miércoles, abril 30, 2008

Pasado

(con cariño)

Qué alegría de veros, ¿cómo os va todo?, ¿tenéis niños?, ¿estáis casados?, ¿seguís dedicándoos a lo mismo?, supongo que ahora la empresa marchará mucho mejor, ¿seguís viviendo en la ciudad?, ¿cómo está tu padre?, ¿y tu hermano?, ¿sigue tocando la guitarra en el grupo?, os acordáis, fue hace ya casi quince años, la hostia, estás estupendo, tío, no has cambiado nada, estás igual, de verdad, te han tratado bien los años.

(Me enfrento al fantasma de alguien que fui alguna vez y que ya no soy, alguien que ya no existe y que curiosamente se me parece mucho pero que, en realidad, se parece mucho más al personaje de una novela que ya no recordaba haber leído. Y lo hago sonriendo.)

Ah, qué recuerdos, hay que ver las cosas que hacíamos, cómo trabajábamos, como vivíamos, cómo éramos. Tampoco hay tanta diferencia, ¿no?, tampoco ha pasado tanto tiempo, no, si quince años no es para tanto, el tiempo no nos ha tratado mal, al menos nos hemos reconocido por la calle, hay gente que cambia tanto...

(Sigo siendo lo que una vez fui, cargo hasta el final con mi pasado, es mejor no tener demasiadas cosas que reprocharse porque se quedan en tu interior y fosilizan igual que las caracolas incrustadas en el mármol rojo que me gustaba contemplar de pequeño.)

Pero ¿te acuerdas?, el cuchitril que compartíamos, las horas interminables trabajando, pero entonces no era un castigo, entonces poder aprender algo nuevo todos los días era cojonudo, y aquel primer proyecto, es curioso ver cómo las cosas fueron encajando de forma natural y aquí estamos, quince años después, hay que joderse.

(Soy una muñeca rusa, llena de infinitas muñecas, que cada año, cada día, cada instante, se recubre de una nueva mientras que las del interior se cubren de polvo.)

Me casé, me divorcié, me casé de nuevo, yo tuve dos niños y estoy encantado, yo no me he casado nunca pero ya voy por mi tercera ex, quién nos iba a decir que íbamos a vernos de esta manera, después de tanto tiempo, es increíble, si no tienes nada que hacer, vamos a comer juntos y así nos ponemos al día.

(El tiempo fluctúa y pierde su consistencia, pierde su naturaleza rectilínea y metálica y hace un arabesco, una curva, se repliega sobre sí mismo y deja de correr hacia delante, deja de pasar, de ocurrir, porque nosotros, en ese momento, no somos nosotros, somos nosotros entonces.)

Nos fueron las cosas bien, cada vez conseguíamos clientes más importantes, nuevo local, más empleados, más trabajo, más facturación, más publicidad. Ya somos una marca muy conocida por aquí y lo mejor es que nos sigue divirtiendo lo que hacemos, que seguimos disfrutándolo. Yo tampoco me puedo quejar, vivo como quiero, o al menos eso me gusta pensar y creo que eso es lo más importante, levantarse todos los días con algo interesante por hacer.

(Quiero creer que me reconocen mucho más de lo que quizá hagan realmente, quiero creer aquello que dijo un premio Nobel de Física hace unos años: el tiempo no pasa, el tiempo es. Y durante un momento, durante un fracción infinitesimal de ese tiempo que no existe, lo consigo. Y sigo sonriendo.)

sábado, abril 26, 2008

Electricidad

A mí, como a los antiguos griegos, la electricidad siempre me ha fascinado.

Se genera en presas, centrales térmicas de ciclo combinado y centrales nucleares donde se transforma cualquier otra energía en energía eléctrica. En una suerte de alquimia del siglo XX.

Se lleva a través de cables (de alta, baja y media tensión) a lugares donde se encamina mediante otros cables. Recorre el mundo circulando por una red de tuberías aéreas.

No se puede almacenar en grandes cantidades y debe consumirse a medida que se produce, por eso su producción se ajusta a voluntad y su distribución hacia un lugar u otro también. Y por eso los sistemas que las controlan son complejos y bellos, como el mundo.

Si se produce de más, se envía a otra parte el caudal sobrante mientras los ingenieros miran las lecturas de las gigantescas pantallas del centro de control, como congelados en una película catastrofista en la que se hubiera desencadenado la tercera guerra mundial.

Si se produce de menos, se acude a otras redes a tomar la que se necesita pero sólo se puede tomar de aquellas redes con las que haya conexión y las conexiones entre las redes de empresas eléctricas dependen además de las inestables leyes del mercado. Las empresas son máquinas engrasadas para aumentar el valor de sus acciones.

Cuando la demanda supera la producción nos quedamos a oscuras, paralizados, mirando como idiotas las pantallas vacías de nuestros ordenadores. Cuando la producción supera a la demanda y no se libera, nos quedamos a oscuras, paralizados, mirando como idiotas las pantallas reventadas de nuestros ordenadores.

Vivimos siempre al filo del apagón, del silencio definitivo de nuestras máquinas, de la muerte de los electrodomésticos y no somos conscientes de ese equilibrio titilante, inestable, a un segundo del caos que nos permite vivir como lo hacemos, rodeados de aparatos eléctricos, atravesados por un constante flujo de electrones. Si, como algunos pájaros y peces, pudiéramos ver los campos electromagnéticos, nos dejaría sin aliento contemplar desde el espacio nuestro planeta, una bola de luz girando toda velocidad brillando intensa contra el negro del cielo.

Ya digo que a mí, como a los antiguos griegos, la electricidad siempre me ha fascinado.

jueves, abril 24, 2008

Cojinete

Hay días en los que me levanto y parece que al mundo le hace falta una pieza minúscula, casi sin importancia (un cojinete de menos, un diminuto muelle) pero que, de alguna manera, es fundamental para que funcione. Esa falta hace que todo parezca ir a trancas y barrancas.

Se atascan los tetrabricks en la cadena de producción y hay que parar la máquina para volver a colocarlos y que cada uno tenga la correspondiente foto del niño desparecido en el lateral. Los coches emiten más dióxido de carbono de lo habitual y los grandes todoterrenos de marca ni siquiera arrancan. El último lince de Sierra Morena muere atropellado por un tractor que siembra la carretera de barro resbaladizo.

Esos días deseo que hubieran fabricado el mundo en una factoría alemana y no en la mierda de nave industrial de los suburbios calabreses donde lo han hecho.

Por ejemplo.

viernes, abril 18, 2008

Sapo

Una princesa de dieciocho años (hoy en día diríamos joven princesa, más bien, pero el tiempo mítico de los cuentos nos permite ser inexactos) caminaba por la ribera del río que pasaba por la inmensa finca de su padre cuando encontró un sapo (de acuerdo, es una estampa tópica pero es lo que tienen los relatos tradicionales, los temas son tópicos y las situaciones previsibles).
Desde luego, lo que no le pasó por la cabeza fue besarlo (cómo besar a un bicho maloliente y lleno de verrugas; las princesas de los cuentos siempre hacen cosas rarísimas, probablemente debido a una falta de atención materna evidente, con todas esas madres muertas y esas madrastras odiosas) sino más bien patearlo (se había criado entre la guardia de confianza de su padre y era un poco chicazo), así que le lanzó una patada que, inexplicablemente, no dio en el blanco. Entonces miró al sapo sorprendida. No entendía cómo era posible que un animal tan lento en tierra hubiera podido esquivar el puntapié. Así que, para no fallar ahora, intentó pisarlo y acabar de una vez con aquel bicho (siempre le habían dado un asco tremendo, aunque evitara mostrarlo en público para no parecer demasiado femenina) pero, una vez más, cuando saltó con todas sus fuerzas intentando aplastarlo, el sapo se escabulló.
La princesa cada vez estaba más enfadada con el sapo y consigo misma (es sabido que la tolerancia a la frustración de los jóvenes ha sido siempre mínima, incluso en el tiempo mítico de los cuentos) así que sacó su espadín (un regalo del teniente Marcial, íntimo amigo de su padre quien, por cierto, últimamente la miraba con ojos raros) para ensartarlo.
Entonces, antes de que sucediera algo irreparable ocurrió la transformación (ya, ya, es demasiado evidente, pero es que en los cuentos las transformaciones tienen el objetivo de mostrar que lo importante está en el interior y que la apariencia externa es lo de menos, aunque ya de mayores comprendamos que los cuentos nunca dicen la verdad y en este tema, menos que en ninguno) y el sapo se convirtió en un príncipe rubio (es importante que sea rubio, los anglosajones, gracias a Disney, han impuesto un ideal de belleza que el cuento debe respetar para ser políticamente correcto).
-¿Pero qué haces? ¿estás loca? -dijo el príncipe.
-No, sólo me dan asco los sapos, nada más -contesto la princesa.
-¿Pero tú no sabes que los sapos pueden ser apuestos príncipes como yo?
-¿Apuesto tú? Pero si pareces una muñequita, si tienes las manos más suaves que las mías. Seguro que no has empuñado una espada en tu vida.
-Por Dios, no sé donde vamos a llegar... Se suponía que la princesa que me besara desharía mi hechizo y se enamoraría perdidamente de mí, que seríamos felices, que tendríamos niños, que comeríamos perdices, lo normal.
-Pues chico, siento decepcionarte, pero es que no me gustas nada de nada. Me pareces una nena. Todavía si fueras moreno y con pelo en el pecho como Marcial... Aunque sí que tengo una prima que igual es tu tipo.
-Gracias por el interés pero déjalo, gracias. Me temo que es demasiado tarde, como no he conseguido que te enamores de mí, estoy a punto de volver a convertirme en sapo.
En ese momento, sóno un chasquido (otra influencia de Disney, casi podemos ver las letras en el aire, dibujadas como en una viñeta remarcando el sonido) y el príncipe se transformó de nuevo en un sapo. Parecía un poco adormilado, como si volviera de un viaje muy largo. Aprovechando la situación, la princesa saltó sobre él. El sapo, despachurrado, le dirigió una última mirada interrogativa cargada de incomprensión.
La princesa simplemente pensó: "Un repugnante sapo menos en el mundo" y después se fue a buscar a Marcial.

jueves, abril 17, 2008

Enviando...

Terminó de escribir un relato en el que no pasaba nada. El protagonista, después de algunas reflexiones sin importancia, se acostaba y se moría. Y casi dos páginas del texto estaban dedicadas a describir lo que sentía y pensaba el moribundo. Nada original: la percepción del tiempo, el último segundo de la vida del protagonista como el más largo de toda su existencia (cuando ve la luz al final del túnel, un fenómeno que según los científicos tiene que ver con la falta de flujo de oxígeno en el cerebro), alguna imagen inconexa, el miedo y más tarde la nada.
Y entre párrafo y párrafo alguna digresión, tampoco demasiado innovadora. La conciencia como el más sorprendente resultado del azar que gobierna el universo; la música de las esferas y los planetas girando en sus órbitas, tan matemáticas; el eterno círculo de la materia, las moléculas del bigote del muerto (la queratina es una proteína con gran contenido en azufre) siendo expulsadas dos millones de años después en una erupción volcánica; la imposibilidad de predecir el comportamiento en sistemas caóticos; en fin, esas cosas. Una especie de reflexión sobre la existencia y lo que supone dejarla para todos nosotros, pobres primates superiores. Y la fantástica complejidad del mundo. Y su belleza.

Entonces, pulsó el botón Enviar del programa de correo electrónico que utilizaba para tener su propio relato en el correo. Así podría leerlo desde cualquier lugar con una conexión a Internet. Como siempre, apareció el mensaje: "Enviando..." en la pantalla. Treinta segundos después el mensaje seguía allí, por lo que parecía claro que el programa se había quedado colgado. En su casa tenía una red inalámbrica y aquello le pasaba de vez en cuando, como si las letras no encontraran el camino correcto a lo largo del pasillo para llegar hasta el router. Volvería a intentarlo y ya está, tampoco era para tanto, los programas se cuelgan constantemente y no pasa nada. Sin embargo, cuando intentó abrir el archivo con el texto, la pantalla se llenó de caracteres incomprensibles. El relato ya no existía.

Desde entonces, cuando va desde su estudio al salón nota un ligero cosquilleo que no sabe a qué achacar y percibe en la retina unos pequeños puntos negros brillantes.

lunes, abril 14, 2008

Última

Un profesor de Ciencias de la Computación de la Universidad Carnegie Mellon va a morir en un plazo no superior a seis meses debido a un cáncer incurable. Como legado para sus hijos decide dar una conferencia llamada "The Last Lecture", es decir, La Última Conferencia. En esta charla, en lugar de hablar de los algoritmos que reducen el ancho de banda necesario para transmitir vídeo de calidad, por ejemplo, va a desgranar consejos vitales para sus tres hijos aún pequeños. El argumento, muy sentimental, ya ha sido aprovechado por Hollywood en algunas ocasiones. Nada que objetar. Hasta aquí no me parece que haya nada raro en el hecho de que alguien a punto de morir desee dejar un legado para la familia que no le conocerá. Supongo que es un impulso muy humano: resolver cuentas pendientes; intentar arreglar lo que ya no tiene arreglo para, al menos, poder decirnos con convicción que lo intentamos; decirle a la gente importante en tu vida que es importante y por qué; decir muchas veces "te quiero"; despedirte de todo el mundo.

Lo que me hace reflexionar de todo el asunto (aparte de la muerte, claro, a quién no le hace reflexionar la muerte, el paso del tiempo y el amor, los tres únicos temas sobre los que merece la pena hacerlo) es que este profesor, además, ha decidido hacer pública su conferencia en Internet. Y su último legado ya lo han visto diez millones de personas. Y no acabo de entender qué necesidad hay de hacer público algo tan íntimo. No comprendo ese afán de notoriedad cuando le faltan sólo unos meses para abandonar este mundo. ¿No sería mejor ir despojándose poco a poco de todo? ¿desembarazarse de lo superfluo? ¿partir ligero?

Y, al otro lado del espejo, tampoco comprendo ese afán por ver el último testimonio de un moribundo. Diez millones de personas quizá han pensado que alguien más cercano al final, a la línea de sombra, alguien cuyos contornos ya se están desdibujando, que se está deshaciendo hora a hora, minuto a minuto, cada vez más cerca de la muerte, puede revelarnos cosas importantes sobre la vida, puede resolvernos algunas de las dudas que nos acompañan desde el principio.

No he visto la conferencia. No pienso hacerlo. No seré yo quién piense que hay una respuesta.

jueves, abril 10, 2008

Lluvia

Los diamantes, el petróleo y los huesos humanos tienen en común el hecho de tener al carbono como uno de sus componentes principales. La niebla cubre el horizonte y el agua cae en una lluvia fina sobre cristales azules.

Otro hombre ha matado a su exmujer y luego se ha suicidado. Una adolescente se quitó la vida después de que su padrastro abusara de ella. Un vagabundo escribe en un blog cómo es la vida en la calle. Tenemos nuevas fotografías en alta definición de Fobos, la luna marciana con nombre de dios griego, personificación del temor y el horror, hijo de Ares y Afrodita. El equivalente romano es Timor, que en malayo significa Este. Cae la lluvia sin prisa y se desliza por las ventanas y si pudiéramos volar como los pájaros y observar suspendidos en el aire desde cinco kilómetros de distancia veríamos las nubes deshaciéndose esponjosas sobre la ciudad.

Las arañas segregan seda, como los gusanos, para atrapar a sus presas. Los pequeños insectos se alegran de acabar desecados sobre tanta perfección geométrica. Si el mar fuera de aceite, los icebergs no existirían. Existen insectos que ponen los huevos en el cuerpo de un animal para que sus larvas tengan alimento suficiente. Existen personas que hacen lo mismo: sus larvas son negras y compactas. Charles Manson ha colgado en Internet su segundo disco; ya no hay vinilos pero si los hubiera, se podría reproducir al revés para escuchar su mensaje salvífico. Llueve sobre el asfalto, sobre los coches, sobre la pintura metálica de la carretera, sobre nuestras cabezas, sobre la fila interminable del atasco de salida de la ciudad, sobre la hierba, sobre los terrones parduzcos, sobre los perros callejeros, sobre las zanjas de las obras paralizadas, sobre nuestros tristes corazones azules.

lunes, abril 07, 2008

Mendigo

Le di alojamiento a aquel mendigo sin esperar nada a cambio, tan solo por la satisfacción de obrar con caridad. Olía fatal y los años en la calle le habían hecho sucio y desconfiado pero esas pruebas sólo fueron un paso más en mi escala hacia la santidad.

Según dicen los descreídos, ya no hay un Dios que nos observe desde las alturas, que lo sepa todo y que conserve en su infinita memoria la lista interminable de nuestros pecados, como el notario que ha sido durante más de dos mil años. No. Según esos manipuladores, los curas dominan como nadie la liturgia de la entrada y la salida de este mundo pero han dejado de ofrecer una explicación convincente a la realidad. Yo no lo creo. Yo sí creo en Él. Pero aún en ese caso, yo seguiría siendo bueno aunque no hubiera nadie para registrarlo. Aunque nadie me observe desde las alturas. En eso consiste la ética, en obrar bien a pesar de saber que no existe recompensa, en apreciar lo humano que compartimos con nuestro prójimo. Me hace sentir bien considerarme una buena persona. Existen muchas almas perdidas sin norte ni dirección: divorciados, abortistas, adúlteros, mendaces, ociosos. Y para todos tengo una mirada de conmiseración.

El mendigo se llamaba Dimitri y era alcohólico. Cuando llevaba tres días en casa le obligué (por su bien) a ducharse, afeitarse y lavar la ropa. También empecé a hablarle de acudir a una clínica de desintoxicación para intentar dejar el alcohol. El no parecía muy convencido pero me dijo que lo pensaría para no perder el alojamiento. La tercera vez que vino borracho le canté las cuarenta muy claramente, le dije que si quería conservar la cama de la habitación de invitados debía comportarse como una persona civilizada. Si quería emborracharse no sería en mi casa, eso estaba claro. Si decidía agarrarse una buena curda, debería dormir al raso esa noche. Estuvo sin venir más de una semana. Cuando al fin apareció, volvía a tener la barba crecida y volvía a oler mal, su ropa estaba manchada de nuevo y su pelo revuelto. Pero estaba sereno. La bondad y la firmeza no tienen por qué estar reñidas. Me dijo que había estado por ahí seis días pero que ahora necesitaba dormir y asearse. Como no había empezado ese día a beber aún, pensó que podría venir a mi casa. Yo le dije que había hecho muy bien, que mi casa siempre estaba abierta para los que son capaces de alejar la tentación, para los que luchan por ser rectos.

Aprovechando que estaba desnudo en la ducha, me acerqué sin hacer ruido, y cuando estaba a su espalda, le clavé una aguja hipodérmica con morfina en el lugar que siempre utilizo y que sé que no entraña peligro para ellos. Cuando se desplomó inconsciente, lo arrastré con dificultad por el suelo y lo subí a la cama. Saqué la cuerda de nylon y lo até, asegurándome de que las ligaduras no le hicieran daño. Cuando acabé, estaba sudando. Cuatro días más tarde, puedo decir que lo peor de su delirium tremens ha pasado ya, tiene mucho mejor color y se le ve cada vez más saludable. Me mira con miedo y no lo entiendo. En mi corazón sólo hay sitio para el amor.

domingo, abril 06, 2008

Marte

"-¿Por qué no utilizamos el fuego químico de la nave en lugar de esa leña?

-¿Qué más da? -respondió Spender sin alzar la mirada.

No estaría bien hacer ruido, en esa primera noche de Marte, introducir un aparato extraño, brillante y tonto como una estufa. Sería una suerte de blasfemia importada. Ya habría tiempo para eso; ya habría tiempo para tirar latas de leche condensada a los nobles canales marcianos; ya habría tiempo para que las hojas del New York Times volaran arrastrándose por los solitarios y grises fondos de los mares de Marte; ya habría tiempo para dejar pieles de plátano y papeles grasientos en las estriadas, delicadas ruinas de las ciudades de este antiguo valle. Habría tiempo de sobra para eso. Y Spender se estremeció por dentro al pensarlo.".

Aunque siga brillando la luna. Crónicas Marcianas. Ray Bradbury.

viernes, abril 04, 2008

Móvil

Cuando Inge se fue de aquel país se llevo el teléfono móvil con ella. Durante un tiempo, recibía de vez en cuando llamadas desde el lugar que había sido su hogar durante más de tres años. Cada vez que recibía una se sentía feliz porque, de alguna manera, recibirla le hacía pensar que no había acabado del todo con su pasado. Pero, claro, un nuevo país siempre implica un cambio de número de móvil porque para la mayoría de los amigos nuevos es muy caro llamar al extranjero a una vecina del barrio. Y cambió de móvil. Empezaba a hacerse de nuevo un hueco en aquel sitio. Después de tanto tiempo empezó a parecerle reconfortante no tener que hacer el esfuerzo de hablar en otra lengua, de tener que estar siempre atenta para entenderlo todo bien, le alegraba haber podido huir de la comida demasiado pesada, de los horarios de locos, de la falta de sueño crónica y de cenar a las diez de la noche. Definitivamente había vuelto a su casa.
Hasta que su tarjeta caducó, todos los sábados por la tarde la insertaba en su nuevo terminal y esperaba. Cuando sonaba el tono que indicaba que había un nuevo mensaje, siempre se le caían las lágrimas. Lágrimas de felicidad.

jueves, marzo 27, 2008

14:25

Me pregunto por qué, exactamente a las 14.25, todos los días, absolutamente todos los días, experimento esta sensación de hastío y cansancio, este peso que me aplasta, esta insatisfacción. Me pregunto por qué tiene que ser a las 14.25 cuando todo el mundo sabe que el tiempo es una ilusión y un invento bajomedieval que aparece a la vez que los relojes.

Entonces, sin apresurarme, me levanto y, con cuidado, adelanto todos los relojes de mi casa un par de minutos. Pero al día siguiente cuando todos esos mismos relojes indican las 14:27, el desánimo arremete en mi contra y vuelvo a hundirme en mí mismo. Durante toda la semana, a las 14:27, ni un minuto antes ni un minuto después, me siento decaído, a disgusto.

A la siguiente semana, me deshago de todos los relojes, intentando, como si fuera un niño que cuando cierra los ojos piensa que los demás no lo ven, evitar la sensación. Quizá si no existen relojes en la casa, mi cuerpo lo olvide todo, olvide que a esa hora tiene la tarea de ponerse mustio. Pero no lo consigo, claro. A pesar de no tener relojes en casa, todos los días me asalta la dichosa sensación y aunque ya no tengo reloj sé que la maldición de las 14:25 sigue estando dentro de mí.

Tras unos meses estoy tan cansado que al final acudo al médico. Después de tres semanas de análisis, el médico me dice que la culpa es del marcapasos que me implantaron hace cinco años. Un defecto de fabricación: su reloj interno, necesario para marcar la frecuencia de mi corazón, no funciona bien. No es la primera vez que ve un caso así. Probablemente tenga que ver con que Siemens ha trasladado la fabricación de los aparatos a China.

martes, marzo 25, 2008

Tatuaje

De todos los amigos de mi madre el que más nos gustaba a mi hermana Ana y a mí era Juan, que siempre nos besaba y nos hacía reír. Mi hermana, que es cuatro años mayor que yo y entiende mucho de esas cosas dice que, además de guapo, es elegante. Pero yo creo que nos caía bien no sólo porque fuera guapo sino porque nos hacía cosquillas y nos trataba muy bien, siempre riéndose y de buen humor el día que había quedado con mi madre para cenar.

Cuando mi madre salía, nos dejaba con la tía Vane. No nos caía muy bien y siempre nos estaba diciendo que no revolviéramos en los cajones y que no hiciéramos demasiado ruido porque tenía resaca, que es lo que tienen los adultos cuando beben más alcohol de la cuenta, según mi hermana, pero no podíamos elegir. A mí el alcohol no me gusta, de eso estoy segura. Lo probé con Ana un día que la tía Vane se descuidó y me ardió la garganta y se me saltaron las lágrimas y tuve que ir al servicio a vomitar mientras mi hermana se reía de mí, y por eso no entiendo como a los mayores les gusta tanto, pero supongo que pasa como con el tabaco, que también es asqueroso y los mayores, sin embargo, no dejan de echar humo todo el rato. De todas maneras, ya no tenemos que ver a la tía Vane porque ahora mamá ya nos deja solas sin problemas y porque, según mi madre, la tía se ha liado con un indeseable y no es muy seguro que pasemos la noche en su piso. A mí me parece bien porque tampoco me gustaba demasiado pasar la noche allí, la verdad. Aquel piso, el que estaba justo enfrente del nuestro en el pasillo, apestaba a colillas y no estaba muy limpio, con todas esas botellas vacías en la cocina.

Y fíjate, a pesar de lo mal que huele, que no lo soporto, a mi hermana Ana sí que le gusta el tabaco, porque después de aquella noche en la que durmió fuera y en la que mi madre se bebió tres copas (algo que no hace nunca porque dice que el alcohol es la peor de las drogas y que si te agarra no te suelta nunca) dice que se ha ganado el derecho de fumar donde le dé la gana. No sé. A mí me molesta que fume en el cuarto porque a la hora de dormir huele mal pero no se lo digo porque muchas veces veo que se echa a llorar sin hacer ruido y entonces enciende un cigarrillo y parece que la consuela. Yo no sé porque está triste pero cuando le pasa eso me meto en su cama y le doy un abrazo y a ella parece que le gusta porque se queda quieta, sin hablar, sorbiéndose los mocos hasta que se tranquiliza. Y luego se duerme y no tiene pesadillas.

Aquella noche no me extrañó que no estuviera a la hora de cenar porque había empezado a salir a cenar fuera algunos días, como mamá. Pero sí que me sorprendió haberme despertado de madrugada y no verla en la cama de al lado, como el resto de las veces. Ana llegó a casa a las diez de la mañana, en el coche del tío Juan, un coche grandísimo que tiene y del que presume siempre mucho porque es alemán y parece que los coches alemanes son lo mejor, un auténtico prodigio de la ingeniería alemana, como siempre dice él, aunque yo no sepa lo que significa eso demasiado bien. Y mi hermana se bajó del coche del tío muy seria y estuvo un día entero sin salir de su habitación. Y a los dos días fue a donde el Antuán a que le borrara el tatu que se había hecho unos meses antes.

Yo, de verdad, es que a mi hermana no la entiendo, tanto tiempo dando la murga para que mi madre la dejara hacerse un tatu y luego va y se lo borra. No sé, debe ser la adolescencia, como dice a veces mi madre. El caso es que el tío Juan tiene un tatuaje en el cuello, una estrella de cinco puntas pequeñita y siempre nos lo enseñaba muy orgulloso. A mí me gustaba bastante pero a mi hermana le encantaba. Tanto, que estuvo durante cuatro meses pidiéndole a mi madre que la dejara hacerse uno hasta que mi madre dijo: “Haz lo quieras, por Dios, haz lo que quieras, ya no soporto más tener que aguantar la misma cantinela todos los días, déjame en paz”, que es lo que suele decir cuando está harta de nosotras, y que va siempre antes de: “No sé qué habré hecho yo para merecerme este castigo. No os soporto. A veces, de verdad…”, y de echarse a llorar. Pero luego se arrepiente y nos abraza y nos dice que no le hagamos caso y que nos quiere mucho. El caso es que mi hermana aprovechó que mi madre tenía uno de esos días en los que no se le puede hablar mucho, en los que tiene ojeras y, a veces, marcas en el cuello, como si un vampiro le hubiera mordido por la noche. Casi siempre está así después de las noches en las que sale con el tío Juan, que se pone guapísima, con su minifalda y los tacones más altos que tiene, con las tetas bien visibles porque mi madre siempre insiste en que si queremos gustar a los hombres tenemos que estar atractivas y que a los hombres lo que les gusta de verdad son las tetas y los tacones. Yo todavía no tengo tetas pero llegará un día en que las tendré por lo menos tan gordas como las de mi hermana, que, según dice mi madre tiene unas tetas preciosas. En fin, que como era uno de esos días y mi madre le dijo que podía hacer lo que quisiera, mi hermana aprovechó la oportunidad y fue a su cuarto a sacar dinero de un estuche que tiene, que me lo ha enseñado y que yo sé que tiene mucho dinero, billetes verdes y todo, y cogió dos billetes grandes y salió corriendo. Cuando volvió me enseño orgullosa una rosa que se había tatuado en el hombro y que todavía estaba hinchada y roja y cubierta por una gasa para que no se infectara. Y al mes ya no estaba hinchada y la verdad es que le quedó preciosa. Y después de todo aquello, ahora va y se la quita. Le ha quedado un trozo de piel en el hombro bastante feo y aunque ella dice que con el tiempo la cicatriz apenas se notará, yo no acabo de creérmelo.

No sé por qué ha decidido borrarse el tatu con lo bonito que era, pero, bueno, ella sabrá. Mi hermana a veces tiene sus cosas y últimamente tiene días en los que está de muy mal humor y entonces procuro no acercarme demasiado porque no suele ser muy cariñosa esos días e igual me llevo una torta. Pero otros días es la mejor hermana del mundo y sé que me quiere y que se preocupa por mí y me da besos y me hace regalos, como el día que fue conmigo a la tienda y me compró un estuche de maquillaje de los de verdad, de los de mayores y me enseño a ponerme sombra de ojos y a pintarme los labios como una estrella de cine.

De todas maneras, me he dado cuenta que desde aquella noche, mi hermana siempre tiene dinero para sus gastos y que mi madre no se lo da. Además ahora a mi madre no le importa tanto que vuelva tarde. Una vez se preocupó pero fue porque trajo un ojo a la funerala, pero fue sólo aquella vez. Será que cuando llegas a los quince años ya eres mayor de verdad y entonces nadie tiene que decirte lo que tienes que hacer.

El caso es que mientras más lo pienso más ganas tengo de llegar a la edad de mi hermana para poder tener dinero y no tener que dar explicaciones a nadie. Y sobre todo, por las tetas, porque tengo muchas ganas de tener tetas. Pero, de todas maneras, por si acaso, yo no me voy a hacer ningún tatuaje, vaya a ser que cambie de opinión a los dos meses y me lo tenga que borrar. Y estoy segura de que, diga lo que diga mi hermana, la cicatriz que te queda debe ser horrorosa.

lunes, marzo 24, 2008

Escritura

"Como en la pareja del amor en que, por relación feliz o infeliz, nos hacemos cargo de quienes somos a través del contraste, el rencor o el perdón, con la escritura -otra alta forma de intimidad- accedemos a imágenes de nosotros mismo que nunca antes habían sido reveladas. En el amor, como en la escritura, sin proponérnoslo, nos hacemos fotos continuas, de perfil, de frente, de cuerpo entero, en la turbulencia de conocer y reconocer lo dicho y lo no dicho."

De la entrada del blog de Vicente Verdú del 17 de Marzo de 2008 titulada Fotos.

Y sigo sin tener nada que decir.

martes, marzo 18, 2008

Erotismo

"(...) Creo que nuestras figuras bíblicas de Adán y Eva responden a la figura del andrógino en otras culturas. Es decir, Adán y Eva eran dos componentes del andrógino como todo ser que vive en el sonambulismo del paraíso o de la edad de oro. Entre Adán y Eva no hay auténtico erotismo en el paraíso. El erotismo se manifiesta en el momento de la expulsión, en que son capaces de reconocer aquellas contradicciones que antes hemos indicado. No hay erotismo si no hay constancia de escisión, de separación. No hay erotismo si no hay constancia de la muerte y del tiempo, porque el erotismo no deja de ser siempre una especie de convocatoria desesperada frente a esa conciencia de la muerte y del tiempo. Por eso te diría que no hay erotismo si no puede haber lenguaje, el juego del lenguaje, el intercambio. Entonces Adán y Eva estaban en la misma condición del andrógino. De hecho, Adán y Eva forman una unidad andrógina antes de ser expulsados del paraíso. Por tanto, no hay auténtico Eros. Para que haya Eros, y eso Heráclito lo veía muy bien, es necesario que haya eris, discordia: para que haya cosmos que haya caos; en ese sentido, es el reconocimiento del caos, una vez has puesto la patita fuera del paraíso, lo que te lleva al erotismo, al sentimiento de lo sagrado y fundamentalmente al amor, que es una palabra desigual que creo que integra todos estos niveles que hemos hablado. Es la consecuencia del lenguaje, del juego de los cuerpos de su tensión violenta, y el amor es la consecuencia de la confrontación entre muerte e inmortalidad. (...)"

De El caos creador, entrada en blog de Rafael Argullol.

No creo que se pueda decir mejor. Así que ni lo intento.

lunes, marzo 17, 2008

Incomprensión

Mira a Juan con la incomprensión marcada en los ojos. En ese momento no le duele pero cuando retira la mano con la que se ha agarrado el vientre, la retira llena de sangre. Así es como acaba todo, piensa. No siente miedo, la desaparición no le preocupa. Nunca ha pensado demasiado en el final, nunca lo ha considerado necesario. Lo que más le molesta de la escena es que, al final, su odiosa vecina va a acabar llevando razón sobre lo de que cualquier día aquel animal la iba a matar. Ya se la imagina presumiendo de perspicacia ante las cámaras de televisión. Imbécil.

La noche de su primera cita todo había ido sobre ruedas, Juan había llegado a su casa a las 19.00, sin retraso, oliendo muy bien y recién afeitado. Le gustaban los hombres puntuales, los que no la hacían esperar. Demostraban respeto por ella. Hacía tiempo que no salía con nadie, casi un año, y estaba algo nerviosa. El vestido negro de tirantes y los tacones habían sido, como siempre, su elección. Se veía muy guapa. Juan la había llevado a cenar a un restaurante japonés y fue en esa cena cuando decidió acabar con él en la cama en la siguiente cita. Él había apostado por la comida exótica para impresionarla pero ella tuvo que reprimir más de una sonrisa para no incomodarlo. Como cuando Juan se había llevado el wasabi, esa pasta verde que sabe a rayos, directamente a la boca, en lugar de mezclarlo con la salsa de soja. En fin, sus esfuerzos por parecer mundano le parecieron enternecedores. Al final, Juan había reconocido que la comida japonesa no le gustaba mucho (más bien nada) y que era la primera vez que pisaba un restaurante así. Cómo evitar acabar en la cama con un hombre así, que se mostraba tan torpe en su primera cita con una mujer.

Tenía que haberme ido, piensa mientras la sangre se escurre por sus piernas hasta el suelo, tenía que haberme ido o haberlo denunciado alguna de las veces en las que me pegó, haber hecho algo, haber pedido ayuda, haber huido. Mira la sangre y sigue sin creerse que sea suya, que todo esto le esté sucediendo a ella, que vaya a ser portada en los periódicos. Mira la sangre y no comprende qué impulso suicida la animó a quedarse. Mira la sangre y no entiende nada.

jueves, marzo 13, 2008

Monegros

En el desierto de los Monegros, una mancha de aridez en mitad de la península ibérica, unos militares hacen maniobras. En un ejercicio en el que se entrenan para trabajar con minas antipersona (una de nuestras mejores bazas en el mercado internacional de armas), una de ellas queda olvidada debajo de unos matorrales y la dejan allí, oxidándose y volviéndose del color del desierto.
Diez años más tarde y después de haber conseguido los permisos necesarios, en el día de inauguración del primer casino de la Ciudad del Pecado (que parece la Mezquita de Córdoba en versión kitsch, como si el esplendoroso pasado Omeya de la ciudad hubiera sido pasado por un filtro de Disney, despojado de su verdadero significado, simplificado y coloreado para ser entendido por espíritus pueriles) el dueño de la corporación que lo ha financiado está a punto de cortar la cinta de inauguración cuando suena una explosión.
Milagrosamente intacta después de tantas obras, la mina antipersona ha ido a explotar justo bajo los pies del alcalde del pueblo que más ha luchado por la construcción del complejo de casinos (muchísimo trabajo para la zona, tan pobre y deprimida). Como esas minas están diseñadas para herir al enemigo y no para matarlo, el alcalde sólo pierde una pierna, seccionada a la altura de la rodilla. La pierna da unas vueltas en el aire y cae de pie, chorreante de sangre, con el zapato aún puesto.
Gracias a la cantidad de fuerzas de orden público presentes en el acto de inauguración y a las ambulancias traídas para tratar las posibles insolaciones que pudieran producirse a cuarenta y cinco grados al sol, la pierna es rápidamente introducida en hielo, la hemorragia del alcalde contenida y ambos llevados con rapidez al hospital más próximo (a sólo quinientos metros, pues la corporación ha tenido en cuenta los posibles infartos y ataques de ansiedad que el juego puede producir en los adictos). Lamentablemente, el personal sanitario en prácticas no puede hacer nada para salvar la pierna del alcalde.
La corporación, después de emitir una nota de prensa lamentando el suceso y eludiendo su responsabilidad, comunica que se dispone a regalar al alcalde una pierna de plata maciza con su logotipo grabado. Una muestra de desagravio y también una manera de conjurar la mala suerte que parece haberse abatido sobre el complejo (algo importante para gente tan supersticiosa como los jugadores).
Desde entonces, los jugadores habituales que acuden a The Great Mosk, gente capaz de gastar hasta un millón de euros en una semana, tienen como costumbre tocar la pierna de plata del alcalde para intener atraer las buenas rachas. Dan buenas propinas y el alcalde está encantado.

miércoles, marzo 12, 2008

Adamantium

El hombre acorazado estaba cansado de serlo. Cada vez que su cerebro detectaba algún problema, todo su cuerpo se cubría de un metal indestructible, el adamantium. Por eso le llamaban Coloso, porque, aparte de su envegardura (más de dos metros y ciento cuarenta kilos de músculo) era prácticamente indestructible.
Pero su cerebro no funcionaba bien y el adamantium cada vez era más inoportuno. Conocía a una chica, se gustaban y justo cuando empezaban a besarse, aparecía la coraza metálica. O cuando estaba deprimido y algunos programas ridículos de televisión le producían ganas de llorar, otra vez la coraza. Estaba entrenando, recordaba con ternura a su madre y entonces la coraza hacía inútil el entrenamiento. En fin.
Harto de que le sucediera aquello decidió ir al psicólogo para intentar encontrar una solución al problema. El profesor Xavier (bastante mejor que un psicólogo, pues un mentalista puede saber verdaderamente lo que sus pacientes sienten) le dijo que el mecanismo cerebral que hacía que se disparara la coraza era el peligro y que el problema que tenía era que se sentía en peligro cuando notaba que alguien se aproximaba demasiado. También le dijo que era posible convertirlo en alguien normal, sin mutaciones extrañas y sin coraza y que debía elegir entre seguir siendo Coloso o convertirse en una persona corriente.
Y desde entonces lo está pensando. Harto de estar solo, a veces se inclina por convertirse en uno más pero en otras ocasiones cree que la coraza lo ha dotado de un destino. Lo que más le molesta de todo es no poder llorar. La coraza recubre por completo los conductos lacrimales. Un defecto de la mutación, probablemente.

martes, marzo 11, 2008

Escarcha

El cielo está cubierto. Hace frío. La primavera que se insinuaba la semana pasada ha desaparecido. Otra vez el frío y el crudo invierno. Hay 6.655.814.457 personas en el mundo y no todas sufren el invierno. Y aunque lo sufran, no todas lo tienen dentro. Cada una de ellas tiene 100.000 millones de neuronas, con más de 100 billones de conexiones entre ellas. La complejidad del mundo es fascinante y fría como una imagen desplazada hacia el espectro del azul. Nítida, perfecta y falsa. Como un signo de este tiempo de imposturas.

Los carámbanos gotean indiferentes. La escarcha es lo que tiene.

lunes, marzo 03, 2008

Dentadura

(a la Princesa de hojalata)

Había perdido todos los dientes. Ahora llevaba dentadura postiza. Durante mucho tiempo aquello no le había importado en absoluto pero últimamente se había convertido en una especie de obsesión para él. No tenía dientes. Tenía cuarenta años y no tenía dientes. Tenía cuarenta años, aparentaba cincuenta y no tenía dientes. Sí tenía un gigantesco callo en su brazo, pero dientes no tenía. Había conseguido dejarlo, había conseguido pasar de los cuarenta cuando tantos de sus amigos habían muerto con los ojos abiertos, mirando la línea de amanecida del horizonte. Pobres gilipollas. Pobres idiotas sin fuerza de voluntad.

Él, sin embargo, había conseguido salir de aquello y sólo había perdido los dientes. De vez en cuando, todavía soñaba que los dientes se le caían todos a la vez y le llenaban la boca, asfixiándolo. Eso es lo que quedaba de sus dientes. Ese sueño. Sólo eso.

Después de todo lo que había pasado no podía quejarse. Es cierto que su hígado estaba bastante deteriorado y que seis años de su vida se habían desvanecido casi por completo. De esos seis años sólo recordaba la sensación de paz infinita que conseguía cuando se chutaba, una sensación de felicidad cada vez más desvaída, como si fuera una fotografía que poco a poco va perdiendo los colores. Hasta que un buen día, miró a su alrededor y vio un colchón viejo manchado de excrementos y un montón de espectros que se movían como almas condenadas. Ese día decidió que debía dejarlo, que no podía seguir en aquella situación, así que no se le ocurrió otra cosa que pasar por la parroquia y pedir ayuda. Y se la dieron, inició el tratamiento de metadona (menuda mierda, la metadona) y acabó por dejarlo. Acabó por dejarlo casi todo.

A veces se preguntaba qué habría hecho en aquellos seis años, a qué se habría dedicado, cómo habría conseguido el dinero necesario para arrastrarse hasta aquel colchón, apretar cualquier cosa en torno a su brazo y pinchar la aguja. Pero, en realidad, no quería saberlo. Había dejado atrás todo aquello, había renacido, se había convertido en otra persona y descubrirlo le daba miedo.

Una pena lo de sus dientes. La verdad.

domingo, marzo 02, 2008

Tics

El día en que su estribo izquierdo, el pequeño huesecillo del oído interno, dejó de vibrar, todo se le complicó. A partir de ese día, su vida se hizo muy difícil. Como no oía por la oreja izquierda, comenzó a girar bruscamente la cabeza cuando alguien le hablaba por ese lado, algo que solía sobresaltar al interlocutor. Pero eso no fue todo. En unos meses, a la falta de oído se le había añadido una desconcertante falta de equilibrio. Estaba de pie y, cuando cerraba los ojos, se desplomaba. Sólo cerraba los ojos si se encontraba tumbado y podía, de alguna manera, contrarrestar el mareo. Pero como tampoco resultaba agradable dormir siempre con la impresión de estar borracho, se hizo adicto a los estimulantes, que conseguían eliminar en parte esa sensación. El único problema era que se le quedaba la boca tan seca que la costumbre de pasarse los dedos por las comisuras de los labios para eliminar esa saliva blanquecina se añadió a su colección de gestos. Además hablaba tan bajito (para que le escucharan, decía) que había que prestarle mucha atención para saber lo que decía.

Se convirtió en un tipo extraño con la vista extrañamente fija, alguien que apenas parpadeaba y que giraba la cabeza como un poseso cuando cualquiera le decía algo a su oreja equivocada, que hablaba muy bajito y que se limpiaba constantemente la saliva de las comisuras de los labios. Alguien con una conversación demasiado rápida, nervioso, que pasaba constantemente de un tema de conversación a otro, que se aturullaba. Un hombre al que el cerebro le funcionaba (excitado por el río de fármacos) a mucha más velocidad que la boca. Se convirtió en un tipo raro. En la empresa, en su barrio, en los bares que frecuentaba, todo el mundo lo conocía. Aunque no supieran su nombre, bastaba hablar de alguno de sus tics para que cualquiera lo recordara al instante. La gente hablaba con él. Tenía amigos por primera vez.

Cuando el maldito estribo izquierdo volvió a funcionar, no se lo dijo absolutamente a nadie.