lunes, septiembre 22, 2008

Liturgia

Parece que, para subir la escalera, esté siguiendo las instrucciones escritas por Cortázar años atrás. De tan minuciosos pasos como da. Cuando termina de hacerlo, consagra una hostia ante la mirada de los fieles, parte del acompañamiento a un pobre viejito muerto y vestido de domingo, maquillado como un presentador de televisión. El cura, con su sotana y su casulla, con sus latines y su mirada apacible encima del estrado, ofrece algún tipo de consuelo a todos los que lloran en aquella iglesia, desconsolados no por ir a echar de menos al viejito, que además de viejito estaba enfermo y que se fue sin hacer ruido y sin sufrimiento, sino por ellos mismos. Por contemplar el cadáver que todos seremos, encofrado entre seda y terciopelo, con maquillaje bajo las bolsas negras de los ojos y bacterias bajo la piel.

El detalle con el que ejecuta el cura todos los movimientos, aprendidos tantos años atrás, pretende dotarlos de un significado profundo, como si la ejecución lenta y correcta de cada gesto tuviera una importancia esencial. Qué representación, qué dominio de la entrada y de la salida del mundo que tienen los curas católicos, qué fuerza tiene el ritual y las lágrimas y el incienso. En ese momento, dejo de ser un adulto que desprecia la carga de culpa que tiene nacer en esta religión y me convierto en alguien que solo observa con atención. Y la verdad es que el efecto está muy conseguido. Durante dos mil años, el ritual se ha ido decantando, depurándose de lo accesorio. La escenografía y la puesta en escena son impresionantes. Largas ventanas cubiertas de vidrieras permiten que el sol de la mañana bañe la nave de esa iglesia tan antigua, escenario privilegiado del simulacro.

Cuando recupero de nuevo la mirada del hombre que soy, Galileo me sonríe y recuerdo aquello de Eppur, si muove. Y muchas otras cosas. Y me voy de la iglesia a tomar un vino en el bar más cercano, que está, como siempre ocurre en estos casos, justo enfrente de la puerta principal. Y entonces veo como el camarero llena el catavinos de líquido, un fino turbio, y levanto mi copa y la giro suavamente agarrándola de la base con dos dedos. Y entonces digo "Salud". Y noto el sabor amargo y seco y más tarde el calor en el esófago y en el estómago. Y recuerdo aquellos versos de Marzal que decían:

"Cuatro gotas de aceite
sobre un trozo eremita de pan blanco

(...)

El hecho de verter las cuatro gotas,
cuatro lágrimas densas de oro humilde,
sobre las migas cándidas, supone
un acto elemental
contra la ruina
una rúbrica más
contra la muerte."

Y pienso entonces que vivir es nuestra obligación. Y que todos nosotros gustamos de alguna clase de liturgia. Y que, gracias a Dios, en la mía no huele a incienso, ni a polvo, ni a muerto.

jueves, septiembre 18, 2008

Matrimonio

A la hora del almuerzo decidió comprar un bocadillo de una de las tiendas de alrededor de la oficina y disfrutar del buen tiempo comiéndoselo en el banco de un jardín. Caminó unos quince minutos para despejarse y se sentó en una pequeña plaza que ya había utilizado otras veces. El bocadillo era de atún y tenía mayonesa, lechuga y tomate, con pan inglés. A su mujer no le gustaba el atún, decía que le parecía un pescado demasiado grasiento, demasiado sabroso. Él opinaba que su mujer decía eso porque no le gustaba realmente el pescado, que lo comía porque sabía que era muy bueno para la salud y nada más. Nunca comía grasas ni tomaba pasteles, ni pan, ni fritos, ni comía entre horas y siempre estaba intentando convencerle de que hiciera deporte, de que fuera con ella al gimnasio.

Sabía que, en este momento, ella estaría saltándose la comida para poder ir a la sesión de aerobic de Pali, su monitor preferido. Lo hacía de forma religiosa todos los miércoles y viernes. El resto de días iba al gimnasio cuando salía de la oficina. Por eso llegaba tarde a casa y solo tenían un rato para charlar después de que ella cenara. Los lunes, martes y jueves solía quedar con las amigas de un trabajo anterior para comer y tomar un café. Los fines de semana se quedaban en casa, excepto aquellos en los que su mujer tenía que ir de viaje a alguna ciudad europea por cuestiones de trabajo. Él se apuntaba a veces aunque los compañeros de trabajo de ella no le cayeran demasiado bien.

Miró durante un rato a un gorrión que se buscaba la vida por allí. El pájaro había levantado una manzana y se estaba comiendo tranquilamente las hormigas que había debajo. Sonrió. Le pareció un signo de inteligencia que el pájaro supiera que debajo de las manzanas siempre hay hormigas que se están alimentando de ella. Dio otro mordisco al bocadillo y bebió un trago de cocacola. Recordó el tiempo en el que a él le molestaba pasar tan poco tiempo con su mujer. Habían discutido algunas veces por eso pero eran cuestiones de trabajo y poco se podía hacer ante ellas. Así eran las cosas. Y la verdad es ahora creía que era mejor no verse demasiado, que las parejas que duran más tiempo, por desesperanzador que suene, suelen ser aquellas que pasan menos tiempo juntas, las que aprenden a dejarse espacio. Así habían conseguido casi trece años de felicidad conyugal.

Volvió a la oficina y se sentó de nuevo ante el ordenador. Después de veinte minutos, el procesador de textos dejó de funcionar. Tras maldecir por no haber guardado el archivo en el que estaba trabajando, comprobó el alcance del desastre y vio que no había sido para tanto. Sus últimos quince minutos de escritura, sin embargo, se habían volatilizado. Solo eran información perdida en la memoria que el ordenador ya no identificaba como texto. Tendría que volver a hacerlo, ahora que el informe sobre un nuevo servicio de la competencia ya estaba casi terminado. Pulsó el botón izquierdo del ratón y lo dejó pulsado, con el cursor apoyado sobre la flechita de abajo de la barra de desplazamiento. Zuuuuuuuum.

Cuando llegó al final, se encontró con cuatro palabras que no estaban ahí antes, cuatro palabras que tal vez fueran restos de un archivo anterior o de un correo. No recordaba haberlas leído últimamente. Seguramente serían parte de alguno de esos correos con chorradas divertidas que todo el mundo recibe. Los ordenadores a veces tienen comportamientos que parecen extraños pero que son solo azarosos. Probablemente, el procesador, al intentar recuperar la mayor cantidad posible de información de la memoria, había acabado por identificarlas como parte del archivo en el que trabajaba. Aunque no fuera así. De todos los símbolos extraños que podía haber encontrado al final del texto, había ido a encontrar precisamente aquellas palabras. Las palabras decían “Tu mujer te engaña”.

Empezó a notar como la rabia le subía por la garganta desde la boca del estómago, algo viscoso y lento que se acumulaba en los ojos en forma de lágrimas. Subía y subía inundando poco a poco su esófago, su tráquea, su boca y su cabeza. Cuando el sabor metálico en su boca le descubrió que se había mordido la lengua hasta provocarse una herida sangrante, agarró el monitor y lo tiró con fuerza contra la ventana. La ventaba se resquebrajó pero no llegó romperse. Entonces, dejó la oficina dando un portazo.

martes, septiembre 16, 2008

Volver

Con la frente marchita, que cantaba Gardel, y decía Joaquín Sabina (aunque en este caso se deba, más que a los problemas sentimentales, al sol y a la playa).

Y dejar constancia aquí de que se ha vuelto. Y bueno, esperar que no me hayan olvidado y que no me hayan borrado de sus enlaces. Y esperar también tener alguna idea (algún día) lo suficientemente ingeniosa como para volverles a hacer desperdiciar su (sin duda) valioso tiempo con las cosas que me da por publicar (aunque publicar sea un eufemismo vanidoso para esto que hacemos).

Ya se me ocurrirá algo (espero).

viernes, agosto 29, 2008

Crisis

Esta refinada metáfora del papel en blanco, un rectángulo blanco en una pantalla llena de píxeles que trata de hacernos creer que seguimos escribiendo a máquina cuando, en realidad, todo lo que escribimos, todo lo que guardamos aquí, en este soporte magnético, o de estado sólido, o de lo que sea, a diferencia de nuestras antiguas cajas llenas de manuscritos mecanografiados, está al borde de la desaparición, al borde de no haber existido nunca: un pico de tensión, un golpe al ordenador, un susto, un incendio de una central eléctrica, una guerra nuclear, el fin de la humanidad tal y como la conocíamos, cualquier detalle sin importancia, y nuestras palabras se volatilizarían sin dejar rastro, como cuando la corriente de un río bordea una piedra y más tarde vuelve a ser río y cuatrocientos metros más abajo no hay ningún signo, ningún rastro de que la piedra haya estado ahí alguna vez. Así desaparecerían nuestras palabras, sin huella, sin humo, sin signo, sin pisadas, sin ruido, sin que pudiéramos aducir ninguna prueba de que alguna vez existieron.

Y entonces tendríamos un problema porque estas palabras estúpidas y vanidosas o sangrantes y verdaderas, pura morralla que puebla los discos duros de miles de servidores alineados de alguna remota nave industrial de California o aire y alimento del alma, buenas o malas, buenas y malas, con importancia o sin ella, son tan parte de nosotros como los personajes literarios que nos acompañan y que recordamos mejor que a algunos amigos que supuestamente existieron. Estas palabras, gran artificio, base y cimiento de la civilización y de la transmisión cultural, diferencia fundamental con los brutos, existen unas detrás de las otras y crean la ficción de la secuencialidad y del paso del tiempo, crean un universo cerrado sobre sí mismo. Un universo como el de las matemáticas, un universo incompleto pues, como ya Gödel se encargó de demostrar, contiene en su seno al menos una proposición que no puede demostrarse utilizando las propias reglas del sistema.

Y un día te levantas y ese día

¿Borrar todo?
Aceptar Cancelar

Pulsas Aceptar y que se vaya todo a la mierda.

Vacaciones

Cuando otros van llegando, algunos empezamos a irnos. Ahora es mi turno. No publicaré mucho durante las tres siguientes semanas pero supongo que algo escribiré de vez en cuando. Cuídense. No me olviden. Y, sobre todo, no me borren de sus enlaces. :-D

Nos vemos por aquí (signifique eso lo que signifique).

martes, agosto 19, 2008

Gracián

"No ai lisonja, no ai fullería para un ingenio como un libro nuevo cada día. Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron, y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios que entonces florecieron y los insignes varones que celebraron. ¡O! gran gusto el leer, empleo de personas, que si no las halla, las haze."

Gracián, El Criticón, II, iv.

Qué grandes últimas palabras: "si no las halla, las haze..."

lunes, agosto 11, 2008

Ausencia

La mujer sonreía mientras caminaba con elegancia, como si todos sus huesos hubieran sido colocados por un marine que lo hubiera memorizado para montarlo y desmontarlo con los ojos vendados.
Con sus formas rotundas, perfectos trazos armónicos que se movían ligeramente al andar, cruzó la puerta del bloque de apartamentos, soñando con la tarde que pasaría en casa de su amante, recordando otras ocasiones similares, fantaseando con las horas por llegar.
Casi siempre conseguía lo que se proponía, era cuestión de dejar que las cosas siguieran su curso porque los hombres, y sobre todo los hombres inteligentes, siempre estaban dispuestos a complacer a las mujeres hermosas. Y con este hombre no había sido diferente. Tan solo había necesitado dejar que el tiempo pasara, y aquí estaba ella, visitando por fin su casa, un ático en el centro de la gran ciudad. Ya era la cuarta cita y era la primera vez que visitaba aquel lugar. Las veces anteriores habían quedado en un hotel porque era un hombre casado y ella era una mujer discreta que entendía sus resevas. Solía pensar que las cosas maduraban y caían cuando estaban dispuestas, cuando llegaba su tiempo. Y así sería también en esta ocasión.

Llevaba los tacones con elegancia, como si fueran parte de su cuerpo, no como esas mujeres que no saben caminar con ellos y aún así se someten a la tortura de llevarlos. El suelo de madera encerada del suelo del ascensor, tan brillante que costaba trabajo fijar la vista sobre él, reflejaba de forma distorsionada su figura. Se retocó el peinado antes de salir, segura de que ese día tampoco habría nada que su belleza no pudiera conseguir. Llamó varias veces a la puerta y después de cinco minutos esperando que le abrieran marcó un número de teléfono en el móvil pensando que seguramente su amante estaría duchándose, a pesar de había llegado a la hora convenida, y que por eso no oiría el timbre de la puerta. Sin embargo, solo pudo dejar un mensaje en su buzón de voz. Tras otros cinco minutos, volvió a dejar otro mensaje, con un tono más indignado. Después del cuarto de hora de cortesía, cuando le resultó evidente que no había nadie en la casa, se marchó. Sola.

jueves, agosto 07, 2008

Distrito

La red de la empresa desaparece, se esfuma y todos los teléfonos emiten un crujidito, como si fueran animales que se quejan. Uno, y más tarde otro a su izquierda, y luego el que está un poco más atrás en otra fila de mesas iguales, hacen puc, puc, reiniciándose todos en una coreografía acústica y geométrica. Y nadie puede advertirlo porque todo el mundo está fuera y ese sonido cae blandamente al suelo como si el calor le impidiera pasar de una mesa a otra.
Y en el exterior existen doce cubos azules, pretendidamente perfectos, revestidos de planchas de cristal que parecen espejos. Pero debido a las minúsculas variaciones de ángulo en el montaje de las planchas, cuando miras en ellos el reflejo de los edificios de los alrededores, todos parecen estar rotos, como si hubieran sido construidos por Frank Gehry.
Y las caras de los niños que decoran las mesas de trabajo de sus padres sonríen a la cámara sin sospechar que lo que creían los indios era cierto, que las fotos te roban el alma, que detienen el tiempo y lo congelan y cuando esos niños hayan pasado por el mundo y ya no existan, muchos años después de que yo sea polvo (mas polvo enamorado… que diría aquel) seguirán mirándonos sonrientes y despreocupados.
Y muy arriba en el cielo, en la estratofera, esa capa de la atmósfera que empieza justo a 15 kilómetros de la superficie (ni uno más ni menos, ¡qué ridiculez!) algunas nubes con forma de hebras de lana se deshilachan. Y los coches parecen balas de plata sobre el asfalto, derretido y gris.

domingo, agosto 03, 2008

Tiempo

¡Porque en un minuto hay muchos días!
Romeo y Julieta, Acto III, Escena V


El día que Antonio salió de su casa una hora antes de lo habitual no se imaginaba el cambio definitivo que su vida iba a experimentar. El azar, que todo lo malmete, que todo lo embarulla, jugó un papel fundamental en el suceso que acabaría confinándolo en una silla de ruedas. Salió de su casa antes de lo habitual para ir al banco, para solucionar unos papeles sin importancia y acabó tendido sobre el suelo con la columna vertebral rota. Cruzó la calle para dirigirse a la oficina en la que tenía la cuenta corriente, y que abría a las ocho de la mañana, sin sospechar que aquella moto que iba a toda velocidad embestiría contra él a sesenta kilómetros por hora. Miró a la derecha y miró a la izquierda, como hacía siempre, aunque ese gesto no evitó el atropellamiento. Oyó un estruendo que venía de bastante cerca y que no logró identificar, pero no sospechó que aquel estruendo viniera de su propia sucursal bancaria. Se detuvo en mitad de la calle intentando escuchar con la suficiente atención para averiguar de donde venía aquel ruido, sin tener la más mínima idea de que justo aquello acabaría para siempre con la sensibilidad de sus piernas. Vio la moto venir a toda velocidad e intentó apartarse, pero tuvo mala suerte al elegir la dirección, la misma que eligió el conductor de la moto.

Se veía venir que ibas a acabar tumbado en el suelo con la columna vertebral rota. Se veía venir que te iba a atropellar una moto, se veía venir que en aquel segundo, en aquel minuto, en aquel momento, tu vida iba a experimentar un cambio definitivo. Antonio, deberías haber dejado las gestiones en el banco para el día siguiente, deberías haber cruzado la calle con rapidez, deberías haber escogido la izquierda.

Probablemente estarás de acuerdo con la cita que encabeza el texto. Me consta que llevas muchísimos días volviendo a aquel minuto. Pensando en lo que podrías haber hecho para evitar la moto, intentando volver al momento en el que tu vida cambió para siempre.

Antonio, deberías haber leído esto antes de salir a la calle.

martes, julio 29, 2008

Juguetes

Desde hacía algún tiempo, su pareja y él se habían aficionado a los juguetes sexuales. No es que los necesitaran, no, pero hacían el sexo más divertido y mejor, y precisamente por eso se habían convertido en coleccionistas. Su última adquisición había sido un juguetito que vibraba a las órdenes de un mando a distancia. La gracia del asunto era llevarlo puesto en una reunión en la que hubiera más gente que no tuviera ni idea de la situación. El morbo de saber que tu pareja está excitada y que nadie más de la reunión es capaz de advertirlo los ponía a ambos a cien. Ambos fantaseaban con el momento de arracarse la ropa una vez hubieran llegado a casa después de la velada. Ambos fantaseaban con la cara que pondrían cuando estuvieran utilizándolo.

Decidieron probarlo en público por primera vez en una cena con otras tres parejas amigas. Cuando probó por primera vez el mando, notó como la cara de su pareja se ruborizaba ligeramente y eso le excitó mucho. La segunda vez, su pareja ya no mostró ninguna sorpresa por la sensación, tal y como había sucedido antes, pero le miró de una manera que le provocó una erección inmediata. La tercera vez, se fijó en que había otra mujer de la reunión que se comportaba de forma parecida cada vez que él apretaba el botón. La cuarta vez advirtió que cuando el amigo que estaba dos puestos a la derecha miraba fijamente hacia delante, su propia mujer se excitaba, aunque él no hubiera utilizado el mando a distancia. Comprendió entonces que ellos no habían sido los únicos en tener la misma idea. A los cinco usos, los cuatro implicados eran conscientes de lo que estaba sucediendo.

Siguieron charlando de cosas intrascendentes durante la cena, llegaron los cafés, los postres, las copas, los cigarrillos. Ellos, alegando compromisos tempranos al día siguiente, se retiraron pronto. No fueron los únicos. Cuando estaban a punto de entrar al coche, la otra pareja propuso una última copa en su casa.

miércoles, julio 23, 2008

Calor

En verano el cerebro se licúa, incapaz de tener más ideas, y el calor no ayuda, cómo va a ayudar si lo único que nos apetece es estar tirados en la cama dejando pasar el tiempo dulcemente, con el ruido del ventilador de fondo y el esfuerzo de los ciclistas subiendo un puerto de montaña y el sol achicharrando la calle, esto es, llenando de chicharras los árboles (chicharras es como siempre se han llamado a las cigarras en mi tierra, ¿qué ruido hacen si no?) y quemando a los pobres turistas que se empeñan en completar su ginkana particular a las cuatro de la tarde, pobres criaturas blancas y rojas, todas del atlético, dando vueltas como zombies debajo de gorras y viseras.

Y las gotas de sudor se deslizan por nuestro pecho y hace demasiado calor incluso para acariciarse con la lubricidad que crean todos esos cuerpos al aire, incluidos los cuerpos de los pobres turistas, tan blancos, tan blancos como el mármol de los monumentos que parecen titilar en la distancia, sus moléculas moviéndose enloquecidas por todo este calor que salió del sol hace ocho minutos, a millones y millones de kilómetros de distancia, para acabar dibujando, bajo un sol de justicia, la sombra nítida y perfecta de un antiguo rey godo en los jardines que están justo enfrente del Palacio de Oriente y cuyo nombre lee ahora con interés uno de los turistas.

¿Y qué tendrá que ver el sol con la justicia? ¿No se colgaba a los reos –sus pobres piernas ejecutando un tétrico baile– los días de lluvia? ¿No se ajusticiaba a los felones y a los herejes y a los judaizantes y a los ilustrados y a los liberales y a los comunistas y a los anarquistas y a todos aquellos se atrevieron a no estar de acuerdo con las instituciones de este mísero país lleno de orgullo católico, que siempre ha estado seguro de tener razón? ¿Por qué sol de justicia? ¿Acaso Dios, que se sabía protegido por la reserva espiritual de occidente, procuraba los días de sol para ver mejor como se acababa con sus enemigos? Y caes en la cuenta de que lo más importante de una ejecución era que mucha gente pudiera verla para que pudiera observar lo que sucede a los criminales (algo hemos mejorado, ahora las multitudes se reúnen sobre todo para ver fútbol y las cuchilladas ya no vuelan con la facilidad de antes, aunque volar, vuelan, eso seguro).

Se te ocurre entonces que lo mejor sería confirmar lo del sol de justicia con el rey godo que el turista con quemaduras tiene justo enfrente y que me parece que murió devorado por un oso, que es una muerte ridícula incluso para un rey tan antiguo. Aunque tampoco es que sea muy digno morir traicionado y asesinado por la propia familia, que ha sido siempre la manera preferida de morir de reyes y papas. Así que lo haces y no consigues una respuesta, claro, y el turista te mira como si estuvieras loco, algo que podrías disculpar porque lo pareces, con esta temperatura y haciendo preguntas estúpidas a las estatuas.

Pero como eres una persona muy rencorosa, el turista muere de un golpe de calor y tú estás aquí, tan ricamente, a este lado del ventilador, mientras el aire seca poco a poco el sudor que te corre por el pecho, esperando que lleguen las ocho de la tarde para poder abrir la ventana.

lunes, julio 21, 2008

Método

Le preguntaron cuál era su método de escritura de poesía. Cómo era capaz de escribir esos sintagmas, aéreos, creo que dijeron, aéreos, como si las palabras pudieran ser iguales que las compañías de aviones esas de las muchachas vestidas como muñecas daltónicas, pero eso es lo que dijeron, aéreos y él dijo que seguía la vieja técnica de la posesión, la vieja y telúrica (qué palabra esta, telúrica) técnica de convocar las energías del mundo y dejarse poseer por ellas, como si fuera un chamán aleccionado por algún libro de autoayuda sudamericano. Por decir algo, claro. Pero en realidad lo que hace es concentrar su atención en otro punto, como en las antenas parabólicas que se ven allá a lo lejos, a través de la persiana de la ventana del edificio donde trabaja, y dejar que las manos tomen por su cuenta un camino que acabe por sorprenderle.

La memoria del cuerpo siempre es mejor y más exacta que cualquier otra. Siempre.

lunes, julio 14, 2008

Arañas

Mirar, mirar, pulsar, hacer clic, mirar y leer todos los correos acumulados, las entradas atrasadas, los comentarios que no hicimos para sobrellevar este día de reencuentros. Y entonces, poco a poco, con suavidad, la araña que nos habita vuelve a tejer y tejer un hilo infinito de seda que envuelve el hueco que habíamos dejado y que tenía nuestra forma y pensamos que está bien que sea así y decidimos que esa seda resistente y elástica, que aguanta tan bien las embestidas de la realidad, es algo fantástico.
Un hueco, otro hueco y otro hueco (hueco, qué palabra más extraña, imposible en sí misma como “silencio” o “ahora”), que se van emplastando de esa seda preciosa, frágil y gregaria, un manojo de hebras que crece y al final una maraña plateada que nos sitúa justo en el centro de la telaraña imaginaria que formamos con todos aquellos a los que queremos o que nos quieren. Aunque a veces no coincidan.
Y unos días antes el repetitivo mar azul, indiferente al estado de ánimo que pudiéramos tener, allí esperándonos. Y durante la pereza rítmica de los días libres, el hilo de seda fue desenrendándose con cuidado, hasta quedar desechado en una esquina: un montón leve, blanco y azul, una fantástica instalación para una feria de arte contemporáneo tirada de cualquier manera sobre la arena de la playa. Allí en una esquina, cubierta de granos de arena. Y el viento sonaba en la costa como un rumor a través de las hojas de los árboles. Y era gozoso el vacío del descanso.

Pero hay que volver a tejer.

jueves, julio 10, 2008

Gemidos

Me gustan los aeropuertos pequeños, como estaciones de autobuses venidas a más, un pequeño laberinto de carreteras que no llevan ningún sitio, en las afueras de ciudades tranquilas y ensimismadas. Me gustan, además, los aeropuertos del norte en los que ver como caen las gotas sobre los cristales y preguntarse si el vuelo saldrá con tan mal tiempo para acabar advirtiendo que es seguro que sí lo hará pues en estos pequeños aeropuertos del norte llueve siempre dulcemente como en una novela gallega. Me gustan estos aeropuertos, pequeñas construcciones mojadas que no se dan importancia y en los que hombres trajeados indistinguibles de otros hombres trajeados que pueblan los aeropuertos del mundo, esperan en la cola de embarque. Me gustan porque son sitios en los que dejarse invadir por la melancolía (la lluvia, la partida y las lágrimas de la separación) y hacerlo solo es posible cuando se alcanza cierta edad y no siempre es fácil.
Por ejemplo, justo ahora, en este aeropuerto del norte, en lugar de esa sensación agridulce y amable, lo que recuerdo es un dolor afilado, como de un estómago que se hace trizas bajo el ataque de un cuchillo con grandes dientes, como debe de ser el dolor del hielo penetrando en la columna vertebral: el dolor al oír gemir de placer, gozando del cuerpo recién descubierto de mi sustituto, a la que hasta semanas antes había sido mi chica, mi pareja. Oírla gemir de placer justo tras la pared, en la habitación de al lado, con un hombre que no era yo, un hombre extraño que no era yo, constituyó sin duda un aprendizaje. No sé exactamente acerca de qué, pero seguro que lo fue.
Y mientras tanto, a la vez que recuerdo aquellos gemidos y gritos de placer (así no gritaba conmigo, no) las gotas se dejan caer a lo largo de los cristales en este aeropuerto de provincias, una tras otra, y otra, y otra más. Y la verdad es que, a pesar del tono triste de este texto, estoy feliz y relajado.

Algo aprendí. Eso seguro.

martes, julio 08, 2008

Pereza

La sal debe ser una de las sustancias más pesadas del mundo porque el cuerpo, despues de un día de playa, adquiere una consistencia diferente, más orgánica, más sustanciosa. Y comer una rodaja de pescado fresco a la parrilla parece entonces uno de esos sacrificios paganos de los que habla siempre Manuel Vicent. Por ejemplo.
Y por decir algo, por escribir algo cuando todo el cansancio y todas las preocupaciones se han ido con el agua dulce de la ducha, digo que descansar tumbado al sol frente al mar turquesa un día de poco viento, con las pocas nubes del cielo lejanas y amistosas es como si la pereza hubiera cristalizado formado bloques geométricos. Como cristales de cuarzo.

lunes, junio 30, 2008

Hambre

Ayer, la policía no pudo evitar que, debido al amor inconmesurable de España por su selección de fútbol, la multitud devorara a los jugadores en un frenesí caníbal. Nunca se había visto en este país una demostración de amor más puro.

sábado, junio 28, 2008

Zig-zag (Madrid III)

Un mendigo escribe versos (ripios, más bien, pero cómo ser duro en la crítica con una persona que vive en la calle y que mantiene viva la llama de la poesía, la llama eternamente encedida, el fuego de los dioses) en la puerta de una librería porque espera que la gente sea más sensible a su esfuerzo, allí, sentado en el suelo, sucio y desconfiado, escribiendo a toda velocidad, como el último hombre de la retaguardia de la literatura, como el abanderado que abre el desfile de los ejércitos de la palabra. Pero la gente lo ignora sin dificultad porque en esta ciudad, los cerebros han desarrollado la capacidad de no ver lo que no quieren ver. Creo. Y el hombre sigue allí, escribiendo con una letra cuidada, como de caligrafía antigua, un verso tras otro. Yo le sonrío. A pesar de los versos malos. El me sonríe también a mí. Como si compartiéramos un secreto, como si fuéramos miembros de alguna clase de hermandad.
Y ningún periódico ha dado la noticia, pero hoy todos los grafitos de la calle Fuencarral han desaparecido. Y el único que recuerda que alguna vez estuvieron ahí soy yo. La gente me toma por loco cuando les pregunto por las pintadas, me miran con cara rara, pero a mí me obsesiona saber dónde han ido todos esos kilos de pintura. Y a lo largo de toda la calle pregunto a unos y a otros dónde están los grafitos. Y a lo largo de toda la calle, la gente piensa que he perdido el juicio. Yo no creo haber perdido el juicio. Nah. Qué va. Pero todos insisten en que nunca ha habido grafitos en esa calle, la mayoría incluso pretende no entender el significado de la palabra grafito. Como si estuviéramos en los años setenta. Algunos incluso creen que estamos en los años setenta. Pero a mí no conseguirán engañarme, no, no lo harán. Yo ya estoy escarmentado.
Me miro en un escaparate y sucede lo de siempre, la primera vez del día que miro mi imagen en el espejo siempre me sorprendo, siempre advierto que mi ropa está vieja y manchada y que mi pelo está grasiento y que tengo líneas de suciedad en la cara que señalan aún más las arrugas. Unas arrugas que yo no recordaba tener y que no sé de dónde han salido. Pero la sorpresa pasa cuando vuelvo a recordar las pintadas inexistentes, miro al cielo y, según parece, sólo yo puedo ver la inmensa nube multicolor que cubre la ciudad, a punto de descargar y de cubrirnos a todos con los colores del mundo. Y una señora con mantilla y vestida de negro me mira con asco aunque más tarde se acerca y me dice que si quiero una sopa caliente que, por favor, por favor, no dude en acercarme a la parroquia porque allí, unas cuantas señoras de la buena sociedad madrileña están haciendo un trabajo admirable para confortar a los más necesitados y están tan dedicadas a su labor que incluso el Generalísimo en persona condecoró a la Marquesa de Villaverde, una gran mujer, la encargada de la recogida de fondos para la caridad. Y la sopa no es gran cosa pero seguro que me sienta bien, según la señora, porque, además, es posible que tengan algo de ropa usada y que pueda tomar un baño y adecentar un poco mi aspecto, que vivir en la calle es duro pero si perdemos la dignidad lo perdemos todo y Dios nos mira a todos, hijos suyos amadísimos, desde el cielo. Veo entonces al mendigo que escribe versos, que pasa caminando deprisa mientras dos policías le siguen para pedirle la documentación y los policías van vestidos de gris y ahora que me fijo no se ve a nadie hablando por la calle con un teléfono móvil ni tampoco se ven demasiados coches ni hay cabinas de colores fluorescentes ni gente de otro color caminando por las aceras. Lo que sí hay son putas, pero no son rumanas ni nigerianas sino que parecen andaluzas y extremeñas y tienen cara de haber dejado poblachos perdidos en mitad de la nada con la esperanza de ser modistas en la capital o, el mejor sueño de todos, secretarias que escribían a máquina y también tienen todas cara de decepción por no haberlo conseguido y cara de hastío por tener que compartir sudor con tristes viajantes de medias de nylon que aún piensan que son el último grito en la moda femenina. Y miro a la gente y está muy claro quién tiene dinero y quién no lo tiene porque la diferencia en el aspecto entre unos y otros es mucho más nítida que ahora, aunque si soy sincero ya no sé en qué ahora vivo y estoy empezando a asustarme porque tal vez, quién sabe, la dirección en la que llevo los últimos dos meses no exista en este ahora y tal vez, quién sabe, yo ahora sea un niño de doce años que vive en Alhama de Aragón y que va al colegio con el Padre Damián y aprende los ríos de España y el glorioso día del alzamiento nacional y hace caligrafía. Aunque por otra parte, quizá todo esto sea una especie de milagro, la posibilidad de arreglarlo todo de una vez y lo que deba hacer sea viajar a mi pueblo para explicar al niño los pasos en la vida que no debe tomar. Y sobre todo, para prevenirle de que cuando encuentre a una mujer que se llama Clara, que cuando la encuentre, por Dios, que se cambie de acera y no vuelva a mirarla y también para decirle que no se aficione al alcohol, que no lo haga nunca y también para decirle: mírame, si no me haces caso, al final, serás como yo, porque, aunque no lo creas, yo soy tú. Creo. No sé. Estoy algo confuso.
Y prometo ante Dios que la borrachera de anoche será la última de mi vida. Lo prometo y entonces entro en una bodega, regentada por un hombre gordo con mandil que no parece chino e intento comprar un cartón de Don Simon pero no puedo porque el dinero es diferente y además no hay vino en cartones y entonces agarro un botella de vino barato y salgo corriendo y cuando me paro en una de las calles transversales, lejos del hombre gordo, me bebo la mitad con ansia porque ya no entiendo nada y lo que quiero es olvidarlo todo, pero, especialmente, olvidar la nube de pintura que vuela sobre nuestras cabezas y que caerá sobre nosotros como una maldición bíblica.

Y ya estoy mucho mejor.

jueves, junio 19, 2008

Vuelapluma

Que las palabras salgan directamente de mi cabeza sin tener que preocuparme del estilo, tan solo de escribir lo suficientemente rápido, de no cometer ningún error al teclear, que es lo que realmente me retrasa, porque quiero abrir la espita, el grifo, quiero dejar que las cosas salgan, todo. Los remolinos, las dudas, la confusión, el dolor, el cinismo, el desengaño, el pasado (esa entelequia), el futuro (esa entelequia). Qué pretensión la mía, ¿no?
La estampa que recuerdo con esta canción de Stererophonics y el desierto y un coche y el viento ardiente y el polvo. El aburrimiento terrible de vivir y para qué queréis la inmortalidad si no sabéis qué hacer una tarde de domingo. ¿Y que hacéis los que no tenéis pareja los domingos? ¿Qué hacéis? Mi amigo Moncho, tan buena persona y con hábitos tan poco saludables. Otra canción. Y otra imagen, esta mucho más antigua, subiendo en un Renault 5 camino de la sierra, de noche, con la sensación de transgredir algún código cuando, en realidad, pobre iluso, solo vas a echar un polvo. Y otra canción y una cama revuelta y sudor y saliva, no hace tanto de esa cama, no hace tanto. Y libros, muchos libros, una palabra detrás de otra. La sensación ilusionada del viernes por la tarde de hace quince años, esa que también salga. Y la de ahora: un fin de semana para descansar. Dormir, dormir, perder la conciencia y soñar y no recordar lo que has soñado. Y cuál será el mecanismo que marca que recordemos unos sueños y otros no. Seguro que los científicos tienen una explicación razonable o al menos una hipótesis y eso me tranquiliza porque qué fe nos va a quedar a nosotros, pobres descreídos, abandonados por dios -un dios inexistente pero al fin y al cabo, lo queramos o no, un dios que proporcionaba consuelo-, sino la ciencia. Aunque no importe. Ya sabéis que Goethe gritó luz, más luz en el momento de morir. Y un escritor que estoy imaginando, preocupado toda la vida por sus últimas palabras, las palabras que más tarde buscarán los eruditos -que como todos los fetichistas siempre me han parecido gente rara-, porque mi escritor es un gran escritor, muy reconocido, un gran pensador, todo un intelectual, que medita profundamente todo lo que dice a pesar de trabajar en la tertulia de una radio y al que preocupa sobremanera la imagen que se formará la Historia sobre él y sobre todo sobre su Obra. Y entonces va y dice: Mierda. Ja.

My mind is going

(elegía)

Mi ordenador no puede tragar los datos que vienen de la red a toda velocidad por el aire, lo oigo atragantarse, boquear intentando que el oxígeno llegue a sus inexistentes pulmones, protestar, gruñir. Mi ordenador está mayor. Y ya no puede más. Se ha cansado de tener que soportar mis insultos cuando va lento, mis textos con todas esas palabras que el pobre no entiende, unas detrás de las otras. Le he dado mala vida.

Nos hemos dado mala vida mutuamente. He pasado muchas horas ante la pantalla. Estudiando. Leyendo artículos. Trabajando. Muchas horas. He pasado muchas horas esperando correos electrónicos. Como antes esperábamos llamadas telefónicas que nunca llegaban, como antes del teléfono esperábamos el sonido de la bicicleta del cartero, como antes esperábamos al criado con el billete. Esperando.

Mi ordenador se asfixia. Lo oigo luchar por conseguir un poco más de tiempo. Mi ordenador se apaga poco a poco, se extingue, se acaba.

¿Qué estás haciendo Dave? ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?

HAL: I'm afraid. I'm afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it. I can feel it. My mind is going. There is no question about it. I can feel it. I can feel it. I can feel it. I'm a... fraid. Good afternoon, gentlemen. I am a HAL 9000 computer. I became operational at the H.A.L. plant in Urbana, Illinois on the 12th of January 1992. My instructor was Mr. Langley, and he taught me to sing a song. If you'd like to hear it I can sing it for you.

Dave Bowman: Yes, I'd like to hear it, HAL. Sing it for me.

HAL: It's called "Daisy."

[sings while slowing down]
HAL
: Daisy, Daisy, give me your answer do. I'm half crazy all for the love of you. It won't be a stylish marriage, I can't afford a carriage. But you'll look sweet upon the seat of a bicycle built for two.”

2001: A Space Odissey

Así vivimos todos. Atravesados de bits. Ensartados de información. Gracias a ellos. Un minuto de silencio, por favor.

Trabajo

Se despertó completamente descansado. Se desperezó con gusto, se rascó los testículos en un movimiento reflejo del que no fue consciente, se incorporó en la cama y encendió la luz. El día anterior había alineado la ropa en el perchero especial que tenía en el cuarto de baño: la camisa en la percha para que no quedaran arrugas, los pantalones doblados con cuidado, la corbata de seda encima de la camisa. En fin, lo habitual. Le gustaba ponerse la ropa en orden y contemplar su imagen en el espejo. Le hacía sentirse mejor.

Después de atarse los cordones de sus zapatos italianos y de echar el último vistazo al espejo, salió de casa silbando, mal, una melodía que se le había quedado adherida mientras oía la radio al afeitarse. Todo parecía en su sitio. El día estaba seco y luminoso, un poco frío, apenas había nadie en la calle y empezaba una nueva semana.

Bajó al garaje donde guardaba su coche, saludó al vigilante nocturno, que en ese momento se encontraba terminando el turno y preparándose para ir a casa, y se metió en su coche. Arrancó y puso música. Una suite de Mozart que los lunes le parecía la mejor manera de empezar la semana. No había nada que se pareciera a aquella música. Moviendo la mano derecha como si fuera un director de orquesta, se introdujo con fórceps en el atasco y se dedicó a organizar mentalmente las tareas que tenía pendientes en el trabajo.

Tenía la semana complicada. Por más que intentaba organizarse la agenda, había un par de asuntos a los que no encontraba hueco. Quizá todo se debiera a que no los encaraba con gusto y procuraba retrasarlos, de ahí sus problemas para encontrarles un lugar libre en su agenda. Aunque también era cierto que había resuelto una gran cantidad de asuntos parecidos en los últimos cinco años. Por eso no se explicaba por qué en esta ocasión le estuvieran preocupando de aquella manera.

En fin, torturar prisioneros siempre le resultaba difícil. Pero prefería no engañarse. Aquel era su trabajo y era capaz de hacerlo mejor que nadie, algo de lo que se sentía muy orgulloso. Aquel curso que había seguido de técnicas de interrogatorio en los Estados Unidos le había venido muy bien a su carrera. El mérito no era todo suyo, la verdad. Cuando era niño su padre había insistido mucho en que siempre había que hacer el trabajo lo mejor que uno pudiera. Y él se limitaba a aplicar esa moral obrera. La moral de un activista chileno de los derechos humanos, orgulloso de haber conseguido que dos de sus hijos fueran los primeros licenciados universitarios de la familia.

viernes, junio 13, 2008

Persianas

A través del cristal se puede distinguir una silueta. Hay alguien mirando y su figura se recorta contra la luz del cuarto. Si fuéramos nosotros los que observáramos ocultos tras la ventana tendríamos una imagen nítida de la ventana del vecino y, enmarcada en esa ventana, podríamos ver a una pareja follando. Todos los martes y un jueves de cada dos, una pareja se despoja de la ropa, se muerde, se acaricia, se agarra y se revuelca en el sofá que hay en el centro del salón, justo detrás de la ventana sin cortinas. Todos los martes y un jueves de cada dos, el observador pone una silla cómoda en el balcón, corre la cortina y se pone a disfrutar del espectáculo.

Hace mucho tiempo que el mirón no está con una mujer. Cuando ya no puede aguantar más, va al puticlub en el que trabaja una vieja conocida. Pero no puede permitírselo muy a menudo. Su pensión no le da para mucho y, a pesar de vivir en un piso de renta antigua, no puede pagarse una puta cada vez que le apetezca. Un hombre debe aprender a controlarse cuando llega a cierta edad. En eso todo el mundo parece estar de acuerdo. El hecho de que el deseo no disminuya con los años, que solo sea el cuerpo el que ya no responda, no parece tener importancia para los demás, claro. Pero gracias al vecino generoso, que no tiene cortinas y que tiene el detalle de cambiar de pareja a menudo, sus semanas pasan ahora más amables.

Lo que el mirón no sabe es que no está solo. Hay otros cuatro vecinos con una buena perspectiva de la ventana que también conocen la costumbre de los martes y los jueves alternos. Otros cuatro vecinos, ya jubilados, con su mismo deseo insatisfecho, su misma silla cómoda, su mismo piso de renta antigua y su misma nostalgia por el calor de la sangre que él. Vecinos a los que el mirón saluda por la calle porque llevan viviendo en el barrio tanto tiempo como él. Vecinos a los que, de hecho, nunca se atrevería a hacer ningún comentario aunque supiera que todos ellos comparten la afición a mirar por esa ventana. Esas cosas pertenecen a la intimidad de cada uno y él es un hombre educado en valores que ya han pasado de moda.

Los empleados municipales que encontrarán el cadáver dentro de unos días intercambiarán más de una mirada de inteligencia entre ellos. Los cadáveres en general siempre están despojados de dignidad pero hay ocasiones en los que eso es aún más evidente. Esta será una de ellas. Habrán encontrado al anciano con los pantalones en el suelo, sentado en una silla, con su miembro flácido (rígido al fin, gracias al rigor mortis) en la mano, con los ojos muy abiertos fijos en la ventana. Todos estarán de acuerdo en que se tratará de un infarto. Con esa edad, la muerte puede sobrevenir en cualquier momento.

En esa misma semana, los empleados municipales encontrarán cuatro cadáveres más en una situación parecida. Todos ancianos a los que la muerte habrá sorprendido masturbándose mientras miraban con atención a través de la ventana. Algunos se ocultaban detrás de una cortina, otros parecían observar por agujeros estratégicamente realizados en las persianas, pero todos miraban hacia el mismo lugar. Todos miraban la misma ventana de la tercera planta del número 7 de esa calle. Después de realizar la autopsia —autorizada por el juez por el número de muertes en circunstancias parecidas— comprobarán además que los fallecimientos se han producido el mismo día y aproximadamente a la misma hora.

Todos los ancianos habrán muerto a la vez el martes 18 del mes en curso, a las 11.30 de la noche, más o menos. Los encargados del caso no acaban de explicarse el suceso y siguen investigando. A los forenses tampoco se les ha pasado por alto la expresión de placidez de los ancianos en el momento de su muerte. Como si hubieran muerto de felicidad.

miércoles, junio 11, 2008

Estacas

Las estacas del antiguo embarcadero soportan el viento de la playa desierta. A lo lejos, un barco maniobra para fondear. Una lancha rápida surge del barco y se dirige hacia la orilla. Probablemente sean traficantes de droga, decides. Traficantes de droga que van a hacer un intercambio. Televisión y algo de experiencia propia: los intercambios ilegales de cualquier cosa son siempre rápidos y discretos, llegar, solucionar el negocio y marcharse rápido. Será algo parecido. Lo raro de la situación es que hay un coche de la guardia civil detrás de la duna. Parece que la historia se complica para los traficantes. Nah. Los dos guardias civiles están vigilando para que todo salga bien. Quien paga manda. Y ellos realmente no están allí. Han dicho en la casa cuartel que iban de ronda por las playas a vigilar los posibles desembarcos de droga. Y eso es lo que están haciendo.

La pantalla empieza a acumular nieve y de repente no se ve nada. ¿Qué habría pasado? Si volviera la imagen, seguramente se produciría un tiroteo. Los guionistas siempre hacen que los intercambios de droga salgan mal aunque eso, en realidad, no ocurra casi nunca. Si la policía llegara a tiempo más a menudo no veríamos a gente tan nerviosa por la noche. Es posible, por tanto, que el intercambio se realizara correctamente y que de tiroteo, nada. Tal vez los guardias civiles comentaran la jugada con el Negro, un viejo conocido de un pueblo pesquero cercano. Tal vez compartieran unas rayas de cocaína pura sobre el capó del coche mientras hablaban de algo. Los guardias podrían haberle comentado al negro que un conocido suyo, el Andrés, los tenía fritos, que estaba perdiendo pie y que los vecinos comenzaban a protestar, que debía hablar con él para decirle que las farras y las armas no eran buenas compañeras, que si seguía por ese camino, al final no iban a tener más remedio que darle un escarmiento.

El Negro vuelve entonces hacia el pueblo, meditando sobre la mejor manera de decirle a su amigo que la guardia civil le ha llamado la atención, que la última juerga, con aquella bronca en el puticlub, había sido demasiado. Pero el Negro tiene miedo porque su amigo está desquiciado y últimamente no piensa con demasiada claridad. Lleva dos años consumiendo un gramo diario de coca y se ha vuelto un tipo con muy malas pulgas. Como consecuencia de la paranoia, siempre va armado. El también, así que eso no supone ningún problema. Simplemente, no tiene ganas de tener cuestiones con la guardia civil en el pueblo ahora que ha conseguido este bisnes tan guapo. Si consigue aguantar dos años más, se retira. Si consigue ganar otros cien mil euros, ya ha pensado dónde comprar una casita. Lejos de allí, claro. Bien lejos de toda aquella mierda. En un sitio con playa y con mulatas. Y pasar el resto de la vida con una barquita, paseando a turistas y buceadores.

Estaría bien que el Negro consiguiera retirarse, que se enamorara de una mulata, que la vida lo tratara bien. Me cae bien a mí este tipo, delgado y fibroso, tan moreno como alguien de la otra orilla, con el pelo rizado y la nariz griega.

Pero se va la luz y la pantalla de la televisión se queda gris. Como todas las pantallas apagadas. Como todas las historias inconclusas.

Universo

"Pero por otra parte, nuestro universo, aunque macroscópicamente parece fluir en un movimiento continuo y armonioso, es la superposición de un sinfín de pequeñas singularidades, del mismo modo que nuestro planeta, una esfera casi perfecta visto de lejos, presenta una topografía sumamente compleja cuando nos acercamos a su superficie."
Enrique Zuazua. El momento de las Matemáticas.


Ahí queda eso. Casi nada.

lunes, junio 09, 2008

Max

En el sureste español hay un desierto. Uno de verdad, con dunas y colinas pedregosas sin vegetación, con escarabajos que corretean entre la arena y agaves, que es como los mexicanos llaman a las pitas. Las pitas son de las pocas especies de plantas preparadas para sobrevivir allí, a la orilla del mar. Pertenecen a la familia de las cactáceas, plantas con tallos gruesos, con hojas que la evolución transformó en espinas, con flores delicadas, vistosas y efímeras, y con frutos jugosos. En México se destilan tequila y mezcal a partir del agave pero en España sólo se hace aguardiente.

Como en todos los desiertos, en el del sureste español vive gente bastante extraña. Gente que ha decidido privarse de la contemplación de un paisaje fresco y verde. Gente que, de alguna manera, ha decidido mirar el atardecer sobre las colinas desnudas como si se tratara de algo esencial. Y tal vez lo sea, ¿quién sabe? Gente limítrofe, que debe aprender a ahorrar agua y para ello imita a la naturaleza y habita viviendas semienterradas.

En el desierto del sureste español había un hombre que decía ser alemán, con la piel ya morena y curtida por la intemperie, y que tenía antes un museo al que solo se podía acceder después de hacerle un retrato. Aunque el visitante no supiera dibujar, debía realizar el retrato para poder admirar la colección de objetos recuperados del mar, blanquecinos y llenos de sal. El hombre ya murió y no dejó testamento ni última voluntad porque qué sentido hubiera tenido entonces haberse convertido en los setenta en un ermitaño marino dispuesto a vivir solo con los objetos traídos por el agua. El hombre no creía en la propiedad privada y murió como había vivido, sin nada que poder regalar. Si lo pensamos, es admirable morir como se ha vivido, sin dejar que el miedo nos cambie. El caso es que el alemán era famoso en la zona y ahora está muerto y las cosas que recuperó en la costa durante treinta años han vuelto al mar, de una manera u otra. Lo sé porque yo fui su amigo durante los últimos años. Se llamaba Max.

Max murió un seis de julio hace tres años. Desde entonces, yo y un par de personas más que nos considerábamos buenos amigos suyos le recordamos el día de su muerte consumiendo peyote. Según las tradiciones del pueblo Huichol, la planta sagrada surgió de las huellas ensangrentadas de un dios, fugitivo y perseguido por los hombres de la tribu. En México y el sur de Estados Unidos la han consumido de forma tradicional durante cientos de años, pero Jim Morrison escribió algunos versos arrasado por sus efectos y desveló su secreto. Hasta que nuestro alemán muerto plantó peyote y lo cuidó durante treinta años con cariño, esa planta no crecía en España.

Todo está trascurriendo mucho más lentamente, todo está teniendo su propio tiempo, todo está desecándose y cubriéndose de salitre poco a poco. Puedo escuchar el ruido que hace la sal depositándose sobre las plantas, puedo oír el concierto de los granos de arena transportados por el viento, crujiendo como si el cielo estuviera hecho de seda, noto como se eriza mi piel, puedo ver la música, de colores, moviéndose armónica como un charco de aceite agitado por el viento. Este desierto tiene playas de arena entre rocas, con peces, pulpos y sepias a tres metros de profundidad, y resulta extraño oír nuestro propio corazón mientras contemplamos los movimientos espasmódicos de los animales marinos. Bum. Bum.

Max, te echamos de menos. Aunque estuvieras completamente loco.

jueves, junio 05, 2008

Amigo

Mi mejor amigo tiene la mala costumbre de subrayar los libros una y otra vez hasta que los pasajes quedan ilegibles. Lo curioso es que muestra un extraño talento en esta selección pues los pasajes sin marca, situados entre dobles y triples subrayados de colores, son los que yo encuentro, indefectiblemente, los mejores del libro. Durante un tiempo me estuvo preocupando esa extraña simetría. Las cosas en la naturaleza no suelen comportarse así. Por eso decidí hacer una prueba.

Un buen día leí por mi cuenta el mismo libro que mi amigo estaba maltratando con su habitual dedicación y anoté en un cuaderno el número de página y de párrafo de los fragmentos que más me habían gustado. Cuando mi amigo terminó de leer, tomé su ejemplar con curiosidad y comprobé (me lo temía) que había dejado sin marcar sólo aquellos párrafos que yo había seleccionado. Entonces sentí miedo. Inventé una excusa poco convincente y escapé de allí.

Salí a la calle, di unas vueltas por el barrio y, ya más tranquilo, volví a mi casa. Pero no fue fácil dejar de pensar en ello. Ni un solo párrafo de diferencia, ni uno solo. Debía encontrar una explicación. Intentar encontrar explicaciones a lo que no entiendo es algo que forma parte de mi naturaleza. O al menos eso le digo a mi psiquiatra. Me gusta darle vueltas a los problemas desde distintos puntos de vista e intentar ponerme en el lugar de los demás.

Por ejemplo, a veces me gusta imaginar que me convierto en alguien completamente opuesto a mí. Alguien que sería como una especie de negativo fotográfico de mi personalidad. Alguien a quien le gustarían las mujeres delgadas y rubias, la cerveza americana y las novelas de éxito. Cuando se lo conté al psiquiatra me dijo que eso nos pasa a todos y que no es motivo de preocupación, que es normal, que todos soñamos con ser otros diferentes, que todos nos hartamos de ser siempre los mismos, que esa pulsión late en muchas de nuestras adicciones.

Yo le dije que estaba de acuerdo y que me había convencido, que, en realidad, aquello no era tan raro. Pero cuando volví a casa, de nuevo comencé a pensar en la maldita cuestión de los subrayados. No hago más que darle vueltas una y otra vez. Me preocupa cada día más. Durante toda la semana no he podido pensar en otra cosa. No puede tratarse de una casualidad. A ver si consigo hablar con mi mejor amigo del tema porque, últimamente, cada vez que lo busco, ha salido a hacer algo. Por más que lo intento no consigo verlo.

Además, cuando lo llamo al móvil siempre comunica.

domingo, junio 01, 2008

Samurái

El Camino del Samurai está en la muerte. Es necesario meditar cada día sobre la muerte inevitable. Tener cada día, el cuerpo y el espíritu en paz. Hay que meditar sobre la muerte: rasgado por flechas, piedras, lanzas y espadas. Cogido por grandes olas, precipitado al corazón de un gran fuego, golpeado por el relámpago, aplastado por un gran terremoto, cayendo de una roca, morir por una enfermedad o cometer un 'seppuku' en la muerte de su maestro. Cada día sin excepción, hay que considerarse muerto. Esta es la sustancia del Camino del Samurai.

(Forrest Whitaker en Ghost Dog de Jim Jarmush, recitando las enseñanzas del Bushido.)

El despertador suena a las seis y media de la mañana y vuelvo a pensar, como todos los días, que debería acostarme antes de las once. Pasan diez minutos en los que, ya despierto, trato de abrir los ojos. Suena el despertador por segunda vez. Me levanto y voy hacia el baño. Me afeito, me lavo los dientes, me enjuago la boca con colutorio, me meto en la ducha. El agua caliente me sienta bien. Al llegar a la oficina, leeré el correo, bajaré a tomar el primer café de la mañana con un libro, subiré y me sentaré delante del ordenador. Si hay algo urgente que hacer, lo haré y si ese no es el caso, ojearé el periódico y trabajaré en algún proyecto pendiente.
Los días pasan de forma casi imperceptible, acumulándose sobre mi espalda sin esfuerzo. Estoy algo triste pero no le doy importancia, he aprendido que ese sentimiento pasará y que basta con aguantar un par de días para volver a la rutina. Casi diez años trabajando en esta oficina. A veces pienso que mi vida se ha detenido y que no consigo encontrar el interruptor para volver a ponerla en marcha. A veces pienso que el problema es la dirección. Que lo que no consigo encontrar es el volante. Pero la mayoría del tiempo no pienso demasiado sobre ello. Vivo solo y me he acostumbrado a no hablar con nadie al llegar a casa. Me he acostumbrado a leer a autores muertos. A ver películas antiguas. Me he acostumbrado a abstenerme. Ese es el camino.

Un día sonará el teléfono y tendré que cumplir una misión. El trabajo que soy. Ese día, me encaminaré a la sección de personal y pediré un par de días libres. Casi nunca lo hago, así que me los darán. Llamaré a mi agente de viajes para el billete de avión. En casa, prepararé una mochila de viaje. Pondré el despertador mucho antes, me prepararé. Llamaré un taxi, que me llevará al aeropuerto. Volaré y llegaré a cualquier ciudad del continente. Tomaré otro taxi que me conducirá a mi hotel, siempre discreto y de categoría media. Me tomaré dos tragos de ginebra. Me ducharé. Buscaré la dirección que me han proporcionado. Arrancaré una vida y lo haré con respeto. Matar es importante pero no es lo más importante. No soy un carnicero. Puede que a la gente que me paga no le importe. A mí sí. Volveré al hotel. Me ducharé de nuevo, haré la maleta, revisaré la habitación con cuidado. Me despediré en el hotel con una sonrisa. Volveré a casa. Sentado y en silencio, meditaré profundamente. Daré gracias por poder servir a mi señor, presentaré mis respetos a mi enemigo, al que habré puesto en brazos de la muerte. Pensaré en mi honor, en si se ha mantenido limpio, analizaré mi proceder y decidiré si ha sido digno. Me sentiré en paz porque habré podido cumplir mi objetivo una vez más y, más tarde, prepararé la corbata del día siguiente.

El camino del samurái.

lunes, mayo 26, 2008

Morfeo

Me desperté y me dolía horriblemente la pierna izquierda. No recordaba cómo me había hecho la gran herida que tenía en el muslo. No había sangre en la cama. La cama estaba limpia y la herida suturada, con los bordes hinchados pero con buen color. Parecía una herida que comenzaba a cicatrizar.
Lo último que recuerdo es haberme metido en la cama después de un día muy largo, con muchas horas delante de la pantalla del ordenador, con dolor de espalda. No recuerdo haber soñado nada. El caso es que la pierna me palpita y noto el bombeo del corazón en los bordes de la herida. Me levanto con cuidado y me desplomo. La pierna no es capaz de aguantar el peso de mi cuerpo. A la pata coja, consigo llegar al lavabo para orinar. A medida que orino, la herida comienza a desaparecer y comprendo que estoy soñando.
Cuando miro mi pierna derecha, la herida ha cambiado de lugar y ahora es la otra pierna la que palpita. Quiero despertar. Sé que estoy tumbado en la cama y que no tengo ninguna herida en la pierna. No quiero seguir en este sueño de mierda. Sé que estoy tumbado, con el corazón bombeando a un ritmo más bajo del habitual, descansando. Sé que mañana no recordaré esta sensación de asfixia que empieza a apoderarse de mí. Lo sé pero me da igual. Quiero despertar ahora y quiero olvidar esto para siempre.
Despierto y me duele horriblemente la pierna izquierda. La herida sigue ahí. Grito.


Me dormí y soñé con un ocho tumbado, acostado, el símbolo del infinito (en honor de la cinta de Moebius) constituido por muchos otros símbolos de infinito. Recorría incansablemente la cinta buscando a Dios. No lo encontraba y entonces me sentaba al borde de la cinta. Me colgaban los pies.


Volaba a mil metros de altura como los pájaros, sin esfuerzo. Miré desde arriba y pude ver los puentes que sobrevuelan la M-30 con su río de coches a quince metros en vertical; las vías del tren llegando a la estación; las autopistas de circunvalación abrazando los suburbios; la sucesión de torres de alta tensión; el atardecer en el horizonte; las líneas depuradas de los grandes edificios nuevos; el mosaico de los tejados del centro.


El profesor estaba diciendo que los huesos eran estructuras porosas que podían soportar gran presión sin pesar demasiado. La columna vertebral y los huesecillos del oído interno eran, según él, los máximos ejemplos de su perfección formal. Pequeñas piezas que se encajaban unas en otras para dotarnos de estructura, para que pudiéramos mirar sin miedo hacia el horizonte con las manos en la cintura y las piernas bien afirmadas sobre el suelo. Los huesos eran fundamentales porque no tenerlos nos hubiera convertido en algo adiposo y sin forma, amebas gigantes que apenas se podrían desplazar de un sitio a otro. Seres temibles que habrían desarrollado una lengua proyectable y prensil como la de los sapos para alimentarse.


Una libélula de cuerpo violeta zumbaba en los alrededores de una charca. La charca burbujeaba como si estuviera hirviendo. Era de color gris ceniza.

sábado, mayo 24, 2008

Madrid II

(a conde-duque)

Otra vez Madrid con un cielo opresivo sobre nuestras cabezas y una primavera rara, con lluvia, con turistas y sin sol. Un paseo para ver a un hombre vestido de negro con la ropa muy ajada y los zapatos viejos, con una cara antigua, un limpiabotas que carga con sus herramientas: una estampa de hace cincuenta años, de cuando Ferlosio publicaba El Jarama y limpiarse los zapatos en la Gran Vía era el sueño de los habitantes de los pueblos de los alrededores; una señora con pañuelo en la cabeza que parece tener doscientos años y camina lentamente arrastrando un carrito de la compra lleno de objetos recuperados de la basura y un viejo pequeño, calvo y mal educado que vende mecheros por los bares y abronca a todo el mundo; Botín, en Cuchilleros, abierto desde el siglo XVIII y La Posada de la Villa, en la Cava Baja, desde el XVII; el empedrado brillante y luminoso por la lluvia; la actividad en el barrio, con furgonetas de reparto aparcadas en sitios prohibidos y hombres chinos transportando mercancía a pie, descargando maleteros llenos de productos importados. Madrid es un hervidero, un cúmulo, un vórtice, en el que todo el mundo camina creyendo que sabe a dónde va cuando, en realidad, pasa años dando vueltas a los mismos lugares. Cervantes, Galdós, Quevedo, Lope, Valle, todos entendieron la esencia de este pueblo venido a más, este lugar extraño, con mafiosos vestidos con trajes de Armani falsos y señores jubilados con rebecas tejidas a mano, con aspirantes a poetas y ministros, con expertos en marketing viral y diseñadores de páginas web, con gitanos que venden su género a la puerta de sus furgonetas, con traficantes de drogas y borrachos empedernidos.

Y un grafito en la pared dice: "Dulce la espera del que espera a su amada". Y otro: "Puta". Y otro: "Esta ciudad tiene los dientes suaves como cantos rodados, hartos de masticar a gente como tú".

lunes, mayo 19, 2008

Ficción

Un amigo me cuenta que siendo muy joven fue funambulista y hombre bala (sólo una vez que sustituyó al anterior, con tan mala suerte que cayó fuera de la red y se partió una clavícula) y otro amigo lo confirma pues según dice en aquella época se conocieron. Le digo que no me lo creo y cambio de opinión cuando veo su cara de indignación. Parece que sí que fue un hombre bala (sólo una vez y con mala suerte) y funambulista (de apoyo a la chica sobre la que recaía el peso del número). Le explico que no lo estoy llamando mentiroso, que le creo cuando lo veo contar su vida, que tiene cara de decir la verdad, pero que su historia resulta tan increíble que cuando pienso en ella en casa me cuesta un gran esfuerzo seguir haciéndolo. No parece entenderlo.

Otro amigo me dice que, de pequeño, fue la persona que se escondía dentro de una mascota que aparecía constantemente en televisión acompañando a un grupo infantil, que estuvo haciendo ese trabajo durante los años que el grupo estuvo en las listas de éxitos, antes de que se disolvieran y el cantante empezara a aparecer en programas especialistas en airear las vergüenzas de la gente. Me lo jura por lo más sagrado. Yo le digo lo mismo que al primero, le digo: anda ya, eso sí que no, pero cómo vas a ser tú el que estaba dentro de aquel perro gigante de colores. Este no se indigna sino que me dice que crea lo que quiera, que no va a emplear ni un minuto en intentar convencerme. El primer amigo lo confirma. Y también me lo creo.

Una amiga me dice que acaba de tener una niña (que sólo tiene dos meses) y que su marido ha perdido cien mil euros en un negocio del que no ha podido recuperarse, que se ha convertido en un adicto a la cocaína, que se ha ido de casa y lleva un mes sin ver a su hija recién nacida, que la depresión o la paranoia provocadas por las drogas están matándolo y que su deuda (régimen de gananciales) no hace sino aumentar, siempre hacia arriba los números rojos, un agujero que se traga el dinero que el marido aspira por la nariz convertido en polvo blanco. Aunque ha pedido el divorcio, no sabe que será de su vida como madre soltera después de nueve años de matrimonio. También me lo creo.

Entonces pienso que, a diferencia de la literatura, a diferencia de la ficción, la vida no tiene por qué ser verosímil. La vida no tiene por qué ser nada, no tiene reglas ni personajes, no tiene estructura. La vida se parece a lo que quedaría sobre el suelo si consiguiéramos extraer limpiamente los huesos de un rinoceronte, una masa informe de órganos con diferentes colores y texturas, con una parte muy dura, que en realidad no es más que pelo apelmazado.

martes, mayo 13, 2008

Yo

Esto es un espacio para la ficción. Por eso nunca he hablado aquí de mí, de mis emociones, mis creencias, mis pensamientos, mis deseos. Ni falta que hace.

Esto no es un espacio donde aparezca la vida del que está a este lado de la pantalla. No creo que merezca la pena porque yo no soy diferente de los demás. Soy exactamente igual que muchos otros, tengo el mismo miedo, he hecho cosas parecidas, siento la falta de palabras para expresar lo verdaderamente importante. Leo y contemplo pasar la vida a mi alrededor. Habito una vida llena de ficción, como la de todos. Recuerdo lo que me interesa o lo que invento, como todos. Amo a los míos. Es difícil convertirse en algo mío, pero cuando sucede (y aún sucede) es para siempre, para bien y para mal, para ahora y para luego. Para nunca. Odio con poca frecuencia pero con mucha intensidad. Como casi todo el mundo.
Creo que para vivir con ligereza basta con asumir nuestra poca originalidad, la repetición constante del patrón de la vida humana y los ciclos generacionales. El afán de autoafirmación y originalidad en la adolescencia, la búsqueda de un futuro y una vida en la veintena (el sexo, la carrera, las experiencias), la de la estabilidad en la treintena (la hipoteca, los niños, la familia), la de la aceptación en la cuarentena (la mitad del tiempo consumido y no he hecho todo lo que quería ni serían suficientes cuarenta vidas para hacer lo que me hubiera gustado ahora que asumo que el tiempo no vuelve, si es que acaso se va a algún sitio), la de las pérdidas en la cincuentena (ya no existe la barrera de la generación anterior esperando a la muerte antes que la mía y siento el vértigo frío del vacío), la sesentena y la setentena y …

Esto es un espacio para la ficción. Mi nombre es Roberto y soy actor. Mi nombre es Bartleby y soy escribiente. Mi nombre es Miquel y soy pintor.

No se puede diferenciar lo que es verdadero de lo que no, lo que forma parte de mí o de mi personaje, lo que constituyen guiños para quien me conoce y lo que me invento. Y eso me divierte. Eso es todo.

Quizá al final todo se reduzca a eso.

lunes, mayo 12, 2008

Portería

Había nacido en un piso construido en los años cincuenta en la gran ciudad, de esos promovidos por el ministerio de la vivienda y que tenían un águila en un escudo en la puerta que nadie se había preocupado en desmontar cuando llegó la democracia. Su padre había sido portero de aquella misma casa así que cuando le llegó el momento de decidir qué hacer con su futuro y se le presentó la oportunidad de heredar la portería, no se lo pensó.
Empezó a trabajar con dieciocho años como portero y veinticinco años después aún continuaba allí. Nunca había vivido en otro lugar. Cuando su padre murió quince años después que su madre, reformó la casa que tenían en el último piso del inmueble y la decoró más a su gusto. Tiró casi todos los objetos que su madre había sembrado por la casa pero conservó un retrato antiguo en el que sus padres aparecían de jóvenes. Le parecía increíble que sus padres hubieran sido jóvenes alguna vez, el sólo podía recordarlos con la cara llena de arrugas de expresión.
Durante aquellos veinticinco años había intentado aprovechar el tiempo. Se había matriculado en un montón de cursos por correspondencia, se había hecho de un club de lectura, había aprendido inglés, se había cultivado. No se había quedado quieto en la portería leyendo la prensa deportiva y mirando ceñudo cuando aparecía alguien desconocido. Al menos, no todo el tiempo.
Siempre pensaba en la suerte que había tenido con la portería. Tal y como estaban las cosas con la vivienda, no tener que pagar una hipoteca y tener un empleo estable y seguro le parecían el paraíso. Además, cuando apareció Internet, su aburrimiento encontró consuelo. Los libros de la biblioteca a veces le cansaban y últimamente se limitaba a leer el libro que debía comentar en el club. Pero Internet era otra cosa, era imposible aburrirse si uno tenía curiosidad.
Nunca podía viajar porque en agosto los vecinos era cuando más lo necesitaban, se quedaban mucho más tranquilos, decían. En los últimos años, el barrio no era un lugar muy seguro y era mucho mejor que el portero estuviera allí y evitara que se colaran los ladrones vestidos de encuestadores para averiguar qué casas estaban vacías o para robar los cables. Además, él no tenía familia, así que no le importaría dejar las vacaciones para otro mes, decían también.
Cuando en octubre tenía vacaciones, hacía muy mal tiempo en casi todo el mundo al alcance de su presupuesto, excepto en Canarias, donde había estado un par de veces y en el Caribe, donde vivió una historia de amor con una mulata que le rompió el corazón, le vació el bolsillo y le previno en contra de los viajes trasanlánticos. Por eso casi siempre se quedaba en la gran ciudad, metido en su piso de la última planta, leyendo y chateando. Como los vecinos sabían que estaba allí, muchas veces tenía que resolver algún problema relacionado con la finca. No había nadie que conociera sus triquiñuelas como él.
Hoy ha llegado al barrio un desfile de máquinas amarillas por la avenida. Según parece, el nuevo plan urbanístico del ayuntamiento contempla derribar las casas antiguas del barrio para construir nuevos bloques de apartamentos, de esos con portero automático con cámara de vídeo. Han llegado a la finca unas cuantas cartas certificadas que los vecinos no se han molestado en ir a recoger pues el presidente opina que si no se recogen en correos, pueden alegar que no se han recibido. Todos están de acuerdo, algo que sucede raras veces. Han oído tantas veces que el ayuntamiento pretende derribar las casas de realojo del barrio que no acaban de creérselo. A fin de cuentas, aquellas casas han sido suyas durante más de medio siglo y no pueden ponerlos de patitas en la calle, a pesar del nuevo barrio que ha surgido en los alrededores y que está plagado de grandes edificios y centros de convenciones. Sin embargo, hoy el portero no puede dejar de mirar las relucientes máquinas amarillas, con sus enormes pinzas y palas.
Parecen animales hambrientos, piensa.

jueves, mayo 08, 2008

Videocámaras

Decían en tiempos más piadosos que Dios lo sabía todo y además todo el tiempo, así que estoy seguro de que en la jerarquía de los ángeles (Serafines, Querubines y Tronos en el Primer Coro; Dominaciones, Virtudes y Potestades en el Segundo Coro; Principados, Arcángeles y Ángeles en el Tercer Coro), hay una gran cantidad de especialistas en vídeo y audio.
Nuestros ángeles de la guarda, que están siempre a nuestro alrededor, nos graban sin descanso con sus ojos (las Videocámaras de Dios) y envían la información al Cielo a través del canal de satélite correspondiente (ancho de banda infinito). Otros ángeles diferentes, que han conseguido el traslado a las oficinas centrales (los becarios del Paraíso) se ocupan de montar todas las escenas que llegan sin parar.
Nosotros no lo advertimos, pero gracias a ambos, en el Cielo pueden montar cualquier versión, de cualquier estilo, de la película de nuestra vida. Lo tienen absolutamente todo grabado. Pueden montar nuestra película como si se tratara de una ensoñación de David Lynch o llena de saltos a cámara lenta, como si el director fuera John Woo. Pueden hacer cualquier cosa.

Los ángeles de arriba trabajan en una oficina (también infinita, claro) de colores neutros. En cada mesa hay un equipo de última generación para el montaje de las historias de nuestras vidas. La mayoría de las vidas son muy parecidas y el trabajo no es muy satisfactorio, pero los ángeles saben que no pueden dejar de hacer su trabajo porque las escenas tienen que estar siempre disponibles. Si alguno de los protagonistas quiere imaginarse fuera de sí mismo protagonizando su propia vida (si alguien necesita verse acunando a su primer hijo, o besando a su primera esposa) las imágenes son necesarias. El ángel de la guarda (el de abajo) detecta el deseo antes de que se produzca y descarga las imágenes necesarias del Cielo. Entonces, vemos la escena que estábamos buscando y pensamos que recordamos cuando es imposible que se trate de un recuerdo. Podríamos recordar el tacto de la piel del recién nacido, el olor de nuestra primera esposa, el color de los ojos de ambos, pero nosotros estamos dentro de nuestra cabeza y no es posible que nos veamos protagonizando la película de nuestra vida, como si un misterioso director la hubiera rodado. Pero es que resulta que sí que lo ha hecho.

Cuando alguien muere, las imágenes de su vida se introducen en el archivo. Se trata de un sistema que reproduce aleatoriamente segmentos de cualquier vida ya pasada para evitar que el etéreo material del que están hechas acabe por desvanecerse. La proyección tiene lugar dentro de los vivos, normalmente cuando duermen y sueñan. Cuando a veces nos levantamos con la sensación de haber estado a punto de descubrir un secreto crucial, en realidad lo que hemos hecho es asistir al tráiler de una película antigua en la que el actor protagonista ya ha muerto. Lo que nos quedan son las ganas de continuar con la historia, nada más. Aunque sí que aciertan aquellos que piensan que en los sueños se esconde algo más que un mecanismo cerebral. Aciertan porque, cuando dormimos, parte de nuestro cerebro se convierte en un cine de los años cincuenta, con una pantalla gigantesca y una lámpara inmensa colgando del techo abovedado. Y nos encanta estar allí.

miércoles, abril 30, 2008

Pasado

(con cariño)

Qué alegría de veros, ¿cómo os va todo?, ¿tenéis niños?, ¿estáis casados?, ¿seguís dedicándoos a lo mismo?, supongo que ahora la empresa marchará mucho mejor, ¿seguís viviendo en la ciudad?, ¿cómo está tu padre?, ¿y tu hermano?, ¿sigue tocando la guitarra en el grupo?, os acordáis, fue hace ya casi quince años, la hostia, estás estupendo, tío, no has cambiado nada, estás igual, de verdad, te han tratado bien los años.

(Me enfrento al fantasma de alguien que fui alguna vez y que ya no soy, alguien que ya no existe y que curiosamente se me parece mucho pero que, en realidad, se parece mucho más al personaje de una novela que ya no recordaba haber leído. Y lo hago sonriendo.)

Ah, qué recuerdos, hay que ver las cosas que hacíamos, cómo trabajábamos, como vivíamos, cómo éramos. Tampoco hay tanta diferencia, ¿no?, tampoco ha pasado tanto tiempo, no, si quince años no es para tanto, el tiempo no nos ha tratado mal, al menos nos hemos reconocido por la calle, hay gente que cambia tanto...

(Sigo siendo lo que una vez fui, cargo hasta el final con mi pasado, es mejor no tener demasiadas cosas que reprocharse porque se quedan en tu interior y fosilizan igual que las caracolas incrustadas en el mármol rojo que me gustaba contemplar de pequeño.)

Pero ¿te acuerdas?, el cuchitril que compartíamos, las horas interminables trabajando, pero entonces no era un castigo, entonces poder aprender algo nuevo todos los días era cojonudo, y aquel primer proyecto, es curioso ver cómo las cosas fueron encajando de forma natural y aquí estamos, quince años después, hay que joderse.

(Soy una muñeca rusa, llena de infinitas muñecas, que cada año, cada día, cada instante, se recubre de una nueva mientras que las del interior se cubren de polvo.)

Me casé, me divorcié, me casé de nuevo, yo tuve dos niños y estoy encantado, yo no me he casado nunca pero ya voy por mi tercera ex, quién nos iba a decir que íbamos a vernos de esta manera, después de tanto tiempo, es increíble, si no tienes nada que hacer, vamos a comer juntos y así nos ponemos al día.

(El tiempo fluctúa y pierde su consistencia, pierde su naturaleza rectilínea y metálica y hace un arabesco, una curva, se repliega sobre sí mismo y deja de correr hacia delante, deja de pasar, de ocurrir, porque nosotros, en ese momento, no somos nosotros, somos nosotros entonces.)

Nos fueron las cosas bien, cada vez conseguíamos clientes más importantes, nuevo local, más empleados, más trabajo, más facturación, más publicidad. Ya somos una marca muy conocida por aquí y lo mejor es que nos sigue divirtiendo lo que hacemos, que seguimos disfrutándolo. Yo tampoco me puedo quejar, vivo como quiero, o al menos eso me gusta pensar y creo que eso es lo más importante, levantarse todos los días con algo interesante por hacer.

(Quiero creer que me reconocen mucho más de lo que quizá hagan realmente, quiero creer aquello que dijo un premio Nobel de Física hace unos años: el tiempo no pasa, el tiempo es. Y durante un momento, durante un fracción infinitesimal de ese tiempo que no existe, lo consigo. Y sigo sonriendo.)

sábado, abril 26, 2008

Electricidad

A mí, como a los antiguos griegos, la electricidad siempre me ha fascinado.

Se genera en presas, centrales térmicas de ciclo combinado y centrales nucleares donde se transforma cualquier otra energía en energía eléctrica. En una suerte de alquimia del siglo XX.

Se lleva a través de cables (de alta, baja y media tensión) a lugares donde se encamina mediante otros cables. Recorre el mundo circulando por una red de tuberías aéreas.

No se puede almacenar en grandes cantidades y debe consumirse a medida que se produce, por eso su producción se ajusta a voluntad y su distribución hacia un lugar u otro también. Y por eso los sistemas que las controlan son complejos y bellos, como el mundo.

Si se produce de más, se envía a otra parte el caudal sobrante mientras los ingenieros miran las lecturas de las gigantescas pantallas del centro de control, como congelados en una película catastrofista en la que se hubiera desencadenado la tercera guerra mundial.

Si se produce de menos, se acude a otras redes a tomar la que se necesita pero sólo se puede tomar de aquellas redes con las que haya conexión y las conexiones entre las redes de empresas eléctricas dependen además de las inestables leyes del mercado. Las empresas son máquinas engrasadas para aumentar el valor de sus acciones.

Cuando la demanda supera la producción nos quedamos a oscuras, paralizados, mirando como idiotas las pantallas vacías de nuestros ordenadores. Cuando la producción supera a la demanda y no se libera, nos quedamos a oscuras, paralizados, mirando como idiotas las pantallas reventadas de nuestros ordenadores.

Vivimos siempre al filo del apagón, del silencio definitivo de nuestras máquinas, de la muerte de los electrodomésticos y no somos conscientes de ese equilibrio titilante, inestable, a un segundo del caos que nos permite vivir como lo hacemos, rodeados de aparatos eléctricos, atravesados por un constante flujo de electrones. Si, como algunos pájaros y peces, pudiéramos ver los campos electromagnéticos, nos dejaría sin aliento contemplar desde el espacio nuestro planeta, una bola de luz girando toda velocidad brillando intensa contra el negro del cielo.

Ya digo que a mí, como a los antiguos griegos, la electricidad siempre me ha fascinado.

jueves, abril 24, 2008

Cojinete

Hay días en los que me levanto y parece que al mundo le hace falta una pieza minúscula, casi sin importancia (un cojinete de menos, un diminuto muelle) pero que, de alguna manera, es fundamental para que funcione. Esa falta hace que todo parezca ir a trancas y barrancas.

Se atascan los tetrabricks en la cadena de producción y hay que parar la máquina para volver a colocarlos y que cada uno tenga la correspondiente foto del niño desparecido en el lateral. Los coches emiten más dióxido de carbono de lo habitual y los grandes todoterrenos de marca ni siquiera arrancan. El último lince de Sierra Morena muere atropellado por un tractor que siembra la carretera de barro resbaladizo.

Esos días deseo que hubieran fabricado el mundo en una factoría alemana y no en la mierda de nave industrial de los suburbios calabreses donde lo han hecho.

Por ejemplo.

viernes, abril 18, 2008

Sapo

Una princesa de dieciocho años (hoy en día diríamos joven princesa, más bien, pero el tiempo mítico de los cuentos nos permite ser inexactos) caminaba por la ribera del río que pasaba por la inmensa finca de su padre cuando encontró un sapo (de acuerdo, es una estampa tópica pero es lo que tienen los relatos tradicionales, los temas son tópicos y las situaciones previsibles).
Desde luego, lo que no le pasó por la cabeza fue besarlo (cómo besar a un bicho maloliente y lleno de verrugas; las princesas de los cuentos siempre hacen cosas rarísimas, probablemente debido a una falta de atención materna evidente, con todas esas madres muertas y esas madrastras odiosas) sino más bien patearlo (se había criado entre la guardia de confianza de su padre y era un poco chicazo), así que le lanzó una patada que, inexplicablemente, no dio en el blanco. Entonces miró al sapo sorprendida. No entendía cómo era posible que un animal tan lento en tierra hubiera podido esquivar el puntapié. Así que, para no fallar ahora, intentó pisarlo y acabar de una vez con aquel bicho (siempre le habían dado un asco tremendo, aunque evitara mostrarlo en público para no parecer demasiado femenina) pero, una vez más, cuando saltó con todas sus fuerzas intentando aplastarlo, el sapo se escabulló.
La princesa cada vez estaba más enfadada con el sapo y consigo misma (es sabido que la tolerancia a la frustración de los jóvenes ha sido siempre mínima, incluso en el tiempo mítico de los cuentos) así que sacó su espadín (un regalo del teniente Marcial, íntimo amigo de su padre quien, por cierto, últimamente la miraba con ojos raros) para ensartarlo.
Entonces, antes de que sucediera algo irreparable ocurrió la transformación (ya, ya, es demasiado evidente, pero es que en los cuentos las transformaciones tienen el objetivo de mostrar que lo importante está en el interior y que la apariencia externa es lo de menos, aunque ya de mayores comprendamos que los cuentos nunca dicen la verdad y en este tema, menos que en ninguno) y el sapo se convirtió en un príncipe rubio (es importante que sea rubio, los anglosajones, gracias a Disney, han impuesto un ideal de belleza que el cuento debe respetar para ser políticamente correcto).
-¿Pero qué haces? ¿estás loca? -dijo el príncipe.
-No, sólo me dan asco los sapos, nada más -contesto la princesa.
-¿Pero tú no sabes que los sapos pueden ser apuestos príncipes como yo?
-¿Apuesto tú? Pero si pareces una muñequita, si tienes las manos más suaves que las mías. Seguro que no has empuñado una espada en tu vida.
-Por Dios, no sé donde vamos a llegar... Se suponía que la princesa que me besara desharía mi hechizo y se enamoraría perdidamente de mí, que seríamos felices, que tendríamos niños, que comeríamos perdices, lo normal.
-Pues chico, siento decepcionarte, pero es que no me gustas nada de nada. Me pareces una nena. Todavía si fueras moreno y con pelo en el pecho como Marcial... Aunque sí que tengo una prima que igual es tu tipo.
-Gracias por el interés pero déjalo, gracias. Me temo que es demasiado tarde, como no he conseguido que te enamores de mí, estoy a punto de volver a convertirme en sapo.
En ese momento, sóno un chasquido (otra influencia de Disney, casi podemos ver las letras en el aire, dibujadas como en una viñeta remarcando el sonido) y el príncipe se transformó de nuevo en un sapo. Parecía un poco adormilado, como si volviera de un viaje muy largo. Aprovechando la situación, la princesa saltó sobre él. El sapo, despachurrado, le dirigió una última mirada interrogativa cargada de incomprensión.
La princesa simplemente pensó: "Un repugnante sapo menos en el mundo" y después se fue a buscar a Marcial.

jueves, abril 17, 2008

Enviando...

Terminó de escribir un relato en el que no pasaba nada. El protagonista, después de algunas reflexiones sin importancia, se acostaba y se moría. Y casi dos páginas del texto estaban dedicadas a describir lo que sentía y pensaba el moribundo. Nada original: la percepción del tiempo, el último segundo de la vida del protagonista como el más largo de toda su existencia (cuando ve la luz al final del túnel, un fenómeno que según los científicos tiene que ver con la falta de flujo de oxígeno en el cerebro), alguna imagen inconexa, el miedo y más tarde la nada.
Y entre párrafo y párrafo alguna digresión, tampoco demasiado innovadora. La conciencia como el más sorprendente resultado del azar que gobierna el universo; la música de las esferas y los planetas girando en sus órbitas, tan matemáticas; el eterno círculo de la materia, las moléculas del bigote del muerto (la queratina es una proteína con gran contenido en azufre) siendo expulsadas dos millones de años después en una erupción volcánica; la imposibilidad de predecir el comportamiento en sistemas caóticos; en fin, esas cosas. Una especie de reflexión sobre la existencia y lo que supone dejarla para todos nosotros, pobres primates superiores. Y la fantástica complejidad del mundo. Y su belleza.

Entonces, pulsó el botón Enviar del programa de correo electrónico que utilizaba para tener su propio relato en el correo. Así podría leerlo desde cualquier lugar con una conexión a Internet. Como siempre, apareció el mensaje: "Enviando..." en la pantalla. Treinta segundos después el mensaje seguía allí, por lo que parecía claro que el programa se había quedado colgado. En su casa tenía una red inalámbrica y aquello le pasaba de vez en cuando, como si las letras no encontraran el camino correcto a lo largo del pasillo para llegar hasta el router. Volvería a intentarlo y ya está, tampoco era para tanto, los programas se cuelgan constantemente y no pasa nada. Sin embargo, cuando intentó abrir el archivo con el texto, la pantalla se llenó de caracteres incomprensibles. El relato ya no existía.

Desde entonces, cuando va desde su estudio al salón nota un ligero cosquilleo que no sabe a qué achacar y percibe en la retina unos pequeños puntos negros brillantes.

lunes, abril 14, 2008

Última

Un profesor de Ciencias de la Computación de la Universidad Carnegie Mellon va a morir en un plazo no superior a seis meses debido a un cáncer incurable. Como legado para sus hijos decide dar una conferencia llamada "The Last Lecture", es decir, La Última Conferencia. En esta charla, en lugar de hablar de los algoritmos que reducen el ancho de banda necesario para transmitir vídeo de calidad, por ejemplo, va a desgranar consejos vitales para sus tres hijos aún pequeños. El argumento, muy sentimental, ya ha sido aprovechado por Hollywood en algunas ocasiones. Nada que objetar. Hasta aquí no me parece que haya nada raro en el hecho de que alguien a punto de morir desee dejar un legado para la familia que no le conocerá. Supongo que es un impulso muy humano: resolver cuentas pendientes; intentar arreglar lo que ya no tiene arreglo para, al menos, poder decirnos con convicción que lo intentamos; decirle a la gente importante en tu vida que es importante y por qué; decir muchas veces "te quiero"; despedirte de todo el mundo.

Lo que me hace reflexionar de todo el asunto (aparte de la muerte, claro, a quién no le hace reflexionar la muerte, el paso del tiempo y el amor, los tres únicos temas sobre los que merece la pena hacerlo) es que este profesor, además, ha decidido hacer pública su conferencia en Internet. Y su último legado ya lo han visto diez millones de personas. Y no acabo de entender qué necesidad hay de hacer público algo tan íntimo. No comprendo ese afán de notoriedad cuando le faltan sólo unos meses para abandonar este mundo. ¿No sería mejor ir despojándose poco a poco de todo? ¿desembarazarse de lo superfluo? ¿partir ligero?

Y, al otro lado del espejo, tampoco comprendo ese afán por ver el último testimonio de un moribundo. Diez millones de personas quizá han pensado que alguien más cercano al final, a la línea de sombra, alguien cuyos contornos ya se están desdibujando, que se está deshaciendo hora a hora, minuto a minuto, cada vez más cerca de la muerte, puede revelarnos cosas importantes sobre la vida, puede resolvernos algunas de las dudas que nos acompañan desde el principio.

No he visto la conferencia. No pienso hacerlo. No seré yo quién piense que hay una respuesta.

jueves, abril 10, 2008

Lluvia

Los diamantes, el petróleo y los huesos humanos tienen en común el hecho de tener al carbono como uno de sus componentes principales. La niebla cubre el horizonte y el agua cae en una lluvia fina sobre cristales azules.

Otro hombre ha matado a su exmujer y luego se ha suicidado. Una adolescente se quitó la vida después de que su padrastro abusara de ella. Un vagabundo escribe en un blog cómo es la vida en la calle. Tenemos nuevas fotografías en alta definición de Fobos, la luna marciana con nombre de dios griego, personificación del temor y el horror, hijo de Ares y Afrodita. El equivalente romano es Timor, que en malayo significa Este. Cae la lluvia sin prisa y se desliza por las ventanas y si pudiéramos volar como los pájaros y observar suspendidos en el aire desde cinco kilómetros de distancia veríamos las nubes deshaciéndose esponjosas sobre la ciudad.

Las arañas segregan seda, como los gusanos, para atrapar a sus presas. Los pequeños insectos se alegran de acabar desecados sobre tanta perfección geométrica. Si el mar fuera de aceite, los icebergs no existirían. Existen insectos que ponen los huevos en el cuerpo de un animal para que sus larvas tengan alimento suficiente. Existen personas que hacen lo mismo: sus larvas son negras y compactas. Charles Manson ha colgado en Internet su segundo disco; ya no hay vinilos pero si los hubiera, se podría reproducir al revés para escuchar su mensaje salvífico. Llueve sobre el asfalto, sobre los coches, sobre la pintura metálica de la carretera, sobre nuestras cabezas, sobre la fila interminable del atasco de salida de la ciudad, sobre la hierba, sobre los terrones parduzcos, sobre los perros callejeros, sobre las zanjas de las obras paralizadas, sobre nuestros tristes corazones azules.

lunes, abril 07, 2008

Mendigo

Le di alojamiento a aquel mendigo sin esperar nada a cambio, tan solo por la satisfacción de obrar con caridad. Olía fatal y los años en la calle le habían hecho sucio y desconfiado pero esas pruebas sólo fueron un paso más en mi escala hacia la santidad.

Según dicen los descreídos, ya no hay un Dios que nos observe desde las alturas, que lo sepa todo y que conserve en su infinita memoria la lista interminable de nuestros pecados, como el notario que ha sido durante más de dos mil años. No. Según esos manipuladores, los curas dominan como nadie la liturgia de la entrada y la salida de este mundo pero han dejado de ofrecer una explicación convincente a la realidad. Yo no lo creo. Yo sí creo en Él. Pero aún en ese caso, yo seguiría siendo bueno aunque no hubiera nadie para registrarlo. Aunque nadie me observe desde las alturas. En eso consiste la ética, en obrar bien a pesar de saber que no existe recompensa, en apreciar lo humano que compartimos con nuestro prójimo. Me hace sentir bien considerarme una buena persona. Existen muchas almas perdidas sin norte ni dirección: divorciados, abortistas, adúlteros, mendaces, ociosos. Y para todos tengo una mirada de conmiseración.

El mendigo se llamaba Dimitri y era alcohólico. Cuando llevaba tres días en casa le obligué (por su bien) a ducharse, afeitarse y lavar la ropa. También empecé a hablarle de acudir a una clínica de desintoxicación para intentar dejar el alcohol. El no parecía muy convencido pero me dijo que lo pensaría para no perder el alojamiento. La tercera vez que vino borracho le canté las cuarenta muy claramente, le dije que si quería conservar la cama de la habitación de invitados debía comportarse como una persona civilizada. Si quería emborracharse no sería en mi casa, eso estaba claro. Si decidía agarrarse una buena curda, debería dormir al raso esa noche. Estuvo sin venir más de una semana. Cuando al fin apareció, volvía a tener la barba crecida y volvía a oler mal, su ropa estaba manchada de nuevo y su pelo revuelto. Pero estaba sereno. La bondad y la firmeza no tienen por qué estar reñidas. Me dijo que había estado por ahí seis días pero que ahora necesitaba dormir y asearse. Como no había empezado ese día a beber aún, pensó que podría venir a mi casa. Yo le dije que había hecho muy bien, que mi casa siempre estaba abierta para los que son capaces de alejar la tentación, para los que luchan por ser rectos.

Aprovechando que estaba desnudo en la ducha, me acerqué sin hacer ruido, y cuando estaba a su espalda, le clavé una aguja hipodérmica con morfina en el lugar que siempre utilizo y que sé que no entraña peligro para ellos. Cuando se desplomó inconsciente, lo arrastré con dificultad por el suelo y lo subí a la cama. Saqué la cuerda de nylon y lo até, asegurándome de que las ligaduras no le hicieran daño. Cuando acabé, estaba sudando. Cuatro días más tarde, puedo decir que lo peor de su delirium tremens ha pasado ya, tiene mucho mejor color y se le ve cada vez más saludable. Me mira con miedo y no lo entiendo. En mi corazón sólo hay sitio para el amor.

domingo, abril 06, 2008

Marte

"-¿Por qué no utilizamos el fuego químico de la nave en lugar de esa leña?

-¿Qué más da? -respondió Spender sin alzar la mirada.

No estaría bien hacer ruido, en esa primera noche de Marte, introducir un aparato extraño, brillante y tonto como una estufa. Sería una suerte de blasfemia importada. Ya habría tiempo para eso; ya habría tiempo para tirar latas de leche condensada a los nobles canales marcianos; ya habría tiempo para que las hojas del New York Times volaran arrastrándose por los solitarios y grises fondos de los mares de Marte; ya habría tiempo para dejar pieles de plátano y papeles grasientos en las estriadas, delicadas ruinas de las ciudades de este antiguo valle. Habría tiempo de sobra para eso. Y Spender se estremeció por dentro al pensarlo.".

Aunque siga brillando la luna. Crónicas Marcianas. Ray Bradbury.

viernes, abril 04, 2008

Móvil

Cuando Inge se fue de aquel país se llevo el teléfono móvil con ella. Durante un tiempo, recibía de vez en cuando llamadas desde el lugar que había sido su hogar durante más de tres años. Cada vez que recibía una se sentía feliz porque, de alguna manera, recibirla le hacía pensar que no había acabado del todo con su pasado. Pero, claro, un nuevo país siempre implica un cambio de número de móvil porque para la mayoría de los amigos nuevos es muy caro llamar al extranjero a una vecina del barrio. Y cambió de móvil. Empezaba a hacerse de nuevo un hueco en aquel sitio. Después de tanto tiempo empezó a parecerle reconfortante no tener que hacer el esfuerzo de hablar en otra lengua, de tener que estar siempre atenta para entenderlo todo bien, le alegraba haber podido huir de la comida demasiado pesada, de los horarios de locos, de la falta de sueño crónica y de cenar a las diez de la noche. Definitivamente había vuelto a su casa.
Hasta que su tarjeta caducó, todos los sábados por la tarde la insertaba en su nuevo terminal y esperaba. Cuando sonaba el tono que indicaba que había un nuevo mensaje, siempre se le caían las lágrimas. Lágrimas de felicidad.

jueves, marzo 27, 2008

14:25

Me pregunto por qué, exactamente a las 14.25, todos los días, absolutamente todos los días, experimento esta sensación de hastío y cansancio, este peso que me aplasta, esta insatisfacción. Me pregunto por qué tiene que ser a las 14.25 cuando todo el mundo sabe que el tiempo es una ilusión y un invento bajomedieval que aparece a la vez que los relojes.

Entonces, sin apresurarme, me levanto y, con cuidado, adelanto todos los relojes de mi casa un par de minutos. Pero al día siguiente cuando todos esos mismos relojes indican las 14:27, el desánimo arremete en mi contra y vuelvo a hundirme en mí mismo. Durante toda la semana, a las 14:27, ni un minuto antes ni un minuto después, me siento decaído, a disgusto.

A la siguiente semana, me deshago de todos los relojes, intentando, como si fuera un niño que cuando cierra los ojos piensa que los demás no lo ven, evitar la sensación. Quizá si no existen relojes en la casa, mi cuerpo lo olvide todo, olvide que a esa hora tiene la tarea de ponerse mustio. Pero no lo consigo, claro. A pesar de no tener relojes en casa, todos los días me asalta la dichosa sensación y aunque ya no tengo reloj sé que la maldición de las 14:25 sigue estando dentro de mí.

Tras unos meses estoy tan cansado que al final acudo al médico. Después de tres semanas de análisis, el médico me dice que la culpa es del marcapasos que me implantaron hace cinco años. Un defecto de fabricación: su reloj interno, necesario para marcar la frecuencia de mi corazón, no funciona bien. No es la primera vez que ve un caso así. Probablemente tenga que ver con que Siemens ha trasladado la fabricación de los aparatos a China.