lunes, febrero 19, 2018

Loco



Ayer, mientras esperaba en la cocina a que mis guisos estuvieran estuvieran terminados y fumaba un cigarrillo, comencé a escuchar el disco Nuevo día, de Lole y Manuel, (un disco de 1975 que marcó a más de una generación de andaluces, entre ellas, la mía) y se me pasó por la cabeza leer algo en el periódico mientras tanto. Sin embargo, me obligué a escuchar el disco sin más, a disfrutar de las letras. Me alegré de hacerlo, porque, de ese modo, estuve escuchando música conscientemente, no como un ruido de fondo que se limita a ocupar un espacio (si es que puede decirse así), sino prestándole atención (y la llevó a su museo de breves bellezas muertas, dice una canción, refiriéndose a una colección de mariposas), permitiendo que la música también ocupara mi conciencia. Fueron diez minutos maravillosos. Diez minutos que me llevaron a pensar en que ya ha transcurrido más la mitad de mi vida y que debo esforzarme en prestar atención, contra todo aquello que la reclama y que carece por completo de importancia. 

Cada vez me parece más evidente que no podemos limitarnos a rellenar las horas del día con los pasatiempos que nos propone la tecnología. Me reafirmé, por tanto, en mi intento de no dejar que el teléfono móvil se inmiscuya más de lo necesario en mi día a día. Y en mi pretensión de escribir más, no con la intención de llegar a publicar lo escrito, sino como manera de conjurar hasta cierto punto la flaqueza de nuestra memoria. Recordé entonces los dos o tres diarios de viaje que tengo por casa desde hace unos años, en cómo puedo rememorar con mucha nitidez los momentos y las ciudades en los que escribí los textos y en que, en el futuro, me gustaría contar con algo similar para recordar mi vida actual (congelando de alguna manera la etapa en la que se encuentran mis hijos, sabiendo como sé que la olvidaré). Escribir es recordar mejor. Pensar mejor.

Román esta mañana ha recordado que hace unos meses recogimos una hoja de los plátanos de Indias de la plaza de Puerta de Moros por la que pasamos a diario camino de su colegio y que aquella hoja no era buena porque se rompió. Yo lo he dicho que sí, que claro, pero me ha sorprendido cómo sus recuerdos parecen hacer acto de presencia de forma azarosa. Luego ha dicho que tenía que recordarle a Gema que había que cambiar las pilas del reloj que le prestaron ayer sus amigos. También le he dicho que sí. Que son de las redondas, de las pequeñas, que se lo ha dicho Javi, el padre de Eneko y Óliver, que se lo diga a mamá, que quiere el reloj (esto lo ha dicho varias veces). Luego ha dicho que tiene mucho sueño y que cuando Enrique, su profesor, le vaya a despertar de la siesta de hoy no se pensaba levantar. Y varias cosas más. Varias veces. 

Habla mucho mi niño. 

Más tarde, me he metido con la moto en un atasco monumental (había un accidente de tres coches en la autovía de circunvalación), he llegado al trabajo y el atasco era tema de conversación de los compañeros (suele suceder: a la gente solo le importa verdaderamente lo que le afecta de forma personal: el tráfico, el tiempo, la restricción de circulación de vehículos por la contaminación, el día que pagan la nómina, cosas así). He bajado a fumar y he visto a un loco sin zapatos, con una paja en la boca, que caminaba por la sede de mi empresa hablando a grandes voces. Me he sorprendido, porque nunca había visto a nadie comportarse de esa manera aquí, lo que me ha llevado a pensar en lo raro que es pasar el tiempo en un lugar así, en el que no hay niños, ni perros, ni mendigos, ni locos. Un guardia de seguridad le ha preguntado que a dónde iba y lo ha acompañado fuera del recinto. El loco gritaba algo que no he podido entender. He seguido pensando en lo poco que me hubiera sorprendido en cualquier otra situación y aquí, sin embargo, estaba tan absolutamente fuera de lugar que no he podido evitar acabar concluyendo que lo que verdaderamente está fuera de lugar es trabajar en un sitio construido para aislarse del mundo exterior. Tan ajeno a todo, tan metálico (como una gigantesca urbanización a salvo de las amenazas de los vecinos, como una burbuja inserta en el tejido de la realidad, en la que la gente es más homogénea, pero también menos real, porque solo pasa ocho horas al día aquí, en la burbuja, trabajando, es decir, actuando en una obra de teatro).

Y nada, como dicen los faltos de imaginación en Facebook: a por el lunes. Que ya está ahí el fin de semana.

3 comentarios:

Portorosa dijo...

Olé.
Me alegro mogollón de que escribas (más).

Abrazos.

Fleischman dijo...

Un gustazo leerte, me resulta muy útil que pongas el enlace en Facebook y que Porto propague la Buena Nueva.

Xavie dijo...

Gracias a los dos. Sí, Porto es mi amigo de FB más leído (le pago como influencer). ;-P

Abrazotes