lunes, marzo 08, 2010

Barrio II

(a David)


Las tardes desocupadas solíamos quedar en El bar de Carlos para tomar café y pasar horas y horas hablando de cualquier cosa, mirando a los parroquianos que bebían cubatas y vivían sentados a la barra, mucho antes de que nos diéramos cuenta de que pasar así la vida no era más que ir dejándola ir poco a poco sin pena ni gloria, dejarla deshacerse sin ruido. En cambio, entonces solo se trataba de gente que pasaba mucho tiempo en el bar, como nosotros, ni más ni menos. Bebían whisky a las siete de la tarde del martes con el oficio y la dedicación del que está acostumbrado a levantarse siempre con resaca y charlaban interminablemente con los dueños, Carlos y Rafa, sus amigos del barrio.
Antonio, uno de los habituales, siempre alardeaba de no tener que trabajar por haber quedado cojo en un accidente de coche y cobrar una pensión de invalidez. Había tenido suerte y no había muerto ni tampoco había quedado inválido sino solo ligeramente cojo y, como muchos otros, pasaba en el bar gran parte de su tiempo, siempre libre. Era un tipo gracioso el Antonio: ocurrente, rápido y orgulloso de vivir a costa del contribuyente, algo que no era ninguna vergüenza en un lugar en el que el trabajo siempre había sido un castigo y poder escaparse de esa cárcel, aunque fuera a costa de perder un poco de movilidad, no nos parecía el peor de los destinos, la verdad. Y fue Antonio el que nos contó la anécdota uno de los días que bajamos al bar.

—¿Sabéis lo que pasó ayer?
—No, ni idea.
—Pues a estos, que los atracaron.
—¿A quiénes?
—Coño, pues al Carlos y al Rafa, aquí en el bar.
—No me jodas, ¿y qué pasó?
—Pues por lo visto una movida...
—¿Qué movida?
—Entraron dos tíos con la cara tapada. Uno con una pipa y el otro con una fusca. Justo a la hora de cerrar.
—Coño, ¿y qué pasó?
—Pues que se equivocaron de bar —dijo el Antonio —. En el momento en el que los vieron entrar, el Rafa, que estaba detrás de la barra, empezó a tirarles botellas y Carlos les tiró un par de sillas y luego la emprendió a hostias con el de la pipa.
—Joder, qué huevos.
—Y tanto.
—¿Y qué pasó al final? ¿Les dispararon o algo?
—Qué coño. Acojonaos que se fueron. Por pies. Si se quedan, estos dos se los llevan para alante. Tenías que haber visto al Rafa en la puerta diciendo: «Eh tú, hijoputa, que sé quién eres, que tú eres el Canijo, que acabas de salir del talego, que te conozco del barrio de toda la vida, que sé quién es tu madre, que si te veo por ahí te reviento, cabrón. Es que te reviento.»

viernes, marzo 05, 2010

Barrio I

Siempre estábamos sentados en la puerta del Banco Popular, fumando cigarrillos, mirando a la gente pasar, hablando con el Negro, que limpiaba coches antes de dejarse la vida encima de un colchón viejo, tirado de cualquier manera en la parte de atrás de un cine abandonado, o en un solar en construcción, o en unos soportales que ya eran viejos cuando los construyeron, en cualquiera de aquellas intermitencias del urbanismo que tan comunes eran en los años ochenta. Era simpático y no le iba mal limpiando parabrisas y una vez nos enseñó un billete de mil pesetas mientras se santiguaba y decía mil pesetas, hostia, mil pesetas y otras nos mostraba las pastillas o los porros o los cigarrillos con los que le pagaban y a los que nunca decía que no porque el pago en especie también es pago, qué coño, como decía él. A veces nos contaba historias truculentas de cárcel y de huidas en coches robados y de chirlos en la cara y tajos tirados con toda la mala intención y nosotros le decíamos venga ya, poniendo cara de impresionados pero sabiendo en el fondo que casi todo lo que contaba era mentira, que incluso él necesitaba sentirse admirado y respetado de vez en cuando, infundir un poco de miedo, ofrecer un ejemplo ante alguien. Tenía dos hijas, según decía, y llevaba sus nombres tatuados en el brazo, algo que llamaba la atención en un tiempo en el que los tatuajes no estaban de moda y eran cosa de legionarios y gente de mal vivir.
Y un día, mientras charlábamos de cualquier cosa sentados donde siempre, dejó de venir y al día siguiente tampoco vino, ni al siguiente. Y pensamos lo peor, claro. Y llegamos a la conclusión de que habría muerto de sobredosis o que se lo habrían llevado por delante o que se habría dejado los dientes en un accidente de tráfico. La muerte siempre encuentra maneras innovadoras de llevarse a los que viven así, en el mero presente, en el hoy y el ahora del medio gramo y mañana ya veremos y si tuviera un millón me iba a dar un homenaje que se iban a enterar todos y entonces sí, entonces sí que podría pensar en mi vida sin preocupaciones, con un kilo (¿qué digo un kilo?, diez kilos por lo menos) de jaco bajo la cama. Algún tiempo más tarde nos llegó el rumor de que efectivamente había palmado, pero no nos sorprendió porque ya lo habíamos dado por muerto mucho antes, ya lo habíamos enterrado sin demasiada pena, con esa ligera conmiseración con la que la vida nos había enseñado a tratar a los yonquis, tristes pero no demasiado, como si en el fondo pensáramos que se lo había buscado, que se veía venir, que no podía acabar bien. Que tal y como estaba el hombre, quizá inyectarse una sobredosis fuera una buena manera de irse del mundo, transido de placer.
Desde mi ahora, sin embargo, creo que aquella muerte (que no fue la única pero fue la primera) nos enseñó algo valioso. Nos enseñó que había que mantenerse alejados de una droga así, tan poderosa como para convertir a cualquiera en un despojo, tan irresistible como para acabar durmiendo en un solar lleno de ratas con la jeringa clavada en el brazo. Por una vez todos escarmentamos en cabeza ajena.
Así que, bueno Negro, seguro que hacía tiempo que nadie te recordaba, pero quería darte las gracias después de tanto tiempo. Ya ves.

jueves, febrero 25, 2010

Salvación

Tuvimos mala suerte al hacer caso a los alucinados seguidores de aquella teoría. Una respuesta ecológica a la destrucción que estábamos provocando en el mundo, un cambio en nuestras conciencias. Algo que nos haría diferentes.
Alzamos alborozados los brazos, con la mirada brillante de los creyentes, cuando las primeras pruebas científicas nos demostraron que era posible. Los primeros en probarlo volvían del viaje con los ojos más profundos, cambiados para siempre. Aquellos que la habían sentido en su interior nunca más se atrevían a hacer nada que pudiera alterar su equilibrio. Aquellos que habían mirado con otros ojos se convertían en algo más que hombres.
Y nos fuimos. Y el asfalto se abrió como la tierra húmeda bajo la fuerza de las raíces. Y los puentes se cayeron y los coches se cubrieron de hiedra y las centrales nucleares fueron conquistadas poco a poco por una naturaleza inédita. Nos fuimos y nos declaramos derrotados por el bien de todos. No solo el nuestro, el de todos.

Añoro la sangre bombeando en mi cuerpo y en mi miembro. Y el deseo que nos conducía, el sabor del chocolate suizo, el frescor de la cerveza helada. Echamos de menos tantas cosas que seríamos incapaces de recordarlas todas.

Ahora es tarde. Ha pasado nuestro tiempo.

martes, febrero 23, 2010

Casavella

La realidad está encerrada en una serie infinita de muñecas rusas que la esconden, cada una de ellas un punto de vista. Eso y un cuento. Rashomon, que decía una profesora mía, Rashomon. Y tan bien que queda la referencia para iniciados. Lo siento.Y hay gente que me dice: debe de ser interesante el libro porque no lo sueltas. ¿Interesante? No tienes ni puta idea. ¿Qué creéis que es la literatura? ¿Entretenimiento? Ni puta idea, lo que yo te diga. Bastante tengo yo ya con intentar poner una palabra detrás de otra sin dejarme vencer por el desánimo tras leer mil páginas maravillosas de Casavella.
Y ahora suena Lobo López de Kiko Veneno y esa canción tan triste y sutil tampoco me hace considerar con mejores ojos mi talento.

*****

Días después, el hombre del segundo dijo a los policías, hablando de la mujer que tenía el cuello roto y que, desmadejada, quedaba oculta por la sábana que alguien piadoso había puesto sobre ella, que no sabía nada, pero que a él la chica siempre le había parecido algo ligera de cascos. Vamos, que creía que era puta, y lo decía bajando la voz, para que nadie pudiera pensar que encontraba satisfacción en criticar a los muertos. Eso sí, nunca había oído que la chica llevara allí a los clientes ni había visto a hombres subiendo a su casa. Se trataba más bien de una impresión, de que él, y lo decía bajando un poco los ojos, con una humildad fingida, tenía un sexto sentido para darse cuenta de esas cosas.
El portero, que presumía de estar enterado de todo lo que ocurría en su finca y que, tras su cara de pánfilo, demostró un agudo sentido de la observación, según los detectives que lo interrogaron, dijo que creía que la señorita Andrea había estado deprimida porque ella era una mujer que normalmente cuidaba mucho su aspecto, que daba gusto mirarla con esas faldas tan bien cortadas y tan discretas que siempre llevaba y con esos zapatos buenos de tacón, que se veía que eran buenos a la legua, pero que en la última semana se la veía salir a la calle de cualquier manera, incluso con un chándal, decía aquel hombre con el terror pintado en el rostro, como si llevar ropa deportiva fuera el peor de los pecados. Un hombre, por cierto, muy bien vestido para ser portero de una finca, con un atildamiento casi excesivo, anotaron los interrogadores por si aquello servía de algo en el futuro.
La mujer del piso de enfrente no salía mucho de su casa y no pudo ayudar en casi nada a la detective que intentó ganársela utilizando su condición de mujer y madre. La mujer vivía en un piso atestado de libros, llevaba gafas de concha y no veía la televisión ni oía la radio. Tampoco tenía internet. Tal y como le dijo a la detective, no le gustaba mucho el mundo de hoy y hacía ya quince años que había tirado su televisión, un aparato que le quitaba demasiado tiempo, enfrascada como estaba en la relectura de los clásicos alemanes. Trabajaba de profesora en una universidad privada dos días a la semana y el resto del tiempo lo pasaba en casa leyendo y tomando notas. Una vez al mes hacía la compra por teléfono en un supermercado que ofrecía el servicio a domicilio y, bueno, ni salía con hombres ni tenía más amigos que los escritores muertos en los que empleaba el tiempo. Su aspecto era el de una persona que no se preocupaba en absoluto por lo que los demás pudieran pensar. Una belleza destruida por los libros, anotó alguien con precisión en una libreta.
La chica llorosa, madre soltera y traductora de profesión que vivía en la puerta de al lado, afirmó haberla conocido muy bien, y, tras tragarse la lágrimas que se empeñaban en acumularse en los salientes de su cara, dijo que la iba a echar de menos, que Fátima era una mujer maravillosa que le ayudaba siempre que se lo pedía, que su hijo también la iba a echar de menos —junto a esta afirmación el encargado del interrogatorio había anotado entre paréntesis la expresión: tiene seis meses— y que para una buena persona que había encontrado en la vida, para un persona limpia de corazón que no buscaba nada de ella, ni pretendía nada, ni aparentaba necesitar nada, excepto, tal vez, algo de cariño y de compañía masculina de vez en cuando, algo a lo que ella había renunciado con gusto tras su experiencia con el padre del niño, que para una persona buena y desinteresada que había encontrado ya era mala suerte, que la vida era una putada y que qué iba a hacer ella ahora, sola como estaba y sin nadie que le pudiera echar una mano.
El padre del niño de la chica llorosa confesó haber estado viendo a Fátima a escondidas, y, tras lo que pareció un verdadero acceso de llanto, dijo que se había enamorado de ella y que le había propuesto que se fueran a vivir juntos lejos de su casa y de su ex mujer, a pesar de que escuchar las risas y el llanto de su hijo tras los tabiques lo llenaba de algo parecido al consuelo, ahora que su ex se había empeñado en no dejarle verlo nada más que los fines de semana alternos y estaba dedicando toda su energía a intentar borrarlo de la vida del niño. También dijo que estaba seguro que el hombre del segundo miraba mal a Fátima, vete tú a saber por qué. Según parecía, aparte de los hechos evidentes y de la tristeza cierta, nada más se podía anotar en su expediente.

*****

Se agita, se remueve, se desarrolla, se le busca un final, se centra el punto de vista en cada capítulo en un personaje diferente y ya tenemos una novela con un crimen. Algo de recuerdo, algo de atmósfera, algo de oficio y ya está.
Llamar a eso novela sería análogo a llamar esquiar a lo que yo hago cuando me deslizo por la nieve. Una trampa del lenguaje. Solo eso. Un defecto propio de la generalización. Un error en nuestra manía por encontrar patrones, ese comportamiento incontrolable de nuestros cerebros.

*****

Y además, seguro que Casavella se revolvería en la tumba. Homero lo tenga en su gloria.

lunes, febrero 22, 2010

Ejemplo

Su sobrina le reprochó que llevara varias horas leyendo sin hacerle demasiado caso y le preguntó que por qué hacía aquello. Él le contestó que, en aquel momento, no estaba en el mundo real sino en otro mundo imaginario que se encontraba dentro de libro. Ella lo comprendió perfectamente como, de hecho, comprenden los niños todo lo que se les cuenta y dijo, claro, lo entiendo, como cuando yo leo los libros de Jerónimo Stilton. Además, en mis libros vienen dibujos que te ayudan a imaginar ese mundo. Él contestó entonces que cuando fuera mayor, preferiría que no existieran los dibujos, para tener la libertad de imaginar las cosas como ella quisiera. La niña volvió a entenderlo con facilidad y se dispuso a imitarlo, intentando hacer algo que todavía no puede, leer con la voz de la mente, sin necesidad de mover los labios.

A él le gustó pensar que ese intento estaba creando en este momento conexiones neuronales inéditas en su cerebro, que ese intento estaba cambiando a su sobrina en aquel mismo instante. Le gustó pensar que, de alguna manera, era un ejemplo para una niña. Uno bueno, se entiende. Le gustó el ceño fruncido de la niña, intentando hacer como el tío, leer sin necesidad de utilizar la voz, sumergirse en un mundo de fantasía que nunca ha existido, que está en un sitio tan raro como dentro un libro. Y esperó, de una forma tal vez egoísta, que nunca se le pasara ese interés, que nunca dejara de amar los libros, que, al menos en algo, siempre lo considerara un buen ejemplo.

El amor tiene mucho de egoísmo, pensó después.

lunes, febrero 15, 2010

Jugar

Si alguien pudiera escribir sin pensar en lo que está haciendo, sin pararse a reflexionar sobre cómo aparecen los pensamientos cuando vamos de izquierda a derecha leyendo palabras (o de derecha a izquierda o de arriba a abajo, ¿cómo será leer en esos idiomas en los que todo se hace al revés?, ¿o cómo será leer en alemán y no saber de qué estamos hablando hasta que llegamos al verbo, allá al final esperando completar la frase?; los sintagmas alemanes deben florecer como arbustos en el aire, sin raíz, hasta encontrar por fin la acción, el verbo que finalmente penetre en la tierra) (qué rara y extraña me ha quedado esa frase, llena de oquedades, qué extraña frase me ha salido), si alguien pudiera hacer eso, es decir, escribir sin pensar en lo que hace, tal y como iba diciendo, sería mucho más fácil esto de escribir, supongo. Creo.
Como en algunas películas norteamericanas, en las que he visto a protagonistas grabar sus pensamientos, protagonistas que dicen que son escritores de ficción que van siempre con una grabadora, por si acaso se les ocurre una idea genial, escritores siempre dispuestos a registrar pensamientos fugaces y brillantes pero probablemente tan inanes como cualquier otra cosa. Siempre me ha gustado lo de la grabadora, de hecho, una mujer que fue mía y que ahora ya es de otro me regaló una para que registrara mis pecios verbales (sí, es un homenaje a Ferlosio, ¿qué pasa?) pero, claro, yo no soy Ferlosio, ya me gustaría, ni tengo su talento ni tampoco su gusto por las anfetaminas, aunque creo que no me costaría trabajo aficionarme a las anfetaminas, eso es cierto. El caso es que esos escritores que creen tener una idea genial cada media hora son unos idiotas porque nadie es genial todo el rato, ni siquiera Casavella, ya ves, y eso que es lo más parecido que he encontrado.
Y en fin, yo, que no aprecio especialmente la metaliteratura, aquí estoy hablando del lenguaje, de sintagmas, citando a Ferlosio y llamando la atención sobre el idioma, esto es, cumpliendo con la función poética del lenguaje tal y como definía Jakobson, haciéndome el interesante, hablando de cosas que serán incomprensibles para la mayoría, sacando la cabeza por encima del texto para que todos los lectores se fijen en mí, el pedante idiota que a este lado de la pantalla escribe sobre cosas que casi nadie entiende. Sí, lo confieso, ese soy yo. O soy yo en una medida cada vez más incontrolable. Pero, entiéndanlo, he conocido a una mujer que me dijo que le perdían los escritores. Déjenme presumir. Cada uno tiene que utilizar sus armas como puede.

Por otro lado, es posible que lo anterior sea mentira, es posible que lo anterior esté contado por el narrador, ese ente de ficción que se han sacado de la manga los universitarios y que no corresponde exactamente con el autor, que tampoco (dado el medio en el que estoy publicando) coincidirá exactamente con la persona (en el caso de la que la identidad exista realmente y no cambie veinte mil veces por segundo, como si se tratara de un fragmento de cuarzo) que está escribiendo esto. Por ejemplo.

Y ahora un cuento:
«Un hombre nace en un desierto helado en Mongolia. En toda su vida no ve otro paisaje que la tundra helada, no habla sino a gritos, sus oídos inundados por el sonido del viento ártico. Caza animales para comer. Vive con una mujer desde mucho antes de llegar a la veintena. Tiene varios hijos, de los que al menos uno muere de pulmonía antes de cumplir el año. Vive lo suficiente para conocer a la mayoría de sus nietos. En un viaje de caza contempla extasiado la aurora boreal. Al regresar al hogar muere recordando esos colores. En el último instante piensa convencido: he tenido una buena vida.» FIN.

Pues eso. Que aquí estoy. Que me llames.

miércoles, febrero 10, 2010

Ambiente

Si a un cuento le quitamos lo que sucede, queda el ambiente. Un hombre con una cara poco confiable, alto y delgado como un poste, intentando convencernos de algo. Otro de cara cuadrada y ligero acento sudamericano que se presenta como John. El frío hiriente del enero madrileño. Las luces en la falsa oscuridad de la noche de la ciudad. Cuatro policías corriendo hacia una concentración de coches con sirenas, en la que varios municipales intentan tranquilizar a alguien con la cara ensangrentada y sin camiseta. La espera. Más coches de policía. Más espera. La curiosidad de los vecinos. Una casa con calefacción y aire acogedor. Una botella de vino, cabernet sauvignon, Ribera del Duero. El ruido que hace el corcho al salir. El canturreo del líquido contra el cristal de la copa. El sabor. El recuerdo de la frase de un libro: «Solo los mamones hablan de vino». La escritura. Este texto.

Solo ambiente.

lunes, febrero 08, 2010

Cigarrillos

Los cigarrillos son armaduras contra el tedio: el hecho de coger un cigarrillo, deslizarlo entre los dedos y encenderlo (cómo se nota cuando alguien no está habituado a coger el cigarrillo, qué impostura más tonta, cada vez más habitual en estos tiempos de actores veganos y desnatados, algo que, según un test que hice el otro día, he hecho unas 150.000 veces a lo largo de mi vida), el hecho de cogerlo y encenderlo, iba diciendo, protege contra el tedio porque permite mirar las volutas de humo (siempre un pasatiempo fascinante), permite tomarte un tiempo para pensar cuando te hacen una pregunta comprometida, permite pasar el tiempo en un desierto, por ejemplo, sin gente a la que mirar, sin gente pero con cigarrillos (uno tras otro siendo transformados en humo, hermoso humo que se va a la atmósfera y se confunde con el azul del cielo, hermoso humo gris o azulado, circonvolucionando de forma caótica en nuestra habitación).
Cuando no fumamos echamos de menos la nicotina, pero sobre todo echamos de menos la imagen de nosotros mismos con un cigarrillo en las manos, protegidos del tedio, nuestra imagen de hombres más resueltos, más capaces, más atrevidos, hombres que podrían mirar a una mujer y dar una calada profunda a un cigarrillo antes de decir que no a una invitación, hombres que no se arredran ante nada. Eso es lo que echamos de menos, la imagen que hemos creado asociada al cigarrillo, la imagen que entendemos que los demás perciben cuando nos ven fumar.

El Ministerio de Sanidad, en cambio, nos cuenta la verdad verdadera para que abandonemos el hábito, nos cuenta de dientes podridos, de pulmones agujereados, de úlceras sangrantes para que dejemos de hacernos daño y, sobre todo, de hacérselo a los demás (como si eso no fuera una soberana tontería y como si no matara más la contaminación que el humo de los fumadores en los bares). Vivimos en una época tonta, una época en la que no sería posible un personaje como el interpretado por Charles Laughton en Testigo de cargo, que engaña a su enfermera para poder seguir bebiendo y fumando sus puros y que aún así nos cae bien, estamos en una época en la que ese viejo abogado aparecería en cualquier película como un desconsiderado, como un maleducado, como alguien que no piensa en su familia ni en sus nietos, alguien que prefiere morirse a pensar en ellos, alguien que, a fin de cuentas, se merece lo que le pase. La conquista definitiva de la sociedad de la estupidez en la que habitamos. Alguien que se muere siempre podría no haber fumado, haber hecho más deporte, haber comido más sano, haber bebido menos, haber meditado más. Se lo merecía, eso es lo que nos susurra el sistema al oído, se lo merecía.

Después de tanto tiempo de civilización dedicado a reflexionar sobre el fin, dedicado a buscar un sentido, al menos ya tenemos un culpable. Hoy en día morirse es indudablemente culpa del muerto.

viernes, febrero 05, 2010

Sauna

Estoy cansado, el sudor comienza a caer a grandes chorros por todo mi cuerpo, la temperatura es de casi 90 grados. La respiración señala el tiempo que cada uno de nosotros lleva en este infierno y, a medida que los granos caen en el reloj de arena, se hace más entrecortada y el tiempo se estira, tiempo de chicle por encima de las leyes físicas. Acabo de entrar y sé que me quedan todavía diez minutos antes de empezar a sentir esa opresión tan característica del pecho. Durante este tiempo, mi sangre se condensará, mi corazón latirá más lento, la temperatura de mi cuerpo ascenderá, los poros de mi piel se abrirán. Me aparto el sudor que se me mete en los ojos. Apenas puedo distinguir las caras de los otros hombres, la luz artificial entra por un pequeño ventanuco. Hay algo de útero materno en este lugar, en esta sala apenas desvelada por la poca luz que entra del exterior.
Cuando llega el apagón quedamos con ojos muy abiertos en la verdadera oscuridad, solos ante la respiración de los demás. Un par de hombres dicen oh con sorpresa y se apresuran a dejar la sauna, se les oye caminar con cuidado, el ruido acolchado de sus pies contra el suelo, el torpe tanteo de las manos hasta que dan con la puerta. Yo me quedo. Por un momento pienso en irme, en buscar mis cosas y salir de allí, al resplandor de las cinco de la tarde de un día de invierno en Madrid. Sin embargo, me encuentro cómodo, acariciado por un calor que aún no es insoportable, y pienso que será mejor esperar a que los que antes me acompañaban hagan lo que tengan que hacer. Entonces noto una respiración suave, oigo sus movimientos, cómo se levanta. Noto en la madera de mi asiento que se sienta a mi lado. No dice nada. Yo tampoco. Apoya una mano en una de mis piernas y la deja ahí, sin acariciarme, sin pretensiones. Y yo sigo sin decir nada, no sé muy bien por qué.

jueves, febrero 04, 2010

Contenedor

Imaginemos a alguien que, llegado a una encrucijada, deja de elegir, deja de pensar en qué hará cuando se levante mañana, deja de ejercer ningún tipo de presión sobre su propia vida, se deja llevar, deja de trabajar, deja de preocuparse por la catástrofe inminente que se le viene encima. Imaginemos que acaba durmiendo en un contenedor sin que le importe, seguro de haber alcanzado algún tipo de verdad metafísica por encima de la realidad, o bien encerrado en su propia casa, empecinado en una posición que le conduce definitivamente al desastre. Alguien que no hace lo que debe en el trabajo, sabiendo que le despedirán, ni lo que debe con su familia, sabiendo que acabará solo.

Ese hombre eres tú. Ese hombre soy yo. Ese hombre está en nuestro interior, envuelto en su crisálida, bien escondido. Y a diario tenemos que hacer un esfuerzo para no dejarlo salir, para que siga moviéndose inquieto dentro de su hilo de seda. A diario nos levantamos y hacemos lo que debemos. A diario nos decimos mil veces que no. A diario.

Sabemos que nos acecha esperando un síntoma de debilidad. Espera sin descanso. Y tal vez algún día seamos nosotros los que acabemos durmiendo en un contenedor, fascinados por la materialidad de los brillos del neón en el aluminio maloliente que ahora se ha convertido en nuestra casa.

viernes, enero 29, 2010

Necrológicas

Cuando un escritor en edad provecta muere (y, parafraseando a Marías, muere para siempre y para siempre deja de envejecer, eternamente congelado en la última imagen que tengamos de él), las secciones de cultura de los periódicos publican al día siguiente varios artículos que hablan de él, de su obra, de su vida, de su importancia. O de la importancia que tuvo su obra para el que firma el artículo, que viene a ser lo mismo.
Yo me pregunto si se trata de algo que los escritores que firman esos artículos pueden improvisar sin esfuerzo (a fin de cuentas hablan de un oficio común y conocen la obra del que ha muerto y se les supone duchos en la escritura sobre temas conocidos) o si esos mismos recibieron un encargo tiempo atrás, algo como: ve preparando la necrológica de Ayala (¡cuánto tiempo habrá esperado acumulando polvo!) o la de Salinger, que no tendremos su foto, pero que no debe de quedarle mucho, que está mayor el hombre y la muerte no entiende de anonimatos.

Y como a mí también me gusta contar historias, prefiero imaginar que se trata de lo segundo, que hay personas en los periódicos encargadas de revisar la edad de aquellos lo suficientemente importantes como para aparecer retratados en un panegírico elegíaco (demasiadas esdrújulas), encargados de llevar la cuenta de sus días sobre la tierra. Y que esas personas guardan un archivo de textos escritos para cuando los importantes ya no estén entre nosotros. Y que ese archivo (en la carpeta de un ordenador llamada, por ejemplo: Futuras necrológicas) parpadea sutilmente, como un corazón contaminado por la arritmia, como un tumor, como una acumulación de colesterol en las arterias.

Otra cosa. A mí me da igual que haya muerto Salinger. No lo he leído y por tanto no lo he conocido y es difícil lamentar la muerte de alguien que no conocemos. Y además, puedo leerlo cuando me apetezca. Así que ese escritor muerto (y eternamente congelado en su foto de viejo gruñón) aún no ha nacido para mí. Y podrá nacer cuando a mí me apetezca. Si es que me apetece.

Como un antiguo profesor mío, gordo y socarrón, solía decir: lo bueno de la literatura es que tus contemporáneos pueden haber muerto hace varios siglos. Y esos pueden ser más amigos tuyos que los que ves a diario.

Y, por último. Qué de juego que dan los escritores, qué de juego que da la literatura, qué grandes temas literarios.

lunes, enero 25, 2010

Suzanne

Si estás escuchando las canciones de Cohen, no puedes evitar desear haber escrito I'm your man o, mejor dicho, haber sentido algo tan absoluto como para haber escrito una canción como esa:

If you want a lover
I'll do anything you ask me to
And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you
If you want a partner
Take my hand
Or if you want to strike me down in anger
Here I stand
I'm your man

Pero solo es necesario continuar escuchando sus canciones, escucharlo cantando con su voz rota y sus coros femeninos, para que llegue un momento en el que lo que realmente desees sea encontrar a Suzanne:

And just when you mean to tell her
That you have no love to give her
Then she gets you on her wavelength
And she lets the river answer
That you’ve always been her lover
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that she will trust you
For you’ve touched her perfect body with your mind.


Seguro que Suzanne, esté donde esté, es una de esas mujeres capaces de llorar (un río a cada lado) como un guerrero épico, sin vergüenza. Capaces de salir una y otra vez de los agujeros más profundos sin darse importancia. Y cuando encuentras a una mujer así, una mujer capaz de mecerte en sus brazos cuando acabas de decirle que no tienes nada que ofrecerle, capaz de decirte que, aunque no lo sepas, siempre has sido su amante, no puedes evitar amarla y, por extensión, amar un poco más a todas las mujeres capaces, hermosas, inteligentes e independientes que has conocido en tu vida.

Quién dijo miedo.

jueves, enero 21, 2010

Ejecución

El nuevo emperador romano ha tenido mala suerte con la elección del último médico. Se ha limitado a hacer como siempre. Ha reservado un día para su operación de estiramiento de piel y ha comunicado al consejo de ministros que, durante un mes, se encontrará en su villa, reponiéndose y descansando como le gusta, con mujeres ligeras de ropa y pizza a todas horas. El paraíso, ya se sabe. Pero ha cometido un error en la elección de su médico, un reputado profesional de sesenta años que, aunque nadie lo sepa, nació en un país del este de europa y fue programado por el KGB para actuar cuando alguien le llamara por teléfono y le dijera una frase en particular, la contraseña de activación. El médico nunca ha recibido una llamada parecida y, de hecho, ha olvidado que alguna vez nació en un país frío del este de europa. Se considera el más romano de los romanos e ignora que si alguien lo llama y dice: Nunca nos derrotarán, tovarich, seguirá al pie de la letra las instrucciones que le musiten al teléfono a continuación.
Y, de las pocas personas que aún recuerdan al agente dormido, hay un miembro de la mafia rusa a quien el nuevo emperador romano le ha jodido un negocio muy jugoso.
Así que a ver si esta vez hay suerte. La necesitamos todos.

lunes, enero 18, 2010

Poesía

Me gustaría ser capaz de aprehender de alguna manera la sensación de aburrimiento, con sus ataques breves e inesperados, con esos días en los que poco a poco se condensa hasta convertirse en otra cosa, en hastío, ser capaz de analizar ese sentimiento que hace que el tiempo se ralentice y que convierte en una tortura el sonido de los minutos, cayendo de cualquier manera del reloj, cayendo, ploc, ploc, unos sobre otros y refulgiendo encima de la mesa con una luz extraña, verde, radiactiva, insana. Pero no soy capaz, no soy capaz de encontrar una imagen adecuada para reflejar la sensación que el aburrimiento inocula en el estómago, aparte del tópico, aparte del nudo y las mariposas y otras imágenes manidas que no me interesan, tal vez una sensación parecida a la que tienen los fumadores cuando tienen ganas de fumar y no pueden, tal vez una sensación limítrofe con los nervios que nos asaltan el domingo, no sé, no sé explicarlo mejor y tal vez este fracaso (este fracaso que se está consumando en este mismo momento) no sea solo mío, aunque casi seguro que sí que lo es, pero tal vez este fracaso (mío, solo mío, seguro que es solo mío) sea un poco el fracaso de todos, el fracaso de las palabras y, en este momento, y no es que haya demasiados, lo que me gustaría sería ser poeta, ser capaz de tallar el sentido de las palabras, como un judío ortodoxo que se dedicara al negocio de los diamantes en NY.

Pero no estoy llamado a tan excelsa misión. Qué le vamos a hacer.

lunes, enero 11, 2010

Semblanza

En la oficina hay un tipo que, de alguna manera, constituye el último modelo de aspirante a directivo de una gran empresa. Estoy convencido, porque lo he visto en los últimos años, que la distancia mental, o moral si quieren, entre los trabajadores de una empresa y los aspirantes a directivos ha aumentado de forma paralela a la distancia existente entre sus ingresos. La sociedad se ha polarizado. Hace veinte años el presidente de una gran compañía ganaba veinte veces más que un trabajador medio, ahora gana dos mil veces más. Hace veinte años, la educación era una herramienta para ascender socialmente, ahora los mileuristas tienen dos carreras y hablan tres idiomas.
El problema es que para llegar a ese nivel desde el que todo se mira con mayor tranquilidad (también lo he visto, un director puede caer en desgracia pero jamás, jamás, pierde sus ingresos) es necesario tener cierta actitud, una actitud que consiste, básicamente, en halagar a los que están por encima en la jerarquía y maltratar a los que están debajo, eso sí, todo recubierto de una capa de cordialidad muy norteamericana, como esos trabajadores de Starbuck que preguntan tu nombre y sonríen de forma profesional y vacía y que, en un instante, pueden pasar a mirarte con odio si te detienes más de cinco segundos en la cola porque no sabes dónde queda el azúcar.
La falsa cercanía es fundamental. Saber hablar el lenguaje de los subordinados, saber decir tacos cuando es necesario, saber enfadarse con los trabajadores de otras empresas cuando la cosa no sale como se espera, poder compartir secretos de alcoba con ellos en el vestuario del gimnasio, los apretones de manos, los abrazos en las cenas de empresa, los insultos floridos y trabajados con el estilo impostado de las malas traducciones de películas de los setenta. Decir cosas como: ese tío es una rata repugnante, el colega ese es un miserable. Cosas así. Directamente desde los estudios de doblaje portorriqueños.
Este tipo en particular, que, ya digo, encarna de alguna manera un prototipo más común de lo que me gustaría, es grueso pero fuerte, como si no pudiera evitar comer a dos carrillos y más tarde pasara una hora levantando pesas en el gimnasio, convirtiendo la grasa en músculo pero pesando veinte kilos más de la cuenta, como si fuera un negro norteamericano de esos de una película de Spike Lee al que hubieran metido en la cárcel y no hiciera otra cosa más que, efectivamente, comer y levantar pesas. Ya saben. Un gordo al que las carnes no se le mueven como si estuvieran hechas de gelatina pero gordo al fin y al cabo.
El tipo este lleva camisas hechas a medida con sus iniciales grabadas en el pecho y con los cuellos blancos, trajes de buen corte que disimulan su barriga, zapatos de marca que cuestan más que toda la ropa que lleva la mayoría de la gente y, sin embargo, no resulta difícil imaginarlo en pantalón corto, con una gorra de béisbol al revés, jugando a baloncesto con sus «colegas» en el playground de la urbanización. Y tampoco resulta difícil oírlo decir a alguno de sus amigos: claro, colega, nos vemos en el playground de la urba en five minutes. Ya saben, alguien con un inglés muy bueno con acento americano que mezcla alegremente ambos idiomas cuando habla entre amigos, como diciendo a todo el mundo: no es esnobismo, es que no puedo evitar hacerlo porque, después de trabajar tanto tiempo fuera, me ha quedado la manía de decir algunas frases en inglés. Entendedlo, las aprendí así y no sé cómo se dicen en español.
Un tipo así está casado, vive en una urbanización, tiene una mujer convencionalmente guapa y un coche alemán de alta gama, esquía y juega al golf, pasa sus vacaciones (cortas porque se considera imprescindible en la empresa) en lugares exóticos y carísimos y es capaz de hablar de cine, o de música, o de ciudades europeas, con cierta solvencia. Supongo que se hacen una idea.

Yo odio a este tipo. Así que lo voy a matar. Tal vez él no sea consciente de merecerlo. Tal vez él se contemple a sí mismo como un triunfador que ha sabido aprovechar las oportunidades que le ha ofrecido la vida. Y no lo niego. Tal vez solo sea eso, alguien que ha trabajado muy duro por conseguir estar donde está, que ha pasado noches en vela preocupado por el siguiente proyecto, que ha conseguido que su empresa haga buenos negocios. Un padre amante y esposo más o menos ejemplar que acude al trabajo con la conciencia tranquila. Pero, tal y como decía un grupo español en una canción, solo los imbéciles tienen la conciencia tranquila. Y los imbéciles sin cortapisas morales son todavía peores. Va a palmar. Es lo que hay.

Veamos.

Creo que hacer que muera de un infarto en la Casa de Campo mientras un travesti le hace una felación sería interesante por lo que esa muerte arrojaría de oprobio sobre él y su familia pero, ¿qué importancia podrían tener hoy en día las inclinaciones sexuales de nadie? Nah. No me convence. Matarlo en un atraco podría funcionar, sobre todo si se empeñara en utilizar ante el atracador las nociones de artes marciales que adquirió cuando era joven y que esas nociones no sirvieran de nada ante una buena navaja. Una muerte ridícula siempre es más graciosa. Pero tampoco me gusta la idea. Sería dotarlo de un aura casi heroica que no me interesa.

Vale. Lo tengo.

El viernes de la gran nevada en Madrid, Javier, que así se llama el tipo, sale del trabajo especialmente tarde, sobre las nueve de la noche. En el complejo de edificios no queda nadie excepto el personal de seguridad. La mayoría de sus compañeros tienen esa tarde libre y suelen marcharse a mediodía. Sin embargo, un importante contrato con una compañía de los Emiratos Árabes lo ha tenido trabajando hasta tarde.
El suelo del garaje, donde guarda su BMW último modelo, se ha helado y al pisar sin cuidado con sus zapatos caros de suela de cuero, tiene tan mala suerte que resbala y se golpea la cabeza, quedando inconsciente. La mala suerte no acaba aquí. Su cuerpo cae detrás del coche de manera que ninguna de las cámaras de seguridad puede verlo. Su coche no llama la atención porque muchos trabajadores han dejado el suyo allí al prever los problemas que tendrían regresando por carretera. Los guardias no lo ven y él no consigue despertarse.

Descansa en paz, idiota.

Yo, después de haber escrito esto, ya lo hago.

martes, enero 05, 2010

Cautiverio

(venganza y homenaje)



El protagonista de este cuento es un escritor preso. Vivimos en un mundo en el que cualquiera puede acabar en una cárcel secreta, con medidas de seguridad mucho mayores que las de Guantánamo. Una cárcel que probablemente ni siquiera sería responsabilidad del Estado sino más bien de alguna Gran Corporación (¿alguien duda de que un futuro próximo serán las Grandes Corporaciones las únicas autorizadas a disponer de ejércitos?, ¿alguien duda de que las acciones de Blackwater no harán más que subir en los años por venir?). El escritor no sabe por qué está incomunicado en una celda de metal, con una música ridícula a todo volumen, no sabe qué ha podido hacer para hacerse merecedor de ese destino, aparte de imaginar historias y personajes, algo que nunca jamás (a pesar de los empeños de las dictaduras) ha tenido la menor trascendencia. Intenta recordar si en alguno de sus libros ha aparecido alguna historia, algún detalle que haya podido llevar a un directivo de la Corporación a hacer una llamada, cuyo destinatario ha hecho a su vez otra llamada, y otra, y otra, hasta que la última persona que ha respondido al teléfono se ha equipado, se ha montado en una furgoneta negra con las lunas tintadas y ha recogido a los tres miembros de su equipo para ir hasta su casa a por él. El escritor está pensando que algunos de sus personajes han pasado por trances parecidos, porque se trata de un escritor raro, que es consciente de que en sus novelas las cosas no ocurren de forma lineal sino que van saltando de un sitio a otro, de un tiempo a otro, de un personaje a otro. Un escritor que muchas veces utiliza trucos de magia y escribe cosas como... «ahora el tiempo hace un extraño y, sí, como en un capítulo de Twilight zone, el avión entra en un bucle espacio-temporal con la fortuna, o la desgracia, de aparecer justo en la trayectoria del avión suicida del que dejó de hablarse tras el 11-S, ese avión suicida del que nunca se supo nada más». Un escritor experimental, mutante, extraño, con fijaciones constantes que aparecen en todos sus libros. Alguien aficionado a las historias de ciencia ficción, anclado a su infancia como si se tratara de un pueblo (¿Canciones Tristes, tal vez?) del que nunca debía haber partido camino de la capital; un autor que escribe páginas de intensidad deslumbrante, que interpela al lector, que escribe en primera persona, que juega a que la literatura puede ser cualquier cosa que queramos que sea; un escritor, en definitiva, que hace que tengamos ganas de escribir y que, a la vez, nos quita esas mismas ganas de escribir porque sabemos, (y lo sabemos, sin duda) que nunca podremos escribir como él. El muy cabrón. Pero ahora (sí, lo siento, esto es una venganza) este escritor esta preso en una celda metálica y no tiene nada con lo que escribir, solo su imaginación, que está, eso sí, llena de mujeres que se dejan caer a las piscinas de la gente en las fiestas, de jugadores de polo argentinos, de mexicanos que se llaman Mantra, de obras menores de la ciencia ficción en las que algunos seres son capaces de percibir el tiempo tal y como es (el pasado, el presente y el futuro sucediendo a la vez, como si todos fueran el doctor Manhattan). Preso en una cárcel sin nombre y sin ubicación, una cárcel que podría encontrarse bajo tierra, en las ciudades subterráneas de Anatolia, o a gran altura, cerca de la sede de la secta de los asesinos, esos secuaces del Viejo de la Montaña. Y allí donde se encuentra, tiembla de miedo, tal vez esperando una ejecución sin fecha que podría llegar en cualquier momento. Ya digo que esto es una venganza.

Pero, reconozcámoslo, no soy capaz de vengarme de alguien así, ni en mi blog, ni utilizándolo como personaje, ni haciéndole pasar por mil penalidades. Porque para vengarse de alguien en su mismo juego, tal vez haya que tener al menos tanto talento como él, lo que no es el caso, así que mejor convertirlo en un homenaje y que esto sea lo que suceda... «el techo de la celda se vuelve ligeramente fosforescente y, poco a poco, se desvanece hasta que un rayo de luz verde, que recuerda a los antiguos rayos láser de las películas de ciencia ficción de los setenta, incide sobre el preso quien, con la cara deformada por la sorpresa, levita lentamente hasta la nave nodriza. Y el tiempo hace tzimtzum y ahora el escritor está en su casa, tomando un whisky con un colega y comentando que últimamente no se le ocurre nada, sobre todo después del esfuerzo de publicación de su última novela, pero que tampoco es tan grave, que las ventas van bien, que parece un milagro que en un país como este haya tanta gente dispuesta a gastar el dinero en leer sus locuras. Y entonces se ríe con una risa franca y verdadera».

martes, diciembre 29, 2009

Feliz año nuevo

Hoy he entrado en una dirección de correo antigua y un borrador de un mensaje nunca enviado estaba esperándome. Las palabras, además, hacían referencia a recuerdos aún anteriores y así, la memoria ha ejecutado un triple salto y me he visto allí, más joven, con el pelo más largo, trabajando en el sótano de un almacén de cocinas de madrugada, me he visto allí en un atardecer granadino de cerveza y color granate, allí en mi primer trabajo, en los días primeros de la universidad, antes de todo. También me he recordado escribiendo esas cosas y, picado por la curiosidad, he seguido leyendo correos antiguos, textos con descripciones, con referencias culturales, con el estilo relamido de alguien que, sobre todo, pretende impresionar, como si sus palabras fueran un arma, un recurso o una impostura. Fascinado por el hecho de no recodarme tal y como las palabras me reflejaban, alguien que era yo pero que ya no lo es y que las escribía para conseguir que lo quisieran un poco y le acariciaran la espalda después del sexo, he seguido leyendo. Más tarde, la imagen que esas palabras proyectaban de mí ha dejado de gustarme porque no es agradable recodarse tan pedante, tan insistente, tan desesperado, pero ya era tarde, porque las dichosas palabras siguen registradas en algún sitio, siguen en un servidor de California, las palabras que se escribieron en algún momento, con una intención concreta (el perdón, el deseo, la conquista, la amistad, la preocupación) siguen allí, esperando no se sabe muy bien qué, esperando que en un momento como el de esta mañana, aunque sea por equivocación, vuelva a leerlas. Lo que fuimos ya ha desaparecido pero las palabras que alguna vez escribimos siguen allí esperándonos para recordárnoslo, para recordarnos que el pasado puede recrearse a medida (bendita imaginación) pero que, en algún otro universo, lo que sucedió está sucediendo justo ahora y que lo está haciendo tal y como lo hizo la primera vez. Que parte de ese pasado se ha quedado con nosotros para siempre y que, a pesar de los intentos, es imposible dejar totalmente de ser quien fuimos.

Y a pesar de ello, los propósitos de año nuevo son parte de la tradición.

Feliz 2010 a todos.

jueves, diciembre 24, 2009

Feliz Navidad

Feliz Navidad a todos los que pasan por aquí de vez en cuando. A los que conozco en persona y a los que solo dejan palabras, a los reales y a los imaginarios.

A todos los que, parafraseando a Nacho Vegas, convierten mi vida en un sitio habitable. ;-)

domingo, diciembre 13, 2009

Complejidad

Leo un artículo sobre el cerebro y pienso en la complejidad de ese órgano en el que estamos contenidos y una cosa me lleva a otra, como tan a menudo parece suceder últimamente por aquí. Los sistemas complejos como nuestro cerebro se caracterizan por producir respuestas inesperadas ante entradas simples, respuestas inesperadas que surgen precisamente de su organización y de las conexiones que sus elementos presentan entre sí, lo que, a su vez, me lleva a pensar en la relación que existe entre simplicidad y complejidad.
Sé que muchas cosas en la naturaleza parten de un patrón simple que se repite una y otra vez, esto es, que muchas cosas como la línea de la costa o la forma de los árboles o el comportamiento de una tormenta, tienen naturaleza fractal, como si la simplicidad no fuera exactamente lo contrario de la complejidad, sino su base, su pilar, lo que queda tras apartar la hojarasca del número. Algo simple más algo simple se convierte en algo complejo cuando la combinación se produce un número muy elevado de veces. La complejidad y la simplicidad, por tanto, deben de estar conectadas mediante una ley muy simple, muy armónica, muy bella, que con una sola línea describa cómo realizar esa composición de cosas simples para convertirlas en algo capaz de la respuesta inesperada. El problema es que, al igual que ocurría en el relato de La carta robada de Allan Poe, de tan evidente como resulta, somos incapaces de encontrarla.
Pero si lo hiciéramos podríamos explicarnos muchas cosas, creo. Por ejemplo, pienso que la vida, tal y como la entendemos, es el último estadio de organización de la materia, una respuesta inesperada de un sistema complejo. Y que la conciencia de tener conciencia, tal y como definen los especialistas en el cerebro la diferencia entre nuestra especie y las demás, nuestra constante aunque escondida contemplación de la muerte como horizonte final, es el último estadio de organización de esa vida, otra respuesta inesperada de un sistema aún más complejo. Y que la aparición de las ideas que hoy nos hacen verdaderamente humanos, las ideas que, capa tras capa, han ido calando en nosotros, y que la filosofía, o la ciencia, o el arte han ido perfilando desde diferentes puntos de vista, es otra más de estas respuestas inesperadas: nuestra cultura ha añadido aún más complejidad a esa conciencia. Complejidad sobre complejidad sobre complejidad.
Y por todo esto pienso que tal vez para resolver los problemas verdaderamente humanos lo único que haya que hacer sea simplificar, es decir, apartar la hojarasca del número.

jueves, diciembre 10, 2009

Artefacto

El ingenio es la bisutería del talento.
Oscar Wilde.


Este cuento es un artefacto. Una manera de resolver un problema, tal vez elegante. En él hay una caja. La caja se encuentra encima de una mesa de cedro, mientras el sol entra de forma oblicua por la ventana e ilumina el parquet. Es una caja hermosa, taraceada y con las aristas desgastadas por el tiempo y presenta un agujero con una lente en su superficie, como una especie de mirilla. Alguien la ha enviado en un paquete por correo sin que lo hayamos solicitado, alguien nos ha situado en este momento, ante esta caja que parece llamarnos, que nos atrae sin remedio.
Cuando acercamos el ojo a la mirilla, vemos una escena en la que un hombre de pequeño bigote y uniforme militar está hablando ante lo que parece un estado mayor. Lo que dice, en un idioma diferente del nuestro pero que, no obstante, podemos entender perfectamente es: «Y así, he enviado a mis unidades de élite hacia el este, con la orden de matar sin piedad a todos los hombres, mujeres y niños de raza o lenguaje polacos. Solo de esta manera conseguiremos el espacio vital que necesitamos. ¿Quién menciona hoy en día el exterminio de los armenios?» Tras el escalofrío, no podemos evitar apartar la mirada. Pero la caja tiene sus propias reglas y cuando, espoleados por la curiosidad, pretendemos seguir asistiendo como testigos a la reunión de militares, la imagen que aparece es otra.
Un hombre con aspecto de estar quedándose calvo está escribiendo a mano en una pequeña habitación. En la habitación se oye el rumor de las mujeres en la calle, de los coches que pasan bajo la ventana, los chillidos de las golondrinas. Los muebles son sencillos, una mesa de madera, una silla también de madera, un infiernillo para hacer algo de comida, cubierto por una cortina que debió de ser blanca en algún momento. En las palabras del hombre —este es otra de las facultades de la caja, que también nos deja ver lo que hay dentro de las palabras que el hombre está escribiendo— puede leerse: «Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver...»
La imagen se hace ahora difusa, como si estuviera produciéndose alguna clase de tormenta y acaba por desaparecer. Cuando volvemos a apoyar el ojo sobre la mirilla, deseosos de seguir descubriendo lo que puede ofrecernos, nos encontramos a nosotros mismos mirando la caja. Y nos vemos una y otra vez, mirando la caja en nuestro salón, con su mesa de madera de cedro y su parquet iluminado, una y otra vez en el bucle infinito del presente, el tiempo despojado de su condición porque todo está sucediendo ahora, justo en el momento en el que nos vemos mirar la caja, una y otra vez, cada vez más profundos, cada vez más abismados en nosotros mismos, casi seguros de estar percibiendo cómo se detiene el reloj universal que nos lleva a todos con los ojos vendados hacia la muerte.
Entonces apartamos la vista y cerramos la caja horrorizados. Y este cuento, este artefacto, emite un pequeño zumbido y se detiene.

lunes, diciembre 07, 2009

Entrada

Es cierto que la cultura actual tiene una base pop indiscutible, que es necesario saber citar la torre Ming de Flash Gordon como antecedente de la Torre Agbar de Barcelona, que los cantantes y dibujantes y cineastas que han contribuido a la imagen que tenemos del mundo lo hicieron sin darse demasiada importancia porque creían participar en un entretenimiento, que nadie lee a Aristóteles y mucho menos a Montaigne, que las tribus urbanas japonesas, como casi toda la cultura oriental, nos resultan incomprensibles, que los viajes se han convertido en un mal guión de cine en el que todo el mundo te cuenta sus experiencias mediante una presentación de diapositivas, que la lectura se ha vuelto extensa y superficial y somos expertos en Trivial Pursuit en lugar de estudiosos de Hegel, que bastaría dejar de consultar el perfil de Facebook para que todo pareciera ir algo más despacio, que es peligroso viajar en moto un día de lluvia y hay que extremar la precaución cuando se pisan las rayas pintadas de la carretera, que, tras una buena noche de sexo con una nueva mujer, queda un regusto amargo al que no le encontramos explicación, que demasiado ingenio en una novela acaba por cansar, como si el ingenio fuera dulce de leche, que es hermoso observar el puzzle caótico que forman las gotas de agua en la ventana, que es imposible predecir dónde caerá la siguiente gota o cuál de ellas será la que corra más rápido hacia el alfeizar, que en una casa siempre hay algo de comer, que no es una buena idea tener la ropa tendida cuando comienza el chaparrón, que se está muy bien bajo las mantas cuando fuera arrecia el frío, que debería dejar de darle tantas vueltas a la cabeza y vivir más ligero, que el periódico del domingo es un placer simple, que tal vez haya llegado el momento de intentar un negocio propio.
Y, sobre todo, que hacía ya demasiado tiempo que no escribía nada en el blog, una mascota a la que es obligatorio alimentar para que no languidezca y muera, y que a veces no tengo ninguna idea para un relato y entonces debo publicar el montón informe de cosas que se me pasan por la cabeza un lunes lluvioso de diciembre.

sábado, noviembre 28, 2009

Limpiabotas

Tuve una idea para un cuento esta mañana, un limpiabotas iba convirtiendo a sus clientes en adictos mediante una pequeña punción, que apenas podían advertir, a través de la que les inyectaba una sustancia en la dosis necesaria para hacerlos sentir perfectamente tranquilos, pero sin ser conscientes de haber sido drogados, sin somnolencia pero sí lo suficientemente en paz para limpiarse los zapatos todos los días en aquel pequeño trono de madera de colores, sin saber realmente qué les impulsaba a hacer cola, una larga cola de señores trajeados, con trajes algo anticuados, con cortes del siglo pasado, con corbatas buenas pero no mucho, afeitados pero no muy bien, con vello en las orejas y el entrecejo que tal vez usarían ropa interior no demasiado limpia, hombres a un paso de perder la dignidad, de cruzarse de brazos ante el inevitable deterioro de todo, que pensarían estar retomando el anticuado gesto de limpiarse los zapatos como muestra de resistencia, como una forma de lucha ante estos tiempos desquiciados.
Enfrente de su cola habría otra diferente formada por los centenares de personas que aguardaban a comprar un décimo de lotería en una famosa administración de lotería del centro de Madrid, hartos de la espera y probablemente del sinsentido de desperdiciar una mañana intentando comprar la suerte, esa suerte que no suele aparecerse mucho, qué gesto más estúpido y a la vez más inocente, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de todos los colores, con todo tipo de ropas, como una cata sociológica de esta ciudad, moviéndose nerviosos, charlando para entretener esa espera que, en el fondo, todos sabían absurda pero cómo luchar contra la tradición de comprar un décimo en la puta administración de lotería y de llevar a los niños a que vean los muñecos animados de Cortylandia y qué gesto tan mágico creer que las leyes del azar tienen sentimientos y prefieren inclinarse por un lugar u otro.
Y, tal vez, por qué no, si en el cuento puede pasar lo que yo quiera, tal vez, decía, ambas colas se mirarían con hostilidad y alguien insultaría a alguien y comenzarían los golpes y los turistas huirían asustados de la trifulca y los coches de la Gran Vía se detendrían a mirar el espectáculo y camionetas rebosantes de policías hasta las cejas de estimulantes derraparían en la calle y las puertas se abrirían como grandes bocas y lloverían los golpes y los gritos y el tumulto sería ya incontrolable cuando los turistas ingleses hartos de cerveza se unieran a él, y aquello parecería uno de los signos del apocalipsis, el inicio de algo mayor, como si la locura se hubiera apoderado de todos y los animales que siempre llevamos dentro se abrieran paso, como superhéroes que se despojaran de sus trajes, y todo parecería arder en algo así como un altar de sacrificio azteca.
Y en mi cuento, si existiera en él algo parecido a una cámara que pudiéramos enfocar donde quisiéramos, podríamos ver perfectamente la sonrisa que se dibuja en la cara del limpiabotas que observa la escena, acodado en una mesa con vistas a la calle de la acera de enfrente donde el pequeño trono de madera sigue en su sitio, incólume, impasible ante la destrucción que está ocurriendo justo ante él.

jueves, noviembre 26, 2009

Literatura

Sabido es que la publicación de la segunda parte del Quijote en 1615 se debió a la aparición de una obra de la que aún hoy desconocemos el autor: El Quijote de Avellaneda. Cervantes, suponemos que furioso por lo que él consideraba una apropiación indebida de su personaje y por el uso que el tal Avellaneda había hecho de él, se puso a escribir —con el mérito añadido de hacerlo con una sola mano— la segunda parte de las aventuras de Alonso Quijano, o Quesada, con su fiel escudero, Sancho Panza, o Sancho Zancas, que de esas maneras se designa a ambos personajes en la obra.
El tal Avellaneda consiguió así pasar a la posteridad con una carambola del destino y logró —suponemos que de forma involuntaria—que cientos de estudiosos se devanaran los sesos en los siguientes cuatrocientos años intentando dar con su identidad.
La teoría más famosa —en filología casi todo son teorías— es la defendida por Martín de Riquer. Según el estudioso, existen varios indicios —tics de escritura, incorrecciones y torpezas de estilo, repetidas alusiones al rosario, esas cosas de filólogos— que indican que el autor de la obra fue un tal Jerónimo de Pasamonte, soldado y escritor que fue contemporáneo de Cervantes y que combatió en Lepanto, como él. De hecho, este soldado pudo inspirar al personaje Ginés de Pasamonte, el galeote que apalea al Quijote cuando este hace el único acto verdaderamente heroico de todo el libro, liberar la cadena de presos que se cruza en su camino.
Otra teoría, no conforme con que un soldado del siglo XVII pudiera haber escrito una obra de estilo tan depurado, apunta a Lope de Vega y su entorno. Se cree que el Fénix fue el autor del prólogo del Quijote falso , que un amigo suyo, Pedro Liñán de Riaza, la comenzó y que fue terminada por el propio Lope y otro colega, Baltasar Elisio de Medinilla.
Hay más teorías, pero, dado el espacio del que dispongo, me ceñiré a estas dos. Y puestos a aceptar una u otra, prefiero la primera, claro está.
En la primera teoría una persona con existencia real y documentada, que tal vez conoció a Cervantes, aparece como personaje en una obra suya y quizá despechado por considerar que su retrato de rufián no correspondía con su persona, se sentó a escribir una segunda parte con la intención de menoscabar la dignidad del personaje principal de la novela en la que él aparecía como personaje. Y al escribir sobre un personaje que no era suyo, entendemos que como una suerte de venganza por su retrato en la obra, consiguió realmente que ese personaje, don Quijote, despertara de nuevo en las páginas de otro autor —el verdadero— con ganas de salir por España a hacer el idiota, vestido con las armas de sus abuelos
A mí, claro, esto me parece fascinante. Las conexiones que se establecen entre realidad y ficción, entre supuestos personajes con existencia real y supuestos personajes con existencia ficticia hablan muy bien de lo que significa la literatura. Tal vez Pasamonte existiera alguna vez y escuchara los sonidos de los cañones de los barcos turcos, temiera por su vida y atravesara el pecho de algún infiel. No lo niego. Pero casi cuatrocientos años después que se escribieran esas palabras, la existencia de Jerónimo de Pasamonte, se me antoja más brumosa aún que la del propio Quijote. Ambos quedaron para siempre ligados a las palabras de Cervantes en su primera parte de la novela y ambos, desde entonces, han corrido un destino parecido.
Gracias a la existencia de la novela —ya que ningún estudioso se hubiera dedicado a rastrear la vida de un anónimo soldado español de la época de no haber tenido relación con el Quijote—, Pasamonte ha pasado a la historia. Gracias a la novela, un personaje sinvergüenza y ladrón se ha encarnado en una figura histórica, en alguien que tuvo existencia real. Esta es la primera parte del viaje.
Pero tal vez si ese alguien no se hubiera sentido despechado por el retrato que se hacía de él en esa misma novela, no se hubiera puesto a escribir su libro propio ni hubiera hecho que Cervantes tuviera que escribir la segunda parte de un libro por el que, según parece, no sentía demasiado aprecio. Esta es la segunda parte.
Si imaginamos dos legajos en papel viejo acumulando polvo en un antiguo archivo olvidado y que uno de ellos es el original del primer Quijote y el otro un conjunto de documentos que hablan de la vida de un anónimo soldado de Lepanto que se llamaba Jerónimo de Pasamonte, casi podemos ver al personaje, o la persona ir de un legajo a otro.
Y ambos, tanto tiempo después de los que huesos de Pasamonte se hayan confundido con la tierra, son reales. O ambos, el Pasamonte rufián y el soldado despechado, son ficción. Elijan ustedes. Es lo bueno de la literatura.

lunes, noviembre 23, 2009

Humor

En España hay 23.059 parroquias; 10.615 no tienen sacerdote titular. Lo peor es que la situación lleva camino de empeorar, a juzgar por este dato que Rouco subrayó: la media de edad de los curas en activo es de 63,3 años. «En alguna zona alcanza los 72,04 años», añadió. Tampoco es mejor la media de edad de los obispos.
Extraído de El País.

A veces, cuando uno tiene un mal día, al final mejora. En treinta años se ha pasado en España de que las mujeres necesiten el permiso del marido para firmar un contrato al matrimonio gay, de que fuera necesario el certificado bautismal para casi todo a la estadística anterior. Si esta no es un buena noticia, que venga Dios y lo vea. :-P

Sentado II

Estoy sentado mirando al techo, intentando no pensar en nada, intentando vaciar mi cabeza de ruido de fondo, intentando ser un hombre sentado en una silla y, no sé por qué, he mirado hacia atrás y he visto un páramo extenso, de seis meses más o menos (el espacio y el tiempo son la misma cosa), un páramo en el que no hay demasiada vegetación, salpicado aquí y allá de cactus espinosos que dan una flor bonita una vez al año, con esquirlas que parecen el resultado de una erupción. Me he dicho entonces que esos paisajes quedan muy bien en las fotografías, en las estampas postpoéticas de ciertos autores con fascinación por los deshechos, en los párrafos de escritores que describen los accidentes de tráfico de forma hermosa, con todos esos hierros retorcidos y esos miembros astillados, pero que eso no es suficiente. Más tarde he pensado que, tristemente, parece existir una fuerza centrífuga que empuja las vidas de los demás lejos de mí y que paso demasiadas horas (¿cuántas serán en total?) comprobando de forma absurda el correo electrónico, pulsando una y otra vez "Comprobar correo", como si la redención dependiera de las palabras de alguien, como si la redención fuera posible. Y que algunos días pasan tan lentos y dolorosos que se acumulan a la espalda y van cargando los hombros poco a poco, doblando el espinazo, venciéndome.

jueves, noviembre 19, 2009

SF

Si alguna vez ha sido necesario alzar la voz es precisamente ahora cuando nadie espera escucharla. Nadie lo hace porque nadie queda capaz de entender el antiguo lenguaje de los hombres, que está hecho de palabras, de sonidos que se unen unos a otros, que se trenzan y recrean el mundo. Desde que se generalizó el implante en el momento del nacimiento, los hombres solo son capaces de pensar en imágenes, la memoria ha dejado de tener sentido y el conocimiento ha dejado de avanzar. Generación tras generación, los hombres se limitan a repetir los datos almacenados sobre cualquier cosa. De vez en cuando surgen algunos capaces de innovar, de crear algo diferente, pero la sociedad los orilla, los ignora y suelen renuncian a esa creatividad en pos de una vida larga, como suele ser habitual por aquí.

Yo soy de los últimos que aún resisten y no me queda mucho tiempo, tengo un problema de corazón que impide que se me renueve el próximo año, cuando, objetivamente me correspondería la sustitución de órganos. No me importa. Creo que ha llegado la hora de abandonar el mundo, que ha llegado el momento de despedirse. La gente con la que hablo no lo entiende, siempre me sugiere alguna otra opción: refúgiate en el sistema, espera a que la ciencia médica —¿qué posibilidad de ciencia nos queda ya a los humanos?— sea capaz de resolver tu problema de corazón, aguanta, busca una solución. Todos tienen miedo del final, no se dan cuenta de que la vida se ha convertido en tener miedo. Miedo a que la energía termine por acabarse en este planeta exhausto, miedo porque aparezca un fallo en el sistema que los convierta a todos en poco más que muñecos sin voluntad, miedo a tener hijos, al amor, miedo a todo lo que constituya un compromiso. La dilatación del tiempo ha conseguido desnaturalizarnos. La dilatación del tiempo nos ha convertido en otra cosa.

Cuando me preguntan por qué no estoy dispuesto a luchar por mi vida, siempre les cuento la historia de la Sibila de Cumas, ya escrita por Ovidio en sus Metamorfosis hace tantos siglos: «El dios Apolo cortejó a la Sibila pero la doncella no accedió a sus ruegos hasta que el dios estuvo dispuesto a concederle el deseo que ella pidiera; tendida en la playa, la doncella tomó un puñado de arena y le rogó vivir tantos años como granos de arena le mostraba en la mano. Mil años de vida, los granos de arena de su puño, le fueron concedidos. Sin embargo, emocionada por la promesa del dios, olvidó pedirle a Apolo la juventud para esos mil años de vida. Setecientos años después, Eneas la encontró y la Sibilia confesó melancólica y dulcemente, que aún le faltaban por vivir tres siglos más y que se tornaría cada vez más pequeña, tan pequeña que nadie la reconocería, ni siquiera el dios que llegó a amarla. Cien años más tarde, la Sibila vivía dentro de una botella y cuando los niños que jugaban con ella le preguntaban qué deseaba, ella siempre respondía: "Quiero morir."»

Y todavía se atreven a decirme que la diferencia es que nosotros nos mantenemos eternamente jóvenes, que ese no es un problema para nosotros, que no existe comparación posible entre una cosa y la otra.

viernes, noviembre 13, 2009

Copas

(a David)

La mujer debía de haber sido guapa en algún momento, pero ahora su cara estaba arrugada y sus ropas descuidadas. Estaba borracha en el bar, con otros dos borrachos tan destrozados como ella, un hombre de pelo blanco y la cara arrasada por el alcohol y otra mujer que lloraba de vez en cuando y que apenas se podía tener en pie. Una de ellas fue una actriz famosa en los setenta. Treinta años más tarde, era fácil encontrarla por los bares, a veces mendigando comida, pidiendo a los camareros que la invitaran a un bocadillo, otras mendigando solo alcohol. Según parecía, no se podía echar del bar a alguien que una vez bailó con un vestido corto en la televisión en blanco y negro, ni resultaba raro que alguien en la sesentena se comportara de esa manera ni que pidiera una calada de un porro ni que coqueteara con hombres treinta años más jóvenes. La norma era comportarse con ella como con una tía un poco extravagante.

Yo ya la había visto en otras ocasiones pero aquella vez me deprimió más de lo normal, como si la escena estuviera desarrollándose para mí, para que contemplara uno de mis posibles destinos, para que reflexionara sobre si estaba haciendo lo que realmente debía, como una especie de visión desquiciada de mi futuro. Yo sabía que mantenerme sobrio solo dependía de mí. Ya eran casi siete años y solo había tenido una recaída. Aquella noche, sin embargo, lo único que me apetecía era tomarme una copa. Hay días así, en rehabilitación te advierten sobre ellos. Te dicen que esos días lo único que puedes hacer es aguantarte las ganas, irte a casa, buscar el consuelo de algún amigo, intentar no pensar en ello. También te dicen que si consigues superar ese momento, te vuelves más fuerte para seguir sobrio. No te dicen, en cambio, que nunca acabas de lograrlo, que nunca dejas de ser un ex alcohólico. De vez en cuando, como aquella noche, vuelve el ansia y miras con ojos demasiado fijos la fila multicolor de botellas.

Opinen, ustedes que están al otro lado: ¿Se bebió una copa el protagonista o no se la bebió?

miércoles, noviembre 11, 2009

Curso

(Notas encontradas bajo la mesa de un curso de formación)

Simplificación. Esquema jurídico. Segundo marco regulatorio.
El hombre desgrana conceptos y relaciones y mi cabeza va y viene, aquí y allá: recuerda una escena de sexo, advierte el cansancio del cuerpo, recrea una escena en un bar de Barcelona. Aparece en la pantalla una palabra: Trifásico y me trae a la cabeza una bebida.
Es difícil escribir:
  • Si estás fingiendo tomar notas del curso.
  • Si la gente mira por encima del hombro lo que apuntas.
  • Si tu cuaderno no es el cuaderno habitual que utilizas en el trabajo.
  • Si no te interesa el curso y aún así tu cara debe reflejar interés.
Pero eso no es lo importante. El contexto en el que se crea un texto no importa:
  • Es propio de fetichistas.
  • No explica el texto.
  • No ilumina nada.
Supongo que lo que importa es el propio texto: «Cuando abrió los ojos, no consiguió distinguir nada. Intentó moverse pero, extrañamente, sus manos y sus piernas no tenían apenas hueco. Si levantaba las manos hacia arriba podía notar el tacto de la madera.»

John Cage intentó probar el silencio y concluyó que el silencio solo es posble en la palabra silencio y siempre que esa palabra aparezca en un verso (esta es una reflexión propia, no de John Cage). Cuando grabó durante media hora en una habitación insonorizada, comprobó que la crepitación de la estática lo cubría todo. Si lo intentaba con su propio cuerpo, tapando con cuidado sus propios oídos:
  • Sus sentidos se volvían hacia sí mismos.
  • Escuchaba su propio vello poniéndose de punta.
  • Los sonidos de su cuerpo lo inundaban todo.
El silencio es imposible porque mientras haya energía, existen partículas vibrando que, de alguna manera, causan el zumbido del mundo, uno de tono muy bajo, casi imperceptible. Si existiera un punto en el universo a 0º K, el cero absoluto, sería un punto sin energía, sin movimiento, sin vida, sin sonido. En este universo eso es imposible.

Ahora aparece una mujer a dar una charla. Tiene un poco de:
  • barriguita
  • Pero es mona y habla con soltura
  • Tiene una bonita voz.
Silencio. Cállate. Me atoras de información inútil.

«El concurso de belleza infantil se celebraba en el instituto de secundaria del pueblo. Las niñas sonreían, con su cara congelada en una mueca. Niñas perfectas, guapas, sonrientes y limpias, vestidas como pequeñas adultas y que competían en belleza, ingenio y simpatía. El horror, el horror, que dijo Kurtz.»

49 centrales de tránsito malladas entre sí encaminan las llamadas que se hacen casi diecisiete millones de personas.

jueves, noviembre 05, 2009

Ayala

Voy a hablar de Ayala. La pretensión de originalidad es una pulsión adolescente que hace tiempo dejé atrás y por eso no me importa hablar de un tema tan tratado estos días. Qué quieren que les diga. Será la falta de imaginación la que me lleva a hablar de Ayala. Pero, eso sí, no pienso hablar de su literatura. Su literatura me da igual. No me importa porque no la he leído y aunque sería fácil hablar de ella aquí —tal y como nos enseñaron a hacer a todos los que estudiamos una filología, quiero decir hablar de libros que no hemos leído— no estoy dispuesto a la impostura. Ya ven, reparos morales a estas alturas. El caso es que si no he leído sus libros, para mí sus libros no existen. El mundo cabe por completo en mi cabeza, el mundo es mi cabeza, el mundo no existe si no hace su trabajo el homúnculo que tras mis ojos encadena los recuerdos y los pasajes en el hilo argumental de mi propia vida. Esas cosas. Y por eso me da igual su literatura.

En realidad, lo que yo quiero contar es que el Ayala que ha muerto es un impostor. Una fuente fidedigna me ha dicho que el que volvió con 70 años a instalarse en España ya no era Francisco Ayala. Murió, olvidado por todos, en una ciudad del medio oeste americano y su familia eligió a un primo suyo del pueblo, con un sorprendente parecido físico para sustituirle. Su familia era consciente de que el destino de Paco no era muy diferente al de la última oleada de intelectuales expulsada de España —no crean que la última fue la única, este país es excepcionalmente bueno en arrojar fuera de sí a todos aquellos heterodoxos que piensen de forma algo original, las oleadas comenzaron ya en el siglo XVIII— pero pensó que, como en una especie de desagravio para todos aquellos que sí murieron olvidados en ciudades americanas, lo lógico sería continuar la vida de Francisco Ayala para que superara en muchos años al dictador de las heces en melena, aunque fuera utilizando un truco, un doble, tal vez un impostor. Lo hermoso —o lo más triste de todo— de esta sustitución es que cuando Francisco Ayala volvió y comenzó a recoger el reconocimiento y los premios que la puta España le había escamoteado durante cuarenta años — miembro de la Academia a los 77, el Nacional de las Letras a los 82, el Cervantes a los 85 y el Príncipe de Asturias a los 92—, el impostor olvidó que lo era. De ahí el agradecimiento en el que vivía, su serenidad y falta de rencor.

Mi fuente fidedigna tiene que llevar razón. En caso contrario, no me explico como no prefirió seguir viviendo en la inmensa campiña de trigo americana y tener descendencia en un país que lo trató mucho mejor que el suyo propio.

martes, noviembre 03, 2009

Región (homenaje)

Aquel pastor, aquel temible pastor que no dejaba a ningún viajero con vida de los que se atrevían a pasar por el valle, que protegía el paso a Región lo suficiente para que nada socavara los cimientos de aquella vieja sociedad rural, no contaba con la artimaña ideada por el ingeniero japonés.
El pastor escudriñaba el paso en los montes, movía en círculo el cayado y mataba de vez en cuado alguna oveja para tener algo de carne que llevarse a la boca. Nunca prestaba atención a los sonidos que venían del cielo, sabiendo que los modernos autogiros y aeroplanos no eran capaces de aterrizar en aquellas montañas llenas de aristas. Permanecía en cambio atento a los caballos, las carretas, los raros automóviles que se atrevían a enfilar por entre aquellas montañas endiabladas. Aquel era su trabajo.
De ahí que nunca pudiera sospechar que el japonés, volando en un ultraligero, dejara caer desde su aparato pequeñas antenas UMTS autosuficientes, capaces de cargarse de energía utilizando la luz solar y de conectarse a la inmensa red desplegada por su compañía. De hecho, era imposible que lo sospechara porque la telefonía móvil era un invento que aún no había aparecido por la comarca y los vecinos todavía hacían cola en el casino para poder poner una conferencia.
Cuando, tres meses más tarde, un grupo de operaciones especiales de la Guardia Civil lo detuvo, tuvieron que enseñarle las identificaciones varias veces. El pastor no podía creer que aquellos mocetones vestidos de camuflaje, que irrumpieron en sus dominios a lomos de motos todoterreno, pertencieran al mismo cuerpo que el Benito, el guardia a quien había perdonado la vida a cambio de no ser molestado. Pero mucho menos pudo entender que hablaran en voz alta con Dios, llamándole Señor y diciendo: A sus órdenes.

lunes, noviembre 02, 2009

Parapsicología

Cuando vio que en el telediario aparecía un señor con alzacuellos cuyo pie de foto era «Cura y parapsicólogo», en primer lugar pensó: ¿Cómo es posible que un cura, que cree en Dios, sea a la vez parapsicólogo y crea en psicofonías? Afortundamente, apenas tardó un instante en advertir que, muy al contrario, ambas palabras eran absolutamente sinónimas.
Y más tarde pensó: ¡Mierda de educación católica!

jueves, octubre 29, 2009

Sentado

Estoy sentado mirando al techo, intentando no pensar en nada, intentando vaciar mi cabeza de ruido de fondo, intentando ser un hombre sentado en una silla y, no sé por qué, he comenzado a pensar en la radiación de fondo del universo que desde el big-bang lo impregna todo, una radiación de microondas con una frecuencia de 160,2 GHz que muchos cosmólogos consideran una prueba de que el universo (al menos, este universo) comenzó con una gigantesca explosión en la que surgió no solo el espacio, sino también el tiempo y por eso no tiene sentido preguntarse ¿qué había antes? Y aún así, el tiempo es un misterio, no entendemos nada, como le comentaba ayer a una amiga, el presente no existe, en realidad es el futuro convirtiéndose en pasado, esa delgadísima línea que, al igual que ocurre con la materia, si se observa con demasiado detalle, deja de existir. Y más tarde comenzamos a hablar de que el destino no existe tampoco porque, según los principios de la física el pasado no existe hasta que sucede, por lo que recordar los momentos fundamentales de nuestra vida, los momentos en los que hicimos algo que pensamos nos cambió la vida para siempre (aquella vez que nos contrataron en la empresa en la que todavía trabajamos, aquel momento en el que tomamos la decisión de estudiar una carrera y no otra, empezar a trabajar en una cosa y no en otra, besar a una mujer y no a otra), todos aquellos instantes que parecen nodos en los que confluían muchos posibles destinos, abiertos y que se nos aparecen como hitos del camino de nuestra existencia no son tales, y no son tales precisamente porque toda nuestra existencia es así, caminamos todos los días afrontando el tiempo de esa manera, no sabemos si permanecer un segundo más en el cuarto de baño puede evitarnos que la bomba que ha puesto un empleado descontento nos explote en las narices, si mirar a la izquierda o a la derecha en el paso de cebra nos salvó la vida alguna vez, si hemos estado tan cerca de la muerte sin saberlo que un mínimo cambio hubiera provocado que ahora miráramos al techo con las piernas paralizadas (pobre chico que no vio venir al coche cuando se le echó encima) porque todas esas cosas son solo posibilidades que nunca se realizaron y que, por tanto, nunca existieron realmente , así es como vivimos constantemente sin advertirlo, desechando infinitas probabilidades no realizadas, de ahí que cuando las cosas ya han sucedido y, por tanto, han dejado de existir excepto en nuestro recuerdo, sea cuando buscamos y encontramos esos momentos que parecen brillar allá en la lejanía de nuestro pasado, con una luz especial que, como espero haber dejado claro, solo existe en nuestra cabeza.

Y en ese momento entró alguien en la cocina y, tras escuchar una parte de nuestra conversación, se nos quedó mirando como a un grupo de locos. Y, quién sabe, tal vez llevara razón.

miércoles, octubre 28, 2009

Madrid VI

Salí a dar una vuelta por el barrio, viendo los negocios de los chinos, las tiendas de ropa de segunda mano, los laboratorios de impresión fotográfica, los carteles de colores chillones, la pequeña relojería, medio escondida entre dos negocios mayores, en la que puede cambiarse la pila de cualquier reloj fabricado por el hombre, y bajé hacia la plaza, cuesta abajo, prestando atención también a Casa Nieva, restaurante de comida casera y ganador anual de todos y cada uno de los concursos convocados por el ayuntamiento en las fiestas, y entonces, por uno de esos extraños viajes a los que nos tiene acostumbrado el pensamiento, por una de esas conexiones aparentemente azarosas que ponen en marcha el mecanismo del recuerdo, que ponen en funcionamiento un circuito cerebral en concreto y no otro, comencé a recordar un tiempo en el que estaba solo, un tiempo que había casi desaparecido de mi cabeza, los tres primeros meses en los que estuve viviendo en una ciudad en la que no conocía a nadie excepto a mi ex novia, a mi ex novia y a su nuevo novio, claro, y el caso es que no sé por qué, ni tampoco creo que nadie pueda saberlo nunca, recordé la sensación de soledad y abandono que sufría a diario aquellos meses cuando me levantaba en mi pequeña habitación alquilada cerca de un horno de pan, en un barrio bastante retirado de la universidad, la pequeña habitación con una mesa construida con dos caballetes y una tabla, donde mi flamante 386 relucía, un poco arcaico ya, aunque él no lo supiera, con su color crema, su color de equipamiento de oficina, en aquella habitación demasiado pequeña, hecha de mala manera con unos paneles de conglomerado que la separaban del salón, y también recordé que mis compañeros eran un poco raros y uno de ellos solo comía por entonces pavo y proteinas porque era culturista y estaba obsesionado con perder la delgada capa de grasa que recubría sus músculos, obsesionado porque se marcaran sus venas, debido a que tenía una competición el fin de semana, una competición en la que siempre perdía de tres a cuatro kilos porque, a pesar de que no lo parece en absoluto, el culturismo es un deporte que exige mucho cuando se practica de forma casi profesional, según me decía, y recordé levantarme en la estrecha cama en la que dormía, recordé con perfecta claridad haber pensado: ¿pero yo qué coño estoy haciendo aquí?, sin saber realmente que lo que estaba haciendo es lo que se hace siempre, vivir y dejar que las cosas te sucedan, conocer gente, estudiar materias que por entonces tampoco me parecían muy difíciles, quedar con alguno de los nuevos amigos para tomar unas cañas y descubrir poco a poco que la vida que pensabas que no era para ti, que la vida de abandono que te asaltaba todas las mañanas, se había convertido en otra cosa, en otra cosa mejor que no dejó de mejorar durante los siguientes años hasta que se produjo una rotura, un rasgado, pero esa es otra historia y, como iba diciendo, esa sensación de aplastamiento por la soledad se me quedó anudada en el estómago casi todo el paseo, sin saber muy bien de dónde había salido, a pesar del río de coches, de las luces verdes de los taxis, del minúsculo río de mi ciudad al fondo, separando la parte antigua de la parte moderna, de los restaurantes con decorador de interiores, de los bares con caracoles y oreja, de los jóvenes alternativos, de las mujeres mayores que paseaban sin prisa, haciéndose compañía, tal vez sabiendo que, sea lo que sea lo que hagamos en la vida es mejor tener con quién compartirlo, y entonces miré al cielo y vi el azul brillante, luminoso, con la capa de suciedad que cubre la ciudad como un hongo atómico y pensé que no sabía por qué había recordado aquella sensación en concreto pero que tampoco tenía demasiada importancia. Como casi todo lo demás.

lunes, octubre 26, 2009

Código (adelanto)

El tiempo es un tiempo futuro, indeterminado, en el que existen colonias humanas en planetas extrasolares. El color es azulado, como un videoclip de los años noventa del siglo XX, antes de que el verde fluorescente marca Matrix inundara la televisión. La imagen, la de un hombre esperando nervioso una entrevista. En ella el hombre respira conscientemente, intentando controlar su miedo, mientras espera que lo llamen. Tiene algo sucio en su pasado y sabe que esta es su última oportunidad. Tal vez hasta le quiten la casa. Tal vez hasta tenga que vivir fuera de las murallas de la ciudad, en los arrabales.

viernes, octubre 23, 2009

Bolos

Cuando hablo de mujeres con los compañeros del equipo de bolos, ellos siempre se quejan de que acostarse año tras año con la misma mujer es aburrido. Quieren a sus esposas pero echan de menos la variedad. Entonces, yo siempre sonrío y les explico que tuve la suerte de casarme con Mística, que se enamoró de mí tras abandonar su carrera de adversaria de la Patrulla X.

miércoles, octubre 21, 2009

Regreso

Veámonos salir de un garito lleno de humo (como si fuéramos directores de cine y toda nuestra vida, nuestra miserable vida, solo fuera una secuencia de planos que antes alguien ha dibujado en un story board). Observémonos mientras caminamos de forma vacilante, los ojos enrojecidos por el humo, los miembros débiles por el alcohol (pero sin hacer eses, somos bebedores con dignidad). En la calle, un mendigo hablará en sueños mientras se mueve nervioso bajo las mantas. Su aliento formará una nubecilla de vaho alrededor de su boca y dirá: no, por favor, no, no lo hagas, no te lo lleves. Nosotros (es decir, las pequeñas personas que pueden verse allá abajo) observaremos al mendigo y decidiremos que eso que el mendigo no quiere que se lleven debe de ser su hijo, por ejemplo, y que la soledad que sobrevino a esa separación, contribuyó, junto con sus problemas con el alcohol, a que acabara así, durmiendo entre mantas regaladas, y gimiendo en sueños mientras nosotros (allá abajo, ¿lo ven?, pequeños como hormigas) lo observaremos y pensaremos en cómo será la vida a la intemperie. Al llegar a casa (aquí el plano es algo más complicado: un zoom desde arriba que pasa a través de los tejados y de las dos últimas plantas del edificio y que por último se desplaza lateralmente para enfocarnos abriendo la puerta sin vacilación) nos desvestiremos, nos lavaremos los dientes y nos meteremos en la cama (plano secuencia). En esa cama ya estará durmiendo una mujer (primer plano). La mujer dirá: ¿te has divertido? Y nosotros contestaremos que sí. La mujer dirá: ¿otra vez borracho? Y nosotros diremos: no mujer, solo he tomado un par de copas, a lo que la mujer responderá poniendo cara de fastidio, dándose la vuelta en la cama y diciendo: que sepas que otra vez he tenido que decirle a Daniel que su padre no podía leerle el cuento porque se había quedado trabajando en la oficina. Un día de estos me voy a hartar, te lo digo en serio.

(Fundido a blanco)

miércoles, octubre 14, 2009

Centro

Yo sé quién soy, respondió Don Quijote, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.
Miguel de Cervantes, Don Quijote, I, Cap V.

Hallelujah
Rodrigo Fresán en Vidas de Santos citando a Jeff Buckley que, a su vez, versiona a Leonard Cohen


Te montaste en el metro en La Latina y un día después estabas en una playa italiana, en un pueblo medieval en el que los bajos de las casas del XVI estaban cubiertos de algas verdes. Seguiste moviéndote, acumulando paisajes y canciones en la cabeza en aquella zona del Mediterráneo. Tomaste algunas notas y, como un vector, como alguien consciente de la dirección que debe llevar, te encaminaste hacia delante, hacia abajo, hacia el párrafo siguiente.

Aquí. Ahora sucede. El momento de la separación, justo aquí. Aquí hay que fijar la mira telescópica de este cuento. Este es el centro exacto sobre el que confluyen todas las líneas. El baricentro y el ortocentro de esta página, el lugar sobre el que podría arrugarse este cuento de forma simétrica, el vértice del cucurucho que podríamos construir con él, o si se prefiere, su sumidero, su cráter. Es aquí. Fíjense. Alguien dice: «Adiós, mi amor. Han sido unos días maravillosos, nunca los olvidaré. A ver si puedo ir a verte pronto». Y alguien contesta: «Adiós, mi amor. Es cierto que han sido unos días maravillosos, pero yo no diría que no he de olvidarlos. La memoria funciona de manera rara, ¿no te parece? Me gustaría mucho que esto no se acabara, que pudiéramos darnos una prórroga, aunque fuera de un solo día». Y alguien dice: «Ya no somos niños. Sabes que no puede ser». Y alguien contesta: «Sí, es cierto. Así son las cosas». Entonces el tiempo hace zuuuum y se concentra en un único punto (ortocentro, baricentro, sumidero y cráter) y todo, absolutamente todo, cambia para siempre, cambia la superficie, cambia la distancia y también cambian el antes y el después, para siempre. Todo. Está escrito. En este momento, en este ahora no hay pasado ni hay futuro. En este ahora lo que hay es tristeza convirtiéndose en nostalgia a la velocidad de la luz. En este ahora lo que queda es una huella, un recuerdo, la vibración del aire alrededor del objeto que acaba de partir a toda velocidad. Nada más.

Tomaste algunas notas y, como un vector, como alguien consciente de la dirección que debe llevar, te encaminaste hacia atrás, hacia arriba, hacia el párrafo anterior. Habías seguido moviéndote, acumulando paisajes y canciones en la cabeza en aquella zona del Mediterráneo. Te habías montado en el subte en Corrientes y una semana después estabas en una playa italiana, en un pueblo medieval en el que los bajos de las casas del XVI estaban cubiertos de algas verdes.

jueves, octubre 08, 2009

Sapo II

Érase una vez un rey que gobernaba con mano sabia en un reino lejano. Un buen día, paseando por sus dominios, se perdió en un bosque que nunca había frecuentado (el rey tenía tantas tierras que aunque intentaba conocerlas todas, había grandes extensiones de su reino que nunca había visitado y que solo conocía por los periódicos) y encontró un sapo.
Enternecido, recordando la de veces que había ordenado a su ama de cría que leyera cuentos tradicionales a sus hijos por la noche, lo besó, sin pensar mucho en lo que hacía. Como suele ser habitual, el sapo se convirtió en un príncipe, que, como suele ser habitual también, cayó rendidamente enamorado del rey (las instrucciones para el manejo de sapos mágicos advierten claramente que una vez devueltos a su forma original, los príncipes encantados se comportan como las crías de las ocas, esto es, que se van detrás del primer ser vivo que ven).
Al principio, el rey pensó que tener a un joven bello, rubio y de ojos azules enamorado de él y que lo seguía a todas partes suponía un problema para su reino, es más, un problema político, los de peor resolución, pero, poco a poco, comenzó a contemplarse con los ojos de él y a gustarse más y más. El rey perdió peso, volvió a frecuentar las partidas de caza largo tiempo abandonadas, se hizo nuevas ropas y se compró un caballo andaluz de porte elegante. Extrañados por un comportamiento tan poco regio (tan común, sin embargo, en directores, gerentes y empresarios cerca de la cincuentena), la reina y los infantes comenzaron a sospechar del nuevo amigo del rey, que tanto frecuentaba palacio en los últimos tiempos y en una comida familiar, le exigieron explicaciones. Para su sorpresa, el rey les confesó que se había enamorado, que el bello príncipe le había hecho sentir joven de nuevo, que sentía que su vida se escapaba y que, debían entenderlo, tal vez fuera la última oportunidad de ser realmente feliz que se le ofrecería.
Hubo gritos, sonido de vidrio al estrellarse contra el suelo, conciliábulos de miembros de la familia real, dispuestos a declarar incapaz a un rey presa de sus bajos instintos, manifestaciones a favor y en contra, toma de posición política en los principales medios de comunicación, editoriales supuestamente sutiles que pedían la abdicación del monarca, comparecencias en programas rosas de televisión, en fin, lo habitual. Y tras todo ello, la vida continuó.
El tiempo pasó y el bello príncipe siguió viviendo en palacio. Además, como tenía tan buen corazón acabó por ganarse el favor de la familia real: el príncipe mayor encontró a un buen amigo, siempre presto a compartir unas cervezas y unos comentarios procaces sobre el culo de las doncellas de palacio; la princesa mayor encontró el modelo de hombre que buscaría sin descanso y sin éxito el resto de su vida y también la imagen erótica capaz de excitarla cuando se acariciaba; la reina encontró a un confidente, listo para escuchar su larga lista de quejas y para dar consejos muy bien meditados; hasta la reina madre rejuveneció gracias a los piropos que el bello príncipe le dirigía.
Las cosas no podían ir mejor para la familia real: la gente nadaba en la abundancia, la paz se enseñoreaba por todo el reino, las monarquías rivales envidiaban la inmensa suerte que había tenido el rey al besar aquel repugnante sapo, los periódicos dedicaban sesudos análisis a la buena influencia que el bello príncipe había provocado sobre la política del país. La gente lo amaba. La gente era feliz.

Y sí, hoy ha aparecido el bello príncipe muerto en la cama de la hija. Envenenado. La muerte preferida de los reyes y de los príncipes.

Es lo que suele suceder en este tipo de cuentos.

lunes, octubre 05, 2009

Blanco

Ayer me quedé en blanco, sin saber qué hacer, sin ser capaz de ejecutar los pasos, aprendidos hace tanto tiempo, sin voluntad para hacer lo que era necesario. Menos mal que mi compañero me dio un empujón, me zarandeó y me dijo: vamos hombre, que parece que te ha dado un vahído y yo contesté ehh, sí, sí, llevas razón y conseguí reaccionar y ayudé a inmovilizar al hombre y a tranquilizarlo tras ponerle un calmante. Ya en la ambulancia, con los signos vitales del paciente estabilizados y la herida de arma blanca contenida —la venda blanca volviéndose roja poco a poco, la venda blanca siendo inundada progresivamente por la sangre—, comencé a reflexionar sobre lo que me había sucedido, sobre el hecho de haberme quedado en blanco en un momento en el que era necesario ser resolutivo, ser capaz, hacerse cargo de la situación. No encontré explicación alguna y, de hecho, continúo preocupado por ello: temo que se repita el episodio, temo volver a quedarme como un muñeco sin voluntad en un momento en el que, precisamente, esa voluntad sea necesaria.

Hoy, por desgracia, me he visto en una situación muy parecida. De nuevo un hombre yacía en el suelo malherido, con una herida en el abdomen —la sangre espesa acumulándose en el pequeño charco bajo su cuerpo, la mancha ampliándose de forma imperceptible—, de nuevo el hombre era gordo, calvo y sin barba y de nuevo mi compañero me ha mirado con cara de preocupación tras zarandearme para hacerme volver en mí. En la ambulancia, con el hombre evolucionando favorablemente otra vez, he pensado que mis temores de ayer se habían cumplido, que me he vuelto a ver despojado de la voluntad en un momento crítico. Además, sea lo que sea lo que me sucede, parece estar complicándose: al intentar recordar a qué hora había llegado a trabajar, dónde había aparcado el coche, qué había desayunado o si había dormido en mi casa, no he sabido responderme, a pesar de llevar la ropa limpia y la cara sin rastro de barba.

Le he contado lo que me está sucediendo a Andrés, mi compañero, y él me ha tomado el pulso, me ha hecho algunas preguntas y me ha recomendado que vaya a ver a un médico amigo suyo. Le he contestado que eso haré, que no creo que sea para tanto y, sin embargo, tengo la sensación de olvidar algo fundamental. Por más que lo intento no consigo recordarlo, pero siento en los huesos que es de tremenda importancia.

Todo el día llevo intentándolo sin conseguirlo. Y no dejo de pensar en la imagen de los dos hombres gordos, calvos y sin barba, tan parecidos, perdiendo sangre sobre el asfalto, con una puñalada en un sitio que, si bien puede complicarse, parece hecha por alguien que no pretendía matarlos, que pretendía concederles el suficiente tiempo para que los sanitarios llegaran a tiempo y pudieran hacer su trabajo, tan encomiable y alabado por todos.

jueves, octubre 01, 2009

Reivindicación

Telón
Cae sobre tres mujeres, dos rubias y una morena, las tres atractivas, las tres encantadoras, las tres con los ojos llorosos y con el agobio, la vergüenza, la ira, la rabia y el miedo formando pequeños cristales en sus estómagos.

Escena 1
Una mujer queda con un hombre que no conoce, sale con él una vez y, aunque se divierte, nota en él algo que no le gusta, un brillo extraño en los ojos, algún detalle más que suficiente para olvidarlo todo, para dejarlo correr, para no intentarlo una segunda vez. El hombre responde llamándola veinte veces al día y enviándole un mensaje en el que la insulta diciéndole puta, diciéndole que se va a morir sola por puta.

Escena 2
Una mujer recibe sorprendida un correo electrónico en el que uno de los colegas con los que lleva tomando café más de siete años, le dice que la espera, le dice que piensa en ella, que siempre la tiene presente. Envía una respuesta en la que pretende deshacer un malentendido que no es tal. Un año después, el hombre continúa enviando correos, continúa diciéndole que se acuerda de ella cuando ve caer la lluvia, continúa con los mensajes al móvil a las nueve de la mañana del domingo, mientras su hija pequeña juega con él en la cama y su mujer reciente hace el café.

Escena 3
Una mujer sale de un cuarto de baño con el miedo en la cara y tal estado de nerviosismo que abandona a toda prisa la fiesta de inauguración en la que lo está pasándolo tan bien. Uno de sus amigos, no muy cercano pero sí conocido y, sobre todo, íntimo de una gran amiga, se ha colado en el cuarto de baño, le ha cerrado la puerta, le ha metido la lengua en la boca y la ha sobado. Al día siguiente, el hombre intenta no recordar nada cuando besa a su mujer, tan vital y encantadora, y revuelve el pelo de su hijo.

Coda
Tal vez solo se trate de que el paso del tiempo nos ofrezca más oportunidades de comprobar que todo el mundo comete una maldad alguna vez en la vida o, mucho peor, de comprobar la verdadera naturaleza de la gente. Tal vez.
Pero quiero dejar algo claro. No todos somos así. Conozco a muchísimos hombres que no son así, que no querrían ser así ni por todo el poder, el sexo o el dinero del mundo.
No significa no. Y no hay que darle más vueltas.