jueves, octubre 08, 2009

Sapo II

Érase una vez un rey que gobernaba con mano sabia en un reino lejano. Un buen día, paseando por sus dominios, se perdió en un bosque que nunca había frecuentado (el rey tenía tantas tierras que aunque intentaba conocerlas todas, había grandes extensiones de su reino que nunca había visitado y que solo conocía por los periódicos) y encontró un sapo.
Enternecido, recordando la de veces que había ordenado a su ama de cría que leyera cuentos tradicionales a sus hijos por la noche, lo besó, sin pensar mucho en lo que hacía. Como suele ser habitual, el sapo se convirtió en un príncipe, que, como suele ser habitual también, cayó rendidamente enamorado del rey (las instrucciones para el manejo de sapos mágicos advierten claramente que una vez devueltos a su forma original, los príncipes encantados se comportan como las crías de las ocas, esto es, que se van detrás del primer ser vivo que ven).
Al principio, el rey pensó que tener a un joven bello, rubio y de ojos azules enamorado de él y que lo seguía a todas partes suponía un problema para su reino, es más, un problema político, los de peor resolución, pero, poco a poco, comenzó a contemplarse con los ojos de él y a gustarse más y más. El rey perdió peso, volvió a frecuentar las partidas de caza largo tiempo abandonadas, se hizo nuevas ropas y se compró un caballo andaluz de porte elegante. Extrañados por un comportamiento tan poco regio (tan común, sin embargo, en directores, gerentes y empresarios cerca de la cincuentena), la reina y los infantes comenzaron a sospechar del nuevo amigo del rey, que tanto frecuentaba palacio en los últimos tiempos y en una comida familiar, le exigieron explicaciones. Para su sorpresa, el rey les confesó que se había enamorado, que el bello príncipe le había hecho sentir joven de nuevo, que sentía que su vida se escapaba y que, debían entenderlo, tal vez fuera la última oportunidad de ser realmente feliz que se le ofrecería.
Hubo gritos, sonido de vidrio al estrellarse contra el suelo, conciliábulos de miembros de la familia real, dispuestos a declarar incapaz a un rey presa de sus bajos instintos, manifestaciones a favor y en contra, toma de posición política en los principales medios de comunicación, editoriales supuestamente sutiles que pedían la abdicación del monarca, comparecencias en programas rosas de televisión, en fin, lo habitual. Y tras todo ello, la vida continuó.
El tiempo pasó y el bello príncipe siguió viviendo en palacio. Además, como tenía tan buen corazón acabó por ganarse el favor de la familia real: el príncipe mayor encontró a un buen amigo, siempre presto a compartir unas cervezas y unos comentarios procaces sobre el culo de las doncellas de palacio; la princesa mayor encontró el modelo de hombre que buscaría sin descanso y sin éxito el resto de su vida y también la imagen erótica capaz de excitarla cuando se acariciaba; la reina encontró a un confidente, listo para escuchar su larga lista de quejas y para dar consejos muy bien meditados; hasta la reina madre rejuveneció gracias a los piropos que el bello príncipe le dirigía.
Las cosas no podían ir mejor para la familia real: la gente nadaba en la abundancia, la paz se enseñoreaba por todo el reino, las monarquías rivales envidiaban la inmensa suerte que había tenido el rey al besar aquel repugnante sapo, los periódicos dedicaban sesudos análisis a la buena influencia que el bello príncipe había provocado sobre la política del país. La gente lo amaba. La gente era feliz.

Y sí, hoy ha aparecido el bello príncipe muerto en la cama de la hija. Envenenado. La muerte preferida de los reyes y de los príncipes.

Es lo que suele suceder en este tipo de cuentos.

7 comentarios:

S.G. dijo...

¿Quién ha sido? ¿Quién ha sido?
Yo acuso a la señorita amapola, con arsénico en el dormitorio.
bso

Xavie dijo...

Bueno, la señorita amapola es sospechosa, sí. Pero a alguien como el bello príncipe nunca le faltan enemigos.
De hecho, ni a mí me cae demasiado bien :-)

Beso,
X.

Portorosa dijo...

Al fin he leído, todos seguidos, tus textos sobre Marrakech. Me han gustado mucho, sobre todo los últimos; me ha dado la impresión de que iban siendo cada vez mejores. Ha sido un placer.

Un abrazo.

(Éste lo leeré ahora, aún no lo he hecho)

Portorosa dijo...

Pues está muy bien el cuento, sí señor.

Es lo que suele pasar.

Xavie dijo...

Gracias Porto,
Creo que lo que pasó con Marrakech es que la pluma se fue soltando poco a poco y que al final salían las cosas más fluidas. De todas maneras, también me han dicho que no estoy yo en los textos, que están bien como fotografías pero que yo no aparezco.

Y gracias por el comentario del cuento.

Un abrazo,
X.

Portorosa dijo...

Bueno, hombre, aunque algún escritor se desprenda alguna vez de su consustancial egocentrismo tampoco pasa nada, ¿no?

Pues yo no los veo nada impersonales, si a eso te refieres. Eres tú el que hace la foto, y eso ya se nota.

Xavie dijo...

Hola Porto,
Me alegro de que me digas eso de mis estampas de viaje. Ya te digo que me habían dicho que sí que habían quedado impersonales.

Un abrazo,
X.