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lunes, mayo 31, 2010

Barrio X

El Loren, un tipo cojo que se dedicaba a vender droga, me estaba diciendo: Pues sí, el Antoñín palmó hace un mes, en un accidente de coche. Y deja mujer y dos hijas. Aunque, tarde o temprano tenía que pasarle algo así, por coger el coche puesto hasta las cejas, fíjate yo, y señalaba su pierna mala, y tuve suerte, eh, tuve suerte porque me salí de la carretera a 140 y no me quedé en una silla de ruedas.
Me lo contaba en un bar con demasiada luz, con tubos fluorescentes blancos, un bar de barrio más, con una barra de aluminio, una carta de comida que cocinaba la mujer del dueño y unos camareros con camisa blanca y la cara llena de marcas, problemas de alcoholismo y una acusada tendencia a mirar hacia otro lado cuando se formaba una cola en el baño del bar de gente demasiado agitada. Un bar de tantos, que tal vez se llamara Antonio, Casa Juli, el Parreño, o de cualquier otra manera.
Lo estaba mirando y pensé: qué naturalidad tienen al hablar de la muerte, como si se tratara de un accidente más, poca cosa. Como supongo que tienen todos aquellos que están habituados a convivir con ella. No esperan acumular el suficiente dinero para tener una casa y otra en la playa y un coche de alta gama que la familia pueda envidiar, pensando, mira lo bien que le va al cabrón del Loren. No. Quieren llegar a mañana, pensé, y a dentro de cinco años, si tienen suerte.
Fuimos a su piso y durante el rato de cortesía que hay que dedicar a cualquier camello con el que tengas suficiente confianza como para que te invite a casa, observé su pelo corto y su barriga, su ropa de saldo y los vaqueros desteñidos con lamparones, sus zapatillas de deporte blancas de cuero sintético, la cojera de su pierna derecha. Olí el desagradable tufo de aquel salón, a suciedad acumulada y a desorden, insoportable hasta que te acostumbrabas y desaparecía sin más. Escuché el ruido de los niños llorando, a su mujer rezongando en otra habitación mientras tendía la colada, las rumbas en la radio por el patio interior en el que se secaba la ropa. Y tras pasarle los billetes, el Loren, mientras pesaba el material con una balanza electrónica y preparaba las bolsitas de plástico en las que lo guardaría, dijo: ya veréis como os gusta, ya veréis lo rico que está, un material de primera.
Y, después de despedirnos con un apretón de manos y de apuntar su nuevo número de móvil, abrimos la puerta de su casa y bajamos los tres tramos de escaleras que nos separaban del parque, nos montamos en el coche y volvimos a casa. Y durante todo ese tiempo no conseguí que se fuera de mi cabeza el tono con el que había dicho que un amigo suyo de toda la vida se había muerto, ese tono de resignación ante el destino, esa entereza tan extraña ante la muerte.

martes, mayo 25, 2010

Barrio IX

El Pelu le estaba diciendo al Negro: como le vea mi chupa a alguien, lo rajo. Te lo advierto porque sé que sabes quién me la quitó. Lo sé. Dile de mi parte que como venga a tu bar y se la vea puesta, lo mato. Que lo sepas.
No va a matar a nadie, pensaba yo, cómo va a matar a nadie. Si es mi amigo. Pero también recordaba una anécdota que me contó de cuando era un niño (tal vez ocho o nueve años antes) y le tiró la boina a un profesor por hacer la gracia y cuando el Consejo Escolar le abrió un expediente, no tuvo otra idea que llevar una navaja al colegio por si acaso lo echaban definitivamente y no podía matricularse en el instituto. Otra leyenda urbana, claro, eso de que si te abrían expediente no podías volver a matricularte y te vetaban para los estudios para siempre. Ya ves. Para lo que luego le sirvió matricularse. Pero en aquellos días, supongo que el mundo se acababa con facilidad, el mundo se volvía muy áspero con cualquier nimiedad. Sin perspectiva es fácil ahogarte en un vaso de agua. Si solo has nadado en un vaso, qué sabes tú de que existe el mar. Yo quise morirme una vez porque atranqué el váter de mis padres con unas revistas porno. Pensé que era mejor deshacerme de ellas, de aquellas fotografías de los años setenta con mujeres con abundante vello púbico en el váter y el agua se desbordó y la vergüenza casi pudo conmigo. No porque mis padres hubieran descubierto aquellas revistas. O que me masturbaba. No. Sino por la vergüenza de haber sido tan idiota. Por eso creo que lo entendí cuando me contó lo de la boina y la navaja. El Consejo Escolar solo lo echó una semana y un viejo profesor con boina pudo retirarse a tiempo y mi amigo pudo matricularse en el instituto. Ya ves. Para lo que luego le sirvió.
Y otro día: Negro, dile a tu colega. Y el Negro: no es mi colega. Pues dile a quien sea que como lo vea con mi chupa lo mato. Por estas que me lo llevo para adelante.
Y el Negro: A mí me dejas de tus movidas. Y él: Sí, sí, mis movidas pero la chupa me la quitaron en tu bar.
Y el Negro bufando y su corpachón estremeciéndose y yo diciendo: Joder, Pelu, que no es para tanto. La próxima vez que vuelva a Córdoba te traigo otra, que me costó solo 3000 pelas en la tienda esa de segunda mano del novio de Marta, que ya te lo he dicho. No pasa nada. O mejor, te vienes a Granada y eliges tú la que quieres y ya está.
Y el Pelu: Que no pasa nada, que no pasa nada. Pues sí pasa. Pasa que es mi chupa. Y como vea al hijoputa que se la ha llevado, le van a llover hostias hasta en el carnet de identidad. Que lo mato.
—Que sí, pero te vas a meter en un marrón por una estupidez, por 3000 pelas.
—Que no son las 3000 pelas, a ver si te enteras, que no son las putas 3000 pelas, que a mí nadie me levanta la chupa. Y menos en el bar al que vengo a diario. Y menos si el Negro sabe quién es. Anda, Negro, dímelo. A ti qué más te da. Si yo no voy a decirle quién me lo ha dicho. Anda, enróllate.
—Joder Pelu, que no. Que no te lo puedo decir. ¿Para qué? Para buscarme una ruina. Que no, coño.
Y volvía de Granada y el Pelu me contaba que había pasado varias veces esa semana por el bar del Negro a preguntar por su chupa. Y, claro, yo que lo conocía, lo imaginaba con la misma cantinela una y otra vez. Que como lo vea, lo rajo. Que como yo vea mi chupa y la lleve cualquier pringado, que me lo llevo para adelante. Y otra vez. Y para qué quiere una chupa el gilipollas ese si no se la puede poner. Para qué, a ver. Porque sé que es uno de los que me puedo encontrar en cualquier garito, y como lo vea… Me lo imaginaba y luego el Negro me decía en un aparte. Joder, con tu colega, la que le ha dado con la chupa. Y yo le decía: no se te ocurra decirle quién se la ha mangado que se le ha metido entre ceja y ceja. Y él: pues claro que no.
Y luego me enteré de que un día, por casualidad, salió de copas con uno de los colegas de su barrio. Un tipo mayor que nosotros, medio gitano, creo, no recuerdo, con pinta de peruano. Aunque por entonces no vivieran peruanos en España. Un hombre que trabajaba en una obra, de su barrio de toda la vida. Alguien que jamás se había metido en un lío.
Pero el Negro pensó finalmente que igual el Pelu no era alguien a quien se pudiera robar. Igual pensó que el idiota que se había llevado la chupa (y era un idiota, después de unos años, nos enteramos de que era un niñato pijo que se había encaprichado de la chupa de mi amigo) se había metido en un verdadero problema por 3000 cochinas pesetas.
Y al siguiente día, cuando el Pelu pasó por el bar a darle la tabarra al Negro con su chupa, el Negro le dijo: mira lo que tengo aquí. Y se la devolvió. Mi amigo, entonces, se la puso, se miró en el espejo y sonrió.
Y le dijo: Anda, dime quién ha sido. A ti qué más te da. Si total, la chupa ya la tengo. Dime quien ha sido. A ver si le puedo partir la cabeza al hijoputa que me ha robado. Si a ti ya te da igual. Si ya me ha devuelto la chupa el cabrón. Dime quién ha sido y así me quedo tranquilo, hombre.

jueves, abril 08, 2010

Barrio VIII

—Hay que pirarse —nos dice el Rati bajando la voz y metiéndonos prisa.
—¿Qué pasa, coño?
—Que nos han visto.
—¿Qué os han visto haciendo qué? —preguntamos mientras le echamos un vistazo al colega del Rati: el mismo corte de pelo, los mismos tatuajes hechos en la cárcel, las mismas cadenas de oro, la misma cara llena de cicatrices pequeñas.
—Entrando al bar. Joder. Nos han visto los de la tienda de enfrente. Tenemos que pirarnos.
—Pero... ¿entrando al bar a qué?
—Pues... A reventar las tragaperras —dice el hijo de puta mientras no puede evitar la risa—. Estábamos muy puestos y nos dio por ahí.
Apenas hacía tres o cuatro horas que nos habíamos desplomado dentro de nuestra tienda de campaña, casi inconscientes, tras una noche de farra en el camping de la costa donde pasábamos una semana de vacaciones. El Rati siempre hacía cosas parecidas. Por una de ellas había estado en la cárcel, lo que no había contribuido mucho ni a su buen humor ni a su contención. Se ponía de todo lo que encontraba excepto caballo, que pertenecía a una época de su vida que prefería olvidar. En realidad, todos preferíamos olvidar aquella época. Encima, siempre había tenido mucho éxito con las mujeres el muy cabrón. Otro de los amigos, en aquellas ocasiones en las que desaparecía y luego lo encontrábamos metiendo en un servicio, o en el asiento de atrás de un coche, siempre decía con envidia que el Rati tenía el sello de calidad en la frente, que las mujeres lo sabían, que por eso se le daba tan bien. Ninguno de nosotros se preocupaba cuando no lo encontrábamos al salir de alguno de los garitos de la noche. El Rati era de esas personas que suelen poner en peligro a los demás, no al revés. Pensábamos, más bien, que estaría follándose a alguna, el muy hijo de la gran puta.
—Y, ¿cómo os colásteis?
—Por un hueco que había en la parte de atras. Pero ya está bien de charla, coño, que os estoy diciendo que hay que abrirse. ¿Está todo pagado?
—Pues sí. Lo pagamos todo ayer.
—Hala, pues agüita.
—Joder, Rati, me cago en tu puta madre. Siempre igual. A ver si algún día podemos pasar una semanita tranquila, coño.
—Ya.
—Te lo digo en serio, tío. Estoy hasta los huevos.
—Vale. Pero hay que moverse. Ya.
Nos levantamos y desmontamos la tienda rápidamente. Tras meterla de cualquier manera en el maletero, salimos del camping con tranquilidad, sin armar mucho ruido para no despertar a nadie. Solo nos permitimos las carcajadas cuando el coche estaba ya en la carretera nacional y el Rati decía: Nos vamos a poner de gambas hasta arriba. Por estas.

jueves, marzo 25, 2010

Barrio VII

A veces, nos montábamos cuatro en un coche y hacíamos una excursión a otro barrio aún peor que el nuestro para conseguir sustancias de mejor calidad o más baratas. Daba igual una cosa que la otra. A mayor oferta, precios más bajos o mejor calidad del producto. Según parece, esa es una de las claves del capitalismo. Y ¿qué mejor expresión del capitalismo en estado puro que el contrabando? Allí donde no existe regulación, se imponen los tiros pero incluso los que mandan sobre los pistoleros saben que los negocios son mejores sin violencia, que se trata de competir por una cuota de mercado, que la guerra de precios reduce el tamaño del negocio para todos, que, como tal vez hagan los directivos de las grandes empresas energéticas o de telecomunicaciones, a veces es mucho mejor jugar nueve hoyos en el club (o compartir nueve putas en el club, es igual) y ponerse de acuerdo en un precio máximo y otro mínimo que perder parte de la tajada por la competencia.
Ahora ya he aprendido de economía y de marketing, ya he aprendido a interpretar el signo de los tiempos leyendo entre líneas en las páginas de economía, a advertir el signo torcido de los tiempos en las cuentas de resultados trimestrales de las multinacionales del IBEX. Entonces no. Entonces sabíamos otras cosas, por ejemplo que cuando llegaban las lecheras para hacer una redada en esos barrios peores (siempre nos preguntamos por qué ponían a todo volumen las sirenas cuando iban a hacer algo así, ni que estuvieran intentando que escaparan todos corriendo) los niños que parecían desocupados sobre los bancos iniciaban una cadena de señales, una cadena de señales cuyos ojos llegaban al mismo límite del barrio y que corría secreta, más rauda que los coches de la policía. También sabíamos cómo distinguir a un madero de la secreta intentado pasar desapercibido en un bar. En realidad, siempre nos preguntábamos por qué los policías de la secreta no hacían un curso que les ayudara a pasar desapercibidos. Por entonces casi todos tenían el aspecto de hombres de mediana edad en busca de jovencitas, con aquellos bigotes y aquellos vaqueros comprados en la tienda del barrio. También sabíamos apartarnos discretamente si había una bronca a nuestro lado, o caminar y mirar hacia atrás disimuladamente si alguien nos seguía.
Y aún nos queda algo de eso. Hay cosas que nunca acaban de irse.

jueves, marzo 18, 2010

Barrio VI

Solíamos frecuentar un bar en el que el humo apenas te dejaba ver la cara del amigo que se sentaba enfrente de ti. Un lugar de música atronadora, una constelación de ojos rojos y cazadoras de cuero. El dueño se llamaba Jose y había sido yonqui de heroína unos años antes. Aunque él se consideraba un ex yonqui, la verdad es que seguía drogándose habitualmente, tomaba anfetaminas, cocaína, LSD y éxtasis, fumaba hachís y marihuana pero, eso sí, la heroína ni la tocaba. Conocimos a más de un Jose en la época, alguien que ha estado enganchado al jaco y que si consigue dejarlo ya nunca más se considera un yonqui (aunque para ello deba encontrar otras maneras de ausentarse de sí mismo, ausentarse lo suficiente para no pensar en ponerse un pico, porque detrás del primero ya vendrá el segundo y el tercero, no pensar en ponerse un pico aunque haga falta estar colocado para ello, no pensarlo aunque resulte extraño vivir colocado para poder dejar de estar colocado). Y un buen día, tiempo después, vas caminando por la calle y te llaman, y oyes tu nombre a media voz y cuando te giras ves a Jose. Y pesa quince kilos menos. Y piensas: Ya está. Y te ofrece lo mismo que fueras a comprar a aquel bar. Y te dice que no le ha ido bien. Que el bar cerró. Que discutió con su hermano. Y tú dices: Me alegro de verte. Pero es mentira. No te alegras en absoluto.

Supongo que recordar así a alguien no es justo, ignorar conscientemente quién era y reducirlo a la pobre estampa de un yonqui necesitado, convertirlo en un estereotipo, un pobre desgraciado, un perdedor, un inconsciente, un enfermo. Sobre todo si recuerdas las conversaciones en su bar, los cursos que hacía de vez en cuando con la vana esperanza de cambiar de vida, recuerdas las veces que pagó la ronda, las miradas que le dirigía a su novia. No, no es justo. Y otra vez toma cuerpo en tu cabeza aquella imagen que no consigues olvidar, aunque no sepas muy bien por qué: dos yonquis que duermen abrazados en invierno en una plaza, muy deteriorados, en las últimas y abrazados, a punto de irse y abrazados, con un grado de compromiso que nunca tendrás con ninguna mujer. Porque a lo que se han comprometido es a acompañarse hasta el fin. Que está ahí el fin. Que se le ve venir. Y por eso se abrazan. No porque tengan frío, no.

lunes, marzo 15, 2010

Barrio V

—Dame el reloj —dijo el mayor de los tres mientras me presionaba ligeramente con un pincho en la garganta.
—Ni de coña, si quieres el reloj vas a tener que pinchar —contesté yo en un alarde de inconsciencia propio de la edad.
Siguió presionando hacia arriba y tuve que levantarme poco a poco para evitar el corte. El tipo, de unos veinte años, moreno y con cara de mal bicho, me miró a los ojos y creo que vi admiración aunque ya no estoy seguro, claro.
—¿Sabes por qué no te he quitado el reloj? Porque tienes cojones. Yo no quiero tener que ver con esto —dijo a los otros dos colegas justo antes de guardar el pincho y apoyarse tranquilamente en un bolardo verde a ver cómo acababa todo.
—Dame la cazadora —le dijo el más pequeño a mi amigo mientras le apoyaba un cuchillo pequeño en la barriga
—Lo que te voy a dar es una hostia que te voy a encender, enano. —contestó mi amigo sin dejar de mirarlo a los ojos.
Entonces el pequeño continuó intentándolo con el resto del grupo y consiguió que dos de los miembros del grupo, hermanos, les dieran un reloj y una cazadora. Nosotros dos, mi amigo y yo, envalentonados, empezamos a gritarles que si tenían huevos que soltaran las navajas, que si tenían huevos solucionaran aquello como hombres. Mi hermano me avisó de que aquello era una estupidez. Si los dueños no habían sido capaces de evitar que les robaran, si no se habían enfrentado a los dos tipos aquellos, era su problema. No íbamos a arriesgarnos nosotros por unas cosas que no eran nuestras.
Meses más tarde, nos enteramos de que el más pequeño —el enano— se llamaba Eufrasio y que con doce años había violado a un niño de diez, algo por lo que lo habían encerrado en el reformatorio. Tal vez se tratara de un rumor, no sé. Siempre era así: alguien contaba algo que le habían contado. Supongo que, a medida que las historias circularan de boca en boca, se irían cargando de tragedia, se irían enriqueciendo con detalles truculentos. Ahora parece difícil creer una historia así. Ahora los yonquis que quedan están muy mayores y muy delgados y siguen vivos de milagro y la mayoría de los que frecuentan las plazas son alcohólicos y mendigos. Entonces era diferente. Aunque todo parezca cubierto de bruma y no esté seguro del todo de que aquellas historias fueran ciertas. Tal vez todo solo fuera ambientación, parte de aquella mitología propia, de aquel folclore constuido con relatos apenas creíbles, con personajes míticos, con pequeñas historias del lumpen que por entonces llenaban nuestras conversaciones y que ahora parecen falsas. No lo sé. Pero sí sé que bastantes conocidos no llegaron a cumplir los cuarenta y ya siempre serán jóvenes, muertos pero jóvenes. Y que las fotografías con sus caras amarillean colgadas en las paredes de los bares que frecuentaban.

miércoles, marzo 10, 2010

Barrio IV

—Alucinante, tú, alucinante. No te imaginas la gente que se mete. Estaba el otro día en casa uno de los del bar, del Migue, y se puso unos tiros y una mujer (pero una mujer de mi barrio con niños y todo, no te vayas a creer que es una de las novias habituales) que había ido a la casa a no sé qué, no dijo que no tampoco. Le dijeron que si le apetecía y se metió una raya con una soltura... Yo flipé.
—Ya.
—Flipé, en serio.
—Bueno, no sé de qué te extrañas. En tu barrio se mete todo el mundo.
—Sí, pero como me iba a imaginar yo que hasta mi vecina se metía. Es que no pongo la mano en el fuego por nadie.
—Y tanto.
—Y luego sacaron una jeringuilla y me dijeron que si lo había probado en la vena.
—No me jodas. Espero que no hicieras ninguna gilipollez, tú.
—No, no. Dije que no.
—Menos mal. Era justo lo que te hacía falta, compadre.
—Sí. Y luego en mi casa me hinché de llorar. Porque, por un momento, me lo estuve pensando, amigo, por un momento estuve a punto de decir que sí.
—Venga, que no es nada. Tú no eres como ellos. Tienes una vida y tienes amigos. Mira como está el Jeromi, coño. Ya sabes dónde lleva eso. Pero tienes que dejar de salir tanto entre semana, joder, que cualquier día es bueno ya. Algo tienes que hacer.
—Sí. Algo tengo que hacer.

martes, marzo 09, 2010

Barrio III

—¿Cómo quedó el partido?
—Uno a uno.
—Vaya mierda. Vaya vagos hijoputas que están hechos. No suben a primera porque no quieren, porque saben que la mitad se iría a la calle. Por eso no suben. Porque no les sale de los cojones.
—Tú, pasa eso, cabrón, que siempre haces lo mismo.
—Pero si acabo de encenderlo.
—¡Ea, y así toda la tarde…! Me voy a tener que liar otro. No se puede contigo.
—Porque no les sale de los huevos, lo que yo te diga. Y mira que íbamos ganando uno cero. Pero, nada, al final, como siempre, vamos y la cagamos. Por estas que un día me borro y que el abono lo pague su puta madre.
—Siempre con lo mismo. Me tenéis hasta los huevos. Daos de baja de una puta vez, coño.
—Hombre, de baja, de baja… ¿Qué quieres que te diga? Llevo toda la vida siendo socio. Mi padre me hizo el carnet cuando tenía once años.
—Pues entonces callaos la puta boca que me tenéis harto, siempre la misma historia los lunes, que no se puede quedar con vosotros hoy, coño.
—Haya paz, haya paz. Vayamos a enfadarnos ahora nosotros por culpa de esos cabrones.
—…
—Tengo la silla jodida, tíos. No me va bien, no sé que le pasa pero ya he estado a punto de caerme un par de veces.
—Pues ve donde el Rafa, a mi siempre me deja la mía que no veas, suave, suave…
—El Rafa, ¿qué Rafa?
—Sí hombre, el del taller de motos de al lado de mi casa.
—¿Y por qué no la llevas a la ortopedia, como hacen las personas normales?
—¿Normales? ¿Dónde tienes los ojos, idiota? Normales, dice…
—Ja, ja.
—…
—Niño, tráenos cuatro cervecitas más cuando puedas, anda.

lunes, marzo 08, 2010

Barrio II

(a David)


Las tardes desocupadas solíamos quedar en El bar de Carlos para tomar café y pasar horas y horas hablando de cualquier cosa, mirando a los parroquianos que bebían cubatas y vivían sentados a la barra, mucho antes de que nos diéramos cuenta de que pasar así la vida no era más que ir dejándola ir poco a poco sin pena ni gloria, dejarla deshacerse sin ruido. En cambio, entonces solo se trataba de gente que pasaba mucho tiempo en el bar, como nosotros, ni más ni menos. Bebían whisky a las siete de la tarde del martes con el oficio y la dedicación del que está acostumbrado a levantarse siempre con resaca y charlaban interminablemente con los dueños, Carlos y Rafa, sus amigos del barrio.
Antonio, uno de los habituales, siempre alardeaba de no tener que trabajar por haber quedado cojo en un accidente de coche y cobrar una pensión de invalidez. Había tenido suerte y no había muerto ni tampoco había quedado inválido sino solo ligeramente cojo y, como muchos otros, pasaba en el bar gran parte de su tiempo, siempre libre. Era un tipo gracioso el Antonio: ocurrente, rápido y orgulloso de vivir a costa del contribuyente, algo que no era ninguna vergüenza en un lugar en el que el trabajo siempre había sido un castigo y poder escaparse de esa cárcel, aunque fuera a costa de perder un poco de movilidad, no nos parecía el peor de los destinos, la verdad. Y fue Antonio el que nos contó la anécdota uno de los días que bajamos al bar.

—¿Sabéis lo que pasó ayer?
—No, ni idea.
—Pues a estos, que los atracaron.
—¿A quiénes?
—Coño, pues al Carlos y al Rafa, aquí en el bar.
—No me jodas, ¿y qué pasó?
—Pues por lo visto una movida...
—¿Qué movida?
—Entraron dos tíos con la cara tapada. Uno con una pipa y el otro con una fusca. Justo a la hora de cerrar.
—Coño, ¿y qué pasó?
—Pues que se equivocaron de bar —dijo el Antonio —. En el momento en el que los vieron entrar, el Rafa, que estaba detrás de la barra, empezó a tirarles botellas y Carlos les tiró un par de sillas y luego la emprendió a hostias con el de la pipa.
—Joder, qué huevos.
—Y tanto.
—¿Y qué pasó al final? ¿Les dispararon o algo?
—Qué coño. Acojonaos que se fueron. Por pies. Si se quedan, estos dos se los llevan para alante. Tenías que haber visto al Rafa en la puerta diciendo: «Eh tú, hijoputa, que sé quién eres, que tú eres el Canijo, que acabas de salir del talego, que te conozco del barrio de toda la vida, que sé quién es tu madre, que si te veo por ahí te reviento, cabrón. Es que te reviento.»

viernes, marzo 05, 2010

Barrio I

Siempre estábamos sentados en la puerta del Banco Popular, fumando cigarrillos, mirando a la gente pasar, hablando con el Negro, que limpiaba coches antes de dejarse la vida encima de un colchón viejo, tirado de cualquier manera en la parte de atrás de un cine abandonado, o en un solar en construcción, o en unos soportales que ya eran viejos cuando los construyeron, en cualquiera de aquellas intermitencias del urbanismo que tan comunes eran en los años ochenta. Era simpático y no le iba mal limpiando parabrisas y una vez nos enseñó un billete de mil pesetas mientras se santiguaba y decía mil pesetas, hostia, mil pesetas y otras nos mostraba las pastillas o los porros o los cigarrillos con los que le pagaban y a los que nunca decía que no porque el pago en especie también es pago, qué coño, como decía él. A veces nos contaba historias truculentas de cárcel y de huidas en coches robados y de chirlos en la cara y tajos tirados con toda la mala intención y nosotros le decíamos venga ya, poniendo cara de impresionados pero sabiendo en el fondo que casi todo lo que contaba era mentira, que incluso él necesitaba sentirse admirado y respetado de vez en cuando, infundir un poco de miedo, ofrecer un ejemplo ante alguien. Tenía dos hijas, según decía, y llevaba sus nombres tatuados en el brazo, algo que llamaba la atención en un tiempo en el que los tatuajes no estaban de moda y eran cosa de legionarios y gente de mal vivir.
Y un día, mientras charlábamos de cualquier cosa sentados donde siempre, dejó de venir y al día siguiente tampoco vino, ni al siguiente. Y pensamos lo peor, claro. Y llegamos a la conclusión de que habría muerto de sobredosis o que se lo habrían llevado por delante o que se habría dejado los dientes en un accidente de tráfico. La muerte siempre encuentra maneras innovadoras de llevarse a los que viven así, en el mero presente, en el hoy y el ahora del medio gramo y mañana ya veremos y si tuviera un millón me iba a dar un homenaje que se iban a enterar todos y entonces sí, entonces sí que podría pensar en mi vida sin preocupaciones, con un kilo (¿qué digo un kilo?, diez kilos por lo menos) de jaco bajo la cama. Algún tiempo más tarde nos llegó el rumor de que efectivamente había palmado, pero no nos sorprendió porque ya lo habíamos dado por muerto mucho antes, ya lo habíamos enterrado sin demasiada pena, con esa ligera conmiseración con la que la vida nos había enseñado a tratar a los yonquis, tristes pero no demasiado, como si en el fondo pensáramos que se lo había buscado, que se veía venir, que no podía acabar bien. Que tal y como estaba el hombre, quizá inyectarse una sobredosis fuera una buena manera de irse del mundo, transido de placer.
Desde mi ahora, sin embargo, creo que aquella muerte (que no fue la única pero fue la primera) nos enseñó algo valioso. Nos enseñó que había que mantenerse alejados de una droga así, tan poderosa como para convertir a cualquiera en un despojo, tan irresistible como para acabar durmiendo en un solar lleno de ratas con la jeringa clavada en el brazo. Por una vez todos escarmentamos en cabeza ajena.
Así que, bueno Negro, seguro que hacía tiempo que nadie te recordaba, pero quería darte las gracias después de tanto tiempo. Ya ves.