miércoles, febrero 05, 2014

Silencio

Si estoy en silencio es porque, como ya saben, crecí en el seno de una cultura supersticiosa (ser del sur es lo que tiene) y prefiero no decir nada para no convocar la mala suerte, el mal fario. Los dioses siempre están pendientes de aliviarse el aburrimiento a nuestra costa y no estoy por la labor de ponérselo fácil.

Y menos ahora, cuando el tiempo cumple con una de sus funciones de forma perfecta: construir.

lunes, diciembre 16, 2013

Lubricante

La crisis dura ya demasiado tiempo y ahora ya sabemos que se diseñó desde el principio para expoliar los sistemas públicos, una vez que el mercado decidió que no había suficiente negocio para ellos y cuando digo que se diseñó, no lo digo pensando en una mente criminal capaz de prever todas las variables, sino más bien en una responsabilidad compartida y difusa, el nuevo estilo del capitalismo líquido y maravilloso al que nos han acostumbrado, al estilo de ese presidente de empresa que, con sus silencios, acaba provocando que cuarenta personas se queden sin casa en el edificio histórico que la compañía ha comprado y en el que pretenden crear una fundación para ayudar a los más necesitados, sobre todo a aquellos que la maldita crisis ha dejado en la calle, tenemos que apoyarnos en estos tiempos difíciles, dice el presidente, como empresa, tenemos una responsabilidad social con la que debemos cumplir, y más en estos tiempos, de esta vamos a salir reforzados.

No sé si me explico.

Parece imposible, entonces, personalizar la culpa en nadie en concreto, y decimos cosas como es el sistema el que está podrido, estoy no hay quien lo arregle, es culpa de los fondos de inversión americanos que compran empresas en Europa para que los jubilados puedan amojamarse en Florida, contemplando como sus lunares se convierten poco a poco en melanomas, es culpa de los inversores, de la falta de regulación, de la falta de supervisión, de la tecnología, capaz de fabricar máquinas que compran y venden acciones y futuros y bonos y participaciones preferentes y opciones sobre acciones a la velocidad del rayo (nunca mejor dicho) para conseguir en cada operación una pequeña migaja, unos céntimos de céntimos de euro que, sin embargo se acumulan en montañas gigantescas, o es culpa del Banco de España, que no lo vio venir.

Pero, visto con perspectiva, era inevitable.

Es culpa de todos ellos, qué duda cabe, pero se nos olvida que todo ha sido el resultado de una magnificación del consumo de bienes y servicios, una virtualización de la vida que ha aligerado el mundo hasta convertirlo en una leve manta de unos y ceros que todo lo envuelve y que, ahora, que no tenemos cómo pagar el alquiler, ha resultado tan parecida a un sudario. Olvidamos el origen de este mundo extraño que vivimos: la publicidad, que ya en su lejano nacimiento en los años 50 del siglo pasado era la cornucopia que alimentaba la televisión, esa ventana en la que veíamos partidos de fútbol y series y películas y que, sin embargo, tal y como la definió con extraña sinceridad no sé qué ejecutivo, es un invento en el que el contenido es el que interrumpe la publicidad y no al revés, pues el contenido está puesto ahí para que, precisamente, podamos ver los anuncios. 
Y, cuando las pantallas lo inundaron todo y se descorporeizaron y comenzaron a invadir los muros de las casas, como en Farenheit 451, e internet se convirtió en lo que siempre habíamos intuido que se convertiría, en un gigantesco centro comercial, descubrimos que habíamos cumplido a pies juntillas algunas de la profecías que ya aparecían en la antigualla aquella del Manifiesto comunista, como aquello de que los obreros somos esclavos de una manera mucho más sutil, pues pedimos créditos para comprar cosas que no necesitamos y así estamos encadenados a la nómina y la paga. Y ahora la publicidad se ha convertido en algo peor incluso, ahora es masiva y personalizada a la vez, gracias a los algoritmos que sacan petróleo de los datos que alegremente dejamos en manos de las empresas de internet, la que dirige este mercado, esta sociedad que nos hemos dado y que tan orgullosos nos hacía sentir cuando en Time aparecían nuestros bancos como los más rentables de todo el viejo continente y nuestros cocineros como el epítome de la modernidad, con sus creaciones de nitrógeno líquido y que hoy en día, sin embargo, nos molesta y nos duele porque vemos en esa misma revista a los compatriotas rebuscando en la basura y nos preguntamos cómo es posible que hayamos pasado del mejor de los mundos al peor en tan poco tiempo, cómo es posible que nos haya pasado esto.

La codicia es el verdadero lubricante del mundo.

viernes, diciembre 13, 2013

Dobles



Asumir que los años han pasado y aceptar las consecuencias (todas) que las decisiones que tomaste en su momento hayan tenido, saber que ya no eres un proyecto de adulto sino un adulto hace ya mucho tiempo, que nadie te mira pensando en el hombre en el que te convertirás (tal y como muchos de mis coetáneos parecen esperar con su patético miedo a crecer, pensando que siempre hay tiempo, que siempre se está a tiempo de cualquier cosa, cuando no hay nada tan falso como eso, maldito pensamiento hueco moderno: siempre se puede cambiar de vida, siempre se puede cambiar de trabajo y de país, siempre se puede. Y no, no siempre se puede, por mucho que digan los psicólogos de suplemento dominical).

Los demás te mirarán y decidirán si has utilizado bien tu tiempo o no, si has vivido, si has hecho algo con él. Decía un escritor en su blog hace poco que no tener hijos era el único fracaso definitivo y no creo estar de acuerdo: todos los fracasos son definitivos a medida que pasa el tiempo, todas esas vidas posibles que podríamos haber llevado y no hemos llevado, todos esos caminos que podíamos haber tomado y no hemos tomado (aquel trabajo en el extranjero que no te atreviste a aceptar, aquella mujer con la que no quisiste estar o aquella otra que no quiso estar contigo, aquel ascenso al que te negaste), todas las decisiones, todas ellas, (tus compañeros de promoción con puestos de responsabilidad y tú no, otros con negocios propios que funcionan bien y tu no, otros con trabajos extenuantes y mal remunerados y tú no, otros muertos y enfermos, y tú no) 

¿Cómo no pensar en las vidas posibles, cómo no tener curiosidad por conocer a todos tus dobles que, en universos paralelos, están viviendo esas vidas que nunca llegaron a ser la tuya? Sus mujeres, doctas o prácticas, (casi siempre hay que elegir entre ambas cualidades);  y sus trabajos, en oficinas o en casa, en este desgraciado país o en otro más amable; sus aficiones y sus días, ocupados con niños o sin ellos.  ¿Cómo no imaginarlo, al menos?

viernes, noviembre 29, 2013

Ciegos

Hacerlo bien, mi obsesión durante mucho tiempo, hacerlo bien y no reparar en los detalles como el dinero, un quítame allá unos cientos o miles de euros. Lo conseguí. Pero qué diferente cuando el dinero escasea, qué fácil hablar de generosidad cuando la abundancia y qué difícil conservar la dignidad cuando la carencia.

Y más difícil no perder el cuento que importa, el relato de nosotros mismos. Más difícil dejar de repetirte de forma cansina, de forma autista, que hubiera sido mejor si… que hubiera sido mejor no… Hicimos lo que hicimos, y estábamos ciegos, pues todos se daban cuenta de lo evidente. Menos yo.

Que no, joder, que no.

Fíjense.

martes, noviembre 26, 2013

Memoranda III

Llevamos más de una década dejando un rastro escrito de nuestras preocupaciones y deseos y nos estamos convirtiendo en la generación más influida por el texto escrito de la historia (lo que no deja de resultar curioso cuando la mayoría de la gente no sabe distinguir entre “haber” y “a ver”). Hoy, por ejemplo, revisando mis correos del año pasado por motivos administrativos, me he visto de nuevo asaltado por el estado de ánimo con el que los escribí. De forma amortiguada, sin la urgencia y la preocupación aquellas, como un reflejo en la caverna que decía aquel filósofo, pero influido al fin y al cabo.

Yo tenía una librería en Malasaña (no era una granja en África pero los tiempos han cambiado y yo tampoco formo parte de una familia burguesa de daneses coloniales). La tuve que cerrar el año pasado, harto de echarme a temblar cada vez que un día 30 llegaban los recibos. Perdí parte de la barba por el estrés y hasta hace muy poco tiempo no he querido hacer balance. En realidad, sigo sin querer hacerlo (llegará el día, estoy seguro) pero el trámite administrativo de esta mañana me la ha traído de nuevo a la memoria.

Podría intentar recordar por escrito solo los buenos momentos, las gracias de los lectores cuando una recomendación les gustaba, la lectura de grandes libros (unos cinco en un año y medio, las novedades son las que son) en mi butaca, mirando a la gente pasar por la puerta (y no entrar, claro, si no fuera por aquello, ahora no estaría escribiendo esto), el taller literario del que era miembro y que se reunía en el sótano de la librería durante ese tiempo, el haber conocido a personas que aún siguen en la brecha, peleando y consiguiendo hacer una revista todos los meses, como la gente de Números Rojos o de Orsai, las sesiones de música que hicimos, el ajedrez de las tardes, las fiestas con los amigos, los cafés del sábado por la mañana. Pero entonces no sería totalmente sincero.

El pensamiento positivo es una mierda, ténganlo en cuenta. Hay que tener cuidado con él hoy en día: puedes descubrir que el culpable de que el cáncer no remita eres tú mismo, que no fuiste suficientemente positivo mientras te aplicaban la radioterapia. Con un fracaso empresarial sucede algo similar, hay que tener cuidado de acotar lo que sucedió en sus justos términos. Un fracaso es una fracaso es un fracaso. Ya está. ¿Se aprenden cosas? Por supuesto. ¿Es completamente achacable a uno mismo? Pues también. ¿Volverías a hacerlo sabiendo ahora lo que desconocías entonces? Sí, pero lo haría de forma muy diferente, la verdad.

No es bonito reconocer que pusiste tu empeño en una idea que no funcionó. Además, visto el trabajo que supone publicar un libro en una editorial (y me refiero al trabajo posterior a su escritura, trabajo de promoción y de organización y de presentaciones y demás), creo que se me quitaron las ganas de hacerlo con el libro de relatos que tengo por ahí en un cajón (un correo de Gmail, por supuesto). Y me da la impresión de que no volverán.

Dicho esto, también he de decir que me alegro mucho de haber fracasado en el intento porque eso significa que el intento fue cierto, que no se trató de soñar con hacer algo, sino que lo llevé a término, lo hice de verdad. Creo que eso tiene su importancia y su valor.

Y la barba volvió a salirme entera, por si se lo preguntaban. 

lunes, octubre 14, 2013

Paranoia II

Como Philip K. Dick yo también creo que la paranoia es una herramienta válida para analizar el mundo. ¿Por qué hemos aceptado acríticamente la invasión de la tecnología? ¿Por qué hemos claudicado mansamente a la conversación constante que todo lo vacía de significado? Solo cinco años. Es sorprendente la naturalidad con la que hemos aceptado el juego. Ha cambiado la aceleración del mundo, no su velocidad. Cinco años atrás y nadie tenía un smartphone en el bolsillo que te permitiera estar conectado permanentemente a la red y ser un nuevo eslabón en la cadena de transmisión de esta gigantesca cacofonía constante. Diez años y las conexiones a internet eran algo que servía para buscar viajes más baratos. Quince años y solo los especialistas en tecnología sabían de qué iba: los tres raritos que salían en Expediente X. Hace 24 años que cayó el muro de Berlín. Cinco años, ya digo.

Paranoia, sí, pero no en el sentido de la existencia de una organización secreta que dirigiera los destinos del mundo en la sombra, no. Eso sería lo fácil. Eso es lo piensan aquellos a los que la complejidad del mundo les parece indigerible: es más fácil así; pensar que unos cuantos dirigen los destinos de todos, creerse sabio por haberlos identificado, aunque te tomen por loco. El protocolo de los sabios de Sión. Los francmasones. Sí, vosotros pensáis que yo estoy loco, pero yo sé que ellos se reúnen cada seis meses en el metro de París (¿qué necesidad había de un metro en el siglo XIX, cuando no había apenas tráfico rodado?, ¿qué necesidad de construir un tren subterráneo en aquella época? ¡Eh, contestadme a eso!) y allí, en una sala secreta, justo debajo de la catedral de Notre Dame, entre incienso y música de órgano, revisan los objetivos. Y siempre piensan a largo plazo. El surgimiento y la caída del comunismo estuvieron previstos desde el principio. Ahora Siria. Allí hay documentos en arameo que pueden cambiar el destino de la humanidad. O la otra versión. Doce personas con trajes a medida contemplan el skyline de Shanghái, toman whisky de malta envejecido en Escocia antes de la Revolución Francesa y miran pantallas con información que solo está a su alcance, envían mensajes a sus agentes, hacen inversiones, compran y venden, empiezan unas guerras y acaban con otras (los presidentes de los gobiernos reciben puntualmente sus llamadas con instrucciones), sin perder nunca de vista el objetivo final de su organización: una invasión extraterrestre o la construcción de una base en la cara oculta de la luna en la que poder esconderse para siempre, ajenos al hambre, la miseria y la superpoblación (eso es lo que pretenden, salvarse de la destrucción de los recursos del planeta, creando su propio mundo a medida. Nos necesitan para que seamos sus esclavos).

No, no esta clase de paranoia. El pobre Philip creía estar en contacto con una identidad divina que se comunicaba con él o ser un cristiano primitivo perseguido en la Roma imperial pero el pobre Philip consumió muchas drogas y, bueno, ¿quién no ha creído alguna vez ser un cristiano perseguido por un emperador? Solo fue un brote psicótico, podemos decir, era un pobre enfermo, podemos decir, fue el típico producto de su época, demasiada autoexperimentación cerebral en los años setenta, demasiados viajes de ácido, lo que sea, podemos decir. Todo eso es cierto pero el argumento sigue siendo válido: la paranoia es una buena herramienta de análisis.

¿Por qué pedimos créditos para comprar teléfonos móviles que nos permiten estar conectados permanentemente a una red repleta de productos que no necesitamos, de mensajes estúpidos que no necesitamos, de periódicos que solo nos ofrecen las noticias que no afectan a sus grupos propietarios? ¿Por qué hemos corrido mansamente a hacer cola ante la tienda de Apple cada vez que esa empresa decide sacar un nuevo aparatito? ¿Por qué hemos permitido que los fabricantes de los aparatitos y los que nos ofrecen la conexión a internet se queden con todo? ¿Por qué no nos extraña que Miley Cyrus sea trending topic por sacar la lengua y hacer gestos obscenos en un escenario? ¿Por qué?

Prefiero no decir nada. Por si están escuchando.