viernes, mayo 01, 2009

Marqués

Alrededor de 1890, en un día de verano en el que los jornaleros volvían a casa con las ropas llenas de pajuelas de trigo y el atardecer a la espalda, tras un día segando en las tierras de Rafael Carrillo de Albornoz y Gutiérrez de Salamanca, primer marqués de Senda Blanca, el sonido de las campanas marcó el instante en el que un espermatozoide, uno entre los varios millones contenidos en el líquido seminal de su primogénito, dejó de revolverse nervioso para verse impelido hacia delante por un impulso irrefrenable.
Y una parte de mí iba con él.
Carlos, que así se llamaba el joven hijo del marqués, cuya experiencia con las mujeres se reducía un par de visitas a una mancebía de la capital de provincia, Córdoba, se sintió morir al comprobar que lo que había buscado con tanto ahínco se terminaba tan prematuramente, justo dos torpes embestidas después del comienzo del asalto a la doncella en una estancia aneja a la cocina. Entonces, se subió la ropa interior y se dio la vuelta sin ni siquiera intentar una disculpa, mientras que su semilla ya viajaba lenta hacia las trompas de Falopio de la mujer, en cuyo interior, por una de esas casualidades capaces de cambiar la vida de cualquiera, esperaba un óvulo maduro y listo para ser fecundado.
Y una parte de mí viajaba con él.
Francisco Castro Aguilar nació una primavera de 1891 y cargó toda la vida con el estigma de llevar los dos apellidos de la madre.
Y ahora para describir la infancia de Paco deben aparecer mulas, arrieros y aguadores, alpargatas, vino de Montilla y aguardiente, pequeñas casas blancas, levantadas en los alrededores de un castillo medieval, construido en los tiempos de los moros. Debe aparecer el viento, moviendo dulcemente el trigo y agitando las ramas de los olivos y también los atardeceres de verano, con su brisa fresca; las riadas de barro en mitad de las calles, la noche oscura y casi sin iluminación, los libros de salmos, la misa diaria, la fiesta de la matanza. Y, sobre todo, debe aparecer la vergüenza. La sensación de saberse señalado, de cargar con una culpa de la que no se ha participado, la angustia sorda, el reproche callado.
Y para continuar con su adolescencia —el «abuelo viejo» para mí cuando era un niño—, debe aparecer la sorpresa en su cara cuando el marqués se le acerca y le da un duro para que se tome unos vinos. Y la vergüenza de saberse hijo ilegítimo del noble y los reproches airados de la madre.
Y para seguir con él debe aparecer el orgullo herido en su cara cuando, ya hombre, coge el dinero que el marqués le pone en la mano para montar una taberna y una tienda y deben aparecer las habladurías, los corrillos, las miradas tras los visillos, las conversaciones en la taberna, debe aparecer una pelea con los puños por una insinuación mal traída. Y también debe aparecer su semblante dolido cuando contesta a su madre: «Madre, el hombre solo trata de ayudar, no sea usted tan rencorosa».
Y para terminar, ahora debe aparecer la guerra y la sangre y después, unos años después, el hambre. No hay comida casi en ningún sitio, las mujeres son capaces de prostituirse por un kilo de garbanzos para llevar a sus casas, el odio recorre las calles, las rencillas llevan a los hombres al paredón. Y debe aparecer una tienda de pueblo con las estanterías cargadas de género, con Paco ya maduro detrás del mostrador, una tienda que permite a toda su familia comer bien, incluso a los nietos recién nacidos, a los que no falta la leche en abundancia.
Y todo esto para llegar hasta hoy, hasta aquí, hasta mí que estoy contando esta historia. Solo por culpa de aquel espermatozoide nervioso que fecundó a aquel óvulo. Un hecho tan nimio, tan insignificante, tan cargado de oprobio.

Pero el tiempo llueve lentamente sobre las cosas y suaviza las aristas del dolor y de la traición.

Mi familia no pasó hambre. Gracias, marqués.

4 comentarios:

NáN dijo...

Contado como un guión. Oído como una historia de maravilla. Pensado como un final feliz que dice mucho de tu buena sangre, por todas las partes.

Xavie dijo...

Gracias Nan,
Pero no sé si se puede hablar en este caso de buena sangre. :-D

Un abrazo,
X.

Miguel Marqués dijo...

Sí, muy bien pergeñado, y a mí me toca, que también soy hijo de marqués de la campiña cordobesa :).

El montilla, el verano de 1890, el castillo de los moros, las mozas de la cocina, las conversaciones mal traídas. Todo, como si lo hubiera vivido y me lo hubieran contado, porque yo también estuve, en parte, allí.

Me han encantado la escena y el viaje!

Xavie dijo...

Gracias Miguel,
Pues eso que compartimos entonces. :-D

Yo, además, por la rama bastarda, que siempre tiene su aquel.

Un abrazo,
X.