Hoy vamos a la tercera ecografía y viniendo hacia el trabajo me he preguntado por qué no había escrito nada sobre mi futura paternidad. Creo que tiene que ver con pertenecer a una cultura supersticiosa. Al igual que, por español, pertenezco a una cultura católica aunque no me considere creyente, por andaluz, pertenezco a una supersticiosa, por mucho que me considere un hombre racional con una formación de ciencias. Mal fario y esas cosas. En mi tierra no se regala nada a la futura madre antes de los tres meses para no atraer la mala suerte. Ni se deja que los niños se tiendan en las mesas. Abortos y niños amortajados en casa si se busca el motivo.
No quiero pensar mucho en ello para no llamar la atención de los dioses, aburridos como están allá arriba, pues sé que se divierten con las desgracias humanas. Cuando el tiempo es infinito, no hay plazo ni objetivos y todo es aburrimiento. Por qué si no han malmetido tanto con los humanos, por qué si no Atenea y Apolo, Zeus y Europa. A mí que me dejen, que no se acuerden, que no miren, que no se fijen. Que sigan con su ambrosía y sus extrañas costumbres sexuales, con su pan y con su vino, con su niño Dios y con sus madres vírgenes al morir. Pero conmigo no, que me ignoren. Como si no existiera.
Hay otra cosa, además. La sensación de que escribir sobre lo que estoy experimentando falsea de algún modo el sentimiento. Si escribo sobre ello, para recordarlo en el futuro, en realidad no hago más que ficcionalizarlo, lo doto de algo que no tiene, lo convierto en algo diferente. Está bien escribir un diario de viaje para recordar mejor (no con más precisión sino mejor, de forma más completa, y más mentirosa también) pero llevar un diario de paternidad, (o un diario de espera, más bien, que acabara con el nacimiento) lo falseará todo en el futuro. Mejor sin pensar demasiado, sin leer sobre ello y sin darle más importancia de la que tiene. Toda la vida los niños han venido al mundo por el mismo agujero, entre mocos y caca, que decía el poeta. También antes de que se inventara la escritura para llevar las cuentas de los rebaños y la literatura para explicar y justificar las instituciones humanas. Mejor en crudo. Sin pensarlo mucho.
No quiero pensar mucho en ello para no llamar la atención de los dioses, aburridos como están allá arriba, pues sé que se divierten con las desgracias humanas. Cuando el tiempo es infinito, no hay plazo ni objetivos y todo es aburrimiento. Por qué si no han malmetido tanto con los humanos, por qué si no Atenea y Apolo, Zeus y Europa. A mí que me dejen, que no se acuerden, que no miren, que no se fijen. Que sigan con su ambrosía y sus extrañas costumbres sexuales, con su pan y con su vino, con su niño Dios y con sus madres vírgenes al morir. Pero conmigo no, que me ignoren. Como si no existiera.
Hay otra cosa, además. La sensación de que escribir sobre lo que estoy experimentando falsea de algún modo el sentimiento. Si escribo sobre ello, para recordarlo en el futuro, en realidad no hago más que ficcionalizarlo, lo doto de algo que no tiene, lo convierto en algo diferente. Está bien escribir un diario de viaje para recordar mejor (no con más precisión sino mejor, de forma más completa, y más mentirosa también) pero llevar un diario de paternidad, (o un diario de espera, más bien, que acabara con el nacimiento) lo falseará todo en el futuro. Mejor sin pensar demasiado, sin leer sobre ello y sin darle más importancia de la que tiene. Toda la vida los niños han venido al mundo por el mismo agujero, entre mocos y caca, que decía el poeta. También antes de que se inventara la escritura para llevar las cuentas de los rebaños y la literatura para explicar y justificar las instituciones humanas. Mejor en crudo. Sin pensarlo mucho.