martes, septiembre 07, 2010

Aquí y ahora

Aquí y ahora son traicioneras, son palabras que se encarnan en el momento de leerlas en un lugar y un espacio que siempre son los del lector.
Mi aquí es distinto del suyo, ténganlo por seguro. Estoy en Assilah, en Marruecos.
Mi ahora también es diferente. No acabo de entender exactamente en qué pero el tiempo no funciona de la misma manera por aquí. Caben más cosas dentro. Sobre todo pereza.

Ya diré algo por aquí, supongo.

sábado, agosto 28, 2010

Atardecer

(A David Milch, creador de Deadwood)
(A David, que aún no sabe cuánto necesita verla)

Esta tarde mientras estaba tumbado en el sofá imaginé a alguien que recibía un disparo en el pecho y pensé que el hombre sentiría el impacto de la bala mucho antes de oír el sonido, pues la bala va más rápido que el sonido y la transmisión nerviosa es prácticamente instantánea, y en cómo sería recibir esa presión en el pecho y no entender nada y justo un instante después oír el disparo y comprender en ese minúsculo intervalo de tiempo que estás muerto. Y más tarde pensé que no era suficiente esa imagen para construir un relato que desde su inicio quiere existir como un cuento del oeste. Porque en los cuentos del oeste siempre suceden muchas cosas, siempre hay un hombre a caballo que hace algo o dice algo o informa a los demás de algo que ha sucedido y que pone en movimiento a los hombres del pueblo que corren a por sus armas y gritan que van a desollar a esos salvajes, si se trata de indios, o que van a desollar a esos cabrones, si se trata de hombres blancos y claro, en este cuento lo que sucede es que el hombre asiste horrorizado a su propia muerte en el pequeño intervalo de tiempo que pasa entre el impacto y el sonido.
Lo importante no sería, por tanto, el relato de los hechos, la narración de lo sucedido sino el punto de vista, el hombre con el tiempo escurriéndose muy lentamente, observando el brillo del agua en el abrevadero, las risas del bar y el estruendo de la música, el polvo en suspensión, el escarabajo escabulléndose a sus pies. No sucedería nada, solo esa impresión de estupefacción que poco a poco se transforma en la certidumbre de estar a punto de dejar de ser, en la convicción de que no habrá milagro posible. Este hombre que ahora comprende lo sucedido, este ser que se observa el pequeño agujero que ha hecho la bala al entrar en el pecho y que, justo después, sabe que se trata de un disparo, está a punto de dejar de comprenderlo todo, se sabe muerto aunque aún no lo está.
Este momento no parece suficiente para ser un cuento del oeste pero el relato no se deja domar e insiste y yo ya no tengo ganas de oponerme a lo que el cuento quiere ser. Así que me dejo llevar por la ambientación y por el infecto olor que surge de la zona de la curtiduría del pueblo minero, por la suciedad de los trajes de todos los habitantes, por los colores de las ropas de las furcias, por esa mirada de desprecio que el recién llegado del Este, siempre un lugar más civilizado que estos poblados que extienden la nación norteamericana hacia el Oeste, muestra hacia todos los que habitan aquel lugar miserable y dejado de la mano de Dios, y sigo viendo al hombre que continúa apagándose lentamente, que ahora ya no es más que un moribundo que se sabe moribundo y advierto que la tierra se ha movido de forma imperceptible y que la sombra del edificio en el que está la casa de postas se ha desplazado un milímetro y veo tres caras que han abierto mucho los ojos después de oír el disparo y contemplo de nuevo al hombre, al moribundo, al muerto en vida, lo veo desplomándose muy lentamente con la mano agarrándose el pecho, con la mano como si fuera un garfio, alrededor de un agujero de bala por el que, siguiendo una trayectoria recta y limpia, un proyectil del calibre 38 ha entrado destrozándolo todo a su paso y reventando parte del pulmón, la aorta y medio corazón y llevándose con él la vida miserable del hombre está cayendo al suelo en este mismo instante.

jueves, agosto 26, 2010

Escena

Después de abrir la puerta contempló los huecos de los muebles y los miró mucho tiempo, los rectángulos de bordes oscuros que el humo del tabaco había ido creando en torno a los cuadros, evidentes ahora que habían desaparecido, las pelusas que se movían lentas, como medusas en busca de una presa, el hueco más claro de la tarima en la zona del sofá. El plano general del hombre, con mirada apesadumbrada mientras suena una banda sonora melancólica y profunda, cambia entonces a un primer plano de su cara. La mirada muestra tristeza y a la vez resolución al mirar a su casa medio vacía. El hombre no llora aunque parezca a punto de hacerlo, se controla, no quiere, a pesar de que no haya nadie para verlo, dejarse llevar por la tristeza, quizá piense que eso no sería viril. Tal vez un ligero suspiro, como si se le escapara y más tarde un estirarse, un poner la espalda recta, como diciéndose ahora, con resolución. Y todo moviéndose con la lentitud propia de los ambientes densos, más densos que el aire, como si hubieran aparecido branquias en su cuello y toda su vida se desarrollara ahora bajo el agua. Su vida lenta y pesarosa, pesada y densa, cargada a la espalda. Un hombre de mediana edad mirando los huecos de los cuadros que ya no están en su casa, mirando las pelusas lentas y etéreas, observando el rayo de luz que entra desde la calle, las motas de polvo, el dibujo geométrico del parqué, la pintura blanca algo sucia por el paso del tiempo, el color ocre de los radiadores, los tres cojines tirados en el suelo de cualquier manera.

lunes, agosto 23, 2010

Viejos

Me fijo en sus manos, que parecen sarmientos, como si las venas azules estuvieran dispuestas sobre la piel y no debajo de ella, con todas las manchas que el tiempo ha ido depositando sobre ellas. Las mueve con habilidad, un poco retorcidas tal vez, afectadas ligeramente por la artritis, pero aún ágiles, pelando pimientos asados, patatas, tomates, envasando verduras asadas en botes con tapa de rosca para conservas, recogiendo la ropa del tendedero. Su ritmo es lento pero de una manera especial, como si fuera el mundo el que se condensara alrededor de ella, esperando.
Veo también a un hombre que regresa de un paseo con un bastón en las manos. Tiene el pelo muy blanco y un bigotito y va vestido con un pantalón ligero de verano y una camisa clara. El sombrero de paja le protege del sol de agosto. Parece tranquilo y feliz de poder dar un paseo por los alrededores del pueblo, de visitar sus castaños o su huerto o sus marranos. Tal vez solo le guste pasear y subir a algún monte y mirar desde allí las vistas, el pueblo de casas blancas en la falda de la montaña y el verde de las encinas. Se le ve ufano.
Pienso entonces que la vejez en un pueblo es mucho más digna que en la ciudad, que en un pueblo el tiempo más que apremiarlos, más que empujarlos fuera del carril central se arremolina en torno a ellos sin apenas rozarlos. Los viejos en los pueblos parecen tranquilos esperando. Los envidio, la verdad.

martes, agosto 17, 2010

Desplazamientos

El hombre maduro reflexiona últimamente sobre ciencia, sobre novela, sobre corpúsculos de dimensión uno que se agitan incansables en torno a un núcleo, sobre hombres afectados de cáncer que deciden cambiar algo en su vida, aunque lo hagan tarde, sobre mujeres elegantes que caminan sobre tacones y se ven enfrentadas a dilemas morales, sobre el tiempo que pasa y que nos amortaja poco a poco con un sudario invisible, que marca nuestras arrugas y blanquea nuestro pelo, sobre la agitación del mundo (el mundo de las supercuerdas).
El mundo se está conviertiendo para él poco a poco en un lugar aún más incomprensible. Le consta. El estudio es inútil y solo le muestra lo insondable de su tarea, la infinita profundidad de la sima en la que flota, buceando a 35 metros, mientras observa la pared cubierta de corales desvanecerse allá abajo, más alla de los cien metros de visibilidad con los que se cuenta en el mar Caribe. Un esfuerzo inútil y, precisamente, por eso, el único que merece la pena hacer.
El hombre maduro recuerda el poema de Cavafis (Ítaca y el camino y la vida) que se ha convertido en un lugar común, en un poema citado por los artículos de psicología de los suplementos dominicales, sé agua, amigo mío, tal y como decía Bruce Lee. Y también recuerda un personaje de una novela de Eduardo Lago que escribía versos en un papel de fumar que utilizaba inmediatamente para liar un cigarrillo y que, tras fumárselo, decía: la gracia está en escribirlos. Y a Pessoa en una habitación lisboeta soñando que viaja, soñando que algún día se atreverá a dejar su rutina de café y licor y marchará como Gauguin a los mares del Sur. A tantos y tantos otros. Y hace esto. Dejar por escrito impresiones, palabras, juegos brillantes como pescado recién sacado del mar, como mares al atardecer, como las gruesas y bruñidas tarimas de roble de los pisos burgueses, como fotones, como gravitones (esa entelequia) fluyendo de un cuerpo a otro a través de las líneas de campo. Como medusas a punto de morir, a punto de perder el agua que necesitan para seguir existiendo, como fuegos artificiales. Cosas sin sustancia, juegos florales.
Y entonces advierte que otra vez, a pesar de aborrecerlo, ha escrito un texto metaliterario. Y entonces dice mierda, otra vez.

lunes, agosto 16, 2010

Ciencia

Antes pensaba que los matemáticos creaban las herramientas que los físicos utilizaban para reflexionar sobre la naturaleza. Hasta mediados del siglo XIX era así. Las matemáticas ofrecían la posibilidad al hombre de conseguir verdades absolutas, verdades que más tarde explicaban comportamientos de sistemas naturales. Newton explicó las órbitas de los planetas, la forma de la tierra, etc., a la vez que creó el cálculo infinitesimal (con permiso de Leibniz).
Sin embargo, la aparición de geometrías no euclidianas a mediados del siglo XIX vino a corroborar que las matemáticas son mucho más extensas que la naturaleza, que es posible concebir sistemas formales consistentes que no tienen expresión en el mundo real, sino solo en la abstracción del cerebro de los matemáticos. Más tarde, Gödel demostró que cualquier sistema formal que el hombre pudiera crear contiene proposiciones indemostrables en su seno, formuladas, por supuesto, de acuerdo a las reglas preestablecidas. De esa manera, la pretensión de los matemáticos de contar con el mejor instrumento para explicar el mundo se vino abajo, estalló en pedazos como una copa sometida a un sonido de frecuencia demasiado alta. Las matemáticas habían dejado de ser suficientes para explicar la naturaleza. Es decir, las matemáticas son infinitas y, a su vez, siempre serán insuficientes para explicar el mundo.

En cuanto a la física, John D. Barrow dice lo siguiente en su Libro de la Nada: «Quien está fuera del mundo de la ciencia podría verse tentado a pensar que la progresión de nuestro conocimiento sobre el funcionamiento de la Naturaleza consiste en reemplazar teorías falsas por teorías nuevas de las que pensamos que son correctas durante un tiempo pero que finalmente se mostrarán también falsas. De este modo, la única cosa segura sobre la teoría actualmente favorita es que se demostrará que es tan falsa como sus predecesoras.
Esta caricatura yerra el aspecto clave. Cuando en la ciencia tiene lugar un cambio importante, en el que una nueva teoría sube al escenario, la teoría entrante tiene la propiedad de acercarse cada vez más a la vieja teoría en cierta situación límite. De hecho, revela que la antigua teoría era una aproximación (normalmente muy buena) a la nueva, y sigue siendo válida en un abanico concreto de condiciones. Así, la teoría de la relatividad especial de Einstein se convierte en la teoría del movimiento de Newton cuando las velocidades son mucho menores que la de la luz, y la teoría de la relatividad de Einstein se convierte en la teoría de la gravedad de Newton cuando los campos gravitatorios son débiles y los cuerpos se mueven a velocidades menores que la de la luz. En años recientes hemos empezado incluso a imaginar qué aspecto podría tener la teoría sucesora de la de Einstein. Parece que la teoría de la relatividad general de Einstein es un caso límite a baja energía de una teoría más profunda y más amplia, que ha sido bautizada como teoría M.»
Es decir, las teorías que explican la naturaleza se acumulan unas sobre otras, como muñecas rusas, como capas de cebolla. A su vez, estas teorías están basadas en estructuras formales puras, esto es, matemáticas, de existencia independiente.

De estas dos premisas se concluye que cada pregunta que el hombre se responde plantea una nueva batería de preguntas sin respuesta, como un árbol que no dejara de crecer.

Desde los sistemas de cuenta de los hombres neolíticos (mejor saber cuántos corderos hay al principio y al final del día en el rebaño) hasta los espacios tensoriales, desde el animismo hasta la teoría de cuerdas van cinco milenios de pensamiento humano, de ingenio, de inteligencia. Para acabar concluyendo que la tarea siempre estará inacabada. Y no por ello los pensadores cejan en su empeño.

Eso es lo que nos hacen inequívocamente humanos. Porque los monos también sienten empatía por otros monos. Y los elefantes mueven tristes las moles de sus cuerpos cuando van camino del cementerio.

lunes, agosto 02, 2010

Años

La novia del Corto se pasaba el día pensando en un hombre que nunca supo si le convenía, cantaba Javier Ruibal en directo, hace tantos años que parece mentira que sean tantos años, en una sala granadina en la que habían cometido un error con su nombre (Javier Ruival) y en la que os hicieron esperar durante más de una hora al cantante, hasta que el dueño comprobó que no íbais a consumir más copas a aquel precio exorbitante. Y también cantaba Enrique Morente con Lagartija Nick un tema muy extraño en un disco flamenco con guitarras de distorsión mientras veinte o treinta personas bebían cerveza sentados en los escalones de la Cuesta de San Gregorio, en el Albaicín (o Albayzin, o Albaycín) y el cigarrillo de maría pasaba de mano en mano y el futuro aún estaba intacto, perfecto y recién horneado. Y los yonquis siempre tenían mucha prisa y preguntaban la hora y nunca esperaban lo suficiente para enterarse de qué hora era y hoy tampoco hicísteis cena porque siempre fue mucho mejor bajarse al Gondo y dejar que las tapas que os ponían Javi y su mujer os dieran de comer y tu hermano se quitó la ropa en ese bar el día que hicísteis la fiesta de despedida, el día que todo el mundo supo que os íbais a vivir a la capital en pos de un futuro mejor, de un trabajo mejor, de dinero, del chalet y la parejita y la piscina. Y el campus de Fuente Nueva, y Siniestro Total en las fiestas del Zaidín haciéndoos saltar a todos, que siempre os supísteis sus canciones de memoria y en el momento en el que alguien los ponía en el casette todos comenzábais a cantar a voz en grito. Y Gun en un garito que se llamaba Segunda Edición y al que siempre le cambiábais el nombre y os empeñábais en llamar Siglo XXI y todas aquellas noches y más noches y más noches estudiando Teoría de la Información y la Codificación y Álgebra e Inteligencia Artificial y Computabilidad (con aquel profesor de manos largas y voz pausada que tanto te gustaba y del que ahora no recuerdas ni el nombre) y trabajo, más trabajo, más trabajo y más trabajo.

Quién te iba a decir a ti.

martes, julio 27, 2010

Conversación

En un bar entablé conversación con una desconocida (que palabra esta, entablar, como si una conversación pudiera fijarse con clavos a un tablero hecho de listones, un tablero como los que los ciegos que cantaban romances llevaban con ellos, donde colocar dibujos y palabras y las ayudas de la época para que la gente poco instruida pudiera seguir la historia y mientras más pienso en ella, más rara se vuelve la palabra, como si el hecho de repetirla muchas veces, —entablar, entablar, entablar—, la despojara de significado y la convirtiera en algo mucho más parecido, no sé, a un signo puro, al mero significante en acción ahí flotando, renegando de sus responsabilidades, solo signo y sonido, signo puro desligado para siempre del concepto).
El caso es que en esa conversación empezamos a hablar de escritores (escritores, esta palabra sí que es densa, sí que está anclada a su significado, se ha utilizado tanto y en tantos contextos diferentes que es imposible desligarla de lo que representa, es imposible pensar en esa palabra como en un signo puro porque la hemos visto demasiadas veces henchida de significado, porque incluso vemos la imagen de algunos escritores cuando la pronunciamos, también henchidos de significado, porque pensamos en la tarea dura y solitaria del escritor, no sé, todo ese trabajo con el significado, qué gran carga, qué ímproba tarea, porque esa palabra está tan llena que resulta imposible vaciarla, ni repitiéndola ni con ningún otro truco).
En esa conversación yo dije que los mejores escritores del siglo XX español eran todos unos señoritos burgueses que se podían haber dedicado a escribir gracias a que no tenían que trabajar (algo que, por otra parte, es una constante en la historia de la literatura, el famoso canon del hombre blanco burgués de mediana edad es bastante cierto porque el hombre negro proletario y joven bastante tenía con llevar dinero a casa y en comer a diario y no hablemos ya de la mujer indígena y cargada de hijos, lo que, por otra parte, tampoco convierte a cualquier hombre negro proletario y joven o mujer indígena y cargada de hijos que escribieran en unos genios, la verdad, pero eso es otro tema y me estoy desviando y, sea cual sea el camino que se suponía que debía llevar este texto, está claro que hace tiempo que se ha perdido, pero en fin, a veces es mejor dejar que el texto que se rebela siga su camino y mirar sorprendido hacia atrás cuando ponemos el punto final).
El caso es que la desconocida se enfadó muchísimo (como si hubiera sido una ofensa personal, como si fuera la nieta de García Lorca o algo así, algo que, por otra parte, en una ciudad como esta no sería tan extraño, en una ciudad como esta podrías conocer a la sobrina de Javier Marías y acabar en la casa de su abuelo, el filósofo Julián Marías, sentado en su sillón rojo leyendo, por ejemplo, una primera edición de la poesía de Unamuno, y además, un encuentro con la nieta de Lorca, si ocurriera en algún sitio, podría darse perfectamente en un bar como aquel, en el que dos mujeres grandes, gordas, tatuadas, vestidas de negro y lesbianas, además de madre e hija, ponían copas en vasos de plástico, sirviendo el refresco de botellas de dos litros, un bar lumpen de barrio frecuentado por una fauna tan variada como inquietante) y me dijo que no tenía ni puta idea de nada.
Yo (a pesar de estar bastante de acuerdo con ella en que no tengo ni puta idea de nada, pero empeñado en que, al menos, no lo pensara por razones equivocadas) intenté hacerle ver que el hecho de que yo considerara a García Lorca un burguesito de provincias, (y además, según lo que cuenta Pepín Bello en una entrevista que recuerdo y que, desgraciadamente no he podido encontrar, se trataba de un burguesito muy amanerado, al igual que Cernuda, una costumbre que les hacía bastante pesados a los ojos de Pepín, ese mito capaz de pasar a la historia por haberse corrido las juergas con las personas adecuadas, el hombre que nos gustaría ser a todos aquellos aspirantes que pululamos por los bares intentando colocar una conversación interesante a ver si nos llevamos a la cama a alguien), el hecho de que yo considerara a García Lorca, iba diciendo, un burguesito de provincias no tenía nada que ver con la calidad de su poesía.
Eso sí, a mí en particular sus coplillas del romancero gitano me dejan bastante frío, le dije (harto como estoy siendo andaluz de la expresión de los madrileños cuando oyen mi acento, que parece que estén todos esperando el chiste, la copla o la gracieta, como si haber nacido en un sitio y no en otro te colgara un sambenito del que no puedes desembarazarte, harto como estoy de los andaluces que hacen gala de serlo y a la mínima se convierten en caricaturas de sí mismos y en cualquier cena se arrancan por bulerías, como si no hubiera un panteón lleno de poetas andaluces, como si Juan Ramón, a mis ojos el mejor poeta del siglo XX español, no fuera también andaluz, hay que joderse).
Y fue mencionar el romancero gitano y la chica se fue protestando y bufando sin dejarme que le explicara nada (ya ves, a mí, como se atreve, que me muero por explicar cosas incluso a quien no quiere oirlas, a mí, con la buena conversación que tengo y lo divertido que puedo ser, con la cantidad de cosas interesantísimas que le hubiera contado, hasta chistes le hubiera contado si me hubiera dado la oportunidad, hasta le hubiera cantado una bulería si hubiera sido necesario, lo que fuera, lo que fuera con tal de que me hubiera hecho algo de caso y no se hubiera puesto a hablar con un amigo con el que iba y con el que, diez minutos más tarde, estaba dándose el lote mientras me miraba de reojo).

Y claro, me quedé allí. Cariacontecido.
Y tuve que pedir otra copa a la camarera lesbiana.
A la hija, por si acaso tenían curiosidad.

lunes, julio 26, 2010

Feos

El bar, perteneciente a una cadena de restaurantes en la que sirven un desayuno inglés bastante decente y que el hombre maduro suele frecuentar los fines de semana para poder leer con tranquilidad el periódico y no tener que preocuparse por el almuerzo, solo tenía ocupadas cuatro o cinco mesas con la clientela habitual, una pareja de homosexuales mayores, disfrutando como niños de la trasgresión de tomar tortitas con nata para desayunar, olvidada por una vez la dieta baja en grasas y de alto contenido en proteínas que seguían para sacarle el máximo partido al tiempo de gimnasio, cada uno con su periódico y sus gafas, con semblante de concentración, comentando una a una las noticias de la sección de internacional; dos parejas sudamericanas que habían hecho un alto en la ardua tarea de recorrer todas las tiendas de la calle y rellenar de artículos varias bolsas de papel con logotipos muy conocidos, exactamente iguales a otras bolsas de papel con logotipos muy conocidos que podían encontrar en sus propias ciudades, a seis mil kilómetros de distancia, tomando cocacola en lugar de café y huevos revueltos con abundante ketchup; un grupo de cuatro amigas, mujeres anodinas, ni guapas ni feas, ni modernas ni antiguas, ni rubias ni morenas, que probablemente se considerarían peores de lo que realmente eran y que haría mucho tiempo que no pasaban la noche con un hombre sin saber que, en realidad, a todas ellas les bastaría con un mínimo cambio, con unos collares nuevos, unos zapatos, un escote más atrevido, otro corte de pelo, algo más de desenvoltura en las miradas para que el resto de mujeres anodinas de su círculo de amigas las envidiara con el odio soterrado e intenso del que solo son capaces las mujeres cuando juzgan a una amiga; y una pareja de jóvenes con pantalones de algodón y sandalias, ella con una ancha cinta en el pelo y él con barba y rastas, leyendo el periódico y conversando con tranquilidad, jóvenes internacionales sin patria, que podrían encontrarse igualmente en Lisboa, en Roma, en Londres, en París, esa clase de jóvenes a los que se ve a gusto en cualquier gran ciudad europea, que hablan idiomas y son aficionados al arte, que han decidido ver mundo en lugar de acumular dinero para comprar el piso amplio de los suburbios que sus madres hubieran preferido en lugar del cuchitril de cincuenta metros, en un quinto piso sin ascensor, donde viven ahora, esa clase de jóvenes que pueden verse en el Chiado o en el Trastévere o el barrio turco de Berlin y que siempre parecen tener conversaciones muy interesantes.
Y al final del bar ellos dos, esperando pacientemente, a pesar de que el bar se encontraba casi vacío, a que un camarero los acomodara, tal y como recomendaba el cartel que se hiciera, respetando las normas, feos y mal vestidos, ella con una blusa de punto blanca con escote de pico que ya era antigua en la época en la que su madre había visto a sus amigas atreverse a con la minifalda, con zapatos blancos, de esos con una abertura en forma de uve, a través de la que se podía ver la uña del dedo gordo del pie y un trozo muy pequeño de dedo índice, con una falda de tejido sintético estampada con motivos imposibles de recordar, con gafas anticuadas, dientes descuadrados y demasiado grandes y una cola de caballo; él gordito y calvo, con demasiado vello corporal, con unas bermudas de color caqui y unos zapatos de cuero claro, de los que suelen comprar los hombres de mediana edad en verano esperando que no transpiren demasiado y, sin embargo sabiendo que la primera vez que se los quiten en público deberán pedir disculpas por el olor, con una camisa polo de color verde demasiado llamativo y calcetines de hilo. Ambos se miraban mientras esperaban pacientemente que un camarero reparara en ellos, aunque, de vez en cuando, ponían cara de circunstancias, como diciéndose, a ver, habrá que esperar si eso pone el cartel, habrá que esperar a que nos atiendan, como personas habituadas a pasar desapercibidas que no se toman como algo personal el esperar detrás de una barra y que el camarero no les dirija ni una sola mirada, tan poco acostumbradas a llamar la atención que se morirían de la vergüenza en el caso poco probable de que asistieran a una función de teatro alternativo y cualquiera de los actores les hablara para hacerles participar en la obra, allí esperando sin prisa, sonriendo. Él la miraba con arrobo, esa es la palabra, arrobo, y ella respondía con una sonrisa en los ojos tan franca y tan verdadera que el rictus de vergüenza que intentaba componer con el resto de la cara se veía impostado, como una especie de reflejo que hubiera aprendido de pequeña y que, ahora, siendo ya una mujer que iba a desayunar con el hombre con el que acababa de pasar la noche, fuera un gesto totalmente fuera de lugar.
El hombre maduro se vio invadido por la ternura de forma inesperada y, por un segundo, envidió a los feos con absoluta sinceridad. Más tarde dobló su periódico, se levantó, pagó su cuenta y se marchó.

viernes, julio 23, 2010

Cádiz

Yo, como cualquier madre, quiero mucho a mi hijo. Esta última semana lo operaron y me vine a su casa a pasar unos días con él. Así no se tenía que preocupar de nada. Y para hacerle mimos, claro, que para eso una madre siempre es una madre. Hemos pasado unos días estupendos. Largas conversaciones sobre él o sobre mí, o sobre la familia, porque a mi hijo le gusta mucho hablar y, además, habla de sentimientos y de cosas que importan, no como otra gente que habla y habla pero no dice más que tonterías. Anteayer fuimos a un museo y me lo pasé estupendamente. Es un placer escucharlo explicar este movimiento pictórico, este cuadro, la técnica del sfumato o la simbología de un tríptico gótico. No sé si lo he dicho pero mi hijo tiene dos carreras. Sé que a él no le gusta que lo comente pero yo siempre que me dan ocasión lo saco a relucir. No se trata de orgullo de madre, aunque algo sí que hay de eso. Es más bien que, conociéndolo, no me va a dar el gusto de hacerse rico para que pueda presumir de su puesto de trabajo o de su dinero. El otro día, en una cafetería a la que me había llevado desde la que había una vista impresionante de la ciudad, le dije que cuando vi su cara por primera vez pensé que estaba destinado a ser alguien importante. El me contestó que eso es lo que piensan todas las madres cuando ven a su primer hijo por primera vez. También me dijo que él se consideraba alguien importante y que vivía como quería y que, en cualquier caso, había dejado de tener claro por el camino qué significaba una vida de éxito. Me hizo pensar, la verdad, aunque eso no quita que a mí, de todas maneras, me hubiera gustado que fuera alguien importante, alguien con un buen puesto en el trabajo, con un coche grande y un chalet con piscina. Cuando se me escapan esas cosas, él siempre me dice que qué manía con el chalet, que a él no le gusta vivir en un chalet, que las urbanizaciones con todas las casas iguales le inquietan, que tras la apariencia de tranquilidad y normalidad, se esconden los peores vicios. Yo asiento y le digo que sí, que lleva razón. A ver qué voy a hacer. Está convencido de que el dinero no es importante y no se da cuenta de que la vejez se planta aquí en un momento y que hay que pensar en el futuro, que hay que guardar para cuando no se tenga, que hay que ser precavido y sacrificarse si es necesario. Pero es tocarle el tema del sacrificio y me mira con la sonrisa esa de medio lado que tiene, como si se estuviera apiadando de mí y me dice que él no está dispuesto a sacrificarse a cambio de nada, que eso es producto de la moral católica en la que nos hemos criado. Y no digo yo que no. Si yo sé que ahora ellos viven mucho mejor y sin tantas historias en la cabeza como teníamos nosotros pero ¿y el orgullo de haber sacado adelante una familia con el dinero justo?, ¿el ser capaces de privarnos de algunas cosas para que ellos no echaran nada en falta? Tal vez suene anticuado pero yo me siento muy orgullosa de haberlos criado a todos. De haber criado a tres buenas personas que además se quieren entre ellos. Algo que no es nada fácil. En absoluto. A pesar de eso, las mujeres que han trabajado en la calle siempre nos miran por encima del hombro a las que nos hemos quedado en casa. Aunque no quieran que se les note, me doy cuenta de que no creen que lo que hayamos hecho sea trabajar, no nos consideran sus iguales. Y, vamos, esto lo he hablado yo con mi hijo más de una vez, ¿acaso no hubiera habido que contratar a alguien que se quedara en casa si yo hubiera tenido que salir a trabajar a la calle?
Yo sé que eso a él no le importa. Me lo ha dicho más de una vez. Mamá, la vida de cada uno es la vida de cada uno. Y también sé que se toma en serio mis hobbies y que puedo hablar con él de pintura y de las cosas que estoy haciendo. Eso sí, siempre está con la cantinela de que tengo que relajarme, que tengo que tomarme la vida con más tranquilidad, que no debería darle tanta importancia al orden, que estoy jubilada y que debería disfrutar más de la vida en lugar de ahogarme en un vaso de agua. Eso es lo que me dice. Y la verdad es que le doy la razón pero cada uno es como es y pretender cambiarme a mí a estas alturas sí que lo veo una empresa complicada. Lo intento, eh, que conste que lo intento. Mi hijo me dice a veces, y eso me molesta, para qué voy a engañarte, que afortunadamente no ha heredado eso de mí, que él se preocupa si tiene que preocuparse pero que buscar las preocupaciones para poder darle vueltas a la cabeza, que eso no va con él. Y algo de razón digo yo que llevará pero, vamos, que tampoco él es que sea perfecto, que a veces se gasta una mala leche que no hay quien lo aguante. En fin.

Próxima parada: C…

No, si esta es mi parada, sí. Debería bajarme, llevas razón. Pero, no sé, ¿adónde dices que va este tren?

Pues no, no parece un mal plan remojarse los pies en Cádiz.

lunes, julio 19, 2010

Hoy en día

Hoy en día nadie se hace hombre antes de cumplir los treinta y todo el que vive lo hace proyectado hacia el futuro, hoy en día siempre se es algo que se será más tarde, no algo que ya se es. Siempre se puede cambiar, nos dicen, nos quieren hacer creer que se puede ser alguien diferente, que lo que somos es como un traje que puede pasar de moda y que basta levantarse y desprenderse de él para ser otros. Basta con ir a un centro comercial atestado cualquier fin de semana y comprar unas cuantas cosas para iniciar un nuevo camino, el camino del nuevo yo, basta con unas lecturas, una sesión de terapia, tal vez iniciar un coleccionable en septiembre, un coleccionable ridículo como «El maravilloso mundo de los relojes» o «Grandes batallas de todos los tiempos» para empezar otra vez. Pero, queridos escritores de libros de autoayuda que enseñáis a cambiar nuestras zonas erróneas, querido psicólogo que asistes a las víctimas (las víctimas con sus caras de estupefacción ante el desastre), queridos vendedores de humo, queridos expertos en marketing de lo efímero que vendéis emociones en lugar de productos recubriendo la avaricia con colorines, mierda sobre mierda, me temo que no es tan fácil. No. Ya somos.
Es lo que hay. Mejor tenerlo claro.

viernes, julio 16, 2010

Viajero

(a Neil Gaiman, el hacedor de mundos)

Hoy he soñado que viajaba en el tiempo, que despertaba justo el 10 de marzo de 2004 y que, absolutamente seguro de provenir de 2010, advertía que se trataba de la noche inmediatamente anterior al atentado islamista de Madrid. Paseaba por mi ciudad y encontraba a gente que he tratado en los últimos tiempos y hablaba con ellos. Pero en aquel tiempo diferente, aquel tiempo anterior en el que algunos edificios y algunos solares no coincidían exactamente con los que recordaba, el mundo aparecía cambiado.
Recuerdo, eso sí, el discurso interior en el sueño, recuerdo pensar que era muy curioso haber viajado en el tiempo, recuerdo decirme que yo sabía parte de lo que iba a pasar en España después de las explosiones del día siguiente, las manifestaciones, las elecciones, las protestas. También me acordaba de lo que iba a ser de mi vida en esos años, como a cámara rápida, la nueva vida, las nuevas parejas, los cambios. Pero no le daba ninguna importancia, con esa sensación de perfecta anormalidad que presentan algunos sueños. En ellos se vuela sin esfuerzo o se combate en una batalla o se tiene la certeza de haber asesinado a alguien. Y de ellos solo es posible recordar la felicidad del vuelo, el miedo de la batalla, la culpabilidad del asesinato. No tienen planteamiento, ni nudo ni desenlace. Solo flotar ingrávido mientras la ciudad se parece cada vez más a una construcción de lego allá abajo, o estar aterido de frío con las explosiones retumbando a nuestro alrededor, o avergonzado y aterrorizado por saber de forma irrefutable que quien hizo aquello a la chica fuiste tú.
En mi sueño yo me sentía un visitante del futuro, yo sabía que había vuelto a una etapa de mi vida muy anterior aunque no sentía la necesidad de salir corriendo a intentar evitar la masacre del día siguiente ni tampoco de ir a casa y pedir perdón y decir lo siento de verdad y, aunque tú no lo sabes, si seguimos por este camino no vamos a conseguirlo, que lo sepas. No. No sentía más que una vaga curiosidad por los cambios que el paso del tiempo había introducido, por la falta de precisión de mis recuerdos, poco más. A cada rato me iba diciendo: esto no es exactamente como lo recordaba, a cada mirada notaba una esquina cambiada, una tonalidad diferente, un negocio que no debía estar ahí, un solar donde antes se encontraba un edificio. Caminaba por una esquina del casco histórico de mi ciudad, una curva amplia con aceras de empredado a los lados de la calle, como un meandro, mientras hablaba con una amiga o en aquel tiempo tal vez fuera más exacto decir que hablaba con la hermana de una amiga y ella me iba contando cosas que le habían sucedido en Barcelona, en una ciudad en la que habitaba unos años antes y me iba hablando de su vida y de su niño pequeño y yo pensaba: pero si he hablado contigo esta mañana, seis años después. Y miraba hacia atrás, hacia el ayuntamiento de mi ciudad y sentía de nuevo aquella sensación de extrañeza, como si las imágenes fueran producto de la superposición de dos ojos estrábicos. Pero no sentía nerviosismo, solo curiosidad.
Cuando he despertado me he preguntado si significaba algo, si era posible extraer alguna conclusión útil del sueño, si mi subconsciente me estaba tratando de enviar un mensaje. He pensado que no. Más tarde he recordado la sensación de absoluta normalidad con la que me sabía un extraño en el tiempo del sueño, el discurso interior de mi cabeza, las sensaciones experimentadas. Y lo que más ha llamado mi atención ha sido el hecho de que ni una sola vez se haya filtrado, como ocurre en otras ocasiones, esa intuición fugaz que me dice, por encima de las imágenes, estás soñando, puedes estar tranquilo porque estás soñando. Al contrario, he despertado y me ha costado varias horas desprenderme de la impresión de que el sueño es, al menos, tan real como la vigilia.

lunes, julio 05, 2010

Descanso

El tiempo no transcurre de forma lineal pero en un texto esa verdad es más cierta que en cualquier otro lugar (¿lugar?), en un texto el tiempo se alarga, en un texto las palabras, una detrás de otra, ejercen la secuencialidad de forma absoluta y a la vez, lo que las palabras quieren decir cambian el tiempo, lo violentan, lo sacuden y, de repente, puede aparecer un árbol en contrapicado, un olmo alto, verde y espeso mecido por la brisa, puede aparecer la sombra de ese olmo, desparramada sobre un hombre tendido que lo contempla y oye como susurra y ahora, dentro de ese hombre, ese momento se hincha, se comprime, se convierte en algo diferente, algo minúsculo e inmenso a la vez, algo leve y denso y en ese instante una conversación de dos mujeres jóvenes que son casi adolescentes pide participar sin haber sido invitada, pide su lugar en la cabeza de ese hombre (estamos dentro de la cabeza de ese hombre) que piensa que el tiempo es irrecuperable y a la vez amorfo y elástico, como las cuentas de un collar en un hilo, el hilo y las cuentas, los momentos como este engarzados en una línea que apenas se deja advertir, y las mujeres jóvenes ríen y se hacen fotos con el móvil y los olmos siguen susurrando y una dulce quemazón marca el resultado del ejercicio en el cuerpo de un hombre maduro (en el cuerpo de ese hombre) y el cielo azul de esta ciudad escupe su color con arrogancia y un avión pasa dejando un rastro de vapor en el cielo, saetas disparadas en la eterna guerra de los ángeles contra Dios, ese Dios inexistente pero presente en nuestra visión del mundo, ese concepto que permite que cualquiera pueda recordarse desde fuera, como directores de la película de su propia vida, recordarse (¿imaginarse?) desde arriba tendido en la hierba, descansando mientras mira el balanceo de los árboles y la risa de las mujeres jóvenes se superpone a la música que suena en la cabeza, y los olmos siguen susurrando y el instante sigue aumentando de tamaño, sigue hinchándose, acaparándolo todo, llenando la realidad de algo para lo que no existe un nombre, ni en este ni en ningún idioma, ningún nombre que pueda describir este detenimiento, esta lentitud, esta absoluta falta de tiempo en el tiempo.

jueves, julio 01, 2010

La simetría del azar

Hace cinco años que este blog existe. Dibujemos seis marcas separadas en un papel. La primera está etiquetada como 30 de junio de 2005, la última como 30 de junio de 2010. Los intervalos que van de una marca a otra son los años. Hay cinco intervalos y todos cubren la misma extensión del papel. Dos centímetros, por ejemplo.

Entretengámonos un rato. De fuera hacia adentro. De la máxima extensión de tiempo a la mínima:

Han pasado cinco años, es decir, diez centímetros, entre esto: Perdigones
Y esto: Imbécil

Han pasado solo tres, seis centímetros, entre esto: Chino
Y esto: Veinte

Uno tan solo, dos centímetros de nada, entre esto: Contra la literatura
Y esto: Hambre

Si dentro de esos dos centímetros, dentro de ese año medianero de 2008, buscamos el texto que deje exactamente un centímetro a cada lado, la mitad de ese año a cada lado, encontraremos las palabras que constituyen el centro de gravedad exacto de este blog, un punto sobre el que todo quedaría en equilibrio, con una cantidad igual de tiempo a cada lado, el texto por el que si las palabras comenzaran a deshacerse misteriosamente, podría convertirse en el agujero negro que absorbiera todos los demás, el texto que sería la célula mutada que se convierte en cancerosa y que se extiende por el resto del organismo, el texto que sería el lugar por el que empieza a arder el papel si todas estas palabras estuvieran impresas en un gigantesco rollo de papel continuo. El texto semilla, el texto esencia, el texto arquetipo.

Estas son las palabras:
Ceja

Que por una extraña simetría, coinciden exactamente con las primeras que llevé al Bremen, el taller literario que tan importante ha sido en este tiempo.

Debe de existir una ley que lo gobierne todo tan simple, tan simple que somos incapaces de verla.

Gracias por todo.

martes, junio 29, 2010

Imbécil

El que ha escrito la entrada anterior es un absoluto gilipollas. Un idiota que lo que mejor sabe hacer es pavonearse. Mirad qué sensibilidad, mirad cuánto sé, mirad aquí. Aquí. ¿No me véis? ¿No se me ve? Yo no. Ni puta falta que me hace. El de antes pretende emocionar, transmitir no sé qué mierda de ideas. Yo no. Yo no lo necesito. Yo, en realidad, ni siquiera sé por qué estoy justificándome aquí. Yo, como él, ni siquiera existo.

Hay un tío en mi oficina. Fantaseo con la posibilidad de cortarle el pescuezo, la verdad. Sé que solo son fantasías morbosas que probablemente no se hagan jamás realidad, pero a mí me gusta tenerlas. Me gustaría observar el terror en sus ojos, ver la pequeña sacudida de su pecho en el último estertor, prestar atención a cómo su camisa de algodón egipcio se va llenando poco a poco de sangre. Capilarización creo que se llama el proceso. Es adecuado. También se llaman capilares los pequeños vasos sanguíneos que primero se romperían por la acción del cuchillo. Es una fantasía. Como yo. Me gustaría ver la pregunta en su cara, ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Por hijo de puta, por eso, por imbécil. Porque sí.

Una amiga del gilipollas de antes le dijo hace un tiempo que dejara de leer a Chuck Palahniuk pero lo que no sabe es que el que lo lee soy yo. Gente enganchada y cabreada, confusa, que no tiene demasiado claro a dónde va el mundo, que ni siquiera sabe si el mundo ha tenido alguna vez alguna dirección. Urbanitas aburridos de sus miserables vidas vacías. Esa es mi gente. Hombres demasiado musculados que se masturban con porno barato tras la última raya. Alegres desgraciados de cabeza a la muerte con la sonrisa puesta. Todo diversión. Todo. Otra ronda. Otro día. Otro cuerpo frío en la cama. Otro padre con cáncer.

El otro prefiere a García Márquez y eso. Mujeres que ascienden a los cielos, que huelen a humo, viejos con una mirada que atesora toda la sabiduría natural del buen salvaje que fueron no hace tanto tiempo, la tierra telúrica borboteando detrás. Esas cosas. Las nubes acumulándose a toda velocidad justo antes de la tormenta que se desató cuando la virgen rubia de la casa fue violada por el malvado latifundista. El rumor de las hojas aquel día volviendo en sueños una y otra vez durante toda una vida. Mujeres que se vistieron de negro un día y nunca abandonaron ese color. El sudor caribeño inundándolo todo.

Mi hombre musculado ha entrado en acción. Está afilando un cuchillo. Corta bastante. Va a comprobar si la mujer de negro sigue teniendo tan buenas tetas como parece. O si es el color, que adelgaza y favorece mucho. No puede creerse que el único polvo que ha echado fuera hace tanto tiempo. Y a disgusto. Mi hombre es así.

Yo también. El gilipollas de antes no.

Todos estamos tan muertos que ni siquiera hemos podido llegar a nacer.

lunes, junio 28, 2010

Kabuki

Piensen que en Japón hay una afición desmedida por el flamenco, que hay academias de cante y baile en las principales ciudades. En ellas, cantaores y bailaores de medio pelo dan clases y se ganan muy bien la vida explicando qué es una soleá, a qué se le llama compás, cómo se afina una guitarra, cuáles son los principales palos del cante, qué un cante festero, por qué es importante que el cantaor esté sentado.
Horas y horas de estudio del español, para llegar a entender lo que están cantando, y también de la cultura gitana, de la historia del cante, aprendiendo anécdotas sobre flamencos, viajando a España, probando el vino fino, visitando los tablaos.

Ahora imaginen una afición similar en España por el kabuki, el teatro tradicional japonés. Imaginen varias escuelas en Madrid, Barcelona y Sevilla en las que maestros japoneses intentan hacer comprender a los aficionados el significado del más mínimo gesto de las cejas, la expresividad encerrada en un movimiento de caderas. Piensen en hombres y mujeres estudiando toda la vida para aprender a maquillar, a vestir a los actores, a que el sonido de la música tradicional suene en el tono justo.
Horas y horas de estudio del japonés, de la tradición literaria, de la sutileza de una cultura milenaria para comprender, aún de forma superficial, algo de ese teatro.

Me pregunto si en el kabuki tienen algo parecido a ver encarnarse el flamenco de forma inexplicable en una señora gitana de sesenta años que, con las zapatillas de estar por casa, se sube la falda por encima de las rodillas mientras zapatea.

Y, aunque parezca extraño, aunque yo no tenga ni la más remota idea del significado de ese teatro, aunque para mí solo sean actores exagerando mucho el gesto con la cara maquillada de blanco, me respondo que sí, que estoy seguro de sí que lo tienen.

Y entonces pienso en las cosas que tenemos en común. Y me consuela. Algo.

martes, junio 15, 2010

Tundra

Piensen en la tundra. Yo siempre la he imaginado como una extensión de hierba helada, no sé por qué. Como los jardines de las casas del norte en invierno. Una capa de hielo blanquecino cubriendo el verde. Supongo que no es así, sé que no hay árboles en la tundra, ni árboles ni ardillas ni serpientes, pero la tundra está llena de musgos y líquenes, de turberas y de zonas pantanosas, todas ellas cubiertas por el rocío helado. Imaginen la tundra, cubierta de cristales de hielo, refulgentes al sol de la mañana. Imaginen a un reno inmenso caminando tranquilo.

Entre tanto, miren mi salón. Con los libros alineados por altura en la estantería, como una biblioteca renacentista con los libros en folio, los serios, a un lado y a otro los de octavo, los ligeros. Vean el desorden de películas y libros sobre la mesa, oigan al hombre negro cantar acompañado de una armónica algo sobre la soledad y sobre los burdeles. Miren por la ventana y observen a la pareja joven de pie, moviéndose rítmicamente, acunando a su niña pequeña. Si siguen por el pasillo, llegarán a mi cuarto de baño, no tengan miedo. Yo les dejo entrar. No están fisgando. La estantería del cuarto de baño tiene una puerta de cristal a través de la que se ven los botes de cápsulas alineadas. Hay un poco de todo: calmantes, relajantes musculares, antibióticos, paracetamol para el cuerpo y ansiolíticos y antidepresivos para el ánimo. Farmacopea. Los botes también están alineados por altura, como los libros.

Piensen en el desierto. Con la extensión roja de tierra cambiando del granate al bermellón a medida que el sol, inclemente, la ilumina. Las pitas y los cactus enhiestos sobre la tierra. Las serpientes moviéndose rápidas de un escondite a otro. Las dunas de arena avanzando lentamente, como dotadas de voluntad débil pero constante. Piensen en un escarabajo negro que surge de repente de un agujero en la arena y que corre rápido un par de metros, casi sin tocar el suelo, dejando pequeñas señales, como si peinara la tierra, unos cuantos granos cada vez, rápido, veloz.

Y ahora hagan como yo, tómense otra pastilla. Una más. Y otra. Y otra más.

No hagan ruido al marcharse ni avisen a nadie, por favor. Déjenme seguir soñando con la tundra. Con el desierto.

domingo, junio 13, 2010

Duermevela

Lo malo de pasar de los treinta años es que tienes la edad de los que salen en televisión y son ellos los que salen en televisión y tú no. Tú sigues intentándolo y confiesas a los amigos que eres escritor o director o actor, justo antes de apurar la última copa o justo antes de meterte la penúltima raya o justo antes de cerrar el último garito abierto todos los martes. Te levantas después con resaca y te quejas del injusto destino que te mantiene atado a un trabajo que, aunque te permite pagar las facturas, cercena de raíz tu visión poética del mundo y es por ese cochino trabajo que tienes que salir a buscar estímulos, que tienes que beber unas copas todos los días y conversar con gente a la que, por mucho que lo intente, le pasa como a ti, que no sabe como entrar al centro del éxito desde su periferia, que no sabe como pasar de ser el chico que conoce a alguien con talento y famoso a ser ese que tiene talento y es famoso. El que sale en televisión.
Lo malo de pasar de los treinta años es que te sabes de memoria los nombres de los escritores, los músicos, los artistas que triunfaron antes de los veinticinco y se te aparecen en sueños, en largas listas que siempre son la misma y que retumban en tu cabeza con insistencia hasta que te duermes. Y en esos momentos de duermevela el mundo se te aparece con una plenitud de la que carece en la vigilia, y está esperando tu última obra, tu novela, o tu corto o tu cuadro, porque el mundo no sabe lo que se está perdiendo y entonces puedes contemplarte a ti mismo firmando ejemplares en la Feria del libro, sonriente, afeitado y guapo, preguntando a la gente que cómo se llaman y escribiendo dedicatorias ingeniosas. En la duermevela aparece el mundo tal y como debería ser y no como es. El mundo en el que no sales en televisión.
Lo malo no es pasar de los treinta años. Lo malo es pasar de los treinta años sin dejar de quejarte de lo injusto que es el mundo, sin haber entendido que al mundo le importas un carajo.

miércoles, junio 09, 2010

Cómic

Juan solo tiene un diente en la encía superior, un diente como una bandera de marfil y cuando abre la boca se la ve muy vacía. Juan es calvo, delgado y siempre lleva vaqueros baratos, una sudadera y una mochila, de esas que sirven para llevar un portátil, a la espalda. Dudo de que sepa utilizar un ordenador, de que le haya interesado alguna vez usar un ordenador. La mochila le resulta útil para llevar los cómics. Será por la forma rectangular. Así puede transportarlos de un sitio a otro sin que se estropeen en las esquinas.
Juan entra en el bar y dice: tengo cosas nuevas, cosas que os van a interesar y muestra varios cómics de los años ochenta que ha encontrado y que, dependiendo de su rareza y de su estado de conservación, etiqueta con un precio u otro. Ninguno vale menos de veinte euros pero es un buen precio. Son cómics de época. Ayer, por ejemplo, me fijé en uno, editado por El Víbora, a finales de los ochenta, una recopilación de viñetas satíricas pornográficas de los años treinta que valía treinta y cinco euros. Ya digo que no me parece un mal precio. Cuando me intereso por él, el hombre nos cuenta que en la época, en Estados Unidos, los buhoneros vendían de pueblo en pueblo todo tipo de cacharros, que sacaban de una caja y que, al lado, tenían otra de la que iban sacando los dibujos. Seguramente será mentira pero la historia es buena y eso es lo que importa. Pierdo un momento el hilo de la conversación mientras imagino al viajante con su carromato, o con su furgoneta de los años treinta, mostrando con disimulo los tebeos a los interesados, preocupado por la llegada del inevitable grupo de señoras escandalizadas, de esas que siempre asisten al sermón del reverendo. Faulkner. Amanece que no es poco. El villorrio. Cuando vuelvo, Juan me está mirando con toda la cara sonriendo, comprimida entre los ojos y la boca, como si se encongiera en una franja muy estrecha. La boca sigue llena de huecos. El diente sigue ahí. Pienso en que Antonio, el caricaturista que también va de bar en bar ofreciendo su trabajo, haría un dibujo fantástico con él. Parece un personaje de sus tebeos.
Juan dice con su voz cazallera:
—Cómprame este de los Freak Brothers, que tú eres muy friki.
—No, dame ese que no lo tengo —contesta un amigo.
—Sí, sí lo tienes. Que lo sé yo y llevo la cuenta de los cómics que te vendo.
—Seguro que lo tiene por ahí en su casa sin abrir, como hace siempre. Eso si no se lo ha dejado en un bar —apostilla otro.
—Que no, que no lo tengo, coño. Si lo sabré yo.
—Que sí lo tienes, que te lo he vendido ya. Joder, hazme caso, que yo me acuerdo de todos los que te vendo.
—Bueno, si tú lo dices... ¿Quieres una cañita?
—Venga, una cañita rápida que tengo que seguir trabajando.
Echo un vistazo a los cómics. Me traen recuerdos. Recopilaciones de CIMOC, de El Víbora, de aquella época en la que había al menos veinte revistas diferentes que publicaban historias gráficas cada quince días. Ay, la de veces que me habré encerrado en el baño con uno de aquellos, pienso. Fast Rewind hasta la habitación de un amigo, mirando tebeos de superhéroes, de misterio. El perfume del invisible. Milo Manara. Ahhh.
Juan se acaba la caña de un par de tragos y cuando le preguntan si va a seguir el mundial de fútbol dice que no, que estará por ahí vendiendo cómics y restaurando en su casa. Le pregunto qué restaura pero no me hace mucho caso porque ya está cogiendo entre los brazos los diez kilos de tebeos que lleva como muestra y que siempre deja en la barra de los bares a los que entra buscando a sus clientes. Creo que Juan podría hacer una lista de los bares que frecuentan sin esfuerzo. Y otra con los cómics que cada uno le ha comprado. Debe de tener una memoria prodigiosa este hombre. Una memoria prodigiosa y un solo diente.
—Nos vemos, chavales.
—Venga, que te vaya bien, Juan. Que vendas mucho.

jueves, junio 03, 2010

Cruces

Mamen conoce a un chico, actor en paro, que, a su vez, conoce a una escritora famosa, de nombre Lucía, que ha vendido bastante escribiendo sobre la naturaleza femenina, los problemas femeninos, y demás cuestiones relacionadas con el bello sexo, epíteto que en su caso, tal vez alguna vez fuera cierto pero que ahora es más que inexacto. El actor en paro no tiene nunca un euro pero sí la tendencia de meterse de rondón en casa de los demás, particularmente en la de Mamen, principiante en el mundo de la fotografía profesional y bastante celosa de su intimidad aunque con debilidad por los hombres guapos, y de Lucía, mujer madura que se deja halagar por un chico joven, actor en paro, y de gran rendimiento atlético. Mamen se queja a un amigo suyo, aspirante a escritor, de que el actor la llama constantemente, probablemente intentando agenciarse una cena, a pesar de que ella le ha insistido en que no lo haga porque está harta de tener que invitarlo siempre y de echarlo de casa cuando se harta de ver su cara en el espejo. El actor, cuando, gracias a su insistencia y a la poca voluntad de Mamen, consigue quedar con ella, le cuenta las cenas que comparte con Lucía, la escritora. Según parece, Lucía se pone su ropa interior más sexy, comprada en La Perla, ahora que puede pagársela, cuando queda con el actor en paro, para que todo sea perfecto después de los postres. El actor en paro, que nunca tiene un chavo, anda desesperado por encontrar la manera de seguir pagándose la viagra, bastante cara, para poder seguir disfrutando del glamour de la compañía de alguien tan famoso. Afortunadamente, el actor en paro tiene amigos en la noche, actores como él, que sirven copas y trafican con estupefacientes y viagra, que últimamente es la combinación de moda para acabar la noche de la mejor forma posible, que según todos ellos es el sexo con desconocidos tras una noche de drogas. Pero los amigos del actor, después de hablarle de las últimas audiciones y de las obras de teatro alternativo en las que están participando, en las que interpretan papeles intensamente dramáticos en piezas cortas pero profundas, le regalan media pastilla sin olvidar recordarle que, incluso en la farmacia, no son nada baratas. Mamen, mientras tanto, hace cursos de fotografía y sale a sacar fotos, trabaja en bodas, comuniones y guarderías y gasta todo el dinero que gana con sus imágenes en material fotográfico. Lucía, mientras tanto, escribe sobre los problemas femeninos, pensando en los fantásticos cunninligus que últimamente le han caído en suerte. El actor en paro, mientras tanto, se presenta todos los días a audiciones en las que, invariablemente, le dicen que tiene mala cara y que debería asistir a algunas clases en las que mejorar su dicción. El aspirante a escritor, mientras tanto, mantiene un blog.
El aspirante a escritor a veces piensa, cuando tiene un mal día y advierte que la vida no tiene vuelta atrás, que es posible que ni siquiera tenga talento después de todo, que, gracias a un actor en paro, gorrón y caradura, que llama a su amiga y le hace sentirse incómoda, más camarero que actor, como todos, juerguista y drogadicto, como todos, solo está a dos saltos del cunninligus a Lucía, la escritora famosa que podría ser su pasaporte a la fama. Y como sabe que, hoy en día, todo es cuestión de a quién conoces, le desea al actor en paro habilidad y resistencia en su función sexual, a ver si en la próxima fiesta de una editorial famosa en la que se ha colado, puede decirle a Lucía que todo lo que sabe el actor en paro se lo ha enseñado él y que si quiere comprobarlo. Y a ver si cuela.