martes, junio 30, 2009
4 años
Hoy, 30 de junio, hace cuatro años que subí mi primera entrada al blog. Y a pesar de que nunca me ha gustado escribir sobre el medio ni tampoco soy dado a las cadenas de blogs, las citas y demás prácticas propias de las bitácoras (bonita palabra, dice Xavie, pero poco práctica; pues vale, digo yo), hoy me gustaría agradecer su tiempo a todos aquellos que vienen aquí a leer (no te pases, ya sabes... que luego me dejas el blog demasiado sentimental, dice Xavie) lo que a mí (¡qué coño a ti, chaval, qué coño!) se me pasa por la cabeza.
Gracias a todos. En especial a aquellos que empezaron siendo lectores y se convirtieron en amigos. De los de verdad, de los de carne y hueso. Este no-lugar (te veo un poquito pedante últimamente, amiguete) me ha dado muchísimas cosas. Tantas que ni se me pasa por la cabeza cerrarlo.
Eso sí, si alguien tiene un diseño bonito (con fondo blanco, por petición popular) y me lo quiere ofrecer graciosamente (esto es, sin pagar), yo encantado.
Besos y abrazos,
Javier (¡hay que joderse!)
viernes, junio 26, 2009
Veinte
A él no le parecía que hiciera cosas propias de los veinte años, la verdad, pero qué sabía su padre. Cuando su padre tuvo a su primer hijo tenía veinticinco años y llevaba trabajando desde los catorce, en unas condiciones esclavistas, catorce horas al día, en mitad de La Mancha, en una venta polvorienta donde una vez vio a Ava Gadner, que siempre lo contaba, pedir una ración de carne con tomate para un perro con sarna que había por allí. Descansando dos días cada tres meses y sin poder gastar porque el dinero se enviaba directamente a la abuela para sufragar los estudios del hermano mayor. Y después camarero y oficinista en el Silo de trigo y por fin trabajador en una gran empresa. Su padre había conocido a su futura mujer, que tenía catorce, a los dieciocho y tras siete años de novios, se habían casado. Su futura mujer de entonces era ahora su mujer desde hacía casi cuarenta años. Se había afiliado a un sindicato todavía clandestino, por el impulso altruista de ayudar a los demás —como si los demás se lo merecieran—. Y luego había llegado la transición y las manifestaciones y la democracia, la hipoteca de una casa pequeña y fea, propia de los setenta —una casa para la que debió contratar una hipoteca con los tipos de interés muy altos, pero que pudo pagar en solo quince años con un único sueldo—, ver crecer a los hijos, vivir, verlos marcharse, la jubilación. El orgullo de haber creado una buena familia.
¿Qué podía saber su padre de sus vidas móviles, de estas vidas de estudiante, traductor, programador, revisor, ingeniero, experto en marketing, trabajador para una consultora, analista de mercados, estudiante otra vez, filólogo, editor, corrector de estilo y otra vez traductor? De estas vidas que nunca acaban de terminar, que se mezclan, que permanecen aunque hayan pasado décadas porque siempre, por mucho que deseemos que el pasado nos libere, somos también lo que hemos sido. De las capas que nos constituyen, de las tres ciudades en las que había vivido él, de las cuatro mujeres que ya había tenido y perdido, de la inmensa cantidad de tiempo dedicada a los libros, del desamor. De la escritura, de la batalla con las palabras, de los intentos por orientar la existencia de otra manera, del aburrimiento. De la cualidad lábil de la vida hoy en día. De la búsqueda permanente, de la pulsión autodestructiva que hay que cabalgar, siempre atento, sin dejarse ir, siempre concentrado. De la belleza de las ciudades desconocidas por la mañana cuando se está solo y se tiene un día completo que perder tomando café y leyendo.
Por eso se había limitado a contestar: no creo que lleves razón papá, no lo creo, y más tarde se había quedado en silencio.
jueves, junio 25, 2009
Piel
He pensado que una visión, un sueño o una metáfora son cosas muy parecidas, que todo puede ponerse en el predicado de una frase, que nuestra historia depende de dónde se empiece a contar, de a quién asignamos el papel protagonista, y de la compañía, sobre todo de la compañía. Una vez comprendido esto, he decidido que todo lo que me ha sucedido lo ha hecho siguiendo un guión en el que nada fue producto del azar. Todo seguía un plan maestro para construir un personaje: yo mismo.
Y desde ese punto de vista, no me ha disgustado ser yo. Creo.
lunes, junio 22, 2009
Cenicienta
Sus hijos la miran con amor desde el borde de la cama, tal vez esperando un milagro, un último gesto mágico que la salve, pero ella sabe que va a morir, que nada puede ganar al tiempo y que incluso su propia historia acabará por ser olvidada. A partir de aquella noche, su vida ha transcurrido de forma imperceptible y nunca ha vuelto a sentir nada parecido, ni siquiera con su primer hijo. Entonces su visión comienza a nublarse y al oir de nuevo la música, al sentir otra vez las miradas de deseo de los hombres posadas en su cuerpo, una última sonrisa se abre paso en su cara.
jueves, junio 18, 2009
Bochorno
Hace calor. Bochorno. El hombre cocina en soledad mientras su mujer ha ido con los niños al centro comercial. Suda sin ser consciente de ello y, de vez en cuando, siente en las axilas una sensación de frescor que no espera cuando el viento entra en la cocina.
El hombre pone a sofreír la cebolla y el ajo en aceite de oliva virgen a muy baja temperatura. Poco a poco la cocina se llena de un aroma dulce. Escoge entonces tres tomates de la cesta que les trajo un vecino y los mete bajo el agua. Saca el corazón utilizando con habilidad un cuchillo pequeño y los divide en cuartos, que trocea cortando siempre por la parte de la pulpa.
El cielo es de color gris azulado. Las nubes han cubierto el sol pero, como una cúpula de vidrio, han encerrado el aire en su interior, que permanece quieto y caliente. También los árboles del prado parecen estar esperando algo. La radio ha dicho que se alcanzarán los 35º C.
El hombre, con un cuchillo de hoja estrecha y afilada, hace un corte en el vientre del perro muerto que yace en la encimera. Su mujer lo llamaba Aníbal. Con un movimiento experto le arranca la piel, volviendo el cuerpo como un calcetín y le corta las manos para separarla definitivamente. Tira el pellejo a una bolsa de basura negra, donde, a continuación, arroja también la cabeza y el rabo.
Las escalas repetidas de las clases de piano de la niña de los vecinos se extienden en ondas caprichosas, a merced del viento. El termómetro exterior sigue indicando 33º C, igual que media hora antes.
Nota las gotas de sudor acumulándose en sus cejas. Se lava las manos, sanguinolentas tras eviscerar al animal, y se las seca con un trapo, que le sirve también para limpiarse la frente. Coloca en la olla los pedazos de carne, teniendo cuidado de distribuirlos bien y añade sal, pimienta, azafrán y laurel. Tras cinco minutos, da la vuelta a la carne y añade medio vaso de vino blanco oloroso.
En el exterior, poco a poco, el viento comienza a arreciar. Las nubes se arremolinan nerviosas allá arriba, tornándose de un color oscuro, entre el gris y el azul. Ya ni siquiera puede verse exactamente donde está el sol. La temperatura sigue en 33º C, inamovible.
La cocina huele bien, como todos los domingos. El vino ha perdido el alcohol y tras remover el guiso con una cuchara de palo, lo cubre con agua. Cierra entonces la olla y la programa para que emita una señal a los veinte minutos.
El viento comienza a ulular en el garaje. Baja a cerrar la puerta de fuera y recuerda entonces la bolsa de basura negra. Vuelve a la cocina, la recoge y, junto con el contenido del recogedor, mete en ella también el trapo con el que se ha limpiado las manos.
La olla pita y al liberarla del vapor, el aroma resulta delicioso. La mueve entonces suavemente de izquierda a derecha, para comprobar si alguno de los trozos de carne se ha quedado adherido. El guiso se mueve sin problemas, denso, con la textura justa. Con un tenedor toma entonces un poco de carne para comprobar su grado de cocción. Está perfecta. Añade al guiso diez puñados de arroz, lo remueve y lo pone a fuego lento.
Su mujer y sus hijos llegan justo cuando está terminando de secarse de la ducha. Sale del baño, fresco y despejado, para besar a su familia. Los niños dicen a gritos que están hambrientos y que huele muy bien, que la comida que más les gusta del mundo es el arroz de su padre. Ponen el mantel, los cubiertos, el agua, el pan, los platos. Sirven el arroz y la carne y comienzan a comer.
Entonces los niños preguntan por Aníbal y él les contesta que no, que no lo ha visto; que habrá salido a dar una vuelta. Ya sabéis que lo hace a menudo, que este perro es un descastado. Esperemos que no le suceda nada, que no se encuentre con un perro mayor que él, ya lo conocéis, con las malas pulgas que tiene, esperemos que no se meta en una pelea o algo. Bueno, ya volverá cuando tenga hambre, ya sabéis cómo es.
lunes, junio 15, 2009
Amigos
Los amigos de toda la vida son insustituibles. No hay muchas personas que puedan recordarte en tu adolescencia, cuando todo estaba aún por decidir, que puedan recordar todas las veces que te han roto el corazón; la primera vez que hiciste el amor y lo contaste con todos los detalles; la ocasión en que dijiste que querías ser arquitecto; que tengan fotos de tus dos primeros años de Universidad en carreras fallidas; que puedan traer a la memoria tus chistes de la secundaria, tu etapa estudiosa, tus becas de investigación, tus primeros trabajos, tus primeros problemas con los jefes; tu primera casa oscura y desvencijada que les mostrabas con orgullo.
Lo habitual es que las personas con las que uno tiene más relación sean las conocidas en las últimas etapas de su vida, en la ciudad en la que ahora vive, en el trabajo actual que uno tiene tras años de estar en la misma oficia de la misma ciudad de provincias y decidir dar el salto a la gran ciudad; lo habitual es que las relaciones diarias se adensen y se vuelvan importantes precisamente por eso, porque son diarias y el roce hace el cariño y si uno vive fuera de su ciudad natal, a quién vas a contarle tus problemas, a quién vas a pedirle que se pase por tu casa para compartir unas cervezas, a quién que comparta tu cama.
Sin embargo, con los amigos verdaderamente antiguos, con los amigos que te recuerdan con granos y un poco mareado tras fumar tu primer cigarrillo y beber tu primera cerveza en la calle, con ellos no es necesario preocuparse por el estado de la relación, con ellos lo único imprescindible es llamar de vez en cuando y ponerlos al día de tu vida, visitarlos y cenar con ellos charlando de cosas importantes, ir de vez en cuando de viaje. Seguir viviendo juntos, aunque sea por intervalos, aunque sean dos veces al año, seguir acumulando recuerdos que compartir, evitar que la nostalgia convierta las reuniones con ellos en una colección de anécdotas desvaídas por el paso del tiempo, tan inciertas ya, tantos años después, que uno no está seguro de si sucedieron realmente o las ha creado a partir de los recuerdos de todos. Parece fácil pero es necesario un gran trabajo: estar dipuesto a mantener esos vínculos, a perdonar y hacerse perdonar, a olvidar cuando aparece algún problema. Parece fácil pero, como todo lo que merece la pena, a los amigos hay que dedicarles tiempo y dedicación.
Por eso yo estoy tan orgulloso de tener tantos amigos antiguos, tantos amigos de toda la vida, de que haya tanta gente que me abre su casa y me hace la cama y me recibe con una sonrisa, a la que le gusta pasar gran parte de la noche hablando conmigo, preguntándome por mi vida, interesándose realmente por ella, que me conocen tan bien que casi siempre acertarían con sus consejos, en el caso de que se atrevieran a dármelos, de tenerlos a todos, de que sus niños me llamen tío y se pongan contentos de verdad cuando los visito, de que me traten como si fuera de la familia.
Sé que no hace falta, pero una promesa es una promesa: Gracias.
viernes, junio 12, 2009
Blues sudoroso
Me lamento, bum, y mis caderas se mueven porque el mejor consuelo para el dolor es el sexo, dejarse ir, olvidarse, oh sí, nena, durante el tiempo que dura, que siempre es poco, siempre es demasiado poco. Eso es el blues: la pérdida y el sexo. Robert Johnson lo sabía bien. John Lee Hooker lo sabía. Sonny Boy Williamson lo sabía. Yo lo sé. Muévelo, nena. Muévelo otra vez y sabrás lo que es un hombre, nena. Porque yo soy un hombre, y ya se lo dije a mi madre con dieciséis años: Soy un hombre, eso es lo que soy, un hombre, entiéndelo.
Toco esa frase que ensayé ayer. Hermano, sueno mejor que el propio Muddy. Hermano, me sale a la primera, oh sí. Hermano, estoy tocado por el Don. Seguro, oh sí. Mis manos son Sus Herramientas. Todo se cubrirá de polvo, todo acabará engullido por el tiempo, comido por los gusanos. Eso me ha dicho el Maestro. Pero a quién le importa, a quién coño le importa cuando tus dedos pueden arrancar estas notas a la guitarra, sí, oh sí, a quién le preocupa. Mi cara así: transpuesta, entregada, fecundada. Que escuchen mi música. Eso basta. Que la escuchen. Soy mejor que Dios y peor que el diablo. Oh, nena, oh, sí, peor que el diablo.
Las parejas del local bailan pesada y lentamente mientras el sudor mancha sus axilas y cae en regueros lentos desde el cuello de las mujeres. Ummm, ese sudor. Los vestidos mojados de ellas se pegan a sus muslos, todas sienten muy cerca el sexo de su hombre. Se tocan, oh sí, nena, todos se tocan. Las caderas de los danzantes se mueven en grandes círculos, acunadas por el ritmo de la guitarra. Bum, bum. Todos sonríen. Alguno se relame. Yo me relamo, nena, yo me relamo pensando en las cosas sucias que te voy a hacer después.
Las paredes son de madera y la barra una tabla precaria. Oh, sí, niña mala, tú sabes bien cómo es esto, tú lo sabes bien. El cielo granate se torna oscuro suavemente mientras el viento agita los campos de maíz. Miles y miles de insectos chirrían, zumban y se mueven. Las lombrices se retuercen en la tierra. El vapor de las ciénagas cubre las raices de los manglares. La vida se renueva, los animales nacen y mueren, cariño, como todos nosotros, sí, oh sí, como todos nosotros haremos, alabado sea Su Nombre.
El diablo sopla entre las plantas, divertido por el espectáculo del atardecer. El diablo cree que Dios es un maestro de los decorados, oh, sí. Sí que es un maestro, nena. Tap, tap. Pero también piensa que no sabe divertirse como nosotros, acércate más, déjame que te roce, que ponga la mano algo más abajo de tu cintura, luego te enterarás, nena, luego sabrás lo que es bueno. El diablo nos ama a todos. El diablo nos ama, nena. El diablo es como nosotros, que cambiamos, ¡oh sí!, cambiamos y somos otros, somos otros todo el rato, nena, somos otros todo el rato.
martes, junio 09, 2009
Senectute
La idea del buen morir no solo estaba en relación con la concepción religiosa del universo de la época, con el desprecio con la vida terrena, sino también con el decoro propio de de la vida del hombre, que exigía comportarse de acuerdo a la edad de cada uno. Así, la juventud era una edad alocada, propia del amor y las aventuras pasionales; la madurez debía ser tranquila y estable, la edad de ver crecer a los hijos e incrementar el patrimonio; y la vejez debía ser sabia y resignada ante la idea de la muerte.
Esta última edad —la edad del frío y la escarcha— era, además, la adecuada para intentar dejar una impronta en el mundo, para que la fama de nuestros hechos nos sobreviviera, para no convertirnos en muertos anónimos que, poco a poco, se fueran confundiendo con la tierra: la senectute debía servirnos para resignarnos ante la idea de la desaparición y para completar, en la medida de lo posible, el legado de toda una vida. De ahí que se condenaran comportamientos que se consideraban inadecuados para los viejos.
Quevedo, por ejemplo, un escritor bastante cruel, escribe un soneto en contra de los intentos de una vieja por aparecer más joven que tal vez sea uno de los sonetos más crueles de toda la literatura de esa época (y quizá de toda la literatura en español):
[Vieja verde, compuesta y afeitada]*
Vida fiambre, cuerpo de anascote
¿Cuando dirás al apetito?: Tate
Si cuando el "Parce mihi" te da mate
Te da por mirar por el virote
Juntas en tu frente y tu cogote
Moño y mortaja sobre seso orate
Pues siendo ya viviente disparate
Untas la calavera de almodrote
Vieja roñosa: pues te llevan, vete;
No vistas el gusano de confite
Pues eres ya varilla de cohete
Y pues hueles a cisco y alcrebite
Y la podre te sirve de pebete
Juega con tu pellejo al escondite.
Hoy, la esperanza de vida ha aumentado y las edades del hombre se han retrasado al menos diez años. Pero me gustaría saber lo que escribiría Quevedo sobre esas mujeres recauchutadas, con los pómulos y los labios llenos de botox, y sobre esos hombres, de músculos abultados y camisetas estrechas, todos por encima de los cuarenta, que parecen tener la intención de evitar la vejez y tal vez la muerte y que tanto parecen querer alejarse de la senectute.
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* Anascote es un tejido basto de lana que utilizaban las dueñas viejas de vida aburrida. Tate sinifica «es suficiente». Parce mihi, las primeras palabras del oficio de difuntos. Virote se refiere al miembro masculino. Almodrote era un tipo de afeite que utilizaban las mujeres para maquillarse. Confite era el azúcar con el que se cubrían los dulces. Cisco es carbón y alcrebite es azufre. Podre significa pus y pebete era una varilla cubierta de incienso o una mecha con pólvora para encender fuegos artificiales, algo delgado recubierto por una sustancia maloliente.
sábado, junio 06, 2009
Lastre
«En Estados Unidos hay una cosa que se valora en los empleos: el lastre cero. Se llama a una persona de lastre cero a aquella que no tiene raíces, que tiene pareja pero no está enamorada, que no tiene hijos o los tiene distanciados, que tiene una formación pero no es una formación muy vocacional
... Es un mundo ligero y volátil, propenso a desvanecerse.»
Me parece tremendo. Imagino un ejército de espectros recorriendo la geografía americana a bordo de los aviones, siempre buscando algo que desconocen, desubicados, cambiando de personalidad en cada destino, tal vez con varias vidas paralelas, todos ellos propensos a desvanecerse, tal y como dice Verdú. Lastre cero. Todo lo que una, ate, implique, comprometa, todo es lastre. Y ya se sabe que para que el globo aerostático alcance suficiente altura (la gloria de Manhattan comienza a partir del quinto piso, cantaba Ruibal), es necesario arrojar por la borda el lastre, el peso muerto.
Y después, ya que estamos, podemos irnos nosotros detrás. ¿Qué mayor lastre que cargar con una vida así?
jueves, junio 04, 2009
Objetivo
Las gafas de montura dorada, la incipiente calvicie, el sobrepeso flácido, la expresión de alguien capaz de pagar por tener sexo con menores, el rostro desagradable.
Desde la cabina del piloto, la ciudad parecerá una construcción de Lego, con sus edificios en Azca, sus túneles, sus aparcamientos y sus parques. Las azoteas de los rascacielos, con una h gigantesca, destacarán como las señales luminosas de los clubes de carretera y, ya en el norte de la ciudad, el piloto podrá ver las piscinas de los chalés, de los adosados, de las urbanizaciones, el color verde de las pistas de pádel, los parterres perfectamente alineados, las vallas reforzadas, los guardias de seguridad. El piloto podrá ver el miedo.
Los polos de marca, las gafas de titanio, el cuerpo de alguien que pasa media vida en el gimnasio pero que no puede dejar de comer grandes chuletones chorreantes de grasa, el optimismo falso, los modales cercanos con los subordinados.
Cuando se aproxime a los nuevos barrios, contemplará los descampados, todos con un gigantesco cartel que anuncia una próxima obra, ahora detenida por falta de financiación, las escasas madres que pasean a sus hijos, los locales de la planta baja cerrados, esperando a alguien con dinero que invertir en un negocio, los arbolitos recién plantados de apenas un metro de altura. Verá el largo carril bici de kilómetros de longitud, tan apartado de la ciudad que solo los niños pequeños, recién llegados al barrio, lo utilizan los fines de semana.
La cara de vinagre, el pelo como de rata, mujer que se deja la vida en el trabajo para no tener que afrontar la soledad del hogar vacío. El cuerpo deformado por la menopausia.
Un complejo de cubos azules recortándose contra el cielo podrá observarse desde varios kilómetros antes. Doce edificios en total, con el inmenso logotipo de una multinacional española ocupando la mitad de la fachada de uno de ellos, de los que el piloto elegirá el más alto de los situados al norte y contemplará a través de sus cristales, sin prestar demasiada atención, el ir y venir de gente que trabaja en su interior.
El cuerpo trabajado en maratones, la nariz aguileña, el pecho escaso, el pelo largo y rubio, candidata preferente a la cirugía estética.
Cuando el piloto apriete el botón, será hermoso contemplar la lluvia de fragmentos de cristal, las miles de esquirlas azules que caerán del cielo sobre los fumadores que hacen un descanso, sobre los mensajeros que van de un sitio en el complejo, sobre el personal de seguridad en sus pequeños coches eléctricos, sobre los jardineros. Y será hermoso subir a la planta ametrallada y observar los restos de sangre, reluciendo metálicos en las pantallas de los ordenadores.
miércoles, mayo 27, 2009
Danza
Todos a la vez sintiendo el dolor, las articulaciones, las fibras musculares estirándose y contrayéndose, el corazón bombeando, con la respiración agitada, con la música machacona de fondo, sincronizándose con el ritmo cardiaco para que tu voluntad pueda más que tu cuerpo. Un pie y otro pie y el pie y el otro pie en la cinta, uno, dos, uno, dos, buf, buf, buf, con la misma imagen ante la vista, el mismo espejo en el que alguien corre, alguien que eres tú pero que no eres tú, no puede ser que el del espejo, aparentemente tranquilo, que levanta las rodillas y apoya un pie y luego el otro, seas tú, el que trata de hacer la lista de la compra sobreponiéndose al dolor, a la molestia de la rozadura que está apareciendo en este momento en tu dedo gordo y que se convertirá en una ampolla repleta de un líquido blancuzco, el que siente su cuerpo de una forma extraña, rotunda, no puede ser que ese seas tú, no.
Y no lo eres, de alguna manera no lo eres, por esa sensación de ausencia de ti mismo, como si la atención que puede dedicar el cerebro al mundo estuviera limitada y se retirara de nuestro interior cuando debe ocuparse del cuerpo. Y no lo eres porque el mero hecho de que esté pasando el tiempo —me quedan aún diez minutos de correr, ya casi está, aguanta un poco más y después a la sauna—, ya cambia al cerebro, el órgano en el que estás contenido, aunque sea algo raro de decir de esa manera, porque el cerebro es una cosa plástica que cambia con cada experiencia, con cada sensación.
Somos mucho más mutables y dinámicos de lo que nos gusta pensar, mucho más, y cuando decimos que una desgracia nos dejó una cicatriz en el alma, estamos utilizando una expresión muy precisa porque eso es, efectivamente, lo que pasó, porque la cicatriz es el recuerdo del dolor, la situación de ese dolor en la historia de tu vida y la música de ambiente que lo acompaña, y está localizada en varios miles de neuronas, que han extendido parte de sí mismas para comunicarse con otras miles y el alma, huelga decirlo, está en el cerebro. Por eso es una expresión tan precisa. Todo eso pienso mientras intento mantener mi respiración regular para que no me duela el costado. Todo eso pienso y menos mal que ya solo me quedan cinco minutos de correr, los últimos tres subiendo mucho el ritmo para sudar mucho y tener la sensación de haber llevado el cuerpo al límite.
También yo soy uno más frente al espejo, inmerso en el no-tiempo, también levanto pesas a la vez que otros miles de personas, también miro mis músculos tensos, también participo en la danza de las mancuernas.
Dios, ¡cómo odio los gimnasios!
Tarde
En el exterior, miles de personas se miraban y se movían de un sitio a otro alrededor de la plaza, con las bocas llenas de dientes blancos y perfectos. Los escotes de las mujeres eran líneas verticales dibujadas con maestría por cirujanos plásticos y los hombres tenían el pecho hipertrofiado y los biceps muy abultados.
Un vistazo pausado y tranquilo a las mujeres del otro lado de la barra le permitió encontrar a una rubia con los labios llenos de botox que le miraba. Se acerco entonces a ella con la sonrisa más falsa que pudo encontrar y le preguntó si le apetecía un mojito, a lo que la rubia contestó que sí. Un grupo de cuarentones en la puerta lanzaba hacia arriba a uno de ellos y gritaba, como si fueran chavales en un viaje de fin de curso.
Él dijo entonces que aquellos eran los mejores mojitos del barrio, que tenían justa fama, que el dueño los preparaba con todo el cariño. Ella asintió y le dijo que solía frecuentar mucho aquel sitio, pero que no le había visto antes por allí.
La plaza, repleta de gente sentada en el suelo charlando, parecía latir con un ritmo particular, más agitado que el de las calles aledañas, más nervioso. Como si todos los que caminaban por allí sintieran alguna clase de urgencia.
Después de un rato de charla intrascendente, se fueron cogidos de la mano y mirándose a los ojos, como si realmente sintieran algo el uno por el otro.
martes, mayo 26, 2009
Necrológica III
No, mi padre no era como dice la prensa. En realidad, mi padre era un hombre asustado, un hombre que prefería pasar por la vida abstraído, aterrorizado por la dependencia emocional que la propia vida impone en su tránsito. Nunca entendí por qué mi madre se había casado con él, nunca. Ahora que soy un adulto entiendo los amantes y las relaciones secretas que mi madre tuvo que buscarse para poder seguir viviendo con aquel hombre que vivía entre libros y papeles, que era capaz de emocionarse con la ejecución perfecta de una obertura y al que, sin embargo, las lágrimas de sus propios hijos molestaban profundamente, haz que se callen los críos, necesito silencio para trabajar, le gritaba a mi madre a cada rato.
Sé que la semblanza no está quedado demasiado halagüeña, que este texto será algo que me tal vez me reproche algún familiar, no mis hermanos, claro, mis hermanos no, por ensuciar su nombre, por poner a la familia en un brete, qué se yo. Pero ya he dicho antes que lo amaba, que, a pesar de sus defectos, era mi padre y que guardo con ciudado los escasos momentos en los que me miró con afecto, las veces que me revolvió el pelo y en las que me sentí querido. Pero ese amor está entreverado de odio, de rabia y de decepción, sentimientos que me gustaría no haber llegado a albergar nunca pero que mi viejo se ganó a pulso con su indiferencia.
Parecía que alguien le hubiera forzado a elegir una vida que no le gustaba, como si fuera obligatorio tener hijos y aparecer ante la sociedad no solo como investigador, como psiquiatra, como profesor universitario, sino también como marido y padre amante pero, quién sabe, las cosas antes eran diferentes y ser un solterón dedicado tan solo al estudio y la lectura podría haberle creado problemas, la gente podría haber pensado que era un invertido o algo peor.
Tal vez amó alguna vez a mi madre o la necesitó, no lo sé. A nosotros no creo que nos quisiera mucho, la verdad, nunca pareció ser consciente de lo solos que nos sentíamos, de tener en casa a cinco adolescentes que se fueron enseñando unos a otros otra manera de ausentarse del mundo, más rápida y efectiva que dedicar la vida al estudio. A los cinco se nos llevó la heroína, la misma mierda para los cinco. La verdad, los cinco esperamos que el sitio al que vaya mi padre sea diferente, que vaya al infierno del racionalista en lugar de al infierno del yonqui, cualquier cosa para no tener que encontrárnoslo por aquí. Todos estamos de acuerdo en que existen cosas que tenían que haberse resuelto en vida, que la oportunidad pasa y entonces hay que cargar con las consecuencias de los propios actos, que ahora ya no es tiempo de arreglar nada, que se ha hecho demasiado tarde. Que lo sentimos, padre, pero que no queremos verte nunca más. Jamás.
lunes, mayo 25, 2009
El otro
viernes, mayo 22, 2009
Mujeres
Aquella otra mujer tenía un cuerpo breve y sinuoso. Una pequeña venus preshitórica con curvas que eran un altar. Comulgué con gusto en él decenas de veces. Y aprendí que la hostia sagrada de la carne no debe dejarse pegada al cielo de la boca sino tragarse con hambre. Nunca supo quién era Poe pero qué pueden los poetas muertos ante la sangre. Desde entonces se reencarna en otras y de vez en cuando se sigue cruzando conmigo.
Aquella otra mujer reía con ganas y movía la cabeza para que se le airearan los rizos. Disfrutaba de la comida, del sueño y del sexo. Sin embargo, tenía hielo en el corazón. Como una superheroína, era capaz de congelar el ánimo desprevenido de cualquiera que se acercara demasiado. Te tocaba con su mano y un punto muy escondido de tu cuerpo alcanzaba el cero absoluto y se desintegraba para siempre.
Aquella otra mujer era delgada, fuerte y flexible. Sus huesos eran engranajes tan perfectos que pasé media vida mirando cómo caminaba, su elegancia de gato. Pero mirar sus abdominales siempre contraídos me agotaba y me levantaba con la garganta atravesada por las agujetas. Un día nos dijimos adiós y ambos ganamos. Pero hay una cajita en la que se me ocurrió guardar un recuerdo de ella y ahora, por su culpa, la ropa del armario está revuelta.
Aquella otra mujer se defendía del mundo dando amor. Y el amor que daba se había convertido en su coraza, en su traje de adamantium. Ella lo sabía y por eso lo sacaba a diario, cogía el algodón mágico que utilizaba para limpiar la plata y lo frotaba con mucho cariño, con cuidado, sin dejarse ninguna esquinita. Casi siempre acababa con los ojos llorosos porque era alérgica al producto. Y, a veces, se cansaba de frotar sin conseguir arrancar las manchas de herrumbre y musgo que tenían algunas piezas. De vez en cuando saca su propio juego de tacitas de té y las frota sin mucho entusiasmo, sin comprender que si consigue dejarlas brillantes, la luz que reflejan iluminará el cuarto oscuro que tiene en casa y en el que tantas fotografías siguen colgadas, secándose, poniéndose amarillentas lentamente.
jueves, mayo 21, 2009
Hace calor y sudo
Hoy voy a escribir esto: «El pasado es un peso que arrastramos».
Esta frase no es mía. Es un verso de Carlos Marzal. Así que probablemente hubiera debido utilizar un verbo más preciso: copiar, transcribir, citar.
Intentémoslo de nuevo: «Hace calor y sudo».
Esta frase sí que es mía. De hecho, parece que es la frase más mía que pueda concebirse pues según varias personas a las que se ha hecho la pregunta: «¿Quién podría escribir una frase así en un cuento?» la respuesta ha sido: él. O sea yo. Este de aquí, de este lado.
Parece que en mis historias una cosa lleva necesariamente a otra, todo está plagado de subordinadas causales, condicionales, adversativas. Como si el universo fuera una inmensa rejilla en la que todo tuviera que estar organizado en categorías, cada cosa en su cajita, y cada cajita en su armario.
Intentémoslo otra vez: «Sudo. Hace calor. He matado a mi mejor amigo por una mujer y el asesinato no es como yo imaginaba, parece que el que ha apretado el gatillo ha sido otra persona. Miro su cadáver y no comprendo lo sucedido. De alguna manera, no me encuentro dentro de mí, estoy en otro sitio.»
Creo que sigue teniendo cierto tufillo. Tal vez tenga que ver con el tema elegido.
Veamos: «Sudo. Acabo de confesar a mi mejor amigo que estoy enamorado de él. No ha sido como yo imaginaba. He pasado mucho tiempo dándole vueltas a esta situación y nunca se me había pasado por la cabeza que mi mejor amigo pudiera mirarme así, con asco. No soporto esa mirada.»
Buf. Creo que sigue teniendo cierto tufillo. No hay manera.
Y ahora: «Las golondrinas ya habían llegado al pueblo el día que murió el alcalde por una indigestión. Siempre había sido comilón pero todos los parroquianos de la taberna de la Antonia estaban de acuerdo en que había tenido una muerte feliz. En la máscara funeraria que le encargaron los intelectuales del casino aún podía contemplarse su sonrisa.»
Este me gusta más pero creo que no hay manera de que un texto mío suene como si no fuera mío. No sé si es bueno o malo.
Estoy preocupado. Hace calor y sudo.
martes, mayo 12, 2009
Espacio-tiempo
El 9 de enero de 2008 se observó por fin el estallido de otra supernova diferente a la que ya registró Kepler. Un satélite de la NASA llamado Swift detectó un incremento masivo de rayos gamma. No es difícil imaginar a un astrónomo, con ropa informal y aspecto de científico, encima de algún monte terrestre, observando el universo a través de un telescopio cuando de repente recibe la notificación del estallido. En respuesta al mensaje, el astrónomo cambia la resolución de su telescopio, lo ajusta a una distancia diferente y observa con atención. De hecho, sería posible buscar el lugar exacto en el que el astrónomo trabaja y comprobar que su gesto es parecido al de Kepler. Ese astrónomo, de alguna manera, está viajando en el tiempo. No solo por repetir un gesto con más de cuatrocientos años de antigüedad sino porque, con sus gafas y su barba descuidada, lleva tres horas estudiando una galaxia y ahora está enfocando la explosión de la estrella con un aumento diferente, y ese cambio en la resolución provoca que esté mirando algo que está en un pasado diferente. Si el astrónomo fuera más dado a la metafísica, podría advertir que, de alguna manera, su propio tiempo ha desaparecido.
Si ambas estrellas se hubieran encontrado exactamente a cuatrocientos cuatro años luz de distancia, ambas explosiones podrían haberse producido a la vez. Ambas estrellas podrían haber muerto al tiempo que los últimos Neanderthales se extinguían y que los tigres de dientes de sable iban convirtiéndose en huesos blanquecinos y más tarde en polvo. Desde entonces, la luz de ambas no deja de moverse camino de nuestro planeta. Podríamos imaginar esa luz que viaja, sin descanso ni cambios, como una flecha, como un tubo extensible, como una manguera que gira sin parar pero la física dice que es más exacto imaginar que el universo se retrae a medida que ella pasa, como una ameba. Esa luz viaja, año tras año, siglo tras siglo, sin alterarse, siempre la misma velocidad, segura de que nada en el universo puede viajar más rápido que ella, segura de que la única magnitud que se mantiene inmutable en todas partes es precisamente su velocidad, segura de que, debido a ello, cuando ella se mueve, es el continuo espacio-tiempo el que se deforma. La ameba la que se retrae.
Cuando contemplo el cielo en una noche sin luna, recuerdo que todas las estrellas que vemos se encuentran a una distancia diferente y que esa imagen tan propia de la literatura de todos los tiempos, esa imagen que ha fascinado a la humanidad desde sus inicios y que ha impelido al hombre al estudio de los astros y a la construcción de calendarios (el cielo tachonado de estrellas que diría un clásico) es algo muy extraño, es una instantánea del espacio, sí, pero también del tiempo. Miro allá arriba, mientras la brisa hace un sonido marino entre los árboles, y observo objetos que creo reales pero que tal vez ya no existan porque, en realidad, lo que estoy haciendo es mirar el pasado. Un pasado diferente para cada estrella. Y también recuerdo la seguridad de la luz en sí misma, su constancia, su absoluto convencimiento.
Y Fatboy Slim canta Right here, Right now. Y lo hace justo aquí y justo ahora.
¿Lo entienden?
sábado, mayo 09, 2009
Lisboa
Y entonces te dices que el mundo puede clasificarse en dos clases de personas: las que aman Lisboa y las que no, las que piensan que la decadencia en las antiguas ciudades imperiales las dota de una atmósfera especial y las que solo son capaces de ver la suciedad y la desorganización y el caos del tráfico.
Y ambos pertenecemos a la primera categoría, claro. Como si hiciera falta decirlo.
jueves, mayo 07, 2009
Enhorabuena
Al día siguiente acudió a una cita con su ex mujer que había fijado una semana antes. Llevaban tres años separados después de un largo matrimonio. Tenían una relación cordial y solían verse una vez cada tres meses, más o menos. Cuando quedaban para cenar charlaban de cómo estaban, de sus respectivas familias, de los amigos comunes.
Aquel matrimonio había tenido lugar para que, en el caso de que ella se quedara embarazada, sus padres no pudieran alegar nada, no pudieran empañar ese momento con ninguna de sus obsesiones sobre el pecado y demás zarandajas. No obstante, a pesar de que él siempre quiso tener hijos, aquella precaución resultó inútil. Solo les sirvió para poder dormir juntos cuando iban a la ciudad de ella.
Aquel día su ex mujer también le contó que se había quedado embarazada. Estaba contenta y asustada, como casi todas las mujeres a las que les sucede por primera vez. Asustada de los cambios que el futuro traería, por la transformación de su cuerpo. Se alegró mucho, claro. Muchísimo. Tanto que, si no hubiera terminado con su chica un par de días atras, la habría llamado alborozado para comentarle la noticia.
viernes, mayo 01, 2009
Marqués
Y una parte de mí iba con él.
Carlos, que así se llamaba el joven hijo del marqués, cuya experiencia con las mujeres se reducía un par de visitas a una mancebía de la capital de provincia, Córdoba, se sintió morir al comprobar que lo que había buscado con tanto ahínco se terminaba tan prematuramente, justo dos torpes embestidas después del comienzo del asalto a la doncella en una estancia aneja a la cocina. Entonces, se subió la ropa interior y se dio la vuelta sin ni siquiera intentar una disculpa, mientras que su semilla ya viajaba lenta hacia las trompas de Falopio de la mujer, en cuyo interior, por una de esas casualidades capaces de cambiar la vida de cualquiera, esperaba un óvulo maduro y listo para ser fecundado.
Y una parte de mí viajaba con él.
Francisco Castro Aguilar nació una primavera de 1891 y cargó toda la vida con el estigma de llevar los dos apellidos de la madre.
Y ahora para describir la infancia de Paco deben aparecer mulas, arrieros y aguadores, alpargatas, vino de Montilla y aguardiente, pequeñas casas blancas, levantadas en los alrededores de un castillo medieval, construido en los tiempos de los moros. Debe aparecer el viento, moviendo dulcemente el trigo y agitando las ramas de los olivos y también los atardeceres de verano, con su brisa fresca; las riadas de barro en mitad de las calles, la noche oscura y casi sin iluminación, los libros de salmos, la misa diaria, la fiesta de la matanza. Y, sobre todo, debe aparecer la vergüenza. La sensación de saberse señalado, de cargar con una culpa de la que no se ha participado, la angustia sorda, el reproche callado.
Y para continuar con su adolescencia —el «abuelo viejo» para mí cuando era un niño—, debe aparecer la sorpresa en su cara cuando el marqués se le acerca y le da un duro para que se tome unos vinos. Y la vergüenza de saberse hijo ilegítimo del noble y los reproches airados de la madre.
Y para seguir con él debe aparecer el orgullo herido en su cara cuando, ya hombre, coge el dinero que el marqués le pone en la mano para montar una taberna y una tienda y deben aparecer las habladurías, los corrillos, las miradas tras los visillos, las conversaciones en la taberna, debe aparecer una pelea con los puños por una insinuación mal traída. Y también debe aparecer su semblante dolido cuando contesta a su madre: «Madre, el hombre solo trata de ayudar, no sea usted tan rencorosa».
Y para terminar, ahora debe aparecer la guerra y la sangre y después, unos años después, el hambre. No hay comida casi en ningún sitio, las mujeres son capaces de prostituirse por un kilo de garbanzos para llevar a sus casas, el odio recorre las calles, las rencillas llevan a los hombres al paredón. Y debe aparecer una tienda de pueblo con las estanterías cargadas de género, con Paco ya maduro detrás del mostrador, una tienda que permite a toda su familia comer bien, incluso a los nietos recién nacidos, a los que no falta la leche en abundancia.
Y todo esto para llegar hasta hoy, hasta aquí, hasta mí que estoy contando esta historia. Solo por culpa de aquel espermatozoide nervioso que fecundó a aquel óvulo. Un hecho tan nimio, tan insignificante, tan cargado de oprobio.
Pero el tiempo llueve lentamente sobre las cosas y suaviza las aristas del dolor y de la traición.
Mi familia no pasó hambre. Gracias, marqués.