lunes, septiembre 07, 2009

Marrakech VI

En el viaje de vuelta hablo un poco con la pareja española. Son simpáticos pero se quejan de que a ellos no les han ofrecido nada ilegal. Dicen que deben de tener una cara demasiado formal y, efectivamente, la tienen. Les ofrezco un pastel de hachís que he comprado en la playa con la intención de que el viaje de vuelta se me haga más llevadero. Se les ve emocionados con la travesura. Me duermo un rato a pesar de los saltos en la carretera. Más tarde vuelvo a Thomas Bernhard. Cuando de nuevo llego a Ymá el Fná, compro un litro y medio de zumo de naranja y un kilo de pistachos. Me engañan con los pistachos pero me da igual. Llego al hotel a descansar un rato. Como pistachos y bebo zumo de naranja. Fumo y leo. Oigo una grabación de un cántico rítmico, que parece un rezo. Dejo de leer y miro al cielo mientras dejo que ese mantra islámico me tranquilice (pensando a la vez en la meditación, en el camino tan parecido en cristianos y árabes y budistas e hinduistas; sentirse uno mismo todo el tiempo, dejar fuera los pensamientos y sentir sin imágenes, un cuerpo palpitante parte del todo).
Cuando ya es de noche, me visto y salgo a la calle con la intención de cenar en una terraza con vistas a la plaza. La ensalada está deliciosa y reflexiono sobre el hecho de que la Unión Europea imponga aranceles proteccionistas a los productos agrícolas marroquíes: no me extraña, son mucho mejores que los nuestros. La lechuga y el tomate saben a lechuga y tomate. La sociedad marroquí es más agraria que la española y aún le tienen respeto a la comida. Se puede observar en los mercados. Cochambrosos y sin cámaras frigoríficas, los trozos de cordero colgando de ganchos al aire libre, el olor de la carne que atufa, pero a ese cordero lo mataron ayer y mañana matarán muchos más. El frío, el plástico, la pasteurización, han conseguido reducir el número de enfermedades gastrointestinales, estoy seguro, pero, a cambio, han velado los sabores de las cosas. Un filete envuelto en plástico, sobre una bandeja de plexiglás es el símbolo de nuestra civilización. Sin embargo, de alguna manera, en un país como Marruecos, la mera exposición a la pobreza hace más patente la humanidad de la gente. Somos más humanos cuanto más pegados a la tierra estamos. Un hombre que cultive tomates tiene un trabajo mucho más humano —en el sentido en el que hemos sido humanos en los últimos 40.000 años y humanos civilizados solo en los últimos 10.000— que el mío, un trabajo burocrático, algo que no comenzó a existir hasta que alguien debió comenzar el recuento de sus propiedades.
El caso es que pido demasiada comida y me sobra más de la mitad del cuscús.

2 comentarios:

Aroa dijo...

A ver si vuelves y comentamos lo conveniente de las cámaras frigoríficas.
Bonitas postales.

Una ex-tífica y ex-salmonellada.

(Y a ver si vuelves en general porque mi cabeza subraya en rojo por la calle, je)

Xavie dijo...

Buenas Aroa,
Ya sabes que estaré pronto por ahí. Yo también prefería comer en restaurante, por si acaso. :-)

Beso,
X.