miércoles, abril 15, 2009

Vídeo

Lo vemos ante la cámara, moviéndose nerviosamente y hablando con cierta inseguridad, como pretendiendo improvisar sin advertir que lo que uno es capaz de hacer con las palabras no tiene por qué tener un reflejo fiel en una grabación. Un vídeo siempre desarma, permite al que lo ve juzgar por mucho más que por las palabras que se dicen, permite que cualquier desaprensivo pueda ver al protagonista poco confiado, sin estar seguro de estar haciéndolo bien, apoyándose en una pierna y más tarde en la otra, saliendo de plano en un descuido, dejando frases inacabadas, permite que cualquiera pueda compararlo con su propio padre, por ejemplo, que cuando habla por teléfono hace algo parecido, juega con los adornos de la estantería, se revuelve inquieto, como si no se contentara con las palabras y echara en falta la gesticulación y la cara de la persona con la que habla, una falta de rostro que sospecha es lo que empuja a ese padre a acabar abruptamente las llamadas telefónicas, a parecer molesto cuando debe atender al teléfono, pero él sigue allí delante de la cámara, intentado contar algo, leer algo que ha escrito antes y moviéndose nervioso, apoyándose en una pierna y luego en la otra, con el skyline de la ciudad tras él, actuando, sintiéndose falso, sintiéndose un actor malo, un impostor, grabarse es una transacción extraña, piensa, lo es, pero no más extraña que esto que pretende hacer: contar un cuento ante la cámara, porque lo escrito también tiene sus trucos y aunque parece algo secuencial, en realidad no lo es, piensa también, los ojos se mueven coordinadamente pero cada uno de ellos enfoca un punto diferente y más tarde el cerebro reconstruye la imagen en la cabeza y a partir de esa imagen se lanza a elucubrar, a descifrar el contenido de las palabras, saltándose muchas de ellas, ignorándolas; la lectura es algo que se realiza a saltos, aunque la primera vez tengamos la impresión de estar leyendo de derecha a izquierda, en realidad, rellenamos constantemente los huecos que dejamos en el proceso y supongo que eso es lo que hacemos nosotros como telespectadores cuando vemos un vídeo, rellenar los huecos, hacer suposiciones, asignar a la persona que aparece determinados comportamientos, extracción social, costumbres, estados de ánimo, personalidad, intereses y amores.

«Esta mañana había un muerto delante de mi casa. Lo he visto tapado por una sábana blanca, rodeado de varias personas vestidas de naranja y un círculo de curiosos que parecían esperar para asegurarse de que no eran ellos los que yacían sin vida en el suelo. Un infarto, seguro que ha sido un infarto, decían, pero seguían allí, como si no estuvieran seguros de seguir vivos, como si tuvieran la necesidad de comprobar que, en el caso de que alguien de la ambulancia desplazara sin advertirlo la sábana que cubría la cara del muerto, el rostro que aparecería no sería el de ellos, el de ellos que estaban vivos y sentían el sol de primavera en los hombros. Y entonces uno de ellos habría dicho: Dios, es Pepe, lo conozco, fuimos juntos a la mili, joder, qué putada con lo joven que era, que tenía mi edad, coño, cómo es posible que estas cosas estén sucediéndonos ya a nosotros, a nosotros y no a nuestros padres ni a nuestros tíos; Pepe, joder, qué te ha pasado, si estabas en buena forma y no tenías colesterol y además recuerdo que no fumabas y eras un gran deportista; no somos nadie, cuando tiene que tocarte te toca y ya está. Pero la sábana no se movió y siguió sobre el cadáver, siguió sobre él y yo solo podía ver la silueta de la cara debajo de ella, solo podía intuir el tamaño del hombre, era verdad que parecía en buena forma y a lo mejor no se trataba de un infarto sino de un accidente, algo que le había caído en la cabeza pero no, no era posible, porque en ese caso también hubiera estado allí la policía tratando de averiguar algo sobre lo sucedido y solo se veía la ambulancia aunque sí que parecía intuirse a lo lejos el sonido de más sirenas y tal vez se tratara de que el muerto delante de mi casa estaba recién muerto, y todavía la policía no había tenido tiempo de llegar o de que algo los hubiera tenido ocupados y no hubieran podido llegar antes, algo más grave aún, un asesinato, un ajuste de cuentas, un tiroteo indiscriminado en la universidad. Y cuando, tras media hora, montaron al muerto en la ambulancia, pude ver su cara y me pareció la de mi hermano y entonces cogí el teléfono para llamarlo, para asegurarme de que todo había sido una tontería, que no había visto bien al cadáver, porque no podía ser él, no podía ser él, eso es lo que piensaba mientras esperaba con el corazón en un puño y entonces mi hermano contestó ¿diga? al teléfono y sentí un alivio indescriptible. Sí, indescriptible.»

martes, abril 07, 2009

Mentiras III

Hace bastante tiempo una mujer me dejó por carta. En ella, según me aclaró después al teléfono, me explicaba que había conocido a otro y que llevaba unos dos meses durmiendo con él a diario. Yo no entendí la carta, por mucho que ella insistiera en que estaba clara. Estaba claro que me dejaba pero no estaba claro por qué. Eso me lo contó luego al teléfono, como he dicho. Como recuerdo de aquel dolor me puse un arito de oro en la oreja izquierda. Tantas ganas tenía de llevar aquel recordatorio que cuando una amiga y yo comprobamos que no había cubitos de hielo para dormirme la oreja y que ella pudiera traspasarla con una aguja, utilicé dos croquetas congeladas para hacerlo. Es una gran anécdota y la cuento siempre porque me parece divertida. Diez años estuvo en mi oreja aquel pendiente.

Doce años después, en otra ciudad, al abrir mi casa la encontré medio vacía porque, tal y como habíamos acordado civilizadamente, la mitad de los muebles se los había llevado mi ex mujer. Por toda la casa podían verse recuadros más claros en la pared. Uno de ellos destacaba especialmente, un rectángulo alargado de más de un metro y medio de longitud que parecía mirar las grandes pelusas que recorrían el pasillo. Donde antes estaba el sofá y la mesa de centro había un espacio vacío, cubierto de polvo, con dos grandes cojines tirados en el suelo. Saqué el móvil y fotografié el estado de la casa. Las fotos me acompañan desde hace tiempo.

Cuando tengo un mal día siempre recuerdo que las cosas pueden empeorar. Entonces, me acaricio la oreja y noto el agujero que aún está ahí y observo los detalles de las fotos de mi móvil.

Papeles

En la novela Liquidación de Imre Kertész, el protagonista (escritor, como en tantas otras novelas, como si muchos escritores solo supieran hablar de ellos mismos, como si no tuvieran nada más que contar fuera del estrecho espacio en el que recluyen conscientemente sus vidas) revisa unos papeles antiguos y se dice a sí mismo: no debería haber sacado la caja con los papeles, no debería haberlo hecho.
A mí me ha pasado algo parecido. Nunca debía haber llegado tan atrás leyendo las entradas más antiguas de mi blog. Casi cuatro años pensando que tengo algo que decir. Hasta los monos aprenden antes.

viernes, abril 03, 2009

Objetos

Miro a mi alrededor en mi salón, ligeramente alterado (solo ligeramente, eh) debido al desalojo de un cuarto que debo pintar y veo libros, muchos libros, ocupando triple espacio en estanterías, doble fila en vertical más fila en horizontal, cómics, muchos cómics pero menos que libros, un juego de mus, de esos que vienen en una caja y que traen garbanzos plateados como amarracos, algunos discos sin rotular, varias figuritas, un teléfono sin batería, una lámpara hecha con pequeños cristales, una lata vacía de tabaco chino que se llama double pleasure, varios marcos con fotos, en las que curiosamente casi siempre salgo yo, varios vasos de té llenos de bolígrafos, estilizados y decorados con pintura plateada, una caja de cuero repujado que me regaló mi madre cuando le dio por los trabajos manuales, no demasiado bonita pero a la que tengo mucho cariño, una matera, con cantos de plata, las piezas de un ajedrez, dos cabos de vela a medio consumir, otra cajita de madera labrada, un cactus enorme, fálico, un toro (¿un toro? ¿por qué tengo un toro en casa?), un acuario hecho de cartón que mi sobrina me regaló hace algunos años y que está ajado y medio roto, consumido por el polvo (la entropía del universo es algo inevitable), un grabado del Quijote, una lámina grande de Corto Maltés, dos plantas bastante saludables, una impresora sobre la caja del ordenador, con varias carpetas encima, muchos clasificadores con apuntes antiguos, con mi letra, mejor dicho, con la letra que tenía hace quince años, dos micrófonos para jugar a la videoconsola, cuatro cuadernos a medio escribir, una mesa de madera (cedro, madera de cedro) con sus cuatro sillas de madera, dos grandes ventanales colocados a principios del siglo XX en la casa, que miran a la casa de mis vecinos, un sofá gris con un puf blanco, que me permite tenderme con comodidad, una mesa de cristal de colores, que me aseguraron se había montado a mano, algo que dudo, dos zapatillas adidas negras, con las listas (las famosas tres listas de la marca alemana) blancas, un atril con un gran libro que muestra toda la obra pictórica de Leonardo Da Vinci, una pared roja, tres paredes blancas, un suelo de madera, dos mantas tiradas de cualquier manera sobre el sofá, varias cajas con todo tipo de objetos en su interior (objetos que no voy a detallar porque sería una tarea que me llevaría demasiado tiempo y es viernes y hace sol y quién quiere andar describiendo las cosas que llevaban cogiendo polvo largos años en el estudio, la habitación que voy a pintar, precisamente), una máscara africana, un cartel que me trajo un amigo de Senegal, muy divertido, de un peluquería que se llama en francés Dios es el único camino, varios puzzles y peluches y demás juguetes (para los sobrinos y demás niños que pasan por casa), fotos familiares colgadas en la pared, una mesilla de noche (vacía), con más apuntes encima (sin clasificar, esta vez de hace solo un par de años), un botella de agua vacía, una lata de coca-cola zero medio llena, una televisión (¡por supuesto!), un equipo de música (que debo cambiar), una videoconsola antigua (las de última generación valen demasiado y no creo que merezca la pena gastar tanto dinero para acabar echando de menos las cosas que hacía cuando no empleaba todo mi tiempo en jugar a los videojuegos), un revistero lleno de peródicos antiguos, un jarrón de madera negra que resulta inútil porque tiene un agujero y cuando se llena de agua lo pone todo perdido, varias alfombrillas de ratón, una piedra que me traje de Lisboa, de las que utilizan para construir las aceras, una foto de mi padre en la mili, bien joven y guapo, unas gafas antiguas metidas en su funda, tres barajas de cartas, un dvd, un descodificador de televisión digital.

Si observar los objetos que hay en una casa es algo que puede dar una idea de la personalidad del dueño, no tengo ni la más remota idea de lo que estos objetos cuentan de mí, la verdad, ni la más remota y además me sorprende mucho que sean míos, es decir, me sorprende la misma idea de propiedad, ¿cómo es posible que todo esto sea mío?, ¿qué quiere decir mío?, no sé, tal vez solo se trate de que no tengo ningún tema del que hablar y que me ha resultado más fácil recorrer el salón de mi casa (pero, ¿tengo casa?) y acumularlo todo aquí, que es, más o menos, un sitio muy parecido a los cajones negros de madera (comprados en Ikea, claro) que contienen todos los objetos que no es necesario tirar y que estaban en mi estudio (qué pretenciosa esa palabra, ¿no?). Más o menos. Que estoy harto de decirlo, que sin imaginación no se va a ningún sitio. Que a quién le importará todo esto. Que igual lo que sucede es que estamos todos muy solos y los objetos nos ofrecen alguna clase de consuelo. Que yo qué sé.

lunes, marzo 30, 2009

Oeste y Norte

Oeste
Su pequeño cuerpo es un síntoma más que otra cosa porque todo en él es pequeño, ínfimo, minúsculo. Sus aspiraciones, sus aficiones, su curiosidad, todo en él es fiel reflejo de esta época sin impulso, inercial, que se sigue moviendo (algunos piensan ingenuamente que hacia delante) no se sabe muy bien por qué. Llega con su pequeño cuerpo, rematado en una pequeña calvicie y pasa cinco minutos disponiendo toda suerte de objetos de trabajo en la mesa: una botella de agua, un par de cuadernos, un par de bolígrafos, el ordenador portátil. Antes ha abierto el armario que se encuentra a su espalda y ha guardado un bocadillo envuelto en papel de plata que llena la sección de la oficina de un olor a pechuga empanada incongruente con la frialdad de ese lugar de trabajo, de ese espacio de representación. Pasa las horas, esto es, la vida, mirando en Internet las características de nuevos teléfonos móviles, la potencia de coches que nunca comprará o bien estudiando al detalle los manuales de instrucciones de los objetos electrónicos que acaban de enviarle a casa. También participa de vez en cuando en subastas online. Es amable y simpático pero esa amabilidad es solo un caparazón para su inanidad. Se podría afirmar que, en el fondo, es bastante tonto. O demasiado listo para dejarse influenciar por los sucesos de este tiempo prestado, de este tiempo que nos pagan a cambio de asentir de vez en cuando y hacer labores de promoción del inmediato superior, de este tiempo laboral recompensado por una nómina al final de mes. Tiene perilla y su boca está adquiriendo con el tiempo una expresión algo torturada, como si tuviera que hacer un esfuerzo demasiado grande por entender las cosas. Nunca habla de su familia a pesar de que todos sabemos que tiene mujer y dos hijos. También es profesor de tai-chi en sus ratos libres y algo aficionado a las predicciones esotéricas y a las infusiones orientalizantes.

Norte
Es una matrona de casi cincuenta años que no ha advertido que las ropas ajustadas que lleva debieron salir de su vestuario hace mucho tiempo. Llega siempre tarde y protesta por todo aunque no lleve razón. Casi nunca trabaja. Como tantos otros que llevan mucho tiempo trabajando en el mismo sitio, piensa que se ha ganado el derecho a la nómina tan solo por acudir a la oficina (poco y tarde, todo hay que decirlo), pero no trabaja casi nunca. Para ella trabajar consiste en criticar a quien haga falta con el resto de compañeros. Da la impresión de ser una mujer airada, presta a saltar a combatir a cualquiera que se atreva a ofenderla, ya sea la ofensa verdadera o imaginaria. Me da un poco de miedo, la verdad. Procuro no hablar demasiado con ella para no provocar su ira, su animadversión, para no darle motivos, reales o imaginarios, por los que aparecer en su lista de personas non gratas. No quiero que, poco a poco, debido a su sospecha, mis compañeros comiencen a mirarme de manera diferente, sospechando algo, tal vez una vida secreta y vergonzosa. Por eso siempre la saludo y siempre contesto a sus buenos días porque, como todo el mundo sabe, no contestar a los buenos días es el primer escalón para la defenestración pública y para el linchamiento, la lapidación y el sambenito y, por ahora, me encuentro muy bien donde estoy, es decir, lejos de ella y de su cohorte de censores.

viernes, marzo 27, 2009

Sin rumbo

(fragmento)

Me gusta caminar sin rumbo por ciudades desconocidas. Por ciudades en las que las aceras se colocan a mano o en las que hay museos en los que encontrar obras de arte raras o en las que las construcciones son de color gris, altas y picudas, porque nieva todo el invierno, o en las que las casas son todas del siglo XIX porque hubo un incendio. Y siempre hay un castillo en lo alto de un promontorio que data de la época en la que los caballeros llevaban armaduras.

Tom Waits.

Caminar sin rumbo y cruzar un pequeño puente cuajado de bicicletas o lleno de motorinos que transportan a gente trajeada de un sitio a otro o con taxis anticuados que emiten demasiado CO2 o con estatuas de cuatro siglos atrás, con velas encendidas en las imágenes de los santos, puentes que cruzan ríos con renombre, ríos de verdad, ríos por los que los normandos navegaron hasta arrasar la ciudad, o por los que los mauritanos pudieron acceder a ella y saquearla.

The Pixies.

Ríos que se hielan en invierno, ríos que apestan en verano, ríos en los que aún continúan pudriéndose los restos de los patriotas olvidados largo tiempo atrás, ríos de verdad con grandes mezquitas, con grandes iglesias, con grandes edificios al final. Siempre hay un río que parte la ciudad, que hace una ese y la divide en riberas y siempre existe una enemistad profunda y antigua entre los habitantes de una orilla y otra. No esos ríos de los que los poetas satíricos del siglo XVII decían mucha puente para tan poco río, no. Esos no.

Paul Weller.

Caminar por calles empedradas que siempre te llevan a la misma plaza con adoquines y terrazas para turistas en las que degustar un vino o una cerveza o un chocolate o un poco de raki con unas olivas, con un poco de queso, con pepinillos, con chucrut, con mejillones, con patatas rellenas y fritas, con trozos de salmón marinado. Siempre la misma plaza con edificios burgueses con más de tres siglos de antigüedad, de diferentes colores, de grandes ventanales, con tejados a dos aguas o grandes buhardillas o balcones cubiertos de cristal tallado. Siempre las mismas plazas con árboles antiguos, con gruesos troncos retorcidos que dan siempre la misma sombra sobre los mismos bancos puestos ahí por las autoridades para que los turistas puedan contemplar el paisaje. O sea, nosotros.

Iván Ferreiro.

Siempre el mismo paseo hacia grandes extensiones de terreno, hacia plazas que sirvieron para jugar a la pelota y en las que dioses con forma de serpiente aún nos vigilan, plazas con fuentes en el centro y mimos, siempre el mismo mimo omnipotente que te persigue, siempre el mismo idiota con la cara pintada de blanco. Siempre la misma plaza con su lugar de culto, con su iglesia, con su mezquita, con cualquiera de los altavoces que la humanidad ha construido para intentar que Dios escuche, pero Dios está demasiado lejos, demasiado alto y nunca son lo suficientemente potentes.

jueves, marzo 26, 2009

Ellos

Están entre nosotros. Se confunden con nosotros. Van a los gimnasios. Practican natación. Saben patronear un barco. Están bronceados a destiempo. Sus maneras son suaves pero tienen dientes afilados que trituran esperanzas. Se hacen cargo de lo que les han encomendado. Y lo hacen bien. Sea lo que sea. Despedir a la gente. Traficar con esclavos. Blanquear dinero. Nunca se manchan las manos. Son muy parecidos porque han aprendido a hablar utilizando las mismas expresiones en los mismos sitios y, sin embargo, todos se consideran originales. Son suaves con los poderosos y bruscos con los débiles. Eso sí, son trabajadores, muy trabajadores. Tienen dinero, grandes casas, coches caros, mujeres elegantes, niños guapos. Los ve moverse a su alrededor, con rapidez, ocupados en cosas que él, pobre, está seguro de no comprender y mirando con condescendencia a los demás, a todos esos que, según ellos, habría que apretar un poquito para que trabajaran más o, mejor aún, despedir. O matar. Si se mira desde una perspectiva adecuada, despedir a alguien o acabar con él no son cuestiones tan diferentes, ambas son maneras de perderlo de vista.

Le gustaría pensar que en sus casas, se convierten en personas normales que quieren a sus hijos y a sus esposas, que cortan el césped y que disfrutan de los pequeños placeres gastronómicos que pueden permitirse. Que, una vez despojados de sus trajes caros y sus zapatos italianos, vuelven a encontrarse consigo mismos. Pero la verdad es que hace tiempo que sabe que en las casas de todos ellos, unas vainas de aspecto vegetal rezuman líquido y palpitan en bañeras, en camas y en armarios. Esta es la imagen: las vainas laten despacio mientras la música va creando una atmósfera de suspense, de misterio, de una forma algo tramposa. Esta es la imagen: estas vainas tienen en su interior sus copias domésticas, las que tomarán el control cuando deban besar a sus hijos, cuando deban satisfacer sexualmente a sus mujeres. Copias con las mismas caras angulosas, los mismos músculos duramente trabajados o las mismas barrigas algo caídas, las canas y las patas de gallo, los pectorales y los tríceps. Copias que parecen apreciar el cariño, capaces de hacer cualquier cosa por sus seres queridos. Copias que parecen los verdaderos seres humanos.

sábado, marzo 21, 2009

Reflexiones

En China existe una gradación de calidad incluso entre las copias piratas. Según cuentan, es posible encontrar allí copias indistiguibles del original. Me pregunto entonces: ¿qué aporta la marca si una copia que vale diez veces menos resulta igual al original? Y también: ¿la firma del artista es la marca de la obra? Si un pintor decide dejar un cuadro en blanco por primera vez, el hecho de que otro pintor pueda copiar la obra de forma perfecta, ¿qué quiere decir? Si afirmo poseer una instalación original en casa que consiste en una habitación vacía, ¿en qué se diferencia de la que me muestra el museo o la feria de arte contemporáneo? ¿Qué tipo de objeto, de concepto, están amparando los derechos de autor en esos casos?

Y no sé por qué, porque no viene a cuento ni tiene ninguna relación con el arte, también me pregunto por qué casi nadie está preocupado por la cantidad de datos que Internet registra sobre todos nosotros. Porque puedo imaginar un futuro lleno de bots inteligentes que nos sustituirán en la red, construidos con esos datos. Y durante la noche, cuando no estemos conectados, esos bots alimentarán con su comportamiento distintas bases de datos comerciales que, ahora sí y para siempre, nos ofrecerán justo lo que necesitamos comprar para ser absolutamente felices. Aunque sean habitaciones vacías.

Y así.

lunes, marzo 16, 2009

Bits

Uno de los canales musicales de la televisión empieza a interrumpirse a intervalos regulares. En primer lugar pienso que se trata de un fallo técnico, pero la canción tiene un ritmo que me hace quedarme atento y pienso entonces que se trata de la canción misma, que así está escrita. Algo hace clic en mi cabeza. Información más no información, espacios vacíos. Todo es una cuestión de perspectiva. La información digital está llena de recortes, de huecos. E inunda el mundo. Y a nosotros. Está sembrándonos de pequeños orificios diminutos que no alcazamos a percibir. Está digitalizando nuestros cerebros.

Alabado sea el bit.

miércoles, marzo 11, 2009

Alma

Hasta 1512, en el quinto concilio de Letrán, la iglesia católica no reconoció la inmortalidad del alma. Es decir, desde una perspectiva actual, durante un 75,2% del tiempo de existencia del cristianismo, el alma de los hombres no era inmortal ni tampoco individual. Los hombres moríamos, nos descomponíamos y esperábamos el juicio final en nuestras tumbas, callados. Sin juicio a los tres días, sin cielo y sin infierno, sin purgatorio y sin limbo.

Teniendo en cuenta que hasta hace poco tiempo, para la iglesia católica, los niños que morían sin bautizar no iban al cielo sino al limbo (ya que eran culpables del pecado original) pero que, cuando el limbo dejó de formar parte de su doctrina, estos niños han encontrado por fin el camino al paraíso (pues los teólogos confían en la voluntad divina de salvar a todo el mundo), creo que podríamos deducir (y discúlpenme por mi falta de pudor a la hora de razonar sobre cuestiones divinas) que todos aquellos hombres buenos nacidos antes del cristianismo habrán recibido el mismo tratamiento, independientemente de la planta en la que se encontrara su sala de espera.

Como, a pesar de que no existen cálculos fiables al respecto, se puede estimar la población de humanos desde el inicio del homo sapiens en unos 80.000 millones de personas (más o menos), podríamos realizar una aproximación muy burda: si suponemos que mal es parte del 50% de humanos (ignorando la distribución del pecado por zonas temporales e históricas y despreciando los diferentes ritmos de crecimiento de nuestra especie a lo largo de la historia y otras nimiedades estadísticas), podemos concluir que en un instante, en un punto del tiempo, en mucho menos que un microsegundo, Dios tuvo que registrar, almacenar y contabilizar 30.080 millones de nombres, correspondientes a 30.080 millones de personas diferentes.

¿Se imaginan el barullo? ¿Se imaginan la cacofonía de imágenes, de recuerdos, de nombres que invadieron la mente divina? ¿Se imaginan el gigantesco jaleo que debe suponer el juicio final, el final de la historia, ante el cual esta pequeña actualización estadística es una nimiedad?

Suerte que la omipotencia de Dios fue un concepto introducido desde el inicio.

martes, marzo 10, 2009

Mentiras II

La primera vez que besé a una mujer tenía quince años y me gustó tanto que más de veinte años después todavía se trata de una de las cosas de las que más disfruto en el mundo. De que me besen, quiero decir. Aunque ahora ya casi me da igual si lo hace una mujer o un hombre, eso sí es cierto. En todo viaje se ganan y se pierden cosas, según dicen.
El caso es que era una chica medio pelirroja, con los dientes un poco separados, con ojos claros que se llamaba (joder, ¿cómo se llamaba?), Blanca, se llamaba Blanca. Me gustó su beso. Me gustó mucho.
Algún tiempo después, ya en la universidad, descubrí que algunos hombres eran, al menos, tan deseables como las mujeres. Al principio, el sexo con ellos me resultaba torpe y algo violento. Pero, mirándolo con perspectiva, creo que el que era algo torpe y violento era yo. Hoy en día casi lo prefiero al sexo con mujeres. Los hombres somos más simples y las relaciones ocasionales no traen complicaciones. El sexo es rápido, furtivo, morboso y satisfactorio.
Como es natural, también recuerdo la primera vez que besé a un hombre. Se llamaba Antoine y era de Marsella. Apenas tenía diecinueve años (yo no tenía muchos más) y aunque alto y fuerte, todavía tenía cara de niño. Había venido con una beca a aprender español y lo conocí en el verano de tercero de carrera. Lo vi hace algunos años y ya estaba mucho más hecho, más cuajado. Me gustó más esta última vez. También guardo un buen recuerdo de aquel beso suyo.

No sé por qué hoy la memoria me ha traído a la cabeza a Antoine y a Blanca. Estaré haciéndome mayor.

viernes, marzo 06, 2009

Japón

«El ministerio de Exteriores acaba de anunciar el nombramiento de las jóvenes Misako Aoki, Yu Kimura y Shizuka Fujioka, como Comunicadoras de Tendencias de la Cultura Pop Japonesa.
Estas tres chicas representan algunas de las corrientes de moda japonesa que más seguidores tienen en todo el mundo: el estilo Lolita, el de Harajuku (barrio tokiota de la ropa pop japonesa por excelencia) y el de colegiala.»
Fragmento de noticia de El País.

El cristianismo, al establecer una salvación individual, transformó la conciencia del hombre occidental, el concepto de su propia individualidad. Como teníamos un vínculo directo con Dios —un vínculo que, una vez roto, nos ha dejado solos y muertos de frío— los occidentales nos podíamos permitir no tener fidelidad a nada que no fuéramos nosotros mismos. Los orientales no. Los orientales se sienten parte de algo mayor. Aunque sea una tribu urbana.

Definitivamente, los japoneses me desconciertan.

Caso

Según parece, compartía el piso con otros dos hombres. Probablemente no ganaba lo suficiente como poder alquilar una casa a solas o prefería compartir piso y vivir en una casa grande en lugar de en un apartamento minúsculo. Seguro que su madre hubiera deseado que fuera un hombre de éxito, que viviera en un chalé, que tuviera un gran coche, que fuera algo que exhibir, un trofeo. Pero él no era nada de eso. No. Su piso era sobrio y masculino. Algunos libros. Algunas películas. Algunos trajes. Un empleo en una empresa de contabilidad. Viajes de vez en cuando por motivos de trabajo.

Sus colegas de oficina dicen que no notaron nada raro, que salió a la hora de siempre camino de su casa y que, de todas maneras, no era un hombre muy comunicativo. Sin embargo, sus compañeros de piso afirman que debió detenerse en algún lugar porque era bastante maniático y solía volver a casa todos los días a la misma hora. No parecieron muy tristes cuando les comuniqué la noticia, la verdad. Eso no significa nada, claro. En las series de televisión, tras una muerte, cuando alguien no está apenado o se alegra de lo que ha sucedido, normalmente suele ser culpable. Me gustaría que la vida se comportara de esa manera. Nuestro trabajo resultaría mucho más fácil. A veces me pregunto cuánta gente muere a diario en el mundo sin que nadie los vaya a echar de menos. Pero no me hagas caso, perdona. Es que estoy un poco cansado. Llevo demasiado tiempo en esto.

No tenía señales de violencia. La única pista que encontramos en su ropa ha sido la tarjeta de un club de striptease. Hemos preguntado por allí y una chica lo ha reconocido, ha dicho que bailó para él en un pase privado pero que después de meterle un par de billetes en el tanga, se fue, alegando que tenía que ver a su mujer. La chica es mulata y es increíblemente guapa, tiene unas tetas espectaculares, la verdad. Es bastante vulgar pero eso la hace aún más atractiva, qué curioso. Me extraña lo de la mujer. ¿Por qué mentirle a una bailarina? Sí, llevas razón, estoy exagerando. A veces la gente dice cosas sin pensarlas demasiado, sin que detrás haya ningún motivo raro. Tal vez, simplemente, fue testigo de algo ilegal, de algo que no debía haber visto.

Ya te digo que no me hagas mucho caso, estoy hoy charlatán y divago. Ya sabes que a veces me pasa. No, no he discutido con Lola, creo que ya no estamos en esa etapa. Ahora ni siquiera discutimos. Ahora nos callamos lo que nos gustaría decir porque hemos comprobado que ya no sirve para nada. La gente discute cuando cree que hay una razón, cuando aún tiene esperanzas de poder arreglar las cosas. Da igual, qué le voy a hacer. Volviendo al caso, esperaremos los resultados de la policía científica para ver si podemos seguir con la investigación. Creo que aquí ya no hay mucho más que podamos hacer. Un hombre de hábitos fijos, sin amantes, sin amigos íntimos, sobrio, sin vicios. Y fíjate.

Sí, a veces los casos se estancan porque no hay hilos de los que tirar, porque nadie muestra interés en que se resuelvan y la cara del muerto se va difuminando poco a poco, va desapareciendo del mundo y entonces, incluso sus fotografías en los archivos policiales parecen hacerse más borrosas con el tiempo. Es mejor no obsesionarse, hazme caso. No siempre es posible averiguar qué pasó. Forma parte del trabajo.

jueves, marzo 05, 2009

Mentiras I

Lo vi al otro lado de la calle y me alegré. No veía a Luis desde hacía más de diez años, desde la época en la que habíamos compartido grupo de trabajo en primero y segundo de carrera. Pero después de esos dos primeros años, cambió de ciudad y de facultad y no volví a saber de él. Sin embargo, durante el tiempo que fuimos compañeros, pasé muchísimo tiempo en su piso de estudiante, trabajando por la noche y escuchando bandas sonoras de películas de terror. Mientras escribíamos líneas de código, la música nos hacía recordar a Jason con un cuchillo en la mano y una máscara de hockey en la cara, disponiéndose a matar al último adolescente de la película. Durante ese tiempo, además, también compartimos otras aficiones: Twin Peaks y las películas de Linch, la música instrumental de Michael Nyman y los cómics. Cosas así.

Mi amigo era un tipo curioso —la palabra que él siempre utilizaba para describir, sin ofender a nadie, algo que no le gustaba; sí, es algo curioso, decía— que vestía de negro, era aficionado al gore e insistía en que cuando tuviera su propia casa, decoraría la entrada con un espejo deformante. Llevaba gafas, barbita y era rubio aunque ya por entonces se advertía que su pelo era demasiado fino, que probablemente se quedaría calvo antes de llegar a los cuarenta. Tenía una risa estentórea, un poco forzada, como si pretendiera dar un poco de miedo. No creo que se le pueda culpar, teníamos diecinueve años y el afán de originalidad propio de la edad. Esa es una época en la que todo el mundo se comporta como un actor en su propia sitcom y yo también forzaba mi procedencia lumpen —que no era del todo cierta pues mis padres siempre fueron de clase media y el barrio en el que me crié bastante normal— ante los demás.

En el verano del año 91, hubo un trabajo en especial —el trabajo de evaluación de una asignatura denominada análisis numérico— que apenas nos dejó dormir. Debíamos presentar para el examen de septiembre un programa que mostrara como funcionaban varios algoritmos matemáticos de resolución de problemas: ecuaciones diferenciales, integrales, derivadas, etc. Fue un largo verano en el que los dos trabajamos en su casa en agotadoras jornadas de hasta dieciocho horas seguidas. Un verano en el que Cristina, una chica del pueblo de Luis que estaba haciendo el doctorado y que estaba alojada en la casa para poder trabajar, nos cuidó como si fuera nuestra madre y nos hizo la comida y nos dio masajes y se interesó por nuestro estado de ánimo —bueno, no exactamente como si fuera nuestra madre porque, de no haber tenido novio, estoy casi seguro de que se hubiera venido a la cama conmigo— y en el que estuvimos a punto de perder los estribos más de una vez por el estrés, el apremio de la fecha de entrega y los errores que aparecían de forma inesperada en el programa y que nos mantenían con la vista fija en la pantalla del ordenador.

El trabajo duro en compañía une mucho y cuando los ánimos están agotados y el cerebro no da más de sí, se establece una relación especial entre la gente. Recuerdo una noche en la que, tras dos meses trabajando a un ritmo infernal, Luis dijo una tontería y ambos tuvimos un ataque de risa histérica. Llorábamos de risa mientras nos agarrábamos la barriga. De hecho, la estridencia de nuestra risa nos preocupó tanto que cuando acabamos, decidimos tomarnos la noche libre. Estábamos forzando demasiado la máquina y si seguíamos así aquello no podría acabar bien de ninguna de las maneras. Si seguíamos por aquel camino, una noche íbamos a llegar a las manos. Nos vino muy bien aquella noche de descanso. Nos reímos con Cristina —creo recordar que aquella fue la noche en la que intenté llevármela a la cama pero no estoy seguro— que nos explicó cosas sobre su doctorado en botánica y sobre el funcionamiento del mundo científico y las publicaciones de artículos y el impacto de las distintas revistas y esas cosas —yo creo recordar un beso, un buen beso, pero ya digo que no estoy seguro—. El caso es que, después de tanto trabajo, entregamos el programa a tiempo y conseguimos un sobresaliente. Hay pocas cosas que puedan compararse con esa sensación, con la sensación de haber trabajado duro y sentirte orgulloso del esfuerzo y que, además, el resultado se vea recompensado.

Todo esto me vino a la cabeza a la vez, en un instante, cuando identifiqué a Luis en la acera de enfrente. Como un volcado automático de memoria. Como si alguien me hubiera inyectado todos esos recuerdos, sin aire dentro, densos. Así que crucé la calle con una gran sonrisa, con la sonrisa de: colega, cuánto tiempo, me alegro de verte, qué es de tu vida, ¿tú también vives en Madrid? Con la sonrisa de toma mi teléfono y llámame algún día para charlar, ahora vivo en el centro y conozco muchos sitios que están muy bien. Ya digo que me alegré de verlo. Sin embargo, él me miró como si no me reconociera y cuando sí lo hizo y pude verlo en su cara, adoptó una expresión extraña, como si yo fuera una especie de fantasma de su pasado que no esperaba encontrar nunca más, como si toda aquella etapa que compartimos se hubiera borrado de su cabeza. Entonces me dijo que se dedicaba a la publicidad y que trabajaba por allí cerca aunque no me dijo exactamente donde. Vi en su cara que no tenía ningún interés en volver a verme, que yo no acababa de ser real para él. Advertí además que no estaba dispuesto a darme su teléfono ni a decirme donde vivía. Yo, simplemente, era alguien que le estaba obligando a recordar una época que, probablemente, había eliminado conscientemente de sus recuerdos. Aún me pregunto el porqué de su reacción. No tuve tiempo de preguntarle por Cristina tampoco (¿realmente se llamaba Cristina?).

No sé. Yo no recuerdo haber discutido con él. Siempre lo he recordado con cariño y siempre he pensado que nuestro distanciamiento, como ocurre tantas veces, se debió solo a que se fue a otra ciudad a hacer otra carrera y cambió de vida de y de compañías. Pero ya no estoy seguro de nada. Ni siquiera del beso inventado que estoy seguro que nos dimos Cristina y yo.

domingo, marzo 01, 2009

Envidia

(para Eva)


El deporte es así, cariño, tiene la ventaja de que es inapelable. Ganas o pierdes. De alguna manera, simplifica la maraña que es el mundo hoy en día. Es claro. Has corrido más, has marcado más goles, has conseguido más canastas. Está muy claro. Por eso cuando alguien triunfa en el campo, lo hace de forma también inapelable: el mejor goleador de la década, el mejor pívot, el mejor tenista. Y por eso sus fotos nos sonríen desde todos los periódicos. Porque existe un motivo objetivo para que lo hagan, porque nosotros adoramos a los ganadores.

Sin embargo, yo siempre me he preguntado por los lentos años restantes, por el día a día de los exdeportistas que ganaron, por la acumulación de tiempo que abre una vereda cada vez mayor entre el ahora y el entonces. Entre el tiempo en el que las multitudes rugían y el rostro del ídolo era el rostro humano de un dios mítico, y el ahora, tan pálido en comparación, tan anodino, tan gris. Cómo no vivir con la mirada puesta en el instante en el que el himno sonó y en el que la bandera ondeó por encima de las demás. Cómo pretender llevar una vida normal tras el momento en el que nuestro rostro estampó las portadas de todos los periódicos, tras el día en el que borrachos de éxito, aparecimos abriendo una gigantesca botella de champán ante las cámaras.

¿Cómo podemos haber envidiado en alguna ocasión a Fernando Torres? ¿Cómo podemos haber deseado marcar aquel gol?

Ilusos.

martes, febrero 24, 2009

Roturas

(a Portorosa)

Andrea y Bruno rompieron hace dos meses. Durante un año habían sido un ejemplo, se habían conocido, se habían enamorado y, tras solo tres meses se habían ido a vivir juntos. Ambos pasearon durante meses su amor en los distintos actos sociales de la pandilla hasta que un buen día, encontré a Bruno solo en el bar, tomando demasiadas copas, con cara de no querer contar nada a nadie. Durante los siguientes seis meses, tuvieron una relación intermitente. Por eso el resto de amigos nunca preguntaba a uno cómo le iba al otro, porque a nadie le gusta quedarse con cara de idiota mientras oye a alguien querido despotricar de una persona a la que también aprecia. La última vez que los vi juntos me dio la impresión de que iban en buen camino para reconciliarse. Me gustó pensarlo, siempre creí que hacían buena pareja.

Pero no. Lo dejaron definitivamente. Andrea sale ahora con otro miembro del grupo. Un tipo grande que se llama Ángel, escultor, muy comilón. El problema es que la pandilla de amigos ha experimentado una repentina división en facciones casi enemigas. Es ridículo porque todo el mundo sabe que una pareja puede separarse por muchos motivos y que casi siempre ambos llevan su parte de razón. Supongo que madurar consiste en comprender las razones de los demás, en ser capaz de meterse en la piel de casi cualquiera, en no ser categórico a la hora de expresar una postura moral. Hoy en día las decisiones morales están tan llenas de matices, de claroscuros, de pequeñas consideraciones, que no es fácil dar una opinión. Incluso en un caso aparentemente claro como, no sé, una madre o un padre que abandonara completamente a sus hijos por un apasionamiento pasajero, somos capaces de entenderlo haciendo un esfuerzo, de comprender el ansia de sentirse deseado, de exprimir los minutos que quedan, de intentar recuperar (como si eso fuera posible) el tiempo perdido.

De ahí que me parezca pueril la división de la pandilla en dos grupos: los que entienden a Andrea y, en cualquier caso, prefieren no dar su opinión sobre algo que no conocen, entre los que me encuentro y los que la critican por seguir frecuentando los mismos bares, viendo a la misma gente y además haciendo ostentación de su relación con Ángel. Hace una semana me los encontré a ambos. Me pareció que ella buscaba con los ojos mi aprobación. No la mía en concreto, supongo, sino la aprobación en general. No me gustó su mirada, parecía asustada, como si hiciera recuento de la gente con la que podía contar. Vi inquietud en sus ojos y tal vez algo de remordimiento. Quizá recordó al saludarme algunas de las conversaciones que habíamos tenido ella y yo, que el tiempo pasa deprisa, que hay que aprovechar las oportunidades, que no hay que ser desconfiado, que es mejor que te decepcionen a quedarte en casa, con miedo a la vida, que vamos teniendo una edad en la que hay que lanzarse a conseguir lo que crees que te hará feliz, que el amor merece la pena, que ella se había enamorado de Bruno sin dudarlo, que había estado segura de que era el hombre que andaba buscando, que por eso no había dudado en mudarse a su casa.

Supongo que la mirada retrospectiva sobre esas conversaciones debe producirle algo de vergüenza, que pensará que la juzgo, que me preguntaré a dónde han ido las palabras de las que estaba tan segura. Y no lo hago. En absoluto. Si pudiéramos recuperar las palabras que hemos dicho a lo largo de nuestra vida, estoy seguro que la mayoría de ellas nos cubrirían de vergüenza. De ahí que, en contra de lo que piensa casi todo el mundo, yo crea que el olvido es, al menos, tan importante como la memoria porque, en realidad, nosotros no somos sino nuestros recuerdos en una línea temporal, fotos secándose colgadas de una cuerda en un estudio y además nunca sabemos lo que vamos a acabar olvidando, qué fotos formarán parte de nuestro álbum personal. Recuerden, si no, las veces que han jurado no hacer algo que ha acabado gustándoles, las veces que dijeron esto no y acabó siendo que sí, las veces en las que dijimos: no voy a olvidarte nunca, nunca dejaré de acordarme de esta noche, te querré siempre, siempre recordaré este momento. Yo no me veo capaz, la verdad. Y ustedes tampoco. No se engañen.

martes, febrero 17, 2009

Generación

Los retratos generacionales no tienen ninguna gracia, en serio, son todos iguales, cambian muy pocos detalles. Mira el mío: chico de familia trabajadora pero de clase media, estudia en un instituto público en barrio malo, azotado por la heroína en los ochenta y comprende a los catorce años que debe tener cuidado con ciertas cosas, entiende el valor de la amistad, se emborracha, se desvirga, estudia, trabaja, sigue emborrachándose (ahora más), se droga un poco, sale con chicas, lee, estudia, se deja el pelo largo, se hace heavy y después grunge (que es lo mismo pero con más mala leche) y después se va a otra ciudad, conoce a la que será su mujer, se van a vivir juntos, disfrutan de una década de felicidad, se acaba el amor, se sufre, se escribe, se lee, se mejora, se perdona. Hasta hoy. Ya está. Ea.
Ahora un poco de color para las descripciones: un banco de piedra, una litrona en la mano, un cigarrillo en la otra, quince años y conversaciones sobre el amor, la música, el pop británico. Con dieciséis conversaciones nuevas: filosofía. Bloques de apartamentos construidos en los setenta, cristales rotos de cervezas de litro, el sol poniéndose tras la ropa tendida en los balcones diminutos y traspasando las sábanas blancas de algodón, bares donde faltar a clase y tomar café fumando tabaco negro, música y más música, viva el mal, viva el capital, que decía la bruja Avería. Más cosas: rejas verdes, institutos de ladrillo visto, el colegio privado a doscientos metros donde iban los que tenía pretensiones y pretendían estudiar económicas, olor a hachís y orines, perros pulgosos, diversión, libertad, salir a fumar entre clases, profesoras que recomiendan lecturas interesantes y a quienes parecíamos algo más que imbéciles con granos. ¿Quieres más? La universidad, el trabajo duro, la carrera, las fiestas, que tus padres comiencen a tratarte como un adulto, la primera beca, el primer trabajo, el primer dinero y la primera casa, la segunda decepción amorosa. ¿Más? Granada y amigos nuevos y trabajo y pagar las facturas y aprender inglés y una cola en un aeropuerto en mi primer viaje. El rostro de mi ex, mirándome arrobada, esa es la palabra, arrobada. ¿Más? Pantera sonando atronadora mientras estudio Teoría de la complejidad, ¿más? Madrid, trabajo, prisas, trajes, y el blues sonando cansado mientras estudio latín. Leer, leer, leer. El Quijote, varias veces.

¿Y bien?

sábado, febrero 14, 2009

Glosa

Muchos años después, cuando me levante con resaca, en otra casa, después de haber perdido otra noche más un montón de pasta y temiendo una llamada de teléfono que no querré coger, habré de recordar la tarde en la que todo se fue a tomar por el culo y tuve que escapar como un perro con el rabo entre las piernas.

Está escrito.

jueves, febrero 05, 2009

Extraño

Hay un extraño sentado en mi sofá. No lo conozco. Está cómodo, sentado con las piernas abiertas mirando la televisión, tranquilo, como si la casa fuera suya. Le digo hola y me saluda. Me siento a su lado y le comento que mi jefe me anda tocando los huevos y que tengo demasiado trabajo. Me dice que los jefes siempre le tocan los huevos a uno y que el trabajo, independientemente de su cantidad, siempre es demasiado. Me cae bien el tío. Llevas razón, le digo, llevas razón y más tarde le pregunto si quiere una cerveza. Sí. Guay. Me levanto y voy a la cocina y cuando abro el frigorífico compruebo que la compra está hecha. Casi todo me gusta. Ha atinado en las marcas, y en pijadas como la mostaza de Dijon, el chocolate suizo y la cerveza alemana. Joder, qué ojo. Abro dos Franciskaner, y las sirvo en un vaso largo, como hay que hacer. Cuando llego al salón le digo que hay partido y que ya que está allí que si lo vemos juntos. Dice que sí, pero que el va con el Milan y que al Madrid que le vayan dando. Pienso que así es mucho mejor, si los dos fuéramos del mismo equipo, el partido sería mucho menos divertido, que tengo suerte de tener un amigo así. Voy a hacer palomitas, dice, te apetece un sandwich, me pregunta. Vale, de jamón, mismo, digo a ver si pilla la broma tonta. Sonríe y dice yo también me lo voy a hacer de jamon mismo. Nos sentamos a ver el fútbol y lo pasamos bien. En el intermedio hablamos de mujeres, de culos, de política. El tío lee, sí. Nos envalentonamos y empezamos a hablar de literatura, se lía un porro de marihuana. Buena, de las simpáticas que no dan paranoia. De ahí al arte contemporáneo apenas si hay un saltito, un saltito de nada. Cuando advertimos que estamos hablando de instalaciones y de que artista es aquel que mira por primera vez algo común de forma diferente, y de la diferencia entre el arte actual y el renacentista, nos da la risa. Lloramos de risa. El Madrid va ganando uno a cero.

miércoles, enero 28, 2009

Poetas

Voy a hacer una excepción en este blog. Sabes ustedes que juego a estar detrás de un personaje y que me gusta que desconozcan quién es el que habla, el que escribe. Ahora, sin embargo, el que escribe soy yo y nadie más. Saben ustedes que juego a no citar otros blogs, a no poner enlaces, a no subir fotos ni canciones y que me gusta que este sea un espacio en el que solo estén las palabras estas que aparecen por aquí. Ahora, sin embargo me apetece publicar algo personal.

Tres poemas de invierno, tres poetas amigas, en la realidad a este lado de la pantalla del portátil:



ETDN:

Qué lentos los minutos

en las piscinas de agua templada

en este líquido

profundo

de invierno

Aroa:

Yo no sé nada de las mujeres
que ríen
tan tempranas.
Tienen el corazón
tiznado
de gotas de café
y humo de cigarro.
Su cadera se expande
sin dolores
sin los hijos colgando
sin la casa.
Las mujeres que libres
se reúnen
sin otra vocación que la mañana.
Nada sé yo de la mujer oscura
que adorna las esquinas.
Calle del Desengaño,
los yunqueros del cuerpo
golpean con su sombra
la lluvia prematura.
Tiene horarios la noche
que alzan sus cortinas
como en esta oficina
de mañana.
Nada se yo del abrigo arrugado
de la mujer
cautiva. El coche
y el frenazo
de cielo
sobre ella y en rojo,
el crujido de pétalos
perfuma su rutina
y carreteras insomnes.
Nada sé de su dolor vencido
de héroe que se esconde
de manzana brillante.
Pero todas,
lo sé,
regresan un instante
y, al menos,
unas horas
dormidas
reconocen sus sueños.

y Lara:
Como una ruina levantándose, ahogado el silbido del
espacio, la aleta de un escualo o un colmillo, así
barrunta el huracán tras estas puertas.
No hay resquicio por el que no grite el aire ni
madrugada inocente o inofensiva.
Y ni siquiera el humo de la luz que se consume,
la espalda quieta en este muro contra nada.
Ya no hay chicharras, ni pasos cuando la feria,
y mañana el frío hará escarcha en los cristales,
y yo haré balanza: con el recuerdo fresco de
la sangre en el plato tras la carne, la ciudad
se me aparece entre los sueños con los pasos
quemados de los amigos, y a pesar de eso, hoy,
la soledad hinchada de estas paredes, la noche
larga, el teléfono, la vela quieta, el vicio,
antropofagia de los secretos, y tecla a
tecla: el desafío.

Cuando detrás de las horas vengan tus huesos
a juntarse otra vez con todos los míos, y llueva
sobre mojado en esta cama, y caiga la gota gorda,
piel aunque piel, poro propósito, tarde y marisco,
yo haré balanza: el viernes, día de la luna,
diente y ombligo, que ningún viento arranque
de cuajo esta ballena donde he vivido.

martes, enero 13, 2009

Cansancio

Tanto maldito sentimiento implicado en la creación literaria me hastía un poco, la verdad. Tantas horas dedicadas al ínclito oficio de escribir, y tanta sangre y tanto esfuerzo y la musa que se resiste y tal. Ese es el tema: casi todos los escritores creen necesario decirnos que escribir es una lucha, que escribir es algo agónico, que serían capaces de vender a su madre por una buena historia, que viven la vida de forma vicaria, interponiendo entre la realidad y los sentimientos una especie de papel carbón, que hace copia de los acontecimientos para que después puedan interpretarse por el yo escritor. Que los escritores no pueden evitar pensar en cómo contar los grandes acontecimientos de su vida de una forma literaria, que hay escritores que ven a su propio padre agonizar y, en lugar de sentir asco y rabia con el mundo, en lugar de sentirse verdaderamente solos, ya desesperadamente solos ante la muerte —la próxima generación en morir será la mía, la mía y no la de otro— lo que hacen es imaginar cómo van a contar esa muerte y esa soledad ante los demás. Que escribir es necesario, que hay que sentir una especie de pulsión inevitable que te haga poner palabras en el papel, que escribir es una especie de misión de Dios, un destino que se asume resignadamente porque, de verdad, lo que querrían hacer todos los escritores no es sufrir sino más bien pasar todo el día follando con mujeres guapas, como todo el mundo, pero que ya que se sienten elegidos en su misión, hacen el esfuerzo y en lugar de drogarse, o dar paseos, o escuchar música o cualquier otra cosa —follar con mujeres guapas— se ponen delante del ordenador, o del papel en blanco e intentan conmover a gente que ni siquiera conocen y eso a pesar de tener que ver a un psicólogo por lo mal que les hace sentir recordar que no pudieron apenarse verdaderamente con la muerte de su propio padre, sino que almacenaron la experiencia para utilizarla más tarde en una obra maestra, una obra que les llenara de orgullo.

Anda ya. Que estáis muy vistos. Que me cansáis. Decid algo original, coño.

Está claro que yo no voy a acabar escribiendo nada serio porque no siento ese destino dentro de mí, porque no me siento impulsado por la Historia, porque a veces tengo ganas de escribir y a veces no, porque no creo que escribir una novela sea más importante —ni de coña— que construir un puente. Y, claro, así, con esa falta de destino, con esa falta de pulsión, de intensidad, de necesidad de escribir, con esa falta de misión divina, cómo voy a acabar escribiendo algo serio, algo tremendo, algo trágico, algo que conmueva y cambie la vida de alguien. Pues de ninguna manera, la verdad. De ninguna manera.

Qué le vamos a hacer. Lo mío deben de ser los puentes.

lunes, enero 12, 2009

Cuentos de hielo

El hielo y el frío lo han cubierto todo con su manto de conservación y, al igual que ocurre en las fotos de la gente muerta, han detenido el tiempo, lo han congelado. Y como las historias no son nada sin el tiempo, no son nada sin el movimiento inherente a la vida que representa el tiempo, también se han congelado, se han retirado a un lugar al abrigo de las temperaturas del exterior. Como esos peces que son capaces de reducir al máximo sus constantes vitales para conservar la vida en el fango seco, así están ahora los personajes de estos cuentos. A la espera. A la espera de que se derrita un poco la escarcha para poder gritar aquí, diciéndole al jodido invierno: eh, mira imbécil, aquí estoy, por mucho frío que nos eches encima, hijo de la gran puta.

Y las manos de uno de esos personajes, uno que suele usar una moto para llegar al trabajo, se han congelado y ha debido acudir al centro médico, donde, desgraciadamente, no han conseguido salvar todos sus dedos. Pero, como se trata de un accidente laboral in itinere, ha conseguido una pensión por invalidez que, de una manera que no alcanza a comprender del todo, le ha garantizado un sueldo para el resto de su vida. Y reflexiona sobre el hecho de ser un inválido mientras se hace un té y mira por la ventana un día entre semana, sin prisa por acudir a ningún sitio, liberado al fin de realizar un trabajo que odiaba. Reflexiona sobre su propia invalidez, que lo estigmatiza ante los demás, que lo convierte en alguien digno de compasión y piensa que odia esos dos dedos que le faltan casi tanto como antes odiaba su trabajo. Por eso, en las reuniones sociales inventa currículos brillantes e inexistentes. Algunos de sus conocidos han empezado a advertir que cambia de profesión y de carrera universitaria en cada cena. La gente lo mira como a un bicho raro en esas reuniones. Él, por su parte, ha tomado la costumbre de utilizar solo su mano impedida para todo. Cuando fuma con su mano de tres dedos, todos retiran la mirada de forma discreta. Y él insiste en mostrarla, en hacer que los demás se sientan incómodos. No sabe muy bien por qué.

Y otro de ellos acaba de volver de un viaje exótico e incuba una enfermedad tropical casi desconocida en el mundo occidental que queda latente cuando la temperatura se encuentra por debajo de quince grados. Sus maldiciones sobre el tiempo gélido, sobre los cuatro grados bajo cero, que se notan aún más tras regresar del Caribe, ignoran que el viento helado, la escarcha y la nieve lo mantienen sano. En primavera, las bacterias recibirán el buen tiempo con un alarde de actividad que lo mantendrá toda esa estación y el verano posterior metido en una cama. Y lo más interesante del asunto es que está maldiciendo el mal tiempo cuando es ese mal tiempo el que está evitando su muerte. Si hubiera vuelto a un mundo de 25 grados, no habría podido vivir otro año. Él no lo sabe, claro. Pero tampoco nosotros sabemos si hoy ha sido la última vez que despertaremos en nuestra cama, si cruzaremos una calle y nos atropellarán, si nuestro corazón fallará para siempre. Y, al igual que le ocurre al personaje de este cuento de hielo, también ignoramos de qué está constituido ese futuro que nos aguarda. Ignoramos incluso si estamos ya incubando la enfermedad que acabará con nosotros; si estamos ya sentenciados; si, cuando nos miramos al espejo, estamos viendo nuestra cara por última vez.

Y otro más ha encontrado el cadáver de un jabato, congelado y aparentemente intacto en la puerta de su casa, en la urbanización de la sierra en la que vive. Y cuando descubre el cuerpo, dos pensamientos recorren su cabeza. Por un lado, teme al jabalí que ha perdido al jabato, tal vez en estos momentos esté tras la espesura, guiado por el olor de la cría muerta, esperando que él tome con las manos el bicho congelado para embestirle. Casi puede oir el gruñido y la respiración del animal tras los arbustos, el crujido del suelo bajo sus pezuñas, la saliva espesa cayéndole del hocico.
Por otro, no entiende qué hace allí el jabato. Sabe que los gatos hacen eso de vez en cuando, hacen regalos a sus dueños: palomas, ratones, pequeños animales muertos que depositan como ofrendas en los dormitorios. Pero él no tiene gato. No le gustan los gatos. Le inquietan. Y el hecho de pensar que hay un gato que quiere convertirse en su mascota y que es lo suficientemente grande para transportar un cuerpo de ese tamaño lo llena de pavor. Por eso mira tan fijamente el cadáver del jabato y no se atreve a despegar la costra de hielo que lo mantiene unido al suelo de su porche. Por eso mira a los arbustos y más tarde alrededor de la casa. Por eso el jabato va adquiriendo poco a poco un color azulado, el color de la comida congelada tiempo atrás que quedó olvidada debajo de las últimas compras.

jueves, enero 08, 2009

El amor

(para Aroa :-)


Todos los días a la misma hora miraba por la ventana para ver pasar a la señora. Pasaba con tanta regularidad que hubiera sido posible poner el reloj en hora cuando se la veía caminar apresurada arrastrando el carrito de la compra. Una mujer de costumbres. Eso le gustaba. La miraba pasar y se fijaba en la arruga del entrecejo que le dividía la frente por la mitad. Entonces la compadecía porque pensaba que debía de tener muchas preocupaciones. Una vida azarosa y difícil, con un marido cabrón que la había abandonado por una más joven, dejándole la carga de los niños y la familia, que un buen día la había mirado y le había dicho lo siento Juana, hay otra mujer, hay otra mujer de la que me he enamorado y quiero darme la oportunidad de ser feliz ahora que empiezo a hacerme mayor y no quedan demasiadas, hacía tanto tiempo que no sentía esta ligereza que he decidido irme de casa. Imaginaba también la cara de ella, vacía, sin expresión, como la cara de alguien que ha perdido el impulso vital, como si le hubieran arrancado algo, como si le hubieran clavado una espada en el pecho. Y su tremendo combate contra la soledad, la depresión, la falta de autoestima. Porque estaba seguro de que su marido la habría dejado por otra más joven, aunque dudaba mucho de que más guapa, eso lo dudaba mucho.
Imaginaba la vida de ella en el breve trayecto diario de la mujer bajo su ventana y cada día añadía un detalle nuevo: una beca de estudios en el extranjero, libros en francés, un amante parisino al que había abandonado para volver a la felicidad de su novio de toda la vida, el mismo que luego la había abandonado de cualquier manera, una amiga íntima dedicada al cine, cualquier cosa.
La vida que inventaba para su vecina adquiría más y más consistencia, se hacía real a sus ojos a medida que los días iban pasando y la veía caminar uno tras otro bajo la ventana. Tanto que empezaba a desear salir a la calle, después de tanto tiempo, solo para hablar con ella aunque, a la vez, reconociera que le daba miedo comprobar la diferencia que podría haber entre la vida que le había imaginado y la real. Le aterrorizaba pensar que cuando la conociera, tal vez tuviera que tomar un café con cara de circunstancias en una casa triste, con la atmósfera cargada por la pena. Que el vestido que ella eligiera para salir a cenar con él estuviera pasado de moda y un poco ajado en los codos, que el sexo fuera solo correcto, algo que hay que hacer porque es lo que hacen los adultos después de una cita en la que se han divertido aunque el deseo no aparezca por ningún sitio. Le daba miedo que la realidad no cumpliera sus expectativas. Sin embargo, cada día se le hacía más insufrible verla pasar por debajo de su ventana, caminando con ese bamboleo de caderas que tanto le gustaba y no atreverse a hablar con ella. Cada día estaba más lejos de atreverse a conocer a la mujer real y más cerca de estar enamorado de la mujer enigmática que había construido para sí.

Pero un día sonó el timbre de su puerta y cuando abrió, esperando que se tratara de un mensajero con un paquete que debía llegar aquel día, era la mujer la que estaba en el umbral. Ella le dijo: sé que, desde hace más de un año, me observas todos los días cuando paso. Te he inventado una vida que estoy segura de que no coincidirá en nada con la vida que habrás llevado en realidad. Pero ha llegado el momento de salir de dudas. El preguntó: ¿estás divorciada?, a lo que ella respondió: sí, dejé a mi marido por un imbécil que no merecía la pena, pero las decisiones que uno toma en la vida hay que asumirlas, ¿no te parece? ¿y tú? No, yo nunca llegué a casarme aunque técnicamente se podría decir que sí, que lo estoy; hace ya tres años, respondió él. ¿Tienes hijos?, preguntó ella, no, dijo él. ¿Tomamos un café? Claro, estoy deseándolo.

viernes, enero 02, 2009

Estampas

María mira a Pedro con algo de pena y de deseo en los ojos, recordando los buenos tiempos que ambos vivieron antes de que todo se fuera al carajo. María le está contando a Pedro que su hija la vuelve loca, que no atiende en clase, que no le hace caso. Pedro suspira y pone cara comprensiva aunque en el fondo está pensando que le da absolutamente igual lo que le suceda a la hija de su ex. De hecho, está pensando en el culo de Ruth, en las múltiples maneras de perforarlo, horadarlo y penetrarlo que se le ocurren, en untarlo de mermelada y lamerlo y chuparlo. Sigue poniendo cara comprensiva y sigue pensando en las curvas de su última chica, en la línea de sus nalgas cuando se acuesta boca abajo en la cama y fuma.

Ruth está pensando en que Pedro la está agobiando más de la cuenta. No debería haber empezado a salir con alguien tan mayor. Los tíos mayores son interesantes pero se obsesionan cuando tienen buena cama con alguien. Como hace tanto tiempo que no echan un buen polvo, se vuelven paranoicos y obsesivos y controladores cuando encuentran a una mujer que les haga una buena mamada. Los tíos mayores solo están bien para dar envidia a las amigas imbéciles y para contentar a tu padre. A tu madre no, tu madre preferiría que salieras con alguien de tu edad pero tu padre está contento porque, secretamente, se pregunta si tendría alguna oportunidad de conseguir algo parecido con la hija de otro.

Henar, la hija de María, está colocada mientras masturba a su chico. Se ha fumado tres canutos de marihuana y nota que la cabeza se le va, que los pensamientos van por su cuenta, espirales y volutas sin sentido. Henar está harta de su madre, que es una amargada y un cabrona que le hace la vida imposible. Henar piensa que su madre debería disfrutar más de la vida. Las madres de chicas adolescentes tienen como misión hacer que sus hijas se sientan como una mierda porque notan que el tiempo se les acaba y la exuberancia de sus propias hijas las sitúa a ellas ante el espejo sin trucos y sin mentiras. Tienen arrugas y las tetas caídas pero son más viejas. Y además son las madres, conocen bien a la víctima. Pero eso Henar no lo sabe. De hecho, Henar ni siquiera conoce las palabras necesarias para encadenar un pensamiento tan elaborado. Pero está buena, eso sí.

Álvaro, el nuevo novio de Henar no piensa en nada. Se limita a dejar que la mano de su chica haga su tarea. Cuando está a punto, le pide que lo acabe con la boca. Ella lo hace y luego se relame. Le encanta cuando hace eso. Es tan pornográfico que apenas tarda nada es estar de nuevo a punto.

lunes, diciembre 29, 2008

Delfín

Estoy cenando en un restaurante. Cuando estoy con los postres, me dicen que el pescado que acabo de comer es delfín. Me pongo meláncolico. Pienso que he saboreado la carne de un animal más listo que yo. Los delfines tuvieron la mala suerte de evolucionar en el agua y no poder dominar la materia a través del fuego. Seguro que a diario nos maldicen en su particular idioma. Hijos de puta monos cabrones de mierda, que no entendéis nada. Los delfines saben ajustar su cuerpo de forma intuitiva a los campos electromagnéticos de la tierra. Los delfines son inteligentes y crueles. Tal vez la inteligencia y la crueldad estén tan inseparablemente unidas que sean la misma cosa, diferentes manifestaciones del mismo fenómeno. Todo eso pienso. También imagino que soy un delfín que viaja a través del océano.

Siento el agua, siento el sónar del barco de la armada que pasa a un par de kilómetros, el retumbar de las explosiones bajo la quilla de un barco pirata somalí. Veo un grupo de cuatro personas caer al agua. Una de ellas está muerta. Pruebo la carne pero no me gusta. Prefiero el atún. El tiburón no, el tiburón solo lo pruebo cuando matamos alguno entre varios, como una manera de hacerme con su fuerza. Porque vosotros creéis que los tiburones son voraces y no, los tiburones lo que son es idiotas. A nuestro lado no tienen nada que hacer por muchas hileras dobles de dientes que tengan, todo músculo y nada de cerebro. Cuando les vencemos, probamos su carne. Según vuestros sociólogos, es una especie de ritual de iniciación.
De las tres personas que quedan en el agua, intento ayudar a una de ellas. Es una persona negra. No sé si es un pirata o un marinero. Me da igual. Es un humano. Y todos los escritores han hablado de la solidaridad que existe entre ambas especies. Así que le doy un golpecito con el morro en el pecho para despertarlo. No parece que funcione. Tiene los ojos muy abiertos. Creo que ya está muerto. El juego ha dejado de ser divertido. Dejo que se hunda para que los retoños se lo pasen bien. Siempre disfrutan. Pero a ellos tampoco les gusta la carne. Voy a por otro que patalea, como si eso fuera a ayudarle. Le doy en el pecho con el morro. Se agarra a mi aleta dorsal. Subo a la superficie con el fardo a la espalda. Cuando llega allí, respira y tose. Me alegro de que esté vivo. Es más divertido. Le agarro del pantalón con los dientes y me hundo.

Salgo de mi ensoñación y pienso que soy yo el que se ha comido el delfín. Y aquí estoy, tomando un café estilo turco en un restaurante del puerto. En una isla de la que dicen las guías turísticas que está situada en el centro geográfico del Mediterráneo.

Tal vez todo esto quiera decir que, en el fondo, todos merezcamos ser el juguete de los delfines. O algo así. Creo. No estoy muy seguro.

Feliz año nuevo.

martes, diciembre 23, 2008

Feliz Navidad

¡Feliz Navidad!, dijo un tipo gordo vestido de rojo, con la ropa raída (la crisis, pensé, la maldita crisis). Y yo contesté, ¡Feliz Navidad!, pero no te voy a dar ni un pavo. Y él dejó la sonrisa falsa que mantenía en su cara (como si no fuera suficientemente siniestro su disfraz) y me miró con ojos de asesino. Paz a los hombres de buena voluntad, dije yo, haciendo el signo de la paz para que no se enfadara. Cabrón, dijo. Dije gracias, me di la vuelta y me fui.

¡Feliz Navidad!, me dijo la frutera cuando fui a comprar una piña muy grande (yo odio la piña, pero en mi casa es tradición, una tradición que a mí me parece un poco ridícula, la verdad) y yo dije ¡Feliz Navidad! Que todo te vaya muy bien el año próximo. Y ella dijo: ¿cómo?, ¿no vas a volver a comprar hasta el año que viene? Era una expresión, mujer, contesté yo.

¡Feliz Navidad!, me gritó el correo electrónico cuando lo abrí al llegar a casa. Redacté una bonita respuesta con una animación en Flash que había hecho el día anterior y se lo envié a todos mis contactos. ¡Feliz Navidad!, decía el mensaje del móvil que me llegaba cada media hora. Compuse un haiku especialmente indicado para estas fechas y se lo envié a todos los números de la agenda. Algunos de los destinatarios de ambos mensajes me habrían olvidado tiempo atrás, pero me dio igual.

¡Feliz Navidad!, digo yo ahora desde aquí a todo el mundo que lee esto de vez en cuando. Que pasen ustedes como mejor sepan estas fechas. Yo voy a bajar a tomar un vino con la familia, si me disculpan.

lunes, diciembre 15, 2008

Jersey

Todo el mundo piensa que el diablo es un hombre con clase. Un hombre vestido de negro, elegante de maneras, con un brillo de inteligencia y maldad en los ojos, que promete cosas muy tentadoras, muy precisas, capaces de convencernos de abandonar el camino recto, de vender nuestra alma. Pero no es así. El diablo es un idiota y un gañán. El aliento le huele a cebolla y lleva la barba mal cuidada y la ropa raída. Sus propuestas son poco imaginativas, son propuestas de mesa camilla, olor a repollo y jersey tricotado por la tía solterona del pueblo en días que se suceden mientras las fotografías se van volviendo cada vez más blanquecinas con el paso del tiempo. El diablo es el más grande perdedor, el eterno segundón, el caído, el equivocado, el que se levantó frente a Dios con soberbia y se opuso a la eterna tiranía del que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo apunta, todo lo recuerda. Y sin embargo, cómo lo entendemos. Entendemos su arrogancia, su envidia, su odio. Su búsqueda constante, utilizando medios humanos, tretas y artimañas. Su interés de científico en la maldad. Sus pequeños triunfos, siempre empañados por la omnipotencia de Jehová. Cómo lo comprendemos, cómo lo envidiamos secretamente por ser capaz de desembarazarse de las prescripciones morales que nos acompañan a todos, que nos han moldeado desde pequeños. Lo admiramos por su libertad, por su desobediencia, por su resistencia. Y Él nos mira con tristeza mientras arranca un bolita de lana del jersey gastado con el que siempre viste y nos promete fama y dinero en el pueblo. Y cuándo le pregunto por qué se me aparece de esa guisa, Él sonríe y me dice que hace mucho tiempo que se ha desprendido del amor a las cosas materiales, que no necesita dinero para ser feliz. Entonces le pido exactamente lo mismo que ha conseguido él, le digo que no deseo fama ni dinero, que lo que quiero es la sabiduría, que eso lo es todo. Y entonces me dice que eso es imposible y corre a buscar otra alma dispuesta a dejarse engañar por las apariencias.

miércoles, diciembre 10, 2008

Bobinas

Pienso en los relojes que no necesitan baterías, que funcionan con el movimiento del cuerpo y decido que los generadores de energía eléctrica que utilizan deben de tener unos sensores muy delicados, tan delicados que son capaces de transformar el latido de nuestro corazón en la energía que necesita un circuito para traducirnos el ritmo de la pulsación del cuarzo. El cuarzo vibra. Él es así.

Y ahora imagino que Google es, en realidad, una empresa con un objetivo malvado, que recopila cuidadosamente toda la información sobre nosotros que ponemos a su disposición. Que en alguna remota nave californiana tiene un archivo sobre mí con todo lo que leo, con lo que escribo aquí, con lo que le digo a la gente a través del messenger, con mis fotos y que lo utilizará para crear una réplica de mí en la Red, un bot que podrá sustituirme cuando el mundo se vaya al carajo.

Y leo: Al final de cada enchufe, siempre se esconde un imán y una bobina que gira. Son el alma y el motor de nuestra civilización.

La belleza se encuentra en los sitios más inesperados. La frase anterior es la frase de conclusión de la Unidad 6 de determinado libro de 2º de Bachillerato. La unidad 6 habla del electromagnetismo.

jueves, diciembre 04, 2008

Pregunta

Solo quiero contar un paseo (esta vez sin yonquis ni mendigos, yonquis evidentes quiero decir, porque estoy seguro de que más de uno de los que me crucé por la calle esperan el momento de llegar a su casa y poder atiborrarse de tranquilizantes o de cocaína o de whisky o de cualquier otra sustancia que los humanos utilicemos para perder la conciencia) en el que caminé un día frío como la muerte (y por qué será fría la muerte cuando el infierno es un lugar abrasador, el lugar al que está destinada la inmensa mayoría de la Humanidad si nos atenemos a la letra de las normas católicas [aunque tal vez la confesión sea la contabilidad creativa de la cuenta de resultados de la Iglesia, quién sabe]) y las nubes estaban tan bajas que todos parecíamos sietecuatrosietes cruzando el cielo pero sin luces de posición ni complicados bailes en el aire a diferentes alturas: el mundo es el núcleo de un átomo y los aviones los electrones moviéndose a diferentes alturas, con diferente carga energética, pensé. Y pensé en las sondas que hemos enviado al espacio y en si seguirán circulando por ahí dentro de un millón de años o de diez, cuando ya ninguno de nosotros se cuente entre los vivos, cuando no seamos nada más que polvo de estrellas (qué expresión odiosa y cursi a la que sólo salva el maravilloso disco de Bowie). Y pensé también, mientras la niebla fría se me metía en los huesos, en el amor (ya sé, ya sé que esta imagen no es adecuada porque ya digo que la muerte es el frío, porque fríos se quedan los cadáveres, y el amor siempre es caluroso pero yo no tengo la culpa, yo no tengo la culpa de que mi cabeza funcione de esa manera, tal deba comenzar inmediatamente una cura psiquiátrica que ponga las cosas en su sitio, que me sitúe de nuevo en el mundo como a una persona normal, una persona con los sentimientos en su sitio y con la vida en su sitio y con todo en su sitio, pero qué quieren que les diga, qué quieren que les diga) y, claro, no llegué a ninguna conclusión. Seguí caminando y entonces vi a alguien que parecía dormir en la calle (ya sé también que les he dicho que no aparecerían mendigos pero es que me interesan mucho, me interesan porque constituyen el símbolo de lo que podemos llegar a ser si no controlamos a la bestia que lucha por salir y anegarlo todo, de sangre, de mierda o de lo que sea) pero tenía un traje puesto y un maletín y un cartel que decía: "soy un ejecutivo en paro por la crisis y me ofrezco a cualquier cosa con tal de recuperar el móvil de empresa" y entonces me vino a la cabeza un cabrón en particular al que tengo mucho odio y que espero sinceramente que se muera entre estertores y luego pensé que el odio y el amor se parecen mucho porque ambos consumen nuestra voluntad y pensé que era mucho mejor la indiferencia porque el que odia ocupa su energía y su tiempo en algo inútil y aún así seguí deseándole los estertores al muy cabrón. Pero como el ejecutivo en paro no tenía nada que ver con el hijoputa en el que estaba pensando, me acequé y el tipo me dijo que aquello no era verdad, que él era un artista conceptual y que su obra era una reflexión sobre el miedo y que Marx tenía razón con aquello de que un fantasma recorría Europa pero que el fantasma no era la revolución ni hostias sino el miedo que los que mandan tratan de inocular en la gente (acabo de leer esta frase y, a pesar de que no la he puesto en mi boca, en mis manos, me ha quedado un poco demodé, no sé, como los pantalones de campana y las pellizas y las trencas y el amor libre y el prohibido prohibir y todas aquellas cosas raras que hacían los padres de nuestros amigos europeos, no los nuestros, porque los nuestros escuchaban a Juanito Valderrama cantar "El emigrante"). Entonces miré al artista conceptual y le hice varias fotos con el teléfono móvil y le dije que iba a crear un blog para que la gente pudiera observar en directo como pasaba frío durmiendo por la noche y pudiera hacer comentarios de lo que le parecía la iniciativa y en ese momento el artista me miró con interés y me dijo que yo sí que sabía de que iba la vaina, que yo si entendía lo que era el arte. Y yo le dije que pretendía ganar dinero con ello y el me dijo: lo ves, como sabes perfectamente de qué va esto del arte...
Y como lo sé (eso me dijo el artista, no me miren así) acabo esta locura citando mi soneto preferido de todos los tiempos que pertenecía a un señor con una cara de mala leche que no veas y que se llamaba Góngora:

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello.
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Ya ven a dónde me ha llevado ponerme a escribir sin dirección ni propósito. ¿Alguien sabe de un psiquiatra de confianza?

lunes, noviembre 24, 2008

Museo

Aquel día fui al museo como muchos otros, un día entre semana por la tarde, cuando faltaban dos horas para el cierre. Las paredes blancas de las que colgaban aquellas fotografías en blanco y negro ocupaban muchos metros cuadrados. Se trataba de la retrospectiva de un fotógrafo famoso, fotos con más de treinta años que constituían un retrato de cierta juventud marginal y rockera, muy identificada con los mitos norteamericanos. Algo extraño para los jóvenes españoles de los setenta.
La heroína jugaba un papel importante en aquellas fotos, aparecían muchos jóvenes inyectándosela, un juego con la muerte demasiado común en aquellos años. Una plaga que acabó para siempre con el talento de toda una generación.
Los ojos de los hombres y mujeres drogados eran de lo mejor de la exposición, miradas perdidas, más allá de cualquier pensamiento consciente, sombras que reflejaban un inmenso placer. Me fijé durante mucho tiempo en esas miradas. Recorrí la sala con tranquilidad, deteniéndome en los detalles morbosos, en las expresiones cuando se chutaban —qué droga esa, capaz de arrastrar al fango a chavales de veinte años, chavales que en fotos de seis años después ya parecen ajados y destruidos, con los ojos perdidos, con brillos en la cara, con tatuajes desvaídos— mirando a la cámara desafiantes mostrando sus tatuajes y sus tupés, sus zapatos de charol y sus cazadoras de cuero con las insignias de Harley Davidson.
Fui al servicio y me preparé un par de rayas y, como me ocurre casi siempre, me entraron ganas de cagar. Tarde media hora en hacer todo lo que tenía que hacer y cuando salí, advertí que el museo había cerrado y que no había guardas de seguridad que pudieran ayudarme. No se oía nada. Sólo mis pasos sonaban amortiguados en las salas de la exposición. A diferencia de las salas que contenían cuadros y esculturas, las exposición se cerraba por la noche para ahorrar dinero en seguridad. Tal vez las fotografías fueran menos importantes que las pinturas. Tal vez la existencia de los negativos, que permiten reproducir de forma infinita la imagen, haya devaluado la importancia de las copias. El arte no ha vuelto a ser el mismo desde que se puede reproducir hasta la náusea, pensé. Debe de tratarse de dinero, así ahorran en cámaras y guardias, quién va a querer llevarse una fotografía que será exactamente igual a cualquier otra extraída del mismo negativo.
Los sitios cerrados y desiertos no son un buen lugar para alguien como yo. La única vez que me quedé encerrado en un ascensor, pasé los escasos veinte minutos que permanecí dentro respirando con precaución, controlando el pánico. No es que tenga claustrofobia en sentido estricto, es sólo que no me gusta saber que no puedo salir. Empiezo a imaginar el aspecto que tendrá mi cadáver cuando lo encuentren, con los ojos muy abiertos por el terror, ahogado en un ataque de pánico. Y el pánico es un círculo, a medida que imaginas con más precisión el aspecto de tu cuerpo muerto, más rápidamente respiras y menos oxígeno llega a tus células. Comienzas a sentirte mal y de nuevo la imagen de tu cadáver aparece en tu cabeza, cada vez más enfocada, cada vez más nítida, y eso, a su vez, provoca de nuevo la caída en la hiperventilación, en la náusea, en la inseguridad.
Me pareció entonces escuchar algo en la sala de la derecha, como un roce de pies arrastrados, un rumor. Tuve miedo —cómo no tener miedo en esa situación, solo y encerrado— y me moví rápidamente en dirección contraria buscando un hueco donde resguardarme, dónde nadie pudiera encontrarme. Hallé una puerta, que cedió tras un empujón sin que pareciera activar ninguna alarma, y me metí dentro. Algunos cubos y fregonas se apilaban sin demasiado orden en el interior. Una luz roja me permitía distinguir los contornos de las cosas. Pensé que tal vez una raya consiguiera tranquilizarme, que tal vez atenuara algo mi nerviosismo. Me puse un par —hace demasiado tiempo que nunca me preparo una única línea— y las aspiré. Noté mi corazón bombeando estruendoso, el sudor saliendo y acumulándose en mi frente. Intenté respirar profundamente sin conseguirlo. El rumor de fuera se hacía más y más fuerte y se aproximaba lento hacia mí. Como si algo pudiera olerme, como si una voluntad se arrastrara con dificultad en mi busca.

Transmisión

Una de las cosas que más preocupa a los escritores (a los verdaderos escritores, quiero decir, no a los blogueros, ni a los cronistas sobrevenidos, ni tampoco, como es mi caso, a los aspirantes a tertulianos [porque yo siempre quise ser tertuliano, siempre aspiré a opinar de todo con seguridad y a ganarme la vida con ello, ya ven ustedes que siempre fui charlatán y que, habiéndolo comprobado casi desde la cuna, decidí potenciarlo por ver si el éxito acababa por rendirse, agotado por la insistencia de mi inacabable verborrea que todo lo cubre de vanas palabras]), una de las cosas que más preocupa a los escritores, iba diciendo (antes de que la digresión se moviera independiente de mi voluntad y creciera y creciera hasta llenar varias líneas entre paréntesis dobles) es el legado. Lo he leído por ahí, el legado, que creo que es la obra de toda una vida y eso.
Es decir, los escritores se preocupan de cómo recordarán los hombres su obra, cómo la entenderán los lectores dentro de cien años, cuando el mundo esté ahogado por el derretimiento de los polos (Ballard dixit) o sediento por la falta de lluvia (Ballard dixit), qué sentimientos provocará esa obra, qué lugar ocupará el escritor en el canon occidental, qué perdurará de todo el tiempo empleado frente al papel en blanco y demás.
Y sin embargo, la transmisión cultural está regida, como todo, por las inabarcables leyes del azar y la indeterminación, y no sabemos realmente si las obras de Sócrates que Platón olvidó no eran más importantes que las que transcribió, no sabemos por qué sólo han perdurado en España dos cantares de gesta (cantar de gesta arriba o abajo) cuando en Francia se conservan centenares de la misma época y desconocemos la importancia de las obras escritas en mozárabe aljamiado que están en la Biblioteca de Tombuctú y que salieron de Toledo a finales del siglo XV. Por ejemplo.
Así que, en puridad (no sé por qué esta expresión siempre me recuerda una conocida marca de alimento para mascotas o de abono o algo así), no es posible conocer qué lugar ocupará la obra de alguien dentro de algún tiempo. De hecho, en puridad, no es posible conocer siquiera si ese escritor será una nota al pie en la historia de la literatura (una nota al pie muy técnica y muy rebuscada que sólo un estudiante de doctorado rescataría para tratar de impresionar al tribunal [¡¡iluso!!]), si será aún leído, o, más que probablemente, si el olvido lo habrá cubierto de su manto de invisibilidad. Y si no, piensen que el teatro más visto en el siglo XVIII en España era el teatro de magia (análogo a las películas de efectos especiales del Hollywood de hoy) y que a Jovellanos no iban a verlo más que los amigos y poco más.
Porque la humanidad, a pesar de toda la información registrada, a pesar de la manía actual por dejar constancia de cualquier nimiedad, a pesar de la información magnética y óptica y Google, y las cámaras digitales y los blogs y Facebook y los grupos de personas empeñados en hacerse fotos constantemente y las granjas de servidores alineados en California que se suponen son nuestra memoria cultural, la humanidad siempre ha hecho lo mismo: olvidarse. Se olvidó de cómo se leían los jeroglíficos, se olvidó de cómo se interpretaba la escritura cuneiforme, se olvidó de llamar a los bomberos cuando aquello de la biblioteca de Alejandría, se olvidó de traducir del árabe gran parte de la cultura antigua del mundo occidental, se olvidó de cómo leer los manuscritos de la Edad Media, se olvidó… Hasta se hubiera olvidado de Kafka si no hubiera sido por Max Brod, el amigo que no le hizo caso cuando le pidió que quemara sus manuscritos y que ordenó y corrigió y decidió la imagen que tendríamos para siempre de él.
Lo que quiero decir, la verdad, es que todo lo escrito, todo lo impreso, todos los libros que alguna vez han sido tienen una importancia directamente proporcional al tiempo que han sobrevivido desde que fueron escritos y que eso depende, en gran medida, del azar. Así que tampoco sabemos si, gracias a la conservación milagrosa del manuscrito en algún disco óptico, dentro de dos siglos el escritor más importante y que representará como nadie la literatura de inicios del siglo XXI no acabará siendo, es un decir, John Grisham (que Dios lo tenga en su gloria).

En resumen que a todo, absolutamente a todo, lo cubre el tiempo de polvo y ceniza y que, tras unos siglos, lo que brilla a lo lejos como una estrella en el paisaje gris a veces es un brillante y a veces el cristal de una botella de Coca-Cola.

Y que todo esto no es más que una demostración de conocimiento inútil que espero me sirva para encontrar trabajo de tertuliano. ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien quiere que le envíe el C.V.?

martes, noviembre 18, 2008

Mantenimiento

El hombre con rayos X en los ojos miraba el amanecer desde el edifcio de oficinas en el que trabajaba. Nadie de aquel edificio conocía su habilidad porque, como ya he contado en algunas ocasiones, no se fiaba de que aquello no acabara convirtiéndose en su condena. Miraba los armazones de los rascacielos a la vez que el sol iba llenando de claridad el cielo, poco a poco, desde un azul casi negro en las alturas hasta una línea progresivamente más clara detrás de los edificios.

El hombre con rayos X en los ojos lloraba con disimulo por la belleza del espectáculo. Por la sucesión de construcciones geométricas en la ventana, cubos y conos, hechos a su vez de otros cubos y conos, con largas vigas de metal que los atravesaban; por las salas de mantenimiento, que le hacían pensar en los nódulos de un sistema linfático; por los huecos de los ascensores y los aparcamientos, que le recordaban las arterias y venas del sistema sanguíneo, con esas redes de tuberías que llevaban el agua y la electricidad de un sitio a otro.

El hombre con rayos X en los ojos no estaba solo en el mundo. Hablaba a diario en un chat con otras personas con poderes especiales. Y en aquel momento le hubiera gustado compartir sus impresiones sobre el espectáculo con alguno de sus amigos, aún sabiendo que no era posible, que estaban lejos. Por ejemplo, la chica con la que salía ahora era capaz de ver la luz en el espectro de los infrarrojos y él la había visto más de una vez con los ojos muy abiertos ante los incendios forestales. Ella le había contado lo que sentía al mirar las masas incandescentes moviéndose como seres orgánicos.

En esta ocasión, sin embargo, hubiera preferido estar en la oficina con una mujer con la misma facultad que él. Exactamente la misma: rayos X en los ojos. Para poder mirar juntos el amanecer sin tener que recurrir a las palabras.

lunes, noviembre 17, 2008

Aeropuerto

El hombre con rayos X en los ojos esperaba pacientemente en la cola del aeropuerto, dispuesto a las humillaciones necesarias para embarcar en un vuelo transoceánico. Allí estaba, aguardando que le pidieran que se quitara los zapatos o el cinturón. Como todo el mundo. Odiaba los aeropuertos porque estaba seguro de que, en el caso de que supieran de su capacidad, se convertirían en una cárcel para él. Podía imaginarse sin esfuerzo encadenado a una silla, vigilado por un guardia armado, obligado a revisar la cola de entrada por el día y sometido a toda clase de experimentos por la noche. Él también había sido lector de X-Men y sabía el destino que esperaba a las personas con poderes especiales.

La cola avanzaba pausadamente porque la mayoría de la gente que estaba entrando a la zona de embarque del aeropuerto eran ancianos, que se movían con cuidado, poco a poco. Algunos de ellos apenas podían caminar por lo que la operación de despojarse de los zapatos y más tarde volver a ponérselos les llevaba mucho tiempo. Los guardias que revisaban la entrada ni siquiera pretendían parecer amables. Les apremiaban con malos modos, preocupados por el tamaño que la cola iba alcanzando paulatinamente.

Los viejos iban entrando temblorosos y rellenando la sala de embarque del aeropuerto con sus cuerpos flacos, sus muletas y sus medicamentos. Toda la escena le recordó un cuento de Kurt Vonnegut, aquel que se titula: "Bienvenido a la jaula de los monos" en el que existían cabinas de suicidio asistido que los viejos visitaban para despedirse del mundo. En ese cuento, la presión de la sociedad para que se suicidaran era tremenda: los viejos debían soportar los mensajes publicitarios incitándoles a ello a todas horas. Se imaginó, durante un momento, que el avión no sería una máquina destinada a llevarlos a ningún sitio sino una gigantesca cabina de suicidio en la que dispersarían un gas mortal para acabar con todos ellos, jubilados que dejaron de cotizar a la Seguridad Social mucho tiempo atrás. El gas se dispersaría, inodoro e incoloro, y todo el mundo moriría de forma suave. Nada más fácil que deshacerse de los cadáveres desde el avión en marcha.

El hombre con rayos X en los ojos se quitó de la cabeza una idea tan horrible porque, últimamente, su terapeuta le advertía constantemente en contra de la paranoia. Le decía que saltarse la medicación no era una buena idea, que tomarla le ayudaría a mantener un estado de ánimo más equilibrado.

Se fijó entonces en un anciano de casi ochenta años que se mostraba bastante vivaz, más en forma que sus compañeros de excursión. Se estaba quitando los zapatos sin demasiado esfuerzo, sin contraer la cara al inclinarse ni resoplar una sola vez. Cuando pasó por debajo del arco detector de metales, un pitido hizo que el guardia de seguridad se acercara a él con el detector portátil. Él explicó que tenía una placa de metal en el cráneo, una herida de guerra, dijo. El guardia lo miró socarronamente, como si no fuera capaz de imaginar a aquel anciano, setenta años antes, empuñando un arma o tumbado boca abajo en el suelo afinando la puntería para disparar. La batalla de Teruel, dijo el hombre. ¿Qué batalla, abuelo?, preguntó desconfiado el guardia. La de Teruel, y yo no soy su abuelo, respondió el anciano. Disculpe, hombre, sólo pretendía ser amable. Más que amable, me ha parecido usted condescendiente, pero no se preocupe, los viejos estamos acostumbrados a eso. Tengo una placa en el cráneo, justo aquí, dijo el viejo, compruébelo con la maquinita esa que lleva. El guardia de seguridad acercó entonces a su cabeza el detector portátil y éste comenzó a pitar con mucha intensidad. El guardia dijo entonces: Está bien, puede pasar. El viejo caminó un poco con sus zapatos y su cinturón en las manos y se los volvió a poner un poco más adelante.

El guardia civil no había advertido que el viejo no sólo tenía una placa en el cráneo —una mancha luminosa, que destacaba como coloreada de azul para la visión del hombre con rayos X en los ojos—, sino que también llevaba una tobillera con una pistola en ella. El hombre con rayos X en los ojos escrutó la expresión del viejo. No estaba nervioso ni alterado, le pareció que aquella no era la primera vez que burlaba la seguridad de un aeropuerto. Probablemente, gracias a su edad, ningún guardia civil lo contemplaría como una amenaza. Se preguntó que haría a un viejo cargar con una pistola tan grande, qué amenazas —reales o imaginarias— le harían andar armado por el mundo. No supo responderse.

El avión comenzó tomar velocidad para despegar. Las expresiones de los viejos intentaban aparentar tranquilidad pero el viejo de la pistola no dejaba traslucir ninguna emoción. Leía tranquilamente un libro, ajeno al traqueteo del avión, al sonido del motor alcanzado los seiscientos kilómetros por hora, a la fuerza que los mantenía incrustados en el asiento. Cuando el avión se despegó de la tierra, la ciudad apareció abajo como una maqueta de Lego, indistinguible de tantas otras ciudades desde esa altura.

El hombre con rayos X en los ojos pensó por un momento que el anciano armado tendría bastantes posibilidades de secuestrar el avión si se lo proponía. Se preguntó dónde querría que los llevaran en caso de que ese fuera su plan. Sentía curiosidad por saber dónde acabaría todo, en el caso de que el viejo se atreviera a hacerlo. Sin embargo, llevaba varios días sin dormir bien y había tomado un somnífero para el vuelo. Se quedó dormido pensando que tal vez la expresión decidida del viejo fuera lo último que recordaría en su vida.

Cuando el viejo se levantó y se dirigió a la cabina del piloto, él soñaba con la forma del avión, un esqueleto parecido al de una manta raya surcando los cielos en lugar de las aguas más profundas.

martes, noviembre 11, 2008

Molicie

Miro a través de una celosía y veo las paredes blancas y el empedrado del suelo. En la habitación hace calor y un ventilador de techo emite un zumbido suave. El sudor se seca poco a poco sobre mi espalda. A mi lado el cuerpo de una mujer se mueve imperceptiblemente debido a su respiración. Duerme con una expresión tranquila en la cara.
En la calle, un par de turistas con pantalones cortos y gorra caminan pegados a la pared, evitando el sol. El aire vibra por el calor que sale del suelo.
Me recuesto boca arriba en la cama y me acaricio el vientre mojado. Fumo un cigarrillo y el humo hace arabescos. Las partículas en suspensión se iluminan por los dos rayos de sol que consiguen pasar la barrera de madera. Recorro con los ojos la habitación y sigo las grietas en la pintura, el vuelo lento de un par de moscas, el recorrido de una gota de sudor que cae desde el cuello de la mujer, que se desliza blanda y espesa hasta alcanzar la mitad de su espalda.
Un perro ladra. Se oye a alguien llamando chistar. El murmullo de los aires acondicionados es como un sonido justo en el umbral de la percepción. Los muros de las casas dejan salir algunos diálogos de la primera telenovela de la tarde.
En este momento, la mujer me ha olvidado, ya no estoy con ella, ni dentro ni fuera de ella. Ahora ella está en otro sitio al que no puedo llegar. No me parece mal. Me gusta mirarla mientras duerme. Estará soñando. La miro una vez más y entonces hago algo sentimental: la beso en la mejilla, como si fuera la futura madre de mis hijos.
Observo desde la altura la suavidad de las piedras antiguas, redondeadas por el paso del tiempo y descolocadas por el movimiento de las raíces. En esta ciudad ni siquiera se pueden cambiar las losas de la calle sin llamar a un arqueólogo.
Me levanto de la cama. Me visto con ropa ligera y me voy. Cuando salgo a la calle una vaharada caliente y espesa me golpea la cara, así que busco una cafetería que esté abierta y entro. Pido un café solo y comienzo a leer un libro que compré por la mañana.
Cuando termino de leer han transcurrido dos horas y la temperatura ha descendido cinco grados. En la calle comienza a verse a gente que aún guarda en la cara rastros de la somnolencia de la siesta. Vuelvo a la habitación de mi hotel. La mujer ya se ha ido.

lunes, noviembre 03, 2008

Disparos

Al despertar vuelve a sentir la arena en la boca, el frío en los huesos tras una noche a la intemperie. Las pastillas que lleva dos años tomando no le sientan bien pero, como a todos, le son necesarias para mantener la concentración y no dormirse en combate. En una ofensiva no hay lugar para el sueño. En una batalla, un soldado con sueño es un soldado casi muerto. Por eso, cuando esa misma mañana el capitán los reúne a todos para contarles lo que espera de ellos, reparte las pastillas como un camello ante la puerta de una discoteca. Él también bromea cuando las recibe, igual que los demás. «¡¡Vitaminas!!» dice, vitaminas para una larga jornada sin sueño, para una larga jornada de miedo. Lo primero que se altera en la guerra es justo eso, el sueño. Cuando lo licencien va a pasar un mes metido en la cama sin salir, un mes completo entre sábanas.
Pasan las horas apostados tras un montículo vigilando un puesto enemigo. Los cabrones son duros. Se suponía que ya habían ganado esta guerra y, sin embargo, todas las semanas hay bajas en su unidad. Ahora hay una operación en marcha, quieren echarlos de veinte o veinticinco aldeas y aumentar la franja de seguridad en torno a la frontera. Las pastillas le dejan la boca seca. Sin embargo, todos saben que es un efecto que no se disipa con el agua, que deben soportarlo a cambio de permanecer despiertos y no arriesgarse a ser degollados por cualquiera de estos hijos de puta, convencidos de estar haciendo la guerra al mismo diablo. Cabrones. Pedregosos como el paisaje, así son estos hijos de puta. Él mismo vio una vez a un combatiente al que le faltaba el brazo izquierdo y un pie. Un puto lisiado disparándoles. Por el contrario, el setenta por ciento de los nuestros están aquí para conseguir los papeles y el treinta por ciento restante por inconsciencia, por no saber dónde se metían, por idiotas. Como él.
Entonces comienza el tiroteo y siente su hombro palpitando por el retroceso de su arma. Todos tiran. Llega el apoyo aéreo y estallan los gritos de júbilo cuando una defensa enemiga —un refugio excavado en el suelo y protegido por sacos terreros— salta por los aires. Ahora su columna se desplaza en zig-zag, con la cabeza agachada, tratando de conseguir una posición segura. Suenan ráfagas. El sol está empezando a calentar haciendo que la tierra adquiera un tono rojizo, como si recordara la sangre que ha absorbido durante estos siete años de guerra de mierda. Aquí y allá hay destellos, fragmentos de cristal suavizados por el tiempo que quedaron enterrados y que relucen al reflejar los rayos del sol. Sus compañeros se echan cuerpo a tierra y él los imita. Ahora hay demasiado ruido para saber exactamente de dónde vienen los disparos. Parece que les han atrapado entre dos fuegos, que les han tendido una emboscada. No sabe qué está pasando. Ve a Antonio, el dominicano, caer a su lado mientras se agarra el vientre. No cree que tenga ninguna posibilidad, ha podido ver sus ojos, su cara de miedo, su terror. Se arrastra sobre su estómago hasta una barrera natural. Ahora puede observar la situación con algo de distancia. Dos grupos de tiradores les atacan. A órdenes de su sargento, su columna se divide en dos. A él le toca el grupo de la izquierda. Todos cargan los fusiles con munición de mortero y comienzan a disparar. Cuando han transcurrido unos quince minutos, detienen el fuego. Ahora no se oye nada. Una alta columna de polvo se levanta a unos quinientos metros, parece que han neutralizado al enemigo. El famoso silencio tras la batalla no es más que sordera transitoria, demasiadas explosiones, demasiado cerca. Antonio yace con la mirada vacía, boca arriba, un hilillo de sangre la cae de la boca. Su mujer lo esperará en vano. Nunca tendrá hijos.
Cabrones, grita, cabrones... Y sale del refugio para rematar a los que hayan quedado vivos. En ese momento, siente una gran golpe en la espalda. No cree que haya sido nada. Si no duele, seguro que no ha sido nada. Y entonces se desploma como un títere al que hubieran cortado los hilos.