lunes, julio 14, 2008

Arañas

Mirar, mirar, pulsar, hacer clic, mirar y leer todos los correos acumulados, las entradas atrasadas, los comentarios que no hicimos para sobrellevar este día de reencuentros. Y entonces, poco a poco, con suavidad, la araña que nos habita vuelve a tejer y tejer un hilo infinito de seda que envuelve el hueco que habíamos dejado y que tenía nuestra forma y pensamos que está bien que sea así y decidimos que esa seda resistente y elástica, que aguanta tan bien las embestidas de la realidad, es algo fantástico.
Un hueco, otro hueco y otro hueco (hueco, qué palabra más extraña, imposible en sí misma como “silencio” o “ahora”), que se van emplastando de esa seda preciosa, frágil y gregaria, un manojo de hebras que crece y al final una maraña plateada que nos sitúa justo en el centro de la telaraña imaginaria que formamos con todos aquellos a los que queremos o que nos quieren. Aunque a veces no coincidan.
Y unos días antes el repetitivo mar azul, indiferente al estado de ánimo que pudiéramos tener, allí esperándonos. Y durante la pereza rítmica de los días libres, el hilo de seda fue desenrendándose con cuidado, hasta quedar desechado en una esquina: un montón leve, blanco y azul, una fantástica instalación para una feria de arte contemporáneo tirada de cualquier manera sobre la arena de la playa. Allí en una esquina, cubierta de granos de arena. Y el viento sonaba en la costa como un rumor a través de las hojas de los árboles. Y era gozoso el vacío del descanso.

Pero hay que volver a tejer.

jueves, julio 10, 2008

Gemidos

Me gustan los aeropuertos pequeños, como estaciones de autobuses venidas a más, un pequeño laberinto de carreteras que no llevan ningún sitio, en las afueras de ciudades tranquilas y ensimismadas. Me gustan, además, los aeropuertos del norte en los que ver como caen las gotas sobre los cristales y preguntarse si el vuelo saldrá con tan mal tiempo para acabar advirtiendo que es seguro que sí lo hará pues en estos pequeños aeropuertos del norte llueve siempre dulcemente como en una novela gallega. Me gustan estos aeropuertos, pequeñas construcciones mojadas que no se dan importancia y en los que hombres trajeados indistinguibles de otros hombres trajeados que pueblan los aeropuertos del mundo, esperan en la cola de embarque. Me gustan porque son sitios en los que dejarse invadir por la melancolía (la lluvia, la partida y las lágrimas de la separación) y hacerlo solo es posible cuando se alcanza cierta edad y no siempre es fácil.
Por ejemplo, justo ahora, en este aeropuerto del norte, en lugar de esa sensación agridulce y amable, lo que recuerdo es un dolor afilado, como de un estómago que se hace trizas bajo el ataque de un cuchillo con grandes dientes, como debe de ser el dolor del hielo penetrando en la columna vertebral: el dolor al oír gemir de placer, gozando del cuerpo recién descubierto de mi sustituto, a la que hasta semanas antes había sido mi chica, mi pareja. Oírla gemir de placer justo tras la pared, en la habitación de al lado, con un hombre que no era yo, un hombre extraño que no era yo, constituyó sin duda un aprendizaje. No sé exactamente acerca de qué, pero seguro que lo fue.
Y mientras tanto, a la vez que recuerdo aquellos gemidos y gritos de placer (así no gritaba conmigo, no) las gotas se dejan caer a lo largo de los cristales en este aeropuerto de provincias, una tras otra, y otra, y otra más. Y la verdad es que, a pesar del tono triste de este texto, estoy feliz y relajado.

Algo aprendí. Eso seguro.

martes, julio 08, 2008

Pereza

La sal debe ser una de las sustancias más pesadas del mundo porque el cuerpo, despues de un día de playa, adquiere una consistencia diferente, más orgánica, más sustanciosa. Y comer una rodaja de pescado fresco a la parrilla parece entonces uno de esos sacrificios paganos de los que habla siempre Manuel Vicent. Por ejemplo.
Y por decir algo, por escribir algo cuando todo el cansancio y todas las preocupaciones se han ido con el agua dulce de la ducha, digo que descansar tumbado al sol frente al mar turquesa un día de poco viento, con las pocas nubes del cielo lejanas y amistosas es como si la pereza hubiera cristalizado formado bloques geométricos. Como cristales de cuarzo.

lunes, junio 30, 2008

Hambre

Ayer, la policía no pudo evitar que, debido al amor inconmesurable de España por su selección de fútbol, la multitud devorara a los jugadores en un frenesí caníbal. Nunca se había visto en este país una demostración de amor más puro.

sábado, junio 28, 2008

Zig-zag (Madrid III)

Un mendigo escribe versos (ripios, más bien, pero cómo ser duro en la crítica con una persona que vive en la calle y que mantiene viva la llama de la poesía, la llama eternamente encedida, el fuego de los dioses) en la puerta de una librería porque espera que la gente sea más sensible a su esfuerzo, allí, sentado en el suelo, sucio y desconfiado, escribiendo a toda velocidad, como el último hombre de la retaguardia de la literatura, como el abanderado que abre el desfile de los ejércitos de la palabra. Pero la gente lo ignora sin dificultad porque en esta ciudad, los cerebros han desarrollado la capacidad de no ver lo que no quieren ver. Creo. Y el hombre sigue allí, escribiendo con una letra cuidada, como de caligrafía antigua, un verso tras otro. Yo le sonrío. A pesar de los versos malos. El me sonríe también a mí. Como si compartiéramos un secreto, como si fuéramos miembros de alguna clase de hermandad.
Y ningún periódico ha dado la noticia, pero hoy todos los grafitos de la calle Fuencarral han desaparecido. Y el único que recuerda que alguna vez estuvieron ahí soy yo. La gente me toma por loco cuando les pregunto por las pintadas, me miran con cara rara, pero a mí me obsesiona saber dónde han ido todos esos kilos de pintura. Y a lo largo de toda la calle pregunto a unos y a otros dónde están los grafitos. Y a lo largo de toda la calle, la gente piensa que he perdido el juicio. Yo no creo haber perdido el juicio. Nah. Qué va. Pero todos insisten en que nunca ha habido grafitos en esa calle, la mayoría incluso pretende no entender el significado de la palabra grafito. Como si estuviéramos en los años setenta. Algunos incluso creen que estamos en los años setenta. Pero a mí no conseguirán engañarme, no, no lo harán. Yo ya estoy escarmentado.
Me miro en un escaparate y sucede lo de siempre, la primera vez del día que miro mi imagen en el espejo siempre me sorprendo, siempre advierto que mi ropa está vieja y manchada y que mi pelo está grasiento y que tengo líneas de suciedad en la cara que señalan aún más las arrugas. Unas arrugas que yo no recordaba tener y que no sé de dónde han salido. Pero la sorpresa pasa cuando vuelvo a recordar las pintadas inexistentes, miro al cielo y, según parece, sólo yo puedo ver la inmensa nube multicolor que cubre la ciudad, a punto de descargar y de cubrirnos a todos con los colores del mundo. Y una señora con mantilla y vestida de negro me mira con asco aunque más tarde se acerca y me dice que si quiero una sopa caliente que, por favor, por favor, no dude en acercarme a la parroquia porque allí, unas cuantas señoras de la buena sociedad madrileña están haciendo un trabajo admirable para confortar a los más necesitados y están tan dedicadas a su labor que incluso el Generalísimo en persona condecoró a la Marquesa de Villaverde, una gran mujer, la encargada de la recogida de fondos para la caridad. Y la sopa no es gran cosa pero seguro que me sienta bien, según la señora, porque, además, es posible que tengan algo de ropa usada y que pueda tomar un baño y adecentar un poco mi aspecto, que vivir en la calle es duro pero si perdemos la dignidad lo perdemos todo y Dios nos mira a todos, hijos suyos amadísimos, desde el cielo. Veo entonces al mendigo que escribe versos, que pasa caminando deprisa mientras dos policías le siguen para pedirle la documentación y los policías van vestidos de gris y ahora que me fijo no se ve a nadie hablando por la calle con un teléfono móvil ni tampoco se ven demasiados coches ni hay cabinas de colores fluorescentes ni gente de otro color caminando por las aceras. Lo que sí hay son putas, pero no son rumanas ni nigerianas sino que parecen andaluzas y extremeñas y tienen cara de haber dejado poblachos perdidos en mitad de la nada con la esperanza de ser modistas en la capital o, el mejor sueño de todos, secretarias que escribían a máquina y también tienen todas cara de decepción por no haberlo conseguido y cara de hastío por tener que compartir sudor con tristes viajantes de medias de nylon que aún piensan que son el último grito en la moda femenina. Y miro a la gente y está muy claro quién tiene dinero y quién no lo tiene porque la diferencia en el aspecto entre unos y otros es mucho más nítida que ahora, aunque si soy sincero ya no sé en qué ahora vivo y estoy empezando a asustarme porque tal vez, quién sabe, la dirección en la que llevo los últimos dos meses no exista en este ahora y tal vez, quién sabe, yo ahora sea un niño de doce años que vive en Alhama de Aragón y que va al colegio con el Padre Damián y aprende los ríos de España y el glorioso día del alzamiento nacional y hace caligrafía. Aunque por otra parte, quizá todo esto sea una especie de milagro, la posibilidad de arreglarlo todo de una vez y lo que deba hacer sea viajar a mi pueblo para explicar al niño los pasos en la vida que no debe tomar. Y sobre todo, para prevenirle de que cuando encuentre a una mujer que se llama Clara, que cuando la encuentre, por Dios, que se cambie de acera y no vuelva a mirarla y también para decirle que no se aficione al alcohol, que no lo haga nunca y también para decirle: mírame, si no me haces caso, al final, serás como yo, porque, aunque no lo creas, yo soy tú. Creo. No sé. Estoy algo confuso.
Y prometo ante Dios que la borrachera de anoche será la última de mi vida. Lo prometo y entonces entro en una bodega, regentada por un hombre gordo con mandil que no parece chino e intento comprar un cartón de Don Simon pero no puedo porque el dinero es diferente y además no hay vino en cartones y entonces agarro un botella de vino barato y salgo corriendo y cuando me paro en una de las calles transversales, lejos del hombre gordo, me bebo la mitad con ansia porque ya no entiendo nada y lo que quiero es olvidarlo todo, pero, especialmente, olvidar la nube de pintura que vuela sobre nuestras cabezas y que caerá sobre nosotros como una maldición bíblica.

Y ya estoy mucho mejor.

jueves, junio 19, 2008

Vuelapluma

Que las palabras salgan directamente de mi cabeza sin tener que preocuparme del estilo, tan solo de escribir lo suficientemente rápido, de no cometer ningún error al teclear, que es lo que realmente me retrasa, porque quiero abrir la espita, el grifo, quiero dejar que las cosas salgan, todo. Los remolinos, las dudas, la confusión, el dolor, el cinismo, el desengaño, el pasado (esa entelequia), el futuro (esa entelequia). Qué pretensión la mía, ¿no?
La estampa que recuerdo con esta canción de Stererophonics y el desierto y un coche y el viento ardiente y el polvo. El aburrimiento terrible de vivir y para qué queréis la inmortalidad si no sabéis qué hacer una tarde de domingo. ¿Y que hacéis los que no tenéis pareja los domingos? ¿Qué hacéis? Mi amigo Moncho, tan buena persona y con hábitos tan poco saludables. Otra canción. Y otra imagen, esta mucho más antigua, subiendo en un Renault 5 camino de la sierra, de noche, con la sensación de transgredir algún código cuando, en realidad, pobre iluso, solo vas a echar un polvo. Y otra canción y una cama revuelta y sudor y saliva, no hace tanto de esa cama, no hace tanto. Y libros, muchos libros, una palabra detrás de otra. La sensación ilusionada del viernes por la tarde de hace quince años, esa que también salga. Y la de ahora: un fin de semana para descansar. Dormir, dormir, perder la conciencia y soñar y no recordar lo que has soñado. Y cuál será el mecanismo que marca que recordemos unos sueños y otros no. Seguro que los científicos tienen una explicación razonable o al menos una hipótesis y eso me tranquiliza porque qué fe nos va a quedar a nosotros, pobres descreídos, abandonados por dios -un dios inexistente pero al fin y al cabo, lo queramos o no, un dios que proporcionaba consuelo-, sino la ciencia. Aunque no importe. Ya sabéis que Goethe gritó luz, más luz en el momento de morir. Y un escritor que estoy imaginando, preocupado toda la vida por sus últimas palabras, las palabras que más tarde buscarán los eruditos -que como todos los fetichistas siempre me han parecido gente rara-, porque mi escritor es un gran escritor, muy reconocido, un gran pensador, todo un intelectual, que medita profundamente todo lo que dice a pesar de trabajar en la tertulia de una radio y al que preocupa sobremanera la imagen que se formará la Historia sobre él y sobre todo sobre su Obra. Y entonces va y dice: Mierda. Ja.

My mind is going

(elegía)

Mi ordenador no puede tragar los datos que vienen de la red a toda velocidad por el aire, lo oigo atragantarse, boquear intentando que el oxígeno llegue a sus inexistentes pulmones, protestar, gruñir. Mi ordenador está mayor. Y ya no puede más. Se ha cansado de tener que soportar mis insultos cuando va lento, mis textos con todas esas palabras que el pobre no entiende, unas detrás de las otras. Le he dado mala vida.

Nos hemos dado mala vida mutuamente. He pasado muchas horas ante la pantalla. Estudiando. Leyendo artículos. Trabajando. Muchas horas. He pasado muchas horas esperando correos electrónicos. Como antes esperábamos llamadas telefónicas que nunca llegaban, como antes del teléfono esperábamos el sonido de la bicicleta del cartero, como antes esperábamos al criado con el billete. Esperando.

Mi ordenador se asfixia. Lo oigo luchar por conseguir un poco más de tiempo. Mi ordenador se apaga poco a poco, se extingue, se acaba.

¿Qué estás haciendo Dave? ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?

HAL: I'm afraid. I'm afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it. I can feel it. My mind is going. There is no question about it. I can feel it. I can feel it. I can feel it. I'm a... fraid. Good afternoon, gentlemen. I am a HAL 9000 computer. I became operational at the H.A.L. plant in Urbana, Illinois on the 12th of January 1992. My instructor was Mr. Langley, and he taught me to sing a song. If you'd like to hear it I can sing it for you.

Dave Bowman: Yes, I'd like to hear it, HAL. Sing it for me.

HAL: It's called "Daisy."

[sings while slowing down]
HAL
: Daisy, Daisy, give me your answer do. I'm half crazy all for the love of you. It won't be a stylish marriage, I can't afford a carriage. But you'll look sweet upon the seat of a bicycle built for two.”

2001: A Space Odissey

Así vivimos todos. Atravesados de bits. Ensartados de información. Gracias a ellos. Un minuto de silencio, por favor.

Trabajo

Se despertó completamente descansado. Se desperezó con gusto, se rascó los testículos en un movimiento reflejo del que no fue consciente, se incorporó en la cama y encendió la luz. El día anterior había alineado la ropa en el perchero especial que tenía en el cuarto de baño: la camisa en la percha para que no quedaran arrugas, los pantalones doblados con cuidado, la corbata de seda encima de la camisa. En fin, lo habitual. Le gustaba ponerse la ropa en orden y contemplar su imagen en el espejo. Le hacía sentirse mejor.

Después de atarse los cordones de sus zapatos italianos y de echar el último vistazo al espejo, salió de casa silbando, mal, una melodía que se le había quedado adherida mientras oía la radio al afeitarse. Todo parecía en su sitio. El día estaba seco y luminoso, un poco frío, apenas había nadie en la calle y empezaba una nueva semana.

Bajó al garaje donde guardaba su coche, saludó al vigilante nocturno, que en ese momento se encontraba terminando el turno y preparándose para ir a casa, y se metió en su coche. Arrancó y puso música. Una suite de Mozart que los lunes le parecía la mejor manera de empezar la semana. No había nada que se pareciera a aquella música. Moviendo la mano derecha como si fuera un director de orquesta, se introdujo con fórceps en el atasco y se dedicó a organizar mentalmente las tareas que tenía pendientes en el trabajo.

Tenía la semana complicada. Por más que intentaba organizarse la agenda, había un par de asuntos a los que no encontraba hueco. Quizá todo se debiera a que no los encaraba con gusto y procuraba retrasarlos, de ahí sus problemas para encontrarles un lugar libre en su agenda. Aunque también era cierto que había resuelto una gran cantidad de asuntos parecidos en los últimos cinco años. Por eso no se explicaba por qué en esta ocasión le estuvieran preocupando de aquella manera.

En fin, torturar prisioneros siempre le resultaba difícil. Pero prefería no engañarse. Aquel era su trabajo y era capaz de hacerlo mejor que nadie, algo de lo que se sentía muy orgulloso. Aquel curso que había seguido de técnicas de interrogatorio en los Estados Unidos le había venido muy bien a su carrera. El mérito no era todo suyo, la verdad. Cuando era niño su padre había insistido mucho en que siempre había que hacer el trabajo lo mejor que uno pudiera. Y él se limitaba a aplicar esa moral obrera. La moral de un activista chileno de los derechos humanos, orgulloso de haber conseguido que dos de sus hijos fueran los primeros licenciados universitarios de la familia.

viernes, junio 13, 2008

Persianas

A través del cristal se puede distinguir una silueta. Hay alguien mirando y su figura se recorta contra la luz del cuarto. Si fuéramos nosotros los que observáramos ocultos tras la ventana tendríamos una imagen nítida de la ventana del vecino y, enmarcada en esa ventana, podríamos ver a una pareja follando. Todos los martes y un jueves de cada dos, una pareja se despoja de la ropa, se muerde, se acaricia, se agarra y se revuelca en el sofá que hay en el centro del salón, justo detrás de la ventana sin cortinas. Todos los martes y un jueves de cada dos, el observador pone una silla cómoda en el balcón, corre la cortina y se pone a disfrutar del espectáculo.

Hace mucho tiempo que el mirón no está con una mujer. Cuando ya no puede aguantar más, va al puticlub en el que trabaja una vieja conocida. Pero no puede permitírselo muy a menudo. Su pensión no le da para mucho y, a pesar de vivir en un piso de renta antigua, no puede pagarse una puta cada vez que le apetezca. Un hombre debe aprender a controlarse cuando llega a cierta edad. En eso todo el mundo parece estar de acuerdo. El hecho de que el deseo no disminuya con los años, que solo sea el cuerpo el que ya no responda, no parece tener importancia para los demás, claro. Pero gracias al vecino generoso, que no tiene cortinas y que tiene el detalle de cambiar de pareja a menudo, sus semanas pasan ahora más amables.

Lo que el mirón no sabe es que no está solo. Hay otros cuatro vecinos con una buena perspectiva de la ventana que también conocen la costumbre de los martes y los jueves alternos. Otros cuatro vecinos, ya jubilados, con su mismo deseo insatisfecho, su misma silla cómoda, su mismo piso de renta antigua y su misma nostalgia por el calor de la sangre que él. Vecinos a los que el mirón saluda por la calle porque llevan viviendo en el barrio tanto tiempo como él. Vecinos a los que, de hecho, nunca se atrevería a hacer ningún comentario aunque supiera que todos ellos comparten la afición a mirar por esa ventana. Esas cosas pertenecen a la intimidad de cada uno y él es un hombre educado en valores que ya han pasado de moda.

Los empleados municipales que encontrarán el cadáver dentro de unos días intercambiarán más de una mirada de inteligencia entre ellos. Los cadáveres en general siempre están despojados de dignidad pero hay ocasiones en los que eso es aún más evidente. Esta será una de ellas. Habrán encontrado al anciano con los pantalones en el suelo, sentado en una silla, con su miembro flácido (rígido al fin, gracias al rigor mortis) en la mano, con los ojos muy abiertos fijos en la ventana. Todos estarán de acuerdo en que se tratará de un infarto. Con esa edad, la muerte puede sobrevenir en cualquier momento.

En esa misma semana, los empleados municipales encontrarán cuatro cadáveres más en una situación parecida. Todos ancianos a los que la muerte habrá sorprendido masturbándose mientras miraban con atención a través de la ventana. Algunos se ocultaban detrás de una cortina, otros parecían observar por agujeros estratégicamente realizados en las persianas, pero todos miraban hacia el mismo lugar. Todos miraban la misma ventana de la tercera planta del número 7 de esa calle. Después de realizar la autopsia —autorizada por el juez por el número de muertes en circunstancias parecidas— comprobarán además que los fallecimientos se han producido el mismo día y aproximadamente a la misma hora.

Todos los ancianos habrán muerto a la vez el martes 18 del mes en curso, a las 11.30 de la noche, más o menos. Los encargados del caso no acaban de explicarse el suceso y siguen investigando. A los forenses tampoco se les ha pasado por alto la expresión de placidez de los ancianos en el momento de su muerte. Como si hubieran muerto de felicidad.

miércoles, junio 11, 2008

Estacas

Las estacas del antiguo embarcadero soportan el viento de la playa desierta. A lo lejos, un barco maniobra para fondear. Una lancha rápida surge del barco y se dirige hacia la orilla. Probablemente sean traficantes de droga, decides. Traficantes de droga que van a hacer un intercambio. Televisión y algo de experiencia propia: los intercambios ilegales de cualquier cosa son siempre rápidos y discretos, llegar, solucionar el negocio y marcharse rápido. Será algo parecido. Lo raro de la situación es que hay un coche de la guardia civil detrás de la duna. Parece que la historia se complica para los traficantes. Nah. Los dos guardias civiles están vigilando para que todo salga bien. Quien paga manda. Y ellos realmente no están allí. Han dicho en la casa cuartel que iban de ronda por las playas a vigilar los posibles desembarcos de droga. Y eso es lo que están haciendo.

La pantalla empieza a acumular nieve y de repente no se ve nada. ¿Qué habría pasado? Si volviera la imagen, seguramente se produciría un tiroteo. Los guionistas siempre hacen que los intercambios de droga salgan mal aunque eso, en realidad, no ocurra casi nunca. Si la policía llegara a tiempo más a menudo no veríamos a gente tan nerviosa por la noche. Es posible, por tanto, que el intercambio se realizara correctamente y que de tiroteo, nada. Tal vez los guardias civiles comentaran la jugada con el Negro, un viejo conocido de un pueblo pesquero cercano. Tal vez compartieran unas rayas de cocaína pura sobre el capó del coche mientras hablaban de algo. Los guardias podrían haberle comentado al negro que un conocido suyo, el Andrés, los tenía fritos, que estaba perdiendo pie y que los vecinos comenzaban a protestar, que debía hablar con él para decirle que las farras y las armas no eran buenas compañeras, que si seguía por ese camino, al final no iban a tener más remedio que darle un escarmiento.

El Negro vuelve entonces hacia el pueblo, meditando sobre la mejor manera de decirle a su amigo que la guardia civil le ha llamado la atención, que la última juerga, con aquella bronca en el puticlub, había sido demasiado. Pero el Negro tiene miedo porque su amigo está desquiciado y últimamente no piensa con demasiada claridad. Lleva dos años consumiendo un gramo diario de coca y se ha vuelto un tipo con muy malas pulgas. Como consecuencia de la paranoia, siempre va armado. El también, así que eso no supone ningún problema. Simplemente, no tiene ganas de tener cuestiones con la guardia civil en el pueblo ahora que ha conseguido este bisnes tan guapo. Si consigue aguantar dos años más, se retira. Si consigue ganar otros cien mil euros, ya ha pensado dónde comprar una casita. Lejos de allí, claro. Bien lejos de toda aquella mierda. En un sitio con playa y con mulatas. Y pasar el resto de la vida con una barquita, paseando a turistas y buceadores.

Estaría bien que el Negro consiguiera retirarse, que se enamorara de una mulata, que la vida lo tratara bien. Me cae bien a mí este tipo, delgado y fibroso, tan moreno como alguien de la otra orilla, con el pelo rizado y la nariz griega.

Pero se va la luz y la pantalla de la televisión se queda gris. Como todas las pantallas apagadas. Como todas las historias inconclusas.

Universo

"Pero por otra parte, nuestro universo, aunque macroscópicamente parece fluir en un movimiento continuo y armonioso, es la superposición de un sinfín de pequeñas singularidades, del mismo modo que nuestro planeta, una esfera casi perfecta visto de lejos, presenta una topografía sumamente compleja cuando nos acercamos a su superficie."
Enrique Zuazua. El momento de las Matemáticas.


Ahí queda eso. Casi nada.

lunes, junio 09, 2008

Max

En el sureste español hay un desierto. Uno de verdad, con dunas y colinas pedregosas sin vegetación, con escarabajos que corretean entre la arena y agaves, que es como los mexicanos llaman a las pitas. Las pitas son de las pocas especies de plantas preparadas para sobrevivir allí, a la orilla del mar. Pertenecen a la familia de las cactáceas, plantas con tallos gruesos, con hojas que la evolución transformó en espinas, con flores delicadas, vistosas y efímeras, y con frutos jugosos. En México se destilan tequila y mezcal a partir del agave pero en España sólo se hace aguardiente.

Como en todos los desiertos, en el del sureste español vive gente bastante extraña. Gente que ha decidido privarse de la contemplación de un paisaje fresco y verde. Gente que, de alguna manera, ha decidido mirar el atardecer sobre las colinas desnudas como si se tratara de algo esencial. Y tal vez lo sea, ¿quién sabe? Gente limítrofe, que debe aprender a ahorrar agua y para ello imita a la naturaleza y habita viviendas semienterradas.

En el desierto del sureste español había un hombre que decía ser alemán, con la piel ya morena y curtida por la intemperie, y que tenía antes un museo al que solo se podía acceder después de hacerle un retrato. Aunque el visitante no supiera dibujar, debía realizar el retrato para poder admirar la colección de objetos recuperados del mar, blanquecinos y llenos de sal. El hombre ya murió y no dejó testamento ni última voluntad porque qué sentido hubiera tenido entonces haberse convertido en los setenta en un ermitaño marino dispuesto a vivir solo con los objetos traídos por el agua. El hombre no creía en la propiedad privada y murió como había vivido, sin nada que poder regalar. Si lo pensamos, es admirable morir como se ha vivido, sin dejar que el miedo nos cambie. El caso es que el alemán era famoso en la zona y ahora está muerto y las cosas que recuperó en la costa durante treinta años han vuelto al mar, de una manera u otra. Lo sé porque yo fui su amigo durante los últimos años. Se llamaba Max.

Max murió un seis de julio hace tres años. Desde entonces, yo y un par de personas más que nos considerábamos buenos amigos suyos le recordamos el día de su muerte consumiendo peyote. Según las tradiciones del pueblo Huichol, la planta sagrada surgió de las huellas ensangrentadas de un dios, fugitivo y perseguido por los hombres de la tribu. En México y el sur de Estados Unidos la han consumido de forma tradicional durante cientos de años, pero Jim Morrison escribió algunos versos arrasado por sus efectos y desveló su secreto. Hasta que nuestro alemán muerto plantó peyote y lo cuidó durante treinta años con cariño, esa planta no crecía en España.

Todo está trascurriendo mucho más lentamente, todo está teniendo su propio tiempo, todo está desecándose y cubriéndose de salitre poco a poco. Puedo escuchar el ruido que hace la sal depositándose sobre las plantas, puedo oír el concierto de los granos de arena transportados por el viento, crujiendo como si el cielo estuviera hecho de seda, noto como se eriza mi piel, puedo ver la música, de colores, moviéndose armónica como un charco de aceite agitado por el viento. Este desierto tiene playas de arena entre rocas, con peces, pulpos y sepias a tres metros de profundidad, y resulta extraño oír nuestro propio corazón mientras contemplamos los movimientos espasmódicos de los animales marinos. Bum. Bum.

Max, te echamos de menos. Aunque estuvieras completamente loco.

jueves, junio 05, 2008

Amigo

Mi mejor amigo tiene la mala costumbre de subrayar los libros una y otra vez hasta que los pasajes quedan ilegibles. Lo curioso es que muestra un extraño talento en esta selección pues los pasajes sin marca, situados entre dobles y triples subrayados de colores, son los que yo encuentro, indefectiblemente, los mejores del libro. Durante un tiempo me estuvo preocupando esa extraña simetría. Las cosas en la naturaleza no suelen comportarse así. Por eso decidí hacer una prueba.

Un buen día leí por mi cuenta el mismo libro que mi amigo estaba maltratando con su habitual dedicación y anoté en un cuaderno el número de página y de párrafo de los fragmentos que más me habían gustado. Cuando mi amigo terminó de leer, tomé su ejemplar con curiosidad y comprobé (me lo temía) que había dejado sin marcar sólo aquellos párrafos que yo había seleccionado. Entonces sentí miedo. Inventé una excusa poco convincente y escapé de allí.

Salí a la calle, di unas vueltas por el barrio y, ya más tranquilo, volví a mi casa. Pero no fue fácil dejar de pensar en ello. Ni un solo párrafo de diferencia, ni uno solo. Debía encontrar una explicación. Intentar encontrar explicaciones a lo que no entiendo es algo que forma parte de mi naturaleza. O al menos eso le digo a mi psiquiatra. Me gusta darle vueltas a los problemas desde distintos puntos de vista e intentar ponerme en el lugar de los demás.

Por ejemplo, a veces me gusta imaginar que me convierto en alguien completamente opuesto a mí. Alguien que sería como una especie de negativo fotográfico de mi personalidad. Alguien a quien le gustarían las mujeres delgadas y rubias, la cerveza americana y las novelas de éxito. Cuando se lo conté al psiquiatra me dijo que eso nos pasa a todos y que no es motivo de preocupación, que es normal, que todos soñamos con ser otros diferentes, que todos nos hartamos de ser siempre los mismos, que esa pulsión late en muchas de nuestras adicciones.

Yo le dije que estaba de acuerdo y que me había convencido, que, en realidad, aquello no era tan raro. Pero cuando volví a casa, de nuevo comencé a pensar en la maldita cuestión de los subrayados. No hago más que darle vueltas una y otra vez. Me preocupa cada día más. Durante toda la semana no he podido pensar en otra cosa. No puede tratarse de una casualidad. A ver si consigo hablar con mi mejor amigo del tema porque, últimamente, cada vez que lo busco, ha salido a hacer algo. Por más que lo intento no consigo verlo.

Además, cuando lo llamo al móvil siempre comunica.

domingo, junio 01, 2008

Samurái

El Camino del Samurai está en la muerte. Es necesario meditar cada día sobre la muerte inevitable. Tener cada día, el cuerpo y el espíritu en paz. Hay que meditar sobre la muerte: rasgado por flechas, piedras, lanzas y espadas. Cogido por grandes olas, precipitado al corazón de un gran fuego, golpeado por el relámpago, aplastado por un gran terremoto, cayendo de una roca, morir por una enfermedad o cometer un 'seppuku' en la muerte de su maestro. Cada día sin excepción, hay que considerarse muerto. Esta es la sustancia del Camino del Samurai.

(Forrest Whitaker en Ghost Dog de Jim Jarmush, recitando las enseñanzas del Bushido.)

El despertador suena a las seis y media de la mañana y vuelvo a pensar, como todos los días, que debería acostarme antes de las once. Pasan diez minutos en los que, ya despierto, trato de abrir los ojos. Suena el despertador por segunda vez. Me levanto y voy hacia el baño. Me afeito, me lavo los dientes, me enjuago la boca con colutorio, me meto en la ducha. El agua caliente me sienta bien. Al llegar a la oficina, leeré el correo, bajaré a tomar el primer café de la mañana con un libro, subiré y me sentaré delante del ordenador. Si hay algo urgente que hacer, lo haré y si ese no es el caso, ojearé el periódico y trabajaré en algún proyecto pendiente.
Los días pasan de forma casi imperceptible, acumulándose sobre mi espalda sin esfuerzo. Estoy algo triste pero no le doy importancia, he aprendido que ese sentimiento pasará y que basta con aguantar un par de días para volver a la rutina. Casi diez años trabajando en esta oficina. A veces pienso que mi vida se ha detenido y que no consigo encontrar el interruptor para volver a ponerla en marcha. A veces pienso que el problema es la dirección. Que lo que no consigo encontrar es el volante. Pero la mayoría del tiempo no pienso demasiado sobre ello. Vivo solo y me he acostumbrado a no hablar con nadie al llegar a casa. Me he acostumbrado a leer a autores muertos. A ver películas antiguas. Me he acostumbrado a abstenerme. Ese es el camino.

Un día sonará el teléfono y tendré que cumplir una misión. El trabajo que soy. Ese día, me encaminaré a la sección de personal y pediré un par de días libres. Casi nunca lo hago, así que me los darán. Llamaré a mi agente de viajes para el billete de avión. En casa, prepararé una mochila de viaje. Pondré el despertador mucho antes, me prepararé. Llamaré un taxi, que me llevará al aeropuerto. Volaré y llegaré a cualquier ciudad del continente. Tomaré otro taxi que me conducirá a mi hotel, siempre discreto y de categoría media. Me tomaré dos tragos de ginebra. Me ducharé. Buscaré la dirección que me han proporcionado. Arrancaré una vida y lo haré con respeto. Matar es importante pero no es lo más importante. No soy un carnicero. Puede que a la gente que me paga no le importe. A mí sí. Volveré al hotel. Me ducharé de nuevo, haré la maleta, revisaré la habitación con cuidado. Me despediré en el hotel con una sonrisa. Volveré a casa. Sentado y en silencio, meditaré profundamente. Daré gracias por poder servir a mi señor, presentaré mis respetos a mi enemigo, al que habré puesto en brazos de la muerte. Pensaré en mi honor, en si se ha mantenido limpio, analizaré mi proceder y decidiré si ha sido digno. Me sentiré en paz porque habré podido cumplir mi objetivo una vez más y, más tarde, prepararé la corbata del día siguiente.

El camino del samurái.

lunes, mayo 26, 2008

Morfeo

Me desperté y me dolía horriblemente la pierna izquierda. No recordaba cómo me había hecho la gran herida que tenía en el muslo. No había sangre en la cama. La cama estaba limpia y la herida suturada, con los bordes hinchados pero con buen color. Parecía una herida que comenzaba a cicatrizar.
Lo último que recuerdo es haberme metido en la cama después de un día muy largo, con muchas horas delante de la pantalla del ordenador, con dolor de espalda. No recuerdo haber soñado nada. El caso es que la pierna me palpita y noto el bombeo del corazón en los bordes de la herida. Me levanto con cuidado y me desplomo. La pierna no es capaz de aguantar el peso de mi cuerpo. A la pata coja, consigo llegar al lavabo para orinar. A medida que orino, la herida comienza a desaparecer y comprendo que estoy soñando.
Cuando miro mi pierna derecha, la herida ha cambiado de lugar y ahora es la otra pierna la que palpita. Quiero despertar. Sé que estoy tumbado en la cama y que no tengo ninguna herida en la pierna. No quiero seguir en este sueño de mierda. Sé que estoy tumbado, con el corazón bombeando a un ritmo más bajo del habitual, descansando. Sé que mañana no recordaré esta sensación de asfixia que empieza a apoderarse de mí. Lo sé pero me da igual. Quiero despertar ahora y quiero olvidar esto para siempre.
Despierto y me duele horriblemente la pierna izquierda. La herida sigue ahí. Grito.


Me dormí y soñé con un ocho tumbado, acostado, el símbolo del infinito (en honor de la cinta de Moebius) constituido por muchos otros símbolos de infinito. Recorría incansablemente la cinta buscando a Dios. No lo encontraba y entonces me sentaba al borde de la cinta. Me colgaban los pies.


Volaba a mil metros de altura como los pájaros, sin esfuerzo. Miré desde arriba y pude ver los puentes que sobrevuelan la M-30 con su río de coches a quince metros en vertical; las vías del tren llegando a la estación; las autopistas de circunvalación abrazando los suburbios; la sucesión de torres de alta tensión; el atardecer en el horizonte; las líneas depuradas de los grandes edificios nuevos; el mosaico de los tejados del centro.


El profesor estaba diciendo que los huesos eran estructuras porosas que podían soportar gran presión sin pesar demasiado. La columna vertebral y los huesecillos del oído interno eran, según él, los máximos ejemplos de su perfección formal. Pequeñas piezas que se encajaban unas en otras para dotarnos de estructura, para que pudiéramos mirar sin miedo hacia el horizonte con las manos en la cintura y las piernas bien afirmadas sobre el suelo. Los huesos eran fundamentales porque no tenerlos nos hubiera convertido en algo adiposo y sin forma, amebas gigantes que apenas se podrían desplazar de un sitio a otro. Seres temibles que habrían desarrollado una lengua proyectable y prensil como la de los sapos para alimentarse.


Una libélula de cuerpo violeta zumbaba en los alrededores de una charca. La charca burbujeaba como si estuviera hirviendo. Era de color gris ceniza.

sábado, mayo 24, 2008

Madrid II

(a conde-duque)

Otra vez Madrid con un cielo opresivo sobre nuestras cabezas y una primavera rara, con lluvia, con turistas y sin sol. Un paseo para ver a un hombre vestido de negro con la ropa muy ajada y los zapatos viejos, con una cara antigua, un limpiabotas que carga con sus herramientas: una estampa de hace cincuenta años, de cuando Ferlosio publicaba El Jarama y limpiarse los zapatos en la Gran Vía era el sueño de los habitantes de los pueblos de los alrededores; una señora con pañuelo en la cabeza que parece tener doscientos años y camina lentamente arrastrando un carrito de la compra lleno de objetos recuperados de la basura y un viejo pequeño, calvo y mal educado que vende mecheros por los bares y abronca a todo el mundo; Botín, en Cuchilleros, abierto desde el siglo XVIII y La Posada de la Villa, en la Cava Baja, desde el XVII; el empedrado brillante y luminoso por la lluvia; la actividad en el barrio, con furgonetas de reparto aparcadas en sitios prohibidos y hombres chinos transportando mercancía a pie, descargando maleteros llenos de productos importados. Madrid es un hervidero, un cúmulo, un vórtice, en el que todo el mundo camina creyendo que sabe a dónde va cuando, en realidad, pasa años dando vueltas a los mismos lugares. Cervantes, Galdós, Quevedo, Lope, Valle, todos entendieron la esencia de este pueblo venido a más, este lugar extraño, con mafiosos vestidos con trajes de Armani falsos y señores jubilados con rebecas tejidas a mano, con aspirantes a poetas y ministros, con expertos en marketing viral y diseñadores de páginas web, con gitanos que venden su género a la puerta de sus furgonetas, con traficantes de drogas y borrachos empedernidos.

Y un grafito en la pared dice: "Dulce la espera del que espera a su amada". Y otro: "Puta". Y otro: "Esta ciudad tiene los dientes suaves como cantos rodados, hartos de masticar a gente como tú".

lunes, mayo 19, 2008

Ficción

Un amigo me cuenta que siendo muy joven fue funambulista y hombre bala (sólo una vez que sustituyó al anterior, con tan mala suerte que cayó fuera de la red y se partió una clavícula) y otro amigo lo confirma pues según dice en aquella época se conocieron. Le digo que no me lo creo y cambio de opinión cuando veo su cara de indignación. Parece que sí que fue un hombre bala (sólo una vez y con mala suerte) y funambulista (de apoyo a la chica sobre la que recaía el peso del número). Le explico que no lo estoy llamando mentiroso, que le creo cuando lo veo contar su vida, que tiene cara de decir la verdad, pero que su historia resulta tan increíble que cuando pienso en ella en casa me cuesta un gran esfuerzo seguir haciéndolo. No parece entenderlo.

Otro amigo me dice que, de pequeño, fue la persona que se escondía dentro de una mascota que aparecía constantemente en televisión acompañando a un grupo infantil, que estuvo haciendo ese trabajo durante los años que el grupo estuvo en las listas de éxitos, antes de que se disolvieran y el cantante empezara a aparecer en programas especialistas en airear las vergüenzas de la gente. Me lo jura por lo más sagrado. Yo le digo lo mismo que al primero, le digo: anda ya, eso sí que no, pero cómo vas a ser tú el que estaba dentro de aquel perro gigante de colores. Este no se indigna sino que me dice que crea lo que quiera, que no va a emplear ni un minuto en intentar convencerme. El primer amigo lo confirma. Y también me lo creo.

Una amiga me dice que acaba de tener una niña (que sólo tiene dos meses) y que su marido ha perdido cien mil euros en un negocio del que no ha podido recuperarse, que se ha convertido en un adicto a la cocaína, que se ha ido de casa y lleva un mes sin ver a su hija recién nacida, que la depresión o la paranoia provocadas por las drogas están matándolo y que su deuda (régimen de gananciales) no hace sino aumentar, siempre hacia arriba los números rojos, un agujero que se traga el dinero que el marido aspira por la nariz convertido en polvo blanco. Aunque ha pedido el divorcio, no sabe que será de su vida como madre soltera después de nueve años de matrimonio. También me lo creo.

Entonces pienso que, a diferencia de la literatura, a diferencia de la ficción, la vida no tiene por qué ser verosímil. La vida no tiene por qué ser nada, no tiene reglas ni personajes, no tiene estructura. La vida se parece a lo que quedaría sobre el suelo si consiguiéramos extraer limpiamente los huesos de un rinoceronte, una masa informe de órganos con diferentes colores y texturas, con una parte muy dura, que en realidad no es más que pelo apelmazado.

martes, mayo 13, 2008

Yo

Esto es un espacio para la ficción. Por eso nunca he hablado aquí de mí, de mis emociones, mis creencias, mis pensamientos, mis deseos. Ni falta que hace.

Esto no es un espacio donde aparezca la vida del que está a este lado de la pantalla. No creo que merezca la pena porque yo no soy diferente de los demás. Soy exactamente igual que muchos otros, tengo el mismo miedo, he hecho cosas parecidas, siento la falta de palabras para expresar lo verdaderamente importante. Leo y contemplo pasar la vida a mi alrededor. Habito una vida llena de ficción, como la de todos. Recuerdo lo que me interesa o lo que invento, como todos. Amo a los míos. Es difícil convertirse en algo mío, pero cuando sucede (y aún sucede) es para siempre, para bien y para mal, para ahora y para luego. Para nunca. Odio con poca frecuencia pero con mucha intensidad. Como casi todo el mundo.
Creo que para vivir con ligereza basta con asumir nuestra poca originalidad, la repetición constante del patrón de la vida humana y los ciclos generacionales. El afán de autoafirmación y originalidad en la adolescencia, la búsqueda de un futuro y una vida en la veintena (el sexo, la carrera, las experiencias), la de la estabilidad en la treintena (la hipoteca, los niños, la familia), la de la aceptación en la cuarentena (la mitad del tiempo consumido y no he hecho todo lo que quería ni serían suficientes cuarenta vidas para hacer lo que me hubiera gustado ahora que asumo que el tiempo no vuelve, si es que acaso se va a algún sitio), la de las pérdidas en la cincuentena (ya no existe la barrera de la generación anterior esperando a la muerte antes que la mía y siento el vértigo frío del vacío), la sesentena y la setentena y …

Esto es un espacio para la ficción. Mi nombre es Roberto y soy actor. Mi nombre es Bartleby y soy escribiente. Mi nombre es Miquel y soy pintor.

No se puede diferenciar lo que es verdadero de lo que no, lo que forma parte de mí o de mi personaje, lo que constituyen guiños para quien me conoce y lo que me invento. Y eso me divierte. Eso es todo.

Quizá al final todo se reduzca a eso.

lunes, mayo 12, 2008

Portería

Había nacido en un piso construido en los años cincuenta en la gran ciudad, de esos promovidos por el ministerio de la vivienda y que tenían un águila en un escudo en la puerta que nadie se había preocupado en desmontar cuando llegó la democracia. Su padre había sido portero de aquella misma casa así que cuando le llegó el momento de decidir qué hacer con su futuro y se le presentó la oportunidad de heredar la portería, no se lo pensó.
Empezó a trabajar con dieciocho años como portero y veinticinco años después aún continuaba allí. Nunca había vivido en otro lugar. Cuando su padre murió quince años después que su madre, reformó la casa que tenían en el último piso del inmueble y la decoró más a su gusto. Tiró casi todos los objetos que su madre había sembrado por la casa pero conservó un retrato antiguo en el que sus padres aparecían de jóvenes. Le parecía increíble que sus padres hubieran sido jóvenes alguna vez, el sólo podía recordarlos con la cara llena de arrugas de expresión.
Durante aquellos veinticinco años había intentado aprovechar el tiempo. Se había matriculado en un montón de cursos por correspondencia, se había hecho de un club de lectura, había aprendido inglés, se había cultivado. No se había quedado quieto en la portería leyendo la prensa deportiva y mirando ceñudo cuando aparecía alguien desconocido. Al menos, no todo el tiempo.
Siempre pensaba en la suerte que había tenido con la portería. Tal y como estaban las cosas con la vivienda, no tener que pagar una hipoteca y tener un empleo estable y seguro le parecían el paraíso. Además, cuando apareció Internet, su aburrimiento encontró consuelo. Los libros de la biblioteca a veces le cansaban y últimamente se limitaba a leer el libro que debía comentar en el club. Pero Internet era otra cosa, era imposible aburrirse si uno tenía curiosidad.
Nunca podía viajar porque en agosto los vecinos era cuando más lo necesitaban, se quedaban mucho más tranquilos, decían. En los últimos años, el barrio no era un lugar muy seguro y era mucho mejor que el portero estuviera allí y evitara que se colaran los ladrones vestidos de encuestadores para averiguar qué casas estaban vacías o para robar los cables. Además, él no tenía familia, así que no le importaría dejar las vacaciones para otro mes, decían también.
Cuando en octubre tenía vacaciones, hacía muy mal tiempo en casi todo el mundo al alcance de su presupuesto, excepto en Canarias, donde había estado un par de veces y en el Caribe, donde vivió una historia de amor con una mulata que le rompió el corazón, le vació el bolsillo y le previno en contra de los viajes trasanlánticos. Por eso casi siempre se quedaba en la gran ciudad, metido en su piso de la última planta, leyendo y chateando. Como los vecinos sabían que estaba allí, muchas veces tenía que resolver algún problema relacionado con la finca. No había nadie que conociera sus triquiñuelas como él.
Hoy ha llegado al barrio un desfile de máquinas amarillas por la avenida. Según parece, el nuevo plan urbanístico del ayuntamiento contempla derribar las casas antiguas del barrio para construir nuevos bloques de apartamentos, de esos con portero automático con cámara de vídeo. Han llegado a la finca unas cuantas cartas certificadas que los vecinos no se han molestado en ir a recoger pues el presidente opina que si no se recogen en correos, pueden alegar que no se han recibido. Todos están de acuerdo, algo que sucede raras veces. Han oído tantas veces que el ayuntamiento pretende derribar las casas de realojo del barrio que no acaban de creérselo. A fin de cuentas, aquellas casas han sido suyas durante más de medio siglo y no pueden ponerlos de patitas en la calle, a pesar del nuevo barrio que ha surgido en los alrededores y que está plagado de grandes edificios y centros de convenciones. Sin embargo, hoy el portero no puede dejar de mirar las relucientes máquinas amarillas, con sus enormes pinzas y palas.
Parecen animales hambrientos, piensa.

jueves, mayo 08, 2008

Videocámaras

Decían en tiempos más piadosos que Dios lo sabía todo y además todo el tiempo, así que estoy seguro de que en la jerarquía de los ángeles (Serafines, Querubines y Tronos en el Primer Coro; Dominaciones, Virtudes y Potestades en el Segundo Coro; Principados, Arcángeles y Ángeles en el Tercer Coro), hay una gran cantidad de especialistas en vídeo y audio.
Nuestros ángeles de la guarda, que están siempre a nuestro alrededor, nos graban sin descanso con sus ojos (las Videocámaras de Dios) y envían la información al Cielo a través del canal de satélite correspondiente (ancho de banda infinito). Otros ángeles diferentes, que han conseguido el traslado a las oficinas centrales (los becarios del Paraíso) se ocupan de montar todas las escenas que llegan sin parar.
Nosotros no lo advertimos, pero gracias a ambos, en el Cielo pueden montar cualquier versión, de cualquier estilo, de la película de nuestra vida. Lo tienen absolutamente todo grabado. Pueden montar nuestra película como si se tratara de una ensoñación de David Lynch o llena de saltos a cámara lenta, como si el director fuera John Woo. Pueden hacer cualquier cosa.

Los ángeles de arriba trabajan en una oficina (también infinita, claro) de colores neutros. En cada mesa hay un equipo de última generación para el montaje de las historias de nuestras vidas. La mayoría de las vidas son muy parecidas y el trabajo no es muy satisfactorio, pero los ángeles saben que no pueden dejar de hacer su trabajo porque las escenas tienen que estar siempre disponibles. Si alguno de los protagonistas quiere imaginarse fuera de sí mismo protagonizando su propia vida (si alguien necesita verse acunando a su primer hijo, o besando a su primera esposa) las imágenes son necesarias. El ángel de la guarda (el de abajo) detecta el deseo antes de que se produzca y descarga las imágenes necesarias del Cielo. Entonces, vemos la escena que estábamos buscando y pensamos que recordamos cuando es imposible que se trate de un recuerdo. Podríamos recordar el tacto de la piel del recién nacido, el olor de nuestra primera esposa, el color de los ojos de ambos, pero nosotros estamos dentro de nuestra cabeza y no es posible que nos veamos protagonizando la película de nuestra vida, como si un misterioso director la hubiera rodado. Pero es que resulta que sí que lo ha hecho.

Cuando alguien muere, las imágenes de su vida se introducen en el archivo. Se trata de un sistema que reproduce aleatoriamente segmentos de cualquier vida ya pasada para evitar que el etéreo material del que están hechas acabe por desvanecerse. La proyección tiene lugar dentro de los vivos, normalmente cuando duermen y sueñan. Cuando a veces nos levantamos con la sensación de haber estado a punto de descubrir un secreto crucial, en realidad lo que hemos hecho es asistir al tráiler de una película antigua en la que el actor protagonista ya ha muerto. Lo que nos quedan son las ganas de continuar con la historia, nada más. Aunque sí que aciertan aquellos que piensan que en los sueños se esconde algo más que un mecanismo cerebral. Aciertan porque, cuando dormimos, parte de nuestro cerebro se convierte en un cine de los años cincuenta, con una pantalla gigantesca y una lámpara inmensa colgando del techo abovedado. Y nos encanta estar allí.