lunes, enero 11, 2010

Semblanza

En la oficina hay un tipo que, de alguna manera, constituye el último modelo de aspirante a directivo de una gran empresa. Estoy convencido, porque lo he visto en los últimos años, que la distancia mental, o moral si quieren, entre los trabajadores de una empresa y los aspirantes a directivos ha aumentado de forma paralela a la distancia existente entre sus ingresos. La sociedad se ha polarizado. Hace veinte años el presidente de una gran compañía ganaba veinte veces más que un trabajador medio, ahora gana dos mil veces más. Hace veinte años, la educación era una herramienta para ascender socialmente, ahora los mileuristas tienen dos carreras y hablan tres idiomas.
El problema es que para llegar a ese nivel desde el que todo se mira con mayor tranquilidad (también lo he visto, un director puede caer en desgracia pero jamás, jamás, pierde sus ingresos) es necesario tener cierta actitud, una actitud que consiste, básicamente, en halagar a los que están por encima en la jerarquía y maltratar a los que están debajo, eso sí, todo recubierto de una capa de cordialidad muy norteamericana, como esos trabajadores de Starbuck que preguntan tu nombre y sonríen de forma profesional y vacía y que, en un instante, pueden pasar a mirarte con odio si te detienes más de cinco segundos en la cola porque no sabes dónde queda el azúcar.
La falsa cercanía es fundamental. Saber hablar el lenguaje de los subordinados, saber decir tacos cuando es necesario, saber enfadarse con los trabajadores de otras empresas cuando la cosa no sale como se espera, poder compartir secretos de alcoba con ellos en el vestuario del gimnasio, los apretones de manos, los abrazos en las cenas de empresa, los insultos floridos y trabajados con el estilo impostado de las malas traducciones de películas de los setenta. Decir cosas como: ese tío es una rata repugnante, el colega ese es un miserable. Cosas así. Directamente desde los estudios de doblaje portorriqueños.
Este tipo en particular, que, ya digo, encarna de alguna manera un prototipo más común de lo que me gustaría, es grueso pero fuerte, como si no pudiera evitar comer a dos carrillos y más tarde pasara una hora levantando pesas en el gimnasio, convirtiendo la grasa en músculo pero pesando veinte kilos más de la cuenta, como si fuera un negro norteamericano de esos de una película de Spike Lee al que hubieran metido en la cárcel y no hiciera otra cosa más que, efectivamente, comer y levantar pesas. Ya saben. Un gordo al que las carnes no se le mueven como si estuvieran hechas de gelatina pero gordo al fin y al cabo.
El tipo este lleva camisas hechas a medida con sus iniciales grabadas en el pecho y con los cuellos blancos, trajes de buen corte que disimulan su barriga, zapatos de marca que cuestan más que toda la ropa que lleva la mayoría de la gente y, sin embargo, no resulta difícil imaginarlo en pantalón corto, con una gorra de béisbol al revés, jugando a baloncesto con sus «colegas» en el playground de la urbanización. Y tampoco resulta difícil oírlo decir a alguno de sus amigos: claro, colega, nos vemos en el playground de la urba en five minutes. Ya saben, alguien con un inglés muy bueno con acento americano que mezcla alegremente ambos idiomas cuando habla entre amigos, como diciendo a todo el mundo: no es esnobismo, es que no puedo evitar hacerlo porque, después de trabajar tanto tiempo fuera, me ha quedado la manía de decir algunas frases en inglés. Entendedlo, las aprendí así y no sé cómo se dicen en español.
Un tipo así está casado, vive en una urbanización, tiene una mujer convencionalmente guapa y un coche alemán de alta gama, esquía y juega al golf, pasa sus vacaciones (cortas porque se considera imprescindible en la empresa) en lugares exóticos y carísimos y es capaz de hablar de cine, o de música, o de ciudades europeas, con cierta solvencia. Supongo que se hacen una idea.

Yo odio a este tipo. Así que lo voy a matar. Tal vez él no sea consciente de merecerlo. Tal vez él se contemple a sí mismo como un triunfador que ha sabido aprovechar las oportunidades que le ha ofrecido la vida. Y no lo niego. Tal vez solo sea eso, alguien que ha trabajado muy duro por conseguir estar donde está, que ha pasado noches en vela preocupado por el siguiente proyecto, que ha conseguido que su empresa haga buenos negocios. Un padre amante y esposo más o menos ejemplar que acude al trabajo con la conciencia tranquila. Pero, tal y como decía un grupo español en una canción, solo los imbéciles tienen la conciencia tranquila. Y los imbéciles sin cortapisas morales son todavía peores. Va a palmar. Es lo que hay.

Veamos.

Creo que hacer que muera de un infarto en la Casa de Campo mientras un travesti le hace una felación sería interesante por lo que esa muerte arrojaría de oprobio sobre él y su familia pero, ¿qué importancia podrían tener hoy en día las inclinaciones sexuales de nadie? Nah. No me convence. Matarlo en un atraco podría funcionar, sobre todo si se empeñara en utilizar ante el atracador las nociones de artes marciales que adquirió cuando era joven y que esas nociones no sirvieran de nada ante una buena navaja. Una muerte ridícula siempre es más graciosa. Pero tampoco me gusta la idea. Sería dotarlo de un aura casi heroica que no me interesa.

Vale. Lo tengo.

El viernes de la gran nevada en Madrid, Javier, que así se llama el tipo, sale del trabajo especialmente tarde, sobre las nueve de la noche. En el complejo de edificios no queda nadie excepto el personal de seguridad. La mayoría de sus compañeros tienen esa tarde libre y suelen marcharse a mediodía. Sin embargo, un importante contrato con una compañía de los Emiratos Árabes lo ha tenido trabajando hasta tarde.
El suelo del garaje, donde guarda su BMW último modelo, se ha helado y al pisar sin cuidado con sus zapatos caros de suela de cuero, tiene tan mala suerte que resbala y se golpea la cabeza, quedando inconsciente. La mala suerte no acaba aquí. Su cuerpo cae detrás del coche de manera que ninguna de las cámaras de seguridad puede verlo. Su coche no llama la atención porque muchos trabajadores han dejado el suyo allí al prever los problemas que tendrían regresando por carretera. Los guardias no lo ven y él no consigue despertarse.

Descansa en paz, idiota.

Yo, después de haber escrito esto, ya lo hago.

12 comentarios:

la abuela bloguera dijo...

A mi para este tipo de casos siento debilidad por el suicidio inexplicabe, me quedo muy a gusto.

Miguel Ángel dijo...

Yo prefiero el asesinato estilo sicario: Tiro en la cabeza, sesos estampados en la columna del parking junto al extintor de incendios y vehículo calcinado con el cadáver dentro en un descampado de Las Barranquillas. Al día siguiente Matías Prats en Noticias 2 diría algo así: "Aparecido en la tarde de ayer un vehículo de alta gama completamente calcinado en el poblado chabolista de Las Barranquillas, en Madrid. Al llegar la policía, se descubrió en su interior el cadáver completamente carbonizado de una persona. Se baraja el ajuste de cuentas por asunto de drogas como posible móvil del crimen."

Portorosa dijo...

Estoy muy preocupado por nosotros dos. Por ti, por haber escrito esto; por mí, por haber soltado una carcajada cuando después de haber leído tu perfecta descripción he visto lo de que lo ibas a matar.

Está muy bien.
Un abrazo.

NáN dijo...

No aporto variación alguna, no pido que se ponga o se quite una coma. Está perfecto.

Sé de quién me hablas, lo conozco. Es Uno, pero son Miles (la teología tiene estas cosas, difíciles de tragar al principio).

Y si todos tuvieran esa muerte ridícula y perfecta, tan ajustada a ellos mismos, a todos los demás nos iría muchísimo mejor.

Te aplaudo, aunque todo queda en le Red y sé que un día puedo ser juzgado por apología de un crimen real que en realidad no has cometido. Pero las pruebas estarán ahí, en un servidor de California. Solo espero que aceptemos la pena sin pedir clemencia.

Xavie dijo...

Hola abuela,
¿Cómo va a ser un suicidio inexplicable si dan ganas de asesinar al tipo? Sería perfectamente explicable que se quitara de enmedio. :-)

Miguel Angel,
Bienvenido, vuelve cuando quieras. Yo en este caso, prefiero la muerte tonta y accidental.

Portorosa,
¿No me digas que no se merece la muerte que le cae en suerte? Menudo idiota...

Nan,
Yo declararé en tu favor en el futuro juicio. Justo antes de que me metan a mí en la cárcel. Entre esto y el comentario del post anterior sobre Guantánamo, debe de andar cerca. :-)

Besos y abrazos,
X.

Aroa dijo...

qué poco micro te estás volviendo...

tal vez esto sea una apetencia hacia la: "Obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres".

María a rayas dijo...

una compañera mía de curro hablaba siempre de una pedorra directiva insoportable de televisión que murió haciendose un lifting o poniéndose pecho o algo así...
me pareció de lo más propio...

tb hubo un presidente nefasto que a punto estuvo de morir asfixiado por una galleta...pero no hubo tanta suerte

habría que hacer un recopilatorio de muertes estúpidas. Sería gracioso...

un abrazo!

Fleischman dijo...

Me ha parecido un texto redondo, catártico-laboral, con la mala leche que sólo se puede extraer pellizcando las ubres de las vacas sagradas. He disfrutado como un mico, no puedo decir más, sino recetarme su lectura de vez en cuando. Gracias.

Xavie dijo...

Gracias Fleshman, todo un halago.

Un abrazo,
X.

JC dijo...

El asesinato literario, siendo el único sucedáneo legal, es bastante terapéutico. Pero me imagino que no tiene nada que ver con el real. Yo prefiero el envenenamiento paulatino, la tranquila llegada de un pequeño cáncer que suavemente se extiende y termina por colapsar el cuerpo de la víctima. Basta la adición de microgotas de un potente cancerígeno, bromuro de etidio podría valer, durante varias semanas al vaso de plástico que reutiliza para beber agua.
- ¡Espero que te recuperes pronto y vuelvas a la oficina!. Sabes que no es la misma sin ti.
Cuidado, no hay que cometer el error de despedirse con una ¡hasta siempre!


Compañero.

david dijo...

A mi me tranquiliza mucho, cuando topo con un imbécil (no necesariamente corporativo, encorbatado y veintemileurista: me desprendo del clasismo), saber que tengo muy claro dónde podría desacerme de su cadáver.

Además en ese sitio hay un aire limpísimo y unas vistas estupendas, para aprovechar el día, levantar la mirada y gritarle "¡bonito!" al mundo.

Xavie dijo...

Hola Aroa,
Va a ser que sí, que lo de micro se ha quedado muy atrás y ahora lo que tengo es ¿verborrea? ¿logorrea? :-)

María,
Sí, hubiera sido mucho mejor que el presidente que mencionas hubiera palmado con la galletita. Anda que no se hubiera ahorrado nada el mundo... En fin, hubo mala suerte. Lo de las muertes ridículas siempre me recuerda a una canción de Def con dos que se llamaba así: Pánico a una muerte ridícula (suicidarse sin mirar la primitiva, ahogarse en la piscina de un barco y así). :-)

JC,
El asesinato literario relaja mucho, sí. :-) Mmmmmm, bromuro de editio... Ten cuidado, compañero, que esto lo lee la Agencia Nacional de Seguridad americana. Si un día se presentan cuatro tíos vestidos de negro en tu casa, no me digas que no te avisé.

David,
Otro que bien baila... Parece que el asesinato es un deseo oculto que tenemos todos, si lo piensas, es algo bastante freudiano. :-)

Abrazotes,
X.