jueves, junio 03, 2010

Cruces

Mamen conoce a un chico, actor en paro, que, a su vez, conoce a una escritora famosa, de nombre Lucía, que ha vendido bastante escribiendo sobre la naturaleza femenina, los problemas femeninos, y demás cuestiones relacionadas con el bello sexo, epíteto que en su caso, tal vez alguna vez fuera cierto pero que ahora es más que inexacto. El actor en paro no tiene nunca un euro pero sí la tendencia de meterse de rondón en casa de los demás, particularmente en la de Mamen, principiante en el mundo de la fotografía profesional y bastante celosa de su intimidad aunque con debilidad por los hombres guapos, y de Lucía, mujer madura que se deja halagar por un chico joven, actor en paro, y de gran rendimiento atlético. Mamen se queja a un amigo suyo, aspirante a escritor, de que el actor la llama constantemente, probablemente intentando agenciarse una cena, a pesar de que ella le ha insistido en que no lo haga porque está harta de tener que invitarlo siempre y de echarlo de casa cuando se harta de ver su cara en el espejo. El actor, cuando, gracias a su insistencia y a la poca voluntad de Mamen, consigue quedar con ella, le cuenta las cenas que comparte con Lucía, la escritora. Según parece, Lucía se pone su ropa interior más sexy, comprada en La Perla, ahora que puede pagársela, cuando queda con el actor en paro, para que todo sea perfecto después de los postres. El actor en paro, que nunca tiene un chavo, anda desesperado por encontrar la manera de seguir pagándose la viagra, bastante cara, para poder seguir disfrutando del glamour de la compañía de alguien tan famoso. Afortunadamente, el actor en paro tiene amigos en la noche, actores como él, que sirven copas y trafican con estupefacientes y viagra, que últimamente es la combinación de moda para acabar la noche de la mejor forma posible, que según todos ellos es el sexo con desconocidos tras una noche de drogas. Pero los amigos del actor, después de hablarle de las últimas audiciones y de las obras de teatro alternativo en las que están participando, en las que interpretan papeles intensamente dramáticos en piezas cortas pero profundas, le regalan media pastilla sin olvidar recordarle que, incluso en la farmacia, no son nada baratas. Mamen, mientras tanto, hace cursos de fotografía y sale a sacar fotos, trabaja en bodas, comuniones y guarderías y gasta todo el dinero que gana con sus imágenes en material fotográfico. Lucía, mientras tanto, escribe sobre los problemas femeninos, pensando en los fantásticos cunninligus que últimamente le han caído en suerte. El actor en paro, mientras tanto, se presenta todos los días a audiciones en las que, invariablemente, le dicen que tiene mala cara y que debería asistir a algunas clases en las que mejorar su dicción. El aspirante a escritor, mientras tanto, mantiene un blog.
El aspirante a escritor a veces piensa, cuando tiene un mal día y advierte que la vida no tiene vuelta atrás, que es posible que ni siquiera tenga talento después de todo, que, gracias a un actor en paro, gorrón y caradura, que llama a su amiga y le hace sentirse incómoda, más camarero que actor, como todos, juerguista y drogadicto, como todos, solo está a dos saltos del cunninligus a Lucía, la escritora famosa que podría ser su pasaporte a la fama. Y como sabe que, hoy en día, todo es cuestión de a quién conoces, le desea al actor en paro habilidad y resistencia en su función sexual, a ver si en la próxima fiesta de una editorial famosa en la que se ha colado, puede decirle a Lucía que todo lo que sabe el actor en paro se lo ha enseñado él y que si quiere comprobarlo. Y a ver si cuela.

lunes, mayo 31, 2010

Barrio X

El Loren, un tipo cojo que se dedicaba a vender droga, me estaba diciendo: Pues sí, el Antoñín palmó hace un mes, en un accidente de coche. Y deja mujer y dos hijas. Aunque, tarde o temprano tenía que pasarle algo así, por coger el coche puesto hasta las cejas, fíjate yo, y señalaba su pierna mala, y tuve suerte, eh, tuve suerte porque me salí de la carretera a 140 y no me quedé en una silla de ruedas.
Me lo contaba en un bar con demasiada luz, con tubos fluorescentes blancos, un bar de barrio más, con una barra de aluminio, una carta de comida que cocinaba la mujer del dueño y unos camareros con camisa blanca y la cara llena de marcas, problemas de alcoholismo y una acusada tendencia a mirar hacia otro lado cuando se formaba una cola en el baño del bar de gente demasiado agitada. Un bar de tantos, que tal vez se llamara Antonio, Casa Juli, el Parreño, o de cualquier otra manera.
Lo estaba mirando y pensé: qué naturalidad tienen al hablar de la muerte, como si se tratara de un accidente más, poca cosa. Como supongo que tienen todos aquellos que están habituados a convivir con ella. No esperan acumular el suficiente dinero para tener una casa y otra en la playa y un coche de alta gama que la familia pueda envidiar, pensando, mira lo bien que le va al cabrón del Loren. No. Quieren llegar a mañana, pensé, y a dentro de cinco años, si tienen suerte.
Fuimos a su piso y durante el rato de cortesía que hay que dedicar a cualquier camello con el que tengas suficiente confianza como para que te invite a casa, observé su pelo corto y su barriga, su ropa de saldo y los vaqueros desteñidos con lamparones, sus zapatillas de deporte blancas de cuero sintético, la cojera de su pierna derecha. Olí el desagradable tufo de aquel salón, a suciedad acumulada y a desorden, insoportable hasta que te acostumbrabas y desaparecía sin más. Escuché el ruido de los niños llorando, a su mujer rezongando en otra habitación mientras tendía la colada, las rumbas en la radio por el patio interior en el que se secaba la ropa. Y tras pasarle los billetes, el Loren, mientras pesaba el material con una balanza electrónica y preparaba las bolsitas de plástico en las que lo guardaría, dijo: ya veréis como os gusta, ya veréis lo rico que está, un material de primera.
Y, después de despedirnos con un apretón de manos y de apuntar su nuevo número de móvil, abrimos la puerta de su casa y bajamos los tres tramos de escaleras que nos separaban del parque, nos montamos en el coche y volvimos a casa. Y durante todo ese tiempo no conseguí que se fuera de mi cabeza el tono con el que había dicho que un amigo suyo de toda la vida se había muerto, ese tono de resignación ante el destino, esa entereza tan extraña ante la muerte.

jueves, mayo 27, 2010

Futbolista

Sé que piensas en aquel gol de la final. Como todos los días de los últimos veinte años, recuerdas los detalles de aquel gol, la emoción del estadio, el grito alborozado de los hinchas, la parábola que describió el balón al entrar a la red, incluso la presión del balón contra tu pie, la sensación en el pulgar derecho de haber golpeado bien, la salida del balón girando sobre sí mismo y escorándose a la derecha. Lo recuerdas todo, todos los días. Siempre que te duelen las rodillas, llegan las imágenes. Lo sé.
Y tras el recuerdo siempre te preguntas lo mismo. ¿De dónde sale la velocidad a la que el tiempo parecer transcurrir ahora, como si el propio tiempo se envalentonara y se animara a pasar cada vez más rápido a medida que se acumula? También sé que la pregunta que siempre, como un eco que no acaba de oírse, queda flotando en el aire es la de ¿cómo es posible que a mí? ¿Verdad que es esa la pregunta? La respuesta que queda flotando también la sé: no, no es posible. No es posible que a mí. No.
Ay, amigo, esa es la cuestión. ¿Cómo es posible? ¿Como es posible que a nosotros? ¿A nosotros? Y en tu caso debe de ser todavía más difícil, ¿no? En tu caso la caída ha debido de ser más dura. Ahora eres un héroe mítico, perteneces al olimpo de esta sociedad tan necesitada de dioses y ahora eres nadie, como Ulises al regresar a Ítaca. Ha debido de ser duro, sí. ¿Recordará Ulises, como tú, su momento de gloria, aquella vez que consiguió cerrar el ojo de cíclope? ¿Se revolverá en su cama reviviendo sus aventuras, al igual que tú no consigues dormir muchas noches y sientes que tu casa inmensa es demasiado grande para ti, que la mujer que duerme a tu lado se va convirtiendo progresivamente en una extraña? ¿Reinventará Ulises todos los días, cuando le parezca oír de nuevo a las sirenas, lo que sintió al hundir la espada en aquel ojo? No lo sé, amigo, sinceramente no lo sé. Resulta algo triste verte así.
Yo no tengo, como tú, un momento culminante en mi vida, no tengo un lugar al que volver una y otra vez. Sin contar con que tu lugar, esa casa a la que regresas, es un sitio casi físico, un éxito incontestable, porque si algo bueno tiene el deporte es precisamente eso, que en estos tiempos de inseguridades, es algo incuestionable, si ganas, ganas, que un éxito deportivo no se va empañando con el tiempo, como ocurre con el resto de cosas. Yo no tengo un sitio así al que volver, amigo mío. Yo tengo varios lugares a los que suelo regresar. Y regreso así, como estoy haciendo ahora, ¿sabes? Los recuerdo, los recreo, me los invento, los describo. A eso he dedicado mi vida, ¿ves?, a hacerme con las palabras, a aprender que a todo lo cubre un manto de polvo y olvido. Y a que no me importe.
Pero cómo comparar esos lugares con tu día de gloria, con la emoción del gladiador, con el estadio rugiendo, con los millones de ojos observando cada movimiento tuyo, con la adrenalina circulando libre por tus venas, con la belleza armoniosa de tu cuerpo en carrera. A tu lado, yo no recuerdo más que pálidas sombras, un atardecer, un templo cubierto de maleza, un horizonte despojado, una copa de vino. Pálidas sombras de otras vidas sin importancia, como todas las vidas. A tu lado mi vida ha sido vulgar, mi vida ha sido una de tantas. Como compararla con el éxito, con los focos, con la fama, con el dinero, con la aclamación. Cómo hacerlo y no sentirse insignificante. Aunque tratar de sentirse insignificante sea un propósito lleno de sentido. Sé que no me entiendes. Sé que ni te preocupa. Pero yo a ti sí que lo hago, amigo, te lo aseguro. Te comprendo muy bien. Sin que eso signifique que intento ponerme en tu lugar. Nunca me atrevería, bien lo sabes.

martes, mayo 25, 2010

Barrio IX

El Pelu le estaba diciendo al Negro: como le vea mi chupa a alguien, lo rajo. Te lo advierto porque sé que sabes quién me la quitó. Lo sé. Dile de mi parte que como venga a tu bar y se la vea puesta, lo mato. Que lo sepas.
No va a matar a nadie, pensaba yo, cómo va a matar a nadie. Si es mi amigo. Pero también recordaba una anécdota que me contó de cuando era un niño (tal vez ocho o nueve años antes) y le tiró la boina a un profesor por hacer la gracia y cuando el Consejo Escolar le abrió un expediente, no tuvo otra idea que llevar una navaja al colegio por si acaso lo echaban definitivamente y no podía matricularse en el instituto. Otra leyenda urbana, claro, eso de que si te abrían expediente no podías volver a matricularte y te vetaban para los estudios para siempre. Ya ves. Para lo que luego le sirvió matricularse. Pero en aquellos días, supongo que el mundo se acababa con facilidad, el mundo se volvía muy áspero con cualquier nimiedad. Sin perspectiva es fácil ahogarte en un vaso de agua. Si solo has nadado en un vaso, qué sabes tú de que existe el mar. Yo quise morirme una vez porque atranqué el váter de mis padres con unas revistas porno. Pensé que era mejor deshacerme de ellas, de aquellas fotografías de los años setenta con mujeres con abundante vello púbico en el váter y el agua se desbordó y la vergüenza casi pudo conmigo. No porque mis padres hubieran descubierto aquellas revistas. O que me masturbaba. No. Sino por la vergüenza de haber sido tan idiota. Por eso creo que lo entendí cuando me contó lo de la boina y la navaja. El Consejo Escolar solo lo echó una semana y un viejo profesor con boina pudo retirarse a tiempo y mi amigo pudo matricularse en el instituto. Ya ves. Para lo que luego le sirvió.
Y otro día: Negro, dile a tu colega. Y el Negro: no es mi colega. Pues dile a quien sea que como lo vea con mi chupa lo mato. Por estas que me lo llevo para adelante.
Y el Negro: A mí me dejas de tus movidas. Y él: Sí, sí, mis movidas pero la chupa me la quitaron en tu bar.
Y el Negro bufando y su corpachón estremeciéndose y yo diciendo: Joder, Pelu, que no es para tanto. La próxima vez que vuelva a Córdoba te traigo otra, que me costó solo 3000 pelas en la tienda esa de segunda mano del novio de Marta, que ya te lo he dicho. No pasa nada. O mejor, te vienes a Granada y eliges tú la que quieres y ya está.
Y el Pelu: Que no pasa nada, que no pasa nada. Pues sí pasa. Pasa que es mi chupa. Y como vea al hijoputa que se la ha llevado, le van a llover hostias hasta en el carnet de identidad. Que lo mato.
—Que sí, pero te vas a meter en un marrón por una estupidez, por 3000 pelas.
—Que no son las 3000 pelas, a ver si te enteras, que no son las putas 3000 pelas, que a mí nadie me levanta la chupa. Y menos en el bar al que vengo a diario. Y menos si el Negro sabe quién es. Anda, Negro, dímelo. A ti qué más te da. Si yo no voy a decirle quién me lo ha dicho. Anda, enróllate.
—Joder Pelu, que no. Que no te lo puedo decir. ¿Para qué? Para buscarme una ruina. Que no, coño.
Y volvía de Granada y el Pelu me contaba que había pasado varias veces esa semana por el bar del Negro a preguntar por su chupa. Y, claro, yo que lo conocía, lo imaginaba con la misma cantinela una y otra vez. Que como lo vea, lo rajo. Que como yo vea mi chupa y la lleve cualquier pringado, que me lo llevo para adelante. Y otra vez. Y para qué quiere una chupa el gilipollas ese si no se la puede poner. Para qué, a ver. Porque sé que es uno de los que me puedo encontrar en cualquier garito, y como lo vea… Me lo imaginaba y luego el Negro me decía en un aparte. Joder, con tu colega, la que le ha dado con la chupa. Y yo le decía: no se te ocurra decirle quién se la ha mangado que se le ha metido entre ceja y ceja. Y él: pues claro que no.
Y luego me enteré de que un día, por casualidad, salió de copas con uno de los colegas de su barrio. Un tipo mayor que nosotros, medio gitano, creo, no recuerdo, con pinta de peruano. Aunque por entonces no vivieran peruanos en España. Un hombre que trabajaba en una obra, de su barrio de toda la vida. Alguien que jamás se había metido en un lío.
Pero el Negro pensó finalmente que igual el Pelu no era alguien a quien se pudiera robar. Igual pensó que el idiota que se había llevado la chupa (y era un idiota, después de unos años, nos enteramos de que era un niñato pijo que se había encaprichado de la chupa de mi amigo) se había metido en un verdadero problema por 3000 cochinas pesetas.
Y al siguiente día, cuando el Pelu pasó por el bar a darle la tabarra al Negro con su chupa, el Negro le dijo: mira lo que tengo aquí. Y se la devolvió. Mi amigo, entonces, se la puso, se miró en el espejo y sonrió.
Y le dijo: Anda, dime quién ha sido. A ti qué más te da. Si total, la chupa ya la tengo. Dime quien ha sido. A ver si le puedo partir la cabeza al hijoputa que me ha robado. Si a ti ya te da igual. Si ya me ha devuelto la chupa el cabrón. Dime quién ha sido y así me quedo tranquilo, hombre.

viernes, mayo 21, 2010

Teletransporte

A Peter

Supongamos que lo consiguen. Que acaban por inventar el teletransporte, la tecnología fallida del futuro que nos prometieron (junto a los coches que vuelan, faltan solo seis años para que estemos en el mundo que Ridley Scott imaginó en Blade Runner y seguimos esperándolos). Supongamos que existe. Supongamos que la humanidad ha conseguido inventar un método para transportar de manera instantánea la materia de un sitio a otro. La inerte y la viva. Las cosas y las personas. Se pueden hacer una idea. Una pequeña cápsula con una portezuela, de color metálico, que emite un silbido sssshhhhhh, al activarla. Un fogonazo de luz (un efecto especial, como el sonido de las naves espaciales) y al fijar la vista en una segunda cápsula, exactamente igual a la primera, vemos un objeto que no estaba ahí, que aparece de la nada (tal vez dejando un rastro de humo blanquecino, también exigencia del guión). Lo hemos visto mil veces.
Bien, pues una posibilidad es imaginar, si el viaje en sí deja de tener sentido, si el transporte de mercancías desaparece, si la logística y la distribución se mueren, un mundo sin coches, sin combustibles fósiles, sin contaminación, el que las fábricas estarían alimentadas por energía solar. Un mundo feliz. Ya saben, tomar un café en Central Park, un aperitivo en Tailandia, un mundo fluido, deslocalizado.
Ahora bien, dado que, tal y como defendía con acierto Marx, la economía continuaría siendo el motor de la historia, la oferta y la demanda seguirían imponiendo su ley. Habría una demanda tremenda para ir a Nueva York y una demanda ínfima para tomar un chato en, pongamos, Motilla del Palancar, por lo que, en buena lógica, el sistema de cápsulas tendría una configuración parecida al sistema de transporte actual. Miles de capsulas en Central Park Station emitiendo fogonazos constantes, y cintas transportadoras y escaleras mecánicas y gigantescas filas de personas dejándose escanear para poder acceder al país, lectores de retina. Y en Motilla del Palancar ni una sola cápsula, la más próxima en la capital de provincia. ¿No creen?
Si para ir de Madrid a Barcelona en avión, el vuelo ocupa un 20% del total del tiempo del viaje y para ir Madrid a Nueva Zelanda, un 80%, lo que la nueva tecnología conseguiría es reducir ese tiempo, no el resto y siempre habría un resto. Es cierto que los ricos tendrían una cabina en casa, al igual que ahora tienen jets privados que les evitan las aglomeraciones de la aviación comercial y helicópteros que los llevan de los aeropuertos a los centros de negocios. Ellos. Los poderosos. Pero tener una cápsula sería astronómicamente caro y solo estaría al alcance de unos pocos. De los de siempre.
La tecnología que iba a acabar con la infelicidad se parecería mucho a la energía nuclear. Habría un consejo mundial que la regularía. Los países que intentaran desarrollar cápsulas de forma independiente, serían sancionados, tal vez invadidos (invadidos de forma tradicional porque es de suponer que el ejército enemigo no podría teletransportarse dentro del país), lo que nos devuelve, más o menos a done estamos. La tecnología que iba a cambiar el mundo se convertiría en algo parecido a la telefonía móvil. Economía obliga. Piénsenlo.

Por favor, señores científicos, olviden el teletransporte. Y concéntrense en lo que importa: inventen los coches que vuelan de una puta vez.

viernes, mayo 14, 2010

Casavella 2.0

Podríamos afirmar que una paradoja es la brillante forma de la inquietud, la expresión de una dificultad insuperable para el pensamiento racional. O la permanencia del carácter ambiguo de los seres humanos, de su relación y de las situaciones grandes y pequeñas, graves o ligeras, que generan esas relaciones ambiguas entre seres humanos ambiguos en un mundo al que, si no queremos trivial, se nos mostrará áspero y caótico. Paradoja es también el esfuerzo del individuo por captar la verdadera esencia de las cosas, su misterio, y la duda continua ante la formación poliédrica de esas mismas cosas, representadas en su memoria por el sentido múltiple y variable de un tiempo pasado que pensaba como propio. El novelista es un cazador de paradojas que luego teje y modela con intención arquitectónica hasta construir pequeños hoteles a la orilla del mar, o sólidos edificios urbanos, o inmensas catedrales orientadas a Jerusalén (o a Atenas).

(...)

Por muy agradable que sea rememorar el pasado, uno acaba por volver siempre a los más refinados tópicos de la moralidad. El maestro que todos llevamos dentro cobra vida, analiza los hechos de la Historia y los corrige a resultas del examen. No todas las correcciones tienen por qué ser desfavorables. Algunos acontecimientos, como el Risorgimento, obtienen una calificación de sobresaliente por sí mismos, en tanto que otros, como el carácter de la reina Isabel, acaban siendo calificados de sobresaliente a la larga. Tampoco deben calificarse los acontecimientos por su valor real. ¿Por qué acertó Drake cuando al enterarse de que la Armada Invencible se aproximaba se puso a jugar a los bolos, y erró Carlos II por ponerse a cazar polillas al llegar a sus oídos la entrada de la flota holandesa en el Medway? La respuesta es: «Porque Drake venció». ¿Por qué acertó Alejandro Magno arrojando las reservas de agua al ver cómo era aniquilado su ejército, en tanto María Antonieta se equivocó al decir «que coman pasteles»? La respuesta es: «Porque María Antonieta murió ejecutada». Las respuestas son muy parecidas tanto en uno como en otro caso. Debemos analizar el pasado desde un prisma más amplio que el presente, porque al examinar el presente no podemos estar nunca seguros de lo que va a suceder.
El escrito de Forster es de 1920. ¿Seguiría el autor inglés pensado que el Risorgimento merecía la calificación de sobresaliente en 1922, cuando Mussolini subió al poder? ¿Qué calificación merecía la Restauración de Cánovas en 1890, en 1900, en 1910? ¿Y la Segunda República? Podríamos estar jugando a eso todo el día. Pero nuestro pretendido análisis no sería más que eso, un juego. Durante el período que va de 1975 a 1995, actos bienintencionados acabaron en la gloria y en el fracaso, lo mismo que las mezquindades, que los inteligentes maquiavelismos, que la compraventa de éticas y voluntades, que las manipulaciones, que las entregas generosas.
De todos modos, a título individual, la feria se recuerda siempre según el resultado, insisto, y, para algunos, y no han sido sólo los eternos resentidos o los perpetuos comerciantes del espíritu de la contradicción, la nueva democracia culminó con la llegada al poder de una gente empeñada en ocuparlo que, lamentablemente, no sabía que hacer con él, hasta que, lamentablemente, aprendió, y de qué modo, para después cederlo, no sin escándalo, a quienes, lamentablemente, utilizaban esos mecanismos del poder desde siempre.

(…)

Yo busco una vía de conocimiento a través de la ficción para reflejar después esa búsqueda en un lenguaje que se pretende elástico, duro y hermoso. Intento así preservar esas mismas ficciones de la ficción general y ese mismo lenguaje del lenguaje general.
Entretanto, les ruego que se sigan preguntando qué ocurrió en realidad en El Día del Watusi y decidan si los dioses han muerto o no, o si les susurran aún al oído «El Dios Pan sigue vivo» o «Dioniso sigue vivo», durante el tiempo que comparten conmigo la experiencia. Hagan caso de ese guía mestizo que les habla en paradojas y desvaría con la presencia de antiguos dioses. O no le hagan caso, puede estar rotundamente equivocado.

Guías mestizos, dioses antiguos y novelitas inútiles. Francisco Casavella. 2004

Amen. Te alabamos, Señor.

lunes, mayo 10, 2010

Naranjos 2.0

El niño se aguanta el vértigo y el miedo mientras camina con precaución por encima de aquel muro, a varios metros sobre el suelo. A su derecha hay varios naranjos cargados de fruta, un olvidado huerto tras una tapia blanca. Sus amigos le dicen que tenga cuidado, que hacia la mitad de aquel muro faltan algunos ladrillos y puede caerse. El niño no quiere mirar al suelo y por eso se concentra en los naranjos, en el verde brillante de sus hojas, en su olor. Preferiría no estar allí. A él no le gustan las naranjas dulces pero Rafa o Antonio o Juan los ha retado a colarse en aquella casa en ruinas, a explorar el huerto que siempre pueden ver desde la azotea de la casa de enfrente, en las callejas donde juegan al escondite y se ocultan de las miradas de los padres y de los abuelos.
Cuando llegan al otro lado, descienden por el montón de piedras por las que el muro se está deshaciendo y se introducen a través de una ventana rota, que limpian de cristales para que nadie se corte. La habitación está llena de escombros, de vigas de madera podridas y rotas, de cristales y de trapos. Un informe montón de suciedad, de esquirlas, de puntas y de clavos oxidados sobre los que saltan con indiferencia. Cuando consiguen acceder al patio a través del hueco de una puerta medio venida abajo oyen los ladridos.
Dos perros pequeños los miran gruñendo y enseñando los dientes. El grupo se calla pero Juan o Antonio o Rafa coge una piedra y le acierta al perro más grande en el hocico. Los gañidos del animal les provocan risa y los envalentonan. Los perros se escabullen por un hueco del muro mientras sus risas quedan suspendidas en el aire, en agudo contraste con el miedo que los ha agarrado a todos un segundo antes y que tarda en disiparse. Putos perros de mierda.
Los naranjos están cargados de fruta, las malas yerbas les llegan casi a la altura de las rodillas. El verde de las hojas es oscuro y el olor que impregna el huerto tiene un toque ácido. También huele a mierda de perro. Comienzan a trepar al primero de los naranjos, gruesos y nudosos, tan altos como solo pueden serlo los árboles que se han dejado descuidados mucho tiempo. La primera naranja vuela hacia él, pero consigue evitarla con un brusco movimiento de cabeza. Apenas tarda un instante en recoger una del suelo y devolver el tiro. No tiene buena puntería, pero eso es lo de menos. Las naranjas vuelan de unos a otros mientras los gritos salvajes de los niños provocan que varias palomas salgan volando. La segunda naranja que arroja da en el blanco, en el pecho de Juan o Antonio o Rafa, quien no se lo toma demasiado bien y avanza hacia él decidido. Ambos ruedan por el suelo enzarzados en una pelea que no acaba de ser seria. Se separan entre risas y juramentos, con algunos arañazos en las manos.
Un ruido sordo les hace callar. Pueden sentir la vibración en la tierra del huerto. Les ha parecido que el ruido ha venido de la planta superior. Se miran indecisos hasta que Rafa, Antonio o Juan dice: Vamos a ver qué ha sido eso. Entremos y veamos qué ha pasado. Sus objeciones no consiguen nada. Qué más da. Es peligroso. Ya habéis visto como está la casa, será cualquier trasto que se ha caído. Eres una maricona, un gallina. De eso nada. ¿Queréis que entremos? Venga. Por mí desde luego no será. Capullos...
Vuelven adentro mirando hacia la planta de arriba con precaución. Uno de ellos saca una linterna. La escalera medio desvencijada aguanta milagrosamente en el aire, tras los cuadros de dos bicicletas, media viga de madera y un colchón que apesta. Cuidado, dice uno de ellos, he visto un par de jeringuillas. Si te pinchas con una de esas te tienen que poner la inyección del tétanos y no veas si duele. Antonio, Juan o Rafa se apoya con cuidado en el primer escalón para probar su resistencia. Mejor subimos de uno en uno, dice el niño, tal vez la escalera no nos aguante a todos. La madera puede estar podrida. Vale, dice el primero, subo yo. Cuando ve que aguanta su peso, comienza el ascenso. La escalera parece aguantar. Tras unos momentos, lo oyen gritar: eh, subid, no os vais a creer lo que encontrado aquí. Su voz parece excitada.
El niño sube pacientemente, procurando no colocar mal los pies, ni apoyar todo su peso sobre los peldaños. Al llegar arriba puede ver la puerta de una cómoda de madera en el suelo. El polvo permanece suspendido en el aire, sus motas relucen en el haz de la linterna y en los hilos de sol que entran a través de los tablones rotos que cubren la ventana. La habitación parece conservar la vibración del golpe, como si las paredes aún emitieran un sonido justo por encima del umbral de la percepción, los graves retumbando en silencio.
Sus amigos ya se están manchando las manos revolviendo las cosas del interior. Trapos irreconocibles que tal vez fueran parte de la mantelería de la familia. Cuatro cucharas grandes, casi negras, entre el polvo. Un montón de cristales amontonados, antiguas copas vencidas por años de sol y abandono. Suciedad en capas, sólida. Cosas convertidas en basura. Pequeñas bolitas negras que uno de ello identifica como mierda de ratón. Telarañas en las esquinas, justo por encima de las bisagras oxidadas, ahora descolocadas y con los tornillos casi colgando.
El niño encuentra el libro y lo abre con cuidado. Las tapas de cartón han aguantado bastante bien pero el interior resulta quebradizo. Las páginas negras han perdido el brillo y se han vuelto de un color parduzco, pero continúan resaltando contra el blanco y negro brillante de las imágenes, muy contrastado. Intenta sacar una fotografía que se parte por la mitad. Cuidado, están muy viejas, se dice. Otro de los niños ha sacado las manos de los cajones, atraído por esos rostros de época, adustos y serios. Dos minutos delante del objetivo resultaba ser demasiado tiempo para fingir una sonrisa. Por eso en las fotos antiguas la gente sale tan seria. Un hombre y una mujer serios vestidos de boda, un niño vestido de marinero, serio, la familia al completo mirando fijamente a la cámara con trajes anticuados. Sin una sonrisa. Al llegar al final del álbum los dos amigos se estremecen. Un anciano en un ataúd parece dormido dentro de su traje oscuro.
Deben de ser los antiguos dueños de la casa, dice el niño. Qué listo, pues claro. ¿Quiénes van a ser si no? No sé, tal vez sea el álbum de alguien que lo dejó aquí de viaje, o uno que le enviaron los parientes que habían emigrado a América, yo qué sé. De verdad... siempre con las mismas cosas. Estás como una puta cabra. Ese álbum es de la gente que vivía aquí, está claro. Qué ganas tienes siempre de inventarte historias, coño. Bueno, dice el niño bajando la mirada, un poco avergonzado.
Joder, cómo nos hemos puesto, dice otro de los críos. Vámonos, anda, vámonos, que de la bronca que me va a echar mi madre no me salva ya ni Dios... Sí, mira como llevamos las camisetas. Hostiaaa...
El niño coge el álbum. El cartón medio podrido le deja una marca oscura más en la camisa de cuadros. Baja la escalera pensando en cómo meter el libro en casa de sus abuelos sin que se den cuenta y tenga que contarles dónde lo ha encontrado. Los amigos parlotean y se lamentan de la bronca que les va a caer por llegar a casa tan sucios. Uno de ellos recuerda la pedrada al perro. Ríen. Llegan al muro y desandan el camino. El niño piensa mientras tanto en los antiguos habitantes de la casa, en cuánto tiempo hará que murieron. Se pregunta si el niño vestido de primera comunión seguirá vivo, si habrá vuelto alguna vez a la que fue su casa. Si, como él, odia las naranjas dulces.

domingo, mayo 09, 2010

Faulkner

«Pero una mañana volvió la espalda a la tosca pizarra y vio un rostro de ocho años y un cuerpo de catorce, con el aspecto femenino de los veinte que, en el mismo instante en que pisaba el umbral, llevaba a la escuálida habitación, sin luz ni calor destinada al duro oficio de la enseñanza elemental protestante, una ráfaga húmeda de enervante corrupción primaveral, una triunfal prosternación pagana, delante del útero primeginio y supremo.»

El villorrio. William Faulkner.


«Le dije a usted, cuando me pidió permiso para ejercer de escritor en el pueblo, que era mejor que hiciese lo que hacen los otros sudamericanos, que unos días van en bici y otros huelen bien. [...] Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner, ¡de William Faulkner! [...] ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?»

Amanece que no es poco. José Luis Cuerda. 1988

viernes, mayo 07, 2010

Futuro

«En cuestión de segundos, las acciones de Accenture pasaron de 40 dólares a un centavo. Las de Lear bajaron de 74 dólares a 0,0001. Varios títulos más se desplomaron sin freno por una serie de órdenes automáticas de venta mientras los sistemas estaban descontrolados en Wall Street. Lo que empezó como una fuerte caída del índice Dow Jones por la amenaza que el contagio de la crisis griega supone para el conjunto de la economía, acabó con momentos de pánico en una Bolsa de Nueva York (NYSE) en manos de los sistemas informáticos de negociación».
El País. 07-05-2010.

El futuro ya está aquí. Prepárense. Yo ya estoy intentando contactar con la resistencia.

lunes, mayo 03, 2010

Solo

El hombre que mira por la borda cuando se aleja de Europa sabe que será la última vez que vea el continente. No le importa mucho, siempre ha tenido la muerte tan cerca que ahora que le han asegurado que no le quedan más que dos meses, no le parece tan terrible. Basta con dejarse ir, sin demasiado apego, basta con irse yendo sin hacer ruido, sin levantar la voz. Fumar una última pipa de kif, volver a ver a Aisha. Los últimos deseos de un moribundo que se irá y al que nadie recordará cuando haya pasado algo de tiempo. Para él ha llegado el momento en el que su propia vida ya le resulta tan ajena como la pequeña casa con vistas al mar que ocupó en los años ochenta y en la que los amigos permanecían años enteros, sin moverse de la silla de playa de la azotea.
El hombre que mira por la borda cuando se aleja de Europa ha hecho testamento, se ha despedido de sus hijos y de su ex mujer, ha vendido sus escasas posesiones y ha cogido un barco. Morir es lo más difícil de todo, una tarea a la que encomendar la vida: irse sin rabia, sin preocupación ni miedo. Mira a lo lejos y ve el peñón, su silueta recortada contra el gris de la tarde, la estela que deja el barco tras de sí, e imagina la columna de agua bajo el barco, la columna que cambia a medida que el barco navega sobre ella, imagina el fondo y las fallas y los volcanes, el mar bullendo de vida. Las nubes, agrupándose de forma caprichosa, el gris, que él sabe verde, del peñón. Ve la costa española y no puede evitar pensar que también es su vida lo que va quedando atrás, que también es su tiempo el que se deshace, como la niebla que cubre el mar, como la bruma que impregna sus ropas.
Después de la visita al médico, llamó a su familia uno por uno y les describió el final que deseaba. Les había hablado de un atardecer infinito, de la dulzura del mar arribando a la playa, de los pies callosos de los pescadores entrando en el agua para recoger las redes, del sabor del pescado cogido esa mañana en el mar. Más tarde les había dicho que no le buscaran, que cuando llegara el final el los recordaría, que estuvieran seguros, pero que no deseaba compartir esos momentos con ellos.
Estaba cansado de la eterna lucha por acallar la voz que nunca se iba, la voz del miedo, esa voz que dice a los hombres al oído que llegará un día en el que el mundo seguirá sin ellos, que seguirá sin detenerse ni advertir siquiera una perturbación en su superficie cuando llegue la hora. Ya no tenía ningún sentido seguir aferrado a nada. El final tampoco era para tanto, la verdad.

La foto es de David Ruiz.

jueves, abril 22, 2010

El Bremen en el Ladrón de Tinta

El viernes 23 de abril celebramos «La noche de los libros». La tripulación del Bremen irá al Ladrón de Tinta a jugar con las palabras. Si te apetece participar en nuestro concurso de microrrelatos solo tienes que pasarte por la calle Noviciado, número 2. Nosotros te daremos el papel, el boli y el tema. Tú pones el resto. Si además te apetece podrás leernos tu cuento. El lunes pondremos todos los textos participantes en nuestro blog para empezar una votación que terminará el siguiente viernes. El ganador recibira un ejemplar de nuestro libro y una invitación para asistir a una de nuestras reuniones quincenales y conocer nuestro barco-gruta. Los dos finalistas podrán llevarse también un ejemplar de «Camarote 503. 16 historias desde el Bremen»
¡Te esperamos!

Ladrón de Tinta
c/Noviciado 2
23 de abril
20.00h

miércoles, abril 14, 2010

Encajar*

El mejor boxeador es el que sabe encajar. Le golpean en el hígado, en la mandíbula, en la nariz y apartándose las lágrimas con los guantes, sigue en pie dispuesto. Y devuelve los golpes.
Después, el médico le sutura la ceja rota, le endereza el puente de la nariz y sigue entrenándose para el siguiente combate. Como Muhammad Alí en el combate del siglo contra Foreman: casi todo el combate encajando, su cerebro retumbando contra su cráneo camino del Parkinson y aguantando hasta conseguir colocar un gancho que derribara a su contrincante.

Tal vez encajar sea algo que a lo que todos deberíamos aprender: a cosernos los puntos mirándonos al espejo, a notar la sangre en la boca, con ese sabor metálico y salobre. A derrumbarnos y ser capaces de apoyar las manos en el suelo, contraer los músculos y volver a levantarnos aunque sea tan sólo para volver a caernos, cegados por la hinchazón de los ojos.

Para que así, cuando suene la campana en el asalto final, poder decirnos que hicimos todo lo que pudimos, que lo intentamos de corazón, que nos cubrimos y tiramos muchos golpes, que mantuvimos el juego de piernas, que nunca perdimos la cara, que fuimos valientes, pero que el contricante era demasiado fuerte y nunca había perdido un combate.

*Este texto se publicó hace casi cuatro años, pero hoy me apetecía rescatarlo.

martes, abril 13, 2010

Y esperanza

La esperanza

Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.

Dice Bolaño que vienen los días como muchachos caminantes y yo quiero creerlo, quiero creer en los alegres muchachos por venir. Pero a veces a mi espera le faltan estas tres letras: -nza. Tres letras que parecen un nombre japonés o un adjetivo africano. Tres letras que son los cimientos de la palabra aunque se disfracen de tejado o de porche. Basta borrarlas para que la casa comience a tener manchas de humedad y los ratones continúen royendo incansables los cimientos.

Y el día que se venga abajo, por fin los vagabundos se harán con los trastos viejos que se acumulaban en el desván.

Si encontráis alguno en uno de esos mercadillos callejeros, no paguéis demasiado por él. No merece la pena.

Que conste que os he avisado.

lunes, abril 12, 2010

Amor

Dijo el telediario que la hambruna había matado a veinte mil campesinos en un país sudamericano o asiático, qué más daba. Se veía la desolación de la gente en las imágenes. Algo relacionado con el precio del café o del té. Los precios descendieron a la mitad gracias a un movimiento especulativo y dos meses más tarde veinte mil campesinos agonizaban. Tres semanas después, el responsable de ese movimiento, un agente de bolsa enamorado de su preciosa mujer, anota en una hoja estos versos de Pere Gimferrer para leérselos en voz alta:

(...)

así, como el molino jaspeado
o como la herrería del añil
en el cielo de puesta, van los cuerpos
precipitados a la embocadura,
como si no pudiéramos vivir
más que asidos el uno al otro, un garfio
de batista o de rosa, aquel rasguño
con que la piel al rojo vivo dice
fuegos de artillería del amor


(...)

jueves, abril 08, 2010

Barrio VIII

—Hay que pirarse —nos dice el Rati bajando la voz y metiéndonos prisa.
—¿Qué pasa, coño?
—Que nos han visto.
—¿Qué os han visto haciendo qué? —preguntamos mientras le echamos un vistazo al colega del Rati: el mismo corte de pelo, los mismos tatuajes hechos en la cárcel, las mismas cadenas de oro, la misma cara llena de cicatrices pequeñas.
—Entrando al bar. Joder. Nos han visto los de la tienda de enfrente. Tenemos que pirarnos.
—Pero... ¿entrando al bar a qué?
—Pues... A reventar las tragaperras —dice el hijo de puta mientras no puede evitar la risa—. Estábamos muy puestos y nos dio por ahí.
Apenas hacía tres o cuatro horas que nos habíamos desplomado dentro de nuestra tienda de campaña, casi inconscientes, tras una noche de farra en el camping de la costa donde pasábamos una semana de vacaciones. El Rati siempre hacía cosas parecidas. Por una de ellas había estado en la cárcel, lo que no había contribuido mucho ni a su buen humor ni a su contención. Se ponía de todo lo que encontraba excepto caballo, que pertenecía a una época de su vida que prefería olvidar. En realidad, todos preferíamos olvidar aquella época. Encima, siempre había tenido mucho éxito con las mujeres el muy cabrón. Otro de los amigos, en aquellas ocasiones en las que desaparecía y luego lo encontrábamos metiendo en un servicio, o en el asiento de atrás de un coche, siempre decía con envidia que el Rati tenía el sello de calidad en la frente, que las mujeres lo sabían, que por eso se le daba tan bien. Ninguno de nosotros se preocupaba cuando no lo encontrábamos al salir de alguno de los garitos de la noche. El Rati era de esas personas que suelen poner en peligro a los demás, no al revés. Pensábamos, más bien, que estaría follándose a alguna, el muy hijo de la gran puta.
—Y, ¿cómo os colásteis?
—Por un hueco que había en la parte de atras. Pero ya está bien de charla, coño, que os estoy diciendo que hay que abrirse. ¿Está todo pagado?
—Pues sí. Lo pagamos todo ayer.
—Hala, pues agüita.
—Joder, Rati, me cago en tu puta madre. Siempre igual. A ver si algún día podemos pasar una semanita tranquila, coño.
—Ya.
—Te lo digo en serio, tío. Estoy hasta los huevos.
—Vale. Pero hay que moverse. Ya.
Nos levantamos y desmontamos la tienda rápidamente. Tras meterla de cualquier manera en el maletero, salimos del camping con tranquilidad, sin armar mucho ruido para no despertar a nadie. Solo nos permitimos las carcajadas cuando el coche estaba ya en la carretera nacional y el Rati decía: Nos vamos a poner de gambas hasta arriba. Por estas.

jueves, marzo 25, 2010

Barrio VII

A veces, nos montábamos cuatro en un coche y hacíamos una excursión a otro barrio aún peor que el nuestro para conseguir sustancias de mejor calidad o más baratas. Daba igual una cosa que la otra. A mayor oferta, precios más bajos o mejor calidad del producto. Según parece, esa es una de las claves del capitalismo. Y ¿qué mejor expresión del capitalismo en estado puro que el contrabando? Allí donde no existe regulación, se imponen los tiros pero incluso los que mandan sobre los pistoleros saben que los negocios son mejores sin violencia, que se trata de competir por una cuota de mercado, que la guerra de precios reduce el tamaño del negocio para todos, que, como tal vez hagan los directivos de las grandes empresas energéticas o de telecomunicaciones, a veces es mucho mejor jugar nueve hoyos en el club (o compartir nueve putas en el club, es igual) y ponerse de acuerdo en un precio máximo y otro mínimo que perder parte de la tajada por la competencia.
Ahora ya he aprendido de economía y de marketing, ya he aprendido a interpretar el signo de los tiempos leyendo entre líneas en las páginas de economía, a advertir el signo torcido de los tiempos en las cuentas de resultados trimestrales de las multinacionales del IBEX. Entonces no. Entonces sabíamos otras cosas, por ejemplo que cuando llegaban las lecheras para hacer una redada en esos barrios peores (siempre nos preguntamos por qué ponían a todo volumen las sirenas cuando iban a hacer algo así, ni que estuvieran intentando que escaparan todos corriendo) los niños que parecían desocupados sobre los bancos iniciaban una cadena de señales, una cadena de señales cuyos ojos llegaban al mismo límite del barrio y que corría secreta, más rauda que los coches de la policía. También sabíamos cómo distinguir a un madero de la secreta intentado pasar desapercibido en un bar. En realidad, siempre nos preguntábamos por qué los policías de la secreta no hacían un curso que les ayudara a pasar desapercibidos. Por entonces casi todos tenían el aspecto de hombres de mediana edad en busca de jovencitas, con aquellos bigotes y aquellos vaqueros comprados en la tienda del barrio. También sabíamos apartarnos discretamente si había una bronca a nuestro lado, o caminar y mirar hacia atrás disimuladamente si alguien nos seguía.
Y aún nos queda algo de eso. Hay cosas que nunca acaban de irse.

martes, marzo 23, 2010

Metafísica

Todo es brillante y la niebla lo llena todo de una extraña luminosidad sobrenatural. Estamos muertos y Dios está ahí arriba y todos nos sentimos invadidos por el amor, llenos de amor, atravesados por él, como si los rayos de amor con los que el Espíritu Santo se coronaba penetraran en nuestro interior como una espada, como muchas espadas afiladas. Todo tiene ahora significado, como si la muerte no fuera nada más que disfrutar y seguir disfrutando de ese momento que otra veces conseguíamos gracias a los estupefacientes: sí, aquel momento epifánico, justo ese. Todo es cómico y trágico a la vez, todo está ahí, sin estar mediatizado por los pensamientos de nadie, sin que tengamos ningún apego a las cosas materiales ni a los pensamientos ni a nosotros mismos. El eterno círculo de la existencia gira sin parar en nuestro estómago mientras Dios sigue ahí, atravesándonos con sus rayos como espadas. Todo es brillante. Y doloroso. Pura felicidad.

jueves, marzo 18, 2010

Barrio VI

Solíamos frecuentar un bar en el que el humo apenas te dejaba ver la cara del amigo que se sentaba enfrente de ti. Un lugar de música atronadora, una constelación de ojos rojos y cazadoras de cuero. El dueño se llamaba Jose y había sido yonqui de heroína unos años antes. Aunque él se consideraba un ex yonqui, la verdad es que seguía drogándose habitualmente, tomaba anfetaminas, cocaína, LSD y éxtasis, fumaba hachís y marihuana pero, eso sí, la heroína ni la tocaba. Conocimos a más de un Jose en la época, alguien que ha estado enganchado al jaco y que si consigue dejarlo ya nunca más se considera un yonqui (aunque para ello deba encontrar otras maneras de ausentarse de sí mismo, ausentarse lo suficiente para no pensar en ponerse un pico, porque detrás del primero ya vendrá el segundo y el tercero, no pensar en ponerse un pico aunque haga falta estar colocado para ello, no pensarlo aunque resulte extraño vivir colocado para poder dejar de estar colocado). Y un buen día, tiempo después, vas caminando por la calle y te llaman, y oyes tu nombre a media voz y cuando te giras ves a Jose. Y pesa quince kilos menos. Y piensas: Ya está. Y te ofrece lo mismo que fueras a comprar a aquel bar. Y te dice que no le ha ido bien. Que el bar cerró. Que discutió con su hermano. Y tú dices: Me alegro de verte. Pero es mentira. No te alegras en absoluto.

Supongo que recordar así a alguien no es justo, ignorar conscientemente quién era y reducirlo a la pobre estampa de un yonqui necesitado, convertirlo en un estereotipo, un pobre desgraciado, un perdedor, un inconsciente, un enfermo. Sobre todo si recuerdas las conversaciones en su bar, los cursos que hacía de vez en cuando con la vana esperanza de cambiar de vida, recuerdas las veces que pagó la ronda, las miradas que le dirigía a su novia. No, no es justo. Y otra vez toma cuerpo en tu cabeza aquella imagen que no consigues olvidar, aunque no sepas muy bien por qué: dos yonquis que duermen abrazados en invierno en una plaza, muy deteriorados, en las últimas y abrazados, a punto de irse y abrazados, con un grado de compromiso que nunca tendrás con ninguna mujer. Porque a lo que se han comprometido es a acompañarse hasta el fin. Que está ahí el fin. Que se le ve venir. Y por eso se abrazan. No porque tengan frío, no.

lunes, marzo 15, 2010

Barrio V

—Dame el reloj —dijo el mayor de los tres mientras me presionaba ligeramente con un pincho en la garganta.
—Ni de coña, si quieres el reloj vas a tener que pinchar —contesté yo en un alarde de inconsciencia propio de la edad.
Siguió presionando hacia arriba y tuve que levantarme poco a poco para evitar el corte. El tipo, de unos veinte años, moreno y con cara de mal bicho, me miró a los ojos y creo que vi admiración aunque ya no estoy seguro, claro.
—¿Sabes por qué no te he quitado el reloj? Porque tienes cojones. Yo no quiero tener que ver con esto —dijo a los otros dos colegas justo antes de guardar el pincho y apoyarse tranquilamente en un bolardo verde a ver cómo acababa todo.
—Dame la cazadora —le dijo el más pequeño a mi amigo mientras le apoyaba un cuchillo pequeño en la barriga
—Lo que te voy a dar es una hostia que te voy a encender, enano. —contestó mi amigo sin dejar de mirarlo a los ojos.
Entonces el pequeño continuó intentándolo con el resto del grupo y consiguió que dos de los miembros del grupo, hermanos, les dieran un reloj y una cazadora. Nosotros dos, mi amigo y yo, envalentonados, empezamos a gritarles que si tenían huevos que soltaran las navajas, que si tenían huevos solucionaran aquello como hombres. Mi hermano me avisó de que aquello era una estupidez. Si los dueños no habían sido capaces de evitar que les robaran, si no se habían enfrentado a los dos tipos aquellos, era su problema. No íbamos a arriesgarnos nosotros por unas cosas que no eran nuestras.
Meses más tarde, nos enteramos de que el más pequeño —el enano— se llamaba Eufrasio y que con doce años había violado a un niño de diez, algo por lo que lo habían encerrado en el reformatorio. Tal vez se tratara de un rumor, no sé. Siempre era así: alguien contaba algo que le habían contado. Supongo que, a medida que las historias circularan de boca en boca, se irían cargando de tragedia, se irían enriqueciendo con detalles truculentos. Ahora parece difícil creer una historia así. Ahora los yonquis que quedan están muy mayores y muy delgados y siguen vivos de milagro y la mayoría de los que frecuentan las plazas son alcohólicos y mendigos. Entonces era diferente. Aunque todo parezca cubierto de bruma y no esté seguro del todo de que aquellas historias fueran ciertas. Tal vez todo solo fuera ambientación, parte de aquella mitología propia, de aquel folclore constuido con relatos apenas creíbles, con personajes míticos, con pequeñas historias del lumpen que por entonces llenaban nuestras conversaciones y que ahora parecen falsas. No lo sé. Pero sí sé que bastantes conocidos no llegaron a cumplir los cuarenta y ya siempre serán jóvenes, muertos pero jóvenes. Y que las fotografías con sus caras amarillean colgadas en las paredes de los bares que frecuentaban.

viernes, marzo 12, 2010

Sosiego

(con cariño, para Julia,
esperando que la gotita de miel no sea demasiado empalagosa)

Porque aunque las palabras no son de nadie, los poetas son los que mejor las moldean.

Mi homenaje

Vicente Gallego

Por cuanto ya he leído,
me permito afirmar que a nuestro gremio
le parece arriesgado dedicarte un poema.
Tememos un exceso de emoción
y nos asusta el tópico, sin reparar, tal vez,
en que es sentimental y tópica la vida,
y en que no hay sentimiento
más sobrio y menos huero
que aquel al que rehuye la cobarde retórica
de nuestra recelosa tribu.
Pocas veces encuentras, amistad,
el lugar que mereces en los versos de un hombre:
te lo usurpa el amor, ese afecto inconstante,
sentimental y tópico que se dice tu hermano.
No pretendo cargarte de adjetivos,
compararte con nada ni sumar tus virtudes;
solamente quisiera, aunque sea una vez,
certificar mi asombro ante tu gran ausencia
y rendirte homenaje.
Yo te canto, amistad,
sosegada pasión que bendices mi vida.


Y porque los principios siempre son emocionantes.

Somos un incendio sin control.
Sidonie

Y porque también ha habido muchas y muchas mañanas viendo amaneceres azules y muchos y muchos despertares en los que otra mirada ha despertado mi sonrisa antes que a mí.

jueves, marzo 11, 2010

Oceánico

El hombre de ahora mira al hombre de ayer y, aunque lo recuerda, ya no lo conoce. El hombre de ahora fue el de ayer durante mucho tiempo pero ya no. En construcción, siempre en construcción (como un poemario de Vicente Mora), con cada persona (maravillosas mujeres con ropa desperdigada por media ciudad), con cada teorema (¿quién podrá olvidar el Teorema de Rice?), con cada viaje (la dulce y verde Irlanda), con cada orgasmo (aquella cara arrobada por el agradecimiento) y cada libro: frases encima de frases encima de frases que poco a poco entierran al hombre de ayer, que lo sumergen en un océano de palabras, —oceánico, que adjetivo este, oceánico— y cada exposición (esta de Jaume Plensa, por ejemplo, una obra en la que te encierras entre ladrillos de cristal iluminados de rojo temiendo un calor que no existe y otra en la que gotas de agua caen aleatoriamente del cielo sobre platillos de metal que tienen frases grabadas en tres idiomas) y cada paseo, ese caminar perdido por ciudades que no conoces, caminar y observar los altísimos tejados, tan picudos, tan al norte («Al norte del norte» es una canción del ahora que te hace recordar Copenhague de otra manera cuando la oyes) y Francisco Rico (con aquella descripción que hizo de él Javier Marías, con zapatos elegantes de suela de cuero, se te quedó aquello grabado) influyendo en el Quijote y aquella que fue tu mujer con una cola de caballo, grandes gafas, unas zapatillas deportivas y vaqueros gastados, y tantas y tantas noches estudiando, tantos y tantos días escuchando completa la programación de radio de tu emisora musical preferida, y tantas y tantas tardes viendo atardeceres rojos y, mucho tiempo después, tantas y tantas noches llegando a casa y masturbándote triste ante el porno barato de los canales locales.

miércoles, marzo 10, 2010

Barrio IV

—Alucinante, tú, alucinante. No te imaginas la gente que se mete. Estaba el otro día en casa uno de los del bar, del Migue, y se puso unos tiros y una mujer (pero una mujer de mi barrio con niños y todo, no te vayas a creer que es una de las novias habituales) que había ido a la casa a no sé qué, no dijo que no tampoco. Le dijeron que si le apetecía y se metió una raya con una soltura... Yo flipé.
—Ya.
—Flipé, en serio.
—Bueno, no sé de qué te extrañas. En tu barrio se mete todo el mundo.
—Sí, pero como me iba a imaginar yo que hasta mi vecina se metía. Es que no pongo la mano en el fuego por nadie.
—Y tanto.
—Y luego sacaron una jeringuilla y me dijeron que si lo había probado en la vena.
—No me jodas. Espero que no hicieras ninguna gilipollez, tú.
—No, no. Dije que no.
—Menos mal. Era justo lo que te hacía falta, compadre.
—Sí. Y luego en mi casa me hinché de llorar. Porque, por un momento, me lo estuve pensando, amigo, por un momento estuve a punto de decir que sí.
—Venga, que no es nada. Tú no eres como ellos. Tienes una vida y tienes amigos. Mira como está el Jeromi, coño. Ya sabes dónde lleva eso. Pero tienes que dejar de salir tanto entre semana, joder, que cualquier día es bueno ya. Algo tienes que hacer.
—Sí. Algo tengo que hacer.

martes, marzo 09, 2010

Parpadeo

Desde aquí los coches son luces brillantes, meros reflejos a lo lejos, parpadeos en las autovías de circunvalación. Las ventanas azules están recubiertas de una fina malla de material que impide que los cristales se calienten en exceso y también que se perciban con claridad las cosas del otro lado.
Un parpadeo no es más que una interrupción de la vista que ni siquiera advertimos porque el cerebro se encarga de sustituir lo que no vemos, como hace siempre, extrapolando y engañándonos. Somos nuestro cerebro y somos sus esclavos y nuestro primer recuerdo lo ha inventado él por nosotros (¿él/nosotros?) o lo hemos inventado nosotros por él (¿nosotros/él?). Nuestro primer recuerdo (esa escalera empinada, esa habitación con trastos de la guardería en la que la profesora amenazaba encerrar a los más revoltosos) es mentira o no es mentira pero no tenemos posibilidad de comprobarlo, ni siquiera sabemos si existe una realidad objetiva más allá de la percepción, en el caso de que la existencia de una realidad objetiva fuera importante para algo, que no lo sé. Toda la realidad cabe en nuestra cabeza porque somos los que observamos y somos lo observado.
En esta cajita de cristal en la que estoy, en este edificio inteligente (parpadeo) de cristales azules, no hay moscas. Y las moscas son los mejores mecanismos de ingeniería. Las moscas son perfectas y se mueven siguiendo el mejor camino posible. Las moscas tienen un cuerpo pequeño que se consume rápidamente. Viven muy poco y siempre aceleradas. Un instante. Apenas nada. Los colibríes viven algo más pero también se consumen rápidamente. Los olmos duran cientos de años. Los tejos miles. Nosotros ochenta.

(parpadeo)
(entre dos eternidades)
(eso)

Barrio III

—¿Cómo quedó el partido?
—Uno a uno.
—Vaya mierda. Vaya vagos hijoputas que están hechos. No suben a primera porque no quieren, porque saben que la mitad se iría a la calle. Por eso no suben. Porque no les sale de los cojones.
—Tú, pasa eso, cabrón, que siempre haces lo mismo.
—Pero si acabo de encenderlo.
—¡Ea, y así toda la tarde…! Me voy a tener que liar otro. No se puede contigo.
—Porque no les sale de los huevos, lo que yo te diga. Y mira que íbamos ganando uno cero. Pero, nada, al final, como siempre, vamos y la cagamos. Por estas que un día me borro y que el abono lo pague su puta madre.
—Siempre con lo mismo. Me tenéis hasta los huevos. Daos de baja de una puta vez, coño.
—Hombre, de baja, de baja… ¿Qué quieres que te diga? Llevo toda la vida siendo socio. Mi padre me hizo el carnet cuando tenía once años.
—Pues entonces callaos la puta boca que me tenéis harto, siempre la misma historia los lunes, que no se puede quedar con vosotros hoy, coño.
—Haya paz, haya paz. Vayamos a enfadarnos ahora nosotros por culpa de esos cabrones.
—…
—Tengo la silla jodida, tíos. No me va bien, no sé que le pasa pero ya he estado a punto de caerme un par de veces.
—Pues ve donde el Rafa, a mi siempre me deja la mía que no veas, suave, suave…
—El Rafa, ¿qué Rafa?
—Sí hombre, el del taller de motos de al lado de mi casa.
—¿Y por qué no la llevas a la ortopedia, como hacen las personas normales?
—¿Normales? ¿Dónde tienes los ojos, idiota? Normales, dice…
—Ja, ja.
—…
—Niño, tráenos cuatro cervecitas más cuando puedas, anda.

lunes, marzo 08, 2010

Barrio II

(a David)


Las tardes desocupadas solíamos quedar en El bar de Carlos para tomar café y pasar horas y horas hablando de cualquier cosa, mirando a los parroquianos que bebían cubatas y vivían sentados a la barra, mucho antes de que nos diéramos cuenta de que pasar así la vida no era más que ir dejándola ir poco a poco sin pena ni gloria, dejarla deshacerse sin ruido. En cambio, entonces solo se trataba de gente que pasaba mucho tiempo en el bar, como nosotros, ni más ni menos. Bebían whisky a las siete de la tarde del martes con el oficio y la dedicación del que está acostumbrado a levantarse siempre con resaca y charlaban interminablemente con los dueños, Carlos y Rafa, sus amigos del barrio.
Antonio, uno de los habituales, siempre alardeaba de no tener que trabajar por haber quedado cojo en un accidente de coche y cobrar una pensión de invalidez. Había tenido suerte y no había muerto ni tampoco había quedado inválido sino solo ligeramente cojo y, como muchos otros, pasaba en el bar gran parte de su tiempo, siempre libre. Era un tipo gracioso el Antonio: ocurrente, rápido y orgulloso de vivir a costa del contribuyente, algo que no era ninguna vergüenza en un lugar en el que el trabajo siempre había sido un castigo y poder escaparse de esa cárcel, aunque fuera a costa de perder un poco de movilidad, no nos parecía el peor de los destinos, la verdad. Y fue Antonio el que nos contó la anécdota uno de los días que bajamos al bar.

—¿Sabéis lo que pasó ayer?
—No, ni idea.
—Pues a estos, que los atracaron.
—¿A quiénes?
—Coño, pues al Carlos y al Rafa, aquí en el bar.
—No me jodas, ¿y qué pasó?
—Pues por lo visto una movida...
—¿Qué movida?
—Entraron dos tíos con la cara tapada. Uno con una pipa y el otro con una fusca. Justo a la hora de cerrar.
—Coño, ¿y qué pasó?
—Pues que se equivocaron de bar —dijo el Antonio —. En el momento en el que los vieron entrar, el Rafa, que estaba detrás de la barra, empezó a tirarles botellas y Carlos les tiró un par de sillas y luego la emprendió a hostias con el de la pipa.
—Joder, qué huevos.
—Y tanto.
—¿Y qué pasó al final? ¿Les dispararon o algo?
—Qué coño. Acojonaos que se fueron. Por pies. Si se quedan, estos dos se los llevan para alante. Tenías que haber visto al Rafa en la puerta diciendo: «Eh tú, hijoputa, que sé quién eres, que tú eres el Canijo, que acabas de salir del talego, que te conozco del barrio de toda la vida, que sé quién es tu madre, que si te veo por ahí te reviento, cabrón. Es que te reviento.»

viernes, marzo 05, 2010

Barrio I

Siempre estábamos sentados en la puerta del Banco Popular, fumando cigarrillos, mirando a la gente pasar, hablando con el Negro, que limpiaba coches antes de dejarse la vida encima de un colchón viejo, tirado de cualquier manera en la parte de atrás de un cine abandonado, o en un solar en construcción, o en unos soportales que ya eran viejos cuando los construyeron, en cualquiera de aquellas intermitencias del urbanismo que tan comunes eran en los años ochenta. Era simpático y no le iba mal limpiando parabrisas y una vez nos enseñó un billete de mil pesetas mientras se santiguaba y decía mil pesetas, hostia, mil pesetas y otras nos mostraba las pastillas o los porros o los cigarrillos con los que le pagaban y a los que nunca decía que no porque el pago en especie también es pago, qué coño, como decía él. A veces nos contaba historias truculentas de cárcel y de huidas en coches robados y de chirlos en la cara y tajos tirados con toda la mala intención y nosotros le decíamos venga ya, poniendo cara de impresionados pero sabiendo en el fondo que casi todo lo que contaba era mentira, que incluso él necesitaba sentirse admirado y respetado de vez en cuando, infundir un poco de miedo, ofrecer un ejemplo ante alguien. Tenía dos hijas, según decía, y llevaba sus nombres tatuados en el brazo, algo que llamaba la atención en un tiempo en el que los tatuajes no estaban de moda y eran cosa de legionarios y gente de mal vivir.
Y un día, mientras charlábamos de cualquier cosa sentados donde siempre, dejó de venir y al día siguiente tampoco vino, ni al siguiente. Y pensamos lo peor, claro. Y llegamos a la conclusión de que habría muerto de sobredosis o que se lo habrían llevado por delante o que se habría dejado los dientes en un accidente de tráfico. La muerte siempre encuentra maneras innovadoras de llevarse a los que viven así, en el mero presente, en el hoy y el ahora del medio gramo y mañana ya veremos y si tuviera un millón me iba a dar un homenaje que se iban a enterar todos y entonces sí, entonces sí que podría pensar en mi vida sin preocupaciones, con un kilo (¿qué digo un kilo?, diez kilos por lo menos) de jaco bajo la cama. Algún tiempo más tarde nos llegó el rumor de que efectivamente había palmado, pero no nos sorprendió porque ya lo habíamos dado por muerto mucho antes, ya lo habíamos enterrado sin demasiada pena, con esa ligera conmiseración con la que la vida nos había enseñado a tratar a los yonquis, tristes pero no demasiado, como si en el fondo pensáramos que se lo había buscado, que se veía venir, que no podía acabar bien. Que tal y como estaba el hombre, quizá inyectarse una sobredosis fuera una buena manera de irse del mundo, transido de placer.
Desde mi ahora, sin embargo, creo que aquella muerte (que no fue la única pero fue la primera) nos enseñó algo valioso. Nos enseñó que había que mantenerse alejados de una droga así, tan poderosa como para convertir a cualquiera en un despojo, tan irresistible como para acabar durmiendo en un solar lleno de ratas con la jeringa clavada en el brazo. Por una vez todos escarmentamos en cabeza ajena.
Así que, bueno Negro, seguro que hacía tiempo que nadie te recordaba, pero quería darte las gracias después de tanto tiempo. Ya ves.

jueves, febrero 25, 2010

Salvación

Tuvimos mala suerte al hacer caso a los alucinados seguidores de aquella teoría. Una respuesta ecológica a la destrucción que estábamos provocando en el mundo, un cambio en nuestras conciencias. Algo que nos haría diferentes.
Alzamos alborozados los brazos, con la mirada brillante de los creyentes, cuando las primeras pruebas científicas nos demostraron que era posible. Los primeros en probarlo volvían del viaje con los ojos más profundos, cambiados para siempre. Aquellos que la habían sentido en su interior nunca más se atrevían a hacer nada que pudiera alterar su equilibrio. Aquellos que habían mirado con otros ojos se convertían en algo más que hombres.
Y nos fuimos. Y el asfalto se abrió como la tierra húmeda bajo la fuerza de las raíces. Y los puentes se cayeron y los coches se cubrieron de hiedra y las centrales nucleares fueron conquistadas poco a poco por una naturaleza inédita. Nos fuimos y nos declaramos derrotados por el bien de todos. No solo el nuestro, el de todos.

Añoro la sangre bombeando en mi cuerpo y en mi miembro. Y el deseo que nos conducía, el sabor del chocolate suizo, el frescor de la cerveza helada. Echamos de menos tantas cosas que seríamos incapaces de recordarlas todas.

Ahora es tarde. Ha pasado nuestro tiempo.

martes, febrero 23, 2010

Casavella

La realidad está encerrada en una serie infinita de muñecas rusas que la esconden, cada una de ellas un punto de vista. Eso y un cuento. Rashomon, que decía una profesora mía, Rashomon. Y tan bien que queda la referencia para iniciados. Lo siento.Y hay gente que me dice: debe de ser interesante el libro porque no lo sueltas. ¿Interesante? No tienes ni puta idea. ¿Qué creéis que es la literatura? ¿Entretenimiento? Ni puta idea, lo que yo te diga. Bastante tengo yo ya con intentar poner una palabra detrás de otra sin dejarme vencer por el desánimo tras leer mil páginas maravillosas de Casavella.
Y ahora suena Lobo López de Kiko Veneno y esa canción tan triste y sutil tampoco me hace considerar con mejores ojos mi talento.

*****

Días después, el hombre del segundo dijo a los policías, hablando de la mujer que tenía el cuello roto y que, desmadejada, quedaba oculta por la sábana que alguien piadoso había puesto sobre ella, que no sabía nada, pero que a él la chica siempre le había parecido algo ligera de cascos. Vamos, que creía que era puta, y lo decía bajando la voz, para que nadie pudiera pensar que encontraba satisfacción en criticar a los muertos. Eso sí, nunca había oído que la chica llevara allí a los clientes ni había visto a hombres subiendo a su casa. Se trataba más bien de una impresión, de que él, y lo decía bajando un poco los ojos, con una humildad fingida, tenía un sexto sentido para darse cuenta de esas cosas.
El portero, que presumía de estar enterado de todo lo que ocurría en su finca y que, tras su cara de pánfilo, demostró un agudo sentido de la observación, según los detectives que lo interrogaron, dijo que creía que la señorita Andrea había estado deprimida porque ella era una mujer que normalmente cuidaba mucho su aspecto, que daba gusto mirarla con esas faldas tan bien cortadas y tan discretas que siempre llevaba y con esos zapatos buenos de tacón, que se veía que eran buenos a la legua, pero que en la última semana se la veía salir a la calle de cualquier manera, incluso con un chándal, decía aquel hombre con el terror pintado en el rostro, como si llevar ropa deportiva fuera el peor de los pecados. Un hombre, por cierto, muy bien vestido para ser portero de una finca, con un atildamiento casi excesivo, anotaron los interrogadores por si aquello servía de algo en el futuro.
La mujer del piso de enfrente no salía mucho de su casa y no pudo ayudar en casi nada a la detective que intentó ganársela utilizando su condición de mujer y madre. La mujer vivía en un piso atestado de libros, llevaba gafas de concha y no veía la televisión ni oía la radio. Tampoco tenía internet. Tal y como le dijo a la detective, no le gustaba mucho el mundo de hoy y hacía ya quince años que había tirado su televisión, un aparato que le quitaba demasiado tiempo, enfrascada como estaba en la relectura de los clásicos alemanes. Trabajaba de profesora en una universidad privada dos días a la semana y el resto del tiempo lo pasaba en casa leyendo y tomando notas. Una vez al mes hacía la compra por teléfono en un supermercado que ofrecía el servicio a domicilio y, bueno, ni salía con hombres ni tenía más amigos que los escritores muertos en los que empleaba el tiempo. Su aspecto era el de una persona que no se preocupaba en absoluto por lo que los demás pudieran pensar. Una belleza destruida por los libros, anotó alguien con precisión en una libreta.
La chica llorosa, madre soltera y traductora de profesión que vivía en la puerta de al lado, afirmó haberla conocido muy bien, y, tras tragarse la lágrimas que se empeñaban en acumularse en los salientes de su cara, dijo que la iba a echar de menos, que Fátima era una mujer maravillosa que le ayudaba siempre que se lo pedía, que su hijo también la iba a echar de menos —junto a esta afirmación el encargado del interrogatorio había anotado entre paréntesis la expresión: tiene seis meses— y que para una buena persona que había encontrado en la vida, para un persona limpia de corazón que no buscaba nada de ella, ni pretendía nada, ni aparentaba necesitar nada, excepto, tal vez, algo de cariño y de compañía masculina de vez en cuando, algo a lo que ella había renunciado con gusto tras su experiencia con el padre del niño, que para una persona buena y desinteresada que había encontrado ya era mala suerte, que la vida era una putada y que qué iba a hacer ella ahora, sola como estaba y sin nadie que le pudiera echar una mano.
El padre del niño de la chica llorosa confesó haber estado viendo a Fátima a escondidas, y, tras lo que pareció un verdadero acceso de llanto, dijo que se había enamorado de ella y que le había propuesto que se fueran a vivir juntos lejos de su casa y de su ex mujer, a pesar de que escuchar las risas y el llanto de su hijo tras los tabiques lo llenaba de algo parecido al consuelo, ahora que su ex se había empeñado en no dejarle verlo nada más que los fines de semana alternos y estaba dedicando toda su energía a intentar borrarlo de la vida del niño. También dijo que estaba seguro que el hombre del segundo miraba mal a Fátima, vete tú a saber por qué. Según parecía, aparte de los hechos evidentes y de la tristeza cierta, nada más se podía anotar en su expediente.

*****

Se agita, se remueve, se desarrolla, se le busca un final, se centra el punto de vista en cada capítulo en un personaje diferente y ya tenemos una novela con un crimen. Algo de recuerdo, algo de atmósfera, algo de oficio y ya está.
Llamar a eso novela sería análogo a llamar esquiar a lo que yo hago cuando me deslizo por la nieve. Una trampa del lenguaje. Solo eso. Un defecto propio de la generalización. Un error en nuestra manía por encontrar patrones, ese comportamiento incontrolable de nuestros cerebros.

*****

Y además, seguro que Casavella se revolvería en la tumba. Homero lo tenga en su gloria.

lunes, febrero 22, 2010

Ejemplo

Su sobrina le reprochó que llevara varias horas leyendo sin hacerle demasiado caso y le preguntó que por qué hacía aquello. Él le contestó que, en aquel momento, no estaba en el mundo real sino en otro mundo imaginario que se encontraba dentro de libro. Ella lo comprendió perfectamente como, de hecho, comprenden los niños todo lo que se les cuenta y dijo, claro, lo entiendo, como cuando yo leo los libros de Jerónimo Stilton. Además, en mis libros vienen dibujos que te ayudan a imaginar ese mundo. Él contestó entonces que cuando fuera mayor, preferiría que no existieran los dibujos, para tener la libertad de imaginar las cosas como ella quisiera. La niña volvió a entenderlo con facilidad y se dispuso a imitarlo, intentando hacer algo que todavía no puede, leer con la voz de la mente, sin necesidad de mover los labios.

A él le gustó pensar que ese intento estaba creando en este momento conexiones neuronales inéditas en su cerebro, que ese intento estaba cambiando a su sobrina en aquel mismo instante. Le gustó pensar que, de alguna manera, era un ejemplo para una niña. Uno bueno, se entiende. Le gustó el ceño fruncido de la niña, intentando hacer como el tío, leer sin necesidad de utilizar la voz, sumergirse en un mundo de fantasía que nunca ha existido, que está en un sitio tan raro como dentro un libro. Y esperó, de una forma tal vez egoísta, que nunca se le pasara ese interés, que nunca dejara de amar los libros, que, al menos en algo, siempre lo considerara un buen ejemplo.

El amor tiene mucho de egoísmo, pensó después.

lunes, febrero 15, 2010

Jugar

Si alguien pudiera escribir sin pensar en lo que está haciendo, sin pararse a reflexionar sobre cómo aparecen los pensamientos cuando vamos de izquierda a derecha leyendo palabras (o de derecha a izquierda o de arriba a abajo, ¿cómo será leer en esos idiomas en los que todo se hace al revés?, ¿o cómo será leer en alemán y no saber de qué estamos hablando hasta que llegamos al verbo, allá al final esperando completar la frase?; los sintagmas alemanes deben florecer como arbustos en el aire, sin raíz, hasta encontrar por fin la acción, el verbo que finalmente penetre en la tierra) (qué rara y extraña me ha quedado esa frase, llena de oquedades, qué extraña frase me ha salido), si alguien pudiera hacer eso, es decir, escribir sin pensar en lo que hace, tal y como iba diciendo, sería mucho más fácil esto de escribir, supongo. Creo.
Como en algunas películas norteamericanas, en las que he visto a protagonistas grabar sus pensamientos, protagonistas que dicen que son escritores de ficción que van siempre con una grabadora, por si acaso se les ocurre una idea genial, escritores siempre dispuestos a registrar pensamientos fugaces y brillantes pero probablemente tan inanes como cualquier otra cosa. Siempre me ha gustado lo de la grabadora, de hecho, una mujer que fue mía y que ahora ya es de otro me regaló una para que registrara mis pecios verbales (sí, es un homenaje a Ferlosio, ¿qué pasa?) pero, claro, yo no soy Ferlosio, ya me gustaría, ni tengo su talento ni tampoco su gusto por las anfetaminas, aunque creo que no me costaría trabajo aficionarme a las anfetaminas, eso es cierto. El caso es que esos escritores que creen tener una idea genial cada media hora son unos idiotas porque nadie es genial todo el rato, ni siquiera Casavella, ya ves, y eso que es lo más parecido que he encontrado.
Y en fin, yo, que no aprecio especialmente la metaliteratura, aquí estoy hablando del lenguaje, de sintagmas, citando a Ferlosio y llamando la atención sobre el idioma, esto es, cumpliendo con la función poética del lenguaje tal y como definía Jakobson, haciéndome el interesante, hablando de cosas que serán incomprensibles para la mayoría, sacando la cabeza por encima del texto para que todos los lectores se fijen en mí, el pedante idiota que a este lado de la pantalla escribe sobre cosas que casi nadie entiende. Sí, lo confieso, ese soy yo. O soy yo en una medida cada vez más incontrolable. Pero, entiéndanlo, he conocido a una mujer que me dijo que le perdían los escritores. Déjenme presumir. Cada uno tiene que utilizar sus armas como puede.

Por otro lado, es posible que lo anterior sea mentira, es posible que lo anterior esté contado por el narrador, ese ente de ficción que se han sacado de la manga los universitarios y que no corresponde exactamente con el autor, que tampoco (dado el medio en el que estoy publicando) coincidirá exactamente con la persona (en el caso de la que la identidad exista realmente y no cambie veinte mil veces por segundo, como si se tratara de un fragmento de cuarzo) que está escribiendo esto. Por ejemplo.

Y ahora un cuento:
«Un hombre nace en un desierto helado en Mongolia. En toda su vida no ve otro paisaje que la tundra helada, no habla sino a gritos, sus oídos inundados por el sonido del viento ártico. Caza animales para comer. Vive con una mujer desde mucho antes de llegar a la veintena. Tiene varios hijos, de los que al menos uno muere de pulmonía antes de cumplir el año. Vive lo suficiente para conocer a la mayoría de sus nietos. En un viaje de caza contempla extasiado la aurora boreal. Al regresar al hogar muere recordando esos colores. En el último instante piensa convencido: he tenido una buena vida.» FIN.

Pues eso. Que aquí estoy. Que me llames.

miércoles, febrero 10, 2010

Ambiente

Si a un cuento le quitamos lo que sucede, queda el ambiente. Un hombre con una cara poco confiable, alto y delgado como un poste, intentando convencernos de algo. Otro de cara cuadrada y ligero acento sudamericano que se presenta como John. El frío hiriente del enero madrileño. Las luces en la falsa oscuridad de la noche de la ciudad. Cuatro policías corriendo hacia una concentración de coches con sirenas, en la que varios municipales intentan tranquilizar a alguien con la cara ensangrentada y sin camiseta. La espera. Más coches de policía. Más espera. La curiosidad de los vecinos. Una casa con calefacción y aire acogedor. Una botella de vino, cabernet sauvignon, Ribera del Duero. El ruido que hace el corcho al salir. El canturreo del líquido contra el cristal de la copa. El sabor. El recuerdo de la frase de un libro: «Solo los mamones hablan de vino». La escritura. Este texto.

Solo ambiente.

lunes, febrero 08, 2010

Cigarrillos

Los cigarrillos son armaduras contra el tedio: el hecho de coger un cigarrillo, deslizarlo entre los dedos y encenderlo (cómo se nota cuando alguien no está habituado a coger el cigarrillo, qué impostura más tonta, cada vez más habitual en estos tiempos de actores veganos y desnatados, algo que, según un test que hice el otro día, he hecho unas 150.000 veces a lo largo de mi vida), el hecho de cogerlo y encenderlo, iba diciendo, protege contra el tedio porque permite mirar las volutas de humo (siempre un pasatiempo fascinante), permite tomarte un tiempo para pensar cuando te hacen una pregunta comprometida, permite pasar el tiempo en un desierto, por ejemplo, sin gente a la que mirar, sin gente pero con cigarrillos (uno tras otro siendo transformados en humo, hermoso humo que se va a la atmósfera y se confunde con el azul del cielo, hermoso humo gris o azulado, circonvolucionando de forma caótica en nuestra habitación).
Cuando no fumamos echamos de menos la nicotina, pero sobre todo echamos de menos la imagen de nosotros mismos con un cigarrillo en las manos, protegidos del tedio, nuestra imagen de hombres más resueltos, más capaces, más atrevidos, hombres que podrían mirar a una mujer y dar una calada profunda a un cigarrillo antes de decir que no a una invitación, hombres que no se arredran ante nada. Eso es lo que echamos de menos, la imagen que hemos creado asociada al cigarrillo, la imagen que entendemos que los demás perciben cuando nos ven fumar.

El Ministerio de Sanidad, en cambio, nos cuenta la verdad verdadera para que abandonemos el hábito, nos cuenta de dientes podridos, de pulmones agujereados, de úlceras sangrantes para que dejemos de hacernos daño y, sobre todo, de hacérselo a los demás (como si eso no fuera una soberana tontería y como si no matara más la contaminación que el humo de los fumadores en los bares). Vivimos en una época tonta, una época en la que no sería posible un personaje como el interpretado por Charles Laughton en Testigo de cargo, que engaña a su enfermera para poder seguir bebiendo y fumando sus puros y que aún así nos cae bien, estamos en una época en la que ese viejo abogado aparecería en cualquier película como un desconsiderado, como un maleducado, como alguien que no piensa en su familia ni en sus nietos, alguien que prefiere morirse a pensar en ellos, alguien que, a fin de cuentas, se merece lo que le pase. La conquista definitiva de la sociedad de la estupidez en la que habitamos. Alguien que se muere siempre podría no haber fumado, haber hecho más deporte, haber comido más sano, haber bebido menos, haber meditado más. Se lo merecía, eso es lo que nos susurra el sistema al oído, se lo merecía.

Después de tanto tiempo de civilización dedicado a reflexionar sobre el fin, dedicado a buscar un sentido, al menos ya tenemos un culpable. Hoy en día morirse es indudablemente culpa del muerto.

viernes, febrero 05, 2010

Sauna

Estoy cansado, el sudor comienza a caer a grandes chorros por todo mi cuerpo, la temperatura es de casi 90 grados. La respiración señala el tiempo que cada uno de nosotros lleva en este infierno y, a medida que los granos caen en el reloj de arena, se hace más entrecortada y el tiempo se estira, tiempo de chicle por encima de las leyes físicas. Acabo de entrar y sé que me quedan todavía diez minutos antes de empezar a sentir esa opresión tan característica del pecho. Durante este tiempo, mi sangre se condensará, mi corazón latirá más lento, la temperatura de mi cuerpo ascenderá, los poros de mi piel se abrirán. Me aparto el sudor que se me mete en los ojos. Apenas puedo distinguir las caras de los otros hombres, la luz artificial entra por un pequeño ventanuco. Hay algo de útero materno en este lugar, en esta sala apenas desvelada por la poca luz que entra del exterior.
Cuando llega el apagón quedamos con ojos muy abiertos en la verdadera oscuridad, solos ante la respiración de los demás. Un par de hombres dicen oh con sorpresa y se apresuran a dejar la sauna, se les oye caminar con cuidado, el ruido acolchado de sus pies contra el suelo, el torpe tanteo de las manos hasta que dan con la puerta. Yo me quedo. Por un momento pienso en irme, en buscar mis cosas y salir de allí, al resplandor de las cinco de la tarde de un día de invierno en Madrid. Sin embargo, me encuentro cómodo, acariciado por un calor que aún no es insoportable, y pienso que será mejor esperar a que los que antes me acompañaban hagan lo que tengan que hacer. Entonces noto una respiración suave, oigo sus movimientos, cómo se levanta. Noto en la madera de mi asiento que se sienta a mi lado. No dice nada. Yo tampoco. Apoya una mano en una de mis piernas y la deja ahí, sin acariciarme, sin pretensiones. Y yo sigo sin decir nada, no sé muy bien por qué.

jueves, febrero 04, 2010

Contenedor

Imaginemos a alguien que, llegado a una encrucijada, deja de elegir, deja de pensar en qué hará cuando se levante mañana, deja de ejercer ningún tipo de presión sobre su propia vida, se deja llevar, deja de trabajar, deja de preocuparse por la catástrofe inminente que se le viene encima. Imaginemos que acaba durmiendo en un contenedor sin que le importe, seguro de haber alcanzado algún tipo de verdad metafísica por encima de la realidad, o bien encerrado en su propia casa, empecinado en una posición que le conduce definitivamente al desastre. Alguien que no hace lo que debe en el trabajo, sabiendo que le despedirán, ni lo que debe con su familia, sabiendo que acabará solo.

Ese hombre eres tú. Ese hombre soy yo. Ese hombre está en nuestro interior, envuelto en su crisálida, bien escondido. Y a diario tenemos que hacer un esfuerzo para no dejarlo salir, para que siga moviéndose inquieto dentro de su hilo de seda. A diario nos levantamos y hacemos lo que debemos. A diario nos decimos mil veces que no. A diario.

Sabemos que nos acecha esperando un síntoma de debilidad. Espera sin descanso. Y tal vez algún día seamos nosotros los que acabemos durmiendo en un contenedor, fascinados por la materialidad de los brillos del neón en el aluminio maloliente que ahora se ha convertido en nuestra casa.

viernes, enero 29, 2010

Necrológicas

Cuando un escritor en edad provecta muere (y, parafraseando a Marías, muere para siempre y para siempre deja de envejecer, eternamente congelado en la última imagen que tengamos de él), las secciones de cultura de los periódicos publican al día siguiente varios artículos que hablan de él, de su obra, de su vida, de su importancia. O de la importancia que tuvo su obra para el que firma el artículo, que viene a ser lo mismo.
Yo me pregunto si se trata de algo que los escritores que firman esos artículos pueden improvisar sin esfuerzo (a fin de cuentas hablan de un oficio común y conocen la obra del que ha muerto y se les supone duchos en la escritura sobre temas conocidos) o si esos mismos recibieron un encargo tiempo atrás, algo como: ve preparando la necrológica de Ayala (¡cuánto tiempo habrá esperado acumulando polvo!) o la de Salinger, que no tendremos su foto, pero que no debe de quedarle mucho, que está mayor el hombre y la muerte no entiende de anonimatos.

Y como a mí también me gusta contar historias, prefiero imaginar que se trata de lo segundo, que hay personas en los periódicos encargadas de revisar la edad de aquellos lo suficientemente importantes como para aparecer retratados en un panegírico elegíaco (demasiadas esdrújulas), encargados de llevar la cuenta de sus días sobre la tierra. Y que esas personas guardan un archivo de textos escritos para cuando los importantes ya no estén entre nosotros. Y que ese archivo (en la carpeta de un ordenador llamada, por ejemplo: Futuras necrológicas) parpadea sutilmente, como un corazón contaminado por la arritmia, como un tumor, como una acumulación de colesterol en las arterias.

Otra cosa. A mí me da igual que haya muerto Salinger. No lo he leído y por tanto no lo he conocido y es difícil lamentar la muerte de alguien que no conocemos. Y además, puedo leerlo cuando me apetezca. Así que ese escritor muerto (y eternamente congelado en su foto de viejo gruñón) aún no ha nacido para mí. Y podrá nacer cuando a mí me apetezca. Si es que me apetece.

Como un antiguo profesor mío, gordo y socarrón, solía decir: lo bueno de la literatura es que tus contemporáneos pueden haber muerto hace varios siglos. Y esos pueden ser más amigos tuyos que los que ves a diario.

Y, por último. Qué de juego que dan los escritores, qué de juego que da la literatura, qué grandes temas literarios.

lunes, enero 25, 2010

Suzanne

Si estás escuchando las canciones de Cohen, no puedes evitar desear haber escrito I'm your man o, mejor dicho, haber sentido algo tan absoluto como para haber escrito una canción como esa:

If you want a lover
I'll do anything you ask me to
And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you
If you want a partner
Take my hand
Or if you want to strike me down in anger
Here I stand
I'm your man

Pero solo es necesario continuar escuchando sus canciones, escucharlo cantando con su voz rota y sus coros femeninos, para que llegue un momento en el que lo que realmente desees sea encontrar a Suzanne:

And just when you mean to tell her
That you have no love to give her
Then she gets you on her wavelength
And she lets the river answer
That you’ve always been her lover
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that she will trust you
For you’ve touched her perfect body with your mind.


Seguro que Suzanne, esté donde esté, es una de esas mujeres capaces de llorar (un río a cada lado) como un guerrero épico, sin vergüenza. Capaces de salir una y otra vez de los agujeros más profundos sin darse importancia. Y cuando encuentras a una mujer así, una mujer capaz de mecerte en sus brazos cuando acabas de decirle que no tienes nada que ofrecerle, capaz de decirte que, aunque no lo sepas, siempre has sido su amante, no puedes evitar amarla y, por extensión, amar un poco más a todas las mujeres capaces, hermosas, inteligentes e independientes que has conocido en tu vida.

Quién dijo miedo.

jueves, enero 21, 2010

Ejecución

El nuevo emperador romano ha tenido mala suerte con la elección del último médico. Se ha limitado a hacer como siempre. Ha reservado un día para su operación de estiramiento de piel y ha comunicado al consejo de ministros que, durante un mes, se encontrará en su villa, reponiéndose y descansando como le gusta, con mujeres ligeras de ropa y pizza a todas horas. El paraíso, ya se sabe. Pero ha cometido un error en la elección de su médico, un reputado profesional de sesenta años que, aunque nadie lo sepa, nació en un país del este de europa y fue programado por el KGB para actuar cuando alguien le llamara por teléfono y le dijera una frase en particular, la contraseña de activación. El médico nunca ha recibido una llamada parecida y, de hecho, ha olvidado que alguna vez nació en un país frío del este de europa. Se considera el más romano de los romanos e ignora que si alguien lo llama y dice: Nunca nos derrotarán, tovarich, seguirá al pie de la letra las instrucciones que le musiten al teléfono a continuación.
Y, de las pocas personas que aún recuerdan al agente dormido, hay un miembro de la mafia rusa a quien el nuevo emperador romano le ha jodido un negocio muy jugoso.
Así que a ver si esta vez hay suerte. La necesitamos todos.

lunes, enero 18, 2010

Poesía

Me gustaría ser capaz de aprehender de alguna manera la sensación de aburrimiento, con sus ataques breves e inesperados, con esos días en los que poco a poco se condensa hasta convertirse en otra cosa, en hastío, ser capaz de analizar ese sentimiento que hace que el tiempo se ralentice y que convierte en una tortura el sonido de los minutos, cayendo de cualquier manera del reloj, cayendo, ploc, ploc, unos sobre otros y refulgiendo encima de la mesa con una luz extraña, verde, radiactiva, insana. Pero no soy capaz, no soy capaz de encontrar una imagen adecuada para reflejar la sensación que el aburrimiento inocula en el estómago, aparte del tópico, aparte del nudo y las mariposas y otras imágenes manidas que no me interesan, tal vez una sensación parecida a la que tienen los fumadores cuando tienen ganas de fumar y no pueden, tal vez una sensación limítrofe con los nervios que nos asaltan el domingo, no sé, no sé explicarlo mejor y tal vez este fracaso (este fracaso que se está consumando en este mismo momento) no sea solo mío, aunque casi seguro que sí que lo es, pero tal vez este fracaso (mío, solo mío, seguro que es solo mío) sea un poco el fracaso de todos, el fracaso de las palabras y, en este momento, y no es que haya demasiados, lo que me gustaría sería ser poeta, ser capaz de tallar el sentido de las palabras, como un judío ortodoxo que se dedicara al negocio de los diamantes en NY.

Pero no estoy llamado a tan excelsa misión. Qué le vamos a hacer.

lunes, enero 11, 2010

Semblanza

En la oficina hay un tipo que, de alguna manera, constituye el último modelo de aspirante a directivo de una gran empresa. Estoy convencido, porque lo he visto en los últimos años, que la distancia mental, o moral si quieren, entre los trabajadores de una empresa y los aspirantes a directivos ha aumentado de forma paralela a la distancia existente entre sus ingresos. La sociedad se ha polarizado. Hace veinte años el presidente de una gran compañía ganaba veinte veces más que un trabajador medio, ahora gana dos mil veces más. Hace veinte años, la educación era una herramienta para ascender socialmente, ahora los mileuristas tienen dos carreras y hablan tres idiomas.
El problema es que para llegar a ese nivel desde el que todo se mira con mayor tranquilidad (también lo he visto, un director puede caer en desgracia pero jamás, jamás, pierde sus ingresos) es necesario tener cierta actitud, una actitud que consiste, básicamente, en halagar a los que están por encima en la jerarquía y maltratar a los que están debajo, eso sí, todo recubierto de una capa de cordialidad muy norteamericana, como esos trabajadores de Starbuck que preguntan tu nombre y sonríen de forma profesional y vacía y que, en un instante, pueden pasar a mirarte con odio si te detienes más de cinco segundos en la cola porque no sabes dónde queda el azúcar.
La falsa cercanía es fundamental. Saber hablar el lenguaje de los subordinados, saber decir tacos cuando es necesario, saber enfadarse con los trabajadores de otras empresas cuando la cosa no sale como se espera, poder compartir secretos de alcoba con ellos en el vestuario del gimnasio, los apretones de manos, los abrazos en las cenas de empresa, los insultos floridos y trabajados con el estilo impostado de las malas traducciones de películas de los setenta. Decir cosas como: ese tío es una rata repugnante, el colega ese es un miserable. Cosas así. Directamente desde los estudios de doblaje portorriqueños.
Este tipo en particular, que, ya digo, encarna de alguna manera un prototipo más común de lo que me gustaría, es grueso pero fuerte, como si no pudiera evitar comer a dos carrillos y más tarde pasara una hora levantando pesas en el gimnasio, convirtiendo la grasa en músculo pero pesando veinte kilos más de la cuenta, como si fuera un negro norteamericano de esos de una película de Spike Lee al que hubieran metido en la cárcel y no hiciera otra cosa más que, efectivamente, comer y levantar pesas. Ya saben. Un gordo al que las carnes no se le mueven como si estuvieran hechas de gelatina pero gordo al fin y al cabo.
El tipo este lleva camisas hechas a medida con sus iniciales grabadas en el pecho y con los cuellos blancos, trajes de buen corte que disimulan su barriga, zapatos de marca que cuestan más que toda la ropa que lleva la mayoría de la gente y, sin embargo, no resulta difícil imaginarlo en pantalón corto, con una gorra de béisbol al revés, jugando a baloncesto con sus «colegas» en el playground de la urbanización. Y tampoco resulta difícil oírlo decir a alguno de sus amigos: claro, colega, nos vemos en el playground de la urba en five minutes. Ya saben, alguien con un inglés muy bueno con acento americano que mezcla alegremente ambos idiomas cuando habla entre amigos, como diciendo a todo el mundo: no es esnobismo, es que no puedo evitar hacerlo porque, después de trabajar tanto tiempo fuera, me ha quedado la manía de decir algunas frases en inglés. Entendedlo, las aprendí así y no sé cómo se dicen en español.
Un tipo así está casado, vive en una urbanización, tiene una mujer convencionalmente guapa y un coche alemán de alta gama, esquía y juega al golf, pasa sus vacaciones (cortas porque se considera imprescindible en la empresa) en lugares exóticos y carísimos y es capaz de hablar de cine, o de música, o de ciudades europeas, con cierta solvencia. Supongo que se hacen una idea.

Yo odio a este tipo. Así que lo voy a matar. Tal vez él no sea consciente de merecerlo. Tal vez él se contemple a sí mismo como un triunfador que ha sabido aprovechar las oportunidades que le ha ofrecido la vida. Y no lo niego. Tal vez solo sea eso, alguien que ha trabajado muy duro por conseguir estar donde está, que ha pasado noches en vela preocupado por el siguiente proyecto, que ha conseguido que su empresa haga buenos negocios. Un padre amante y esposo más o menos ejemplar que acude al trabajo con la conciencia tranquila. Pero, tal y como decía un grupo español en una canción, solo los imbéciles tienen la conciencia tranquila. Y los imbéciles sin cortapisas morales son todavía peores. Va a palmar. Es lo que hay.

Veamos.

Creo que hacer que muera de un infarto en la Casa de Campo mientras un travesti le hace una felación sería interesante por lo que esa muerte arrojaría de oprobio sobre él y su familia pero, ¿qué importancia podrían tener hoy en día las inclinaciones sexuales de nadie? Nah. No me convence. Matarlo en un atraco podría funcionar, sobre todo si se empeñara en utilizar ante el atracador las nociones de artes marciales que adquirió cuando era joven y que esas nociones no sirvieran de nada ante una buena navaja. Una muerte ridícula siempre es más graciosa. Pero tampoco me gusta la idea. Sería dotarlo de un aura casi heroica que no me interesa.

Vale. Lo tengo.

El viernes de la gran nevada en Madrid, Javier, que así se llama el tipo, sale del trabajo especialmente tarde, sobre las nueve de la noche. En el complejo de edificios no queda nadie excepto el personal de seguridad. La mayoría de sus compañeros tienen esa tarde libre y suelen marcharse a mediodía. Sin embargo, un importante contrato con una compañía de los Emiratos Árabes lo ha tenido trabajando hasta tarde.
El suelo del garaje, donde guarda su BMW último modelo, se ha helado y al pisar sin cuidado con sus zapatos caros de suela de cuero, tiene tan mala suerte que resbala y se golpea la cabeza, quedando inconsciente. La mala suerte no acaba aquí. Su cuerpo cae detrás del coche de manera que ninguna de las cámaras de seguridad puede verlo. Su coche no llama la atención porque muchos trabajadores han dejado el suyo allí al prever los problemas que tendrían regresando por carretera. Los guardias no lo ven y él no consigue despertarse.

Descansa en paz, idiota.

Yo, después de haber escrito esto, ya lo hago.