lunes, agosto 31, 2009

Marrakech II

Una siesta dulce y una ducha y al salir a la calle, advierto que la luz se ha vuelto esponjosa y que no parece quedar mucho para el atardecer. Camino en dirección de la plaza Yemá el Fná prestando atención al camino porque no hay otra manera de volver al riad. Veo un hamman enfrente de un edificio en construcción, una inmobiliaria, varias peluquerías, multitud de tiendas de baratijas. Cada cierto tiempo vuelvo la mirada para retener la imagen para el camino de vuelta, como un niño que teme perderse. Al llegar a la plaza suena la sirena que da término al día de Ramadán y siento una explosión de júbilo, algo hermoso, una felicidad compartida por todos, la felicidad del que sabe que va a disfrutar de la primera comida del día. Por todas partes se ven corrillos de personas que comen y toman sopa, harira. Durante media hora la ciudad se paraliza y los turistas, estupefactos, caminan por las calles de la medina sin que nadie pretenda introducirlos en su negocio, sin saludos falsos. La palabra que me viene a la cabeza cuando suena la sirena es gozo, no se me ocurre otra mejor, o tal vez sí, tal vez sea mejor pure joy, en inglés. Tomo una cocacola en una terraza desde la que se ve la plaza, como un puerto abarrotado, las luces balanceándose por la brisa, los puestos callejeros de zumos y las parrillas, los pequeños tenderetes metálicos, los carros de madera pintados de colores. En ese instante comienzan a sonar las grabaciones de las mezquitas progresivamente; en primer lugar suena la mezquita que tengo más cerca: Allah Agbar. Dios es grande. Y más tarde se une al canto una mezquita situada unos cientos de metros a la derecha, ligeramente desfasada en tiempo y frecuencia, como sirviéndole de eco, de reverberación. Y más tarde comienza otra, y más tarde otra. Y otra más. Y también es hermoso. Solo hay un Dios, no hay más Dios que Dios. Allah Agbar. Allah Agbar.

domingo, agosto 30, 2009

Marrakech I

Camino por la medina y muchas imágenes se quedan adheridas a mi cabeza. Un hombre con una gorra cochambrosa con un montón de pezuñas en la moto, de un animal que no puedo identificar, tal vez camellos o burros. Un niño mugriento pidiendo dinero, hombres lánguidos y perezosos en la puerta de sus negocios, guardando las pocas fuerzas que el desayuno temprano les ha proporcionado, ahora que es Ramadán, muchas mujeres cubiertas. El polvo del desierto flotando en la atmósfera de la plaza. La inquietante sensación de caminar perdido, sabiendo, sin embargo, que podré encontrar el hotel. El estilo de Thomas Bernhard en mi cabeza, obsesivo y repetitivo hablando de Salzburgo, el nazismo, el catolicismo y la 2ª Guerra Mundial. El mismo viento del desierto que respiro, en «Desierto», una novela de 1980 de Le Clézio. Más negocios, más ciclomotores zizzagueando entre la gente. Muros rojos, almenas fractales, calor, olores extraños: a pescado y carne sin refrigerrar, puestos de comida cubiertos de moscas, caras sonrientes. Té con menta, té en una tienda para comprar té. Solo té, gracias, solo té, de verdad, no quiero nada más. Saberse parte de un juego en el que no eres más que una ficha con dinero, la banca móvil de la partida de cartas y entrar y salir y marchar y sonreir y negar constantemente con la cabeza y entrar en la tienda de alguien que te vende algo y aún así participar con gusto en ese juego, dejándote llevar, sin que te importe tardar media hora más en llegar al hotel. Dejar que todo te empape. Dejarse ir, sabiendo que lo que recordaré del viaje me lo habré inventado y tal vez crea rememorar la sensación de estar aquí sentado en la cama de una habitación (también roja) escribiendo estas palabras, que ya serán otras palabras cuando esto que estoy escribiendo (justo ahora, justo entonces) vuelva a ser leído. La extrañeza del tiempo lento, intoxicado, la molicie y el sol abrasando tras la puerta, el tiempo pasando poco a poco, letra tras letra.

jueves, agosto 20, 2009

Intensidad

Sí, el mensaje decía: «Por mí te puedes tomar todo el tiempo del mundo. Literalmente.» Y literalmente, esto es, ateniéndonos al espíritu de la letra, todo el tiempo del mundo es demasiado tiempo para cualquiera, para cualquiera que no sea un dios inmortal, que no era su caso. El caso es que el sentimiento de pérdida que había sentido al leer aquel mensaje había brillado con intensidad por encima de su cabeza, como un bocadillo en un cómic antiguo de superhéroes con una onomatopeya entre líneas quebradas: crac, pow, thumb. Esas cosas.
Llegaba todos los días al trabajo y comprobaba su correo, esperando una catástrofe, o la redención, quién sabe. Se colocaba los auriculares y se ponía música y el iPod seleccionaba aleatoriamente canciones que siempre le recordaban a alguien, otras épocas, otros cuerpos. Se ponía a trabajar en una cosa que no le interesaba mucho pero que, según un extraño sentimiento calvinista de fidelidad al trabajo inculcado por su padre, debía hacer lo mejor que sabía. Agotado, se miraba al espejo y se preguntaba si esto que estaba haciendo tenía algún sentido. Si su vida, al fin y al cabo, lo tenía.
Necesitaba las vacaciones que aún no había organizado, tenía que huir de la ciudad aunque supiera que todo estaría esperándole a su vuelta, igual o peor, quién sabe. Tenía miedo, últimamente tenía miedo del futuro y eso, estaba seguro, marcaba de alguna manera su entrada definitiva en la madurez. En eso consiste ir cumpliendo años, en tener cada vez más miedo. Y en ser cada vez más incapaz de desligarse de los hechos de su pasado, de las personas que formaban parte de él. Sabía que necesitaba un cambio pero no estaba seguro de estar eligiendo las bisagras adecuadas para darle un giro a su vida. Vacaciones, eso es lo que necesita, vacaciones. Seguro que con las vacaciones todo se arreglará, todo se suavizará, el descanso es lo que tiene, que despeja y airea la cabeza, pensaba. Esperaba, más bien.

Menos mal que todo esto son imaginaciones, ficciones, recreaciones. Menos mal que el tipo del que se habla en tercera persona es solo un personaje salido de la cabeza de alguien. Al final, eso lo arregla todo casi siempre. La ficción, quiero decir. La ficción lo arregla todo casi siempre.

martes, agosto 18, 2009

Madrid V

Franco siempre viajaba con una reliquia, el brazo incorrupto de Santa Teresa. Le hacía sentirse seguro, parece. Pero el cuerpo de Franco se pudrió por dentro, Santa Teresa no pudo hacer nada y llegó un momento en el que los periódicos hablaban de sus deposiciones con el término: "heces en melena". Observen la poesía del término y de la agonía del viejo. Acabar desbordándose en forma de melena, como si su culo fuera la cabeza de un hippy, qué cosas.

La Gran Vía en Blanco y negro, Almacenes Arias, putas españolas en Montera, picadura de tabaco, limpiabotas, tranvías, Superman con remiendos y acento de San Blas volando por encima del edificio de la Telefónica, Valderrama y su emigrante, carboneros con la cara llena de hollín esperando la descarga del camión, cererías especializadas en cirios pascuales para la Virgen de la Paloma, caza en el Pardo, curas por todas partes, sexo furtivo en habitaciones sucias por horas, verbenas con olor a fritanga y orquesta, la Castellana con viejos modelos de coches extranjeros, incienso, señoras de negro, el rosario, campanadas llamando a misa, niño no te toques que se te seca la columna vertebral, no quiero que me pongas la mano encima hasta que nos casemos, hable con mi marido, yo no le puedo decir.

Ahora un tipo belga toca el didgeridoo y alemanes con gafas de pasta saludan a viejas amigas en Malasaña. A mí me duele la espalda y noto un dolor sordo en el omóplato izquierdo. El cuerpo, como esta ciudad, es un sistema o, mejor dicho, varios sistemas superpuestos: los nervios, las venas y arterias, los tendones, los nódulos linfáticos. Y, como todos los sistemas, está preparado para funcionar con errores, con falta de información, con lógica difusa. Dolores, inflamaciones, trombos, pequeñas capas de grasa acumulándose en las arterias, dolores articulatorios, rozaduras, heridas abiertas, contracturas. Como Madrid. Siento el metro pasando veloz bajo mis pies, miro hacia arriba y veo el azul del cielo surcado por los sietecuatrosietes, motocicletas, peatones, coches, señales luminosas, neones proscritos del centro, gente de colores. Y pienso que Madrid, con ese color del cielo sin igual gracias a la contaminación, no es más que un lienzo, un decorado, un paspartú. Y que los actores tampoco somos nosotros aunque lo creamos.

viernes, agosto 14, 2009

Madrid IV

Las cintas de colores atraviesan las calles y miles de personas beben cerveza y mojitos y combinados y chinos pequeños y también paquistaníes pequeños llevan bolsas con cerveza fría para vender y una luz estroboscópica parpadea en una de las paredes de ladrillo de la Cava Baja mientras un diyei pone música electrónica y mujeres de altos tacones y vestidos de verano caminan entre el gentío ignorando las miradas ansiosas de los hombres. La locura que se ha apoderado de todo el mundo es algo extraño y divertido y desquiciado y castizo, sobre todo castizo, sea lo que sea lo que esa palabra quiere decir. Y recuerdo que le dije a una amiga: en este momento estoy eufórico, el mejor momento de la borrachera y todos sois mis hermanos y no se puede estar mejor y aunque sé que mañana lo lamentaré, en este momento, me importa un carajo, soy feliz, aunque sea una palabra que haya que utilizar con cuidado, en ese momento yo soy alguien contento de estar haciendo lo que está haciendo, alguien que no desea encontrarse en ningún otro lugar. Pero pido otra copa, sabiendo de antemano que el débil equilibrio de neurotransmisores inducido por el alcohol va a desaparecer y que en realidad todo se convertirá en otra cosa de un momento a otro, en un latigazo, en una imagen, en una secuencia orquestada por el Gran Guionista: tú un poco más allá y tú mira a la cámara y tú no eres más que un puto extra y date por satisfecho con los setenta euros que te vamos a pagar por aparecer en la película, idiota, date por satisfecho por compartir plano con gente que realmente es una estrella, no como tú, que eres un idiota y aquí están tus setenta euros y ya te estás largando. Y cuando esa sensación pasa y recojo mi dinero y me voy a casa a dormir el sueño de los extras, yo no me siento en mí, que es una manera de decir que no me siento como debería, o que no encuentro la manera en la que debo sentirme y estoy cansado y hastiado y hasta un poco aburrido, no quiero, no quiero seguir aquí repitiendo estos gestos, estos rituales manidos, estas sonrisas falsas, estas conversaciones sin objeto, todos nosotros pavos reales que mostramos nuestras plumas, todos nosotros preocupados por causar buena impresión a personas que ni siquiera lo merecen y ahora mismo lucharía a brazo partido con mi propia vida para encontrar una salida, para encontrar una salida pequeña, una pequeña puerta, reluciente y semiescondida con un letrero encima y me deslizaría sin avisar a nadie, sin despedirme de nadie y la abriría con expectación y miraría a su interior y alegremente me marcharía a cualquier otro lugar, a una vida diferente, la del asceta, la del que no necesita nada, la del que es capaz de vivir con muy poco dinero, la del que no tiene que dar explicaciones ni tampoco pedir permiso para seguir por su propio camino con un libro bajo el brazo. Por ejemplo.

miércoles, agosto 12, 2009

Adiós

—Adiós, fuera todo, empaqueta tus mierdas y vete a tomar por el culo, que no quiero verte la cara una sola vez más en esta casa, que es mía, ¿te enteras?, es mía, y vete ya que se hace tarde y estoy harta de tener que decírtelo.
Pero no, no te fuiste inmediatamente porque en ese momento comprendiste que no tendrías muchas más oportunidades de llevarle la contraria, en ese momento supiste que sería la última vez que podrías dejar de hacer lo que ella te decía porque nunca más iba a decirte nada, te iba a borrar, te iba a quitar de su vida, te iba a tachar en un cuaderno, como si no fueras nada, peor que nada, como si fueras una mierda, y no el hombre que le pidió que se casara con ella, como si estos trece años no hubieran tenido importancia y es cierto que las cosas se jodieron al final pero también es cierto que todo se jode al final y tampoco aquel guantazo fue para tanto, coño, que parece que las mujeres de hoy en día son de cristal y lo había intentado, lo había intentado, joder, y había sido mejor persona pero no había podido cambiar la mirada de miedo que desde entonces le tuvo ella, eso le había helado el corazón, solo había sido una discusión en la que había perdido los nervios y fíjate ahora, dispuesto a salir por la puerta para no volver a cruzarla.
—No, no pienso hacerlo, me quedaré en la casa el tiempo que me salga de los cojones, que para eso sigo pagando la hipoteca, zorra, como si no lo supieras, como si no supieras quién paga tu puta casa, te enteras, me voy a quedar aquí, acabo de decidir que si quieres que nos separemos, que si quieres el divorcio, tal y como llevas diciéndome todos los putos días de estas dos últimas semanas, vas a ser tú la que se largue, porque yo me quedo, esta es mi casa como la tuya y no me da la gana irme, he cambiado de opinión, y me quedo.
—Pues quédate con ella si eso es lo que quieres, ¿sabes?, me la suda, quédatela y ahora que lo pienso, tal vez sea mejor que la que se vaya sea yo porque te juro por Dios que no me vas a volver a ver en tu vida, ¿oyes?, en tu puta vida.
—¿Y adónde vas a ir, eh? ¿Adónde vas a ir tú, que no sabes ni hacer la o con un canuto, tú, que no has trabajado nunca?
—Serás cabrón… o sea, que lo que he hecho no ha sido trabajar, cuidar de la casa y de la familia y preocuparme porque todo funcionara, porque todo marchara, ¿no ha sido currar?, pues que sepas que hoy en día hay un montón de ayudas para la gente que se queda en mi estado, mujeres maltratadas y eso.
—Pero ¿de qué coño de maltrato estás hablando?, ¿te he puesto alguna vez la mano encima, eh? Que no, joder, que ya te pedido perdón mil veces, que perdí los nervios, que yo no soy así, que yo no pego a mi mujer, ¿por qué me miras así, puta?, ¿por qué me miras así?,¿me crees un cobarde, un calzonazos?
—No, es peor, eres un mediocre y un desgraciado que crees que soy de tu propiedad, como si fuera un caballo y estás muy equivocado, yo voy con quién quiero y salgo por donde quiero y nunca más te voy a volver a dar ninguna explicación, ninguna, imbécil.
—¿Cómo que sales con quién quieres?, ¿qué significa eso?, ¿qué coño significa eso?, ¿no estarás viendo a otro hombre?, aún no me he marchado y ya estás revolcándote por ahí con otros, eres una puta, siempre lo he sabido, eres una puta y no se hable más.

jueves, agosto 06, 2009

Madrid III

El otro día, caminando por el centro de mi ciudad, una imagen me vino a la cabeza, la imagen de nosotros mismos en el centro de un ovillo, un ovillo de hilo que representa nuestras relaciones con los demás y que es mayor o menor dependiendo de su número. Caminamos siempre dejando un rastro de hilo, que se enreda en los ovillos de los otros, al igual que hacen los demás. También me dio por pensar, al pasar por un barrio muy antiguo, que si el tiempo no transcurriera (como, según parece, sucede en realidad), yo siempre estaría pasando por lugares que en los últimos quinientos años han estado ocupados en algún momento por otras personas, como si todos fuéramos elementos de algo mayor, partes de una amalgama. Y que si fuéramos capaces de abstraernos de ese tiempo que no existe y representar en una única imagen todos los movimientos a lo largo de su vida de todas las personas que han vivido aquí, cambiando el color para que los movimientos más modernos fueran azules, por ejemplo, y los más antiguos amarillos, tendríamos una gradación de colores preciosa, una estrella sobre el plano de la ciudad que únicamente allí, en ese barrio que recorría, contendría todos los verdes del mundo. Pensé además en que si esa estrella fuera dinámica y cambiara constantemente reflejando los trayectos de los peatones, de los coches, de los trenes y de los aviones, el mundo, en realidad, podría contemplarse como una pulsión o como un espasmo. Y al añadir a ese gráfico, como otra variable, el tamaño de los ovillos de la gente, pude ver que Quevedo conocía a menos gente que yo y que había visitado a menos gente que yo y que no había viajado tanto como yo, y vi su estrella amarilla y su pequeño ovillo cojeando por la Cava baja, camino de la Plaza Mayor. Y más tarde imaginé la ciudad a dos mil metros de altura, como una ciudad de Lego, como una mala copia de un plano de Google Earth, extendiendo sus tentáculos en dirección a la Mancha, a Navacerrada, a Guadalajara, a Toledo y pude sentir su latido, pude sentirla como un gigantesco organismo, tan ajeno a nuestros deseos como lo fue con los de nuestros antepasados, esos que ocuparon en algún momento el exacto espacio por el que yo estaba pasando en ese justo instante.

Y después pensé en el sexo.

lunes, julio 20, 2009

Vacaciones

Durante unos días estaré de vacaciones. Tan aislado que la cobertura del móvil solo llega a un punto de las afueras del pueblo al que hay que ir a recoger los mensajes todos los días. En un sitio tan improbable como Soria. Al final de una pista forestal de tierra por la que hay que circular durante una hora y media para llegar. En medio de un microclima en el que incluso tan al norte se dan los frutales. Con un amigo que lleva quince años reconstruyendo una casa con sus manos en ese pueblo y con su familia.

Intentaré aguantar sin internet aunque no sé si, debido al síndrome de abstinencia, tendré que pedir a mi amigo que me acerque a Soria a los dos días. Pero debo hacerlo. Este año se me ha digitalizado definitivamente el cerebro. Este año he debido de escribir miles de correos, he pasado miles de horas leyendo y escribiendo en el ordenador, he trabajado demasiado. Este año necesito descansar.

Si advierten que este blog no se actualiza, probablemente se deba a que, al haber encontrado mi vocación definitiva, me haya hecho cabrero, agricultor, apicultor o hippie con tienda de cerámica. Si eso ocurre, el fin estará cerca. Actúen en consecuencia. Besen a sus hijos. Dígales que los quieren.

lunes, julio 13, 2009

El bueno de Andy

La frase que pronunció Andy Warhol al morir no fue, como nos quieren hacer creer, ni profunda ni tampoco inteligente. Andy no nos dejó ninguna perla de conocimiento, no dijo: no me gusta el nuevo Mickey Mouse, ni tampoco dijo: no entiendo Blade Runner, ni tampoco: el arte pop es un gigantesco engaño. No. Lo que dijo fue: Ups. Y en ese momento, al igual que ocurre en las series de televisión en las que las protagonistas hablan con aparecidos, un fantasmal bocadillo de cómic apareció sin ruido. Un bocadillo unido a la cabeza del bueno de Andy mediante circulitos (el recurso del cómic para representar el discurso interior, más gráfico que cualquier intento de estilo indirecto), que vibró, se movió un poco y más tarde se disolvió. Nadie pudo advertirlo, pues todo el mundo estaba recogiendo reliquias en la habitación del maestro (alguien se llevó la funda del almohadón y otra persona sus gafas) con la idea de pedir al ayuntamiento de la ciudad la construcción de un altar público en el que rendir homenaje al pintor.
Cuando vi aquella interjección, entendí que disponía de poco tiempo. Fui a su estudio, antes de que los demás comprendieran que el pijama de moribundo de Andy tendría menos valor que cualquiera de sus obras y conseguí hacerme con el retrato de Michael Jackson que había comenzado algún tiempo atrás. Todavía no estaba terminado del todo y no había dicho a nadie que estaba realizándolo, de ahí que pudiera llevármelo a casa. Pasé varias horas mirándolo: Jackson estaba sonriente, vestido como en el vídeo de Thriller y todavía bastante negro. En su día, Andy y yo discutimos mucho sobre la importancia de ese vídeo. Él pensaba que no era para tanto. Yo sí, yo pensaba que aquello cambiaba para siempre la importancia de los vídeos musicales. Estoy seguro de que si hubiera enseñado el retrato a Jacko hace un par de días, no se habría reconocido. Ahora ya no podría hacerlo, claro, Jacko ha muerto y mi retrato vale diez millones de dólares.

Acabo de enviar una solicitud al Vaticano que dice: ¡Andy Warhol, Santo Subito!, ¡Michael Jackson, Santo Subito! No me han hecho caso, creo que han pensado que se trataba de una broma.

Nadie entiende verdaderamente el arte pop. En eso llevaba razón el bueno de Andy.

miércoles, julio 08, 2009

Solar

El próximo 13 de julio en Múnich se sentarán las bases de lo que será el mayor parque generador de energías renovables del mundo, denominado Desertec Industrial Initiative. El capítulo alemán del Club de Roma y la compañía aseguradora Munich Re organizan en la capital bávara una conferencia para conocer qué empresas, inversores, centros de investigación y constructores comienzan a levantar en el desierto del Sáhara las plantas solares termoeléctricas que, según sus previsiones, abastecerán en 2050 el 15% de la demanda eléctrica europea y dos tercios de la del Norte de África y el Medio Oriente.
Europa inicia la carrera para explotar el sol del Sáhara, artículo de Javier Rico en El País.


En 2050, más de la mitad del Sáhara estará cubierta de placas solares. Desde los satélites que orbitarán la tierra podrá observarse su brillo, como si el planeta tuviera un corazón incadescente y las placas no fueran sino un gigantesco agujero que permitiera mirar en su interior. Desde los satélites que orbitarán la tierra y que nos conectarán unos a otros de forma permanente, las cámaras tomarán imágenes de esta inmensa extensión reflectante y las almacenarán en un archivo interminable. Un extensión de luz, de kilómetros y kilómetros de largo fotografiada veinticuatro veces por segundo en alta resolución.


El sol se pone en el desierto. La tierra fluctúa del rojo oscuro al negro en apenas diez minutos. Las placas emiten el último reflejo antes de quedarse desocupadas y negras, azotadas por el viento del interior que siempre comienza a soplar al atardecer. El viejo habitante del desierto espera tumbado en la arena, cubierto con una manta de material térmico que se mimetiza con el suelo. Arrastrándose, llega hasta la valla que delimita el complejo y se introduce en uno de los agujeros que sus hermanos han excavado durante los últimos meses. El secreto está en la paciencia, algo que hace mucho tiempo que el hombre occidental ha perdido. Cuando llega al otro lado de la valla, repta para evitar los sensores de movimiento. Su cara está curtida por el sol, llena de surcos. Así tumbado, saca una objeto de su mochila y lo coloca en una pequeña construcción metálica de forma cilíndrica. Sabe que es uno de los quinientos colectores de energía sembrados cada dos kilómetros, la red que almacena y distribuye esa inmensa cantidad de energía del Norte de África al resto del mundo. Al acabar el trabajo, cubre el objeto con el mismo material que le ha permitido permanecer oculto y deshace el camino. Cuando está de nuevo a salvo, da la gracias a Dios y, siguiendo su costumbre, pide no morir en estos años, pide a Dios que lo mantenga con vida el tiempo suficiente para poder presenciar el gran momento.

lunes, julio 06, 2009

Pastillas

Con el estómago lleno de pastillas. Esa es la muerte que prefiere. No quiere morir bajo las balas de un loco que lea "El guardian entre el centeno" ni en un accidente de avión, junto con Richie Valens (aka Ricardo Valenzuela), compositor de "La Bamba". No. Mejor las pastillas. Mejor tomar ansiolíticos, calmantes, tranquilizantes, mejor ingerir grageas de colores brillantes, una tras otra. Hecho con cierto sentido estético, este último acto podría incluso fundar una costumbre perdurable: tomar cinco pastillas azules, diez rosas y veinte verdes. El suicidio pop.

Yacer desmadejado en el suelo, obligar a los médicos que descubran el cuerpo a ocultar los detalles demasiado morbosos: nada de El Rey de Rock ha muerto de una sobredosis de barbitúricos mientras leía una revista pornográfica en su baño preferido; nada de El Rey del Pop estaba calvo, en los huesos y en el momento de su muerte no llevaba la peluca puesta. Nada de eso. Morir bajo los efectos de los barbitúricos. Que no es igual a morir drogado. Pastillas con receta médica, una muerte en azul, rosa y verde. La combinación pop-rock.

Y vivir en un parque temático y tener una fuente de pepsi cola, un traje de lentejuelas y una colección de pelucas.

Y una sonrisa que es una mueca que es un tajo en la cara que es una línea recta como en un personaje de South Park.

Y una casa que es un museo que es un parque temático que es un horror estético que es un mausoleo.

Un mausoleo de color pastel: azul, rosa y verde.

sábado, julio 04, 2009

Sabado 11. Presentación del Bremen

El sábado 11 de julio los integrantes del Bremen, ese sótano de Malasaña en el que se leen tan buenos relatos, presentamos un libro que hemos editado y que constituye el resumen del primer año de taller.



La cita será en El ladrón de tinta, c/ Noviciado nº 2, a las 20.00 h.
Si se animan les invitaremos a un vino.

martes, junio 30, 2009

4 años

Me ha dicho Xavie que tengo que escribir hoy. Vale. Recojo el guante (se creerá el gilipollas que no me atrevo). Ahí va mi texto:

Hoy, 30 de junio, hace cuatro años que subí mi primera entrada al blog. Y a pesar de que nunca me ha gustado escribir sobre el medio ni tampoco soy dado a las cadenas de blogs, las citas y demás prácticas propias de las bitácoras (bonita palabra, dice Xavie, pero poco práctica; pues vale, digo yo), hoy me gustaría agradecer su tiempo a todos aquellos que vienen aquí a leer (no te pases, ya sabes... que luego me dejas el blog demasiado sentimental, dice Xavie) lo que a mí (¡qué coño a ti, chaval, qué coño!) se me pasa por la cabeza.

Gracias a todos. En especial a aquellos que empezaron siendo lectores y se convirtieron en amigos. De los de verdad, de los de carne y hueso. Este no-lugar (te veo un poquito pedante últimamente, amiguete) me ha dado muchísimas cosas. Tantas que ni se me pasa por la cabeza cerrarlo.

Eso sí, si alguien tiene un diseño bonito (con fondo blanco, por petición popular) y me lo quiere ofrecer graciosamente (esto es, sin pagar), yo encantado.

Besos y abrazos,
Javier (¡hay que joderse!)

viernes, junio 26, 2009

Veinte

Su padre le había dicho que lo que le pasaba es que creía que tenía veinte años y a pesar de que él había contestado que no, que era muy consciente de su edad, la frase se había quedado flotando en la habitación como una acusación muda.
A él no le parecía que hiciera cosas propias de los veinte años, la verdad, pero qué sabía su padre. Cuando su padre tuvo a su primer hijo tenía veinticinco años y llevaba trabajando desde los catorce, en unas condiciones esclavistas, catorce horas al día, en mitad de La Mancha, en una venta polvorienta donde una vez vio a Ava Gadner, que siempre lo contaba, pedir una ración de carne con tomate para un perro con sarna que había por allí. Descansando dos días cada tres meses y sin poder gastar porque el dinero se enviaba directamente a la abuela para sufragar los estudios del hermano mayor. Y después camarero y oficinista en el Silo de trigo y por fin trabajador en una gran empresa. Su padre había conocido a su futura mujer, que tenía catorce, a los dieciocho y tras siete años de novios, se habían casado. Su futura mujer de entonces era ahora su mujer desde hacía casi cuarenta años. Se había afiliado a un sindicato todavía clandestino, por el impulso altruista de ayudar a los demás —como si los demás se lo merecieran—. Y luego había llegado la transición y las manifestaciones y la democracia, la hipoteca de una casa pequeña y fea, propia de los setenta —una casa para la que debió contratar una hipoteca con los tipos de interés muy altos, pero que pudo pagar en solo quince años con un único sueldo—, ver crecer a los hijos, vivir, verlos marcharse, la jubilación. El orgullo de haber creado una buena familia.
¿Qué podía saber su padre de sus vidas móviles, de estas vidas de estudiante, traductor, programador, revisor, ingeniero, experto en marketing, trabajador para una consultora, analista de mercados, estudiante otra vez, filólogo, editor, corrector de estilo y otra vez traductor? De estas vidas que nunca acaban de terminar, que se mezclan, que permanecen aunque hayan pasado décadas porque siempre, por mucho que deseemos que el pasado nos libere, somos también lo que hemos sido. De las capas que nos constituyen, de las tres ciudades en las que había vivido él, de las cuatro mujeres que ya había tenido y perdido, de la inmensa cantidad de tiempo dedicada a los libros, del desamor. De la escritura, de la batalla con las palabras, de los intentos por orientar la existencia de otra manera, del aburrimiento. De la cualidad lábil de la vida hoy en día. De la búsqueda permanente, de la pulsión autodestructiva que hay que cabalgar, siempre atento, sin dejarse ir, siempre concentrado. De la belleza de las ciudades desconocidas por la mañana cuando se está solo y se tiene un día completo que perder tomando café y leyendo.
Por eso se había limitado a contestar: no creo que lleves razón papá, no lo creo, y más tarde se había quedado en silencio.

jueves, junio 25, 2009

Piel

Al sacudir el cuerpo como si fuera un perro recién salido del agua, he observado una lluvia de escamas, brillando al sol y depositándose suavemente. He podido ver que habían formado en el suelo la muda de mi piel, un traje perfecto para mí pero hueco, sin carne dentro. Me he asustado y he corrido a mirarme en un espejo, temiendo el aspecto descarnado de mi cara. Estaba normal, si acaso más bronceada de lo que la recordaba.
He pensado que una visión, un sueño o una metáfora son cosas muy parecidas, que todo puede ponerse en el predicado de una frase, que nuestra historia depende de dónde se empiece a contar, de a quién asignamos el papel protagonista, y de la compañía, sobre todo de la compañía. Una vez comprendido esto, he decidido que todo lo que me ha sucedido lo ha hecho siguiendo un guión en el que nada fue producto del azar. Todo seguía un plan maestro para construir un personaje: yo mismo.

Y desde ese punto de vista, no me ha disgustado ser yo. Creo.

lunes, junio 22, 2009

Cenicienta

Cenicienta yace en la cama esperando la muerte inevitable, confirmada por los médicos de palacio. Tiene ochenta años, el pelo blanco y muy fino y su cara, en otro tiempo digna del príncipe, un óvalo perfecto en la que el poeta de palacio había puesto cerezas y perlas, marfil y rosas, está cruzada por una red de arrugas que deja ver las venas azules. Está recordando la noche del baile, la pieza que los músicos interpretaban cuando llegó al salón, el vestido mágico que realzaba su talle de forma tan maravillosa, sus zapatos de cristal. Y sobre todo, al príncipe, tan elegante en su uniforme, con aquel andar elástico que tanto gustaba a todas las mujeres del reino.
Sus hijos la miran con amor desde el borde de la cama, tal vez esperando un milagro, un último gesto mágico que la salve, pero ella sabe que va a morir, que nada puede ganar al tiempo y que incluso su propia historia acabará por ser olvidada. A partir de aquella noche, su vida ha transcurrido de forma imperceptible y nunca ha vuelto a sentir nada parecido, ni siquiera con su primer hijo. Entonces su visión comienza a nublarse y al oir de nuevo la música, al sentir otra vez las miradas de deseo de los hombres posadas en su cuerpo, una última sonrisa se abre paso en su cara.

jueves, junio 18, 2009

Bochorno

(Reducción al absurdo)

Hace calor. Bochorno. El hombre cocina en soledad mientras su mujer ha ido con los niños al centro comercial. Suda sin ser consciente de ello y, de vez en cuando, siente en las axilas una sensación de frescor que no espera cuando el viento entra en la cocina.
El hombre pone a sofreír la cebolla y el ajo en aceite de oliva virgen a muy baja temperatura. Poco a poco la cocina se llena de un aroma dulce. Escoge entonces tres tomates de la cesta que les trajo un vecino y los mete bajo el agua. Saca el corazón utilizando con habilidad un cuchillo pequeño y los divide en cuartos, que trocea cortando siempre por la parte de la pulpa.
El cielo es de color gris azulado. Las nubes han cubierto el sol pero, como una cúpula de vidrio, han encerrado el aire en su interior, que permanece quieto y caliente. También los árboles del prado parecen estar esperando algo. La radio ha dicho que se alcanzarán los 35º C.
El hombre, con un cuchillo de hoja estrecha y afilada, hace un corte en el vientre del perro muerto que yace en la encimera. Su mujer lo llamaba Aníbal. Con un movimiento experto le arranca la piel, volviendo el cuerpo como un calcetín y le corta las manos para separarla definitivamente. Tira el pellejo a una bolsa de basura negra, donde, a continuación, arroja también la cabeza y el rabo.
Las escalas repetidas de las clases de piano de la niña de los vecinos se extienden en ondas caprichosas, a merced del viento. El termómetro exterior sigue indicando 33º C, igual que media hora antes.
Nota las gotas de sudor acumulándose en sus cejas. Se lava las manos, sanguinolentas tras eviscerar al animal, y se las seca con un trapo, que le sirve también para limpiarse la frente. Coloca en la olla los pedazos de carne, teniendo cuidado de distribuirlos bien y añade sal, pimienta, azafrán y laurel. Tras cinco minutos, da la vuelta a la carne y añade medio vaso de vino blanco oloroso.
En el exterior, poco a poco, el viento comienza a arreciar. Las nubes se arremolinan nerviosas allá arriba, tornándose de un color oscuro, entre el gris y el azul. Ya ni siquiera puede verse exactamente donde está el sol. La temperatura sigue en 33º C, inamovible.
La cocina huele bien, como todos los domingos. El vino ha perdido el alcohol y tras remover el guiso con una cuchara de palo, lo cubre con agua. Cierra entonces la olla y la programa para que emita una señal a los veinte minutos.
El viento comienza a ulular en el garaje. Baja a cerrar la puerta de fuera y recuerda entonces la bolsa de basura negra. Vuelve a la cocina, la recoge y, junto con el contenido del recogedor, mete en ella también el trapo con el que se ha limpiado las manos.
La olla pita y al liberarla del vapor, el aroma resulta delicioso. La mueve entonces suavemente de izquierda a derecha, para comprobar si alguno de los trozos de carne se ha quedado adherido. El guiso se mueve sin problemas, denso, con la textura justa. Con un tenedor toma entonces un poco de carne para comprobar su grado de cocción. Está perfecta. Añade al guiso diez puñados de arroz, lo remueve y lo pone a fuego lento.
Su mujer y sus hijos llegan justo cuando está terminando de secarse de la ducha. Sale del baño, fresco y despejado, para besar a su familia. Los niños dicen a gritos que están hambrientos y que huele muy bien, que la comida que más les gusta del mundo es el arroz de su padre. Ponen el mantel, los cubiertos, el agua, el pan, los platos. Sirven el arroz y la carne y comienzan a comer.
Entonces los niños preguntan por Aníbal y él les contesta que no, que no lo ha visto; que habrá salido a dar una vuelta. Ya sabéis que lo hace a menudo, que este perro es un descastado. Esperemos que no le suceda nada, que no se encuentre con un perro mayor que él, ya lo conocéis, con las malas pulgas que tiene, esperemos que no se meta en una pelea o algo. Bueno, ya volverá cuando tenga hambre, ya sabéis cómo es.

lunes, junio 15, 2009

Amigos

(a Javi y a Ana; a Álvaro y a Hugo)


Los amigos de toda la vida son insustituibles. No hay muchas personas que puedan recordarte en tu adolescencia, cuando todo estaba aún por decidir, que puedan recordar todas las veces que te han roto el corazón; la primera vez que hiciste el amor y lo contaste con todos los detalles; la ocasión en que dijiste que querías ser arquitecto; que tengan fotos de tus dos primeros años de Universidad en carreras fallidas; que puedan traer a la memoria tus chistes de la secundaria, tu etapa estudiosa, tus becas de investigación, tus primeros trabajos, tus primeros problemas con los jefes; tu primera casa oscura y desvencijada que les mostrabas con orgullo.
Lo habitual es que las personas con las que uno tiene más relación sean las conocidas en las últimas etapas de su vida, en la ciudad en la que ahora vive, en el trabajo actual que uno tiene tras años de estar en la misma oficia de la misma ciudad de provincias y decidir dar el salto a la gran ciudad; lo habitual es que las relaciones diarias se adensen y se vuelvan importantes precisamente por eso, porque son diarias y el roce hace el cariño y si uno vive fuera de su ciudad natal, a quién vas a contarle tus problemas, a quién vas a pedirle que se pase por tu casa para compartir unas cervezas, a quién que comparta tu cama.
Sin embargo, con los amigos verdaderamente antiguos, con los amigos que te recuerdan con granos y un poco mareado tras fumar tu primer cigarrillo y beber tu primera cerveza en la calle, con ellos no es necesario preocuparse por el estado de la relación, con ellos lo único imprescindible es llamar de vez en cuando y ponerlos al día de tu vida, visitarlos y cenar con ellos charlando de cosas importantes, ir de vez en cuando de viaje. Seguir viviendo juntos, aunque sea por intervalos, aunque sean dos veces al año, seguir acumulando recuerdos que compartir, evitar que la nostalgia convierta las reuniones con ellos en una colección de anécdotas desvaídas por el paso del tiempo, tan inciertas ya, tantos años después, que uno no está seguro de si sucedieron realmente o las ha creado a partir de los recuerdos de todos. Parece fácil pero es necesario un gran trabajo: estar dipuesto a mantener esos vínculos, a perdonar y hacerse perdonar, a olvidar cuando aparece algún problema. Parece fácil pero, como todo lo que merece la pena, a los amigos hay que dedicarles tiempo y dedicación.
Por eso yo estoy tan orgulloso de tener tantos amigos antiguos, tantos amigos de toda la vida, de que haya tanta gente que me abre su casa y me hace la cama y me recibe con una sonrisa, a la que le gusta pasar gran parte de la noche hablando conmigo, preguntándome por mi vida, interesándose realmente por ella, que me conocen tan bien que casi siempre acertarían con sus consejos, en el caso de que se atrevieran a dármelos, de tenerlos a todos, de que sus niños me llamen tío y se pongan contentos de verdad cuando los visito, de que me traten como si fuera de la familia.

Sé que no hace falta, pero una promesa es una promesa: Gracias.

viernes, junio 12, 2009

Blues sudoroso

(a Alan Ball, creador de True Blood)

Tal vez ella solo muriera en mi corazón. Tal vez. Tal vez ande con otro y sus besos llenen su boca de saliva como antes hacían conmigo. Tap, tap. Ella se fue y yo me lamento. Me lamento y grito con la voz quebrada por un millón de cigarrillos. Con la cara esculpida por el paso del tiempo, un segundo y otro segundo cayendo por mi rostro y dejando surcos. Bum, bum. Me lamento y mi voz gutural sube un tono y luego dos, oh sí, y todo el mundo que alguna vez ha amado siente un escalofrío en la base de la espalda porque sabe que la pérdida nos espera a la vuelta de la esquina. Sí, nena, eso es lo que buscamos, el escalofrío.

Me lamento, bum, y mis caderas se mueven porque el mejor consuelo para el dolor es el sexo, dejarse ir, olvidarse, oh sí, nena, durante el tiempo que dura, que siempre es poco, siempre es demasiado poco. Eso es el blues: la pérdida y el sexo. Robert Johnson lo sabía bien. John Lee Hooker lo sabía. Sonny Boy Williamson lo sabía. Yo lo sé. Muévelo, nena. Muévelo otra vez y sabrás lo que es un hombre, nena. Porque yo soy un hombre, y ya se lo dije a mi madre con dieciséis años: Soy un hombre, eso es lo que soy, un hombre, entiéndelo.

Toco esa frase que ensayé ayer. Hermano, sueno mejor que el propio Muddy. Hermano, me sale a la primera, oh sí. Hermano, estoy tocado por el Don. Seguro, oh sí. Mis manos son Sus Herramientas. Todo se cubrirá de polvo, todo acabará engullido por el tiempo, comido por los gusanos. Eso me ha dicho el Maestro. Pero a quién le importa, a quién coño le importa cuando tus dedos pueden arrancar estas notas a la guitarra, sí, oh sí, a quién le preocupa. Mi cara así: transpuesta, entregada, fecundada. Que escuchen mi música. Eso basta. Que la escuchen. Soy mejor que Dios y peor que el diablo. Oh, nena, oh, sí, peor que el diablo.

Las parejas del local bailan pesada y lentamente mientras el sudor mancha sus axilas y cae en regueros lentos desde el cuello de las mujeres. Ummm, ese sudor. Los vestidos mojados de ellas se pegan a sus muslos, todas sienten muy cerca el sexo de su hombre. Se tocan, oh sí, nena, todos se tocan. Las caderas de los danzantes se mueven en grandes círculos, acunadas por el ritmo de la guitarra. Bum, bum. Todos sonríen. Alguno se relame. Yo me relamo, nena, yo me relamo pensando en las cosas sucias que te voy a hacer después.

Las paredes son de madera y la barra una tabla precaria. Oh, sí, niña mala, tú sabes bien cómo es esto, tú lo sabes bien. El cielo granate se torna oscuro suavemente mientras el viento agita los campos de maíz. Miles y miles de insectos chirrían, zumban y se mueven. Las lombrices se retuercen en la tierra. El vapor de las ciénagas cubre las raices de los manglares. La vida se renueva, los animales nacen y mueren, cariño, como todos nosotros, sí, oh sí, como todos nosotros haremos, alabado sea Su Nombre.

El diablo sopla entre las plantas, divertido por el espectáculo del atardecer. El diablo cree que Dios es un maestro de los decorados, oh, sí. Sí que es un maestro, nena. Tap, tap. Pero también piensa que no sabe divertirse como nosotros, acércate más, déjame que te roce, que ponga la mano algo más abajo de tu cintura, luego te enterarás, nena, luego sabrás lo que es bueno. El diablo nos ama a todos. El diablo nos ama, nena. El diablo es como nosotros, que cambiamos, ¡oh sí!, cambiamos y somos otros, somos otros todo el rato, nena, somos otros todo el rato.

martes, junio 09, 2009

Senectute

Resulta extraño hoy en día, pero el buen morir —«Filosofar es preparar la llegada de la muerte» es el título de uno de los capítulos de los ensayos de Montaigne, un capítulo en el que a veces parecemos leer el código Bushido propio de los samuráis— era tan importante en los siglos de Oro que se escribían libros para enseñar a hacerlo. Los hombres debían preparar el instante postrero durante toda su vida, que podía verse malograda por fallar en el momento final.

La idea del buen morir no solo estaba en relación con la concepción religiosa del universo de la época, con el desprecio con la vida terrena, sino también con el decoro propio de de la vida del hombre, que exigía comportarse de acuerdo a la edad de cada uno. Así, la juventud era una edad alocada, propia del amor y las aventuras pasionales; la madurez debía ser tranquila y estable, la edad de ver crecer a los hijos e incrementar el patrimonio; y la vejez debía ser sabia y resignada ante la idea de la muerte.

Esta última edad —la edad del frío y la escarcha— era, además, la adecuada para intentar dejar una impronta en el mundo, para que la fama de nuestros hechos nos sobreviviera, para no convertirnos en muertos anónimos que, poco a poco, se fueran confundiendo con la tierra: la senectute debía servirnos para resignarnos ante la idea de la desaparición y para completar, en la medida de lo posible, el legado de toda una vida. De ahí que se condenaran comportamientos que se consideraban inadecuados para los viejos.

Quevedo, por ejemplo, un escritor bastante cruel, escribe un soneto en contra de los intentos de una vieja por aparecer más joven que tal vez sea uno de los sonetos más crueles de toda la literatura de esa época (y quizá de toda la literatura en español):

[Vieja verde, compuesta y afeitada]*
Vida fiambre, cuerpo de anascote
¿Cuando dirás al apetito?: Tate
Si cuando el "Parce mihi" te da mate
Te da por mirar por el virote

Juntas en tu frente y tu cogote
Moño y mortaja sobre seso orate
Pues siendo ya viviente disparate
Untas la calavera de almodrote

Vieja roñosa: pues te llevan, vete;
No vistas el gusano de confite
Pues eres ya varilla de cohete

Y pues hueles a cisco y alcrebite
Y la podre te sirve de pebete
Juega con tu pellejo al escondite.


Hoy, la esperanza de vida ha aumentado y las edades del hombre se han retrasado al menos diez años. Pero me gustaría saber lo que escribiría Quevedo sobre esas mujeres recauchutadas, con los pómulos y los labios llenos de botox, y sobre esos hombres, de músculos abultados y camisetas estrechas, todos por encima de los cuarenta, que parecen tener la intención de evitar la vejez y tal vez la muerte y que tanto parecen querer alejarse de la senectute.

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* Anascote es un tejido basto de lana que utilizaban las dueñas viejas de vida aburrida. Tate sinifica «es suficiente». Parce mihi, las primeras palabras del oficio de difuntos. Virote se refiere al miembro masculino. Almodrote era un tipo de afeite que utilizaban las mujeres para maquillarse. Confite era el azúcar con el que se cubrían los dulces. Cisco es carbón y alcrebite es azufre. Podre significa pus y pebete era una varilla cubierta de incienso o una mecha con pólvora para encender fuegos artificiales, algo delgado recubierto por una sustancia maloliente.