martes, mayo 31, 2011

Recortes

Y cuando llegaban a cierta edad había gente que salía del barrio y que montaba un taller y gente que empezaba a trabajar en el negocio de su padre, sabiendo ya que no se movería de allí jamás, que allí compraría un piso cuando encontrara una novia o cuando dejara embarazada a su chica del instituto, otro piso en un bloque de ladrillo visto con las terrazas cerradas con persianas de aluminio. Algunos, los menos, estudiaban en la universidad, otros se hacían aprendices de cualquier cosa y otros dejaban pasar el tiempo con la mirada ausente y fija en el río de coches, casi todos blancos, que pasaba día tras día más lleno, allá abajo en las vías de circunvalación.
Y los años caían con saña encima de la espalda de los que se quedaban, los chavales, ahora con sus barrigas cerveceras y sus hígados un poco afectados por los pelotazos de whisky de después de trabajar, con su colesterol y sus transaminasas altas, con sus incipientes calvicies y sus capilares rotos en la cara y en la nariz. Y uno tras otro iban abandonando los vicios más juveniles y solo se metían una raya en alguna boda y solo fumaban marihuana los fines de semana, justo después de acostar a los niños y antes de poder gemir algo más alto de lo habitual con la mujer. Y acababan por abandonar del todo el hábito cuando eran los propios chavales los que salían a darse una vuelta de noche y los que venían con los ojos rojos del parque, seguro que con demasiada hambre. Y envidiaban a los que no lo hacían, a los que seguían comportándose como si tuvieran veinte años, pero solo superficialmente porque, a pesar de los chistes, a pesar de las bromas sobre la última mujer que pasó por la cama del amigo soltero, sabían bien que sus domingos por la mañana habían sido mejores, al menos mientras los críos fueron pequeños.

jueves, mayo 26, 2011

Evolución

Existen varias ideas que se repiten dentro de mí desde hace tiempo y que siento como ciertas. Aquí utilizo siento con pleno conocimiento de su significado, lo que quiero decir es que, de forma intuitiva, sin explicación racional, las creo verdaderas.
Una de ellas es que el funcionamiento del mundo debe de estar regido por muy pocas leyes muy básicas, tal vez una única ley. Esta idea se ha ido decantando dentro de mí a lo largo de los años, la he ido extrayendo poco a poco de aquí y de allá, del estudio de la gramática realizado por Chomsky, por ejemplo, en el que su teoría minimalista no es sólo más elegante y más avanzada que su teoría original sino que, de alguna manera, más verdadera (otra vez la intuición) o de las opiniones de investigadores (recuerdo un par de entrevistas con físicos teóricos) en las que afirmaban que, cuanto más conocimiento acumulaban, más advertían que las leyes más simples son las que son capaces de explicar más cosas. Ya digo que de aquí y de allá, no pretendo ser sistemático. Solo se trata de intuición.
La otra idea tiene que ver con esta primera y consiste en que esa ley fundamentalmente simple que explica el mundo, o que lo explica en la medida en que los humanos podemos entenderlo, tiene que ver con la cantidad. Creo que el aumento de la cantidad cambia la cualidad. Me explico. Creo que existe un límite numérico a partir del cual, la combinación de elementos iguales genera algo nuevo. Por ejemplo, creo que a partir de un número de reacciones químicas entre elementos surge la materia que se autoorganiza y se replica, es decir, la vida, y que, a partir de la combinación de elementos vivos, en algún momento surge la inteligencia y a partir de la inteligencia, la conciencia de ser inteligentes, el yo, por así decir. Creo que, simplemente, el mundo se comporta así, es cuestión de aumentar la cantidad.
No es que tenga la menor importancia todo esto, la verdad, pero esas ideas se repiten dentro de mí de una manera extraña. He vuelto a recordarlas observando a alguien que se sienta cerca en el trabajo. Me sorprende y me fascina la capacidad de algunos de no plantearse nada profundo, nada que les lleve a contemplar, siquiera un instante, las dos eternidades que flanquean nuestra vida, ese breve paréntesis. Nada que les haga reflexionar sobre el tejido de la realidad, sobre la trama del mundo. Seres ligeros, de conciencia alada, que pasan por la vida sin entender nada y, lo que es mejor, sin necesitarlo. Personas de risa fácil a menudo, de ánimo liviano, personas que se sobreponen con más facilidad que los demás a las desgracias. Hombres y mujeres más preparados para el futuro, más evolucionados.
Si la evolución de la humanidad fue primero física y más tarde cultural, si existen los genes y los memes, si, en realidad, la historia del ser humano es la historia de un aumento progresivo de la complejidad de nuestro conocimiento, un conocimiento que a su vez cambia la propia esencia de esa humanidad (de nuevo esa idea: la cantidad cambia la cualidad), a veces me pregunto si la curiosidad y la necesidad de conocimiento no son en realidad sino una tara genética. Si los dos primeros párrafos no son la prueba de mi absoluta incapacidad para evolucionar como humano en la dirección hacia la que humanidad parece encaminarse. Si, en realidad, el futuro de la humanidad es la estupidez.

A fin de cuentas, todos tenemos derecho a ser felices.

jueves, mayo 19, 2011

Acampadas

Algunas palabras dan la impresión de no decir nada: democracia, unidad, pueblo, libertad, justicia, dignidad. Y la verdad es que poco dicen porque nos las han quitado, nos las han robado los genios del marketing que han convertido cualquier cosa en una revolución, aunque sea un descuento en las tarifas del teléfono móvil o un nuevo bronceador, porque la democracia que conoce más la gente es la del teléfono móvil a 1,5 euros el mensaje, porque el pueblo es el lugar donde siempre has pasado las vacaciones tú que eres de Madrid, porque la justicia es un suplicio de años que ojalá no te toque nunca (pleitos tengas y los ganes), porque la dignidad se ha olvidado cuando tanta gente está dispuesta a vender su intimidad a cambio de cuatro perras y a su madre porque la sacaran en la televisión. Así que parece que lo primero que tenemos que hacer es recuperar el valor de las palabras. Ya ves, a mí que me decían que estudiar letras no servía para nada, a mí que me decían que por qué no estudiaba un máster de administración de empresas.
No quiero caer, a mis años, en la alabanza fácil de lo que está sucediendo en las plazas. El cínico que me habita y que se ha ido construyendo tras muchos años trabajando en una gran empresa y dedicándome a la vez a muchas otras cosas, me lo impide. Y hay muchas cosas criticables: la reunión de intereses dispares, la dificultad de articular un discurso, y también los malabares, las flautas y los perros, a qué negarlo. Pero yo no quiero ser cínico, yo quiero pensar que la avaricia alguna vez dejará de ser el motor que mueve nuestro mundo aunque esto suene pueril. Los genios del marketing también han conseguido que suene pueril cualquier discurso que hable de cambio. En Occidente el único cambio que se mira con buenos ojos es el cambio de teléfono móvil.
He vivido como adulto los últimos 20 años en España y lo he visto, he trabajado y estudiado con ellos, los que son diez años más jóvenes que yo, y los entiendo. Los últimos para los que se cumplió aquello de que estudiando tendríamos un futuro mejor que el de nuestros padres tenemos cuarenta años. Fuimos la primera generación española verdaderamente europea, los primeros Erasmus, aprendimos idiomas, viajamos, trabajamos desde jóvenes, estudiamos. Para algunos de nosotros sí que funcionó aquello que nos decían, funcionó y tenemos buenos trabajos aunque hayamos ido viendo cómo nos aprietan cada vez más, como nos hacen pensar en un futuro de viejos desamparados, como nos meten miedo. Pero tenemos buenos trabajos. Somos la generación del poder, los que militamos en partidos políticos, los que nos sentimos más o menos protegidos por los sindicatos, los que conseguimos llegar.
Decimos que la crisis provocada por la inflación mundial de la codicia la hemos acabando pagando nosotros, los que no nos enriquecimos, los que tenemos una nómina y pagamos la cuarta parte en impuestos, no los que gestionan su patrimonio a través de sociedades, esos no. Nosotros. Es cierto. Pero para una persona con un puesto de trabajo estable lo único que ha hecho la crisis es reducir su cuota de la hipoteca. Así que no nos quejemos tanto. Para una persona con un puesto de trabajo estable lo único que ha pasado es que ya no nos sale tan barato viajar a los Estados Unidos. Tenemos miedo, sí, y gastamos menos, pero hay mucha gente como yo. Repito: no nos quejemos tanto.
Los que vienen detrás, sin embargo, hablan más idiomas que nosotros, han viajado más y se han preparado más, y tienen un muro delante, un muro o una mochila y un adiós a este país miserable que gasta miles de euros en formar a gente que tiene que emigrar para conseguir un sueldo digno. Dignidad. Otra de esas palabras.
Los conozco bien, ya digo, he trabajado con ellos, he estudiado con ellos y ha sido una suerte haberlos conocido y tenerlos como amigos. No porque sean más jóvenes sino porque han conseguido que la esclerosis de las ideas que acompaña a la edad (esa mirada de conmiseración que se nos pone a las personas maduras cuando los jóvenes proponen cosas idealistas) se me haga más ligera.
Y creo que llevan mucha razón en los motivos de su protesta, creo que están consiguiendo algo que ningún partido había conseguido en los últimos años, que es hablar de política sin que esa palabra suene pringosa y sucia. Otra palabra recuperada más.

Yo no sé ustedes pero yo preferiría que se quedaran aquí. Que no se fueran a Alemania o a los Estados Unidos. Aunque los vuelos sean baratos.

lunes, mayo 09, 2011

Minimalismo

He vuelto a escuchar hoy música minimalista, que me gustaba cuando era adolescente y escuchaba a Wim Mertens y a Michael Nyman, iba a sus conciertos, llevaba traje, fumaba tabaco negro y hablaba de filosofía con amigos que aún siguen siéndolo tantos años después, ya ves.
Cuando era adolescente mi profesor de Ética, en una época en la que aquello de la Ética todavía era algo novedoso, se burlaba de mí por llevar traje al instituto y me decía si ahora llevas traje qué harás cuando trabajes, lo que no deja de ser gracioso porque a mi primera entrevista de trabajo fui con un aro en la oreja y larga melena recogida en una cola, con unos pantalones de faena con muchos bolsillos y unas botas Doc Martens negras de costuras amarillas.
Cuando era adolescente tomaba cervezas de litro sentado en un sitio que se llamaba La pochinga, en un banco que era nuestro porque siempre estábamos allí después de clase, y después recogíamos los cascos de las cervezas y los tirábamos a una papelera metálica de color verde que por entonces no tenía el logo del ayuntamiento, ni siquiera el escudo antiguo de Córdoba con leones y castillos, antes de que fuera la albolafia del río la que ocupara su lugar, y charlábamos interminablemente sobre la vida y el amor y la libertad y la muerte.
Cuando era adolescente veíamos pasar a los yonquis en sus afanes, en sus largas caminatas a toda velocidad de un lugar a otro, moviendo droga o buscándola o qué se yo, aunque sabíamos que cuando se ponían demasiado nerviosos eran peligrosos porque podían hacer cualquier cosa, incluso pincharte porque estaban con el mono y un yonqui con el mono era capaz de todo. Veíamos caminar a los adictos mientras hablábamos de Sartre sin tener ni idea, sin haber leído un libro, sin saber nada, mientras perorábamos sobre el determinismo o la libertad. Ya ves qué petulante y estúpido fui y menos mal que la vida me ha hecho saber después que creerse especial y original es, precisamente, una pulsión adolescente que se supera con el tiempo.
Siempre he tenido buenos amigos que no han tenido empacho en reírse de mí, lo que ha sido un remedio contra uno de los muchos que me habitan y que resulta ser un tipo estúpido, ridículo, pretencioso y pagado de sí mismo que se cree más listo que los demás y que tiene tendencia a mirar por encima del hombro. Ese que escuchaba música minimalista en la época de Mecano.
Y sin embargo, al escuchar un tema de Wim Mertens con 25 años de antigüedad, The Fosse, en el que las notas se repiten obsesivamente y que consigue transportarme a aquel tiempo en un parpadeo, todavía me emociono. Un tema perfecto para la nostalgia. Ya saben, esa tristeza suave y satisfecha que sentimos cuando evocamos las buenas épocas de nuestra vida, signifique eso lo que signifique.

martes, mayo 03, 2011

Descanso

No podríamos apreciar lo que nos gusta estar en casa si no tuviéramos que pasar días y días a la intemperie, buscándonos la vida, ni disfrutaríamos de un paseo sin prisas por el Rastro si no hubiéramos tenido que trabajar los domingos durante tantos meses a las doce de la mañana, ni tampoco nos gustaría tanto ver una película, incluso española, acompañados y sin ningún plan posterior. Nada para apreciar el tiempo libre como no tenerlo nunca. Nada para apreciar la tranquilidad amable de los días que haber vivido un período turbulento durante una temporada. Supongo que, en realidad, lo que quiero decir es que todo es cuestión de contraste. Que necesitamos vivir a un lado y otro de la línea para hacerlo intensamente.
Y que no necesitamos mucho más.

martes, abril 12, 2011

Martes

Ahora que los martes tienen esa cualidad de lunes, repito una rutina diaria que se retuerce sobre sí misma, extraña y compartida. Si no fuera porque sabemos que el tiempo no transcurre sino que está imbricado con el universo (y no me cansaré de repetirlo, no), si no fuera porque hemos vivido otras épocas en las que un lunes era tan parecido al siguiente que ambos parecían indistinguibles para un observador situado a suficiente distancia, si no fuera porque sé que esa falsa ilusión de continuidad puede quebrarse sin esfuerzo, producto de una grieta minúscula que se va agrandando con el tiempo o de un golpe contra el suelo que deja nuestra casa hecha una mierda, si no fuera, a fin de cuentas, por el tiempo que ha pasado ya y que poco a poco encorva mis hombros, y por lo vivido hace tanto ya, hace tanto, diría que estoy bien.
Sé que el cambio es lo único que permanece. Pero ¿y qué?, ¿a quién le interesa seguir siendo el mismo?

jueves, abril 07, 2011

Primavera

Dice Carlos Marzal:

Cuatro gotas de aceite
sobre un trozo eremita de pan blanco,
o sobre el obsequioso corazón
de un tomate maduro en sacrificio,
nos aleccionan con su desnudez,
con su absoluta falta de consejo.

La belleza del mundo es tan frecuente,
tan desinteresada de sí misma,
que hasta se desvanece en certidumbre,
y acaba por nublarse a nuestros ojos.

Por eso es un pecado
de extrema ingratitud no dar las gracias
en alto con la voz del pensamiento
y con la muda fe de los sentidos.
En la desposesión está la esencia,
en la simplicidad, lo permanente.

Para ungir con lo bello nuestra carne
hay que buscar lo bello en donde ha estado
despierto en claridad desde el principio.

El hecho de verter las cuatro gotas,
cuatro lágrimas densas de oro humilde,
sobre las migas cándidas, supone
un acto elemental
contra la ruina
una rúbrica más
contra la muerte.

Y yo no digo nada. Yo digo que es primavera. Yo digo que hace buen tiempo. Yo digo que toda la ciudad parece desperezarse. Y que estoy contento. Que ya es bastante.

lunes, abril 04, 2011

Americana

Yo le preguntaba al cielo, sin disimular el miedo, ¿cómo voy a vivir cuando te canses de mí?, ¿cómo voy a vivir cuando te canses de mí?
Nacho Vegas


Mama, mama, talk to your daugther for me.
John Lee Hooker


Basta una llamada telefónica para que el tiempo haga una curva, un meandro, un extraño y, de repente, seamos capaces de recuperar la idea que teníamos de nosotros hace cuatro o cinco o diez años, seamos capaces de recordarnos y ese que ya no somos nosotros, pero que lo sigue siendo, nos habite, nos posea y se permita pensar por nosotros durante un rato.

Ese extraño que éramos dice algo como: es cierto, ha pasado mucho tiempo, o algo como: sí, lo recuerdo, fueron buenos tiempos, o algo como: no tengo ni la más remota idea, y durante el tiempo que dura la llamada, durante el tiempo que nos vemos asaltados por el otro que éramos pero que ya no somos, por ese intruso temporal, vemos las cosas exactamente como si el tiempo que ha transcurrido entre él y nosotros no hubiera pasado, como si nunca hubiera existido.

Y tal vez no lo haya hecho y sigamos allí de algún modo, en aquella ciudad, con aquel trabajo que era nuestro primer trabajo, en el que creían que nos quedaba por delante un futuro brillante de chalet y parejita y armanis. Puedes creer por un momento que te acabas de despertar de un sueño extraño que te proyectaba hacia un futuro que no era el tuyo, un futuro incierto en otra ciudad, más grande, más llena, más estimulante y más cruel. O puede que sí y seamos otros y estemos viviendo una vida que no nos habíamos atrevido a intuir pero que siempre permaneció con nosotros como un anhelo secreto que acabó haciéndose realidad y forzó una curva, una marcha atrás, un salto a ciegas. Puede que seamos muy conscientes de cómo hemos cambiado y además estemos orgullosos de ello y nos sintamos más a gusto en nuestra piel ahora que entonces.

En realidad no tiene importancia si seguimos allí o estamos aquí porque durante el intervalo en el que te ves poseído por el que fuiste, eres el que fuiste. Y espacio y tiempo tienen poco que ver con eso. Aquí, allí, entonces, ahora. En realidad tampoco somos los mismos de ayer ni de anteayer y no por eso pensamos ser personas diferentes a cada instante, la ilusión de continuidad es básica en la construcción de la identidad, yo soy yo en la medida que me puedo recordar siéndolo.

Un viejo amigo, una ex esposa, una antigua amante y el que eras entonces se apodera de ti aunque no quieras y a pesar de que trates de evitarlo aparece ante ti un abismo, el del tiempo desaparecido para el otro, ese tiempo en el que has crecido, amado, penado a solas, convirtiéndote en el que eres, que no es exactamente el que fuiste, ese que ahora te utiliza como si fueras un muñeco de ventrílocuo, ese que habla desde un tiempo ido. Allá a lo lejos, haciendo señales con los brazos al otro lado del precipicio. Ya no soy ese y no tengo manera de explicártelo porque mientras me he estado convirtiendo en otro, tú no estabas. Y no puedes evitar sentir un escalofrío cuando ese intruso, ese que eras, se pone tu cuerpo como si te estuviera probando una americana.


Resulta tan extraño mirarnos como si fuéramos los protagonistas de un guión cinematográfico, como si fuéramos los protagonistas de una historia con planteamiento, nudo y desenlace.


La historia de nuestra vida no es nuestra vida. La historia de nuestra vida solo es una historia más.

viernes, abril 01, 2011

Lesbiana

Tengo pinta de lesbiana desde los trece años. Tuvieron que pasar tres más hasta que mi madre se atrevió a preguntarme si me gustaban las chicas. Le dije que no, que siempre me habían gustado los chicos y que el pelo corto, los pantalones y los juegos de niños que siempre había preferido se debían a que tengo dos hermanos mayores. Además, prefiero la compañía de los hombres, mejor el trato directo del que hacen gala a la falsa untuosidad de algunas mujeres.
Durante mucho tiempo no gusté ni a unos ni a otras. También tuve que rechazar muchas proposiciones de mujeres durante mi primera juventud. Pero nunca he estado con ninguna mujer y nunca estaré con ninguna. No me gustan sexualmente. Me sé la teoría, preferida por la mayoría de mis amigas lesbianas, de que todos somos bisexuales, especialmente las chicas. Yo no. Mi amiga Rita tampoco. Me ponen los tíos. Bueno, tal vez debiera decir que me ponen algunos tíos. En esto no creo ser diferente de otras mujeres, la verdad.
Lo que sí creo es que hay muchas mujeres que acaban teniendo una relación con otra mujer porque están más acostumbradas que los hombres a la intimidad física y, en muchas ocasiones, necesitan una amistad verdadera aunque ello suponga mantener relaciones sexuales. Me parece bien, que conste, no tengo nada que decir al respecto, solo que yo no soy así.
No me gustan las etiquetas, no creo que se pueda caracterizar a nadie por sus preferencias sexuales, ni creo en los estereotipos, pero a mí no me gustan las chicas. Creo que ya lo he dicho.
La mayoría de los hombres a los que gusto no se atreve a intentarlo, tal vez se deba a que se sienten cohibidos o a que tengo pinta de borde, qué se yo. Podría transigir e intentar ampliar mi público pero la verdad es que la mayoría de los hombres son gilipollas, así que, como comprenderéis, tampoco me merece la pena el esfuerzo, algo que no acabo de comprender de muchas de las de mi sexo. Critican sin piedad a los hombres, como un todo, y pierden gran parte de su tiempo intentando agradarles.
A los mismos idiotas que se comportan como adolescentes eternos, a los mismos niños que presumen en público de conquistas, a los mismos machos llenos de inseguridad que no se atreven a reconocer que todos nososotros buscamos lo mismo cuando nos vamos con alguien a la cama por primera (y tal vez única) vez: que nos quieran un poco, que nos acompañen un rato, que el consuelo de la carne acalle por un momento el ruido de fondo que amenaza con anegarlo todo.

No sé a vosotros. A mí todo esto me parece bastante simple. No sé porque tengo que estar explicándolo siempre.

martes, marzo 22, 2011

Penumbra

Hoy mi jefe me ha dicho que lo despiden, que, después de 28 años de dedicación a la empresa, han decidido prescindir de él, ofreciéndole unas buenas condiciones que incluyen la percepción de una paga mensual hasta la jubilación, pero sin posibilidad de decir no. Un despido, no una prejubilación. O una prejubilación forzosa. Llámenlo como quieran. La noticia me ha apenado no solo porque mi jefe sea una buena persona y un buen jefe (cualidades que lamentablemente cada vez van juntas en menos ocasiones) ni tampoco porque, sin familia, la empresa haya constituido para él algo más que un trabajo (una opción vital de la que nadie más que él es responsable), ni siquiera por la estupidez evidente que comete una empresa que prescinde del personal que entiende verdaderamente cómo funcionan las cosas y que se encuentra en la cima de su carrera laboral, no. Me apena por formar parte de ello, por formar parte de la penumbra.

Yo siempre bromeo con la idea de que si las grandes empresas pudieran tenernos atados al puesto de trabajo, sin pagarnos jornal, solo por la comida y el alojamiento y eso fuera legal, no tendrían ningún reparo moral en hacerlo para mejorar la cuenta de resultados. Volverían a abrazar la esclavitud convencidos de estar haciendo lo mejor para los accionistas. El reparo sería legal, que no moral. El reparo siempre es legal, no moral. A fin de cuentas, todos los directivos de las multinacionales del mundo han estudiado en las mismas escuelas de negocios, todos han hecho los mismos casos prácticos en ingles, a todos les han enseñado que una empresa en una máquina de generar valor para el accionista y nada más. Si la empresa se dedica al comercio de armas, bien, si se dedica a la banca, bien, si es la tapadera de un gigantesco negocio de blanqueo de dinero, bien también. Los directivos están por encima de esas minucias, ellos están para generar valor, para aumentar ingresos y reducir costes. Ellos están para hacerse imprescindibles.

Esto es solo una broma, claro.

Y si un día cuarenta indígenas amazónicos son asesinados por paramilitares y da la casualidad de que una gran empresa quería construir en sus tierras un gasoducto y que el poblado indígena retrasaba los planes; y hubiera un periodista lo suficientemente valiente para investigar esa casualidad y, por casualidad, no apareciera con el cuello cortado uno de sus días y pudiera seguir el hilo hasta el ovillo de la multinacional, estoy seguro de que cualquiera de sus directivos diría que no tenía ni la más remota idea del incidente con los indígenas y también estoy seguro de que advertiría al periodista de que se anduviera con cuidado con sus insinuaciones. Y lo peor de todo es que estoy seguro de que sería cierto, de que los directivos no sabrían nada de cuarenta indígenas muertos. A fin de cuentas, ellos se limitan a generar valor para el accionista, a aumentar ingresos y recortar costes, y nadie en su sano juicio podría acusarlos de nada. Aunque todo hubiera comenzado con una llamada en la que el encargado del negocio en Sudamérica hubiera afirmado algo como: "sin ese gasoducto estamos jodidos".

Esto sigue siendo una broma, por supuesto.

La responsabilidad, ya saben, que se diluye a medida que una orden desciende a través de la pirámide jerárquica. Una pirámide que lo llena todo de penumbra.

No me digan que no es para reir a carcajadas.

domingo, marzo 20, 2011

Libros

Acaba de terminar un libro (que ha comenzado sin convicción y con el que ha acabado sintonizando, no tanto por el estilo sino por las cosas que se cuentan en él y por la, digamos, sinceridad que el libro desprende, a pesar de que él siempre ha sido muy partidario de la mentira ingeniosa como combustible de la ficción) y ha mirado como al descuido lo que podía ver en su local, en el sitio en el que lo ha hecho y ha notado una sensación curiosa, entre la satisfacción y la plenitud, para la que seguramente no haya palabra exacta, al contemplar las vigas viejas, el suelo claro, y las estanterías con muchos más libros por leer. Y ha pensado: no es mala manera esta de pasar una tarde de domingo.

El libro es "Cosas que los nietos deberían saber" de Mark Oliver Everett, por si se lo preguntaban.

jueves, marzo 17, 2011

Saint Patrick's

Aunque resultara extraño para una empresa granadina, el día de San Patricio era nuestra fiesta oficial. A fin de cuentas trabajábamos en la sucursal española de una multinacional irlandesa que no abría ese día y en España también aprovechábamos la víspera para hacer una visita al pub, tomar más Guinness de la cuenta y sentirnos un poco más internacionales que la mayoría de jóvenes de la época.
La verdad es que lo éramos, no solo lo pretendíamos. Lo éramos y visto desde ahora, aquella vida nos hizo bien, aquel empezar a hacerse adulto acompañado de amigas que tenían toda su ropa desperdigada por casas desvencijadas del Albaicín, todo escaleras y recovecos, con fantásticas vistas sobre la Alhambra desde la azotea, amigas guapas, listas, libres y cosmopolitas; aquellas escenas en las que uno se descubría bebiendo de más junto a un alemán desconocido, compañero y encargado de enseñarle la ciudad, en un pub de Temple Bar en Dublin mientras alucinaba con la música en directo; aquellas largas jornadas veraniegas de cervezas y tapas y charlas interminables sobre escalones de empedrado, en cualquier callejuela del casco histórico, compartiendo el humo de una hierba fresca y rara, como cantaba El Pele; aquel no darle importancia al dinero, aquellos atracones de Triana y Pata Negra y humo aromático de Ketama, aquella sensación de ser andaluces pero de serlo de forma diferente, aquellos cientos de libros. Sí, aquello nos hizo bien, de la manera que uno solo puede advertir cuando ha pasado tanto tiempo que resulta extraño recordar escenas que tienen quince años, y decirlo así: quince años.

Y aquí estamos. Y ya no somos los mismos pero tampoco hemos dejado de ser aquellos.

martes, marzo 15, 2011

Sardinas

Viajar al mar, mirar el horizonte, escuchar el chillido de las gaviotas, oler el salitre. Comer espetos de sardinas, gordas, frescas y grasientas sardinas, de piel crujiente hecha al fuego de leña. Disfrutar de un larga sesión de sexo a la hora de la siesta. Que después me revuelvan el pelo, por detrás, que me rocen la espalda o me toquen en el brazo y que lo hagan sin darle importancia, sin ni siquiera mirarme, con la calidez habitual, con la calidez de todos los días.

No es mucho pedir, ¿no?

jueves, marzo 10, 2011

Estelas

A veces se apodera de él un extraño sentimiento de tristeza que no sabe bien a qué achacar. Una tristeza difusa, a menudo en los mejores días, en esos en los que ha despertado acompañado y le han besado antes de ir a trabajar, esos días en los que el calor de otro cuerpo parece apresarlo en la cama y todo en la habitación le grita que se quede durmiendo.
Piensa que tal vez tenga que ver con la nostalgia del porvenir, con tener la absoluta seguridad de que todo, lo excelso y lo trágico, pasará por su vida y se irá, dejándole algún surco que otro en la piel y el recuerdo, siempre tan poco fiable, de una sensación, apenas una sombra, el rastro de perfume que alguien deja tras de sí en una habitación vacía. Una nostalgia esta que no sentía cuando todo estaba intacto y creía, cómo no, en ese mismo porvenir, tan extrañamente similar al presente, tan parecido a sí mismo. Cuando todo era nuevo y poderoso y el futuro era una palabra vacía, aún no contaminada de pasado.
Se levanta y mira por la ventana y ve el skyline de su ciudad, la línea por donde comienza a amanecer.
Se ducha con agua muy caliente, observa sus arrugas al espejo, se viste con mimo.
Los faros de los coches trazan estelas allá abajo.

lunes, marzo 07, 2011

Contraataque

Desde que mi alter ego decidió abrir una librería, me tiene abandonado, a pesar de saberme su fuente, su nube negra, su lluvia permanente, su, en definitiva, parte más fecunda. Mi alter ego cree que ahora le toca a él haberse hecho por fin con las riendas de su vida y tal y tal. Cosas así como de librito de autoayuda, cosas así, digamos, felices (ya saben, el sol iluminando las extensiones de cereal que se ven mecidas por el suave viento mientras... lo que sea, da igual, ya saben que no se escribe literatura con los buenos sentimientos).
Me resisto a dejarme invadir y, como cualquier dictador con demasiado botox en la cara, contraataco y bombardeo las ciudades rebeldes del este y el oeste. Reivindico mi mera existencia como heterónimo haciéndome con el control de vez en cuando y dando algo de color a las reflexiones del idiota.
El otro día, por ejemplo, al ver a tres chicas inglesas pasando por el escaparate de la librería, imaginé al idiota en algún lugar extranjero, en Londres, y no pude por menos que advertir que, a pesar de leer y escribir razonablemente en inglés, ese idioma nunca será el suyo y siempre se sentirá como un impostor al utilizarlo y que las librerías inglesas (tan venerables, tan de madera, tan de polvo centenario flotando en el ambiente, tan de novela de Javier Marías ellas) solo le servirían para sacar fotos y comprar un libro de un autor clásico tras consultar las contraportadas de algún que otro volumen y dejarlo con la sensación incómoda de estar perdiéndose la música del idioma, una sensación que siempre tiene cuando lee en inglés. Entonces el idiota imaginó las librerías como embajadas o algo así. Ya saben, la patria es el idioma que decía Carlos Fuentes, ese dandy mexicano, el territorio de La Mancha y eso. Obviedades. Desde aquí te lo digo, idiota, obviedades. Piensa más y mejor. Las librerías son lugares en los que se venden libros. Los libros son objetos que contienen algo llamado texto. El texto resulta tan curioso que tiene vida independiente del soporte que lo aloja, aunque sea algo inmanente a él. Esas sí son ideas interesantes. Imaginar una librería como una embajada no lo es. Eso es una idiotez porque, como sabe todo el mundo que haya asistido a clases de teoría literaria, el primero que dijo que el cielo estaba tachonado de estrellas fue un genio y el segundo un imbécil.
El idiota también miró el cielo de Madrid (ese cielo sobre el que se han escrito decenas de obviedades, cuando su azul metálico se debe precisamente a la contaminación que nos vuelve alérgicos y acorta nuestra vida, a ver si os enteráis). Andrajos de nubes grises sobre las chimeneas inútiles de las fincas del siglo XIX de un barrio del centro, una luz azul oscura, un atardecer y pensó escribir algo con eso. Últimamente siempre recorre las mismas calles en moto, calles que ya existían hace doscientos, trescientos años y en las que si se realizara una cata arqueológica se conseguiría un muestrario de piedra, adoquín, asfalto, tuberías de plomo, asfalto, cable telefónico, más asfalto, cable eléctrico, más asfalto, conducciones de pvc y fibra óptica. Y él puede que entre en éxtasis contemplando el azul del cielo pero yo siempre pienso lo mismo cuando paso por alguno de los múltiples socavones que motean las calles arregladas con adoquines: "¿Quién cojones será el ingeniero que ha diseñado unas calles que no son capaces de aguantar el tráfico que pasa sobre ellas? ¿Quién será el responsable de una chapuza así? ¿No habría que haberlo hecho bien desde el principio y no tener que andar rellenando con arena y asfalto los agujeros?".
Lo sé, lo sé, el idiota es mejor persona que yo. Menos negativo, no llena el mundo de ira y mala vibra (sí, es un neologismo pero me gusta como suena, ¿qué pasa?). Pero yo también tengo derecho a existir. Y me tiene hasta los huevos. Que conste.

jueves, febrero 10, 2011

Flamenco

Cuando el maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena, hizo en la misma canción un homenaje a Antonio Mairena y Pepe Marchena, rivalidad vieja y vigente en la época en la que mi abuelo era joven, aquellos que, como yo, no creen en la trascendencia, ni en Dios ni en Buda ni en nada más que el disfrutar aquí y ahora, casi pudimos ver los espíritus de ambos cantaores entrando en el cuerpo del maestro. Juro que los vi y juro que recordé una novela de Vila-Matas en la que un escritor se dejaba poseer por el espíritu de otro escritor, que a su vez se había dejado poseer por el espíritu de otro y de otro y de otro, en una cadena interminable que, si lo piensas, supongo acaba en un homínido dibujando algo en el suelo, juro que los vi discutiendo como en la época (yo soy más de Mairena, las cosas como son) y reconciliándose al fin dentro del mismo cuerpo, el del maestro Miguel Poveda. Piensen en ello, un mismo hombre, un mismo cantaor, frisando todavía la treintena, acabando de una vez por todas con ese enfrentamiento, por un lado la voz directa y poderosa y por otro los arabescos en falsete. Juro que los vi y lo juro por Dios, por estas, lo juro tan en serio como si fuera el mejor católico del mundo. Por mis muertos.
Cuando después hizo dos homenajes a Morente, que el Dios en el que no creo lo tenga en su gloria cantándole con su voz cazallera al oído (en el caso de que Dios necesite que le canten al oído, que lo dudo, que Dios lo sabe todo y entonces ya sabe lo que sentiría si Morente le cantara al oído, él se lo pierde), cuando hizo aquello, juro otra vez que vi al maestro hinchando el pecho y cantando de menos a más, cambiando la nota inesperadamente, cambiando con su voz el flamenco para siempre que, como dijo el maestro Poveda, frisando todavía la treintena, es imposible hablar de él en pasado, él que siempre fue el futuro del flamenco, él que fue el más moderno entre los modernos y se atrevió a grabar Omega, que seguro que no hay un disco como ese desde La leyenda del tiempo de Camarón, que eso son palabras mayores y ganas me dan de santiguarme sino fuera porque no creo en Dios, que creo que ya lo he dicho antes, Omega, grabado con un grupo de hardcore que gustaba de la distorsión y que ha pasado a la historia, Lagartija Nick, se llamaba, que ha pasado a la historia, decía, por haber grabado precisamente ese disco, que nadie se acuerda de lo que hicieron en solitario, dicho sea esto con todos mis respetos, que conste, que grabaron Omega y ya fue suficiente. Vi al maestro. Lo juro por Dios que lo vi.
Y cuando el maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena, hizo una saeta, me quedé boquiabierto admirando su voz, su temple y su jondura, boquiabierto, que cerré la boca en el gesto de tragarme el nudo que se me había puesto en la garganta y me costó la misma vida poder tragarme aquella bola que estaba hecha del mismo material que acabó con los huesos de Stendhal en el suelo cuando miró hacia arriba en la Iglesia de la Santa Croce en Florencia, la misma esencia que se te instala en la base de la columna vertebral cuando miras el David de Miguel Ángel o El Cardenal de Rafael, una sustancia tan particularmente humana que han tenido que pasar treinta mil años desde el momento en el que el homínido que pintaba antes en el suelo tuvo la idea de dibujar un toro en su cueva para que los dioses le sonrieran en la caza, algo tan inexplicable, (inefable es una palabra más exacta para ello, lo que no se puede expresar con palabras), que llevamos siglos dándole vueltas, intentando explicarla, que si el arte es esto o es aquello, que si el arte debe provocar emoción o no, que si tal y que si cual. Que os calléis coño, que no oigo cambiar de palo al maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena.

El flamenco es una cosa muy seria, eso lo sabe todo el mundo, aunque en el concierto de Poveda, le pidieran a gritos desde el público que se adelantara, que no lo veían, que habían venido a verlo y a escucharlo y el contestara que era muy feo, que era mejor que la gente se dejara llevar por la música para acabar adelantando la silla y consiguiendo un aplauso de los mismos que gritaban y a los que el público mandaba callar. El flamenco es una cosa muy seria y, durante muchos años y aún ahora, la imagen que los extranjeros tienen de España pero cuando Poveda se levanta y baila, lo hace fatal porque siendo payo y catalán, qué quieres, pues que baile fatal por mucho que digan que el ritmo se lleva dentro y que el que es capaz de cantar así debería ser capaz de moverse un poco mejor. El flamenco es una cosa muy seria aunque en las palabras que dedicó el maestro a Morente, muerto y enterrado hace tan poco, saliera a relucir que con el de Graná siempre te amanecía, que Enrique era así, todo alegría y comerse la vida con hambre y venga vinos y venga cigarrillos y lo que viniera después. El flamenco es una cosa muy seria y, como decía José Mercé en una entrevista, qué horas son estas para un flamenco, que me hacéis ir a grabar a las nueve de la mañana, coño.

martes, febrero 08, 2011

Trenes

Todos estamos sobrepasados de información y lo sabemos aunque no hagamos nada por solucionarlo. Todos empleamos demasiado tiempo pulsando repetidamente el enlace a nuestra bandeja de entrada, refrescando la página de FB, tuiteando como imbéciles naderías de 140 caracteres. Mientras tanto, nuestro cerebro cambia y a pesar de tener la impresión de hacer muchas cosas a la vez, lo cierto es que perdemos el tiempo de forma clamorosa (pulsa y pulsa y pulsa el enlace que lleva a tu bandeja de entrada y vuelve a pulsarlo a ver si alguien te ha escrito en el intervalo de cinco minutos entre una pulsación y otra). Refresca tu página de FB. Proclama al mundo tu estado de ánimo. Únete a causas justas con un solo clic. Mientras tanto cada vez somos más incapaces de prestar atención continuada a algo que requiera concentración. Mientras tanto ponemos a la misma altura intelectual al grupo y al fan que lo sigue, a la alta literatura y al cómic, a la página de tendencias y al filósofo de la ciencia. Mientras tanto, los diez minutos de fama de los años sesenta se han convertido en segundos de popularidad gigantesca en una red inaprensible que, sin embargo, nos tiene a todos agarrados por el cuello. Estamos cambiando nuestra manera de pensar, nos estamos convirtiendo en seres capaces de atender superficialmente muchas cosas (la mayoría de ellas inútiles), seres superfluos, incapaces de penetrar la costra que las grandes compañías segregan poco a poco sobre la realidad, haciéndola más poderosa, más elástica, más flexible. La cosa en sí, que decía el filósofo. La cosa es sí está ahogada por esa costra que no es más que una tela de araña que lo envuelve todo de nailon indestructible. Estamos cambiando y ni siquiera nos damos cuenta. No tiene que ser necesariamente malo, es cierto. Los humanos tenemos una capacidad de adaptación sorprendente y también nos mareábamos cuando probamos por primera vez viajar en tren a 80 kilómetros por hora y nuestros ojos eran incapaces de enfocar el paisaje (cambiando a cuatro o cinco velocidades según fijemos nuestra vista más cerca o más lejos del borde del camino). Lo hicimos y ahora podemos circular a doscientos kilómetros por hora sin detenernos a pensarlo demasiado. Tampoco estábamos preparados para subir los 14 ocho miles, que diría Vegas, y ahí están todos esos héroes amputados que lo han conseguido sin oxígeno. Los humanos (el virus que acabará con el planeta, agente Smith dixit) somos sorprendentes. Y, últimamente, ligeros como la espuma de zanahoria.

En las últimas semanas imagino gráficos vectoriales en verde fluorescente que representan mis ideas, pienso en el universo de los conceptos como una esfera compacta y veo la inteligencia humana extendiéndose por su superficie en ondas, olas de inferencias que recubren poco a poco ese planeta ajeno y oscuro pero que no consiguen penetrar en su interior, pues apenas aspiramos a explotar una minería de conclusiones en la superficie, a cielo abierto. Cosas así, imágenes en movimiento que apenas arañan la capa más externa de lo que quiero decir.
Imaginen por un momento un instante de la red, imaginen los centenares de millones de comentarios a los blogs más famosos, las decenas de millones de conversaciones de vídeo, los miles de millones de imágenes. Imagínenlo todo de forma simultánea, como un flash, como un pico de información capaz de desbordar los más potentes ordenadores, una vibración en el aire, un nota disonante en la melodía del mundo.

Ahora, respiren profundamente, dejen su mente en blanco y lean:

Luna, reloj de arena:
la noche se vacía,
la hora se ilumina.

Octavio Paz
HAIKÚS
Árbol adentro, 1987

lunes, enero 31, 2011

Chino

El chino ha entrado en la tienda me ha dicho (en un español bastante bueno aunque susurrado) que era el encargado de la tienda de más allá de la plaza y que necesitaba diez euros para gasolina y que más tarde me los devolvía. Yo le he preguntado que por qué no se los pedía a los del supermercado chino de enfrente y él me ha dicho que no se llevaban bien, que eran competencia. He preferido creérmelo y los diez euros han volado de la caja al bolsillo del chino y, claro, no he vuelto a verlos. Me los ha timado limpiamente pero, a cambio, me ha dado algo que tal vez valga más de diez euros, una historia, un rato de reflexión, tal vez alguna idea nueva.
¿Por qué he preferido creer al chino y darle el dinero cuando en cualquier otro caso hubiera dicho que no sin darle muchas vueltas?
Lo he pensado un buen rato y creo que el hecho de que un chino entre en una tienda y hablando en español pida dinero resulta tan poco común que la situación descoloca de por sí. Normalmente tienen tan poco contacto con los occidentales (el trato limitado a los saludos, a algún comentario sobre el tiempo, poco más) que he pensado que debía de encontrarse en un problema. Pero el problema era estúpido, falta de dinero para la gasolina, algo tan obvio que no hubiera dedicado ni medio minuto a considerarlo en cualquier otro caso. Así que debe de haber algo más. Pienso que tiene que ver con el miedo que tenemos a ser tachados de racistas. Si le niego mi ayuda a un comerciante de mi barrio que además es chino tal vez en realidad se la esté negando solo por serlo. Y claro, no queremos pensar así de nosotros mismos, adalides del progresismo. Creo (aunque quizá esto sea incorrecto políticamente) que no tenemos la misma capacidad para leer las intenciones en la cara de las personas de nuestro entorno, grupo étnico o cultural, o lo que sea, que en las de personas muy alejadas de nuestra cultura. Yo sé si alguien a quien estoy acostumbrado a ver tiene una cara confiable o no, si es marroquí o sudamericano me creo capaz de distinguir la diferencia, pero si es chino o nigeriano ya no estoy tan seguro. Sin embargo, el mero hecho de dejar por escrito estas reflexiones ya puede provocar polémica. Me sé las objeciones, no hay nada parecido a la raza, los grupos son culturales más que étnicos, seguro que no tendrías tantos problemas en distinguir las intenciones de un chino-español de segunda generación. Vale. Las acepto. Solo digo que me he comportado como un imbécil. Y que lo he hecho precisamente porque enfrente tenía a alguien chino.

Eso sí, alguien que se ha aprovechado limpiamente de todos estos prejuicios, de la situación de su comunidad en Madrid, del barrio en el que se encontraba, del tipo de negocio que tengo, de mi pinta, de tantas cosas, se merece los diez euros. Hay que tener arrestos para dedicarse a timar a la gente de esa manera. Piensen en hacerlo ustedes con el regente de un comercio de papelería en Pekín (lo siento, lo de Beijing no me sale natural).

Y en mandarín.

Lo dicho, que han merecido la pena los diez euros perdidos. Y que la próxima no voy a caer, sea quien sea quien me pida dinero. Aunque sea chino.

domingo, enero 09, 2011

Domingo

Llueve y después de haber leído Mazurca para dos muertos de Cela

(Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada.

-¿Muchas horas?.
-No, muchos años.)

o Cien años de soledad de García Márquez

(Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado.)

tal vez no haya mucho que decir, o tal vez decirlo sea una especie de obligación. No lo sé. Llueve y el agua repica en un empedrado nuevo con el que el ayuntamiento se esfuerza en cubrir el asfalto que en otro tiempo fue signo de modernidad y que ahora es solo símbolo de destrozo y rapiña y los fumadores ven el humo en las puertas de los bares dispersarse con prisas y los coches pasan levantando un pequeño reguero de gotas y sigue lloviendo. Llueve en domingo, con la resaca de las fiestas ya curada pero allá en el fondo (en nuestro fondo), llueve y leo y miro a la gente pasar tras un gran cristal y quizá no haya otro lugar mejor para estar en este momento. Llueve y suena una canción algo melancólica.

Y el agua es solo agua. Ni que fuera ácido.

martes, enero 04, 2011

Natación

Hace tanto tiempo que no escribo que no me he dado cuenta de lo que lo echaba de menos. Algo parecido a comenzar a comer y descubrir, después de no haber reparado en ella en todo el día, que tenemos un hambre gigantesca. Lo he advertido escribiendo un correo en el que las palabras han ido ocupando el lugar que les correspondía, como en una melodía, con el tono justo. He pensado que a veces no es tanto contar historias sino la música, la cadencia de las palabras surgiendo una detrás de otra, quedando atrás como un resto de hormigas tras el cursor que parpadea y avanza decidido hacia la derecha. Las palabras expresando algo con la precisión que se les puede pedir, tan poca.
No he escrito porque he estado ocupado con otras cosas (probablemente más importantes, no lo niego) y ha pasado el tiempo casi inadvertidamente. Parece que eso sucede cuando crecemos y nos hacemos mayores. El adulto, observador de referencia, puede insistir en que el tiempo trascurre de forma similar para ambos, el niño y él, pero nosotros (el niño) sabemos que no es así, o mejor dicho, no lo sabemos, lo intuimos, que es la forma de sabiduría que tienen los niños (Ortega decía que aprender es recordar y algo de razón llevaba). Nosotros, los niños, sabemos que nuestro tiempo es infinitamente más largo que el del adulto, pero solo lo sabemos desde el ahora, desde el adulto que somos, por lo que solo podemos recrear esa extensión infinita de tiempo, esa sensación que teníamos al salir de vacaciones en junio: la eternidad era un verano de tres meses sin colegio.
A lo que iba, que se me va el santo al cielo (claro, tanto tiempo sin escribir, es normal que todas las voces de tu cabeza traten de obtener sus diez minutos de fama warholianos), que el tiempo ha transcurrido sin aristas, sin daños, sin grandes problemas y ha volado (en buena ley, el tiempo no vuelva, somos más bien nosotros los que estamos imbricados con él) y he dejado abandonado el blog. Y me mira mal. Lo sé. Después de 5 años y medio me mira mal, se siente abandonado, supongo, aunque yo no le prometiera nada en firme. A veces pasa.

El caso es que ahora tengo una silla desde la que veo pasar a la gente tras el cristal de mi escaparate, una silla tras un mostrador hecho con tablones de madera, un mostrador de planta trapezoidal que sigue los ángulos extraños de la pared. Y tras esa silla, una librería. Un montón de libros mirándome. Esperándome.

Así que intentaré escribir de vez en cuando por aquí. La verdad es que no estoy seguro de conseguirlo, a pesar de saber lo bien que me sienta cuando lo hago. Me ocurre como con la natación.