lunes, marzo 30, 2009

Oeste y Norte

Oeste
Su pequeño cuerpo es un síntoma más que otra cosa porque todo en él es pequeño, ínfimo, minúsculo. Sus aspiraciones, sus aficiones, su curiosidad, todo en él es fiel reflejo de esta época sin impulso, inercial, que se sigue moviendo (algunos piensan ingenuamente que hacia delante) no se sabe muy bien por qué. Llega con su pequeño cuerpo, rematado en una pequeña calvicie y pasa cinco minutos disponiendo toda suerte de objetos de trabajo en la mesa: una botella de agua, un par de cuadernos, un par de bolígrafos, el ordenador portátil. Antes ha abierto el armario que se encuentra a su espalda y ha guardado un bocadillo envuelto en papel de plata que llena la sección de la oficina de un olor a pechuga empanada incongruente con la frialdad de ese lugar de trabajo, de ese espacio de representación. Pasa las horas, esto es, la vida, mirando en Internet las características de nuevos teléfonos móviles, la potencia de coches que nunca comprará o bien estudiando al detalle los manuales de instrucciones de los objetos electrónicos que acaban de enviarle a casa. También participa de vez en cuando en subastas online. Es amable y simpático pero esa amabilidad es solo un caparazón para su inanidad. Se podría afirmar que, en el fondo, es bastante tonto. O demasiado listo para dejarse influenciar por los sucesos de este tiempo prestado, de este tiempo que nos pagan a cambio de asentir de vez en cuando y hacer labores de promoción del inmediato superior, de este tiempo laboral recompensado por una nómina al final de mes. Tiene perilla y su boca está adquiriendo con el tiempo una expresión algo torturada, como si tuviera que hacer un esfuerzo demasiado grande por entender las cosas. Nunca habla de su familia a pesar de que todos sabemos que tiene mujer y dos hijos. También es profesor de tai-chi en sus ratos libres y algo aficionado a las predicciones esotéricas y a las infusiones orientalizantes.

Norte
Es una matrona de casi cincuenta años que no ha advertido que las ropas ajustadas que lleva debieron salir de su vestuario hace mucho tiempo. Llega siempre tarde y protesta por todo aunque no lleve razón. Casi nunca trabaja. Como tantos otros que llevan mucho tiempo trabajando en el mismo sitio, piensa que se ha ganado el derecho a la nómina tan solo por acudir a la oficina (poco y tarde, todo hay que decirlo), pero no trabaja casi nunca. Para ella trabajar consiste en criticar a quien haga falta con el resto de compañeros. Da la impresión de ser una mujer airada, presta a saltar a combatir a cualquiera que se atreva a ofenderla, ya sea la ofensa verdadera o imaginaria. Me da un poco de miedo, la verdad. Procuro no hablar demasiado con ella para no provocar su ira, su animadversión, para no darle motivos, reales o imaginarios, por los que aparecer en su lista de personas non gratas. No quiero que, poco a poco, debido a su sospecha, mis compañeros comiencen a mirarme de manera diferente, sospechando algo, tal vez una vida secreta y vergonzosa. Por eso siempre la saludo y siempre contesto a sus buenos días porque, como todo el mundo sabe, no contestar a los buenos días es el primer escalón para la defenestración pública y para el linchamiento, la lapidación y el sambenito y, por ahora, me encuentro muy bien donde estoy, es decir, lejos de ella y de su cohorte de censores.

viernes, marzo 27, 2009

Sin rumbo

(fragmento)

Me gusta caminar sin rumbo por ciudades desconocidas. Por ciudades en las que las aceras se colocan a mano o en las que hay museos en los que encontrar obras de arte raras o en las que las construcciones son de color gris, altas y picudas, porque nieva todo el invierno, o en las que las casas son todas del siglo XIX porque hubo un incendio. Y siempre hay un castillo en lo alto de un promontorio que data de la época en la que los caballeros llevaban armaduras.

Tom Waits.

Caminar sin rumbo y cruzar un pequeño puente cuajado de bicicletas o lleno de motorinos que transportan a gente trajeada de un sitio a otro o con taxis anticuados que emiten demasiado CO2 o con estatuas de cuatro siglos atrás, con velas encendidas en las imágenes de los santos, puentes que cruzan ríos con renombre, ríos de verdad, ríos por los que los normandos navegaron hasta arrasar la ciudad, o por los que los mauritanos pudieron acceder a ella y saquearla.

The Pixies.

Ríos que se hielan en invierno, ríos que apestan en verano, ríos en los que aún continúan pudriéndose los restos de los patriotas olvidados largo tiempo atrás, ríos de verdad con grandes mezquitas, con grandes iglesias, con grandes edificios al final. Siempre hay un río que parte la ciudad, que hace una ese y la divide en riberas y siempre existe una enemistad profunda y antigua entre los habitantes de una orilla y otra. No esos ríos de los que los poetas satíricos del siglo XVII decían mucha puente para tan poco río, no. Esos no.

Paul Weller.

Caminar por calles empedradas que siempre te llevan a la misma plaza con adoquines y terrazas para turistas en las que degustar un vino o una cerveza o un chocolate o un poco de raki con unas olivas, con un poco de queso, con pepinillos, con chucrut, con mejillones, con patatas rellenas y fritas, con trozos de salmón marinado. Siempre la misma plaza con edificios burgueses con más de tres siglos de antigüedad, de diferentes colores, de grandes ventanales, con tejados a dos aguas o grandes buhardillas o balcones cubiertos de cristal tallado. Siempre las mismas plazas con árboles antiguos, con gruesos troncos retorcidos que dan siempre la misma sombra sobre los mismos bancos puestos ahí por las autoridades para que los turistas puedan contemplar el paisaje. O sea, nosotros.

Iván Ferreiro.

Siempre el mismo paseo hacia grandes extensiones de terreno, hacia plazas que sirvieron para jugar a la pelota y en las que dioses con forma de serpiente aún nos vigilan, plazas con fuentes en el centro y mimos, siempre el mismo mimo omnipotente que te persigue, siempre el mismo idiota con la cara pintada de blanco. Siempre la misma plaza con su lugar de culto, con su iglesia, con su mezquita, con cualquiera de los altavoces que la humanidad ha construido para intentar que Dios escuche, pero Dios está demasiado lejos, demasiado alto y nunca son lo suficientemente potentes.

jueves, marzo 26, 2009

Ellos

Están entre nosotros. Se confunden con nosotros. Van a los gimnasios. Practican natación. Saben patronear un barco. Están bronceados a destiempo. Sus maneras son suaves pero tienen dientes afilados que trituran esperanzas. Se hacen cargo de lo que les han encomendado. Y lo hacen bien. Sea lo que sea. Despedir a la gente. Traficar con esclavos. Blanquear dinero. Nunca se manchan las manos. Son muy parecidos porque han aprendido a hablar utilizando las mismas expresiones en los mismos sitios y, sin embargo, todos se consideran originales. Son suaves con los poderosos y bruscos con los débiles. Eso sí, son trabajadores, muy trabajadores. Tienen dinero, grandes casas, coches caros, mujeres elegantes, niños guapos. Los ve moverse a su alrededor, con rapidez, ocupados en cosas que él, pobre, está seguro de no comprender y mirando con condescendencia a los demás, a todos esos que, según ellos, habría que apretar un poquito para que trabajaran más o, mejor aún, despedir. O matar. Si se mira desde una perspectiva adecuada, despedir a alguien o acabar con él no son cuestiones tan diferentes, ambas son maneras de perderlo de vista.

Le gustaría pensar que en sus casas, se convierten en personas normales que quieren a sus hijos y a sus esposas, que cortan el césped y que disfrutan de los pequeños placeres gastronómicos que pueden permitirse. Que, una vez despojados de sus trajes caros y sus zapatos italianos, vuelven a encontrarse consigo mismos. Pero la verdad es que hace tiempo que sabe que en las casas de todos ellos, unas vainas de aspecto vegetal rezuman líquido y palpitan en bañeras, en camas y en armarios. Esta es la imagen: las vainas laten despacio mientras la música va creando una atmósfera de suspense, de misterio, de una forma algo tramposa. Esta es la imagen: estas vainas tienen en su interior sus copias domésticas, las que tomarán el control cuando deban besar a sus hijos, cuando deban satisfacer sexualmente a sus mujeres. Copias con las mismas caras angulosas, los mismos músculos duramente trabajados o las mismas barrigas algo caídas, las canas y las patas de gallo, los pectorales y los tríceps. Copias que parecen apreciar el cariño, capaces de hacer cualquier cosa por sus seres queridos. Copias que parecen los verdaderos seres humanos.

sábado, marzo 21, 2009

Reflexiones

En China existe una gradación de calidad incluso entre las copias piratas. Según cuentan, es posible encontrar allí copias indistiguibles del original. Me pregunto entonces: ¿qué aporta la marca si una copia que vale diez veces menos resulta igual al original? Y también: ¿la firma del artista es la marca de la obra? Si un pintor decide dejar un cuadro en blanco por primera vez, el hecho de que otro pintor pueda copiar la obra de forma perfecta, ¿qué quiere decir? Si afirmo poseer una instalación original en casa que consiste en una habitación vacía, ¿en qué se diferencia de la que me muestra el museo o la feria de arte contemporáneo? ¿Qué tipo de objeto, de concepto, están amparando los derechos de autor en esos casos?

Y no sé por qué, porque no viene a cuento ni tiene ninguna relación con el arte, también me pregunto por qué casi nadie está preocupado por la cantidad de datos que Internet registra sobre todos nosotros. Porque puedo imaginar un futuro lleno de bots inteligentes que nos sustituirán en la red, construidos con esos datos. Y durante la noche, cuando no estemos conectados, esos bots alimentarán con su comportamiento distintas bases de datos comerciales que, ahora sí y para siempre, nos ofrecerán justo lo que necesitamos comprar para ser absolutamente felices. Aunque sean habitaciones vacías.

Y así.

lunes, marzo 16, 2009

Bits

Uno de los canales musicales de la televisión empieza a interrumpirse a intervalos regulares. En primer lugar pienso que se trata de un fallo técnico, pero la canción tiene un ritmo que me hace quedarme atento y pienso entonces que se trata de la canción misma, que así está escrita. Algo hace clic en mi cabeza. Información más no información, espacios vacíos. Todo es una cuestión de perspectiva. La información digital está llena de recortes, de huecos. E inunda el mundo. Y a nosotros. Está sembrándonos de pequeños orificios diminutos que no alcazamos a percibir. Está digitalizando nuestros cerebros.

Alabado sea el bit.

miércoles, marzo 11, 2009

Alma

Hasta 1512, en el quinto concilio de Letrán, la iglesia católica no reconoció la inmortalidad del alma. Es decir, desde una perspectiva actual, durante un 75,2% del tiempo de existencia del cristianismo, el alma de los hombres no era inmortal ni tampoco individual. Los hombres moríamos, nos descomponíamos y esperábamos el juicio final en nuestras tumbas, callados. Sin juicio a los tres días, sin cielo y sin infierno, sin purgatorio y sin limbo.

Teniendo en cuenta que hasta hace poco tiempo, para la iglesia católica, los niños que morían sin bautizar no iban al cielo sino al limbo (ya que eran culpables del pecado original) pero que, cuando el limbo dejó de formar parte de su doctrina, estos niños han encontrado por fin el camino al paraíso (pues los teólogos confían en la voluntad divina de salvar a todo el mundo), creo que podríamos deducir (y discúlpenme por mi falta de pudor a la hora de razonar sobre cuestiones divinas) que todos aquellos hombres buenos nacidos antes del cristianismo habrán recibido el mismo tratamiento, independientemente de la planta en la que se encontrara su sala de espera.

Como, a pesar de que no existen cálculos fiables al respecto, se puede estimar la población de humanos desde el inicio del homo sapiens en unos 80.000 millones de personas (más o menos), podríamos realizar una aproximación muy burda: si suponemos que mal es parte del 50% de humanos (ignorando la distribución del pecado por zonas temporales e históricas y despreciando los diferentes ritmos de crecimiento de nuestra especie a lo largo de la historia y otras nimiedades estadísticas), podemos concluir que en un instante, en un punto del tiempo, en mucho menos que un microsegundo, Dios tuvo que registrar, almacenar y contabilizar 30.080 millones de nombres, correspondientes a 30.080 millones de personas diferentes.

¿Se imaginan el barullo? ¿Se imaginan la cacofonía de imágenes, de recuerdos, de nombres que invadieron la mente divina? ¿Se imaginan el gigantesco jaleo que debe suponer el juicio final, el final de la historia, ante el cual esta pequeña actualización estadística es una nimiedad?

Suerte que la omipotencia de Dios fue un concepto introducido desde el inicio.

martes, marzo 10, 2009

Mentiras II

La primera vez que besé a una mujer tenía quince años y me gustó tanto que más de veinte años después todavía se trata de una de las cosas de las que más disfruto en el mundo. De que me besen, quiero decir. Aunque ahora ya casi me da igual si lo hace una mujer o un hombre, eso sí es cierto. En todo viaje se ganan y se pierden cosas, según dicen.
El caso es que era una chica medio pelirroja, con los dientes un poco separados, con ojos claros que se llamaba (joder, ¿cómo se llamaba?), Blanca, se llamaba Blanca. Me gustó su beso. Me gustó mucho.
Algún tiempo después, ya en la universidad, descubrí que algunos hombres eran, al menos, tan deseables como las mujeres. Al principio, el sexo con ellos me resultaba torpe y algo violento. Pero, mirándolo con perspectiva, creo que el que era algo torpe y violento era yo. Hoy en día casi lo prefiero al sexo con mujeres. Los hombres somos más simples y las relaciones ocasionales no traen complicaciones. El sexo es rápido, furtivo, morboso y satisfactorio.
Como es natural, también recuerdo la primera vez que besé a un hombre. Se llamaba Antoine y era de Marsella. Apenas tenía diecinueve años (yo no tenía muchos más) y aunque alto y fuerte, todavía tenía cara de niño. Había venido con una beca a aprender español y lo conocí en el verano de tercero de carrera. Lo vi hace algunos años y ya estaba mucho más hecho, más cuajado. Me gustó más esta última vez. También guardo un buen recuerdo de aquel beso suyo.

No sé por qué hoy la memoria me ha traído a la cabeza a Antoine y a Blanca. Estaré haciéndome mayor.

viernes, marzo 06, 2009

Japón

«El ministerio de Exteriores acaba de anunciar el nombramiento de las jóvenes Misako Aoki, Yu Kimura y Shizuka Fujioka, como Comunicadoras de Tendencias de la Cultura Pop Japonesa.
Estas tres chicas representan algunas de las corrientes de moda japonesa que más seguidores tienen en todo el mundo: el estilo Lolita, el de Harajuku (barrio tokiota de la ropa pop japonesa por excelencia) y el de colegiala.»
Fragmento de noticia de El País.

El cristianismo, al establecer una salvación individual, transformó la conciencia del hombre occidental, el concepto de su propia individualidad. Como teníamos un vínculo directo con Dios —un vínculo que, una vez roto, nos ha dejado solos y muertos de frío— los occidentales nos podíamos permitir no tener fidelidad a nada que no fuéramos nosotros mismos. Los orientales no. Los orientales se sienten parte de algo mayor. Aunque sea una tribu urbana.

Definitivamente, los japoneses me desconciertan.

Caso

Según parece, compartía el piso con otros dos hombres. Probablemente no ganaba lo suficiente como poder alquilar una casa a solas o prefería compartir piso y vivir en una casa grande en lugar de en un apartamento minúsculo. Seguro que su madre hubiera deseado que fuera un hombre de éxito, que viviera en un chalé, que tuviera un gran coche, que fuera algo que exhibir, un trofeo. Pero él no era nada de eso. No. Su piso era sobrio y masculino. Algunos libros. Algunas películas. Algunos trajes. Un empleo en una empresa de contabilidad. Viajes de vez en cuando por motivos de trabajo.

Sus colegas de oficina dicen que no notaron nada raro, que salió a la hora de siempre camino de su casa y que, de todas maneras, no era un hombre muy comunicativo. Sin embargo, sus compañeros de piso afirman que debió detenerse en algún lugar porque era bastante maniático y solía volver a casa todos los días a la misma hora. No parecieron muy tristes cuando les comuniqué la noticia, la verdad. Eso no significa nada, claro. En las series de televisión, tras una muerte, cuando alguien no está apenado o se alegra de lo que ha sucedido, normalmente suele ser culpable. Me gustaría que la vida se comportara de esa manera. Nuestro trabajo resultaría mucho más fácil. A veces me pregunto cuánta gente muere a diario en el mundo sin que nadie los vaya a echar de menos. Pero no me hagas caso, perdona. Es que estoy un poco cansado. Llevo demasiado tiempo en esto.

No tenía señales de violencia. La única pista que encontramos en su ropa ha sido la tarjeta de un club de striptease. Hemos preguntado por allí y una chica lo ha reconocido, ha dicho que bailó para él en un pase privado pero que después de meterle un par de billetes en el tanga, se fue, alegando que tenía que ver a su mujer. La chica es mulata y es increíblemente guapa, tiene unas tetas espectaculares, la verdad. Es bastante vulgar pero eso la hace aún más atractiva, qué curioso. Me extraña lo de la mujer. ¿Por qué mentirle a una bailarina? Sí, llevas razón, estoy exagerando. A veces la gente dice cosas sin pensarlas demasiado, sin que detrás haya ningún motivo raro. Tal vez, simplemente, fue testigo de algo ilegal, de algo que no debía haber visto.

Ya te digo que no me hagas mucho caso, estoy hoy charlatán y divago. Ya sabes que a veces me pasa. No, no he discutido con Lola, creo que ya no estamos en esa etapa. Ahora ni siquiera discutimos. Ahora nos callamos lo que nos gustaría decir porque hemos comprobado que ya no sirve para nada. La gente discute cuando cree que hay una razón, cuando aún tiene esperanzas de poder arreglar las cosas. Da igual, qué le voy a hacer. Volviendo al caso, esperaremos los resultados de la policía científica para ver si podemos seguir con la investigación. Creo que aquí ya no hay mucho más que podamos hacer. Un hombre de hábitos fijos, sin amantes, sin amigos íntimos, sobrio, sin vicios. Y fíjate.

Sí, a veces los casos se estancan porque no hay hilos de los que tirar, porque nadie muestra interés en que se resuelvan y la cara del muerto se va difuminando poco a poco, va desapareciendo del mundo y entonces, incluso sus fotografías en los archivos policiales parecen hacerse más borrosas con el tiempo. Es mejor no obsesionarse, hazme caso. No siempre es posible averiguar qué pasó. Forma parte del trabajo.

jueves, marzo 05, 2009

Mentiras I

Lo vi al otro lado de la calle y me alegré. No veía a Luis desde hacía más de diez años, desde la época en la que habíamos compartido grupo de trabajo en primero y segundo de carrera. Pero después de esos dos primeros años, cambió de ciudad y de facultad y no volví a saber de él. Sin embargo, durante el tiempo que fuimos compañeros, pasé muchísimo tiempo en su piso de estudiante, trabajando por la noche y escuchando bandas sonoras de películas de terror. Mientras escribíamos líneas de código, la música nos hacía recordar a Jason con un cuchillo en la mano y una máscara de hockey en la cara, disponiéndose a matar al último adolescente de la película. Durante ese tiempo, además, también compartimos otras aficiones: Twin Peaks y las películas de Linch, la música instrumental de Michael Nyman y los cómics. Cosas así.

Mi amigo era un tipo curioso —la palabra que él siempre utilizaba para describir, sin ofender a nadie, algo que no le gustaba; sí, es algo curioso, decía— que vestía de negro, era aficionado al gore e insistía en que cuando tuviera su propia casa, decoraría la entrada con un espejo deformante. Llevaba gafas, barbita y era rubio aunque ya por entonces se advertía que su pelo era demasiado fino, que probablemente se quedaría calvo antes de llegar a los cuarenta. Tenía una risa estentórea, un poco forzada, como si pretendiera dar un poco de miedo. No creo que se le pueda culpar, teníamos diecinueve años y el afán de originalidad propio de la edad. Esa es una época en la que todo el mundo se comporta como un actor en su propia sitcom y yo también forzaba mi procedencia lumpen —que no era del todo cierta pues mis padres siempre fueron de clase media y el barrio en el que me crié bastante normal— ante los demás.

En el verano del año 91, hubo un trabajo en especial —el trabajo de evaluación de una asignatura denominada análisis numérico— que apenas nos dejó dormir. Debíamos presentar para el examen de septiembre un programa que mostrara como funcionaban varios algoritmos matemáticos de resolución de problemas: ecuaciones diferenciales, integrales, derivadas, etc. Fue un largo verano en el que los dos trabajamos en su casa en agotadoras jornadas de hasta dieciocho horas seguidas. Un verano en el que Cristina, una chica del pueblo de Luis que estaba haciendo el doctorado y que estaba alojada en la casa para poder trabajar, nos cuidó como si fuera nuestra madre y nos hizo la comida y nos dio masajes y se interesó por nuestro estado de ánimo —bueno, no exactamente como si fuera nuestra madre porque, de no haber tenido novio, estoy casi seguro de que se hubiera venido a la cama conmigo— y en el que estuvimos a punto de perder los estribos más de una vez por el estrés, el apremio de la fecha de entrega y los errores que aparecían de forma inesperada en el programa y que nos mantenían con la vista fija en la pantalla del ordenador.

El trabajo duro en compañía une mucho y cuando los ánimos están agotados y el cerebro no da más de sí, se establece una relación especial entre la gente. Recuerdo una noche en la que, tras dos meses trabajando a un ritmo infernal, Luis dijo una tontería y ambos tuvimos un ataque de risa histérica. Llorábamos de risa mientras nos agarrábamos la barriga. De hecho, la estridencia de nuestra risa nos preocupó tanto que cuando acabamos, decidimos tomarnos la noche libre. Estábamos forzando demasiado la máquina y si seguíamos así aquello no podría acabar bien de ninguna de las maneras. Si seguíamos por aquel camino, una noche íbamos a llegar a las manos. Nos vino muy bien aquella noche de descanso. Nos reímos con Cristina —creo recordar que aquella fue la noche en la que intenté llevármela a la cama pero no estoy seguro— que nos explicó cosas sobre su doctorado en botánica y sobre el funcionamiento del mundo científico y las publicaciones de artículos y el impacto de las distintas revistas y esas cosas —yo creo recordar un beso, un buen beso, pero ya digo que no estoy seguro—. El caso es que, después de tanto trabajo, entregamos el programa a tiempo y conseguimos un sobresaliente. Hay pocas cosas que puedan compararse con esa sensación, con la sensación de haber trabajado duro y sentirte orgulloso del esfuerzo y que, además, el resultado se vea recompensado.

Todo esto me vino a la cabeza a la vez, en un instante, cuando identifiqué a Luis en la acera de enfrente. Como un volcado automático de memoria. Como si alguien me hubiera inyectado todos esos recuerdos, sin aire dentro, densos. Así que crucé la calle con una gran sonrisa, con la sonrisa de: colega, cuánto tiempo, me alegro de verte, qué es de tu vida, ¿tú también vives en Madrid? Con la sonrisa de toma mi teléfono y llámame algún día para charlar, ahora vivo en el centro y conozco muchos sitios que están muy bien. Ya digo que me alegré de verlo. Sin embargo, él me miró como si no me reconociera y cuando sí lo hizo y pude verlo en su cara, adoptó una expresión extraña, como si yo fuera una especie de fantasma de su pasado que no esperaba encontrar nunca más, como si toda aquella etapa que compartimos se hubiera borrado de su cabeza. Entonces me dijo que se dedicaba a la publicidad y que trabajaba por allí cerca aunque no me dijo exactamente donde. Vi en su cara que no tenía ningún interés en volver a verme, que yo no acababa de ser real para él. Advertí además que no estaba dispuesto a darme su teléfono ni a decirme donde vivía. Yo, simplemente, era alguien que le estaba obligando a recordar una época que, probablemente, había eliminado conscientemente de sus recuerdos. Aún me pregunto el porqué de su reacción. No tuve tiempo de preguntarle por Cristina tampoco (¿realmente se llamaba Cristina?).

No sé. Yo no recuerdo haber discutido con él. Siempre lo he recordado con cariño y siempre he pensado que nuestro distanciamiento, como ocurre tantas veces, se debió solo a que se fue a otra ciudad a hacer otra carrera y cambió de vida de y de compañías. Pero ya no estoy seguro de nada. Ni siquiera del beso inventado que estoy seguro que nos dimos Cristina y yo.

domingo, marzo 01, 2009

Envidia

(para Eva)


El deporte es así, cariño, tiene la ventaja de que es inapelable. Ganas o pierdes. De alguna manera, simplifica la maraña que es el mundo hoy en día. Es claro. Has corrido más, has marcado más goles, has conseguido más canastas. Está muy claro. Por eso cuando alguien triunfa en el campo, lo hace de forma también inapelable: el mejor goleador de la década, el mejor pívot, el mejor tenista. Y por eso sus fotos nos sonríen desde todos los periódicos. Porque existe un motivo objetivo para que lo hagan, porque nosotros adoramos a los ganadores.

Sin embargo, yo siempre me he preguntado por los lentos años restantes, por el día a día de los exdeportistas que ganaron, por la acumulación de tiempo que abre una vereda cada vez mayor entre el ahora y el entonces. Entre el tiempo en el que las multitudes rugían y el rostro del ídolo era el rostro humano de un dios mítico, y el ahora, tan pálido en comparación, tan anodino, tan gris. Cómo no vivir con la mirada puesta en el instante en el que el himno sonó y en el que la bandera ondeó por encima de las demás. Cómo pretender llevar una vida normal tras el momento en el que nuestro rostro estampó las portadas de todos los periódicos, tras el día en el que borrachos de éxito, aparecimos abriendo una gigantesca botella de champán ante las cámaras.

¿Cómo podemos haber envidiado en alguna ocasión a Fernando Torres? ¿Cómo podemos haber deseado marcar aquel gol?

Ilusos.

martes, febrero 24, 2009

Roturas

(a Portorosa)

Andrea y Bruno rompieron hace dos meses. Durante un año habían sido un ejemplo, se habían conocido, se habían enamorado y, tras solo tres meses se habían ido a vivir juntos. Ambos pasearon durante meses su amor en los distintos actos sociales de la pandilla hasta que un buen día, encontré a Bruno solo en el bar, tomando demasiadas copas, con cara de no querer contar nada a nadie. Durante los siguientes seis meses, tuvieron una relación intermitente. Por eso el resto de amigos nunca preguntaba a uno cómo le iba al otro, porque a nadie le gusta quedarse con cara de idiota mientras oye a alguien querido despotricar de una persona a la que también aprecia. La última vez que los vi juntos me dio la impresión de que iban en buen camino para reconciliarse. Me gustó pensarlo, siempre creí que hacían buena pareja.

Pero no. Lo dejaron definitivamente. Andrea sale ahora con otro miembro del grupo. Un tipo grande que se llama Ángel, escultor, muy comilón. El problema es que la pandilla de amigos ha experimentado una repentina división en facciones casi enemigas. Es ridículo porque todo el mundo sabe que una pareja puede separarse por muchos motivos y que casi siempre ambos llevan su parte de razón. Supongo que madurar consiste en comprender las razones de los demás, en ser capaz de meterse en la piel de casi cualquiera, en no ser categórico a la hora de expresar una postura moral. Hoy en día las decisiones morales están tan llenas de matices, de claroscuros, de pequeñas consideraciones, que no es fácil dar una opinión. Incluso en un caso aparentemente claro como, no sé, una madre o un padre que abandonara completamente a sus hijos por un apasionamiento pasajero, somos capaces de entenderlo haciendo un esfuerzo, de comprender el ansia de sentirse deseado, de exprimir los minutos que quedan, de intentar recuperar (como si eso fuera posible) el tiempo perdido.

De ahí que me parezca pueril la división de la pandilla en dos grupos: los que entienden a Andrea y, en cualquier caso, prefieren no dar su opinión sobre algo que no conocen, entre los que me encuentro y los que la critican por seguir frecuentando los mismos bares, viendo a la misma gente y además haciendo ostentación de su relación con Ángel. Hace una semana me los encontré a ambos. Me pareció que ella buscaba con los ojos mi aprobación. No la mía en concreto, supongo, sino la aprobación en general. No me gustó su mirada, parecía asustada, como si hiciera recuento de la gente con la que podía contar. Vi inquietud en sus ojos y tal vez algo de remordimiento. Quizá recordó al saludarme algunas de las conversaciones que habíamos tenido ella y yo, que el tiempo pasa deprisa, que hay que aprovechar las oportunidades, que no hay que ser desconfiado, que es mejor que te decepcionen a quedarte en casa, con miedo a la vida, que vamos teniendo una edad en la que hay que lanzarse a conseguir lo que crees que te hará feliz, que el amor merece la pena, que ella se había enamorado de Bruno sin dudarlo, que había estado segura de que era el hombre que andaba buscando, que por eso no había dudado en mudarse a su casa.

Supongo que la mirada retrospectiva sobre esas conversaciones debe producirle algo de vergüenza, que pensará que la juzgo, que me preguntaré a dónde han ido las palabras de las que estaba tan segura. Y no lo hago. En absoluto. Si pudiéramos recuperar las palabras que hemos dicho a lo largo de nuestra vida, estoy seguro que la mayoría de ellas nos cubrirían de vergüenza. De ahí que, en contra de lo que piensa casi todo el mundo, yo crea que el olvido es, al menos, tan importante como la memoria porque, en realidad, nosotros no somos sino nuestros recuerdos en una línea temporal, fotos secándose colgadas de una cuerda en un estudio y además nunca sabemos lo que vamos a acabar olvidando, qué fotos formarán parte de nuestro álbum personal. Recuerden, si no, las veces que han jurado no hacer algo que ha acabado gustándoles, las veces que dijeron esto no y acabó siendo que sí, las veces en las que dijimos: no voy a olvidarte nunca, nunca dejaré de acordarme de esta noche, te querré siempre, siempre recordaré este momento. Yo no me veo capaz, la verdad. Y ustedes tampoco. No se engañen.

martes, febrero 17, 2009

Generación

Los retratos generacionales no tienen ninguna gracia, en serio, son todos iguales, cambian muy pocos detalles. Mira el mío: chico de familia trabajadora pero de clase media, estudia en un instituto público en barrio malo, azotado por la heroína en los ochenta y comprende a los catorce años que debe tener cuidado con ciertas cosas, entiende el valor de la amistad, se emborracha, se desvirga, estudia, trabaja, sigue emborrachándose (ahora más), se droga un poco, sale con chicas, lee, estudia, se deja el pelo largo, se hace heavy y después grunge (que es lo mismo pero con más mala leche) y después se va a otra ciudad, conoce a la que será su mujer, se van a vivir juntos, disfrutan de una década de felicidad, se acaba el amor, se sufre, se escribe, se lee, se mejora, se perdona. Hasta hoy. Ya está. Ea.
Ahora un poco de color para las descripciones: un banco de piedra, una litrona en la mano, un cigarrillo en la otra, quince años y conversaciones sobre el amor, la música, el pop británico. Con dieciséis conversaciones nuevas: filosofía. Bloques de apartamentos construidos en los setenta, cristales rotos de cervezas de litro, el sol poniéndose tras la ropa tendida en los balcones diminutos y traspasando las sábanas blancas de algodón, bares donde faltar a clase y tomar café fumando tabaco negro, música y más música, viva el mal, viva el capital, que decía la bruja Avería. Más cosas: rejas verdes, institutos de ladrillo visto, el colegio privado a doscientos metros donde iban los que tenía pretensiones y pretendían estudiar económicas, olor a hachís y orines, perros pulgosos, diversión, libertad, salir a fumar entre clases, profesoras que recomiendan lecturas interesantes y a quienes parecíamos algo más que imbéciles con granos. ¿Quieres más? La universidad, el trabajo duro, la carrera, las fiestas, que tus padres comiencen a tratarte como un adulto, la primera beca, el primer trabajo, el primer dinero y la primera casa, la segunda decepción amorosa. ¿Más? Granada y amigos nuevos y trabajo y pagar las facturas y aprender inglés y una cola en un aeropuerto en mi primer viaje. El rostro de mi ex, mirándome arrobada, esa es la palabra, arrobada. ¿Más? Pantera sonando atronadora mientras estudio Teoría de la complejidad, ¿más? Madrid, trabajo, prisas, trajes, y el blues sonando cansado mientras estudio latín. Leer, leer, leer. El Quijote, varias veces.

¿Y bien?

sábado, febrero 14, 2009

Glosa

Muchos años después, cuando me levante con resaca, en otra casa, después de haber perdido otra noche más un montón de pasta y temiendo una llamada de teléfono que no querré coger, habré de recordar la tarde en la que todo se fue a tomar por el culo y tuve que escapar como un perro con el rabo entre las piernas.

Está escrito.

jueves, febrero 05, 2009

Extraño

Hay un extraño sentado en mi sofá. No lo conozco. Está cómodo, sentado con las piernas abiertas mirando la televisión, tranquilo, como si la casa fuera suya. Le digo hola y me saluda. Me siento a su lado y le comento que mi jefe me anda tocando los huevos y que tengo demasiado trabajo. Me dice que los jefes siempre le tocan los huevos a uno y que el trabajo, independientemente de su cantidad, siempre es demasiado. Me cae bien el tío. Llevas razón, le digo, llevas razón y más tarde le pregunto si quiere una cerveza. Sí. Guay. Me levanto y voy a la cocina y cuando abro el frigorífico compruebo que la compra está hecha. Casi todo me gusta. Ha atinado en las marcas, y en pijadas como la mostaza de Dijon, el chocolate suizo y la cerveza alemana. Joder, qué ojo. Abro dos Franciskaner, y las sirvo en un vaso largo, como hay que hacer. Cuando llego al salón le digo que hay partido y que ya que está allí que si lo vemos juntos. Dice que sí, pero que el va con el Milan y que al Madrid que le vayan dando. Pienso que así es mucho mejor, si los dos fuéramos del mismo equipo, el partido sería mucho menos divertido, que tengo suerte de tener un amigo así. Voy a hacer palomitas, dice, te apetece un sandwich, me pregunta. Vale, de jamón, mismo, digo a ver si pilla la broma tonta. Sonríe y dice yo también me lo voy a hacer de jamon mismo. Nos sentamos a ver el fútbol y lo pasamos bien. En el intermedio hablamos de mujeres, de culos, de política. El tío lee, sí. Nos envalentonamos y empezamos a hablar de literatura, se lía un porro de marihuana. Buena, de las simpáticas que no dan paranoia. De ahí al arte contemporáneo apenas si hay un saltito, un saltito de nada. Cuando advertimos que estamos hablando de instalaciones y de que artista es aquel que mira por primera vez algo común de forma diferente, y de la diferencia entre el arte actual y el renacentista, nos da la risa. Lloramos de risa. El Madrid va ganando uno a cero.

miércoles, enero 28, 2009

Poetas

Voy a hacer una excepción en este blog. Sabes ustedes que juego a estar detrás de un personaje y que me gusta que desconozcan quién es el que habla, el que escribe. Ahora, sin embargo, el que escribe soy yo y nadie más. Saben ustedes que juego a no citar otros blogs, a no poner enlaces, a no subir fotos ni canciones y que me gusta que este sea un espacio en el que solo estén las palabras estas que aparecen por aquí. Ahora, sin embargo me apetece publicar algo personal.

Tres poemas de invierno, tres poetas amigas, en la realidad a este lado de la pantalla del portátil:



ETDN:

Qué lentos los minutos

en las piscinas de agua templada

en este líquido

profundo

de invierno

Aroa:

Yo no sé nada de las mujeres
que ríen
tan tempranas.
Tienen el corazón
tiznado
de gotas de café
y humo de cigarro.
Su cadera se expande
sin dolores
sin los hijos colgando
sin la casa.
Las mujeres que libres
se reúnen
sin otra vocación que la mañana.
Nada sé yo de la mujer oscura
que adorna las esquinas.
Calle del Desengaño,
los yunqueros del cuerpo
golpean con su sombra
la lluvia prematura.
Tiene horarios la noche
que alzan sus cortinas
como en esta oficina
de mañana.
Nada se yo del abrigo arrugado
de la mujer
cautiva. El coche
y el frenazo
de cielo
sobre ella y en rojo,
el crujido de pétalos
perfuma su rutina
y carreteras insomnes.
Nada sé de su dolor vencido
de héroe que se esconde
de manzana brillante.
Pero todas,
lo sé,
regresan un instante
y, al menos,
unas horas
dormidas
reconocen sus sueños.

y Lara:
Como una ruina levantándose, ahogado el silbido del
espacio, la aleta de un escualo o un colmillo, así
barrunta el huracán tras estas puertas.
No hay resquicio por el que no grite el aire ni
madrugada inocente o inofensiva.
Y ni siquiera el humo de la luz que se consume,
la espalda quieta en este muro contra nada.
Ya no hay chicharras, ni pasos cuando la feria,
y mañana el frío hará escarcha en los cristales,
y yo haré balanza: con el recuerdo fresco de
la sangre en el plato tras la carne, la ciudad
se me aparece entre los sueños con los pasos
quemados de los amigos, y a pesar de eso, hoy,
la soledad hinchada de estas paredes, la noche
larga, el teléfono, la vela quieta, el vicio,
antropofagia de los secretos, y tecla a
tecla: el desafío.

Cuando detrás de las horas vengan tus huesos
a juntarse otra vez con todos los míos, y llueva
sobre mojado en esta cama, y caiga la gota gorda,
piel aunque piel, poro propósito, tarde y marisco,
yo haré balanza: el viernes, día de la luna,
diente y ombligo, que ningún viento arranque
de cuajo esta ballena donde he vivido.

martes, enero 13, 2009

Cansancio

Tanto maldito sentimiento implicado en la creación literaria me hastía un poco, la verdad. Tantas horas dedicadas al ínclito oficio de escribir, y tanta sangre y tanto esfuerzo y la musa que se resiste y tal. Ese es el tema: casi todos los escritores creen necesario decirnos que escribir es una lucha, que escribir es algo agónico, que serían capaces de vender a su madre por una buena historia, que viven la vida de forma vicaria, interponiendo entre la realidad y los sentimientos una especie de papel carbón, que hace copia de los acontecimientos para que después puedan interpretarse por el yo escritor. Que los escritores no pueden evitar pensar en cómo contar los grandes acontecimientos de su vida de una forma literaria, que hay escritores que ven a su propio padre agonizar y, en lugar de sentir asco y rabia con el mundo, en lugar de sentirse verdaderamente solos, ya desesperadamente solos ante la muerte —la próxima generación en morir será la mía, la mía y no la de otro— lo que hacen es imaginar cómo van a contar esa muerte y esa soledad ante los demás. Que escribir es necesario, que hay que sentir una especie de pulsión inevitable que te haga poner palabras en el papel, que escribir es una especie de misión de Dios, un destino que se asume resignadamente porque, de verdad, lo que querrían hacer todos los escritores no es sufrir sino más bien pasar todo el día follando con mujeres guapas, como todo el mundo, pero que ya que se sienten elegidos en su misión, hacen el esfuerzo y en lugar de drogarse, o dar paseos, o escuchar música o cualquier otra cosa —follar con mujeres guapas— se ponen delante del ordenador, o del papel en blanco e intentan conmover a gente que ni siquiera conocen y eso a pesar de tener que ver a un psicólogo por lo mal que les hace sentir recordar que no pudieron apenarse verdaderamente con la muerte de su propio padre, sino que almacenaron la experiencia para utilizarla más tarde en una obra maestra, una obra que les llenara de orgullo.

Anda ya. Que estáis muy vistos. Que me cansáis. Decid algo original, coño.

Está claro que yo no voy a acabar escribiendo nada serio porque no siento ese destino dentro de mí, porque no me siento impulsado por la Historia, porque a veces tengo ganas de escribir y a veces no, porque no creo que escribir una novela sea más importante —ni de coña— que construir un puente. Y, claro, así, con esa falta de destino, con esa falta de pulsión, de intensidad, de necesidad de escribir, con esa falta de misión divina, cómo voy a acabar escribiendo algo serio, algo tremendo, algo trágico, algo que conmueva y cambie la vida de alguien. Pues de ninguna manera, la verdad. De ninguna manera.

Qué le vamos a hacer. Lo mío deben de ser los puentes.

lunes, enero 12, 2009

Cuentos de hielo

El hielo y el frío lo han cubierto todo con su manto de conservación y, al igual que ocurre en las fotos de la gente muerta, han detenido el tiempo, lo han congelado. Y como las historias no son nada sin el tiempo, no son nada sin el movimiento inherente a la vida que representa el tiempo, también se han congelado, se han retirado a un lugar al abrigo de las temperaturas del exterior. Como esos peces que son capaces de reducir al máximo sus constantes vitales para conservar la vida en el fango seco, así están ahora los personajes de estos cuentos. A la espera. A la espera de que se derrita un poco la escarcha para poder gritar aquí, diciéndole al jodido invierno: eh, mira imbécil, aquí estoy, por mucho frío que nos eches encima, hijo de la gran puta.

Y las manos de uno de esos personajes, uno que suele usar una moto para llegar al trabajo, se han congelado y ha debido acudir al centro médico, donde, desgraciadamente, no han conseguido salvar todos sus dedos. Pero, como se trata de un accidente laboral in itinere, ha conseguido una pensión por invalidez que, de una manera que no alcanza a comprender del todo, le ha garantizado un sueldo para el resto de su vida. Y reflexiona sobre el hecho de ser un inválido mientras se hace un té y mira por la ventana un día entre semana, sin prisa por acudir a ningún sitio, liberado al fin de realizar un trabajo que odiaba. Reflexiona sobre su propia invalidez, que lo estigmatiza ante los demás, que lo convierte en alguien digno de compasión y piensa que odia esos dos dedos que le faltan casi tanto como antes odiaba su trabajo. Por eso, en las reuniones sociales inventa currículos brillantes e inexistentes. Algunos de sus conocidos han empezado a advertir que cambia de profesión y de carrera universitaria en cada cena. La gente lo mira como a un bicho raro en esas reuniones. Él, por su parte, ha tomado la costumbre de utilizar solo su mano impedida para todo. Cuando fuma con su mano de tres dedos, todos retiran la mirada de forma discreta. Y él insiste en mostrarla, en hacer que los demás se sientan incómodos. No sabe muy bien por qué.

Y otro de ellos acaba de volver de un viaje exótico e incuba una enfermedad tropical casi desconocida en el mundo occidental que queda latente cuando la temperatura se encuentra por debajo de quince grados. Sus maldiciones sobre el tiempo gélido, sobre los cuatro grados bajo cero, que se notan aún más tras regresar del Caribe, ignoran que el viento helado, la escarcha y la nieve lo mantienen sano. En primavera, las bacterias recibirán el buen tiempo con un alarde de actividad que lo mantendrá toda esa estación y el verano posterior metido en una cama. Y lo más interesante del asunto es que está maldiciendo el mal tiempo cuando es ese mal tiempo el que está evitando su muerte. Si hubiera vuelto a un mundo de 25 grados, no habría podido vivir otro año. Él no lo sabe, claro. Pero tampoco nosotros sabemos si hoy ha sido la última vez que despertaremos en nuestra cama, si cruzaremos una calle y nos atropellarán, si nuestro corazón fallará para siempre. Y, al igual que le ocurre al personaje de este cuento de hielo, también ignoramos de qué está constituido ese futuro que nos aguarda. Ignoramos incluso si estamos ya incubando la enfermedad que acabará con nosotros; si estamos ya sentenciados; si, cuando nos miramos al espejo, estamos viendo nuestra cara por última vez.

Y otro más ha encontrado el cadáver de un jabato, congelado y aparentemente intacto en la puerta de su casa, en la urbanización de la sierra en la que vive. Y cuando descubre el cuerpo, dos pensamientos recorren su cabeza. Por un lado, teme al jabalí que ha perdido al jabato, tal vez en estos momentos esté tras la espesura, guiado por el olor de la cría muerta, esperando que él tome con las manos el bicho congelado para embestirle. Casi puede oir el gruñido y la respiración del animal tras los arbustos, el crujido del suelo bajo sus pezuñas, la saliva espesa cayéndole del hocico.
Por otro, no entiende qué hace allí el jabato. Sabe que los gatos hacen eso de vez en cuando, hacen regalos a sus dueños: palomas, ratones, pequeños animales muertos que depositan como ofrendas en los dormitorios. Pero él no tiene gato. No le gustan los gatos. Le inquietan. Y el hecho de pensar que hay un gato que quiere convertirse en su mascota y que es lo suficientemente grande para transportar un cuerpo de ese tamaño lo llena de pavor. Por eso mira tan fijamente el cadáver del jabato y no se atreve a despegar la costra de hielo que lo mantiene unido al suelo de su porche. Por eso mira a los arbustos y más tarde alrededor de la casa. Por eso el jabato va adquiriendo poco a poco un color azulado, el color de la comida congelada tiempo atrás que quedó olvidada debajo de las últimas compras.

jueves, enero 08, 2009

El amor

(para Aroa :-)


Todos los días a la misma hora miraba por la ventana para ver pasar a la señora. Pasaba con tanta regularidad que hubiera sido posible poner el reloj en hora cuando se la veía caminar apresurada arrastrando el carrito de la compra. Una mujer de costumbres. Eso le gustaba. La miraba pasar y se fijaba en la arruga del entrecejo que le dividía la frente por la mitad. Entonces la compadecía porque pensaba que debía de tener muchas preocupaciones. Una vida azarosa y difícil, con un marido cabrón que la había abandonado por una más joven, dejándole la carga de los niños y la familia, que un buen día la había mirado y le había dicho lo siento Juana, hay otra mujer, hay otra mujer de la que me he enamorado y quiero darme la oportunidad de ser feliz ahora que empiezo a hacerme mayor y no quedan demasiadas, hacía tanto tiempo que no sentía esta ligereza que he decidido irme de casa. Imaginaba también la cara de ella, vacía, sin expresión, como la cara de alguien que ha perdido el impulso vital, como si le hubieran arrancado algo, como si le hubieran clavado una espada en el pecho. Y su tremendo combate contra la soledad, la depresión, la falta de autoestima. Porque estaba seguro de que su marido la habría dejado por otra más joven, aunque dudaba mucho de que más guapa, eso lo dudaba mucho.
Imaginaba la vida de ella en el breve trayecto diario de la mujer bajo su ventana y cada día añadía un detalle nuevo: una beca de estudios en el extranjero, libros en francés, un amante parisino al que había abandonado para volver a la felicidad de su novio de toda la vida, el mismo que luego la había abandonado de cualquier manera, una amiga íntima dedicada al cine, cualquier cosa.
La vida que inventaba para su vecina adquiría más y más consistencia, se hacía real a sus ojos a medida que los días iban pasando y la veía caminar uno tras otro bajo la ventana. Tanto que empezaba a desear salir a la calle, después de tanto tiempo, solo para hablar con ella aunque, a la vez, reconociera que le daba miedo comprobar la diferencia que podría haber entre la vida que le había imaginado y la real. Le aterrorizaba pensar que cuando la conociera, tal vez tuviera que tomar un café con cara de circunstancias en una casa triste, con la atmósfera cargada por la pena. Que el vestido que ella eligiera para salir a cenar con él estuviera pasado de moda y un poco ajado en los codos, que el sexo fuera solo correcto, algo que hay que hacer porque es lo que hacen los adultos después de una cita en la que se han divertido aunque el deseo no aparezca por ningún sitio. Le daba miedo que la realidad no cumpliera sus expectativas. Sin embargo, cada día se le hacía más insufrible verla pasar por debajo de su ventana, caminando con ese bamboleo de caderas que tanto le gustaba y no atreverse a hablar con ella. Cada día estaba más lejos de atreverse a conocer a la mujer real y más cerca de estar enamorado de la mujer enigmática que había construido para sí.

Pero un día sonó el timbre de su puerta y cuando abrió, esperando que se tratara de un mensajero con un paquete que debía llegar aquel día, era la mujer la que estaba en el umbral. Ella le dijo: sé que, desde hace más de un año, me observas todos los días cuando paso. Te he inventado una vida que estoy segura de que no coincidirá en nada con la vida que habrás llevado en realidad. Pero ha llegado el momento de salir de dudas. El preguntó: ¿estás divorciada?, a lo que ella respondió: sí, dejé a mi marido por un imbécil que no merecía la pena, pero las decisiones que uno toma en la vida hay que asumirlas, ¿no te parece? ¿y tú? No, yo nunca llegué a casarme aunque técnicamente se podría decir que sí, que lo estoy; hace ya tres años, respondió él. ¿Tienes hijos?, preguntó ella, no, dijo él. ¿Tomamos un café? Claro, estoy deseándolo.

viernes, enero 02, 2009

Estampas

María mira a Pedro con algo de pena y de deseo en los ojos, recordando los buenos tiempos que ambos vivieron antes de que todo se fuera al carajo. María le está contando a Pedro que su hija la vuelve loca, que no atiende en clase, que no le hace caso. Pedro suspira y pone cara comprensiva aunque en el fondo está pensando que le da absolutamente igual lo que le suceda a la hija de su ex. De hecho, está pensando en el culo de Ruth, en las múltiples maneras de perforarlo, horadarlo y penetrarlo que se le ocurren, en untarlo de mermelada y lamerlo y chuparlo. Sigue poniendo cara comprensiva y sigue pensando en las curvas de su última chica, en la línea de sus nalgas cuando se acuesta boca abajo en la cama y fuma.

Ruth está pensando en que Pedro la está agobiando más de la cuenta. No debería haber empezado a salir con alguien tan mayor. Los tíos mayores son interesantes pero se obsesionan cuando tienen buena cama con alguien. Como hace tanto tiempo que no echan un buen polvo, se vuelven paranoicos y obsesivos y controladores cuando encuentran a una mujer que les haga una buena mamada. Los tíos mayores solo están bien para dar envidia a las amigas imbéciles y para contentar a tu padre. A tu madre no, tu madre preferiría que salieras con alguien de tu edad pero tu padre está contento porque, secretamente, se pregunta si tendría alguna oportunidad de conseguir algo parecido con la hija de otro.

Henar, la hija de María, está colocada mientras masturba a su chico. Se ha fumado tres canutos de marihuana y nota que la cabeza se le va, que los pensamientos van por su cuenta, espirales y volutas sin sentido. Henar está harta de su madre, que es una amargada y un cabrona que le hace la vida imposible. Henar piensa que su madre debería disfrutar más de la vida. Las madres de chicas adolescentes tienen como misión hacer que sus hijas se sientan como una mierda porque notan que el tiempo se les acaba y la exuberancia de sus propias hijas las sitúa a ellas ante el espejo sin trucos y sin mentiras. Tienen arrugas y las tetas caídas pero son más viejas. Y además son las madres, conocen bien a la víctima. Pero eso Henar no lo sabe. De hecho, Henar ni siquiera conoce las palabras necesarias para encadenar un pensamiento tan elaborado. Pero está buena, eso sí.

Álvaro, el nuevo novio de Henar no piensa en nada. Se limita a dejar que la mano de su chica haga su tarea. Cuando está a punto, le pide que lo acabe con la boca. Ella lo hace y luego se relame. Le encanta cuando hace eso. Es tan pornográfico que apenas tarda nada es estar de nuevo a punto.