Cuando el maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena, hizo en la misma canción un homenaje a Antonio Mairena y Pepe Marchena, rivalidad vieja y vigente en la época en la que mi abuelo era joven, aquellos que, como yo, no creen en la trascendencia, ni en Dios ni en Buda ni en nada más que el disfrutar aquí y ahora, casi pudimos ver los espíritus de ambos cantaores entrando en el cuerpo del maestro. Juro que los vi y juro que recordé una novela de Vila-Matas en la que un escritor se dejaba poseer por el espíritu de otro escritor, que a su vez se había dejado poseer por el espíritu de otro y de otro y de otro, en una cadena interminable que, si lo piensas, supongo acaba en un homínido dibujando algo en el suelo, juro que los vi discutiendo como en la época (yo soy más de Mairena, las cosas como son) y reconciliándose al fin dentro del mismo cuerpo, el del maestro Miguel Poveda. Piensen en ello, un mismo hombre, un mismo cantaor, frisando todavía la treintena, acabando de una vez por todas con ese enfrentamiento, por un lado la voz directa y poderosa y por otro los arabescos en falsete. Juro que los vi y lo juro por Dios, por estas, lo juro tan en serio como si fuera el mejor católico del mundo. Por mis muertos.
Cuando después hizo dos homenajes a Morente, que el Dios en el que no creo lo tenga en su gloria cantándole con su voz cazallera al oído (en el caso de que Dios necesite que le canten al oído, que lo dudo, que Dios lo sabe todo y entonces ya sabe lo que sentiría si Morente le cantara al oído, él se lo pierde), cuando hizo aquello, juro otra vez que vi al maestro hinchando el pecho y cantando de menos a más, cambiando la nota inesperadamente, cambiando con su voz el flamenco para siempre que, como dijo el maestro Poveda, frisando todavía la treintena, es imposible hablar de él en pasado, él que siempre fue el futuro del flamenco, él que fue el más moderno entre los modernos y se atrevió a grabar Omega, que seguro que no hay un disco como ese desde La leyenda del tiempo de Camarón, que eso son palabras mayores y ganas me dan de santiguarme sino fuera porque no creo en Dios, que creo que ya lo he dicho antes, Omega, grabado con un grupo de hardcore que gustaba de la distorsión y que ha pasado a la historia, Lagartija Nick, se llamaba, que ha pasado a la historia, decía, por haber grabado precisamente ese disco, que nadie se acuerda de lo que hicieron en solitario, dicho sea esto con todos mis respetos, que conste, que grabaron Omega y ya fue suficiente. Vi al maestro. Lo juro por Dios que lo vi.
Y cuando el maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena, hizo una saeta, me quedé boquiabierto admirando su voz, su temple y su jondura, boquiabierto, que cerré la boca en el gesto de tragarme el nudo que se me había puesto en la garganta y me costó la misma vida poder tragarme aquella bola que estaba hecha del mismo material que acabó con los huesos de Stendhal en el suelo cuando miró hacia arriba en la Iglesia de la Santa Croce en Florencia, la misma esencia que se te instala en la base de la columna vertebral cuando miras el David de Miguel Ángel o El Cardenal de Rafael, una sustancia tan particularmente humana que han tenido que pasar treinta mil años desde el momento en el que el homínido que pintaba antes en el suelo tuvo la idea de dibujar un toro en su cueva para que los dioses le sonrieran en la caza, algo tan inexplicable, (inefable es una palabra más exacta para ello, lo que no se puede expresar con palabras), que llevamos siglos dándole vueltas, intentando explicarla, que si el arte es esto o es aquello, que si el arte debe provocar emoción o no, que si tal y que si cual. Que os calléis coño, que no oigo cambiar de palo al maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena.
El flamenco es una cosa muy seria, eso lo sabe todo el mundo, aunque en el concierto de Poveda, le pidieran a gritos desde el público que se adelantara, que no lo veían, que habían venido a verlo y a escucharlo y el contestara que era muy feo, que era mejor que la gente se dejara llevar por la música para acabar adelantando la silla y consiguiendo un aplauso de los mismos que gritaban y a los que el público mandaba callar. El flamenco es una cosa muy seria y, durante muchos años y aún ahora, la imagen que los extranjeros tienen de España pero cuando Poveda se levanta y baila, lo hace fatal porque siendo payo y catalán, qué quieres, pues que baile fatal por mucho que digan que el ritmo se lleva dentro y que el que es capaz de cantar así debería ser capaz de moverse un poco mejor. El flamenco es una cosa muy seria aunque en las palabras que dedicó el maestro a Morente, muerto y enterrado hace tan poco, saliera a relucir que con el de Graná siempre te amanecía, que Enrique era así, todo alegría y comerse la vida con hambre y venga vinos y venga cigarrillos y lo que viniera después. El flamenco es una cosa muy seria y, como decía José Mercé en una entrevista, qué horas son estas para un flamenco, que me hacéis ir a grabar a las nueve de la mañana, coño.
jueves, febrero 10, 2011
martes, febrero 08, 2011
Trenes
Todos estamos sobrepasados de información y lo sabemos aunque no hagamos nada por solucionarlo. Todos empleamos demasiado tiempo pulsando repetidamente el enlace a nuestra bandeja de entrada, refrescando la página de FB, tuiteando como imbéciles naderías de 140 caracteres. Mientras tanto, nuestro cerebro cambia y a pesar de tener la impresión de hacer muchas cosas a la vez, lo cierto es que perdemos el tiempo de forma clamorosa (pulsa y pulsa y pulsa el enlace que lleva a tu bandeja de entrada y vuelve a pulsarlo a ver si alguien te ha escrito en el intervalo de cinco minutos entre una pulsación y otra). Refresca tu página de FB. Proclama al mundo tu estado de ánimo. Únete a causas justas con un solo clic. Mientras tanto cada vez somos más incapaces de prestar atención continuada a algo que requiera concentración. Mientras tanto ponemos a la misma altura intelectual al grupo y al fan que lo sigue, a la alta literatura y al cómic, a la página de tendencias y al filósofo de la ciencia. Mientras tanto, los diez minutos de fama de los años sesenta se han convertido en segundos de popularidad gigantesca en una red inaprensible que, sin embargo, nos tiene a todos agarrados por el cuello. Estamos cambiando nuestra manera de pensar, nos estamos convirtiendo en seres capaces de atender superficialmente muchas cosas (la mayoría de ellas inútiles), seres superfluos, incapaces de penetrar la costra que las grandes compañías segregan poco a poco sobre la realidad, haciéndola más poderosa, más elástica, más flexible. La cosa en sí, que decía el filósofo. La cosa es sí está ahogada por esa costra que no es más que una tela de araña que lo envuelve todo de nailon indestructible. Estamos cambiando y ni siquiera nos damos cuenta. No tiene que ser necesariamente malo, es cierto. Los humanos tenemos una capacidad de adaptación sorprendente y también nos mareábamos cuando probamos por primera vez viajar en tren a 80 kilómetros por hora y nuestros ojos eran incapaces de enfocar el paisaje (cambiando a cuatro o cinco velocidades según fijemos nuestra vista más cerca o más lejos del borde del camino). Lo hicimos y ahora podemos circular a doscientos kilómetros por hora sin detenernos a pensarlo demasiado. Tampoco estábamos preparados para subir los 14 ocho miles, que diría Vegas, y ahí están todos esos héroes amputados que lo han conseguido sin oxígeno. Los humanos (el virus que acabará con el planeta, agente Smith dixit) somos sorprendentes. Y, últimamente, ligeros como la espuma de zanahoria.
En las últimas semanas imagino gráficos vectoriales en verde fluorescente que representan mis ideas, pienso en el universo de los conceptos como una esfera compacta y veo la inteligencia humana extendiéndose por su superficie en ondas, olas de inferencias que recubren poco a poco ese planeta ajeno y oscuro pero que no consiguen penetrar en su interior, pues apenas aspiramos a explotar una minería de conclusiones en la superficie, a cielo abierto. Cosas así, imágenes en movimiento que apenas arañan la capa más externa de lo que quiero decir.
Imaginen por un momento un instante de la red, imaginen los centenares de millones de comentarios a los blogs más famosos, las decenas de millones de conversaciones de vídeo, los miles de millones de imágenes. Imagínenlo todo de forma simultánea, como un flash, como un pico de información capaz de desbordar los más potentes ordenadores, una vibración en el aire, un nota disonante en la melodía del mundo.
Ahora, respiren profundamente, dejen su mente en blanco y lean:
Luna, reloj de arena:
la noche se vacía,
la hora se ilumina.
Octavio Paz
HAIKÚS
Árbol adentro, 1987
En las últimas semanas imagino gráficos vectoriales en verde fluorescente que representan mis ideas, pienso en el universo de los conceptos como una esfera compacta y veo la inteligencia humana extendiéndose por su superficie en ondas, olas de inferencias que recubren poco a poco ese planeta ajeno y oscuro pero que no consiguen penetrar en su interior, pues apenas aspiramos a explotar una minería de conclusiones en la superficie, a cielo abierto. Cosas así, imágenes en movimiento que apenas arañan la capa más externa de lo que quiero decir.
Imaginen por un momento un instante de la red, imaginen los centenares de millones de comentarios a los blogs más famosos, las decenas de millones de conversaciones de vídeo, los miles de millones de imágenes. Imagínenlo todo de forma simultánea, como un flash, como un pico de información capaz de desbordar los más potentes ordenadores, una vibración en el aire, un nota disonante en la melodía del mundo.
Ahora, respiren profundamente, dejen su mente en blanco y lean:
Luna, reloj de arena:
la noche se vacía,
la hora se ilumina.
Octavio Paz
HAIKÚS
Árbol adentro, 1987
lunes, enero 31, 2011
Chino
El chino ha entrado en la tienda me ha dicho (en un español bastante bueno aunque susurrado) que era el encargado de la tienda de más allá de la plaza y que necesitaba diez euros para gasolina y que más tarde me los devolvía. Yo le he preguntado que por qué no se los pedía a los del supermercado chino de enfrente y él me ha dicho que no se llevaban bien, que eran competencia. He preferido creérmelo y los diez euros han volado de la caja al bolsillo del chino y, claro, no he vuelto a verlos. Me los ha timado limpiamente pero, a cambio, me ha dado algo que tal vez valga más de diez euros, una historia, un rato de reflexión, tal vez alguna idea nueva.
¿Por qué he preferido creer al chino y darle el dinero cuando en cualquier otro caso hubiera dicho que no sin darle muchas vueltas?
Lo he pensado un buen rato y creo que el hecho de que un chino entre en una tienda y hablando en español pida dinero resulta tan poco común que la situación descoloca de por sí. Normalmente tienen tan poco contacto con los occidentales (el trato limitado a los saludos, a algún comentario sobre el tiempo, poco más) que he pensado que debía de encontrarse en un problema. Pero el problema era estúpido, falta de dinero para la gasolina, algo tan obvio que no hubiera dedicado ni medio minuto a considerarlo en cualquier otro caso. Así que debe de haber algo más. Pienso que tiene que ver con el miedo que tenemos a ser tachados de racistas. Si le niego mi ayuda a un comerciante de mi barrio que además es chino tal vez en realidad se la esté negando solo por serlo. Y claro, no queremos pensar así de nosotros mismos, adalides del progresismo. Creo (aunque quizá esto sea incorrecto políticamente) que no tenemos la misma capacidad para leer las intenciones en la cara de las personas de nuestro entorno, grupo étnico o cultural, o lo que sea, que en las de personas muy alejadas de nuestra cultura. Yo sé si alguien a quien estoy acostumbrado a ver tiene una cara confiable o no, si es marroquí o sudamericano me creo capaz de distinguir la diferencia, pero si es chino o nigeriano ya no estoy tan seguro. Sin embargo, el mero hecho de dejar por escrito estas reflexiones ya puede provocar polémica. Me sé las objeciones, no hay nada parecido a la raza, los grupos son culturales más que étnicos, seguro que no tendrías tantos problemas en distinguir las intenciones de un chino-español de segunda generación. Vale. Las acepto. Solo digo que me he comportado como un imbécil. Y que lo he hecho precisamente porque enfrente tenía a alguien chino.
Eso sí, alguien que se ha aprovechado limpiamente de todos estos prejuicios, de la situación de su comunidad en Madrid, del barrio en el que se encontraba, del tipo de negocio que tengo, de mi pinta, de tantas cosas, se merece los diez euros. Hay que tener arrestos para dedicarse a timar a la gente de esa manera. Piensen en hacerlo ustedes con el regente de un comercio de papelería en Pekín (lo siento, lo de Beijing no me sale natural).
Y en mandarín.
Lo dicho, que han merecido la pena los diez euros perdidos. Y que la próxima no voy a caer, sea quien sea quien me pida dinero. Aunque sea chino.
¿Por qué he preferido creer al chino y darle el dinero cuando en cualquier otro caso hubiera dicho que no sin darle muchas vueltas?
Lo he pensado un buen rato y creo que el hecho de que un chino entre en una tienda y hablando en español pida dinero resulta tan poco común que la situación descoloca de por sí. Normalmente tienen tan poco contacto con los occidentales (el trato limitado a los saludos, a algún comentario sobre el tiempo, poco más) que he pensado que debía de encontrarse en un problema. Pero el problema era estúpido, falta de dinero para la gasolina, algo tan obvio que no hubiera dedicado ni medio minuto a considerarlo en cualquier otro caso. Así que debe de haber algo más. Pienso que tiene que ver con el miedo que tenemos a ser tachados de racistas. Si le niego mi ayuda a un comerciante de mi barrio que además es chino tal vez en realidad se la esté negando solo por serlo. Y claro, no queremos pensar así de nosotros mismos, adalides del progresismo. Creo (aunque quizá esto sea incorrecto políticamente) que no tenemos la misma capacidad para leer las intenciones en la cara de las personas de nuestro entorno, grupo étnico o cultural, o lo que sea, que en las de personas muy alejadas de nuestra cultura. Yo sé si alguien a quien estoy acostumbrado a ver tiene una cara confiable o no, si es marroquí o sudamericano me creo capaz de distinguir la diferencia, pero si es chino o nigeriano ya no estoy tan seguro. Sin embargo, el mero hecho de dejar por escrito estas reflexiones ya puede provocar polémica. Me sé las objeciones, no hay nada parecido a la raza, los grupos son culturales más que étnicos, seguro que no tendrías tantos problemas en distinguir las intenciones de un chino-español de segunda generación. Vale. Las acepto. Solo digo que me he comportado como un imbécil. Y que lo he hecho precisamente porque enfrente tenía a alguien chino.
Eso sí, alguien que se ha aprovechado limpiamente de todos estos prejuicios, de la situación de su comunidad en Madrid, del barrio en el que se encontraba, del tipo de negocio que tengo, de mi pinta, de tantas cosas, se merece los diez euros. Hay que tener arrestos para dedicarse a timar a la gente de esa manera. Piensen en hacerlo ustedes con el regente de un comercio de papelería en Pekín (lo siento, lo de Beijing no me sale natural).
Y en mandarín.
Lo dicho, que han merecido la pena los diez euros perdidos. Y que la próxima no voy a caer, sea quien sea quien me pida dinero. Aunque sea chino.
domingo, enero 09, 2011
Domingo
Llueve y después de haber leído Mazurca para dos muertos de Cela
(Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada.
-¿Muchas horas?.
-No, muchos años.)
o Cien años de soledad de García Márquez
(Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado.)
tal vez no haya mucho que decir, o tal vez decirlo sea una especie de obligación. No lo sé. Llueve y el agua repica en un empedrado nuevo con el que el ayuntamiento se esfuerza en cubrir el asfalto que en otro tiempo fue signo de modernidad y que ahora es solo símbolo de destrozo y rapiña y los fumadores ven el humo en las puertas de los bares dispersarse con prisas y los coches pasan levantando un pequeño reguero de gotas y sigue lloviendo. Llueve en domingo, con la resaca de las fiestas ya curada pero allá en el fondo (en nuestro fondo), llueve y leo y miro a la gente pasar tras un gran cristal y quizá no haya otro lugar mejor para estar en este momento. Llueve y suena una canción algo melancólica.
Y el agua es solo agua. Ni que fuera ácido.
(Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada.
-¿Muchas horas?.
-No, muchos años.)
o Cien años de soledad de García Márquez
(Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado.)
tal vez no haya mucho que decir, o tal vez decirlo sea una especie de obligación. No lo sé. Llueve y el agua repica en un empedrado nuevo con el que el ayuntamiento se esfuerza en cubrir el asfalto que en otro tiempo fue signo de modernidad y que ahora es solo símbolo de destrozo y rapiña y los fumadores ven el humo en las puertas de los bares dispersarse con prisas y los coches pasan levantando un pequeño reguero de gotas y sigue lloviendo. Llueve en domingo, con la resaca de las fiestas ya curada pero allá en el fondo (en nuestro fondo), llueve y leo y miro a la gente pasar tras un gran cristal y quizá no haya otro lugar mejor para estar en este momento. Llueve y suena una canción algo melancólica.
Y el agua es solo agua. Ni que fuera ácido.
martes, enero 04, 2011
Natación
Hace tanto tiempo que no escribo que no me he dado cuenta de lo que lo echaba de menos. Algo parecido a comenzar a comer y descubrir, después de no haber reparado en ella en todo el día, que tenemos un hambre gigantesca. Lo he advertido escribiendo un correo en el que las palabras han ido ocupando el lugar que les correspondía, como en una melodía, con el tono justo. He pensado que a veces no es tanto contar historias sino la música, la cadencia de las palabras surgiendo una detrás de otra, quedando atrás como un resto de hormigas tras el cursor que parpadea y avanza decidido hacia la derecha. Las palabras expresando algo con la precisión que se les puede pedir, tan poca.
No he escrito porque he estado ocupado con otras cosas (probablemente más importantes, no lo niego) y ha pasado el tiempo casi inadvertidamente. Parece que eso sucede cuando crecemos y nos hacemos mayores. El adulto, observador de referencia, puede insistir en que el tiempo trascurre de forma similar para ambos, el niño y él, pero nosotros (el niño) sabemos que no es así, o mejor dicho, no lo sabemos, lo intuimos, que es la forma de sabiduría que tienen los niños (Ortega decía que aprender es recordar y algo de razón llevaba). Nosotros, los niños, sabemos que nuestro tiempo es infinitamente más largo que el del adulto, pero solo lo sabemos desde el ahora, desde el adulto que somos, por lo que solo podemos recrear esa extensión infinita de tiempo, esa sensación que teníamos al salir de vacaciones en junio: la eternidad era un verano de tres meses sin colegio.
A lo que iba, que se me va el santo al cielo (claro, tanto tiempo sin escribir, es normal que todas las voces de tu cabeza traten de obtener sus diez minutos de fama warholianos), que el tiempo ha transcurrido sin aristas, sin daños, sin grandes problemas y ha volado (en buena ley, el tiempo no vuelva, somos más bien nosotros los que estamos imbricados con él) y he dejado abandonado el blog. Y me mira mal. Lo sé. Después de 5 años y medio me mira mal, se siente abandonado, supongo, aunque yo no le prometiera nada en firme. A veces pasa.
El caso es que ahora tengo una silla desde la que veo pasar a la gente tras el cristal de mi escaparate, una silla tras un mostrador hecho con tablones de madera, un mostrador de planta trapezoidal que sigue los ángulos extraños de la pared. Y tras esa silla, una librería. Un montón de libros mirándome. Esperándome.
Así que intentaré escribir de vez en cuando por aquí. La verdad es que no estoy seguro de conseguirlo, a pesar de saber lo bien que me sienta cuando lo hago. Me ocurre como con la natación.
No he escrito porque he estado ocupado con otras cosas (probablemente más importantes, no lo niego) y ha pasado el tiempo casi inadvertidamente. Parece que eso sucede cuando crecemos y nos hacemos mayores. El adulto, observador de referencia, puede insistir en que el tiempo trascurre de forma similar para ambos, el niño y él, pero nosotros (el niño) sabemos que no es así, o mejor dicho, no lo sabemos, lo intuimos, que es la forma de sabiduría que tienen los niños (Ortega decía que aprender es recordar y algo de razón llevaba). Nosotros, los niños, sabemos que nuestro tiempo es infinitamente más largo que el del adulto, pero solo lo sabemos desde el ahora, desde el adulto que somos, por lo que solo podemos recrear esa extensión infinita de tiempo, esa sensación que teníamos al salir de vacaciones en junio: la eternidad era un verano de tres meses sin colegio.
A lo que iba, que se me va el santo al cielo (claro, tanto tiempo sin escribir, es normal que todas las voces de tu cabeza traten de obtener sus diez minutos de fama warholianos), que el tiempo ha transcurrido sin aristas, sin daños, sin grandes problemas y ha volado (en buena ley, el tiempo no vuelva, somos más bien nosotros los que estamos imbricados con él) y he dejado abandonado el blog. Y me mira mal. Lo sé. Después de 5 años y medio me mira mal, se siente abandonado, supongo, aunque yo no le prometiera nada en firme. A veces pasa.
El caso es que ahora tengo una silla desde la que veo pasar a la gente tras el cristal de mi escaparate, una silla tras un mostrador hecho con tablones de madera, un mostrador de planta trapezoidal que sigue los ángulos extraños de la pared. Y tras esa silla, una librería. Un montón de libros mirándome. Esperándome.
Así que intentaré escribir de vez en cuando por aquí. La verdad es que no estoy seguro de conseguirlo, a pesar de saber lo bien que me sienta cuando lo hago. Me ocurre como con la natación.
miércoles, diciembre 29, 2010
Siroco
«Cuando sopla el siroco, la piel humana transpira y los pómulos relucen en las caras bañadas de sudor opaco, por las que un vello oscuro disemina una sombra sucia y mórbida en torno a los ojos, los labios y las orejas. Incluso las voces suenan pastosas e indolentes, y las palabras adquieren un sentido distinto al habitual, un significado misterioso, como si pertenecieran a una lengua prohibida. La gente camina en silencio, como oprimida por una secreta angustia, y los niños pasan largas horas sentados en el suelo, sin hablar, mordisqueando cortezas de pan o piezas de fruta cubiertas de moscas, o contemplando las paredes resquebrajadas donde aparecen esas inmóviles lagartijas que el moho cincela en el revoque viejo. En los antepechos de las ventanas arden claveles humeantes colocados en jarrones de arcilla, y una voz de mujer surte ora aquí ora allá, cantando; su canto vuela lento de ventana en ventana, y se posa en los antepechos como un pájaro exhausto.»
La piel. Curzio Malaparte.
Ahí es nada.
lunes, diciembre 27, 2010
Bárbaros
«Poco a poco me fui enterando de que, muy acertadamente, la Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes le había confiado la misión de hacer un informe que le sirviera en el futuro como guía. Y lo había escrito. Yo lo he visto, lo he leído. Era elocuente, vibrante de elocuencia, pero demasiado idealista, a mi juicio. Diecisiete páginas de escritura apretada había llenado en sus momentos libres. Eso debió haber sido antes de que sus, digamos nervios, se vieran afectados, y lo llevaran a presidir ciertas danzas a media noche que terminaban con ritos inexpresables, los cuales, según pude deducir por lo que oí en varias ocasiones, eran ofrecidos en su honor. ¿Me entendéis? Como tributo al señor Kurtz. Pero aquel informe era una magnífica pieza literaria. El párrafo inicial sin embargo, a la luz de una información posterior, podría calificarse de ominoso. Empezaba desarrollando la teoría de que nosotros, los blancos, desde el punto de evolución a que hemos llegado "debemos por fuerza parecerles a ellos (los salvajes) seres sobrenaturales: nos acercamos a ellos revestidos con los poderes de una deidad", y otras cosas por el estilo... "Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder para el bien prácticamente ilimitado", etcétera. Ese era el tono; me llegó a cautivar. Su argumentación era magnífica, aunque difícil de recordar. Me dio la noción de una inmensidad exótica gobernada por una benevolencia augusta. Me hizo estremecer de entusiasmo. Las palabras se desencadenaban allí con el poder de la elocuencia... Eran palabras nobles y ardientes. No había ninguna alusión práctica que interrumpiera la mágica corriente de las frases, salvo que una especie de nota, al pie de la última página, escrita evidentemente mucho más tarde con mano temblorosa, pudiera ser considerada como la exposición de un método. Era muy simple, y, al final de aquella apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: "¡Exterminad a estos bárbaros!»
El corazón de las tinieblas. Joseph Conrad.
jueves, diciembre 23, 2010
Inauguración
Y cuando quiso advertirlo, había una nueva librería en la ciudad. Y era suya.
Qué cosas.
lunes, diciembre 06, 2010
La independiente
Estimado Xavié,
Me vas a permitir, por una vez al menos, hacerme con tu blog y hablar de algo que me importa a mí. Sé que, en el fondo, también te importa a ti pero te conozco y te gusta hacerte el desengañado y el cínico fino y no quiero que lo fastidies. Disculpa la sinceridad pero nos conocemos desde hace tiempo.
Hola. Soy Javier.
El que está detrás, a este lado de la pantalla.
Abro una librería en el centro de Madrid. En la calle Espíritu Santo 27 y se llamará La independiente. Estará especializada en editoriales independientes, de esas que se dedican a esto de los libros por amor al oficio, aunque ahora estas dos palabras juntas suenen tan raras.
El caso es que tendré libros bonitos, y unas mesitas para poder elegirlos con tranquilidad tomando un café.
Os mantendré informados del día de la inauguración. Ya queda poco.
Gracias, te devuelvo tu blog.
Ya era hora. A quién se le ocurrirá hoy en día hacerse librero. Habrá que ser imbécil.
Me vas a permitir, por una vez al menos, hacerme con tu blog y hablar de algo que me importa a mí. Sé que, en el fondo, también te importa a ti pero te conozco y te gusta hacerte el desengañado y el cínico fino y no quiero que lo fastidies. Disculpa la sinceridad pero nos conocemos desde hace tiempo.
Hola. Soy Javier.
El que está detrás, a este lado de la pantalla.
Abro una librería en el centro de Madrid. En la calle Espíritu Santo 27 y se llamará La independiente. Estará especializada en editoriales independientes, de esas que se dedican a esto de los libros por amor al oficio, aunque ahora estas dos palabras juntas suenen tan raras.
El caso es que tendré libros bonitos, y unas mesitas para poder elegirlos con tranquilidad tomando un café.
Os mantendré informados del día de la inauguración. Ya queda poco.
Gracias, te devuelvo tu blog.
Ya era hora. A quién se le ocurrirá hoy en día hacerse librero. Habrá que ser imbécil.
miércoles, noviembre 24, 2010
Moratones (work in progress)
La fábrica de rostros no es un negocio normal. Cumple con todas las normativas europeas relacionadas con su campo, que no son pocas. Instrumental esterilizado. Ambientes estancos. Limpieza obsesiva. Acero cromado, cristal traslúcido, vitrinas transparentes.
La cadena de montaje es muy diferente de la inventada por Ford. La ingeniería genética y la cirugía no son comparables con la fabricación de coches aunque ese sea el objetivo último de los ingenieros industriales que se han encargado de su diseño. Convertir un laboratorio médico en una factoría robotizada, parametrizada, eficiente y con una intervención humana mínima.
Los huesos se deterioran más lentamente que la piel y los músculos. Esa es la base de todo el negocio, la duración de los huesos, células petrificadas por la precipitación del calcio. Esa es la base. Regenerar y sustituir los músculos y la piel es ciencia al alcance de cualquiera hoy en día, el cultivo de piel sintética se ha extendido por todo el mundo occidental.
Al principio se utilizaba para reconstruir el rostro de los quemados. Más tarde se le encontró verdadera utilidad, más allá de las ruedas de prensa triunfales de los médicos encargados de los injertos, con aquellas fotografías de antes y después que parecían más propias de una feria que de un hospital. Más tarde se comenzó a utilizar para la cirugía plástica, alrededor de la que se han producido la mayoría de los avances médicos de las últimas décadas.
Nota: Averiguar si un cuerpo podría sobrevivir sin piel en la cara durante el tiempo de una operación. Si el láser podría esculpir los huesos para que a partir de un modelo 3D en el ordenador se pudiera reproducir en el rostro del paciente cualquier rostro deseado.
Desde un punto de vista lógico, la fábrica de rostros se asemeja a un árbol tumbado. Un tronco con ramas que se van dividiendo hasta llegar a las hojas. Cada hoja un quirófano. Cada división un punto del proceso de individualización de los rostros. Los clientes de los seguros médicos se operan en quirófanos mucho más cercanos al tronco. Las caras a las que pueden acceder son menos variadas. Bellos, como todos, pero estándares.
Un hombre observa su nueva cara, modelo MX-5w07s9, incluida en el catálogo de la Seguridad Social, al espejo. Aparenta unos treinta años. Tiene cincuenta.
Una mujer mira sus ojos verdes, en su cara convencionalmente hermosa. Sin imperfecciones. Los clientes de los seguros médicos siempre prefieren caras así, sin imperfecciones. Si se piensa en ello, resulta algo vulgar.
Los ricos que eligen a la carta son conscientes del valor de los pequeños errores de la cara, de la humanidad que aportan a un rostro bello. Un lunar, unos dientes ligeramente separados, unos ojos algo demasiado grandes siempre consiguen armonizar definitivamente un rostro. Como el ruido de fondo de las grabaciones que escuchan los aficionados a lo analógico. Una interferencia orgánica, por decirlo así.
Los cuerpos no funcionan de la misma manera que las caras. Es posible tratar un cuerpo con la misma técnica, pero normalmente es demasiado doloroso y solo algunos, sobre todo mujeres, adictos al dolor sordo tras las operaciones de cirugía están dispuestos a aguantarlo.
Interesante: Mujeres adictas a la cirugía estética, al dolor de la cirugía estética.
Imagen 1: Mujeres amoratadas, charlando animadamente. Hablando de calmantes.
La cadena de montaje es muy diferente de la inventada por Ford. La ingeniería genética y la cirugía no son comparables con la fabricación de coches aunque ese sea el objetivo último de los ingenieros industriales que se han encargado de su diseño. Convertir un laboratorio médico en una factoría robotizada, parametrizada, eficiente y con una intervención humana mínima.
Los huesos se deterioran más lentamente que la piel y los músculos. Esa es la base de todo el negocio, la duración de los huesos, células petrificadas por la precipitación del calcio. Esa es la base. Regenerar y sustituir los músculos y la piel es ciencia al alcance de cualquiera hoy en día, el cultivo de piel sintética se ha extendido por todo el mundo occidental.
Al principio se utilizaba para reconstruir el rostro de los quemados. Más tarde se le encontró verdadera utilidad, más allá de las ruedas de prensa triunfales de los médicos encargados de los injertos, con aquellas fotografías de antes y después que parecían más propias de una feria que de un hospital. Más tarde se comenzó a utilizar para la cirugía plástica, alrededor de la que se han producido la mayoría de los avances médicos de las últimas décadas.
Nota: Averiguar si un cuerpo podría sobrevivir sin piel en la cara durante el tiempo de una operación. Si el láser podría esculpir los huesos para que a partir de un modelo 3D en el ordenador se pudiera reproducir en el rostro del paciente cualquier rostro deseado.
Desde un punto de vista lógico, la fábrica de rostros se asemeja a un árbol tumbado. Un tronco con ramas que se van dividiendo hasta llegar a las hojas. Cada hoja un quirófano. Cada división un punto del proceso de individualización de los rostros. Los clientes de los seguros médicos se operan en quirófanos mucho más cercanos al tronco. Las caras a las que pueden acceder son menos variadas. Bellos, como todos, pero estándares.
Un hombre observa su nueva cara, modelo MX-5w07s9, incluida en el catálogo de la Seguridad Social, al espejo. Aparenta unos treinta años. Tiene cincuenta.
Una mujer mira sus ojos verdes, en su cara convencionalmente hermosa. Sin imperfecciones. Los clientes de los seguros médicos siempre prefieren caras así, sin imperfecciones. Si se piensa en ello, resulta algo vulgar.
Los ricos que eligen a la carta son conscientes del valor de los pequeños errores de la cara, de la humanidad que aportan a un rostro bello. Un lunar, unos dientes ligeramente separados, unos ojos algo demasiado grandes siempre consiguen armonizar definitivamente un rostro. Como el ruido de fondo de las grabaciones que escuchan los aficionados a lo analógico. Una interferencia orgánica, por decirlo así.
Los cuerpos no funcionan de la misma manera que las caras. Es posible tratar un cuerpo con la misma técnica, pero normalmente es demasiado doloroso y solo algunos, sobre todo mujeres, adictos al dolor sordo tras las operaciones de cirugía están dispuestos a aguantarlo.
Interesante: Mujeres adictas a la cirugía estética, al dolor de la cirugía estética.
Imagen 1: Mujeres amoratadas, charlando animadamente. Hablando de calmantes.
jueves, octubre 28, 2010
Puntería
«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, mi madre me lo dijo y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.»
Y con una sola bala, el señor Rulfo pasó a la historia de los tiradores. O de la Literatura, que viene a ser lo mismo.
Y con una sola bala, el señor Rulfo pasó a la historia de los tiradores. O de la Literatura, que viene a ser lo mismo.
viernes, octubre 22, 2010
Escandinava
La búsqueda de la palabra escandinava en el historial de mi correo electrónico no ha ofrecido ningún resultado. No sé qué significa pero esa búsqueda infructuosa se me ha aparecido como una señal. Escandinava no está en la inmensa ristra de palabras almacenadas en algún lugar de la red, una ristra que me guarda los recuerdos, indelebles mientras la humanidad habite la tierra y haya empleados de mantenimiento que puedan ocuparse de mantener las centrales nucleares dentro de unos límites de peligrosidad admisibles.
La humanidad se irá algún día y esas palabras se desvanecerán (aunque siempre quedarán trazas impregnando los restos de alguna máquina cubierta de polvo que esperará paciente la llegada de otra civilización), pero ahora vibran y palpitan en las entrañas de un ordenador desconocido y remoto, alimentadas de electricidad, contentas de ser, de estar todavía en el mundo, tanto tiempo después de haber sido escritas, de haber significado algo.
Los bits eléctricos que guardan toda esa información desaparecerán del mundo alguna mañana pero ahora nos rodean y atraviesan, como tratando de ofrecernos alguna clase de consuelo.
Pero escandinava sigue sin estar.
Y no sé por qué.
Es tan bella esa palabra.
La humanidad se irá algún día y esas palabras se desvanecerán (aunque siempre quedarán trazas impregnando los restos de alguna máquina cubierta de polvo que esperará paciente la llegada de otra civilización), pero ahora vibran y palpitan en las entrañas de un ordenador desconocido y remoto, alimentadas de electricidad, contentas de ser, de estar todavía en el mundo, tanto tiempo después de haber sido escritas, de haber significado algo.
Los bits eléctricos que guardan toda esa información desaparecerán del mundo alguna mañana pero ahora nos rodean y atraviesan, como tratando de ofrecernos alguna clase de consuelo.
Pero escandinava sigue sin estar.
Y no sé por qué.
Es tan bella esa palabra.
miércoles, octubre 13, 2010
Decoro
Se miró en el espejo y vio que el pelo comenzaba a ralearle, que su barriga colgaba más flácida de lo que recordaba, que los surcos de su cara se habían hecho más profundos. El envejecimiento es algo curioso, tan progresivo que parece no estar sucediendo. Y sin embargo, un buen día te observas con más atención en el espejo y cuando adviertes todas esas señales juntas, parece que el tiempo se comprimiera sobre sí mismo y que cinco años pasaran de golpe.
Y, sin embargo, madurar con conciencia de estar haciéndolo, saber que el deterioro y la vejez son insoslayables y que por eso conviene cultivar la mente, más capaz de aguantar a pie firme hasta el final, había formado parte de su forma de ser durante mucho tiempo. Él no era como esos que se rodeaban de gente menor porque siempre es mucho más fácil impresionar a los que aún no tienen una historia que contar. Basta con decir esta ha sido mi vida, estos han sido mis fracasos, este fue mi gran amor. No. Él siempre había sido consciente de que una vez alcanzado cierto límite, es ridículo pretender escribir una novela generacional. Que nada hay más inútil que la queja, pues solo los que te aman se preocupan de lo que te ocurre. Que la vocación también se oxida, pues el ser humano tiene una capacidad infinita para aburrirse de lo que hace día tras día. Que la posteridad ha dejado de existir. Que todos seremos carne de olvido.
Que vivir con dignidad, y no como un animalillo llorón, es enfrentar el futuro de frente y con los ojos abiertos.
Y, sin embargo, madurar con conciencia de estar haciéndolo, saber que el deterioro y la vejez son insoslayables y que por eso conviene cultivar la mente, más capaz de aguantar a pie firme hasta el final, había formado parte de su forma de ser durante mucho tiempo. Él no era como esos que se rodeaban de gente menor porque siempre es mucho más fácil impresionar a los que aún no tienen una historia que contar. Basta con decir esta ha sido mi vida, estos han sido mis fracasos, este fue mi gran amor. No. Él siempre había sido consciente de que una vez alcanzado cierto límite, es ridículo pretender escribir una novela generacional. Que nada hay más inútil que la queja, pues solo los que te aman se preocupan de lo que te ocurre. Que la vocación también se oxida, pues el ser humano tiene una capacidad infinita para aburrirse de lo que hace día tras día. Que la posteridad ha dejado de existir. Que todos seremos carne de olvido.
Que vivir con dignidad, y no como un animalillo llorón, es enfrentar el futuro de frente y con los ojos abiertos.
viernes, octubre 08, 2010
Pasado
Hoy he comprendido que es posible sentir nostalgia de una ficción, echar de menos quienes fuimos no hace tanto. Como decía Imre Kertész en Liquidación, nunca debí haber sacado esos papeles. Nunca.
lunes, octubre 04, 2010
Inciso II
Me he visto contemplando la parte de mi vida por la que ya he transitado (un largo tubo, un túnel con cierta fosforencencia interior, iluminado aquí y allá por sucesos recordados, o bien recreados, que muchas veces no responden a ninguna lógica) y me he observado delante de un ordenador, estudiando con entusiasmo el funcionamiento de la máquina, desentrañando manuales, aprendiendo el funcionamiento del mundo y también me he visto en una biblioteca durante muchos días, consultando el facsímil de una carta del siglo XVII, estudiando los textos de más de un poeta casi olvidado y, por un momento (solo un momento, eso es cierto) he advertido cierta lógica, cierta coherencia. Me he visto también (ahora en plano picado) despertando acompañado la mayoría de los días, en varias ciudades diferentes, y he visto el peso y el paso del tiempo hiriendo poco a poco la cubierta de mi cuerpo. He sentido (es lo bueno de los recuerdos, no tienen por qué ser solo una película mal dirigida y con un guión inverosímil) la tranquila placidez de la vida en pareja en domingo (ahora casi olvidada, apenas una esquirla de algo que era consistente y fuerte y sólido como los cimientos de un palacete medieval) y también el sabor amargo de la resaca en la boca y la excitación de un cuerpo nuevo en el lecho. He movido el tubo hacia delante y hacia atrás (son mis recuerdos y puedo hacer con ellos lo que me dé la gana) y me ha gustado verme con la iluminación adecuada, a veces con una fotografía con grano, muy poética y a veces con los colores saturados, como una estampa pop, como un fotograma hiperrealista. Al hacerlo la banda sonora también iba cambiando y, como en las películas cuando los protagonistas oyen la radio en un coche, la música chirriaba durante un momento hasta que comenzaba a sonar nítida y precisa como todo lo digital. He reflexionado sobre qué papel ocupaba lo leído en mis recuerdos (el tubo adelante y atrás, adelante y atrás) y creo las palabras son la trama, el tejido (fabric en inglés, no sé por qué me gusta más esa palabra), el eje que permite el movimiento de ese tubo.
Muevo el tubo iluminado, como un caleidoscopio de juguete, pero no veo nada más allá del momento presente. Según la Wikipedia, ese sería mi horizonte de sucesos, una hipersuperficie frontera del espacio-tiempo, tal que los eventos a un lado de ella no pueden afectar a un observador situado al otro lado. Es una teoría científica, ya saben, una hipótesis contrastada en la realidad. En realidad, a todo el mundo le sucede lo mismo, todo el mundo se estrella contra ese horizonte. La diferencia es que la mayoría de la gente puede imaginarse lo que hay al traspasar esa línea y yo he aprendido a preferir la intriga.
Muevo el tubo iluminado, como un caleidoscopio de juguete, pero no veo nada más allá del momento presente. Según la Wikipedia, ese sería mi horizonte de sucesos, una hipersuperficie frontera del espacio-tiempo, tal que los eventos a un lado de ella no pueden afectar a un observador situado al otro lado. Es una teoría científica, ya saben, una hipótesis contrastada en la realidad. En realidad, a todo el mundo le sucede lo mismo, todo el mundo se estrella contra ese horizonte. La diferencia es que la mayoría de la gente puede imaginarse lo que hay al traspasar esa línea y yo he aprendido a preferir la intriga.
viernes, octubre 01, 2010
Assilah VI
Hoy está siendo la fiesta de «laylat al-qader», el día 26 de Ramadán, que conmemora la primera revelación al profeta por parte del Arcángel Gabriel (la revelación está en la base de todas las religiones monoteístas, la verdad revelada por Dios que impidió durante mucho tiempo el pensamiento científico y la razón, las palabras que hicieron que la escolástica dominara el paisaje intelectual durante casi diez siglos), día santo según Anissa, la mujer de la recepción del riad. Hoy, en previsión de la gran fiesta que celebrará el fin del ayuno, o más bien como adelanto, las mujeres cocinan manjares (tallín y cuscús, lo que los turistas tomamos por comida diaria marroquí) y los niños se visten con un traje blanco, las niñas se decoran las manos con henna (lo que los turistas creemos que hacen siempre) y casi todo el mundo lleva el traje tradicional (largas chilabas de blanco inmaculado y el pequeño fez blanco para los hombres y chilaba y pañuelo para las mujeres, más coloridas), las familias se visitan y se muestran los niños unas a otras para admiración mutua.
Hoy ha sonado la sirena y el júbilo que siempre se apodera de la medina se ha visto aumentado. He visto una mesa llena de hombres en la calle que, después de comer con glotonería los alimentos que habían amontonado en ella, han empezado a cantar. Debían ser cánticos religiosos porque me ha parecido distinguir el «Allah Muagbar». La escena, con los hombres dando palmadas a distintos ritmos, me ha recordado las reuniones navideñas, con toda la familia cantando los mismos villancicos año tras año, cantos que no dejan de ser religiosos pero que son algo más. Me he sentido feliz de estar allí bebiendo zumo de naranja, sentado a suficiente distancia para que no pudieran sentirse observados.
Más tarde he paseado por la medina y he visto enjambres de niños guapos, todos vestidos de forma tradicional, mujeres caminando al lado de otras mujeres, cuidando de los críos, que corrían arriba y abajo por las calles, llenándolo todo de gritos. He comprado comida marroquí en su mercadillo (pagando por primera vez el precio que pagan ellos por la comida) y he vuelto al hotel a ducharme y cenar en la terraza. Dos viejos vestidos de blanco tomaban té y charlaban tranquilamente en la puerta de su negocio. Los niños alborotaban y, poco a poco, las mujeres se han mostrado, yendo de de una casa a otra. Es el día de las visitas, según me han dicho, hay que ponerse guapos para ir a ver a la familia. Imagino las mismas protestas adolescentes para ir a ver a los abuelos que en Madrid en Navidad. Asisto a la bronca de una madre a su hijo y deduzco que debe de tratarse de un chaval que se quiere ir demasiado pronto a la calle en un día tan importante.
Hoy ha sonado la sirena y el júbilo que siempre se apodera de la medina se ha visto aumentado. He visto una mesa llena de hombres en la calle que, después de comer con glotonería los alimentos que habían amontonado en ella, han empezado a cantar. Debían ser cánticos religiosos porque me ha parecido distinguir el «Allah Muagbar». La escena, con los hombres dando palmadas a distintos ritmos, me ha recordado las reuniones navideñas, con toda la familia cantando los mismos villancicos año tras año, cantos que no dejan de ser religiosos pero que son algo más. Me he sentido feliz de estar allí bebiendo zumo de naranja, sentado a suficiente distancia para que no pudieran sentirse observados.
Más tarde he paseado por la medina y he visto enjambres de niños guapos, todos vestidos de forma tradicional, mujeres caminando al lado de otras mujeres, cuidando de los críos, que corrían arriba y abajo por las calles, llenándolo todo de gritos. He comprado comida marroquí en su mercadillo (pagando por primera vez el precio que pagan ellos por la comida) y he vuelto al hotel a ducharme y cenar en la terraza. Dos viejos vestidos de blanco tomaban té y charlaban tranquilamente en la puerta de su negocio. Los niños alborotaban y, poco a poco, las mujeres se han mostrado, yendo de de una casa a otra. Es el día de las visitas, según me han dicho, hay que ponerse guapos para ir a ver a la familia. Imagino las mismas protestas adolescentes para ir a ver a los abuelos que en Madrid en Navidad. Asisto a la bronca de una madre a su hijo y deduzco que debe de tratarse de un chaval que se quiere ir demasiado pronto a la calle en un día tan importante.
lunes, septiembre 27, 2010
Assilah V
Hoy en la playa, en el chiringuito de Tarik, he conocido a Antonio, un tipo gallego que acaba de cerrar el bar de copas que tenía a medias con su hijo y que está por aquí reflexionando sobre su futuro. Está más cerca de la cincuentena que de la cuarentena pero aún está en buena forma. De vez en cuando miraba a su chica (antes camarera de su bar) y sonreía hacia dentro, para sí, como diciéndose: Antonio, macho, no puedes quejarte. Y la verdad es que no. No puedes quejarte Antonio, la chica es un bombón aunque la he visto hablar con el rastafari y el deseo se le veía en los ojos. Por un momento he pensado que tal vez estuvieran teniendo una aventura en secreto. Más tarde he pensado que, en el momento que nos ponemos a observar a la gente, parecemos todos porteras.
En cualquier caso, hemos tenido una conversación civilizada y me ha invitado a subirme con ellos a la playa en su 4x4. Me ha parecido todo un personaje (y aquí me abstendré de hacer jueguitos metaliterarios supuestamente ingeniosos). El hombre está cansado de la vida que ha llevado. No me extraña. Le he dicho que ya no tenemos edad para tener un bar de copas. Ha sonreído y ha asentido. Estaba pensando en comprarse una casa por aquí y alquilarla.
Me encantan estos tipos que se cuelan por las rendijas de lo establecido, gente que tuvo hijos con 18 o 20 años (su hijo tenía 26 años) que siguieron de juerga y que sobrevivieron (no así su matrimonio) y que conservan un aspecto joven porque han tratado siempre con jóvenes, como profesores universitarios perversos y mefistofélicos y que con casi 50 tienen una novia más joven que sus hijos. Son como pequeños Tom Jones, ajados pero peligrosos. Los libertinos actuales. Y afortunadamente, por ahora sin botox en la cara.
Cuando vuelvo al pueblo pienso que Assilah es la medina perfecta, la esencia de la medina andalusí, donde todo resulta familiar y a la vez diferente: los olores, los sabores, las paredes blancas dentro de una muralla, el empedrado de las calles, los arcos. La medina perfecta.
En cualquier caso, hemos tenido una conversación civilizada y me ha invitado a subirme con ellos a la playa en su 4x4. Me ha parecido todo un personaje (y aquí me abstendré de hacer jueguitos metaliterarios supuestamente ingeniosos). El hombre está cansado de la vida que ha llevado. No me extraña. Le he dicho que ya no tenemos edad para tener un bar de copas. Ha sonreído y ha asentido. Estaba pensando en comprarse una casa por aquí y alquilarla.
Me encantan estos tipos que se cuelan por las rendijas de lo establecido, gente que tuvo hijos con 18 o 20 años (su hijo tenía 26 años) que siguieron de juerga y que sobrevivieron (no así su matrimonio) y que conservan un aspecto joven porque han tratado siempre con jóvenes, como profesores universitarios perversos y mefistofélicos y que con casi 50 tienen una novia más joven que sus hijos. Son como pequeños Tom Jones, ajados pero peligrosos. Los libertinos actuales. Y afortunadamente, por ahora sin botox en la cara.
Cuando vuelvo al pueblo pienso que Assilah es la medina perfecta, la esencia de la medina andalusí, donde todo resulta familiar y a la vez diferente: los olores, los sabores, las paredes blancas dentro de una muralla, el empedrado de las calles, los arcos. La medina perfecta.
sábado, septiembre 25, 2010
Assilah IV
Me he levantado tarde. He ido a devolver la bicicleta y a comprar protector solar, una gorra y una bolsa de playa. Por el camino me he olvidado un libro y este cuaderno en la tienda del francés que me alquiló la bici (no eran 3 km. hasta la playa, desde aquí te lo digo, so mierdecilla, ya me hubiera gustado verte a ti sudando encima de la bici por aquella pista, que lo sepas). Me ha devuelto parte del dinero que le pagué por la bici sin rechistar y ni siquiera se ha inmutado cuando le he contado mi odisea. No me entiendo con él porque no tenemos ningún idioma común. Es bastante simpático, las cosas como son.
Percibo, desde una mesa en mi terraza preferida, un ambiente tenso en la ciudad. Creo que el ayuno los pone de mal humor, algo bastante comprensible. Es algo que se nota en el ambiente, como una pulsión de fondo. Mohammed (el chico joven que se queda en el riad por las noches) me confesaba ayer que el ayuno era duro (no sé si me lo contaba para que el extranjero admirara su determinación o como simple anécdota. A mí, la verdad, me parecen ridículos el ayuno y la fe: «No habrá nada más, fue bastante ya», Nacho Vegas dixit).
Uno de los lugareños habituales que se busca la vida con los turistas se sienta a mi lado y pretende darme conversación. Le digo que estoy escribiendo. Le da igual. Solo deja de sonreir y de hablarme cuando advierte que no le hago ningún caso y que sigo tomando notas en este cuaderno [Inserción desde el futuro: se me hace raro transcribir esa frase, ¿«este cuaderno»?, esto no es un cuaderno, es una pantalla, una metáfora del papel en blanco, esto es lo más alejado de un cuaderno que es posible imaginar. Escribir en un cuaderno es una tarea en la que hay que demorarse. Esto es otra cosa, algo inmediato].
Tengo un momento de irritación (está en el aire, lo noto). No quiero hablar con alguien que apenas sabe leer en su propio idioma. ¿Qué puedo tener en común con él? Nada. Nada en absoluto. Déjame en paz, hostia. El almuédano llama a la oración y por un momento el canto en árabe detiene el tiempo y la atmósfera pesada de fondo, la ira latente parece quedar expectante, como si todos estuviéramos esperando algo que la haga explotar, una pelea, una discusión, algo. Por un momento pienso que estoy harto de todos ellos. De todos.
Tengo dos ideas para un cuento:
Idea 1: Pides una subvención. El tipo es simpático y se hace amigo tuyo. Es un tipo conservador. Sin barba. Cordial. Gafas ovaladas. Frente despejada. Pelo rizado peinado hacia atrás pero sin gomina. Un día de copas te toca una pierna. Dices: «No, gracias» sin aspavientos. No tiene importancia. Él se extraña de tu actitud. Tú dices que te siente halagado pero que no te gustan los hombres. Que no tiene importancia. En realidad, él no ha dicho a nadie que es gay. Lo que me parece más interesante del cuento es que lo tienes en tu poder y que, además, la subvención que estás esperando depende de él en exclusiva. Es una situación interesante.
Idea 2: La librería mecánica. Una librería que en realidad es un laberinto que se reconfigura, en la que los muebles y estanterías giran y dibujan nuevos pasadizos, con líneas en el suelo, caminos literarios. Como un homenaje al cuento de Borges pero con la gracia añadida de que la gente podría morir por los movimientos de las estanterías, morir por la literatura, estar en medio del camino literio: «Realismo» y quedar aplastado cuando una estantería gira para mostrar el camino literario: «Realismo sucio» o «Surrealismo».
Ya estoy otra vez con la puta metaliteratura.
Percibo, desde una mesa en mi terraza preferida, un ambiente tenso en la ciudad. Creo que el ayuno los pone de mal humor, algo bastante comprensible. Es algo que se nota en el ambiente, como una pulsión de fondo. Mohammed (el chico joven que se queda en el riad por las noches) me confesaba ayer que el ayuno era duro (no sé si me lo contaba para que el extranjero admirara su determinación o como simple anécdota. A mí, la verdad, me parecen ridículos el ayuno y la fe: «No habrá nada más, fue bastante ya», Nacho Vegas dixit).
Uno de los lugareños habituales que se busca la vida con los turistas se sienta a mi lado y pretende darme conversación. Le digo que estoy escribiendo. Le da igual. Solo deja de sonreir y de hablarme cuando advierte que no le hago ningún caso y que sigo tomando notas en este cuaderno [Inserción desde el futuro: se me hace raro transcribir esa frase, ¿«este cuaderno»?, esto no es un cuaderno, es una pantalla, una metáfora del papel en blanco, esto es lo más alejado de un cuaderno que es posible imaginar. Escribir en un cuaderno es una tarea en la que hay que demorarse. Esto es otra cosa, algo inmediato].
Tengo un momento de irritación (está en el aire, lo noto). No quiero hablar con alguien que apenas sabe leer en su propio idioma. ¿Qué puedo tener en común con él? Nada. Nada en absoluto. Déjame en paz, hostia. El almuédano llama a la oración y por un momento el canto en árabe detiene el tiempo y la atmósfera pesada de fondo, la ira latente parece quedar expectante, como si todos estuviéramos esperando algo que la haga explotar, una pelea, una discusión, algo. Por un momento pienso que estoy harto de todos ellos. De todos.
Tengo dos ideas para un cuento:
Idea 1: Pides una subvención. El tipo es simpático y se hace amigo tuyo. Es un tipo conservador. Sin barba. Cordial. Gafas ovaladas. Frente despejada. Pelo rizado peinado hacia atrás pero sin gomina. Un día de copas te toca una pierna. Dices: «No, gracias» sin aspavientos. No tiene importancia. Él se extraña de tu actitud. Tú dices que te siente halagado pero que no te gustan los hombres. Que no tiene importancia. En realidad, él no ha dicho a nadie que es gay. Lo que me parece más interesante del cuento es que lo tienes en tu poder y que, además, la subvención que estás esperando depende de él en exclusiva. Es una situación interesante.
Idea 2: La librería mecánica. Una librería que en realidad es un laberinto que se reconfigura, en la que los muebles y estanterías giran y dibujan nuevos pasadizos, con líneas en el suelo, caminos literarios. Como un homenaje al cuento de Borges pero con la gracia añadida de que la gente podría morir por los movimientos de las estanterías, morir por la literatura, estar en medio del camino literio: «Realismo» y quedar aplastado cuando una estantería gira para mostrar el camino literario: «Realismo sucio» o «Surrealismo».
Ya estoy otra vez con la puta metaliteratura.
viernes, septiembre 24, 2010
Assilah III
La playa de Las Cuevas, a la que llego al día siguiente tras una odisea en bicicleta, es larga [inserción desde el futuro: y también intermitente, tal y como podría comprobar en los días posteriores, ahora está, ahora no, sometida a las idas y venidas del mar debido a las mareas atlánticas], una media luna perfecta de arena a los pies de un paisaje árido que me recuerda al Cabo de Gata.
Pasean por ella unos caballitos pequeños y sucios. Las turistas que los montan son demasiado grandes para ellos y la estampa me divierte. Pienso que estoy haciendo el viaje ideal para haber tenido quince años menos, la playa, Marruecos, el humo, la pereza. Recuerdo Caños de Meca un par de décadas atrás. El mar suena, incansable. El viento podría volverte loco. Probablemente ya lo está haciendo. La comida es buena, el pescado, fresco. Yo no soy musulmán y no tengo por qué respetar el Ramadán.
Me está encantando Homer y Langley de E. L. Doctorow. Tiene un talento descomunal. Hay que tenerlo para ser capaz de recrear la historia de dos hermanos excéntricos y adinerados de NY desde el punto de vista del hermano ciego. Y mantener el tono toda la novela. A mí me parece casi imposible. La mayoría de los libros que he traído en esta ocasión son norteamericanos. Las olas son el terminar del latido del mundo. Pienso en capilares sanguíneos de diámetro ínfimo batidos por el ritmo del corazón.
Sigo aquí (este aquí, este deíctico de lugar, por ponerme técnico, siempre me ha fascinado: es un lugar que ya no lo es con la relectura, por eso las notas de viaje te permiten recordar mejor que las fotografías, la palabra tiene algo extraño, encarna la realidad, se ve poseída por ella en un grado mayor que las imágenes).
El viento azota (¿azota?, ¿recorre?, ¿agita?) la playa. Pienso. Leo. Descanso. Espero un par de horas hasta que consigo un coche que me lleve de vuelta a mí y a la bicicleta. Regreso.
Ahora (otro deíctico, este de tiempo) estoy sentado esperando la cena. He pedido comida marroquí. Reflexiono sobre esta frase. Nunca he pretendido escribir guías de viaje, creo que este cuaderno es otra cosa, un cuaderno vuelapluma con cierta pretensión, digamos literaria. Intento contar mis días. Hace unos días escribí un microensayo en el que reflexionaba sobre la densidad que tienen los hechos apresados en papel, sobre la facultad de las palabras de dar cuenta de una vida más verdadera que la vida, tan llena de huecos, de espacios muertos de tiempo, colas, esperas, aburrimiento y hastío.
Más tarde vuelvo al bar con música. La torre portuguesa es como la de Belem pero de piedra y pintada de blanca. En Marruecos nadie comparte conversación con mujeres. Las mujeres sentadas a las mesas de los hombres solteros siempre son turistas. Llego a la conclusión de que no podría vivir aquí. Qué extraño que toda tu vida social sea con hombres. No. No podría vivir aquí. He visto a una mujer sola, turista, leyendo tranquila y sonriendo a todo aquel que pretendía trabar conversación pero dando a entender que deseaba seguir sola. He pensado que no era fácil. Si me la encuentro mañana se lo diré. Me gusta el sonido de fondo de la medina, la ciudad late de noche.
Pasean por ella unos caballitos pequeños y sucios. Las turistas que los montan son demasiado grandes para ellos y la estampa me divierte. Pienso que estoy haciendo el viaje ideal para haber tenido quince años menos, la playa, Marruecos, el humo, la pereza. Recuerdo Caños de Meca un par de décadas atrás. El mar suena, incansable. El viento podría volverte loco. Probablemente ya lo está haciendo. La comida es buena, el pescado, fresco. Yo no soy musulmán y no tengo por qué respetar el Ramadán.
Me está encantando Homer y Langley de E. L. Doctorow. Tiene un talento descomunal. Hay que tenerlo para ser capaz de recrear la historia de dos hermanos excéntricos y adinerados de NY desde el punto de vista del hermano ciego. Y mantener el tono toda la novela. A mí me parece casi imposible. La mayoría de los libros que he traído en esta ocasión son norteamericanos. Las olas son el terminar del latido del mundo. Pienso en capilares sanguíneos de diámetro ínfimo batidos por el ritmo del corazón.
Sigo aquí (este aquí, este deíctico de lugar, por ponerme técnico, siempre me ha fascinado: es un lugar que ya no lo es con la relectura, por eso las notas de viaje te permiten recordar mejor que las fotografías, la palabra tiene algo extraño, encarna la realidad, se ve poseída por ella en un grado mayor que las imágenes).
El viento azota (¿azota?, ¿recorre?, ¿agita?) la playa. Pienso. Leo. Descanso. Espero un par de horas hasta que consigo un coche que me lleve de vuelta a mí y a la bicicleta. Regreso.
Ahora (otro deíctico, este de tiempo) estoy sentado esperando la cena. He pedido comida marroquí. Reflexiono sobre esta frase. Nunca he pretendido escribir guías de viaje, creo que este cuaderno es otra cosa, un cuaderno vuelapluma con cierta pretensión, digamos literaria. Intento contar mis días. Hace unos días escribí un microensayo en el que reflexionaba sobre la densidad que tienen los hechos apresados en papel, sobre la facultad de las palabras de dar cuenta de una vida más verdadera que la vida, tan llena de huecos, de espacios muertos de tiempo, colas, esperas, aburrimiento y hastío.
Más tarde vuelvo al bar con música. La torre portuguesa es como la de Belem pero de piedra y pintada de blanca. En Marruecos nadie comparte conversación con mujeres. Las mujeres sentadas a las mesas de los hombres solteros siempre son turistas. Llego a la conclusión de que no podría vivir aquí. Qué extraño que toda tu vida social sea con hombres. No. No podría vivir aquí. He visto a una mujer sola, turista, leyendo tranquila y sonriendo a todo aquel que pretendía trabar conversación pero dando a entender que deseaba seguir sola. He pensado que no era fácil. Si me la encuentro mañana se lo diré. Me gusta el sonido de fondo de la medina, la ciudad late de noche.
lunes, septiembre 20, 2010
Inciso I
Todos esos gritos, que resuenan en el vacío inmenso de una sala sin un solo oyente, sobre la falta de calidad de la democracia, ese invento occidental, la poca importancia de la formación, la insignificancia del estudio ante la fama, sobre el camino que hemos emprendido en España de emulación de Italia, ese futuro manifiesto de la democracia postmoderna, caen, mucho me temo, en saco roto. Estamos cansados de agoreros, aunque sean sabios y acierten en todo pues también Casandra lo hacía mediante sus visiones del futuro y la ciudad la condenó al ostracismo y miraban a través de ella como si ya hubiera muerto. Estamos hastiados de la protesta y de la queja, y sí, lo decimos sin vergüenza, queremos ver el documental sobre la vida de la princesa del pueblo, queremos llorar con las historias de amor de los viejos, tan originales, queremos ver a los niños haciendo cucamonas al ritmo de la música, esforzándose por ser los mejores monos del circo, queremos ir a ver cómo se baña Michelle Obama, queremos ser ricos para poder desperdiciar el dinero en pizza y velinas —cómo no, cómo imaginar una vida más feliz que la del hombre viejo rodeado de bellezas que podían ser sus hijas, manufacturadas todas por el mismo médico sin arrugas que también está en la fiesta y que también, si no tiene cuidado, aparecerá en una fotografía desnudo y con una erección—, queremos vivir sin tener que pensar en el mañana, ni en la muerte ni en lo que dejamos a nuestro paso, queremos entrar a una reunión y que un montón de tipos importantes y con trajes caros se levanten al unísono para recibirnos, queremos sentarnos al lado de la gente que importa, de los que manejan el mundo, aunque para ello debamos hacernos amantes de ancianas multimillonarias que pagan campañas de Sarkozy, queremos que nos regalen los trajes y dar el soplo a un amigo de la infancia de que tal parcela se va a recalificar y que es el mejor momento posible para comprar terrenos allí, queremos que Calatrava haga un puente en nuestro pueblo.
Qué quieren que les diga, si su país no les gusta, emigren. Y digan más tarde que se han exiliado, que no han podido con tanta estupidez.
Pero no se engañen, a nadie le importará.
Qué quieren que les diga, si su país no les gusta, emigren. Y digan más tarde que se han exiliado, que no han podido con tanta estupidez.
Pero no se engañen, a nadie le importará.
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