jueves, noviembre 05, 2009

Ayala

Voy a hablar de Ayala. La pretensión de originalidad es una pulsión adolescente que hace tiempo dejé atrás y por eso no me importa hablar de un tema tan tratado estos días. Qué quieren que les diga. Será la falta de imaginación la que me lleva a hablar de Ayala. Pero, eso sí, no pienso hablar de su literatura. Su literatura me da igual. No me importa porque no la he leído y aunque sería fácil hablar de ella aquí —tal y como nos enseñaron a hacer a todos los que estudiamos una filología, quiero decir hablar de libros que no hemos leído— no estoy dispuesto a la impostura. Ya ven, reparos morales a estas alturas. El caso es que si no he leído sus libros, para mí sus libros no existen. El mundo cabe por completo en mi cabeza, el mundo es mi cabeza, el mundo no existe si no hace su trabajo el homúnculo que tras mis ojos encadena los recuerdos y los pasajes en el hilo argumental de mi propia vida. Esas cosas. Y por eso me da igual su literatura.

En realidad, lo que yo quiero contar es que el Ayala que ha muerto es un impostor. Una fuente fidedigna me ha dicho que el que volvió con 70 años a instalarse en España ya no era Francisco Ayala. Murió, olvidado por todos, en una ciudad del medio oeste americano y su familia eligió a un primo suyo del pueblo, con un sorprendente parecido físico para sustituirle. Su familia era consciente de que el destino de Paco no era muy diferente al de la última oleada de intelectuales expulsada de España —no crean que la última fue la única, este país es excepcionalmente bueno en arrojar fuera de sí a todos aquellos heterodoxos que piensen de forma algo original, las oleadas comenzaron ya en el siglo XVIII— pero pensó que, como en una especie de desagravio para todos aquellos que sí murieron olvidados en ciudades americanas, lo lógico sería continuar la vida de Francisco Ayala para que superara en muchos años al dictador de las heces en melena, aunque fuera utilizando un truco, un doble, tal vez un impostor. Lo hermoso —o lo más triste de todo— de esta sustitución es que cuando Francisco Ayala volvió y comenzó a recoger el reconocimiento y los premios que la puta España le había escamoteado durante cuarenta años — miembro de la Academia a los 77, el Nacional de las Letras a los 82, el Cervantes a los 85 y el Príncipe de Asturias a los 92—, el impostor olvidó que lo era. De ahí el agradecimiento en el que vivía, su serenidad y falta de rencor.

Mi fuente fidedigna tiene que llevar razón. En caso contrario, no me explico como no prefirió seguir viviendo en la inmensa campiña de trigo americana y tener descendencia en un país que lo trató mucho mejor que el suyo propio.

5 comentarios:

Portorosa dijo...

Sería un sentimental, quién sabe.

Xavie dijo...

Sí, tal vez lo fuera. Quién sabe...
Pero yo siempre he pensado que si tuviera que irme de mi país porque me quieren matar y después me declararan apátrida, no volvería nunca más. Ni a por jamón.
Mi patria en mis zapatos, que cantaban aquellos...

Abrazote,
X.

Xavie dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ETDN dijo...

Uf, vaya cambio en el blog...si es que una no puede descuidarse ni andar de juerga por hospitales ni nada porque al volver se encuentra estas cosas, jajaja. ¿O ha sido un efecto de Halloween?

Tardaré en acostumbrarme al nuevo aspecto, se me hace extraño, como si no fuera tu blog... Hasta el contenido parece distinto.

Esta entrada, sin ir más lejos, me sorprende. Y me gusta.

bss

Xavie dijo...

Es lo que tiene andar de juerga por hospitales... ;-)
Sé que el cambio es importante pero mucha gente me había dicho que costaba leerlo. Es cierto que no parece mío pero también es cierto que los textos siguen siendo los mismos, aunque no lo parezcan. :-)

Un beso,
J.