martes, abril 23, 2013

Embarazo

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

El ministro de las cejas blancas y el pelo oscuro, el de las gafas, el de la pinta de ser el más empollón de la clase y de no haberse nunca levantado al lado de una desconocida, y muchísimo menos de un desconocido, el que pasó lo mejor de su alocada juventud en su cuarto, en casa de sus padres, preparándose para ser el primero en sus oposiciones, mientras sus amigos salían de juerga por ahí, por los bares del barrio de Salamanca y conocían los placeres del sexo con señoritas de familia bien, el que era capaz de recitar todos los artículos de la Constitución de memoria porque su padre le había dicho que esa era la ley que debía saberse de memoria si quería progresar en la nueva época; ese ministro que, como muchos de sus amigos, había unido los dos apellidos de su padre en uno solo, para que todos supieran que era hijo de alguien importante, ese ministro, en fin, llevaba unos días con náuseas por la mañana.

Se levantaba de la inmensa cama que compartía con su mujer con el cuerpo revuelto, como si hubiera comido algo por la noche que le hubiera sentado mal y eso era imposible, la verdad, pues llevaba más de veinte años comiéndose un yogur, una fruta y unas nueces para cenar, veinte años corriendo diez kilómetros todas las mañanas y haciendo estiramientos por las tardes, mirando por su corazón, veinte años de disciplina y deporte, que solo había que ver a muchos de sus compañeros de promoción de la facultad para darse cuenta de lo diferente que era él, que daban pena, ancianos, débiles, gordos, ajados, sin fuerza de voluntad. El caso es que no sabía por qué pero se levantaba revuelto, con la sensación de tener el estómago en la boca y se preguntaba, casi sin ser consciente de hacerlo, si no estaría incubando algo.

Su mujer le preguntaba solícita por su salud y todos los días le decía que tenía que ir al médico, sobre todo por las náuseas, sin expresarlo claramente, sin atreverse casi a pensarlo, pero preocupándose por la gran enfermedad que últimamente estaba atacando a tantos de sus conocidos, que si quimio que si radio, que si confía en Dios, que si todas las familias con el corazón en un puño, maldita sea, que parece un castigo del Señor, la enfermedad esta. En cuanto se daba cuenta de que esos pensamientos la atravesaban, los apartaba rápidamente, y ellos, obedientes, se alojaban en una zona recóndita de su cabeza para aparecer de nuevo cuando menos los esperaba.

Un día, su mujer le dijo al ministro-ceja: “Deberías ir al médico. Estoy preocupada. ¿Y si tienes lo mismo que la ministra-buitre?” Y él, claro, le hizo caso. Fue al médico, una bonita consulta en la zona norte de la ciudad, con maderas nobles y el Época y La Razón entre las publicaciones de la sala de espera y esperó, porque no quiso hacer uso del privilegio que le ofrecieron de pasar por delante de los pacientes que ya estaban allí. Él era así, aunque los pacientes hubieran estado encantados de cederle su posición en la cola, él era así, nada de privilegios, por favor, él no estaba en política para forrarse, como algún otro gañán, cuyo nombre todo el mundo ha olvidado, sino porque desde pequeño le inculcaron en su casa el gusanillo del servicio público. Era un orgullo servir a los demás españoles de bien, era un orgullo para él llevar un apellido tan ilustre y sentirse parte de la maquinaria del estado. Si trabajaba catorce horas al día era precisamente por gente como aquella, que esperaba pacientemente su turno en la consulta del médico.

El médico lo reconoció y le dijo que, aunque pareciera increíble, porque él mismo tampoco acababa de creérselo y hubiera hecho las pruebas varias veces para descartar cualquier tipo de error, la verdad era que estaba embarazado. Ni más ni menos, embarazado. Y que, a su edad, él recomendaba una interrupción del embarazo porque, de seguir adelante, pondría en peligro su vida. El ministro-ceja no daba crédito y solo lo creyó cuando el médico le mostró una ecografía en la que se veía un movimiento espasmódico sin explicación. La preocupación que afloró en su cara hizo que sus cejas se pusieran completamente blancas. Ahora precisamente no era un buen momento para tener ese niño, ahora que casi había conseguido hacerse con un hueco para postularse a presidente, ahora que casi se había aupado a lo más alto, era profundamente injusto verse en esa situación. Preguntó al doctor si no estaría exagerando, si no podría llevar a cabo algún tratamiento para llevar el embarazo a término pero el doctor se lo quitó de la cabeza: demasiado arriesgado e inviable para un hombre como él, con tantas ocupaciones. La única posibilidad pasaba por un reposo absoluto y, con tantas obligaciones, no era un tratamiento posible.

Cuando se le hizo evidente al ministro que no tendría otra opción que abortar, lamentó haber modificado la ley que lo regulaba, lamentó haber hecho más restrictivo el acceso y no poder ir a su clínica privada favorita, en la que habían nacido todos sus hijos y allí acabar con el problema de manera segura. Ya era tarde, lo sabía, no podía hacer nada y, pensándolo bien, tendría que haber tenido más en cuenta casos como el suyo, seguro que había algunas mujeres que se habían visto en un caso parecido, mujeres de bien, claro, con carreras directivas importantes, con cargos de responsabilidad, con un supuesto así de complicado, no como esas casquivanas que van a la clínica a las primeras de cambio, no como esas perdidas, sino españolas de bien que se veían ante un caso como el suyo. A su mujer no le dijo nada, no estaba seguro de que lo comprendiera, tan estricta como era en cuestiones de moralidad, pero a su secretaria sí que la llamó para que le reservara un viaje relámpago a Londres.

Los miembros de los servicios diplomáticos aún recuerdan el tremendo lío que tuvieron durante tres semanas en la embajada inglesa. No había manera de que los ingleses creyeran que el hombre de las cejas blancas que habían encontrado desangrado en aquella clínica regentada por médicos indios era un ministro del gobierno español, el mismo que había modificado la ley española al respecto. Afortunadamente, en los periódicos se habló de un ataque al corazón y su mujer pudo llorar con la cabeza bien alta en el entierro, detrás de la mantilla negra y transparente, mientras todo el gobierno le daba el pésame.

lunes, abril 01, 2013

Expediente de Regulación de Empleo

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

El hombre que se encargaba de la gestión de los dineros públicos para subvenciones apuró el quinto gin tonic con arándanos antes de decir a su chófer que medio más, Antonio, que esto se va volao…, como todas las tardes. Antonio se levantó con cierta pesadez y corrió al coche para volver a hacer el camino que esa semana ya había hecho un par de veces, a las Tres Mil y volver, y cuidadito con quién mira el coche y con los muertos vivientes que van de un lado con la vista en el suelo. En el bar lo conocían bien y sabían que invitaba casi siempre que entraba un conocido y, de hecho, estaban a punto de colgar un foto suya justo encima de la cafetera, como en esas casas nobles en las que hay fotografías de los dueños con los reyes, de tan buen cliente como era, que daba gusto verlo despachar con unos y con otros, siempre con los ojos brillantes y el verbo rápido, pues era verdad eso que decía de que no se había emborrachado nunca, que era bebedor, sí, pero que borracho no se había acostado nunca, por estas.

El hombre siempre tenía un chiste en la boca para el primero que le diera pie, o que le dijera eso de “el otro día me contaron uno buenísimo”. Los camareros, además, los festejaban con ganas, por lo de acabar con el tedio y, sobre todo, porque, según se desprendía de sus expresiones cuando subían los ojos al cielo del bar como diciéndose que aquel hombre no tenía remedio, el ser andaluz está hecho así. Es inevitable. Los chistes forman parte de su idiosincrasia y basta que alguien abra la boca con acento del sur para que en el resto del país estén esperando una cuchufleta. El hombre despachaba todas las tardes, entre ida y venida al baño, que hay que ver qué jodido es el tema de la próstata para los hombres con cierta edad, con gente muy variada, gente con trajes italianos de temporada y zapatos hechos a mano y gente con trajes viejos y gastados por los codos, ya anticuados cuando se compraron; con mujeres de perlas, maquillaje y bótox y con señoras de arrugas en la cara marcadas como con cincel; con unos y con otros.

Y siempre que uno de estos personajes ajados se iba del bar, deshaciéndose en elogios, contaba una historia trágica: fíjate en esta pobre mujer, toda la vida trabajando sin cotizar y, ahora, que tiene 67 años no tiene ni para irse a vivir debajo del puente… Yo, como digo siempre, si puedo echar una manita… Y luego decía que había conseguido apuntarla para que le quedara una jubilación decente, qué menos, hombre, si además era la portera del edificio en el que vivía su hija mayor y, a veces, hasta se había quedado con la nieta. Nada, nada, si puedo echar una manita… Después de estos momentos en los que parecía enjugarse alguna lágrima, le decía a su chófer: “esta noche acabamos tú y yo por todo lo alto, por estas, que me han hablado de un nuevo sitio que vas a alucinar. Te lo juro.”. Y luego decía que al poder le faltaba el contacto con los electores, coño, que parece mentira que vivamos de la política y los miremos por encima del hombro, si son nuestra gente, decía. Y los camareros festejaban las ocurrencias de este hombre tan llano y tan cercano, que tan bien relacionado estaba con la Junta y que tanto trabajo parecía sacar adelante acodado en la barra de aquella coctelería.

El día que murió había soñado que una fotografía suya saliendo de los juzgados aparecía en un periódico de Madrid y que sus palabras citadas eran: “yo soy ningún putero ni ningún drogadicto”. Ese día tuvo una visión en la que aparecía sin barba, tapándose la cara con vergüenza y también otra en la que la gente le increpaba y le llamaba chorizo. Incluso le pareció ver a alguno de los que había ayudado tiempo atrás, hay que joderse, cómo es la gente, pensaba, encima de que los ayudas, a la mínima te la clavan por la espalda. Pero lo que, definitivamente, empujó el coágulo hasta una zona letal de su cerebro fue la llamada de la consultora de su mujer, que le decía que había decidido dejar de pagarles el sueldo, que estaban oyendo cosas muy raras y que no se podían arriesgar a salir en los papeles.

Murió con la cara torcida y un hilillo de baba cayendo de su boca, mojando poco a poco los azulejos limpísimos del cuarto de baño del bar, con la expresión del que está seguro de estar haciendo lo correcto. 

viernes, marzo 08, 2013

Otoño

Hoy me he levantado con tal estado de ánimo que estoy seguro que hace diez años hubiera despotricado en mi interior y roto los muebles imaginarios de mi cabeza, pero como han pasado diez años, solo he suspirado, he mirado la imagen del espejo con algo de conmiseración, algo de resignación y algo de simpatía, me he vestido y he salido a la calle camino del trabajo, reflexionando durante el camino sobre lo que cambia tu actitud hacia ti mismo a medida que el paso del tiempo lima los bordes de las cosas y puedes recordarte cuando eras ese tipo que se cabreaba desde por la mañana porque algo no hubiera salido como él esperaba por la noche.

Y luego he pensado lo curioso que resultaba todo, lo extraño que me parecía haber reaccionado como lo hice durante tantos años y lo ajeno que me resultaba yo mismo hace solo una década y entonces he vuelto a tener una de mis ideas recurrentes (“todos somos contingentes pero tú eres necesario” que decían en Amanece que no es poco), que tampoco es mía claro, aunque le haya dedicado bastante tiempo y eso haya sido suficiente para apropiármela un poco, esto es, que nada permanece, que cabalgamos la ola del tiempo como podemos, creyendo tener el control, creyendo ir de forma lineal hacia delante y que no tenemos ni la más remota idea de hacia dónde nos movemos, de si hay algún objetivo.

Y más tarde he pensado en España A. C., antes de la crisis, y me he sorprendido de que solo hayan pasado cinco años y de cómo hemos vuelto a mirar el precio de las cosas, me he sorprendido al ver que otra vez hemos asumido la pobreza con naturalidad, como siempre (mucho menos que la de nuestros padres, pero pobreza), que hemos vuelto a mirar al suelo con culpa por querer ser europeos y participar del bienestar occidental (ay, ese catolicismo) y que hemos empezado a pensar en el futuro como algo que hay que trabajarse todos los días en lugar de pensar en él como en una bonita casa frente al mar, con su pensión y su sueldo y una jubilación a la noruega. Cinco años. Nada si lo piensas.

Y he recordado un cuento de una amiga en la que todo el mundo se despide en el mismo bar por última vez, antes de emigrar, y he pensado que es triste, que estamos mal, que no hay trabajo, que tardaremos años en volver a tener dinero, si es que volvemos a tenerlo. Que este desánimo tiene mal arreglo y que la lluvia y el cielo encapotado no ayudan. Sí, lo he pensado. Pero al final me he dado cuenta de que no es tanto la situación del país, no es tanto el paro y la lluvia, no son las constantes noticias hirientes y la desvergüenza y el robo y el insulto diario a nuestra inteligencia. Es todo eso, pero no solo eso. Es también la nostalgia de saber que me hago viejo y que sigo sin haber aprendido prácticamente nada a pesar de haber pasado muchos días y muchas noches delante de un libro, intentándolo.

Y al final, me he dado cuenta que esto tampoco tiene ninguna importancia.

martes, febrero 12, 2013

Sonrisas

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Yo, he de confesarlo, colaboro alegremente con el mantenimiento del orden social. Más me vale, porque me han dicho en el trabajo que si dejo de sonreír, es posible que tengan que activar la última cláusula del convenio colectivo, la que habla de la alegría permanente por trabajar en esta magna empresa y de las sanciones aplicables por violación de este principio fundacional: acude al trabajo con optimismo pues el trabajo libera y construye la senda del Señor. O algo así. El caso es que como se me ocurra dejar de dar las gracias, de asentir con la cabeza, de mirar al suelo , de callar y, sobre todo, de sonreír, me voy a enterar. Que conste que lo intento. Seguir sonriendo, quiero decir. Claro que, como con cualquier cosa que se me da mal, para mejorar me fijo en los maestros, en esos compañeros cercanos que siempre dicen que sí y que dan cabezazos de aquiescencia cuando un superior les informa de algo. Siempre quedo admirado por su sonrisa sincera, por su convencimiento. Imbéciles, me digo, pero luego rectifico y pienso: no, imbéciles, no, maestros en estos tiempos que corren. Gente que sonríe y que siempre está de acuerdo con las medidas que toma su propia empresa. Aunque sea contra ellos. Les gustaría ser accionistas mayoritarios pero no tienen un solo euro invertido en la empresa. Da igual. Ellos dicen que sí. Siempre dicen que sí y confirman las razones de los directivos, siempre comprensivos con los poderosos, como si eso pudiera garantizarles un futuro entre sus filas. Aunque acaben gaseados con un pijama a rayas muy parecido al de sus pobres compañeros de campo, por mucho que hayan hecho de kapos para los jefes; aunque acaben en el paro, esperando en una cola la comida de caridad que las monjitas han conseguido reunir de la última recolección de fondos en el Palace; aunque sean demasiado bajos, demasiado morenos, demasiado feos para aparecer nunca en una foto de la sección de Sociedad del periódico y parezcan la tía solterona del pueblo, amiga del cura, que siempre pone cara de asco cuando ve a una mujer guapa, imaginándole goces sin cuento. Ellos sonríen. Siempre sonríen. Pobres. Como niños buscando el reconocimiento de sus mayores. Así que aprendo de ellos y sonrío y bajo la cabeza y digo ¡claro!, ¡por supuesto!, cuando nos dicen que nos bajan el sueldo, que nos aumentan las horas, que nos quitan una paga, que nos sodomizarán los lunes, que nos encadenarán a la mesa de trabajo los martes y los jueves. ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Me parece bien! ¡Me parece lógico! ¡Fíjate cómo están las cosas por ahí fuera! ¡Tenemos suerte! ¡Señor, sí señor!

martes, enero 22, 2013

Metálico

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Lo encontraron rígido, con una mano engarfiada alrededor de un pequeño taco de billetes de quinientos euros y una sonrisa lobuna en el rostro, como si en los últimos instantes de consciencia hubiera saboreado placeres innombrables. Un caso extraño, dijo la policía, pero no investigaron mucho. A quién cojones le importaba la suerte de un camello como aquel. Ojalá todos los hijos de puta como este reventaran, pensó el agente de la banderita en la culata de la pistola. Días más tarde encontraron a otro, mucho más gordo, con los mismos síntomas: la mano, la sonrisa y, en este caso, un hilillo de baba reseca en la comisura. Un chulo de putas conocido en el barrio que controlaba a un par de pobre chicas rumanas. Que le den, volvió a pensar el agente, un hijoputa gordo menos.

El gesto de los agentes, sin embargo, cambió al encontrar al siguiente muerto. Llevaba un traje cortado a medida y una corbata de seda, un maletín de lujo y unos zapatos hechos a mano. Una pequeña insignia de plata con las siglas de uno de los partidos políticos más importantes del país destelló durante un momento bajo la luz fluorescente del aparcamiento, poniendo sobre aviso a los agentes, que se miraron con comprensión. Antes de seguir con la investigación tendrían que llamar al comisario para que se acercara a echar un vistazo. Los síntomas eran los mismos que en los casos anteriores, aunque el taco de billetes de quinientos euros era algo más abultado en este caso. Ambos policías no tuvieron que decirse nada en voz alta. Esta vez ni un billete. A saber si el hombre trajeado no llevaba micros o cualquier otra cosa.

El comisario llegó poco más tarde y tardó apenas un segundo en identificar al hombre trajeado. En otro tiempo, cuando había trabajado de escolta y se había encargado de la seguridad de los miembros del partido, había intercambiado con él algunas palabras. Todo el mundo lo trataba con respeto e incluso con algo de miedo. Se decía de él que era la persona que cortaba el bacalao, que no se firmaba una sola factura sin que él lo supiera, que evitaba salir en los papeles porque, como él decía, a la gente verdaderamente importante no la conocía ni Dios y los que salían todo el rato en las portadas luego tenían que pedir permiso a los que no lo hacían. Era campechano y ahora estaba muerto y su mano se contraía alrededor de los billetes como en los dos casos anteriores. Su última sonrisa parecía sugerir la existencia de un mundo pútrido y reluciente, imposible de concebir para la gente corriente.

El equipo forense hizo fotos, tomó huellas, espolvoreó el cuerpo y la ropa y metió el taco de billetes de quinientos en una bolsa transparente, después de fotografiar cuidadosamente los números de serie de todos ellos. Más tarde, vino el juez y el equipo de la funeraria y se llevaron al hombre del partido al anatómico forense. La noticia no tardó en llegar de forma nebulosa a los medios de comunicación y cuando los principales periódicos llamaron interesándose por el caso, el comisario ya tenía preparada una respuesta lo suficientemente vaga como para conseguir algo de tiempo para preparar un comunicado oficial. El senador y hombre del partido había sido encontrado muerto en un aparcamiento en lo que, en una primera impresión, parecía un ataque coronario. Habría que esperar a los resultados de la autopsia para confirmar las causas de la muerte.

Un mes más tarde, el reguero de cadáveres se había extendido a otras ciudades. Camellos, narcotraficantes, gente sin oficio conocido, paquistaníes con locutorios muy frecuentados, chinos con naves industriales llenas de objetos importados, promotores inmobiliarios, concejales y ediles de toda laya y condición, policías de incógnito, políticos que nunca habían hecho otra cosa que moverse entre líneas en los aparatos de los partidos, senadores, señoras con el pelo cardado y el rostro lleno de botox, actores porno, futbolistas y presentadoras de televisión, todos ellos con la mano rígida y aquella sonrisa inquietante en el rostro, todos ellos con el taquito de billetes de quinientos euros entre los dedos deformados.

El primer cadáver no español lo encontraron en Gibraltar, un hombre nacido en Malta de madre gibraltareña y el segundo en el sur de Francia. Cuando empezaron a morir alemanes e ingleses en sus propios países, Europol se hizo con el control del caso y los servicios de inteligencia de los miembros de la OTAN comenzaron a intercambiar correos de forma frenética. Lo único que sabían era que los billetes estaban impregnados de una sustancia venenosa, que solo parecía reaccionar cuando alcanzaba cierta cantidad. Comprobaron además que, en todos los casos, se habían preparado los billetes para que aquello comenzara a actuar cuando se reunieran al menos diez de ellos. Siempre más de cinco mil euros en metálico, en billetes nuevos.

Los chinos tuvieron que retractarse de unas declaraciones en las que achacaban la enfermedad a la codicia occidental —la peste española, tal y como un joven y dinámico periodista en prácticas de la BBC la había bautizado— cuando encontraron muerto al primer hombre de negocios de Shanghái con un taco de cincuenta mil yuanes en la mano. Después vinieron miembros del Partido Comunista bien relacionados, dueños de cadenas de hoteles, encargados de fábricas, incluso un premio Nobel, sensible al leve aleteo de la belleza como las golondrinas a los primeros síntomas del verano. Se produjeron disturbios en Hong Kong cuando una multitud enfadada reclamaba la vuelta a la libra esterlina para los negocios.

Los billetes grandes y nuevos comenzaron a acumular polvo, metidos en las cajas de los bancos, en cajas de seguridad, en maletines de cuero de gacela joven, en bolsas de basura, en cajas de zapatos, en pequeñas oquedades que no se advertían a primera vista, en zulos en medio del monte, bien envueltos en bolsas de plástico para evitar que la humedad acabara con ellos, en cajas fuertes con millones de combinaciones diferentes, en cinturones diseñados para llevar bajo la ropa y poder evitar a las aduanas. Los optimistas afirmaban ilusionados que aquello era una señal, que, si éramos capaces de hacerlo bien, podía ser el final del dinero negro, que ahora sería mucho más difícil esconder operaciones moralmente reprobables.

Los americanos y los ingleses fueron los últimos en verse afectados. Después de aquel reportaje de la CNN, la ONU solo tardó un día en decretar el secreto bancario internacional. 

jueves, enero 10, 2013

Godzilla

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

La señora se despierta y cuando mueve una de sus piernas nota un leve crujido. También se oye el ruido lejano de los gritos. Su cara tiene un brillo grasiento, como todas las mañanas, sus carnes se aposentan sobre su cuerpo en oleadas, como si ella misma fuera la desembocadura de un río de materia corporal, un corriente de grasa licuada. Advierte, aún con el sueño nublando a medias su entendimiento, que no debería estar viendo el cielo desde la cama de su residencia oficial. Sacude rápidamente la cabeza pensando que tal vez no ha acabado de despertarse pero los gritos aumentan de volumen. Cuando se incorpora, comprueba estupefacta que está dentro de su ciudad, sí, pero que todo se ha visto reducido al tamaño de una maqueta algo grande. La temperatura de la ciudad es la misma —un calor húmedo y supurante que viene del interior— y el olor también —mitad marisma, mitad vertedero— pero las dimensiones no son las correctas. Mira hacia abajo y descubre un montón de gente minúscula corriendo despavorida. Parpadea de nuevo y al moverse ligeramente una lluvia fina de lo que a ella le parece polvo cae desde su posición hacia los pequeños hombres allá abajo, que intentan esconderse de los fragmentos de cristal y hormigón que se desprenden de una estructura blanca, similar a un barco vuelto del revés. Se levanta con esfuerzo, trastabillando ligeramente —demasiado peso para unas rodillas cansadas y viejas, piensa brevemente— y nota como golpea algo con el talón. Cuando baja la vista de nuevo a sus pies puede observar como los diminutos ciudadanos huyen como pueden ante la visión de su inmenso cuerpo en camisón, que ya casi ha destruido el Hemisfèric. Se encontraban viendo una película en tres dimensiones de monstruos prehistóricos submarinos cuando lo que les pareció el gigantesco dedo de un pie entró por una de las paredes, produciendo un descomunal estruendo. Los cascotes caían y la gente, aterrorizada, se agolpaba en las salidas. En el exterior descubrieron a su alcaldesa, mirándolos con cara de sueño desde una altura de más cien metros.

Su excelentísima señora mira sin comprender el paisaje que tiene alrededor. Desde esa altura, puede ver una extensión larga y verde salpicada aquí y allá de estructuras blancas y redondeadas, con cristaleras inmensas, que no consigue identificar. La sensación onírica se hace más fuerte y vuelve a parpadear con fuerza, incluso se pellizca para comprobar si está realmente despierta. La visión de sus dos dedos pellizcándose el brazo desde abajo es sobrecogedora, dos morcillas colosales acabadas en dos uñas con manicura francesa pellizcando una extensión de carne del tamaño de una pequeña colina. Todo el mundo grita y corre, excepto dos hombres y dos mujeres, tan fascinados con el espectáculo que sacan el móvil sin pensar y comienzan a grabar. Ninguno de los cuatro está bastante lejos como para captar el cuadro con perspectiva pero los cuatro vídeos aparecerán en el telediario de la tarde mostrando el gigantesco pie de la munícipe sobre uno de los edificios en los que más empeño había puesto. En ese momento, mientras ella sigue tratando de encajar la situación en un marco lógico de pensamiento —por Dios, si lo único que hice fue tomarme un whisky de más ayer, piensa—, el zumbido de las hélices de los helicópteros comienza a oírse a lo lejos, acercándose, hasta que una voz amplificada y metálica le habla.

—Señora alcaldesa…
—¿Sí?

—Como puede comprobar, nos encontramos en una situación peliaguda. Debido a su tamaño está provocando un caos en la ciudad. Debe retirarse a las afueras para que podamos encargarnos de este asunto.
—¿Asunto? ¿Qué asunto? ¿Dónde pretenden llevarme? —contesta ella con expresión altanera.

—Estamos decidiéndolo. —contesta la voz metálica desde el helicóptero militar.— Hemos tomado las riendas porque los satélites nos han mostrado un caso potencialmente peligroso para la seguridad nacional.
—Yo soy la primera es interesarme por la seguridad nacional, se lo aseguro, pero tienen que decirme el lugar al que van a llevar. Soy la alcaldesa, por Dios, y he ganado más veces por mayoría absoluta de lo que muchos otros pueden decir. Esta ciudad la he hecho yo y no me pueden tratar de esta manera. Y mucho menos aquí. En mi tierra.

—Alcaldesa, sea razonable. Sin advertirlo ya ha derribado el Hemisfèric y parte del Oceanografic. La gente está aterrorizada.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Dimitir? ¿Para que puedan hacer conmigo lo que quieran? Tal y como yo lo veo, soy un activo para esta ciudad. Y si mi tamaño se ha multiplicado por cien, mi importancia como activo también se ha multiplicado por esa cantidad.

—No nos corresponde a nosotros tomar esa decisión, señora. —contesta la voz metálica —Debe usted salir del centro de la ciudad para no provocar más destrozos. Hemos despejado dos avenidas para que pueda salir sin causar más daños.
—Yo no me muevo de aquí, le digo. Soy la alcaldesa y esta es mi ciudad. ¡Mi tierra! ¿Entiende? Aquí es donde quiero quedarme. Yo no aspiro a un ministerio si eso supone tener que vivir en la capital. He consagrado mi vida a esta ciudad, a hacerla grande. Traje la copa América, y las carreras de coches, rehíce esta ciudad de pescadores, por el amor de Dios.

—Señora, tenemos órdenes. Si no viene con nosotros por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas. Le advierto que los helicópteros están artillados con misiles y que tenemos orden de disparar a la primera señal de peligro para la población civil.
—¿Disparar? Pero, ¿cómo se atreve? ¿Se atreve a amenazarme? ¿A mí? ¿A la alcaldesa? —contesta la señora mientras de un manotazo derriba el helicóptero más cercano. —Mire, se me ocurre que se me podría construir una residencia de mi tamaño en las afueras y que podría seguir llevando las cuestiones de la alcaldía desde allí. Seguro que sería un motivo más para visitar esta maravillosa ciudad... —continúa la señora mientras los primeros misiles comienzan su vuelo.