viernes, agosto 16, 2013

Cuarenta

Ya saben ustedes lo que los americanos gustan de las historias de redención. Yo era un pobre desgraciado de buena familia que bebía mucho y que iba con mujeres hasta que Dios se cruzó en mi camino y me dijo que debía ser presidente de Estados Unidos. O bien, fui adicto a la cocaína durante veinte años y esa adicción acabó con mi matrimonio y mi fortuna, tuve que vender mi casa y acabé en la calle vendiéndome en las esquinas. Aún recuerdo las noches en vela, intentando que no se despertara mi familia, esnifando un gramo tras otro delante del ordenador. Sin embargo, un buen día entré por casualidad en grupo de apoyo y heme aquí, impartiendo charlas a personas con el mismo problema que yo tenía.

Y ganando pasta, eh, ganando pasta. Eso es importante.

Me encantan esas historias, la simplicidad absoluta del mensaje que contienen: todo el mundo puede mejorar, todo el mundo puede convertirse en otra persona, todo el mundo puede cambiar de vida y agarrar la parte correspondiente del sueño americano (otra manera de llamar a la codicia). En realidad, no creo que sea exactamente así: todo el mundo, más bien, sigue siendo quien fue alguna vez y el pobre Bush aún se escapa de vez en cuando al bar de streaptease más próximo a su casa para poder ver esas tetas siliconadas desafiando la gravedad entre vodka tonic y vodka tonic (es una buena imagen, reconózcanlo). Pero. Todo el mundo continúa siendo quien fue alguna vez porque eso es lo que hacemos: seguir siendo (la clave de la frase anterior está en el gerundio, por cierto). Seguimos siendo porque nos seguimos construyendo todos los días. Paro aquí, no quiero que esto parezca todavía más confuso. Creo que se me entiende. O no.

Sin embargo, algo bueno tiene esa concepción simplista de la vida. La edad no es un obstáculo para casi nada. Ni para dedicarse a la escalada (ese pobre viejo medio artrítico infiltrándose y tomando vitaminas para poder seguir yendo al rocódromo) ni tampoco para buscar trabajo. Resulta esclarecedor que en España cesen por completo las oportunidades laborales alcanzada cierta edad. En Estados Unidos, es ilegal que una oferta de trabajo pida candidatos en cierta franja de edad, porque lo consideran discriminatorio. Pero somos un país antiguo, cuna de mitos y de familias de rancio abolengo y aquí si pasas de cuarenta es poco probable que cuenten contigo para una nueva labor. Bueno, a no ser que tengas cuatro apellidos y un patrimonio. Entonces te pueden contratar de asesor en una eléctrica. O si eres un expresidente, en ese caso también.

Bueno, que sepan ya lo he decidido. Me iré al monasterio budista que hay en La Alpujarra a hacer panecillos de coco y amor. Igual también algo de cerámica. Cuando sea número uno en youtube, pediré la ciudadanía norteamericana. Y no creo que esto sea la crisis de los cuarenta.

3 comentarios:

José Luis Ríos Gabás dijo...

A pesar del tono algo jocoso de tu entrada, te digo que a partir de cierta edad comienzas a ser invisible para el resto de la gente, excepto para los que te quieren de verdad, pero la edad te convierte en eso, en invisible para los demás mortales normales. Vives como en tiempo de descuento.
La simpleza: nada es, hoy día, simple, todo está de manera natural o, más frecuentemente, artificial, complicado.
Hay un monasterio budista por aquí cerca, en Panillo, lo he visitado varias veces, en invierno, cuando hay menos gente.

Un abrazo

La independiente dijo...

Hola José Luis,
Sí que es jocoso, sí. Bromeo mucho con esos temas, aunque respeto a la gente genuinamente interesada en ellos.

Un abrazo,

José Luis Ríos Gabás dijo...

Es mejor que nunca falte el sentido del humor.

Un abrazo