viernes, agosto 17, 2012

De vuelta II

Yo solía escribir sobre las cosas que se me ocurrían mientras montaba en moto camino del trabajo, o cuando esperaba el autobús o el metro, o cuando tomaba notas de los libros que leía, o cuando estudiaba; solía escribir para inventar situaciones, para recordar el barrio en los ochenta, (con sus “pinchaítos”, como dice una amiga mía), para ponerme lírico (“en un amanecer cárdeno y pulido”), para hacer homenajes a personas que la historia ha olvidado (William Murdock).

Me apunté a un taller literario y escribía una vez cada dos semanas un relato y escribía algunos con un tema común esperando que me saliera una novela como por casualidad, (ya ves, por casualidad una novela, qué estupidez) y pensaba que nada había más normal que escribir casi todos los días, imaginar un cuento y estrujarme los sesos para que las tramas fueran creíbles y los personajes también, porque yo, como casi todo el mundo que escribe, pensaba que tenía algo que contar, un punto de vista, cierta mirada sobre las cosas.

Yo solía escribir con la despreocupación del aficionado que se toma en serio lo que hace pero que sabe que no es demasiado importante que siga haciéndolo o no y solía ridiculizar a todos esos petimetres (me encanta esta palabra) que se toman demasiado en serio a sí mismos, que van por la vida con un aire denso de autoconciencia, mirando a los demás por encima del hombro.

Ahora no lo hago (bueno, lo estoy haciendo, eso me gusta, es paradójico decir que no escribes de este modo) y creo que se trata de que no estoy seguro de no hacer el ridículo enseñando las plumas como un pavo real (¿qué sonido harán los pavos reales?) y diciendo a todo el mundo mira lo que hago, mira lo que sé, mira todo lo que ha aprendido, mira lo que hago, coño, míralo, que te lo estoy diciendo…

Yo solía escribir y llegó la realidad y empezó a parecer mucho más interesante que la ficción y luego la realidad se excedió y comenzó a ser asfixiante y a chorrear pringosa desde las primeras páginas de los periódicos. Yo solía escribir y luego dejé de hacerlo y no pasó nada. Hasta encontraron el bosón de Higgs, ya ven.

Y ahora estoy volviendo, poco a poco, como un alcohólico empedernido que regresa de la clínica de desintoxicación, como un anciano, con mucho cuidado, un pasito y luego otro. Como el corredor al que ponen una prótesis en una rodilla e intenta acomodarse a sus nuevas sensaciones y pisa con una zapatilla nueva el asfalto a ver si su cuerpo recuerda cómo se hacía aquello. Poc a poc.

Haciendo dedos. Preparando el terreno para la ficción. El territorio de siempre de este blog.

(Y al final me pregunto: ¿a quién coño le importará?). (Y me respondo: supongo que al menos a mí.).

4 comentarios:

Portorosa dijo...

Y a mí, hombre.

Tú ve desentumeciéndote; que seguro que sí, que has aprendido.

De entrada han vuelto tus paréntesis. A veces, como lector, tus textos me parecen la excusa para tus paréntesis.

Un abrazo.

Xavie dijo...

Me gusta eso de que mis textos son la excusa de mi paréntesis. Tal vez lleve usted razón.
Siempre me interesó lo de las dos voces narrativas simultáneas en el texto. Y para eso lo de los paréntesis resulta especialmente adecuado (qué cosas dice este hombre, la verdad...)

Abrazo y gracias por los ánimos.
X.

Carla Mendez dijo...

Hola
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Carla.

Portorosa dijo...

¿Ves? Empezamos a jugar con las palabras y ya se te encienden los ojillos.