivir diez años a la enfermedad, según me han contado, pero, al final, han sido dos, solo dos. Había nacido en el mismo año que yo y eso también me ha afectado, no deja de ser un espejo en el que mirarse aunque uno no quiera. Cuarenta y tres. 

La noticia se ha transmitido en voz baja entre los compañeros, como si hablar de la muerte en el trabajo pudiera atraer la mala suerte o, lo que es peor, como si mencionarla solo convocara lugares comunes y obvios. Es delicado, es mejor no hablar de, a todos nos tiene que tocar y qué pena. Generalidades. A fin de cuentas, la relación entre compañeros de trabajo es una relación incompleta, algo impostada. Puedes odiar a tu compañero de trabajo, pero solo lo ves ocho horas al día y luego deja de tener influencia alguna en tu existencia, así que puedes olvidarlo por completo durante otras dieciséis. Qué más da entonces. Por qué traer la muerte a la conversación. 

Más tarde, la gerente ha dicho que nos invitaba a una caña por las fiestas. He bajado esperando, al menos, que hubiera algún brindis, alguna palabra cariñosa, algún recuerdo. Pero mi gerente parecía predispuesta a olvidar el tema. Se ha puesto a hablar de las vacaciones, como si no hubiera pasado nada, como si no nos hubiéramos enterado esta mañana de que teníamos una compañera agonizando. Repito, agonizando. 

Me ha parecido indecente y esclarecedor. Dedicas un tercio de tu vida a trabajar con gente que no quiere ni mencionar algo como esto. Esclarecedor. Y he sacado el tema conscientemente, he mirado a la gerente a los ojos y he dicho: ¿Te has enterado de lo de...? Llevo todo el día triste. Es antinatural morir a esa edad. Joder, tenía mi edad. Estoy muy afectado. Eso he dicho. Y, de repente, ha vuelto la humanidad al grupo. La hemos recordado, la hemos compadecido, hemos hablado de padres y abuelos seniles, hemos recordado historias familiares de cáncer, he vuelto a explicar mi teoría del círculo de olvido que nos lleva de nuevo al mismo lugar del que hemos salido, hemos hablado de muerte, de dolor y de pena, joder. He deseado sinceramente que haya tenido tiempo de despedirse de lo que amaba, de irse bien, y lo he dicho en voz alta. Todos nos hemos puestos a hablar de lo que haríamos en su lugar. Hemos sido ella un poco. Solo un poco. Y, por un momento, un momento tan solo, le hemos rendido homenaje. Tal vez no el que se mereciera, pero al menos ha sido algo. 

Me he sentido orgulloso de haber obligado a todo el mundo a hablar del tema. Y muy triste a la vez por el mundo de mierda este en el que nos hemos acostumbrado a vivir.

Que la tierra te sea leve, querida.

martes, septiembre 23, 2014

Reflexia II



(a mi bro)

Sé que he escrito algunas veces que pensar que hubo un momento en tu vida que fue definitivo, que la impulsó en una dirección determinada, es una falacia porque eso sucede a cada instante y solo podemos ver el camino cuando ya lo hemos transitado, pero no en el momento en el que sucedían las cosas. Lo sé. Sigo pensándolo pero, a veces, me pregunto si esta no será una forma ingeniosa de encubrir los propios errores. Alguna clase de disculpa íntima. No sabía en aquel momento lo que aquello iba a suponer, por lo que no se me puede responsabilizar totalmente de lo que vino después. Algo en ese estilo. 

En mi caso siempre se me aparecen un par de momentos que son especialmente importantes a mis ojos, y de los que creo sufrir aún las consecuencias. Momentos fundacionales de todo lo que vino después: los fracasos y los éxitos, dos momentos en los que el camino arborescente (como el interior de un hormiguero) que es mi vida, que es la vida de cualquiera, tomo un desvío irremisible. Sé que la vida no funciona de esa manera. Pero y qué. Cada uno es muy libre de embrollar dentro de su cabeza lo que le dé la gana.

Tal vez se trate, simplemente, de que la insatisfacción forma parte de mi naturaleza. Mi hermano me dijo una vez que siempre quiero lo que no tengo y me ha costado bastante tiempo aceptar que llevaba razón. Muchas veces me gustaría ser como él: sabio. En el sentido clásico del término. Feliz con lo que tiene, sin preocuparse por tonterías. Tiene mucho, claro. Pero hay que saber verlo, hay que valer para eso, para verlo, para saberse feliz. Yo lo intento, que conste. Lo tomo como modelo y valoro lo que tengo con perspectiva. Y también es mucho: pareja, un hijo, felicidad personal. 

Y aun así hay días en los que vuelvo una y otra vez a aquellos momentos diciéndome, tendrías que haberlo hecho de otra manera, haber sido menos orgulloso, haberte mostrado más dispuesto a escuchar los consejos de los demás. Tendrías que haber aprendido antes que el mundo nos pasa por encima a todos. Y que, al final, eso tampoco tiene la mayor importancia.


miércoles, agosto 20, 2014

Reflexia I



Vuelvo a hablar de literatura, porque, al final, después de tantas idas y venidas, después de tantas cosas, sigue gustándome hacerlo, aunque ya me lo piense mucho antes de ponerlo por escrito (hay tantos escritores en Facebook diciendo sus cosas, tantas editoriales anunciando la última obra maestra, tantos poetas de baratillo glosando el atardecer, que se me hace cuesta arriba ponerme con las palabras escritas: una hormiga tras otra tras otra). 

Otra de Chirbes, (“Los viejos amigos”), una película (“La gran belleza”), alguna conversación que otra (“no creo que Sandman, de Gaiman, sea adaptable al cine”) y de nuevo las ganas de escribir y no solo ficción, (siempre agazapado ahí el deseo, contenido en su jaula), también este ir escribiendo pequeños ensayos, si es que eso no ha dejado por completo de tener sentido hoy en día, en esta inundación. 

Chirbes y el estilo. Sorrentino y el estilo. Gaiman y el estilo. Las narraciones que más me intrigan o interesan, llámenle como quieran, son las que no se pueden adaptar de un medio a otro sin despojarlas de una parte esencial. Hablo de un arte, digamos narrativo, claro, porque la poesía o la pintura son otro deporte. Son obras tan intrínsecamente ligadas al medio en el que han nacido, tan entrelazadas el contenido y la forma en ellas que cualquier adaptación está destinada al fracaso o, en el mejor de los casos, a la amputación (piensen si no en la serie “Crematorio”, fantástica como serie y tan alejada de la novela en todos los sentidos). 

El estilo, la forma y el contenido, un tema antiguo como el mundo (al menos desde que el mundo es mundo y registra por escrito las cosas). No eso solo el estilo libre indirecto propio de Chirbes, o la extraña alegoría de Sorrentino o los mitos y tiempos entremezclados de Gaiman con todas sus referencias, es la impresión de asistir a algo más que una historia, a algo más que planteamiento y nudo y desenlace, es descubrirse días más tarde pensando (soñando incluso) en esas obras, en esos mundos. 

Nuestra impedimenta mental. No es poco eso.

viernes, mayo 30, 2014

Crujiditos



Hay veces en las que la vida entra en un impasse, un espacio o un tiempo (lo mismo da, cada vez lo tengo más claro) en el que todos esperamos algo que ponga en marcha el mecanismo de la existencia una vez más, la ruedita dentada dentro de la rueda mayor, clac, clac, crujiditos leves, y todo de nuevo en movimiento. Una imagen reconfortante, porque es mucho mejor pensar en el mundo como en una maquinaria perfecta y ajustada y no como en lo que en realidad es, un caos informe, una estructura, una sintaxis en la que las reglas generativas son incognoscibles. O algo así.

Son días en los que es probable que las dolencias se acumulen: una lumbalgia, ciática, dolor de garganta, un pequeño herpes (cómo van a importar, con todas esas [nuestras] madres indestructibles, doloridas a diario, que suspiraban profundamente cuando sentaban mientras decían: por fin me senté; también decían: hoy no he tenido tiempo ni de mirarme...) y el espíritu va quedando minado. También aparecen afecciones mucho peores. Enfermedades terribles. 

Lo peor es la sensación, apenas atisbada (a la que no queremos dedicar mucho tiempo no vaya a ser que) de que, tal vez las cosas permanezcan ahí, en el estadio actual sin avanzar en ningún sentido, sin posibilidad de mejora. Siempre aquejados de los mismos problemas. Y eso en el mejor de los casos. Tememos que se detenga el tiempo, tal y como esperaban los cristianos antiguos en el Paraíso,  y que sea eternamente inmóvil e igual a sí mismo. 

No, pensamos, las cosas cambiarán, en un sentido o en otro, las cosas irán a mejor (mejorarán definitivamente, ya lo creo, cómo si no), no siempre vamos a estar en esta espera. Damos el progreso por supuesto, como si la ciencia lo hubiera contaminado todo con su optimismo, obviando que el mismo mundo tiene una naturaleza fractal (tal y como me dijo un amigo mío una vez con mucho acierto) y a cada pregunta respondida aparecen multitud de nuevas preguntas. Pero es que mejorarán. Estoy seguro. No pueden no hacerlo.

Wishful thinking, le llaman a eso los ingleses. 

Y resulta que hay unas elecciones. Y, de repente, lo que parecía anclado, toma una deriva extraña y el clac clac de la maquinaria hace un ruido raro y nos observamos preguntándonos:  ¿Y ahora qué?

Como si el mero hecho de hacernos esta pregunta no fuera ya un avance.