jueves, diciembre 10, 2009

Artefacto

El ingenio es la bisutería del talento.
Oscar Wilde.


Este cuento es un artefacto. Una manera de resolver un problema, tal vez elegante. En él hay una caja. La caja se encuentra encima de una mesa de cedro, mientras el sol entra de forma oblicua por la ventana e ilumina el parquet. Es una caja hermosa, taraceada y con las aristas desgastadas por el tiempo y presenta un agujero con una lente en su superficie, como una especie de mirilla. Alguien la ha enviado en un paquete por correo sin que lo hayamos solicitado, alguien nos ha situado en este momento, ante esta caja que parece llamarnos, que nos atrae sin remedio.
Cuando acercamos el ojo a la mirilla, vemos una escena en la que un hombre de pequeño bigote y uniforme militar está hablando ante lo que parece un estado mayor. Lo que dice, en un idioma diferente del nuestro pero que, no obstante, podemos entender perfectamente es: «Y así, he enviado a mis unidades de élite hacia el este, con la orden de matar sin piedad a todos los hombres, mujeres y niños de raza o lenguaje polacos. Solo de esta manera conseguiremos el espacio vital que necesitamos. ¿Quién menciona hoy en día el exterminio de los armenios?» Tras el escalofrío, no podemos evitar apartar la mirada. Pero la caja tiene sus propias reglas y cuando, espoleados por la curiosidad, pretendemos seguir asistiendo como testigos a la reunión de militares, la imagen que aparece es otra.
Un hombre con aspecto de estar quedándose calvo está escribiendo a mano en una pequeña habitación. En la habitación se oye el rumor de las mujeres en la calle, de los coches que pasan bajo la ventana, los chillidos de las golondrinas. Los muebles son sencillos, una mesa de madera, una silla también de madera, un infiernillo para hacer algo de comida, cubierto por una cortina que debió de ser blanca en algún momento. En las palabras del hombre —este es otra de las facultades de la caja, que también nos deja ver lo que hay dentro de las palabras que el hombre está escribiendo— puede leerse: «Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver...»
La imagen se hace ahora difusa, como si estuviera produciéndose alguna clase de tormenta y acaba por desaparecer. Cuando volvemos a apoyar el ojo sobre la mirilla, deseosos de seguir descubriendo lo que puede ofrecernos, nos encontramos a nosotros mismos mirando la caja. Y nos vemos una y otra vez, mirando la caja en nuestro salón, con su mesa de madera de cedro y su parquet iluminado, una y otra vez en el bucle infinito del presente, el tiempo despojado de su condición porque todo está sucediendo ahora, justo en el momento en el que nos vemos mirar la caja, una y otra vez, cada vez más profundos, cada vez más abismados en nosotros mismos, casi seguros de estar percibiendo cómo se detiene el reloj universal que nos lleva a todos con los ojos vendados hacia la muerte.
Entonces apartamos la vista y cerramos la caja horrorizados. Y este cuento, este artefacto, emite un pequeño zumbido y se detiene.

4 comentarios:

la abuela bloguera dijo...

Me ha gustado, eh? Xavie. Me va a gustar ir entrando aquí

Xavie dijo...

Pues bienvenida, abuela. Considere esta su casa.

Un saludo,
X.

Portorosa dijo...

Me ha gustado mucho, este también.

Para que no te duermas en los laureles, te voy a criticar otra frase: "que parece llamarnos, que nos atrae sin que podamos hacer nada para evitarlo". Porque me parece muy típica.

Pero es con cariño, ¿eh?

Xavie dijo...

Porto,
Ya está eliminada la frase, es cierto que es demasiado típica.

Y gracias,
X.