jueves, abril 22, 2010

El Bremen en el Ladrón de Tinta

El viernes 23 de abril celebramos «La noche de los libros». La tripulación del Bremen irá al Ladrón de Tinta a jugar con las palabras. Si te apetece participar en nuestro concurso de microrrelatos solo tienes que pasarte por la calle Noviciado, número 2. Nosotros te daremos el papel, el boli y el tema. Tú pones el resto. Si además te apetece podrás leernos tu cuento. El lunes pondremos todos los textos participantes en nuestro blog para empezar una votación que terminará el siguiente viernes. El ganador recibira un ejemplar de nuestro libro y una invitación para asistir a una de nuestras reuniones quincenales y conocer nuestro barco-gruta. Los dos finalistas podrán llevarse también un ejemplar de «Camarote 503. 16 historias desde el Bremen»
¡Te esperamos!

Ladrón de Tinta
c/Noviciado 2
23 de abril
20.00h

miércoles, abril 14, 2010

Encajar*

El mejor boxeador es el que sabe encajar. Le golpean en el hígado, en la mandíbula, en la nariz y apartándose las lágrimas con los guantes, sigue en pie dispuesto. Y devuelve los golpes.
Después, el médico le sutura la ceja rota, le endereza el puente de la nariz y sigue entrenándose para el siguiente combate. Como Muhammad Alí en el combate del siglo contra Foreman: casi todo el combate encajando, su cerebro retumbando contra su cráneo camino del Parkinson y aguantando hasta conseguir colocar un gancho que derribara a su contrincante.

Tal vez encajar sea algo que a lo que todos deberíamos aprender: a cosernos los puntos mirándonos al espejo, a notar la sangre en la boca, con ese sabor metálico y salobre. A derrumbarnos y ser capaces de apoyar las manos en el suelo, contraer los músculos y volver a levantarnos aunque sea tan sólo para volver a caernos, cegados por la hinchazón de los ojos.

Para que así, cuando suene la campana en el asalto final, poder decirnos que hicimos todo lo que pudimos, que lo intentamos de corazón, que nos cubrimos y tiramos muchos golpes, que mantuvimos el juego de piernas, que nunca perdimos la cara, que fuimos valientes, pero que el contricante era demasiado fuerte y nunca había perdido un combate.

*Este texto se publicó hace casi cuatro años, pero hoy me apetecía rescatarlo.

martes, abril 13, 2010

Y esperanza

La esperanza

Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.

Dice Bolaño que vienen los días como muchachos caminantes y yo quiero creerlo, quiero creer en los alegres muchachos por venir. Pero a veces a mi espera le faltan estas tres letras: -nza. Tres letras que parecen un nombre japonés o un adjetivo africano. Tres letras que son los cimientos de la palabra aunque se disfracen de tejado o de porche. Basta borrarlas para que la casa comience a tener manchas de humedad y los ratones continúen royendo incansables los cimientos.

Y el día que se venga abajo, por fin los vagabundos se harán con los trastos viejos que se acumulaban en el desván.

Si encontráis alguno en uno de esos mercadillos callejeros, no paguéis demasiado por él. No merece la pena.

Que conste que os he avisado.

lunes, abril 12, 2010

Amor

Dijo el telediario que la hambruna había matado a veinte mil campesinos en un país sudamericano o asiático, qué más daba. Se veía la desolación de la gente en las imágenes. Algo relacionado con el precio del café o del té. Los precios descendieron a la mitad gracias a un movimiento especulativo y dos meses más tarde veinte mil campesinos agonizaban. Tres semanas después, el responsable de ese movimiento, un agente de bolsa enamorado de su preciosa mujer, anota en una hoja estos versos de Pere Gimferrer para leérselos en voz alta:

(...)

así, como el molino jaspeado
o como la herrería del añil
en el cielo de puesta, van los cuerpos
precipitados a la embocadura,
como si no pudiéramos vivir
más que asidos el uno al otro, un garfio
de batista o de rosa, aquel rasguño
con que la piel al rojo vivo dice
fuegos de artillería del amor


(...)

jueves, abril 08, 2010

Barrio VIII

—Hay que pirarse —nos dice el Rati bajando la voz y metiéndonos prisa.
—¿Qué pasa, coño?
—Que nos han visto.
—¿Qué os han visto haciendo qué? —preguntamos mientras le echamos un vistazo al colega del Rati: el mismo corte de pelo, los mismos tatuajes hechos en la cárcel, las mismas cadenas de oro, la misma cara llena de cicatrices pequeñas.
—Entrando al bar. Joder. Nos han visto los de la tienda de enfrente. Tenemos que pirarnos.
—Pero... ¿entrando al bar a qué?
—Pues... A reventar las tragaperras —dice el hijo de puta mientras no puede evitar la risa—. Estábamos muy puestos y nos dio por ahí.
Apenas hacía tres o cuatro horas que nos habíamos desplomado dentro de nuestra tienda de campaña, casi inconscientes, tras una noche de farra en el camping de la costa donde pasábamos una semana de vacaciones. El Rati siempre hacía cosas parecidas. Por una de ellas había estado en la cárcel, lo que no había contribuido mucho ni a su buen humor ni a su contención. Se ponía de todo lo que encontraba excepto caballo, que pertenecía a una época de su vida que prefería olvidar. En realidad, todos preferíamos olvidar aquella época. Encima, siempre había tenido mucho éxito con las mujeres el muy cabrón. Otro de los amigos, en aquellas ocasiones en las que desaparecía y luego lo encontrábamos metiendo en un servicio, o en el asiento de atrás de un coche, siempre decía con envidia que el Rati tenía el sello de calidad en la frente, que las mujeres lo sabían, que por eso se le daba tan bien. Ninguno de nosotros se preocupaba cuando no lo encontrábamos al salir de alguno de los garitos de la noche. El Rati era de esas personas que suelen poner en peligro a los demás, no al revés. Pensábamos, más bien, que estaría follándose a alguna, el muy hijo de la gran puta.
—Y, ¿cómo os colásteis?
—Por un hueco que había en la parte de atras. Pero ya está bien de charla, coño, que os estoy diciendo que hay que abrirse. ¿Está todo pagado?
—Pues sí. Lo pagamos todo ayer.
—Hala, pues agüita.
—Joder, Rati, me cago en tu puta madre. Siempre igual. A ver si algún día podemos pasar una semanita tranquila, coño.
—Ya.
—Te lo digo en serio, tío. Estoy hasta los huevos.
—Vale. Pero hay que moverse. Ya.
Nos levantamos y desmontamos la tienda rápidamente. Tras meterla de cualquier manera en el maletero, salimos del camping con tranquilidad, sin armar mucho ruido para no despertar a nadie. Solo nos permitimos las carcajadas cuando el coche estaba ya en la carretera nacional y el Rati decía: Nos vamos a poner de gambas hasta arriba. Por estas.

jueves, marzo 25, 2010

Barrio VII

A veces, nos montábamos cuatro en un coche y hacíamos una excursión a otro barrio aún peor que el nuestro para conseguir sustancias de mejor calidad o más baratas. Daba igual una cosa que la otra. A mayor oferta, precios más bajos o mejor calidad del producto. Según parece, esa es una de las claves del capitalismo. Y ¿qué mejor expresión del capitalismo en estado puro que el contrabando? Allí donde no existe regulación, se imponen los tiros pero incluso los que mandan sobre los pistoleros saben que los negocios son mejores sin violencia, que se trata de competir por una cuota de mercado, que la guerra de precios reduce el tamaño del negocio para todos, que, como tal vez hagan los directivos de las grandes empresas energéticas o de telecomunicaciones, a veces es mucho mejor jugar nueve hoyos en el club (o compartir nueve putas en el club, es igual) y ponerse de acuerdo en un precio máximo y otro mínimo que perder parte de la tajada por la competencia.
Ahora ya he aprendido de economía y de marketing, ya he aprendido a interpretar el signo de los tiempos leyendo entre líneas en las páginas de economía, a advertir el signo torcido de los tiempos en las cuentas de resultados trimestrales de las multinacionales del IBEX. Entonces no. Entonces sabíamos otras cosas, por ejemplo que cuando llegaban las lecheras para hacer una redada en esos barrios peores (siempre nos preguntamos por qué ponían a todo volumen las sirenas cuando iban a hacer algo así, ni que estuvieran intentando que escaparan todos corriendo) los niños que parecían desocupados sobre los bancos iniciaban una cadena de señales, una cadena de señales cuyos ojos llegaban al mismo límite del barrio y que corría secreta, más rauda que los coches de la policía. También sabíamos cómo distinguir a un madero de la secreta intentado pasar desapercibido en un bar. En realidad, siempre nos preguntábamos por qué los policías de la secreta no hacían un curso que les ayudara a pasar desapercibidos. Por entonces casi todos tenían el aspecto de hombres de mediana edad en busca de jovencitas, con aquellos bigotes y aquellos vaqueros comprados en la tienda del barrio. También sabíamos apartarnos discretamente si había una bronca a nuestro lado, o caminar y mirar hacia atrás disimuladamente si alguien nos seguía.
Y aún nos queda algo de eso. Hay cosas que nunca acaban de irse.

martes, marzo 23, 2010

Metafísica

Todo es brillante y la niebla lo llena todo de una extraña luminosidad sobrenatural. Estamos muertos y Dios está ahí arriba y todos nos sentimos invadidos por el amor, llenos de amor, atravesados por él, como si los rayos de amor con los que el Espíritu Santo se coronaba penetraran en nuestro interior como una espada, como muchas espadas afiladas. Todo tiene ahora significado, como si la muerte no fuera nada más que disfrutar y seguir disfrutando de ese momento que otra veces conseguíamos gracias a los estupefacientes: sí, aquel momento epifánico, justo ese. Todo es cómico y trágico a la vez, todo está ahí, sin estar mediatizado por los pensamientos de nadie, sin que tengamos ningún apego a las cosas materiales ni a los pensamientos ni a nosotros mismos. El eterno círculo de la existencia gira sin parar en nuestro estómago mientras Dios sigue ahí, atravesándonos con sus rayos como espadas. Todo es brillante. Y doloroso. Pura felicidad.

jueves, marzo 18, 2010

Barrio VI

Solíamos frecuentar un bar en el que el humo apenas te dejaba ver la cara del amigo que se sentaba enfrente de ti. Un lugar de música atronadora, una constelación de ojos rojos y cazadoras de cuero. El dueño se llamaba Jose y había sido yonqui de heroína unos años antes. Aunque él se consideraba un ex yonqui, la verdad es que seguía drogándose habitualmente, tomaba anfetaminas, cocaína, LSD y éxtasis, fumaba hachís y marihuana pero, eso sí, la heroína ni la tocaba. Conocimos a más de un Jose en la época, alguien que ha estado enganchado al jaco y que si consigue dejarlo ya nunca más se considera un yonqui (aunque para ello deba encontrar otras maneras de ausentarse de sí mismo, ausentarse lo suficiente para no pensar en ponerse un pico, porque detrás del primero ya vendrá el segundo y el tercero, no pensar en ponerse un pico aunque haga falta estar colocado para ello, no pensarlo aunque resulte extraño vivir colocado para poder dejar de estar colocado). Y un buen día, tiempo después, vas caminando por la calle y te llaman, y oyes tu nombre a media voz y cuando te giras ves a Jose. Y pesa quince kilos menos. Y piensas: Ya está. Y te ofrece lo mismo que fueras a comprar a aquel bar. Y te dice que no le ha ido bien. Que el bar cerró. Que discutió con su hermano. Y tú dices: Me alegro de verte. Pero es mentira. No te alegras en absoluto.

Supongo que recordar así a alguien no es justo, ignorar conscientemente quién era y reducirlo a la pobre estampa de un yonqui necesitado, convertirlo en un estereotipo, un pobre desgraciado, un perdedor, un inconsciente, un enfermo. Sobre todo si recuerdas las conversaciones en su bar, los cursos que hacía de vez en cuando con la vana esperanza de cambiar de vida, recuerdas las veces que pagó la ronda, las miradas que le dirigía a su novia. No, no es justo. Y otra vez toma cuerpo en tu cabeza aquella imagen que no consigues olvidar, aunque no sepas muy bien por qué: dos yonquis que duermen abrazados en invierno en una plaza, muy deteriorados, en las últimas y abrazados, a punto de irse y abrazados, con un grado de compromiso que nunca tendrás con ninguna mujer. Porque a lo que se han comprometido es a acompañarse hasta el fin. Que está ahí el fin. Que se le ve venir. Y por eso se abrazan. No porque tengan frío, no.

lunes, marzo 15, 2010

Barrio V

—Dame el reloj —dijo el mayor de los tres mientras me presionaba ligeramente con un pincho en la garganta.
—Ni de coña, si quieres el reloj vas a tener que pinchar —contesté yo en un alarde de inconsciencia propio de la edad.
Siguió presionando hacia arriba y tuve que levantarme poco a poco para evitar el corte. El tipo, de unos veinte años, moreno y con cara de mal bicho, me miró a los ojos y creo que vi admiración aunque ya no estoy seguro, claro.
—¿Sabes por qué no te he quitado el reloj? Porque tienes cojones. Yo no quiero tener que ver con esto —dijo a los otros dos colegas justo antes de guardar el pincho y apoyarse tranquilamente en un bolardo verde a ver cómo acababa todo.
—Dame la cazadora —le dijo el más pequeño a mi amigo mientras le apoyaba un cuchillo pequeño en la barriga
—Lo que te voy a dar es una hostia que te voy a encender, enano. —contestó mi amigo sin dejar de mirarlo a los ojos.
Entonces el pequeño continuó intentándolo con el resto del grupo y consiguió que dos de los miembros del grupo, hermanos, les dieran un reloj y una cazadora. Nosotros dos, mi amigo y yo, envalentonados, empezamos a gritarles que si tenían huevos que soltaran las navajas, que si tenían huevos solucionaran aquello como hombres. Mi hermano me avisó de que aquello era una estupidez. Si los dueños no habían sido capaces de evitar que les robaran, si no se habían enfrentado a los dos tipos aquellos, era su problema. No íbamos a arriesgarnos nosotros por unas cosas que no eran nuestras.
Meses más tarde, nos enteramos de que el más pequeño —el enano— se llamaba Eufrasio y que con doce años había violado a un niño de diez, algo por lo que lo habían encerrado en el reformatorio. Tal vez se tratara de un rumor, no sé. Siempre era así: alguien contaba algo que le habían contado. Supongo que, a medida que las historias circularan de boca en boca, se irían cargando de tragedia, se irían enriqueciendo con detalles truculentos. Ahora parece difícil creer una historia así. Ahora los yonquis que quedan están muy mayores y muy delgados y siguen vivos de milagro y la mayoría de los que frecuentan las plazas son alcohólicos y mendigos. Entonces era diferente. Aunque todo parezca cubierto de bruma y no esté seguro del todo de que aquellas historias fueran ciertas. Tal vez todo solo fuera ambientación, parte de aquella mitología propia, de aquel folclore constuido con relatos apenas creíbles, con personajes míticos, con pequeñas historias del lumpen que por entonces llenaban nuestras conversaciones y que ahora parecen falsas. No lo sé. Pero sí sé que bastantes conocidos no llegaron a cumplir los cuarenta y ya siempre serán jóvenes, muertos pero jóvenes. Y que las fotografías con sus caras amarillean colgadas en las paredes de los bares que frecuentaban.

viernes, marzo 12, 2010

Sosiego

(con cariño, para Julia,
esperando que la gotita de miel no sea demasiado empalagosa)

Porque aunque las palabras no son de nadie, los poetas son los que mejor las moldean.

Mi homenaje

Vicente Gallego

Por cuanto ya he leído,
me permito afirmar que a nuestro gremio
le parece arriesgado dedicarte un poema.
Tememos un exceso de emoción
y nos asusta el tópico, sin reparar, tal vez,
en que es sentimental y tópica la vida,
y en que no hay sentimiento
más sobrio y menos huero
que aquel al que rehuye la cobarde retórica
de nuestra recelosa tribu.
Pocas veces encuentras, amistad,
el lugar que mereces en los versos de un hombre:
te lo usurpa el amor, ese afecto inconstante,
sentimental y tópico que se dice tu hermano.
No pretendo cargarte de adjetivos,
compararte con nada ni sumar tus virtudes;
solamente quisiera, aunque sea una vez,
certificar mi asombro ante tu gran ausencia
y rendirte homenaje.
Yo te canto, amistad,
sosegada pasión que bendices mi vida.


Y porque los principios siempre son emocionantes.

Somos un incendio sin control.
Sidonie

Y porque también ha habido muchas y muchas mañanas viendo amaneceres azules y muchos y muchos despertares en los que otra mirada ha despertado mi sonrisa antes que a mí.

jueves, marzo 11, 2010

Oceánico

El hombre de ahora mira al hombre de ayer y, aunque lo recuerda, ya no lo conoce. El hombre de ahora fue el de ayer durante mucho tiempo pero ya no. En construcción, siempre en construcción (como un poemario de Vicente Mora), con cada persona (maravillosas mujeres con ropa desperdigada por media ciudad), con cada teorema (¿quién podrá olvidar el Teorema de Rice?), con cada viaje (la dulce y verde Irlanda), con cada orgasmo (aquella cara arrobada por el agradecimiento) y cada libro: frases encima de frases encima de frases que poco a poco entierran al hombre de ayer, que lo sumergen en un océano de palabras, —oceánico, que adjetivo este, oceánico— y cada exposición (esta de Jaume Plensa, por ejemplo, una obra en la que te encierras entre ladrillos de cristal iluminados de rojo temiendo un calor que no existe y otra en la que gotas de agua caen aleatoriamente del cielo sobre platillos de metal que tienen frases grabadas en tres idiomas) y cada paseo, ese caminar perdido por ciudades que no conoces, caminar y observar los altísimos tejados, tan picudos, tan al norte («Al norte del norte» es una canción del ahora que te hace recordar Copenhague de otra manera cuando la oyes) y Francisco Rico (con aquella descripción que hizo de él Javier Marías, con zapatos elegantes de suela de cuero, se te quedó aquello grabado) influyendo en el Quijote y aquella que fue tu mujer con una cola de caballo, grandes gafas, unas zapatillas deportivas y vaqueros gastados, y tantas y tantas noches estudiando, tantos y tantos días escuchando completa la programación de radio de tu emisora musical preferida, y tantas y tantas tardes viendo atardeceres rojos y, mucho tiempo después, tantas y tantas noches llegando a casa y masturbándote triste ante el porno barato de los canales locales.

miércoles, marzo 10, 2010

Barrio IV

—Alucinante, tú, alucinante. No te imaginas la gente que se mete. Estaba el otro día en casa uno de los del bar, del Migue, y se puso unos tiros y una mujer (pero una mujer de mi barrio con niños y todo, no te vayas a creer que es una de las novias habituales) que había ido a la casa a no sé qué, no dijo que no tampoco. Le dijeron que si le apetecía y se metió una raya con una soltura... Yo flipé.
—Ya.
—Flipé, en serio.
—Bueno, no sé de qué te extrañas. En tu barrio se mete todo el mundo.
—Sí, pero como me iba a imaginar yo que hasta mi vecina se metía. Es que no pongo la mano en el fuego por nadie.
—Y tanto.
—Y luego sacaron una jeringuilla y me dijeron que si lo había probado en la vena.
—No me jodas. Espero que no hicieras ninguna gilipollez, tú.
—No, no. Dije que no.
—Menos mal. Era justo lo que te hacía falta, compadre.
—Sí. Y luego en mi casa me hinché de llorar. Porque, por un momento, me lo estuve pensando, amigo, por un momento estuve a punto de decir que sí.
—Venga, que no es nada. Tú no eres como ellos. Tienes una vida y tienes amigos. Mira como está el Jeromi, coño. Ya sabes dónde lleva eso. Pero tienes que dejar de salir tanto entre semana, joder, que cualquier día es bueno ya. Algo tienes que hacer.
—Sí. Algo tengo que hacer.

martes, marzo 09, 2010

Parpadeo

Desde aquí los coches son luces brillantes, meros reflejos a lo lejos, parpadeos en las autovías de circunvalación. Las ventanas azules están recubiertas de una fina malla de material que impide que los cristales se calienten en exceso y también que se perciban con claridad las cosas del otro lado.
Un parpadeo no es más que una interrupción de la vista que ni siquiera advertimos porque el cerebro se encarga de sustituir lo que no vemos, como hace siempre, extrapolando y engañándonos. Somos nuestro cerebro y somos sus esclavos y nuestro primer recuerdo lo ha inventado él por nosotros (¿él/nosotros?) o lo hemos inventado nosotros por él (¿nosotros/él?). Nuestro primer recuerdo (esa escalera empinada, esa habitación con trastos de la guardería en la que la profesora amenazaba encerrar a los más revoltosos) es mentira o no es mentira pero no tenemos posibilidad de comprobarlo, ni siquiera sabemos si existe una realidad objetiva más allá de la percepción, en el caso de que la existencia de una realidad objetiva fuera importante para algo, que no lo sé. Toda la realidad cabe en nuestra cabeza porque somos los que observamos y somos lo observado.
En esta cajita de cristal en la que estoy, en este edificio inteligente (parpadeo) de cristales azules, no hay moscas. Y las moscas son los mejores mecanismos de ingeniería. Las moscas son perfectas y se mueven siguiendo el mejor camino posible. Las moscas tienen un cuerpo pequeño que se consume rápidamente. Viven muy poco y siempre aceleradas. Un instante. Apenas nada. Los colibríes viven algo más pero también se consumen rápidamente. Los olmos duran cientos de años. Los tejos miles. Nosotros ochenta.

(parpadeo)
(entre dos eternidades)
(eso)

Barrio III

—¿Cómo quedó el partido?
—Uno a uno.
—Vaya mierda. Vaya vagos hijoputas que están hechos. No suben a primera porque no quieren, porque saben que la mitad se iría a la calle. Por eso no suben. Porque no les sale de los cojones.
—Tú, pasa eso, cabrón, que siempre haces lo mismo.
—Pero si acabo de encenderlo.
—¡Ea, y así toda la tarde…! Me voy a tener que liar otro. No se puede contigo.
—Porque no les sale de los huevos, lo que yo te diga. Y mira que íbamos ganando uno cero. Pero, nada, al final, como siempre, vamos y la cagamos. Por estas que un día me borro y que el abono lo pague su puta madre.
—Siempre con lo mismo. Me tenéis hasta los huevos. Daos de baja de una puta vez, coño.
—Hombre, de baja, de baja… ¿Qué quieres que te diga? Llevo toda la vida siendo socio. Mi padre me hizo el carnet cuando tenía once años.
—Pues entonces callaos la puta boca que me tenéis harto, siempre la misma historia los lunes, que no se puede quedar con vosotros hoy, coño.
—Haya paz, haya paz. Vayamos a enfadarnos ahora nosotros por culpa de esos cabrones.
—…
—Tengo la silla jodida, tíos. No me va bien, no sé que le pasa pero ya he estado a punto de caerme un par de veces.
—Pues ve donde el Rafa, a mi siempre me deja la mía que no veas, suave, suave…
—El Rafa, ¿qué Rafa?
—Sí hombre, el del taller de motos de al lado de mi casa.
—¿Y por qué no la llevas a la ortopedia, como hacen las personas normales?
—¿Normales? ¿Dónde tienes los ojos, idiota? Normales, dice…
—Ja, ja.
—…
—Niño, tráenos cuatro cervecitas más cuando puedas, anda.

lunes, marzo 08, 2010

Barrio II

(a David)


Las tardes desocupadas solíamos quedar en El bar de Carlos para tomar café y pasar horas y horas hablando de cualquier cosa, mirando a los parroquianos que bebían cubatas y vivían sentados a la barra, mucho antes de que nos diéramos cuenta de que pasar así la vida no era más que ir dejándola ir poco a poco sin pena ni gloria, dejarla deshacerse sin ruido. En cambio, entonces solo se trataba de gente que pasaba mucho tiempo en el bar, como nosotros, ni más ni menos. Bebían whisky a las siete de la tarde del martes con el oficio y la dedicación del que está acostumbrado a levantarse siempre con resaca y charlaban interminablemente con los dueños, Carlos y Rafa, sus amigos del barrio.
Antonio, uno de los habituales, siempre alardeaba de no tener que trabajar por haber quedado cojo en un accidente de coche y cobrar una pensión de invalidez. Había tenido suerte y no había muerto ni tampoco había quedado inválido sino solo ligeramente cojo y, como muchos otros, pasaba en el bar gran parte de su tiempo, siempre libre. Era un tipo gracioso el Antonio: ocurrente, rápido y orgulloso de vivir a costa del contribuyente, algo que no era ninguna vergüenza en un lugar en el que el trabajo siempre había sido un castigo y poder escaparse de esa cárcel, aunque fuera a costa de perder un poco de movilidad, no nos parecía el peor de los destinos, la verdad. Y fue Antonio el que nos contó la anécdota uno de los días que bajamos al bar.

—¿Sabéis lo que pasó ayer?
—No, ni idea.
—Pues a estos, que los atracaron.
—¿A quiénes?
—Coño, pues al Carlos y al Rafa, aquí en el bar.
—No me jodas, ¿y qué pasó?
—Pues por lo visto una movida...
—¿Qué movida?
—Entraron dos tíos con la cara tapada. Uno con una pipa y el otro con una fusca. Justo a la hora de cerrar.
—Coño, ¿y qué pasó?
—Pues que se equivocaron de bar —dijo el Antonio —. En el momento en el que los vieron entrar, el Rafa, que estaba detrás de la barra, empezó a tirarles botellas y Carlos les tiró un par de sillas y luego la emprendió a hostias con el de la pipa.
—Joder, qué huevos.
—Y tanto.
—¿Y qué pasó al final? ¿Les dispararon o algo?
—Qué coño. Acojonaos que se fueron. Por pies. Si se quedan, estos dos se los llevan para alante. Tenías que haber visto al Rafa en la puerta diciendo: «Eh tú, hijoputa, que sé quién eres, que tú eres el Canijo, que acabas de salir del talego, que te conozco del barrio de toda la vida, que sé quién es tu madre, que si te veo por ahí te reviento, cabrón. Es que te reviento.»

viernes, marzo 05, 2010

Barrio I

Siempre estábamos sentados en la puerta del Banco Popular, fumando cigarrillos, mirando a la gente pasar, hablando con el Negro, que limpiaba coches antes de dejarse la vida encima de un colchón viejo, tirado de cualquier manera en la parte de atrás de un cine abandonado, o en un solar en construcción, o en unos soportales que ya eran viejos cuando los construyeron, en cualquiera de aquellas intermitencias del urbanismo que tan comunes eran en los años ochenta. Era simpático y no le iba mal limpiando parabrisas y una vez nos enseñó un billete de mil pesetas mientras se santiguaba y decía mil pesetas, hostia, mil pesetas y otras nos mostraba las pastillas o los porros o los cigarrillos con los que le pagaban y a los que nunca decía que no porque el pago en especie también es pago, qué coño, como decía él. A veces nos contaba historias truculentas de cárcel y de huidas en coches robados y de chirlos en la cara y tajos tirados con toda la mala intención y nosotros le decíamos venga ya, poniendo cara de impresionados pero sabiendo en el fondo que casi todo lo que contaba era mentira, que incluso él necesitaba sentirse admirado y respetado de vez en cuando, infundir un poco de miedo, ofrecer un ejemplo ante alguien. Tenía dos hijas, según decía, y llevaba sus nombres tatuados en el brazo, algo que llamaba la atención en un tiempo en el que los tatuajes no estaban de moda y eran cosa de legionarios y gente de mal vivir.
Y un día, mientras charlábamos de cualquier cosa sentados donde siempre, dejó de venir y al día siguiente tampoco vino, ni al siguiente. Y pensamos lo peor, claro. Y llegamos a la conclusión de que habría muerto de sobredosis o que se lo habrían llevado por delante o que se habría dejado los dientes en un accidente de tráfico. La muerte siempre encuentra maneras innovadoras de llevarse a los que viven así, en el mero presente, en el hoy y el ahora del medio gramo y mañana ya veremos y si tuviera un millón me iba a dar un homenaje que se iban a enterar todos y entonces sí, entonces sí que podría pensar en mi vida sin preocupaciones, con un kilo (¿qué digo un kilo?, diez kilos por lo menos) de jaco bajo la cama. Algún tiempo más tarde nos llegó el rumor de que efectivamente había palmado, pero no nos sorprendió porque ya lo habíamos dado por muerto mucho antes, ya lo habíamos enterrado sin demasiada pena, con esa ligera conmiseración con la que la vida nos había enseñado a tratar a los yonquis, tristes pero no demasiado, como si en el fondo pensáramos que se lo había buscado, que se veía venir, que no podía acabar bien. Que tal y como estaba el hombre, quizá inyectarse una sobredosis fuera una buena manera de irse del mundo, transido de placer.
Desde mi ahora, sin embargo, creo que aquella muerte (que no fue la única pero fue la primera) nos enseñó algo valioso. Nos enseñó que había que mantenerse alejados de una droga así, tan poderosa como para convertir a cualquiera en un despojo, tan irresistible como para acabar durmiendo en un solar lleno de ratas con la jeringa clavada en el brazo. Por una vez todos escarmentamos en cabeza ajena.
Así que, bueno Negro, seguro que hacía tiempo que nadie te recordaba, pero quería darte las gracias después de tanto tiempo. Ya ves.

jueves, febrero 25, 2010

Salvación

Tuvimos mala suerte al hacer caso a los alucinados seguidores de aquella teoría. Una respuesta ecológica a la destrucción que estábamos provocando en el mundo, un cambio en nuestras conciencias. Algo que nos haría diferentes.
Alzamos alborozados los brazos, con la mirada brillante de los creyentes, cuando las primeras pruebas científicas nos demostraron que era posible. Los primeros en probarlo volvían del viaje con los ojos más profundos, cambiados para siempre. Aquellos que la habían sentido en su interior nunca más se atrevían a hacer nada que pudiera alterar su equilibrio. Aquellos que habían mirado con otros ojos se convertían en algo más que hombres.
Y nos fuimos. Y el asfalto se abrió como la tierra húmeda bajo la fuerza de las raíces. Y los puentes se cayeron y los coches se cubrieron de hiedra y las centrales nucleares fueron conquistadas poco a poco por una naturaleza inédita. Nos fuimos y nos declaramos derrotados por el bien de todos. No solo el nuestro, el de todos.

Añoro la sangre bombeando en mi cuerpo y en mi miembro. Y el deseo que nos conducía, el sabor del chocolate suizo, el frescor de la cerveza helada. Echamos de menos tantas cosas que seríamos incapaces de recordarlas todas.

Ahora es tarde. Ha pasado nuestro tiempo.

martes, febrero 23, 2010

Casavella

La realidad está encerrada en una serie infinita de muñecas rusas que la esconden, cada una de ellas un punto de vista. Eso y un cuento. Rashomon, que decía una profesora mía, Rashomon. Y tan bien que queda la referencia para iniciados. Lo siento.Y hay gente que me dice: debe de ser interesante el libro porque no lo sueltas. ¿Interesante? No tienes ni puta idea. ¿Qué creéis que es la literatura? ¿Entretenimiento? Ni puta idea, lo que yo te diga. Bastante tengo yo ya con intentar poner una palabra detrás de otra sin dejarme vencer por el desánimo tras leer mil páginas maravillosas de Casavella.
Y ahora suena Lobo López de Kiko Veneno y esa canción tan triste y sutil tampoco me hace considerar con mejores ojos mi talento.

*****

Días después, el hombre del segundo dijo a los policías, hablando de la mujer que tenía el cuello roto y que, desmadejada, quedaba oculta por la sábana que alguien piadoso había puesto sobre ella, que no sabía nada, pero que a él la chica siempre le había parecido algo ligera de cascos. Vamos, que creía que era puta, y lo decía bajando la voz, para que nadie pudiera pensar que encontraba satisfacción en criticar a los muertos. Eso sí, nunca había oído que la chica llevara allí a los clientes ni había visto a hombres subiendo a su casa. Se trataba más bien de una impresión, de que él, y lo decía bajando un poco los ojos, con una humildad fingida, tenía un sexto sentido para darse cuenta de esas cosas.
El portero, que presumía de estar enterado de todo lo que ocurría en su finca y que, tras su cara de pánfilo, demostró un agudo sentido de la observación, según los detectives que lo interrogaron, dijo que creía que la señorita Andrea había estado deprimida porque ella era una mujer que normalmente cuidaba mucho su aspecto, que daba gusto mirarla con esas faldas tan bien cortadas y tan discretas que siempre llevaba y con esos zapatos buenos de tacón, que se veía que eran buenos a la legua, pero que en la última semana se la veía salir a la calle de cualquier manera, incluso con un chándal, decía aquel hombre con el terror pintado en el rostro, como si llevar ropa deportiva fuera el peor de los pecados. Un hombre, por cierto, muy bien vestido para ser portero de una finca, con un atildamiento casi excesivo, anotaron los interrogadores por si aquello servía de algo en el futuro.
La mujer del piso de enfrente no salía mucho de su casa y no pudo ayudar en casi nada a la detective que intentó ganársela utilizando su condición de mujer y madre. La mujer vivía en un piso atestado de libros, llevaba gafas de concha y no veía la televisión ni oía la radio. Tampoco tenía internet. Tal y como le dijo a la detective, no le gustaba mucho el mundo de hoy y hacía ya quince años que había tirado su televisión, un aparato que le quitaba demasiado tiempo, enfrascada como estaba en la relectura de los clásicos alemanes. Trabajaba de profesora en una universidad privada dos días a la semana y el resto del tiempo lo pasaba en casa leyendo y tomando notas. Una vez al mes hacía la compra por teléfono en un supermercado que ofrecía el servicio a domicilio y, bueno, ni salía con hombres ni tenía más amigos que los escritores muertos en los que empleaba el tiempo. Su aspecto era el de una persona que no se preocupaba en absoluto por lo que los demás pudieran pensar. Una belleza destruida por los libros, anotó alguien con precisión en una libreta.
La chica llorosa, madre soltera y traductora de profesión que vivía en la puerta de al lado, afirmó haberla conocido muy bien, y, tras tragarse la lágrimas que se empeñaban en acumularse en los salientes de su cara, dijo que la iba a echar de menos, que Fátima era una mujer maravillosa que le ayudaba siempre que se lo pedía, que su hijo también la iba a echar de menos —junto a esta afirmación el encargado del interrogatorio había anotado entre paréntesis la expresión: tiene seis meses— y que para una buena persona que había encontrado en la vida, para un persona limpia de corazón que no buscaba nada de ella, ni pretendía nada, ni aparentaba necesitar nada, excepto, tal vez, algo de cariño y de compañía masculina de vez en cuando, algo a lo que ella había renunciado con gusto tras su experiencia con el padre del niño, que para una persona buena y desinteresada que había encontrado ya era mala suerte, que la vida era una putada y que qué iba a hacer ella ahora, sola como estaba y sin nadie que le pudiera echar una mano.
El padre del niño de la chica llorosa confesó haber estado viendo a Fátima a escondidas, y, tras lo que pareció un verdadero acceso de llanto, dijo que se había enamorado de ella y que le había propuesto que se fueran a vivir juntos lejos de su casa y de su ex mujer, a pesar de que escuchar las risas y el llanto de su hijo tras los tabiques lo llenaba de algo parecido al consuelo, ahora que su ex se había empeñado en no dejarle verlo nada más que los fines de semana alternos y estaba dedicando toda su energía a intentar borrarlo de la vida del niño. También dijo que estaba seguro que el hombre del segundo miraba mal a Fátima, vete tú a saber por qué. Según parecía, aparte de los hechos evidentes y de la tristeza cierta, nada más se podía anotar en su expediente.

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Se agita, se remueve, se desarrolla, se le busca un final, se centra el punto de vista en cada capítulo en un personaje diferente y ya tenemos una novela con un crimen. Algo de recuerdo, algo de atmósfera, algo de oficio y ya está.
Llamar a eso novela sería análogo a llamar esquiar a lo que yo hago cuando me deslizo por la nieve. Una trampa del lenguaje. Solo eso. Un defecto propio de la generalización. Un error en nuestra manía por encontrar patrones, ese comportamiento incontrolable de nuestros cerebros.

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Y además, seguro que Casavella se revolvería en la tumba. Homero lo tenga en su gloria.

lunes, febrero 22, 2010

Ejemplo

Su sobrina le reprochó que llevara varias horas leyendo sin hacerle demasiado caso y le preguntó que por qué hacía aquello. Él le contestó que, en aquel momento, no estaba en el mundo real sino en otro mundo imaginario que se encontraba dentro de libro. Ella lo comprendió perfectamente como, de hecho, comprenden los niños todo lo que se les cuenta y dijo, claro, lo entiendo, como cuando yo leo los libros de Jerónimo Stilton. Además, en mis libros vienen dibujos que te ayudan a imaginar ese mundo. Él contestó entonces que cuando fuera mayor, preferiría que no existieran los dibujos, para tener la libertad de imaginar las cosas como ella quisiera. La niña volvió a entenderlo con facilidad y se dispuso a imitarlo, intentando hacer algo que todavía no puede, leer con la voz de la mente, sin necesidad de mover los labios.

A él le gustó pensar que ese intento estaba creando en este momento conexiones neuronales inéditas en su cerebro, que ese intento estaba cambiando a su sobrina en aquel mismo instante. Le gustó pensar que, de alguna manera, era un ejemplo para una niña. Uno bueno, se entiende. Le gustó el ceño fruncido de la niña, intentando hacer como el tío, leer sin necesidad de utilizar la voz, sumergirse en un mundo de fantasía que nunca ha existido, que está en un sitio tan raro como dentro un libro. Y esperó, de una forma tal vez egoísta, que nunca se le pasara ese interés, que nunca dejara de amar los libros, que, al menos en algo, siempre lo considerara un buen ejemplo.

El amor tiene mucho de egoísmo, pensó después.

lunes, febrero 15, 2010

Jugar

Si alguien pudiera escribir sin pensar en lo que está haciendo, sin pararse a reflexionar sobre cómo aparecen los pensamientos cuando vamos de izquierda a derecha leyendo palabras (o de derecha a izquierda o de arriba a abajo, ¿cómo será leer en esos idiomas en los que todo se hace al revés?, ¿o cómo será leer en alemán y no saber de qué estamos hablando hasta que llegamos al verbo, allá al final esperando completar la frase?; los sintagmas alemanes deben florecer como arbustos en el aire, sin raíz, hasta encontrar por fin la acción, el verbo que finalmente penetre en la tierra) (qué rara y extraña me ha quedado esa frase, llena de oquedades, qué extraña frase me ha salido), si alguien pudiera hacer eso, es decir, escribir sin pensar en lo que hace, tal y como iba diciendo, sería mucho más fácil esto de escribir, supongo. Creo.
Como en algunas películas norteamericanas, en las que he visto a protagonistas grabar sus pensamientos, protagonistas que dicen que son escritores de ficción que van siempre con una grabadora, por si acaso se les ocurre una idea genial, escritores siempre dispuestos a registrar pensamientos fugaces y brillantes pero probablemente tan inanes como cualquier otra cosa. Siempre me ha gustado lo de la grabadora, de hecho, una mujer que fue mía y que ahora ya es de otro me regaló una para que registrara mis pecios verbales (sí, es un homenaje a Ferlosio, ¿qué pasa?) pero, claro, yo no soy Ferlosio, ya me gustaría, ni tengo su talento ni tampoco su gusto por las anfetaminas, aunque creo que no me costaría trabajo aficionarme a las anfetaminas, eso es cierto. El caso es que esos escritores que creen tener una idea genial cada media hora son unos idiotas porque nadie es genial todo el rato, ni siquiera Casavella, ya ves, y eso que es lo más parecido que he encontrado.
Y en fin, yo, que no aprecio especialmente la metaliteratura, aquí estoy hablando del lenguaje, de sintagmas, citando a Ferlosio y llamando la atención sobre el idioma, esto es, cumpliendo con la función poética del lenguaje tal y como definía Jakobson, haciéndome el interesante, hablando de cosas que serán incomprensibles para la mayoría, sacando la cabeza por encima del texto para que todos los lectores se fijen en mí, el pedante idiota que a este lado de la pantalla escribe sobre cosas que casi nadie entiende. Sí, lo confieso, ese soy yo. O soy yo en una medida cada vez más incontrolable. Pero, entiéndanlo, he conocido a una mujer que me dijo que le perdían los escritores. Déjenme presumir. Cada uno tiene que utilizar sus armas como puede.

Por otro lado, es posible que lo anterior sea mentira, es posible que lo anterior esté contado por el narrador, ese ente de ficción que se han sacado de la manga los universitarios y que no corresponde exactamente con el autor, que tampoco (dado el medio en el que estoy publicando) coincidirá exactamente con la persona (en el caso de la que la identidad exista realmente y no cambie veinte mil veces por segundo, como si se tratara de un fragmento de cuarzo) que está escribiendo esto. Por ejemplo.

Y ahora un cuento:
«Un hombre nace en un desierto helado en Mongolia. En toda su vida no ve otro paisaje que la tundra helada, no habla sino a gritos, sus oídos inundados por el sonido del viento ártico. Caza animales para comer. Vive con una mujer desde mucho antes de llegar a la veintena. Tiene varios hijos, de los que al menos uno muere de pulmonía antes de cumplir el año. Vive lo suficiente para conocer a la mayoría de sus nietos. En un viaje de caza contempla extasiado la aurora boreal. Al regresar al hogar muere recordando esos colores. En el último instante piensa convencido: he tenido una buena vida.» FIN.

Pues eso. Que aquí estoy. Que me llames.