viernes, marzo 08, 2013

Otoño

Hoy me he levantado con tal estado de ánimo que estoy seguro que hace diez años hubiera despotricado en mi interior y roto los muebles imaginarios de mi cabeza, pero como han pasado diez años, solo he suspirado, he mirado la imagen del espejo con algo de conmiseración, algo de resignación y algo de simpatía, me he vestido y he salido a la calle camino del trabajo, reflexionando durante el camino sobre lo que cambia tu actitud hacia ti mismo a medida que el paso del tiempo lima los bordes de las cosas y puedes recordarte cuando eras ese tipo que se cabreaba desde por la mañana porque algo no hubiera salido como él esperaba por la noche.

Y luego he pensado lo curioso que resultaba todo, lo extraño que me parecía haber reaccionado como lo hice durante tantos años y lo ajeno que me resultaba yo mismo hace solo una década y entonces he vuelto a tener una de mis ideas recurrentes (“todos somos contingentes pero tú eres necesario” que decían en Amanece que no es poco), que tampoco es mía claro, aunque le haya dedicado bastante tiempo y eso haya sido suficiente para apropiármela un poco, esto es, que nada permanece, que cabalgamos la ola del tiempo como podemos, creyendo tener el control, creyendo ir de forma lineal hacia delante y que no tenemos ni la más remota idea de hacia dónde nos movemos, de si hay algún objetivo.

Y más tarde he pensado en España A. C., antes de la crisis, y me he sorprendido de que solo hayan pasado cinco años y de cómo hemos vuelto a mirar el precio de las cosas, me he sorprendido al ver que otra vez hemos asumido la pobreza con naturalidad, como siempre (mucho menos que la de nuestros padres, pero pobreza), que hemos vuelto a mirar al suelo con culpa por querer ser europeos y participar del bienestar occidental (ay, ese catolicismo) y que hemos empezado a pensar en el futuro como algo que hay que trabajarse todos los días en lugar de pensar en él como en una bonita casa frente al mar, con su pensión y su sueldo y una jubilación a la noruega. Cinco años. Nada si lo piensas.

Y he recordado un cuento de una amiga en la que todo el mundo se despide en el mismo bar por última vez, antes de emigrar, y he pensado que es triste, que estamos mal, que no hay trabajo, que tardaremos años en volver a tener dinero, si es que volvemos a tenerlo. Que este desánimo tiene mal arreglo y que la lluvia y el cielo encapotado no ayudan. Sí, lo he pensado. Pero al final me he dado cuenta de que no es tanto la situación del país, no es tanto el paro y la lluvia, no son las constantes noticias hirientes y la desvergüenza y el robo y el insulto diario a nuestra inteligencia. Es todo eso, pero no solo eso. Es también la nostalgia de saber que me hago viejo y que sigo sin haber aprendido prácticamente nada a pesar de haber pasado muchos días y muchas noches delante de un libro, intentándolo.

Y al final, me he dado cuenta que esto tampoco tiene ninguna importancia.

2 comentarios:

José Luis Ríos Gabás dijo...

No sé cómo decirlo, pero sí que has aprendido algo fundamental: no somos tan chulos como creíamos, y desde esa relatividad uno se perdona muchas veces.
No sé tu edad, yo cumplo 55 pasado mañana, y no tengo seguridades sobre casi nada. Intentamos que no se nos lleve la corriente, y cuando dices haber pasado muchas noches y días delante de un libro, te entiendo bien. Desde hace un tiempo, unos diez años o algo así, las respuestas parciales a las preguntas que nos hacemos todos, y que tú sintetizas en "la nostalgia de saber que me hago viejo" las voy encontrando, o intuyendo, en el arte con mayúscula, literatura, pintura, cine, algunas fotografías, la música que no es entretenimiento... y solo a veces. Queda un poco pedante decirlo, aunque me da, ahora, igual.
Disculpa todo este rollo, me ha gustado mucho tu entrada.

Un saludo

Portorosa dijo...

Sí la tiene, la tiene. ¿Cómo no va a importar?
Y no solo a ti, sino a todos: es la vida. Eso somos, eso es la vida.

Un abrazo.