jueves, abril 27, 2017

Trash Metal



Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, este que escribe se sentaba delante de un ordenador de color crema y con esquinas puntiagudas y escribía largas cadenas de instrucciones en lenguajes de programación hoy olvidados, que solo permanecen en el corazón de las más vetustas empresas (el núcleo de COBOL irradiando aún sus informes financieros hacia la periferia escrita en Javascript, más moderna). 

Nos poníamos a trabajar en el sótano de una tienda de cocinas (no había ratas porque las cucarachas habían dado cuenta de ellas, bromeábamos) con un muro llego de grafitis y con la salvaje percusión del trash metal como banda sonora y, aunque parezca mentira hoy en día, después de tantas jornadas empleadas (consumidas, desperdiciadas, malgastadas tal vez) delante de un ordenador, nos divertíamos, coño, nos divertíamos. 

Hacíamos pruebas con programas y periféricos que no conocíamos, montábamos un salón recreativo el viernes por la tarde y muchas noches (muchas, de verdad) abríamos la cancela que nos separaba de la calle justo en ese extraño momento en que amanecía y los borrachos del barrio volvían a sus cubiles. Gente tatuada pasaba por allí de vez en cuando y eso que no había cerveza en el frigorífico de campaña sino cocacola (con azúcar, qué coño, éramos jóvenes intrépidos).

Uno de mis compañeros de entonces estuvo a punto de pasar a la historia como el primer hacker español expulsado de por vida de la Universidad. Cambiaba de terminal cada hora moviéndose por todas las facultades para que no lo localizaran y fue responsable de que nos dieran una charla en la que el director de la Escuela Universitaria advirtió públicamente de que si lo pillaba, iba a dejar los estudios a la fuerza (ahora es un experto diseñador que gana mucho dinero y viaja por todo el mundo, algo tan obvio y típico de un serial de Antena 3 que da hasta reparo escribirlo).

Supongo que idealizar el pasado es algo propio de los hombres maduros (como yo, claro) y no sé si todo aquello nos sirvió de algo, pero sí que sé que, después de aquellos dos o tres años, solo he trabajado de forma similar en los dos últimos cursos de Filología Hispánica. A fondo, con toda la carne en el asador, como si de verdad me importara el trabajo.

La verdad es que hay veces en que echo de menos aquella sensación. Y después pienso en lo bien que estaría mirando el mar leyendo en Quijote y se me pasa, claro. 

Ni que yo fuera gilipollas.

1 comentario:

Aroa Moreno dijo...

Eh, se te olvida que también le echaste todo a La Independiente. Sobre todo, la ilusión y algunas moneditas, ¿o qué?

Hay que buscar dónde volver a darlo todo.

Ponte a escribir, ándale.