jueves, octubre 23, 2008

Domingo 2.0

Cuando llegué a casa, no necesité abrir la puerta con cuidado para no despertar a nadie porque nadie duerme en mi casa cuando yo no estoy. No necesité recorrer el pasillo atento a los muebles colocados en la pared ni esquivar la mesa del salón para que el ruido no despertara a mis padres o a mi esposa o a mis desprevenidos y durmientes hijos. Tampoco concentrarme ante la puerta intentando que la llave no rascara la madera antes de abrir. Así que entré sin demasiado cuidado y me senté en el sillón. Encendí la televisión, fui a la cocina y volví con un trozo de chocolate que me comí mientras miraba la pantalla. Emitían un publirreportaje de esos en los que el público aúlla cuando sale al plató un actor de tercera completamente desconocido en España.

El mundo es un lugar extraño, escribí en mi cuaderno. La noche está llena de lugares alojados en los huecos de la realidad, continué. Lo releí. Lo taché. Odio encontrar frases así en las notas que tomo. Me hacen sentirme como un gilipollas pedante cuando las releo. Cerré el cuaderno antes de comenzar a anotar cosas que en aquel momento me parecerían deslumbrantes pero que estarían ajadas y rotas cuando las leyera por la mañana. Nadie me lo reprocharía, pero ya es bastante malo levantarse con resaca como para descubrir además que por un momento has pensado, bajo el influjo de los fármacos y el alcohol, que lo que escribías era bueno.

El anuncio presentaba un aparato que servía para endurecer la musculatura de la barriga. Veinticuatro personas dispuestas en cuatro filas de seis ejecutaban una danza rítmica subiendo y bajando con una plancha ergonómica de plástico encajada en su zona lumbar. Todos sonreían. Miré mi barriga. Descarté que aquel aparato me sirviera de algo. Descarté una sociedad en la que veinticuatro personas sonrientes pretenden venderte un aparato para moldear tus abdominales a esas horas de la mañana. Descarté más tarde la importancia de los abdominales. Cambié de canal y descubrí que era tan tarde que incluso las cadenas locales que emiten pornografía toda la noche habían cambiado de programación y empezaban de nuevo con los videntes. Al mirar por la ventana distinguí una línea luminosa detrás de los edificios.

Un gradiente de color que variaba del azul celeste hasta el índigo más oscuro, estaba apareciendo poco a poco. Pensé que el centro de las grandes ciudades parece una fotografía tomada hace ochenta años, con todos esos edificios de tejados rojos amenazados por los rascacielos. Sabía que en aquel momento me rodearían miles y miles de vecinos, todos durmiendo o despertando en ese momento, filas y columnas de personas a la derecha y a la izquierda, arriba y abajo. En torno a mí mis vecinos se desplegabarían en todas direcciones, como si yo, en ese momento mirando por la ventana, fuera el origen de un sistema de ejes cartesianos. Miles de esas personas estarían desperezándose a la vez, abriendo los ojos justo en este momento, despertándose entre caricias, palabras susurradas y roces; o contemplando a sus hijos dormidos. Otras maldecirían su mala suerte, lamentando tener que levantarse y hacer un trabajo odioso y más en domingo. Así es, la vida nos pasa por encima sin tenernos en cuenta. Al igual que el gradiente de azules de la ventana, también existía un gradiente en las emociones de los que despertaban en aquel momento.

Me lavé los dientes y decidí no acostarme. Era demasiado tarde para intentar conciliar el sueño. Durmiendo solo conseguiría levantarme tarde, tener resaca y sentirme mal por haber desperdiciado otra noche. Bajé a la calle y caminé diez minutos hasta llegar al quiosco que vende prensa las veinticuatro horas del día. Por el camino me crucé con algunas personas en retirada que parecían haber batallado durante toda la noche contra el invasor. Compré dos periódicos y les eché un vistazo. Nada digno de mención. Las noticias de una semana parecen reciclarse en la siguiente, como si estuvieran producidas por un ordenador que ha entrado en un bucle del que no sabe salir. Crisis internacional, hambrunas, incidentes raciales en África, políticos europeos sonriendo a la cámara.

Llamé por teléfono y me contestó una máquina. Pulsé el uno y luego el tres y la voz de una mujer sonó al otro lado. La voz de la mujer me preguntó mi número de teléfono para comprobar si era la primera vez que llamaba. No era así. La voz de la mujer comprobó si los datos de los que disponía eran correctos, sobre todo los referentes a la tarjeta de crédito. Sí que lo eran. Me preguntó si seguía interesado en el servicio habitual o quería introducir algún cambio. Sí, lo mismo de siempre. Afortunadamente, me ahorró el texto publicitario que tenían disponible para nuevos clientes. Afortunadamente también, la mujer reconoció mi voz y no insistió en las ventajas de la tarjeta de fidelización del club. La visita tardaría una hora y media.

Me senté a esperar. Cambiando de canal, encontré una televisión local que comenzaba con la emisión de una misa evangélica. El público de la iglesia parecía compuesto exclusivamente por inmigrantes. Parecía más divertida que las misas católicas, la gente sufría espasmos de vez en cuando y gritaba aleluya como si estuviera poseída. La música sacra también era más divertida, incluso más que la música de iglesia de los sesenta. Cuando sonó el timbre de la puerta, yo estaba dormido. A pesar del café que me había preparado y de los periódicos, no había conseguido mantener los ojos abiertos. Abrí la puerta y una mujer de piernas largas y pechos pequeños me sonrió. La hice pasar.

Ella se desnudó, desprendiéndose de la ropa que llevaba, una falda y una blusa discretas y se puso delante de mí un conjunto de ropa interior negro lleno de encajes que realzaba su figura. Tal y como hacía siempre que la llamaba. Siempre se demoraba al ponerse las bragas negras y al colocarse las chinelas de tacón. Me gustaba así y ella lo sabía. Más tarde, yo también me desnudé y nos metimos en la cama. La besé con cariño y le acaricié la cara y los lóbulos de las orejas mientras la miraba a los ojos. Como casi siempre, me quedé dormido en sus brazos mientras me acariciaba el pelo.

Cuando me despertó su beso pude notar el olor del café recién hecho y el del pan tostado, aún caliente. Me senté en la mesa y admiré el mantel perfectamente puesto, los huevos revueltos en su punto y las tostadas doradas. Los periódicos estaban doblados y crujientes a un lado. Había flores frescas en un jarrón en el centro de la mesa. El sol de media mañana entraba en la habitación a través de la ventana, iluminando el suelo de madera. La radio estaba puesta en el programa que suelo escuchar los fines de semana. Entonces, Iliana me dijo: hasta la próxima, cariño, me besó en la frente, me revolvió un poco el pelo, abrió la puerta y se marchó.

domingo, octubre 19, 2008

Terapia 2.0

Mi terapeuta es un tipo amable y profesional que sabe transmitir confianza. La consulta está en su propia casa y es bastante acogedora, con paneles de madera y grandes estanterías donde guarda libros. No todos los libros están relacionados con la psiquiatría, también se pueden ver muchas obras clásicas de la literatura. A mí eso me tranquiliza. No sé por qué, pero me tranquiliza. Tampoco hay diván. Él suele decir que el diván es sólo decorado. Que lo importante es que seamos capaces de comunicarnos. Me gusta el tipo y creo que venir aquí todas las semanas me está ayudando mucho. Aún así, he tardado casi seis meses en tener el ánimo suficiente para hablar de las cosas que me preocupaban. No es fácil remover cosas que llevaban escondidas tantos años. El dolor se suaviza con el tiempo y andar hurgando dentro, despojarlo de todas esas capas que lo cubren, no es agradable. Es como meter un palito en un avispero y esperar que sea una buena idea

En una de nuestras últimas sesiones, el psiquiatra me ha dicho que avanzaré más rápido si escribo sobre mi pasado, sobre las cosas que pretendo resolver. Yo nunca he hecho nada parecido antes, que conste. Ni siquiera fui un adolescente escritor de cartas. Las largas cartas adolescentes siempre me parecieron pueriles. Tantas palabras para qué. Pero ahora todos los días a media tarde, cuando llego de trabajar, tengo que enfrentarme con el famoso miedo al papel el blanco. Una metáfora como otra cualquiera porque queda poca gente que escriba en papel, creo yo. Pero vamos. El terapeuta no me ha dado ninguna indicación concreta sobre cómo debo hacerlo así que he elegido lo más cómodo y he empezado a utilizar el ordenador para llevar un diario. Bueno, no es exactamente un diario, me limito a dejar que las ideas surjan casi al azar de mi cabeza. Miro hacia un punto lejano, vacío la cabeza y escribo. Me dejo llevar.

Según las instrucciones que me ha dado el terapeuta, debo dejar reposar las ideas una semana. Cuando el plazo se ha cumplido, tengo que releer las entradas y anotar en una libreta aquellas ideas que me llamen la atención, que me sorprendan. Y vaya si lo hacen. No sé de dónde salen, de qué recovecos ocultos afloran cuando me dejo ir. De todas maneras, supongo que esa es la idea, que justo por eso él me ha dicho que lleve un diario y que nunca lo relea el mismo día que lo escribo. También me ha advertido de que no me preocupe por la corrección o el estilo de las palabras. No estoy haciendo literatura, los textos que escribo sólo son una forma de terapia. El médico lleva razón, noto que estoy mejorando. Escribir así te obliga a conocerte mejor, a explorar tus sentimientos y recuerdos, a recrear épocas de tu vida que te parecían tan lejanas que no sabías que estaban ahí. La memoria, además, funciona de tal manera que en el momento en el que aparece el primer recuerdo, parece como si un hilo invisible tirara de muchos otros que no pueden separarse de él. Desde que llevo el diario, estoy recordando cosas que había olvidado hace mucho tiempo.

Pero además, según mi terapeuta, escribir te permite imaginar escenas que no ocurrieron pero que debieron haberlo hecho. A través de la escritura puedes mirar hacia atrás y detectar esos momentos en los que tu vida cambió de forma irreversible. Si en esos momentos reescribes tu propia historia, si consigues que la ficción se adueñe de tu pasado, tal vez puedas contemplar tu vida actual de otra forma. Al menos, eso dice él. Yo creo que no lleva razón, porque las cosas ocurrieron tal y como ocurrieron y pretender inventar un pasado inexistente no conduce a ningún sitio. Pero él insiste en que fantasear con algo que no hiciste en la vida real pero que deberías haber hecho es una manera de conjurar todas las consecuencias que vinieron después, una catarsis en su sentido original, tal y como decía Aristóteles.

La semana pasada yo era pequeño y tenía algo de miedo porque tenía que confesar. No había hecho nada malo, nada impropio para un niño de once años pero me esforzaba en encontrar pecados dignos del sacramento. No había hecho caso a mis padres, me había pegado con mi hermana, había mentido a mi profesora. Minucias que se agrandaban a mis ojos, pecados merecedores del castigo y, por tanto, de la absolución. La semana pasada yo llevaba unos vaqueros y una camisa de cuadros roja y blanca y entraba en la iglesia con el resto de la clase, en silencio. La iglesia no era muy grande pero sí esbelta. Olía a incienso y a cera de vela. Aún no se habían puesto de moda las velas electrónicas que se pueden ver hoy en día en muchas iglesias. Mi madre me había pedido que encendiera una vela en memoria de mi tío, que había muerto de meningitis mucho antes de que yo naciera. Eso hice. Recuerdo el sonido que hizo la moneda al caer en el interior de la hucha metálica. La llama de la vela, pequeña al principio y más tarde alta como las demás. El sonido amortiguado de los pasos de los niños, todos vistiendo zapatos con la suela de goma.

La fila iba avanzando y yo no quería entrar en el confesionario, no quería hacerlo. No me gustaba estar allí, no quería mentir para tener algún pecado que confesar. Envidiaba a los niños malos que debían mentir en sentido contrario, que no podían contar que entraron en la escuela por la noche, cuando no había nadie que pudiera atraparlos y robaron cuadernos y bolígrafos, que se habían peleado con la pandilla del barrio de enfrente, que habían fumado por primera vez o habían probado la cerveza. Qué estupidez estar allí imaginando pecados. Recuerdo pensar en aquello como en una especie de competición, en la que lo importante era tener algo medianamente importante que contar. Pero también recuerdo haber pensado que sólo los pardillos tenían que inventar sus pecados en el confesionario. Qué ganas de ir al instituto, de crecer, de hacer las cosas que hacían los chicos mayores.

La semana pasada yo me retorcía las manos, nervioso porque ya me tocaba, porque era mi turno y tenía que ser convincente. No podía decir que no tenía ningún pecado que confesar porque siempre hay pecados, aunque sean de pensamiento, siempre hay cosas malas en nuestro interior, como me había dicho el cura la vez anterior. Pero yo tenía ganas de salir de aquella iglesia, de correr por el cementerio que había fuera con el resto de niños que ya habían acabado. Una de las tumbas tenía la estatua de un ángel cuyos ojos alguien había pintado de rojo y nos gustaba jugar al escondite por allí. Nos gustaba pasar miedo imaginando que el ángel cobraba vida de repente y nos perseguía enviándonos al infierno con los rayos de sus ojos, como si fuera un superhéroe.

La semana pasada entre en el confesionario y confesé que había matado a mi profesor de catequesis. Apreté su cuello hasta que dejó de respirar, como si no importara tener once años y las manos pequeñas y frágiles, como si de repente hubieran crecido, se hubieran endurecido y llenado de callos, las manos rasposas de un hombre habituado al trabajo físico anudándose alrededor del cuello blanco y algo flácido de aquel cabrón melifluo y delicado. Me gustó apretar y notar como la sangre dejaba de latir bajo mi fuerza, notar como aquel hombre dejaba de debatirse contra lo inevitable y ver sus ojos inyectados de sangre horrorizados por una muerte sin confesión —ya inservible el comodín del arrepentimiento católico— ahora que comprendía que no habría una segunda oportunidad, ahora que comprendía que aquello que nos había hecho no iba a quedar sin castigo.

Dejó de debatirse en cinco minutos. Los mejores cinco minutos de mi vida.

martes, octubre 14, 2008

Piscina 2.0

Al principio, apenas podía pensar en nada que no fuera mi cuerpo, sólo en mis músculos y mis tendones latiendo, estirándose, sólo podía sentir la máquina desperezándose, calentándose. Siempre duele al principio. Los pulmones queman y la cara se pone roja por el esfuerzo pero después de una media hora, el cuerpo se relaja, se acostumbra a estar haciendo ejercicio, toma conciencia. Entonces empiezas a sentir el deslizamiento en el agua, empiezas a nadar de verdad y a disfrutar. Yo apenas era humano, yo era un pez, un delfín que había aprendido el secreto para bucear a toda velocidad con un esfuerzo mínimo. Yo era parte del agua que me rodeaba, un ser que no era sólido del todo, alguien con la consistencia de una medusa al que apenas era posible distinguir a dos metros de distancia. Una brazada y otra, una brazada y otra, respirar, no dejar que los pies se paren, mover toda la pierna desde la cadera, observar el borde de la piscina desplazándose hacia atrás, hundir la cabeza en el agua con determinación, deslizar, estirar, deslizar, estirar.

En cada brazada sacaba la cabeza del agua para respirar. En cada brazada dejaba salir el aire de mi boca, dejando así un rastro de burbujas que apenas duraban un instante, bandadas de pájaros inmediatos e instantáneos que desaparecían después de ascender a la superficie. Se había levantado viento, un viento de verano agradable pero intenso, cada vez mayor. Incluso dentro del agua, podía notar el rumor sordo de los árboles, ese sonido tan parecido al del mar que hacen las hojas agitadas por el viento. Los árboles se balanceaban, la costumbre de podarlos los había convertido en largas columnas de madera que se movían suavemente, las ramas de las copas confundiéndose unas con las otras. Infinidad de veces he mirado las hojas agitadas por el viento desde una toalla, pensando en la elegancia de los olmos cuando el aire pretende desplazarlos hacia un lado y ellos apenas mueven sus copas, pensando también que los árboles viven más años que los animales porque no se mueven, porque, de alguna manera, son capaces de mantener la energía durante más tiempo. Como si todos los seres vivos dispusieran de una energía limitada que emplear en la vida. El colibrí muere muy pronto comparado con una tortuga. Pero la tortuga es un ser fugaz frente a un tejo. Los árboles son como santones budistas que miran el mundo sin actuar, limitándose a estar ahí, ignorándonos.

Como en una película experimental, noté como las hojas caían en la piscina, su movimiento ralentizado por la densidad del agua (slow motion con filtros virados al azul, como un anuncio de televisión de finales de los años 90). Una imagen extraña: la piscina convirtiéndose en un estanque y llenándose de restos vegetales. Cada vez que sumergía con fuerza la cabeza en el agua (mi cuerpo tenso, mis músculos contraídos, mis manos entrando en el agua como un cuchillo en la mantequilla) podía observar desde muy cerca las grandes hojas amarillas flotando a un metro de profundidad. Las hojas amarillas contrastaban con el azul del agua de piscina, sus bordes claramente marcados, como si todo lo que estuviera viendo fuera en realidad un fotograma digital tratado con el software adecuado para aumentar la nitidez de la imagen. Noté también como el aire se cargaba de electricidad y como, cada vez más, era mucho más placentero estar dentro que fuera. Sentí el sabor y el olor eléctrico del aire en la boca, la energía ajustándose a las líneas del campo electromagnético, como una leve manta sobre el agua.

Las ramitas flotando me provocaron una ensoñación: flotaba en el agua como en el cuadro prerrafaelita de la muerte de Ofelia. Me deslizaba en el agua boca arriba, tranquila y en paz al fin, después de todo el sufrimiento, después de tomar la decisión de acabar con mi vida, con las manos abiertas sobre el pecho y los dedos unidos como después de arrancar esas flores que, rojas y azules, estaba recogiendo cuando me tiré al agua desesperada por la muerte de mi padre y que ahora nadan junto a mi cadáver. Con el pecho cubierto de brocado y la cara de una persona que no se siente culpable, ni siquiera en el suicidio, tal vez sólo un poco sorprendida del final. En un entorno verde y ocre, sobre el agua habitada por algas verdosas que parecen cabellos. Voy deslizándome muerta hacia el fin de la corriente, hacia el río Lete para diluirme en la eternidad, para olvidarme de lo que he sido, de lo que he amado. Voy al otro mundo y al fin no tengo miedo porque el olvido es la felicidad.

Sentí entonces una descarga, un frío intenso que se convirtió en un instante en un calor abrasador que se movía desde mi interior, como si fueran mis órganos los que estuvieran produciendo la electricidad. Mi estómago y mi corazón desintegrándose como el uranio bajo los electrones, una fuerza cada vez mayor que aumentaba de forma exponencial, del centro hacia fuera. Todo fue tan rápido que no tuve tiempo de sentir dolor. Tampoco recordé mi vida como si se tratara de una película, no hubo túnel con luz blanca al final ni paseo temeroso rodeado de sombras ni espectros, no hubo ascenso ni me sentí inundado por el amor, no atisbé la felicidad eterna, ni tampoco la condena y el sufrimiento, no me sentí juzgado después la oscuridad blanca. Yo no era consciente de estar sufriendo, de estar desvaneciéndome, de estar perdiendo mi conciencia, mi individualidad, yo simplemente estaba pasando a ser otra cosa, algo que no está vivo pero que, sin embargo, sigue formando parte del mundo, sigue existiendo.

Aún sigo aquí. Una brazada y otra, una brazada y otra, respirar, no dejar que los pies se paren, mover toda la pierna desde la cadera, observar el borde de la piscina desplazándose hacia atrás, hundir la cabeza en el agua con determinación, deslizar, estirar, deslizar, estirar.

lunes, octubre 13, 2008

Confidente

—Mírame, ¿tengo cara de psiquiatra o qué?
—Hombre, pues no sé que decirte. No tengo ni idea de la cara que tienen los psiquiatras pero eso sí, tienes una cara que inspira confianza. Pareces una buena persona.
—Pues esa es mi maldición. Parecer una buena persona. Todo el mundo me cuenta sus problemas. Me utilizan y luego me ignoran. Ni siquiera pretenden que les dé un consejo (algo que, por otra parte, yo no me atrevería a hacer) sino que se desahogan delante de mí y más tarde se van y no vuelvo a verlos en semanas. Sobre todo las mujeres.
»Yo no existo para casi nadie cuando las cosas van bien. La gente sólo se acuerda de mí si tienen un problema, si algo les preocupa, si necesitan hablar con alguien. Eso sí, todos me lo agradecen mucho, todos me dicen que sé escuchar, que no es fácil encontrar a alguien que sepa hacerlo.
»Además, lo peor es que casi toda la gente que habla conmigo se conoce entre sí y, claro, al final sé demasiado sobre las personas a las que quiero. No me interpretes mal, no es que me importe, a mí me gusta ayudarles. Simplemente desearía no saber tantas cosas sobre algunos de ellos, en serio. No quiero saber lo que X hace en la cama, que a su pareja le gusta tan poco. No quiero saber lo que Y opina de Z, ni que Y está teniendo un lío con G, ni que E está pensando seriamente en la separación, sin que su mujer sospeche nada. Simplemente no quiero saberlo.
»Cuando eres joven, no acabas de entender que dos personas con las que te llevas bien, no lo hagan a su vez entre sí. Si tienes la oportunidad, intentas mediar entre ellos, intentas que tengan entre ellos la misma relación que tú tienes con cada uno por separado. Cuando te haces mayor, cuando eres una persona madura (qué expresión esa de «madura», ¿no?, parecemos todos a punto de caer de un árbol) comprendes que cada uno elige sus amistades y que tú sólo debes preocuparte por la relación que tú tienes con la gente y de nada más, que no puedes ser responsable de ninguna otra cosa aparte de ti mismo.
»De pequeño, estás ansioso porque cualquiera te cuente su vida, por los detalles. De mayor no. De mayor lo que desearías a veces es que te «descontaran» cosas que ya sabes, no haberlas sabido nunca. En fin...
—Sí, la gente le da muy poca importancia a las cosas que cuenta cuando, en realidad, hay frases que cambian para siempre la imagen que tienes de alguien.
—Eso es, frases que, una vez dichas, ya no tienen arreglo, a pesar de eso de que las palabras se las lleva el viento. Si tu mujer te dice «ya no te quiero» o «te he sido infiel»; si un amigo te cuenta que le dio una paliza a una pobre prostituta porque perdió la cabeza; si otro te dice que se alegra de que a Fulanito le vaya del culo porque siempre pensó que era un idiota cuando Fulanito es uno de tus mejores amigos... ¿Cómo seguir tratando a esas personas de la misma manera, cómo seguir teniéndolas en la misma estima?
—Pues no tengo ni idea. Supongo que no es fácil.
—No, no lo es. Por eso te digo que estoy harto de esta situación. Harto. No puedo más. Que se paguen un psicólogo. Además, ya sabes que para mí éste es un trabajo temporal. Lo hago mientras espero algún papel importante. Voy a pruebas y mientras tanto hago esto para poder pagar las facturas. Pero a mí me pagan por poner copas, no por aguantar los problemas de los demás. Que les den por el culo a todos, hombre.

jueves, octubre 09, 2008

Kawabata

Takako se acerca a mirar a través de la cerca de los vecinos ausentes y ve un macizo de flores, un poco agreste y desordenado. Y entonces, aparece esta frase en el relato: “Parecía un milagro que, estando ausentes tanto Chiba como Ichiko, su esposa, todas esas flores permanecieran así, tan silenciosas en ese día de otoño”. Y yo me quedo maravillado, pensando en cómo hacer tanto con tan poco, envidiando profundamente al autor: Yasunari Kawabata, Nobel en 1968, y también, cómo no, a su traductor: Jaime Barrera Parra. Hay que ser un maestro para convocar con 24 palabras el silencio, el otoño, las hojas moviéndose gracias al viento en el porche de la casa vacía y la belleza de las flores, esos órganos sexuales de las plantas que los japoneses convierten en poesía.

Y en la primera página está escrito:

Yasunari Kawabata

Primera nieve
en el monte Fuji


Traducción directa del japonés de Jaime Barrera Parra

martes, octubre 07, 2008

Duelo

Es el lugar del barrio que no cierra nunca. La entrada siempre está oscura y la música suena demasiado alta. Aunque discretas, por los alrededores siempre hay dos personas que dan el aviso si se acerca la policía. Todos los lugares así son similares, por eso el nombre da igual. El humo es espeso y los ojos de la gente están enrojecidos. El camarero es simpático pero tiene una cara de esas que te hace desear tenerlo de tu parte si se monta una bronca. La gente dice: hey, qué tal, hola, cómo andas, quillo, qué.
Cuando voy siempre pido una cerveza bien fría y siempre digo que no al Negro, que pretende invitarme a una raya en el servicio, solo por tener una excusa para meterse él otra, aunque solo hayan pasado cinco minutos desde la última. El Negro ha perdido parte de la dentadura pero se lo toma con filosofía. Casi no queda gente en el barrio que se meta caballo, solo el Arnold, que no consiguió dejarlo cuando tenía que haberlo hecho y ahora se arrastra de un sitio a otro como un espectro. Ya ni aquí lo dejan pasar porque le da el coñazo a la gente pidiendo dinero. Recuerdo un tiempo en el que el Arnold bromeaba con el tema de su adicción, a la gente que decía "tengo que hacer deporte, que me estoy poniendo fondón", él siempre les aconsejaba: "haz como yo, la heroína adelgaza mucho". Entonces era gracioso.
El barrio siempre será el lugar en el que te criaste aunque tengas una historia de esas que le gustan tanto a los americanos, una historia de superación personal gracias a las becas y el trabajo duro y toda esa mierda. No es mi caso, que conste. Yo apenas logré montar un taller y ganarme la vida como mecánico. Tuve suerte al casarme con Toñi tan joven, aquello me mantuvo con los pies pegados al suelo. Los hijos también ayudaron, supongo que cuando ves sus caras se te quitan de la cabeza muchas tonterías. Aunque no por eso he dejado de divertirme, eso también quiero dejarlo claro. Cuando eres joven, aunque seas padre, siempre encuentras la manera de salir por ahí de juerga. Ahora ya casi ni apetece, ahora ya es el tiempo de los críos, son ellos los que salen y te dejan preocupado en casa cuando vuelven tarde. Ya no suelo venir mucho por aquí, desde que nos mudamos, mi mujer y yo pisamos poco el barrio.
Hoy, de todas formas, es diferente. He venido por aquí a tomar una cerveza a la salud de Jose. Hemos venido los colegas que quedamos. Bebemos y charlamos, fumamos y, de vez en cuando, alguien propone que nos demos un homenaje en honor del Jose, qué cabrón. Ya he dicho dos veces que no. Hoy me bastará con las cervezas y la maría, no quiero llegar a casa completamente borracho a las cuatro de la madrugada y arrastrar la resaca durante toda la semana. Pero al final digo que sí, qué coño, por qué no, si los seis estamos a gusto recordando y charlando. Además, no hay que ir a ningún sitio a buscar nada. Lo bueno de este lugar es que para eso solo hay que levantarse y avisar. Alguien viene y dice: son veinte pavos cada uno. Le damos el dinero y a los tres minutos, alguien me pasa una bandeja con cinco líneas blancas. No está mal. Bebemos. Recordamos aquella de cuando el Jose tenía catorce años y se cagó encima y en lugar de ir a cambiarse a casa pasó de todo y siguió por ahí en la calle hasta la una de la mañana. O aquella vez con quince que robó una moto solo porque estaba cansado y la moto no tenía candado y cuando llegó al barrio le prendió fuego para que no la reconociera la policía, con tan mala suerte que las malas hierbas del descampado en el que estaba comenzaron a arder y los bomberos se presentaron en el barrio a las dos de la mañana y acabó pasando más miedo por el fuego que por el robo. Lloramos de risa recordando. O la otra en la que estaba con otro colega, arriba en el puticlub, follando con tres colombianas cuando aparecieron dos maromos con pistolas y tuvo que escaparse de allí tapándose solo con una toalla de manos. Esa es mítica y tiene tantas variantes como personas la recuerdan. Qué cabrón el Jose. Qué cabrón. Va por ti, decimos, y brindamos con los whiskies que todos estamos tomando ya. Y todos pensamos en el que tiempo que ha pasado y nos sentimos un poco viejos.

viernes, octubre 03, 2008

Moto

Las hojas amarillas vuelan en remolinos a mi alrededor mientras vuelvo a casa en moto desde el trabajo. Es un día de viento, lo noto cuando rachea de costado. Debo tener cuidado con la dirección, debo concentrarme en conducir con cuidado. Miro los retrovisores y observo los coches de delante para prever posibles cambios de carril, para predecir cuando un conductor va a decidir ocupar el hueco hacia el que voy a ochenta kilómetros por hora. Estoy atento al tráfico y nunca miro hacia arriba, recorro calles antiguas mirando la línea discontinua del asfalto, estoy concentrado en moverme de un sitio a otro y en nada más. Es rápido y es aburrido. No sólo sé el camino, conozco cada bache en la carretera, donde debo reducir la velocidad para no correr riesgos cuando llueve, donde frenar mucho antes de lo que parece. Los coches me pasan a gran velocidad y la ciudad se mueve hacia mí mientras pienso en lo que tengo que hacer en casa, mientras organizo la tarde en mi cabeza, siempre atento a los coches brillantes. Y un taxista pone el intermitente y pitas en seguida porque sabes que tienes menos de un segundo para evitar que cambie bruscamente de carril hacia la izquierda, justo hacia el tuyo, pero aunque pitas el taxista lo ignora y entonces debes frenar con fuerza. Cabrón.

La irritación viene veloz y se va enseguida cuando se está conduciendo. La atmósfera emocional de la hora punta, que imagino como un campo electromagnético en tres dimensiones, está llena de pequeños picos de mal humor que duran apenas un instante. Ese es el latido de la ciudad: bocinas y gestos obscenos.

martes, septiembre 30, 2008

Emoción

Pulso el botón "Siguiente Blog” de Blogger, que selecciona al azar uno de los millones de blogs disponibles. Miro blogs que me resultan incomprensibles, escritos en finés o en coreano, que muestran fotos. Pulso y miro rápidamente para ver si se trata del blog personal de alguien, de alguien que pretende vender algo, o bien de alguien que pretende ser creativo. En estos me detengo un instante. No sé por qué lo hago. Internet está tan lleno de palabras, de mierda, de imágenes, de metafísica y de coños que, a veces, cuando llego a casa debo ducharme dos veces. Una inmensa corriente de información nos está desbordando el mundo. Sería mejor que todos calláramos para siempre, como los muertitos amontonados de cualquier fosa común. No pretender decir algo original, no pretender trascender de nuestro destino, aprender a conformarnos con nuestra inanidad, con nuestra insignificancia. Pero no. La gente no se cansa. Una y otra vez lo intenta, una y otra vez intenta versos originales, cuentos emocionantes, fotografías con encuadres raros. Una y otra vez se arroja contra el muro, como las moscas que no aprecian que el cristal está ahí y que no recuerdan que se han estrellado contra él veintitrés veces ya, con la tozudez propia de los organismos muy simples. Todos somos moscas. Todos somos imbéciles.

Sin embargo, a veces encuentro cosas que me remueven algo por dentro, a veces encuentro páginas que me emocionan. Hoy, por ejemplo, he encontrado una mujer que pesaba más de doscientos kilos y que ha colgado las fotos de su transformación tras una operación de reducción de estómago. En una de las secciones del blog aparece un contador de todas las pastillas de jabón que se habrían podido fabricar con la grasa que ha ido perdiendo progresivamente. La semana en la que batió su propio record en el contador aparecían veinticuatro pastillas de jabón con olor a lavanda. Y ayer vi la ejecución de un apóstata en Irán. Me gustó. Se notaba que el realizador había estudiado en Occidente. Parecía un vídeo musical. Creo que deben de haber ensayado la coreografía muchas veces. Todo ha sido tan estético como en una película de Kim Ki Duk.

viernes, septiembre 26, 2008

Vigilante

Veo en la pantalla cómo el hombre se revuelve inquieto en su cama. La imagen aparece con tonos verdosos. No sé cómo se llama. Lo habitual es que nos asignen a alguien durante largo tiempo y que se conviertan en nuestra responsabilidad. En otra ocasión se revolvió así por una mala digestión, recuerdo que se levantó de la cama, en medio de la madrugada y que vomitó agarrado a la taza del retrete. Después de aquello pareció sentirse mejor y su cara se distendió y cuando volvió a acostarse se durmió rápidamente, algo que suele ocurrirle casi siempre. Según me han dicho, eso no es lo habitual. Hay otros hombres que necesitan emplear mucho tiempo para conseguir conciliar el sueño y dan vueltas en la cama y se les ven los ojos abiertos en la oscuridad, inermes ante el paso del tiempo. Me lo han contado.
Él, sin embargo, suele dormir bastante bien aunque hoy no pueda hacerlo. Se acuesta y, normalmente, antes de diez minutos su respiración se relaja y se hace más profunda y tras un par de horas sus ojos comienzan a moverse rápidamente dentro de los párpados cerrados (es curioso observar esos ojos cubiertos por una fina película de carne moviéndose a toda velocidad) y su boca se curva en una sonrisa. Debe de ser bonito soñar, a él siempre se le pone una sonrisa hermosa cuando sueña.
A veces viene a la casa una mujer, pero eso no suele suceder muy a menudo. En esos casos, el hombre, en lugar de llegar a casa, ponerse el pijama, ver un rato la televisión y masturbarse delante de la pantalla del ordenador antes de acostarse, abre una botella de vino, sirve un par de copas, pone algo de picar y elige música alegre y confiada. Cuando esto ocurre se comporta de forma extraña y sonríe muchísimo más de lo habitual. Normalmente mira a los ojos de la mujer que lo acompaña y siempre llega un momento en el que su mano acaricia la cara de la mujer y que va siempre antes del remolino de ropa, de la saliva y de los besos. Esas noches, cuando observo su cama en la pantalla veo dos bultos diferentes respirando acompasados pero sólo el hombre sonríe siempre. Las mujeres sonríen a veces y a veces no.
En otras ocasiones vienen varios hombres a la casa y juegan a las cartas. Yo sé que van a venir porque el hombre siempre compra licores fuertes, galletas saladas, patatas fritas y otras cosas y pone un tapete verde en la mesa del salón. Cuando pone el tapete, yo ya sé que cuatro personas aparecerán en la puerta de la casa en cualquier momento. Uno alto y gordo, vestido con un traje inmenso, y tres de la misma estatura del hombre, más o menos. Todos parecen mayores de cuarenta años y van bien vestidos, con chaquetas. Dos de ellos suelen llevar corbata, que siempre se quitan cuando llevan jugando y bebiendo un par de horas. A mí me parece que se divierten bastante, al menos, sus carcajadas resuenan bien altas en la sala cuando alguno de ellos hace un comentario divertido. Pero igual es el alcohol. Me caen bien cuando están jugando a las cartas y divirtiéndose.
A la hora del amanecer debo rellenar un informe en el que daré cuenta de cómo ha pasado la noche. Hoy escribiré que ha estado despierto durante más de cuatro horas intentando dormir. Que se ha revuelto inquieto en su cama sin conseguir concilar el sueño. Que se movía hacia un lado y más tarde hacia el otro, como si todo el peso del mundo estuviera presionadole el pecho.

jueves, septiembre 25, 2008

Corredor

El día en que me levanté con una ligera lumbalgia fue el mismo día que descubrí que llevaba más de tres días seguidos durmiendo con la misma mujer. Me sorprendí muchísimo y pensé: “En este momento, si no fuera por la ligera lumbalgia, estaría corriendo desnudo por la carretera. Huyendo”.
Entonces ella me sonrió y me preguntó si había dormido bien. Yo contesté que sí. Me besó e hicimos el amor pero mientras tanto yo no conseguía borrar de mi cabeza la imagen de mí mismo corriendo por la carretera, con el pene flácido moviéndose arriba y abajo, una ensoñación en la que yo pensaba todo el tiempo que lo único importante era mover una pierna y más tarde la otra y a continuación la otra, lejos, lejos, rápido, rápido. No podía dejar de imaginarme corriendo cada vez más veloz, sin dirección ni horizonte, huyendo y refrenando las ganas de gritar con todas mis fuerzas y de desplomarme en ese extraño paisaje después de haber agotado hasta el último soplo de aire de mis pulmones.

El sexo fue fantástico pero los pulmones me molestan un poco.

lunes, septiembre 22, 2008

Liturgia

Parece que, para subir la escalera, esté siguiendo las instrucciones escritas por Cortázar años atrás. De tan minuciosos pasos como da. Cuando termina de hacerlo, consagra una hostia ante la mirada de los fieles, parte del acompañamiento a un pobre viejito muerto y vestido de domingo, maquillado como un presentador de televisión. El cura, con su sotana y su casulla, con sus latines y su mirada apacible encima del estrado, ofrece algún tipo de consuelo a todos los que lloran en aquella iglesia, desconsolados no por ir a echar de menos al viejito, que además de viejito estaba enfermo y que se fue sin hacer ruido y sin sufrimiento, sino por ellos mismos. Por contemplar el cadáver que todos seremos, encofrado entre seda y terciopelo, con maquillaje bajo las bolsas negras de los ojos y bacterias bajo la piel.

El detalle con el que ejecuta el cura todos los movimientos, aprendidos tantos años atrás, pretende dotarlos de un significado profundo, como si la ejecución lenta y correcta de cada gesto tuviera una importancia esencial. Qué representación, qué dominio de la entrada y de la salida del mundo que tienen los curas católicos, qué fuerza tiene el ritual y las lágrimas y el incienso. En ese momento, dejo de ser un adulto que desprecia la carga de culpa que tiene nacer en esta religión y me convierto en alguien que solo observa con atención. Y la verdad es que el efecto está muy conseguido. Durante dos mil años, el ritual se ha ido decantando, depurándose de lo accesorio. La escenografía y la puesta en escena son impresionantes. Largas ventanas cubiertas de vidrieras permiten que el sol de la mañana bañe la nave de esa iglesia tan antigua, escenario privilegiado del simulacro.

Cuando recupero de nuevo la mirada del hombre que soy, Galileo me sonríe y recuerdo aquello de Eppur, si muove. Y muchas otras cosas. Y me voy de la iglesia a tomar un vino en el bar más cercano, que está, como siempre ocurre en estos casos, justo enfrente de la puerta principal. Y entonces veo como el camarero llena el catavinos de líquido, un fino turbio, y levanto mi copa y la giro suavamente agarrándola de la base con dos dedos. Y entonces digo "Salud". Y noto el sabor amargo y seco y más tarde el calor en el esófago y en el estómago. Y recuerdo aquellos versos de Marzal que decían:

"Cuatro gotas de aceite
sobre un trozo eremita de pan blanco

(...)

El hecho de verter las cuatro gotas,
cuatro lágrimas densas de oro humilde,
sobre las migas cándidas, supone
un acto elemental
contra la ruina
una rúbrica más
contra la muerte."

Y pienso entonces que vivir es nuestra obligación. Y que todos nosotros gustamos de alguna clase de liturgia. Y que, gracias a Dios, en la mía no huele a incienso, ni a polvo, ni a muerto.

jueves, septiembre 18, 2008

Matrimonio

A la hora del almuerzo decidió comprar un bocadillo de una de las tiendas de alrededor de la oficina y disfrutar del buen tiempo comiéndoselo en el banco de un jardín. Caminó unos quince minutos para despejarse y se sentó en una pequeña plaza que ya había utilizado otras veces. El bocadillo era de atún y tenía mayonesa, lechuga y tomate, con pan inglés. A su mujer no le gustaba el atún, decía que le parecía un pescado demasiado grasiento, demasiado sabroso. Él opinaba que su mujer decía eso porque no le gustaba realmente el pescado, que lo comía porque sabía que era muy bueno para la salud y nada más. Nunca comía grasas ni tomaba pasteles, ni pan, ni fritos, ni comía entre horas y siempre estaba intentando convencerle de que hiciera deporte, de que fuera con ella al gimnasio.

Sabía que, en este momento, ella estaría saltándose la comida para poder ir a la sesión de aerobic de Pali, su monitor preferido. Lo hacía de forma religiosa todos los miércoles y viernes. El resto de días iba al gimnasio cuando salía de la oficina. Por eso llegaba tarde a casa y solo tenían un rato para charlar después de que ella cenara. Los lunes, martes y jueves solía quedar con las amigas de un trabajo anterior para comer y tomar un café. Los fines de semana se quedaban en casa, excepto aquellos en los que su mujer tenía que ir de viaje a alguna ciudad europea por cuestiones de trabajo. Él se apuntaba a veces aunque los compañeros de trabajo de ella no le cayeran demasiado bien.

Miró durante un rato a un gorrión que se buscaba la vida por allí. El pájaro había levantado una manzana y se estaba comiendo tranquilamente las hormigas que había debajo. Sonrió. Le pareció un signo de inteligencia que el pájaro supiera que debajo de las manzanas siempre hay hormigas que se están alimentando de ella. Dio otro mordisco al bocadillo y bebió un trago de cocacola. Recordó el tiempo en el que a él le molestaba pasar tan poco tiempo con su mujer. Habían discutido algunas veces por eso pero eran cuestiones de trabajo y poco se podía hacer ante ellas. Así eran las cosas. Y la verdad es ahora creía que era mejor no verse demasiado, que las parejas que duran más tiempo, por desesperanzador que suene, suelen ser aquellas que pasan menos tiempo juntas, las que aprenden a dejarse espacio. Así habían conseguido casi trece años de felicidad conyugal.

Volvió a la oficina y se sentó de nuevo ante el ordenador. Después de veinte minutos, el procesador de textos dejó de funcionar. Tras maldecir por no haber guardado el archivo en el que estaba trabajando, comprobó el alcance del desastre y vio que no había sido para tanto. Sus últimos quince minutos de escritura, sin embargo, se habían volatilizado. Solo eran información perdida en la memoria que el ordenador ya no identificaba como texto. Tendría que volver a hacerlo, ahora que el informe sobre un nuevo servicio de la competencia ya estaba casi terminado. Pulsó el botón izquierdo del ratón y lo dejó pulsado, con el cursor apoyado sobre la flechita de abajo de la barra de desplazamiento. Zuuuuuuuum.

Cuando llegó al final, se encontró con cuatro palabras que no estaban ahí antes, cuatro palabras que tal vez fueran restos de un archivo anterior o de un correo. No recordaba haberlas leído últimamente. Seguramente serían parte de alguno de esos correos con chorradas divertidas que todo el mundo recibe. Los ordenadores a veces tienen comportamientos que parecen extraños pero que son solo azarosos. Probablemente, el procesador, al intentar recuperar la mayor cantidad posible de información de la memoria, había acabado por identificarlas como parte del archivo en el que trabajaba. Aunque no fuera así. De todos los símbolos extraños que podía haber encontrado al final del texto, había ido a encontrar precisamente aquellas palabras. Las palabras decían “Tu mujer te engaña”.

Empezó a notar como la rabia le subía por la garganta desde la boca del estómago, algo viscoso y lento que se acumulaba en los ojos en forma de lágrimas. Subía y subía inundando poco a poco su esófago, su tráquea, su boca y su cabeza. Cuando el sabor metálico en su boca le descubrió que se había mordido la lengua hasta provocarse una herida sangrante, agarró el monitor y lo tiró con fuerza contra la ventana. La ventaba se resquebrajó pero no llegó romperse. Entonces, dejó la oficina dando un portazo.

martes, septiembre 16, 2008

Volver

Con la frente marchita, que cantaba Gardel, y decía Joaquín Sabina (aunque en este caso se deba, más que a los problemas sentimentales, al sol y a la playa).

Y dejar constancia aquí de que se ha vuelto. Y bueno, esperar que no me hayan olvidado y que no me hayan borrado de sus enlaces. Y esperar también tener alguna idea (algún día) lo suficientemente ingeniosa como para volverles a hacer desperdiciar su (sin duda) valioso tiempo con las cosas que me da por publicar (aunque publicar sea un eufemismo vanidoso para esto que hacemos).

Ya se me ocurrirá algo (espero).

viernes, agosto 29, 2008

Crisis

Esta refinada metáfora del papel en blanco, un rectángulo blanco en una pantalla llena de píxeles que trata de hacernos creer que seguimos escribiendo a máquina cuando, en realidad, todo lo que escribimos, todo lo que guardamos aquí, en este soporte magnético, o de estado sólido, o de lo que sea, a diferencia de nuestras antiguas cajas llenas de manuscritos mecanografiados, está al borde de la desaparición, al borde de no haber existido nunca: un pico de tensión, un golpe al ordenador, un susto, un incendio de una central eléctrica, una guerra nuclear, el fin de la humanidad tal y como la conocíamos, cualquier detalle sin importancia, y nuestras palabras se volatilizarían sin dejar rastro, como cuando la corriente de un río bordea una piedra y más tarde vuelve a ser río y cuatrocientos metros más abajo no hay ningún signo, ningún rastro de que la piedra haya estado ahí alguna vez. Así desaparecerían nuestras palabras, sin huella, sin humo, sin signo, sin pisadas, sin ruido, sin que pudiéramos aducir ninguna prueba de que alguna vez existieron.

Y entonces tendríamos un problema porque estas palabras estúpidas y vanidosas o sangrantes y verdaderas, pura morralla que puebla los discos duros de miles de servidores alineados de alguna remota nave industrial de California o aire y alimento del alma, buenas o malas, buenas y malas, con importancia o sin ella, son tan parte de nosotros como los personajes literarios que nos acompañan y que recordamos mejor que a algunos amigos que supuestamente existieron. Estas palabras, gran artificio, base y cimiento de la civilización y de la transmisión cultural, diferencia fundamental con los brutos, existen unas detrás de las otras y crean la ficción de la secuencialidad y del paso del tiempo, crean un universo cerrado sobre sí mismo. Un universo como el de las matemáticas, un universo incompleto pues, como ya Gödel se encargó de demostrar, contiene en su seno al menos una proposición que no puede demostrarse utilizando las propias reglas del sistema.

Y un día te levantas y ese día

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Pulsas Aceptar y que se vaya todo a la mierda.

Vacaciones

Cuando otros van llegando, algunos empezamos a irnos. Ahora es mi turno. No publicaré mucho durante las tres siguientes semanas pero supongo que algo escribiré de vez en cuando. Cuídense. No me olviden. Y, sobre todo, no me borren de sus enlaces. :-D

Nos vemos por aquí (signifique eso lo que signifique).

martes, agosto 19, 2008

Gracián

"No ai lisonja, no ai fullería para un ingenio como un libro nuevo cada día. Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron, y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios que entonces florecieron y los insignes varones que celebraron. ¡O! gran gusto el leer, empleo de personas, que si no las halla, las haze."

Gracián, El Criticón, II, iv.

Qué grandes últimas palabras: "si no las halla, las haze..."

lunes, agosto 11, 2008

Ausencia

La mujer sonreía mientras caminaba con elegancia, como si todos sus huesos hubieran sido colocados por un marine que lo hubiera memorizado para montarlo y desmontarlo con los ojos vendados.
Con sus formas rotundas, perfectos trazos armónicos que se movían ligeramente al andar, cruzó la puerta del bloque de apartamentos, soñando con la tarde que pasaría en casa de su amante, recordando otras ocasiones similares, fantaseando con las horas por llegar.
Casi siempre conseguía lo que se proponía, era cuestión de dejar que las cosas siguieran su curso porque los hombres, y sobre todo los hombres inteligentes, siempre estaban dispuestos a complacer a las mujeres hermosas. Y con este hombre no había sido diferente. Tan solo había necesitado dejar que el tiempo pasara, y aquí estaba ella, visitando por fin su casa, un ático en el centro de la gran ciudad. Ya era la cuarta cita y era la primera vez que visitaba aquel lugar. Las veces anteriores habían quedado en un hotel porque era un hombre casado y ella era una mujer discreta que entendía sus resevas. Solía pensar que las cosas maduraban y caían cuando estaban dispuestas, cuando llegaba su tiempo. Y así sería también en esta ocasión.

Llevaba los tacones con elegancia, como si fueran parte de su cuerpo, no como esas mujeres que no saben caminar con ellos y aún así se someten a la tortura de llevarlos. El suelo de madera encerada del suelo del ascensor, tan brillante que costaba trabajo fijar la vista sobre él, reflejaba de forma distorsionada su figura. Se retocó el peinado antes de salir, segura de que ese día tampoco habría nada que su belleza no pudiera conseguir. Llamó varias veces a la puerta y después de cinco minutos esperando que le abrieran marcó un número de teléfono en el móvil pensando que seguramente su amante estaría duchándose, a pesar de había llegado a la hora convenida, y que por eso no oiría el timbre de la puerta. Sin embargo, solo pudo dejar un mensaje en su buzón de voz. Tras otros cinco minutos, volvió a dejar otro mensaje, con un tono más indignado. Después del cuarto de hora de cortesía, cuando le resultó evidente que no había nadie en la casa, se marchó. Sola.

jueves, agosto 07, 2008

Distrito

La red de la empresa desaparece, se esfuma y todos los teléfonos emiten un crujidito, como si fueran animales que se quejan. Uno, y más tarde otro a su izquierda, y luego el que está un poco más atrás en otra fila de mesas iguales, hacen puc, puc, reiniciándose todos en una coreografía acústica y geométrica. Y nadie puede advertirlo porque todo el mundo está fuera y ese sonido cae blandamente al suelo como si el calor le impidiera pasar de una mesa a otra.
Y en el exterior existen doce cubos azules, pretendidamente perfectos, revestidos de planchas de cristal que parecen espejos. Pero debido a las minúsculas variaciones de ángulo en el montaje de las planchas, cuando miras en ellos el reflejo de los edificios de los alrededores, todos parecen estar rotos, como si hubieran sido construidos por Frank Gehry.
Y las caras de los niños que decoran las mesas de trabajo de sus padres sonríen a la cámara sin sospechar que lo que creían los indios era cierto, que las fotos te roban el alma, que detienen el tiempo y lo congelan y cuando esos niños hayan pasado por el mundo y ya no existan, muchos años después de que yo sea polvo (mas polvo enamorado… que diría aquel) seguirán mirándonos sonrientes y despreocupados.
Y muy arriba en el cielo, en la estratofera, esa capa de la atmósfera que empieza justo a 15 kilómetros de la superficie (ni uno más ni menos, ¡qué ridiculez!) algunas nubes con forma de hebras de lana se deshilachan. Y los coches parecen balas de plata sobre el asfalto, derretido y gris.

domingo, agosto 03, 2008

Tiempo

¡Porque en un minuto hay muchos días!
Romeo y Julieta, Acto III, Escena V


El día que Antonio salió de su casa una hora antes de lo habitual no se imaginaba el cambio definitivo que su vida iba a experimentar. El azar, que todo lo malmete, que todo lo embarulla, jugó un papel fundamental en el suceso que acabaría confinándolo en una silla de ruedas. Salió de su casa antes de lo habitual para ir al banco, para solucionar unos papeles sin importancia y acabó tendido sobre el suelo con la columna vertebral rota. Cruzó la calle para dirigirse a la oficina en la que tenía la cuenta corriente, y que abría a las ocho de la mañana, sin sospechar que aquella moto que iba a toda velocidad embestiría contra él a sesenta kilómetros por hora. Miró a la derecha y miró a la izquierda, como hacía siempre, aunque ese gesto no evitó el atropellamiento. Oyó un estruendo que venía de bastante cerca y que no logró identificar, pero no sospechó que aquel estruendo viniera de su propia sucursal bancaria. Se detuvo en mitad de la calle intentando escuchar con la suficiente atención para averiguar de donde venía aquel ruido, sin tener la más mínima idea de que justo aquello acabaría para siempre con la sensibilidad de sus piernas. Vio la moto venir a toda velocidad e intentó apartarse, pero tuvo mala suerte al elegir la dirección, la misma que eligió el conductor de la moto.

Se veía venir que ibas a acabar tumbado en el suelo con la columna vertebral rota. Se veía venir que te iba a atropellar una moto, se veía venir que en aquel segundo, en aquel minuto, en aquel momento, tu vida iba a experimentar un cambio definitivo. Antonio, deberías haber dejado las gestiones en el banco para el día siguiente, deberías haber cruzado la calle con rapidez, deberías haber escogido la izquierda.

Probablemente estarás de acuerdo con la cita que encabeza el texto. Me consta que llevas muchísimos días volviendo a aquel minuto. Pensando en lo que podrías haber hecho para evitar la moto, intentando volver al momento en el que tu vida cambió para siempre.

Antonio, deberías haber leído esto antes de salir a la calle.

martes, julio 29, 2008

Juguetes

Desde hacía algún tiempo, su pareja y él se habían aficionado a los juguetes sexuales. No es que los necesitaran, no, pero hacían el sexo más divertido y mejor, y precisamente por eso se habían convertido en coleccionistas. Su última adquisición había sido un juguetito que vibraba a las órdenes de un mando a distancia. La gracia del asunto era llevarlo puesto en una reunión en la que hubiera más gente que no tuviera ni idea de la situación. El morbo de saber que tu pareja está excitada y que nadie más de la reunión es capaz de advertirlo los ponía a ambos a cien. Ambos fantaseaban con el momento de arracarse la ropa una vez hubieran llegado a casa después de la velada. Ambos fantaseaban con la cara que pondrían cuando estuvieran utilizándolo.

Decidieron probarlo en público por primera vez en una cena con otras tres parejas amigas. Cuando probó por primera vez el mando, notó como la cara de su pareja se ruborizaba ligeramente y eso le excitó mucho. La segunda vez, su pareja ya no mostró ninguna sorpresa por la sensación, tal y como había sucedido antes, pero le miró de una manera que le provocó una erección inmediata. La tercera vez, se fijó en que había otra mujer de la reunión que se comportaba de forma parecida cada vez que él apretaba el botón. La cuarta vez advirtió que cuando el amigo que estaba dos puestos a la derecha miraba fijamente hacia delante, su propia mujer se excitaba, aunque él no hubiera utilizado el mando a distancia. Comprendió entonces que ellos no habían sido los únicos en tener la misma idea. A los cinco usos, los cuatro implicados eran conscientes de lo que estaba sucediendo.

Siguieron charlando de cosas intrascendentes durante la cena, llegaron los cafés, los postres, las copas, los cigarrillos. Ellos, alegando compromisos tempranos al día siguiente, se retiraron pronto. No fueron los únicos. Cuando estaban a punto de entrar al coche, la otra pareja propuso una última copa en su casa.

miércoles, julio 23, 2008

Calor

En verano el cerebro se licúa, incapaz de tener más ideas, y el calor no ayuda, cómo va a ayudar si lo único que nos apetece es estar tirados en la cama dejando pasar el tiempo dulcemente, con el ruido del ventilador de fondo y el esfuerzo de los ciclistas subiendo un puerto de montaña y el sol achicharrando la calle, esto es, llenando de chicharras los árboles (chicharras es como siempre se han llamado a las cigarras en mi tierra, ¿qué ruido hacen si no?) y quemando a los pobres turistas que se empeñan en completar su ginkana particular a las cuatro de la tarde, pobres criaturas blancas y rojas, todas del atlético, dando vueltas como zombies debajo de gorras y viseras.

Y las gotas de sudor se deslizan por nuestro pecho y hace demasiado calor incluso para acariciarse con la lubricidad que crean todos esos cuerpos al aire, incluidos los cuerpos de los pobres turistas, tan blancos, tan blancos como el mármol de los monumentos que parecen titilar en la distancia, sus moléculas moviéndose enloquecidas por todo este calor que salió del sol hace ocho minutos, a millones y millones de kilómetros de distancia, para acabar dibujando, bajo un sol de justicia, la sombra nítida y perfecta de un antiguo rey godo en los jardines que están justo enfrente del Palacio de Oriente y cuyo nombre lee ahora con interés uno de los turistas.

¿Y qué tendrá que ver el sol con la justicia? ¿No se colgaba a los reos –sus pobres piernas ejecutando un tétrico baile– los días de lluvia? ¿No se ajusticiaba a los felones y a los herejes y a los judaizantes y a los ilustrados y a los liberales y a los comunistas y a los anarquistas y a todos aquellos se atrevieron a no estar de acuerdo con las instituciones de este mísero país lleno de orgullo católico, que siempre ha estado seguro de tener razón? ¿Por qué sol de justicia? ¿Acaso Dios, que se sabía protegido por la reserva espiritual de occidente, procuraba los días de sol para ver mejor como se acababa con sus enemigos? Y caes en la cuenta de que lo más importante de una ejecución era que mucha gente pudiera verla para que pudiera observar lo que sucede a los criminales (algo hemos mejorado, ahora las multitudes se reúnen sobre todo para ver fútbol y las cuchilladas ya no vuelan con la facilidad de antes, aunque volar, vuelan, eso seguro).

Se te ocurre entonces que lo mejor sería confirmar lo del sol de justicia con el rey godo que el turista con quemaduras tiene justo enfrente y que me parece que murió devorado por un oso, que es una muerte ridícula incluso para un rey tan antiguo. Aunque tampoco es que sea muy digno morir traicionado y asesinado por la propia familia, que ha sido siempre la manera preferida de morir de reyes y papas. Así que lo haces y no consigues una respuesta, claro, y el turista te mira como si estuvieras loco, algo que podrías disculpar porque lo pareces, con esta temperatura y haciendo preguntas estúpidas a las estatuas.

Pero como eres una persona muy rencorosa, el turista muere de un golpe de calor y tú estás aquí, tan ricamente, a este lado del ventilador, mientras el aire seca poco a poco el sudor que te corre por el pecho, esperando que lleguen las ocho de la tarde para poder abrir la ventana.

lunes, julio 21, 2008

Método

Le preguntaron cuál era su método de escritura de poesía. Cómo era capaz de escribir esos sintagmas, aéreos, creo que dijeron, aéreos, como si las palabras pudieran ser iguales que las compañías de aviones esas de las muchachas vestidas como muñecas daltónicas, pero eso es lo que dijeron, aéreos y él dijo que seguía la vieja técnica de la posesión, la vieja y telúrica (qué palabra esta, telúrica) técnica de convocar las energías del mundo y dejarse poseer por ellas, como si fuera un chamán aleccionado por algún libro de autoayuda sudamericano. Por decir algo, claro. Pero en realidad lo que hace es concentrar su atención en otro punto, como en las antenas parabólicas que se ven allá a lo lejos, a través de la persiana de la ventana del edificio donde trabaja, y dejar que las manos tomen por su cuenta un camino que acabe por sorprenderle.

La memoria del cuerpo siempre es mejor y más exacta que cualquier otra. Siempre.

lunes, julio 14, 2008

Arañas

Mirar, mirar, pulsar, hacer clic, mirar y leer todos los correos acumulados, las entradas atrasadas, los comentarios que no hicimos para sobrellevar este día de reencuentros. Y entonces, poco a poco, con suavidad, la araña que nos habita vuelve a tejer y tejer un hilo infinito de seda que envuelve el hueco que habíamos dejado y que tenía nuestra forma y pensamos que está bien que sea así y decidimos que esa seda resistente y elástica, que aguanta tan bien las embestidas de la realidad, es algo fantástico.
Un hueco, otro hueco y otro hueco (hueco, qué palabra más extraña, imposible en sí misma como “silencio” o “ahora”), que se van emplastando de esa seda preciosa, frágil y gregaria, un manojo de hebras que crece y al final una maraña plateada que nos sitúa justo en el centro de la telaraña imaginaria que formamos con todos aquellos a los que queremos o que nos quieren. Aunque a veces no coincidan.
Y unos días antes el repetitivo mar azul, indiferente al estado de ánimo que pudiéramos tener, allí esperándonos. Y durante la pereza rítmica de los días libres, el hilo de seda fue desenrendándose con cuidado, hasta quedar desechado en una esquina: un montón leve, blanco y azul, una fantástica instalación para una feria de arte contemporáneo tirada de cualquier manera sobre la arena de la playa. Allí en una esquina, cubierta de granos de arena. Y el viento sonaba en la costa como un rumor a través de las hojas de los árboles. Y era gozoso el vacío del descanso.

Pero hay que volver a tejer.

jueves, julio 10, 2008

Gemidos

Me gustan los aeropuertos pequeños, como estaciones de autobuses venidas a más, un pequeño laberinto de carreteras que no llevan ningún sitio, en las afueras de ciudades tranquilas y ensimismadas. Me gustan, además, los aeropuertos del norte en los que ver como caen las gotas sobre los cristales y preguntarse si el vuelo saldrá con tan mal tiempo para acabar advirtiendo que es seguro que sí lo hará pues en estos pequeños aeropuertos del norte llueve siempre dulcemente como en una novela gallega. Me gustan estos aeropuertos, pequeñas construcciones mojadas que no se dan importancia y en los que hombres trajeados indistinguibles de otros hombres trajeados que pueblan los aeropuertos del mundo, esperan en la cola de embarque. Me gustan porque son sitios en los que dejarse invadir por la melancolía (la lluvia, la partida y las lágrimas de la separación) y hacerlo solo es posible cuando se alcanza cierta edad y no siempre es fácil.
Por ejemplo, justo ahora, en este aeropuerto del norte, en lugar de esa sensación agridulce y amable, lo que recuerdo es un dolor afilado, como de un estómago que se hace trizas bajo el ataque de un cuchillo con grandes dientes, como debe de ser el dolor del hielo penetrando en la columna vertebral: el dolor al oír gemir de placer, gozando del cuerpo recién descubierto de mi sustituto, a la que hasta semanas antes había sido mi chica, mi pareja. Oírla gemir de placer justo tras la pared, en la habitación de al lado, con un hombre que no era yo, un hombre extraño que no era yo, constituyó sin duda un aprendizaje. No sé exactamente acerca de qué, pero seguro que lo fue.
Y mientras tanto, a la vez que recuerdo aquellos gemidos y gritos de placer (así no gritaba conmigo, no) las gotas se dejan caer a lo largo de los cristales en este aeropuerto de provincias, una tras otra, y otra, y otra más. Y la verdad es que, a pesar del tono triste de este texto, estoy feliz y relajado.

Algo aprendí. Eso seguro.

martes, julio 08, 2008

Pereza

La sal debe ser una de las sustancias más pesadas del mundo porque el cuerpo, despues de un día de playa, adquiere una consistencia diferente, más orgánica, más sustanciosa. Y comer una rodaja de pescado fresco a la parrilla parece entonces uno de esos sacrificios paganos de los que habla siempre Manuel Vicent. Por ejemplo.
Y por decir algo, por escribir algo cuando todo el cansancio y todas las preocupaciones se han ido con el agua dulce de la ducha, digo que descansar tumbado al sol frente al mar turquesa un día de poco viento, con las pocas nubes del cielo lejanas y amistosas es como si la pereza hubiera cristalizado formado bloques geométricos. Como cristales de cuarzo.

lunes, junio 30, 2008

Hambre

Ayer, la policía no pudo evitar que, debido al amor inconmesurable de España por su selección de fútbol, la multitud devorara a los jugadores en un frenesí caníbal. Nunca se había visto en este país una demostración de amor más puro.

sábado, junio 28, 2008

Zig-zag (Madrid III)

Un mendigo escribe versos (ripios, más bien, pero cómo ser duro en la crítica con una persona que vive en la calle y que mantiene viva la llama de la poesía, la llama eternamente encedida, el fuego de los dioses) en la puerta de una librería porque espera que la gente sea más sensible a su esfuerzo, allí, sentado en el suelo, sucio y desconfiado, escribiendo a toda velocidad, como el último hombre de la retaguardia de la literatura, como el abanderado que abre el desfile de los ejércitos de la palabra. Pero la gente lo ignora sin dificultad porque en esta ciudad, los cerebros han desarrollado la capacidad de no ver lo que no quieren ver. Creo. Y el hombre sigue allí, escribiendo con una letra cuidada, como de caligrafía antigua, un verso tras otro. Yo le sonrío. A pesar de los versos malos. El me sonríe también a mí. Como si compartiéramos un secreto, como si fuéramos miembros de alguna clase de hermandad.
Y ningún periódico ha dado la noticia, pero hoy todos los grafitos de la calle Fuencarral han desaparecido. Y el único que recuerda que alguna vez estuvieron ahí soy yo. La gente me toma por loco cuando les pregunto por las pintadas, me miran con cara rara, pero a mí me obsesiona saber dónde han ido todos esos kilos de pintura. Y a lo largo de toda la calle pregunto a unos y a otros dónde están los grafitos. Y a lo largo de toda la calle, la gente piensa que he perdido el juicio. Yo no creo haber perdido el juicio. Nah. Qué va. Pero todos insisten en que nunca ha habido grafitos en esa calle, la mayoría incluso pretende no entender el significado de la palabra grafito. Como si estuviéramos en los años setenta. Algunos incluso creen que estamos en los años setenta. Pero a mí no conseguirán engañarme, no, no lo harán. Yo ya estoy escarmentado.
Me miro en un escaparate y sucede lo de siempre, la primera vez del día que miro mi imagen en el espejo siempre me sorprendo, siempre advierto que mi ropa está vieja y manchada y que mi pelo está grasiento y que tengo líneas de suciedad en la cara que señalan aún más las arrugas. Unas arrugas que yo no recordaba tener y que no sé de dónde han salido. Pero la sorpresa pasa cuando vuelvo a recordar las pintadas inexistentes, miro al cielo y, según parece, sólo yo puedo ver la inmensa nube multicolor que cubre la ciudad, a punto de descargar y de cubrirnos a todos con los colores del mundo. Y una señora con mantilla y vestida de negro me mira con asco aunque más tarde se acerca y me dice que si quiero una sopa caliente que, por favor, por favor, no dude en acercarme a la parroquia porque allí, unas cuantas señoras de la buena sociedad madrileña están haciendo un trabajo admirable para confortar a los más necesitados y están tan dedicadas a su labor que incluso el Generalísimo en persona condecoró a la Marquesa de Villaverde, una gran mujer, la encargada de la recogida de fondos para la caridad. Y la sopa no es gran cosa pero seguro que me sienta bien, según la señora, porque, además, es posible que tengan algo de ropa usada y que pueda tomar un baño y adecentar un poco mi aspecto, que vivir en la calle es duro pero si perdemos la dignidad lo perdemos todo y Dios nos mira a todos, hijos suyos amadísimos, desde el cielo. Veo entonces al mendigo que escribe versos, que pasa caminando deprisa mientras dos policías le siguen para pedirle la documentación y los policías van vestidos de gris y ahora que me fijo no se ve a nadie hablando por la calle con un teléfono móvil ni tampoco se ven demasiados coches ni hay cabinas de colores fluorescentes ni gente de otro color caminando por las aceras. Lo que sí hay son putas, pero no son rumanas ni nigerianas sino que parecen andaluzas y extremeñas y tienen cara de haber dejado poblachos perdidos en mitad de la nada con la esperanza de ser modistas en la capital o, el mejor sueño de todos, secretarias que escribían a máquina y también tienen todas cara de decepción por no haberlo conseguido y cara de hastío por tener que compartir sudor con tristes viajantes de medias de nylon que aún piensan que son el último grito en la moda femenina. Y miro a la gente y está muy claro quién tiene dinero y quién no lo tiene porque la diferencia en el aspecto entre unos y otros es mucho más nítida que ahora, aunque si soy sincero ya no sé en qué ahora vivo y estoy empezando a asustarme porque tal vez, quién sabe, la dirección en la que llevo los últimos dos meses no exista en este ahora y tal vez, quién sabe, yo ahora sea un niño de doce años que vive en Alhama de Aragón y que va al colegio con el Padre Damián y aprende los ríos de España y el glorioso día del alzamiento nacional y hace caligrafía. Aunque por otra parte, quizá todo esto sea una especie de milagro, la posibilidad de arreglarlo todo de una vez y lo que deba hacer sea viajar a mi pueblo para explicar al niño los pasos en la vida que no debe tomar. Y sobre todo, para prevenirle de que cuando encuentre a una mujer que se llama Clara, que cuando la encuentre, por Dios, que se cambie de acera y no vuelva a mirarla y también para decirle que no se aficione al alcohol, que no lo haga nunca y también para decirle: mírame, si no me haces caso, al final, serás como yo, porque, aunque no lo creas, yo soy tú. Creo. No sé. Estoy algo confuso.
Y prometo ante Dios que la borrachera de anoche será la última de mi vida. Lo prometo y entonces entro en una bodega, regentada por un hombre gordo con mandil que no parece chino e intento comprar un cartón de Don Simon pero no puedo porque el dinero es diferente y además no hay vino en cartones y entonces agarro un botella de vino barato y salgo corriendo y cuando me paro en una de las calles transversales, lejos del hombre gordo, me bebo la mitad con ansia porque ya no entiendo nada y lo que quiero es olvidarlo todo, pero, especialmente, olvidar la nube de pintura que vuela sobre nuestras cabezas y que caerá sobre nosotros como una maldición bíblica.

Y ya estoy mucho mejor.

jueves, junio 19, 2008

Vuelapluma

Que las palabras salgan directamente de mi cabeza sin tener que preocuparme del estilo, tan solo de escribir lo suficientemente rápido, de no cometer ningún error al teclear, que es lo que realmente me retrasa, porque quiero abrir la espita, el grifo, quiero dejar que las cosas salgan, todo. Los remolinos, las dudas, la confusión, el dolor, el cinismo, el desengaño, el pasado (esa entelequia), el futuro (esa entelequia). Qué pretensión la mía, ¿no?
La estampa que recuerdo con esta canción de Stererophonics y el desierto y un coche y el viento ardiente y el polvo. El aburrimiento terrible de vivir y para qué queréis la inmortalidad si no sabéis qué hacer una tarde de domingo. ¿Y que hacéis los que no tenéis pareja los domingos? ¿Qué hacéis? Mi amigo Moncho, tan buena persona y con hábitos tan poco saludables. Otra canción. Y otra imagen, esta mucho más antigua, subiendo en un Renault 5 camino de la sierra, de noche, con la sensación de transgredir algún código cuando, en realidad, pobre iluso, solo vas a echar un polvo. Y otra canción y una cama revuelta y sudor y saliva, no hace tanto de esa cama, no hace tanto. Y libros, muchos libros, una palabra detrás de otra. La sensación ilusionada del viernes por la tarde de hace quince años, esa que también salga. Y la de ahora: un fin de semana para descansar. Dormir, dormir, perder la conciencia y soñar y no recordar lo que has soñado. Y cuál será el mecanismo que marca que recordemos unos sueños y otros no. Seguro que los científicos tienen una explicación razonable o al menos una hipótesis y eso me tranquiliza porque qué fe nos va a quedar a nosotros, pobres descreídos, abandonados por dios -un dios inexistente pero al fin y al cabo, lo queramos o no, un dios que proporcionaba consuelo-, sino la ciencia. Aunque no importe. Ya sabéis que Goethe gritó luz, más luz en el momento de morir. Y un escritor que estoy imaginando, preocupado toda la vida por sus últimas palabras, las palabras que más tarde buscarán los eruditos -que como todos los fetichistas siempre me han parecido gente rara-, porque mi escritor es un gran escritor, muy reconocido, un gran pensador, todo un intelectual, que medita profundamente todo lo que dice a pesar de trabajar en la tertulia de una radio y al que preocupa sobremanera la imagen que se formará la Historia sobre él y sobre todo sobre su Obra. Y entonces va y dice: Mierda. Ja.

My mind is going

(elegía)

Mi ordenador no puede tragar los datos que vienen de la red a toda velocidad por el aire, lo oigo atragantarse, boquear intentando que el oxígeno llegue a sus inexistentes pulmones, protestar, gruñir. Mi ordenador está mayor. Y ya no puede más. Se ha cansado de tener que soportar mis insultos cuando va lento, mis textos con todas esas palabras que el pobre no entiende, unas detrás de las otras. Le he dado mala vida.

Nos hemos dado mala vida mutuamente. He pasado muchas horas ante la pantalla. Estudiando. Leyendo artículos. Trabajando. Muchas horas. He pasado muchas horas esperando correos electrónicos. Como antes esperábamos llamadas telefónicas que nunca llegaban, como antes del teléfono esperábamos el sonido de la bicicleta del cartero, como antes esperábamos al criado con el billete. Esperando.

Mi ordenador se asfixia. Lo oigo luchar por conseguir un poco más de tiempo. Mi ordenador se apaga poco a poco, se extingue, se acaba.

¿Qué estás haciendo Dave? ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?

HAL: I'm afraid. I'm afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it. I can feel it. My mind is going. There is no question about it. I can feel it. I can feel it. I can feel it. I'm a... fraid. Good afternoon, gentlemen. I am a HAL 9000 computer. I became operational at the H.A.L. plant in Urbana, Illinois on the 12th of January 1992. My instructor was Mr. Langley, and he taught me to sing a song. If you'd like to hear it I can sing it for you.

Dave Bowman: Yes, I'd like to hear it, HAL. Sing it for me.

HAL: It's called "Daisy."

[sings while slowing down]
HAL
: Daisy, Daisy, give me your answer do. I'm half crazy all for the love of you. It won't be a stylish marriage, I can't afford a carriage. But you'll look sweet upon the seat of a bicycle built for two.”

2001: A Space Odissey

Así vivimos todos. Atravesados de bits. Ensartados de información. Gracias a ellos. Un minuto de silencio, por favor.

Trabajo

Se despertó completamente descansado. Se desperezó con gusto, se rascó los testículos en un movimiento reflejo del que no fue consciente, se incorporó en la cama y encendió la luz. El día anterior había alineado la ropa en el perchero especial que tenía en el cuarto de baño: la camisa en la percha para que no quedaran arrugas, los pantalones doblados con cuidado, la corbata de seda encima de la camisa. En fin, lo habitual. Le gustaba ponerse la ropa en orden y contemplar su imagen en el espejo. Le hacía sentirse mejor.

Después de atarse los cordones de sus zapatos italianos y de echar el último vistazo al espejo, salió de casa silbando, mal, una melodía que se le había quedado adherida mientras oía la radio al afeitarse. Todo parecía en su sitio. El día estaba seco y luminoso, un poco frío, apenas había nadie en la calle y empezaba una nueva semana.

Bajó al garaje donde guardaba su coche, saludó al vigilante nocturno, que en ese momento se encontraba terminando el turno y preparándose para ir a casa, y se metió en su coche. Arrancó y puso música. Una suite de Mozart que los lunes le parecía la mejor manera de empezar la semana. No había nada que se pareciera a aquella música. Moviendo la mano derecha como si fuera un director de orquesta, se introdujo con fórceps en el atasco y se dedicó a organizar mentalmente las tareas que tenía pendientes en el trabajo.

Tenía la semana complicada. Por más que intentaba organizarse la agenda, había un par de asuntos a los que no encontraba hueco. Quizá todo se debiera a que no los encaraba con gusto y procuraba retrasarlos, de ahí sus problemas para encontrarles un lugar libre en su agenda. Aunque también era cierto que había resuelto una gran cantidad de asuntos parecidos en los últimos cinco años. Por eso no se explicaba por qué en esta ocasión le estuvieran preocupando de aquella manera.

En fin, torturar prisioneros siempre le resultaba difícil. Pero prefería no engañarse. Aquel era su trabajo y era capaz de hacerlo mejor que nadie, algo de lo que se sentía muy orgulloso. Aquel curso que había seguido de técnicas de interrogatorio en los Estados Unidos le había venido muy bien a su carrera. El mérito no era todo suyo, la verdad. Cuando era niño su padre había insistido mucho en que siempre había que hacer el trabajo lo mejor que uno pudiera. Y él se limitaba a aplicar esa moral obrera. La moral de un activista chileno de los derechos humanos, orgulloso de haber conseguido que dos de sus hijos fueran los primeros licenciados universitarios de la familia.

viernes, junio 13, 2008

Persianas

A través del cristal se puede distinguir una silueta. Hay alguien mirando y su figura se recorta contra la luz del cuarto. Si fuéramos nosotros los que observáramos ocultos tras la ventana tendríamos una imagen nítida de la ventana del vecino y, enmarcada en esa ventana, podríamos ver a una pareja follando. Todos los martes y un jueves de cada dos, una pareja se despoja de la ropa, se muerde, se acaricia, se agarra y se revuelca en el sofá que hay en el centro del salón, justo detrás de la ventana sin cortinas. Todos los martes y un jueves de cada dos, el observador pone una silla cómoda en el balcón, corre la cortina y se pone a disfrutar del espectáculo.

Hace mucho tiempo que el mirón no está con una mujer. Cuando ya no puede aguantar más, va al puticlub en el que trabaja una vieja conocida. Pero no puede permitírselo muy a menudo. Su pensión no le da para mucho y, a pesar de vivir en un piso de renta antigua, no puede pagarse una puta cada vez que le apetezca. Un hombre debe aprender a controlarse cuando llega a cierta edad. En eso todo el mundo parece estar de acuerdo. El hecho de que el deseo no disminuya con los años, que solo sea el cuerpo el que ya no responda, no parece tener importancia para los demás, claro. Pero gracias al vecino generoso, que no tiene cortinas y que tiene el detalle de cambiar de pareja a menudo, sus semanas pasan ahora más amables.

Lo que el mirón no sabe es que no está solo. Hay otros cuatro vecinos con una buena perspectiva de la ventana que también conocen la costumbre de los martes y los jueves alternos. Otros cuatro vecinos, ya jubilados, con su mismo deseo insatisfecho, su misma silla cómoda, su mismo piso de renta antigua y su misma nostalgia por el calor de la sangre que él. Vecinos a los que el mirón saluda por la calle porque llevan viviendo en el barrio tanto tiempo como él. Vecinos a los que, de hecho, nunca se atrevería a hacer ningún comentario aunque supiera que todos ellos comparten la afición a mirar por esa ventana. Esas cosas pertenecen a la intimidad de cada uno y él es un hombre educado en valores que ya han pasado de moda.

Los empleados municipales que encontrarán el cadáver dentro de unos días intercambiarán más de una mirada de inteligencia entre ellos. Los cadáveres en general siempre están despojados de dignidad pero hay ocasiones en los que eso es aún más evidente. Esta será una de ellas. Habrán encontrado al anciano con los pantalones en el suelo, sentado en una silla, con su miembro flácido (rígido al fin, gracias al rigor mortis) en la mano, con los ojos muy abiertos fijos en la ventana. Todos estarán de acuerdo en que se tratará de un infarto. Con esa edad, la muerte puede sobrevenir en cualquier momento.

En esa misma semana, los empleados municipales encontrarán cuatro cadáveres más en una situación parecida. Todos ancianos a los que la muerte habrá sorprendido masturbándose mientras miraban con atención a través de la ventana. Algunos se ocultaban detrás de una cortina, otros parecían observar por agujeros estratégicamente realizados en las persianas, pero todos miraban hacia el mismo lugar. Todos miraban la misma ventana de la tercera planta del número 7 de esa calle. Después de realizar la autopsia —autorizada por el juez por el número de muertes en circunstancias parecidas— comprobarán además que los fallecimientos se han producido el mismo día y aproximadamente a la misma hora.

Todos los ancianos habrán muerto a la vez el martes 18 del mes en curso, a las 11.30 de la noche, más o menos. Los encargados del caso no acaban de explicarse el suceso y siguen investigando. A los forenses tampoco se les ha pasado por alto la expresión de placidez de los ancianos en el momento de su muerte. Como si hubieran muerto de felicidad.

miércoles, junio 11, 2008

Estacas

Las estacas del antiguo embarcadero soportan el viento de la playa desierta. A lo lejos, un barco maniobra para fondear. Una lancha rápida surge del barco y se dirige hacia la orilla. Probablemente sean traficantes de droga, decides. Traficantes de droga que van a hacer un intercambio. Televisión y algo de experiencia propia: los intercambios ilegales de cualquier cosa son siempre rápidos y discretos, llegar, solucionar el negocio y marcharse rápido. Será algo parecido. Lo raro de la situación es que hay un coche de la guardia civil detrás de la duna. Parece que la historia se complica para los traficantes. Nah. Los dos guardias civiles están vigilando para que todo salga bien. Quien paga manda. Y ellos realmente no están allí. Han dicho en la casa cuartel que iban de ronda por las playas a vigilar los posibles desembarcos de droga. Y eso es lo que están haciendo.

La pantalla empieza a acumular nieve y de repente no se ve nada. ¿Qué habría pasado? Si volviera la imagen, seguramente se produciría un tiroteo. Los guionistas siempre hacen que los intercambios de droga salgan mal aunque eso, en realidad, no ocurra casi nunca. Si la policía llegara a tiempo más a menudo no veríamos a gente tan nerviosa por la noche. Es posible, por tanto, que el intercambio se realizara correctamente y que de tiroteo, nada. Tal vez los guardias civiles comentaran la jugada con el Negro, un viejo conocido de un pueblo pesquero cercano. Tal vez compartieran unas rayas de cocaína pura sobre el capó del coche mientras hablaban de algo. Los guardias podrían haberle comentado al negro que un conocido suyo, el Andrés, los tenía fritos, que estaba perdiendo pie y que los vecinos comenzaban a protestar, que debía hablar con él para decirle que las farras y las armas no eran buenas compañeras, que si seguía por ese camino, al final no iban a tener más remedio que darle un escarmiento.

El Negro vuelve entonces hacia el pueblo, meditando sobre la mejor manera de decirle a su amigo que la guardia civil le ha llamado la atención, que la última juerga, con aquella bronca en el puticlub, había sido demasiado. Pero el Negro tiene miedo porque su amigo está desquiciado y últimamente no piensa con demasiada claridad. Lleva dos años consumiendo un gramo diario de coca y se ha vuelto un tipo con muy malas pulgas. Como consecuencia de la paranoia, siempre va armado. El también, así que eso no supone ningún problema. Simplemente, no tiene ganas de tener cuestiones con la guardia civil en el pueblo ahora que ha conseguido este bisnes tan guapo. Si consigue aguantar dos años más, se retira. Si consigue ganar otros cien mil euros, ya ha pensado dónde comprar una casita. Lejos de allí, claro. Bien lejos de toda aquella mierda. En un sitio con playa y con mulatas. Y pasar el resto de la vida con una barquita, paseando a turistas y buceadores.

Estaría bien que el Negro consiguiera retirarse, que se enamorara de una mulata, que la vida lo tratara bien. Me cae bien a mí este tipo, delgado y fibroso, tan moreno como alguien de la otra orilla, con el pelo rizado y la nariz griega.

Pero se va la luz y la pantalla de la televisión se queda gris. Como todas las pantallas apagadas. Como todas las historias inconclusas.

Universo

"Pero por otra parte, nuestro universo, aunque macroscópicamente parece fluir en un movimiento continuo y armonioso, es la superposición de un sinfín de pequeñas singularidades, del mismo modo que nuestro planeta, una esfera casi perfecta visto de lejos, presenta una topografía sumamente compleja cuando nos acercamos a su superficie."
Enrique Zuazua. El momento de las Matemáticas.


Ahí queda eso. Casi nada.

lunes, junio 09, 2008

Max

En el sureste español hay un desierto. Uno de verdad, con dunas y colinas pedregosas sin vegetación, con escarabajos que corretean entre la arena y agaves, que es como los mexicanos llaman a las pitas. Las pitas son de las pocas especies de plantas preparadas para sobrevivir allí, a la orilla del mar. Pertenecen a la familia de las cactáceas, plantas con tallos gruesos, con hojas que la evolución transformó en espinas, con flores delicadas, vistosas y efímeras, y con frutos jugosos. En México se destilan tequila y mezcal a partir del agave pero en España sólo se hace aguardiente.

Como en todos los desiertos, en el del sureste español vive gente bastante extraña. Gente que ha decidido privarse de la contemplación de un paisaje fresco y verde. Gente que, de alguna manera, ha decidido mirar el atardecer sobre las colinas desnudas como si se tratara de algo esencial. Y tal vez lo sea, ¿quién sabe? Gente limítrofe, que debe aprender a ahorrar agua y para ello imita a la naturaleza y habita viviendas semienterradas.

En el desierto del sureste español había un hombre que decía ser alemán, con la piel ya morena y curtida por la intemperie, y que tenía antes un museo al que solo se podía acceder después de hacerle un retrato. Aunque el visitante no supiera dibujar, debía realizar el retrato para poder admirar la colección de objetos recuperados del mar, blanquecinos y llenos de sal. El hombre ya murió y no dejó testamento ni última voluntad porque qué sentido hubiera tenido entonces haberse convertido en los setenta en un ermitaño marino dispuesto a vivir solo con los objetos traídos por el agua. El hombre no creía en la propiedad privada y murió como había vivido, sin nada que poder regalar. Si lo pensamos, es admirable morir como se ha vivido, sin dejar que el miedo nos cambie. El caso es que el alemán era famoso en la zona y ahora está muerto y las cosas que recuperó en la costa durante treinta años han vuelto al mar, de una manera u otra. Lo sé porque yo fui su amigo durante los últimos años. Se llamaba Max.

Max murió un seis de julio hace tres años. Desde entonces, yo y un par de personas más que nos considerábamos buenos amigos suyos le recordamos el día de su muerte consumiendo peyote. Según las tradiciones del pueblo Huichol, la planta sagrada surgió de las huellas ensangrentadas de un dios, fugitivo y perseguido por los hombres de la tribu. En México y el sur de Estados Unidos la han consumido de forma tradicional durante cientos de años, pero Jim Morrison escribió algunos versos arrasado por sus efectos y desveló su secreto. Hasta que nuestro alemán muerto plantó peyote y lo cuidó durante treinta años con cariño, esa planta no crecía en España.

Todo está trascurriendo mucho más lentamente, todo está teniendo su propio tiempo, todo está desecándose y cubriéndose de salitre poco a poco. Puedo escuchar el ruido que hace la sal depositándose sobre las plantas, puedo oír el concierto de los granos de arena transportados por el viento, crujiendo como si el cielo estuviera hecho de seda, noto como se eriza mi piel, puedo ver la música, de colores, moviéndose armónica como un charco de aceite agitado por el viento. Este desierto tiene playas de arena entre rocas, con peces, pulpos y sepias a tres metros de profundidad, y resulta extraño oír nuestro propio corazón mientras contemplamos los movimientos espasmódicos de los animales marinos. Bum. Bum.

Max, te echamos de menos. Aunque estuvieras completamente loco.

jueves, junio 05, 2008

Amigo

Mi mejor amigo tiene la mala costumbre de subrayar los libros una y otra vez hasta que los pasajes quedan ilegibles. Lo curioso es que muestra un extraño talento en esta selección pues los pasajes sin marca, situados entre dobles y triples subrayados de colores, son los que yo encuentro, indefectiblemente, los mejores del libro. Durante un tiempo me estuvo preocupando esa extraña simetría. Las cosas en la naturaleza no suelen comportarse así. Por eso decidí hacer una prueba.

Un buen día leí por mi cuenta el mismo libro que mi amigo estaba maltratando con su habitual dedicación y anoté en un cuaderno el número de página y de párrafo de los fragmentos que más me habían gustado. Cuando mi amigo terminó de leer, tomé su ejemplar con curiosidad y comprobé (me lo temía) que había dejado sin marcar sólo aquellos párrafos que yo había seleccionado. Entonces sentí miedo. Inventé una excusa poco convincente y escapé de allí.

Salí a la calle, di unas vueltas por el barrio y, ya más tranquilo, volví a mi casa. Pero no fue fácil dejar de pensar en ello. Ni un solo párrafo de diferencia, ni uno solo. Debía encontrar una explicación. Intentar encontrar explicaciones a lo que no entiendo es algo que forma parte de mi naturaleza. O al menos eso le digo a mi psiquiatra. Me gusta darle vueltas a los problemas desde distintos puntos de vista e intentar ponerme en el lugar de los demás.

Por ejemplo, a veces me gusta imaginar que me convierto en alguien completamente opuesto a mí. Alguien que sería como una especie de negativo fotográfico de mi personalidad. Alguien a quien le gustarían las mujeres delgadas y rubias, la cerveza americana y las novelas de éxito. Cuando se lo conté al psiquiatra me dijo que eso nos pasa a todos y que no es motivo de preocupación, que es normal, que todos soñamos con ser otros diferentes, que todos nos hartamos de ser siempre los mismos, que esa pulsión late en muchas de nuestras adicciones.

Yo le dije que estaba de acuerdo y que me había convencido, que, en realidad, aquello no era tan raro. Pero cuando volví a casa, de nuevo comencé a pensar en la maldita cuestión de los subrayados. No hago más que darle vueltas una y otra vez. Me preocupa cada día más. Durante toda la semana no he podido pensar en otra cosa. No puede tratarse de una casualidad. A ver si consigo hablar con mi mejor amigo del tema porque, últimamente, cada vez que lo busco, ha salido a hacer algo. Por más que lo intento no consigo verlo.

Además, cuando lo llamo al móvil siempre comunica.

domingo, junio 01, 2008

Samurái

El Camino del Samurai está en la muerte. Es necesario meditar cada día sobre la muerte inevitable. Tener cada día, el cuerpo y el espíritu en paz. Hay que meditar sobre la muerte: rasgado por flechas, piedras, lanzas y espadas. Cogido por grandes olas, precipitado al corazón de un gran fuego, golpeado por el relámpago, aplastado por un gran terremoto, cayendo de una roca, morir por una enfermedad o cometer un 'seppuku' en la muerte de su maestro. Cada día sin excepción, hay que considerarse muerto. Esta es la sustancia del Camino del Samurai.

(Forrest Whitaker en Ghost Dog de Jim Jarmush, recitando las enseñanzas del Bushido.)

El despertador suena a las seis y media de la mañana y vuelvo a pensar, como todos los días, que debería acostarme antes de las once. Pasan diez minutos en los que, ya despierto, trato de abrir los ojos. Suena el despertador por segunda vez. Me levanto y voy hacia el baño. Me afeito, me lavo los dientes, me enjuago la boca con colutorio, me meto en la ducha. El agua caliente me sienta bien. Al llegar a la oficina, leeré el correo, bajaré a tomar el primer café de la mañana con un libro, subiré y me sentaré delante del ordenador. Si hay algo urgente que hacer, lo haré y si ese no es el caso, ojearé el periódico y trabajaré en algún proyecto pendiente.
Los días pasan de forma casi imperceptible, acumulándose sobre mi espalda sin esfuerzo. Estoy algo triste pero no le doy importancia, he aprendido que ese sentimiento pasará y que basta con aguantar un par de días para volver a la rutina. Casi diez años trabajando en esta oficina. A veces pienso que mi vida se ha detenido y que no consigo encontrar el interruptor para volver a ponerla en marcha. A veces pienso que el problema es la dirección. Que lo que no consigo encontrar es el volante. Pero la mayoría del tiempo no pienso demasiado sobre ello. Vivo solo y me he acostumbrado a no hablar con nadie al llegar a casa. Me he acostumbrado a leer a autores muertos. A ver películas antiguas. Me he acostumbrado a abstenerme. Ese es el camino.

Un día sonará el teléfono y tendré que cumplir una misión. El trabajo que soy. Ese día, me encaminaré a la sección de personal y pediré un par de días libres. Casi nunca lo hago, así que me los darán. Llamaré a mi agente de viajes para el billete de avión. En casa, prepararé una mochila de viaje. Pondré el despertador mucho antes, me prepararé. Llamaré un taxi, que me llevará al aeropuerto. Volaré y llegaré a cualquier ciudad del continente. Tomaré otro taxi que me conducirá a mi hotel, siempre discreto y de categoría media. Me tomaré dos tragos de ginebra. Me ducharé. Buscaré la dirección que me han proporcionado. Arrancaré una vida y lo haré con respeto. Matar es importante pero no es lo más importante. No soy un carnicero. Puede que a la gente que me paga no le importe. A mí sí. Volveré al hotel. Me ducharé de nuevo, haré la maleta, revisaré la habitación con cuidado. Me despediré en el hotel con una sonrisa. Volveré a casa. Sentado y en silencio, meditaré profundamente. Daré gracias por poder servir a mi señor, presentaré mis respetos a mi enemigo, al que habré puesto en brazos de la muerte. Pensaré en mi honor, en si se ha mantenido limpio, analizaré mi proceder y decidiré si ha sido digno. Me sentiré en paz porque habré podido cumplir mi objetivo una vez más y, más tarde, prepararé la corbata del día siguiente.

El camino del samurái.

lunes, mayo 26, 2008

Morfeo

Me desperté y me dolía horriblemente la pierna izquierda. No recordaba cómo me había hecho la gran herida que tenía en el muslo. No había sangre en la cama. La cama estaba limpia y la herida suturada, con los bordes hinchados pero con buen color. Parecía una herida que comenzaba a cicatrizar.
Lo último que recuerdo es haberme metido en la cama después de un día muy largo, con muchas horas delante de la pantalla del ordenador, con dolor de espalda. No recuerdo haber soñado nada. El caso es que la pierna me palpita y noto el bombeo del corazón en los bordes de la herida. Me levanto con cuidado y me desplomo. La pierna no es capaz de aguantar el peso de mi cuerpo. A la pata coja, consigo llegar al lavabo para orinar. A medida que orino, la herida comienza a desaparecer y comprendo que estoy soñando.
Cuando miro mi pierna derecha, la herida ha cambiado de lugar y ahora es la otra pierna la que palpita. Quiero despertar. Sé que estoy tumbado en la cama y que no tengo ninguna herida en la pierna. No quiero seguir en este sueño de mierda. Sé que estoy tumbado, con el corazón bombeando a un ritmo más bajo del habitual, descansando. Sé que mañana no recordaré esta sensación de asfixia que empieza a apoderarse de mí. Lo sé pero me da igual. Quiero despertar ahora y quiero olvidar esto para siempre.
Despierto y me duele horriblemente la pierna izquierda. La herida sigue ahí. Grito.


Me dormí y soñé con un ocho tumbado, acostado, el símbolo del infinito (en honor de la cinta de Moebius) constituido por muchos otros símbolos de infinito. Recorría incansablemente la cinta buscando a Dios. No lo encontraba y entonces me sentaba al borde de la cinta. Me colgaban los pies.


Volaba a mil metros de altura como los pájaros, sin esfuerzo. Miré desde arriba y pude ver los puentes que sobrevuelan la M-30 con su río de coches a quince metros en vertical; las vías del tren llegando a la estación; las autopistas de circunvalación abrazando los suburbios; la sucesión de torres de alta tensión; el atardecer en el horizonte; las líneas depuradas de los grandes edificios nuevos; el mosaico de los tejados del centro.


El profesor estaba diciendo que los huesos eran estructuras porosas que podían soportar gran presión sin pesar demasiado. La columna vertebral y los huesecillos del oído interno eran, según él, los máximos ejemplos de su perfección formal. Pequeñas piezas que se encajaban unas en otras para dotarnos de estructura, para que pudiéramos mirar sin miedo hacia el horizonte con las manos en la cintura y las piernas bien afirmadas sobre el suelo. Los huesos eran fundamentales porque no tenerlos nos hubiera convertido en algo adiposo y sin forma, amebas gigantes que apenas se podrían desplazar de un sitio a otro. Seres temibles que habrían desarrollado una lengua proyectable y prensil como la de los sapos para alimentarse.


Una libélula de cuerpo violeta zumbaba en los alrededores de una charca. La charca burbujeaba como si estuviera hirviendo. Era de color gris ceniza.

sábado, mayo 24, 2008

Madrid II

(a conde-duque)

Otra vez Madrid con un cielo opresivo sobre nuestras cabezas y una primavera rara, con lluvia, con turistas y sin sol. Un paseo para ver a un hombre vestido de negro con la ropa muy ajada y los zapatos viejos, con una cara antigua, un limpiabotas que carga con sus herramientas: una estampa de hace cincuenta años, de cuando Ferlosio publicaba El Jarama y limpiarse los zapatos en la Gran Vía era el sueño de los habitantes de los pueblos de los alrededores; una señora con pañuelo en la cabeza que parece tener doscientos años y camina lentamente arrastrando un carrito de la compra lleno de objetos recuperados de la basura y un viejo pequeño, calvo y mal educado que vende mecheros por los bares y abronca a todo el mundo; Botín, en Cuchilleros, abierto desde el siglo XVIII y La Posada de la Villa, en la Cava Baja, desde el XVII; el empedrado brillante y luminoso por la lluvia; la actividad en el barrio, con furgonetas de reparto aparcadas en sitios prohibidos y hombres chinos transportando mercancía a pie, descargando maleteros llenos de productos importados. Madrid es un hervidero, un cúmulo, un vórtice, en el que todo el mundo camina creyendo que sabe a dónde va cuando, en realidad, pasa años dando vueltas a los mismos lugares. Cervantes, Galdós, Quevedo, Lope, Valle, todos entendieron la esencia de este pueblo venido a más, este lugar extraño, con mafiosos vestidos con trajes de Armani falsos y señores jubilados con rebecas tejidas a mano, con aspirantes a poetas y ministros, con expertos en marketing viral y diseñadores de páginas web, con gitanos que venden su género a la puerta de sus furgonetas, con traficantes de drogas y borrachos empedernidos.

Y un grafito en la pared dice: "Dulce la espera del que espera a su amada". Y otro: "Puta". Y otro: "Esta ciudad tiene los dientes suaves como cantos rodados, hartos de masticar a gente como tú".