jueves, julio 25, 2013

Memoranda

He estado en el mar y no he escrito nada. Me he limitado a escuchar el agua, a mirar a la gente, a leer unos cuantos libros y a disfrutar de la compañía. Esta vez no he llevado un cuaderno de notas, a diferencia de otras en las que sí lo hice con la intención de que el viaje permaneciera con más nitidez en la memoria. Esta vez solo quería descansar, que el tiempo pasara sin apenas dejar huella. Recuerdos que desaparecerán tarde o temprano y solo dejarán tras de sí una sensación (leve) de felicidad.

Me doy cuenta, eso sí, de que cuanto mayor me hago, más tentativa se vuelve mi memoria y por eso más extraño me parece el tiempo, más seguro estoy de su cualidad elástica. Ya había estado en ese pueblo gaditano muchas veces cuando era joven. Y me ha resultado imposible recordar el año en el que fui por primera vez, ni sus calles, ni sus negocios, ni lo que hicimos. Recuerdo un camping, unos amigos veinteañeros, alcohol, baños en el mar al amanecer, un par de chicas pero nada muy firme, la verdad. Solo he sido capaz de situar más o menos la época. Mis recuerdos se organizan en torno a varias etapas de mi vida bien delimitadas (ciudades, trabajos, matrimonios, direcciones) pero apenas tienen perfiles claros, apenas tienen bordes. No es que me preocupe, supongo que es algo que le pasa a todo el mundo a medida que los años y las vacaciones y los viajes se acumulan. Simplemente no tengo clara la cronología exacta de las cosas que me han sucedido. Tengo una memoria tentativa, como decía.

Precisamente por eso, últimamente me han fascinado las novelas autobiográficas de dos escritores diferentes: Siete años, de Peter Stamm y La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård, uno alemán y el otro noruego. Ambas me han parecido muy buenas pero lo que más me ha gustado es que ambos autores sean capaces de evocar los sentimientos que experimentaron años atrás ante una situación u otra con esa precisión. Yo apenas puedo recordar cómo me sentía hace tres años respecto a las grandes cuestiones que todos nos hemos planteado alguna vez: quiénes somos, si somos o no personas familiares, si queremos hijos, si nos gusta lo que hacemos. Claro, estoy seguro ahora de cómo me siento ante esas cosas pero creo que intentar recrear lo que yo pensaba hace solo tres años estaría, inevitablemente, mediatizado por mi percepción actual. Por eso me fascina la técnica de ambos escritores. Creo que ambas novelas son buenas porque los autores son capaces de afilar sus recuerdos infantiles, de volver a sacarles lo cortante que el tiempo ha limado. A pesar de estar basadas en hechos reales (como los telefilmes de la sobremesa), en realidad escriben de un personaje que, casualmente, resulta ser ellos mismos.

Si yo intentara recordar, por ejemplo, mi primer fracaso amoroso, mi primera ruptura, recordaría caminar con una tremenda presión en el estómago y pensar que toda la vida que había conocido hasta el momento no tenía ningún sentido. Escribo esto y empiezo a recordar un paseo hacia mi casa sin poder fijarme en nada, con un pensamiento obsesivo en mi cabeza rebotando una y otra vez y varios días sin hablar con nadie y… Pero lo que me interesa de esto es: ¿lo recuerdo porque lo estoy escribiendo o lo escribo porque estoy recordándolo?

En fin, no es que tenga demasiada importancia, como otras veces. Lo importante de estas novelas es que están bien escritas y que te crees los personajes que las cuentan. Sean ellos quienes sean.

viernes, junio 28, 2013

Películas

Ayer recordé la impresión que me había causado una película, A tumba abierta — de 1994, la primera película de Danny Boyle antes de Transpoitting—, en la que, antes de que el dinero se llevara por delante la amistad y el buen rollo y lo llenara todo de sangre, la manera de vivir de los treintañeros protagonistas me había llamado mucho la atención. Recordé vivamente haber deseado tener una vida parecida alguna vez. Yo no tenía pareja, era estudiante por entonces y la expectativa de acabar viviendo como aquellos jóvenes ingleses, en una casa compartida, llena de detalles primorosos, con una banda sonora de blues suave todos los días a la hora de la cena, me agradaba particularmente.

Lo curioso es que a la película de Boyle me llevó otra película, muy alejada en todo de ella, El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró, del año 1993, más o menos de la misma época. Me vino a la cabeza que la primera vez que la había visto me había gustado mucho, a pesar de ser una de esas películas españolas intensas, de sentimientos y pérdidas. Salía El cabo de Gata antes de que el reflejo metálico del mar de plástico pudiera verse desde el espacio pero no me gustó por eso sino porque creo que no me costó trabajo imaginar para mí una madurez parecida a la de los protagonistas, con varias ex parejas y buscando la soledad en una casa frente al mar. Casi todos los protagonistas de la película eran profesionales liberales —una restauradora, un antiguo médico que se dedicaba a criar perros, un profesor universitario que vivía en Estados Unidos— y supongo que no me costó trabajo imaginarme de esa guisa en un par de décadas.

Ambas películas son de una época similar y ambas son muy diferentes. Ambas me hicieron desear un cierto tipo de vida entonces —treintañero urbanita en casa compartida y maduro solitario en casa frente al mar— y no entiendo por qué. Ahora han pasado las dos décadas y no he cumplido con casi nada de esas dos vidas previstas, excepto en lo de la ex esposa. No sé si significa algo. Cada vez entiendo menos cómo funciona el tiempo. Aparte de algunos detalles, ni siquiera puedo recordar cómo era yo por entonces.

martes, junio 18, 2013

Biespaña

Disculpen la chapa. Avisados quedan.

Vivimos en un país de chiste. Niños pasando hambre y Rubalcaba dice que el pacto que ha alcanzado con Rajoy es como cuando Ramos se pone de acuerdo con Iniesta en la selección. Esa afirmación se parece a esos anuncios en los que resulta más interesante analizar el subtexto que el anuncio en sí, como aquel de coches en el que dos hermanos compiten desde pequeños, sin importarles qué trampa utilizar para ganar, o los de Coca Cola, que ahora se muestran preocupados por que la gente haga ejercicio, como si no fueran ellos responsables en gran parte de que los norteamericanos sean inmensas masas de carne.

Lo interesante de la afirmación de Rubalcaba, ese hombre especializado en pasillos que nunca ha trabajado en nada que no sea la política es, precisamente, el subtexto. La política en España es justo así, una cuestión de fútbol, de aficiones, de banderías.

Hay mucha gente que jamás dejará de votar al PP, por mucho que estén desmontando, no ya los servicios públicos —puedo entender que haya gente con dinero que se niegue a pagar los servicios a los demás, pensando que no se los merecen, que son unos vagos, que deberían haber trabajado tan duro como ellos, (o al menos tener cuatro apellidos), y no chupar de la teta del Estado, esas cosas que piensan estos liberales nuestros, a pesar de ser los primeros en tirar de subvenciones— sino el Estado en sí, el Ejército y la propia idea de país —y esas cosas sí que interesan mucho a las personas rectas y decentes—, sin hablar de la famosa marca España.

Hay mucha gente que jamás dejará de votar al PSOE por mucho que no ofrezcan alternativa o no propongan nada que pueda sacarnos de esta injusticia, por mucho que su ex presidente preferido esté cobrando de una energética. Gente que, aunque mostraran un vídeo de Rubalcaba devorando un niño pequeño y sin ninguna duda fuera cierto y, además, la policía lo detuviera —más tarde, claro, saldría de la cárcel por cualquier cuestión de forma y se volvería a presentar a las elecciones porque, claro, dónde va a ir alguien que nunca ha trabajado en otra cosa— seguirían votándole y aclamándole y afirmando que el vídeo es un montaje de la derecha y que, bueno, que tampoco es para tanto, que para malo, malo, el otro.

Por eso es imposible debatir de política —bueno, la verdad es que en España es imposible debatir de casi nada—, por eso todo se contamina de ideología—los colores del forofo— y, por eso, es imposible alcanzar acuerdos en nada, a pesar de que hay algunas cosas en las que podíamos empezar a trabajar.

A mí me parece claro que el poder debe ejercerse por un máximo de ocho años, porque el poder tiende a pensar que es imprescindible cuando lo imprescindible es que se vayan cuando hayan cumplido. No sé por qué no se discute de ese tema, que no creo que sea ideológico: a ambos partidos les parece mal, qué curioso.

Me parece claro que los partidos políticos deben organizarse en torno a la democracia y que las elecciones primarias deberían ser obligatorias en su organización. Obligatorias. No se puede pretender defender la democracia cuando la organización de la que emanan los dirigentes es como el partido comunista chino —pero con menos sonrisas—. También están de acuerdo ambos partidos en que eso es imposible: qué curioso.

También me parece claro que hay que reformar la ley electoral. No es justo que los partidos minoritarios nacionales estén penalizados de esta forma y que con el doble de votos que los partidos nacionalistas, consigan la mitad de escaños. Tampoco están de acuerdo, cómo no, los dos partidos.

Y eso para empezar. Y sin hablar de ideologías. Solo medidas que reforzarían la democracia.

Así que creo que, como principio general, lo que habría que hacer en España sería intentar casi, casi, casi cualquier cosa —legal, claro— en la que ambos partidos políticos se mostraran en desacuerdo. De esa manera, casi, casi, casi seguro que acertábamos.

miércoles, junio 12, 2013

Lagartos

Cuando era pequeño quería ser arquitecto, no sabía por qué, pero sus padres siempre se lo recordaban. En el caso de haberse dedicado a esa profesión y según el destrozo de la costa española en los últimos treinta años, por una mera cuestión de estadística, probablemente se hubiera convertido en un arquitecto de los que construyen urbanizaciones clónicas en segunda línea de playa para venderlas a un montón de jubilados del norte de Europa, que esperarían a la muerte aquí, al sol, como lagartos con cáncer de piel. Todas las casas estarían construidas en un estilo falsamente español, con arcadas y pórticos, como si las viviendas coloniales de Latinoamérica hubieran sido reinterpretadas por arquitectos californianos, pues ese es el estilo reconocible en las series de televisión que marcan tendencia y un jubilado es un jubilado, por mucho que sea danés. Por la mañana, los mayores, activos y juveniles, irían a la playa a primera hora y ocuparían con sus toallas cuatro metros de arena. A la hora del aperitivo comprarían camisetas divertidas, con lemas como “FBI”, Female Body Inspector, y tomarían mojitos a media tarde. Por las noches, de sus apartamentos idénticos, surgiría el ruido de las discusiones estúpidas o las deliberaciones de los jurados de los programas de televisión por satélite de sus respectivos países. Un pequeño murmullo, miles de consonantes fricativas sonando al unísono, sustituiría a los grillos. Lo más probable, de nuevo según la estadística, es que el arquitecto que pudo haber sido, el responsable de diseñar esos planos, ese montón de nichos espaciosos en los que esperar la muerte, hubiera estado además implicado en algún lío de recalificación de terrenos, pues es normal hartarse de ver a gañanes sin preparación ganando dinero a espuertas y considerarse digno de algo mejor, después de tanto trabajo y estudio. Así que, por mucho que a sus padres les gustara imaginarlo con dinero y construyendo un proyecto señero —uno de esos edificios que la gente visita en las ciudades para comprobar que el futuro por fin ha llegado—, lo más probable, en el caso de haber triunfado en la profesión y, de nuevo según las estadísticas, hubiera sido acabar contribuyendo a la cementación del litoral español. O peor aún, llenándolo de rotondas. Así que, bueno, tampoco estaba tan mal ser científico, al fin y al cabo. Eso les decía a sus padres mientras hacía la maleta. Además, ahora tenemos Skype.

martes, abril 23, 2013

Embarazo

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

El ministro de las cejas blancas y el pelo oscuro, el de las gafas, el de la pinta de ser el más empollón de la clase y de no haberse nunca levantado al lado de una desconocida, y muchísimo menos de un desconocido, el que pasó lo mejor de su alocada juventud en su cuarto, en casa de sus padres, preparándose para ser el primero en sus oposiciones, mientras sus amigos salían de juerga por ahí, por los bares del barrio de Salamanca y conocían los placeres del sexo con señoritas de familia bien, el que era capaz de recitar todos los artículos de la Constitución de memoria porque su padre le había dicho que esa era la ley que debía saberse de memoria si quería progresar en la nueva época; ese ministro que, como muchos de sus amigos, había unido los dos apellidos de su padre en uno solo, para que todos supieran que era hijo de alguien importante, ese ministro, en fin, llevaba unos días con náuseas por la mañana.

Se levantaba de la inmensa cama que compartía con su mujer con el cuerpo revuelto, como si hubiera comido algo por la noche que le hubiera sentado mal y eso era imposible, la verdad, pues llevaba más de veinte años comiéndose un yogur, una fruta y unas nueces para cenar, veinte años corriendo diez kilómetros todas las mañanas y haciendo estiramientos por las tardes, mirando por su corazón, veinte años de disciplina y deporte, que solo había que ver a muchos de sus compañeros de promoción de la facultad para darse cuenta de lo diferente que era él, que daban pena, ancianos, débiles, gordos, ajados, sin fuerza de voluntad. El caso es que no sabía por qué pero se levantaba revuelto, con la sensación de tener el estómago en la boca y se preguntaba, casi sin ser consciente de hacerlo, si no estaría incubando algo.

Su mujer le preguntaba solícita por su salud y todos los días le decía que tenía que ir al médico, sobre todo por las náuseas, sin expresarlo claramente, sin atreverse casi a pensarlo, pero preocupándose por la gran enfermedad que últimamente estaba atacando a tantos de sus conocidos, que si quimio que si radio, que si confía en Dios, que si todas las familias con el corazón en un puño, maldita sea, que parece un castigo del Señor, la enfermedad esta. En cuanto se daba cuenta de que esos pensamientos la atravesaban, los apartaba rápidamente, y ellos, obedientes, se alojaban en una zona recóndita de su cabeza para aparecer de nuevo cuando menos los esperaba.

Un día, su mujer le dijo al ministro-ceja: “Deberías ir al médico. Estoy preocupada. ¿Y si tienes lo mismo que la ministra-buitre?” Y él, claro, le hizo caso. Fue al médico, una bonita consulta en la zona norte de la ciudad, con maderas nobles y el Época y La Razón entre las publicaciones de la sala de espera y esperó, porque no quiso hacer uso del privilegio que le ofrecieron de pasar por delante de los pacientes que ya estaban allí. Él era así, aunque los pacientes hubieran estado encantados de cederle su posición en la cola, él era así, nada de privilegios, por favor, él no estaba en política para forrarse, como algún otro gañán, cuyo nombre todo el mundo ha olvidado, sino porque desde pequeño le inculcaron en su casa el gusanillo del servicio público. Era un orgullo servir a los demás españoles de bien, era un orgullo para él llevar un apellido tan ilustre y sentirse parte de la maquinaria del estado. Si trabajaba catorce horas al día era precisamente por gente como aquella, que esperaba pacientemente su turno en la consulta del médico.

El médico lo reconoció y le dijo que, aunque pareciera increíble, porque él mismo tampoco acababa de creérselo y hubiera hecho las pruebas varias veces para descartar cualquier tipo de error, la verdad era que estaba embarazado. Ni más ni menos, embarazado. Y que, a su edad, él recomendaba una interrupción del embarazo porque, de seguir adelante, pondría en peligro su vida. El ministro-ceja no daba crédito y solo lo creyó cuando el médico le mostró una ecografía en la que se veía un movimiento espasmódico sin explicación. La preocupación que afloró en su cara hizo que sus cejas se pusieran completamente blancas. Ahora precisamente no era un buen momento para tener ese niño, ahora que casi había conseguido hacerse con un hueco para postularse a presidente, ahora que casi se había aupado a lo más alto, era profundamente injusto verse en esa situación. Preguntó al doctor si no estaría exagerando, si no podría llevar a cabo algún tratamiento para llevar el embarazo a término pero el doctor se lo quitó de la cabeza: demasiado arriesgado e inviable para un hombre como él, con tantas ocupaciones. La única posibilidad pasaba por un reposo absoluto y, con tantas obligaciones, no era un tratamiento posible.

Cuando se le hizo evidente al ministro que no tendría otra opción que abortar, lamentó haber modificado la ley que lo regulaba, lamentó haber hecho más restrictivo el acceso y no poder ir a su clínica privada favorita, en la que habían nacido todos sus hijos y allí acabar con el problema de manera segura. Ya era tarde, lo sabía, no podía hacer nada y, pensándolo bien, tendría que haber tenido más en cuenta casos como el suyo, seguro que había algunas mujeres que se habían visto en un caso parecido, mujeres de bien, claro, con carreras directivas importantes, con cargos de responsabilidad, con un supuesto así de complicado, no como esas casquivanas que van a la clínica a las primeras de cambio, no como esas perdidas, sino españolas de bien que se veían ante un caso como el suyo. A su mujer no le dijo nada, no estaba seguro de que lo comprendiera, tan estricta como era en cuestiones de moralidad, pero a su secretaria sí que la llamó para que le reservara un viaje relámpago a Londres.

Los miembros de los servicios diplomáticos aún recuerdan el tremendo lío que tuvieron durante tres semanas en la embajada inglesa. No había manera de que los ingleses creyeran que el hombre de las cejas blancas que habían encontrado desangrado en aquella clínica regentada por médicos indios era un ministro del gobierno español, el mismo que había modificado la ley española al respecto. Afortunadamente, en los periódicos se habló de un ataque al corazón y su mujer pudo llorar con la cabeza bien alta en el entierro, detrás de la mantilla negra y transparente, mientras todo el gobierno le daba el pésame.

lunes, abril 01, 2013

Expediente de Regulación de Empleo

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

El hombre que se encargaba de la gestión de los dineros públicos para subvenciones apuró el quinto gin tonic con arándanos antes de decir a su chófer que medio más, Antonio, que esto se va volao…, como todas las tardes. Antonio se levantó con cierta pesadez y corrió al coche para volver a hacer el camino que esa semana ya había hecho un par de veces, a las Tres Mil y volver, y cuidadito con quién mira el coche y con los muertos vivientes que van de un lado con la vista en el suelo. En el bar lo conocían bien y sabían que invitaba casi siempre que entraba un conocido y, de hecho, estaban a punto de colgar un foto suya justo encima de la cafetera, como en esas casas nobles en las que hay fotografías de los dueños con los reyes, de tan buen cliente como era, que daba gusto verlo despachar con unos y con otros, siempre con los ojos brillantes y el verbo rápido, pues era verdad eso que decía de que no se había emborrachado nunca, que era bebedor, sí, pero que borracho no se había acostado nunca, por estas.

El hombre siempre tenía un chiste en la boca para el primero que le diera pie, o que le dijera eso de “el otro día me contaron uno buenísimo”. Los camareros, además, los festejaban con ganas, por lo de acabar con el tedio y, sobre todo, porque, según se desprendía de sus expresiones cuando subían los ojos al cielo del bar como diciéndose que aquel hombre no tenía remedio, el ser andaluz está hecho así. Es inevitable. Los chistes forman parte de su idiosincrasia y basta que alguien abra la boca con acento del sur para que en el resto del país estén esperando una cuchufleta. El hombre despachaba todas las tardes, entre ida y venida al baño, que hay que ver qué jodido es el tema de la próstata para los hombres con cierta edad, con gente muy variada, gente con trajes italianos de temporada y zapatos hechos a mano y gente con trajes viejos y gastados por los codos, ya anticuados cuando se compraron; con mujeres de perlas, maquillaje y bótox y con señoras de arrugas en la cara marcadas como con cincel; con unos y con otros.

Y siempre que uno de estos personajes ajados se iba del bar, deshaciéndose en elogios, contaba una historia trágica: fíjate en esta pobre mujer, toda la vida trabajando sin cotizar y, ahora, que tiene 67 años no tiene ni para irse a vivir debajo del puente… Yo, como digo siempre, si puedo echar una manita… Y luego decía que había conseguido apuntarla para que le quedara una jubilación decente, qué menos, hombre, si además era la portera del edificio en el que vivía su hija mayor y, a veces, hasta se había quedado con la nieta. Nada, nada, si puedo echar una manita… Después de estos momentos en los que parecía enjugarse alguna lágrima, le decía a su chófer: “esta noche acabamos tú y yo por todo lo alto, por estas, que me han hablado de un nuevo sitio que vas a alucinar. Te lo juro.”. Y luego decía que al poder le faltaba el contacto con los electores, coño, que parece mentira que vivamos de la política y los miremos por encima del hombro, si son nuestra gente, decía. Y los camareros festejaban las ocurrencias de este hombre tan llano y tan cercano, que tan bien relacionado estaba con la Junta y que tanto trabajo parecía sacar adelante acodado en la barra de aquella coctelería.

El día que murió había soñado que una fotografía suya saliendo de los juzgados aparecía en un periódico de Madrid y que sus palabras citadas eran: “yo soy ningún putero ni ningún drogadicto”. Ese día tuvo una visión en la que aparecía sin barba, tapándose la cara con vergüenza y también otra en la que la gente le increpaba y le llamaba chorizo. Incluso le pareció ver a alguno de los que había ayudado tiempo atrás, hay que joderse, cómo es la gente, pensaba, encima de que los ayudas, a la mínima te la clavan por la espalda. Pero lo que, definitivamente, empujó el coágulo hasta una zona letal de su cerebro fue la llamada de la consultora de su mujer, que le decía que había decidido dejar de pagarles el sueldo, que estaban oyendo cosas muy raras y que no se podían arriesgar a salir en los papeles.

Murió con la cara torcida y un hilillo de baba cayendo de su boca, mojando poco a poco los azulejos limpísimos del cuarto de baño del bar, con la expresión del que está seguro de estar haciendo lo correcto. 

viernes, marzo 08, 2013

Otoño

Hoy me he levantado con tal estado de ánimo que estoy seguro que hace diez años hubiera despotricado en mi interior y roto los muebles imaginarios de mi cabeza, pero como han pasado diez años, solo he suspirado, he mirado la imagen del espejo con algo de conmiseración, algo de resignación y algo de simpatía, me he vestido y he salido a la calle camino del trabajo, reflexionando durante el camino sobre lo que cambia tu actitud hacia ti mismo a medida que el paso del tiempo lima los bordes de las cosas y puedes recordarte cuando eras ese tipo que se cabreaba desde por la mañana porque algo no hubiera salido como él esperaba por la noche.

Y luego he pensado lo curioso que resultaba todo, lo extraño que me parecía haber reaccionado como lo hice durante tantos años y lo ajeno que me resultaba yo mismo hace solo una década y entonces he vuelto a tener una de mis ideas recurrentes (“todos somos contingentes pero tú eres necesario” que decían en Amanece que no es poco), que tampoco es mía claro, aunque le haya dedicado bastante tiempo y eso haya sido suficiente para apropiármela un poco, esto es, que nada permanece, que cabalgamos la ola del tiempo como podemos, creyendo tener el control, creyendo ir de forma lineal hacia delante y que no tenemos ni la más remota idea de hacia dónde nos movemos, de si hay algún objetivo.

Y más tarde he pensado en España A. C., antes de la crisis, y me he sorprendido de que solo hayan pasado cinco años y de cómo hemos vuelto a mirar el precio de las cosas, me he sorprendido al ver que otra vez hemos asumido la pobreza con naturalidad, como siempre (mucho menos que la de nuestros padres, pero pobreza), que hemos vuelto a mirar al suelo con culpa por querer ser europeos y participar del bienestar occidental (ay, ese catolicismo) y que hemos empezado a pensar en el futuro como algo que hay que trabajarse todos los días en lugar de pensar en él como en una bonita casa frente al mar, con su pensión y su sueldo y una jubilación a la noruega. Cinco años. Nada si lo piensas.

Y he recordado un cuento de una amiga en la que todo el mundo se despide en el mismo bar por última vez, antes de emigrar, y he pensado que es triste, que estamos mal, que no hay trabajo, que tardaremos años en volver a tener dinero, si es que volvemos a tenerlo. Que este desánimo tiene mal arreglo y que la lluvia y el cielo encapotado no ayudan. Sí, lo he pensado. Pero al final me he dado cuenta de que no es tanto la situación del país, no es tanto el paro y la lluvia, no son las constantes noticias hirientes y la desvergüenza y el robo y el insulto diario a nuestra inteligencia. Es todo eso, pero no solo eso. Es también la nostalgia de saber que me hago viejo y que sigo sin haber aprendido prácticamente nada a pesar de haber pasado muchos días y muchas noches delante de un libro, intentándolo.

Y al final, me he dado cuenta que esto tampoco tiene ninguna importancia.

martes, febrero 12, 2013

Sonrisas

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Yo, he de confesarlo, colaboro alegremente con el mantenimiento del orden social. Más me vale, porque me han dicho en el trabajo que si dejo de sonreír, es posible que tengan que activar la última cláusula del convenio colectivo, la que habla de la alegría permanente por trabajar en esta magna empresa y de las sanciones aplicables por violación de este principio fundacional: acude al trabajo con optimismo pues el trabajo libera y construye la senda del Señor. O algo así. El caso es que como se me ocurra dejar de dar las gracias, de asentir con la cabeza, de mirar al suelo , de callar y, sobre todo, de sonreír, me voy a enterar. Que conste que lo intento. Seguir sonriendo, quiero decir. Claro que, como con cualquier cosa que se me da mal, para mejorar me fijo en los maestros, en esos compañeros cercanos que siempre dicen que sí y que dan cabezazos de aquiescencia cuando un superior les informa de algo. Siempre quedo admirado por su sonrisa sincera, por su convencimiento. Imbéciles, me digo, pero luego rectifico y pienso: no, imbéciles, no, maestros en estos tiempos que corren. Gente que sonríe y que siempre está de acuerdo con las medidas que toma su propia empresa. Aunque sea contra ellos. Les gustaría ser accionistas mayoritarios pero no tienen un solo euro invertido en la empresa. Da igual. Ellos dicen que sí. Siempre dicen que sí y confirman las razones de los directivos, siempre comprensivos con los poderosos, como si eso pudiera garantizarles un futuro entre sus filas. Aunque acaben gaseados con un pijama a rayas muy parecido al de sus pobres compañeros de campo, por mucho que hayan hecho de kapos para los jefes; aunque acaben en el paro, esperando en una cola la comida de caridad que las monjitas han conseguido reunir de la última recolección de fondos en el Palace; aunque sean demasiado bajos, demasiado morenos, demasiado feos para aparecer nunca en una foto de la sección de Sociedad del periódico y parezcan la tía solterona del pueblo, amiga del cura, que siempre pone cara de asco cuando ve a una mujer guapa, imaginándole goces sin cuento. Ellos sonríen. Siempre sonríen. Pobres. Como niños buscando el reconocimiento de sus mayores. Así que aprendo de ellos y sonrío y bajo la cabeza y digo ¡claro!, ¡por supuesto!, cuando nos dicen que nos bajan el sueldo, que nos aumentan las horas, que nos quitan una paga, que nos sodomizarán los lunes, que nos encadenarán a la mesa de trabajo los martes y los jueves. ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Me parece bien! ¡Me parece lógico! ¡Fíjate cómo están las cosas por ahí fuera! ¡Tenemos suerte! ¡Señor, sí señor!

martes, enero 22, 2013

Metálico

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Lo encontraron rígido, con una mano engarfiada alrededor de un pequeño taco de billetes de quinientos euros y una sonrisa lobuna en el rostro, como si en los últimos instantes de consciencia hubiera saboreado placeres innombrables. Un caso extraño, dijo la policía, pero no investigaron mucho. A quién cojones le importaba la suerte de un camello como aquel. Ojalá todos los hijos de puta como este reventaran, pensó el agente de la banderita en la culata de la pistola. Días más tarde encontraron a otro, mucho más gordo, con los mismos síntomas: la mano, la sonrisa y, en este caso, un hilillo de baba reseca en la comisura. Un chulo de putas conocido en el barrio que controlaba a un par de pobre chicas rumanas. Que le den, volvió a pensar el agente, un hijoputa gordo menos.

El gesto de los agentes, sin embargo, cambió al encontrar al siguiente muerto. Llevaba un traje cortado a medida y una corbata de seda, un maletín de lujo y unos zapatos hechos a mano. Una pequeña insignia de plata con las siglas de uno de los partidos políticos más importantes del país destelló durante un momento bajo la luz fluorescente del aparcamiento, poniendo sobre aviso a los agentes, que se miraron con comprensión. Antes de seguir con la investigación tendrían que llamar al comisario para que se acercara a echar un vistazo. Los síntomas eran los mismos que en los casos anteriores, aunque el taco de billetes de quinientos euros era algo más abultado en este caso. Ambos policías no tuvieron que decirse nada en voz alta. Esta vez ni un billete. A saber si el hombre trajeado no llevaba micros o cualquier otra cosa.

El comisario llegó poco más tarde y tardó apenas un segundo en identificar al hombre trajeado. En otro tiempo, cuando había trabajado de escolta y se había encargado de la seguridad de los miembros del partido, había intercambiado con él algunas palabras. Todo el mundo lo trataba con respeto e incluso con algo de miedo. Se decía de él que era la persona que cortaba el bacalao, que no se firmaba una sola factura sin que él lo supiera, que evitaba salir en los papeles porque, como él decía, a la gente verdaderamente importante no la conocía ni Dios y los que salían todo el rato en las portadas luego tenían que pedir permiso a los que no lo hacían. Era campechano y ahora estaba muerto y su mano se contraía alrededor de los billetes como en los dos casos anteriores. Su última sonrisa parecía sugerir la existencia de un mundo pútrido y reluciente, imposible de concebir para la gente corriente.

El equipo forense hizo fotos, tomó huellas, espolvoreó el cuerpo y la ropa y metió el taco de billetes de quinientos en una bolsa transparente, después de fotografiar cuidadosamente los números de serie de todos ellos. Más tarde, vino el juez y el equipo de la funeraria y se llevaron al hombre del partido al anatómico forense. La noticia no tardó en llegar de forma nebulosa a los medios de comunicación y cuando los principales periódicos llamaron interesándose por el caso, el comisario ya tenía preparada una respuesta lo suficientemente vaga como para conseguir algo de tiempo para preparar un comunicado oficial. El senador y hombre del partido había sido encontrado muerto en un aparcamiento en lo que, en una primera impresión, parecía un ataque coronario. Habría que esperar a los resultados de la autopsia para confirmar las causas de la muerte.

Un mes más tarde, el reguero de cadáveres se había extendido a otras ciudades. Camellos, narcotraficantes, gente sin oficio conocido, paquistaníes con locutorios muy frecuentados, chinos con naves industriales llenas de objetos importados, promotores inmobiliarios, concejales y ediles de toda laya y condición, policías de incógnito, políticos que nunca habían hecho otra cosa que moverse entre líneas en los aparatos de los partidos, senadores, señoras con el pelo cardado y el rostro lleno de botox, actores porno, futbolistas y presentadoras de televisión, todos ellos con la mano rígida y aquella sonrisa inquietante en el rostro, todos ellos con el taquito de billetes de quinientos euros entre los dedos deformados.

El primer cadáver no español lo encontraron en Gibraltar, un hombre nacido en Malta de madre gibraltareña y el segundo en el sur de Francia. Cuando empezaron a morir alemanes e ingleses en sus propios países, Europol se hizo con el control del caso y los servicios de inteligencia de los miembros de la OTAN comenzaron a intercambiar correos de forma frenética. Lo único que sabían era que los billetes estaban impregnados de una sustancia venenosa, que solo parecía reaccionar cuando alcanzaba cierta cantidad. Comprobaron además que, en todos los casos, se habían preparado los billetes para que aquello comenzara a actuar cuando se reunieran al menos diez de ellos. Siempre más de cinco mil euros en metálico, en billetes nuevos.

Los chinos tuvieron que retractarse de unas declaraciones en las que achacaban la enfermedad a la codicia occidental —la peste española, tal y como un joven y dinámico periodista en prácticas de la BBC la había bautizado— cuando encontraron muerto al primer hombre de negocios de Shanghái con un taco de cincuenta mil yuanes en la mano. Después vinieron miembros del Partido Comunista bien relacionados, dueños de cadenas de hoteles, encargados de fábricas, incluso un premio Nobel, sensible al leve aleteo de la belleza como las golondrinas a los primeros síntomas del verano. Se produjeron disturbios en Hong Kong cuando una multitud enfadada reclamaba la vuelta a la libra esterlina para los negocios.

Los billetes grandes y nuevos comenzaron a acumular polvo, metidos en las cajas de los bancos, en cajas de seguridad, en maletines de cuero de gacela joven, en bolsas de basura, en cajas de zapatos, en pequeñas oquedades que no se advertían a primera vista, en zulos en medio del monte, bien envueltos en bolsas de plástico para evitar que la humedad acabara con ellos, en cajas fuertes con millones de combinaciones diferentes, en cinturones diseñados para llevar bajo la ropa y poder evitar a las aduanas. Los optimistas afirmaban ilusionados que aquello era una señal, que, si éramos capaces de hacerlo bien, podía ser el final del dinero negro, que ahora sería mucho más difícil esconder operaciones moralmente reprobables.

Los americanos y los ingleses fueron los últimos en verse afectados. Después de aquel reportaje de la CNN, la ONU solo tardó un día en decretar el secreto bancario internacional. 

jueves, enero 10, 2013

Godzilla

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

La señora se despierta y cuando mueve una de sus piernas nota un leve crujido. También se oye el ruido lejano de los gritos. Su cara tiene un brillo grasiento, como todas las mañanas, sus carnes se aposentan sobre su cuerpo en oleadas, como si ella misma fuera la desembocadura de un río de materia corporal, un corriente de grasa licuada. Advierte, aún con el sueño nublando a medias su entendimiento, que no debería estar viendo el cielo desde la cama de su residencia oficial. Sacude rápidamente la cabeza pensando que tal vez no ha acabado de despertarse pero los gritos aumentan de volumen. Cuando se incorpora, comprueba estupefacta que está dentro de su ciudad, sí, pero que todo se ha visto reducido al tamaño de una maqueta algo grande. La temperatura de la ciudad es la misma —un calor húmedo y supurante que viene del interior— y el olor también —mitad marisma, mitad vertedero— pero las dimensiones no son las correctas. Mira hacia abajo y descubre un montón de gente minúscula corriendo despavorida. Parpadea de nuevo y al moverse ligeramente una lluvia fina de lo que a ella le parece polvo cae desde su posición hacia los pequeños hombres allá abajo, que intentan esconderse de los fragmentos de cristal y hormigón que se desprenden de una estructura blanca, similar a un barco vuelto del revés. Se levanta con esfuerzo, trastabillando ligeramente —demasiado peso para unas rodillas cansadas y viejas, piensa brevemente— y nota como golpea algo con el talón. Cuando baja la vista de nuevo a sus pies puede observar como los diminutos ciudadanos huyen como pueden ante la visión de su inmenso cuerpo en camisón, que ya casi ha destruido el Hemisfèric. Se encontraban viendo una película en tres dimensiones de monstruos prehistóricos submarinos cuando lo que les pareció el gigantesco dedo de un pie entró por una de las paredes, produciendo un descomunal estruendo. Los cascotes caían y la gente, aterrorizada, se agolpaba en las salidas. En el exterior descubrieron a su alcaldesa, mirándolos con cara de sueño desde una altura de más cien metros.

Su excelentísima señora mira sin comprender el paisaje que tiene alrededor. Desde esa altura, puede ver una extensión larga y verde salpicada aquí y allá de estructuras blancas y redondeadas, con cristaleras inmensas, que no consigue identificar. La sensación onírica se hace más fuerte y vuelve a parpadear con fuerza, incluso se pellizca para comprobar si está realmente despierta. La visión de sus dos dedos pellizcándose el brazo desde abajo es sobrecogedora, dos morcillas colosales acabadas en dos uñas con manicura francesa pellizcando una extensión de carne del tamaño de una pequeña colina. Todo el mundo grita y corre, excepto dos hombres y dos mujeres, tan fascinados con el espectáculo que sacan el móvil sin pensar y comienzan a grabar. Ninguno de los cuatro está bastante lejos como para captar el cuadro con perspectiva pero los cuatro vídeos aparecerán en el telediario de la tarde mostrando el gigantesco pie de la munícipe sobre uno de los edificios en los que más empeño había puesto. En ese momento, mientras ella sigue tratando de encajar la situación en un marco lógico de pensamiento —por Dios, si lo único que hice fue tomarme un whisky de más ayer, piensa—, el zumbido de las hélices de los helicópteros comienza a oírse a lo lejos, acercándose, hasta que una voz amplificada y metálica le habla.

—Señora alcaldesa…
—¿Sí?

—Como puede comprobar, nos encontramos en una situación peliaguda. Debido a su tamaño está provocando un caos en la ciudad. Debe retirarse a las afueras para que podamos encargarnos de este asunto.
—¿Asunto? ¿Qué asunto? ¿Dónde pretenden llevarme? —contesta ella con expresión altanera.

—Estamos decidiéndolo. —contesta la voz metálica desde el helicóptero militar.— Hemos tomado las riendas porque los satélites nos han mostrado un caso potencialmente peligroso para la seguridad nacional.
—Yo soy la primera es interesarme por la seguridad nacional, se lo aseguro, pero tienen que decirme el lugar al que van a llevar. Soy la alcaldesa, por Dios, y he ganado más veces por mayoría absoluta de lo que muchos otros pueden decir. Esta ciudad la he hecho yo y no me pueden tratar de esta manera. Y mucho menos aquí. En mi tierra.

—Alcaldesa, sea razonable. Sin advertirlo ya ha derribado el Hemisfèric y parte del Oceanografic. La gente está aterrorizada.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Dimitir? ¿Para que puedan hacer conmigo lo que quieran? Tal y como yo lo veo, soy un activo para esta ciudad. Y si mi tamaño se ha multiplicado por cien, mi importancia como activo también se ha multiplicado por esa cantidad.

—No nos corresponde a nosotros tomar esa decisión, señora. —contesta la voz metálica —Debe usted salir del centro de la ciudad para no provocar más destrozos. Hemos despejado dos avenidas para que pueda salir sin causar más daños.
—Yo no me muevo de aquí, le digo. Soy la alcaldesa y esta es mi ciudad. ¡Mi tierra! ¿Entiende? Aquí es donde quiero quedarme. Yo no aspiro a un ministerio si eso supone tener que vivir en la capital. He consagrado mi vida a esta ciudad, a hacerla grande. Traje la copa América, y las carreras de coches, rehíce esta ciudad de pescadores, por el amor de Dios.

—Señora, tenemos órdenes. Si no viene con nosotros por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas. Le advierto que los helicópteros están artillados con misiles y que tenemos orden de disparar a la primera señal de peligro para la población civil.
—¿Disparar? Pero, ¿cómo se atreve? ¿Se atreve a amenazarme? ¿A mí? ¿A la alcaldesa? —contesta la señora mientras de un manotazo derriba el helicóptero más cercano. —Mire, se me ocurre que se me podría construir una residencia de mi tamaño en las afueras y que podría seguir llevando las cuestiones de la alcaldía desde allí. Seguro que sería un motivo más para visitar esta maravillosa ciudad... —continúa la señora mientras los primeros misiles comienzan su vuelo.

miércoles, diciembre 19, 2012

Capitalismo I

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Cuando las empresas salen a bolsa nos cuentan en anuncios con música épica y niños de ojos emocionados que el negocio se socializa, que cualquiera puede tener una pequeña parte de ellas —y qué mejor regalo que dividir entre todos la propiedad de esta gran empresa que fundó mi tatarabuelo, dice el presidente en los periódicos—, aunque, en realidad lo hagan para conseguir una inyección astronómica de capital y así crecer y crecer y seguir creciendo —el mantra empresarial de finales del siglo XX y principios de XXI, como si los recursos fueran infinitos— hasta convertirse en estructuras autónomas con pensamiento propio, que siempre miran el mundo como el Coyote miraba al Correcaminos, como un asado humeante que gira lentamente en un fuego bien vivo, con hambre, con una codicia desesperada, una virtud propia de estos tiempos.

Si los directivos lo hacen bien y gestionan bien los clientes y los negocios, las inversiones y los gastos y, sobre todo, las expectativas y los deseos —curiosa economía la nuestra— la empresa gana dinero y puede repartirlo entre sus accionistas. Los directivos se dedican a eso, a generar valor para el accionista, una frase que abarca desde la creación de cárteles para no bajar demasiado el precio del combustible a las pequeñas escaramuzas en la selva para convencer, esta vez definitivamente, a los indígenas de que el gaseoducto será una fuente de riqueza; desde la obtención de permisos para la construcción de una nueva central de ciclo combinado (con todas esas montañas de carbonilla pulverizada sobre los antiguos bosques, ahora cada vez más grises y metálicos) hasta la factura incomprensible y apoyada en el último informe de Asesoría Jurídica; desde la reducción de plantilla a las relaciones institucionales; desde la gestión de permisos municipales a la contratación de miembros díscolos de familias reales. Todo lo que los accionistas crean bueno, es bueno. El capitalismo funciona así.

Si los directivos lo hacen mal, poco a poco comenzarán a atraerse la atención de los fondos de inversión de alto riesgo que acecharán para abalanzarse en el mejor momento. En la arena de los negocios internacionales, estos fondos se mueven como corrientes subrepticias apoderándose aquí y allá de empresas que antes se dedicaban a producir cosas y a venderlas y que, una vez en la panza de la serpiente, se convierten en máquinas de revalorizar inversiones —un mínimo del 15%, por ejemplo— y que, en cuanto dejan de dar dinero a la velocidad necesaria se descapitalizan, se vacían de personal, se venden por trozos y se liquidan. Así los inversores del fondo de inversión de alto riesgo que se haya hecho cargo de la empresa obtienen el dinero que necesitan para seguir manteniendo sus casas, sus yates, su personal doméstico y demás necesidades insustituibles.

[Digresión] Es importante dejar constancia de que los directivos nunca pagan las consecuencias. Ellos han traspasado esa línea de seguridad que siempre les mantiene a salvo y que ahora en España es tan difícil de cruzar a no ser que se tengan al menos cuatro apellidos ilustres. [Fin de la digresión].

Así que cuando veo esa cara tan ufana de una señora rubia, de familia de banqueros, que posee el fondo de inversión de alto riesgo más rentable del país, me permito imaginar a una abogada, de familia originaria de Alabama, EE. UU. , francotiradora de gran puntería, aficionada a las armas y miembro de la Asociación Nacional del Rifle, exasperada ante su despido —una medida dolorosa pero necesaria para reducir costes y seguir generando valor para el accionista—, introduciendo una única bala explosiva en el cargador de su rifle. Me imagino incluso el chasquido metálico que hace la recámara al cerrarse, el ligero temblor de manos que desaparece tras algunas inspiraciones profundas y el zumbido de la bala al salir a través del silenciador. Y, sobre todo, me imagino el resultado.

Y no sirve de mucho, pero me siento algo mejor.

jueves, diciembre 13, 2012

Al cielo, al cielo

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes


Un momento antes del final, sintieron una presión extraña procedente del suelo del coche, un pequeño salto que se convirtió en un instante en un salto mucho más grande, en una espiral de aire ascendente que elevó el coche varios metros de altura mientras las paredes de metal crujían y se deformaban y el habitáculo se llenaba de un resplandor ígneo que parecía proceder de la espada flamígera de Gabriel, el arcángel. En ese espacio mínimo de tiempo ambos hombres se miraron, con la comprensión claramente dibujada en el rostro, y ambos se desearon por última vez.

—¿Qué tenéis que decir en vuestro favor? —preguntó el Altísimo —. ¿Por qué?, ¿podéis ofrecerme una explicación?
Ambos bajaron la cabeza pero el guardaespaldas nunca había sabido estar callado.
—Siempre hemos cumplido con nuestro cometido, Padre.
—Lo sé, pero esto es muy grave.
—Solo ha sido un momento de debilidad tras una larga vida de sacrificio. Nos han enseñado que vos perdonáis los pecados y los errores de vuestros siervos.
—Sí, pero lo que cuenta es el arrepentimiento final. Os podría hablar de otros casos. Personas a las que la historia no ha tratado bien pero que están aquí, viviendo en la divina dicha perpetua, por haberse arrepentido de corazón. No como vosotros.
—Pero, Padre —repuso el chófer —, la tentación es obra del demonio y nosotros nos hemos resistido.
—Muy cierto, hijo, muy cierto. Y por eso precisamente, porque no quiero que penséis que no soy justo, esperaremos a vuestro testigo.

El gran hombre apenas oía la voz del sacerdote mientras iba entrando poco a poco en el reino de los muertos. Sus cinco hijos lloraban silenciosamente alrededor de su cama, en una habitación rodeada de policía, cuya misión era mantener alejada a la prensa. Hasta los ingleses hacían guardia en la puerta del hospital intentando conseguir alguna fotografía. Aquello era un circo de padre y muy señor mío y eso que la televisión y la radio se habían pasado todo el día hablando de una explosión de gas. El blindaje del coche no había sido suficiente a pesar de que los americanos tenían una gran experiencia en vender coches blindados a hombres de bien con muchos hijos y que todos los domingos, sin faltar uno solo, comulgaban con los ojos en blanco, tocados durante un momento por la gracia divina y el misterio de la transustanciación. El gran hombre abrió los ojos por última vez y contempló a su familia. Había tenido una buena vida, pensó, y en ese momento comenzó a sentirse fuera de sí. Sus cinco hijos empezaron a llorar entre hipidos y la prensa tardó solo unos minutos en comenzar a transmitir la noticia del fin. El gran hombre había muerto por la patria tras recibir los santos sacramentos y en compañía de sus seres queridos. Las pesquisas policiales no tardarían en encontrar a los asesinos. El gran hombre, ante todo, había sido un hombre de honor. Le cabía el estado en la cabeza.

—Os he servido lo mejor que he podido, Señor —dijo con un susurro el gran hombre mientras se postraba a los pies del Altísimo.
—Lo habéis hecho bien, mi buen amigo, mejor que muchos otros. Pero antes de que vayas a disfrutar de tu recompensa perpetua necesito preguntarte algo. ¿Alguna vez has notado algo extraño en las miradas de tus hombres? ¿Podrías decir que siempre han tenido un comportamiento viril?
—Siempre, Señor. Son de lo mejor de nuestros cuerpos de inteligencia, siempre han cumplido con su deber y han demostrado en numerosas ocasiones su arrojo. ¿Me estáis diciendo que…?
—Se sintieron tentados, sí.
—Pues qué sorpresa, Señor, no acaba uno nunca de sorprenderse en esta vida.


lunes, noviembre 26, 2012

Esqueleto

Mi generación fue adolescente en los ochenta y de allá vienen nuestros primeros recuerdos adultos (nuestros primeros recuerdos que no forman parte de una niñez remota e inventada sino parte de lo que hemos sido de forma continua desde entonces): cervezas en la calle y cigarrillos, los primeros besos, el primer sexo, los primeros libros de filosofía, los primeros desengaños, las primeras promesas. La época de la movida, la de la explosión de la música pop, la de los flequillos y los nuevos románticos, la de los punkis y los rockers, La edad de oro, Las vulpes versionando a Iggy Pop y escandalizando a todo un país, el humo de Ketama, quillo, anda que no se nota que ese se está fumando un porro, ¿no ves el humo?, y siempre seremos amigos, ya te digo, y ¿estás seguro de que vas a estudiar eso?, mi tío hizo como tú y se quedó con una ingeniería técnica y luego se arrepintió toda la vida, piénsatelo y no, hijo, no tenemos dinero para que estudies en Málaga, tendrás que hacer aquí una carrera y la primera de tus mujeres (luego hubo más, por razones diferentes) diciéndote que buscaba a alguien más maduro (¡con 17 años!) y pisos feos de ladrillo y profesores convencidos de poder convertirnos en personas inteligentes y el absoluto convencimiento de estar caminando en una dirección diferente a la de nuestros padres, más libre, mejor.

Y lo fue durante un tiempo y nuestros padres tuvieron que soportarnos cuando comenzamos a llegar tarde a casa y a salir más de la cuenta y a llevar el pelo cardado y cazadoras de cuero y a escuchar rock a todo volumen en nuestras habitaciones (que compartíamos con nuestros hermanos menores) y, curiosamente, la educación tomó un camino de dos direcciones, ellos a nosotros y nosotros a ellos, que no entendían muy bien cómo es que Antonio, con lo majo que es, sea maricón y le gusten los chicos, ni tampoco cómo si quieres a Anita y llevas con ella ocho años no te casas y te conformas a irte a vivir con ella y cómo vas a tener hijos sin estar casado y, niño, ten cuidado con quién andas y si ligas por ahí, ponte un condón, anda y si hay que abortar pues se aborta, porque a cualquiera puede desgraciarle la vida un hijo con dieciséis años y aunque no sea plato de gusto para nadie, mejor así, y a ver si aprendes y cómo es ese trabajo que haces de ¿diseñador?, ¿programador?, ¿director de comunicación?, ¿productor musical?, o cualquiera de los trabajos que empezaron a surgir en aquella época y de los que no tenían ni idea, los pobres, tan ocupados como estaban escuchando las coplas de Juanito Valderrama en el radiocasete.

Pero no. Creímos que sí, pero no. España, ese país especialista en expulsar de su seno a los mejores volvió a hacer de las suyas y, otra vez, las finanzas públicas eran un desastre y, otra vez, los arbitristas del siglo XVII daban ideas para salir de la crisis, y, otra vez, la asistencia pública era cuestión de la Iglesia y, otra vez, se miraban muy mal los pelos raros y las pintas estrafalarias y, otra vez, los jóvenes metían sus cosas en una maleta y se montaban en trenes camino de Alemania (mejores maletas, mejores trenes, mejor educación pero el mismo trayecto). Y los que ya no somos jóvenes, los hijos de los obreros que empezamos la universidad en los ochenta y que ascendimos socialmente gracias a los estudios nos quedamos aquí porque habíamos comprado una casa que a nuestro padre (el único que trabajaba en casa) le llevó pagar quince años a un interés del veintidós por ciento y que a nosotros aún nos cuelga del cuello.

Y nos duele. Por la situación, por supuesto y, sobre todo, porque, para muchos de nosotros, aquello que creímos era mentira. Y cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana, que cantaban aquellos y España, una vez más, ha demostrado no ser más que el esqueleto de un gigante y al final siempre son los mismos los que mandan, los de siempre, los que siempre lo han hecho desde hace siglos y los que lo seguirán haciendo cuando ya no estemos aquí, aunque durante un tiempo tuvieran un buen director de prensa que nos hizo creer a todos que ya no, que el país ya no era el mismo, que era otro, un país europeo y decente.

Y ya ven.

lunes, noviembre 12, 2012

Paranoia

Una mujer se tira por la ventana por no poder pagar el piso y, de repente, yo estoy viéndola caer. La mujer se ha tirado desde un sexto y en su caída parecía seguir pensando en cómo reunir el dinero para la cuota, como si le resultara imposible pensar en otra cosa.

La estela que dejan los aviones privados en el cielo es recta, blanca y perfecta pero, poco a poco, se deshilacha y se va haciendo esponjosa, como si hasta ellos tuvieran su corazoncito.

Durante los fines de semana del verano, los ricos miran desde lejos a los bañistas en sus yates, con sus inyecciones de bótox y sus tragedias familiares pendientes de la siguiente herencia. Su corazoncito bombea con el ritmo del mundo. Ellos también tienen preocupaciones. Pobres pequeñines.

Mañana arderá a lo bonzo frente a un ministerio alguien con pantalones de tergal y un jersey de punto y zapatos gastados. Será alguien que lucirá un corte de pelo convencional y que tendrá vello en las orejas, un poco demasiado crecidas por la edad y algún capilar roto en la nariz, porque últimamente bebía de más por problemas económicos. Los vecinos aparecerán en la televisión diciendo que no sabían que iban a ejecutar un desahucio y que cómo iban a saber ellos y tal.

Mañana puede ser pasado mañana, claro.

Creo que hace mucho tiempo un alemán dijo eso de que el sistema capitalista había inventado el crédito para asegurarse la mansedumbre de los trabajadores en las fábricas, encadenados como estaban al pago de las cuotas. También dijo que uno de los grandes motores de la historia era la economía. Yo no digo nada, eh, nada de nada. Solo faltaría.

Yo creo que todo es una gigantesca trama, que todos compartimos las mismas visiones porque el gobierno (un único gobierno mundial que rige nuestros destinos desde las Cruzadas) ha inventado un mecanismo para inyectarnos sueños y estados de ánimo, diría Philip K. Dick, mientras juguetea nervioso con un bolígrafo y mira con disimulo a una esquina particular de la habitación.

Yo creo en la hibridación sexual con las máquinas, diría J. G. Ballard. Tal vez, quién sabe.

Yo ya no sé qué creer. Solo creo que estoy paranoico.

lunes, octubre 15, 2012

Entrevista

Ayer vi a Houllebecq en televisión en una entrevista, con esa pinta de pobre viejo abandonado que se le está poniendo, esa pinta de señor aficionado al alcohol al que hace mucho ha dejado de prestar atención a su apariencia. A mí me gusta lo que escribe Houllebecq aunque me deje pensativo y con mal cuerpo, me gustan sus reflexiones que nos obligan a enfrentar verdades incómodas, me gusta que diga que en algunas de sus novelas, como “Plataforma” se ha limitado a ejercer de observador pero, la verdad, lo vi ahí, con esa pinta de pobre, de infeliz, (y no se trata de juzgarlo literariamente, eh, que conste, no se trata de eso en absoluto, ya he dicho que me gusta lo que escribe y, además, por ejemplo ”El mapa y el territorio” me parece una grandísima novela, que conste también), lo vi ahí, iba diciendo, en la pantalla, con ese rostro cerúleo, de alguien con problemas de hígado o de páncreas, yo qué sé, que me dio mucho pena. Mucha pena. Y mira que admiro yo a este escritor, eh, mira que lo admiro. Pero mucha pena. Esa es la verdad. Tanto sufrimiento. Mucha pena, ya digo.

jueves, octubre 11, 2012

Fea

La mujer más fea del mundo tiene un peluche de color rojo colocado en su mesa y tres fotos de su perro con un pañuelo al cuello, un pequeño terrier blanco que mira a la cámara con inteligencia. La mujer más fea del mundo no tiene fotos de personas cercanas en el escritorio pero sí mil detalles corporativos aquí y allá que va coleccionado, supongo que como pequeños recordatorios de colaboraciones exitosas. Comienza a trabajar a las siete de la mañana y sigue trabajando hasta las ocho de la tarde. Es inmensa y su cara parece haber sufrido la compresión de una prensa. Su expresión no es afable, parece recriminar a los demás una ligereza que solo ella puede ver. A mí, la mujer más fea del mundo me da mucha pena, la verdad, aunque preferiría que no me lo notara en la cara. No estoy seguro de su reacción. Y no me gustaría que me saltara encima.

martes, septiembre 18, 2012

Cañamones

—Que sí, hombre, que se hace así. Mi hermana cogía los tomates, los escaldaba para pelarlos, les ponía sal, y luego los metía al baño María en uno de los botes que tenía preparados. Después los cubría de aceite. Así hacía la conserva. —dice uno de los tres paisanos que están tomando una cerveza a la hora del aperitivo en un pueblo pequeño. El del pelo blanco.
—Claro, si me acuerdo yo, que nos poníamos toda la familia con aquello cuando llegaba esta época… —dice el otro, el del chándal, con gafas que se sienta a su lado.
—¿Pues sabéis que he encontrado una planta de cáñamo un poco más para allá del huerto? —comenta un tercero.
—Cáñamo, dirás marihuana, ¿no?
—Bueno, una amiga mía que tiene fibromialgia dice que te haces una infusión con las hojas y se le pasan los dolores.
—Claro, como que es droga…
—¡Anda ya!, qué va a ser droga ni hostias… si es como prepararse una tisana, como va a ser droga eso.
—Tú verás…
—Que no, coño, cómo va a ser droga hacerse un té de las hojas de una planta. Y además, que es la planta de los cañamones, de la comida de los pájaros. ¿No os acordáis antes, que se compraban para dar de comer a los bichos? Me vas a decir tú que es droga. Anda ya, hombre.
—Bueno, tú la secas y luego te la fumas y me dices si es droga o no es droga. ¡Pues claro!
—Jesús, qué cruz de hombre. Pues, ¿sabes lo que te digo? Que tal y como está la cosa de mal y con las tierras que tengo, he pensado en plantar unas cuantas para sacarme un dinero. Y que cómo va a ser droga hacerse una infusión, que no me lo creo, vamos.
—Tú hazlo, que ya verás como aviso a la Guardia Civil.
—Y ¿qué hizo ayer el Real Madrid?
—Ganó dos a cero.
—Pues será de casualidad porque vaya entrenador que tiene. A ver si se va de una vez que, desde que está no me alegro igual cuando ganamos.

jueves, agosto 23, 2012

Levante

Había viento de Levante, que le llenaba el pelo de arena y los párpados y la ropa. Era normal que la gente se volviera loca con el viento, pensaba, las orejas lo recogían y lo amplificaban y lo envíaban de un pliegue a otro (qué cosa más extraña las orejas), y el viento acababa por inundarlo todo y resultaba imposible pensar. Había nubes, de esas grises y llenas de agua, cubriendo el sol. Y había mar.
Caminaba mirando la línea del horizonte, mucho más clara que en otros días más luminosos. El horizonte, tan diáfano, tan distinguible y delimitador. Miraba y pensaba en cómo funciona la vida, en que todo forma parte de un sistema, en que la manera de razonar de los antiguos (el círculo y el eterno retorno, el tiempo que vuelve) es más exacta que esta manía por definirlo todo en función de las ecuaciones, pensaba todo esto en la ciudad más antigua de Europa occidental. Pensaba porque no tenía nadie con hablar. Pero también intentaba convencerse de que no le importaba. Qué más daba. Estaba bien callarse de vez en cuando. Había decidido que no necesitaba a nadie, que lo importante era que nada le afectara.
Últimamente se sentía como si lo que le pasaba le estuviera sucediendo a otro, como si fuera el espectador de su propia vida, sentado en una silla mirándolo todo por la ventana. Era extraño porque esa era una sensación que había creído abandonar hacía ya bastante tiempo, pero ahora volvía de nuevo. El tiempo era algo elástico que iba y venía, que se estiraba y que se retorcía. Trascurría rápido cuando todo estaba en su sitio, pero se agrandaba y se hacía inmenso e inabarcable cuando aparecían los contratiempos (la misma palabra lo decía, contratiempos). El tiempo era como una cinta de Moebius de color gris acerado.
Dos personas entrenaban en la playa, corriendo en contra de los elementos, fieles al mensaje publicitario de Nike. En ese momento le hubiera gustado ser alguna de ellas, sobre todo la chica rubia, alta y de aspecto elástico que corría con tanto estilo. Una zancada y otra y el mar rompiendo contra la playa y el viento soplando e hinchándoles la ropa deportiva. Hacía muchos años había trabajado en una empresa de publicidad y había participado en una campaña publicitaria pequeñita para esa marca. Utilizar su ingenio para vender productos le había divertido durante algún tiempo. Todos somos putas, y los publicitarios los más putas de todos, recordaba haber dicho con orgullo en alguna ocasión. Pero había ganado dinero y se trataba de eso, ¿no?
Había ido a la playa para diagnosticarse y había sido un error. El diagnóstico estaba claro, lo realmente difícil era la solución. El viento seguía ululando y resoplando, el mar seguía rompiendo, azul grisáceo, contra la playa, una y otra vez, sístole y diástole, insistente como el bombeo de su corazón en su armazón de costillas. Armazón de costillas era una buena frase, pensó, algo literaria pero una buena frase, sin duda. También pensó que hay palabras  que se han recubierto de significado a lo largo del tiempo y corazón es una de ellas. Sólo pensarla y ya se sentía cursi. Si todo está en el cerebro y nada más, por favor..., si el corazón es estúpido, un ingenio hidráulico bien constituido, latido, latido y la sangre roja a las arterias y la venosa a los pulmones para recuperarse, el sistema circulatorio en rojo y azul tal y como aprendimos en el colegio. En fin.
 A veces pensaba que su vida se había convertido en algo parecido a un páramo gris, de color del granizo deshaciéndose tras la tormenta, y a veces que era más bien brillante y reluciente como un coche de marca recién comprado en el concesionario. Todo dependía de por dónde soplara el viento de Levante.
Un par de mujeres en su vida, cuarenta y cinco años bien llevados, un piso en el centro, un buen coche y una casa en la montaña bien acondicionada lo convertían en alguien de éxito, ¿no? ¿No era eso a lo que todo el mundo aspiraba?

martes, agosto 21, 2012

Dentro

Andrés a veces piensa que lo único constante en su vida desde que tiene memoria es que, muchas veces, ha preferido estar dentro de un libro que en cualquier otro lugar (excepto, tal vez, y ya adulto, entre las piernas de una mujer).

lunes, agosto 20, 2012

Imperio

“—Te gustan los bolos, ¿verdad, Montag?
—Los bolos, sí.
—¿Y el golf?
—El golf es un juego magnífico.
—¿Baloncesto?
—Un juego magnífico.
—¿Billar? ¿Fútbol?
—Todos son excelentes.
—Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza el superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos. Y menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el de más allá la noche anterior.”
 Farenheit 451. Ray Bradbury.

Que el fútbol no acabe nunca, que todos los años haya olimpiadas y mundiales, que el snooker y el curling sean deportes de amplitud mundial, que la televisión bombardee constatemente con actividades físicas o bien con blandas homilías sobre la entrega y la esperanza, sobre la capacidad de superación del ser humano. O a Cristiano Ronaldo rematando en posición acrobática. Recuerdo que hace diez años, recién releída esta novela, llegué a EE.UU. y quedé impresionado por la exactitud de la predicción, por lo inequívocamente americana que resultaba (aquellos conductores atropellando a los peatones en las carreteras sin aceras; las pantallas cubriendo las paredes, con imágenes más reales que la propia vida y las personas participando en tiempo real en sus seriales favoritos). Ya no me impresiona. La sustancia de los libros distópicos que nos entusiasmaron de jóvenes se ha ido filtrando poco a poco en todo.

Pero.

La luz de los cuadros de Hopper es la luz del invierno de Madrid aunque es la luz del verano de la costa este de EE.UU. Las personas de sus cuadros no sonríen pero sus cuadros me parecen brillantes y llenos de esperanza. Hopper, el pintor de la melancolía de la vida urbana moderna; Hopper, el retratista de la soledad de medianoche; Hopper, el pintor de la desgraciada modernidad americana. Bah. Lugares comunes. A mí me parece un pintor si no alegre, al menos esperanzado. La exposición me parece muy bien organizada (comisariada es una palabra horrible, me imagino automáticamente un despacho de color gris, con muebles metálicos en los que las fichas sobre los ciudadanos se acumulan poco a poco), se ven sus inicios, sus cambios de técnica, su ojo fotográfico y la luz de las grandes producción de Hollywood a partir de los años cuarenta. El ilustrador del imperio.
Pienso que, como ocurre con otros artistas americanos, sus cuadros parecen reflejar una atmósfera en la que no existe el peso de la tradición, como si hasta la luz fuera más ligera (y los cielos más altos) allí en el Nuevo Mundo, sin el peso de la sangre y de los huesos de la Historia que los cielos europeos parecen soportar y que tanto apabullan a los creadores de aquí, que tanto pesan a la hora de ponerse a escribir o a pintar. Brand new air, Brand new day, dirían ellos tal vez (y una risa, el cloqueo tontorrón de una mujer interrumpe el texto, pobre mujer, tan cerca de los cuarenta, con esa pinta de no haber conocido varón y esa risa tonta, floja; pobre mujer, pienso), algo fresco y nuevo, un nuevo cielo bajo el que todo es posible: Bradbury, Gibson, Eugenides, Delillo, Foster Wallace. Franzen no. Franzen parece europeo. Pienso.