Aquel pastor, aquel temible pastor que no dejaba a ningún viajero con vida de los que se atrevían a pasar por el valle, que protegía el paso a Región lo suficiente para que nada socavara los cimientos de aquella vieja sociedad rural, no contaba con la artimaña ideada por el ingeniero japonés.
El pastor escudriñaba el paso en los montes, movía en círculo el cayado y mataba de vez en cuado alguna oveja para tener algo de carne que llevarse a la boca. Nunca prestaba atención a los sonidos que venían del cielo, sabiendo que los modernos autogiros y aeroplanos no eran capaces de aterrizar en aquellas montañas llenas de aristas. Permanecía en cambio atento a los caballos, las carretas, los raros automóviles que se atrevían a enfilar por entre aquellas montañas endiabladas. Aquel era su trabajo.
De ahí que nunca pudiera sospechar que el japonés, volando en un ultraligero, dejara caer desde su aparato pequeñas antenas UMTS autosuficientes, capaces de cargarse de energía utilizando la luz solar y de conectarse a la inmensa red desplegada por su compañía. De hecho, era imposible que lo sospechara porque la telefonía móvil era un invento que aún no había aparecido por la comarca y los vecinos todavía hacían cola en el casino para poder poner una conferencia.
Cuando, tres meses más tarde, un grupo de operaciones especiales de la Guardia Civil lo detuvo, tuvieron que enseñarle las identificaciones varias veces. El pastor no podía creer que aquellos mocetones vestidos de camuflaje, que irrumpieron en sus dominios a lomos de motos todoterreno, pertencieran al mismo cuerpo que el Benito, el guardia a quien había perdonado la vida a cambio de no ser molestado. Pero mucho menos pudo entender que hablaran en voz alta con Dios, llamándole Señor y diciendo: A sus órdenes.
martes, noviembre 03, 2009
lunes, noviembre 02, 2009
Parapsicología
Cuando vio que en el telediario aparecía un señor con alzacuellos cuyo pie de foto era «Cura y parapsicólogo», en primer lugar pensó: ¿Cómo es posible que un cura, que cree en Dios, sea a la vez parapsicólogo y crea en psicofonías? Afortundamente, apenas tardó un instante en advertir que, muy al contrario, ambas palabras eran absolutamente sinónimas.
Y más tarde pensó: ¡Mierda de educación católica!
Y más tarde pensó: ¡Mierda de educación católica!
jueves, octubre 29, 2009
Sentado
Estoy sentado mirando al techo, intentando no pensar en nada, intentando vaciar mi cabeza de ruido de fondo, intentando ser un hombre sentado en una silla y, no sé por qué, he comenzado a pensar en la radiación de fondo del universo que desde el big-bang lo impregna todo, una radiación de microondas con una frecuencia de 160,2 GHz que muchos cosmólogos consideran una prueba de que el universo (al menos, este universo) comenzó con una gigantesca explosión en la que surgió no solo el espacio, sino también el tiempo y por eso no tiene sentido preguntarse ¿qué había antes? Y aún así, el tiempo es un misterio, no entendemos nada, como le comentaba ayer a una amiga, el presente no existe, en realidad es el futuro convirtiéndose en pasado, esa delgadísima línea que, al igual que ocurre con la materia, si se observa con demasiado detalle, deja de existir. Y más tarde comenzamos a hablar de que el destino no existe tampoco porque, según los principios de la física el pasado no existe hasta que sucede, por lo que recordar los momentos fundamentales de nuestra vida, los momentos en los que hicimos algo que pensamos nos cambió la vida para siempre (aquella vez que nos contrataron en la empresa en la que todavía trabajamos, aquel momento en el que tomamos la decisión de estudiar una carrera y no otra, empezar a trabajar en una cosa y no en otra, besar a una mujer y no a otra), todos aquellos instantes que parecen nodos en los que confluían muchos posibles destinos, abiertos y que se nos aparecen como hitos del camino de nuestra existencia no son tales, y no son tales precisamente porque toda nuestra existencia es así, caminamos todos los días afrontando el tiempo de esa manera, no sabemos si permanecer un segundo más en el cuarto de baño puede evitarnos que la bomba que ha puesto un empleado descontento nos explote en las narices, si mirar a la izquierda o a la derecha en el paso de cebra nos salvó la vida alguna vez, si hemos estado tan cerca de la muerte sin saberlo que un mínimo cambio hubiera provocado que ahora miráramos al techo con las piernas paralizadas (pobre chico que no vio venir al coche cuando se le echó encima) porque todas esas cosas son solo posibilidades que nunca se realizaron y que, por tanto, nunca existieron realmente , así es como vivimos constantemente sin advertirlo, desechando infinitas probabilidades no realizadas, de ahí que cuando las cosas ya han sucedido y, por tanto, han dejado de existir excepto en nuestro recuerdo, sea cuando buscamos y encontramos esos momentos que parecen brillar allá en la lejanía de nuestro pasado, con una luz especial que, como espero haber dejado claro, solo existe en nuestra cabeza.
Y en ese momento entró alguien en la cocina y, tras escuchar una parte de nuestra conversación, se nos quedó mirando como a un grupo de locos. Y, quién sabe, tal vez llevara razón.
Y en ese momento entró alguien en la cocina y, tras escuchar una parte de nuestra conversación, se nos quedó mirando como a un grupo de locos. Y, quién sabe, tal vez llevara razón.
miércoles, octubre 28, 2009
Madrid VI
Salí a dar una vuelta por el barrio, viendo los negocios de los chinos, las tiendas de ropa de segunda mano, los laboratorios de impresión fotográfica, los carteles de colores chillones, la pequeña relojería, medio escondida entre dos negocios mayores, en la que puede cambiarse la pila de cualquier reloj fabricado por el hombre, y bajé hacia la plaza, cuesta abajo, prestando atención también a Casa Nieva, restaurante de comida casera y ganador anual de todos y cada uno de los concursos convocados por el ayuntamiento en las fiestas, y entonces, por uno de esos extraños viajes a los que nos tiene acostumbrado el pensamiento, por una de esas conexiones aparentemente azarosas que ponen en marcha el mecanismo del recuerdo, que ponen en funcionamiento un circuito cerebral en concreto y no otro, comencé a recordar un tiempo en el que estaba solo, un tiempo que había casi desaparecido de mi cabeza, los tres primeros meses en los que estuve viviendo en una ciudad en la que no conocía a nadie excepto a mi ex novia, a mi ex novia y a su nuevo novio, claro, y el caso es que no sé por qué, ni tampoco creo que nadie pueda saberlo nunca, recordé la sensación de soledad y abandono que sufría a diario aquellos meses cuando me levantaba en mi pequeña habitación alquilada cerca de un horno de pan, en un barrio bastante retirado de la universidad, la pequeña habitación con una mesa construida con dos caballetes y una tabla, donde mi flamante 386 relucía, un poco arcaico ya, aunque él no lo supiera, con su color crema, su color de equipamiento de oficina, en aquella habitación demasiado pequeña, hecha de mala manera con unos paneles de conglomerado que la separaban del salón, y también recordé que mis compañeros eran un poco raros y uno de ellos solo comía por entonces pavo y proteinas porque era culturista y estaba obsesionado con perder la delgada capa de grasa que recubría sus músculos, obsesionado porque se marcaran sus venas, debido a que tenía una competición el fin de semana, una competición en la que siempre perdía de tres a cuatro kilos porque, a pesar de que no lo parece en absoluto, el culturismo es un deporte que exige mucho cuando se practica de forma casi profesional, según me decía, y recordé levantarme en la estrecha cama en la que dormía, recordé con perfecta claridad haber pensado: ¿pero yo qué coño estoy haciendo aquí?, sin saber realmente que lo que estaba haciendo es lo que se hace siempre, vivir y dejar que las cosas te sucedan, conocer gente, estudiar materias que por entonces tampoco me parecían muy difíciles, quedar con alguno de los nuevos amigos para tomar unas cañas y descubrir poco a poco que la vida que pensabas que no era para ti, que la vida de abandono que te asaltaba todas las mañanas, se había convertido en otra cosa, en otra cosa mejor que no dejó de mejorar durante los siguientes años hasta que se produjo una rotura, un rasgado, pero esa es otra historia y, como iba diciendo, esa sensación de aplastamiento por la soledad se me quedó anudada en el estómago casi todo el paseo, sin saber muy bien de dónde había salido, a pesar del río de coches, de las luces verdes de los taxis, del minúsculo río de mi ciudad al fondo, separando la parte antigua de la parte moderna, de los restaurantes con decorador de interiores, de los bares con caracoles y oreja, de los jóvenes alternativos, de las mujeres mayores que paseaban sin prisa, haciéndose compañía, tal vez sabiendo que, sea lo que sea lo que hagamos en la vida es mejor tener con quién compartirlo, y entonces miré al cielo y vi el azul brillante, luminoso, con la capa de suciedad que cubre la ciudad como un hongo atómico y pensé que no sabía por qué había recordado aquella sensación en concreto pero que tampoco tenía demasiada importancia. Como casi todo lo demás.
lunes, octubre 26, 2009
Código (adelanto)
El tiempo es un tiempo futuro, indeterminado, en el que existen colonias humanas en planetas extrasolares. El color es azulado, como un videoclip de los años noventa del siglo XX, antes de que el verde fluorescente marca Matrix inundara la televisión. La imagen, la de un hombre esperando nervioso una entrevista. En ella el hombre respira conscientemente, intentando controlar su miedo, mientras espera que lo llamen. Tiene algo sucio en su pasado y sabe que esta es su última oportunidad. Tal vez hasta le quiten la casa. Tal vez hasta tenga que vivir fuera de las murallas de la ciudad, en los arrabales.
viernes, octubre 23, 2009
Bolos
Cuando hablo de mujeres con los compañeros del equipo de bolos, ellos siempre se quejan de que acostarse año tras año con la misma mujer es aburrido. Quieren a sus esposas pero echan de menos la variedad. Entonces, yo siempre sonrío y les explico que tuve la suerte de casarme con Mística, que se enamoró de mí tras abandonar su carrera de adversaria de la Patrulla X.
miércoles, octubre 21, 2009
Regreso
Veámonos salir de un garito lleno de humo (como si fuéramos directores de cine y toda nuestra vida, nuestra miserable vida, solo fuera una secuencia de planos que antes alguien ha dibujado en un story board). Observémonos mientras caminamos de forma vacilante, los ojos enrojecidos por el humo, los miembros débiles por el alcohol (pero sin hacer eses, somos bebedores con dignidad). En la calle, un mendigo hablará en sueños mientras se mueve nervioso bajo las mantas. Su aliento formará una nubecilla de vaho alrededor de su boca y dirá: no, por favor, no, no lo hagas, no te lo lleves. Nosotros (es decir, las pequeñas personas que pueden verse allá abajo) observaremos al mendigo y decidiremos que eso que el mendigo no quiere que se lleven debe de ser su hijo, por ejemplo, y que la soledad que sobrevino a esa separación, contribuyó, junto con sus problemas con el alcohol, a que acabara así, durmiendo entre mantas regaladas, y gimiendo en sueños mientras nosotros (allá abajo, ¿lo ven?, pequeños como hormigas) lo observaremos y pensaremos en cómo será la vida a la intemperie. Al llegar a casa (aquí el plano es algo más complicado: un zoom desde arriba que pasa a través de los tejados y de las dos últimas plantas del edificio y que por último se desplaza lateralmente para enfocarnos abriendo la puerta sin vacilación) nos desvestiremos, nos lavaremos los dientes y nos meteremos en la cama (plano secuencia). En esa cama ya estará durmiendo una mujer (primer plano). La mujer dirá: ¿te has divertido? Y nosotros contestaremos que sí. La mujer dirá: ¿otra vez borracho? Y nosotros diremos: no mujer, solo he tomado un par de copas, a lo que la mujer responderá poniendo cara de fastidio, dándose la vuelta en la cama y diciendo: que sepas que otra vez he tenido que decirle a Daniel que su padre no podía leerle el cuento porque se había quedado trabajando en la oficina. Un día de estos me voy a hartar, te lo digo en serio.
(Fundido a blanco)
(Fundido a blanco)
miércoles, octubre 14, 2009
Centro
Yo sé quién soy, respondió Don Quijote, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.
Miguel de Cervantes, Don Quijote, I, Cap V.
Hallelujah
Rodrigo Fresán en Vidas de Santos citando a Jeff Buckley que, a su vez, versiona a Leonard Cohen
Miguel de Cervantes, Don Quijote, I, Cap V.
Hallelujah
Rodrigo Fresán en Vidas de Santos citando a Jeff Buckley que, a su vez, versiona a Leonard Cohen
Te montaste en el metro en La Latina y un día después estabas en una playa italiana, en un pueblo medieval en el que los bajos de las casas del XVI estaban cubiertos de algas verdes. Seguiste moviéndote, acumulando paisajes y canciones en la cabeza en aquella zona del Mediterráneo. Tomaste algunas notas y, como un vector, como alguien consciente de la dirección que debe llevar, te encaminaste hacia delante, hacia abajo, hacia el párrafo siguiente.
Aquí. Ahora sucede. El momento de la separación, justo aquí. Aquí hay que fijar la mira telescópica de este cuento. Este es el centro exacto sobre el que confluyen todas las líneas. El baricentro y el ortocentro de esta página, el lugar sobre el que podría arrugarse este cuento de forma simétrica, el vértice del cucurucho que podríamos construir con él, o si se prefiere, su sumidero, su cráter. Es aquí. Fíjense. Alguien dice: «Adiós, mi amor. Han sido unos días maravillosos, nunca los olvidaré. A ver si puedo ir a verte pronto». Y alguien contesta: «Adiós, mi amor. Es cierto que han sido unos días maravillosos, pero yo no diría que no he de olvidarlos. La memoria funciona de manera rara, ¿no te parece? Me gustaría mucho que esto no se acabara, que pudiéramos darnos una prórroga, aunque fuera de un solo día». Y alguien dice: «Ya no somos niños. Sabes que no puede ser». Y alguien contesta: «Sí, es cierto. Así son las cosas». Entonces el tiempo hace zuuuum y se concentra en un único punto (ortocentro, baricentro, sumidero y cráter) y todo, absolutamente todo, cambia para siempre, cambia la superficie, cambia la distancia y también cambian el antes y el después, para siempre. Todo. Está escrito. En este momento, en este ahora no hay pasado ni hay futuro. En este ahora lo que hay es tristeza convirtiéndose en nostalgia a la velocidad de la luz. En este ahora lo que queda es una huella, un recuerdo, la vibración del aire alrededor del objeto que acaba de partir a toda velocidad. Nada más.
Tomaste algunas notas y, como un vector, como alguien consciente de la dirección que debe llevar, te encaminaste hacia atrás, hacia arriba, hacia el párrafo anterior. Habías seguido moviéndote, acumulando paisajes y canciones en la cabeza en aquella zona del Mediterráneo. Te habías montado en el subte en Corrientes y una semana después estabas en una playa italiana, en un pueblo medieval en el que los bajos de las casas del XVI estaban cubiertos de algas verdes.
jueves, octubre 08, 2009
Sapo II
Érase una vez un rey que gobernaba con mano sabia en un reino lejano. Un buen día, paseando por sus dominios, se perdió en un bosque que nunca había frecuentado (el rey tenía tantas tierras que aunque intentaba conocerlas todas, había grandes extensiones de su reino que nunca había visitado y que solo conocía por los periódicos) y encontró un sapo.
Enternecido, recordando la de veces que había ordenado a su ama de cría que leyera cuentos tradicionales a sus hijos por la noche, lo besó, sin pensar mucho en lo que hacía. Como suele ser habitual, el sapo se convirtió en un príncipe, que, como suele ser habitual también, cayó rendidamente enamorado del rey (las instrucciones para el manejo de sapos mágicos advierten claramente que una vez devueltos a su forma original, los príncipes encantados se comportan como las crías de las ocas, esto es, que se van detrás del primer ser vivo que ven).
Al principio, el rey pensó que tener a un joven bello, rubio y de ojos azules enamorado de él y que lo seguía a todas partes suponía un problema para su reino, es más, un problema político, los de peor resolución, pero, poco a poco, comenzó a contemplarse con los ojos de él y a gustarse más y más. El rey perdió peso, volvió a frecuentar las partidas de caza largo tiempo abandonadas, se hizo nuevas ropas y se compró un caballo andaluz de porte elegante. Extrañados por un comportamiento tan poco regio (tan común, sin embargo, en directores, gerentes y empresarios cerca de la cincuentena), la reina y los infantes comenzaron a sospechar del nuevo amigo del rey, que tanto frecuentaba palacio en los últimos tiempos y en una comida familiar, le exigieron explicaciones. Para su sorpresa, el rey les confesó que se había enamorado, que el bello príncipe le había hecho sentir joven de nuevo, que sentía que su vida se escapaba y que, debían entenderlo, tal vez fuera la última oportunidad de ser realmente feliz que se le ofrecería.
Hubo gritos, sonido de vidrio al estrellarse contra el suelo, conciliábulos de miembros de la familia real, dispuestos a declarar incapaz a un rey presa de sus bajos instintos, manifestaciones a favor y en contra, toma de posición política en los principales medios de comunicación, editoriales supuestamente sutiles que pedían la abdicación del monarca, comparecencias en programas rosas de televisión, en fin, lo habitual. Y tras todo ello, la vida continuó.
El tiempo pasó y el bello príncipe siguió viviendo en palacio. Además, como tenía tan buen corazón acabó por ganarse el favor de la familia real: el príncipe mayor encontró a un buen amigo, siempre presto a compartir unas cervezas y unos comentarios procaces sobre el culo de las doncellas de palacio; la princesa mayor encontró el modelo de hombre que buscaría sin descanso y sin éxito el resto de su vida y también la imagen erótica capaz de excitarla cuando se acariciaba; la reina encontró a un confidente, listo para escuchar su larga lista de quejas y para dar consejos muy bien meditados; hasta la reina madre rejuveneció gracias a los piropos que el bello príncipe le dirigía.
Las cosas no podían ir mejor para la familia real: la gente nadaba en la abundancia, la paz se enseñoreaba por todo el reino, las monarquías rivales envidiaban la inmensa suerte que había tenido el rey al besar aquel repugnante sapo, los periódicos dedicaban sesudos análisis a la buena influencia que el bello príncipe había provocado sobre la política del país. La gente lo amaba. La gente era feliz.
Y sí, hoy ha aparecido el bello príncipe muerto en la cama de la hija. Envenenado. La muerte preferida de los reyes y de los príncipes.
Es lo que suele suceder en este tipo de cuentos.
Enternecido, recordando la de veces que había ordenado a su ama de cría que leyera cuentos tradicionales a sus hijos por la noche, lo besó, sin pensar mucho en lo que hacía. Como suele ser habitual, el sapo se convirtió en un príncipe, que, como suele ser habitual también, cayó rendidamente enamorado del rey (las instrucciones para el manejo de sapos mágicos advierten claramente que una vez devueltos a su forma original, los príncipes encantados se comportan como las crías de las ocas, esto es, que se van detrás del primer ser vivo que ven).
Al principio, el rey pensó que tener a un joven bello, rubio y de ojos azules enamorado de él y que lo seguía a todas partes suponía un problema para su reino, es más, un problema político, los de peor resolución, pero, poco a poco, comenzó a contemplarse con los ojos de él y a gustarse más y más. El rey perdió peso, volvió a frecuentar las partidas de caza largo tiempo abandonadas, se hizo nuevas ropas y se compró un caballo andaluz de porte elegante. Extrañados por un comportamiento tan poco regio (tan común, sin embargo, en directores, gerentes y empresarios cerca de la cincuentena), la reina y los infantes comenzaron a sospechar del nuevo amigo del rey, que tanto frecuentaba palacio en los últimos tiempos y en una comida familiar, le exigieron explicaciones. Para su sorpresa, el rey les confesó que se había enamorado, que el bello príncipe le había hecho sentir joven de nuevo, que sentía que su vida se escapaba y que, debían entenderlo, tal vez fuera la última oportunidad de ser realmente feliz que se le ofrecería.
Hubo gritos, sonido de vidrio al estrellarse contra el suelo, conciliábulos de miembros de la familia real, dispuestos a declarar incapaz a un rey presa de sus bajos instintos, manifestaciones a favor y en contra, toma de posición política en los principales medios de comunicación, editoriales supuestamente sutiles que pedían la abdicación del monarca, comparecencias en programas rosas de televisión, en fin, lo habitual. Y tras todo ello, la vida continuó.
El tiempo pasó y el bello príncipe siguió viviendo en palacio. Además, como tenía tan buen corazón acabó por ganarse el favor de la familia real: el príncipe mayor encontró a un buen amigo, siempre presto a compartir unas cervezas y unos comentarios procaces sobre el culo de las doncellas de palacio; la princesa mayor encontró el modelo de hombre que buscaría sin descanso y sin éxito el resto de su vida y también la imagen erótica capaz de excitarla cuando se acariciaba; la reina encontró a un confidente, listo para escuchar su larga lista de quejas y para dar consejos muy bien meditados; hasta la reina madre rejuveneció gracias a los piropos que el bello príncipe le dirigía.
Las cosas no podían ir mejor para la familia real: la gente nadaba en la abundancia, la paz se enseñoreaba por todo el reino, las monarquías rivales envidiaban la inmensa suerte que había tenido el rey al besar aquel repugnante sapo, los periódicos dedicaban sesudos análisis a la buena influencia que el bello príncipe había provocado sobre la política del país. La gente lo amaba. La gente era feliz.
Y sí, hoy ha aparecido el bello príncipe muerto en la cama de la hija. Envenenado. La muerte preferida de los reyes y de los príncipes.
Es lo que suele suceder en este tipo de cuentos.
lunes, octubre 05, 2009
Blanco
Ayer me quedé en blanco, sin saber qué hacer, sin ser capaz de ejecutar los pasos, aprendidos hace tanto tiempo, sin voluntad para hacer lo que era necesario. Menos mal que mi compañero me dio un empujón, me zarandeó y me dijo: vamos hombre, que parece que te ha dado un vahído y yo contesté ehh, sí, sí, llevas razón y conseguí reaccionar y ayudé a inmovilizar al hombre y a tranquilizarlo tras ponerle un calmante. Ya en la ambulancia, con los signos vitales del paciente estabilizados y la herida de arma blanca contenida —la venda blanca volviéndose roja poco a poco, la venda blanca siendo inundada progresivamente por la sangre—, comencé a reflexionar sobre lo que me había sucedido, sobre el hecho de haberme quedado en blanco en un momento en el que era necesario ser resolutivo, ser capaz, hacerse cargo de la situación. No encontré explicación alguna y, de hecho, continúo preocupado por ello: temo que se repita el episodio, temo volver a quedarme como un muñeco sin voluntad en un momento en el que, precisamente, esa voluntad sea necesaria.
Hoy, por desgracia, me he visto en una situación muy parecida. De nuevo un hombre yacía en el suelo malherido, con una herida en el abdomen —la sangre espesa acumulándose en el pequeño charco bajo su cuerpo, la mancha ampliándose de forma imperceptible—, de nuevo el hombre era gordo, calvo y sin barba y de nuevo mi compañero me ha mirado con cara de preocupación tras zarandearme para hacerme volver en mí. En la ambulancia, con el hombre evolucionando favorablemente otra vez, he pensado que mis temores de ayer se habían cumplido, que me he vuelto a ver despojado de la voluntad en un momento crítico. Además, sea lo que sea lo que me sucede, parece estar complicándose: al intentar recordar a qué hora había llegado a trabajar, dónde había aparcado el coche, qué había desayunado o si había dormido en mi casa, no he sabido responderme, a pesar de llevar la ropa limpia y la cara sin rastro de barba.
Le he contado lo que me está sucediendo a Andrés, mi compañero, y él me ha tomado el pulso, me ha hecho algunas preguntas y me ha recomendado que vaya a ver a un médico amigo suyo. Le he contestado que eso haré, que no creo que sea para tanto y, sin embargo, tengo la sensación de olvidar algo fundamental. Por más que lo intento no consigo recordarlo, pero siento en los huesos que es de tremenda importancia.
Todo el día llevo intentándolo sin conseguirlo. Y no dejo de pensar en la imagen de los dos hombres gordos, calvos y sin barba, tan parecidos, perdiendo sangre sobre el asfalto, con una puñalada en un sitio que, si bien puede complicarse, parece hecha por alguien que no pretendía matarlos, que pretendía concederles el suficiente tiempo para que los sanitarios llegaran a tiempo y pudieran hacer su trabajo, tan encomiable y alabado por todos.
Hoy, por desgracia, me he visto en una situación muy parecida. De nuevo un hombre yacía en el suelo malherido, con una herida en el abdomen —la sangre espesa acumulándose en el pequeño charco bajo su cuerpo, la mancha ampliándose de forma imperceptible—, de nuevo el hombre era gordo, calvo y sin barba y de nuevo mi compañero me ha mirado con cara de preocupación tras zarandearme para hacerme volver en mí. En la ambulancia, con el hombre evolucionando favorablemente otra vez, he pensado que mis temores de ayer se habían cumplido, que me he vuelto a ver despojado de la voluntad en un momento crítico. Además, sea lo que sea lo que me sucede, parece estar complicándose: al intentar recordar a qué hora había llegado a trabajar, dónde había aparcado el coche, qué había desayunado o si había dormido en mi casa, no he sabido responderme, a pesar de llevar la ropa limpia y la cara sin rastro de barba.
Le he contado lo que me está sucediendo a Andrés, mi compañero, y él me ha tomado el pulso, me ha hecho algunas preguntas y me ha recomendado que vaya a ver a un médico amigo suyo. Le he contestado que eso haré, que no creo que sea para tanto y, sin embargo, tengo la sensación de olvidar algo fundamental. Por más que lo intento no consigo recordarlo, pero siento en los huesos que es de tremenda importancia.
Todo el día llevo intentándolo sin conseguirlo. Y no dejo de pensar en la imagen de los dos hombres gordos, calvos y sin barba, tan parecidos, perdiendo sangre sobre el asfalto, con una puñalada en un sitio que, si bien puede complicarse, parece hecha por alguien que no pretendía matarlos, que pretendía concederles el suficiente tiempo para que los sanitarios llegaran a tiempo y pudieran hacer su trabajo, tan encomiable y alabado por todos.
jueves, octubre 01, 2009
Reivindicación
Telón
Cae sobre tres mujeres, dos rubias y una morena, las tres atractivas, las tres encantadoras, las tres con los ojos llorosos y con el agobio, la vergüenza, la ira, la rabia y el miedo formando pequeños cristales en sus estómagos.
Escena 1
Una mujer queda con un hombre que no conoce, sale con él una vez y, aunque se divierte, nota en él algo que no le gusta, un brillo extraño en los ojos, algún detalle más que suficiente para olvidarlo todo, para dejarlo correr, para no intentarlo una segunda vez. El hombre responde llamándola veinte veces al día y enviándole un mensaje en el que la insulta diciéndole puta, diciéndole que se va a morir sola por puta.
Escena 2
Una mujer recibe sorprendida un correo electrónico en el que uno de los colegas con los que lleva tomando café más de siete años, le dice que la espera, le dice que piensa en ella, que siempre la tiene presente. Envía una respuesta en la que pretende deshacer un malentendido que no es tal. Un año después, el hombre continúa enviando correos, continúa diciéndole que se acuerda de ella cuando ve caer la lluvia, continúa con los mensajes al móvil a las nueve de la mañana del domingo, mientras su hija pequeña juega con él en la cama y su mujer reciente hace el café.
Escena 3
Una mujer sale de un cuarto de baño con el miedo en la cara y tal estado de nerviosismo que abandona a toda prisa la fiesta de inauguración en la que lo está pasándolo tan bien. Uno de sus amigos, no muy cercano pero sí conocido y, sobre todo, íntimo de una gran amiga, se ha colado en el cuarto de baño, le ha cerrado la puerta, le ha metido la lengua en la boca y la ha sobado. Al día siguiente, el hombre intenta no recordar nada cuando besa a su mujer, tan vital y encantadora, y revuelve el pelo de su hijo.
Coda
Tal vez solo se trate de que el paso del tiempo nos ofrezca más oportunidades de comprobar que todo el mundo comete una maldad alguna vez en la vida o, mucho peor, de comprobar la verdadera naturaleza de la gente. Tal vez.
Pero quiero dejar algo claro. No todos somos así. Conozco a muchísimos hombres que no son así, que no querrían ser así ni por todo el poder, el sexo o el dinero del mundo.
No significa no. Y no hay que darle más vueltas.
Cae sobre tres mujeres, dos rubias y una morena, las tres atractivas, las tres encantadoras, las tres con los ojos llorosos y con el agobio, la vergüenza, la ira, la rabia y el miedo formando pequeños cristales en sus estómagos.
Escena 1
Una mujer queda con un hombre que no conoce, sale con él una vez y, aunque se divierte, nota en él algo que no le gusta, un brillo extraño en los ojos, algún detalle más que suficiente para olvidarlo todo, para dejarlo correr, para no intentarlo una segunda vez. El hombre responde llamándola veinte veces al día y enviándole un mensaje en el que la insulta diciéndole puta, diciéndole que se va a morir sola por puta.
Escena 2
Una mujer recibe sorprendida un correo electrónico en el que uno de los colegas con los que lleva tomando café más de siete años, le dice que la espera, le dice que piensa en ella, que siempre la tiene presente. Envía una respuesta en la que pretende deshacer un malentendido que no es tal. Un año después, el hombre continúa enviando correos, continúa diciéndole que se acuerda de ella cuando ve caer la lluvia, continúa con los mensajes al móvil a las nueve de la mañana del domingo, mientras su hija pequeña juega con él en la cama y su mujer reciente hace el café.
Escena 3
Una mujer sale de un cuarto de baño con el miedo en la cara y tal estado de nerviosismo que abandona a toda prisa la fiesta de inauguración en la que lo está pasándolo tan bien. Uno de sus amigos, no muy cercano pero sí conocido y, sobre todo, íntimo de una gran amiga, se ha colado en el cuarto de baño, le ha cerrado la puerta, le ha metido la lengua en la boca y la ha sobado. Al día siguiente, el hombre intenta no recordar nada cuando besa a su mujer, tan vital y encantadora, y revuelve el pelo de su hijo.
Coda
Tal vez solo se trate de que el paso del tiempo nos ofrezca más oportunidades de comprobar que todo el mundo comete una maldad alguna vez en la vida o, mucho peor, de comprobar la verdadera naturaleza de la gente. Tal vez.
Pero quiero dejar algo claro. No todos somos así. Conozco a muchísimos hombres que no son así, que no querrían ser así ni por todo el poder, el sexo o el dinero del mundo.
No significa no. Y no hay que darle más vueltas.
jueves, septiembre 24, 2009
Billy
No hay gloria en la muerte, no hay gloria ni fama. Como no hay gloria en la soledad de un escritor conjurando sus fantasmas en un habitación fría y oscura de Praga. La gloria la crean otros: los que cuentan la historia de una vida como si se tratara del viaje de Homero. Maldito Pat Garrett y maldito Max Brod.
Billy el Niño, o sea yo, no comenzó su leyenda con aquel mexicano que tal vez no fuera mexicano y que tal vez no muriera por uno de sus disparos o con el cuello atravesado por un cuchillo de caza. Billy el Niño comenzó su leyenda como personaje de ficción en una novela ilustrada y muy mal escrita que el sheriff de los bigotes dictó a un chupatintas. Del tipo que se mea encima cuando llegan los tiros y la gente muere con una mano agarrándose el vientre. Pregúntenle a Clint Eastwood.
Yo, además, nunca odié a los mexicanos. Y mi español era más que bueno. De hecho, cabe la posibilidad de que yo fuera un poco mexicano dicen algunos historiadores de esos que no soporto. Sí que fui cuatrero como otros eran usureros. En aquel tiempo no eran oficios respetables ninguno de los dos y fíjense ahora. La historia en una cosa sinuosa y extraña. ¿He dicho ya que odio a los historiadores?
Decorado: la taberna de mi primera muerte era de madera, la barra estaba pulida por los incontables brazos que se habían acodado en ella, el humo llenaba el local, el whisky era malo, el olor repugnante. El decorado es fácil. Pregúntenle a John Ford.
Lo de las veintiuna muertes también es mentira. Los que miran legajos cubiertos de polvo y anotan datos en pequeños cuadernos pautados solo pueden dar por seguras cuatro. Además, yo nunca dije que había matado a tanta gente. Y nunca desconté a los mexicanos. Eso son cosas del maldito de Pat. Yo ya estaba muerto cuando comenzaron a circular esas leyendas y nada pude hacer para contrarrestarlas. Ni modo.
Y me mató como a un perro, sin darme ni una sola oportunidad y eso tampoco lo dice nadie. Y me morí tirado en el polvo de la calle de Fort Summer maldiciendo en español mientras mi propia sangre formaba un charco espeso debajo de mí, un charco que fue coagulándose poco a poco.
Pero lo que le dije a Pat Garrett cuando me lo encontré por aquí algún tiempo después es que el disparo no fue decente pero sí comprensible. Aquellos tiempos eran así y también yo fui cuatrero y saqué el revólver sin motivo en más de una ocasión. Pero lo que no le perdono ni le perdonaré nunca es que escribiera aquella maldita novela, que me convirtiera en un mito, en un héroe.
Aquí estoy con Marilyn, con Dean, con Elvis y con el recién llegado Michael y no los soporto ni un solo minuto más. Y olvidé mi pistola allá abajo en Fort Summer.
Billy el Niño, o sea yo, no comenzó su leyenda con aquel mexicano que tal vez no fuera mexicano y que tal vez no muriera por uno de sus disparos o con el cuello atravesado por un cuchillo de caza. Billy el Niño comenzó su leyenda como personaje de ficción en una novela ilustrada y muy mal escrita que el sheriff de los bigotes dictó a un chupatintas. Del tipo que se mea encima cuando llegan los tiros y la gente muere con una mano agarrándose el vientre. Pregúntenle a Clint Eastwood.
Yo, además, nunca odié a los mexicanos. Y mi español era más que bueno. De hecho, cabe la posibilidad de que yo fuera un poco mexicano dicen algunos historiadores de esos que no soporto. Sí que fui cuatrero como otros eran usureros. En aquel tiempo no eran oficios respetables ninguno de los dos y fíjense ahora. La historia en una cosa sinuosa y extraña. ¿He dicho ya que odio a los historiadores?
Decorado: la taberna de mi primera muerte era de madera, la barra estaba pulida por los incontables brazos que se habían acodado en ella, el humo llenaba el local, el whisky era malo, el olor repugnante. El decorado es fácil. Pregúntenle a John Ford.
Lo de las veintiuna muertes también es mentira. Los que miran legajos cubiertos de polvo y anotan datos en pequeños cuadernos pautados solo pueden dar por seguras cuatro. Además, yo nunca dije que había matado a tanta gente. Y nunca desconté a los mexicanos. Eso son cosas del maldito de Pat. Yo ya estaba muerto cuando comenzaron a circular esas leyendas y nada pude hacer para contrarrestarlas. Ni modo.
Y me mató como a un perro, sin darme ni una sola oportunidad y eso tampoco lo dice nadie. Y me morí tirado en el polvo de la calle de Fort Summer maldiciendo en español mientras mi propia sangre formaba un charco espeso debajo de mí, un charco que fue coagulándose poco a poco.
Pero lo que le dije a Pat Garrett cuando me lo encontré por aquí algún tiempo después es que el disparo no fue decente pero sí comprensible. Aquellos tiempos eran así y también yo fui cuatrero y saqué el revólver sin motivo en más de una ocasión. Pero lo que no le perdono ni le perdonaré nunca es que escribiera aquella maldita novela, que me convirtiera en un mito, en un héroe.
Aquí estoy con Marilyn, con Dean, con Elvis y con el recién llegado Michael y no los soporto ni un solo minuto más. Y olvidé mi pistola allá abajo en Fort Summer.
martes, septiembre 22, 2009
Libros
—Hay que joderse con el colega.
—Pues sí, qué cantidad de libros, tú.
—¿Crees que los habrá leído todos?
—Supongo, ¿para qué quiere tener nadie en casa libros que no lee?
—Ah, pues ni idea. Pero a mí no me salen las cuentas.
—¿Qué cuentas?
—Si en cada estantería hay unos quinientos libros, en total debe de haber... unos treinta mil libros.
—¿Y qué?
—Pues que es imposible leer treinta mil libros, colega.
—¿Tú qué sabes? Los profesores estos se pasan el día leyendo. Menudo muermo.
-Que no, colega, que no, que no es posible. Aunque leyera un libro diario, en treinta años no podría haber leído más de diez mil.
—Bueno, no es tan viejo, eso es verdad.
—Te lo digo yo, es imposible que el tío este haya leído todos estos libros.
—Hay que joderse. ¿Y para qué los querrá?
—Yo qué sé. Por el gusto de tenerlos, supongo. ¿A ti no te pasa? Eso de pillar algo sabiendo que no lo vas a usar pero de lo que fardas un huevo.
—Claro, mira el deportivo ese que me pillé. Lo cojo lo justo pero cuando salgo a dar una vuelta con él, siempre pienso que el pastón que me costó mereció la pena.
—Pues lo mismo.
—Anda ya, colega, ¿cómo va a ser lo mismo tener un deportivo que te cagas que la casa llena de libros? Menudo pringao.
—No, si yo no digo nada.
—Subnormal, que pareces subnormal, comparar mi deportivo con esta mierda...
—Tranquilo, hombre, no te alteres. Te noto un poco nervioso.
—Bueno, estos trabajos siempre me ponen un poco nervioso. Parece que aquí el amigo se ha pasado de listo, ¿no?
—Sí, los intelectuales estos, que piensan que los demás somos gilipollas. Pero claro, no todo el mundo va tan de buen rollo como tú y como yo. Hay gente que se enfada y eso.
—Ya, los mexicanos son jodidos para eso.
—Sí, pero pagan de puta madre. Eso hay que reconocerlo.
—Pues sí, qué cantidad de libros, tú.
—¿Crees que los habrá leído todos?
—Supongo, ¿para qué quiere tener nadie en casa libros que no lee?
—Ah, pues ni idea. Pero a mí no me salen las cuentas.
—¿Qué cuentas?
—Si en cada estantería hay unos quinientos libros, en total debe de haber... unos treinta mil libros.
—¿Y qué?
—Pues que es imposible leer treinta mil libros, colega.
—¿Tú qué sabes? Los profesores estos se pasan el día leyendo. Menudo muermo.
-Que no, colega, que no, que no es posible. Aunque leyera un libro diario, en treinta años no podría haber leído más de diez mil.
—Bueno, no es tan viejo, eso es verdad.
—Te lo digo yo, es imposible que el tío este haya leído todos estos libros.
—Hay que joderse. ¿Y para qué los querrá?
—Yo qué sé. Por el gusto de tenerlos, supongo. ¿A ti no te pasa? Eso de pillar algo sabiendo que no lo vas a usar pero de lo que fardas un huevo.
—Claro, mira el deportivo ese que me pillé. Lo cojo lo justo pero cuando salgo a dar una vuelta con él, siempre pienso que el pastón que me costó mereció la pena.
—Pues lo mismo.
—Anda ya, colega, ¿cómo va a ser lo mismo tener un deportivo que te cagas que la casa llena de libros? Menudo pringao.
—No, si yo no digo nada.
—Subnormal, que pareces subnormal, comparar mi deportivo con esta mierda...
—Tranquilo, hombre, no te alteres. Te noto un poco nervioso.
—Bueno, estos trabajos siempre me ponen un poco nervioso. Parece que aquí el amigo se ha pasado de listo, ¿no?
—Sí, los intelectuales estos, que piensan que los demás somos gilipollas. Pero claro, no todo el mundo va tan de buen rollo como tú y como yo. Hay gente que se enfada y eso.
—Ya, los mexicanos son jodidos para eso.
—Sí, pero pagan de puta madre. Eso hay que reconocerlo.
lunes, septiembre 14, 2009
Frío
Y llovió y las nubes cubrieron el cielo y la temperatura bajó. La naturaleza ofreció el marco perfecto para el retorno y el escalofrío en la base de mi espalda, a pesar de las dos mangas, me recordó que el verano insiste en continuar hacia otros sitios y que nada lo detendrá. El inicio del curso, los buenos propósitos, los cursos de inglés, los coleccionables absurdos, los atascos, las luces de las oficinas antes de que amanezca. Nada.
Y ayer vi en la televisión que el atún rojo se cría encerrado en redes para su exportación a Japón. Y leí en la prensa que dentro de muy poco será posible manipular los recuerdos y los comportamientos de la gente mediante la estimulación eléctrica y química de ciertas zonas del cerebro. Y Eduardo Punset dijo que pronto el hombre iba a conseguir aprovechar la energía solar para vivir, que pronto nos convertiríamos en hombres fotosintéticos.
Observé las sombras desplazándose a lo largo de la mañana, acompasadas con el cambio de luz y, de alguna manera, me pareció que todo continuaba en su lugar, como si el mundo hubiera continuado sin mí, aunque más tarde recordé que el mundo no puede continuar sin mí porque el mundo es precisamente lo que hay dentro de mí y no otra cosa, y que incluso la propia existencia de la realidad se discute en círculos científicos y filosóficos.
Y más tarde lo olvidé todo, como hago constantemente con la inmensa mayoría de las cosas y cuando lo recordé, lo dejé escrito aquí, como un tatuaje en el pecho del protagonista de Memento.
(Para que no se me olvide, me dije.)
Y ayer vi en la televisión que el atún rojo se cría encerrado en redes para su exportación a Japón. Y leí en la prensa que dentro de muy poco será posible manipular los recuerdos y los comportamientos de la gente mediante la estimulación eléctrica y química de ciertas zonas del cerebro. Y Eduardo Punset dijo que pronto el hombre iba a conseguir aprovechar la energía solar para vivir, que pronto nos convertiríamos en hombres fotosintéticos.
Observé las sombras desplazándose a lo largo de la mañana, acompasadas con el cambio de luz y, de alguna manera, me pareció que todo continuaba en su lugar, como si el mundo hubiera continuado sin mí, aunque más tarde recordé que el mundo no puede continuar sin mí porque el mundo es precisamente lo que hay dentro de mí y no otra cosa, y que incluso la propia existencia de la realidad se discute en círculos científicos y filosóficos.
Y más tarde lo olvidé todo, como hago constantemente con la inmensa mayoría de las cosas y cuando lo recordé, lo dejé escrito aquí, como un tatuaje en el pecho del protagonista de Memento.
(Para que no se me olvide, me dije.)
viernes, septiembre 11, 2009
Marrakech (y VIII)
Entro en la medina por esa puerta camino de la Place du Moukef, pasando por las curtidurías de piel. Huele mal y miro de soslayo a través de alguna arcada pero no me interesa demasiado el proceso: hombres sin camiseta con las manos metidas en productos químicos curtiendo la piel tal y como se hacía hace un siglo. Me parece casi inmoral sacar fotos de un sitio así. Un hombre que pretende hacerme de guía me agarra del brazo, intenta hacerse el simpático, se ve la desesperación en el fondo de sus ojos. Estoy harto de ellos, de todos los que caminan a tu lado intentando llevarte a alguna tienda pero les comprendo: soy un turista. Y no uno de esos viajeros-buen-rollito-que-no-quieren-parecer-turistas-y-que-por-eso-nunca-dejan-una-propina-tras-disfrutar-de-una-experiencia-exótica. Yo sí dejo propina. Y me dejo engañar sin perder el sentido del humor. Son las reglas.
Al volver de la madrasa (o madraza, o medersa), un lugar lleno de paz, como contagiado de la espiritualidad de sus inquilinos en otro tiempo, descubro la Maison de la Photographie, una casa cuyo dueño —Patrick—, en lugar de convertir en un hotel, o en un riad, ha convertido en un museo de la fotografía de Marruecos. Un lugar hermoso, de paredes blancas que solo lleva abierto tres meses y cuyo contenido me explica con detalle y erudición. Hablamos en inglés de fotografía, de historia, de los vínculos que unen ambas orillas del Mediterráneo, del antiguo idioma común que existía en el siglo XVII en todo el Mare Nostrum, formado por antiguas palabras latinas, árabes, italianas y españolas y que aparece en el Quijote, de las expediciones emprendidas por la monarquía alauita hacia el África Negra, de la importancia de los moriscos andaluces, como Es-Saheli, en el reino de Tombuctú, de los músicos esclavos de ese reino, que aparecen en una de las fotografías, que creían en un dios de las cosas que producía el mundo a través de una gran masturbación, de técnicas fotográficas y copias vintage.
La fotografía más antigua que tiene el museo tiene 140 años y es fantástica. Me explica que el revelado en papel de Japón era una técnica de finales del siglo XIX y principios del XX que pretendía imitar los trazos del impresionismo. Me cuenta muchas cosas, me invita a subir a la terraza, me trae un vaso de agua. Subo a la terraza y desde allí, un lugar bastante alto, veo otra vez la medina roja y el verde de las plantas de interior. Comienza la llamada a la oración y de nuevo los cantos de los muecines de las mezquitas cercanas se acoplan unos a otros como las piezas de un puzzle. Patrick me invita a compartir su comida y la de su mujer pero yo digo que no, digo gracias y pregunto si tienen un catálogo que pueda comprar. Me dicen que lo harán cuando tenga dinero. Se me ocurre que hacer ese catálogo en tres idiomas es un proyecto bonito, se me ocurre que crear la página web del museo debe de serlo también. Lamento no disponer de más días para volver tranquilamente a tomar una ensalada para cenar y compartir té y conversación con esta pareja.
Ceno en la plaza, tras una siesta de lectura, humo y un baño en la pequeña piscina de agua fría de la entrada al hotel y vuelvo temprano tras pasarme por la Kutubía a observar por última vez a los fieles levantándose y arrodillándose, levantándose y arrodillándose.
En la terraza del riad me acomodo a terminar una de las novelas que aún me quedan. Oigo a los niños correr y jugar abajo en la calle, los ruidos de las cocinas, la conversación incomprensible de las mujeres, pegando la hebra, el petardeo de los ciclomotores. Miro al cielo y cuando advierto que se me cierran los ojos, recojo las cosas y me acuesto a descansar.
Al volver de la madrasa (o madraza, o medersa), un lugar lleno de paz, como contagiado de la espiritualidad de sus inquilinos en otro tiempo, descubro la Maison de la Photographie, una casa cuyo dueño —Patrick—, en lugar de convertir en un hotel, o en un riad, ha convertido en un museo de la fotografía de Marruecos. Un lugar hermoso, de paredes blancas que solo lleva abierto tres meses y cuyo contenido me explica con detalle y erudición. Hablamos en inglés de fotografía, de historia, de los vínculos que unen ambas orillas del Mediterráneo, del antiguo idioma común que existía en el siglo XVII en todo el Mare Nostrum, formado por antiguas palabras latinas, árabes, italianas y españolas y que aparece en el Quijote, de las expediciones emprendidas por la monarquía alauita hacia el África Negra, de la importancia de los moriscos andaluces, como Es-Saheli, en el reino de Tombuctú, de los músicos esclavos de ese reino, que aparecen en una de las fotografías, que creían en un dios de las cosas que producía el mundo a través de una gran masturbación, de técnicas fotográficas y copias vintage.
La fotografía más antigua que tiene el museo tiene 140 años y es fantástica. Me explica que el revelado en papel de Japón era una técnica de finales del siglo XIX y principios del XX que pretendía imitar los trazos del impresionismo. Me cuenta muchas cosas, me invita a subir a la terraza, me trae un vaso de agua. Subo a la terraza y desde allí, un lugar bastante alto, veo otra vez la medina roja y el verde de las plantas de interior. Comienza la llamada a la oración y de nuevo los cantos de los muecines de las mezquitas cercanas se acoplan unos a otros como las piezas de un puzzle. Patrick me invita a compartir su comida y la de su mujer pero yo digo que no, digo gracias y pregunto si tienen un catálogo que pueda comprar. Me dicen que lo harán cuando tenga dinero. Se me ocurre que hacer ese catálogo en tres idiomas es un proyecto bonito, se me ocurre que crear la página web del museo debe de serlo también. Lamento no disponer de más días para volver tranquilamente a tomar una ensalada para cenar y compartir té y conversación con esta pareja.
Ceno en la plaza, tras una siesta de lectura, humo y un baño en la pequeña piscina de agua fría de la entrada al hotel y vuelvo temprano tras pasarme por la Kutubía a observar por última vez a los fieles levantándose y arrodillándose, levantándose y arrodillándose.
En la terraza del riad me acomodo a terminar una de las novelas que aún me quedan. Oigo a los niños correr y jugar abajo en la calle, los ruidos de las cocinas, la conversación incomprensible de las mujeres, pegando la hebra, el petardeo de los ciclomotores. Miro al cielo y cuando advierto que se me cierran los ojos, recojo las cosas y me acuesto a descansar.
miércoles, septiembre 09, 2009
Marrakech VII
Me levanto muy temprano para aprovechar y visitar los monumentos que me quedan (el turismo, esa agotadora ginkana). Tomo un té a la menta en una pequeña plaza rodeada de palmeras y arcadas, donde unos talleres de reparación de objetos metálicos y tiendas de lámparas atienden a un público mayoritariamente marroquí. Cuatro personas, dos hombres con gorras viejas y dos mujeres con el cabello cubierto y chilabas de colores esperan sentadas en los bancos, descansando.
Cuando abren las puertas del Palacio El Madi, entro y compruebo algo decepcionado, que está en ruinas, que fue destruido en el siglo XVII. Rechazo a un guía, que me advierte que cuando lleguen los turistas no puedo seguirlos. Me parece bien pero, precisamente, vengo temprano para evitar las hordas de turistas así que no creo que vaya a esperar sentado a la sombra hasta que lleguen. Entro en la habitación donde se encuentra el minbar original —la escalera desde la que se pronuncia el sermón de los viernes, tan parecida al estrado de algunas iglesias católicas— de la mezquita de la Kutubía. Descubro que fue restaurado en los años 60. Me parece increíble que una pieza de madera pueda sobrevivir desde el siglo XII y que se haya fabricado en Córdoba. Subo más tarde a la terraza, desde la que puede verse casi toda la medina, ocre y verde, con muchas plantas ornamentales y sillas y hamacas en las terrazas. Es lógico que las terrazas sean planas (más bien las azoteas, palabra andaluza que describe precisamente esos espacios y no otros) porque por aquí no llueve mucho ni tampoco nieva. La medina es una extensión inmensa de rectángulos rojos, de estructuras cúbicas, más bien. Al fondo pueden verse dos montañas grandes que, no obstante, no son el Atlas. Comienza a hacer calor. Bajo de la terraza, salgo del palacio en ruinas y me dirijo al Palacio Real. Camino por la medina antes de que esté realmente viva y llena de gente hasta que llego a los jardines. El agua es tan escasa aquí que el césped se reserva para el rey. El resto de jardines tiene el suelo de tierra. Fumo un cigarrillo resguardado a la sombra de una palmera, tal y como hacen los marroquíes cuando aprieta el calor. Estoy casi seguro de que lo que estoy haciendo no está permitido pero no me importa. Bastaría con impostar un poco el acento inglés y decir que no lo sabía, que no sé leer árabe ni francés. Ventajas de la raza caucásica (sea lo que quiera que sea eso).
Me gustan los jardines del rey, la verdad. Los grandes espacios son raros en la medina pero los jardines que rodean el Palacio Real son inmensos. Todo para el rey, como en España. Camino tranquilo atravesando arcos de la muralla, una de las cosas que más me gustan de Marrakech. La muralla roja que todo lo rodea, con sus puertas y sus almenas en el desierto. El sol, la arena, el viento, las palmeras, los senderos de los hombres y de los animales, las serpientes, los camellos, los escarabajos y las escolopendras, todo aparece en la novela de Le Clézio que acabo de terminar. Me gustan las ciudades amuralladas. Salgo del recinto del Palacio Real y me monto en un minitaxi que me acerca a una de las puertas del norte: Bab Ed Debbagh dice mi plano turístico que se llama (y miente) [Todos los planos para occidentales mienten por necesidad, porque el árabe no escribe las vocales y tiene infinidad de consonantes aspiradas y cada idioma europeo las transcribe utilizando letras diferentes. No se parecen en nada los nombres árabes transcritos por los ingleses a los franceses, a los alemanes, a los españoles, como no se parecen las onomatopeyas que pretenden imitar los sonidos de los animales. La cultura árabe muestra a los occidentales mil caras y la inaprensibilidad de sus palabras solo es una de ellas. El mundo árabe se moderniza lentamente retorciendo la modernidad para que se adapte a él. Miles y miles de ciclomotores y bicicletas circulan por la medina a toda velocidad y probablemente sea eso y los pantalones vaqueros lo único que diferencia la estampa de la medina actual de la que debía de ofrecer hace cien años.]
Cuando abren las puertas del Palacio El Madi, entro y compruebo algo decepcionado, que está en ruinas, que fue destruido en el siglo XVII. Rechazo a un guía, que me advierte que cuando lleguen los turistas no puedo seguirlos. Me parece bien pero, precisamente, vengo temprano para evitar las hordas de turistas así que no creo que vaya a esperar sentado a la sombra hasta que lleguen. Entro en la habitación donde se encuentra el minbar original —la escalera desde la que se pronuncia el sermón de los viernes, tan parecida al estrado de algunas iglesias católicas— de la mezquita de la Kutubía. Descubro que fue restaurado en los años 60. Me parece increíble que una pieza de madera pueda sobrevivir desde el siglo XII y que se haya fabricado en Córdoba. Subo más tarde a la terraza, desde la que puede verse casi toda la medina, ocre y verde, con muchas plantas ornamentales y sillas y hamacas en las terrazas. Es lógico que las terrazas sean planas (más bien las azoteas, palabra andaluza que describe precisamente esos espacios y no otros) porque por aquí no llueve mucho ni tampoco nieva. La medina es una extensión inmensa de rectángulos rojos, de estructuras cúbicas, más bien. Al fondo pueden verse dos montañas grandes que, no obstante, no son el Atlas. Comienza a hacer calor. Bajo de la terraza, salgo del palacio en ruinas y me dirijo al Palacio Real. Camino por la medina antes de que esté realmente viva y llena de gente hasta que llego a los jardines. El agua es tan escasa aquí que el césped se reserva para el rey. El resto de jardines tiene el suelo de tierra. Fumo un cigarrillo resguardado a la sombra de una palmera, tal y como hacen los marroquíes cuando aprieta el calor. Estoy casi seguro de que lo que estoy haciendo no está permitido pero no me importa. Bastaría con impostar un poco el acento inglés y decir que no lo sabía, que no sé leer árabe ni francés. Ventajas de la raza caucásica (sea lo que quiera que sea eso).
Me gustan los jardines del rey, la verdad. Los grandes espacios son raros en la medina pero los jardines que rodean el Palacio Real son inmensos. Todo para el rey, como en España. Camino tranquilo atravesando arcos de la muralla, una de las cosas que más me gustan de Marrakech. La muralla roja que todo lo rodea, con sus puertas y sus almenas en el desierto. El sol, la arena, el viento, las palmeras, los senderos de los hombres y de los animales, las serpientes, los camellos, los escarabajos y las escolopendras, todo aparece en la novela de Le Clézio que acabo de terminar. Me gustan las ciudades amuralladas. Salgo del recinto del Palacio Real y me monto en un minitaxi que me acerca a una de las puertas del norte: Bab Ed Debbagh dice mi plano turístico que se llama (y miente) [Todos los planos para occidentales mienten por necesidad, porque el árabe no escribe las vocales y tiene infinidad de consonantes aspiradas y cada idioma europeo las transcribe utilizando letras diferentes. No se parecen en nada los nombres árabes transcritos por los ingleses a los franceses, a los alemanes, a los españoles, como no se parecen las onomatopeyas que pretenden imitar los sonidos de los animales. La cultura árabe muestra a los occidentales mil caras y la inaprensibilidad de sus palabras solo es una de ellas. El mundo árabe se moderniza lentamente retorciendo la modernidad para que se adapte a él. Miles y miles de ciclomotores y bicicletas circulan por la medina a toda velocidad y probablemente sea eso y los pantalones vaqueros lo único que diferencia la estampa de la medina actual de la que debía de ofrecer hace cien años.]
lunes, septiembre 07, 2009
Marrakech VI
En el viaje de vuelta hablo un poco con la pareja española. Son simpáticos pero se quejan de que a ellos no les han ofrecido nada ilegal. Dicen que deben de tener una cara demasiado formal y, efectivamente, la tienen. Les ofrezco un pastel de hachís que he comprado en la playa con la intención de que el viaje de vuelta se me haga más llevadero. Se les ve emocionados con la travesura. Me duermo un rato a pesar de los saltos en la carretera. Más tarde vuelvo a Thomas Bernhard. Cuando de nuevo llego a Ymá el Fná, compro un litro y medio de zumo de naranja y un kilo de pistachos. Me engañan con los pistachos pero me da igual. Llego al hotel a descansar un rato. Como pistachos y bebo zumo de naranja. Fumo y leo. Oigo una grabación de un cántico rítmico, que parece un rezo. Dejo de leer y miro al cielo mientras dejo que ese mantra islámico me tranquilice (pensando a la vez en la meditación, en el camino tan parecido en cristianos y árabes y budistas e hinduistas; sentirse uno mismo todo el tiempo, dejar fuera los pensamientos y sentir sin imágenes, un cuerpo palpitante parte del todo).
Cuando ya es de noche, me visto y salgo a la calle con la intención de cenar en una terraza con vistas a la plaza. La ensalada está deliciosa y reflexiono sobre el hecho de que la Unión Europea imponga aranceles proteccionistas a los productos agrícolas marroquíes: no me extraña, son mucho mejores que los nuestros. La lechuga y el tomate saben a lechuga y tomate. La sociedad marroquí es más agraria que la española y aún le tienen respeto a la comida. Se puede observar en los mercados. Cochambrosos y sin cámaras frigoríficas, los trozos de cordero colgando de ganchos al aire libre, el olor de la carne que atufa, pero a ese cordero lo mataron ayer y mañana matarán muchos más. El frío, el plástico, la pasteurización, han conseguido reducir el número de enfermedades gastrointestinales, estoy seguro, pero, a cambio, han velado los sabores de las cosas. Un filete envuelto en plástico, sobre una bandeja de plexiglás es el símbolo de nuestra civilización. Sin embargo, de alguna manera, en un país como Marruecos, la mera exposición a la pobreza hace más patente la humanidad de la gente. Somos más humanos cuanto más pegados a la tierra estamos. Un hombre que cultive tomates tiene un trabajo mucho más humano —en el sentido en el que hemos sido humanos en los últimos 40.000 años y humanos civilizados solo en los últimos 10.000— que el mío, un trabajo burocrático, algo que no comenzó a existir hasta que alguien debió comenzar el recuento de sus propiedades.
El caso es que pido demasiada comida y me sobra más de la mitad del cuscús.
Cuando ya es de noche, me visto y salgo a la calle con la intención de cenar en una terraza con vistas a la plaza. La ensalada está deliciosa y reflexiono sobre el hecho de que la Unión Europea imponga aranceles proteccionistas a los productos agrícolas marroquíes: no me extraña, son mucho mejores que los nuestros. La lechuga y el tomate saben a lechuga y tomate. La sociedad marroquí es más agraria que la española y aún le tienen respeto a la comida. Se puede observar en los mercados. Cochambrosos y sin cámaras frigoríficas, los trozos de cordero colgando de ganchos al aire libre, el olor de la carne que atufa, pero a ese cordero lo mataron ayer y mañana matarán muchos más. El frío, el plástico, la pasteurización, han conseguido reducir el número de enfermedades gastrointestinales, estoy seguro, pero, a cambio, han velado los sabores de las cosas. Un filete envuelto en plástico, sobre una bandeja de plexiglás es el símbolo de nuestra civilización. Sin embargo, de alguna manera, en un país como Marruecos, la mera exposición a la pobreza hace más patente la humanidad de la gente. Somos más humanos cuanto más pegados a la tierra estamos. Un hombre que cultive tomates tiene un trabajo mucho más humano —en el sentido en el que hemos sido humanos en los últimos 40.000 años y humanos civilizados solo en los últimos 10.000— que el mío, un trabajo burocrático, algo que no comenzó a existir hasta que alguien debió comenzar el recuento de sus propiedades.
El caso es que pido demasiada comida y me sobra más de la mitad del cuscús.
sábado, septiembre 05, 2009
Marrakech V
Al día siguiente la Menara —construida en el siglo XII por un emir antes de visitar Andalucía para evitar que la nobleza andaluza pudiera mofarse de él por no saber nadar— aparece ante mí con su inmenso olivar, de olivos centenarios, ornamentales, que han crecido sin el control que los agricultores andaluces imprimen a sus tierras. El Atlas al fondo y palmeras enhiestas aquí y allá. Ocre y verde oliva con el azul celeste, casi blanco, del cielo, aire envuelto de arena. El olivar es inmenso y los artesonados, tan cuidados y coloridos como el resto de palacios. Marrakech me va poseyendo poco a poco, o mejor dicho, va reapareciendo poco a poco en mi interior, como si siempre hubiera estado ahí y yo no lo hubiera descubierto hasta este momento. El calor y el sudor me recuerdan a otro tiempo, otro tiempo mío en el que no había aire acondicionado ni tampoco hoteles con desayuno continental. Como Ortega decía, aprender (descubrir) es recordar.
Por la tarde vuelvo al riad a hacer la siesta, dulce y lánguida, y tras volver a salir, ceno en la plaza, en un puesto callejero al lado de un grupo de italianos simpáticos y gritones como españoles. Pinchos y fritura de pescado. El camarero toma directamente de mi plato un calamar y ni siquiera me parece mal. Lo habrá encontrado apetitoso.
Miro a los músicos, las precarias atracciones frecuentadas por marroquíes —tenderetes en los que atrapar botellas con cañas de pescar, puestos en los que derribar un par de bolos con un balón de fútbol, sillas en los que las señoras cubiertas hacen tatuajes de henna—, a los encantadores de serpientes, a las tribus del desierto con sus cantos y bailes. Espanto niños mugrientos.
Al día siguiente voy a Essaouira y salgo de la ciudad en un minibús con aire acondicionado. Leo a Thomas Bernhard. El paisaje cambia lentamente y pasa de ser un desierto moteado de olivos y chumberas a un secarral de colinas suaves con encinas. Pienso que si lo contempláramos desde un avión, la gradación sería parecida a cuando observamos con una lupa el cambio de ocre a verde en una impresión en cuatricomía. Acompaño a un matrimonio español, tres o cuatro amigos italianos y un chico solo que, como yo, no abre la boca en todo el trayecto. En cierto momento, todo el mundo comienza a sacar fotos a unas cabras que pastan subidas a un árbol y, momentos después, se decepcionan porque los cabreros que las han dispuesto así, se acercan a la furgoneta a pedir dinero. Se sorprenden todos a la vez por lo mismo, sacan las mismas fotos, las mismas que miles de turistas que han cubierto ese camino con anterioridad y se sienten traicionados por la falta de autenticidad del momento, más preocupados por la foto que por otra cosa, pensando ya en el relato del viaje. Esa necesidad de ir construyendo la historia del viaje a la vez que se va viviendo, como si lo más importante fuera provocar la envidia de los demás. Confieso que he viajado.
Ahora hay viento en la playa. Hace fresco en este pueblo blanco tras una murallas, con una fortaleza de almenas idénticas a las de Cádiz. Essaouira es un zoco, como Marrakech. El mar suena, rítmico.
Por la tarde vuelvo al riad a hacer la siesta, dulce y lánguida, y tras volver a salir, ceno en la plaza, en un puesto callejero al lado de un grupo de italianos simpáticos y gritones como españoles. Pinchos y fritura de pescado. El camarero toma directamente de mi plato un calamar y ni siquiera me parece mal. Lo habrá encontrado apetitoso.
Miro a los músicos, las precarias atracciones frecuentadas por marroquíes —tenderetes en los que atrapar botellas con cañas de pescar, puestos en los que derribar un par de bolos con un balón de fútbol, sillas en los que las señoras cubiertas hacen tatuajes de henna—, a los encantadores de serpientes, a las tribus del desierto con sus cantos y bailes. Espanto niños mugrientos.
Al día siguiente voy a Essaouira y salgo de la ciudad en un minibús con aire acondicionado. Leo a Thomas Bernhard. El paisaje cambia lentamente y pasa de ser un desierto moteado de olivos y chumberas a un secarral de colinas suaves con encinas. Pienso que si lo contempláramos desde un avión, la gradación sería parecida a cuando observamos con una lupa el cambio de ocre a verde en una impresión en cuatricomía. Acompaño a un matrimonio español, tres o cuatro amigos italianos y un chico solo que, como yo, no abre la boca en todo el trayecto. En cierto momento, todo el mundo comienza a sacar fotos a unas cabras que pastan subidas a un árbol y, momentos después, se decepcionan porque los cabreros que las han dispuesto así, se acercan a la furgoneta a pedir dinero. Se sorprenden todos a la vez por lo mismo, sacan las mismas fotos, las mismas que miles de turistas que han cubierto ese camino con anterioridad y se sienten traicionados por la falta de autenticidad del momento, más preocupados por la foto que por otra cosa, pensando ya en el relato del viaje. Esa necesidad de ir construyendo la historia del viaje a la vez que se va viviendo, como si lo más importante fuera provocar la envidia de los demás. Confieso que he viajado.
Ahora hay viento en la playa. Hace fresco en este pueblo blanco tras una murallas, con una fortaleza de almenas idénticas a las de Cádiz. Essaouira es un zoco, como Marrakech. El mar suena, rítmico.
viernes, septiembre 04, 2009
Marrakech IV
El momento pasa y la agitación vuelve a la plaza que, desde la terraza en la que estoy sentado, se comporta como un organismo vivo, como una colonia de algas o de coral, meciéndose en la corriente. El viento hace que las cordadas de luces precarias que ligan unos puestos de comida con otros se mezcan, en un vaiven de ciudad de la costa, marino. El tayín de cordero es delicioso pero el camarero parece harto de los turistas y eso me molesta, eso consigue abstraerme de la atmósfera de la plaza, me hace dejar de observar a la gente que camina e introduce una cuña de irritación en mi estado de ánimo. Pasa pronto. Decido sobre la marcha no irritarme más, dejar que las cosas sean como deben ser, que me atraviesen. Disfruto de la comida y de los cigarrillos mientras contemplo la plaza y acabo la cena con un té de menta. Bajo a la calle y me dirijo a la Kutumía, la mezquita de la ciudad santa de Marrakech, cuyo alminar es igual que la Giralda pero aquí no hay Guadalquivir, aquí la palabra Guadalquivir es como un conjuro, un recuerdo que todos los habitantes de la ciudad desconocen tener. Andalucía ha sido durante casi un milenio la tierra prometida para el mundo árabe, agua en abundancia, tierra fértil, mieses y pescado, olivos y pan y eso se nota cuando les dices que eres de Córdoba (Kortoba, dicen ellos en árabe), la ciudad de la Mezquita y cuando dices Granada y cuando dices Sevilla.
La mezquita está repleta de hombres rezando y los fieles que no han conseguido sitio en el interior, se arrodillan y rezan en la amplia explanada de la entrada, coordinados, ejecutando los movimientos como en un baile, la liturgia lo es todo en las religiones, pienso, la liturgia del rezo y la sumisión a Dios, los movimientos perfectos tras millones y millones de repeticiones y aún así, soy capaz de ver que el Islam es una religión con un culto más esencial, despojado de ropajes brillantes, cetros de oro, anillos de papa, vestidos púrpuras. Miles de hombres rezando a la vez y humillándose ante Dios. Porque Dios disfruta viéndonos humillados. Estoy seguro. A todos nosotros aunque yo no esté dispuesto a darle el gusto. Ni por asomo.
La mezquita está repleta de hombres rezando y los fieles que no han conseguido sitio en el interior, se arrodillan y rezan en la amplia explanada de la entrada, coordinados, ejecutando los movimientos como en un baile, la liturgia lo es todo en las religiones, pienso, la liturgia del rezo y la sumisión a Dios, los movimientos perfectos tras millones y millones de repeticiones y aún así, soy capaz de ver que el Islam es una religión con un culto más esencial, despojado de ropajes brillantes, cetros de oro, anillos de papa, vestidos púrpuras. Miles de hombres rezando a la vez y humillándose ante Dios. Porque Dios disfruta viéndonos humillados. Estoy seguro. A todos nosotros aunque yo no esté dispuesto a darle el gusto. Ni por asomo.
miércoles, septiembre 02, 2009
Marrakech III
En la novela de Le Clézio he leído, justo antes de la sinfonía de los muecines, un pasaje en el que Al-Mainin dirige un rezo multitudinario en Samra y esa imagen permanece dentro de mí, rodeando lo que ahora oigo: el ruido de fondo y las llamadas a la oración superponiéndose unas a otras, ondas sobre ondas en las puertas del desierto.
«Es un tiempo ya antiguo, y es como si no hubiera nada escrito, nada seguro», escribe Le Clézio en su novela. Y la frase me parece ajustada, me parece que da en el clavo. Antes de los relojes y los calendarios, cuando el hombre se dejaba llevar por el ritmo de la tierra, por el ritmo del mar, antes del siglo XIII y del invento de los relojes mecánicos, el tiempo no existía. No lo hacía de la manera en la que lo entendemos hoy en día. Por eso resulta tan difícil intentar recrear lo que debía de ser vivir en aquella época, en una época sin tiempo. Un tiempo antiguo, sí. Y sin embargo, en esta ciudad parece posible imaginarlo. Los hombres de las chilabas blancas, la conversación y el té, las mujeres cubiertas, los olores, la configuración de la medina, los muros de la ciudad, la atmósfera de gran zoco, propia de una ciudad desde la que partían las expediciones hacia Tombuctú —hombres cubiertos de blanco con los labios resecos y el cuerpo fibroso, con la mirada arrasada por el sol del desierto, entrando agotados en la ciudad—, la ciudad construida sobre un oasis, la ciudad de las palmeras y los olivos, la ciudad que dio nombre al reino de Marruecos, Marrakech no parece ser real del todo, parece un lugar de frontera, pero de frontera de tiempos que se entrecruzan, de vaqueros y iPhones debajo de las ropas tradicionales fabricadas en China, de ciclomotores de fabricación japonesa y tiendas de artículos de cuero sin curtir del todo, de teleboutiques para recargar el teléfono móvil al lado de un grupo de hombres que descansan dentro de sus carretillas, la única manera de trasladar la mercancía en un sitio de calles tan estrechas. Y mientras tanto, sigo escuchando los rezos, rebotando contra los muros rojos como la sangre, rojos como el desierto.
«Es un tiempo ya antiguo, y es como si no hubiera nada escrito, nada seguro», escribe Le Clézio en su novela. Y la frase me parece ajustada, me parece que da en el clavo. Antes de los relojes y los calendarios, cuando el hombre se dejaba llevar por el ritmo de la tierra, por el ritmo del mar, antes del siglo XIII y del invento de los relojes mecánicos, el tiempo no existía. No lo hacía de la manera en la que lo entendemos hoy en día. Por eso resulta tan difícil intentar recrear lo que debía de ser vivir en aquella época, en una época sin tiempo. Un tiempo antiguo, sí. Y sin embargo, en esta ciudad parece posible imaginarlo. Los hombres de las chilabas blancas, la conversación y el té, las mujeres cubiertas, los olores, la configuración de la medina, los muros de la ciudad, la atmósfera de gran zoco, propia de una ciudad desde la que partían las expediciones hacia Tombuctú —hombres cubiertos de blanco con los labios resecos y el cuerpo fibroso, con la mirada arrasada por el sol del desierto, entrando agotados en la ciudad—, la ciudad construida sobre un oasis, la ciudad de las palmeras y los olivos, la ciudad que dio nombre al reino de Marruecos, Marrakech no parece ser real del todo, parece un lugar de frontera, pero de frontera de tiempos que se entrecruzan, de vaqueros y iPhones debajo de las ropas tradicionales fabricadas en China, de ciclomotores de fabricación japonesa y tiendas de artículos de cuero sin curtir del todo, de teleboutiques para recargar el teléfono móvil al lado de un grupo de hombres que descansan dentro de sus carretillas, la única manera de trasladar la mercancía en un sitio de calles tan estrechas. Y mientras tanto, sigo escuchando los rezos, rebotando contra los muros rojos como la sangre, rojos como el desierto.
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