miércoles, mayo 16, 2007

Remordimiento

Tómense los siguientes ingredientes:


re-.
(Del lat. re-).
1. pref. Significa 'repetición'. Reconstruir.
2. pref. Significa 'movimiento hacia atrás'. Refluir.
3. pref. Denota 'intensificación'. Recargar.
4. pref. Indica 'oposición' o 'resistencia'. Rechazar. Repugnar. Significa 'negación' o 'inversión del significado simple'. Reprobar. Con adjetivos o adverbios, puede reforzarse el valor de intensificación añadiendo a re- las sílabas -te o -quete. Retebueno. Requetebién.

morder.
(Del lat. mordēre).
1.
tr. Clavar los dientes en algo.
2.
tr. Picar como mordiendo.
3.
tr. Dicho de una cosa: Asir a otra, haciendo presa en ella.
4.
tr. Gastar insensiblemente, o poco a poco, quitando partes muy pequeñas, como hace la lima.
5.
tr. Dicho del agua fuerte: Corroer la parte dibujada de la plancha o lámina que se somete a la acción de ella.
6.
tr. Murmurar o satirizar, hiriendo y ofendiendo en la fama o crédito.
7.
tr. coloq. Dicho de una persona: Manifestar de algún modo su ira o enojo extremos. Juan Está que muerde.
8.
tr. Impr. Impedir con uno o más bordes de la frasqueta que se efectúe la impresión, por cubrir una parte del molde o interponerse entre este y el papel que se ha de imprimir.
9.
tr. coloq. Cuba. estafar (ǁ pedir o sacar dinero con engaños).

-miento.
(Del lat. -mentum).
1.
suf. En los sustantivos verbales, suele significar 'acción y efecto'. Toma las formas -amiento e -imiento. Debilitamiento, levantamiento. Atrevimiento, florecimiento.


Mézclense estrictamente en ese orden a fuego muy lento (de 15 siglos o así) hasta obtener la palabra remordimiento: Re-mord(i)-miento.

Y ahora imaginemos a un gusano que muerde y remuerde nuestro estómago, tal y como imaginaban en la Edad Media a la conciencia y admírese qué hermosa es la lengua en funcionamiento, pues sus engranajes han venido a hacer que esa palabra signifique: Inquietud, pesar interno que queda después de ejecutada una mala acción.

lunes, mayo 14, 2007

Radio

Estaba en su casa. Escuchando la radio como solía hacer. Le gustaba y le hacía compañía. Y era mucho más amable que la televisión. Menos invasora. No se metía en tu salón un señor con corbata. Pulsó el botón para avanzar de emisora y, de repente, comenzó a sonar una conversación a través de los altavoces. Sucedía de vez en cuando.

En la radio una mujer preguntaba: “¿Lo has hecho?” y un hombre contestaba: “”; entonces ella decía: “Supongo que sangró como un cerdo” y un hombre diferente respondía: “No, la que va a sangrar como un ternera abierta en canal vas a ser tú. Puta”.

Pensó que seguramente se trataría de algún serial radiofónico y también pensó que era una pena que la radio se llenara de basura como la tele. Así que decidió cambiar de canal.

domingo, mayo 13, 2007

Bola

Creo que durante la noche, alguno de mis sueños estaba habitado por un animal que ha dejado la cama cubierta de pelos. Pelos como pequeñas lombrices translúcidas que, poco a poco, han ascendido por mi cuerpo hasta alcanzar mi boca.

De ahí al esófago han tardado poco tiempo. Allí se han enredado unas con otras formando una bola que está impidiendo que el olor del sol llegue a mis pulmones.

Así que he decidido abrir una botella de vino tinto y beber un vaso. Porque me consta que la bola es soluble en alcohol.

miércoles, mayo 09, 2007

Aprensión

Aquel cangrejo rojo estaba justo en mitad de su cuarto de baño. Era grande y tenía un aspecto imponente. Recordó que en Centroamérica existe una especie de cangrejos que caminan kilómetros y kilómetros para desovar en el mar, cangrejos que cuando llega la temporada caminan tozudos siguiendo la misma ruta año tras año. Este cangrejo se parecía a esos. Mucho más rojo y con las patas mucho más largas y peludas que los que podemos encontrar en las marisquerías.

Fue a la cocina y cogió la escoba. No le apetecía nada que el bicho le pellizcara con las pinzas. La escoba sería suficiente para acabar con él. Cuando entró de nuevo en el cuarto de baño, el cangrejo ya no estaba, a pesar de que no podía haber tardado más de treinta segundos en ir a la cocina y recoger la escoba. Tampoco se oía nada. Supuso que se habría escondido y empezó a buscarlo.

Después de un rato lo encontró justo debajo del retrete, en ese hueco que deja la forma de la loza cuando se une con el suelo. Lo empujó con el palo de la escoba y el cangrejo salió disparado a una velocidad sorprendente, pasando por debajo de sus piernas y llegando al pasillo en un instante. Lo persiguió y, en mitad del pasillo, le dio alcance. Allí descargó el golpe fatal con la escoba. El cangrejo dejó de moverse.

En el suelo no había quedado ninguna mancha de sangre o de lo que quiera que los cangrejos tengan dentro. Con aprensión, le dio unos toquecitos con la escoba para comprobar que estuviera realmente muerto. Siguió sin moverse.

Un poco asqueado, recogió el cadáver para tirarlo a la basura y entonces reparó en el letrero. Made in Taiwan, decía.

martes, mayo 08, 2007

Contra la seriedad

Haciendo un ejercicio de imaginación, imaginemos. Creamos por un momento que alguien está escribiendo el Quijote hoy en día. Y que lo hace desde la parte del mundo que más se parece a los Siglos de Oro españoles: Latinoamérica.

Y en su historia esto es lo que pasa. En su historia, un loco con el seso seco por los libros de conspiraciones, de esos que hablan de sectas secretas que han gobernado el mundo desde el tiempo de los templarios, decide descubrir los trapos sucios de la Iglesia Católica brasileña. Se echa al monte como el subcomandante Marcos pero, después de unos cuantos episodios cómicos en un meublé de mala muerte guatemalteco, en la selva mexicana acaba trabajando de bufón para un coronel del ejército metido en temas de narcotráfico, que vive como un marqués. Más tarde, y una vez que ha asistido a una nacionalización en Venezuela en la que todo el mundo alzaba el puño y cantaba emocionado el himno nacional, acaba probando la ayahuasca en el Amazonas, algo que contribuye definitivamente a la pérdida absoluta de su sentido de la realidad y a que todo lo relacione con una conspiración que lo persigue para evitar que desvele los grandes misterios que ha aprendido. Por el camino es maltratado por los guerrilleros y los paramilitares colombianos, por los mercenarios recién llegados de Irak de las multinacionales norteamericanas, por los miembros de las maras, sobre todo la SalvaTrucha, y por la DEA estadounidense. De regreso en su casa en la frontera mexicana, recupera su lucidez y muere renegando de esos libros, engendros del demonio. Y para añadir un toque de realidad al relato, el protagonista podría además, ser de rasgos indígenas o mestizo.

Este relato, escrito con el estilo desatado y lleno de términos fronterizos de la literatura de McOndo y el Crack y publicado en una editorial tejana preocupada por las nuevas voces narrativas tex-mex, se convertiría inmediatamente en un éxito de ventas.

Y al cabo del tiempo (sigamos imaginando) cuando hubieran pasado un par de décadas, las universidades norteamericanas crearían cursos semestrales que pretenderían analizar la novela como el epítome de la voz del excluido y del loco, como el producto de las corrientes culturales de la frontera, como un ejemplo de la labor predatoria de las empresas en la selva, como el advenimiento del mestizaje globalizado a la literatura chicana. Un departamento especializado en “gender studies” se encargaría de diseccionar aquellos pasajes de la novela en los que el erotismo y la sexualidad estuvieran más presentes. Y alguien conseguiría un doctorado escribiendo sobre “El palimpsesto posmoderno: técnicas fragmentadas de discurso en la estructura de la novela chicana contemporánea” utilizando el libro en cuestión.

Y el autor, que sólo pretendía divertirse, que sólo pretendía contar una historia lisérgica con narcocorridos y persecuciones por las carreteras latinoamericanas, alguien que, al fin y al cabo, escribía sobre la literatura pop y sobre la influencia de la Tribu de los Brady en la falta de orgullo latino, no podría creer que realmente fuera su cara la que apareciera en televisión cuando, vestido con ropas que hace doscientos años ya eran antiguas, recogiera su título de Doctor Honoris Causa en la Universidad Autónoma de México

Y después de recoger el título, se vería con sus amigos del barrio y se tomaría dos botellas de tequila a la salud de todos los envarados doctores que se creen que la seriedad y la literatura están hechas del mismo material.

Que creo que es lo que hizo Cervantes cuando consiguió acabar su obra con una sola mano. Sólo que en lugar de tequila, se las bebió de vino. Y en lugar de dos, fueron cuatro.

Que se me da un ardite, que diría el nuestro. O no mames, güey, que diría el suyo.

jueves, mayo 03, 2007

Humor

Nuestro estado de ánimo siempre está en equilibrio inestable. Basta un comentario, una apreciación, un gesto, para que lo que nosotros creíamos la mera salud bombeando en nuestro pecho se cubra de células cancerígenas. Entonces, cuando eso sucede, te preguntas cómo es posible que el buen humor, que a la luz de los primeros rayos de sol creíamos indestructible, se pueda deshacer así sin más, cayendo la ceniza desde la coronilla y cubriéndonos con una capa gris de desperdicios.

Y no sabes encontrarle una explicación. Quizá sea la acumulación de lecturas tristes y películas tristes o el extrañamiento propio de este buen tiempo (buen tiempo fuera y buen tiempo dentro parece demasiado para esta sociedad católica que tenemos; ya sabemos que todo acaba por pagarse), pero la verdad es que todo ese gozo (el mero gozo de estar vivo y tener dos piernas y ser capaz de disfrutar del humo y de la tranquilidad de saber que vas a poder pagar las facturas) se acaba de desmoronar como lo hicieron los centenares de miles de árboles en Vietnam bajo el fuego amigo del napalm.

Pero ahora que ya te vas conociendo algo más (algo, tampoco mucho, vaya a ser que lo que encontremos nos deje el pelo blanco en un sólo segundo) sabes que lo que tienes que hacer es prestar atención a lo que decía Marco Aurelio de aguantar las embestidas como un soldado y no ejecutar gráciles pasos como un bailarín e intentas combatir ese estado de ánimo. Y lo haces y entonces parece abrirse un hueco, un minúsculo punto de luz, como el punto de luz del experimento que nos enseñaron en secundaria para poder ver el arco iris sin tener que esperar a un día lluvioso y soleado; un punto que progresivamente se hace más grande y por el que va entrando el buen tiempo, las fresas con sabor a fresa, las sopas frías, los cuerpos calientes, el sol quemando dulcemente las capas más externas de la epidermis, la serenidad de después del sexo y el saber que has actuado como tenías que hacerlo, tal y como tenías que hacerlo. Lo has conseguido.

Hasta que tengas que volver a fajarte la próxima vez.

domingo, abril 29, 2007

Ruina

Estoy aquí, en un hotel y miro el estampado de flores del papel de la pared. He tomado una decisión irrevocable. Me voy a matar. Estoy mezclando el cianuro que he comprado con el whisky que he pedido en recepción. He elegido el cianuro y el whisky porque me parece una mezcla con estilo.

Supongo que estarán interesados en mis motivos. Todo el mundo pregunta por los motivos de las acciones. No creo que tengan mucha importancia. Pero supongo que siempre están ahí. En mi caso, el motivo es bastante vulgar: la ruina.

Invertí todos mis fondos en los valores equivocados. El café se desplomó y ahora, en lugar de millones sólo tengo papel mojado. Mi vida es complicada. Tengo muchos gastos: dos exmujeres a las que debo pasar una pensión, dos hijos en colegios británicos, una amante que me sale muy cara y muchas cuentas pendientes con el sastre.

Sé que algunos de ustedes, bienintencionados, se estarán diciendo que todo se puede superar. Y quizá lleven razón. El dinero sólo es dinero.

Pero no soporto a mis exmujeres. Ni tampoco a mis hijos. Es inútil engañarse a estas alturas. Y, afortunadamente, las deudas también se heredan en este país.

miércoles, abril 25, 2007

Arabesco

Tal y como dice Cortázar ahora es una palabra absurda y evanescente. Cómo va a existir un ahora que no se consuma en el mismo momento de pensarla, de decirla. Ahora ya no es ahora sino hace un momento. Y es imposible detener la narración (que tiene su propio tiempo) en un momento concreto, aunque ese momento sea ahora.
Ahora hay una estampa fija e inmóvil, como una fotografía hecha de evocaciones, la imagen de un niño que come un helado con cara de satisfacción, en pantalones cortos y con manchas en la camiseta de algodón, con unas zapatillas de deporte de marca y con los rasgos de una niñez que se pierde a marchas forzadas, una niñez que en un año se volverá contra sí misma o en dos. Ahora.
Y ahora la estela blanca de un motor de avión en el aire y las nubes atravesadas por esa nube intrusa y artificial y el cielo es rosáceo y azul y poco verde también. Ahora la estructura de cuatro rascacielos se recorta en el horizonte y ahora el ritmo de las olas rompiendo contra la playa de guijarros moja con agua turquesa (transparente) mis pies y ahora una minúscula araña ha tejido un hilo invisible en una esquina de la habitación y cuelga del aire como un santón budista y ahora una lágrima cae suavemente por la mejilla de mi compañera de asiento en el avión. Ahora.
Y ahora los taxis parecen combatir por los recién desembarcados y entro en un coche que no es blanco sino de otro color y llego a una ciudad que no es la mía sino la de otros y me alojo en una casa en la que no he estado antes y ahora ya no es ahora sino después, justo el momento en el que estás después de haber leído este fragmento. Ahora.
Y tal y como dice Cortázar ahora es una palabra absurda y evanescente. Cómo va a existir un ahora que no se consuma en el mismo momento de pensarla, de decirla.

martes, abril 24, 2007

Signos

Si fueras un signo de puntuación, serías unos puntos suspensivos entre paréntesis. Todos lo seríamos. Qué es la vida sino unos puntos suspensivos entre paréntesis. Tres puntos suspensivos (¿recuerdas el enigma de la esfinge?) entre paréntesis.

Nada por aquí (...) nada por allÁ.

lunes, abril 23, 2007

Vecino

Por fin, tras demasiados años de alquiler, había podido comprar su primera casa. La había comprado sobre plano, había ahorrado durante algunos años para poder pagar las cuotas que la constructora pedía para así construir sin arriesgar dinero y ahora, después de tanta espera, tenía las llaves en su poder.

Cuando pasaron los meses de visitas a las tiendas de muebles y de fiestas de inauguración pudo comprobar que los tabiques que separaban su apartamento del contiguo eran tan finos que podía escuchar las conversaciones de su vecina sin dificultad. Descubrió (ahora que ya era tarde, ahora que ya sabía que acabaría de pagar aquel piso cuando tuviera setenta y cinco años) que podía oír cómo su vecina hablaba por teléfono, cómo se encendía y apagaba su ordenador, cómo le gustaba gritar durante el sexo. Cada día, al abrir la puerta de su casa, sabía los ruidos que se enredarían con su rutina pulcra y solitaria.

Su vecina era una mujer en la treintena a quien sus frecuentes fracasos amorosos convertían en un animalillo penoso y llorón que hablaba (o más bien hipaba) al teléfono más o menos una semana de cada tres o cuatro meses. En los días siguientes a esa llamada desesperada, la vecina se amoldaba a una rutina que la mantenía alejada de la calle durante un par de semanas. La televisión funcionaba sin descanso, una película tras otra, durante todo el día; y si no era la televisión se trataba de la radio. Hasta que una tarde se la escuchaba tararear y taconear con prisa y cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria. Entonces volvía a comenzar el ciclo del tarareo, la música, las palabras susurradas y las sesiones de gritos nocturnos.

Lo soportó cuanto pudo. Al principio, lo comentaba a sus amigos como un detalle curioso pero poco a poco aquellos altibajos habían podido con él. Oírla arrastrar los pies por la casa y llorar calladamente era algo que lo sacaba de sus casillas (¿cómo podía una persona no acorazarse un poco con cada fracaso?), pero el alegre taconeo no mejoraba mucho su humor (¿cómo podía una persona ilusionarse siempre tan ciegamente?). Y lo que más le molestaba de todo era la periodicidad con la que se repetían los ciclos: tres o cuatro meses, una semana, dos semanas, tres o cuatro meses, una semana, y de nuevo dos semanas. Y así. Sin descanso.

Durante dos años ahorró el dinero necesario para insonorizar su vivienda. Los obreros fueron eficaces y consiguieron acabar el trabajo en un mes, un período de tiempo que tuvo que pasar en casa de su familia. El día que volvió a su casa pensó que tantas molestias habían merecido la pena: ni un susurro le llegaba de la casa contigua, ni un sonido metálico en la cocina, ni la cantinela del ordenador y, lo más importante, se acabaron los hipidos y los gritos para siempre.
Reconfortado, estiró las piernas en el sofá, puso música en el equipo al nivel mínimo y pensó que merecía la pena pagar un poco más por un trabajo bien hecho.

Tres meses después se descubrió acercando el oído a la pared del salón.

Vonnegut (Homenaje)

Las cenizas se desperdigan, impulsadas por un viento caliente. Proceden de edificios que se construyeron para que duraran mil años y que han acabado durando sólo diez. El fuego ha arrasado la ciudad (Dresde, era su nombre, antes de la lluvia de fuego). Hay un olor extraño en el aire, viscoso y repugnante, como a carne asada.

¿Era necesario?, después de todo lo que ha pasado en los últimos cinco años, ¿era necesario?

Mientras tanto, el humo que sigue saliendo de muchos barrios parece haber formado en el aire las palabras: "So it goes."

lunes, abril 16, 2007

Domingo

Cuando llegué a casa, no necesité abrir la puerta con cuidado para no despertar a nadie porque nadie duerme en mi casa cuando yo no estoy. Entré y me senté en el sillón; me tomé un trozo de chocolate y miré un publirreportaje de esos en los que el público aúlla cuando sale al plató un actor venido a menos completamente desconocido en España. El mundo es un lugar extraño, escribí en mi cuaderno. El anuncio presentaba un aparato que servía para endurecer la musculatura de la barriga. Miré mi barriga. Descarté que aquel aparato me sirviera de algo. Cambié de canal y descubrí que era muy tarde: tan tarde que incluso las cadenas locales que emiten pornografía ocho horas al día habían cambiado de programación y empezaban de nuevo con los videntes. Al mirar por la ventana distinguí una línea luminosa detrás de los edificios. Estaba amaneciendo.

Me lavé los dientes y decidí no acostarme. Bajé a la calle y caminé diez minutos hasta llegar al quiosco que vende prensa las veinticuatro horas al día. Compré dos periódicos y les eché un vistazo. Nada digno de mención. Pensé que las noticias de una semana se reciclan en la siguiente, como si Dios o el azar fuera un ordenador que ha entrado en un bucle del que no sabe salir. Bah. Es muy tarde, no hagas caso. Llamé por teléfono y me contestó una máquina. Pulsé el uno y luego el tres y la voz de una mujer sonó al otro lado. Acordamos el precio y me senté a esperar. Cuando la mujer llegó, yo estaba dormido. A pesar del café que me había preparado y de los periódicos, no conseguí mantener los ojos abiertos. Abrí la puerta recién despierto y una mujer de piernas largas y pechos pequeños me sonrió. La hice pasar.

Ella se desnudó y se puso delante de mí un conjunto de ropa interior negro y lleno de encajes que realzaba su figura. Tal y como hacía siempre que la llamaba. Yo también me desnudé. Nos metimos en la cama. La besé con cariño y le acaricié la nuca y los lóbulos de las orejas y, como casi siempre, me quedé dormido mientras me acariciaba el pelo. El dinero, algo que habíamos acordado tiempo atrás, estaba encima de la mesilla de noche. Bien visible.

Cuando me despertó su beso pude notar el olor del café recién hecho. Me senté en la mesa y admiré el mantel perfectamente puesto, los huevos revueltos en su punto y las tostadas doradas. Los periódicos estaban doblados y crujientes a un lado. Había flores frescas en un jarrón en el centro de la mesa.

Iliana me dijo hasta la próxima cariño, me besó en la frente, abrió la puerta y se marchó.

viernes, abril 13, 2007

Primavera

Ayer llegó la primavera a mi casa. Las patatas rancias de la alacena parecían querer escapar de la cesta desplegando filamentos como dedos vegetales, una mosca gorda y perezosa comía de una fresa olvidada y un rayo de sol entró oblicuamente de la calle durante un segundo haciendo brillar el color de la tarima. Creo que no es necesario decir más.

O quizás sí: la mujer de la foto en la pared, que normalmente es una compañía muy tranquila, me miró de forma insinuante durante un instante y aunque se tratara de algo muy rápido y casi imperceptible, me di perfecta cuenta de sus intenciones.

No hice caso y Octavio Paz siguió diciendo voy por tu cuerpo como voy por el mundo y que bien mirado no somos, nunca somos a solas sino vértigo y vacío.

Pero cuando esta mañana he contemplado mi imagen desnuda en el espejo, he encontrado una marca en mi pecho que tenía la forma de unos labios.

Tal vez sea la primavera. No lo niego.

lunes, abril 09, 2007

Paisaje con flor de cerezo

La flor del cerezo tiembla aterida por la nevada inesperada. Sabe que sus horas están contadas.

Pero, afortunadamente, los escritores japoneses capturaron su belleza hace ya mucho tiempo:

El niño ciego
guiado por su madre
frente al cerezo en flor.

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Noche de otoño
Y en el jardín de los cerezos
la soledad duerme.


Una belleza fugaz. E inútil.
Como todas.

miércoles, abril 04, 2007

Dudas

Los chirridos del somier en la planta de arriba no cesaron en toda la noche. A pesar del sueño acumulado y del ruido que no me dejaba dormir, no pude evitar sentir admiración por esa pareja capaz de follar durante todo aquel tiempo, con mínimos descansos de 5 minutos entre las sesiones de sexo.

Aquellos sonidos rítmicos me trajeron a la cabeza una noche especial en la que yo también había pasado mucho tiempo sin dormir, en la piel de otra persona y sin saber como salir. El recuerdo me calentó pero masturbarme me pareció algo demasiado obsceno: me cruzaba con los vecinos a diario y aquello no estaría bien. No me apetecía sentir vergüenza cada vez que me los encontrara en las escaleras.

Y sin embargo, a partir de entonces, cada vez que los veía notaba como mi cara intentaba volverse roja. Como si yo fuera una niña de 14 años que no pudiera controlar sus propias emociones ante el chico más guapo del instituto, o un primerizo aterrado en su primera visita a un burdel.

Aquella noche de sexo se había quedado conmigo y no me abandonaba. El almizcle, el sudor y la saliva se habían propagado como un niebla de metano por el bloque de apartamentos y, desde entonces, no hago otra cosa que pensar en ella. Y en mí.

Escuchar a Antonio y a Manuel practicar el sexo ha removido algo que no sabía que se encontrara en mi interior.

domingo, abril 01, 2007

Obsesión

El hombre que se miraba al espejo estaba obsesionado y lo sabía. El motivo de su obsesión, además, le daba vergüenza. Como si fuera culpa suya y no algo que estuviera en sus genes, algo que se había presentado de improviso sin su intervención. Así que trataba de ser discreto y no dar pistas. Nunca hablaba de ello con sus amigos ni con sus compañeros de trabajo. No había nadie en el mundo que lo supiera. Nadie. Y era mucho mejor que siguiera sin haberlo.

A veces se sentía tan vencido que pensaba en dejarse llevar. Que el viento se lo llevara todo por delante. Que las cosas acabaran de una maldita vez. Porque sabía que, tarde o temprano, a pesar de la voz interior que luchaba contra aquella idea, aquello sucedería. Daría lo que fuera por evitarlo (lo que fuera) pero la verdad es que hacía mucho tiempo que, en su interior, había aceptado la derrota.

Recordaba muy bien cuando lo supo con seguridad. No había sentido nada. Se había quedado mirando los árboles en la ventana un buen rato, inmóvil, sin pensar en nada, sin sentir nada. Como si lo que le acababan de comunicar (allí en aquella letra de molde tan elegante, en aquel papel de cartas grueso y de color crema) no tuviera ninguna importancia. Había pasado casi una hora mirando los árboles sin verlos, o viéndolos sin mirarlos, lo mismo daba una cosa que otra. Y después había pensado que quizá sucediera, que eso no lo negaba, pero que la existencia de una posibilidad, por remota que fuera, era suficiente para él.

Ahora sin embargo, después de todo el tratamiento, la evidencia se le apareció más cruda que nunca.

Ya tenía coronilla. La calvicie estaba a la vuelta de la esquina.

miércoles, marzo 28, 2007

Piedra

Soy una piedra y no soy inmutable. Sólo inmóvil. El agua maldita me moja, se hiela y me hace daño. El agua es nuestro gran enemigo. El fuego no. El fuego nos transforma y nos modela, nos hace cambiar. Pero el agua arranca nuestros pequeños pedazos y los esparce por ahí como si pensara que no los vamos a echar de menos.

He tenido mala suerte. No he hecho nada malo para acabar formando parte de este planeta absurdo y lleno de vida verde. Pero aquí estoy.

Ojalá hubiera nacido en la Luna.

lunes, marzo 26, 2007

Negro

Andrés tenía un amigo senegalés. Negro, claro. Los africanos suelen serlo. A veces, cuando salía con él, podía notar el racismo por persona interpuesta. Porque su amigo era negro y además lo parecía. Tenía pequeñas trencitas en el pelo y era percusionista en un grupo de música africana. Y además, era bastante feo. Muy majo, pero bastante feo.

Alguien le había dicho hacía tiempo que con los tontos no se discute, que hay que huir de ellos, porque lo único que se puede conseguir es que se te pegue la tontería. Así que cuando notaba el racismo en un grupo, siempre se retiraba de ellos con aprensión.

Sin embargo, un día (por esas extrañas casualidades que se producen de vez en cuando), Andrés se despertó y lo primero que vio fue el color marrón del dorso de su mano. Pensó que probablemente siguiera durmiendo; no es posible cambiar de color durante la noche.
Pero a medida que pasaban los minutos, los contornos del mundo se hacían cada vez más nítidos y, sin embargo, aquel color permanecía. Cuando corrió hasta el espejo para comprobar su aspecto, descubrió que había despertado con los rasgos africanos de su amigo.

Y lo único que se le ocurrió pensar fue: Dios, me he convertido en un negro.

Un negro.

jueves, marzo 22, 2007

Irse

Antes solía pensar que irse de este mundo sin memoria era una broma cruel y funesta, que pasar toda la vida aprendiendo cosas para acabar olvidándolas era un sin sentido, que el olvido era algo que, de alguna manera, oscurecía aún más esta cápsula de incomprensión que rodea al mundo.

Ahora, sin embargo, pienso que recordar más vívidamente las cosas que sucedieron hace setenta años que las que sucedieron hace una semana es una manera de triunfar sobre el tiempo, que pasar los días durmiendo dulcemente en el sillón es un privilegio, que ir desaprendiendo las cosas aprendidas y acabar comportándose como un niño no es mala manera de irse.

Irse así es disolverse, difuminarse. En el blanco.

lunes, marzo 19, 2007

Tenis

Se levantaba cada día a las 6.00 de la mañana, desayunaba, hacía una hora de deporte y se marchaba al trabajo en el banco. Allí entraba con el coche en el aparcamiento y se dirigía a la planta décima del edificio, donde se encontraba la dirección. Era un buen gestor y estaba reconocido en el trabajo. Le pagaban muy bien y la gente se levantaba cuando entraba a las reuniones.

Cuando el departamento de personal organizó aquel campeonato de tenis, pensó que sería una buena oportunidad para conocer algo mejor a sus colaboradores habituales así que se apuntó sin dudarlo. Jugaría los martes y los jueves al tenis con su gente durante dos meses, lo que, sin duda, mejoraría el ambiente laboral.

Después de la primera derrota, que atribuyó a su falta de práctica, comenzó a tomar clases por las tardes. Después de la segunda, que atribuyó a su mala suerte, se tomo el entrenamiento mucho más en serio.

Cuando acabó el último del campeonato sin haber ganado ni un solo set, intentó no darle mucha importancia. Aceptaba ser el peor jugador de tenis del trabajo, por eso no había problema.

No obstante, despidió a todos sus subordinados y continuó con las clases de tenis.

miércoles, marzo 14, 2007

Memoria

Despertó e inmediatamente advirtió que no recordaba nada concreto de su vida. Sólo conseguía acordarse de cosas generales y vagas: que su país era España; que vivía en el centro de una ciudad del norte. Poco más.

Como no sabía si tenía que acudir al trabajo ni si tenía alguna obligación con la que cumplir, dedicó un par de horas a revisar su propia casa. Una casa pequeña, con un par de habitaciones: un dormitorio y lo que parecía un estudio con mesa de trabajo, ordenador y algunos libros, decorada con buen gusto y que parecía cómoda. Registró el estudio por encima buscando detalles personales pero no encontró facturas ni fotos. A continuación, echó un vistazo a los libros de la estantería del salón, más que nada para descubrir qué tipo de literatura le gustaba. Los libros eran bastante buenos.

Por la ventana podía ver un jardín bastante bien cuidado; su casa parecía un sitio agradable y bonito; le iba bien. Continuando con su inspección fue al cuarto de baño para revisar el tocador y por primera vez se preguntó si viviría con alguien. Aquellos productos de belleza femeninos no parecían propios de un hombre. También encontró parches de nicotina. Quizá fuera fumador y no lo recordara. Como no perdía nada por probar, después de asegurarse de que las llaves que había encontrado eran las de la casa, bajó a la calle y compró tabaco, pero el humo no le gustó nada y le produjo una tos bastante violenta. No parecía que los parches fueran suyos.

Abrió el ordenador con la intención de seguir reconstruyendo su propia vida pero sólo contenía el sistema operativo y algunos programas, como si estuviera recién comprado. Se preguntó si los discos que había encontrado en el salón, y que incluían música rock y algunos clásicos del jazz, serían suyos o de su mujer. Pero la verdad es que no supo responderse.

Sentado en la cama, mientras hojeaba los libros apilados en la mesilla, reparó en lo que parecía un diario. Un marcador de páginas sobresalía dividiendo el libro por la mitad, así que lo tomó entre las manos y lo abrió.

Era el diario de una mujer llamada María. La última anotación decía: "14 de Marzo. Creo que no voy a volver a verlo. Últimamente me da un poco de miedo".

martes, marzo 13, 2007

Magdalena

Aquel recuerdo era algo minúsculo, sin importancia: dos adolescentes fumando un cigarrillo a escondidas en una placita con bancos, ocultos por un seto; con aquella fuente que tenía un extraño sabor a grafito. Tan pequeño era que había ocupado un lugar insignificante y no se había movido de ahí en veinte años. Hasta que ahora una conversación lo había zarandeado y lo había hecho salir a la luz.

Al tirar de ese recuerdo petrificado (con ese aspecto de tronco calcáreo, de árbol de cueva), sin darse cuenta, había roto la base con la que se aferraba a su cabeza. Y por ese hueco habían salido muchos otros con los que ahora no sabía qué hacer.

Así que mientras lo decidía, y como les tenía cariño, los había cogido con cuidado (veinte años de inmovilidad atrofian la musculatura) y los había tendido aquí en esta página para que se fueran recuperando.

miércoles, marzo 07, 2007

Risas

Tenía un profesor que decía que el humor español estaba hecho de mala leche. Y para ilustrar su opinión contaba un chiste: "Un ciego en un paso de cebra está buscando con la mano a alguien que lo ayude a cruzar hasta que da con una persona con la que echa a andar con cuidado. El ciego se deja guiar y entonces, de repente, aparece un coche a toda velocidad que se los lleva por delante. Eran dos ciegos".

Y se echaba a reír con una risa socarrona y grave.

Y yo también. Y ustedes.

Confiésenlo.

martes, marzo 06, 2007

Tildes

Asistió a aquella lectura con dudas. Que desaparecieron cuando se dio cuenta de que el conferenciante tenía todas las tildes de la cara en los sitios equivocados.

Se levantó y se fue.

Llevar los acentos mal puestos en una lectura poética no tiene arreglo.

sábado, marzo 03, 2007

Cita

La cita siempre ha sido una manera de homenajear al autor de unas palabras que no creemos poder escribir mejor.

De hecho, lo dice mucho mejor Wallace Stevens en Adagia: "Las citas tienen un especial interés, ya que uno es incapaz de decir algo que no sean sus propias palabras, quienquiera que las haya escrito".

Y lo que más me gusta de ésta es que el hecho de utilizarla, la confirma.

miércoles, febrero 28, 2007

Deditos

Yo, que estoy aquí y me rasco con placer la rodilla, que noto como los tendones de mi espalda están tensos y enredados y como los huesecillos de mi mano han tenido hoy demasiado trabajo al teclado, que recuerdo un verso o un culo, estoy aquí a este lado escribiendo este texto. Justo en este momento, el impulso de mis dedos está convirtiéndose en señales eléctricas que hacen entender al ordenador cómo poner las palabras así en fila, una detrás de otra, como en un desfile en el que yo fuera la majorette y el músico o un general cualquiera con un montón de galones.


Con estos deditos.

No sé. A veces la tecnología me asusta. Y a veces, también.

lunes, febrero 26, 2007

Huida (con cariño)

Aquel día presentía que algo iba a cambiar en su vida de forma irreversible. Cuando creía estar a punto de zafarse llegó aquella llamada.

Así que hizo lo que solía hacer cuando le sucedía aquello. Se fue sin decir adiós.

Fue duro y le costó acostumbrarse a la nueva ciudad y al nuevo trabajo pero un buen día pudo decirse que ya lo había superado.

Así que se asustó mucho cuando aquel día empezó a presentir que algo iba a cambiar en su vida de forma irreversible.

miércoles, febrero 21, 2007

Augusto

El día que decidí inventarme aquel personaje también decidí matarlo en el segundo párrafo.

Se llamaba Augusto y a pesar de su nombre, era un tipo ridículo, bajito, con mal aliento y gafas de culo de botella. Sin embargo, era el mejor experto en sellos del siglo XIX que había en todo el país y era tan conocido en el ambiente numismático que los que se ganaban la vida con los sellos le consultaban antes de comprar nada. Vestía el mismo traje ajado desde que tengo memoria. Lo recuerdo hace muchos años con su bigote manchado de nicotina, a la puerta de su negocio, fumando un cigarrillo y mirando burlonamente cuando alguien se detenía a mirar su minúsculo escaparate.

Pero un buen día su negocio permaneció cerrado durante una semana completa y en el bar me contaron que no sabían qué había sido de él. Y la verdad es que me preocupé. Sobre todo porque no hago nada más que darle vueltas a la cabeza pensado en cómo puede escapar de su destino un personaje imaginario. Y acabar muriendo en el tercer párrafo en lugar de en el segundo. Enfisema, claro.

El maldito se ha burlado de mí.

martes, febrero 20, 2007

Invierno

Hoy, el cielo está cubierto, encapotado, vestido con una capa de seda gris. Apenas se ven la ciudad y sus atascos desde aquí. Se ha levantado además un viento frío que ha hecho bajar la temperatura para que la gente pueda ver su aliento y constatar así que está viva.

Es un decir, claro. Yo es que soy bastante reflexivo, la verdad, y se me ocurren esas cosas absurdas. El caso es que hace frío y está a punto de llover y es febrero y la gente no se cansa de decir que menos mal que al fin el invierno parece estar ahí y que el verano va a ser terrible y que este año no ha hecho apenas frío.

A mí no me convence lo que dice la gente. Yo con el invierno me hablo poco porque me parece intratable con esa furia y esos remolinos de nieve girando. Lo ves y te dices, pero cómo se va a poder hablar con alguien así que, a la mínima, se empeña en matar mendigos y en arruinar cosechas.

Pero, bueno, a veces no tenemos más remedio que hablar con vecinos intratables para hacer la convivencia más pacífica así que sí que le he dicho algo. Le he dicho que me haga el favor de perdonarme por esta vez. Que no le hago ningún daño. Que estoy aquí en mi rincón sin molestar a nadie y que esta piedra que está a mi izquierda me protege un poco.

Que no se ensañe con el parque de las afueras en el que a mí, pobre inconsciente, me dio por florecer a mitad del mes de enero.

Y eso que mi madre siempre me insistía en que los almendros debemos esperar a principios de abril.

jueves, febrero 15, 2007

Llegar

Nunca aprendí a nadar. En mi aldea casi nadie sabe. Ya nos gustaría tener un lago cerca.

La barca en la que venía se movía tanto que he pensado mucho en la muerte durante el viaje. Pero al final lo hemos conseguido.

Había mucha gente en bañador. Algunos de ellos se han dirigido hacia nosotros en cuanto nos han visto y han remolcado la barca hasta la arena.

Me han pinchado una aguja en el dorso de la mano y me he dejado caer, postrado por el agotamiento, sobre una toalla que alguien ha puesto debajo de mí.

Nunca olvidaré a la chica blanca en bikini que me ha hecho entrar en calor arropándome con una manta.

He conseguido llegar.

lunes, febrero 05, 2007

Ustedes

Si los husos horarios son realmente arbitrarios porque el planeta no gira sobre sí mismo de hora en hora sino de forma continua, realmente aquí no es exactamente la misma hora que en Burgos. Cada uno de nosotros vive, si extendemos el razonamiento, en una hora ligeramente diferente a la de los demás, porque, aunque la distancia de un metro que nos separa de nuestros semejantes es despreciable respecto al diámetro de la tierra, el tiempo, al igual que el movimiento del planeta, es analógico y se puede dividir hasta el infinito. Así que cada uno de nosotros no comparte, stricto sensu, el tiempo con nadie. Más bien tiene un tiempo en exclusiva para él solo.

Si, por otro lado, pensamos en que el contacto es físicamente imposible, pues lo que nosotros identificamos como contacto, en realidad son estímulos físicos de nuestros nervios cuando los campos eléctricos de los átomos de ambos cuerpos se acercan. Y que, por tanto, lo que nosotros consideramos una caricia, el contacto inmejorable, es una red de campos electromagnéticos entrelazándose.

Pues podemos pensar en que todos estamos muy solos, cada uno en su propia cápsula.

O podemos pensar en el mundo como en un lugar cruzado de trillones de reacciones eléctricas simultáneas. Un mundo de estrellas.

Ustedes deciden.

miércoles, enero 31, 2007

Agua

Andrés notaba que cuando se levantaba y ponía la cabeza a mayor altura que su cuerpo, le empezaba a doler la frente. Si inclinaba la cabeza hacia la izquierda le dolía el ojo izquierdo y si la inclinaba hacia la derecha, le dolía el derecho.

Cuando llegó a la conclusión de que su cabeza estaba llena de agua hasta la mitad, no necesitó consultar con un médico para saber que sería sano dejarla salir.

Ahora está decidiendo la estrategia para combatir esa inundación que deja todas sus ideas mojadas y deformes. No sabe si va a acabar prefiriendo hablar o llorar.

Traición

Georges Perec publicó en 1969 una novela (ahora célebre) llamada La disparition: 78.000 palabras en 300 páginas escritas sin la letra e, la más común en francés. George Perec, en una época en la que los pensadores existencialistas exigían un compromiso político a todos aquellos que se ponían a tiro del humo de sus cigarrillos, prefirió jugar.

Esa novela acumuló polvo durante casi veinte años en las editoriales españolas hasta que Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y Regina Vega se sentaron alrededor de una mesa, se juramentaron y después de mucho tiempo de trabajo, trasladaron esa novela al español, llamándola El secuestro y sin utilizar la letra a, la más común en nuestro idioma. En una época en la que los traductores literarios deben hacer todo tipo de trabajos para sobrevivir, ellos también prefirieron jugar.

Un hurra alborozado por Arbués, Burrel, Parayre, Salceda y Vega, eterno ejemplo para los jóvenes aspirantes a traidores.

domingo, enero 28, 2007

Folleto

Cuando caminamos, no prestamos atención al hecho de caminar. Nuestro cerebro automatiza los comportamientos habituales. Pero hay que tener cuidado. Cuidado de no dejar que vivir se convierta en eso, en un comportamiento automatizado.

Tenemos cerebro, es nuestra responsabilidad seguir sus instrucciones, aunque la traducción del folleto original chino sea incomprensible.

lunes, enero 22, 2007

Inferencia

Steiner dijo que leer con un lápiz en la mano es propio de judíos,
los filólogos leen con un lápiz en la mano,
ergo todos los filólogos son judíos.

Yo leo con un lápiz en la mano,
yo no soy ni judío ni filológo,
ergo ¿seré Steiner?

No sé, a veces me confundo. No sé. La niebla nubla mi entendimiento, ¿me estaré volviendo tonto, judío y filólogo todo a la vez?

Para ser Steiner estoy un poco espeso. Vamos, digo yo.

Tacto

Aquel día caminaba yo por la playa y el día era lluvioso. Encontré una botella de vidrio verde, rota y suavizada por el mar, que brillaba como un rayo de esperanza en el rompiente de las olas. Estaba en un hueco de difícil acceso e imitando a los percebeiros, me jugué el tipo por recogerla. Cuando la toqué ocurrió lo habitual: la botella pareció llenarse de una niebla aún más verde y más densa, y de su interior surgió un genio con cara de pocos amigos (con las consabidas uñas largas y perilla recogida en una trencita, como si los genios no pudieran escapar de la imagen que tenemos de ellos gracias a Simbad el Marino y otras películas de serie B de los años sesenta) que me dijo: "Siento decirte que has tenido muy mala suerte. Yo no concedo deseos. Soy más bien una maldición condensada y almacenada al vacío, por lo que piensa bien lo que vas a contestar a mi pregunta".

Yo dije: "Glub".

Y él continuó: "Debes elegir el sentido que deseas perder. Ya sabes: vista, oido, olfato, gusto y tacto. Debes elegir el que después de este encuentro ya no podrás disfrutar. Piénsalo bien. Esto no es ni un sueño ni una broma. No te despertarás pensando qué tontería... Así que piénsalo bien". Y luego dijo: "Me encanta ser un genio verde. Se os queda una cara..."

Y yo, después de un rato meditándolo, pensé que podría muy bien prescindir del tacto porque, a fin de cuentas, si conservaba la vista no le encontraba yo mucha utilidad. Así que le contesté: "¿Puedo usar el comodín del público?" pero no pareció hacerle mucha gracia y claro, pensé que igual los genios de cuatro metros de altura a los que no queda más remedio que vestir como en las películas de cinemascope no tenían mucho sentido del humor, así que dije: "Prefiero perder el tacto. El tacto, si lo pienso, no me sirve para casi nada."

Y Él dijo: "Pues vale. Desde este momento, no tendrás el sentido del tacto. Ja."

Dos años después decidí entrar en un monasterio. La vida contemplativa es la única opción que te queda cuando el sexo desaparece de tu vida. Todavía se estará riendo el cabrón del genio. Mal rayo verde lo parta.

lunes, enero 15, 2007

Síndrome

-Le digo que estoy muerto, le digo que siento que estoy muerto y me pregunto si esto que contemplo no será el cielo o el purgatorio. Desde que recibí ese golpe en la cabeza, tengo esa sensación que lo inunda todo.

-Aunque le parezca raro, se llama síndrome de Cotard y aunque no se han documentado más de cien casos en la literatura médica, es algo que tiene su explicación y que en casos como el suyo, en los que ha existido un traumatismo grave del cráneo, se deben a una causa física. No se está volviendo usted loco.

-Pero es que me miro al espejo y veo que me estoy pudriendo, que poco a poco mi cara se va desencarnando, que debería estar enterrado. Tengo mucho miedo, doctor.

-Se puede tratar. Eso es lo más importante. La medicación que le receté hará que esa sensación se atenúe. Pero, sobre todo, lo más importante es que usted luche contra esa sensación, que racionalmente sepa que es imposible que esté usted muerto. Los muertos no vienen a la consulta del psiquiatra.

-Ya doctor. En eso lleva usted razón. Pero es una sensación demasiado fuerte. Incluso me pregunto si usted no será también uno de ellos, alguien que pretende engañarme, que pretende mantenerme aquí a este lado.

-Debe usted relajarse. Este síndrome también está acompañado de tendencias suicidas, por lo que, si no quiere usted estar muerto realmente, es muy importante que tome la medicación tal y como le prescribí.

-Si le digo la verdad ya me tomé los tranquilizantes. Pero no parecen haberme causado ningún efecto. Yo sigo pensando que estoy muerto. Y eso que me los tomé todos de una sola vez.

viernes, enero 12, 2007

Meme

Esta vez Portorosa le había propuesto que escribiera cinco cosas de sí mismo que los lectores habituales de su blog no conocieran. Así que se puso a ello:

1.- Cuando era pequeño, en realidad, yo era una niña. Fue al llegar a la pubertad cuando el médico me dijo que mis genes en realidad correspondían al sexo masculino y que la falta de pene se debía a una alteración congénita. Podría haber seguido siendo una niña (para siempre andrógina) y acabar convirtiéndome en una mujer atraída por otras mujeres o podía elegir convertirme en un hombre con un extraño apéndice entre las piernas. Elegí lo último.

2.- Mi primera mujer me engañó durante mucho tiempo. Yo creía que era abogada: tenía amigos abogados, hablaba de casos del juzgado, consultaba a menudo el Aranzadi pero la policía me descubrió que la que yo veía como una perfecta letrada era, en realidad, la pieza clave de una trama de narcotráfico que introducía éxtasis en España procedente de Holanda. Y nunca me dio ni una mísera pastilla.

3.- Durante un tiempo, me aficioné a las órdenes militares y acabé por especializarme en la que supone la encarnación de los ideales caballerescos más elevados. Ahora, sigo el camino del samurai y me muevo como un viento funesto sin que apenas se me pueda ver entre la niebla.

4.- Soy un especialista en pulp americano de los años 50, por lo que estoy habituado a las escenas subidas de tono en las que lúbricas rubias hacen el amor con extraterrestres con forma humana, que sólo pretenden concebir un híbrido para llevarlo a su planeta y someterlo a interminables análisis médicos.

5.- A pesar de mi fascinación por la cultura pop, soy un intelectual sesudo y aburrido que siempre saca temas de conversación a destiempo, como cuando alguien me cuenta que ha estado en Tailandia y hablo de los efectos de la crisis asiática del 93 en la economía occidental. Por ejemplo.

Pero, por esta vez, aquí morirá la cadena. Nada de pasar la proposición a otras cinco personas, entre otras cosas, porque estoy seguro de que las cinco personas que yo eligiera ya han recibido la propuesta por otras vías.

miércoles, enero 10, 2007

Bruno

Bruno, como todos los grandes ególatras, estaba especialmente dotado para el victimismo. Siempre se estaba quejando: de no estar valorado en el trabajo, de estar perdiendo el tiempo en aquella empresa, de los compañeros que, según él, le hacían la vida imposible, de que el último ascenso se lo hubieran dado a otra persona, mucho peor preparada para el puesto, del tiempo, del reflejo de la ventana, de la falta de sandwiches en la máquina del café. De casi todo.

Era alguien signo de los tiempos: lo quería todo, lo quería ya, y lo quería porque, no nos engañemos, se lo merecía.

Así que cuando decidió acabar con la vida de algunos de sus compañeros de trabajo con una escopeta de caza que tenía desde los catorce años, su primera víctima fue su jefe, ese mediocre que se resistía a reconocer todo lo que le debía. En segundo lugar, mató a Amalia, porque no conseguía olvidar aquella noche en la que ella lo rechazó alegando tener pareja. Y por último, pues siempre acababa lo que había empezado, contempló con curiosidad los ojos negros del arma, respiró hondo y tiró del gatillo.

No llegó a oír el ruido del disparo, claro. Aunque sí que notó su cabeza golpeando contra el suelo a la vez que pensaba que hasta en eso, en la despedida, había marcado una época en aquella empresa de mierda.

jueves, enero 04, 2007

Autobús

El autobús estaba caldeado y lleno de gente pero como se había subido al principio de la línea, había encontrado un asiento. La calefacción y el movimiento habían hecho que se durmiera, como tantos otros compañeros de viaje de todos los días.

Estaba seguro de haber soñado algo agradable porque al despertar, respondiendo a un impulso que no se acababa de explicar y que siempre le hacía abrir los ojos en la parada justa, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Lástima no recordar exactamente en qué había consistido. No solía hacerlo, y echaba de menos poder rememorar esa atmósfera extraña de los sueños, con el tiempo convertido en algo elástico y pegajoso.

Con la sonrisa en los labios, pudo comprobar que estaba en el autobús, pero que no había nadie dentro de él y que, además, la parada en la que se encontraba no le resultaba familiar. Algo inusitado porque, hasta ahora, ese despertador inconsciente que llevaba en su cabeza no le había fallado nunca. Se dijo que, probablemente debido a la falta de sueño de la última semana, se encontraba más cansado de lo habitual y que era eso lo que había hecho que no abriera los ojos al aproximarse a la avenida en la que solía bajar para dirigirse al trabajo.

La parada estaba rodeada de una zona de obras y, aunque no supusiera una sorpresa en su ciudad, siempre agujereada por la maquinaria pesada, no conseguía situarla. Conocía el nombre en el que acababa la línea de autobús, pero nunca había estado allí (¿para qué ir a los suburbios sin necesidad?), pero lo que no sabía era la manera de regresar al centro. De huir de aquel socavón.

También le había sorprendido no hallar al conductor del autobús dentro del vehículo ni fumando un cigarrillo en los alrededores (¿dónde estaría?). Veía las grandes máquinas amarillas, veía los coches pasando a toda velocidad y veía los bloques de apartamentos con antenas como coronas de hojalata, pero no veía dónde estaba el conductor del autobús.

Un ligero sentimiento de incomodidad empezó a extenderse desde su zona lumbar hacia arriba. Había algo allí que no cuadraba del todo, pensó, a la vez que advertía que la zona estaba demasiado silenciosa para ser una zona de obras. Si las máquinas alemanas estaban violentando la naturaleza y arrancando toneladas de tierra y lombrices, no tenía sentido que no hubiera un tremendo ruido, de esos que dejan la mente en blanco porque el cerebro parece incapaz de ocuparse de otra cosa que no sea protegerse. Así que decidió bajar del autobús y preguntar.

Las puertas del autobús estaban abiertas, como si todo el mundo hubiera escapado corriendo, así que se levantó y se dispuso a bajar. Sin embargo el suelo del autobús parecía hecho de piel de pescado y resbaló. Estuvo a punto de caer, pero consiguió evitarlo poniendo una mano sobre él. Desde aquella postura, pudo comprobar que lo que le había parecido piel de pescado, era, efectivamente, piel de pescado: escamosa y con dibujos geométricos, con un olor ligeramente putrefacto.

En aquel momento, su mente comprendió que en realidad no se había despertado, que seguía durmiendo en el sitio que había encontrado (por subirse al autobús al principio de la línea), por lo que intentó abrir los ojos a pesar del engaño de su mente, que le estaba diciendo que el autobús y el socavón y la maquinaria alemana eran reales. Pero no lo conseguía. No conseguía abrir los ojos porque su mente le decía que ya los tenía abiertos, que aquello que podía ver era lo que realmente existía más allá de los cristales sucios del autobús.

Combatir un sueño desde dentro es difícil. Hay que ser fuerte. Y hay que ser capaz de superar el extrañamiento, hay que ser capaz de recordar qué es la realidad, por qué es imposible que un autobús tenga el suelo hecho de piel de pescado. Pero, después de un gran esfuerzo, en el que se sintió como si hubiera visto el final de una carrera en directo antes de que se diera el pistoletazo de salida, lo consiguió.

Estaba seguro de haber soñado algo agradable porque al despertar, respondiendo a un impulso que no se acababa de explicar y que siempre le hacía abrir los ojos en la parada justa, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Lástima no recordar exactamente en qué había consistido. No solía hacerlo, y echaba de menos poder rememorar esa atmósfera extraña de los sueños, con el tiempo convertido en algo elástico y pegajoso.

martes, enero 02, 2007

Feliz año nuevo

Extrañamente, todas esas casas iguales, habitadas por personajes parecidos, de los que nadie advertiría que han sido suplantados por réplicas extraterrestres surgidas de vainas gigantes (es un decir) han aparecido a primeros de año sin puertas ni ventanas. Los familiares de los dueños continúan la búsqueda de sus personas queridas, pero las autoridades se temen lo peor.

Cuando una excavadora contratada por el ayuntamiento ha abierto un boquete por el que intentar rescatar a los habitantes de la primera casa de la urbanización más cara de toda la ciudad, sólo han hallado ceniza en suspensión y luciérnagas.

Las luciérnagas han huido por el hueco recién abierto, por lo que no se ha podido comprobar que formaran el letrero: “Feliz año nuevo”, tal y como afirmaba una y otra vez el obrero que pasó por el hueco en primer lugar.

Que además, insiste en decir que, por mucho que se lave, la ceniza no se le va del cabello.

viernes, diciembre 22, 2006

Feliz Navidad

A veces, el tiempo es un cabrón sutil y silencioso que se encaja en los espacios que hay entre las células, en los intersticios del mundo para aligerar el peso de las cosas. Otras, se comporta, sin embargo, como una madre amable que vela nuestros ojos para que las miserias del mundo no nos afecten demasiado.

Va cayendo la lluvia cansada de las horas sobre nuestra cabeza y esa lluvia va lavando con mucha paciencia los restos de piel muerta que impiden respirar a nuestro cuerpo. Llueven los segundos, y los minutos de forma imperceptible sobre nosotros y se deslizan por nuestra piel, dejando marcas imperceptibles que como las escorrentías que el agua prefiere cuando baja de la montaña, cada vez se hacen más profundas. Nuestras arrugas no son sino cauces por los que el tiempo ha corrido.

Por eso nos gustan los momentos en los que parece detenerse un instante para luego seguir con su burbujeo tranquilo. Por eso nos gustan las celebraciones anuales y las cuentas atrás del último día del año.

Feliz Navidad a todos.

jueves, diciembre 21, 2006

Microrrelato navideño

El día de navidad, la ciudad apareció cubierta de nieve y aquello le hizo mucha ilusión. Le hubiera encantado que lo vieran sus abuelos. Lástima que el ruido de la estática en la radio le recordara que no tenía a nadie con quién compartirlo.

Incluso allí, en su ciudad de toda la vida, en Buenos Aires.

miércoles, diciembre 20, 2006

Gorrión

Si recoges un gorrión herido entre las manos y notas su calor, puedes reconciliarte con la vida, con el mundo, o puedes pensar en lo fácil que sería quebrar sus huesecillos y reducir a una masa informe esa materia altamente organizada.

Este que escribe, y que soy yo pero no soy yo, como siempre que se juntan palabras en un papel, normalmente piensa en lo segundo, piensa en la fragilidad despojada de las cosas, en lo extraño que resulta estar aquí, así que escribiría algo como: “Encontré un gorrión. Tenía frío y estaba herido. Parecía hinchado porque había ahuecado las plumas. Podía sentir su calor, un pequeño foco de calor entre mis manos heladas, pero para alguien como yo, ese calor era el símbolo de lo que nunca podría tener. Al aplastarlo crujió entre mis manos como las astillas bajo el martillo.

Pero en realidad, este que escribe, y que sigue siendo yo pero sigue sin serlo, querría más bien contar: “Encontré un gorrión herido y me lo llevé a casa. No sé qué me impulsó a cuidarlo y a alimentarlo con pan y leche. No parecía tener nada roto porque al cabo de una semana sus pequeños chillidos me recibían al llegar. Hasta que uno de aquellos días se fue. Yo siempre le dejaba la ventana abierta para que volara cuando le apeteciera. Y eso hizo. Ahora, siempre que miro al cielo hay un pequeño pájaro que me mira. Tengo la impresión de que se preocupa por mí. Me hace sentir mucho mejor: acompañado. Ya no estoy tan solo, y si hubiera sabido que aquel gesto mínimo era suficiente para notar esta calidez en el pecho, hubiera hecho algo así mucho antes. Es algo mágico, la verdad. No tengo otra manera de describirlo”.

Creo que debería psicoanalizarme.

Cuando consiga averiguar cuál de los dos tiene que ir a la consulta, claro.

jueves, diciembre 14, 2006

Trauma

El médico me dijo que me vendría bien escribir para superar el trauma. Así que me puse (yo, que nunca había hecho esto antes, que no me creía capaz de escribir frases con sentido) y ya llevo dos meses escribiendo un diario que releo a menudo. No es exactamente un diario, eso también es cierto. Me limito a dejar que las ideas surjan casi al azar de mi cabeza. Y las dejo reposar una semana (nunca menos de una semana) para que al releerlas me sorprendan. O me decepcionen. O me alerten.

Creo que el médico llevaba razón y estoy mejorando. Fantasear con algo que nunca pudiste hacer en la vida real es una manera de conjurarlo, una catarsis en su sentido original, tal y como decía Aristóteles.

Por eso la semana pasada maté a mi profesor de catequesis. Apreté su cuello hasta que dejó de respirar, como si no importara tener doce años y las manos pequeñas y frágiles, como si de repente hubieran crecido, se hubieran endurecido y llenado de callos, las manos rasposas de un hombre habituado al trabajo físico anudándose alrededor del cuello blanco y algo flácido de aquel cabrón melifluo y delicado. Me gustaba apretar y notar como la sangre dejaba de latir bajo mi fuerza, notar como aquel hombre dejaba de debatirse contra lo inevitable y ver sus ojos inyectados de sangre horrorizados por una muerte sin confesión (ya inservible el comodín del arrepentimiento católico) ahora que comprendía que no habría una segunda oportunidad, ahora que comprendía que aquello que nos había hecho no iba a quedar sin castigo.

Dejó de debatirse en cinco minutos. Los mejores cinco minutos de mi vida.

Creo que el médico llevaba razón y estoy mejorando.

lunes, diciembre 11, 2006

Citas

Leo En ningún paraíso de Diego Doncel. Un buen libro de versos que, como mucha otra poesía, es triste y deprimente. Algo que no acabo de entender. ¿Aún no se han cansado los poetas de mirar con mejores ojos la depresión que la plenitud?.
Pero, al final, ahí escondida, encuentro una cita que me gusta tanto como para traerla aquí, una cita que parece contradecir el sentido de lo que acabo de leer.

"Yo no tengo personalidad, solo soy un hombre nervioso".
Joseph Brodsky.

El humor me desarma. No puedo evitarlo.

domingo, diciembre 10, 2006

Necrológica III. Chile (por fin)

El dictador chileno, Augusto Pinochet, ha muerto. Fue responsable de la desaparición de 30.000 de sus compatriotas (arrojados al mar vivos y bendecidos, torturados hasta la muerte, fusilados) y también de la operación Cóndor, la siniestra alianza entre dictaduras latinoamericanas, por lo que en Chile se ha abierto una nueva sima, que conduce directamente al infierno y que está empedrada de cráneos.

No sé si alegrarse de la muerte de un hijo de puta me convierte en alguien sin corazón. Pero me alegro y me da igual. Un hijo de puta menos en el mundo.

Ahora, señora enlutada, a por los demás. No será por falta de trabajo, no.

jueves, noviembre 30, 2006

Clara

Y qué tal algo con olor a orines y con el suelo encharcado, con putas que además son yonquis, con tipos que tienen cicatrices en los nudillos y la cara igual que mapas marcados a navaja, con pobres pringados que venían al barrio para poder darse aires entre sus amigos ricos y que acabaron vendiendo el culo en la parte de atrás para poder comprar una miserable dosis y chutársela.

Con un protagonista escondido en un apartamento, justo debajo de la pensión maloliente donde vegetan los adictos más tirados del barrio, que se dedicara a hacer fotos en secreto a los transeúntes. Enganchado, tanto como los heroinómanos a lo suyo, a la suciedad, a lo más oscuro del alma humana y capaz de alquilar aquel sucio lugar sólo para poder mirar por la ventana y fotografiar aquel paisaje de venas y temblores.

Y, por supuesto, con un final digno del relato. Con este amigo revelando una de sus fotografías y quedando para siempre afectado por la imagen de su novia del instituto, tan dulce y tan educada en aquellos años, con la tez del color de la cera, con cercos de color violeta debajo de los ojos y con una jeringuilla todavía en el brazo, muerta, muerta, muerta y, además, muerta, que se pregunta cómo es que no se dio cuenta en la tira de revelado que aquella pobre yonqui muerta era Clara, su primer amor, aquella chica encantadora de tan buena familia.

¿No?

jueves, noviembre 23, 2006

Futuro

Ya el teclado se ha convertido en una extensión natural de nuestros cuerpos, cumpliendo así uno de los preceptos que todos los escritores de ciencia ficción respetan: la fusión de la carne y la máquina. Ya estamos caminando por el futuro y ni siquiera lo advertimos. Cuando queramos darnos cuenta todas las distopías se habrán entrelazado de tal forma en el mundo que nos resultará realmente difícil distinguir dónde acaba el control absoluto del estado (fueron a por los fumadores, ahora van a por los gordos y pronto se encargarán de los feos), dónde la manipulación genética (por ahora no es necesario crear una raza de esclavos, ya empeñan ellos sus ganancias de años para cruzar el mar jugándose la vida y así poder trabajar para nosotros por algo más que la comida y la cama –cama por turnos, compartida de seis en seis horas-) y dónde la estupidez ha empezado a quemar libros (ya estamos dejando de entender los libros sin imágenes).

Y un día miraremos hacia atrás y comprobaremos que no hemos cruzado por el vado adecuado y que la inundación del futuro nos ha arrastrado, pillándonos por sorpresa cuando pensábamos estar a resguardo.

Y lo peor va a ser la cara de gilipollas que se nos va a quedar a todos.

Silencio

John Cage se encierra en una habitación insonorizada para experimentar la nada y llega a la conclusión de que el silencio es imposible. Cuando no hay ruido en el exterior, los ruidos de nuestro cuerpo atronan nuestros oidos: los latidos, la saliva descendiendo viscosa por la glotis, el vello erizándose como en un sueño lisérgico, el roce de nuestro pene con la ropa cuando se llena de sangre.

El silencio es imposible. Salvo en la palabra "silencio".

Encajar

El mejor boxeador es el que sabe encajar. Le golpean en el hígado, en la mandíbula, en la nariz y apartándose las lágrimas con los guantes, sigue en pie dispuesto. Y devuelve los golpes.
Después, el médico le sutura la ceja rota, le endereza el puente de la nariz y sigue entrenándose para el siguiente combate. Como Muhammad Alí en el combate del siglo contra Foreman: casi todo el combate encajando, su cerebro retumbando contra su cráneo camino del Parkinson y aguantando hasta conseguir colocar un gancho que derribara a su contrincante.

Tal vez encajar sea algo que a lo que todos nosotros deberíamos aprender. A cosernos los puntos mirándonos al espejo, a notar la sangre en la boca, con ese sabor metálico y salobre. A derrumbarnos y ser capaces de apoyar las manos en el suelo, contraer los músculos y volver a levantarnos aunque sea tan sólo para volver a caernos, cegados por la hinchazón de los ojos.

Para que así, cuando suene la campana en el asalto final, poder decirnos que hicimos todo lo que pudimos, que lo intentamos de corazón, que nos cubrimos y tiramos muchos golpes, que mantuvimos el juego de piernas, que nunca perdimos la cara, que fuimos valientes, pero que el contricante era, a pesar de ser un hombre delgado y pálido, demasiado fuerte y estaba muy bien entrenado.

Y además nunca jamás había perdido un combate. Ni jamás lo hará.

viernes, noviembre 17, 2006

Caravaggio

Lena, se llamaba Lena, y si no hubiera sido por los caprichos de la historia nadie recordaría a aquella puta romana. En una época en la que el Vaticano era una de las ciudades más viciosas de Europa, no tenía mucha importancia una puta más que menos. Pero Caravaggio se encaprichó de ella y según dicen los documentos de la época, se la llevó a vivir con él y la utilizó como modelo en algunos de sus cuadros más famosos. Así inmortalizó a una prostituta anónima que todavía hoy nos mira desde algunas de sus pinturas.

Apasionado y pendenciero, duelista y frecuentador de los bajos fondos, el pintor no llegó a viejo. Pero, ¿qué más da? Cuatrocientos años después, su rostro nos mira desde el “David vencedor”, desde la cabeza cercenada de Goliat. Un pintor que se retrata como el gigante vencido por el pequeño David (que tampoco es que luchara con limpieza, las cosas como son) es alguien que cuenta con todas mis simpatías. Pero alguien capaz de utilizar a la puta con la que convivía como modelo para el rostro de la Virgen y a los raterillos y chaperos adolescentes con los que se desfogaba para pintar seráficos personajes bíblicos es mucho más. Alguien así es un artista de la subversión.

Y además un pintor maravilloso.

lunes, noviembre 13, 2006

Paisaje con trenes

En el ocaso rojizo, mientras fumo sentado en el banco de una estación de tren de pueblo, me da por contemplar algunos vagones herrumbrosos, viejos trastos varados en tierra.
Me fijo sobre todo en los vagones de reparación, capaces de adosarse a la maquinaria y prestarle atenciones de médico. En su dignidad de máquinas desechadas.

Allí están, impasibles, viendo como sus hermanos, más modernos y mayores, más rápidos y más redondeados, pasan a toda velocidad por las vías. Pero eso no les importa. Están más que acostumbrados a sentir como el sol y los cambios de temperatura van cuarteando lentamente su pintura, cómo el acero reluciente de otros tiempos se transforma en algo quebradizo; a apreciar como el color anaranjado del atardecer va cambiando imperceptiblemente cada día.

Y en ese rato mínimo en el que he estado observando los trenes, me he sentido tan bien allí, calentado por el sol, que no me ha importado estar seguro de que la misma oxidación que recubre el metal de esos vagones acabará conmigo tarde o temprano.

viernes, noviembre 10, 2006

Cambios

En los últimos tiempos, le sucedía que a veces estaba en casa tranquilamente, leyendo y escuchando música y entonces un recuerdo (“la memoria es como un perro estúpido”, había escrito Ray Loriga en una novela, “le tiras un hueso y te trae cualquier otra cosa”) provocaba que su cabeza tirara del hilo y tirara del hilo hasta adquirir una conciencia casi física de su soledad. En aquellos momentos se quedaba quieto, dejaba de leer, dejaba de prestar atención a la música que escuchaba, se quedaba mirando la pared de enfrente o la ventana sin ser consciente de estar viendo lo que sus ojos enfocaban (un punto muy pequeño que se mueve como el rayo, aquí y allí, arriba y abajo, a la manera de un escáner de retina) y sentía como un hueco blanco o negro en la boca del estómago.
¿Cómo es posible que haya llegado a esto?, ¿en qué momento se fue todo a la mierda? Uno se limita a levantarse a diario, a ponerse con cuidado los calcetines y la ropa interior, a sorber (sip en inglés, una palabra que le parecía más exacta) rápidamente un té templado, a salir con la música puesta y a intentar llegar a casa a una hora razonable. Pero llega un día en que mira hacia atrás y ve una línea, una trayectoria que no había advertido cuando transitaba por ella, a la manera de un camino forestal que no se diferencia de cualquier otro camino entre los árboles y en el que aparecieran las señales una vez que se ha pasado por él. Y esa línea estaba ahora entre dos aguas, justo en una cresta entre valles.
Así era su vida ahora. Una vida con una extraña falta de responsabilidad, que se veía asaltada por recuerdos, por imágenes, por sabores y olores de otro tiempo, de un tiempo en el que había alguien ahí para recoger sus pedazos cuando, debido a la fragilidad de su carácter (siempre había sido un tipo apocado) se hacía añicos por alguna minucia.
Y fíjate ahora. Solo. Solo y acorazado. Con una cubierta de acero que encerraba un corazón de cristal, como si su cuerpo fuera un experimento del siglo XVIII.
Ya no era el mismo, había cambiado como producto de la necesidad, había mutado, se había transformado en otro. Alguien preparado para afrontar los sinsabores. Pero, eso sí, alguien que, recordando los versos de Rosales, a menudo se bañaba con la tristeza propia de un suicida, porque todo es igual y tú lo sabes.
Por eso, porque aunque pretendiera no estar afectado por esa tristeza difusa que se había condensando en su habitación, en su comedor y en su estómago, había acabado por decidir cambiar de casa, de país y de idioma. Y, por supuesto, de plano.

Había decidido irse a vivir a la realidad. Estaba harto de vivir en este relato triste de abandono. Estaba seguro de que la realidad ofrecería otras perspectivas. Incluso, de vez en cuando, podría tener algún buen día, de esos con alegría y carcajadas. ¿Quién sabe? De lo que estaba seguro es que no soportaba vivir ni un segundo más en estas 526 palabras.

miércoles, noviembre 08, 2006

Detalles

En la costa escarpada del día, existen momentos que parecen playas desiertas. Son un poco raros pero llaman la atención.

Como cuando vas caminando bajo la superficie entre cientos de personas sin prestar atención, dejando el gobierno de tu cuerpo al cerebelo, y de repente un olor a bollos recien hechos te despierta o cuando, entre tantos olores desagradables, descubres a una mujer a quien le sienta especialmente bien el perfume que se ha puesto ese día.

Oir carcajadas sin venir a cuento, ver que dos personas mantienen una conversación sin hablar, observar como un gorrión levanta un trozo de manzana del suelo para disfrutar de un menú completo: hormigas y postre.

O disfrutar de una tarde sin teléfono dentro de un libro de esos que se olvidan a la vez que se acaban.

Detalles.

martes, noviembre 07, 2006

Tiempo

Había podido leer hacía meses: "el tiempo no existe, el tiempo es". Es nuestro cerebro el que se empeña en poner un segundo después de otro, en agruparlo en estaciones que reflejan los ciclos de la naturaleza y la vida, en trocearlo y en inventar relojes que lo miden tic y ahora tac, pero en realidad, según los físicos, esa manía tan humana es solo una cuestión de percepción, puesto que los resultados experimentales que nos hablan del mundo que habitamos nos dicen que el tiempo no transcurre. Pues vale.

Eso le hacía sentirse un poco decepcionado con su cerebro porque, a fin de cuentas, que un órgano en el que, de alguna manera, había cristalizado el azar después de un par de miles de millones de años (los organismos unicelulares y los pluricelulares y la complejidad de la vida y el sexo y todas esas cosas, así a grandes rasgos), después de tanta vaina y tantos cadáveres y tanta adaptación y tanta lucha por la vida y tal, fuera un estúpido que no se diera cuenta de que el tiempo no transcurre, de que el tiempo es, le parecía un timo. Daban ganas de pedir explicaciones, la verdad. Pero así era la cosa.

La ventaja, eso sí, era que, después de leer aquello, se había conformado inmediatamente. Se había conformado de todas todas, así que los signos de envejecimiento (sus canas tiesas y más largas que los demás pelos de su barba, sus venas marcadas en las manos, sus arrugas en las comisuras de los labios y en los alrededores de los ojos, sus rodillas doloridas, su vista cansada y sus frecuentes lumbalgias) ya no le importaban en absoluto porque ahora sabía que todos aquellos síntomas solo eran una cuestión de percepción. La verdad teórica, el funcionamiento de la realidad era muy otro. Así era la cosa.

Y por supuesto, pasar casi tres horas diarias en el transporte público yendo de un sitio a otro en una ciudad congelada por la indiferencia, tampoco tenía ninguna importancia. Ni la más mínima.

Así que le había dado por pensar, en uno de esos interminables viajes en metro, que definitivamente la física era mucho mejor que la autoayuda.

Dónde va a parar.

viernes, noviembre 03, 2006

Nódulos

Tiempos de lodo y fango. Tiempos oscuros en los que no es posible ver bajo el agua, apreciar la claridad de la corriente, del mainstream (que diría un norteamericano).
Tiempos de duda, de turbiedad, de confusión, de mezcla. Tiempos en los que el tiempo libre y el de trabajo, la amistad y la desatención, la sequía y las inundaciones se enredan como una bola de pelo que se quedara atorada en el desagüe.

Nódulos, cúmulos, embrollos, tumores, mutaciones, conejos modificados genéticamente para ser fluorescentes, vocales y acentos que se van por la alcantarilla al comunicarnos con los demás, avisos sonoros, la lenta e implacable música de las horas (los ordenadores latiendo dos mil millones de veces por segundo), ingenios difusos que nos analizan a través de lentes de aumento, inteligencia distribuida, imágenes, sexo, violencia y la lluvia ácida corroyendo con parsimonia las fachadas oxidadas de los edificios más nuevos.

Pero todavía hay veces en los que el temblor de la carne caliente nos conforta, todavía hay veces en las que el resplandor de una palabra o de una pincelada nos conmueve, todavía hay veces en las que

el curso de esta tarde tan alejada y lenta,
sin afanes y solo,
esta tarde tranquila en la que amar
lo gris, lo no tan brusco ni glorioso:
perderme en mi interior sin ambiciones,
asumir la penumbra y deslizarme.
Reflexiono en mi cuarto
mientras llueve, parece innecesaria
cualquier exaltación.

Las cosas, lo que exigen.

martes, octubre 31, 2006

Vendedores (refutación a Bryce)

Aquel día, después de arrancar su coche japonés, un poco anticuado ya pero aún funcional y barato, y de conducir durante una larga hora a través de los atascos de los suburbios y de las avenidas del centro de la ciudad, había llegado a la conclusión de que el hecho de que existieran vendedores de libros que, literalmente, asaltaban a los conductores en algunos de los semáforos más concurridos, era uno de los encantos de aquella ciudad gris, acerada y fría.

Quizá el término asaltar no fuera el más adecuado para aquel primer párrafo que había quedado ahí arriba justo antes del punto, porque aquellos vendedores no eran más agresivos que los vendedores de seguros que merodean por las urbanizaciones del extrarradio, pero es el que se le había pasado por la cabeza cuando había recordado como se comportaban. Así que ahí se quedaba.

Los vendedores se aproximaban a los coches con decisión pero, como en cualquier otro comercio ilegal, para ofrecer su mercancía tenían que saber las preferencias de los conductores. Los efectos de la heroína y los del éxtasis no tienen nada que ver y un camello que se precie no puede confundir a un habitual de una sustancia con un consumidor de la otra porque los efectos para el negocio pueden ser terribles. Enseguida se convertiría en un dealer poco fiable, en alguien a quien nadie, ni siquiera a las ocho de la mañana del domingo más canalla del año, buscaría para comprarle una dosis. Por eso, porque en el fondo eran personas responsables, los vendedores siempre preguntaban en primer lugar: ¿libro técnico?, ¿literatura?, y a estas preguntas seguían otras, ¿ficción?, ¿no ficción?, y a cada bifurcación otra más, ¿historia?, ¿política?, hasta que por fin, el vendedor que te hubiera tocado en suerte en aquel semáforo decidía que tenía suficiente información para proponerte, en medio de complicados arabescos retóricos, un título. El título. El que estabas buscando desde aquella remota época en la que aprendiste a leer y a disfrutar de un cuento que nadie te contaba, sino que te contabas a ti mismo dentro de tu cabeza.

Y si había acabado pensando que aquel contrabando era en realidad una riqueza, más propia de un país nórdico que del suyo, fue porque en uno de aquellos semáforos, en uno de aquellos puntos de raedura de la realidad, compró una antología norteamericana de cuento y descubrió el que iba para siempre a ser su personaje favorito: Bartleby.

lunes, octubre 30, 2006

Niebla

Aquel día, en la gran ciudad se levantó una niebla fría, parecida a la de las tierras del norte en estas fechas. Un niebla que se levanta de la tierra, cubre un par de metros sobre la superficie y después se disipa con el calor del sol.
Pero ésta, a medida que pasaban las horas, pareció espesarse y hacerse más densa, como si quisiera envolverlo todo de invisibilidad.
Después de una semana en la que las predicciones meteorológicas dejaron de tener sentido, se fue por donde había venido.
Las autoridades, sin embargo, no pudieron ofrecer una explicación satisfactoria a la repentina desaparición de todos los gatos de la ciudad. A pesar de la búsqueda no se pudo encontrar ni un solo cadáver.

La segunda vez que vino la niebla, un año exacto después de la llegada de la primera, se llevó a los perros.

Al siguiente año, todos los habitantes de aquella ciudad se llevaron lejos a sus hijos, por si acaso. Una semana antes del aniversario ya no quedaba un solo niño en la ciudad. El día señalado, la niebla llegó puntual a su cita anual y cubrió la ciudad con una capa blanquecina y espesa. Durante toda la semana, la ciudad esperó colapsada y aguantando el aliento.

Ese año, sin embargo, la niebla se llevó a los mendigos así que la mayoría de los asustados habitantes dio por buena la desaparición de perros y gatos a cambio de tener una ciudad más limpia.

Cosas de la vida urbana.

Einstein

Albert Einstein, después de concebir la teoría de la relatividad, se negó a reconocer los resultados que provenían directamente de ella con su famosa frase: “Dios no juega a los dados”.

Con esta frase trataba de rechazar la realidad cuántica, en la que no se puede conocer el estado de una partícula sino tan sólo la probabilidad de que dicha partícula se encuentre en ese estado. Trataba de rechazar la realidad en la que la observación puede modificar el estado observado. La realidad en la que dos partículas pueden estar entrelazadas y encontrarse siempre en el mismo estado, sin que exista ninguna fuerza que las una, tan sólo porque las cosas son así.

Quizá, señor Alberto, sólo se trate de que los dados son, en realidad, el único Dios que existe.

viernes, octubre 27, 2006

Inédita

Un bedel de uniforme escribe iluminado por un flexo. Paciente, escribe a mano sobre una mesa de oficina anticuada, ajeno al ruido de todo el mundo. Lo conozco bien y sé que está construyendo la que será para siempre la mejor novela inédita de todos los tiempos.
Cuando la termine, la envolverá con cuidado con papel encerado y la dejará en su armario, justo encima de las otras dos.

Porque la gracia, tal y como decía aquel poeta que escribía los versos en papel de fumar e inmediatamente se liaba un cigarrillo con ellos, está en escribir.

Y lo demás no importa.

miércoles, octubre 25, 2006

Bautizos

Me llamo María Gil, nací en 1786 y morí, ya madre, en 1810. Tuve cinco hijos, de los que me vivieron cuatro.
Siempre he sido buena cristiana y el buen Dios me ha recompensado. Pero, aunque la ira es el azote del mundo, no pienso consentir que una secta de advenedizos que se hace llamar de los Santos de los Últimos Días, archive mi nombre para bautizarme y, según ellos, permitirme entrar en alguno de sus tres paraísos. Yo estoy bien en el mío y exijo a quien corresponda que pare esta sangría en el Cielo.

Ya he perdido a tres amigas, y estoy empezando a hartarme de no saber si voy a poder volver a conversar con mis seres más queridos aquí arriba.
Si encima de que cada vez venía menos gente nueva empezamos a perder a los antiguos, esto va a parecer un páramo. Un páramo desolado.

Aunque siga estando Él.

Lluvia

Los suelos brillantes de una plaza del centro reflejan mi sombra mientras camino bajo una lluvia fina. Suena un saxo en la noche y, de repente, todo parece irreal: mi cuerpo abrigado que no advierte las gotas; mis gafas empañadas; mis pies pisando con cuidado las baldosas empapadas. Todo, incluido yo, parece formar parte de la película que acabo de ver en el cine, todo se vuelve imaginario.
Y como todo es imaginario y no está sujeto a las aburridas leyes de la realidad, me elevo sin esfuerzo y contemplo la ciudad a quinientos metros de altura. A esa altura, las calles aparecen limpias y el mundo parece un lugar mejor. Desde ahí, la vista quita el aliento.

Y desde ahí arriba pienso que, de vez en cuando, es necesario dejarse mojar por la lluvia porque sólo ella es capaz de limpiar ciertas impurezas.

lunes, octubre 23, 2006

Miembro fantasma

Cuando el médico le dijo que tenía que amputar la pierna, él no dudó de que aquello era necesario: olía mal, tenía muy mal aspecto y lo peor, era posible que la gangrena acabara por matarlo. Así que entre una pierna y la vida, no lo dudó. Eligió convertirse en un lisiado aunque nunca más volviera a disfrutar de la sensación de correr por la arena de la playa o de saltar con la seguridad que dan dos piernas.

Lo que nadie le explicó es que, años después de perderla, iba a seguir sintiéndola. Nunca había pensado que algo que había desaparecido pudiera doler.

Aunque, ahora que pensaba sobre ello, quizá que te duela algo que ya no está sea tan común como, en un día lluvioso, observar los caminos del agua en el cristal de la ventana.

miércoles, octubre 18, 2006

Eiffel

La repetición de una torre de alta tensión, y otra y otra en la ventanilla del tren es un homenaje continuo a la arquitectura industrial del siglo XIX. Esas torres no son más que un injerto temporal en este siglo XXI.

Además, que la electricidad siga llevándose de un sitio a otro de esa manera ha conseguido que Eiffel se sienta tan orgulloso de sus creaciones metálicas que ya no echa de menos el cielo cristiano. Dios le condenó por positivista, por pensar en el mundo como una gran maquinaria sin alma pero no imaginó que allá donde le mandó iba a estar en la gloria.

Allá en su paraíso de engranajes y tornillos.

Procesión

Las palabras de una frase siempre parecen estar en una procesión de Semana Santa, con el artículo normalmente como cruz de guía. Alto ahí que están cantando una saeta y entonces las palabras se detienen con un crujido de rodillas. Y ahí se quedan, esperando que el cantaor acabe y cuando lo hace, abandonan la aglomeración de gente que está viendo esculturas sangrientas y se van tranquilamente a una taberna. Y allí piden el vino de la casa que ha cogido un olor raro por el incienso que se ha quemado por centenares de kilos durante toda esa semana. Un olor que te hace sentir mejor, piensan todas las palabras que comparten la frase “Ya era hora de un respiro que tengo los pies molidos”.

Así que allí se dedican a la conversación intrascendente y la palabra respiro dice “ya tengo pies” y entonces la palabra de dice “un respiro” (será mejor no esperar grandes revelaciones pues, a fin de cuentas, son sólo palabras y después de todo el día caminando y parando en las tabernas con azulejos a beber el vino de la casa están un poco borrachas y no dan para más).

De todas maneras, la conversación no se extiende mucho pues tienen que volver pronto a un libro de literatura realista de los años cincuenta que, por casualidad, un visitante ha llevado con él y ha dejado abandonado en la mesilla. El muy inconsciente.

lunes, octubre 16, 2006

Jardín

Cuando llegó, no podía creer que aquel reducido jardín fuera el mismo sitio al que su padre lo traía de pequeño los fines de semana, por lo que tuvo que comprobar el mapa más de una vez para convencerse. Él recordaba que iban al campo y le parecía que aquella escasa hectárea era demasiado pequeña. Demasiado pequeña.
Allí había visto su primer zorro, había montado por primera vez una tienda de campaña y había calzado por primera vez unas botas de montaña. Estaba seguro que el territorio tenía kilómetros de extensión. Una mancha virgen muy cerca de la capital de provincia donde se había criado.

Pero ahora descubría la verdad: de aquel mítico rincón sólo quedaba un jardincito de mierda entre urbanizaciones. No podía creelo. Sencillamente, no podía creer que las autoridades dejaran que ocurrieran estas cosas. ¿Para esto pagaba sus impuestos?, ¿para esto siempre había respetado la ley?, ¿para esto? No. Para esto no. Ni mucho menos.

Según escribió Juan Antúnez en el periódico local, el cabo de la Guardia Civil, Ernesto Garaitz, en cumplimiento de su deber, acabó con la vida del ya famoso habitante de la zona conocida como la "dehesa" el 10 de Octubre de 2008. Según el informe oficial, un hombre con la ropa muy deteriorada, con barba de meses y ojos de alucinado le había salido al paso gritando "por mis tierras no pasa nadie", derribándole de la moto con una gran estaca. El cabo se vio obligado a disparar su arma reglamentaria dos veces, alcanzándolo en el pecho. El servicio de emergencias sólo pudo certificar su muerte cuando acudió al lugar de los hechos. El suceso está siendo investigado aunque, debido a que ninguno de los habitantes del pueblo cercano ha podido aportar la más mínima pista, habrá que esperar a las pruebas de ADN para identificar a la víctima.

martes, octubre 10, 2006

Tedio

El tedio, el aburrimiento, la bola de incomodidad en la barriga, el sabor raro en la boca, la inanidad, la falta de voluntad. El tedio sólo pertenece al que lo tiene y nos hace más conscientes de nuestra individualidad, de nuestra otredad con el mundo, nos hace más conscientes de lo que somos y de lo que no somos. El tedio es una gota malaya que cae en el píloro, en el cerebelo, en la rutina y en la costumbre como una gota de ácido que quema un fotograma de cine dejando un círculo perfecto con los bordes chamuscados.

El tedio no está mal como problema pero como síntoma es terrible. Porque quizá lo que el tedio nos hace preguntarnos es algo que no queremos preguntarnos, es algo como si estamos contentos con quienes somos, con la vida que llevamos, con la compañía con la que viajamos o con la falta de compañía. El tedio parece sólo aburrimiento pero en realidad nos engaña con esa capa superficial que no tiene importancia, nos engaña con esa minúscula película que lo recubre y que creemos poder borrar con actividades y nuevas rutinas, con nuevos cursos de enología y nuevas lecturas, con deporte y actividades, con un nuevo baile de salón aprendido, con un nuevo viaje que nos haga durante un tiempo no preguntarnos más allá de lo que vemos, de lo que fotografiamos, de lo que pensamos cuando conseguimos salir de la rutina y creemos engañarlo.

Pero el tedio no se deja engañar y sigue ahí escondido agazapado esperando que la rutina que hemos conseguido crear a nuestro alrededor para hacernos sentir más seguros, para hacernos sentir parte de algo, para hacernos sentir útiles salte por los aires cualquier día de otoño en el que el cielo se ha vuelto blanco y parece que alguien detrás de nosotros nos contemplara con indiferencia. Como si hacer las cosas que ocupan nuestras horas tuviera más sentido que mirar al techo sin pensar en nada mientras acariciamos dulcemente el lomo de un libro sin atrevernos a abrirlo porque sabemos en el fondo que ésa no es la manera de engañarlo. Al muy hijoputa.

Orden

Tap, tap, tap, tap. El blues sincopado de John Lee Hooker suena en mi cabeza: Talk to your daughter for me, mama. I like the way you walk, honey.
El mundo, tal y como repite todos los años uno de mis profesores, se ordena bajo el hechizo de la música. Las cosas más tristes y sórdidas pueden ser destellos dentro de una canción. El cielo gris sobre las cabezas de los mendigos, que arrastran carritos de supermercado llenos de restos inservibles; las pobres prostitutas tiritando con su ropa mínima bajo el abrigo; las volutas de humo de los coches; las carreteras brillantes como si fueran espejos; las luces de los semáforos detrás de la cortina de lluvia. Todo parece tener un significado oculto dentro de una canción.

Todo parece puesto ahí justo para encandilarnos, para asombrarnos.

Si alguien puede conseguir esa sensación sin música es que es poeta.

lunes, octubre 09, 2006

Doble

Ayer, mientras curioseaba en unos grandes almacenes, a Andrés le pareció ver a su abuela entre la multitud.

Aquello no tenía nada de particular, pues su abuela vivía en su ciudad y todavía era una mujer vital que quizá estuviera buscando un regalo para alguno de sus hijos o nietos. Su abuela era joven para ser la abuela de alguien en plena madurez. Él era el mayor de sus nietos y su madre lo había tenido muy joven, a los diecinueve años.
Sin saber exactamente por qué, no la saludó; en su lugar la siguió disimuladamente, con cuidado de que no le descubriera. Tampoco se explicaba aquel impulso repentino y ahora daría lo que fuera por olvidar lo que vio.

Sin embargo ya es demasiado tarde. Lo que vio le ha perseguido desde entonces pero tampoco se ha atrevido a preguntar, le ha hecho perder el sueño en más de una ocasión, pero es difícil hablar de ello. La vio besar a alguien que no era su abuelo. No sabía por qué ese estúpido impulso había permanecido en él. No sabía por qué había insistido en seguirla a pesar de que parecía caminar furtivamente, fijándose con demasiado interés en la gente con la que se cruzaba, volviendo la cabeza de vez en cuando.

Intentaba pensar en la historia de forma amable, intentaba felicitarse por ella, que en la vejez había conseguido a alguien con quien compartir sus últimos años pero no lo conseguía, era demasiado para él. No. La verdad es que no lo aprobaba y eso le resultaba aún más extraño. ¿Quién era él para opinar sobre la vida de su abuela? ¿Acaso no sabía por propia experiencia que algunas veces uno no se comporta de forma racional? ¿Que la atracción se puede presentar de forma inesperada?

Pero no con su abuelo esperándola.

Esperando a la muerte, quiero decir.

jueves, octubre 05, 2006

Hugo (homenaje)

Un niño contempla extasiado una película de la época dorada del cine americano. Está sentado junto a su abuela en un cine veneciano viendo una historia de piratas protagonizada por Errol Flynn, casi seguro que Capitán Blood. Todas las películas protagonizadas por ese actor están entre sus preferidas, por eso los ojos de ese niño están tan abiertos que apenas parpadea. Parece hipnotizado. Le han dicho en su casa que pronto emprenderán un viaje a África, que pronto irán a Abisinia, pero eso ahora no le preocupa en absoluto.

Días antes, su abuela le ha hablado de sus ancestros. Su sangre tiene parte inglesa y francesa, parte sefardí y parte turca. Entre sus antiguos parientes se cuentan miembros de sectas secretas y magos y eso le hace sentirse un poco más cerca del sueño que siempre ha acariciado: haber sido descendiente directo del Corsario Negro o de Sir Francis Drake.

En Abisinia, este niño vivirá durante ocho años y en África se hará adulto. Por eso quizá los libros de Conrad, de Melville o de London serán tan importantes para él. Los barcos a vapor que recorren los ríos sudamericanos infestados de insectos, el honor y la dignidad, los viajes y los indios formarán parte de su vida, y, en gran parte, debido precisamente a las historias de esos libros. Pero él aún no lo sabe.

Un buen día, mirará un ejemplar de Spirit, el tebeo de Will Eisner, donde un héroe con ropa de detective de cine negro y con un antifaz, se dedica a ayudar a los débiles y a hacer que triunfe la justicia y sus ojos brillarán con emoción mientras lee sus aventuras. Ese descubrimiento será definitivo porque marcará el camino que seguirá para ganarse la vida: será dibujante.
Un dibujante que acabará por crear un personaje que llevará gorra y un gran arete de oro en la oreja izquierda, con largas patillas negras, muy pobladas; con una gorra de marinero y que se habrá hecho con una navaja una nueva línea de la fortuna porque la que tenía de nacimiento no le gustaba. Que tendrá amigos que serán antiguos presidiarios, magos, sacerdotes de vudú, anticuarios obsesionados con las viejas leyendas o catedráticos alcohólicos a quienes se limitará a rescatar de la cárcel sin hacerles un solo reproche. Ese personaje será un aventurero que se llamará Corto Maltés.

Pero eso será después de muchos años. Ahora, ese niño mira el parpadeo blanquinegro de la pantalla y disfruta. Él aún no sabe que será el gran Hugo Pratt.

lunes, octubre 02, 2006

Walser

Ya hemos aprendido (trabajosamente, pues aún vivimos desolados por la pérdida) que, al final, de todo queda más o menos lo mismo: cenizas al viento.

Así que comprendo cada vez mejor la obsesión de Robert Walser, tal y como describe Vila-Matas en una de sus novelas (de la que ya no recuerdo el título pues Vila-Matas siempre escribe el mismo libro) por enmudecer, por desaparecer, por difuminarse.

Por eso sus microgramas, su testamento literario (526 hojas ilegibles, todas de diferente formato y cubiertas de una letra minúscula, escritas durante parte de su estancia en un manicomio), tuvieron que ser rescatadas y editadas pacientemente durante quince años. Werner Morlang y Bernhard Echte, según parece, fueron los que se encargaron de esta labor. Y así, editando los microgramas de Walser, acabaron contradiciendo para siempre su espíritu.

Claro que en el momento en el que Robert Walser advirtió desde el más allá (aún con cara de sorpresa por haberlo encontrado al fin) que estaban recuperando su nombre para las historias de la literatura, no pudo evitar convertirse en el fantasma familiar de las casas de sus amables benefactores.

Que, desde entonces, no durmieron nada bien.