martes, febrero 12, 2013

Sonrisas

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Yo, he de confesarlo, colaboro alegremente con el mantenimiento del orden social. Más me vale, porque me han dicho en el trabajo que si dejo de sonreír, es posible que tengan que activar la última cláusula del convenio colectivo, la que habla de la alegría permanente por trabajar en esta magna empresa y de las sanciones aplicables por violación de este principio fundacional: acude al trabajo con optimismo pues el trabajo libera y construye la senda del Señor. O algo así. El caso es que como se me ocurra dejar de dar las gracias, de asentir con la cabeza, de mirar al suelo , de callar y, sobre todo, de sonreír, me voy a enterar. Que conste que lo intento. Seguir sonriendo, quiero decir. Claro que, como con cualquier cosa que se me da mal, para mejorar me fijo en los maestros, en esos compañeros cercanos que siempre dicen que sí y que dan cabezazos de aquiescencia cuando un superior les informa de algo. Siempre quedo admirado por su sonrisa sincera, por su convencimiento. Imbéciles, me digo, pero luego rectifico y pienso: no, imbéciles, no, maestros en estos tiempos que corren. Gente que sonríe y que siempre está de acuerdo con las medidas que toma su propia empresa. Aunque sea contra ellos. Les gustaría ser accionistas mayoritarios pero no tienen un solo euro invertido en la empresa. Da igual. Ellos dicen que sí. Siempre dicen que sí y confirman las razones de los directivos, siempre comprensivos con los poderosos, como si eso pudiera garantizarles un futuro entre sus filas. Aunque acaben gaseados con un pijama a rayas muy parecido al de sus pobres compañeros de campo, por mucho que hayan hecho de kapos para los jefes; aunque acaben en el paro, esperando en una cola la comida de caridad que las monjitas han conseguido reunir de la última recolección de fondos en el Palace; aunque sean demasiado bajos, demasiado morenos, demasiado feos para aparecer nunca en una foto de la sección de Sociedad del periódico y parezcan la tía solterona del pueblo, amiga del cura, que siempre pone cara de asco cuando ve a una mujer guapa, imaginándole goces sin cuento. Ellos sonríen. Siempre sonríen. Pobres. Como niños buscando el reconocimiento de sus mayores. Así que aprendo de ellos y sonrío y bajo la cabeza y digo ¡claro!, ¡por supuesto!, cuando nos dicen que nos bajan el sueldo, que nos aumentan las horas, que nos quitan una paga, que nos sodomizarán los lunes, que nos encadenarán a la mesa de trabajo los martes y los jueves. ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Me parece bien! ¡Me parece lógico! ¡Fíjate cómo están las cosas por ahí fuera! ¡Tenemos suerte! ¡Señor, sí señor!

martes, enero 22, 2013

Metálico

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Lo encontraron rígido, con una mano engarfiada alrededor de un pequeño taco de billetes de quinientos euros y una sonrisa lobuna en el rostro, como si en los últimos instantes de consciencia hubiera saboreado placeres innombrables. Un caso extraño, dijo la policía, pero no investigaron mucho. A quién cojones le importaba la suerte de un camello como aquel. Ojalá todos los hijos de puta como este reventaran, pensó el agente de la banderita en la culata de la pistola. Días más tarde encontraron a otro, mucho más gordo, con los mismos síntomas: la mano, la sonrisa y, en este caso, un hilillo de baba reseca en la comisura. Un chulo de putas conocido en el barrio que controlaba a un par de pobre chicas rumanas. Que le den, volvió a pensar el agente, un hijoputa gordo menos.

El gesto de los agentes, sin embargo, cambió al encontrar al siguiente muerto. Llevaba un traje cortado a medida y una corbata de seda, un maletín de lujo y unos zapatos hechos a mano. Una pequeña insignia de plata con las siglas de uno de los partidos políticos más importantes del país destelló durante un momento bajo la luz fluorescente del aparcamiento, poniendo sobre aviso a los agentes, que se miraron con comprensión. Antes de seguir con la investigación tendrían que llamar al comisario para que se acercara a echar un vistazo. Los síntomas eran los mismos que en los casos anteriores, aunque el taco de billetes de quinientos euros era algo más abultado en este caso. Ambos policías no tuvieron que decirse nada en voz alta. Esta vez ni un billete. A saber si el hombre trajeado no llevaba micros o cualquier otra cosa.

El comisario llegó poco más tarde y tardó apenas un segundo en identificar al hombre trajeado. En otro tiempo, cuando había trabajado de escolta y se había encargado de la seguridad de los miembros del partido, había intercambiado con él algunas palabras. Todo el mundo lo trataba con respeto e incluso con algo de miedo. Se decía de él que era la persona que cortaba el bacalao, que no se firmaba una sola factura sin que él lo supiera, que evitaba salir en los papeles porque, como él decía, a la gente verdaderamente importante no la conocía ni Dios y los que salían todo el rato en las portadas luego tenían que pedir permiso a los que no lo hacían. Era campechano y ahora estaba muerto y su mano se contraía alrededor de los billetes como en los dos casos anteriores. Su última sonrisa parecía sugerir la existencia de un mundo pútrido y reluciente, imposible de concebir para la gente corriente.

El equipo forense hizo fotos, tomó huellas, espolvoreó el cuerpo y la ropa y metió el taco de billetes de quinientos en una bolsa transparente, después de fotografiar cuidadosamente los números de serie de todos ellos. Más tarde, vino el juez y el equipo de la funeraria y se llevaron al hombre del partido al anatómico forense. La noticia no tardó en llegar de forma nebulosa a los medios de comunicación y cuando los principales periódicos llamaron interesándose por el caso, el comisario ya tenía preparada una respuesta lo suficientemente vaga como para conseguir algo de tiempo para preparar un comunicado oficial. El senador y hombre del partido había sido encontrado muerto en un aparcamiento en lo que, en una primera impresión, parecía un ataque coronario. Habría que esperar a los resultados de la autopsia para confirmar las causas de la muerte.

Un mes más tarde, el reguero de cadáveres se había extendido a otras ciudades. Camellos, narcotraficantes, gente sin oficio conocido, paquistaníes con locutorios muy frecuentados, chinos con naves industriales llenas de objetos importados, promotores inmobiliarios, concejales y ediles de toda laya y condición, policías de incógnito, políticos que nunca habían hecho otra cosa que moverse entre líneas en los aparatos de los partidos, senadores, señoras con el pelo cardado y el rostro lleno de botox, actores porno, futbolistas y presentadoras de televisión, todos ellos con la mano rígida y aquella sonrisa inquietante en el rostro, todos ellos con el taquito de billetes de quinientos euros entre los dedos deformados.

El primer cadáver no español lo encontraron en Gibraltar, un hombre nacido en Malta de madre gibraltareña y el segundo en el sur de Francia. Cuando empezaron a morir alemanes e ingleses en sus propios países, Europol se hizo con el control del caso y los servicios de inteligencia de los miembros de la OTAN comenzaron a intercambiar correos de forma frenética. Lo único que sabían era que los billetes estaban impregnados de una sustancia venenosa, que solo parecía reaccionar cuando alcanzaba cierta cantidad. Comprobaron además que, en todos los casos, se habían preparado los billetes para que aquello comenzara a actuar cuando se reunieran al menos diez de ellos. Siempre más de cinco mil euros en metálico, en billetes nuevos.

Los chinos tuvieron que retractarse de unas declaraciones en las que achacaban la enfermedad a la codicia occidental —la peste española, tal y como un joven y dinámico periodista en prácticas de la BBC la había bautizado— cuando encontraron muerto al primer hombre de negocios de Shanghái con un taco de cincuenta mil yuanes en la mano. Después vinieron miembros del Partido Comunista bien relacionados, dueños de cadenas de hoteles, encargados de fábricas, incluso un premio Nobel, sensible al leve aleteo de la belleza como las golondrinas a los primeros síntomas del verano. Se produjeron disturbios en Hong Kong cuando una multitud enfadada reclamaba la vuelta a la libra esterlina para los negocios.

Los billetes grandes y nuevos comenzaron a acumular polvo, metidos en las cajas de los bancos, en cajas de seguridad, en maletines de cuero de gacela joven, en bolsas de basura, en cajas de zapatos, en pequeñas oquedades que no se advertían a primera vista, en zulos en medio del monte, bien envueltos en bolsas de plástico para evitar que la humedad acabara con ellos, en cajas fuertes con millones de combinaciones diferentes, en cinturones diseñados para llevar bajo la ropa y poder evitar a las aduanas. Los optimistas afirmaban ilusionados que aquello era una señal, que, si éramos capaces de hacerlo bien, podía ser el final del dinero negro, que ahora sería mucho más difícil esconder operaciones moralmente reprobables.

Los americanos y los ingleses fueron los últimos en verse afectados. Después de aquel reportaje de la CNN, la ONU solo tardó un día en decretar el secreto bancario internacional. 

jueves, enero 10, 2013

Godzilla

Hijo de puta hay que decirlo más.
Joaquín Reyes

La señora se despierta y cuando mueve una de sus piernas nota un leve crujido. También se oye el ruido lejano de los gritos. Su cara tiene un brillo grasiento, como todas las mañanas, sus carnes se aposentan sobre su cuerpo en oleadas, como si ella misma fuera la desembocadura de un río de materia corporal, un corriente de grasa licuada. Advierte, aún con el sueño nublando a medias su entendimiento, que no debería estar viendo el cielo desde la cama de su residencia oficial. Sacude rápidamente la cabeza pensando que tal vez no ha acabado de despertarse pero los gritos aumentan de volumen. Cuando se incorpora, comprueba estupefacta que está dentro de su ciudad, sí, pero que todo se ha visto reducido al tamaño de una maqueta algo grande. La temperatura de la ciudad es la misma —un calor húmedo y supurante que viene del interior— y el olor también —mitad marisma, mitad vertedero— pero las dimensiones no son las correctas. Mira hacia abajo y descubre un montón de gente minúscula corriendo despavorida. Parpadea de nuevo y al moverse ligeramente una lluvia fina de lo que a ella le parece polvo cae desde su posición hacia los pequeños hombres allá abajo, que intentan esconderse de los fragmentos de cristal y hormigón que se desprenden de una estructura blanca, similar a un barco vuelto del revés. Se levanta con esfuerzo, trastabillando ligeramente —demasiado peso para unas rodillas cansadas y viejas, piensa brevemente— y nota como golpea algo con el talón. Cuando baja la vista de nuevo a sus pies puede observar como los diminutos ciudadanos huyen como pueden ante la visión de su inmenso cuerpo en camisón, que ya casi ha destruido el Hemisfèric. Se encontraban viendo una película en tres dimensiones de monstruos prehistóricos submarinos cuando lo que les pareció el gigantesco dedo de un pie entró por una de las paredes, produciendo un descomunal estruendo. Los cascotes caían y la gente, aterrorizada, se agolpaba en las salidas. En el exterior descubrieron a su alcaldesa, mirándolos con cara de sueño desde una altura de más cien metros.

Su excelentísima señora mira sin comprender el paisaje que tiene alrededor. Desde esa altura, puede ver una extensión larga y verde salpicada aquí y allá de estructuras blancas y redondeadas, con cristaleras inmensas, que no consigue identificar. La sensación onírica se hace más fuerte y vuelve a parpadear con fuerza, incluso se pellizca para comprobar si está realmente despierta. La visión de sus dos dedos pellizcándose el brazo desde abajo es sobrecogedora, dos morcillas colosales acabadas en dos uñas con manicura francesa pellizcando una extensión de carne del tamaño de una pequeña colina. Todo el mundo grita y corre, excepto dos hombres y dos mujeres, tan fascinados con el espectáculo que sacan el móvil sin pensar y comienzan a grabar. Ninguno de los cuatro está bastante lejos como para captar el cuadro con perspectiva pero los cuatro vídeos aparecerán en el telediario de la tarde mostrando el gigantesco pie de la munícipe sobre uno de los edificios en los que más empeño había puesto. En ese momento, mientras ella sigue tratando de encajar la situación en un marco lógico de pensamiento —por Dios, si lo único que hice fue tomarme un whisky de más ayer, piensa—, el zumbido de las hélices de los helicópteros comienza a oírse a lo lejos, acercándose, hasta que una voz amplificada y metálica le habla.

—Señora alcaldesa…
—¿Sí?

—Como puede comprobar, nos encontramos en una situación peliaguda. Debido a su tamaño está provocando un caos en la ciudad. Debe retirarse a las afueras para que podamos encargarnos de este asunto.
—¿Asunto? ¿Qué asunto? ¿Dónde pretenden llevarme? —contesta ella con expresión altanera.

—Estamos decidiéndolo. —contesta la voz metálica desde el helicóptero militar.— Hemos tomado las riendas porque los satélites nos han mostrado un caso potencialmente peligroso para la seguridad nacional.
—Yo soy la primera es interesarme por la seguridad nacional, se lo aseguro, pero tienen que decirme el lugar al que van a llevar. Soy la alcaldesa, por Dios, y he ganado más veces por mayoría absoluta de lo que muchos otros pueden decir. Esta ciudad la he hecho yo y no me pueden tratar de esta manera. Y mucho menos aquí. En mi tierra.

—Alcaldesa, sea razonable. Sin advertirlo ya ha derribado el Hemisfèric y parte del Oceanografic. La gente está aterrorizada.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Dimitir? ¿Para que puedan hacer conmigo lo que quieran? Tal y como yo lo veo, soy un activo para esta ciudad. Y si mi tamaño se ha multiplicado por cien, mi importancia como activo también se ha multiplicado por esa cantidad.

—No nos corresponde a nosotros tomar esa decisión, señora. —contesta la voz metálica —Debe usted salir del centro de la ciudad para no provocar más destrozos. Hemos despejado dos avenidas para que pueda salir sin causar más daños.
—Yo no me muevo de aquí, le digo. Soy la alcaldesa y esta es mi ciudad. ¡Mi tierra! ¿Entiende? Aquí es donde quiero quedarme. Yo no aspiro a un ministerio si eso supone tener que vivir en la capital. He consagrado mi vida a esta ciudad, a hacerla grande. Traje la copa América, y las carreras de coches, rehíce esta ciudad de pescadores, por el amor de Dios.

—Señora, tenemos órdenes. Si no viene con nosotros por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas. Le advierto que los helicópteros están artillados con misiles y que tenemos orden de disparar a la primera señal de peligro para la población civil.
—¿Disparar? Pero, ¿cómo se atreve? ¿Se atreve a amenazarme? ¿A mí? ¿A la alcaldesa? —contesta la señora mientras de un manotazo derriba el helicóptero más cercano. —Mire, se me ocurre que se me podría construir una residencia de mi tamaño en las afueras y que podría seguir llevando las cuestiones de la alcaldía desde allí. Seguro que sería un motivo más para visitar esta maravillosa ciudad... —continúa la señora mientras los primeros misiles comienzan su vuelo.

miércoles, diciembre 19, 2012

Capitalismo I

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes

Cuando las empresas salen a bolsa nos cuentan en anuncios con música épica y niños de ojos emocionados que el negocio se socializa, que cualquiera puede tener una pequeña parte de ellas —y qué mejor regalo que dividir entre todos la propiedad de esta gran empresa que fundó mi tatarabuelo, dice el presidente en los periódicos—, aunque, en realidad lo hagan para conseguir una inyección astronómica de capital y así crecer y crecer y seguir creciendo —el mantra empresarial de finales del siglo XX y principios de XXI, como si los recursos fueran infinitos— hasta convertirse en estructuras autónomas con pensamiento propio, que siempre miran el mundo como el Coyote miraba al Correcaminos, como un asado humeante que gira lentamente en un fuego bien vivo, con hambre, con una codicia desesperada, una virtud propia de estos tiempos.

Si los directivos lo hacen bien y gestionan bien los clientes y los negocios, las inversiones y los gastos y, sobre todo, las expectativas y los deseos —curiosa economía la nuestra— la empresa gana dinero y puede repartirlo entre sus accionistas. Los directivos se dedican a eso, a generar valor para el accionista, una frase que abarca desde la creación de cárteles para no bajar demasiado el precio del combustible a las pequeñas escaramuzas en la selva para convencer, esta vez definitivamente, a los indígenas de que el gaseoducto será una fuente de riqueza; desde la obtención de permisos para la construcción de una nueva central de ciclo combinado (con todas esas montañas de carbonilla pulverizada sobre los antiguos bosques, ahora cada vez más grises y metálicos) hasta la factura incomprensible y apoyada en el último informe de Asesoría Jurídica; desde la reducción de plantilla a las relaciones institucionales; desde la gestión de permisos municipales a la contratación de miembros díscolos de familias reales. Todo lo que los accionistas crean bueno, es bueno. El capitalismo funciona así.

Si los directivos lo hacen mal, poco a poco comenzarán a atraerse la atención de los fondos de inversión de alto riesgo que acecharán para abalanzarse en el mejor momento. En la arena de los negocios internacionales, estos fondos se mueven como corrientes subrepticias apoderándose aquí y allá de empresas que antes se dedicaban a producir cosas y a venderlas y que, una vez en la panza de la serpiente, se convierten en máquinas de revalorizar inversiones —un mínimo del 15%, por ejemplo— y que, en cuanto dejan de dar dinero a la velocidad necesaria se descapitalizan, se vacían de personal, se venden por trozos y se liquidan. Así los inversores del fondo de inversión de alto riesgo que se haya hecho cargo de la empresa obtienen el dinero que necesitan para seguir manteniendo sus casas, sus yates, su personal doméstico y demás necesidades insustituibles.

[Digresión] Es importante dejar constancia de que los directivos nunca pagan las consecuencias. Ellos han traspasado esa línea de seguridad que siempre les mantiene a salvo y que ahora en España es tan difícil de cruzar a no ser que se tengan al menos cuatro apellidos ilustres. [Fin de la digresión].

Así que cuando veo esa cara tan ufana de una señora rubia, de familia de banqueros, que posee el fondo de inversión de alto riesgo más rentable del país, me permito imaginar a una abogada, de familia originaria de Alabama, EE. UU. , francotiradora de gran puntería, aficionada a las armas y miembro de la Asociación Nacional del Rifle, exasperada ante su despido —una medida dolorosa pero necesaria para reducir costes y seguir generando valor para el accionista—, introduciendo una única bala explosiva en el cargador de su rifle. Me imagino incluso el chasquido metálico que hace la recámara al cerrarse, el ligero temblor de manos que desaparece tras algunas inspiraciones profundas y el zumbido de la bala al salir a través del silenciador. Y, sobre todo, me imagino el resultado.

Y no sirve de mucho, pero me siento algo mejor.

jueves, diciembre 13, 2012

Al cielo, al cielo

Hijo de puta hay que decirlo más
Joaquín Reyes


Un momento antes del final, sintieron una presión extraña procedente del suelo del coche, un pequeño salto que se convirtió en un instante en un salto mucho más grande, en una espiral de aire ascendente que elevó el coche varios metros de altura mientras las paredes de metal crujían y se deformaban y el habitáculo se llenaba de un resplandor ígneo que parecía proceder de la espada flamígera de Gabriel, el arcángel. En ese espacio mínimo de tiempo ambos hombres se miraron, con la comprensión claramente dibujada en el rostro, y ambos se desearon por última vez.

—¿Qué tenéis que decir en vuestro favor? —preguntó el Altísimo —. ¿Por qué?, ¿podéis ofrecerme una explicación?
Ambos bajaron la cabeza pero el guardaespaldas nunca había sabido estar callado.
—Siempre hemos cumplido con nuestro cometido, Padre.
—Lo sé, pero esto es muy grave.
—Solo ha sido un momento de debilidad tras una larga vida de sacrificio. Nos han enseñado que vos perdonáis los pecados y los errores de vuestros siervos.
—Sí, pero lo que cuenta es el arrepentimiento final. Os podría hablar de otros casos. Personas a las que la historia no ha tratado bien pero que están aquí, viviendo en la divina dicha perpetua, por haberse arrepentido de corazón. No como vosotros.
—Pero, Padre —repuso el chófer —, la tentación es obra del demonio y nosotros nos hemos resistido.
—Muy cierto, hijo, muy cierto. Y por eso precisamente, porque no quiero que penséis que no soy justo, esperaremos a vuestro testigo.

El gran hombre apenas oía la voz del sacerdote mientras iba entrando poco a poco en el reino de los muertos. Sus cinco hijos lloraban silenciosamente alrededor de su cama, en una habitación rodeada de policía, cuya misión era mantener alejada a la prensa. Hasta los ingleses hacían guardia en la puerta del hospital intentando conseguir alguna fotografía. Aquello era un circo de padre y muy señor mío y eso que la televisión y la radio se habían pasado todo el día hablando de una explosión de gas. El blindaje del coche no había sido suficiente a pesar de que los americanos tenían una gran experiencia en vender coches blindados a hombres de bien con muchos hijos y que todos los domingos, sin faltar uno solo, comulgaban con los ojos en blanco, tocados durante un momento por la gracia divina y el misterio de la transustanciación. El gran hombre abrió los ojos por última vez y contempló a su familia. Había tenido una buena vida, pensó, y en ese momento comenzó a sentirse fuera de sí. Sus cinco hijos empezaron a llorar entre hipidos y la prensa tardó solo unos minutos en comenzar a transmitir la noticia del fin. El gran hombre había muerto por la patria tras recibir los santos sacramentos y en compañía de sus seres queridos. Las pesquisas policiales no tardarían en encontrar a los asesinos. El gran hombre, ante todo, había sido un hombre de honor. Le cabía el estado en la cabeza.

—Os he servido lo mejor que he podido, Señor —dijo con un susurro el gran hombre mientras se postraba a los pies del Altísimo.
—Lo habéis hecho bien, mi buen amigo, mejor que muchos otros. Pero antes de que vayas a disfrutar de tu recompensa perpetua necesito preguntarte algo. ¿Alguna vez has notado algo extraño en las miradas de tus hombres? ¿Podrías decir que siempre han tenido un comportamiento viril?
—Siempre, Señor. Son de lo mejor de nuestros cuerpos de inteligencia, siempre han cumplido con su deber y han demostrado en numerosas ocasiones su arrojo. ¿Me estáis diciendo que…?
—Se sintieron tentados, sí.
—Pues qué sorpresa, Señor, no acaba uno nunca de sorprenderse en esta vida.


lunes, noviembre 26, 2012

Esqueleto

Mi generación fue adolescente en los ochenta y de allá vienen nuestros primeros recuerdos adultos (nuestros primeros recuerdos que no forman parte de una niñez remota e inventada sino parte de lo que hemos sido de forma continua desde entonces): cervezas en la calle y cigarrillos, los primeros besos, el primer sexo, los primeros libros de filosofía, los primeros desengaños, las primeras promesas. La época de la movida, la de la explosión de la música pop, la de los flequillos y los nuevos románticos, la de los punkis y los rockers, La edad de oro, Las vulpes versionando a Iggy Pop y escandalizando a todo un país, el humo de Ketama, quillo, anda que no se nota que ese se está fumando un porro, ¿no ves el humo?, y siempre seremos amigos, ya te digo, y ¿estás seguro de que vas a estudiar eso?, mi tío hizo como tú y se quedó con una ingeniería técnica y luego se arrepintió toda la vida, piénsatelo y no, hijo, no tenemos dinero para que estudies en Málaga, tendrás que hacer aquí una carrera y la primera de tus mujeres (luego hubo más, por razones diferentes) diciéndote que buscaba a alguien más maduro (¡con 17 años!) y pisos feos de ladrillo y profesores convencidos de poder convertirnos en personas inteligentes y el absoluto convencimiento de estar caminando en una dirección diferente a la de nuestros padres, más libre, mejor.

Y lo fue durante un tiempo y nuestros padres tuvieron que soportarnos cuando comenzamos a llegar tarde a casa y a salir más de la cuenta y a llevar el pelo cardado y cazadoras de cuero y a escuchar rock a todo volumen en nuestras habitaciones (que compartíamos con nuestros hermanos menores) y, curiosamente, la educación tomó un camino de dos direcciones, ellos a nosotros y nosotros a ellos, que no entendían muy bien cómo es que Antonio, con lo majo que es, sea maricón y le gusten los chicos, ni tampoco cómo si quieres a Anita y llevas con ella ocho años no te casas y te conformas a irte a vivir con ella y cómo vas a tener hijos sin estar casado y, niño, ten cuidado con quién andas y si ligas por ahí, ponte un condón, anda y si hay que abortar pues se aborta, porque a cualquiera puede desgraciarle la vida un hijo con dieciséis años y aunque no sea plato de gusto para nadie, mejor así, y a ver si aprendes y cómo es ese trabajo que haces de ¿diseñador?, ¿programador?, ¿director de comunicación?, ¿productor musical?, o cualquiera de los trabajos que empezaron a surgir en aquella época y de los que no tenían ni idea, los pobres, tan ocupados como estaban escuchando las coplas de Juanito Valderrama en el radiocasete.

Pero no. Creímos que sí, pero no. España, ese país especialista en expulsar de su seno a los mejores volvió a hacer de las suyas y, otra vez, las finanzas públicas eran un desastre y, otra vez, los arbitristas del siglo XVII daban ideas para salir de la crisis, y, otra vez, la asistencia pública era cuestión de la Iglesia y, otra vez, se miraban muy mal los pelos raros y las pintas estrafalarias y, otra vez, los jóvenes metían sus cosas en una maleta y se montaban en trenes camino de Alemania (mejores maletas, mejores trenes, mejor educación pero el mismo trayecto). Y los que ya no somos jóvenes, los hijos de los obreros que empezamos la universidad en los ochenta y que ascendimos socialmente gracias a los estudios nos quedamos aquí porque habíamos comprado una casa que a nuestro padre (el único que trabajaba en casa) le llevó pagar quince años a un interés del veintidós por ciento y que a nosotros aún nos cuelga del cuello.

Y nos duele. Por la situación, por supuesto y, sobre todo, porque, para muchos de nosotros, aquello que creímos era mentira. Y cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana, que cantaban aquellos y España, una vez más, ha demostrado no ser más que el esqueleto de un gigante y al final siempre son los mismos los que mandan, los de siempre, los que siempre lo han hecho desde hace siglos y los que lo seguirán haciendo cuando ya no estemos aquí, aunque durante un tiempo tuvieran un buen director de prensa que nos hizo creer a todos que ya no, que el país ya no era el mismo, que era otro, un país europeo y decente.

Y ya ven.

lunes, noviembre 12, 2012

Paranoia

Una mujer se tira por la ventana por no poder pagar el piso y, de repente, yo estoy viéndola caer. La mujer se ha tirado desde un sexto y en su caída parecía seguir pensando en cómo reunir el dinero para la cuota, como si le resultara imposible pensar en otra cosa.

La estela que dejan los aviones privados en el cielo es recta, blanca y perfecta pero, poco a poco, se deshilacha y se va haciendo esponjosa, como si hasta ellos tuvieran su corazoncito.

Durante los fines de semana del verano, los ricos miran desde lejos a los bañistas en sus yates, con sus inyecciones de bótox y sus tragedias familiares pendientes de la siguiente herencia. Su corazoncito bombea con el ritmo del mundo. Ellos también tienen preocupaciones. Pobres pequeñines.

Mañana arderá a lo bonzo frente a un ministerio alguien con pantalones de tergal y un jersey de punto y zapatos gastados. Será alguien que lucirá un corte de pelo convencional y que tendrá vello en las orejas, un poco demasiado crecidas por la edad y algún capilar roto en la nariz, porque últimamente bebía de más por problemas económicos. Los vecinos aparecerán en la televisión diciendo que no sabían que iban a ejecutar un desahucio y que cómo iban a saber ellos y tal.

Mañana puede ser pasado mañana, claro.

Creo que hace mucho tiempo un alemán dijo eso de que el sistema capitalista había inventado el crédito para asegurarse la mansedumbre de los trabajadores en las fábricas, encadenados como estaban al pago de las cuotas. También dijo que uno de los grandes motores de la historia era la economía. Yo no digo nada, eh, nada de nada. Solo faltaría.

Yo creo que todo es una gigantesca trama, que todos compartimos las mismas visiones porque el gobierno (un único gobierno mundial que rige nuestros destinos desde las Cruzadas) ha inventado un mecanismo para inyectarnos sueños y estados de ánimo, diría Philip K. Dick, mientras juguetea nervioso con un bolígrafo y mira con disimulo a una esquina particular de la habitación.

Yo creo en la hibridación sexual con las máquinas, diría J. G. Ballard. Tal vez, quién sabe.

Yo ya no sé qué creer. Solo creo que estoy paranoico.

lunes, octubre 15, 2012

Entrevista

Ayer vi a Houllebecq en televisión en una entrevista, con esa pinta de pobre viejo abandonado que se le está poniendo, esa pinta de señor aficionado al alcohol al que hace mucho ha dejado de prestar atención a su apariencia. A mí me gusta lo que escribe Houllebecq aunque me deje pensativo y con mal cuerpo, me gustan sus reflexiones que nos obligan a enfrentar verdades incómodas, me gusta que diga que en algunas de sus novelas, como “Plataforma” se ha limitado a ejercer de observador pero, la verdad, lo vi ahí, con esa pinta de pobre, de infeliz, (y no se trata de juzgarlo literariamente, eh, que conste, no se trata de eso en absoluto, ya he dicho que me gusta lo que escribe y, además, por ejemplo ”El mapa y el territorio” me parece una grandísima novela, que conste también), lo vi ahí, iba diciendo, en la pantalla, con ese rostro cerúleo, de alguien con problemas de hígado o de páncreas, yo qué sé, que me dio mucho pena. Mucha pena. Y mira que admiro yo a este escritor, eh, mira que lo admiro. Pero mucha pena. Esa es la verdad. Tanto sufrimiento. Mucha pena, ya digo.

jueves, octubre 11, 2012

Fea

La mujer más fea del mundo tiene un peluche de color rojo colocado en su mesa y tres fotos de su perro con un pañuelo al cuello, un pequeño terrier blanco que mira a la cámara con inteligencia. La mujer más fea del mundo no tiene fotos de personas cercanas en el escritorio pero sí mil detalles corporativos aquí y allá que va coleccionado, supongo que como pequeños recordatorios de colaboraciones exitosas. Comienza a trabajar a las siete de la mañana y sigue trabajando hasta las ocho de la tarde. Es inmensa y su cara parece haber sufrido la compresión de una prensa. Su expresión no es afable, parece recriminar a los demás una ligereza que solo ella puede ver. A mí, la mujer más fea del mundo me da mucha pena, la verdad, aunque preferiría que no me lo notara en la cara. No estoy seguro de su reacción. Y no me gustaría que me saltara encima.

martes, septiembre 18, 2012

Cañamones

—Que sí, hombre, que se hace así. Mi hermana cogía los tomates, los escaldaba para pelarlos, les ponía sal, y luego los metía al baño María en uno de los botes que tenía preparados. Después los cubría de aceite. Así hacía la conserva. —dice uno de los tres paisanos que están tomando una cerveza a la hora del aperitivo en un pueblo pequeño. El del pelo blanco.
—Claro, si me acuerdo yo, que nos poníamos toda la familia con aquello cuando llegaba esta época… —dice el otro, el del chándal, con gafas que se sienta a su lado.
—¿Pues sabéis que he encontrado una planta de cáñamo un poco más para allá del huerto? —comenta un tercero.
—Cáñamo, dirás marihuana, ¿no?
—Bueno, una amiga mía que tiene fibromialgia dice que te haces una infusión con las hojas y se le pasan los dolores.
—Claro, como que es droga…
—¡Anda ya!, qué va a ser droga ni hostias… si es como prepararse una tisana, como va a ser droga eso.
—Tú verás…
—Que no, coño, cómo va a ser droga hacerse un té de las hojas de una planta. Y además, que es la planta de los cañamones, de la comida de los pájaros. ¿No os acordáis antes, que se compraban para dar de comer a los bichos? Me vas a decir tú que es droga. Anda ya, hombre.
—Bueno, tú la secas y luego te la fumas y me dices si es droga o no es droga. ¡Pues claro!
—Jesús, qué cruz de hombre. Pues, ¿sabes lo que te digo? Que tal y como está la cosa de mal y con las tierras que tengo, he pensado en plantar unas cuantas para sacarme un dinero. Y que cómo va a ser droga hacerse una infusión, que no me lo creo, vamos.
—Tú hazlo, que ya verás como aviso a la Guardia Civil.
—Y ¿qué hizo ayer el Real Madrid?
—Ganó dos a cero.
—Pues será de casualidad porque vaya entrenador que tiene. A ver si se va de una vez que, desde que está no me alegro igual cuando ganamos.

jueves, agosto 23, 2012

Levante

Había viento de Levante, que le llenaba el pelo de arena y los párpados y la ropa. Era normal que la gente se volviera loca con el viento, pensaba, las orejas lo recogían y lo amplificaban y lo envíaban de un pliegue a otro (qué cosa más extraña las orejas), y el viento acababa por inundarlo todo y resultaba imposible pensar. Había nubes, de esas grises y llenas de agua, cubriendo el sol. Y había mar.
Caminaba mirando la línea del horizonte, mucho más clara que en otros días más luminosos. El horizonte, tan diáfano, tan distinguible y delimitador. Miraba y pensaba en cómo funciona la vida, en que todo forma parte de un sistema, en que la manera de razonar de los antiguos (el círculo y el eterno retorno, el tiempo que vuelve) es más exacta que esta manía por definirlo todo en función de las ecuaciones, pensaba todo esto en la ciudad más antigua de Europa occidental. Pensaba porque no tenía nadie con hablar. Pero también intentaba convencerse de que no le importaba. Qué más daba. Estaba bien callarse de vez en cuando. Había decidido que no necesitaba a nadie, que lo importante era que nada le afectara.
Últimamente se sentía como si lo que le pasaba le estuviera sucediendo a otro, como si fuera el espectador de su propia vida, sentado en una silla mirándolo todo por la ventana. Era extraño porque esa era una sensación que había creído abandonar hacía ya bastante tiempo, pero ahora volvía de nuevo. El tiempo era algo elástico que iba y venía, que se estiraba y que se retorcía. Trascurría rápido cuando todo estaba en su sitio, pero se agrandaba y se hacía inmenso e inabarcable cuando aparecían los contratiempos (la misma palabra lo decía, contratiempos). El tiempo era como una cinta de Moebius de color gris acerado.
Dos personas entrenaban en la playa, corriendo en contra de los elementos, fieles al mensaje publicitario de Nike. En ese momento le hubiera gustado ser alguna de ellas, sobre todo la chica rubia, alta y de aspecto elástico que corría con tanto estilo. Una zancada y otra y el mar rompiendo contra la playa y el viento soplando e hinchándoles la ropa deportiva. Hacía muchos años había trabajado en una empresa de publicidad y había participado en una campaña publicitaria pequeñita para esa marca. Utilizar su ingenio para vender productos le había divertido durante algún tiempo. Todos somos putas, y los publicitarios los más putas de todos, recordaba haber dicho con orgullo en alguna ocasión. Pero había ganado dinero y se trataba de eso, ¿no?
Había ido a la playa para diagnosticarse y había sido un error. El diagnóstico estaba claro, lo realmente difícil era la solución. El viento seguía ululando y resoplando, el mar seguía rompiendo, azul grisáceo, contra la playa, una y otra vez, sístole y diástole, insistente como el bombeo de su corazón en su armazón de costillas. Armazón de costillas era una buena frase, pensó, algo literaria pero una buena frase, sin duda. También pensó que hay palabras  que se han recubierto de significado a lo largo del tiempo y corazón es una de ellas. Sólo pensarla y ya se sentía cursi. Si todo está en el cerebro y nada más, por favor..., si el corazón es estúpido, un ingenio hidráulico bien constituido, latido, latido y la sangre roja a las arterias y la venosa a los pulmones para recuperarse, el sistema circulatorio en rojo y azul tal y como aprendimos en el colegio. En fin.
 A veces pensaba que su vida se había convertido en algo parecido a un páramo gris, de color del granizo deshaciéndose tras la tormenta, y a veces que era más bien brillante y reluciente como un coche de marca recién comprado en el concesionario. Todo dependía de por dónde soplara el viento de Levante.
Un par de mujeres en su vida, cuarenta y cinco años bien llevados, un piso en el centro, un buen coche y una casa en la montaña bien acondicionada lo convertían en alguien de éxito, ¿no? ¿No era eso a lo que todo el mundo aspiraba?

martes, agosto 21, 2012

Dentro

Andrés a veces piensa que lo único constante en su vida desde que tiene memoria es que, muchas veces, ha preferido estar dentro de un libro que en cualquier otro lugar (excepto, tal vez, y ya adulto, entre las piernas de una mujer).

lunes, agosto 20, 2012

Imperio

“—Te gustan los bolos, ¿verdad, Montag?
—Los bolos, sí.
—¿Y el golf?
—El golf es un juego magnífico.
—¿Baloncesto?
—Un juego magnífico.
—¿Billar? ¿Fútbol?
—Todos son excelentes.
—Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza el superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos. Y menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el de más allá la noche anterior.”
 Farenheit 451. Ray Bradbury.

Que el fútbol no acabe nunca, que todos los años haya olimpiadas y mundiales, que el snooker y el curling sean deportes de amplitud mundial, que la televisión bombardee constatemente con actividades físicas o bien con blandas homilías sobre la entrega y la esperanza, sobre la capacidad de superación del ser humano. O a Cristiano Ronaldo rematando en posición acrobática. Recuerdo que hace diez años, recién releída esta novela, llegué a EE.UU. y quedé impresionado por la exactitud de la predicción, por lo inequívocamente americana que resultaba (aquellos conductores atropellando a los peatones en las carreteras sin aceras; las pantallas cubriendo las paredes, con imágenes más reales que la propia vida y las personas participando en tiempo real en sus seriales favoritos). Ya no me impresiona. La sustancia de los libros distópicos que nos entusiasmaron de jóvenes se ha ido filtrando poco a poco en todo.

Pero.

La luz de los cuadros de Hopper es la luz del invierno de Madrid aunque es la luz del verano de la costa este de EE.UU. Las personas de sus cuadros no sonríen pero sus cuadros me parecen brillantes y llenos de esperanza. Hopper, el pintor de la melancolía de la vida urbana moderna; Hopper, el retratista de la soledad de medianoche; Hopper, el pintor de la desgraciada modernidad americana. Bah. Lugares comunes. A mí me parece un pintor si no alegre, al menos esperanzado. La exposición me parece muy bien organizada (comisariada es una palabra horrible, me imagino automáticamente un despacho de color gris, con muebles metálicos en los que las fichas sobre los ciudadanos se acumulan poco a poco), se ven sus inicios, sus cambios de técnica, su ojo fotográfico y la luz de las grandes producción de Hollywood a partir de los años cuarenta. El ilustrador del imperio.
Pienso que, como ocurre con otros artistas americanos, sus cuadros parecen reflejar una atmósfera en la que no existe el peso de la tradición, como si hasta la luz fuera más ligera (y los cielos más altos) allí en el Nuevo Mundo, sin el peso de la sangre y de los huesos de la Historia que los cielos europeos parecen soportar y que tanto apabullan a los creadores de aquí, que tanto pesan a la hora de ponerse a escribir o a pintar. Brand new air, Brand new day, dirían ellos tal vez (y una risa, el cloqueo tontorrón de una mujer interrumpe el texto, pobre mujer, tan cerca de los cuarenta, con esa pinta de no haber conocido varón y esa risa tonta, floja; pobre mujer, pienso), algo fresco y nuevo, un nuevo cielo bajo el que todo es posible: Bradbury, Gibson, Eugenides, Delillo, Foster Wallace. Franzen no. Franzen parece europeo. Pienso.

viernes, agosto 17, 2012

De vuelta II

Yo solía escribir sobre las cosas que se me ocurrían mientras montaba en moto camino del trabajo, o cuando esperaba el autobús o el metro, o cuando tomaba notas de los libros que leía, o cuando estudiaba; solía escribir para inventar situaciones, para recordar el barrio en los ochenta, (con sus “pinchaítos”, como dice una amiga mía), para ponerme lírico (“en un amanecer cárdeno y pulido”), para hacer homenajes a personas que la historia ha olvidado (William Murdock).

Me apunté a un taller literario y escribía una vez cada dos semanas un relato y escribía algunos con un tema común esperando que me saliera una novela como por casualidad, (ya ves, por casualidad una novela, qué estupidez) y pensaba que nada había más normal que escribir casi todos los días, imaginar un cuento y estrujarme los sesos para que las tramas fueran creíbles y los personajes también, porque yo, como casi todo el mundo que escribe, pensaba que tenía algo que contar, un punto de vista, cierta mirada sobre las cosas.

Yo solía escribir con la despreocupación del aficionado que se toma en serio lo que hace pero que sabe que no es demasiado importante que siga haciéndolo o no y solía ridiculizar a todos esos petimetres (me encanta esta palabra) que se toman demasiado en serio a sí mismos, que van por la vida con un aire denso de autoconciencia, mirando a los demás por encima del hombro.

Ahora no lo hago (bueno, lo estoy haciendo, eso me gusta, es paradójico decir que no escribes de este modo) y creo que se trata de que no estoy seguro de no hacer el ridículo enseñando las plumas como un pavo real (¿qué sonido harán los pavos reales?) y diciendo a todo el mundo mira lo que hago, mira lo que sé, mira todo lo que ha aprendido, mira lo que hago, coño, míralo, que te lo estoy diciendo…

Yo solía escribir y llegó la realidad y empezó a parecer mucho más interesante que la ficción y luego la realidad se excedió y comenzó a ser asfixiante y a chorrear pringosa desde las primeras páginas de los periódicos. Yo solía escribir y luego dejé de hacerlo y no pasó nada. Hasta encontraron el bosón de Higgs, ya ven.

Y ahora estoy volviendo, poco a poco, como un alcohólico empedernido que regresa de la clínica de desintoxicación, como un anciano, con mucho cuidado, un pasito y luego otro. Como el corredor al que ponen una prótesis en una rodilla e intenta acomodarse a sus nuevas sensaciones y pisa con una zapatilla nueva el asfalto a ver si su cuerpo recuerda cómo se hacía aquello. Poc a poc.

Haciendo dedos. Preparando el terreno para la ficción. El territorio de siempre de este blog.

(Y al final me pregunto: ¿a quién coño le importará?). (Y me respondo: supongo que al menos a mí.).

viernes, agosto 10, 2012

De vuelta

Dice el Sr. Chinarro en una canción: "Mi vida es un flash que atraviesa mi cráneo" y yo pienso que no puedo estar más de acuerdo, que no hay una manera mejor de decirlo. También dice muchas otras cosas pero esa en particular siempre vuelve, una y otra vez, a mi cabeza, como una metáfora perfecta de mis últimos años, como una imagen que condensa todos los cambios, todas las idas y venidas de estos tiempos.

Llevo mucho tiempo sin actualizar este blog, sin escribir (más de cuatro meses). La verdad es que no me ha importado mucho. He estado demasiado ocupado con otras cosas como para echar de menos publicar o recibir comentarios, demasiado ocupado viviendo como para escribir. Tal vez escribir sea poder vivir de forma vicaria, tal vez no. La verdad es que cada vez estoy menos seguro de nada. Ni siquiera de mi propia vida.

Al llevar tanto tiempo sin escribir, las palabras cuestan. Todo parece banal, sin importancia, demasiado común para que merezca la pena hacer el esfuerzo. Sobre todo la ficción.

Pero prometo intentarlo de nuevo.

viernes, marzo 23, 2012

Desierto

Sobrecogido, contempla la infinita extensión de arena. Ha mirado los mapas y conoce bien el lugar en el que se encuentra. Al oeste, a unos cinco kilómetros hay una depresión en cuyo centro un manantial ofrece una breve visión de vida. Al noreste, a cientos de kilómetros comienza la sierra nevada y si la reverberación del aire no las convirtiera en siluetas huidizas, podría ver sus cumbres desde aquí.
El aire arde y le reseca la garganta, a pesar de las ropas largas de algodón que lo protegen del sol. Respirar arrítmicamente tampoco ayuda. Tiene que controlarse, si respira descompasadamente el anhídrido carbónico se acumulará en la máscara de su boca y le provocará una falsa sensación de ahogo, no por falsa menos verdadera para su cerebro, que pensará por su cuenta estar asfixiándose. Lo sabe y vuelve a respirar hondo con el estómago por quinta vez y una vez más consigue ahuyentar el miedo.
Se ha propuesto hacer un reconocimiento del límite este del sector, según su mapa, para intentar encontrar, con suerte, una pieza que necesita para el depurador de agua. A cada paso le resulta más arduo el esfuerzo de sacar el pie y golpearlo ligeramente contra el suelo para dejar que se escurra la arena. Al llegar al final de una duna, justo un metro antes de la línea perfecta del horizonte, vuelve la sensación.
Respirar, abriendo de nuevo la boca del estómago, contraída por el miedo, dejar salir el pájaro muerto que aletea allá dentro, respirar, llenar las bolsas de los pulmones, una pequeña apnea, relajar el diafragma, dejar salir el aire suavemente y volver a hacerlo hasta que el pájaro vuele lejos, respirar de nuevo hasta conseguir que la sensación se desvanezca, hasta conseguir mirar sin aprensión la infinita extensión de arena.
Ayer estuvo a unos cincuenta kilómetros del lugar en el que ahora mismo boquea y le pareció escuchar un ruido debajo de la trampilla, un ruido quebradizo, tal vez cristal, pero a pesar de usar la palanca durante un buen rato, solo consiguió abrir un hueco demasiado estrecho para meter la mano. Desde entonces piensa en ese ruido, en su significado. Eso le ayuda a concentrarse en algo concreto: la segunda trampilla del bancal junto al riachuelo seco. Cuando lo recuerda, puede mirar de frente al horizonte y observar durante unos segundos su línea cambiante, difuminada contra el cielo blanco.
En otra ocasión le pareció distinguir la silueta de un pájaro en uno de los arbustos y casi tuvo la certeza de verlo levantar el vuelo moviendo las alas con energía, para después planear en las corrientes de aire caliente y desaparecer. Durante meses, cuando su respiración se aceleraba, recordaba la imagen del pájaro contra el cielo y conseguía tranquilizarse.
Las nubes oscuras se aproximan de nuevo desde el sur. Debe volver a casa antes de que el agua comience a dejar marcas circulares en la arena, como pequeños volcanes con su cráter en el centro.
Cuando cierra la puerta del hogar tiene cuidado en que la manta oscura cubra el hueco, para que la temperatura no baje demasiado durante la noche. En unos minutos, cuando la nube descargue sobre su zona, desaparecerá el calor, que se diluirá en el espacio gris macilento que la tormenta de la tarde dejará atrás. Todavía rememora de vez en cuando el día en el que salió justo después de su paso y las nubes rojizas se entreveraban con el cielo gris en poniente. Pensó entonces en algo mayor que él, mayor que la extensión de desierto, que las montañas de la sierra nevada que parecían bailar contra el horizonte, mayor que su miedo y su costumbre de concentrarse en pequeños detalles de esperanza para vencer el ahogo.
Todo aquello debía de tener algún sentido. Pero en aquel momento el intenso frío comenzó a bajar rápidamente su temperatura corporal y a duras penas abrió la puerta del hogar. Casi tres horas tardó en entrar en calor.

martes, enero 24, 2012

Notaría

La cara de la secretaria mayor de la notaría era de desgracia, con las arrugas de expresión tan marcadas que era inevitable imaginarle un pasado o un presente tortuoso. La señora, imagino, disfrutó de una posición envidiable en la España de hace cuarenta años, cuando ser secretaria en una notaría era un puesto codiciado por las mujeres de todo el país y ahora, bueno, solo era una señora mayor con cara de pena y las líneas de expresión muy marcadas en torno a la boca. Tal vez echara de menos los bailes, las faldas de vuelo y los paseos por San Sebastián, no sé, se me ocurre, por imaginarle unos veranos burgueses. Nada de Benidorm. O simplemente echara de menos la juventud. Según parece, pasa mucho.
Me gustó su acritud con el notario. Imaginé que no solo se trataba de esa displicencia que puede surgir de la costumbre en el trato, sobre todo después de muchos años compartiendo ocho horas al día en una oficina pequeña y con pocos compañeros. La obligación de encontrarse a diario con alguien antipático tal vez la hubiera hecho despreciarlo. O mejor odiarlo. Podría ser que la señora estuviera leyendo el ABC en vacaciones (ya no en San Sebastián, demasiados turistas, las cosas ya no son lo que eran) y que al leer la esquela de su jefe, se sintiera satisfecha, regocijada. Tal vez pensara alegre en la jubilación: al fin, sí, me lo he ganado, son muchos años, que le den.
Podría ser, sí, pero lo que imaginé entonces fue otra cosa. La imaginé joven, con la falda subida, aguantando las embestidas del notario, contra una de las mesas antiguas de roble. Imaginé al notario con los pantalones por los tobillos, a lo suyo. Los imaginé follando y me pareció un motivo legítimo para el odio, pasados los años. Me pareció que el odio de la secretaria por su jefe era lo único de verdad que estaba sucediendo allí, un odio que se derramaba por todas aquellas mesas en las que se firmaban los créditos, las hipotecas, en las que se constituían las sociedades limitadas en los años setenta, esos negocios en los que fueron consejeros delegados los padres y ahora lo son los hijos. Sí, me gustó imaginar aquella escena de sexo, me gustó pensar que la secretaria odiaba a su jefe. Me pareció lo único parecido a la vida que había en aquel despacho.

jueves, diciembre 22, 2011

Incredulidad

Ayer recordé que llevaba mucho tiempo sin imaginar una historia, aterido de realidad como estoy, con todas las noticias en la primera plana de los periódicos pateándonos la cara con fuerza a la vez que tejen en segundo plano una invisible maraña de desesperanza que todo lo agarra. No me gustaría palmarla, que dijo Boris Vian. Y menos en estos tiempos, diría yo, después de cotizar tanto tiempo a la seguridad social y no haber estado en paro ni un solo día desde hace veintidós años. ¡¡Que me devuelvan mi dinero!!, dan ganas de gritar aunque no sepamos ante quién. O mejor: ¡¡Que me devuelvan a los años noventa!!, aquella época donde el optimismo del mundo, tan infundado como este trágico pesimismo, parecía conducirnos a todos al fin de la historia, a la felicidad perpetua, al paraíso, entendido tal y como lo hacían los primeros cristianos, es decir a la inmovilidad profunda y feliz de los iluminados por el resplandor de Dios. O algo así.

El caso, que me disperso, es que no escribo. Escamado como estoy con la deriva del mundo y con la maraña invisible que está surgiendo al amparo de la crisis. Pero más aún con mi miedo, sobre todo al futuro. Y, claro, me doy cuenta que ese es el primer síntoma de que me hago viejo: el miedo al futuro. Hacerse viejo es eso y el cese de las esperanzas, dejar de creer en las certezas que nos han acompañado durante mucho tiempo. Incluso dejar de creer en escribir, dejar de imaginarnos escribiendo cosas que zarandeen al lector y lo emocionen: un lector como yo, admirado en mi butaca de la librería con los relatos de Alistair MacLeod, por ejemplo.

Releo mis relatos antiguos y en algunos me sigue pareciendo que hay algo que tal vez merezca la pena, así que llego a la conclusión de que el problema no es ese (aunque haya aprendido a sobrellevarla, mi desconfianza hacia mi propio talento para escribir no me abandonará nunca), el problema es pensar que las historias hayan dejado de servir para algo. La realidad es demasiado compacta como para que las palabras puedan arañar la superficie, puedan hacer algo de luz. Su complejidad, que me fascinaba no hace mucho, ahora se me antoja inabarcable.

Sí, lo sé, todo depende del punto de vista y de la atención con la que se observa, de acuerdo, pero hay tantas cosas bajo el sol, tanta inteligencia e ingenio acumulados en cualquier faceta de la vida que se hace difícil pensar que las historias consigan mejorar su inteligibilidad (ya ves, Foster Wallace, la erudición extensa tampoco te ayudó).

¿Han pensado en la cantidad de ingenio, talento y cálculo necesarios para que en cualquier hipermercado las estanterías estén repletas y a la vez los comestibles de la cámara frigorífica no se echen a perder? Piensen en Almería, un desierto hace 30 años y probablemente el lugar más pobre de Europa y ahora el principal productor de frutas y verduras del conteniente, con hasta tres y cuatro cosechas al año, con invernaderos que utilizan un sistema de riego controlado por un sistema inteligente y cuyo resplandor puede verse desde el espacio. Piensen en el inmigrante sudando bajo el plástico, viviendo de cualquier manera, en su sudor; piensen en su historia, en lo que debe pasar por la cabeza de alguien que debe cruzar un desierto a pie y demás desgracias. En las pobres putas rumanas que vinieron engañadas. Piensen ahora en el tomate que recoge el emigrante, rojo, perfecto, sano, sin parásitos y por completo insípido, como son las verduras que nos hemos acostumbrado a comer, como es la vida que nos hemos acostumbrado a llevar. Ahora en el camionero que lleva la carga de Almería a Madrid o a Bruselas y en sus inmensas jornadas en la cabina, en sus manos recias y en su espalda jodida por pasar demasiado tiempo sentado. Y por último, en la cámara frigorífica del Alcampo de Bruselas donde ese tomate esperará que alguien lo compre. En el delicado equilibrio que los gerentes del supermercado deben respetar para no tirar más comida de la cuenta y también en los indigentes que esperan para cenar esa comida a punto de convertirse en basura. Y así es todo. Miremos donde miremos hay historias como esta. Un puente me lleva a pensar en largas noches de insomnio con el cálculo de estructuras, una carretera en que no hemos cambiado apenas el método de construcción desde los romanos, una obra de Caravaggio en que los ángeles eran chaperos y las vírgenes putas callejeras de la Roma de la época, un témpano de hielo en que los colores son constructos culturales y la estela de un avión en una frase de una canción de Sr Chinarro (avionetas… son publicitarias o de metralletas). Y lo importante es: ¿ayudan estas historias en algo para comprender el mundo?, ¿nos ayudan en algo a nosotros?

Supongo que sí, supongo que, como nos explicaron en las clases de teoría literaria, más que Homo Sapiens (monosabio, qué gracia, como el mozo que ayuda y socorre al picador en la plaza de toros durante la lidia) somos Homo Logos, el ser con palabra, el ser necesitado de contar historias. O dicho de otro modo, no hay en el hombre un cambio cualitativo esencial respecto al resto de animales excepto la acumulación cultural gracias al lenguaje. Los genes y los memes, ya saben. Es el lenguaje el que nos hace diferentes, es el lenguaje el que nos hace humanos y de ahí que siempre estemos esperando que nos cuenten un cuento, que nos lleven a otro sitio gracias a las palabras. Eso es lo que nos decían en aquellas clases que me fascinaban no hace tanto y que ahora contemplo con cierta vergüenza, con todos aquellos estudiantes iniciándose en la terminología propia e inexpugnable de los estudiosos universitarios de humanidades. Más o menos así. La vergüenza, digo. La inseguridad de que escribir ficción sirva para algo. Incluso la inseguridad de que escribir ficción me sirva para algo a mí, que, a fin de cuentas, es lo que importa.

Y aún así, ya estamos otra vez. Disculpen la parrafada. Supongo que no puedo evitarlo.

martes, noviembre 29, 2011

Viejos

Hay un hombre que recorre los bares vendiendo mecheros y al que llamamos El pingüino, como el personaje de Batman (el de Tim Burton) y que, como él, está medio desquiciado por vivir medio metro por debajo de los demás, lo que le lleva a ser desagradable, maleducado y faltón, tal vez escudándose en el respeto superficial que suele concederse a los viejos. Hace tiempo que ni siquiera intento disimular el desagrado que me produce.
Hay una señora encargada de sacar los cubos de la basura de la calle en la que tengo mi negocio, también arisca, permanentemente dispuesta a considerarse ofendida por cualquier nimiedad, como no haber contestado suficientemente rápido a su saludo por no haberlo oído, por ejemplo, o estar en la calle fumando y hacerle, por tanto, desplazarse treinta centímetros para pasar. Una señora con un gesto permanente de enfado.
Ambos se ajustan muy bien a cierto tipo de habitante del centro de Madrid, ancianos que viven asediados por la miseria y los recuerdos y a quienes, sin embargo, puedo imaginar echando de menos los tiempos en los que el estraperlo era la única posibilidad de conseguir medias de nylon, a quienes puedo ver hablando mal del aspecto de la gente, de las pintadas en las paredes, de los inmigrantes y cuyas noches se consumen ante un televisor anticuado. Ya no recuerdan, por supuesto, que esta era una ciudad gris y mucho más triste hace solo veinte años, que todo estaba lleno de jóvenes con las venas punzadas, de mierdas de perro y de fachadas que se caían a pedazos.
El problema de estos viejos es que el gris de su época les ha calado tan dentro que son incapaces de ver nada bueno en un tiempo que ya no sienten como suyo. Me provocan tristeza y enfado a partes iguales. Aunque no creo que a ellos les importe.

martes, noviembre 08, 2011

Jefes

Miro fijamente los cuatro pelos que le salen de la nariz, algo más gruesos que los que le recubren el dorso de los dedos y de la mano. No puedo apartar la vista. Tiene el pelo muy corto y barba cerrada que rasura a diario pero que a media tarde ya cubre sus mejillas de una sombra azulada. Cuando sonríe, la cara se le contrae en una mueca algo idiota. No cuesta trabajo imaginarlo con un pantalón de lino, unas alpargartas y una azada inclinando reverencialmente la cabeza, con la vista puesta en el suelo cuando el marqués pasa por la calle mayor del pueblo, asustado, vaya a ser que el marqués se fije en él y le pida algo o le pregunte algo que no sepa contestar; siempre resulta mejor ser invisible ante los poderosos y, en caso de que no quede más remedio, obedecer sin rechistar, sin pensar. Se le nota en la cara que aún está demasiado cerca del surco en la tierra, con la carga de embrutecimiento que siempre ha tenido el trabajo en el campo, trabajar como una mula de sol a sol, aguantar la lluvia y el estío, casi poder oír como se va cuarteando la piel quemada de la cara mientras el sudor gotea sobre la tierra, sin tiempo para nada que no sea trasegar unos vinos en la taberna o ir de putas. Demasiado cerca. Demasiado miedo en los genes, demasiadas generaciones bajando los ojos ante el señor, ante el cura o ante el maestro, ante cualquiera con autoridad o cultura. El perfecto sargento chusquero de intendencia que, asustado ante la responsabilidad de rellenar los formularios con las entradas y salidas de material, firma con un garabato ilegible mientras sonríe intentando hacer cómplice de su treta al recluta con estudios.

El otro es gordo y grande, con esa gordura blanda del que hace mucho tiempo dejó de hacer deporte. Resulta igual de servil que el primero pero es más peligroso porque a ese servilismo añade la astucia propia de los calculadores que todo lo hacen pensando en promocionar. Su conversación es una continua queja por la mala vida que le da su mujer y una añoranza constante por sus tiempos de juventud y soltería en la costa, cuando el sexo estaba más disponible que ahora, según cuenta. Parece decir «no te fijes en cómo soy ahora, créeme cuando te digo que tuve una vida más mundana, rodeado de chicas disponibles, cuando era delgado y guapo». Resulta patético con sus consejos: No hagas como yo, no te cases, las mujeres son un coñazo (mujer y dos hijas que tiene el hombre) y aún más cuando cuenta chistes sobre maricones y posturas sexuales. Siempre he creído que los hombres tan marcadamente homófobos y machistas hacen gala de su hombría constantemente porque, en el fondo, les gustaría ser sometidos por otro hombre, aunque no se atrevan siquiera a dejar que ese pensamiento se forme en su cabeza. Provocan más tristeza que repugnancia estos hombres.

Uno es tonto. El otro además es malvado.

Alberto Olmos lo decía muy bien en su blog hace algún tiempo:

«En Castilla (supongo que en otras partes también) perdura aún la denominación "amo" referida al dueño de una empresa, negocio; referida, sobre todo, al terrateniente. "Lo que diga el amo", "ahora viene el amo", "lo tendrás que hablar con el amo": he oído yo toda mi vida.

El amo, en nuestros días, es el jefe (sobre todo si es "empresario"), el profesor y el político en funciones de gobierno.

Mi relación con el amo (me propongo ahora desarrollar) no es ajena a este escozor de sentirse más válido e inteligente. Respecto a los profesores, que son mis amos más numerosos, he visto claramente que les perdí el respeto al llegar a la universidad. Fue allí cuando noté por primera vez que, con perdón, yo era más inteligente que ellos. No era difícil, no se apuren, porque yo he tenido profesores que no sabían, y así lo decían abierta y alegremente, escribir con precisión "por qué", "porque" "por que" y "porqué", ni sabían hablar en público, ni sabían pensar por sí mismos, ni sabían más allá de cuatro cosas de la materia que impartían; ni sabían, en ocasiones contadas, absolutamente nada de nada.

Esta inteligencia demediada en el maestro nunca me irritó. A fin de cuentas, era más fácil aprobar los exámenes, más llevadera la clase, más llevadera la autoestima.

Sin embargo, el amo "empresario", el jefe, sí me ha supuesto una amargura considerable. Ser mandado por alguien al que no respetas, duele; pero ser mandado por un imbécil, desquicia. Si bien es cierto que resulta enormemente subjetivo determinar la inteligencia de otra persona, y más de alguien que, hablemos claro, cobra más que tú y viene dos horas más tarde a la oficina, no lo es tanto si en su caso concreto concurren circunstancias tan obvias (¡volvemos!) como ser hijo del dueño del tinglado, ser novia del dueño, ser primo del dueño, ser amigo del dueño o ser la persona que tiene el contacto exacto que el dueño necesita para algún negocio prometedor.

Nada tan violento (lo habrá, pero por alguna parte hay que atacar la idea) que verse haciendo algo que sabes erróneo por mandato de un imbécil. El amo beocio violenta tu inteligencia, la degrada, te degrada y te hace sentir vergüenza de ti mismo, aparte de una insufrible sensación de estar malgastando tu vida y empeorando el mundo.»

Amén, Alberto, Amén.