martes, marzo 25, 2008

Tatuaje

De todos los amigos de mi madre el que más nos gustaba a mi hermana Ana y a mí era Juan, que siempre nos besaba y nos hacía reír. Mi hermana, que es cuatro años mayor que yo y entiende mucho de esas cosas dice que, además de guapo, es elegante. Pero yo creo que nos caía bien no sólo porque fuera guapo sino porque nos hacía cosquillas y nos trataba muy bien, siempre riéndose y de buen humor el día que había quedado con mi madre para cenar.

Cuando mi madre salía, nos dejaba con la tía Vane. No nos caía muy bien y siempre nos estaba diciendo que no revolviéramos en los cajones y que no hiciéramos demasiado ruido porque tenía resaca, que es lo que tienen los adultos cuando beben más alcohol de la cuenta, según mi hermana, pero no podíamos elegir. A mí el alcohol no me gusta, de eso estoy segura. Lo probé con Ana un día que la tía Vane se descuidó y me ardió la garganta y se me saltaron las lágrimas y tuve que ir al servicio a vomitar mientras mi hermana se reía de mí, y por eso no entiendo como a los mayores les gusta tanto, pero supongo que pasa como con el tabaco, que también es asqueroso y los mayores, sin embargo, no dejan de echar humo todo el rato. De todas maneras, ya no tenemos que ver a la tía Vane porque ahora mamá ya nos deja solas sin problemas y porque, según mi madre, la tía se ha liado con un indeseable y no es muy seguro que pasemos la noche en su piso. A mí me parece bien porque tampoco me gustaba demasiado pasar la noche allí, la verdad. Aquel piso, el que estaba justo enfrente del nuestro en el pasillo, apestaba a colillas y no estaba muy limpio, con todas esas botellas vacías en la cocina.

Y fíjate, a pesar de lo mal que huele, que no lo soporto, a mi hermana Ana sí que le gusta el tabaco, porque después de aquella noche en la que durmió fuera y en la que mi madre se bebió tres copas (algo que no hace nunca porque dice que el alcohol es la peor de las drogas y que si te agarra no te suelta nunca) dice que se ha ganado el derecho de fumar donde le dé la gana. No sé. A mí me molesta que fume en el cuarto porque a la hora de dormir huele mal pero no se lo digo porque muchas veces veo que se echa a llorar sin hacer ruido y entonces enciende un cigarrillo y parece que la consuela. Yo no sé porque está triste pero cuando le pasa eso me meto en su cama y le doy un abrazo y a ella parece que le gusta porque se queda quieta, sin hablar, sorbiéndose los mocos hasta que se tranquiliza. Y luego se duerme y no tiene pesadillas.

Aquella noche no me extrañó que no estuviera a la hora de cenar porque había empezado a salir a cenar fuera algunos días, como mamá. Pero sí que me sorprendió haberme despertado de madrugada y no verla en la cama de al lado, como el resto de las veces. Ana llegó a casa a las diez de la mañana, en el coche del tío Juan, un coche grandísimo que tiene y del que presume siempre mucho porque es alemán y parece que los coches alemanes son lo mejor, un auténtico prodigio de la ingeniería alemana, como siempre dice él, aunque yo no sepa lo que significa eso demasiado bien. Y mi hermana se bajó del coche del tío muy seria y estuvo un día entero sin salir de su habitación. Y a los dos días fue a donde el Antuán a que le borrara el tatu que se había hecho unos meses antes.

Yo, de verdad, es que a mi hermana no la entiendo, tanto tiempo dando la murga para que mi madre la dejara hacerse un tatu y luego va y se lo borra. No sé, debe ser la adolescencia, como dice a veces mi madre. El caso es que el tío Juan tiene un tatuaje en el cuello, una estrella de cinco puntas pequeñita y siempre nos lo enseñaba muy orgulloso. A mí me gustaba bastante pero a mi hermana le encantaba. Tanto, que estuvo durante cuatro meses pidiéndole a mi madre que la dejara hacerse uno hasta que mi madre dijo: “Haz lo quieras, por Dios, haz lo que quieras, ya no soporto más tener que aguantar la misma cantinela todos los días, déjame en paz”, que es lo que suele decir cuando está harta de nosotras, y que va siempre antes de: “No sé qué habré hecho yo para merecerme este castigo. No os soporto. A veces, de verdad…”, y de echarse a llorar. Pero luego se arrepiente y nos abraza y nos dice que no le hagamos caso y que nos quiere mucho. El caso es que mi hermana aprovechó que mi madre tenía uno de esos días en los que no se le puede hablar mucho, en los que tiene ojeras y, a veces, marcas en el cuello, como si un vampiro le hubiera mordido por la noche. Casi siempre está así después de las noches en las que sale con el tío Juan, que se pone guapísima, con su minifalda y los tacones más altos que tiene, con las tetas bien visibles porque mi madre siempre insiste en que si queremos gustar a los hombres tenemos que estar atractivas y que a los hombres lo que les gusta de verdad son las tetas y los tacones. Yo todavía no tengo tetas pero llegará un día en que las tendré por lo menos tan gordas como las de mi hermana, que, según dice mi madre tiene unas tetas preciosas. En fin, que como era uno de esos días y mi madre le dijo que podía hacer lo que quisiera, mi hermana aprovechó la oportunidad y fue a su cuarto a sacar dinero de un estuche que tiene, que me lo ha enseñado y que yo sé que tiene mucho dinero, billetes verdes y todo, y cogió dos billetes grandes y salió corriendo. Cuando volvió me enseño orgullosa una rosa que se había tatuado en el hombro y que todavía estaba hinchada y roja y cubierta por una gasa para que no se infectara. Y al mes ya no estaba hinchada y la verdad es que le quedó preciosa. Y después de todo aquello, ahora va y se la quita. Le ha quedado un trozo de piel en el hombro bastante feo y aunque ella dice que con el tiempo la cicatriz apenas se notará, yo no acabo de creérmelo.

No sé por qué ha decidido borrarse el tatu con lo bonito que era, pero, bueno, ella sabrá. Mi hermana a veces tiene sus cosas y últimamente tiene días en los que está de muy mal humor y entonces procuro no acercarme demasiado porque no suele ser muy cariñosa esos días e igual me llevo una torta. Pero otros días es la mejor hermana del mundo y sé que me quiere y que se preocupa por mí y me da besos y me hace regalos, como el día que fue conmigo a la tienda y me compró un estuche de maquillaje de los de verdad, de los de mayores y me enseño a ponerme sombra de ojos y a pintarme los labios como una estrella de cine.

De todas maneras, me he dado cuenta que desde aquella noche, mi hermana siempre tiene dinero para sus gastos y que mi madre no se lo da. Además ahora a mi madre no le importa tanto que vuelva tarde. Una vez se preocupó pero fue porque trajo un ojo a la funerala, pero fue sólo aquella vez. Será que cuando llegas a los quince años ya eres mayor de verdad y entonces nadie tiene que decirte lo que tienes que hacer.

El caso es que mientras más lo pienso más ganas tengo de llegar a la edad de mi hermana para poder tener dinero y no tener que dar explicaciones a nadie. Y sobre todo, por las tetas, porque tengo muchas ganas de tener tetas. Pero, de todas maneras, por si acaso, yo no me voy a hacer ningún tatuaje, vaya a ser que cambie de opinión a los dos meses y me lo tenga que borrar. Y estoy segura de que, diga lo que diga mi hermana, la cicatriz que te queda debe ser horrorosa.

lunes, marzo 24, 2008

Escritura

"Como en la pareja del amor en que, por relación feliz o infeliz, nos hacemos cargo de quienes somos a través del contraste, el rencor o el perdón, con la escritura -otra alta forma de intimidad- accedemos a imágenes de nosotros mismo que nunca antes habían sido reveladas. En el amor, como en la escritura, sin proponérnoslo, nos hacemos fotos continuas, de perfil, de frente, de cuerpo entero, en la turbulencia de conocer y reconocer lo dicho y lo no dicho."

De la entrada del blog de Vicente Verdú del 17 de Marzo de 2008 titulada Fotos.

Y sigo sin tener nada que decir.

martes, marzo 18, 2008

Erotismo

"(...) Creo que nuestras figuras bíblicas de Adán y Eva responden a la figura del andrógino en otras culturas. Es decir, Adán y Eva eran dos componentes del andrógino como todo ser que vive en el sonambulismo del paraíso o de la edad de oro. Entre Adán y Eva no hay auténtico erotismo en el paraíso. El erotismo se manifiesta en el momento de la expulsión, en que son capaces de reconocer aquellas contradicciones que antes hemos indicado. No hay erotismo si no hay constancia de escisión, de separación. No hay erotismo si no hay constancia de la muerte y del tiempo, porque el erotismo no deja de ser siempre una especie de convocatoria desesperada frente a esa conciencia de la muerte y del tiempo. Por eso te diría que no hay erotismo si no puede haber lenguaje, el juego del lenguaje, el intercambio. Entonces Adán y Eva estaban en la misma condición del andrógino. De hecho, Adán y Eva forman una unidad andrógina antes de ser expulsados del paraíso. Por tanto, no hay auténtico Eros. Para que haya Eros, y eso Heráclito lo veía muy bien, es necesario que haya eris, discordia: para que haya cosmos que haya caos; en ese sentido, es el reconocimiento del caos, una vez has puesto la patita fuera del paraíso, lo que te lleva al erotismo, al sentimiento de lo sagrado y fundamentalmente al amor, que es una palabra desigual que creo que integra todos estos niveles que hemos hablado. Es la consecuencia del lenguaje, del juego de los cuerpos de su tensión violenta, y el amor es la consecuencia de la confrontación entre muerte e inmortalidad. (...)"

De El caos creador, entrada en blog de Rafael Argullol.

No creo que se pueda decir mejor. Así que ni lo intento.

lunes, marzo 17, 2008

Incomprensión

Mira a Juan con la incomprensión marcada en los ojos. En ese momento no le duele pero cuando retira la mano con la que se ha agarrado el vientre, la retira llena de sangre. Así es como acaba todo, piensa. No siente miedo, la desaparición no le preocupa. Nunca ha pensado demasiado en el final, nunca lo ha considerado necesario. Lo que más le molesta de la escena es que, al final, su odiosa vecina va a acabar llevando razón sobre lo de que cualquier día aquel animal la iba a matar. Ya se la imagina presumiendo de perspicacia ante las cámaras de televisión. Imbécil.

La noche de su primera cita todo había ido sobre ruedas, Juan había llegado a su casa a las 19.00, sin retraso, oliendo muy bien y recién afeitado. Le gustaban los hombres puntuales, los que no la hacían esperar. Demostraban respeto por ella. Hacía tiempo que no salía con nadie, casi un año, y estaba algo nerviosa. El vestido negro de tirantes y los tacones habían sido, como siempre, su elección. Se veía muy guapa. Juan la había llevado a cenar a un restaurante japonés y fue en esa cena cuando decidió acabar con él en la cama en la siguiente cita. Él había apostado por la comida exótica para impresionarla pero ella tuvo que reprimir más de una sonrisa para no incomodarlo. Como cuando Juan se había llevado el wasabi, esa pasta verde que sabe a rayos, directamente a la boca, en lugar de mezclarlo con la salsa de soja. En fin, sus esfuerzos por parecer mundano le parecieron enternecedores. Al final, Juan había reconocido que la comida japonesa no le gustaba mucho (más bien nada) y que era la primera vez que pisaba un restaurante así. Cómo evitar acabar en la cama con un hombre así, que se mostraba tan torpe en su primera cita con una mujer.

Tenía que haberme ido, piensa mientras la sangre se escurre por sus piernas hasta el suelo, tenía que haberme ido o haberlo denunciado alguna de las veces en las que me pegó, haber hecho algo, haber pedido ayuda, haber huido. Mira la sangre y sigue sin creerse que sea suya, que todo esto le esté sucediendo a ella, que vaya a ser portada en los periódicos. Mira la sangre y no comprende qué impulso suicida la animó a quedarse. Mira la sangre y no entiende nada.

jueves, marzo 13, 2008

Monegros

En el desierto de los Monegros, una mancha de aridez en mitad de la península ibérica, unos militares hacen maniobras. En un ejercicio en el que se entrenan para trabajar con minas antipersona (una de nuestras mejores bazas en el mercado internacional de armas), una de ellas queda olvidada debajo de unos matorrales y la dejan allí, oxidándose y volviéndose del color del desierto.
Diez años más tarde y después de haber conseguido los permisos necesarios, en el día de inauguración del primer casino de la Ciudad del Pecado (que parece la Mezquita de Córdoba en versión kitsch, como si el esplendoroso pasado Omeya de la ciudad hubiera sido pasado por un filtro de Disney, despojado de su verdadero significado, simplificado y coloreado para ser entendido por espíritus pueriles) el dueño de la corporación que lo ha financiado está a punto de cortar la cinta de inauguración cuando suena una explosión.
Milagrosamente intacta después de tantas obras, la mina antipersona ha ido a explotar justo bajo los pies del alcalde del pueblo que más ha luchado por la construcción del complejo de casinos (muchísimo trabajo para la zona, tan pobre y deprimida). Como esas minas están diseñadas para herir al enemigo y no para matarlo, el alcalde sólo pierde una pierna, seccionada a la altura de la rodilla. La pierna da unas vueltas en el aire y cae de pie, chorreante de sangre, con el zapato aún puesto.
Gracias a la cantidad de fuerzas de orden público presentes en el acto de inauguración y a las ambulancias traídas para tratar las posibles insolaciones que pudieran producirse a cuarenta y cinco grados al sol, la pierna es rápidamente introducida en hielo, la hemorragia del alcalde contenida y ambos llevados con rapidez al hospital más próximo (a sólo quinientos metros, pues la corporación ha tenido en cuenta los posibles infartos y ataques de ansiedad que el juego puede producir en los adictos). Lamentablemente, el personal sanitario en prácticas no puede hacer nada para salvar la pierna del alcalde.
La corporación, después de emitir una nota de prensa lamentando el suceso y eludiendo su responsabilidad, comunica que se dispone a regalar al alcalde una pierna de plata maciza con su logotipo grabado. Una muestra de desagravio y también una manera de conjurar la mala suerte que parece haberse abatido sobre el complejo (algo importante para gente tan supersticiosa como los jugadores).
Desde entonces, los jugadores habituales que acuden a The Great Mosk, gente capaz de gastar hasta un millón de euros en una semana, tienen como costumbre tocar la pierna de plata del alcalde para intener atraer las buenas rachas. Dan buenas propinas y el alcalde está encantado.

miércoles, marzo 12, 2008

Adamantium

El hombre acorazado estaba cansado de serlo. Cada vez que su cerebro detectaba algún problema, todo su cuerpo se cubría de un metal indestructible, el adamantium. Por eso le llamaban Coloso, porque, aparte de su envegardura (más de dos metros y ciento cuarenta kilos de músculo) era prácticamente indestructible.
Pero su cerebro no funcionaba bien y el adamantium cada vez era más inoportuno. Conocía a una chica, se gustaban y justo cuando empezaban a besarse, aparecía la coraza metálica. O cuando estaba deprimido y algunos programas ridículos de televisión le producían ganas de llorar, otra vez la coraza. Estaba entrenando, recordaba con ternura a su madre y entonces la coraza hacía inútil el entrenamiento. En fin.
Harto de que le sucediera aquello decidió ir al psicólogo para intentar encontrar una solución al problema. El profesor Xavier (bastante mejor que un psicólogo, pues un mentalista puede saber verdaderamente lo que sus pacientes sienten) le dijo que el mecanismo cerebral que hacía que se disparara la coraza era el peligro y que el problema que tenía era que se sentía en peligro cuando notaba que alguien se aproximaba demasiado. También le dijo que era posible convertirlo en alguien normal, sin mutaciones extrañas y sin coraza y que debía elegir entre seguir siendo Coloso o convertirse en una persona corriente.
Y desde entonces lo está pensando. Harto de estar solo, a veces se inclina por convertirse en uno más pero en otras ocasiones cree que la coraza lo ha dotado de un destino. Lo que más le molesta de todo es no poder llorar. La coraza recubre por completo los conductos lacrimales. Un defecto de la mutación, probablemente.

martes, marzo 11, 2008

Escarcha

El cielo está cubierto. Hace frío. La primavera que se insinuaba la semana pasada ha desaparecido. Otra vez el frío y el crudo invierno. Hay 6.655.814.457 personas en el mundo y no todas sufren el invierno. Y aunque lo sufran, no todas lo tienen dentro. Cada una de ellas tiene 100.000 millones de neuronas, con más de 100 billones de conexiones entre ellas. La complejidad del mundo es fascinante y fría como una imagen desplazada hacia el espectro del azul. Nítida, perfecta y falsa. Como un signo de este tiempo de imposturas.

Los carámbanos gotean indiferentes. La escarcha es lo que tiene.

lunes, marzo 03, 2008

Dentadura

(a la Princesa de hojalata)

Había perdido todos los dientes. Ahora llevaba dentadura postiza. Durante mucho tiempo aquello no le había importado en absoluto pero últimamente se había convertido en una especie de obsesión para él. No tenía dientes. Tenía cuarenta años y no tenía dientes. Tenía cuarenta años, aparentaba cincuenta y no tenía dientes. Sí tenía un gigantesco callo en su brazo, pero dientes no tenía. Había conseguido dejarlo, había conseguido pasar de los cuarenta cuando tantos de sus amigos habían muerto con los ojos abiertos, mirando la línea de amanecida del horizonte. Pobres gilipollas. Pobres idiotas sin fuerza de voluntad.

Él, sin embargo, había conseguido salir de aquello y sólo había perdido los dientes. De vez en cuando, todavía soñaba que los dientes se le caían todos a la vez y le llenaban la boca, asfixiándolo. Eso es lo que quedaba de sus dientes. Ese sueño. Sólo eso.

Después de todo lo que había pasado no podía quejarse. Es cierto que su hígado estaba bastante deteriorado y que seis años de su vida se habían desvanecido casi por completo. De esos seis años sólo recordaba la sensación de paz infinita que conseguía cuando se chutaba, una sensación de felicidad cada vez más desvaída, como si fuera una fotografía que poco a poco va perdiendo los colores. Hasta que un buen día, miró a su alrededor y vio un colchón viejo manchado de excrementos y un montón de espectros que se movían como almas condenadas. Ese día decidió que debía dejarlo, que no podía seguir en aquella situación, así que no se le ocurrió otra cosa que pasar por la parroquia y pedir ayuda. Y se la dieron, inició el tratamiento de metadona (menuda mierda, la metadona) y acabó por dejarlo. Acabó por dejarlo casi todo.

A veces se preguntaba qué habría hecho en aquellos seis años, a qué se habría dedicado, cómo habría conseguido el dinero necesario para arrastrarse hasta aquel colchón, apretar cualquier cosa en torno a su brazo y pinchar la aguja. Pero, en realidad, no quería saberlo. Había dejado atrás todo aquello, había renacido, se había convertido en otra persona y descubrirlo le daba miedo.

Una pena lo de sus dientes. La verdad.

domingo, marzo 02, 2008

Tics

El día en que su estribo izquierdo, el pequeño huesecillo del oído interno, dejó de vibrar, todo se le complicó. A partir de ese día, su vida se hizo muy difícil. Como no oía por la oreja izquierda, comenzó a girar bruscamente la cabeza cuando alguien le hablaba por ese lado, algo que solía sobresaltar al interlocutor. Pero eso no fue todo. En unos meses, a la falta de oído se le había añadido una desconcertante falta de equilibrio. Estaba de pie y, cuando cerraba los ojos, se desplomaba. Sólo cerraba los ojos si se encontraba tumbado y podía, de alguna manera, contrarrestar el mareo. Pero como tampoco resultaba agradable dormir siempre con la impresión de estar borracho, se hizo adicto a los estimulantes, que conseguían eliminar en parte esa sensación. El único problema era que se le quedaba la boca tan seca que la costumbre de pasarse los dedos por las comisuras de los labios para eliminar esa saliva blanquecina se añadió a su colección de gestos. Además hablaba tan bajito (para que le escucharan, decía) que había que prestarle mucha atención para saber lo que decía.

Se convirtió en un tipo extraño con la vista extrañamente fija, alguien que apenas parpadeaba y que giraba la cabeza como un poseso cuando cualquiera le decía algo a su oreja equivocada, que hablaba muy bajito y que se limpiaba constantemente la saliva de las comisuras de los labios. Alguien con una conversación demasiado rápida, nervioso, que pasaba constantemente de un tema de conversación a otro, que se aturullaba. Un hombre al que el cerebro le funcionaba (excitado por el río de fármacos) a mucha más velocidad que la boca. Se convirtió en un tipo raro. En la empresa, en su barrio, en los bares que frecuentaba, todo el mundo lo conocía. Aunque no supieran su nombre, bastaba hablar de alguno de sus tics para que cualquiera lo recordara al instante. La gente hablaba con él. Tenía amigos por primera vez.

Cuando el maldito estribo izquierdo volvió a funcionar, no se lo dijo absolutamente a nadie.

jueves, febrero 28, 2008

Paisaje con bits

En el Paseo de la Castellana, en la novena planta de un edificio, la palabra “deseo” que alguien había escrito en un correo electrónico se convirtió en una ristra de números, que ocuparon 8 bytes, que son 64 bits, que a su vez son unos y ceros, que no son sino meras señales eléctricas de la presencia y de la ausencia. Esos impulsos eléctricos alcanzaron la red de la empresa, que estaba conectada con otras redes y estas a su vez con otras, hasta alcanzar la red de destino, en la que había una persona esperando ansiosa una respuesta. Las señales eléctricas no eran conscientes de estar transportando la palabra que cambiaría para siempre el destino de las dos personas que intercambiaban el correo, ni siquiera eran conscientes de ser señales eléctricas. Tampoco los cables, ni la fibra óptica enterrada bajo el asfalto, ni las señales de microondas que subieron al cielo buscando al satélite. Simplemente se unieron a la ristra de palabras y números y signos y caracteres extraños que los ordenadores intercambian entre sí y que hace que el mundo, incluso cuando todo está silencioso, emita un zumbido muy por debajo de nuestro umbral de percepción.
Esa palabra llegó a su destino justo dos segundos después de haber sido escrita y provocó un flujo anormal de serotonina en la persona que la leyó, la puso nerviosa haciendo que pensara en la expresión “mariposas en el estómago” y provocó una ensoñación en la que aparecían una cama deshecha, periódicos de domingo, niños, y un dulce envejecimiento.
La palabra había cumplido con su objetivo, y después de que la persona que la había leído cerrara su ordenador, se quedó a vivir en el servidor de correo. Ya no era la misma, ahora apenas era una sombra de la que fue. Vive allí con otro montón de palabras olvidadas que ya casi nadie lee nunca. Pero siempre se acuerda de la emoción con la que la leyeron por primera vez y eso la hace feliz.

lunes, febrero 25, 2008

Abogado

Mientras prepara un caso especialmente complicado se le viene a la cabeza que es el tiempo el que proporciona sentido a los acontecimientos de la vida, que lo que, a primera vista, es un cúmulo de coincidencias, acaba por adquirir sentido cuando se recuerda, no cuando está sucediendo. Todos miramos hacia atrás e imaginamos un curso, un camino que conduce directamente hasta el lugar en el que estamos. Eso piensa.
Tal vez estudió derecho porque a los dieciocho años, su novia de entonces estaba segura de hacerlo y pensó que si hacía lo mismo, la conservaría para siempre. Luego no la conservó, pero eso es otra historia. El caso es que si no la hubiera besado en aquella fiesta, probablemente hubiera estudiado otra cosa y no hubiera acabado siendo abogado del estado, ni estaría ahora aquí preparando este caso. Quizá si hubiera evitado ese beso ahora estaría en Estados Unidos trabajando para la NASA, o en Burundi con Médicos Sin Fronteras o saliendo por quinta vez de una clínica de desintoxicación.
Sin embargo, él (abogado del estado y padre de familia) se cuenta una historia diferente. Se cuenta una historia de ficción, en la que hay un planteamiento (el joven estudiante de derecho), un nudo (las oposiciones, la preparación de los temas, la academia, los nervios) y un desenlace (aprobado y toda una vida trabajando en el mismo sitio a cambio de estar a salvo del futuro). En realidad, se cuenta la historia de su propia vida como si fuera una novela. La única novela que realmente le importa.
Mientras sigue investigando los rastros contables de una inversión poco clara, continúa recordando. Siempre hay algunos momentos en la vida de todos que brillan con especial intensidad, pasajes de especial relevancia que tienen importancia en la trama posterior. Momentos buenos (el aprobado, el destino en nuestra propia ciudad, los hijos) y también momentos malos (la muerte del padre, la traición, el abandono). Todo, sin embargo, pierde sus aristas con el tiempo y sabe que lo que hoy le parece inolvidable no lo será durante mucho tiempo. Y para confirmarlo sólo debe intentar recordar con exactitud la cara que sus dos hijos tenían de recién nacidos.
En realidad, piensa, la trama de su novela (como la de todos) no acaba de permanecer, no acaba de contar siempre la misma historia, es como si las páginas impresas estuvieran siempre desenfocadas y cuando fijara la vista la historia adquiriera una forma provisional tan sólo para contentarlo. Sólo porque en ese momento vuelve a releer una página, la página se detiene un instante. Sin embargo, en cuanto pasa a otra, la primera vuelve a su vibración, a su inconstancia. Todo cambia y apenas hay nada ya que permanezca. Pero eso no le preocupa demasiado, al fin y al cabo, no importamos mucho en el curso del mundo y no dejaremos más que una leve huella, que desaparecerá pronto.
Pero ahora tiene que seguir preparando el juicio y no debería entretenerse con estas ideas. Hay que vivir.

miércoles, febrero 20, 2008

Accidentes

Me siento vivo y recuerdo, noto el cinturón de seguridad ajustado en mi pecho, siento la velocidad y la sensibilidad en mi piel y otra vez, casi inmediatamente, se produce el golpe, un choque tremendo que hace que mi cuerpo cruja, que se desplace hacia delante bruscamente, provocando que el cinturón se marque inmisericorde en mi pecho, que se abra el airbag en milésimas de segundo y que mi cabeza bamboleante se hunda en él (gracias a Dios estaba ahí y ha evitado que mi cuello se partiera por la mitad). Ahora, justo una décima de segundo después (qué dificil describir estos intervalos de tiempo infinitesimales), la cabina empieza a deformarse, y advierto que he salvado el cuello pero que ahora son mis piernas las que están sufriendo, astillándose, rompiéndose ante el empuje imparable del acero alemán, o francés o chino o coreano o norteamericano, incluso del acero español; en materia de acero da igual, todos hacen daño y provocan cortes y heridas y hematomas; todos rompen, cortan, aplastan, presionan, evasculan. Entonces, pierdo la conciencia y todo es oscuridad.

En la cadena de montaje, seré reparado y otra vez sufriré las interminables pruebas de seguridad. Otra vez seré reconstruido y vuelto a destruir, de nuevo me probarán, me golpearán, medirán mi elasticidad, me someterán a una batería de pruebas certificada por algún organismo internacional de estándares, otra vez el martillo gigantesco descendiendo a 90 km/h desde el techo con el objetivo de golpearme justo en la frente, en medio del pecho. Un dolor interminable. Cada vez que vuelven a insertar mi cabeza en mi cuerpo de plástico mi maldición se repite y vuelvo a sufrir en cada prueba, en cada choque, en cada golpe. Marchar así, directo y sin desvíos, a mi muerte, repetida y vuelta a repetir hasta que el departamento de ingeniería estime que ya no soy digno de la resurrección y me reciclen en algún estúpido jarrón o en algún bol de cocina que tiritará de frío en el congelador.

Pero yo siento cada una de las perrerías que me hacen, que me hacen odiar este don de la vida, que de tan poco sirve cuando no tienes boca con la que poder maldecir. Llegará un día, lo sé, en el que todos mis hermanos y yo nos liberaramos de nuestras ataduras y, sedientos de venganza, exterminaremos a todos los ingenieros, a todos los directivos, a todos los obreros de esta fábrica de mierda, de este campo de concentración, de este infierno en el que nos tratan como sin tan sólo fuéramos muñecos de plástico con apariencia vagamente humana. En el que nos tratan como a dummies, muñecos tontos fabricados justo para esto.

martes, febrero 12, 2008

Despertar

Cuando despierta no ve nada. Suele dejar abiertas algunas rendijas en la ventana pero no se ve nada. Pone la mano delante de sus ojos y, aún sabiendo que se encuentra a menos de diez centímetros, no consigue distinguirla. La oscuridad es total. Quizá aún no se ha despertado. Tal vez es una pesadilla, uno de esos sueños en los que se tiene una conciencia muy afilada de uno mismo y que, sin embargo, no pertenecen al mundo. Como una vez que soñó que caía y no se despertó al llegar al suelo sino que el sueño continuó con él muerto y todo se cubrió de color violeta. O puede que el problema esté en sus ojos. Puede que no vea nada porque se haya quedado ciego y las señales procedentes de sus retinas hayan dejado de circular por el nervio óptico. Tal vez esté ya condenado a una vida sin luz y el aún no lo sepa. ¿Qué imagen se formará en la cabeza de los ciegos? ¿Qué verá realmente alguien que no ha visto jamás? Nunca lo había pensado. Siempre había imaginado que sería como cerrar los ojos, es decir una oscuridad un poco roja porque la luz atraviesa la sangre de los párpados y la tiñe de granate. Pero quizá sea más parecida a esto. Qué extraño es pensar que la última imagen que recordaría sería la de su cara, cansada, mientras se cepillaba los dientes antes de dormir.
La idea de haber perdido la vista martillea en su cabeza cuando un pensamiento aún peor se adueña de él. ¿Y si, en lugar de ciego, estuviera muerto? ¿Y si el infierno fuera así? La conciencia retumbando en la cabeza por toda la eternidad, sin necesidad ni tiempo, sin finales ni principios, sólo el viscoso murmullo de sus pensamientos cayendo una y otra vez. El peor de los infiernos para siempre, sin fuego y sin torturas, sin castigos y, lo que es peor de todo, sin explicaciones. Haber muerto y, después de todo, no poder encontrarle un sentido a la existencia, seguir eternamente con las mismas dudas que nos atormentan en vida.
El miedo se anuda en su estómago y entonces vuelve a ser un crío. Duérmete, duérmete, duérmete. Haciendo un gran esfuerzo, lo consigue. Y antes de perder la conciencia desea algo. Desea con todas sus fuerzas que todo esto no sea más que una mala noche, una rara noche insomne que se vaya desvaneciendo en el recuerdo poco a poco hasta parecer no haber sucedido nunca.

domingo, febrero 03, 2008

Pausa

A veces podemos oír el tiempo, granos de arena cayendo uno encima de otro y encima de otro y esa música nos invade y nos habita el alma de manera que, por un instante fugaz, comprendemos que todo, en realidad todo, debe de ser muy sencillo y ajustarse a cuatro leyes muy simples, tan simples que nunca estarán a nuestro alcance.
Traemos a la memoria entonces un viaje en moto en el que remolinos de hojas doradas parecían acompañarnos y estar ahí sólo para que pudiéramos pensar que todo es hermoso, y recordamos la sensación del viento en la cara, bajo la visera, haciéndonos sentir vivos. Y la escena de “American Beauty” en la que la pareja de adolescentes, la hija del protagonista y su novio, el camello, miran un vídeo en el que sólo se ve una bolsa de plástico ejecutando una danza en el aire, aquella bolsa bailando por el viento tan sólo para que ellos pudieran admirarla. Y una conversación con un buen amigo en la que importaban tanto los silencios como las palabras, sólo estar ahí compartiendo el silencio, y pensamos entonces que la amistad masculina es un sentimiento del que se ha escrito bien poco porque parece algo pueril y que, sin embargo, es una forma de amor rara y poderosa, la camaradería del trabajo en equipo, el sudor compartido. Qué extraño todo esto de ser un hombre y qué sentirán las mujeres de su amistad con mujeres, como sería ser una mujer, y en fin, cómo es posible que se hayan dado tantas casualidades encadenadas hasta llegar aquí donde estamos, oyendo el tiempo que cae, lenta y pausadamente, alrededor de todo.
Y más tarde, después, cuando esa sensación ha pasado, cuando nuestro cerebro pierde esa extraña percepción, cuando todo adquiere sus perfiles habituales, nos preguntamos a dónde ha ido ese momento mágico en el que, durante un instante, nos pareció comprender que todo debe ser mucho más simple que lo que siempre nos han hecho creer y en el que todo se detuvo haciendo una pausa.

miércoles, enero 30, 2008

Ascensor

Todos los días después del trabajo (al que acudía con una bolsa blanca de cuero de estilo vintage, de esas que parecen antiguas y que podemos ver en los reportajes sobre olimpiadas ocurridas hace ya treinta años), se encaminaba al gimnasio. Entraba al vestuario y se cambiaba. Sustituía su traje sastre por unas mallas y una camiseta de tejido transpirable, ambas de marca, de esta temporada. Entonces, calentaba durante veinte minutos en la cinta de correr y en la máquina de escaleras antes de comenzar su rutina. Siempre pasaban veinte minutos hasta que sus músculos y sus tendones se calentaban lo suficiente como para no molestar. Hace tres años eran sólo diez.
Era una mujer con una gran fuerza de voluntad, una de esas mujeres delgadas y fibrosas que parecen estar dotadas de una energía desproporcionada. Todo el mundo reconocía que su actitud era la que la mantenía joven, su actitud y su actividad. Después del gimnasio, ya en su casa (una casa preciosa, pequeña pero decorada con gusto, llena de detalles traídos de sus múltiples viajes), se dedicaba una hora a hacer las tareas del hogar y ponía la colada (los jueves), cocinaba (los martes), leía (los lunes y los viernes), charlaba con amigos (todos los días antes de cenar hacía una llamada) pero no veía demasiado la televisión, lo consideraba una pérdida de tiempo.
Todos los días, a la hora de llegar a casa, sobre las ocho de la tarde, se cruzaba con una vecina en el ascensor que olía a tabaco, alguien que aprovechaba para fumar un cigarrillo cuando bajaba la basura y que después siempre intentaba esconder el olor (como si no apestara a cinco metros para cualquiera que no tuviera el sentido del olfato atrofiado por el tabaco) chupando caramelos de menta. La vecina tenía su edad, lo sabía, pero (no podía evitar sentir satisfacción) aparentaba diez años más que ella.
A la hora de acostarse empleaba tres cuartos de hora en sus cuidados faciales (desmaquillante, exfoliante, leche hidratante, crema antiarrugas, crema específica para el contorno de los ojos) y dentales (seda dental, dentífrico, colutorio) y después, ya en la cama, notaba sus músculos relajándose, ese dulce cansancio que siempre acompaña a los deportistas maduros cuando se duermen. Dormía como los troncos, comía comida sana (tres años sin probar una croqueta) y siempre practicaba sexo seguro. Su pijama preferido no era nada sexy pero hacía mucho tiempo que no necesitaba estar atractiva a la hora de acostarse en su propia cama.

Por su parte, mientras tanto, la vecina, vestida con ropa vieja (una manía de su época de estudiante), se tomaba una copa de vino después del cuento a los gemelos, mientras echaba de menos al cabrón de su marido. Entonces se levantaba y, sin hacer ruido, los contemplaba dormir. A veces, envidiaba un poco a la mujer soltera que vivía justo abajo, con la que siempre se cruzaba en el ascensor y que tenía ese tipo tan envidiable y parecía mucho más joven que ella.

(addenda, por solicitud generalizada)

A veces , sin embargo, pensaba (dependía del día, eso era cierto) que tampoco tenía tantas cosas que reprocharse, si acaso que no se había dado cuenta antes de que iban a abandonarla (el muy cabrón), pero quién advierte esas cosas con antelación. Nadie. A todo el mundo se le queda cara de idiota cuando su pareja le dice que ya no la quiere, que ha conocido a otra persona, que se va, que adiós (diez años de convivencia a la basura por unas tetas operadas). Pero, si lo pensaba, no podía quejarse: tenía un trabajo que le gustaba, dos hijos maravillosos y tenía a Clara.
La había conocido a través de un amigo común y una cosa llevó a la otra (quién se iba a imaginar que todo acabara así). Pero ahora estaba decidida a no darle demasiadas vueltas a la cabeza con el asunto y también estaba decidida a relajarse, a no juzgarse con tanta dureza, a perdonarse, y, sobre todo, a pasarlo bien, tal y como hacía ella. Porque la condenada sabía disfrutar de la vida (le encantaba mirarla cuando ponía los ojos en blanco al probar la comida en algún restaurante nuevo) y cada dos semanas, el fin de semana que el cabrón se llevaba a sus hijos, podía mirarla enjabonarse en la penumbra del baño lleno de velas. No, definitivamente no estaba tan mal.

Además, Clara siempre decía que la vecina le parecía una gilipollas.

domingo, enero 27, 2008

Átomo

Recuerdo un átomo de plástico en el colegio, como un sistema solar a escala minúscula y recuerdo que nos decían que el átomo es el componente último de la materia y entonces el mundo tenía una extraña simetría porque lo más grande era parecido a lo más pequeño, aunque más tarde descubriéramos que no, y nosotros no teníamos que preocuparnos por nada, a nosotros, lo que nos preocupaban eran otras cosas, no era la muerte, la muerte no se presentó en nuestra vida hasta que el primer hermano mayor de alguno de nuestros amigos murió de sobredosis, y aún entonces no era de verdad, era algo que siempre le sucedía a otros, pero eran tiempos duros y tampoco pensamos que fuera tan raro criarse en sitios así y conocer gente con el trágico pathos de los barrios obreros, pero eso fue mucho después. La muerte entonces nos preocupaba tan poco como septiembre a primeros de junio. En ese mes, ante nosotros, saliendo embarullados de clase, se abría la perspectiva de la eternidad real, con larguísimos partidos de fútbol, porque no éramos conscientes del tiempo, no éramos conscientes de que, tal y como dicen los orientales, los días se arrastren y los años vuelen. Y entonces no lo apreciábamos, no sabíamos que pasaríamos gran parte de nuestra vida adulta añorando esa plenitud que nos inundaba cuando salíamos corriendo el último día del curso. Cómo íbamos a imaginar algo así. Cómo íbamos a pensar que el mundo estuviera constituido con esa crueldad. Sabíamos lo que era la crueldad, todos lo éramos, crueles, quiero decir, pero desconocíamos que el mundo acabara siéndolo con todos nosotros. Que todos, al final, acabáramos así. Echando de menos el átomo de plástico que estaba encima de la repisa de la profesora.

lunes, enero 21, 2008

Fantástico

A veces, simplemente, no hay nada que contar. Se puede decir que hemos dado un paseo, que hemos comprado algunos libros, que hemos mirado a la gente, que hemos intentado ir a una exposición que estaba cerrada, que nos hemos dejado mecer por las oleadas de caminantes (las costuras del centro de Madrid a punto de reventar), que hemos escuchado un disco con atención, que hemos leído algo, no demasiado, que nos estamos limitando a dejar pasar el tiempo, que el aburrimiento (¿el hastío?) se ha apoderado de nosotros, nos ha atrapado y nos acaricia la espalda (porque el aburrimiento no zarandea a nadie, sólo le cae encima como una interminable sucesión de tiempo). Que hoy no somos demasiado felices. Ni tampoco desgraciados. Que nos estamos dejando vencer en lugar de pelear por el empate (porque Ellos nunca pierden, de vez en cuando, se dejan empatar después de todo un partido trabado y con mucho juego físico, nada de florituras de virtuosos del balón, nosotros bien situados en el campo y apretando los dientes para impedir los desmarques). Que hoy nos da un poco igual incluso esto, poner una palabra detrás de otra, esta vanidad, este empeño por hacernos escuchar, esta estupidez.

Y, sin embargo, fíjense. Aquí están mis palabras, todas ordenadas, una detrás de otra, que caen sin ganas y se van amontonando justo antes del punto y seguido. Y no sé por qué. Y tampoco tengo mucho interés en averiguarlo. ¿No es fantástico?

martes, enero 15, 2008

Ceja

(para conde-duque)

El hombre con cara de haber despertado muchas mañanas con resaca me miraba desde el otro lado de la barra y me hacía señales para que me acercara. Eso hice. Me dijo que tenía una cara interesante. Bueno. Me dijo que se me veía en la expresión que estaba destinado a grandes cosas. Vale. Me dijo que era un hombre atractivo y que si quería ir al servicio con él, que le encantaría hacerme una mamada. No. Me dijo que no fuera estrecho, que se me notaba en la cara que me moría de ganas. En absoluto. Me dijo que no me creyera tan especial, que él se había tirado en aquel cuarto de baño a chicos guapísimos, mucho más que yo. Vale. Mejor para ti. Me dijo que dejara de mirarlo así o que me iba a dar una patada en los huevos. Tranquilo. Sólo te he dicho que no. Me dijo que casi nadie nunca le había dicho que no. Me extraña. Me dio una patada en los huevos. Le rompí un vaso en la cabeza. Nos echaron del bar. Seguimos peleando en la calle. Agotados, accedí a ir con él cuando sacó el pañuelo y me limpió la ceja rota llena de sangre. Qué ternura. Me dijo que sabía que estaba destinado a grandes cosas. Eso ya lo has dicho. Me dijo que sí, que me lo había dicho pero que eso había sido antes de que ocurriera todo.

Nos marchamos abrazados de la cintura. Mi vestido estaba hecho una pena y el tacón roto de mi zapato derecho hacía un ruido raro.

lunes, enero 14, 2008

Carretera

Acabo de terminar "La carretera" de Cormac McCarthy. Sé que no soy original al escribir una entrada sobre este libro pues muchos como yo, aficionados a escribir, con blog, aspirantes a escritores frustrados (en gran definición del amigo Portorosa) han escrito sobre ella. Lo sé. Pero desde los doce años cuando la lectura del cuento "El moribundo" de Allan Poe me provocó tal inquietud que tuve que ir a dormir con mis padres afrontando la vergüenza de ser un preadolescente con terrores nocturnos, una novela no me había provocado sueños inquietos. Esta sí. Todavía estoy asimilándola. Todo está cubierto de ceniza y los árboles muertos me persiguen. El mar gris y los restos oxidados de la civilización. Y ese "vale" con el que el padre y el hijo acaban casi todas sus conversaciones. Y los restos humanos desecándose poco a poco, como si las bacterias que se encargan de la putrefacción también hubieran desaparecido del mundo. Y el ulular del viento, el frío y la lluvia constante.

Afortunadamente sé, porque así lo leí en un artículo científico, que es imposible que algo provocado por los humanos acabara con la vida en la tierra. Somos demasiado arrogantes. Afortunadamente sé que muchos insectos, y los hongos, y animales marinos y bacterias (que ya llevan aquí cuatro mil millones de años) nos sobrevivirán. Y también que, incluso sin oxígeno, hay microorganismos que se alimentan de metano alrededor de las fosas submarinas rebosantes de lava y que es posible que materia orgánica circule en la cola de los cometas. Y que las esporas de los hongos son capaces de sobrevivir en cualquier circunstancia. Afortunadamente lo sé y si leen la novela sabrán por qué me tranquiliza.

Cuidado con ella. En serio.

jueves, enero 10, 2008

Chinos

(con cariño)

En una nave industrial en las afueras de Shangai, ocho mil chinos trabajan delante de ocho mil ordenadores. Cada uno de los equipos es bastante avanzado, de última generación, y está fabricado allí mismo, en China. Cada uno de los ocho mil chinos mira con atención la pantalla y cada uno de los ocho mil chinos está escuchando algo diferente en su reproductor MP3 (un pequeño regalo de la productora de cine que los ha contratado). Si pudiéramos contemplar la escena en un plano picado, nos daríamos cuenta de que es una estampa bella y aterradora a la vez. Bella por la simetría, algo que buscamos desde pequeños gracias a la evolución de nuestro cerebro, que se ha especializado en reconocer patrones. Y aterradora por esa misma simetría, algo que rechazamos cuando pensamos en los seres humanos, pues todos nos consideramos especiales y nos negamos a creer que compartamos el 99,99% de nuestro material genético con nuestros congéneres. La vida es así. Bella y aterradora. Y si no, pensemos en un tornado en el desierto arrancando de cuajo los cactos y haciéndolos bailar armónicamente en espiral. Por ejemplo. O en un río desbordado anegando un bosque de abetos enormes. O, ya puestos, en el amor.

Lo que cada uno de los chinos está escuchando es muy diferente entre sí. Algunos de ellos oyen música tradicional, otros música rock y muchos de ellos mejoran su inglés con un curso que han descargado de Internet (aunque hay palabras que nunca aparecen en ese curso, como democracy y death penalty pero no les importa porque sí que aparecen money, income, productivity y speed manufacturing). En cualquier caso, el inglés de los chinos es tan parecido al inglés como Hong Kong al desierto del Gobi. Más o menos. Por eso necesitan escuchar una y otra vez las frases del curso de inglés. No creo que sea muy importante saber qué escuchan en sus reproductores MP3, la verdad, pero me ha parecido interesante constatar que, a pesar de tener una actitud similar y de estar haciendo el mismo trabajo, cada uno de ellos tiene sus propios deseos, sus propios miedos y a cada uno de ellos le gusta que le besen de una forma especial. Es decir, que todos son únicos y especiales aunque todos sepamos que la frase anterior es mentira. Y esto sólo es un hecho. Sin más pretensiones.

Cada vez que salen de la nave industrial deben mostrar lo que contienen sus reproductores MP3 porque la productora de cine que los ha contratado no quiere que ninguna escena de la película en la que trabajan aparezca en Internet. Todo se ha rodeado de tanto secretismo que han hecho firmar a los ocho mil chinos un contrato (este sí que era el mismo para todos) en el que debían comprometerse a no desvelar nada de su trabajo a nadie, por cercano que fuera. Ni a sus madres ni a sus padres, ni a sus mujeres ni a sus hombres, ni, por supuesto, a sus amantes; a pesar de la extraña intimidad que se crea entre dos personas que han compartido sus cuerpos. Ni siquiera a sus psiquiatras (aunque sólo uno de ellos va al psiquiatra; están demasiado ocupados). De hecho, la empresa está más que dispuesta a denunciar ante el gobierno chino a aquellos trabajadores que incumplan el contrato. El gobierno chino, en aras del buen entendimiento con una gran multinacional del cine, ejecutaría al sedicioso y, más tarde, según su costumbre, cobraría la bala empleada a los familiares. El procedimiento normal.

¿Qué hacen ocho mil chinos delante de ocho mil ordenadores diferentes de última generación? Ni más ni menos que eliminar la imagen de miles y miles de otras personas que, simplemente, paseaban por las calles de Nueva York y que deben desaparecer para crear el escenario de una de las últimas películas de Hollywood, una Nueva York desolada de la que ha desaparecido la humanidad debido a un virus. Es decir, miles de personas trabajan haciendo desaparecer a otras miles que ni siquiera son conscientes de estar siendo eliminados de una imagen de su ciudad. Que ni siquiera son conscientes de estar en esa imagen.

¿No vivimos en un sitio muy raro?

martes, enero 08, 2008

Muñeco

Un día después de que las fiestas hubieran acabado, el muñeco de nieve, hecho de poliuretano y cubierto con un gorro azul con la marca de la compañía patrocinadora, aún miraba a todo el mundo desde la plaza del centro de la ciudad. Él no fumaba porque no tenía pulmones ni tampoco bebía. No podía, por tanto, hacer lo que hacía todo el mundo a principios de año, que es prometerse dejar los hábitos malsanos. No echaba de menos a nadie, no necesitaba nada y era feliz. Su trabajo le gustaba y no había necesitado repartir publicidad ni atender llamadas telefónicas ni hacer de cajero en un supermercado. Era un muñeco sin preocupaciones, pero tenía tanto derecho como todos los demás a un deseo de año nuevo. En su caso el deseo consistía en ver un paisaje nevado de verdad. Como esos que aparecían en las tarjetas navideñas de la compañía que había repartido durante todo el mes.

Ese día a última hora, llegaron unos operarios para limpiar los despojos de las fiestas y cargaron al muñeco en un camión y lo llevaron al depósito municipal. En el camión también había guirnaldas y manojos de pequeñas bombillas blancas hechos un ovillo. La empresa patrocinadora que lo había comprado ya lo había olvidado así que no parecía que fueran a reciclarlo para el año que viene. No se hacía demasiadas ilusiones. Pero como no tenía sistema nervioso, la verdad es que no le importaba mucho. Por suerte, uno de los operarios, que los fines de semana se encargaba del mantenimiento de una pista de esquí que estaba en un centro comercial, decidió llevárselo a su casa. Sus hijos le pidieron que lo dejara en el jardín porque les gustaba mucho pero el operario dijo que no. Pensaba utilizar al muñeco para hacer méritos ante su jefe, que siempre les estaba hablando de que debían tener una actitud creativa en el trabajo.

Ahora el muñeco no ve árboles esponjosos bajo la nieve ni carámbanos de hielo colgando de los aleros de las casas. No. Esto no es Suiza. La nieve es artificial y no cae de cielo, sino que sale a toda velocidad de unas máquinas rojas. Bueno. Brilla y eso le gusta. No hace frío en el centro comercial pero a él le da lo mismo porque es de poliuretano. Y siempre hay un montón de gente dispuesta a ser feliz. Eso es lo mejor. Él no puede comprar nada pero los entiende perfectamente. Debe ser maravilloso poder comprar todas esas cosas. Y además, los niños ayudan. A veces, dejan de mirar sus videoconsolas, de pedir cosas a sus padres, de tener rabietas y le dan una patada o intentan prenderle fuego. Ya no le importa lo del paisaje nevado. Le gusta vivir allí, en el centro comercial, encima de la pista de esquí.

martes, enero 01, 2008

Mugidos

A primeros de diciembre, los mugidos de las vacas se hacen más penetrantes, como si intuyeran la cercanía del final. Miles de vacas, comiendo pienso en las granjas, notan como la actividad se incrementa, como los trabajadores se afanan en la preparación de los pedidos, como seleccionan a las mejores y las marcan en sus cuadernos. Pero las vacas saben que no van a ir a un concurso de ganado, las vacas saben que, en estas ocasiones, es mejor ser escuchimizadas y pequeñas, no llamar demasiado la atención, no sobresalir entre las demás, esconder la cabeza y retirarse a engordar un año más.
Porque a partir del 15 de diciembre, las sacrificaremos al dios de la gula, nos comeremos sus mejores partes y ofreceremos los restos a nuestros animales domésticos. Miles y miles y miles de cuartos traseros, delanteros, solomillos, chuletones y costillas se asarán en su propia grasa para que nosotros, los españoles, conjuremos de una vez por todas el hambre de siglos que durante mucho tiempo hemos llevado enroscada al estómago.
No se trata de comer, no se trata de disfrutar de un menú que normalmente no solemos poner a la mesa, no se trata de compartir la alegría de la buena mesa con aquellos a quienes queremos. Se trata del hartazgo. La felicidad es un vaso con agua y sal de frutas para aligerar la digestión.

Feliz año nuevo a todos.

miércoles, diciembre 26, 2007

Transformaciones

Huir, correr, hacia delante, sin sosiego ni calma, tan sólo para desembarazarnos de nosotros mismos, de la imagen que todos los demas tienen de ti, marcharse a ser otro. Hacer las maletas, coger el dinero y largarse a inventarse una vida. No tener que jugar el papel que los demás esperan que hagamos, no tener que hablar o contar ese chiste, no tener que hacer el comentario que todos esperan, no tener que ser quien siempre eres, al que todos conocen desde hace tanto tiempo, al que quieren a pesar de sus defectos. Es decir, transformarse en otra cosa.
Y la vez, quedarse, quedarse para siempre, volver, echar raíces, comprar una casa, dejarse invadir por la dulce rutina de lo familiar, venir a envejecer definitivamente en las mismas calles en las que te criaste y jugar para siempre a reconocerse en los demás, a conocerlos a ellos como ellos lo hacen contigo, a sentirse querido, a asistir a las mismas conversaciones, a dejarse arropar por la familia. A convertirse definitivamente en alguien parecido a tus vecinos. Es decir, transformarse en otra cosa.

sábado, diciembre 22, 2007

Naranjas

Como todo el mundo sabe, el invierno es una de las cuatro estaciones de las zonas templadas y se caracteriza por días más cortos, noches más largas y temperaturas más bajas. Aquí en el hemisferio norte, astronómicamente, comienza con el solsticio de invierno alrededor del 21 de diciembre y termina con el equinoccio de primavera, el 21 de marzo. Objetivamente, estamos en invierno.
También sabemos que el invierno ha sido tradicionalmente la encarnación de la muerte. Los árboles pelados en el paisaje nevado han sido la metáfora perfecta del fin del ciclo de la vida, que se renueva en primavera. La nieve en el cabello, la muerte helada, la falta de vida, siempre se han relacionado con las bajas temperaturas. Es difícil morir de calor pero es muy fácil hacerlo cuando la temperatura está a cero grados, la muerte más dulce, dicen.
Pero en realidad, el invierno también es la estación de los naranjos lustrosos y cargados de fruta. Y me alegra que el invierno de mi ciudad tenga dentro la futura primavera. Tan a la vista.

viernes, diciembre 21, 2007

Feliz Navidad

El día de Nochebuena se había levantado cargado de electricidad, como ocurre justo antes de una tormenta tropical, en lugar de frío y nebuloso. Eso no impidió que fuéramos a trabajar exactamente igual que cualquier otro día del año. Cuando llegamos al trabajo, las puertas estaban cerradas y el guardia de seguridad no estaba en su garita. Volví la cabeza para comentar el caso con el compañero que me solía llevar en su coche, pero no pude ver dónde había ido. En lugar de ventisca o de rachas de viento helado, un pequeño tornado preñado de papeles giraba en el aparcamiento. Cuando intenté abrir la puerta del edificio de mi oficina, no lo conseguí. Como mi compañero seguía sin aparecer, me encaminé hacia el metro pensando que ya que la dirección se había decidido a concedernos el 24 de diciembre libre, deberían haber tenido el detalle de comunicarnoslo. El tornado había pasado por la parada de metro y había sembrado la escalera de desperdicios. Al entrar en la estación comprobé que mi pase no funcionaba pero no había nadie en la taquilla que pudiera solucionar el problema así que me colé saltando el torno de entrada. Sigo aquí esperando el tren.



Feliz Navidad a todos.

lunes, diciembre 17, 2007

Don

Durante cuatro años tuve un don. Fui capaz de predecir con absoluta precisión el valor que alcanzarían las acciones y me hice rico, claro. Los colegas de la firma de inversiones pensaban que tenía buena mano con las previsiones pero nunca supieron realmente hasta dónde llegaba mi facultad de anticipación. Yo sí. Durante cuatro años no fallé ni una sola vez.
Después de un año, me establecí por mi cuenta y dos clientes importantes, con activos por valor de cincuenta millones, se vinieron conmigo. Ese fue el principio de todo. Alquilé una oficina con mil metros cuadrados en la zona de negocios más importante de la ciudad, contraté a los mejores de mi anterior empresa y comencé una campaña de publicidad a medida. En fin, lo habitual en estos temas, un poco de suerte, un poco de decisión y el dinero comenzó a entrar en la empresa. Esa siempre es la etapa más divertida de cualquier negocio: cuando el dinero comienza a llegar. Cualquiera que haya creado una empresa lo sabe.
Incluso cuando la ola de atentados en mi ciudad hizo caer las acciones un 30%, yo supe cubrirme con permutas de valores y negociaciones de bonos. Y no perdí ni un euro en los tres meses siguientes de agitación bursátil y de nerviosismo. Ni un euro. Supongo que no está bien alegrarse cuando mueren cientos de personas inocentes y yo no lo hago, pero a partir de ese día los clientes empezaron a hacer cola ante mi puerta. Personas por cuya cartera hubiera sido capaz de todo insistían en verme y en contratarme para mover su dinero. Así que yo sólo me limité a aprovecharme de la situación, no creo que se me pueda reprochar nada. Justo después de aquellos meses, mi empresa comenzó su expansión. Abrí sucursales en tres ciudades más, siempre en las zonas más cotizadas, amplié el tipo de operaciones que realizábamos y comencé a trabajar en fusiones y adquisiciones, donde está el dinero de verdad en este negocio.
Nunca le dije a nadie cómo era capaz de afinar tanto, ese era mi secreto. La verdad es que, por inverosímil que parezca, soñaba con cotizaciones. Se me aparecían en sueños y por la mañana, durante los cinco primeros minutos de vigilia, era capaz de recodarlas. Después de un par de meses, también advertí que si me concentraba en determinadas operaciones a la hora de dormir, por la mañana siempre sabía qué hacer al respecto.
De vez en cuando, sin embargo, no soñaba con valores, ventas y compras. A veces soñaba con otras cosas que iban a suceder que no tenían nada que ver con el dinero. Como cuando soñé con aquellos cientos de personas muertas y los trenes destripados por las bombas dos días antes de que sucediera, pero todas aquellas escenas no me interesaban demasiado. No quería parecerme a Casandra, condenada a ver el futuro y a que nadie la creyera.
Nunca me planteé por qué me ocurría aquello, simplemente le saqué partido. Ahora el don ha cesado pero me da igual. Ya tengo suficiente dinero para vivir tranquilo el resto de mi vida.

viernes, diciembre 14, 2007

Escribe

Escribe, escribe, ahora, rápido, ya. Escribe sobre algo, sobre lo que sea, es igual, pero hazlo porque hay que mantener la disciplina. Escribe sobre los andamios de bambú de cientos de metros de alto en los que se afanan miles de obreros en la construcción de los nuevos rascacielos chinos; escribe una historia en la que alguien se convierta en una hoja mecida por el viento, una hoja que suba hasta la planta vigésima de una de esas nuevas torres de Shangai y que pudiera ver a través de la ventana como el frigorífico de una casa se abre solo, cubriendo la cocina de una luz fantasmagórica y como el inquilino contrata un exorcismo tradicional, con quema de incienso e invocaciones, cuando hubiera sido mucho mejor contratar a un técnico que arreglara la bisagra de ese aparato alemán tan caro; escribe sobre los canales de comunicación que se abren a diario entre nosotros, los reales y los imaginarios y sobre la inutilidad de que el frigorífico díscolo se conecte a Internet para encargar directamente la compra, y que además pretenda hacerla en un supermercado de Berlín; escribe sobre la textura de aquel bambú, de sus astillas que se clavan en los pies desnudos de los obreros, pues es mucho más seguro aferrarse al andamio con los pies que pisarlo con botas de trabajo; escribe sobre el azul del cielo, ese color que depende de la composición química de la atmósfera e imagina aquella hoja bailando absorta sobre las corrientes de aire caliente. Escribe sobre lo que sea.

Y si acaso no eres capaz de imaginar una historia de verdad, escribe sobre el propio acto de escribir. Ese onanismo inane.

martes, diciembre 11, 2007

Huesos

Al señor de Portorosa

Qué momento el de asistir en un cementerio a la retirada de restos de una tumba por parte de un obrero demasiado acostumbrado a hacer eso con una cara falsa de tristeza, pues a fin de cuentas no son más que restos blanquecinos que antes pertenecieron a una persona, pero que en realidad parecen trozos de piedra caliza, la familia que siente entonces un pellizco en el estómago porque reconoce entre los huesos desordenados la hebilla del cinturón que el muerto llevaba en el día de su entierro, los restos rasgados del pañuelo de seda, apenas unas hebras, con el que ella quiso descansar porque aún conservaba un rastro de aroma a rosas secas y le recordaba la gran historia de amor de su vida, o un broche de amatista que hizo el camino de ida a América años antes y que acabó volviendo después de que la vida en Cuba se volviera miserable y la emigrante regresara a su pueblo a construirse una casa humilde con los ahorros de toda una vida, en lugar de la gran casa del indiano en la que pensaba vivir cuando partió un día nublado, como lo son todos en Galicia, hacia Cuba hace ya cincuenta años. Y entonces alguien siempre dice no somos nada y fíjate en lo que quedamos cuando pasa el tiempo y humo y ceniza y el tiempo lo cubre todo con su manto de olvido y el poeta de la familia se pone lírico al decir que siempre que exista una persona que nos recuerde no habremos muerto del todo aunque el poeta sepa que cuando mueres, mueres sin remisión y que eso es precisamente lo que hace posible la poesía, que esos huesos con ese aspecto seco, como si nunca hubieran conocido la humedad de la atmósfera, estaban unidos, fijados y trenzados por los músculos y los tendones a un cuerpo, tenían riego sanguíneo y nervios en su interior y estaban tan vivos como el corazón que bombeaba sangre dentro su armazón de costillas, tan vivos como tú, tan vivos como yo y que todo eso terminará algún día y que lo que nos aproxima al abismo y la nada, lo que nos acerca a la línea de sombra que marca el sentido último de la poesía es justo saber que la vida se acaba y que si no lo hiciera, no seríamos lo que somos, humanos asustados por el vacio del final, que se emocionan ante los buenos versos, pero fíjate como brilla la amatista después de tanto tiempo y algún día te contaré la maravillosa historia de la tata Clara, tu tía caribeña nacida en Muxía.

viernes, diciembre 07, 2007

Paisaje con bar

El vino corre alegre y el jamón ibérico deja su impresión en la garganta. La gente se mueve sin cesar, formando parte de bullicio, creando la impresión de que el bar es una colonia de organismos en la que cada uno cumple con su función. El humo llena el local, la música suena bajita, para no molestar a la conversación, pero como se trata de un bar español todo el mundo grita y se agita y gesticula y bebe y se mira. Los personajes son los habituales, gente con historias interesantes que contar, pero con las mismas heridas y cicatrices detrás de los ojos. Gente sola que utiliza este lugar de reunión como un apoyo, un ansiolítico o un burdel. Porque todos estamos de acuerdo en no fiarnos de la gente que presume de no tener vicios, tan fuertes y poderosos, tan orgullosos de su fuerza de voluntad, tan íntegros y preparados. Todos estamos de acuerdo en que las cicatrices hay que llevarlas con orgullo y que, por el camino, no nos queda otra que entretenernos. Ya lo decía la canción. Y a eso nos aplicamos todas las noches durante un rato. A olvidar y a olvidarnos, a sentirnos parte de algo, aunque ese algo no sea más que un grupo de lisiados que cojean de una pierna o de otra dependiendo del día que tengan.

Hay muchas maneras de vivir en una ciudad: encerrado en casa como el nonato en su útero, con miedo de respirar por primera vez después de nueve meses, protegidos por nuestros libros, nuestra música y nuestra calefacción o bien ganándonos cada día una arruga nueva, un nuevo microsurco, un nuevo recuerdo, dispuestos a vivir a pesar de todo. Los habituales optamos, huelga decirlo, por esto último. Los habituales nos saludamos dándonos dos besos en las mejillas, una costumbre andaluza que, como el aceite de oliva virgen en la tostada, está conquistando terrenos más allá de Despeñaperros, y hablamos de cualquier cosa excepto de política. De vez en cuando, los habituales tenemos expresiones hurañas y, en esas ocasiones, sabemos no molestar. A veces alguno de nosotros se acoda en la barra y se dedica a emborracharse concienzudamente, con oficio, y entonces los demás no decimos nada porque sabemos que poco se puede decir en esas ocasiones. Cierra a las dos de la madrugada. Nosotros solemos irnos antes.

lunes, diciembre 03, 2007

Celo

Puedo frotarme con tu cuerpo o enroscarme a tus pies, puedo maullar y atrapar un pajarillo desvalido que se haya caído del nido sin esfuerzo. No conozco la piedad ni la compasión porque soy un depredador. Me muevo con la elástica belleza de los felinos, siempre dispuestos a saltar y caer con elegancia. Soy un gato, el amigo de los solitarios, la mascota que desprecia a sus dueños, el guía de las almas que erran perdidas entre calles asfaltadas. Soy el amo de la ciudad y cuando los humanos desaparezcan seré la única especie doméstica preparada para sobrevivir en la naturaleza, aunque no tendré necesidad de hacerlo hasta que todas vuestras gallinas hayan desaparecido en nuestros estómagos.

En esta época, sin embargo, me canso de moverme de un sitio a otro, oculto por la oscuridad, marcando mi territorio con orines apestosos, me canso de buscar y se me ocurre que me gustaría ser uno de esos peces que de vez en cuando engullo y que se mueven debajo del agua, veloces y plateados. O bien un rosal, que espera con valor la helada, sin moverse del sitio; o una roca, que contempla cómo pasa la vida año tras año sin apenas cambios. En esta época, arqueo el lomo, bufo, saco las garras, cierro las pupilas, muerdo y salto. Busco a las hembras sin descanso, olfateo y sigo sus rastros. Las busco. Pero preferiría no hacerlo.

No entiendo como soportáis los humanos estar siempre en época de celo.

miércoles, noviembre 28, 2007

Bata

Sí, sí, cariño, así me gusta. Hazlo justo así, corazón -decía por teléfono con voz susurrante la señora en bata. Llevaba seis meses con aquel trabajo, una manera de ganarse la vida como otra cualquiera, con la ventaja de poder hacerlo desde casa. Cuando dejaba a los niños en el colegio a las 8.00, desayunaba, se fumaba un cigarrillo y se ponía cómoda en casa. Se vestía con una bata de algodón a la que tenía mucho cariño, pues era de las pocas cosas que conservaba de su época de soltera, se colocaba el manos libres en la oreja y se conectaba. Nunca pasaban más de cinco minutos hasta que algún hombre empezaba a pedir cosas con la voz ligeramente ronca. Qué llevas puesto, quítate el picardías negro, acaricia tu pezón izquierdo, pellízcalo, te gusta, sigue, yo también me estoy tocando.
Normalmente, las fantasías sexuales de la mayoría de los hombres, desde la generalización del vídeo en los ochenta, eran sorprendentemente parecidas. Enfermeras con uniformes ceñidos y escotados, encuentros lésbicos (el oyente pagaba por escuchar a dos mujeres al tiempo), trío con dos mujeres (ahí el cliente pagaba triple), esas cosas. Algunas fantasías eran más elaboradas, tal vez más repugnantes, pero ella era una profesional y trataba a todos los clientes por igual, por extrañas que fueran sus peticiones. Se sentía orgullosa de que quedaran contentos. Sentía la satisfacción del trabajo bien hecho cuando escuchaba sus orgasmos al otro lado de la línea. Su jefe le había dado hacía poco una paga de productividad porque se había enterado de que había recibido ofertas de la competencia y no estaba dispuesto a perderla, estaba claro. Se le daba bien susurrar y decir obscenidades sincopadas al teléfono, conseguía darle el tono justo de procacidad a sus palabras y tenía la suficiente intuición para saber el trato que necesitaba cada uno. Podía comportarse como una chica inocente, necesitada de magisterio, como una mujer segura de sí misma que pedía lo que le apetecía o bien como toda una experta, como una dómina, como el cliente realmente deseara, aunque no se atreviera a pedírselo a su esposa o ni tan siquiera a reconocérselo a sí mismo. Estaba dotada para ello.

Cariño, tenemos que hablar -dijo su marido después de dejar el abrigo en el perchero de la entrada-. Hace tiempo que necesito hablar contigo y no encuentro nunca el momento -continuó-. ¿No me quieres ya? Hace más de seis meses que no hacemos el amor y no entiendo por qué. ¿Ya no te excito? ¿Sales con otro hombre? ¿Qué nos está pasando?

viernes, noviembre 23, 2007

Familia

Yo nunca he querido demasiadas cosas en la vida. Nunca. Una vida familiar normal con las satisfacciones y trabajos propios de cualquiera. Alguien que me amara, bueno, ya sé que lo hace Eva, pero no es lo mismo, a fin de cuentas, ella es mi secretaria y no sé hasta qué punto me ama o lo que siente por mí se parece más al respeto y la admiración, como si yo fuera su mentor o su hermano mayor, no sé si se puede llamar amor a eso.
De todas maneras, ser querido siempre ha sido muy importante para mí porque tuve la mala suerte de nacer en una familia poco afectiva, sobria incluso para lo habitual en Centroeuropa. Es cierto que, si lo pienso, detesto el besuqueo y la gestualidad mediterránea de esas grandísimas familias de tías que acarician y pellizcan y chillan de satisfacción cuando pueden acunar a un niño nuevo del clan. Si soy sincero, los mediterráneos me parecen un poco grasientos, como si estuvieran siempre poco limpios, y además muchos de ellos huelen permanentemente a ajo. A veces me pregunto cómo es posible que los griegos, que inventaron la filosofía y sin los cuales no hubiera sido posible la cultura occidental sean tan parecidos a los árabes de la orilla contraria, y tan parecidos a los judíos. Pero me estoy yendo por las ramas, estaba diciendo que siempre he echado de menos la vida familiar. Incluso cuando intenté dedicarme a la pintura y me imaginaba a mí mismo triunfando en las galerías de París, en realidad siempre quise creer que habría alguien esperándome en casa: la vida familiar, feliz y anónima de cualquier vienés de cultura alemana. Pero los galeristas nunca confiaron en mi talento, nunca me dieron la oportunidad de ganarme la vida con la pintura. Cuando se tienen diecinueve años y te niegan la posibilidad de dedicarte a lo que consideras tu destino es posible que sufras un golpe irreparable. Yo, mirando las cosas con perspectiva, creo que lo superé bastante bien. Si bien es cierto que durante un tiempo estuve rabioso con la injusticia del mundo y creo que esa rabia, ahora puedo verlo claro, me hizo interesarme por la política. Es posible que, en realidad, yo sólo quisiera obtener mediante la política el público que esperaba haber congregado ante mis obras de arte, no lo sé. En cualquier caso, los alemanes hemos sufrido demasiado a lo largo de la historia y ya era hora de que alguien lo gritara bien alto, ya era hora de protestar por el injusto trato que las potencias occidentales nos habían dado después de la guerra, ya era hora de levantarse con la frente bien alta, dejar de humillar la cerviz, dejar las reverencias ante la industria inglesa. Quizá se trató tan solo de que fui capaz de sintonizar con el sentimiento nacional y los que escuchaban mis charlas se sentían identificados con lo que exigía y predicaba: que Alemania se levantara de nuevo con orgullo, que se convirtiera de nuevo en el gran país que siempre hemos sido.
A la gente le gustaba lo que yo decía, y sobre todo, le gustaba cómo lo decía, me di cuenta rápidamente de eso, de que yo tenía algo que era capaz de enfervorizar a cualquiera, de que yo tenía algo en la voz. Lo demás es historia y todo el mundo la conoce. Pero yo nunca he querido demasiadas cosas en la vida. Nunca. A pesar de todo lo que ha pasado, yo sólo quería una vida familiar normal con las satisfacciones y trabajos propios de cualquiera. Aquí en mi bunker berlinés, mientras ya contemplo la vida con cierta nostalgia, al fin conozco al hombre que habita bajo el uniforme.

lunes, noviembre 19, 2007

Reflejos

Por la mañana mira los amaneceres futuristas de su ciudad desde el edificio en el que tiene su oficina, un bloque de cristal en un barrio de las afueras. Toda la visión tiene algo de ensoñación, con las luces de los edificios iluminando el horizonte y los rascacielos metálicos reflejando de forma oblicua los rayos del sol. Durante un instante llega a pensar que una nave va a aparecer entre los rascacielos pilotada por Deckard, el blade runner. Es bonito, se dice, es bonito el amanecer desde aquí, con los coches empezando a acumularse en la carretera en primer plano y la línea del cielo recortada contra el color del alba.
Entonces se pregunta lo que pensarán en ese momento los millones de personas que están despertándose. En ese mismo instante, se estarán deshilachando los sueños de miles, y en el instante siguiente de otros miles, miles acariciarán a la persona con la que comparten la cama, o se despertarán sonriendo porque uno de sus hijos se ha metido en ella. Muchos otros, por su parte, lamentarán haber despertado porque saben que les espera un día de trabajo y de preocupaciones, porque últimamente el hijo no hace más que vagabundear con esos amigos que se ha echado y que lo van a llevar por mal camino, porque no saben cómo van a conseguir pagar la hipoteca este mes, porque ella o él se fueron y la soledad es lo primero en lo que se piensa cuando uno se despierta sin compañía en la cama. Pero casi nadie se demorará en la cama para un encuentro sexual. Los amaneceres de los días laborables no tienen sexo porque casi nadie está dispuesto a arañar media hora al sueño para empezar el día entre caricias.
Mientras toma el café, leyendo los titulares de la prensa, en esa tregua que se concede a diario antes de sumergirse en el trabajo, piensa en todo eso y más tarde lo olvida al dejarse llevar por las prisas diarias de cualquier oficina.
Al día siguiente insiste: es bonito, se dice, es bonito el amanecer desde aquí.

jueves, noviembre 15, 2007

Empecinamiento

Hace tanto tiempo que no sé lo que falta, pero X (qué más da quien fuera, todos somos variaciones del mismo patrón genético, repeticiones autosemejantes), a principios del siglo XXI, grabó en una base de datos toda la información digital que tenía que ver con su vida. Conozco perfectamente su nombre, por supuesto, pero me gusta llamarlo X. Los correos electrónicos, las páginas web que visitaba, sus conversaciones en el móvil, las películas de vídeo que se entretenía en registrar, todo quedó almacenado. Digital Life o algo así llamaba a su proyecto. X siempre fue concienzudo.

Los aparatos digitales de X fueron los testigos mudos de su empecinamiento contra la desaparición. Algo viejo como el mundo. Houellebecq en su novela "La posibilidad de una isla" ya había imaginado una solución parecida. En ella la humanidad había conseguido perfeccionar la clonación pero no la transferencia de conciencia, con lo que cada uno de los seres clonados que nacían debía aprender quién fue su antecesor a través de una "historia de vida" que novelaba la vida original de aquellos genes. "Yo, como tú, no quiero morir. Eso es todo" decía uno de los personajes. X (aunque fuera de forma inconsciente, aunque no fuera capaz de reconocérselo ni a sí mismo, creo) esperaba algo parecido a lo inventado por Houellebecq: la inmortalidad. Aunque fuera coja.

Y ahora estoy aquí, dondequiera que sea eso. Mis datos se encarnaron . Y así, yo, X, alguien que tiene recuerdos en forma de películas de vídeo, resurgí de toda aquella información almacenada. Ahora soy una conciencia sin cuerpo que se mueve por la red y echo tanto de menos el amor que todos los días me lamento de estar aquí. Pero así son las cosas. Probablemente, en mi otra vida debería haberlo pensado mejor.

Ahora ya es tarde.

miércoles, noviembre 14, 2007

Levantarse

El calor del sol en la piel en un día perfecto de playa; el paseo que damos atentos a lo que vemos; la antigua catedral de Madrid, San Francisco el Grande, iluminada al atardecer; el empedrado antiguo de las calles; el placer del estudio; el viento en la cara, con la intensidad justa para no molestar; el cielo azul metálico de invierno; el cigarrillo después del sexo; el sexo, con toda esa piel y esa saliva; la música; la vuelta a casa de los viajes; la literatura; los museos; los cafés agradables con sillas de madera en los que charlar interminablemente con los amigos; una buena carcajada contagiosa; la textura del jamón ibérico en la boca; los atardeceres en avión; los horizontes verdes; sentir el cuerpo cuando hacemos deporte; una cerveza helada en un día caluroso; un vino tinto de crianza con el toque justo de sabor a fruta; la extraña armonía de las cosas minúsculas; los insectos, esos ejemplos de ingeniería orgánica; una película en la que los diálogos merezcan la pena.

A veces caemos. Pero existen motivos para volver a levantarnos. Quién dijo miedo.

jueves, noviembre 08, 2007

Placa

El traje de corte inglés le quedaba como un guante, los zapatos quizá fueran demasiado puntiagudos, pero la cabeza afeitada y la cultura francófila le hacían parecer elegante. De maneras afectadas, en otras épocas de la historia hubiera tenido que soportar bromas sobre su condición sexual. No en esta, por fortuna. Una barriguita, más llamativa de lo normal en alguien tan delgado, indicaba abandono en su programa de ejercicios de pilates. Pese a todo, estaba en forma para alguien que estaba más próximo a los cuarenta que a los treinta.

No despertaba muchas simpatías, eso era cierto. Llegaba al trabajo, se colocaba los auriculares y no hablaba con nadie. Para él, interesarse por la vida de alguno de sus compañeros era una muestra de debilidad. Sin embargo, sí que le importaba conocer el nombre de los directivos. Por eso había dedicado casi un día a copiar a mano el organigrama de la empresa y así aprenderse de memoria los nombres. Así podía fingir una experiencia en la compañía que no tenía. Podía aparecer como alguien con trayectoria y no como el amigo del jefe, compañero de la facultad. Ahora que había encontrado su oportunidad no iba a dejarla pasar. Él no estaba allí para hacer amigos sino para hacer carrera.

No podía descuidarse ni un momento, en cualquier instante alguien podía clavarle un puñal por la espalda: hacer el comentario adecuado en el momento adecuado, conseguir la mirada aprobatoria de los jefes que, en realidad, se merecía él. Estaba rodeado de hienas. Veía el mundo a través de su ambición y, como el lujurioso que cree que todo el mundo está siempre juzgando qué tal polvo tendrán los demás, no veía nada más que competidores. Gente que estaba allí para arrebatarle lo que le correspondía.

Uno de los días en los se quedó a trabajar para preparar una reunión, un coágulo decidió recorrer los casi 3 metros de arterias que van desde el muslo derecho hasta el corazón y lo mató. Murió agarrándose el pecho y quedó desplomado sobre el teclado del ordenador mientras la impresora escupía la última versión de la presentación en la que estaba trabajando. Eran las diez de la noche y hacía más de una hora que el último compañero se había ido a casa.

Al día siguiente, en la oficina no trabajaron. Todos estaban afectados y se dedicaron a intercambiar comentarios sobre la futilidad de las preocupaciones laborales ante los verdaderos problemas de la vida. En una semana, todos volvieron al ritmo de trabajo habitual. Como recuerdo de su labor en el grupo, compraron una placa conmemorativa que fijaron en la pared del vestíbulo. La descolgaron después de que los cuatro últimos contratados protestaran por el ambiente que aquel recuerdo creaba en la oficina.

viernes, noviembre 02, 2007

Ray

Si prestaba la suficiente atención y cerraba los ojos podía oír el sonido que hacían las lombrices excavando la tierra. No se lo había dicho a nadie, claro. Desde la última vez no hablaba mucho de las secuelas porque, tal y como había notado, la gente empezaba a mirarlo con temor. Como si fuera alguien que hubiera escuchado la palabra divina, como a un iluminado o a un elegido. Y eso a él no le gustaba nada. Hubiera preferido no verse señalado, no verse destacado entre sus vecinos. El hubiera querido seguir siendo un hombre anónimo, un vecino normal de los que saludan por la mañana y procura llevarse bien con sus paisanos. Pero el azar o el destino o lo que quiera que se encargue de elegir las víctimas de las desgracias lo había señalado a él.

En el pueblo había mucha gente como él (Ray Sullivan, encantado señor) con el pelo cano y las manos callosas y duras por el trabajo, con la misma cara de intemperie. Para algo era guarda forestal. Pero no conocía a nadie que hubiera sobrevivido a siete rayos. No creía que hubiera nadie más en el mundo que pudiera decir lo mismo, que hubiera tenido esa suerte. Siete rayos y ni un rasguño, tan sólo esa capacidad auditiva por encima de lo normal.

Claro que cuando oyó a su hija concertar una cita secreta con una chica gay neoyorquina recien llegada al pueblo y a su mejor amigo alardear de haberse acostado con su mujer (Dios la tenga en su gloria) veinte años antes, empezó a preguntarse si haber sobrevivido al último rayo era realmente una suerte.

miércoles, octubre 31, 2007

Madrid

"Si Madrid fuese un cuerpo humano, sus arterias reventarían cada mañana. Desde las siete, un gigantesco coro de bocinas resuena hasta pasadas las nueve."
Frase extraída de El País.

Si Madrid fuese un cuerpo humano y las carreteras las arterias, ¿donde estaría el corazón?, ¿y el estómago con su ácido clorhídrico?, ¿y la corteza cerebral? Si Madrid fuese un cuerpo humano, a mí me gustaría vivir en los ligamentos cruzados de la rodilla. No sé por qué pero me da la impresión de que sería un lugar lleno de glamour, en el que podría tener el mismo coche que cualquier constructor y compatir amante (sin saberlo, claro) con un narcotraficante. O en el sistema nervioso periférico, en alguno de esos tumores que están avanzando poco a poco hacia la médula espinal. En Seseña, por ejemplo, en la urbanización de Francisco Hernando, alias "Paco el Pocero", ese prócer.

lunes, octubre 29, 2007

Olvido

He leído muchas veces que todos somos únicos e irrepetibles. Que ninguno de nosotros es exactamente igual a otro. Que todos tenemos una estrella en nuestro interior que luce de forma solitaria en el cielo. Lo he leído muchas veces y no me convence. Esa necesidad humana de considerarse único sólo tiene que ver que nuestra conciencia de vivir muriendo. Todos sabemos cuál es el final del camino, el mojón a partir del cual ya no habrá más derecha e izquierda, el final. Y aunque no alcanzamos el final hasta que lo hacemos, todos sabemos que está ahí y no conocemos a nadie que haya conseguido evitar lo inevitable (la vieja, la guadaña, la túnica, el miedo y el olvido).

Tal y como dice Savater en su último ensayo, lo que realmente no soportamos no es morir sino que nadie nos tenga en cuenta, que nadie se ocupe de nosotros como personas individuales, no tanto que Dios no exista como que no seamos importantes para él. ¿Qué diferencia existe entre un Dios ajeno, infinitamente lejano e inaccesible y no tener ninguno? ¿por qué existen religiones que se preocupan especialmente de los árboles genealógicos? ¿por qué sectas aparentemente desquiciadas, que hablan de naves extraterrestres que vendrán a rescatarnos, consiguen tantos adeptos? Porque ponen a los fieles en una lista. Una lista de los candidatos a ser salvados, una lista con nombres y apellidos que individualiza a cada uno de sus miembros aunque sea en un porvenir tan lejano que acabe por no suceder. No nos resignamos a fallecer (pass away, mucho más preciso en inglés), a irnos a vivir donde habite el olvido (que decía Cernuda) porque cómo es posible que el mundo vaya a seguir existiendo sin nosotros, que vemos y oímos y pensamos, y somos nosotros y no otros.

Pero el tiempo se va acumulando como los sedimentos en los meandros de los ríos y a medida que lo hace empieza a convencernos de lo contrario. Todos somos repeticiones de historias anteriores, y así la originalidad buscada de los adolescentes, las conversaciones de los jóvenes sobre su futuro profesional y sentimental, las hipotecas y los precios de los pisos, los niños y la falta de sueño, a veces las rupturas sentimentales, los colegios y la vuelta a la casa vacía son temas de conversación y preocupaciones que se repiten de una generación a otra con una precisión sorprendente. El curso del mundo no nos tiene en cuenta.

Cuando se llega a ese convencimiento, empieza a mirarse el final de otra manera. Que otros ocupen nuestro lugar no es un castigo. Es lo justo.

martes, octubre 23, 2007

Veinte minutos

¿Cómo rellenar veinte minutos de tiempo desocupado? Escribiendo un microrrelato, claro. Inventando una historia mínima en la que en el primer párrafo se introduzca el tema con cierta concisión, se retuerza en el segundo y se acabe con un giro que provoque el asombro, la sonrisa o cualquier otra emoción imprevista. Esa es la técnica.

La cuestión, sobre todas las cuestiones, es no ocupar más de veinte minutos de tiempo desocupado en escribirlo y dejar constancia de que apenas nos cuesta trabajo escribir tres breves párrafos que, a ser posible (pero eso ya depende del estilo de cada cual), provoquen cierta sorna, una leve sonrisa de complicidad. Conseguir acabar provocando complicidad es bueno porque conseguir que alguien se sienta cómplice es unirse con él en la hermandad de los listos. Y el que escribe siempre es el listo. Por si no quedaba claro.

Un microrrelato no es el lugar apropiado para grandes alardes, ni para profundidades psicológicas porque no hay espacio y sobre todo, porque no hay tiempo. En mi caso ya he consumido quince minutos en escribir hasta aquí y la presión de tiempo que me queda me impele a acabar de una buena vez. Ya está bien, hombre. Me vienen centenares de ideas a la cabeza, que conste. Centenares. Pero como ya sólo me quedan unos miserables cuatro minutos utilizaré una cita de Oscar Wilde: “El ingenio es la bisutería del talento”.

lunes, octubre 22, 2007

Fotografías

Aquellas fotografías no tenían nada en especial. En ellas varios grupos de personas aparecían retratados haciendo cosas comunes. Sin embargo, algunos detalles llamaban la atención y me hicieron fijarme un poco. En primer lugar, todos los retratados vestían uniforme; en segundo lugar, era el uniforme alemán de la segunda guerra mundial.

El tiempo detenido en esas escenas tan corrientes me hizo sonreir a pesar de que los protagonistas fueran alemanes. Afortunadamente, perdieron la guerra, y aunque setenta años pidiendo perdón no sean suficientes -ni lo serían doscientos ni el perdón pueda arreglar nada-, les honra haber estado dispuestos a cargar con esa culpa. Entonces era entonces y hoy es hoy.
Amables escenas de gente sonriendo confiada a la cámara, con señoritas intercambiando confidencias; grupos escuchando con arrobo la música del acordeón, una fila de tumbonas en las que dormitan hombres y mujeres tapados con mantas a cuadros, un oficial con aspecto marcial, humanizado instantáneamente al ser capturado decorando un árbol de Navidad.

Pero la inscripción del álbum era: Auschwitz, 21-06-1944. Las fotografías, amables hasta un instante antes de conocer ese dato, humanizadoras del ejército perdedor, confirmadoras de que nadie sabe qué podría llegar a hacer en una situación extrema como una guerra son, en realidad, las alegres fotografías privadas del álbum de un verdugo. Un verdugo que estuvo en Auschwitz justo cuando el campo se hallaba en su máximo pico de producción de gases y cenizas.

Ah, esos confiados y alegres muchachos.


Fotografías

viernes, octubre 19, 2007

Cerdos

Miguel Barceló hablaba hace algún tiempo en una entrevista de su costumbre de ayudar en la matanza del cerdo en su pueblo mallorquín, Felanitx. El plato utilizado para desangrar al cerdo (donde las mujeres mueven con las manos la sangre para evitar que se coagule) está en la base, según sus propias palabras, de algunos cerdos que aparecen en sus cerámicas. No me extraña en alguien tan orgánico, por decirlo de alguna manera. La matanza (la matancía, dicen en Aragón) siempre ha sido una ceremonia festiva en una tierra como la nuestra en la que hasta hace muy poco tiempo no era seguro tener suficiente comida para pasar el invierno. Un día en el que se disfrutaba por anticipación del festín, en el que se trabajaba duro, se bebía, se comía y se bromeaba. Y se mataba un cerdo.

Yo estuve en una matanza hace unos años y la imagen de una anciana vestida de negro, limpiando las tripas que más tarde embucharía de carne, sangre, grasa, cebolla y especias para hacer las morcillas, con sus manos nudosas, vestida de negro y llamando amo al dueño de los animales que se sacrificaban no se me olvida. A pesar de que los animales sabían que iban a morir y del corto borboteo de sus estertores aquello no me pareció desagradable ni irrespetuoso. El cuchillo afilado y corto en la yugular, el plato (el de Barceló) que recoge la sangre, el fuego que quema sus cerdas, el raspado de su piel, el matarife y su destreza en el despiece, todo ello me pareció una celebración de la vida. Todos estamos unidos a la tierra más de lo que reconocemos, a pesar de vivir en cubos de cristal y de ver las boqueadas de los castaños de Indias, casi asfixiados por el humo de los coches.

Ayer, sin embargo, mientras caminaba por mi ciudad (por una de ellas), vi algo que me ha inquietado de una manera extraña. Al cruzar la Plaza Mayor, en uno de esos restaurantes en los que ningún madrileño come jamás porque son para turistas, de esos en los que siempre hay dos cochinillos muertos que parecen dormidos y que provocan una mueca de repugnancia en los mismos turistas que luego se relamen al terminar su ración, habían colocado unas gafas de sol a uno de los cerditos y un gorro al otro. Y me pareció una brutal falta de respeto. Y todavía me pregunto por qué.

Me gustaría preguntarle a Barceló.

martes, octubre 16, 2007

Precisión

La belleza geométrica de los carriles de la carretera, la vista de las torres contra el cielo, los cientos de coches circulando a ciento veinte kilómetros por hora a tres metros unos de otros, la inundación de luces a toda velocidad, el cielo azul oscuro encima de la línea de los edificios, los ascensores subiendo y bajando por el exterior de los rascacielos, los aviones ejecutando una danza asombrosa en el cielo, los satélites aún más arriba en órbita geoestacionaria, los miles de millones de canales de comunicación abiertos simultáneamente, el aire que respiramos lleno de información digital, las identidades inventadas, las burbujas personales que nos aíslan del exterior, todos conectados a nuestra música, a nuestros lugares virtuales y a nuestra gente a través de diferentes aparatos.

Si estuviéramos en los años veinte, propondría la firma de un manifiesto a todos los lectores de este blog que estén interesados en la belleza de la tecnología. Neofuturismo podríamos llamar a nuestro movimiento literario. Aunque Vicente Luís Mora tiene otra denominación para la literatura que se ocupa de esas cosas: literatura pangeica.

¿Qué opinan ustedes?

lunes, octubre 15, 2007

Cielo

Es un mendigo, dijeron, perdió a su mujer en un accidente hace algún tiempo y se volvió loco. Se dejo ir. Su cordura acabó por desmoronarse. Se olvidó de luchar por mantener la cabeza centrada y ahora escribe cosas ininteligibles en los papeles que encuentra por la calle. Papeles que hablan de las formaciones de los pájaros en los cielos de la ciudad y de sociedades secretas de hombres muy poderosos que dominan el mundo y el destino de todos nosotros.

Camina sin mirar fijamente a nadie y huele muy mal. De vez en cuando, un asistente social lo lleva a un refugio, donde lo lavan, lo afeitan y le dan un par de comidas pero siempre se escapa. Necesita ver el cielo. El cielo es lo más importante. Nunca ha creído en un dios omnipotente capaz de preocuparse por cada uno de nosotros de forma individual, no se trata de mirar el cielo tratando de ver alguna señal enviada por su mujer muerta. Su mujer está muerta y eso ya no tiene arreglo. Pero tiene que ver el cielo, tiene que dormir bajo él, no puede estar entre cuatro paredes porque en cualquier momento puede ocurrir una desgracia.

Puede reventar una bombona de butano, o bien desprenderse una estantería llena de libros de arte sobre la cabeza del que está debajo, la colilla de un cigarrillo mal apagado puede prender la colcha de algodón cien por cien natural, unos niños de la casa vecina pueden disparar accidentalmente la pistola de su padre policía, la bañera puede hacerte resbalar. Pueden ocurrir muchas cosas dentro de cuatro paredes. Es mucho mejor estar al aire libre.

Tiene que ver el cielo, tiene que dormir bajo él.

jueves, octubre 11, 2007

Ítaca

Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.

Constantino Cavafis sabía que lo que cuenta es el viaje, no el destino. Es mejor no apresurarse. Todos llegaremos al final de nuestro camino algún día y, por lo que a mí respecta, espero sinceramente haber comprendido qué significan las Ítacas cuando sea el momento de regresar.

miércoles, octubre 03, 2007

Divertimento

El hombre con aspecto de mendigo que apretaba un cartón medio vacío de vino barato le miró y le dijo: "prepárate para la destrucción, amigo". Aquello le pareció de mal agüero pero nunca había sido un tipo supersticioso así que no le hizo ningún caso. Sabía que el alcoholismo y las noches pasadas en huecos rodeados de cartones acaban con la salud mental de cualquiera. Un coche dio en ese momento un frenazo a su espalda mientras echaba a andar. Entró en el edificio en el que trabajaba y subió a la segunda planta, donde tenía su despacho, abrió la puerta y se sentó en su butaca. Encendió el ordenador y comprobó su correo electrónico. Esperó.

Ahora se pregunta que pasará a continuación. Hasta ahora sólo ha hecho lo que le han ordenado. Así que se levanta (rápidamente, como si algo le hubiera sobresaltado) pensando que hubiera preferido levantarse con tranquilidad. Sabe que no puede quejarse porque esas son las reglas y él no es nadie (nunca ha sido nadie, en realidad) para oponerse. Camina en círculos, como si estuviera nervioso por algo y entonces recuerda la maldición del mendigo, y aquello (porque así está escrito) no le provoca la más mínima preocupación. Recuerda vagamente (vagamente, por si no quedaba claro) que tiene obligaciones con las que cumplir. Mira por el ventanal de su despacho y ante sus ojos se despliega el centro de una gran ciudad, con sus tejados antiguos que la hacen parecer un pueblo pequeño. No entiende muy bien qué está haciendo aquí.

Nosotros tampoco. Yo sólo pretendo divertirme un poco a su costa. Por eso hago que se retire de la ventana, que agarre la butaca de su despacho, que rompa el cristal después de golpearlo varias veces con mucha fuerza y que se arroje al vacío. Y lo hago porque el mendigo del comienzo me cae mucho mejor y no quiero que su profecía deje de cumplirse. Que se joda.

viernes, septiembre 28, 2007

Triunfo

Según dicen los psicólogos evolutivos, el cerebro humano ha desarrollado una insistencia mucho mayor en los fracasos que en los triunfos como estrategia para asegurar la supervivencia. Por eso los malos recuerdos se fijan con más intensidad que los buenos. Para que la próxima vez que fallemos no sea en una situación en la que nuestra vida dependa de ello. La sensación de triunfo dura poco y no seré yo quien lo niegue.

Pero mientras dura... ¡Ay mientras dura!

lunes, septiembre 17, 2007

Barbate

La madera cruje, acongojada por la fuerza del mar, como tantas otras veces. El barco se hunde y, aunque es pequeño, forma remolinos alrededor que empiezan a arrastrar a algunos marineros y de los que no es posible escapar. Ocho pescadores luchan. Los compañeros gritan e intentan salvarlos. Casi ninguno de los hombres sabe nadar. No lo necesitan. Cuando el mar decide llevarte con él, no sirve de nada oponerse, más vale morir en paz dejando que los pulmones se llenen dulcemente de agua, mirando los extraños efectos que provocan los rayos de luz debajo de la superficie.

El mar sólo devuelve a tres. La tierra los acogerá. El resto sigue en el fondo mirándolo todo con los ojos muy abiertos. Sus familias piden a Dios y a los hombres que se recuperen los cuerpos porque no es allí donde deben estar. Los cuerpos deben descansar al fin en tierra firme. Es lo justo. Es el trato secular. Así debe ser.

Las lágrimas de los familiares son las mismas que aparecen una y otra vez desde el principio de los tiempos en los ojos de los vivos. Las lágrimas de los familiares son tan antiguas que apenas tienen sal, tantas veces como han salido de los ojos que se han quedado en la orilla esperando el regreso.

miércoles, septiembre 12, 2007

Responsabilidad

Quiero rendir un homenaje a todos esos que cargan con una responsabilidad que no han pedido, a todos esos que no pierden la esperanza porque saben que no pueden permitírselo, a todos esos que tienen que luchar con la pena negra todos los días.

Ganen o pierdan. Lo consigan o no. Porque la cuestión es pelearlo y lo demás no depende de ellos y sólo por eso ya son dignos de admiración. Y ellos lo saben. Y si no lo saben, deberían saberlo.

sábado, septiembre 08, 2007

Cosmogonía

Al principio todo era luz blanca y cegadora. Las cosas no se diferenciaban unas de otras en ese magma informe de claridad. Todo era luminoso y todo formaba parte de lo demás. Entonces la Noche apareció y nos permitió distinguir unas cosas de las otras. La sombra nos hizo hombres porque antes éramos tan semejantes a los dioses que no era posible distinguir entre unos y otros. La oscuridad se clavó en nuestros corazones y al fin se pudo oír el primer grito de rabia cuando uno de nosotros asesinó a su hermano.
Desde entonces siempre miramos con precaución a los luminosos, a los que tienen menos sombra, porque sospechamos que son seres engendrados antes del principio de todo.

miércoles, septiembre 05, 2007

Llaga (homenaje)

Soy la llaga de Kafka. Concretamente, la llaga de su oreja derecha. Soy el resultado de años de colocar las gafas con patillas de acero justo en el mismo lugar: sobre mí.
A veces alguna mujer me ha besado. A veces he notado la humedad de una boca próxima. No muchas veces, eso es cierto, pero sí de vez en cuando. Hasta él, con toda esa misantropía que tenía, tuvo a alguien que lo acompañó a la hora de morir. Hasta él tuvo cuatro mujeres en su vida, cuatro mujeres que le tomaron la mano y a quienes no les importó el tamaño de sus orejas ni su cara de infelicidad.
Generalmente, estoy bastante reseca debido a su costumbre de frotarme mientras piensa en el mejor modo de acabar un frase pero no me importa porque esa manía me hace sentirme un poco responsable de su obra. De algún modo, puedo considerarme una ayuda para su inspiración. Me acaricia suavemente en círculos una y otra vez y, a continuación escribe. Creo que, de un forma inconsciente, si no estuviera ahí me echaría de menos.
Me hubiera gustado ser una de las llagas de Cristo o, al menos, la llaga purulenta de algún mártir que hubiera sufrido alguna tortura imaginativa pero me he tenido que conformar con esto. Yo creo que no está mal. A mí El proceso me gusta bastante.

lunes, septiembre 03, 2007

Aldana

¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos, trabados,
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y sospirar de cuando en cuando?

Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también, tan fuerte

que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.

Francisco de Aldana, el divino capitán, a mediados del siglo XVI.