martes, septiembre 16, 2008

Volver

Con la frente marchita, que cantaba Gardel, y decía Joaquín Sabina (aunque en este caso se deba, más que a los problemas sentimentales, al sol y a la playa).

Y dejar constancia aquí de que se ha vuelto. Y bueno, esperar que no me hayan olvidado y que no me hayan borrado de sus enlaces. Y esperar también tener alguna idea (algún día) lo suficientemente ingeniosa como para volverles a hacer desperdiciar su (sin duda) valioso tiempo con las cosas que me da por publicar (aunque publicar sea un eufemismo vanidoso para esto que hacemos).

Ya se me ocurrirá algo (espero).

viernes, agosto 29, 2008

Crisis

Esta refinada metáfora del papel en blanco, un rectángulo blanco en una pantalla llena de píxeles que trata de hacernos creer que seguimos escribiendo a máquina cuando, en realidad, todo lo que escribimos, todo lo que guardamos aquí, en este soporte magnético, o de estado sólido, o de lo que sea, a diferencia de nuestras antiguas cajas llenas de manuscritos mecanografiados, está al borde de la desaparición, al borde de no haber existido nunca: un pico de tensión, un golpe al ordenador, un susto, un incendio de una central eléctrica, una guerra nuclear, el fin de la humanidad tal y como la conocíamos, cualquier detalle sin importancia, y nuestras palabras se volatilizarían sin dejar rastro, como cuando la corriente de un río bordea una piedra y más tarde vuelve a ser río y cuatrocientos metros más abajo no hay ningún signo, ningún rastro de que la piedra haya estado ahí alguna vez. Así desaparecerían nuestras palabras, sin huella, sin humo, sin signo, sin pisadas, sin ruido, sin que pudiéramos aducir ninguna prueba de que alguna vez existieron.

Y entonces tendríamos un problema porque estas palabras estúpidas y vanidosas o sangrantes y verdaderas, pura morralla que puebla los discos duros de miles de servidores alineados de alguna remota nave industrial de California o aire y alimento del alma, buenas o malas, buenas y malas, con importancia o sin ella, son tan parte de nosotros como los personajes literarios que nos acompañan y que recordamos mejor que a algunos amigos que supuestamente existieron. Estas palabras, gran artificio, base y cimiento de la civilización y de la transmisión cultural, diferencia fundamental con los brutos, existen unas detrás de las otras y crean la ficción de la secuencialidad y del paso del tiempo, crean un universo cerrado sobre sí mismo. Un universo como el de las matemáticas, un universo incompleto pues, como ya Gödel se encargó de demostrar, contiene en su seno al menos una proposición que no puede demostrarse utilizando las propias reglas del sistema.

Y un día te levantas y ese día

¿Borrar todo?
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Pulsas Aceptar y que se vaya todo a la mierda.

Vacaciones

Cuando otros van llegando, algunos empezamos a irnos. Ahora es mi turno. No publicaré mucho durante las tres siguientes semanas pero supongo que algo escribiré de vez en cuando. Cuídense. No me olviden. Y, sobre todo, no me borren de sus enlaces. :-D

Nos vemos por aquí (signifique eso lo que signifique).

martes, agosto 19, 2008

Gracián

"No ai lisonja, no ai fullería para un ingenio como un libro nuevo cada día. Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron, y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios que entonces florecieron y los insignes varones que celebraron. ¡O! gran gusto el leer, empleo de personas, que si no las halla, las haze."

Gracián, El Criticón, II, iv.

Qué grandes últimas palabras: "si no las halla, las haze..."

lunes, agosto 11, 2008

Ausencia

La mujer sonreía mientras caminaba con elegancia, como si todos sus huesos hubieran sido colocados por un marine que lo hubiera memorizado para montarlo y desmontarlo con los ojos vendados.
Con sus formas rotundas, perfectos trazos armónicos que se movían ligeramente al andar, cruzó la puerta del bloque de apartamentos, soñando con la tarde que pasaría en casa de su amante, recordando otras ocasiones similares, fantaseando con las horas por llegar.
Casi siempre conseguía lo que se proponía, era cuestión de dejar que las cosas siguieran su curso porque los hombres, y sobre todo los hombres inteligentes, siempre estaban dispuestos a complacer a las mujeres hermosas. Y con este hombre no había sido diferente. Tan solo había necesitado dejar que el tiempo pasara, y aquí estaba ella, visitando por fin su casa, un ático en el centro de la gran ciudad. Ya era la cuarta cita y era la primera vez que visitaba aquel lugar. Las veces anteriores habían quedado en un hotel porque era un hombre casado y ella era una mujer discreta que entendía sus resevas. Solía pensar que las cosas maduraban y caían cuando estaban dispuestas, cuando llegaba su tiempo. Y así sería también en esta ocasión.

Llevaba los tacones con elegancia, como si fueran parte de su cuerpo, no como esas mujeres que no saben caminar con ellos y aún así se someten a la tortura de llevarlos. El suelo de madera encerada del suelo del ascensor, tan brillante que costaba trabajo fijar la vista sobre él, reflejaba de forma distorsionada su figura. Se retocó el peinado antes de salir, segura de que ese día tampoco habría nada que su belleza no pudiera conseguir. Llamó varias veces a la puerta y después de cinco minutos esperando que le abrieran marcó un número de teléfono en el móvil pensando que seguramente su amante estaría duchándose, a pesar de había llegado a la hora convenida, y que por eso no oiría el timbre de la puerta. Sin embargo, solo pudo dejar un mensaje en su buzón de voz. Tras otros cinco minutos, volvió a dejar otro mensaje, con un tono más indignado. Después del cuarto de hora de cortesía, cuando le resultó evidente que no había nadie en la casa, se marchó. Sola.

jueves, agosto 07, 2008

Distrito

La red de la empresa desaparece, se esfuma y todos los teléfonos emiten un crujidito, como si fueran animales que se quejan. Uno, y más tarde otro a su izquierda, y luego el que está un poco más atrás en otra fila de mesas iguales, hacen puc, puc, reiniciándose todos en una coreografía acústica y geométrica. Y nadie puede advertirlo porque todo el mundo está fuera y ese sonido cae blandamente al suelo como si el calor le impidiera pasar de una mesa a otra.
Y en el exterior existen doce cubos azules, pretendidamente perfectos, revestidos de planchas de cristal que parecen espejos. Pero debido a las minúsculas variaciones de ángulo en el montaje de las planchas, cuando miras en ellos el reflejo de los edificios de los alrededores, todos parecen estar rotos, como si hubieran sido construidos por Frank Gehry.
Y las caras de los niños que decoran las mesas de trabajo de sus padres sonríen a la cámara sin sospechar que lo que creían los indios era cierto, que las fotos te roban el alma, que detienen el tiempo y lo congelan y cuando esos niños hayan pasado por el mundo y ya no existan, muchos años después de que yo sea polvo (mas polvo enamorado… que diría aquel) seguirán mirándonos sonrientes y despreocupados.
Y muy arriba en el cielo, en la estratofera, esa capa de la atmósfera que empieza justo a 15 kilómetros de la superficie (ni uno más ni menos, ¡qué ridiculez!) algunas nubes con forma de hebras de lana se deshilachan. Y los coches parecen balas de plata sobre el asfalto, derretido y gris.

domingo, agosto 03, 2008

Tiempo

¡Porque en un minuto hay muchos días!
Romeo y Julieta, Acto III, Escena V


El día que Antonio salió de su casa una hora antes de lo habitual no se imaginaba el cambio definitivo que su vida iba a experimentar. El azar, que todo lo malmete, que todo lo embarulla, jugó un papel fundamental en el suceso que acabaría confinándolo en una silla de ruedas. Salió de su casa antes de lo habitual para ir al banco, para solucionar unos papeles sin importancia y acabó tendido sobre el suelo con la columna vertebral rota. Cruzó la calle para dirigirse a la oficina en la que tenía la cuenta corriente, y que abría a las ocho de la mañana, sin sospechar que aquella moto que iba a toda velocidad embestiría contra él a sesenta kilómetros por hora. Miró a la derecha y miró a la izquierda, como hacía siempre, aunque ese gesto no evitó el atropellamiento. Oyó un estruendo que venía de bastante cerca y que no logró identificar, pero no sospechó que aquel estruendo viniera de su propia sucursal bancaria. Se detuvo en mitad de la calle intentando escuchar con la suficiente atención para averiguar de donde venía aquel ruido, sin tener la más mínima idea de que justo aquello acabaría para siempre con la sensibilidad de sus piernas. Vio la moto venir a toda velocidad e intentó apartarse, pero tuvo mala suerte al elegir la dirección, la misma que eligió el conductor de la moto.

Se veía venir que ibas a acabar tumbado en el suelo con la columna vertebral rota. Se veía venir que te iba a atropellar una moto, se veía venir que en aquel segundo, en aquel minuto, en aquel momento, tu vida iba a experimentar un cambio definitivo. Antonio, deberías haber dejado las gestiones en el banco para el día siguiente, deberías haber cruzado la calle con rapidez, deberías haber escogido la izquierda.

Probablemente estarás de acuerdo con la cita que encabeza el texto. Me consta que llevas muchísimos días volviendo a aquel minuto. Pensando en lo que podrías haber hecho para evitar la moto, intentando volver al momento en el que tu vida cambió para siempre.

Antonio, deberías haber leído esto antes de salir a la calle.

martes, julio 29, 2008

Juguetes

Desde hacía algún tiempo, su pareja y él se habían aficionado a los juguetes sexuales. No es que los necesitaran, no, pero hacían el sexo más divertido y mejor, y precisamente por eso se habían convertido en coleccionistas. Su última adquisición había sido un juguetito que vibraba a las órdenes de un mando a distancia. La gracia del asunto era llevarlo puesto en una reunión en la que hubiera más gente que no tuviera ni idea de la situación. El morbo de saber que tu pareja está excitada y que nadie más de la reunión es capaz de advertirlo los ponía a ambos a cien. Ambos fantaseaban con el momento de arracarse la ropa una vez hubieran llegado a casa después de la velada. Ambos fantaseaban con la cara que pondrían cuando estuvieran utilizándolo.

Decidieron probarlo en público por primera vez en una cena con otras tres parejas amigas. Cuando probó por primera vez el mando, notó como la cara de su pareja se ruborizaba ligeramente y eso le excitó mucho. La segunda vez, su pareja ya no mostró ninguna sorpresa por la sensación, tal y como había sucedido antes, pero le miró de una manera que le provocó una erección inmediata. La tercera vez, se fijó en que había otra mujer de la reunión que se comportaba de forma parecida cada vez que él apretaba el botón. La cuarta vez advirtió que cuando el amigo que estaba dos puestos a la derecha miraba fijamente hacia delante, su propia mujer se excitaba, aunque él no hubiera utilizado el mando a distancia. Comprendió entonces que ellos no habían sido los únicos en tener la misma idea. A los cinco usos, los cuatro implicados eran conscientes de lo que estaba sucediendo.

Siguieron charlando de cosas intrascendentes durante la cena, llegaron los cafés, los postres, las copas, los cigarrillos. Ellos, alegando compromisos tempranos al día siguiente, se retiraron pronto. No fueron los únicos. Cuando estaban a punto de entrar al coche, la otra pareja propuso una última copa en su casa.

miércoles, julio 23, 2008

Calor

En verano el cerebro se licúa, incapaz de tener más ideas, y el calor no ayuda, cómo va a ayudar si lo único que nos apetece es estar tirados en la cama dejando pasar el tiempo dulcemente, con el ruido del ventilador de fondo y el esfuerzo de los ciclistas subiendo un puerto de montaña y el sol achicharrando la calle, esto es, llenando de chicharras los árboles (chicharras es como siempre se han llamado a las cigarras en mi tierra, ¿qué ruido hacen si no?) y quemando a los pobres turistas que se empeñan en completar su ginkana particular a las cuatro de la tarde, pobres criaturas blancas y rojas, todas del atlético, dando vueltas como zombies debajo de gorras y viseras.

Y las gotas de sudor se deslizan por nuestro pecho y hace demasiado calor incluso para acariciarse con la lubricidad que crean todos esos cuerpos al aire, incluidos los cuerpos de los pobres turistas, tan blancos, tan blancos como el mármol de los monumentos que parecen titilar en la distancia, sus moléculas moviéndose enloquecidas por todo este calor que salió del sol hace ocho minutos, a millones y millones de kilómetros de distancia, para acabar dibujando, bajo un sol de justicia, la sombra nítida y perfecta de un antiguo rey godo en los jardines que están justo enfrente del Palacio de Oriente y cuyo nombre lee ahora con interés uno de los turistas.

¿Y qué tendrá que ver el sol con la justicia? ¿No se colgaba a los reos –sus pobres piernas ejecutando un tétrico baile– los días de lluvia? ¿No se ajusticiaba a los felones y a los herejes y a los judaizantes y a los ilustrados y a los liberales y a los comunistas y a los anarquistas y a todos aquellos se atrevieron a no estar de acuerdo con las instituciones de este mísero país lleno de orgullo católico, que siempre ha estado seguro de tener razón? ¿Por qué sol de justicia? ¿Acaso Dios, que se sabía protegido por la reserva espiritual de occidente, procuraba los días de sol para ver mejor como se acababa con sus enemigos? Y caes en la cuenta de que lo más importante de una ejecución era que mucha gente pudiera verla para que pudiera observar lo que sucede a los criminales (algo hemos mejorado, ahora las multitudes se reúnen sobre todo para ver fútbol y las cuchilladas ya no vuelan con la facilidad de antes, aunque volar, vuelan, eso seguro).

Se te ocurre entonces que lo mejor sería confirmar lo del sol de justicia con el rey godo que el turista con quemaduras tiene justo enfrente y que me parece que murió devorado por un oso, que es una muerte ridícula incluso para un rey tan antiguo. Aunque tampoco es que sea muy digno morir traicionado y asesinado por la propia familia, que ha sido siempre la manera preferida de morir de reyes y papas. Así que lo haces y no consigues una respuesta, claro, y el turista te mira como si estuvieras loco, algo que podrías disculpar porque lo pareces, con esta temperatura y haciendo preguntas estúpidas a las estatuas.

Pero como eres una persona muy rencorosa, el turista muere de un golpe de calor y tú estás aquí, tan ricamente, a este lado del ventilador, mientras el aire seca poco a poco el sudor que te corre por el pecho, esperando que lleguen las ocho de la tarde para poder abrir la ventana.

lunes, julio 21, 2008

Método

Le preguntaron cuál era su método de escritura de poesía. Cómo era capaz de escribir esos sintagmas, aéreos, creo que dijeron, aéreos, como si las palabras pudieran ser iguales que las compañías de aviones esas de las muchachas vestidas como muñecas daltónicas, pero eso es lo que dijeron, aéreos y él dijo que seguía la vieja técnica de la posesión, la vieja y telúrica (qué palabra esta, telúrica) técnica de convocar las energías del mundo y dejarse poseer por ellas, como si fuera un chamán aleccionado por algún libro de autoayuda sudamericano. Por decir algo, claro. Pero en realidad lo que hace es concentrar su atención en otro punto, como en las antenas parabólicas que se ven allá a lo lejos, a través de la persiana de la ventana del edificio donde trabaja, y dejar que las manos tomen por su cuenta un camino que acabe por sorprenderle.

La memoria del cuerpo siempre es mejor y más exacta que cualquier otra. Siempre.

lunes, julio 14, 2008

Arañas

Mirar, mirar, pulsar, hacer clic, mirar y leer todos los correos acumulados, las entradas atrasadas, los comentarios que no hicimos para sobrellevar este día de reencuentros. Y entonces, poco a poco, con suavidad, la araña que nos habita vuelve a tejer y tejer un hilo infinito de seda que envuelve el hueco que habíamos dejado y que tenía nuestra forma y pensamos que está bien que sea así y decidimos que esa seda resistente y elástica, que aguanta tan bien las embestidas de la realidad, es algo fantástico.
Un hueco, otro hueco y otro hueco (hueco, qué palabra más extraña, imposible en sí misma como “silencio” o “ahora”), que se van emplastando de esa seda preciosa, frágil y gregaria, un manojo de hebras que crece y al final una maraña plateada que nos sitúa justo en el centro de la telaraña imaginaria que formamos con todos aquellos a los que queremos o que nos quieren. Aunque a veces no coincidan.
Y unos días antes el repetitivo mar azul, indiferente al estado de ánimo que pudiéramos tener, allí esperándonos. Y durante la pereza rítmica de los días libres, el hilo de seda fue desenrendándose con cuidado, hasta quedar desechado en una esquina: un montón leve, blanco y azul, una fantástica instalación para una feria de arte contemporáneo tirada de cualquier manera sobre la arena de la playa. Allí en una esquina, cubierta de granos de arena. Y el viento sonaba en la costa como un rumor a través de las hojas de los árboles. Y era gozoso el vacío del descanso.

Pero hay que volver a tejer.

jueves, julio 10, 2008

Gemidos

Me gustan los aeropuertos pequeños, como estaciones de autobuses venidas a más, un pequeño laberinto de carreteras que no llevan ningún sitio, en las afueras de ciudades tranquilas y ensimismadas. Me gustan, además, los aeropuertos del norte en los que ver como caen las gotas sobre los cristales y preguntarse si el vuelo saldrá con tan mal tiempo para acabar advirtiendo que es seguro que sí lo hará pues en estos pequeños aeropuertos del norte llueve siempre dulcemente como en una novela gallega. Me gustan estos aeropuertos, pequeñas construcciones mojadas que no se dan importancia y en los que hombres trajeados indistinguibles de otros hombres trajeados que pueblan los aeropuertos del mundo, esperan en la cola de embarque. Me gustan porque son sitios en los que dejarse invadir por la melancolía (la lluvia, la partida y las lágrimas de la separación) y hacerlo solo es posible cuando se alcanza cierta edad y no siempre es fácil.
Por ejemplo, justo ahora, en este aeropuerto del norte, en lugar de esa sensación agridulce y amable, lo que recuerdo es un dolor afilado, como de un estómago que se hace trizas bajo el ataque de un cuchillo con grandes dientes, como debe de ser el dolor del hielo penetrando en la columna vertebral: el dolor al oír gemir de placer, gozando del cuerpo recién descubierto de mi sustituto, a la que hasta semanas antes había sido mi chica, mi pareja. Oírla gemir de placer justo tras la pared, en la habitación de al lado, con un hombre que no era yo, un hombre extraño que no era yo, constituyó sin duda un aprendizaje. No sé exactamente acerca de qué, pero seguro que lo fue.
Y mientras tanto, a la vez que recuerdo aquellos gemidos y gritos de placer (así no gritaba conmigo, no) las gotas se dejan caer a lo largo de los cristales en este aeropuerto de provincias, una tras otra, y otra, y otra más. Y la verdad es que, a pesar del tono triste de este texto, estoy feliz y relajado.

Algo aprendí. Eso seguro.

martes, julio 08, 2008

Pereza

La sal debe ser una de las sustancias más pesadas del mundo porque el cuerpo, despues de un día de playa, adquiere una consistencia diferente, más orgánica, más sustanciosa. Y comer una rodaja de pescado fresco a la parrilla parece entonces uno de esos sacrificios paganos de los que habla siempre Manuel Vicent. Por ejemplo.
Y por decir algo, por escribir algo cuando todo el cansancio y todas las preocupaciones se han ido con el agua dulce de la ducha, digo que descansar tumbado al sol frente al mar turquesa un día de poco viento, con las pocas nubes del cielo lejanas y amistosas es como si la pereza hubiera cristalizado formado bloques geométricos. Como cristales de cuarzo.

lunes, junio 30, 2008

Hambre

Ayer, la policía no pudo evitar que, debido al amor inconmesurable de España por su selección de fútbol, la multitud devorara a los jugadores en un frenesí caníbal. Nunca se había visto en este país una demostración de amor más puro.

sábado, junio 28, 2008

Zig-zag (Madrid III)

Un mendigo escribe versos (ripios, más bien, pero cómo ser duro en la crítica con una persona que vive en la calle y que mantiene viva la llama de la poesía, la llama eternamente encedida, el fuego de los dioses) en la puerta de una librería porque espera que la gente sea más sensible a su esfuerzo, allí, sentado en el suelo, sucio y desconfiado, escribiendo a toda velocidad, como el último hombre de la retaguardia de la literatura, como el abanderado que abre el desfile de los ejércitos de la palabra. Pero la gente lo ignora sin dificultad porque en esta ciudad, los cerebros han desarrollado la capacidad de no ver lo que no quieren ver. Creo. Y el hombre sigue allí, escribiendo con una letra cuidada, como de caligrafía antigua, un verso tras otro. Yo le sonrío. A pesar de los versos malos. El me sonríe también a mí. Como si compartiéramos un secreto, como si fuéramos miembros de alguna clase de hermandad.
Y ningún periódico ha dado la noticia, pero hoy todos los grafitos de la calle Fuencarral han desaparecido. Y el único que recuerda que alguna vez estuvieron ahí soy yo. La gente me toma por loco cuando les pregunto por las pintadas, me miran con cara rara, pero a mí me obsesiona saber dónde han ido todos esos kilos de pintura. Y a lo largo de toda la calle pregunto a unos y a otros dónde están los grafitos. Y a lo largo de toda la calle, la gente piensa que he perdido el juicio. Yo no creo haber perdido el juicio. Nah. Qué va. Pero todos insisten en que nunca ha habido grafitos en esa calle, la mayoría incluso pretende no entender el significado de la palabra grafito. Como si estuviéramos en los años setenta. Algunos incluso creen que estamos en los años setenta. Pero a mí no conseguirán engañarme, no, no lo harán. Yo ya estoy escarmentado.
Me miro en un escaparate y sucede lo de siempre, la primera vez del día que miro mi imagen en el espejo siempre me sorprendo, siempre advierto que mi ropa está vieja y manchada y que mi pelo está grasiento y que tengo líneas de suciedad en la cara que señalan aún más las arrugas. Unas arrugas que yo no recordaba tener y que no sé de dónde han salido. Pero la sorpresa pasa cuando vuelvo a recordar las pintadas inexistentes, miro al cielo y, según parece, sólo yo puedo ver la inmensa nube multicolor que cubre la ciudad, a punto de descargar y de cubrirnos a todos con los colores del mundo. Y una señora con mantilla y vestida de negro me mira con asco aunque más tarde se acerca y me dice que si quiero una sopa caliente que, por favor, por favor, no dude en acercarme a la parroquia porque allí, unas cuantas señoras de la buena sociedad madrileña están haciendo un trabajo admirable para confortar a los más necesitados y están tan dedicadas a su labor que incluso el Generalísimo en persona condecoró a la Marquesa de Villaverde, una gran mujer, la encargada de la recogida de fondos para la caridad. Y la sopa no es gran cosa pero seguro que me sienta bien, según la señora, porque, además, es posible que tengan algo de ropa usada y que pueda tomar un baño y adecentar un poco mi aspecto, que vivir en la calle es duro pero si perdemos la dignidad lo perdemos todo y Dios nos mira a todos, hijos suyos amadísimos, desde el cielo. Veo entonces al mendigo que escribe versos, que pasa caminando deprisa mientras dos policías le siguen para pedirle la documentación y los policías van vestidos de gris y ahora que me fijo no se ve a nadie hablando por la calle con un teléfono móvil ni tampoco se ven demasiados coches ni hay cabinas de colores fluorescentes ni gente de otro color caminando por las aceras. Lo que sí hay son putas, pero no son rumanas ni nigerianas sino que parecen andaluzas y extremeñas y tienen cara de haber dejado poblachos perdidos en mitad de la nada con la esperanza de ser modistas en la capital o, el mejor sueño de todos, secretarias que escribían a máquina y también tienen todas cara de decepción por no haberlo conseguido y cara de hastío por tener que compartir sudor con tristes viajantes de medias de nylon que aún piensan que son el último grito en la moda femenina. Y miro a la gente y está muy claro quién tiene dinero y quién no lo tiene porque la diferencia en el aspecto entre unos y otros es mucho más nítida que ahora, aunque si soy sincero ya no sé en qué ahora vivo y estoy empezando a asustarme porque tal vez, quién sabe, la dirección en la que llevo los últimos dos meses no exista en este ahora y tal vez, quién sabe, yo ahora sea un niño de doce años que vive en Alhama de Aragón y que va al colegio con el Padre Damián y aprende los ríos de España y el glorioso día del alzamiento nacional y hace caligrafía. Aunque por otra parte, quizá todo esto sea una especie de milagro, la posibilidad de arreglarlo todo de una vez y lo que deba hacer sea viajar a mi pueblo para explicar al niño los pasos en la vida que no debe tomar. Y sobre todo, para prevenirle de que cuando encuentre a una mujer que se llama Clara, que cuando la encuentre, por Dios, que se cambie de acera y no vuelva a mirarla y también para decirle que no se aficione al alcohol, que no lo haga nunca y también para decirle: mírame, si no me haces caso, al final, serás como yo, porque, aunque no lo creas, yo soy tú. Creo. No sé. Estoy algo confuso.
Y prometo ante Dios que la borrachera de anoche será la última de mi vida. Lo prometo y entonces entro en una bodega, regentada por un hombre gordo con mandil que no parece chino e intento comprar un cartón de Don Simon pero no puedo porque el dinero es diferente y además no hay vino en cartones y entonces agarro un botella de vino barato y salgo corriendo y cuando me paro en una de las calles transversales, lejos del hombre gordo, me bebo la mitad con ansia porque ya no entiendo nada y lo que quiero es olvidarlo todo, pero, especialmente, olvidar la nube de pintura que vuela sobre nuestras cabezas y que caerá sobre nosotros como una maldición bíblica.

Y ya estoy mucho mejor.

jueves, junio 19, 2008

Vuelapluma

Que las palabras salgan directamente de mi cabeza sin tener que preocuparme del estilo, tan solo de escribir lo suficientemente rápido, de no cometer ningún error al teclear, que es lo que realmente me retrasa, porque quiero abrir la espita, el grifo, quiero dejar que las cosas salgan, todo. Los remolinos, las dudas, la confusión, el dolor, el cinismo, el desengaño, el pasado (esa entelequia), el futuro (esa entelequia). Qué pretensión la mía, ¿no?
La estampa que recuerdo con esta canción de Stererophonics y el desierto y un coche y el viento ardiente y el polvo. El aburrimiento terrible de vivir y para qué queréis la inmortalidad si no sabéis qué hacer una tarde de domingo. ¿Y que hacéis los que no tenéis pareja los domingos? ¿Qué hacéis? Mi amigo Moncho, tan buena persona y con hábitos tan poco saludables. Otra canción. Y otra imagen, esta mucho más antigua, subiendo en un Renault 5 camino de la sierra, de noche, con la sensación de transgredir algún código cuando, en realidad, pobre iluso, solo vas a echar un polvo. Y otra canción y una cama revuelta y sudor y saliva, no hace tanto de esa cama, no hace tanto. Y libros, muchos libros, una palabra detrás de otra. La sensación ilusionada del viernes por la tarde de hace quince años, esa que también salga. Y la de ahora: un fin de semana para descansar. Dormir, dormir, perder la conciencia y soñar y no recordar lo que has soñado. Y cuál será el mecanismo que marca que recordemos unos sueños y otros no. Seguro que los científicos tienen una explicación razonable o al menos una hipótesis y eso me tranquiliza porque qué fe nos va a quedar a nosotros, pobres descreídos, abandonados por dios -un dios inexistente pero al fin y al cabo, lo queramos o no, un dios que proporcionaba consuelo-, sino la ciencia. Aunque no importe. Ya sabéis que Goethe gritó luz, más luz en el momento de morir. Y un escritor que estoy imaginando, preocupado toda la vida por sus últimas palabras, las palabras que más tarde buscarán los eruditos -que como todos los fetichistas siempre me han parecido gente rara-, porque mi escritor es un gran escritor, muy reconocido, un gran pensador, todo un intelectual, que medita profundamente todo lo que dice a pesar de trabajar en la tertulia de una radio y al que preocupa sobremanera la imagen que se formará la Historia sobre él y sobre todo sobre su Obra. Y entonces va y dice: Mierda. Ja.

My mind is going

(elegía)

Mi ordenador no puede tragar los datos que vienen de la red a toda velocidad por el aire, lo oigo atragantarse, boquear intentando que el oxígeno llegue a sus inexistentes pulmones, protestar, gruñir. Mi ordenador está mayor. Y ya no puede más. Se ha cansado de tener que soportar mis insultos cuando va lento, mis textos con todas esas palabras que el pobre no entiende, unas detrás de las otras. Le he dado mala vida.

Nos hemos dado mala vida mutuamente. He pasado muchas horas ante la pantalla. Estudiando. Leyendo artículos. Trabajando. Muchas horas. He pasado muchas horas esperando correos electrónicos. Como antes esperábamos llamadas telefónicas que nunca llegaban, como antes del teléfono esperábamos el sonido de la bicicleta del cartero, como antes esperábamos al criado con el billete. Esperando.

Mi ordenador se asfixia. Lo oigo luchar por conseguir un poco más de tiempo. Mi ordenador se apaga poco a poco, se extingue, se acaba.

¿Qué estás haciendo Dave? ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?

“HAL: I'm afraid. I'm afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it. I can feel it. My mind is going. There is no question about it. I can feel it. I can feel it. I can feel it. I'm a... fraid. Good afternoon, gentlemen. I am a HAL 9000 computer. I became operational at the H.A.L. plant in Urbana, Illinois on the 12th of January 1992. My instructor was Mr. Langley, and he taught me to sing a song. If you'd like to hear it I can sing it for you.

Dave Bowman: Yes, I'd like to hear it, HAL. Sing it for me.

HAL: It's called "Daisy."

[sings while slowing down]
HAL
: Daisy, Daisy, give me your answer do. I'm half crazy all for the love of you. It won't be a stylish marriage, I can't afford a carriage. But you'll look sweet upon the seat of a bicycle built for two.”

2001: A Space Odissey

Así vivimos todos. Atravesados de bits. Ensartados de información. Gracias a ellos. Un minuto de silencio, por favor.

Trabajo

Se despertó completamente descansado. Se desperezó con gusto, se rascó los testículos en un movimiento reflejo del que no fue consciente, se incorporó en la cama y encendió la luz. El día anterior había alineado la ropa en el perchero especial que tenía en el cuarto de baño: la camisa en la percha para que no quedaran arrugas, los pantalones doblados con cuidado, la corbata de seda encima de la camisa. En fin, lo habitual. Le gustaba ponerse la ropa en orden y contemplar su imagen en el espejo. Le hacía sentirse mejor.

Después de atarse los cordones de sus zapatos italianos y de echar el último vistazo al espejo, salió de casa silbando, mal, una melodía que se le había quedado adherida mientras oía la radio al afeitarse. Todo parecía en su sitio. El día estaba seco y luminoso, un poco frío, apenas había nadie en la calle y empezaba una nueva semana.

Bajó al garaje donde guardaba su coche, saludó al vigilante nocturno, que en ese momento se encontraba terminando el turno y preparándose para ir a casa, y se metió en su coche. Arrancó y puso música. Una suite de Mozart que los lunes le parecía la mejor manera de empezar la semana. No había nada que se pareciera a aquella música. Moviendo la mano derecha como si fuera un director de orquesta, se introdujo con fórceps en el atasco y se dedicó a organizar mentalmente las tareas que tenía pendientes en el trabajo.

Tenía la semana complicada. Por más que intentaba organizarse la agenda, había un par de asuntos a los que no encontraba hueco. Quizá todo se debiera a que no los encaraba con gusto y procuraba retrasarlos, de ahí sus problemas para encontrarles un lugar libre en su agenda. Aunque también era cierto que había resuelto una gran cantidad de asuntos parecidos en los últimos cinco años. Por eso no se explicaba por qué en esta ocasión le estuvieran preocupando de aquella manera.

En fin, torturar prisioneros siempre le resultaba difícil. Pero prefería no engañarse. Aquel era su trabajo y era capaz de hacerlo mejor que nadie, algo de lo que se sentía muy orgulloso. Aquel curso que había seguido de técnicas de interrogatorio en los Estados Unidos le había venido muy bien a su carrera. El mérito no era todo suyo, la verdad. Cuando era niño su padre había insistido mucho en que siempre había que hacer el trabajo lo mejor que uno pudiera. Y él se limitaba a aplicar esa moral obrera. La moral de un activista chileno de los derechos humanos, orgulloso de haber conseguido que dos de sus hijos fueran los primeros licenciados universitarios de la familia.

viernes, junio 13, 2008

Persianas

A través del cristal se puede distinguir una silueta. Hay alguien mirando y su figura se recorta contra la luz del cuarto. Si fuéramos nosotros los que observáramos ocultos tras la ventana tendríamos una imagen nítida de la ventana del vecino y, enmarcada en esa ventana, podríamos ver a una pareja follando. Todos los martes y un jueves de cada dos, una pareja se despoja de la ropa, se muerde, se acaricia, se agarra y se revuelca en el sofá que hay en el centro del salón, justo detrás de la ventana sin cortinas. Todos los martes y un jueves de cada dos, el observador pone una silla cómoda en el balcón, corre la cortina y se pone a disfrutar del espectáculo.

Hace mucho tiempo que el mirón no está con una mujer. Cuando ya no puede aguantar más, va al puticlub en el que trabaja una vieja conocida. Pero no puede permitírselo muy a menudo. Su pensión no le da para mucho y, a pesar de vivir en un piso de renta antigua, no puede pagarse una puta cada vez que le apetezca. Un hombre debe aprender a controlarse cuando llega a cierta edad. En eso todo el mundo parece estar de acuerdo. El hecho de que el deseo no disminuya con los años, que solo sea el cuerpo el que ya no responda, no parece tener importancia para los demás, claro. Pero gracias al vecino generoso, que no tiene cortinas y que tiene el detalle de cambiar de pareja a menudo, sus semanas pasan ahora más amables.

Lo que el mirón no sabe es que no está solo. Hay otros cuatro vecinos con una buena perspectiva de la ventana que también conocen la costumbre de los martes y los jueves alternos. Otros cuatro vecinos, ya jubilados, con su mismo deseo insatisfecho, su misma silla cómoda, su mismo piso de renta antigua y su misma nostalgia por el calor de la sangre que él. Vecinos a los que el mirón saluda por la calle porque llevan viviendo en el barrio tanto tiempo como él. Vecinos a los que, de hecho, nunca se atrevería a hacer ningún comentario aunque supiera que todos ellos comparten la afición a mirar por esa ventana. Esas cosas pertenecen a la intimidad de cada uno y él es un hombre educado en valores que ya han pasado de moda.

Los empleados municipales que encontrarán el cadáver dentro de unos días intercambiarán más de una mirada de inteligencia entre ellos. Los cadáveres en general siempre están despojados de dignidad pero hay ocasiones en los que eso es aún más evidente. Esta será una de ellas. Habrán encontrado al anciano con los pantalones en el suelo, sentado en una silla, con su miembro flácido (rígido al fin, gracias al rigor mortis) en la mano, con los ojos muy abiertos fijos en la ventana. Todos estarán de acuerdo en que se tratará de un infarto. Con esa edad, la muerte puede sobrevenir en cualquier momento.

En esa misma semana, los empleados municipales encontrarán cuatro cadáveres más en una situación parecida. Todos ancianos a los que la muerte habrá sorprendido masturbándose mientras miraban con atención a través de la ventana. Algunos se ocultaban detrás de una cortina, otros parecían observar por agujeros estratégicamente realizados en las persianas, pero todos miraban hacia el mismo lugar. Todos miraban la misma ventana de la tercera planta del número 7 de esa calle. Después de realizar la autopsia —autorizada por el juez por el número de muertes en circunstancias parecidas— comprobarán además que los fallecimientos se han producido el mismo día y aproximadamente a la misma hora.

Todos los ancianos habrán muerto a la vez el martes 18 del mes en curso, a las 11.30 de la noche, más o menos. Los encargados del caso no acaban de explicarse el suceso y siguen investigando. A los forenses tampoco se les ha pasado por alto la expresión de placidez de los ancianos en el momento de su muerte. Como si hubieran muerto de felicidad.

miércoles, junio 11, 2008

Estacas

Las estacas del antiguo embarcadero soportan el viento de la playa desierta. A lo lejos, un barco maniobra para fondear. Una lancha rápida surge del barco y se dirige hacia la orilla. Probablemente sean traficantes de droga, decides. Traficantes de droga que van a hacer un intercambio. Televisión y algo de experiencia propia: los intercambios ilegales de cualquier cosa son siempre rápidos y discretos, llegar, solucionar el negocio y marcharse rápido. Será algo parecido. Lo raro de la situación es que hay un coche de la guardia civil detrás de la duna. Parece que la historia se complica para los traficantes. Nah. Los dos guardias civiles están vigilando para que todo salga bien. Quien paga manda. Y ellos realmente no están allí. Han dicho en la casa cuartel que iban de ronda por las playas a vigilar los posibles desembarcos de droga. Y eso es lo que están haciendo.

La pantalla empieza a acumular nieve y de repente no se ve nada. ¿Qué habría pasado? Si volviera la imagen, seguramente se produciría un tiroteo. Los guionistas siempre hacen que los intercambios de droga salgan mal aunque eso, en realidad, no ocurra casi nunca. Si la policía llegara a tiempo más a menudo no veríamos a gente tan nerviosa por la noche. Es posible, por tanto, que el intercambio se realizara correctamente y que de tiroteo, nada. Tal vez los guardias civiles comentaran la jugada con el Negro, un viejo conocido de un pueblo pesquero cercano. Tal vez compartieran unas rayas de cocaína pura sobre el capó del coche mientras hablaban de algo. Los guardias podrían haberle comentado al negro que un conocido suyo, el Andrés, los tenía fritos, que estaba perdiendo pie y que los vecinos comenzaban a protestar, que debía hablar con él para decirle que las farras y las armas no eran buenas compañeras, que si seguía por ese camino, al final no iban a tener más remedio que darle un escarmiento.

El Negro vuelve entonces hacia el pueblo, meditando sobre la mejor manera de decirle a su amigo que la guardia civil le ha llamado la atención, que la última juerga, con aquella bronca en el puticlub, había sido demasiado. Pero el Negro tiene miedo porque su amigo está desquiciado y últimamente no piensa con demasiada claridad. Lleva dos años consumiendo un gramo diario de coca y se ha vuelto un tipo con muy malas pulgas. Como consecuencia de la paranoia, siempre va armado. El también, así que eso no supone ningún problema. Simplemente, no tiene ganas de tener cuestiones con la guardia civil en el pueblo ahora que ha conseguido este bisnes tan guapo. Si consigue aguantar dos años más, se retira. Si consigue ganar otros cien mil euros, ya ha pensado dónde comprar una casita. Lejos de allí, claro. Bien lejos de toda aquella mierda. En un sitio con playa y con mulatas. Y pasar el resto de la vida con una barquita, paseando a turistas y buceadores.

Estaría bien que el Negro consiguiera retirarse, que se enamorara de una mulata, que la vida lo tratara bien. Me cae bien a mí este tipo, delgado y fibroso, tan moreno como alguien de la otra orilla, con el pelo rizado y la nariz griega.

Pero se va la luz y la pantalla de la televisión se queda gris. Como todas las pantallas apagadas. Como todas las historias inconclusas.