jueves, octubre 23, 2008

Domingo 2.0

Cuando llegué a casa, no necesité abrir la puerta con cuidado para no despertar a nadie porque nadie duerme en mi casa cuando yo no estoy. No necesité recorrer el pasillo atento a los muebles colocados en la pared ni esquivar la mesa del salón para que el ruido no despertara a mis padres o a mi esposa o a mis desprevenidos y durmientes hijos. Tampoco concentrarme ante la puerta intentando que la llave no rascara la madera antes de abrir. Así que entré sin demasiado cuidado y me senté en el sillón. Encendí la televisión, fui a la cocina y volví con un trozo de chocolate que me comí mientras miraba la pantalla. Emitían un publirreportaje de esos en los que el público aúlla cuando sale al plató un actor de tercera completamente desconocido en España.

El mundo es un lugar extraño, escribí en mi cuaderno. La noche está llena de lugares alojados en los huecos de la realidad, continué. Lo releí. Lo taché. Odio encontrar frases así en las notas que tomo. Me hacen sentirme como un gilipollas pedante cuando las releo. Cerré el cuaderno antes de comenzar a anotar cosas que en aquel momento me parecerían deslumbrantes pero que estarían ajadas y rotas cuando las leyera por la mañana. Nadie me lo reprocharía, pero ya es bastante malo levantarse con resaca como para descubrir además que por un momento has pensado, bajo el influjo de los fármacos y el alcohol, que lo que escribías era bueno.

El anuncio presentaba un aparato que servía para endurecer la musculatura de la barriga. Veinticuatro personas dispuestas en cuatro filas de seis ejecutaban una danza rítmica subiendo y bajando con una plancha ergonómica de plástico encajada en su zona lumbar. Todos sonreían. Miré mi barriga. Descarté que aquel aparato me sirviera de algo. Descarté una sociedad en la que veinticuatro personas sonrientes pretenden venderte un aparato para moldear tus abdominales a esas horas de la mañana. Descarté más tarde la importancia de los abdominales. Cambié de canal y descubrí que era tan tarde que incluso las cadenas locales que emiten pornografía toda la noche habían cambiado de programación y empezaban de nuevo con los videntes. Al mirar por la ventana distinguí una línea luminosa detrás de los edificios.

Un gradiente de color que variaba del azul celeste hasta el índigo más oscuro, estaba apareciendo poco a poco. Pensé que el centro de las grandes ciudades parece una fotografía tomada hace ochenta años, con todos esos edificios de tejados rojos amenazados por los rascacielos. Sabía que en aquel momento me rodearían miles y miles de vecinos, todos durmiendo o despertando en ese momento, filas y columnas de personas a la derecha y a la izquierda, arriba y abajo. En torno a mí mis vecinos se desplegabarían en todas direcciones, como si yo, en ese momento mirando por la ventana, fuera el origen de un sistema de ejes cartesianos. Miles de esas personas estarían desperezándose a la vez, abriendo los ojos justo en este momento, despertándose entre caricias, palabras susurradas y roces; o contemplando a sus hijos dormidos. Otras maldecirían su mala suerte, lamentando tener que levantarse y hacer un trabajo odioso y más en domingo. Así es, la vida nos pasa por encima sin tenernos en cuenta. Al igual que el gradiente de azules de la ventana, también existía un gradiente en las emociones de los que despertaban en aquel momento.

Me lavé los dientes y decidí no acostarme. Era demasiado tarde para intentar conciliar el sueño. Durmiendo solo conseguiría levantarme tarde, tener resaca y sentirme mal por haber desperdiciado otra noche. Bajé a la calle y caminé diez minutos hasta llegar al quiosco que vende prensa las veinticuatro horas del día. Por el camino me crucé con algunas personas en retirada que parecían haber batallado durante toda la noche contra el invasor. Compré dos periódicos y les eché un vistazo. Nada digno de mención. Las noticias de una semana parecen reciclarse en la siguiente, como si estuvieran producidas por un ordenador que ha entrado en un bucle del que no sabe salir. Crisis internacional, hambrunas, incidentes raciales en África, políticos europeos sonriendo a la cámara.

Llamé por teléfono y me contestó una máquina. Pulsé el uno y luego el tres y la voz de una mujer sonó al otro lado. La voz de la mujer me preguntó mi número de teléfono para comprobar si era la primera vez que llamaba. No era así. La voz de la mujer comprobó si los datos de los que disponía eran correctos, sobre todo los referentes a la tarjeta de crédito. Sí que lo eran. Me preguntó si seguía interesado en el servicio habitual o quería introducir algún cambio. Sí, lo mismo de siempre. Afortunadamente, me ahorró el texto publicitario que tenían disponible para nuevos clientes. Afortunadamente también, la mujer reconoció mi voz y no insistió en las ventajas de la tarjeta de fidelización del club. La visita tardaría una hora y media.

Me senté a esperar. Cambiando de canal, encontré una televisión local que comenzaba con la emisión de una misa evangélica. El público de la iglesia parecía compuesto exclusivamente por inmigrantes. Parecía más divertida que las misas católicas, la gente sufría espasmos de vez en cuando y gritaba aleluya como si estuviera poseída. La música sacra también era más divertida, incluso más que la música de iglesia de los sesenta. Cuando sonó el timbre de la puerta, yo estaba dormido. A pesar del café que me había preparado y de los periódicos, no había conseguido mantener los ojos abiertos. Abrí la puerta y una mujer de piernas largas y pechos pequeños me sonrió. La hice pasar.

Ella se desnudó, desprendiéndose de la ropa que llevaba, una falda y una blusa discretas y se puso delante de mí un conjunto de ropa interior negro lleno de encajes que realzaba su figura. Tal y como hacía siempre que la llamaba. Siempre se demoraba al ponerse las bragas negras y al colocarse las chinelas de tacón. Me gustaba así y ella lo sabía. Más tarde, yo también me desnudé y nos metimos en la cama. La besé con cariño y le acaricié la cara y los lóbulos de las orejas mientras la miraba a los ojos. Como casi siempre, me quedé dormido en sus brazos mientras me acariciaba el pelo.

Cuando me despertó su beso pude notar el olor del café recién hecho y el del pan tostado, aún caliente. Me senté en la mesa y admiré el mantel perfectamente puesto, los huevos revueltos en su punto y las tostadas doradas. Los periódicos estaban doblados y crujientes a un lado. Había flores frescas en un jarrón en el centro de la mesa. El sol de media mañana entraba en la habitación a través de la ventana, iluminando el suelo de madera. La radio estaba puesta en el programa que suelo escuchar los fines de semana. Entonces, Iliana me dijo: hasta la próxima, cariño, me besó en la frente, me revolvió un poco el pelo, abrió la puerta y se marchó.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Entonces, vecino, ya leíste La casa de las bellas durmientes?

Xavie dijo...

Vecino?? :-D
No sé quien es usted, identifíquese. :-)

No, no he leído La casa de las bellas durmientes. ¿Tiene que ver con el relato? A ver si he plagiado algo sin saberlo y la liamos... :-)

¿Me recomienda usted la novela entonces?

¿Un saludo? ¿Un beso?
(ay, si supiera quién es usted...)

X.

Anónimo dijo...

Soy la que ya se la recomendó en otra ocasión hace bien poquito en este mismo lugar.
De Kawabata.
Y sí, tiene que ver con el relato, al menos con mi lectura de él...
Un beso.
(lo de anónimo es por torpeza con la tecnología)

ETDN dijo...

Me gustan mucho estos relatos de vidas cotidianas, aparentemente normales, como las de mucha gente y que al final tienen una vuelta de tuerca que hace pensar que, en el fondo, nadie es "normal", que quien más y quien menos guarda algún secreto, algo que esconde de los demás, que seguramente ni sus amigos, ni sus familiares, ni sus vecinos ni sus compañeros de trabajo ni siquiera sospechan.

Ese libro de relatos ya!!!

besote

Xavie dijo...

Gracias ETDN,
A mí también me gustan las historias con algo oculto (como casi todas las que merecen la pena).

Gracias también por los ánimos por lo del libro. A ver si consigo organizarlo...

Un beso,
X.

Portorosa dijo...

No te he dicho nada antes porque era tan larga que no la había leído todavía. Ya conocía el final, claro, pero todo lo anterior me ha gustado mucho, X.; me han encantado todas esas reflexiones que van enmarcando la escena.

Un abrazo.

Xavie dijo...

Hola Porto,
Gracias por el comentario. ¿Crees que mejora, respecto de la versión anterior?
Lo pregunto porque como estoy ampliando algunos micros para darles más cuerpo...

Un abrazo,
X.

Portorosa dijo...

Sí, para mí sí. Aunque te diré que creo que todo lo nuevo, lo del principio, podría añadírsele a muchos finales; es decir, que aunque enmarca bien el final, no está "necesariamente" relacionado.
No sé si me explico...

Pero bueno, que sí, que está bien.