jueves, marzo 27, 2008

14:25

Me pregunto por qué, exactamente a las 14.25, todos los días, absolutamente todos los días, experimento esta sensación de hastío y cansancio, este peso que me aplasta, esta insatisfacción. Me pregunto por qué tiene que ser a las 14.25 cuando todo el mundo sabe que el tiempo es una ilusión y un invento bajomedieval que aparece a la vez que los relojes.

Entonces, sin apresurarme, me levanto y, con cuidado, adelanto todos los relojes de mi casa un par de minutos. Pero al día siguiente cuando todos esos mismos relojes indican las 14:27, el desánimo arremete en mi contra y vuelvo a hundirme en mí mismo. Durante toda la semana, a las 14:27, ni un minuto antes ni un minuto después, me siento decaído, a disgusto.

A la siguiente semana, me deshago de todos los relojes, intentando, como si fuera un niño que cuando cierra los ojos piensa que los demás no lo ven, evitar la sensación. Quizá si no existen relojes en la casa, mi cuerpo lo olvide todo, olvide que a esa hora tiene la tarea de ponerse mustio. Pero no lo consigo, claro. A pesar de no tener relojes en casa, todos los días me asalta la dichosa sensación y aunque ya no tengo reloj sé que la maldición de las 14:25 sigue estando dentro de mí.

Tras unos meses estoy tan cansado que al final acudo al médico. Después de tres semanas de análisis, el médico me dice que la culpa es del marcapasos que me implantaron hace cinco años. Un defecto de fabricación: su reloj interno, necesario para marcar la frecuencia de mi corazón, no funciona bien. No es la primera vez que ve un caso así. Probablemente tenga que ver con que Siemens ha trasladado la fabricación de los aparatos a China.

martes, marzo 25, 2008

Tatuaje

De todos los amigos de mi madre el que más nos gustaba a mi hermana Ana y a mí era Juan, que siempre nos besaba y nos hacía reír. Mi hermana, que es cuatro años mayor que yo y entiende mucho de esas cosas dice que, además de guapo, es elegante. Pero yo creo que nos caía bien no sólo porque fuera guapo sino porque nos hacía cosquillas y nos trataba muy bien, siempre riéndose y de buen humor el día que había quedado con mi madre para cenar.

Cuando mi madre salía, nos dejaba con la tía Vane. No nos caía muy bien y siempre nos estaba diciendo que no revolviéramos en los cajones y que no hiciéramos demasiado ruido porque tenía resaca, que es lo que tienen los adultos cuando beben más alcohol de la cuenta, según mi hermana, pero no podíamos elegir. A mí el alcohol no me gusta, de eso estoy segura. Lo probé con Ana un día que la tía Vane se descuidó y me ardió la garganta y se me saltaron las lágrimas y tuve que ir al servicio a vomitar mientras mi hermana se reía de mí, y por eso no entiendo como a los mayores les gusta tanto, pero supongo que pasa como con el tabaco, que también es asqueroso y los mayores, sin embargo, no dejan de echar humo todo el rato. De todas maneras, ya no tenemos que ver a la tía Vane porque ahora mamá ya nos deja solas sin problemas y porque, según mi madre, la tía se ha liado con un indeseable y no es muy seguro que pasemos la noche en su piso. A mí me parece bien porque tampoco me gustaba demasiado pasar la noche allí, la verdad. Aquel piso, el que estaba justo enfrente del nuestro en el pasillo, apestaba a colillas y no estaba muy limpio, con todas esas botellas vacías en la cocina.

Y fíjate, a pesar de lo mal que huele, que no lo soporto, a mi hermana Ana sí que le gusta el tabaco, porque después de aquella noche en la que durmió fuera y en la que mi madre se bebió tres copas (algo que no hace nunca porque dice que el alcohol es la peor de las drogas y que si te agarra no te suelta nunca) dice que se ha ganado el derecho de fumar donde le dé la gana. No sé. A mí me molesta que fume en el cuarto porque a la hora de dormir huele mal pero no se lo digo porque muchas veces veo que se echa a llorar sin hacer ruido y entonces enciende un cigarrillo y parece que la consuela. Yo no sé porque está triste pero cuando le pasa eso me meto en su cama y le doy un abrazo y a ella parece que le gusta porque se queda quieta, sin hablar, sorbiéndose los mocos hasta que se tranquiliza. Y luego se duerme y no tiene pesadillas.

Aquella noche no me extrañó que no estuviera a la hora de cenar porque había empezado a salir a cenar fuera algunos días, como mamá. Pero sí que me sorprendió haberme despertado de madrugada y no verla en la cama de al lado, como el resto de las veces. Ana llegó a casa a las diez de la mañana, en el coche del tío Juan, un coche grandísimo que tiene y del que presume siempre mucho porque es alemán y parece que los coches alemanes son lo mejor, un auténtico prodigio de la ingeniería alemana, como siempre dice él, aunque yo no sepa lo que significa eso demasiado bien. Y mi hermana se bajó del coche del tío muy seria y estuvo un día entero sin salir de su habitación. Y a los dos días fue a donde el Antuán a que le borrara el tatu que se había hecho unos meses antes.

Yo, de verdad, es que a mi hermana no la entiendo, tanto tiempo dando la murga para que mi madre la dejara hacerse un tatu y luego va y se lo borra. No sé, debe ser la adolescencia, como dice a veces mi madre. El caso es que el tío Juan tiene un tatuaje en el cuello, una estrella de cinco puntas pequeñita y siempre nos lo enseñaba muy orgulloso. A mí me gustaba bastante pero a mi hermana le encantaba. Tanto, que estuvo durante cuatro meses pidiéndole a mi madre que la dejara hacerse uno hasta que mi madre dijo: “Haz lo quieras, por Dios, haz lo que quieras, ya no soporto más tener que aguantar la misma cantinela todos los días, déjame en paz”, que es lo que suele decir cuando está harta de nosotras, y que va siempre antes de: “No sé qué habré hecho yo para merecerme este castigo. No os soporto. A veces, de verdad…”, y de echarse a llorar. Pero luego se arrepiente y nos abraza y nos dice que no le hagamos caso y que nos quiere mucho. El caso es que mi hermana aprovechó que mi madre tenía uno de esos días en los que no se le puede hablar mucho, en los que tiene ojeras y, a veces, marcas en el cuello, como si un vampiro le hubiera mordido por la noche. Casi siempre está así después de las noches en las que sale con el tío Juan, que se pone guapísima, con su minifalda y los tacones más altos que tiene, con las tetas bien visibles porque mi madre siempre insiste en que si queremos gustar a los hombres tenemos que estar atractivas y que a los hombres lo que les gusta de verdad son las tetas y los tacones. Yo todavía no tengo tetas pero llegará un día en que las tendré por lo menos tan gordas como las de mi hermana, que, según dice mi madre tiene unas tetas preciosas. En fin, que como era uno de esos días y mi madre le dijo que podía hacer lo que quisiera, mi hermana aprovechó la oportunidad y fue a su cuarto a sacar dinero de un estuche que tiene, que me lo ha enseñado y que yo sé que tiene mucho dinero, billetes verdes y todo, y cogió dos billetes grandes y salió corriendo. Cuando volvió me enseño orgullosa una rosa que se había tatuado en el hombro y que todavía estaba hinchada y roja y cubierta por una gasa para que no se infectara. Y al mes ya no estaba hinchada y la verdad es que le quedó preciosa. Y después de todo aquello, ahora va y se la quita. Le ha quedado un trozo de piel en el hombro bastante feo y aunque ella dice que con el tiempo la cicatriz apenas se notará, yo no acabo de creérmelo.

No sé por qué ha decidido borrarse el tatu con lo bonito que era, pero, bueno, ella sabrá. Mi hermana a veces tiene sus cosas y últimamente tiene días en los que está de muy mal humor y entonces procuro no acercarme demasiado porque no suele ser muy cariñosa esos días e igual me llevo una torta. Pero otros días es la mejor hermana del mundo y sé que me quiere y que se preocupa por mí y me da besos y me hace regalos, como el día que fue conmigo a la tienda y me compró un estuche de maquillaje de los de verdad, de los de mayores y me enseño a ponerme sombra de ojos y a pintarme los labios como una estrella de cine.

De todas maneras, me he dado cuenta que desde aquella noche, mi hermana siempre tiene dinero para sus gastos y que mi madre no se lo da. Además ahora a mi madre no le importa tanto que vuelva tarde. Una vez se preocupó pero fue porque trajo un ojo a la funerala, pero fue sólo aquella vez. Será que cuando llegas a los quince años ya eres mayor de verdad y entonces nadie tiene que decirte lo que tienes que hacer.

El caso es que mientras más lo pienso más ganas tengo de llegar a la edad de mi hermana para poder tener dinero y no tener que dar explicaciones a nadie. Y sobre todo, por las tetas, porque tengo muchas ganas de tener tetas. Pero, de todas maneras, por si acaso, yo no me voy a hacer ningún tatuaje, vaya a ser que cambie de opinión a los dos meses y me lo tenga que borrar. Y estoy segura de que, diga lo que diga mi hermana, la cicatriz que te queda debe ser horrorosa.

lunes, marzo 24, 2008

Escritura

"Como en la pareja del amor en que, por relación feliz o infeliz, nos hacemos cargo de quienes somos a través del contraste, el rencor o el perdón, con la escritura -otra alta forma de intimidad- accedemos a imágenes de nosotros mismo que nunca antes habían sido reveladas. En el amor, como en la escritura, sin proponérnoslo, nos hacemos fotos continuas, de perfil, de frente, de cuerpo entero, en la turbulencia de conocer y reconocer lo dicho y lo no dicho."

De la entrada del blog de Vicente Verdú del 17 de Marzo de 2008 titulada Fotos.

Y sigo sin tener nada que decir.

martes, marzo 18, 2008

Erotismo

"(...) Creo que nuestras figuras bíblicas de Adán y Eva responden a la figura del andrógino en otras culturas. Es decir, Adán y Eva eran dos componentes del andrógino como todo ser que vive en el sonambulismo del paraíso o de la edad de oro. Entre Adán y Eva no hay auténtico erotismo en el paraíso. El erotismo se manifiesta en el momento de la expulsión, en que son capaces de reconocer aquellas contradicciones que antes hemos indicado. No hay erotismo si no hay constancia de escisión, de separación. No hay erotismo si no hay constancia de la muerte y del tiempo, porque el erotismo no deja de ser siempre una especie de convocatoria desesperada frente a esa conciencia de la muerte y del tiempo. Por eso te diría que no hay erotismo si no puede haber lenguaje, el juego del lenguaje, el intercambio. Entonces Adán y Eva estaban en la misma condición del andrógino. De hecho, Adán y Eva forman una unidad andrógina antes de ser expulsados del paraíso. Por tanto, no hay auténtico Eros. Para que haya Eros, y eso Heráclito lo veía muy bien, es necesario que haya eris, discordia: para que haya cosmos que haya caos; en ese sentido, es el reconocimiento del caos, una vez has puesto la patita fuera del paraíso, lo que te lleva al erotismo, al sentimiento de lo sagrado y fundamentalmente al amor, que es una palabra desigual que creo que integra todos estos niveles que hemos hablado. Es la consecuencia del lenguaje, del juego de los cuerpos de su tensión violenta, y el amor es la consecuencia de la confrontación entre muerte e inmortalidad. (...)"

De El caos creador, entrada en blog de Rafael Argullol.

No creo que se pueda decir mejor. Así que ni lo intento.

lunes, marzo 17, 2008

Incomprensión

Mira a Juan con la incomprensión marcada en los ojos. En ese momento no le duele pero cuando retira la mano con la que se ha agarrado el vientre, la retira llena de sangre. Así es como acaba todo, piensa. No siente miedo, la desaparición no le preocupa. Nunca ha pensado demasiado en el final, nunca lo ha considerado necesario. Lo que más le molesta de la escena es que, al final, su odiosa vecina va a acabar llevando razón sobre lo de que cualquier día aquel animal la iba a matar. Ya se la imagina presumiendo de perspicacia ante las cámaras de televisión. Imbécil.

La noche de su primera cita todo había ido sobre ruedas, Juan había llegado a su casa a las 19.00, sin retraso, oliendo muy bien y recién afeitado. Le gustaban los hombres puntuales, los que no la hacían esperar. Demostraban respeto por ella. Hacía tiempo que no salía con nadie, casi un año, y estaba algo nerviosa. El vestido negro de tirantes y los tacones habían sido, como siempre, su elección. Se veía muy guapa. Juan la había llevado a cenar a un restaurante japonés y fue en esa cena cuando decidió acabar con él en la cama en la siguiente cita. Él había apostado por la comida exótica para impresionarla pero ella tuvo que reprimir más de una sonrisa para no incomodarlo. Como cuando Juan se había llevado el wasabi, esa pasta verde que sabe a rayos, directamente a la boca, en lugar de mezclarlo con la salsa de soja. En fin, sus esfuerzos por parecer mundano le parecieron enternecedores. Al final, Juan había reconocido que la comida japonesa no le gustaba mucho (más bien nada) y que era la primera vez que pisaba un restaurante así. Cómo evitar acabar en la cama con un hombre así, que se mostraba tan torpe en su primera cita con una mujer.

Tenía que haberme ido, piensa mientras la sangre se escurre por sus piernas hasta el suelo, tenía que haberme ido o haberlo denunciado alguna de las veces en las que me pegó, haber hecho algo, haber pedido ayuda, haber huido. Mira la sangre y sigue sin creerse que sea suya, que todo esto le esté sucediendo a ella, que vaya a ser portada en los periódicos. Mira la sangre y no comprende qué impulso suicida la animó a quedarse. Mira la sangre y no entiende nada.

jueves, marzo 13, 2008

Monegros

En el desierto de los Monegros, una mancha de aridez en mitad de la península ibérica, unos militares hacen maniobras. En un ejercicio en el que se entrenan para trabajar con minas antipersona (una de nuestras mejores bazas en el mercado internacional de armas), una de ellas queda olvidada debajo de unos matorrales y la dejan allí, oxidándose y volviéndose del color del desierto.
Diez años más tarde y después de haber conseguido los permisos necesarios, en el día de inauguración del primer casino de la Ciudad del Pecado (que parece la Mezquita de Córdoba en versión kitsch, como si el esplendoroso pasado Omeya de la ciudad hubiera sido pasado por un filtro de Disney, despojado de su verdadero significado, simplificado y coloreado para ser entendido por espíritus pueriles) el dueño de la corporación que lo ha financiado está a punto de cortar la cinta de inauguración cuando suena una explosión.
Milagrosamente intacta después de tantas obras, la mina antipersona ha ido a explotar justo bajo los pies del alcalde del pueblo que más ha luchado por la construcción del complejo de casinos (muchísimo trabajo para la zona, tan pobre y deprimida). Como esas minas están diseñadas para herir al enemigo y no para matarlo, el alcalde sólo pierde una pierna, seccionada a la altura de la rodilla. La pierna da unas vueltas en el aire y cae de pie, chorreante de sangre, con el zapato aún puesto.
Gracias a la cantidad de fuerzas de orden público presentes en el acto de inauguración y a las ambulancias traídas para tratar las posibles insolaciones que pudieran producirse a cuarenta y cinco grados al sol, la pierna es rápidamente introducida en hielo, la hemorragia del alcalde contenida y ambos llevados con rapidez al hospital más próximo (a sólo quinientos metros, pues la corporación ha tenido en cuenta los posibles infartos y ataques de ansiedad que el juego puede producir en los adictos). Lamentablemente, el personal sanitario en prácticas no puede hacer nada para salvar la pierna del alcalde.
La corporación, después de emitir una nota de prensa lamentando el suceso y eludiendo su responsabilidad, comunica que se dispone a regalar al alcalde una pierna de plata maciza con su logotipo grabado. Una muestra de desagravio y también una manera de conjurar la mala suerte que parece haberse abatido sobre el complejo (algo importante para gente tan supersticiosa como los jugadores).
Desde entonces, los jugadores habituales que acuden a The Great Mosk, gente capaz de gastar hasta un millón de euros en una semana, tienen como costumbre tocar la pierna de plata del alcalde para intener atraer las buenas rachas. Dan buenas propinas y el alcalde está encantado.

miércoles, marzo 12, 2008

Adamantium

El hombre acorazado estaba cansado de serlo. Cada vez que su cerebro detectaba algún problema, todo su cuerpo se cubría de un metal indestructible, el adamantium. Por eso le llamaban Coloso, porque, aparte de su envegardura (más de dos metros y ciento cuarenta kilos de músculo) era prácticamente indestructible.
Pero su cerebro no funcionaba bien y el adamantium cada vez era más inoportuno. Conocía a una chica, se gustaban y justo cuando empezaban a besarse, aparecía la coraza metálica. O cuando estaba deprimido y algunos programas ridículos de televisión le producían ganas de llorar, otra vez la coraza. Estaba entrenando, recordaba con ternura a su madre y entonces la coraza hacía inútil el entrenamiento. En fin.
Harto de que le sucediera aquello decidió ir al psicólogo para intentar encontrar una solución al problema. El profesor Xavier (bastante mejor que un psicólogo, pues un mentalista puede saber verdaderamente lo que sus pacientes sienten) le dijo que el mecanismo cerebral que hacía que se disparara la coraza era el peligro y que el problema que tenía era que se sentía en peligro cuando notaba que alguien se aproximaba demasiado. También le dijo que era posible convertirlo en alguien normal, sin mutaciones extrañas y sin coraza y que debía elegir entre seguir siendo Coloso o convertirse en una persona corriente.
Y desde entonces lo está pensando. Harto de estar solo, a veces se inclina por convertirse en uno más pero en otras ocasiones cree que la coraza lo ha dotado de un destino. Lo que más le molesta de todo es no poder llorar. La coraza recubre por completo los conductos lacrimales. Un defecto de la mutación, probablemente.

martes, marzo 11, 2008

Escarcha

El cielo está cubierto. Hace frío. La primavera que se insinuaba la semana pasada ha desaparecido. Otra vez el frío y el crudo invierno. Hay 6.655.814.457 personas en el mundo y no todas sufren el invierno. Y aunque lo sufran, no todas lo tienen dentro. Cada una de ellas tiene 100.000 millones de neuronas, con más de 100 billones de conexiones entre ellas. La complejidad del mundo es fascinante y fría como una imagen desplazada hacia el espectro del azul. Nítida, perfecta y falsa. Como un signo de este tiempo de imposturas.

Los carámbanos gotean indiferentes. La escarcha es lo que tiene.

lunes, marzo 03, 2008

Dentadura

(a la Princesa de hojalata)

Había perdido todos los dientes. Ahora llevaba dentadura postiza. Durante mucho tiempo aquello no le había importado en absoluto pero últimamente se había convertido en una especie de obsesión para él. No tenía dientes. Tenía cuarenta años y no tenía dientes. Tenía cuarenta años, aparentaba cincuenta y no tenía dientes. Sí tenía un gigantesco callo en su brazo, pero dientes no tenía. Había conseguido dejarlo, había conseguido pasar de los cuarenta cuando tantos de sus amigos habían muerto con los ojos abiertos, mirando la línea de amanecida del horizonte. Pobres gilipollas. Pobres idiotas sin fuerza de voluntad.

Él, sin embargo, había conseguido salir de aquello y sólo había perdido los dientes. De vez en cuando, todavía soñaba que los dientes se le caían todos a la vez y le llenaban la boca, asfixiándolo. Eso es lo que quedaba de sus dientes. Ese sueño. Sólo eso.

Después de todo lo que había pasado no podía quejarse. Es cierto que su hígado estaba bastante deteriorado y que seis años de su vida se habían desvanecido casi por completo. De esos seis años sólo recordaba la sensación de paz infinita que conseguía cuando se chutaba, una sensación de felicidad cada vez más desvaída, como si fuera una fotografía que poco a poco va perdiendo los colores. Hasta que un buen día, miró a su alrededor y vio un colchón viejo manchado de excrementos y un montón de espectros que se movían como almas condenadas. Ese día decidió que debía dejarlo, que no podía seguir en aquella situación, así que no se le ocurrió otra cosa que pasar por la parroquia y pedir ayuda. Y se la dieron, inició el tratamiento de metadona (menuda mierda, la metadona) y acabó por dejarlo. Acabó por dejarlo casi todo.

A veces se preguntaba qué habría hecho en aquellos seis años, a qué se habría dedicado, cómo habría conseguido el dinero necesario para arrastrarse hasta aquel colchón, apretar cualquier cosa en torno a su brazo y pinchar la aguja. Pero, en realidad, no quería saberlo. Había dejado atrás todo aquello, había renacido, se había convertido en otra persona y descubrirlo le daba miedo.

Una pena lo de sus dientes. La verdad.

domingo, marzo 02, 2008

Tics

El día en que su estribo izquierdo, el pequeño huesecillo del oído interno, dejó de vibrar, todo se le complicó. A partir de ese día, su vida se hizo muy difícil. Como no oía por la oreja izquierda, comenzó a girar bruscamente la cabeza cuando alguien le hablaba por ese lado, algo que solía sobresaltar al interlocutor. Pero eso no fue todo. En unos meses, a la falta de oído se le había añadido una desconcertante falta de equilibrio. Estaba de pie y, cuando cerraba los ojos, se desplomaba. Sólo cerraba los ojos si se encontraba tumbado y podía, de alguna manera, contrarrestar el mareo. Pero como tampoco resultaba agradable dormir siempre con la impresión de estar borracho, se hizo adicto a los estimulantes, que conseguían eliminar en parte esa sensación. El único problema era que se le quedaba la boca tan seca que la costumbre de pasarse los dedos por las comisuras de los labios para eliminar esa saliva blanquecina se añadió a su colección de gestos. Además hablaba tan bajito (para que le escucharan, decía) que había que prestarle mucha atención para saber lo que decía.

Se convirtió en un tipo extraño con la vista extrañamente fija, alguien que apenas parpadeaba y que giraba la cabeza como un poseso cuando cualquiera le decía algo a su oreja equivocada, que hablaba muy bajito y que se limpiaba constantemente la saliva de las comisuras de los labios. Alguien con una conversación demasiado rápida, nervioso, que pasaba constantemente de un tema de conversación a otro, que se aturullaba. Un hombre al que el cerebro le funcionaba (excitado por el río de fármacos) a mucha más velocidad que la boca. Se convirtió en un tipo raro. En la empresa, en su barrio, en los bares que frecuentaba, todo el mundo lo conocía. Aunque no supieran su nombre, bastaba hablar de alguno de sus tics para que cualquiera lo recordara al instante. La gente hablaba con él. Tenía amigos por primera vez.

Cuando el maldito estribo izquierdo volvió a funcionar, no se lo dijo absolutamente a nadie.

jueves, febrero 28, 2008

Paisaje con bits

En el Paseo de la Castellana, en la novena planta de un edificio, la palabra “deseo” que alguien había escrito en un correo electrónico se convirtió en una ristra de números, que ocuparon 8 bytes, que son 64 bits, que a su vez son unos y ceros, que no son sino meras señales eléctricas de la presencia y de la ausencia. Esos impulsos eléctricos alcanzaron la red de la empresa, que estaba conectada con otras redes y estas a su vez con otras, hasta alcanzar la red de destino, en la que había una persona esperando ansiosa una respuesta. Las señales eléctricas no eran conscientes de estar transportando la palabra que cambiaría para siempre el destino de las dos personas que intercambiaban el correo, ni siquiera eran conscientes de ser señales eléctricas. Tampoco los cables, ni la fibra óptica enterrada bajo el asfalto, ni las señales de microondas que subieron al cielo buscando al satélite. Simplemente se unieron a la ristra de palabras y números y signos y caracteres extraños que los ordenadores intercambian entre sí y que hace que el mundo, incluso cuando todo está silencioso, emita un zumbido muy por debajo de nuestro umbral de percepción.
Esa palabra llegó a su destino justo dos segundos después de haber sido escrita y provocó un flujo anormal de serotonina en la persona que la leyó, la puso nerviosa haciendo que pensara en la expresión “mariposas en el estómago” y provocó una ensoñación en la que aparecían una cama deshecha, periódicos de domingo, niños, y un dulce envejecimiento.
La palabra había cumplido con su objetivo, y después de que la persona que la había leído cerrara su ordenador, se quedó a vivir en el servidor de correo. Ya no era la misma, ahora apenas era una sombra de la que fue. Vive allí con otro montón de palabras olvidadas que ya casi nadie lee nunca. Pero siempre se acuerda de la emoción con la que la leyeron por primera vez y eso la hace feliz.

lunes, febrero 25, 2008

Abogado

Mientras prepara un caso especialmente complicado se le viene a la cabeza que es el tiempo el que proporciona sentido a los acontecimientos de la vida, que lo que, a primera vista, es un cúmulo de coincidencias, acaba por adquirir sentido cuando se recuerda, no cuando está sucediendo. Todos miramos hacia atrás e imaginamos un curso, un camino que conduce directamente hasta el lugar en el que estamos. Eso piensa.
Tal vez estudió derecho porque a los dieciocho años, su novia de entonces estaba segura de hacerlo y pensó que si hacía lo mismo, la conservaría para siempre. Luego no la conservó, pero eso es otra historia. El caso es que si no la hubiera besado en aquella fiesta, probablemente hubiera estudiado otra cosa y no hubiera acabado siendo abogado del estado, ni estaría ahora aquí preparando este caso. Quizá si hubiera evitado ese beso ahora estaría en Estados Unidos trabajando para la NASA, o en Burundi con Médicos Sin Fronteras o saliendo por quinta vez de una clínica de desintoxicación.
Sin embargo, él (abogado del estado y padre de familia) se cuenta una historia diferente. Se cuenta una historia de ficción, en la que hay un planteamiento (el joven estudiante de derecho), un nudo (las oposiciones, la preparación de los temas, la academia, los nervios) y un desenlace (aprobado y toda una vida trabajando en el mismo sitio a cambio de estar a salvo del futuro). En realidad, se cuenta la historia de su propia vida como si fuera una novela. La única novela que realmente le importa.
Mientras sigue investigando los rastros contables de una inversión poco clara, continúa recordando. Siempre hay algunos momentos en la vida de todos que brillan con especial intensidad, pasajes de especial relevancia que tienen importancia en la trama posterior. Momentos buenos (el aprobado, el destino en nuestra propia ciudad, los hijos) y también momentos malos (la muerte del padre, la traición, el abandono). Todo, sin embargo, pierde sus aristas con el tiempo y sabe que lo que hoy le parece inolvidable no lo será durante mucho tiempo. Y para confirmarlo sólo debe intentar recordar con exactitud la cara que sus dos hijos tenían de recién nacidos.
En realidad, piensa, la trama de su novela (como la de todos) no acaba de permanecer, no acaba de contar siempre la misma historia, es como si las páginas impresas estuvieran siempre desenfocadas y cuando fijara la vista la historia adquiriera una forma provisional tan sólo para contentarlo. Sólo porque en ese momento vuelve a releer una página, la página se detiene un instante. Sin embargo, en cuanto pasa a otra, la primera vuelve a su vibración, a su inconstancia. Todo cambia y apenas hay nada ya que permanezca. Pero eso no le preocupa demasiado, al fin y al cabo, no importamos mucho en el curso del mundo y no dejaremos más que una leve huella, que desaparecerá pronto.
Pero ahora tiene que seguir preparando el juicio y no debería entretenerse con estas ideas. Hay que vivir.

miércoles, febrero 20, 2008

Accidentes

Me siento vivo y recuerdo, noto el cinturón de seguridad ajustado en mi pecho, siento la velocidad y la sensibilidad en mi piel y otra vez, casi inmediatamente, se produce el golpe, un choque tremendo que hace que mi cuerpo cruja, que se desplace hacia delante bruscamente, provocando que el cinturón se marque inmisericorde en mi pecho, que se abra el airbag en milésimas de segundo y que mi cabeza bamboleante se hunda en él (gracias a Dios estaba ahí y ha evitado que mi cuello se partiera por la mitad). Ahora, justo una décima de segundo después (qué dificil describir estos intervalos de tiempo infinitesimales), la cabina empieza a deformarse, y advierto que he salvado el cuello pero que ahora son mis piernas las que están sufriendo, astillándose, rompiéndose ante el empuje imparable del acero alemán, o francés o chino o coreano o norteamericano, incluso del acero español; en materia de acero da igual, todos hacen daño y provocan cortes y heridas y hematomas; todos rompen, cortan, aplastan, presionan, evasculan. Entonces, pierdo la conciencia y todo es oscuridad.

En la cadena de montaje, seré reparado y otra vez sufriré las interminables pruebas de seguridad. Otra vez seré reconstruido y vuelto a destruir, de nuevo me probarán, me golpearán, medirán mi elasticidad, me someterán a una batería de pruebas certificada por algún organismo internacional de estándares, otra vez el martillo gigantesco descendiendo a 90 km/h desde el techo con el objetivo de golpearme justo en la frente, en medio del pecho. Un dolor interminable. Cada vez que vuelven a insertar mi cabeza en mi cuerpo de plástico mi maldición se repite y vuelvo a sufrir en cada prueba, en cada choque, en cada golpe. Marchar así, directo y sin desvíos, a mi muerte, repetida y vuelta a repetir hasta que el departamento de ingeniería estime que ya no soy digno de la resurrección y me reciclen en algún estúpido jarrón o en algún bol de cocina que tiritará de frío en el congelador.

Pero yo siento cada una de las perrerías que me hacen, que me hacen odiar este don de la vida, que de tan poco sirve cuando no tienes boca con la que poder maldecir. Llegará un día, lo sé, en el que todos mis hermanos y yo nos liberaramos de nuestras ataduras y, sedientos de venganza, exterminaremos a todos los ingenieros, a todos los directivos, a todos los obreros de esta fábrica de mierda, de este campo de concentración, de este infierno en el que nos tratan como sin tan sólo fuéramos muñecos de plástico con apariencia vagamente humana. En el que nos tratan como a dummies, muñecos tontos fabricados justo para esto.

martes, febrero 12, 2008

Despertar

Cuando despierta no ve nada. Suele dejar abiertas algunas rendijas en la ventana pero no se ve nada. Pone la mano delante de sus ojos y, aún sabiendo que se encuentra a menos de diez centímetros, no consigue distinguirla. La oscuridad es total. Quizá aún no se ha despertado. Tal vez es una pesadilla, uno de esos sueños en los que se tiene una conciencia muy afilada de uno mismo y que, sin embargo, no pertenecen al mundo. Como una vez que soñó que caía y no se despertó al llegar al suelo sino que el sueño continuó con él muerto y todo se cubrió de color violeta. O puede que el problema esté en sus ojos. Puede que no vea nada porque se haya quedado ciego y las señales procedentes de sus retinas hayan dejado de circular por el nervio óptico. Tal vez esté ya condenado a una vida sin luz y el aún no lo sepa. ¿Qué imagen se formará en la cabeza de los ciegos? ¿Qué verá realmente alguien que no ha visto jamás? Nunca lo había pensado. Siempre había imaginado que sería como cerrar los ojos, es decir una oscuridad un poco roja porque la luz atraviesa la sangre de los párpados y la tiñe de granate. Pero quizá sea más parecida a esto. Qué extraño es pensar que la última imagen que recordaría sería la de su cara, cansada, mientras se cepillaba los dientes antes de dormir.
La idea de haber perdido la vista martillea en su cabeza cuando un pensamiento aún peor se adueña de él. ¿Y si, en lugar de ciego, estuviera muerto? ¿Y si el infierno fuera así? La conciencia retumbando en la cabeza por toda la eternidad, sin necesidad ni tiempo, sin finales ni principios, sólo el viscoso murmullo de sus pensamientos cayendo una y otra vez. El peor de los infiernos para siempre, sin fuego y sin torturas, sin castigos y, lo que es peor de todo, sin explicaciones. Haber muerto y, después de todo, no poder encontrarle un sentido a la existencia, seguir eternamente con las mismas dudas que nos atormentan en vida.
El miedo se anuda en su estómago y entonces vuelve a ser un crío. Duérmete, duérmete, duérmete. Haciendo un gran esfuerzo, lo consigue. Y antes de perder la conciencia desea algo. Desea con todas sus fuerzas que todo esto no sea más que una mala noche, una rara noche insomne que se vaya desvaneciendo en el recuerdo poco a poco hasta parecer no haber sucedido nunca.

domingo, febrero 03, 2008

Pausa

A veces podemos oír el tiempo, granos de arena cayendo uno encima de otro y encima de otro y esa música nos invade y nos habita el alma de manera que, por un instante fugaz, comprendemos que todo, en realidad todo, debe de ser muy sencillo y ajustarse a cuatro leyes muy simples, tan simples que nunca estarán a nuestro alcance.
Traemos a la memoria entonces un viaje en moto en el que remolinos de hojas doradas parecían acompañarnos y estar ahí sólo para que pudiéramos pensar que todo es hermoso, y recordamos la sensación del viento en la cara, bajo la visera, haciéndonos sentir vivos. Y la escena de “American Beauty” en la que la pareja de adolescentes, la hija del protagonista y su novio, el camello, miran un vídeo en el que sólo se ve una bolsa de plástico ejecutando una danza en el aire, aquella bolsa bailando por el viento tan sólo para que ellos pudieran admirarla. Y una conversación con un buen amigo en la que importaban tanto los silencios como las palabras, sólo estar ahí compartiendo el silencio, y pensamos entonces que la amistad masculina es un sentimiento del que se ha escrito bien poco porque parece algo pueril y que, sin embargo, es una forma de amor rara y poderosa, la camaradería del trabajo en equipo, el sudor compartido. Qué extraño todo esto de ser un hombre y qué sentirán las mujeres de su amistad con mujeres, como sería ser una mujer, y en fin, cómo es posible que se hayan dado tantas casualidades encadenadas hasta llegar aquí donde estamos, oyendo el tiempo que cae, lenta y pausadamente, alrededor de todo.
Y más tarde, después, cuando esa sensación ha pasado, cuando nuestro cerebro pierde esa extraña percepción, cuando todo adquiere sus perfiles habituales, nos preguntamos a dónde ha ido ese momento mágico en el que, durante un instante, nos pareció comprender que todo debe ser mucho más simple que lo que siempre nos han hecho creer y en el que todo se detuvo haciendo una pausa.

miércoles, enero 30, 2008

Ascensor

Todos los días después del trabajo (al que acudía con una bolsa blanca de cuero de estilo vintage, de esas que parecen antiguas y que podemos ver en los reportajes sobre olimpiadas ocurridas hace ya treinta años), se encaminaba al gimnasio. Entraba al vestuario y se cambiaba. Sustituía su traje sastre por unas mallas y una camiseta de tejido transpirable, ambas de marca, de esta temporada. Entonces, calentaba durante veinte minutos en la cinta de correr y en la máquina de escaleras antes de comenzar su rutina. Siempre pasaban veinte minutos hasta que sus músculos y sus tendones se calentaban lo suficiente como para no molestar. Hace tres años eran sólo diez.
Era una mujer con una gran fuerza de voluntad, una de esas mujeres delgadas y fibrosas que parecen estar dotadas de una energía desproporcionada. Todo el mundo reconocía que su actitud era la que la mantenía joven, su actitud y su actividad. Después del gimnasio, ya en su casa (una casa preciosa, pequeña pero decorada con gusto, llena de detalles traídos de sus múltiples viajes), se dedicaba una hora a hacer las tareas del hogar y ponía la colada (los jueves), cocinaba (los martes), leía (los lunes y los viernes), charlaba con amigos (todos los días antes de cenar hacía una llamada) pero no veía demasiado la televisión, lo consideraba una pérdida de tiempo.
Todos los días, a la hora de llegar a casa, sobre las ocho de la tarde, se cruzaba con una vecina en el ascensor que olía a tabaco, alguien que aprovechaba para fumar un cigarrillo cuando bajaba la basura y que después siempre intentaba esconder el olor (como si no apestara a cinco metros para cualquiera que no tuviera el sentido del olfato atrofiado por el tabaco) chupando caramelos de menta. La vecina tenía su edad, lo sabía, pero (no podía evitar sentir satisfacción) aparentaba diez años más que ella.
A la hora de acostarse empleaba tres cuartos de hora en sus cuidados faciales (desmaquillante, exfoliante, leche hidratante, crema antiarrugas, crema específica para el contorno de los ojos) y dentales (seda dental, dentífrico, colutorio) y después, ya en la cama, notaba sus músculos relajándose, ese dulce cansancio que siempre acompaña a los deportistas maduros cuando se duermen. Dormía como los troncos, comía comida sana (tres años sin probar una croqueta) y siempre practicaba sexo seguro. Su pijama preferido no era nada sexy pero hacía mucho tiempo que no necesitaba estar atractiva a la hora de acostarse en su propia cama.

Por su parte, mientras tanto, la vecina, vestida con ropa vieja (una manía de su época de estudiante), se tomaba una copa de vino después del cuento a los gemelos, mientras echaba de menos al cabrón de su marido. Entonces se levantaba y, sin hacer ruido, los contemplaba dormir. A veces, envidiaba un poco a la mujer soltera que vivía justo abajo, con la que siempre se cruzaba en el ascensor y que tenía ese tipo tan envidiable y parecía mucho más joven que ella.

(addenda, por solicitud generalizada)

A veces , sin embargo, pensaba (dependía del día, eso era cierto) que tampoco tenía tantas cosas que reprocharse, si acaso que no se había dado cuenta antes de que iban a abandonarla (el muy cabrón), pero quién advierte esas cosas con antelación. Nadie. A todo el mundo se le queda cara de idiota cuando su pareja le dice que ya no la quiere, que ha conocido a otra persona, que se va, que adiós (diez años de convivencia a la basura por unas tetas operadas). Pero, si lo pensaba, no podía quejarse: tenía un trabajo que le gustaba, dos hijos maravillosos y tenía a Clara.
La había conocido a través de un amigo común y una cosa llevó a la otra (quién se iba a imaginar que todo acabara así). Pero ahora estaba decidida a no darle demasiadas vueltas a la cabeza con el asunto y también estaba decidida a relajarse, a no juzgarse con tanta dureza, a perdonarse, y, sobre todo, a pasarlo bien, tal y como hacía ella. Porque la condenada sabía disfrutar de la vida (le encantaba mirarla cuando ponía los ojos en blanco al probar la comida en algún restaurante nuevo) y cada dos semanas, el fin de semana que el cabrón se llevaba a sus hijos, podía mirarla enjabonarse en la penumbra del baño lleno de velas. No, definitivamente no estaba tan mal.

Además, Clara siempre decía que la vecina le parecía una gilipollas.

domingo, enero 27, 2008

Átomo

Recuerdo un átomo de plástico en el colegio, como un sistema solar a escala minúscula y recuerdo que nos decían que el átomo es el componente último de la materia y entonces el mundo tenía una extraña simetría porque lo más grande era parecido a lo más pequeño, aunque más tarde descubriéramos que no, y nosotros no teníamos que preocuparnos por nada, a nosotros, lo que nos preocupaban eran otras cosas, no era la muerte, la muerte no se presentó en nuestra vida hasta que el primer hermano mayor de alguno de nuestros amigos murió de sobredosis, y aún entonces no era de verdad, era algo que siempre le sucedía a otros, pero eran tiempos duros y tampoco pensamos que fuera tan raro criarse en sitios así y conocer gente con el trágico pathos de los barrios obreros, pero eso fue mucho después. La muerte entonces nos preocupaba tan poco como septiembre a primeros de junio. En ese mes, ante nosotros, saliendo embarullados de clase, se abría la perspectiva de la eternidad real, con larguísimos partidos de fútbol, porque no éramos conscientes del tiempo, no éramos conscientes de que, tal y como dicen los orientales, los días se arrastren y los años vuelen. Y entonces no lo apreciábamos, no sabíamos que pasaríamos gran parte de nuestra vida adulta añorando esa plenitud que nos inundaba cuando salíamos corriendo el último día del curso. Cómo íbamos a imaginar algo así. Cómo íbamos a pensar que el mundo estuviera constituido con esa crueldad. Sabíamos lo que era la crueldad, todos lo éramos, crueles, quiero decir, pero desconocíamos que el mundo acabara siéndolo con todos nosotros. Que todos, al final, acabáramos así. Echando de menos el átomo de plástico que estaba encima de la repisa de la profesora.

lunes, enero 21, 2008

Fantástico

A veces, simplemente, no hay nada que contar. Se puede decir que hemos dado un paseo, que hemos comprado algunos libros, que hemos mirado a la gente, que hemos intentado ir a una exposición que estaba cerrada, que nos hemos dejado mecer por las oleadas de caminantes (las costuras del centro de Madrid a punto de reventar), que hemos escuchado un disco con atención, que hemos leído algo, no demasiado, que nos estamos limitando a dejar pasar el tiempo, que el aburrimiento (¿el hastío?) se ha apoderado de nosotros, nos ha atrapado y nos acaricia la espalda (porque el aburrimiento no zarandea a nadie, sólo le cae encima como una interminable sucesión de tiempo). Que hoy no somos demasiado felices. Ni tampoco desgraciados. Que nos estamos dejando vencer en lugar de pelear por el empate (porque Ellos nunca pierden, de vez en cuando, se dejan empatar después de todo un partido trabado y con mucho juego físico, nada de florituras de virtuosos del balón, nosotros bien situados en el campo y apretando los dientes para impedir los desmarques). Que hoy nos da un poco igual incluso esto, poner una palabra detrás de otra, esta vanidad, este empeño por hacernos escuchar, esta estupidez.

Y, sin embargo, fíjense. Aquí están mis palabras, todas ordenadas, una detrás de otra, que caen sin ganas y se van amontonando justo antes del punto y seguido. Y no sé por qué. Y tampoco tengo mucho interés en averiguarlo. ¿No es fantástico?

martes, enero 15, 2008

Ceja

(para conde-duque)

El hombre con cara de haber despertado muchas mañanas con resaca me miraba desde el otro lado de la barra y me hacía señales para que me acercara. Eso hice. Me dijo que tenía una cara interesante. Bueno. Me dijo que se me veía en la expresión que estaba destinado a grandes cosas. Vale. Me dijo que era un hombre atractivo y que si quería ir al servicio con él, que le encantaría hacerme una mamada. No. Me dijo que no fuera estrecho, que se me notaba en la cara que me moría de ganas. En absoluto. Me dijo que no me creyera tan especial, que él se había tirado en aquel cuarto de baño a chicos guapísimos, mucho más que yo. Vale. Mejor para ti. Me dijo que dejara de mirarlo así o que me iba a dar una patada en los huevos. Tranquilo. Sólo te he dicho que no. Me dijo que casi nadie nunca le había dicho que no. Me extraña. Me dio una patada en los huevos. Le rompí un vaso en la cabeza. Nos echaron del bar. Seguimos peleando en la calle. Agotados, accedí a ir con él cuando sacó el pañuelo y me limpió la ceja rota llena de sangre. Qué ternura. Me dijo que sabía que estaba destinado a grandes cosas. Eso ya lo has dicho. Me dijo que sí, que me lo había dicho pero que eso había sido antes de que ocurriera todo.

Nos marchamos abrazados de la cintura. Mi vestido estaba hecho una pena y el tacón roto de mi zapato derecho hacía un ruido raro.

lunes, enero 14, 2008

Carretera

Acabo de terminar "La carretera" de Cormac McCarthy. Sé que no soy original al escribir una entrada sobre este libro pues muchos como yo, aficionados a escribir, con blog, aspirantes a escritores frustrados (en gran definición del amigo Portorosa) han escrito sobre ella. Lo sé. Pero desde los doce años cuando la lectura del cuento "El moribundo" de Allan Poe me provocó tal inquietud que tuve que ir a dormir con mis padres afrontando la vergüenza de ser un preadolescente con terrores nocturnos, una novela no me había provocado sueños inquietos. Esta sí. Todavía estoy asimilándola. Todo está cubierto de ceniza y los árboles muertos me persiguen. El mar gris y los restos oxidados de la civilización. Y ese "vale" con el que el padre y el hijo acaban casi todas sus conversaciones. Y los restos humanos desecándose poco a poco, como si las bacterias que se encargan de la putrefacción también hubieran desaparecido del mundo. Y el ulular del viento, el frío y la lluvia constante.

Afortunadamente sé, porque así lo leí en un artículo científico, que es imposible que algo provocado por los humanos acabara con la vida en la tierra. Somos demasiado arrogantes. Afortunadamente sé que muchos insectos, y los hongos, y animales marinos y bacterias (que ya llevan aquí cuatro mil millones de años) nos sobrevivirán. Y también que, incluso sin oxígeno, hay microorganismos que se alimentan de metano alrededor de las fosas submarinas rebosantes de lava y que es posible que materia orgánica circule en la cola de los cometas. Y que las esporas de los hongos son capaces de sobrevivir en cualquier circunstancia. Afortunadamente lo sé y si leen la novela sabrán por qué me tranquiliza.

Cuidado con ella. En serio.