domingo, octubre 19, 2008

Terapia 2.0

Mi terapeuta es un tipo amable y profesional que sabe transmitir confianza. La consulta está en su propia casa y es bastante acogedora, con paneles de madera y grandes estanterías donde guarda libros. No todos los libros están relacionados con la psiquiatría, también se pueden ver muchas obras clásicas de la literatura. A mí eso me tranquiliza. No sé por qué, pero me tranquiliza. Tampoco hay diván. Él suele decir que el diván es sólo decorado. Que lo importante es que seamos capaces de comunicarnos. Me gusta el tipo y creo que venir aquí todas las semanas me está ayudando mucho. Aún así, he tardado casi seis meses en tener el ánimo suficiente para hablar de las cosas que me preocupaban. No es fácil remover cosas que llevaban escondidas tantos años. El dolor se suaviza con el tiempo y andar hurgando dentro, despojarlo de todas esas capas que lo cubren, no es agradable. Es como meter un palito en un avispero y esperar que sea una buena idea

En una de nuestras últimas sesiones, el psiquiatra me ha dicho que avanzaré más rápido si escribo sobre mi pasado, sobre las cosas que pretendo resolver. Yo nunca he hecho nada parecido antes, que conste. Ni siquiera fui un adolescente escritor de cartas. Las largas cartas adolescentes siempre me parecieron pueriles. Tantas palabras para qué. Pero ahora todos los días a media tarde, cuando llego de trabajar, tengo que enfrentarme con el famoso miedo al papel el blanco. Una metáfora como otra cualquiera porque queda poca gente que escriba en papel, creo yo. Pero vamos. El terapeuta no me ha dado ninguna indicación concreta sobre cómo debo hacerlo así que he elegido lo más cómodo y he empezado a utilizar el ordenador para llevar un diario. Bueno, no es exactamente un diario, me limito a dejar que las ideas surjan casi al azar de mi cabeza. Miro hacia un punto lejano, vacío la cabeza y escribo. Me dejo llevar.

Según las instrucciones que me ha dado el terapeuta, debo dejar reposar las ideas una semana. Cuando el plazo se ha cumplido, tengo que releer las entradas y anotar en una libreta aquellas ideas que me llamen la atención, que me sorprendan. Y vaya si lo hacen. No sé de dónde salen, de qué recovecos ocultos afloran cuando me dejo ir. De todas maneras, supongo que esa es la idea, que justo por eso él me ha dicho que lleve un diario y que nunca lo relea el mismo día que lo escribo. También me ha advertido de que no me preocupe por la corrección o el estilo de las palabras. No estoy haciendo literatura, los textos que escribo sólo son una forma de terapia. El médico lleva razón, noto que estoy mejorando. Escribir así te obliga a conocerte mejor, a explorar tus sentimientos y recuerdos, a recrear épocas de tu vida que te parecían tan lejanas que no sabías que estaban ahí. La memoria, además, funciona de tal manera que en el momento en el que aparece el primer recuerdo, parece como si un hilo invisible tirara de muchos otros que no pueden separarse de él. Desde que llevo el diario, estoy recordando cosas que había olvidado hace mucho tiempo.

Pero además, según mi terapeuta, escribir te permite imaginar escenas que no ocurrieron pero que debieron haberlo hecho. A través de la escritura puedes mirar hacia atrás y detectar esos momentos en los que tu vida cambió de forma irreversible. Si en esos momentos reescribes tu propia historia, si consigues que la ficción se adueñe de tu pasado, tal vez puedas contemplar tu vida actual de otra forma. Al menos, eso dice él. Yo creo que no lleva razón, porque las cosas ocurrieron tal y como ocurrieron y pretender inventar un pasado inexistente no conduce a ningún sitio. Pero él insiste en que fantasear con algo que no hiciste en la vida real pero que deberías haber hecho es una manera de conjurar todas las consecuencias que vinieron después, una catarsis en su sentido original, tal y como decía Aristóteles.

La semana pasada yo era pequeño y tenía algo de miedo porque tenía que confesar. No había hecho nada malo, nada impropio para un niño de once años pero me esforzaba en encontrar pecados dignos del sacramento. No había hecho caso a mis padres, me había pegado con mi hermana, había mentido a mi profesora. Minucias que se agrandaban a mis ojos, pecados merecedores del castigo y, por tanto, de la absolución. La semana pasada yo llevaba unos vaqueros y una camisa de cuadros roja y blanca y entraba en la iglesia con el resto de la clase, en silencio. La iglesia no era muy grande pero sí esbelta. Olía a incienso y a cera de vela. Aún no se habían puesto de moda las velas electrónicas que se pueden ver hoy en día en muchas iglesias. Mi madre me había pedido que encendiera una vela en memoria de mi tío, que había muerto de meningitis mucho antes de que yo naciera. Eso hice. Recuerdo el sonido que hizo la moneda al caer en el interior de la hucha metálica. La llama de la vela, pequeña al principio y más tarde alta como las demás. El sonido amortiguado de los pasos de los niños, todos vistiendo zapatos con la suela de goma.

La fila iba avanzando y yo no quería entrar en el confesionario, no quería hacerlo. No me gustaba estar allí, no quería mentir para tener algún pecado que confesar. Envidiaba a los niños malos que debían mentir en sentido contrario, que no podían contar que entraron en la escuela por la noche, cuando no había nadie que pudiera atraparlos y robaron cuadernos y bolígrafos, que se habían peleado con la pandilla del barrio de enfrente, que habían fumado por primera vez o habían probado la cerveza. Qué estupidez estar allí imaginando pecados. Recuerdo pensar en aquello como en una especie de competición, en la que lo importante era tener algo medianamente importante que contar. Pero también recuerdo haber pensado que sólo los pardillos tenían que inventar sus pecados en el confesionario. Qué ganas de ir al instituto, de crecer, de hacer las cosas que hacían los chicos mayores.

La semana pasada yo me retorcía las manos, nervioso porque ya me tocaba, porque era mi turno y tenía que ser convincente. No podía decir que no tenía ningún pecado que confesar porque siempre hay pecados, aunque sean de pensamiento, siempre hay cosas malas en nuestro interior, como me había dicho el cura la vez anterior. Pero yo tenía ganas de salir de aquella iglesia, de correr por el cementerio que había fuera con el resto de niños que ya habían acabado. Una de las tumbas tenía la estatua de un ángel cuyos ojos alguien había pintado de rojo y nos gustaba jugar al escondite por allí. Nos gustaba pasar miedo imaginando que el ángel cobraba vida de repente y nos perseguía enviándonos al infierno con los rayos de sus ojos, como si fuera un superhéroe.

La semana pasada entre en el confesionario y confesé que había matado a mi profesor de catequesis. Apreté su cuello hasta que dejó de respirar, como si no importara tener once años y las manos pequeñas y frágiles, como si de repente hubieran crecido, se hubieran endurecido y llenado de callos, las manos rasposas de un hombre habituado al trabajo físico anudándose alrededor del cuello blanco y algo flácido de aquel cabrón melifluo y delicado. Me gustó apretar y notar como la sangre dejaba de latir bajo mi fuerza, notar como aquel hombre dejaba de debatirse contra lo inevitable y ver sus ojos inyectados de sangre horrorizados por una muerte sin confesión —ya inservible el comodín del arrepentimiento católico— ahora que comprendía que no habría una segunda oportunidad, ahora que comprendía que aquello que nos había hecho no iba a quedar sin castigo.

Dejó de debatirse en cinco minutos. Los mejores cinco minutos de mi vida.

7 comentarios:

rythmduel dijo...

Interesante, aunque no se si he sabido captar el sentido. En algún momento me he perdido. Lo releeré con más tranquilidad. En todo caso, un abrazo.

Portorosa dijo...

¡Joder, qué guay, me ha encantado!

Es interesantísimo, y muy original, Xavie. Muy bien, chico :)

Un abrazo.

Xavie dijo...

Gracias a ambos por vuestros comentarios.

En realidad este texto es un relato corto ampliado. De ahí lo de 2.0 (como en el anterior, otro texto resultado de un micro mucho más corto).

Me alegra que os guste.

Un abrazo,
X.

Mega dijo...

De nuevo la violencia impulsiva asomando, aquí como en una expiación, valga el sinsentido.

Más saludos

Mega dijo...

¿Se ha comido el gato el último relato? ;-P

Javier dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Xavie dijo...

A veces pasa...
Literatura movediza, que dicen.

Un saludo,
X.