viernes, julio 23, 2010

Cádiz

Yo, como cualquier madre, quiero mucho a mi hijo. Esta última semana lo operaron y me vine a su casa a pasar unos días con él. Así no se tenía que preocupar de nada. Y para hacerle mimos, claro, que para eso una madre siempre es una madre. Hemos pasado unos días estupendos. Largas conversaciones sobre él o sobre mí, o sobre la familia, porque a mi hijo le gusta mucho hablar y, además, habla de sentimientos y de cosas que importan, no como otra gente que habla y habla pero no dice más que tonterías. Anteayer fuimos a un museo y me lo pasé estupendamente. Es un placer escucharlo explicar este movimiento pictórico, este cuadro, la técnica del sfumato o la simbología de un tríptico gótico. No sé si lo he dicho pero mi hijo tiene dos carreras. Sé que a él no le gusta que lo comente pero yo siempre que me dan ocasión lo saco a relucir. No se trata de orgullo de madre, aunque algo sí que hay de eso. Es más bien que, conociéndolo, no me va a dar el gusto de hacerse rico para que pueda presumir de su puesto de trabajo o de su dinero. El otro día, en una cafetería a la que me había llevado desde la que había una vista impresionante de la ciudad, le dije que cuando vi su cara por primera vez pensé que estaba destinado a ser alguien importante. El me contestó que eso es lo que piensan todas las madres cuando ven a su primer hijo por primera vez. También me dijo que él se consideraba alguien importante y que vivía como quería y que, en cualquier caso, había dejado de tener claro por el camino qué significaba una vida de éxito. Me hizo pensar, la verdad, aunque eso no quita que a mí, de todas maneras, me hubiera gustado que fuera alguien importante, alguien con un buen puesto en el trabajo, con un coche grande y un chalet con piscina. Cuando se me escapan esas cosas, él siempre me dice que qué manía con el chalet, que a él no le gusta vivir en un chalet, que las urbanizaciones con todas las casas iguales le inquietan, que tras la apariencia de tranquilidad y normalidad, se esconden los peores vicios. Yo asiento y le digo que sí, que lleva razón. A ver qué voy a hacer. Está convencido de que el dinero no es importante y no se da cuenta de que la vejez se planta aquí en un momento y que hay que pensar en el futuro, que hay que guardar para cuando no se tenga, que hay que ser precavido y sacrificarse si es necesario. Pero es tocarle el tema del sacrificio y me mira con la sonrisa esa de medio lado que tiene, como si se estuviera apiadando de mí y me dice que él no está dispuesto a sacrificarse a cambio de nada, que eso es producto de la moral católica en la que nos hemos criado. Y no digo yo que no. Si yo sé que ahora ellos viven mucho mejor y sin tantas historias en la cabeza como teníamos nosotros pero ¿y el orgullo de haber sacado adelante una familia con el dinero justo?, ¿el ser capaces de privarnos de algunas cosas para que ellos no echaran nada en falta? Tal vez suene anticuado pero yo me siento muy orgullosa de haberlos criado a todos. De haber criado a tres buenas personas que además se quieren entre ellos. Algo que no es nada fácil. En absoluto. A pesar de eso, las mujeres que han trabajado en la calle siempre nos miran por encima del hombro a las que nos hemos quedado en casa. Aunque no quieran que se les note, me doy cuenta de que no creen que lo que hayamos hecho sea trabajar, no nos consideran sus iguales. Y, vamos, esto lo he hablado yo con mi hijo más de una vez, ¿acaso no hubiera habido que contratar a alguien que se quedara en casa si yo hubiera tenido que salir a trabajar a la calle?
Yo sé que eso a él no le importa. Me lo ha dicho más de una vez. Mamá, la vida de cada uno es la vida de cada uno. Y también sé que se toma en serio mis hobbies y que puedo hablar con él de pintura y de las cosas que estoy haciendo. Eso sí, siempre está con la cantinela de que tengo que relajarme, que tengo que tomarme la vida con más tranquilidad, que no debería darle tanta importancia al orden, que estoy jubilada y que debería disfrutar más de la vida en lugar de ahogarme en un vaso de agua. Eso es lo que me dice. Y la verdad es que le doy la razón pero cada uno es como es y pretender cambiarme a mí a estas alturas sí que lo veo una empresa complicada. Lo intento, eh, que conste que lo intento. Mi hijo me dice a veces, y eso me molesta, para qué voy a engañarte, que afortunadamente no ha heredado eso de mí, que él se preocupa si tiene que preocuparse pero que buscar las preocupaciones para poder darle vueltas a la cabeza, que eso no va con él. Y algo de razón digo yo que llevará pero, vamos, que tampoco él es que sea perfecto, que a veces se gasta una mala leche que no hay quien lo aguante. En fin.

Próxima parada: C…

No, si esta es mi parada, sí. Debería bajarme, llevas razón. Pero, no sé, ¿adónde dices que va este tren?

Pues no, no parece un mal plan remojarse los pies en Cádiz.

4 comentarios:

Divina nena dijo...

Qué madre tan estupenda la de su relato, qué buenos son los mimos y los consejos sin sentido, sin sentido porque jamás les haremos caso aunque lleven razón al final de la cagada ;-)

Y si, Cádiz siempre es buena opción, precisamente mañana en planta pronto para poner rumbo a sus playas...

Un saludo Sr. X

NáN dijo...

Je, je, jé. Que madre solo haya una muestra la inteligencia de la naturaleza. Resulta llevadera.

Aroa dijo...

No sé si es importante pero sí un buen tipo el hijo de la señora y eso es mucho ser.

Xavie dijo...

Hola Divina,
Gracias por el comentario. Ya sabes como son las madres... :-)
Y envidia por lo de Cádiz, claro. Faltaría más.

Hola Nan,
Pues sí, sería difícil de llevar tener más de una. :-D

Hola Aroa,
Pues importante, lo que se dice importante, no creo que sea el hijo de la señora. Y lo de buen tipo, pues a veces, como todo el mundo.

Besos y abrazos,
X.