Andrés había estado reflexionando (si es que se le puede llamar reflexionar a dejarse conquistar por las imágenes que siempre inundaban su cabeza en el preludio del sueño) sobre el azar. Concretamente, sobre las manifestaciones del azar.
La nieve en la televisión (la nieve es producto de las interferencias sobre la señal, que a su vez se deben a múltiples factores, como la existencia de tormentas o la aparición de inconstantes campos eléctricos, factores que no se pueden predecir).
El ruido electrónico de los altavoces del ordenador al conectarse a Internet (la información circula en Internet troceada en pequeños paquetes que viajan por caminos diferentes, cada uno de ellos seleccionado en función de información dinámica que cambia al instante, por lo que no se puede predecir el camino exacto que seguirán los paquetes ni, por tanto, el sonido que aparecerá en los altavoces).
El contorno de las manchas de humedad en la pared (las manchas se deben al filtrado del agua a través de diferentes materiales y, al igual que no se puede prever el momento exacto en el que caerá la próxima gota de un grifo, no se puede predecir el camino que seguirá el agua.)
La forma de las ruinas (el deterioro provocado por el tiempo actúa de forma no predecible, aunque la arrogancia del arquitecto de Hitler, Albert Speer, le llevara a dibujar, junto con los planos de un edificio gigantesco que no llegó a construirse, los planos de las ruinas del edificio, mil años después).
La forma de los huracanes y las tormentas. El color exacto del atardecer contaminado de Los Ángeles. El itinerario que un corcho arrojado al mar seguiría para encontrar la costa. Tantas cosas al azar.
Pero lo que más le sorprendía era que, atendiendo al funcionamiento de ese azar, nada hacía imposible que la nieve de la televisión mostrara la cara de un niño, que el ruido electrónico se pareciera a la novena de Beethoven, que las manchas de humedad dibujaran a la virgen o que la forma imaginada de las ruinas coincidiera con las de la zona cero de Nueva York antes de la reconstrucción. Nada. Todo era extremadamente improbable. Pero no imposible.
Y también se preguntó si sería posible, aún sabiendo lo que sabía, evitar el pensamiento mágico si sucediera alguna de esas cosas. Y supo que no. Entonces supo también que el mundo es un lugar incomprensible.
Y la verdad, de alguna extraña manera, se sintió aliviado.