viernes, agosto 05, 2016

Río



Ayer, con otros padres, comentábamos la pena que nos daba olvidar tantas cosas de nuestros hijos pequeños, sabiendo como sabíamos que lo olvidaríamos casi todo (por muchas fotos que tomáramos). Yo también sé que el destino de los niños es desconocer a sus padres. Los niños son incapaces (como lo hemos sido nosotros cuando éramos pequeños) de imaginarnos, no ya como a hombres y mujeres jóvenes, sino antes de su aparición en el mundo. Solo cuando son mayores, y si los padres tienen cosas interesantes que mostrarles, podrían rellenar un poco ese hueco. Si es que quieren, que no tienen por qué. 

Así que se trata de una relación extraña desde el punto de vista de la memoria. Nosotros no recordaremos más que estampas, momentos fijos que podremos evocar, pero acabaremos por olvidar ese sentimiento  de tener un niño en continua transformación, siempre convirtiéndose en algo diferente y, ellos, por su parte, ni siquiera nos considerarán más allá de nuestro papel de padres. 

Si reflexiono sobre ello, si lo pienso durante un momento y no me quedo en la capa más superficial del asunto (la tristeza que provocan todos esos momentos que no seremos capaces de recordar), creo que así es como debe ser. 

Si se coloca una piedra enorme en un río que no logre desviar su curso, el río la rodea y quinientos metros más adelante el río no recuerda haberla rodeado. De nosotros a ellos, de ellos a sus hijos, si los tienen. Ninguno de nosotros es más importante que ese río, esa marea. 

viernes, julio 22, 2016

Tarjetas



Hoy, en un rato libre el trabajo, me he puesto a revisar antiguas tarjetas profesionales de visita (esos artefactos de cartón, rectangulares, que se utilizaban no hace mucho para intercambiar datos entre desconocidos, antes de que el nombre y los apellidos fueran suficientes para comprobar nuestro C.V., nuestra cara, lo que hemos escrito y los lugares en los que hemos estado de vacaciones) y, no lo recordaba, pero en el reverso de todas aparecen nombres de libros, editoriales, películas con su horario en el cine, referencias geográficas y otras cosas similares. Me ha gustado encontrarlas. Las tarjetas eran mías (siguen siéndolo, pero ya no sirven de nada, porque desde entonces han pasado tres vidas, cuatro destinos diferentes en la misma empresa, una nueva carrera laboral en paralelo, una familia recién, mil libros, veinte kilos menos, qué sé yo) y, como suele pasar con las cosas que escribimos, me han llevado a recordar justo eso: películas, viajes, libros, afanes intelectuales de otra época y a mí mismo hace diez o doce años, o el tiempo que haya pasado desde que empecé a utilizarlas como notas adhesivas. Y voilà, heme allí, un poco sin quererlo, un poco sin esperarlo, haciendo cosas que ahora no hago por falta de tiempo, o porque la tecnología las ha vuelto obsoletas, o porque ya no me interesan: yendo a ver una película de Jim Jarmusch (siempre a los cines en versión original de Plaza España) o leyendo fascinado un poema de Gil de Biedma (¡si no fuera tan puta! creo recordar que decía uno de los versos refiriéndose a sí mismo) o viendo una exposición o escribiendo un trabajo académico sobre la vejez o tomando una sopa china en un cuchitril de mi barrio que lleva más de un lustro cerrado. Lo que sea. Son mías, pero podrían ser de cualquiera. Esa es la verdad. De cualquiera. 

Todo esto no tiene la mayor importancia, pero justo eso me ha llevado a ponerme a escribir, en un (vano) intento de dejar constancia del paso del tiempo y de cómo esa identidad que muchos creen inmutable es, en realidad, un vórtice. El hombre que seré no recordará a este que escribe el texto, pero el mero hecho de que este texto exista le permitirá evocar, recordar vagamente, a dos de sus predecesores: el de ahora, fascinado por el modo en que sus hijos se convierten poco a poco en personas, fascinado por los movimientos cada vez más precisos de la pequeña, a punto de empezar a gatear y por las frases cada vez más complejas del mayor, por la explosión neuronal de sus pequeños cerebros. Y al que fui, que quería dejar huella, y que creía que no había nada más allá de los libros, la música, el cine y la conversación. Tal vez, el sexo. 

Por cierto, he cogido las tarjetas porque necesitaba un cartoncito para hacerme una boquilla para el tabaco de liar, que se me habían acabado. Está bien que, al menos, sirvan para eso, para irse convirtiendo poco a poco en basura. Ahí está la gracia.

jueves, junio 02, 2016

Niños



Cuando yo era pequeño había niños con doce años duros como piedras, que no rehuían la pelea y que eran de capaces de limpiarse la sangre de la boca sin echar ni una lagrimita, niños a los que los demás admirábamos y que, probablemente, ya hayan muerto: tirados de cualquier manera encima de un colchón viejo antes de cumplir los veinte años o, cerca de los cincuenta, en pago a todos los excesos. 

Alguno habrá vivo, supongo, y algunos días se levantará añorando el momento de gloria al que accedieron prematuramente, antes de llegar al instituto, y que les convirtió en los reyes del colegio, como si se tratara de futbolistas precoces que lo ganaron todo antes de cumplir los treinta años y pasan el resto de su vida rememorando el instante preciso en el que la pelota entró por la escuadra en aquella final. 

Pero entonces eran los que conocían los secretos de la vida adulta antes de tiempo, los que sabían fumar y hacerse pajas y disfrutaban haciéndolo, no como los demás, no como yo, que me afeitaba como mero rito privado de iniciación. Eran el peligro y la atracción de la vida adulta, la intuición de una época en la que todo sería más pleno, más importante, con más consecuencias. Eran duros como piedras y eran nuestros putos ídolos. 

Ahora, con dos hijos pequeños, resulta extraño recordarlos. Me pregunto si mis hijos llegarán a tener ídolos como aquellos, si seguirán existiendo niños sin miedo que no rehúyen los golpes y que miran el futuro con lentes precoces, dispuestos a todo, sin guardar fuerzas para el viaje de vuelta.

miércoles, abril 06, 2016

Fermi



Si no fuera por los ratos libres (últimamente demasiados) que tengo en el trabajo, no estaría haciendo esto. Sigo leyendo, eso sí. Mucho en Internet y menos en papel, porque para leer un libro en papel hay que disponer de un reducto (no de una habitación propia que decía aquella, a mí me bastarían 10 min de tiempo vacío a mi alrededor, una pequeña singularidad imposible de encontrar en este momento en mi casa) y yo no lo tengo. No pasa nada. No es grave. Simplemente, como decía el tal Nicholas Carr, probablemente me esté volviendo más superficial, que tampoco me viene mal. Que tampoco hay que estar todo el día pensando en profundidad sobre el devenir del mundo.

Pero, aunque lo intento, no siempre lo consigo, la verdad (me refiero a convertirme en un ser superficial) y ayer, en un rato de espera, me puse a leer un artículo de Jotdown llamado Universos paralelos, explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi. Qué le vamos a hacer. Es muy difícil dejar de ser quien uno ha venido siendo tanto tiempo. Será que esto es como las adicciones. Uno mejora, mejora, y luego recae. 

El caso es que ese artículo contaba que, probablemente, no hemos entrado en contacto con extraterrestres (la famosa paradoja de Fermi: si la vida es tan común en el universo, ¿por qué no se han puesto en contacto con nosotros?) porque en el universo inflacionario, esto es, el período de microsegundos que siguió al big bang, por fuerza tuvieron que surgir infinidad de universos a la vez (el multiverso, esa gran palabra), con los que no es posible ponerse en contacto con una constante cosmológica ligeramente diferente. La existencia de galaxias pequeñas en torno a galaxias grandes está regida por esa constante cosmológica (eso y muchas otras cosas, como la existencia de la propia masa), y esa existencia hace más difícil la vida porque las galaxias pequeñas provocan frecuentes explosiones de rayos gamma que acaban con ella (aquí pueden pensar en la explosión de la Estrella de la Muerte, versión remasterizada, claro). En resumen: es probable que la vida no sea tan común como creemos en nuestro universo porque nos tocó una constante incorrecta en el reparto inicial de la baraja y que en otros universos inalcanzables la paradoja de Fermi no sea tal y las diferentes formas de vida sepan las unas de las otras. 

Fascinante, ¿no?

Total, para acabar al final sabiendo que lo más sensato que puedes hacer con todo ese conocimiento es abandonarlo sin pena, desligarte de él, dejarlo amarillear mientras sus esquinas se levantan poco a poco y se vuelven quebradizas. 

La familia bien. Eso sí que importa.

martes, marzo 08, 2016

Citas



Creo que fue Leila Guerriero la que dijo el otro día en una columna que maldita la felicidad que se interponía en el camino del creador, que, contento con su suerte, dejaba de maldecir, de sentirse inspirado, de crear, en una palabra. Se interpuso la felicidad, ya ves, y se jodió la gran obra maestra que estaba tomando forma en su cabeza... 

También creo que fue Tolstoi el que dijo lo de que todas las familias felices se parecen y que cada familia infeliz lo es a su manera, o algo así. 

Creo que fue Manuel Vicent el que dijo que la cultura era lo que se tenía tras leer dos o tres mil libros y haberlos olvidado en su mayoría. 

Y fue, sin duda, Pierre Bayard, el que dijo que siempre hablamos de libros que, siendo precisos, no hemos leído porque los recreamos en la memoria y que basta con saber situar el libro en el tapiz del conocimiento humano, más o menos. Cómo hablar de los libros que no se han leído parece un título humorístico, pero no lo es. Aunque me hacía mucha gracia hablar de él con mis clientes. En la librería aquella que tuve y que, poco a poco, se está convirtiendo en una especie de ensoñación, algo difuminado.

También dijo Vicente Gallego eso de:

Esta tarde soy rico porque tengo
todo un cielo de plata para mí,
soy el dueño también de esta emoción
que es nostalgia a la vez de los días pasados
y una dulce alegría por haberlos vivido.
[...]
Mi patrimonio aumenta a cada instante
con lo que voy perdiendo, porque el que vive pierde,
y perder significa haber tenido
.

Y yo digo: Niños creciendo. Eso digo yo: Niños creciendo.