jueves, febrero 25, 2010
Salvación
Alzamos alborozados los brazos, con la mirada brillante de los creyentes, cuando las primeras pruebas científicas nos demostraron que era posible. Los primeros en probarlo volvían del viaje con los ojos más profundos, cambiados para siempre. Aquellos que la habían sentido en su interior nunca más se atrevían a hacer nada que pudiera alterar su equilibrio. Aquellos que habían mirado con otros ojos se convertían en algo más que hombres.
Y nos fuimos. Y el asfalto se abrió como la tierra húmeda bajo la fuerza de las raíces. Y los puentes se cayeron y los coches se cubrieron de hiedra y las centrales nucleares fueron conquistadas poco a poco por una naturaleza inédita. Nos fuimos y nos declaramos derrotados por el bien de todos. No solo el nuestro, el de todos.
Añoro la sangre bombeando en mi cuerpo y en mi miembro. Y el deseo que nos conducía, el sabor del chocolate suizo, el frescor de la cerveza helada. Echamos de menos tantas cosas que seríamos incapaces de recordarlas todas.
Ahora es tarde. Ha pasado nuestro tiempo.
viernes, febrero 05, 2010
Sauna
Cuando llega el apagón quedamos con ojos muy abiertos en la verdadera oscuridad, solos ante la respiración de los demás. Un par de hombres dicen oh con sorpresa y se apresuran a dejar la sauna, se les oye caminar con cuidado, el ruido acolchado de sus pies contra el suelo, el torpe tanteo de las manos hasta que dan con la puerta. Yo me quedo. Por un momento pienso en irme, en buscar mis cosas y salir de allí, al resplandor de las cinco de la tarde de un día de invierno en Madrid. Sin embargo, me encuentro cómodo, acariciado por un calor que aún no es insoportable, y pienso que será mejor esperar a que los que antes me acompañaban hagan lo que tengan que hacer. Entonces noto una respiración suave, oigo sus movimientos, cómo se levanta. Noto en la madera de mi asiento que se sienta a mi lado. No dice nada. Yo tampoco. Apoya una mano en una de mis piernas y la deja ahí, sin acariciarme, sin pretensiones. Y yo sigo sin decir nada, no sé muy bien por qué.
sábado, noviembre 28, 2009
Limpiabotas
Enfrente de su cola habría otra diferente formada por los centenares de personas que aguardaban a comprar un décimo de lotería en una famosa administración de lotería del centro de Madrid, hartos de la espera y probablemente del sinsentido de desperdiciar una mañana intentando comprar la suerte, esa suerte que no suele aparecerse mucho, qué gesto más estúpido y a la vez más inocente, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de todos los colores, con todo tipo de ropas, como una cata sociológica de esta ciudad, moviéndose nerviosos, charlando para entretener esa espera que, en el fondo, todos sabían absurda pero cómo luchar contra la tradición de comprar un décimo en la puta administración de lotería y de llevar a los niños a que vean los muñecos animados de Cortylandia y qué gesto tan mágico creer que las leyes del azar tienen sentimientos y prefieren inclinarse por un lugar u otro.
Y, tal vez, por qué no, si en el cuento puede pasar lo que yo quiera, tal vez, decía, ambas colas se mirarían con hostilidad y alguien insultaría a alguien y comenzarían los golpes y los turistas huirían asustados de la trifulca y los coches de la Gran Vía se detendrían a mirar el espectáculo y camionetas rebosantes de policías hasta las cejas de estimulantes derraparían en la calle y las puertas se abrirían como grandes bocas y lloverían los golpes y los gritos y el tumulto sería ya incontrolable cuando los turistas ingleses hartos de cerveza se unieran a él, y aquello parecería uno de los signos del apocalipsis, el inicio de algo mayor, como si la locura se hubiera apoderado de todos y los animales que siempre llevamos dentro se abrieran paso, como superhéroes que se despojaran de sus trajes, y todo parecería arder en algo así como un altar de sacrificio azteca.
Y en mi cuento, si existiera en él algo parecido a una cámara que pudiéramos enfocar donde quisiéramos, podríamos ver perfectamente la sonrisa que se dibuja en la cara del limpiabotas que observa la escena, acodado en una mesa con vistas a la calle de la acera de enfrente donde el pequeño trono de madera sigue en su sitio, incólume, impasible ante la destrucción que está ocurriendo justo ante él.
jueves, noviembre 19, 2009
SF
Yo soy de los últimos que aún resisten y no me queda mucho tiempo, tengo un problema de corazón que impide que se me renueve el próximo año, cuando, objetivamente me correspondería la sustitución de órganos. No me importa. Creo que ha llegado la hora de abandonar el mundo, que ha llegado el momento de despedirse. La gente con la que hablo no lo entiende, siempre me sugiere alguna otra opción: refúgiate en el sistema, espera a que la ciencia médica —¿qué posibilidad de ciencia nos queda ya a los humanos?— sea capaz de resolver tu problema de corazón, aguanta, busca una solución. Todos tienen miedo del final, no se dan cuenta de que la vida se ha convertido en tener miedo. Miedo a que la energía termine por acabarse en este planeta exhausto, miedo porque aparezca un fallo en el sistema que los convierta a todos en poco más que muñecos sin voluntad, miedo a tener hijos, al amor, miedo a todo lo que constituya un compromiso. La dilatación del tiempo ha conseguido desnaturalizarnos. La dilatación del tiempo nos ha convertido en otra cosa.
Cuando me preguntan por qué no estoy dispuesto a luchar por mi vida, siempre les cuento la historia de la Sibila de Cumas, ya escrita por Ovidio en sus Metamorfosis hace tantos siglos: «El dios Apolo cortejó a la Sibila pero la doncella no accedió a sus ruegos hasta que el dios estuvo dispuesto a concederle el deseo que ella pidiera; tendida en la playa, la doncella tomó un puñado de arena y le rogó vivir tantos años como granos de arena le mostraba en la mano. Mil años de vida, los granos de arena de su puño, le fueron concedidos. Sin embargo, emocionada por la promesa del dios, olvidó pedirle a Apolo la juventud para esos mil años de vida. Setecientos años después, Eneas la encontró y la Sibilia confesó melancólica y dulcemente, que aún le faltaban por vivir tres siglos más y que se tornaría cada vez más pequeña, tan pequeña que nadie la reconocería, ni siquiera el dios que llegó a amarla. Cien años más tarde, la Sibila vivía dentro de una botella y cuando los niños que jugaban con ella le preguntaban qué deseaba, ella siempre respondía: "Quiero morir."»
Y todavía se atreven a decirme que la diferencia es que nosotros nos mantenemos eternamente jóvenes, que ese no es un problema para nosotros, que no existe comparación posible entre una cosa y la otra.
miércoles, octubre 21, 2009
Regreso
(Fundido a blanco)
miércoles, octubre 14, 2009
Centro
Miguel de Cervantes, Don Quijote, I, Cap V.
Hallelujah
Rodrigo Fresán en Vidas de Santos citando a Jeff Buckley que, a su vez, versiona a Leonard Cohen
Te montaste en el metro en La Latina y un día después estabas en una playa italiana, en un pueblo medieval en el que los bajos de las casas del XVI estaban cubiertos de algas verdes. Seguiste moviéndote, acumulando paisajes y canciones en la cabeza en aquella zona del Mediterráneo. Tomaste algunas notas y, como un vector, como alguien consciente de la dirección que debe llevar, te encaminaste hacia delante, hacia abajo, hacia el párrafo siguiente.
Aquí. Ahora sucede. El momento de la separación, justo aquí. Aquí hay que fijar la mira telescópica de este cuento. Este es el centro exacto sobre el que confluyen todas las líneas. El baricentro y el ortocentro de esta página, el lugar sobre el que podría arrugarse este cuento de forma simétrica, el vértice del cucurucho que podríamos construir con él, o si se prefiere, su sumidero, su cráter. Es aquí. Fíjense. Alguien dice: «Adiós, mi amor. Han sido unos días maravillosos, nunca los olvidaré. A ver si puedo ir a verte pronto». Y alguien contesta: «Adiós, mi amor. Es cierto que han sido unos días maravillosos, pero yo no diría que no he de olvidarlos. La memoria funciona de manera rara, ¿no te parece? Me gustaría mucho que esto no se acabara, que pudiéramos darnos una prórroga, aunque fuera de un solo día». Y alguien dice: «Ya no somos niños. Sabes que no puede ser». Y alguien contesta: «Sí, es cierto. Así son las cosas». Entonces el tiempo hace zuuuum y se concentra en un único punto (ortocentro, baricentro, sumidero y cráter) y todo, absolutamente todo, cambia para siempre, cambia la superficie, cambia la distancia y también cambian el antes y el después, para siempre. Todo. Está escrito. En este momento, en este ahora no hay pasado ni hay futuro. En este ahora lo que hay es tristeza convirtiéndose en nostalgia a la velocidad de la luz. En este ahora lo que queda es una huella, un recuerdo, la vibración del aire alrededor del objeto que acaba de partir a toda velocidad. Nada más.
Tomaste algunas notas y, como un vector, como alguien consciente de la dirección que debe llevar, te encaminaste hacia atrás, hacia arriba, hacia el párrafo anterior. Habías seguido moviéndote, acumulando paisajes y canciones en la cabeza en aquella zona del Mediterráneo. Te habías montado en el subte en Corrientes y una semana después estabas en una playa italiana, en un pueblo medieval en el que los bajos de las casas del XVI estaban cubiertos de algas verdes.
jueves, octubre 08, 2009
Sapo II
Enternecido, recordando la de veces que había ordenado a su ama de cría que leyera cuentos tradicionales a sus hijos por la noche, lo besó, sin pensar mucho en lo que hacía. Como suele ser habitual, el sapo se convirtió en un príncipe, que, como suele ser habitual también, cayó rendidamente enamorado del rey (las instrucciones para el manejo de sapos mágicos advierten claramente que una vez devueltos a su forma original, los príncipes encantados se comportan como las crías de las ocas, esto es, que se van detrás del primer ser vivo que ven).
Al principio, el rey pensó que tener a un joven bello, rubio y de ojos azules enamorado de él y que lo seguía a todas partes suponía un problema para su reino, es más, un problema político, los de peor resolución, pero, poco a poco, comenzó a contemplarse con los ojos de él y a gustarse más y más. El rey perdió peso, volvió a frecuentar las partidas de caza largo tiempo abandonadas, se hizo nuevas ropas y se compró un caballo andaluz de porte elegante. Extrañados por un comportamiento tan poco regio (tan común, sin embargo, en directores, gerentes y empresarios cerca de la cincuentena), la reina y los infantes comenzaron a sospechar del nuevo amigo del rey, que tanto frecuentaba palacio en los últimos tiempos y en una comida familiar, le exigieron explicaciones. Para su sorpresa, el rey les confesó que se había enamorado, que el bello príncipe le había hecho sentir joven de nuevo, que sentía que su vida se escapaba y que, debían entenderlo, tal vez fuera la última oportunidad de ser realmente feliz que se le ofrecería.
Hubo gritos, sonido de vidrio al estrellarse contra el suelo, conciliábulos de miembros de la familia real, dispuestos a declarar incapaz a un rey presa de sus bajos instintos, manifestaciones a favor y en contra, toma de posición política en los principales medios de comunicación, editoriales supuestamente sutiles que pedían la abdicación del monarca, comparecencias en programas rosas de televisión, en fin, lo habitual. Y tras todo ello, la vida continuó.
El tiempo pasó y el bello príncipe siguió viviendo en palacio. Además, como tenía tan buen corazón acabó por ganarse el favor de la familia real: el príncipe mayor encontró a un buen amigo, siempre presto a compartir unas cervezas y unos comentarios procaces sobre el culo de las doncellas de palacio; la princesa mayor encontró el modelo de hombre que buscaría sin descanso y sin éxito el resto de su vida y también la imagen erótica capaz de excitarla cuando se acariciaba; la reina encontró a un confidente, listo para escuchar su larga lista de quejas y para dar consejos muy bien meditados; hasta la reina madre rejuveneció gracias a los piropos que el bello príncipe le dirigía.
Las cosas no podían ir mejor para la familia real: la gente nadaba en la abundancia, la paz se enseñoreaba por todo el reino, las monarquías rivales envidiaban la inmensa suerte que había tenido el rey al besar aquel repugnante sapo, los periódicos dedicaban sesudos análisis a la buena influencia que el bello príncipe había provocado sobre la política del país. La gente lo amaba. La gente era feliz.
Y sí, hoy ha aparecido el bello príncipe muerto en la cama de la hija. Envenenado. La muerte preferida de los reyes y de los príncipes.
Es lo que suele suceder en este tipo de cuentos.
lunes, octubre 05, 2009
Blanco
Hoy, por desgracia, me he visto en una situación muy parecida. De nuevo un hombre yacía en el suelo malherido, con una herida en el abdomen —la sangre espesa acumulándose en el pequeño charco bajo su cuerpo, la mancha ampliándose de forma imperceptible—, de nuevo el hombre era gordo, calvo y sin barba y de nuevo mi compañero me ha mirado con cara de preocupación tras zarandearme para hacerme volver en mí. En la ambulancia, con el hombre evolucionando favorablemente otra vez, he pensado que mis temores de ayer se habían cumplido, que me he vuelto a ver despojado de la voluntad en un momento crítico. Además, sea lo que sea lo que me sucede, parece estar complicándose: al intentar recordar a qué hora había llegado a trabajar, dónde había aparcado el coche, qué había desayunado o si había dormido en mi casa, no he sabido responderme, a pesar de llevar la ropa limpia y la cara sin rastro de barba.
Le he contado lo que me está sucediendo a Andrés, mi compañero, y él me ha tomado el pulso, me ha hecho algunas preguntas y me ha recomendado que vaya a ver a un médico amigo suyo. Le he contestado que eso haré, que no creo que sea para tanto y, sin embargo, tengo la sensación de olvidar algo fundamental. Por más que lo intento no consigo recordarlo, pero siento en los huesos que es de tremenda importancia.
Todo el día llevo intentándolo sin conseguirlo. Y no dejo de pensar en la imagen de los dos hombres gordos, calvos y sin barba, tan parecidos, perdiendo sangre sobre el asfalto, con una puñalada en un sitio que, si bien puede complicarse, parece hecha por alguien que no pretendía matarlos, que pretendía concederles el suficiente tiempo para que los sanitarios llegaran a tiempo y pudieran hacer su trabajo, tan encomiable y alabado por todos.
miércoles, julio 08, 2009
Solar
En 2050, más de la mitad del Sáhara estará cubierta de placas solares. Desde los satélites que orbitarán la tierra podrá observarse su brillo, como si el planeta tuviera un corazón incadescente y las placas no fueran sino un gigantesco agujero que permitiera mirar en su interior. Desde los satélites que orbitarán la tierra y que nos conectarán unos a otros de forma permanente, las cámaras tomarán imágenes de esta inmensa extensión reflectante y las almacenarán en un archivo interminable. Un extensión de luz, de kilómetros y kilómetros de largo fotografiada veinticuatro veces por segundo en alta resolución.
El sol se pone en el desierto. La tierra fluctúa del rojo oscuro al negro en apenas diez minutos. Las placas emiten el último reflejo antes de quedarse desocupadas y negras, azotadas por el viento del interior que siempre comienza a soplar al atardecer. El viejo habitante del desierto espera tumbado en la arena, cubierto con una manta de material térmico que se mimetiza con el suelo. Arrastrándose, llega hasta la valla que delimita el complejo y se introduce en uno de los agujeros que sus hermanos han excavado durante los últimos meses. El secreto está en la paciencia, algo que hace mucho tiempo que el hombre occidental ha perdido. Cuando llega al otro lado de la valla, repta para evitar los sensores de movimiento. Su cara está curtida por el sol, llena de surcos. Así tumbado, saca una objeto de su mochila y lo coloca en una pequeña construcción metálica de forma cilíndrica. Sabe que es uno de los quinientos colectores de energía sembrados cada dos kilómetros, la red que almacena y distribuye esa inmensa cantidad de energía del Norte de África al resto del mundo. Al acabar el trabajo, cubre el objeto con el mismo material que le ha permitido permanecer oculto y deshace el camino. Cuando está de nuevo a salvo, da la gracias a Dios y, siguiendo su costumbre, pide no morir en estos años, pide a Dios que lo mantenga con vida el tiempo suficiente para poder presenciar el gran momento.
jueves, junio 18, 2009
Bochorno
Hace calor. Bochorno. El hombre cocina en soledad mientras su mujer ha ido con los niños al centro comercial. Suda sin ser consciente de ello y, de vez en cuando, siente en las axilas una sensación de frescor que no espera cuando el viento entra en la cocina.
El hombre pone a sofreír la cebolla y el ajo en aceite de oliva virgen a muy baja temperatura. Poco a poco la cocina se llena de un aroma dulce. Escoge entonces tres tomates de la cesta que les trajo un vecino y los mete bajo el agua. Saca el corazón utilizando con habilidad un cuchillo pequeño y los divide en cuartos, que trocea cortando siempre por la parte de la pulpa.
El cielo es de color gris azulado. Las nubes han cubierto el sol pero, como una cúpula de vidrio, han encerrado el aire en su interior, que permanece quieto y caliente. También los árboles del prado parecen estar esperando algo. La radio ha dicho que se alcanzarán los 35º C.
El hombre, con un cuchillo de hoja estrecha y afilada, hace un corte en el vientre del perro muerto que yace en la encimera. Su mujer lo llamaba Aníbal. Con un movimiento experto le arranca la piel, volviendo el cuerpo como un calcetín y le corta las manos para separarla definitivamente. Tira el pellejo a una bolsa de basura negra, donde, a continuación, arroja también la cabeza y el rabo.
Las escalas repetidas de las clases de piano de la niña de los vecinos se extienden en ondas caprichosas, a merced del viento. El termómetro exterior sigue indicando 33º C, igual que media hora antes.
Nota las gotas de sudor acumulándose en sus cejas. Se lava las manos, sanguinolentas tras eviscerar al animal, y se las seca con un trapo, que le sirve también para limpiarse la frente. Coloca en la olla los pedazos de carne, teniendo cuidado de distribuirlos bien y añade sal, pimienta, azafrán y laurel. Tras cinco minutos, da la vuelta a la carne y añade medio vaso de vino blanco oloroso.
En el exterior, poco a poco, el viento comienza a arreciar. Las nubes se arremolinan nerviosas allá arriba, tornándose de un color oscuro, entre el gris y el azul. Ya ni siquiera puede verse exactamente donde está el sol. La temperatura sigue en 33º C, inamovible.
La cocina huele bien, como todos los domingos. El vino ha perdido el alcohol y tras remover el guiso con una cuchara de palo, lo cubre con agua. Cierra entonces la olla y la programa para que emita una señal a los veinte minutos.
El viento comienza a ulular en el garaje. Baja a cerrar la puerta de fuera y recuerda entonces la bolsa de basura negra. Vuelve a la cocina, la recoge y, junto con el contenido del recogedor, mete en ella también el trapo con el que se ha limpiado las manos.
La olla pita y al liberarla del vapor, el aroma resulta delicioso. La mueve entonces suavemente de izquierda a derecha, para comprobar si alguno de los trozos de carne se ha quedado adherido. El guiso se mueve sin problemas, denso, con la textura justa. Con un tenedor toma entonces un poco de carne para comprobar su grado de cocción. Está perfecta. Añade al guiso diez puñados de arroz, lo remueve y lo pone a fuego lento.
Su mujer y sus hijos llegan justo cuando está terminando de secarse de la ducha. Sale del baño, fresco y despejado, para besar a su familia. Los niños dicen a gritos que están hambrientos y que huele muy bien, que la comida que más les gusta del mundo es el arroz de su padre. Ponen el mantel, los cubiertos, el agua, el pan, los platos. Sirven el arroz y la carne y comienzan a comer.
Entonces los niños preguntan por Aníbal y él les contesta que no, que no lo ha visto; que habrá salido a dar una vuelta. Ya sabéis que lo hace a menudo, que este perro es un descastado. Esperemos que no le suceda nada, que no se encuentre con un perro mayor que él, ya lo conocéis, con las malas pulgas que tiene, esperemos que no se meta en una pelea o algo. Bueno, ya volverá cuando tenga hambre, ya sabéis cómo es.
martes, noviembre 11, 2008
Molicie
En la calle, un par de turistas con pantalones cortos y gorra caminan pegados a la pared, evitando el sol. El aire vibra por el calor que sale del suelo.
Me recuesto boca arriba en la cama y me acaricio el vientre mojado. Fumo un cigarrillo y el humo hace arabescos. Las partículas en suspensión se iluminan por los dos rayos de sol que consiguen pasar la barrera de madera. Recorro con los ojos la habitación y sigo las grietas en la pintura, el vuelo lento de un par de moscas, el recorrido de una gota de sudor que cae desde el cuello de la mujer, que se desliza blanda y espesa hasta alcanzar la mitad de su espalda.
Un perro ladra. Se oye a alguien llamando chistar. El murmullo de los aires acondicionados es como un sonido justo en el umbral de la percepción. Los muros de las casas dejan salir algunos diálogos de la primera telenovela de la tarde.
En este momento, la mujer me ha olvidado, ya no estoy con ella, ni dentro ni fuera de ella. Ahora ella está en otro sitio al que no puedo llegar. No me parece mal. Me gusta mirarla mientras duerme. Estará soñando. La miro una vez más y entonces hago algo sentimental: la beso en la mejilla, como si fuera la futura madre de mis hijos.
Observo desde la altura la suavidad de las piedras antiguas, redondeadas por el paso del tiempo y descolocadas por el movimiento de las raíces. En esta ciudad ni siquiera se pueden cambiar las losas de la calle sin llamar a un arqueólogo.
Me levanto de la cama. Me visto con ropa ligera y me voy. Cuando salgo a la calle una vaharada caliente y espesa me golpea la cara, así que busco una cafetería que esté abierta y entro. Pido un café solo y comienzo a leer un libro que compré por la mañana.
Cuando termino de leer han transcurrido dos horas y la temperatura ha descendido cinco grados. En la calle comienza a verse a gente que aún guarda en la cara rastros de la somnolencia de la siesta. Vuelvo a la habitación de mi hotel. La mujer ya se ha ido.
lunes, noviembre 03, 2008
Disparos
Pasan las horas apostados tras un montículo vigilando un puesto enemigo. Los cabrones son duros. Se suponía que ya habían ganado esta guerra y, sin embargo, todas las semanas hay bajas en su unidad. Ahora hay una operación en marcha, quieren echarlos de veinte o veinticinco aldeas y aumentar la franja de seguridad en torno a la frontera. Las pastillas le dejan la boca seca. Sin embargo, todos saben que es un efecto que no se disipa con el agua, que deben soportarlo a cambio de permanecer despiertos y no arriesgarse a ser degollados por cualquiera de estos hijos de puta, convencidos de estar haciendo la guerra al mismo diablo. Cabrones. Pedregosos como el paisaje, así son estos hijos de puta. Él mismo vio una vez a un combatiente al que le faltaba el brazo izquierdo y un pie. Un puto lisiado disparándoles. Por el contrario, el setenta por ciento de los nuestros están aquí para conseguir los papeles y el treinta por ciento restante por inconsciencia, por no saber dónde se metían, por idiotas. Como él.
Entonces comienza el tiroteo y siente su hombro palpitando por el retroceso de su arma. Todos tiran. Llega el apoyo aéreo y estallan los gritos de júbilo cuando una defensa enemiga —un refugio excavado en el suelo y protegido por sacos terreros— salta por los aires. Ahora su columna se desplaza en zig-zag, con la cabeza agachada, tratando de conseguir una posición segura. Suenan ráfagas. El sol está empezando a calentar haciendo que la tierra adquiera un tono rojizo, como si recordara la sangre que ha absorbido durante estos siete años de guerra de mierda. Aquí y allá hay destellos, fragmentos de cristal suavizados por el tiempo que quedaron enterrados y que relucen al reflejar los rayos del sol. Sus compañeros se echan cuerpo a tierra y él los imita. Ahora hay demasiado ruido para saber exactamente de dónde vienen los disparos. Parece que les han atrapado entre dos fuegos, que les han tendido una emboscada. No sabe qué está pasando. Ve a Antonio, el dominicano, caer a su lado mientras se agarra el vientre. No cree que tenga ninguna posibilidad, ha podido ver sus ojos, su cara de miedo, su terror. Se arrastra sobre su estómago hasta una barrera natural. Ahora puede observar la situación con algo de distancia. Dos grupos de tiradores les atacan. A órdenes de su sargento, su columna se divide en dos. A él le toca el grupo de la izquierda. Todos cargan los fusiles con munición de mortero y comienzan a disparar. Cuando han transcurrido unos quince minutos, detienen el fuego. Ahora no se oye nada. Una alta columna de polvo se levanta a unos quinientos metros, parece que han neutralizado al enemigo. El famoso silencio tras la batalla no es más que sordera transitoria, demasiadas explosiones, demasiado cerca. Antonio yace con la mirada vacía, boca arriba, un hilillo de sangre la cae de la boca. Su mujer lo esperará en vano. Nunca tendrá hijos.
Cabrones, grita, cabrones... Y sale del refugio para rematar a los que hayan quedado vivos. En ese momento, siente una gran golpe en la espalda. No cree que haya sido nada. Si no duele, seguro que no ha sido nada. Y entonces se desploma como un títere al que hubieran cortado los hilos.
viernes, septiembre 26, 2008
Vigilante
Él, sin embargo, suele dormir bastante bien aunque hoy no pueda hacerlo. Se acuesta y, normalmente, antes de diez minutos su respiración se relaja y se hace más profunda y tras un par de horas sus ojos comienzan a moverse rápidamente dentro de los párpados cerrados (es curioso observar esos ojos cubiertos por una fina película de carne moviéndose a toda velocidad) y su boca se curva en una sonrisa. Debe de ser bonito soñar, a él siempre se le pone una sonrisa hermosa cuando sueña.
A veces viene a la casa una mujer, pero eso no suele suceder muy a menudo. En esos casos, el hombre, en lugar de llegar a casa, ponerse el pijama, ver un rato la televisión y masturbarse delante de la pantalla del ordenador antes de acostarse, abre una botella de vino, sirve un par de copas, pone algo de picar y elige música alegre y confiada. Cuando esto ocurre se comporta de forma extraña y sonríe muchísimo más de lo habitual. Normalmente mira a los ojos de la mujer que lo acompaña y siempre llega un momento en el que su mano acaricia la cara de la mujer y que va siempre antes del remolino de ropa, de la saliva y de los besos. Esas noches, cuando observo su cama en la pantalla veo dos bultos diferentes respirando acompasados pero sólo el hombre sonríe siempre. Las mujeres sonríen a veces y a veces no.
En otras ocasiones vienen varios hombres a la casa y juegan a las cartas. Yo sé que van a venir porque el hombre siempre compra licores fuertes, galletas saladas, patatas fritas y otras cosas y pone un tapete verde en la mesa del salón. Cuando pone el tapete, yo ya sé que cuatro personas aparecerán en la puerta de la casa en cualquier momento. Uno alto y gordo, vestido con un traje inmenso, y tres de la misma estatura del hombre, más o menos. Todos parecen mayores de cuarenta años y van bien vestidos, con chaquetas. Dos de ellos suelen llevar corbata, que siempre se quitan cuando llevan jugando y bebiendo un par de horas. A mí me parece que se divierten bastante, al menos, sus carcajadas resuenan bien altas en la sala cuando alguno de ellos hace un comentario divertido. Pero igual es el alcohol. Me caen bien cuando están jugando a las cartas y divirtiéndose.
A la hora del amanecer debo rellenar un informe en el que daré cuenta de cómo ha pasado la noche. Hoy escribiré que ha estado despierto durante más de cuatro horas intentando dormir. Que se ha revuelto inquieto en su cama sin conseguir concilar el sueño. Que se movía hacia un lado y más tarde hacia el otro, como si todo el peso del mundo estuviera presionadole el pecho.
jueves, septiembre 18, 2008
Matrimonio
Miró durante un rato a un gorrión que se buscaba la vida por allí. El pájaro había levantado una manzana y se estaba comiendo tranquilamente las hormigas que había debajo. Sonrió. Le pareció un signo de inteligencia que el pájaro supiera que debajo de las manzanas siempre hay hormigas que se están alimentando de ella. Dio otro mordisco al bocadillo y bebió un trago de cocacola. Recordó el tiempo en el que a él le molestaba pasar tan poco tiempo con su mujer. Habían discutido algunas veces por eso pero eran cuestiones de trabajo y poco se podía hacer ante ellas. Así eran las cosas. Y la verdad es ahora creía que era mejor no verse demasiado, que las parejas que duran más tiempo, por desesperanzador que suene, suelen ser aquellas que pasan menos tiempo juntas, las que aprenden a dejarse espacio. Así habían conseguido casi trece años de felicidad conyugal.
Volvió a la oficina y se sentó de nuevo ante el ordenador. Después de veinte minutos, el procesador de textos dejó de funcionar. Tras maldecir por no haber guardado el archivo en el que estaba trabajando, comprobó el alcance del desastre y vio que no había sido para tanto. Sus últimos quince minutos de escritura, sin embargo, se habían volatilizado. Solo eran información perdida en la memoria que el ordenador ya no identificaba como texto. Tendría que volver a hacerlo, ahora que el informe sobre un nuevo servicio de la competencia ya estaba casi terminado. Pulsó el botón izquierdo del ratón y lo dejó pulsado, con el cursor apoyado sobre la flechita de abajo de la barra de desplazamiento. Zuuuuuuuum.
Cuando llegó al final, se encontró con cuatro palabras que no estaban ahí antes, cuatro palabras que tal vez fueran restos de un archivo anterior o de un correo. No recordaba haberlas leído últimamente. Seguramente serían parte de alguno de esos correos con chorradas divertidas que todo el mundo recibe. Los ordenadores a veces tienen comportamientos que parecen extraños pero que son solo azarosos. Probablemente, el procesador, al intentar recuperar la mayor cantidad posible de información de la memoria, había acabado por identificarlas como parte del archivo en el que trabajaba. Aunque no fuera así. De todos los símbolos extraños que podía haber encontrado al final del texto, había ido a encontrar precisamente aquellas palabras. Las palabras decían “Tu mujer te engaña”.
Empezó a notar como la rabia le subía por la garganta desde la boca del estómago, algo viscoso y lento que se acumulaba en los ojos en forma de lágrimas. Subía y subía inundando poco a poco su esófago, su tráquea, su boca y su cabeza. Cuando el sabor metálico en su boca le descubrió que se había mordido la lengua hasta provocarse una herida sangrante, agarró el monitor y lo tiró con fuerza contra la ventana. La ventaba se resquebrajó pero no llegó romperse. Entonces, dejó la oficina dando un portazo.
lunes, agosto 11, 2008
Ausencia
Con sus formas rotundas, perfectos trazos armónicos que se movían ligeramente al andar, cruzó la puerta del bloque de apartamentos, soñando con la tarde que pasaría en casa de su amante, recordando otras ocasiones similares, fantaseando con las horas por llegar.
Casi siempre conseguía lo que se proponía, era cuestión de dejar que las cosas siguieran su curso porque los hombres, y sobre todo los hombres inteligentes, siempre estaban dispuestos a complacer a las mujeres hermosas. Y con este hombre no había sido diferente. Tan solo había necesitado dejar que el tiempo pasara, y aquí estaba ella, visitando por fin su casa, un ático en el centro de la gran ciudad. Ya era la cuarta cita y era la primera vez que visitaba aquel lugar. Las veces anteriores habían quedado en un hotel porque era un hombre casado y ella era una mujer discreta que entendía sus resevas. Solía pensar que las cosas maduraban y caían cuando estaban dispuestas, cuando llegaba su tiempo. Y así sería también en esta ocasión.
Llevaba los tacones con elegancia, como si fueran parte de su cuerpo, no como esas mujeres que no saben caminar con ellos y aún así se someten a la tortura de llevarlos. El suelo de madera encerada del suelo del ascensor, tan brillante que costaba trabajo fijar la vista sobre él, reflejaba de forma distorsionada su figura. Se retocó el peinado antes de salir, segura de que ese día tampoco habría nada que su belleza no pudiera conseguir. Llamó varias veces a la puerta y después de cinco minutos esperando que le abrieran marcó un número de teléfono en el móvil pensando que seguramente su amante estaría duchándose, a pesar de había llegado a la hora convenida, y que por eso no oiría el timbre de la puerta. Sin embargo, solo pudo dejar un mensaje en su buzón de voz. Tras otros cinco minutos, volvió a dejar otro mensaje, con un tono más indignado. Después del cuarto de hora de cortesía, cuando le resultó evidente que no había nadie en la casa, se marchó. Sola.
domingo, junio 01, 2008
Samurái
El despertador suena a las seis y media de la mañana y vuelvo a pensar, como todos los días, que debería acostarme antes de las once. Pasan diez minutos en los que, ya despierto, trato de abrir los ojos. Suena el despertador por segunda vez. Me levanto y voy hacia el baño. Me afeito, me lavo los dientes, me enjuago la boca con colutorio, me meto en la ducha. El agua caliente me sienta bien. Al llegar a la oficina, leeré el correo, bajaré a tomar el primer café de la mañana con un libro, subiré y me sentaré delante del ordenador. Si hay algo urgente que hacer, lo haré y si ese no es el caso, ojearé el periódico y trabajaré en algún proyecto pendiente.
Los días pasan de forma casi imperceptible, acumulándose sobre mi espalda sin esfuerzo. Estoy algo triste pero no le doy importancia, he aprendido que ese sentimiento pasará y que basta con aguantar un par de días para volver a la rutina. Casi diez años trabajando en esta oficina. A veces pienso que mi vida se ha detenido y que no consigo encontrar el interruptor para volver a ponerla en marcha. A veces pienso que el problema es la dirección. Que lo que no consigo encontrar es el volante. Pero la mayoría del tiempo no pienso demasiado sobre ello. Vivo solo y me he acostumbrado a no hablar con nadie al llegar a casa. Me he acostumbrado a leer a autores muertos. A ver películas antiguas. Me he acostumbrado a abstenerme. Ese es el camino.
Un día sonará el teléfono y tendré que cumplir una misión. El trabajo que soy.
El camino del samurái.
lunes, mayo 12, 2008
Portería
Empezó a trabajar con dieciocho años como portero y veinticinco años después aún continuaba allí. Nunca había vivido en otro lugar. Cuando su padre murió quince años después que su madre, reformó la casa que tenían en el último piso del inmueble y la decoró más a su gusto. Tiró casi todos los objetos que su madre había sembrado por la casa pero conservó un retrato antiguo en el que sus padres aparecían de jóvenes. Le parecía increíble que sus padres hubieran sido jóvenes alguna vez, el sólo podía recordarlos con la cara llena de arrugas de expresión.
Durante aquellos veinticinco años había intentado aprovechar el tiempo. Se había matriculado en un montón de cursos por correspondencia, se había hecho de un club de lectura, había aprendido inglés, se había cultivado. No se había quedado quieto en la portería leyendo la prensa deportiva y mirando ceñudo cuando aparecía alguien desconocido. Al menos, no todo el tiempo.
Siempre pensaba en la suerte que había tenido con la portería. Tal y como estaban las cosas con la vivienda, no tener que pagar una hipoteca y tener un empleo estable y seguro le parecían el paraíso. Además, cuando apareció Internet, su aburrimiento encontró consuelo. Los libros de la biblioteca a veces le cansaban y últimamente se limitaba a leer el libro que debía comentar en el club. Pero Internet era otra cosa, era imposible aburrirse si uno tenía curiosidad.
Nunca podía viajar porque en agosto los vecinos era cuando más lo necesitaban, se quedaban mucho más tranquilos, decían. En los últimos años, el barrio no era un lugar muy seguro y era mucho mejor que el portero estuviera allí y evitara que se colaran los ladrones vestidos de encuestadores para averiguar qué casas estaban vacías o para robar los cables. Además, él no tenía familia, así que no le importaría dejar las vacaciones para otro mes, decían también.
Cuando en octubre tenía vacaciones, hacía muy mal tiempo en casi todo el mundo al alcance de su presupuesto, excepto en Canarias, donde había estado un par de veces y en el Caribe, donde vivió una historia de amor con una mulata que le rompió el corazón, le vació el bolsillo y le previno en contra de los viajes trasanlánticos. Por eso casi siempre se quedaba en la gran ciudad, metido en su piso de la última planta, leyendo y chateando. Como los vecinos sabían que estaba allí, muchas veces tenía que resolver algún problema relacionado con la finca. No había nadie que conociera sus triquiñuelas como él.
Hoy ha llegado al barrio un desfile de máquinas amarillas por la avenida. Según parece, el nuevo plan urbanístico del ayuntamiento contempla derribar las casas antiguas del barrio para construir nuevos bloques de apartamentos, de esos con portero automático con cámara de vídeo. Han llegado a la finca unas cuantas cartas certificadas que los vecinos no se han molestado en ir a recoger pues el presidente opina que si no se recogen en correos, pueden alegar que no se han recibido. Todos están de acuerdo, algo que sucede raras veces. Han oído tantas veces que el ayuntamiento pretende derribar las casas de realojo del barrio que no acaban de creérselo. A fin de cuentas, aquellas casas han sido suyas durante más de medio siglo y no pueden ponerlos de patitas en la calle, a pesar del nuevo barrio que ha surgido en los alrededores y que está plagado de grandes edificios y centros de convenciones. Sin embargo, hoy el portero no puede dejar de mirar las relucientes máquinas amarillas, con sus enormes pinzas y palas.
Parecen animales hambrientos, piensa.
viernes, abril 18, 2008
Sapo
Desde luego, lo que no le pasó por la cabeza fue besarlo (cómo besar a un bicho maloliente y lleno de verrugas; las princesas de los cuentos siempre hacen cosas rarísimas, probablemente debido a una falta de atención materna evidente, con todas esas madres muertas y esas madrastras odiosas) sino más bien patearlo (se había criado entre la guardia de confianza de su padre y era un poco chicazo), así que le lanzó una patada que, inexplicablemente, no dio en el blanco. Entonces miró al sapo sorprendida. No entendía cómo era posible que un animal tan lento en tierra hubiera podido esquivar el puntapié. Así que, para no fallar ahora, intentó pisarlo y acabar de una vez con aquel bicho (siempre le habían dado un asco tremendo, aunque evitara mostrarlo en público para no parecer demasiado femenina) pero, una vez más, cuando saltó con todas sus fuerzas intentando aplastarlo, el sapo se escabulló.
La princesa cada vez estaba más enfadada con el sapo y consigo misma (es sabido que la tolerancia a la frustración de los jóvenes ha sido siempre mínima, incluso en el tiempo mítico de los cuentos) así que sacó su espadín (un regalo del teniente Marcial, íntimo amigo de su padre quien, por cierto, últimamente la miraba con ojos raros) para ensartarlo.
Entonces, antes de que sucediera algo irreparable ocurrió la transformación (ya, ya, es demasiado evidente, pero es que en los cuentos las transformaciones tienen el objetivo de mostrar que lo importante está en el interior y que la apariencia externa es lo de menos, aunque ya de mayores comprendamos que los cuentos nunca dicen la verdad y en este tema, menos que en ninguno) y el sapo se convirtió en un príncipe rubio (es importante que sea rubio, los anglosajones, gracias a Disney, han impuesto un ideal de belleza que el cuento debe respetar para ser políticamente correcto).
-¿Pero qué haces? ¿estás loca? -dijo el príncipe.
-No, sólo me dan asco los sapos, nada más -contesto la princesa.
-¿Pero tú no sabes que los sapos pueden ser apuestos príncipes como yo?
-¿Apuesto tú? Pero si pareces una muñequita, si tienes las manos más suaves que las mías. Seguro que no has empuñado una espada en tu vida.
-Por Dios, no sé donde vamos a llegar... Se suponía que la princesa que me besara desharía mi hechizo y se enamoraría perdidamente de mí, que seríamos felices, que tendríamos niños, que comeríamos perdices, lo normal.
-Pues chico, siento decepcionarte, pero es que no me gustas nada de nada. Me pareces una nena. Todavía si fueras moreno y con pelo en el pecho como Marcial... Aunque sí que tengo una prima que igual es tu tipo.
-Gracias por el interés pero déjalo, gracias. Me temo que es demasiado tarde, como no he conseguido que te enamores de mí, estoy a punto de volver a convertirme en sapo.
En ese momento, sóno un chasquido (otra influencia de Disney, casi podemos ver las letras en el aire, dibujadas como en una viñeta remarcando el sonido) y el príncipe se transformó de nuevo en un sapo. Parecía un poco adormilado, como si volviera de un viaje muy largo. Aprovechando la situación, la princesa saltó sobre él. El sapo, despachurrado, le dirigió una última mirada interrogativa cargada de incomprensión.
La princesa simplemente pensó: "Un repugnante sapo menos en el mundo" y después se fue a buscar a Marcial.
jueves, abril 17, 2008
Enviando...
Y entre párrafo y párrafo alguna digresión, tampoco demasiado innovadora. La conciencia como el más sorprendente resultado del azar que gobierna el universo; la música de las esferas y los planetas girando en sus órbitas, tan matemáticas; el eterno círculo de la materia, las moléculas del bigote del muerto (la queratina es una proteína con gran contenido en azufre) siendo expulsadas dos millones de años después en una erupción volcánica; la imposibilidad de predecir el comportamiento en sistemas caóticos; en fin, esas cosas. Una especie de reflexión sobre la existencia y lo que supone dejarla para todos nosotros, pobres primates superiores. Y la fantástica complejidad del mundo. Y su belleza.
Entonces, pulsó el botón Enviar del programa de correo electrónico que utilizaba para tener su propio relato en el correo. Así podría leerlo desde cualquier lugar con una conexión a Internet. Como siempre, apareció el mensaje: "Enviando..." en la pantalla. Treinta segundos después el mensaje seguía allí, por lo que parecía claro que el programa se había quedado colgado. En su casa tenía una red inalámbrica y aquello le pasaba de vez en cuando, como si las letras no encontraran el camino correcto a lo largo del pasillo para llegar hasta el router. Volvería a intentarlo y ya está, tampoco era para tanto, los programas se cuelgan constantemente y no pasa nada. Sin embargo, cuando intentó abrir el archivo con el texto, la pantalla se llenó de caracteres incomprensibles. El relato ya no existía.
Desde entonces, cuando va desde su estudio al salón nota un ligero cosquilleo que no sabe a qué achacar y percibe en la retina unos pequeños puntos negros brillantes.
lunes, marzo 17, 2008
Incomprensión
La noche de su primera cita todo había ido sobre ruedas, Juan había llegado a su casa a las 19.00, sin retraso, oliendo muy bien y recién afeitado. Le gustaban los hombres puntuales, los que no la hacían esperar. Demostraban respeto por ella. Hacía tiempo que no salía con nadie, casi un año, y estaba algo nerviosa. El vestido negro de tirantes y los tacones habían sido, como siempre, su elección. Se veía muy guapa. Juan la había llevado a cenar a un restaurante japonés y fue en esa cena cuando decidió acabar con él en la cama en la siguiente cita. Él había apostado por la comida exótica para impresionarla pero ella tuvo que reprimir más de una sonrisa para no incomodarlo. Como cuando Juan se había llevado el wasabi, esa pasta verde que sabe a rayos, directamente a la boca, en lugar de mezclarlo con la salsa de soja. En fin, sus esfuerzos por parecer mundano le parecieron enternecedores. Al final, Juan había reconocido que la comida japonesa no le gustaba mucho (más bien nada) y que era la primera vez que pisaba un restaurante así. Cómo evitar acabar en la cama con un hombre así, que se mostraba tan torpe en su primera cita con una mujer.
Tenía que haberme ido, piensa mientras la sangre se escurre por sus piernas hasta el suelo, tenía que haberme ido o haberlo denunciado alguna de las veces en las que me pegó, haber hecho algo, haber pedido ayuda, haber huido. Mira la sangre y sigue sin creerse que sea suya, que todo esto le esté sucediendo a ella, que vaya a ser portada en los periódicos. Mira la sangre y no comprende qué impulso suicida la animó a quedarse. Mira la sangre y no entiende nada.