viernes, abril 04, 2008

Móvil

Cuando Inge se fue de aquel país se llevo el teléfono móvil con ella. Durante un tiempo, recibía de vez en cuando llamadas desde el lugar que había sido su hogar durante más de tres años. Cada vez que recibía una se sentía feliz porque, de alguna manera, recibirla le hacía pensar que no había acabado del todo con su pasado. Pero, claro, un nuevo país siempre implica un cambio de número de móvil porque para la mayoría de los amigos nuevos es muy caro llamar al extranjero a una vecina del barrio. Y cambió de móvil. Empezaba a hacerse de nuevo un hueco en aquel sitio. Después de tanto tiempo empezó a parecerle reconfortante no tener que hacer el esfuerzo de hablar en otra lengua, de tener que estar siempre atenta para entenderlo todo bien, le alegraba haber podido huir de la comida demasiado pesada, de los horarios de locos, de la falta de sueño crónica y de cenar a las diez de la noche. Definitivamente había vuelto a su casa.
Hasta que su tarjeta caducó, todos los sábados por la tarde la insertaba en su nuevo terminal y esperaba. Cuando sonaba el tono que indicaba que había un nuevo mensaje, siempre se le caían las lágrimas. Lágrimas de felicidad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡"de poder haber huído"!

:-))))))

Xavi queridísimo, ¿será "de haber podido huir", no?

Fdo: yo, de anónima criticona y olé, chúpate el pie.

Xavie dijo...

Llevas razón, anónima criticona. Y olé, me chupo el pie.

:-D
X.

Un lapsus lo tiene cualquiera y como cita Portorosa en su blog, el problema no es decir estupideces sino decirlas con énfasis.

Divina nena dijo...

Bueno, un texto que comprende una temática que hoy día vivimos "muy mucho" los de mi generación :-D aunque bajo mi punto de vista le falta algo a esta mini historia, y hay una dudita que tengo, en el último párrafo, algo que me suena mal al leerlo, no se... si algún día tengo oportunidad, que lo dudo, te lo pregunto, pero no por escrito, porque tiene que ver con mi forma de leer

Anónima

en tierra de nadie dijo...

El ser humano se acaba adaptando a todo, más o menos. Por muchas veces que se nos hunda el mundo, al final se acaba sobreviviendo. Pero siempre quedan rendijas por donde se cuelan la soledad y la nostalgia. Y la vanidad suele ser insaciable, nos gusta pensar que dejamos huella en los lugares donde una vez habitamos, en las personas que una vez fueron importantes. Por eso conservamos viejas tarjetas de móvil, viejas cuentas de correo. Incluso hay gente, creo, eso he oído, que hasta guarda cartas antiguas. Para tener motivos de felicidad en las tardes de sábado.

bss

ETDN

pd.- Ahora que lo pienso, ¿os dáis cuenta que ya hay una generación que probablemente nunca ha escrito cartas a mano, de esas de sello que llegaban después que tú a su destino?... Es una bonita costumbre que se está perdiendo.

ups, perdón, joer, mi comentario es casi más largo que el texto.