jueves, abril 25, 2019

Vibraciones



Ya lo he dicho en otra ocasión, pero ahora estoy leyendo más (como si leer fuera la respuesta a algo, qué iluso) y he reafirmado cosas que ya sabía: que Vila-Matas es fantástico. Que el discurso libre indirecto se te mete ahí en la cabeza y no hay quien lo saque (lean Sur de Antonio Soler, una auténtica hazaña). Que el ritmo y la cadencia, tan minusvalorados en prosa y tan importantes en la poesía, en el baile, en la natación y en el sexo, son capaces de aguantar por sí solos una obra (aparte de un polvo o de una prueba de 1500 libres, claro). Que podría pasar gran parte de mi tiempo leyendo (vale, podría leer en voz alta a mis hijos para evitar que pensaran en mí como en un padre autista, pero eso es lo máximo que estoy dispuesto a concederles). 

Que Patricio Pron tiene un ojo muy fino para detectar las imperceptibles vibraciones de la realidad, esas ligeras sacudidas que solo ven los buenos observadores. Y que, tras leer su novela Mañana tendremos otros nombres, comparto la extrañeza que parece envolver a los protagonistas, como si no acabaran de entender el funcionamiento del mundo, ni de sus parejas, ni de sus trabajos, ni de sus relaciones personales, ni del estruendoso servicio de recogida de basuras de Madrid, ni, en general, de la vida. El mundo se ha movido y, en lugar de una costura en el tejido de la realidad que dejara ver el relleno de este escenario de atrezzo, tenemos Instagram y Tinder. Que a lo mejor son lo mismo, vaya usted a saber.

Tanta lectura me ha llevado a una suerte de revelación (hola Fernando) sobre la pérdida de tiempo. Las actividades que se enmarcan en esa expresión (dejar que nuestra mente vaya de un lado a otro mirando el paisaje, ensimismándonos, pasar un día leyendo y tomando notas sin más objeto que el disfrute, observar en profundidad el mundo), y que el neoliberalismo ha proscrito, tal vez sean las que nos hacen más humanos. Por eso Cádiz (un lugar en el que las personas pueden pasar gran parte del año dedicadas a sus letras, sus músicas y sus trajes de Carnaval) es el último bastión contra él. Por eso, leer por el mero disfrute es un acto cada vez más subversivo. Les aviso de que acabará estando prohibido, así que aprovechen mientras puedan (y ya que están, relean Fahrenheit 451).

He pensado también en esos días en que la realidad parece empeñada en señalarte algo, en llamarte la atención y hasta el detalle más nimio (una caseta de la luz pintada de azul hasta media altura, ¿por qué?; una conversación por correo con una persona que hace tiempo que no ves y que te hace una pregunta adecuada; un plácido recorrido en moto, lo que sea) parece encajar dentro de un patrón que intuyes pero que no alcanzas a esclarecer, una especie de paranoia en negativo: en lugar de sentirnos perseguidos u observados, nos sentimos más bien empujados hacia algo bueno. 

También me he hecho preguntas:

¿Por qué la concatenación de semáforos en verde (algo por completo aleatorio y susceptible de formar parte de un problema de la ESO, de esos de mínimo común múltiplo) parece señalarnos individualmente, como si la realidad conspirara para hacernos llegar nuestro destino?

¿Por qué cuando conocemos a alguien y nos gusta y deseamos pasar tiempo con esa persona y, por algún motivo ajeno a nuestra voluntad, debemos separarnos de ella (porque tenemos que trabajar o cumplir con cualquier otra obligación), en el fondo experimentamos cierto alivio, como una especie de anticipación del probable y futuro hartazgo? ¿O eso solo lo siento yo? Y si solo me pasa a mí, ¿tengo un problema?

¿Por qué siempre pienso en la dimensión matemática del caos cuando, debido a la acumulación de trabajo pendiente en la cola del microprocesador del ordenador, alguna de las cosas que hacemos con él provoca un sonido (entre gruñido y ruido blanco) que interrumpe la música que estoy oyendo? ¿Por qué me ocurre también cuando contemplo los árboles meciéndose en la brisa o cuando veo cambiar el vórtice que el chorro de agua forma en un vaso ya lleno cuando sigue cayendo? 

Lo que no tengo son muchas respuestas. Cada vez menos, de hecho.

viernes, marzo 08, 2019

La ciudad y la ciudad



En la mejor novela de China Miéville, La ciudad y la ciudad, dos ciudades diferentes comparten espacio en un planteamiento que extrema y retuerce la lógica propia de la Guerra Fría en los años setenta (Berlín Occidental vs. Berlín Oriental). No existen dos partes en la ciudad, cada una perteneciente a un estado, separadas por un muro, sino que el espacio físico en el que se desarrolla la vida de ambas ciudades es el mismo. Los habitantes de una y de otra visten ligeramente diferente, caminan de forma vagamente distinta y tienen preferencias gastronómicas propias. Unos son más ricos que los otros y desde pequeños los habitantes de las dos ciudades aprenden a desver y desoír los edificios, los habitantes y los vehículos de su contraria, de tal modo que, a todos los efectos, viven en mundos superpuestos que solo guardan entre sí una relación tangencial.

Las comunicaciones entre ambas ciudades deben realizarse mediante los servicios diplomáticos correspondientes y las inevitables colisiones que se producen en el mundo físico (tropezones, accidentes, ocupación permanente del espacio) requieren de una complicada burocracia en la que deben participan funcionarios de ambos gobiernos. Como ejemplo paradigmático de esta situación, en el libro hay una escena (maravillosa) en la que el protagonista va a comer a un restaurante que ofrece la comida de la otra ciudad y, aunque dicho restaurante está en un barrio en el que abundan los habitantes, edificios y restaurantes que pertenecen de hecho a la otra ciudad, desde su punto de vista es como si no existieran y la comida solo puede disfrutarla en el exótico restaurante de su propia ciudad que ofrece la gastronomía (algo más oriental y especiada) de la contraria.

Si hablo de esta novela no es solo porque sea una obra llena de buenas ideas y de una escritura excepcional, de un autor con una imaginación prodigiosa, además. Si hablo de ella es porque en los últimos tiempos me descubro recordándola muy frecuentemente. Descubro ejemplos constantes que me hacen pensar que no vivo en la misma ciudad que muchos de mis conciudadanos, preguntas que me resultan sorprendentes en boca de personas adultas, opiniones sobre la peatonalización del centro de la ciudad emitidas por habitantes de urbanizaciones que jamás han cogido el metro, quejas de personas que, según ellas, han visto reducida su movilidad por la huelga de taxis y que, por lo visto, deben de desconocer la existencia de un eficiente servicio de autobuses a los pueblos de las afueras, opiniones (femeninas) que ridiculizan el feminismo, tan ideologizado, lamentos sobre exmaridos faltos de generosidad que no aumentan la pensión de los hijos adultos para que estos puedan ir a universidades privadas a estudiar marketing, comentarios que me resultan incomprensibles y que es probable que hagan referencia, claro está, a la otra Madrid en la que viven y que a mí me cuesta imaginar coincidente con la mía.

Estamos comenzando a trazar trayectorias que se cruzan solo tangencialmente con las de los demás, si acaso ocupando el mismo espacio físico, como cuando voy al trabajo en moto y no acabo de compartir carretera con los coches, puesto que evito el atasco culebreando entre ellos y ocupando los arcenes y, por tanto, la representación mental que me hago del camino poco tiene que ver con la de alguien que haga el mismo trayecto que yo en coche. Y asimismo sucede con los lugares que frecuentamos, con las expectativas vitales para nosotros y para nuestros hijos, con la música que escuchamos (si lo hacemos), con la manera de pasar nuestro tiempo libre, con nuestras opiniones políticas (por supuesto), con la ropa que compramos y dónde, con la importancia que concedemos al pensamiento o al trabajo intelectual, con la idea que tenemos de la felicidad, con la que le otorgamos al dinero (el dinero, ese delineante de fronteras elusivas y no por ello menos ciertas tan inapelable como la verdadera belleza y la victoria deportiva).

Todos vamos rodeados de una esfera invisible, de un escudo de fuerza ante lo ajeno.
Lo ajeno, esa agresión.

viernes, febrero 08, 2019

Warhol


Leo mucho en los últimos tiempos. Bueno, no mucho, leo lo suficiente, tal vez (no sé muy bien lo que es suficiente: a veces pienso que leer todo el día me gustaría y, a veces, toda esa vida vicaria se me antoja una pesadilla). El caso es que desde que he dejado de mirar a diario las redes sociales y he dejado de intentar encontrar algo en la televisión, en toda esa apabullante oferta narcotizante, leo más que antes.
He leído al menos un par de novelas que me han gustado (con sus reparos y sus adversativas, como casi siempre). Y he descubierto a un autor de esos neoyorquinos con una metralleta de referencias culturales y, heme aquí (me encanta esta expresión), escuchando la música que sale en su libro (interesante Sandy Bull, un guitarrista de los sesenta que toca folk y blues narcotizado, las notas del banjo y del sitar emergiendo borrosas entre el humo espeso de la maría), buscando las referencias de las películas y de los discos que aparecen en la novela.

Y me he visto hace quince años cuando utilizaba mis tarjetas de visita para apuntar referencias de películas y de libros, cuando hacía listas de obras por leer, cuando el adulto que ya era intentaba mejorar a diario (en un sentido casi jesuita) y la cultura era importante. Toda una vida intentando que mi omnívoro apetito quedara sometido (harnessed, más exacto en inglés) a cierto criterio (el que los burgueses cultos no tienen que esforzarse en encontrar pues sus padres les leen poemas de Catulo cuando son pequeños y les seleccionan las mejores traducciones del griego clásico cuando están preparados para entenderlas), para acabar pensando que no es para tanto.
Y todo esto, toda esta introducción, todas estas palabras, para hablar del verdadero tema que se me cruza últimamente: el dinero. Nuestra cultura latina considera una ordinariez hablar del tema, es la verdad, pero últimamente se me aparece constantemente (a lo mejor por la importancia que tiene en la ambientación de varias de las obras que he visto o leído últimamente: dinero y también clasismo, qué sé yo) y pienso en él. No ya desde un punto de vista ajeno, digamos analítico, como en otras ocasiones (¿qué coño es el dinero?, es raro el concepto) sino deseándolo. No el dinero en sí, claro, qué estupidez, sino lo que puede comprar y, tal vez, el reconocimiento que, a los ojos de los demás, procura. Lo que la mayoría de la gente confunde con el éxito.

Tal vez tenga que ver con una incipiente crisis de la mediana edad (ya era hora, por otra parte, tengo casi cincuenta y tengo derecho a deprimirme como cualquiera; Warhol habló de los quince minutos de fama y yo reclamo mi derecho a mis quince minutos de depresión), con la repentina conciencia del peso del tiempo sobre los hombros, de que ya queda poco tiempo para hacerme rico y, si les digo la verdad, tampoco atisbo grandes oportunidades de hacerlo. Ni siquiera esclavizar a mis hijos desde los cinco años, con una raqueta de tenis u obligándoles a hacer castings de anuncios. No les veo yo aptitudes y, la verdad, es una pena. Pero claro, para hacer dinero hay que tener una cualidad (no he negado nunca que lo es, no nos engañemos) de la que carezco: hay que querer, sobre todo, hay que querer.
Así que nada, aquí sigo con mis referencias culturales, mis libros, mis palabras (esas perras negras que me parece que decía Cortázar), mi música y mi pavoneo tratando de esconder la verdad: treinta mil euros me vendrían de lujo.
Como a todo el mundo.

miércoles, enero 23, 2019

Raro



Es raro el tiempo. No el espacio-tiempo (para un físico, una dimensión comprensible, han estudiado las ecuaciones), sino, siendo precisos en la expresión (la mot juste), su percepción. 

Épocas hay en la vida en la que se estira y se adensa, en las que el cerebro tiene que procesar las sensaciones nuevas una tras otra y se atora y parece no dar de sí, atascarse ligeramente, y entonces tenemos la sensación de que dura mucho más de lo que dura, al igual que cuando vamos caminando a un sitio que no conocemos nos parece el paseo mucho más largo a la ida que a la vuelta. Épocas que, mucho más tarde, cuando apenas recordemos los hechos y nos conformemos con ser capaces de convocar cierta sensación sobre ellas, se recubrirán de un aura mítica que no tendrá importancia más que en la historia de nuestra vida que nos contamos. En nuestra identidad, quiero decir. 

También las hay en las que parece fluir demasiado rápido, como si hubiera disminuido su viscosidad y la miel se hubiera transformado en aceite y luego en agua y circulara por las tuberías de la realidad a una velocidad inesperada, normalmente cuando los afanes cotidianos se enmarcan en una rutina, en una repetición de las cosas buena y adecuada para nuestra salud mental o algo así. Y damos brazadas en la piscina (una tras otra tras otra y así durante una hora completa) pensando en lo que tarda el tiempo en pasar para acabar descubriendo al día siguiente que ya lo hizo y nuestros hijos han crecido treinta centímetros. Y nosotros sin enterarnos.

Y días en los que, como un buceador que, de repente, es consciente del peso de la columna de agua que tiene sobre sí y comienza a respirar de forma irregular y a acumular dióxido de carbono en la máscara, te golpea así sin más. Una buena hostia con la mano abierta, de esas más humillantes que dolorosas. Ubi sunt, ya saben. 

Algo bueno tiene el tiempo, eso sí. Todo acaba por pasar.