jueves, junio 02, 2011

Tergal

Hace veinte años, la primera vez que salí al extranjero me sorprendió la variedad de aspectos que la gente de mediana edad tenía fuera. Había gente con el pelo largo, con vaqueros rotos, con pinta de roqueros, señoras mayores con el pelo blanco muy corto y muchos abalorios, etc. Supongo que se hacen una idea. Entonces pensé que en España los hombres y las mujeres se uniformaban cuando pasaban de los cuarenta. Ya saben, pantalones de tergal, faldas por la rodilla, zapatos cómodos para ellos, medio tacón para ellas, como si a partir de cierta edad perdiera importancia por completo el aspecto o, peor aún, como si la historia personal de cada uno fuera exactamente igual a la de los demás.
La generación del uniforme de persona mayor, la de mis padres, fue joven en los setenta y siempre me ha puesto muy triste que además no tuvieran el más mínimo interés en la música, precisamente en la década en la que casi todos los géneros se perfilaron, que no tuvieran discos de Hendrix, de Joplin, de Marley, de los Stones, de los Beatles, de Led Zeppelin. Aquí sonaba Juanito Valderrama, es la verdad, una generación perdida para la música.
Los que escriben en los periódicos, los intelectuales de este país recuerdan una historia diferente, claro. Recuerdan escapadas a París, viajes clandestinos, la revolución de los claveles, vinilos comprados en Londres con el último éxito de los Animals, cuestiones históricas, míticas, que les permiten considerarse coetáneos de los demás europeos, de los que tienen ahora la edad de la jubilación. Y no digo que no fuera así para una minoría de gente con dinero, de gente ilustrada que vivía en Madrid o Barcelona pero la verdad general es otra. Por lo que yo sé, por las historias de mis padres, de mis tíos que tenían mi edad en los noventa, más o menos, ser joven en el franquismo les imprimió unos esquemas mentales en los que, bueno, cualquiera que sacara los pies del plato era automáticamente mal visto por los demás, especialmente en cuestiones estéticas. Ya saben: melenudos, ye-yés, esas cosas que sucedían en España a la vez que Jimi Hendrix prendía fuego a una guitarra y agitaba aquellas manos de dedos largos animando las llamas, en una especie de oración pagana, mientras que aquí sonaba Jeannette y vivíamos en un paraíso de seguridad, y, afortunadamente y excepto en las bases americanas, no había negros desagradables como aquel, no sé si me explico.
Hay que reconocer a la generación de mis padres que ha realizado un gran esfuerzo y que se ha adaptado a todo lo que ha venido después, a los hijos gays, a los hijos punkis, a las parejas que vivían sin casarse, a los nietos fuera del matrimonio, a los divorcios y a compartir a los nietos con varias parejas de abuelos, a los ojos rojos de sus hijos a las siete de la mañana, al volumen atronador de la música en la habitación. Hay que reconocerlo. Pero muchas veces me pregunto que queda de aquel franquismo sociológico en la sociedad que sigue llevando a mucha gente de mi edad a ponerse los pantalones de tergal, los zapatos cómodos y a pasarse media vida silbando una copla cuando pasan de los cuarenta. Tal vez sean los años, no lo sé, pero me escama, la verdad.

martes, mayo 31, 2011

Recortes

Y cuando llegaban a cierta edad había gente que salía del barrio y que montaba un taller y gente que empezaba a trabajar en el negocio de su padre, sabiendo ya que no se movería de allí jamás, que allí compraría un piso cuando encontrara una novia o cuando dejara embarazada a su chica del instituto, otro piso en un bloque de ladrillo visto con las terrazas cerradas con persianas de aluminio. Algunos, los menos, estudiaban en la universidad, otros se hacían aprendices de cualquier cosa y otros dejaban pasar el tiempo con la mirada ausente y fija en el río de coches, casi todos blancos, que pasaba día tras día más lleno, allá abajo en las vías de circunvalación.
Y los años caían con saña encima de la espalda de los que se quedaban, los chavales, ahora con sus barrigas cerveceras y sus hígados un poco afectados por los pelotazos de whisky de después de trabajar, con su colesterol y sus transaminasas altas, con sus incipientes calvicies y sus capilares rotos en la cara y en la nariz. Y uno tras otro iban abandonando los vicios más juveniles y solo se metían una raya en alguna boda y solo fumaban marihuana los fines de semana, justo después de acostar a los niños y antes de poder gemir algo más alto de lo habitual con la mujer. Y acababan por abandonar del todo el hábito cuando eran los propios chavales los que salían a darse una vuelta de noche y los que venían con los ojos rojos del parque, seguro que con demasiada hambre. Y envidiaban a los que no lo hacían, a los que seguían comportándose como si tuvieran veinte años, pero solo superficialmente porque, a pesar de los chistes, a pesar de las bromas sobre la última mujer que pasó por la cama del amigo soltero, sabían bien que sus domingos por la mañana habían sido mejores, al menos mientras los críos fueron pequeños.

jueves, mayo 26, 2011

Evolución

Existen varias ideas que se repiten dentro de mí desde hace tiempo y que siento como ciertas. Aquí utilizo siento con pleno conocimiento de su significado, lo que quiero decir es que, de forma intuitiva, sin explicación racional, las creo verdaderas.
Una de ellas es que el funcionamiento del mundo debe de estar regido por muy pocas leyes muy básicas, tal vez una única ley. Esta idea se ha ido decantando dentro de mí a lo largo de los años, la he ido extrayendo poco a poco de aquí y de allá, del estudio de la gramática realizado por Chomsky, por ejemplo, en el que su teoría minimalista no es sólo más elegante y más avanzada que su teoría original sino que, de alguna manera, más verdadera (otra vez la intuición) o de las opiniones de investigadores (recuerdo un par de entrevistas con físicos teóricos) en las que afirmaban que, cuanto más conocimiento acumulaban, más advertían que las leyes más simples son las que son capaces de explicar más cosas. Ya digo que de aquí y de allá, no pretendo ser sistemático. Solo se trata de intuición.
La otra idea tiene que ver con esta primera y consiste en que esa ley fundamentalmente simple que explica el mundo, o que lo explica en la medida en que los humanos podemos entenderlo, tiene que ver con la cantidad. Creo que el aumento de la cantidad cambia la cualidad. Me explico. Creo que existe un límite numérico a partir del cual, la combinación de elementos iguales genera algo nuevo. Por ejemplo, creo que a partir de un número de reacciones químicas entre elementos surge la materia que se autoorganiza y se replica, es decir, la vida, y que, a partir de la combinación de elementos vivos, en algún momento surge la inteligencia y a partir de la inteligencia, la conciencia de ser inteligentes, el yo, por así decir. Creo que, simplemente, el mundo se comporta así, es cuestión de aumentar la cantidad.
No es que tenga la menor importancia todo esto, la verdad, pero esas ideas se repiten dentro de mí de una manera extraña. He vuelto a recordarlas observando a alguien que se sienta cerca en el trabajo. Me sorprende y me fascina la capacidad de algunos de no plantearse nada profundo, nada que les lleve a contemplar, siquiera un instante, las dos eternidades que flanquean nuestra vida, ese breve paréntesis. Nada que les haga reflexionar sobre el tejido de la realidad, sobre la trama del mundo. Seres ligeros, de conciencia alada, que pasan por la vida sin entender nada y, lo que es mejor, sin necesitarlo. Personas de risa fácil a menudo, de ánimo liviano, personas que se sobreponen con más facilidad que los demás a las desgracias. Hombres y mujeres más preparados para el futuro, más evolucionados.
Si la evolución de la humanidad fue primero física y más tarde cultural, si existen los genes y los memes, si, en realidad, la historia del ser humano es la historia de un aumento progresivo de la complejidad de nuestro conocimiento, un conocimiento que a su vez cambia la propia esencia de esa humanidad (de nuevo esa idea: la cantidad cambia la cualidad), a veces me pregunto si la curiosidad y la necesidad de conocimiento no son en realidad sino una tara genética. Si los dos primeros párrafos no son la prueba de mi absoluta incapacidad para evolucionar como humano en la dirección hacia la que humanidad parece encaminarse. Si, en realidad, el futuro de la humanidad es la estupidez.

A fin de cuentas, todos tenemos derecho a ser felices.

jueves, mayo 19, 2011

Acampadas

Algunas palabras dan la impresión de no decir nada: democracia, unidad, pueblo, libertad, justicia, dignidad. Y la verdad es que poco dicen porque nos las han quitado, nos las han robado los genios del marketing que han convertido cualquier cosa en una revolución, aunque sea un descuento en las tarifas del teléfono móvil o un nuevo bronceador, porque la democracia que conoce más la gente es la del teléfono móvil a 1,5 euros el mensaje, porque el pueblo es el lugar donde siempre has pasado las vacaciones tú que eres de Madrid, porque la justicia es un suplicio de años que ojalá no te toque nunca (pleitos tengas y los ganes), porque la dignidad se ha olvidado cuando tanta gente está dispuesta a vender su intimidad a cambio de cuatro perras y a su madre porque la sacaran en la televisión. Así que parece que lo primero que tenemos que hacer es recuperar el valor de las palabras. Ya ves, a mí que me decían que estudiar letras no servía para nada, a mí que me decían que por qué no estudiaba un máster de administración de empresas.
No quiero caer, a mis años, en la alabanza fácil de lo que está sucediendo en las plazas. El cínico que me habita y que se ha ido construyendo tras muchos años trabajando en una gran empresa y dedicándome a la vez a muchas otras cosas, me lo impide. Y hay muchas cosas criticables: la reunión de intereses dispares, la dificultad de articular un discurso, y también los malabares, las flautas y los perros, a qué negarlo. Pero yo no quiero ser cínico, yo quiero pensar que la avaricia alguna vez dejará de ser el motor que mueve nuestro mundo aunque esto suene pueril. Los genios del marketing también han conseguido que suene pueril cualquier discurso que hable de cambio. En Occidente el único cambio que se mira con buenos ojos es el cambio de teléfono móvil.
He vivido como adulto los últimos 20 años en España y lo he visto, he trabajado y estudiado con ellos, los que son diez años más jóvenes que yo, y los entiendo. Los últimos para los que se cumplió aquello de que estudiando tendríamos un futuro mejor que el de nuestros padres tenemos cuarenta años. Fuimos la primera generación española verdaderamente europea, los primeros Erasmus, aprendimos idiomas, viajamos, trabajamos desde jóvenes, estudiamos. Para algunos de nosotros sí que funcionó aquello que nos decían, funcionó y tenemos buenos trabajos aunque hayamos ido viendo cómo nos aprietan cada vez más, como nos hacen pensar en un futuro de viejos desamparados, como nos meten miedo. Pero tenemos buenos trabajos. Somos la generación del poder, los que militamos en partidos políticos, los que nos sentimos más o menos protegidos por los sindicatos, los que conseguimos llegar.
Decimos que la crisis provocada por la inflación mundial de la codicia la hemos acabando pagando nosotros, los que no nos enriquecimos, los que tenemos una nómina y pagamos la cuarta parte en impuestos, no los que gestionan su patrimonio a través de sociedades, esos no. Nosotros. Es cierto. Pero para una persona con un puesto de trabajo estable lo único que ha hecho la crisis es reducir su cuota de la hipoteca. Así que no nos quejemos tanto. Para una persona con un puesto de trabajo estable lo único que ha pasado es que ya no nos sale tan barato viajar a los Estados Unidos. Tenemos miedo, sí, y gastamos menos, pero hay mucha gente como yo. Repito: no nos quejemos tanto.
Los que vienen detrás, sin embargo, hablan más idiomas que nosotros, han viajado más y se han preparado más, y tienen un muro delante, un muro o una mochila y un adiós a este país miserable que gasta miles de euros en formar a gente que tiene que emigrar para conseguir un sueldo digno. Dignidad. Otra de esas palabras.
Los conozco bien, ya digo, he trabajado con ellos, he estudiado con ellos y ha sido una suerte haberlos conocido y tenerlos como amigos. No porque sean más jóvenes sino porque han conseguido que la esclerosis de las ideas que acompaña a la edad (esa mirada de conmiseración que se nos pone a las personas maduras cuando los jóvenes proponen cosas idealistas) se me haga más ligera.
Y creo que llevan mucha razón en los motivos de su protesta, creo que están consiguiendo algo que ningún partido había conseguido en los últimos años, que es hablar de política sin que esa palabra suene pringosa y sucia. Otra palabra recuperada más.

Yo no sé ustedes pero yo preferiría que se quedaran aquí. Que no se fueran a Alemania o a los Estados Unidos. Aunque los vuelos sean baratos.

lunes, mayo 09, 2011

Minimalismo

He vuelto a escuchar hoy música minimalista, que me gustaba cuando era adolescente y escuchaba a Wim Mertens y a Michael Nyman, iba a sus conciertos, llevaba traje, fumaba tabaco negro y hablaba de filosofía con amigos que aún siguen siéndolo tantos años después, ya ves.
Cuando era adolescente mi profesor de Ética, en una época en la que aquello de la Ética todavía era algo novedoso, se burlaba de mí por llevar traje al instituto y me decía si ahora llevas traje qué harás cuando trabajes, lo que no deja de ser gracioso porque a mi primera entrevista de trabajo fui con un aro en la oreja y larga melena recogida en una cola, con unos pantalones de faena con muchos bolsillos y unas botas Doc Martens negras de costuras amarillas.
Cuando era adolescente tomaba cervezas de litro sentado en un sitio que se llamaba La pochinga, en un banco que era nuestro porque siempre estábamos allí después de clase, y después recogíamos los cascos de las cervezas y los tirábamos a una papelera metálica de color verde que por entonces no tenía el logo del ayuntamiento, ni siquiera el escudo antiguo de Córdoba con leones y castillos, antes de que fuera la albolafia del río la que ocupara su lugar, y charlábamos interminablemente sobre la vida y el amor y la libertad y la muerte.
Cuando era adolescente veíamos pasar a los yonquis en sus afanes, en sus largas caminatas a toda velocidad de un lugar a otro, moviendo droga o buscándola o qué se yo, aunque sabíamos que cuando se ponían demasiado nerviosos eran peligrosos porque podían hacer cualquier cosa, incluso pincharte porque estaban con el mono y un yonqui con el mono era capaz de todo. Veíamos caminar a los adictos mientras hablábamos de Sartre sin tener ni idea, sin haber leído un libro, sin saber nada, mientras perorábamos sobre el determinismo o la libertad. Ya ves qué petulante y estúpido fui y menos mal que la vida me ha hecho saber después que creerse especial y original es, precisamente, una pulsión adolescente que se supera con el tiempo.
Siempre he tenido buenos amigos que no han tenido empacho en reírse de mí, lo que ha sido un remedio contra uno de los muchos que me habitan y que resulta ser un tipo estúpido, ridículo, pretencioso y pagado de sí mismo que se cree más listo que los demás y que tiene tendencia a mirar por encima del hombro. Ese que escuchaba música minimalista en la época de Mecano.
Y sin embargo, al escuchar un tema de Wim Mertens con 25 años de antigüedad, The Fosse, en el que las notas se repiten obsesivamente y que consigue transportarme a aquel tiempo en un parpadeo, todavía me emociono. Un tema perfecto para la nostalgia. Ya saben, esa tristeza suave y satisfecha que sentimos cuando evocamos las buenas épocas de nuestra vida, signifique eso lo que signifique.

martes, mayo 03, 2011

Descanso

No podríamos apreciar lo que nos gusta estar en casa si no tuviéramos que pasar días y días a la intemperie, buscándonos la vida, ni disfrutaríamos de un paseo sin prisas por el Rastro si no hubiéramos tenido que trabajar los domingos durante tantos meses a las doce de la mañana, ni tampoco nos gustaría tanto ver una película, incluso española, acompañados y sin ningún plan posterior. Nada para apreciar el tiempo libre como no tenerlo nunca. Nada para apreciar la tranquilidad amable de los días que haber vivido un período turbulento durante una temporada. Supongo que, en realidad, lo que quiero decir es que todo es cuestión de contraste. Que necesitamos vivir a un lado y otro de la línea para hacerlo intensamente.
Y que no necesitamos mucho más.

martes, abril 12, 2011

Martes

Ahora que los martes tienen esa cualidad de lunes, repito una rutina diaria que se retuerce sobre sí misma, extraña y compartida. Si no fuera porque sabemos que el tiempo no transcurre sino que está imbricado con el universo (y no me cansaré de repetirlo, no), si no fuera porque hemos vivido otras épocas en las que un lunes era tan parecido al siguiente que ambos parecían indistinguibles para un observador situado a suficiente distancia, si no fuera porque sé que esa falsa ilusión de continuidad puede quebrarse sin esfuerzo, producto de una grieta minúscula que se va agrandando con el tiempo o de un golpe contra el suelo que deja nuestra casa hecha una mierda, si no fuera, a fin de cuentas, por el tiempo que ha pasado ya y que poco a poco encorva mis hombros, y por lo vivido hace tanto ya, hace tanto, diría que estoy bien.
Sé que el cambio es lo único que permanece. Pero ¿y qué?, ¿a quién le interesa seguir siendo el mismo?

jueves, abril 07, 2011

Primavera

Dice Carlos Marzal:

Cuatro gotas de aceite
sobre un trozo eremita de pan blanco,
o sobre el obsequioso corazón
de un tomate maduro en sacrificio,
nos aleccionan con su desnudez,
con su absoluta falta de consejo.

La belleza del mundo es tan frecuente,
tan desinteresada de sí misma,
que hasta se desvanece en certidumbre,
y acaba por nublarse a nuestros ojos.

Por eso es un pecado
de extrema ingratitud no dar las gracias
en alto con la voz del pensamiento
y con la muda fe de los sentidos.
En la desposesión está la esencia,
en la simplicidad, lo permanente.

Para ungir con lo bello nuestra carne
hay que buscar lo bello en donde ha estado
despierto en claridad desde el principio.

El hecho de verter las cuatro gotas,
cuatro lágrimas densas de oro humilde,
sobre las migas cándidas, supone
un acto elemental
contra la ruina
una rúbrica más
contra la muerte.

Y yo no digo nada. Yo digo que es primavera. Yo digo que hace buen tiempo. Yo digo que toda la ciudad parece desperezarse. Y que estoy contento. Que ya es bastante.

lunes, abril 04, 2011

Americana

Yo le preguntaba al cielo, sin disimular el miedo, ¿cómo voy a vivir cuando te canses de mí?, ¿cómo voy a vivir cuando te canses de mí?
Nacho Vegas


Mama, mama, talk to your daugther for me.
John Lee Hooker


Basta una llamada telefónica para que el tiempo haga una curva, un meandro, un extraño y, de repente, seamos capaces de recuperar la idea que teníamos de nosotros hace cuatro o cinco o diez años, seamos capaces de recordarnos y ese que ya no somos nosotros, pero que lo sigue siendo, nos habite, nos posea y se permita pensar por nosotros durante un rato.

Ese extraño que éramos dice algo como: es cierto, ha pasado mucho tiempo, o algo como: sí, lo recuerdo, fueron buenos tiempos, o algo como: no tengo ni la más remota idea, y durante el tiempo que dura la llamada, durante el tiempo que nos vemos asaltados por el otro que éramos pero que ya no somos, por ese intruso temporal, vemos las cosas exactamente como si el tiempo que ha transcurrido entre él y nosotros no hubiera pasado, como si nunca hubiera existido.

Y tal vez no lo haya hecho y sigamos allí de algún modo, en aquella ciudad, con aquel trabajo que era nuestro primer trabajo, en el que creían que nos quedaba por delante un futuro brillante de chalet y parejita y armanis. Puedes creer por un momento que te acabas de despertar de un sueño extraño que te proyectaba hacia un futuro que no era el tuyo, un futuro incierto en otra ciudad, más grande, más llena, más estimulante y más cruel. O puede que sí y seamos otros y estemos viviendo una vida que no nos habíamos atrevido a intuir pero que siempre permaneció con nosotros como un anhelo secreto que acabó haciéndose realidad y forzó una curva, una marcha atrás, un salto a ciegas. Puede que seamos muy conscientes de cómo hemos cambiado y además estemos orgullosos de ello y nos sintamos más a gusto en nuestra piel ahora que entonces.

En realidad no tiene importancia si seguimos allí o estamos aquí porque durante el intervalo en el que te ves poseído por el que fuiste, eres el que fuiste. Y espacio y tiempo tienen poco que ver con eso. Aquí, allí, entonces, ahora. En realidad tampoco somos los mismos de ayer ni de anteayer y no por eso pensamos ser personas diferentes a cada instante, la ilusión de continuidad es básica en la construcción de la identidad, yo soy yo en la medida que me puedo recordar siéndolo.

Un viejo amigo, una ex esposa, una antigua amante y el que eras entonces se apodera de ti aunque no quieras y a pesar de que trates de evitarlo aparece ante ti un abismo, el del tiempo desaparecido para el otro, ese tiempo en el que has crecido, amado, penado a solas, convirtiéndote en el que eres, que no es exactamente el que fuiste, ese que ahora te utiliza como si fueras un muñeco de ventrílocuo, ese que habla desde un tiempo ido. Allá a lo lejos, haciendo señales con los brazos al otro lado del precipicio. Ya no soy ese y no tengo manera de explicártelo porque mientras me he estado convirtiendo en otro, tú no estabas. Y no puedes evitar sentir un escalofrío cuando ese intruso, ese que eras, se pone tu cuerpo como si te estuviera probando una americana.


Resulta tan extraño mirarnos como si fuéramos los protagonistas de un guión cinematográfico, como si fuéramos los protagonistas de una historia con planteamiento, nudo y desenlace.


La historia de nuestra vida no es nuestra vida. La historia de nuestra vida solo es una historia más.

viernes, abril 01, 2011

Lesbiana

Tengo pinta de lesbiana desde los trece años. Tuvieron que pasar tres más hasta que mi madre se atrevió a preguntarme si me gustaban las chicas. Le dije que no, que siempre me habían gustado los chicos y que el pelo corto, los pantalones y los juegos de niños que siempre había preferido se debían a que tengo dos hermanos mayores. Además, prefiero la compañía de los hombres, mejor el trato directo del que hacen gala a la falsa untuosidad de algunas mujeres.
Durante mucho tiempo no gusté ni a unos ni a otras. También tuve que rechazar muchas proposiciones de mujeres durante mi primera juventud. Pero nunca he estado con ninguna mujer y nunca estaré con ninguna. No me gustan sexualmente. Me sé la teoría, preferida por la mayoría de mis amigas lesbianas, de que todos somos bisexuales, especialmente las chicas. Yo no. Mi amiga Rita tampoco. Me ponen los tíos. Bueno, tal vez debiera decir que me ponen algunos tíos. En esto no creo ser diferente de otras mujeres, la verdad.
Lo que sí creo es que hay muchas mujeres que acaban teniendo una relación con otra mujer porque están más acostumbradas que los hombres a la intimidad física y, en muchas ocasiones, necesitan una amistad verdadera aunque ello suponga mantener relaciones sexuales. Me parece bien, que conste, no tengo nada que decir al respecto, solo que yo no soy así.
No me gustan las etiquetas, no creo que se pueda caracterizar a nadie por sus preferencias sexuales, ni creo en los estereotipos, pero a mí no me gustan las chicas. Creo que ya lo he dicho.
La mayoría de los hombres a los que gusto no se atreve a intentarlo, tal vez se deba a que se sienten cohibidos o a que tengo pinta de borde, qué se yo. Podría transigir e intentar ampliar mi público pero la verdad es que la mayoría de los hombres son gilipollas, así que, como comprenderéis, tampoco me merece la pena el esfuerzo, algo que no acabo de comprender de muchas de las de mi sexo. Critican sin piedad a los hombres, como un todo, y pierden gran parte de su tiempo intentando agradarles.
A los mismos idiotas que se comportan como adolescentes eternos, a los mismos niños que presumen en público de conquistas, a los mismos machos llenos de inseguridad que no se atreven a reconocer que todos nososotros buscamos lo mismo cuando nos vamos con alguien a la cama por primera (y tal vez única) vez: que nos quieran un poco, que nos acompañen un rato, que el consuelo de la carne acalle por un momento el ruido de fondo que amenaza con anegarlo todo.

No sé a vosotros. A mí todo esto me parece bastante simple. No sé porque tengo que estar explicándolo siempre.

martes, marzo 22, 2011

Penumbra

Hoy mi jefe me ha dicho que lo despiden, que, después de 28 años de dedicación a la empresa, han decidido prescindir de él, ofreciéndole unas buenas condiciones que incluyen la percepción de una paga mensual hasta la jubilación, pero sin posibilidad de decir no. Un despido, no una prejubilación. O una prejubilación forzosa. Llámenlo como quieran. La noticia me ha apenado no solo porque mi jefe sea una buena persona y un buen jefe (cualidades que lamentablemente cada vez van juntas en menos ocasiones) ni tampoco porque, sin familia, la empresa haya constituido para él algo más que un trabajo (una opción vital de la que nadie más que él es responsable), ni siquiera por la estupidez evidente que comete una empresa que prescinde del personal que entiende verdaderamente cómo funcionan las cosas y que se encuentra en la cima de su carrera laboral, no. Me apena por formar parte de ello, por formar parte de la penumbra.

Yo siempre bromeo con la idea de que si las grandes empresas pudieran tenernos atados al puesto de trabajo, sin pagarnos jornal, solo por la comida y el alojamiento y eso fuera legal, no tendrían ningún reparo moral en hacerlo para mejorar la cuenta de resultados. Volverían a abrazar la esclavitud convencidos de estar haciendo lo mejor para los accionistas. El reparo sería legal, que no moral. El reparo siempre es legal, no moral. A fin de cuentas, todos los directivos de las multinacionales del mundo han estudiado en las mismas escuelas de negocios, todos han hecho los mismos casos prácticos en ingles, a todos les han enseñado que una empresa en una máquina de generar valor para el accionista y nada más. Si la empresa se dedica al comercio de armas, bien, si se dedica a la banca, bien, si es la tapadera de un gigantesco negocio de blanqueo de dinero, bien también. Los directivos están por encima de esas minucias, ellos están para generar valor, para aumentar ingresos y reducir costes. Ellos están para hacerse imprescindibles.

Esto es solo una broma, claro.

Y si un día cuarenta indígenas amazónicos son asesinados por paramilitares y da la casualidad de que una gran empresa quería construir en sus tierras un gasoducto y que el poblado indígena retrasaba los planes; y hubiera un periodista lo suficientemente valiente para investigar esa casualidad y, por casualidad, no apareciera con el cuello cortado uno de sus días y pudiera seguir el hilo hasta el ovillo de la multinacional, estoy seguro de que cualquiera de sus directivos diría que no tenía ni la más remota idea del incidente con los indígenas y también estoy seguro de que advertiría al periodista de que se anduviera con cuidado con sus insinuaciones. Y lo peor de todo es que estoy seguro de que sería cierto, de que los directivos no sabrían nada de cuarenta indígenas muertos. A fin de cuentas, ellos se limitan a generar valor para el accionista, a aumentar ingresos y recortar costes, y nadie en su sano juicio podría acusarlos de nada. Aunque todo hubiera comenzado con una llamada en la que el encargado del negocio en Sudamérica hubiera afirmado algo como: "sin ese gasoducto estamos jodidos".

Esto sigue siendo una broma, por supuesto.

La responsabilidad, ya saben, que se diluye a medida que una orden desciende a través de la pirámide jerárquica. Una pirámide que lo llena todo de penumbra.

No me digan que no es para reir a carcajadas.

domingo, marzo 20, 2011

Libros

Acaba de terminar un libro (que ha comenzado sin convicción y con el que ha acabado sintonizando, no tanto por el estilo sino por las cosas que se cuentan en él y por la, digamos, sinceridad que el libro desprende, a pesar de que él siempre ha sido muy partidario de la mentira ingeniosa como combustible de la ficción) y ha mirado como al descuido lo que podía ver en su local, en el sitio en el que lo ha hecho y ha notado una sensación curiosa, entre la satisfacción y la plenitud, para la que seguramente no haya palabra exacta, al contemplar las vigas viejas, el suelo claro, y las estanterías con muchos más libros por leer. Y ha pensado: no es mala manera esta de pasar una tarde de domingo.

El libro es "Cosas que los nietos deberían saber" de Mark Oliver Everett, por si se lo preguntaban.

jueves, marzo 17, 2011

Saint Patrick's

Aunque resultara extraño para una empresa granadina, el día de San Patricio era nuestra fiesta oficial. A fin de cuentas trabajábamos en la sucursal española de una multinacional irlandesa que no abría ese día y en España también aprovechábamos la víspera para hacer una visita al pub, tomar más Guinness de la cuenta y sentirnos un poco más internacionales que la mayoría de jóvenes de la época.
La verdad es que lo éramos, no solo lo pretendíamos. Lo éramos y visto desde ahora, aquella vida nos hizo bien, aquel empezar a hacerse adulto acompañado de amigas que tenían toda su ropa desperdigada por casas desvencijadas del Albaicín, todo escaleras y recovecos, con fantásticas vistas sobre la Alhambra desde la azotea, amigas guapas, listas, libres y cosmopolitas; aquellas escenas en las que uno se descubría bebiendo de más junto a un alemán desconocido, compañero y encargado de enseñarle la ciudad, en un pub de Temple Bar en Dublin mientras alucinaba con la música en directo; aquellas largas jornadas veraniegas de cervezas y tapas y charlas interminables sobre escalones de empedrado, en cualquier callejuela del casco histórico, compartiendo el humo de una hierba fresca y rara, como cantaba El Pele; aquel no darle importancia al dinero, aquellos atracones de Triana y Pata Negra y humo aromático de Ketama, aquella sensación de ser andaluces pero de serlo de forma diferente, aquellos cientos de libros. Sí, aquello nos hizo bien, de la manera que uno solo puede advertir cuando ha pasado tanto tiempo que resulta extraño recordar escenas que tienen quince años, y decirlo así: quince años.

Y aquí estamos. Y ya no somos los mismos pero tampoco hemos dejado de ser aquellos.

martes, marzo 15, 2011

Sardinas

Viajar al mar, mirar el horizonte, escuchar el chillido de las gaviotas, oler el salitre. Comer espetos de sardinas, gordas, frescas y grasientas sardinas, de piel crujiente hecha al fuego de leña. Disfrutar de un larga sesión de sexo a la hora de la siesta. Que después me revuelvan el pelo, por detrás, que me rocen la espalda o me toquen en el brazo y que lo hagan sin darle importancia, sin ni siquiera mirarme, con la calidez habitual, con la calidez de todos los días.

No es mucho pedir, ¿no?

jueves, marzo 10, 2011

Estelas

A veces se apodera de él un extraño sentimiento de tristeza que no sabe bien a qué achacar. Una tristeza difusa, a menudo en los mejores días, en esos en los que ha despertado acompañado y le han besado antes de ir a trabajar, esos días en los que el calor de otro cuerpo parece apresarlo en la cama y todo en la habitación le grita que se quede durmiendo.
Piensa que tal vez tenga que ver con la nostalgia del porvenir, con tener la absoluta seguridad de que todo, lo excelso y lo trágico, pasará por su vida y se irá, dejándole algún surco que otro en la piel y el recuerdo, siempre tan poco fiable, de una sensación, apenas una sombra, el rastro de perfume que alguien deja tras de sí en una habitación vacía. Una nostalgia esta que no sentía cuando todo estaba intacto y creía, cómo no, en ese mismo porvenir, tan extrañamente similar al presente, tan parecido a sí mismo. Cuando todo era nuevo y poderoso y el futuro era una palabra vacía, aún no contaminada de pasado.
Se levanta y mira por la ventana y ve el skyline de su ciudad, la línea por donde comienza a amanecer.
Se ducha con agua muy caliente, observa sus arrugas al espejo, se viste con mimo.
Los faros de los coches trazan estelas allá abajo.

lunes, marzo 07, 2011

Contraataque

Desde que mi alter ego decidió abrir una librería, me tiene abandonado, a pesar de saberme su fuente, su nube negra, su lluvia permanente, su, en definitiva, parte más fecunda. Mi alter ego cree que ahora le toca a él haberse hecho por fin con las riendas de su vida y tal y tal. Cosas así como de librito de autoayuda, cosas así, digamos, felices (ya saben, el sol iluminando las extensiones de cereal que se ven mecidas por el suave viento mientras... lo que sea, da igual, ya saben que no se escribe literatura con los buenos sentimientos).
Me resisto a dejarme invadir y, como cualquier dictador con demasiado botox en la cara, contraataco y bombardeo las ciudades rebeldes del este y el oeste. Reivindico mi mera existencia como heterónimo haciéndome con el control de vez en cuando y dando algo de color a las reflexiones del idiota.
El otro día, por ejemplo, al ver a tres chicas inglesas pasando por el escaparate de la librería, imaginé al idiota en algún lugar extranjero, en Londres, y no pude por menos que advertir que, a pesar de leer y escribir razonablemente en inglés, ese idioma nunca será el suyo y siempre se sentirá como un impostor al utilizarlo y que las librerías inglesas (tan venerables, tan de madera, tan de polvo centenario flotando en el ambiente, tan de novela de Javier Marías ellas) solo le servirían para sacar fotos y comprar un libro de un autor clásico tras consultar las contraportadas de algún que otro volumen y dejarlo con la sensación incómoda de estar perdiéndose la música del idioma, una sensación que siempre tiene cuando lee en inglés. Entonces el idiota imaginó las librerías como embajadas o algo así. Ya saben, la patria es el idioma que decía Carlos Fuentes, ese dandy mexicano, el territorio de La Mancha y eso. Obviedades. Desde aquí te lo digo, idiota, obviedades. Piensa más y mejor. Las librerías son lugares en los que se venden libros. Los libros son objetos que contienen algo llamado texto. El texto resulta tan curioso que tiene vida independiente del soporte que lo aloja, aunque sea algo inmanente a él. Esas sí son ideas interesantes. Imaginar una librería como una embajada no lo es. Eso es una idiotez porque, como sabe todo el mundo que haya asistido a clases de teoría literaria, el primero que dijo que el cielo estaba tachonado de estrellas fue un genio y el segundo un imbécil.
El idiota también miró el cielo de Madrid (ese cielo sobre el que se han escrito decenas de obviedades, cuando su azul metálico se debe precisamente a la contaminación que nos vuelve alérgicos y acorta nuestra vida, a ver si os enteráis). Andrajos de nubes grises sobre las chimeneas inútiles de las fincas del siglo XIX de un barrio del centro, una luz azul oscura, un atardecer y pensó escribir algo con eso. Últimamente siempre recorre las mismas calles en moto, calles que ya existían hace doscientos, trescientos años y en las que si se realizara una cata arqueológica se conseguiría un muestrario de piedra, adoquín, asfalto, tuberías de plomo, asfalto, cable telefónico, más asfalto, cable eléctrico, más asfalto, conducciones de pvc y fibra óptica. Y él puede que entre en éxtasis contemplando el azul del cielo pero yo siempre pienso lo mismo cuando paso por alguno de los múltiples socavones que motean las calles arregladas con adoquines: "¿Quién cojones será el ingeniero que ha diseñado unas calles que no son capaces de aguantar el tráfico que pasa sobre ellas? ¿Quién será el responsable de una chapuza así? ¿No habría que haberlo hecho bien desde el principio y no tener que andar rellenando con arena y asfalto los agujeros?".
Lo sé, lo sé, el idiota es mejor persona que yo. Menos negativo, no llena el mundo de ira y mala vibra (sí, es un neologismo pero me gusta como suena, ¿qué pasa?). Pero yo también tengo derecho a existir. Y me tiene hasta los huevos. Que conste.

jueves, febrero 10, 2011

Flamenco

Cuando el maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena, hizo en la misma canción un homenaje a Antonio Mairena y Pepe Marchena, rivalidad vieja y vigente en la época en la que mi abuelo era joven, aquellos que, como yo, no creen en la trascendencia, ni en Dios ni en Buda ni en nada más que el disfrutar aquí y ahora, casi pudimos ver los espíritus de ambos cantaores entrando en el cuerpo del maestro. Juro que los vi y juro que recordé una novela de Vila-Matas en la que un escritor se dejaba poseer por el espíritu de otro escritor, que a su vez se había dejado poseer por el espíritu de otro y de otro y de otro, en una cadena interminable que, si lo piensas, supongo acaba en un homínido dibujando algo en el suelo, juro que los vi discutiendo como en la época (yo soy más de Mairena, las cosas como son) y reconciliándose al fin dentro del mismo cuerpo, el del maestro Miguel Poveda. Piensen en ello, un mismo hombre, un mismo cantaor, frisando todavía la treintena, acabando de una vez por todas con ese enfrentamiento, por un lado la voz directa y poderosa y por otro los arabescos en falsete. Juro que los vi y lo juro por Dios, por estas, lo juro tan en serio como si fuera el mejor católico del mundo. Por mis muertos.
Cuando después hizo dos homenajes a Morente, que el Dios en el que no creo lo tenga en su gloria cantándole con su voz cazallera al oído (en el caso de que Dios necesite que le canten al oído, que lo dudo, que Dios lo sabe todo y entonces ya sabe lo que sentiría si Morente le cantara al oído, él se lo pierde), cuando hizo aquello, juro otra vez que vi al maestro hinchando el pecho y cantando de menos a más, cambiando la nota inesperadamente, cambiando con su voz el flamenco para siempre que, como dijo el maestro Poveda, frisando todavía la treintena, es imposible hablar de él en pasado, él que siempre fue el futuro del flamenco, él que fue el más moderno entre los modernos y se atrevió a grabar Omega, que seguro que no hay un disco como ese desde La leyenda del tiempo de Camarón, que eso son palabras mayores y ganas me dan de santiguarme sino fuera porque no creo en Dios, que creo que ya lo he dicho antes, Omega, grabado con un grupo de hardcore que gustaba de la distorsión y que ha pasado a la historia, Lagartija Nick, se llamaba, que ha pasado a la historia, decía, por haber grabado precisamente ese disco, que nadie se acuerda de lo que hicieron en solitario, dicho sea esto con todos mis respetos, que conste, que grabaron Omega y ya fue suficiente. Vi al maestro. Lo juro por Dios que lo vi.
Y cuando el maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena, hizo una saeta, me quedé boquiabierto admirando su voz, su temple y su jondura, boquiabierto, que cerré la boca en el gesto de tragarme el nudo que se me había puesto en la garganta y me costó la misma vida poder tragarme aquella bola que estaba hecha del mismo material que acabó con los huesos de Stendhal en el suelo cuando miró hacia arriba en la Iglesia de la Santa Croce en Florencia, la misma esencia que se te instala en la base de la columna vertebral cuando miras el David de Miguel Ángel o El Cardenal de Rafael, una sustancia tan particularmente humana que han tenido que pasar treinta mil años desde el momento en el que el homínido que pintaba antes en el suelo tuvo la idea de dibujar un toro en su cueva para que los dioses le sonrieran en la caza, algo tan inexplicable, (inefable es una palabra más exacta para ello, lo que no se puede expresar con palabras), que llevamos siglos dándole vueltas, intentando explicarla, que si el arte es esto o es aquello, que si el arte debe provocar emoción o no, que si tal y que si cual. Que os calléis coño, que no oigo cambiar de palo al maestro Miguel Poveda, frisando todavía la treintena.

El flamenco es una cosa muy seria, eso lo sabe todo el mundo, aunque en el concierto de Poveda, le pidieran a gritos desde el público que se adelantara, que no lo veían, que habían venido a verlo y a escucharlo y el contestara que era muy feo, que era mejor que la gente se dejara llevar por la música para acabar adelantando la silla y consiguiendo un aplauso de los mismos que gritaban y a los que el público mandaba callar. El flamenco es una cosa muy seria y, durante muchos años y aún ahora, la imagen que los extranjeros tienen de España pero cuando Poveda se levanta y baila, lo hace fatal porque siendo payo y catalán, qué quieres, pues que baile fatal por mucho que digan que el ritmo se lleva dentro y que el que es capaz de cantar así debería ser capaz de moverse un poco mejor. El flamenco es una cosa muy seria aunque en las palabras que dedicó el maestro a Morente, muerto y enterrado hace tan poco, saliera a relucir que con el de Graná siempre te amanecía, que Enrique era así, todo alegría y comerse la vida con hambre y venga vinos y venga cigarrillos y lo que viniera después. El flamenco es una cosa muy seria y, como decía José Mercé en una entrevista, qué horas son estas para un flamenco, que me hacéis ir a grabar a las nueve de la mañana, coño.

martes, febrero 08, 2011

Trenes

Todos estamos sobrepasados de información y lo sabemos aunque no hagamos nada por solucionarlo. Todos empleamos demasiado tiempo pulsando repetidamente el enlace a nuestra bandeja de entrada, refrescando la página de FB, tuiteando como imbéciles naderías de 140 caracteres. Mientras tanto, nuestro cerebro cambia y a pesar de tener la impresión de hacer muchas cosas a la vez, lo cierto es que perdemos el tiempo de forma clamorosa (pulsa y pulsa y pulsa el enlace que lleva a tu bandeja de entrada y vuelve a pulsarlo a ver si alguien te ha escrito en el intervalo de cinco minutos entre una pulsación y otra). Refresca tu página de FB. Proclama al mundo tu estado de ánimo. Únete a causas justas con un solo clic. Mientras tanto cada vez somos más incapaces de prestar atención continuada a algo que requiera concentración. Mientras tanto ponemos a la misma altura intelectual al grupo y al fan que lo sigue, a la alta literatura y al cómic, a la página de tendencias y al filósofo de la ciencia. Mientras tanto, los diez minutos de fama de los años sesenta se han convertido en segundos de popularidad gigantesca en una red inaprensible que, sin embargo, nos tiene a todos agarrados por el cuello. Estamos cambiando nuestra manera de pensar, nos estamos convirtiendo en seres capaces de atender superficialmente muchas cosas (la mayoría de ellas inútiles), seres superfluos, incapaces de penetrar la costra que las grandes compañías segregan poco a poco sobre la realidad, haciéndola más poderosa, más elástica, más flexible. La cosa en sí, que decía el filósofo. La cosa es sí está ahogada por esa costra que no es más que una tela de araña que lo envuelve todo de nailon indestructible. Estamos cambiando y ni siquiera nos damos cuenta. No tiene que ser necesariamente malo, es cierto. Los humanos tenemos una capacidad de adaptación sorprendente y también nos mareábamos cuando probamos por primera vez viajar en tren a 80 kilómetros por hora y nuestros ojos eran incapaces de enfocar el paisaje (cambiando a cuatro o cinco velocidades según fijemos nuestra vista más cerca o más lejos del borde del camino). Lo hicimos y ahora podemos circular a doscientos kilómetros por hora sin detenernos a pensarlo demasiado. Tampoco estábamos preparados para subir los 14 ocho miles, que diría Vegas, y ahí están todos esos héroes amputados que lo han conseguido sin oxígeno. Los humanos (el virus que acabará con el planeta, agente Smith dixit) somos sorprendentes. Y, últimamente, ligeros como la espuma de zanahoria.

En las últimas semanas imagino gráficos vectoriales en verde fluorescente que representan mis ideas, pienso en el universo de los conceptos como una esfera compacta y veo la inteligencia humana extendiéndose por su superficie en ondas, olas de inferencias que recubren poco a poco ese planeta ajeno y oscuro pero que no consiguen penetrar en su interior, pues apenas aspiramos a explotar una minería de conclusiones en la superficie, a cielo abierto. Cosas así, imágenes en movimiento que apenas arañan la capa más externa de lo que quiero decir.
Imaginen por un momento un instante de la red, imaginen los centenares de millones de comentarios a los blogs más famosos, las decenas de millones de conversaciones de vídeo, los miles de millones de imágenes. Imagínenlo todo de forma simultánea, como un flash, como un pico de información capaz de desbordar los más potentes ordenadores, una vibración en el aire, un nota disonante en la melodía del mundo.

Ahora, respiren profundamente, dejen su mente en blanco y lean:

Luna, reloj de arena:
la noche se vacía,
la hora se ilumina.

Octavio Paz
HAIKÚS
Árbol adentro, 1987

lunes, enero 31, 2011

Chino

El chino ha entrado en la tienda me ha dicho (en un español bastante bueno aunque susurrado) que era el encargado de la tienda de más allá de la plaza y que necesitaba diez euros para gasolina y que más tarde me los devolvía. Yo le he preguntado que por qué no se los pedía a los del supermercado chino de enfrente y él me ha dicho que no se llevaban bien, que eran competencia. He preferido creérmelo y los diez euros han volado de la caja al bolsillo del chino y, claro, no he vuelto a verlos. Me los ha timado limpiamente pero, a cambio, me ha dado algo que tal vez valga más de diez euros, una historia, un rato de reflexión, tal vez alguna idea nueva.
¿Por qué he preferido creer al chino y darle el dinero cuando en cualquier otro caso hubiera dicho que no sin darle muchas vueltas?
Lo he pensado un buen rato y creo que el hecho de que un chino entre en una tienda y hablando en español pida dinero resulta tan poco común que la situación descoloca de por sí. Normalmente tienen tan poco contacto con los occidentales (el trato limitado a los saludos, a algún comentario sobre el tiempo, poco más) que he pensado que debía de encontrarse en un problema. Pero el problema era estúpido, falta de dinero para la gasolina, algo tan obvio que no hubiera dedicado ni medio minuto a considerarlo en cualquier otro caso. Así que debe de haber algo más. Pienso que tiene que ver con el miedo que tenemos a ser tachados de racistas. Si le niego mi ayuda a un comerciante de mi barrio que además es chino tal vez en realidad se la esté negando solo por serlo. Y claro, no queremos pensar así de nosotros mismos, adalides del progresismo. Creo (aunque quizá esto sea incorrecto políticamente) que no tenemos la misma capacidad para leer las intenciones en la cara de las personas de nuestro entorno, grupo étnico o cultural, o lo que sea, que en las de personas muy alejadas de nuestra cultura. Yo sé si alguien a quien estoy acostumbrado a ver tiene una cara confiable o no, si es marroquí o sudamericano me creo capaz de distinguir la diferencia, pero si es chino o nigeriano ya no estoy tan seguro. Sin embargo, el mero hecho de dejar por escrito estas reflexiones ya puede provocar polémica. Me sé las objeciones, no hay nada parecido a la raza, los grupos son culturales más que étnicos, seguro que no tendrías tantos problemas en distinguir las intenciones de un chino-español de segunda generación. Vale. Las acepto. Solo digo que me he comportado como un imbécil. Y que lo he hecho precisamente porque enfrente tenía a alguien chino.

Eso sí, alguien que se ha aprovechado limpiamente de todos estos prejuicios, de la situación de su comunidad en Madrid, del barrio en el que se encontraba, del tipo de negocio que tengo, de mi pinta, de tantas cosas, se merece los diez euros. Hay que tener arrestos para dedicarse a timar a la gente de esa manera. Piensen en hacerlo ustedes con el regente de un comercio de papelería en Pekín (lo siento, lo de Beijing no me sale natural).

Y en mandarín.

Lo dicho, que han merecido la pena los diez euros perdidos. Y que la próxima no voy a caer, sea quien sea quien me pida dinero. Aunque sea chino.

domingo, enero 09, 2011

Domingo

Llueve y después de haber leído Mazurca para dos muertos de Cela

(Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada.

-¿Muchas horas?.
-No, muchos años.)

o Cien años de soledad de García Márquez

(Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado.)

tal vez no haya mucho que decir, o tal vez decirlo sea una especie de obligación. No lo sé. Llueve y el agua repica en un empedrado nuevo con el que el ayuntamiento se esfuerza en cubrir el asfalto que en otro tiempo fue signo de modernidad y que ahora es solo símbolo de destrozo y rapiña y los fumadores ven el humo en las puertas de los bares dispersarse con prisas y los coches pasan levantando un pequeño reguero de gotas y sigue lloviendo. Llueve en domingo, con la resaca de las fiestas ya curada pero allá en el fondo (en nuestro fondo), llueve y leo y miro a la gente pasar tras un gran cristal y quizá no haya otro lugar mejor para estar en este momento. Llueve y suena una canción algo melancólica.

Y el agua es solo agua. Ni que fuera ácido.

martes, enero 04, 2011

Natación

Hace tanto tiempo que no escribo que no me he dado cuenta de lo que lo echaba de menos. Algo parecido a comenzar a comer y descubrir, después de no haber reparado en ella en todo el día, que tenemos un hambre gigantesca. Lo he advertido escribiendo un correo en el que las palabras han ido ocupando el lugar que les correspondía, como en una melodía, con el tono justo. He pensado que a veces no es tanto contar historias sino la música, la cadencia de las palabras surgiendo una detrás de otra, quedando atrás como un resto de hormigas tras el cursor que parpadea y avanza decidido hacia la derecha. Las palabras expresando algo con la precisión que se les puede pedir, tan poca.
No he escrito porque he estado ocupado con otras cosas (probablemente más importantes, no lo niego) y ha pasado el tiempo casi inadvertidamente. Parece que eso sucede cuando crecemos y nos hacemos mayores. El adulto, observador de referencia, puede insistir en que el tiempo trascurre de forma similar para ambos, el niño y él, pero nosotros (el niño) sabemos que no es así, o mejor dicho, no lo sabemos, lo intuimos, que es la forma de sabiduría que tienen los niños (Ortega decía que aprender es recordar y algo de razón llevaba). Nosotros, los niños, sabemos que nuestro tiempo es infinitamente más largo que el del adulto, pero solo lo sabemos desde el ahora, desde el adulto que somos, por lo que solo podemos recrear esa extensión infinita de tiempo, esa sensación que teníamos al salir de vacaciones en junio: la eternidad era un verano de tres meses sin colegio.
A lo que iba, que se me va el santo al cielo (claro, tanto tiempo sin escribir, es normal que todas las voces de tu cabeza traten de obtener sus diez minutos de fama warholianos), que el tiempo ha transcurrido sin aristas, sin daños, sin grandes problemas y ha volado (en buena ley, el tiempo no vuelva, somos más bien nosotros los que estamos imbricados con él) y he dejado abandonado el blog. Y me mira mal. Lo sé. Después de 5 años y medio me mira mal, se siente abandonado, supongo, aunque yo no le prometiera nada en firme. A veces pasa.

El caso es que ahora tengo una silla desde la que veo pasar a la gente tras el cristal de mi escaparate, una silla tras un mostrador hecho con tablones de madera, un mostrador de planta trapezoidal que sigue los ángulos extraños de la pared. Y tras esa silla, una librería. Un montón de libros mirándome. Esperándome.

Así que intentaré escribir de vez en cuando por aquí. La verdad es que no estoy seguro de conseguirlo, a pesar de saber lo bien que me sienta cuando lo hago. Me ocurre como con la natación.

miércoles, diciembre 29, 2010

Siroco

«Cuando sopla el siroco, la piel humana transpira y los pómulos relucen en las caras bañadas de sudor opaco, por las que un vello oscuro disemina una sombra sucia y mórbida en torno a los ojos, los labios y las orejas. Incluso las voces suenan pastosas e indolentes, y las palabras adquieren un sentido distinto al habitual, un significado misterioso, como si pertenecieran a una lengua prohibida. La gente camina en silencio, como oprimida por una secreta angustia, y los niños pasan largas horas sentados en el suelo, sin hablar, mordisqueando cortezas de pan o piezas de fruta cubiertas de moscas, o contemplando las paredes resquebrajadas donde aparecen esas inmóviles lagartijas que el moho cincela en el revoque viejo. En los antepechos de las ventanas arden claveles humeantes colocados en jarrones de arcilla, y una voz de mujer surte ora aquí ora allá, cantando; su canto vuela lento de ventana en ventana, y se posa en los antepechos como un pájaro exhausto.»

La piel. Curzio Malaparte.

Ahí es nada.

lunes, diciembre 27, 2010

Bárbaros

«Poco a poco me fui enterando de que, muy acertadamente, la Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes le había confiado la misión de hacer un informe que le sirviera en el futuro como guía. Y lo había escrito. Yo lo he visto, lo he leído. Era elocuente, vibrante de elocuencia, pero demasiado idealista, a mi juicio. Diecisiete páginas de escritura apretada había llenado en sus momentos libres. Eso debió haber sido antes de que sus, digamos nervios, se vieran afectados, y lo llevaran a presidir ciertas danzas a media noche que terminaban con ritos inexpresables, los cuales, según pude deducir por lo que oí en varias ocasiones, eran ofrecidos en su honor. ¿Me entendéis? Como tributo al señor Kurtz. Pero aquel informe era una magnífica pieza literaria. El párrafo inicial sin embargo, a la luz de una información posterior, podría calificarse de ominoso. Empezaba desarrollando la teoría de que nosotros, los blancos, desde el punto de evolución a que hemos llegado "debemos por fuerza parecerles a ellos (los salvajes) seres sobrenaturales: nos acercamos a ellos revestidos con los poderes de una deidad", y otras cosas por el estilo... "Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder para el bien prácticamente ilimitado", etcétera. Ese era el tono; me llegó a cautivar. Su argumentación era magnífica, aunque difícil de recordar. Me dio la noción de una inmensidad exótica gobernada por una benevolencia augusta. Me hizo estremecer de entusiasmo. Las palabras se desencadenaban allí con el poder de la elocuencia... Eran palabras nobles y ardientes. No había ninguna alusión práctica que interrumpiera la mágica corriente de las frases, salvo que una especie de nota, al pie de la última página, escrita evidentemente mucho más tarde con mano temblorosa, pudiera ser considerada como la exposición de un método. Era muy simple, y, al final de aquella apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: "¡Exterminad a estos bárbaros!»

El corazón de las tinieblas. Joseph Conrad.

jueves, diciembre 23, 2010

Inauguración

Y cuando quiso advertirlo, había una nueva librería en la ciudad. Y era suya.

Qué cosas.

lunes, diciembre 06, 2010

La independiente

Estimado Xavié,
Me vas a permitir, por una vez al menos, hacerme con tu blog y hablar de algo que me importa a mí. Sé que, en el fondo, también te importa a ti pero te conozco y te gusta hacerte el desengañado y el cínico fino y no quiero que lo fastidies. Disculpa la sinceridad pero nos conocemos desde hace tiempo.

Hola. Soy Javier.

El que está detrás, a este lado de la pantalla.

Abro una librería en el centro de Madrid. En la calle Espíritu Santo 27 y se llamará La independiente. Estará especializada en editoriales independientes, de esas que se dedican a esto de los libros por amor al oficio, aunque ahora estas dos palabras juntas suenen tan raras.

El caso es que tendré libros bonitos, y unas mesitas para poder elegirlos con tranquilidad tomando un café.

Os mantendré informados del día de la inauguración. Ya queda poco.

Gracias, te devuelvo tu blog.

Ya era hora. A quién se le ocurrirá hoy en día hacerse librero. Habrá que ser imbécil.

miércoles, noviembre 24, 2010

Moratones (work in progress)

La fábrica de rostros no es un negocio normal. Cumple con todas las normativas europeas relacionadas con su campo, que no son pocas. Instrumental esterilizado. Ambientes estancos. Limpieza obsesiva. Acero cromado, cristal traslúcido, vitrinas transparentes.
La cadena de montaje es muy diferente de la inventada por Ford. La ingeniería genética y la cirugía no son comparables con la fabricación de coches aunque ese sea el objetivo último de los ingenieros industriales que se han encargado de su diseño. Convertir un laboratorio médico en una factoría robotizada, parametrizada, eficiente y con una intervención humana mínima.
Los huesos se deterioran más lentamente que la piel y los músculos. Esa es la base de todo el negocio, la duración de los huesos, células petrificadas por la precipitación del calcio. Esa es la base. Regenerar y sustituir los músculos y la piel es ciencia al alcance de cualquiera hoy en día, el cultivo de piel sintética se ha extendido por todo el mundo occidental.
Al principio se utilizaba para reconstruir el rostro de los quemados. Más tarde se le encontró verdadera utilidad, más allá de las ruedas de prensa triunfales de los médicos encargados de los injertos, con aquellas fotografías de antes y después que parecían más propias de una feria que de un hospital. Más tarde se comenzó a utilizar para la cirugía plástica, alrededor de la que se han producido la mayoría de los avances médicos de las últimas décadas.

Nota: Averiguar si un cuerpo podría sobrevivir sin piel en la cara durante el tiempo de una operación. Si el láser podría esculpir los huesos para que a partir de un modelo 3D en el ordenador se pudiera reproducir en el rostro del paciente cualquier rostro deseado.

Desde un punto de vista lógico, la fábrica de rostros se asemeja a un árbol tumbado. Un tronco con ramas que se van dividiendo hasta llegar a las hojas. Cada hoja un quirófano. Cada división un punto del proceso de individualización de los rostros. Los clientes de los seguros médicos se operan en quirófanos mucho más cercanos al tronco. Las caras a las que pueden acceder son menos variadas. Bellos, como todos, pero estándares.
Un hombre observa su nueva cara, modelo MX-5w07s9, incluida en el catálogo de la Seguridad Social, al espejo. Aparenta unos treinta años. Tiene cincuenta.
Una mujer mira sus ojos verdes, en su cara convencionalmente hermosa. Sin imperfecciones. Los clientes de los seguros médicos siempre prefieren caras así, sin imperfecciones. Si se piensa en ello, resulta algo vulgar.
Los ricos que eligen a la carta son conscientes del valor de los pequeños errores de la cara, de la humanidad que aportan a un rostro bello. Un lunar, unos dientes ligeramente separados, unos ojos algo demasiado grandes siempre consiguen armonizar definitivamente un rostro. Como el ruido de fondo de las grabaciones que escuchan los aficionados a lo analógico. Una interferencia orgánica, por decirlo así.
Los cuerpos no funcionan de la misma manera que las caras. Es posible tratar un cuerpo con la misma técnica, pero normalmente es demasiado doloroso y solo algunos, sobre todo mujeres, adictos al dolor sordo tras las operaciones de cirugía están dispuestos a aguantarlo.

Interesante: Mujeres adictas a la cirugía estética, al dolor de la cirugía estética.

Imagen 1: Mujeres amoratadas, charlando animadamente. Hablando de calmantes.

jueves, octubre 28, 2010

Puntería

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, mi madre me lo dijo y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.»

Y con una sola bala, el señor Rulfo pasó a la historia de los tiradores. O de la Literatura, que viene a ser lo mismo.

viernes, octubre 22, 2010

Escandinava

La búsqueda de la palabra escandinava en el historial de mi correo electrónico no ha ofrecido ningún resultado. No sé qué significa pero esa búsqueda infructuosa se me ha aparecido como una señal. Escandinava no está en la inmensa ristra de palabras almacenadas en algún lugar de la red, una ristra que me guarda los recuerdos, indelebles mientras la humanidad habite la tierra y haya empleados de mantenimiento que puedan ocuparse de mantener las centrales nucleares dentro de unos límites de peligrosidad admisibles.
La humanidad se irá algún día y esas palabras se desvanecerán (aunque siempre quedarán trazas impregnando los restos de alguna máquina cubierta de polvo que esperará paciente la llegada de otra civilización), pero ahora vibran y palpitan en las entrañas de un ordenador desconocido y remoto, alimentadas de electricidad, contentas de ser, de estar todavía en el mundo, tanto tiempo después de haber sido escritas, de haber significado algo.
Los bits eléctricos que guardan toda esa información desaparecerán del mundo alguna mañana pero ahora nos rodean y atraviesan, como tratando de ofrecernos alguna clase de consuelo.
Pero escandinava sigue sin estar.
Y no sé por qué.
Es tan bella esa palabra.

miércoles, octubre 13, 2010

Decoro

Se miró en el espejo y vio que el pelo comenzaba a ralearle, que su barriga colgaba más flácida de lo que recordaba, que los surcos de su cara se habían hecho más profundos. El envejecimiento es algo curioso, tan progresivo que parece no estar sucediendo. Y sin embargo, un buen día te observas con más atención en el espejo y cuando adviertes todas esas señales juntas, parece que el tiempo se comprimiera sobre sí mismo y que cinco años pasaran de golpe.
Y, sin embargo, madurar con conciencia de estar haciéndolo, saber que el deterioro y la vejez son insoslayables y que por eso conviene cultivar la mente, más capaz de aguantar a pie firme hasta el final, había formado parte de su forma de ser durante mucho tiempo. Él no era como esos que se rodeaban de gente menor porque siempre es mucho más fácil impresionar a los que aún no tienen una historia que contar. Basta con decir esta ha sido mi vida, estos han sido mis fracasos, este fue mi gran amor. No. Él siempre había sido consciente de que una vez alcanzado cierto límite, es ridículo pretender escribir una novela generacional. Que nada hay más inútil que la queja, pues solo los que te aman se preocupan de lo que te ocurre. Que la vocación también se oxida, pues el ser humano tiene una capacidad infinita para aburrirse de lo que hace día tras día. Que la posteridad ha dejado de existir. Que todos seremos carne de olvido.

Que vivir con dignidad, y no como un animalillo llorón, es enfrentar el futuro de frente y con los ojos abiertos.

viernes, octubre 08, 2010

Pasado

Hoy he comprendido que es posible sentir nostalgia de una ficción, echar de menos quienes fuimos no hace tanto. Como decía Imre Kertész en Liquidación, nunca debí haber sacado esos papeles. Nunca.

lunes, octubre 04, 2010

Inciso II

Me he visto contemplando la parte de mi vida por la que ya he transitado (un largo tubo, un túnel con cierta fosforencencia interior, iluminado aquí y allá por sucesos recordados, o bien recreados, que muchas veces no responden a ninguna lógica) y me he observado delante de un ordenador, estudiando con entusiasmo el funcionamiento de la máquina, desentrañando manuales, aprendiendo el funcionamiento del mundo y también me he visto en una biblioteca durante muchos días, consultando el facsímil de una carta del siglo XVII, estudiando los textos de más de un poeta casi olvidado y, por un momento (solo un momento, eso es cierto) he advertido cierta lógica, cierta coherencia. Me he visto también (ahora en plano picado) despertando acompañado la mayoría de los días, en varias ciudades diferentes, y he visto el peso y el paso del tiempo hiriendo poco a poco la cubierta de mi cuerpo. He sentido (es lo bueno de los recuerdos, no tienen por qué ser solo una película mal dirigida y con un guión inverosímil) la tranquila placidez de la vida en pareja en domingo (ahora casi olvidada, apenas una esquirla de algo que era consistente y fuerte y sólido como los cimientos de un palacete medieval) y también el sabor amargo de la resaca en la boca y la excitación de un cuerpo nuevo en el lecho. He movido el tubo hacia delante y hacia atrás (son mis recuerdos y puedo hacer con ellos lo que me dé la gana) y me ha gustado verme con la iluminación adecuada, a veces con una fotografía con grano, muy poética y a veces con los colores saturados, como una estampa pop, como un fotograma hiperrealista. Al hacerlo la banda sonora también iba cambiando y, como en las películas cuando los protagonistas oyen la radio en un coche, la música chirriaba durante un momento hasta que comenzaba a sonar nítida y precisa como todo lo digital. He reflexionado sobre qué papel ocupaba lo leído en mis recuerdos (el tubo adelante y atrás, adelante y atrás) y creo las palabras son la trama, el tejido (fabric en inglés, no sé por qué me gusta más esa palabra), el eje que permite el movimiento de ese tubo.
Muevo el tubo iluminado, como un caleidoscopio de juguete, pero no veo nada más allá del momento presente. Según la Wikipedia, ese sería mi horizonte de sucesos, una hipersuperficie frontera del espacio-tiempo, tal que los eventos a un lado de ella no pueden afectar a un observador situado al otro lado. Es una teoría científica, ya saben, una hipótesis contrastada en la realidad. En realidad, a todo el mundo le sucede lo mismo, todo el mundo se estrella contra ese horizonte. La diferencia es que la mayoría de la gente puede imaginarse lo que hay al traspasar esa línea y yo he aprendido a preferir la intriga.

viernes, octubre 01, 2010

Assilah VI

Hoy está siendo la fiesta de «laylat al-qader», el día 26 de Ramadán, que conmemora la primera revelación al profeta por parte del Arcángel Gabriel (la revelación está en la base de todas las religiones monoteístas, la verdad revelada por Dios que impidió durante mucho tiempo el pensamiento científico y la razón, las palabras que hicieron que la escolástica dominara el paisaje intelectual durante casi diez siglos), día santo según Anissa, la mujer de la recepción del riad. Hoy, en previsión de la gran fiesta que celebrará el fin del ayuno, o más bien como adelanto, las mujeres cocinan manjares (tallín y cuscús, lo que los turistas tomamos por comida diaria marroquí) y los niños se visten con un traje blanco, las niñas se decoran las manos con henna (lo que los turistas creemos que hacen siempre) y casi todo el mundo lleva el traje tradicional (largas chilabas de blanco inmaculado y el pequeño fez blanco para los hombres y chilaba y pañuelo para las mujeres, más coloridas), las familias se visitan y se muestran los niños unas a otras para admiración mutua.
Hoy ha sonado la sirena y el júbilo que siempre se apodera de la medina se ha visto aumentado. He visto una mesa llena de hombres en la calle que, después de comer con glotonería los alimentos que habían amontonado en ella, han empezado a cantar. Debían ser cánticos religiosos porque me ha parecido distinguir el «Allah Muagbar». La escena, con los hombres dando palmadas a distintos ritmos, me ha recordado las reuniones navideñas, con toda la familia cantando los mismos villancicos año tras año, cantos que no dejan de ser religiosos pero que son algo más. Me he sentido feliz de estar allí bebiendo zumo de naranja, sentado a suficiente distancia para que no pudieran sentirse observados.
Más tarde he paseado por la medina y he visto enjambres de niños guapos, todos vestidos de forma tradicional, mujeres caminando al lado de otras mujeres, cuidando de los críos, que corrían arriba y abajo por las calles, llenándolo todo de gritos. He comprado comida marroquí en su mercadillo (pagando por primera vez el precio que pagan ellos por la comida) y he vuelto al hotel a ducharme y cenar en la terraza. Dos viejos vestidos de blanco tomaban té y charlaban tranquilamente en la puerta de su negocio. Los niños alborotaban y, poco a poco, las mujeres se han mostrado, yendo de de una casa a otra. Es el día de las visitas, según me han dicho, hay que ponerse guapos para ir a ver a la familia. Imagino las mismas protestas adolescentes para ir a ver a los abuelos que en Madrid en Navidad. Asisto a la bronca de una madre a su hijo y deduzco que debe de tratarse de un chaval que se quiere ir demasiado pronto a la calle en un día tan importante.

lunes, septiembre 27, 2010

Assilah V

Hoy en la playa, en el chiringuito de Tarik, he conocido a Antonio, un tipo gallego que acaba de cerrar el bar de copas que tenía a medias con su hijo y que está por aquí reflexionando sobre su futuro. Está más cerca de la cincuentena que de la cuarentena pero aún está en buena forma. De vez en cuando miraba a su chica (antes camarera de su bar) y sonreía hacia dentro, para sí, como diciéndose: Antonio, macho, no puedes quejarte. Y la verdad es que no. No puedes quejarte Antonio, la chica es un bombón aunque la he visto hablar con el rastafari y el deseo se le veía en los ojos. Por un momento he pensado que tal vez estuvieran teniendo una aventura en secreto. Más tarde he pensado que, en el momento que nos ponemos a observar a la gente, parecemos todos porteras.
En cualquier caso, hemos tenido una conversación civilizada y me ha invitado a subirme con ellos a la playa en su 4x4. Me ha parecido todo un personaje (y aquí me abstendré de hacer jueguitos metaliterarios supuestamente ingeniosos). El hombre está cansado de la vida que ha llevado. No me extraña. Le he dicho que ya no tenemos edad para tener un bar de copas. Ha sonreído y ha asentido. Estaba pensando en comprarse una casa por aquí y alquilarla.
Me encantan estos tipos que se cuelan por las rendijas de lo establecido, gente que tuvo hijos con 18 o 20 años (su hijo tenía 26 años) que siguieron de juerga y que sobrevivieron (no así su matrimonio) y que conservan un aspecto joven porque han tratado siempre con jóvenes, como profesores universitarios perversos y mefistofélicos y que con casi 50 tienen una novia más joven que sus hijos. Son como pequeños Tom Jones, ajados pero peligrosos. Los libertinos actuales. Y afortunadamente, por ahora sin botox en la cara.
Cuando vuelvo al pueblo pienso que Assilah es la medina perfecta, la esencia de la medina andalusí, donde todo resulta familiar y a la vez diferente: los olores, los sabores, las paredes blancas dentro de una muralla, el empedrado de las calles, los arcos. La medina perfecta.

sábado, septiembre 25, 2010

Assilah IV

Me he levantado tarde. He ido a devolver la bicicleta y a comprar protector solar, una gorra y una bolsa de playa. Por el camino me he olvidado un libro y este cuaderno en la tienda del francés que me alquiló la bici (no eran 3 km. hasta la playa, desde aquí te lo digo, so mierdecilla, ya me hubiera gustado verte a ti sudando encima de la bici por aquella pista, que lo sepas). Me ha devuelto parte del dinero que le pagué por la bici sin rechistar y ni siquiera se ha inmutado cuando le he contado mi odisea. No me entiendo con él porque no tenemos ningún idioma común. Es bastante simpático, las cosas como son.
Percibo, desde una mesa en mi terraza preferida, un ambiente tenso en la ciudad. Creo que el ayuno los pone de mal humor, algo bastante comprensible. Es algo que se nota en el ambiente, como una pulsión de fondo. Mohammed (el chico joven que se queda en el riad por las noches) me confesaba ayer que el ayuno era duro (no sé si me lo contaba para que el extranjero admirara su determinación o como simple anécdota. A mí, la verdad, me parecen ridículos el ayuno y la fe: «No habrá nada más, fue bastante ya», Nacho Vegas dixit).
Uno de los lugareños habituales que se busca la vida con los turistas se sienta a mi lado y pretende darme conversación. Le digo que estoy escribiendo. Le da igual. Solo deja de sonreir y de hablarme cuando advierte que no le hago ningún caso y que sigo tomando notas en este cuaderno [Inserción desde el futuro: se me hace raro transcribir esa frase, ¿«este cuaderno»?, esto no es un cuaderno, es una pantalla, una metáfora del papel en blanco, esto es lo más alejado de un cuaderno que es posible imaginar. Escribir en un cuaderno es una tarea en la que hay que demorarse. Esto es otra cosa, algo inmediato].
Tengo un momento de irritación (está en el aire, lo noto). No quiero hablar con alguien que apenas sabe leer en su propio idioma. ¿Qué puedo tener en común con él? Nada. Nada en absoluto. Déjame en paz, hostia. El almuédano llama a la oración y por un momento el canto en árabe detiene el tiempo y la atmósfera pesada de fondo, la ira latente parece quedar expectante, como si todos estuviéramos esperando algo que la haga explotar, una pelea, una discusión, algo. Por un momento pienso que estoy harto de todos ellos. De todos.
Tengo dos ideas para un cuento:
Idea 1: Pides una subvención. El tipo es simpático y se hace amigo tuyo. Es un tipo conservador. Sin barba. Cordial. Gafas ovaladas. Frente despejada. Pelo rizado peinado hacia atrás pero sin gomina. Un día de copas te toca una pierna. Dices: «No, gracias» sin aspavientos. No tiene importancia. Él se extraña de tu actitud. Tú dices que te siente halagado pero que no te gustan los hombres. Que no tiene importancia. En realidad, él no ha dicho a nadie que es gay. Lo que me parece más interesante del cuento es que lo tienes en tu poder y que, además, la subvención que estás esperando depende de él en exclusiva. Es una situación interesante.
Idea 2: La librería mecánica. Una librería que en realidad es un laberinto que se reconfigura, en la que los muebles y estanterías giran y dibujan nuevos pasadizos, con líneas en el suelo, caminos literarios. Como un homenaje al cuento de Borges pero con la gracia añadida de que la gente podría morir por los movimientos de las estanterías, morir por la literatura, estar en medio del camino literio: «Realismo» y quedar aplastado cuando una estantería gira para mostrar el camino literario: «Realismo sucio» o «Surrealismo».
Ya estoy otra vez con la puta metaliteratura.

viernes, septiembre 24, 2010

Assilah III

La playa de Las Cuevas, a la que llego al día siguiente tras una odisea en bicicleta, es larga [inserción desde el futuro: y también intermitente, tal y como podría comprobar en los días posteriores, ahora está, ahora no, sometida a las idas y venidas del mar debido a las mareas atlánticas], una media luna perfecta de arena a los pies de un paisaje árido que me recuerda al Cabo de Gata.
Pasean por ella unos caballitos pequeños y sucios. Las turistas que los montan son demasiado grandes para ellos y la estampa me divierte. Pienso que estoy haciendo el viaje ideal para haber tenido quince años menos, la playa, Marruecos, el humo, la pereza. Recuerdo Caños de Meca un par de décadas atrás. El mar suena, incansable. El viento podría volverte loco. Probablemente ya lo está haciendo. La comida es buena, el pescado, fresco. Yo no soy musulmán y no tengo por qué respetar el Ramadán.
Me está encantando Homer y Langley de E. L. Doctorow. Tiene un talento descomunal. Hay que tenerlo para ser capaz de recrear la historia de dos hermanos excéntricos y adinerados de NY desde el punto de vista del hermano ciego. Y mantener el tono toda la novela. A mí me parece casi imposible. La mayoría de los libros que he traído en esta ocasión son norteamericanos. Las olas son el terminar del latido del mundo. Pienso en capilares sanguíneos de diámetro ínfimo batidos por el ritmo del corazón.
Sigo aquí (este aquí, este deíctico de lugar, por ponerme técnico, siempre me ha fascinado: es un lugar que ya no lo es con la relectura, por eso las notas de viaje te permiten recordar mejor que las fotografías, la palabra tiene algo extraño, encarna la realidad, se ve poseída por ella en un grado mayor que las imágenes).
El viento azota (¿azota?, ¿recorre?, ¿agita?) la playa. Pienso. Leo. Descanso. Espero un par de horas hasta que consigo un coche que me lleve de vuelta a mí y a la bicicleta. Regreso.
Ahora (otro deíctico, este de tiempo) estoy sentado esperando la cena. He pedido comida marroquí. Reflexiono sobre esta frase. Nunca he pretendido escribir guías de viaje, creo que este cuaderno es otra cosa, un cuaderno vuelapluma con cierta pretensión, digamos literaria. Intento contar mis días. Hace unos días escribí un microensayo en el que reflexionaba sobre la densidad que tienen los hechos apresados en papel, sobre la facultad de las palabras de dar cuenta de una vida más verdadera que la vida, tan llena de huecos, de espacios muertos de tiempo, colas, esperas, aburrimiento y hastío.
Más tarde vuelvo al bar con música. La torre portuguesa es como la de Belem pero de piedra y pintada de blanca. En Marruecos nadie comparte conversación con mujeres. Las mujeres sentadas a las mesas de los hombres solteros siempre son turistas. Llego a la conclusión de que no podría vivir aquí. Qué extraño que toda tu vida social sea con hombres. No. No podría vivir aquí. He visto a una mujer sola, turista, leyendo tranquila y sonriendo a todo aquel que pretendía trabar conversación pero dando a entender que deseaba seguir sola. He pensado que no era fácil. Si me la encuentro mañana se lo diré. Me gusta el sonido de fondo de la medina, la ciudad late de noche.

lunes, septiembre 20, 2010

Inciso I

Todos esos gritos, que resuenan en el vacío inmenso de una sala sin un solo oyente, sobre la falta de calidad de la democracia, ese invento occidental, la poca importancia de la formación, la insignificancia del estudio ante la fama, sobre el camino que hemos emprendido en España de emulación de Italia, ese futuro manifiesto de la democracia postmoderna, caen, mucho me temo, en saco roto. Estamos cansados de agoreros, aunque sean sabios y acierten en todo pues también Casandra lo hacía mediante sus visiones del futuro y la ciudad la condenó al ostracismo y miraban a través de ella como si ya hubiera muerto. Estamos hastiados de la protesta y de la queja, y sí, lo decimos sin vergüenza, queremos ver el documental sobre la vida de la princesa del pueblo, queremos llorar con las historias de amor de los viejos, tan originales, queremos ver a los niños haciendo cucamonas al ritmo de la música, esforzándose por ser los mejores monos del circo, queremos ir a ver cómo se baña Michelle Obama, queremos ser ricos para poder desperdiciar el dinero en pizza y velinas —cómo no, cómo imaginar una vida más feliz que la del hombre viejo rodeado de bellezas que podían ser sus hijas, manufacturadas todas por el mismo médico sin arrugas que también está en la fiesta y que también, si no tiene cuidado, aparecerá en una fotografía desnudo y con una erección—, queremos vivir sin tener que pensar en el mañana, ni en la muerte ni en lo que dejamos a nuestro paso, queremos entrar a una reunión y que un montón de tipos importantes y con trajes caros se levanten al unísono para recibirnos, queremos sentarnos al lado de la gente que importa, de los que manejan el mundo, aunque para ello debamos hacernos amantes de ancianas multimillonarias que pagan campañas de Sarkozy, queremos que nos regalen los trajes y dar el soplo a un amigo de la infancia de que tal parcela se va a recalificar y que es el mejor momento posible para comprar terrenos allí, queremos que Calatrava haga un puente en nuestro pueblo.
Qué quieren que les diga, si su país no les gusta, emigren. Y digan más tarde que se han exiliado, que no han podido con tanta estupidez.
Pero no se engañen, a nadie le importará.

miércoles, septiembre 15, 2010

Assilah II

Los amigos (porque aquí el término amigo es bastante flexible y cualquiera que se haya dirigido a ti con una evidente intención comercial te llama amigo) con los que paso la noche son variopintos. Tarik (llamado como el árabe que entró a la Península Ibérica en el siglo VIII) es rastafari y sus rastas anudadas a la cabeza le llegan a mitad de la espalda. Tiene la barba rala y a pesar de dejársela crecer no tiene mucho vello en la cara (los marroquíes son barbilampiños [¡qué gran palabra, barbilampiño!]), es prácticamente negro y sus andares son elásticos, como si sus zapatillas llevaran muelles en su interior (siempre de buenas marcas occidentales, no esas zapatillas chinas de plástico que venden en los puestos de la medina, especialmente feas y con un aspecto muy barato, como si los chinos fabricaran con distintos niveles de calidad las falsificaciones que distribuyen por el mundo y destinaran las más desastradas a los países africanos).
Otro de los colegas se llama Said, un marroquí viajero de vacaciones en Assilah tras cuatro años sin venir de los Estados Unidos. Trabaja allí y su inglés es muy bueno. Está muy moreno, tras meses de ir a diario a la playa, pero se le ve claro de piel. Tiene la cara curtida de quien trabaja mucho y en malas condiciones. Me recuerda a un amigo muy cercano, que también tiene esa clase de arrugas en torno a los ojos pese a no tener edad para tenerlas. No tiene una cara demasiado confiable, es nervioso y se mueve demasiado, como si una urgencia oculta lo impulsara a fijar la atención aquí y allá sin detener su mirada más de dos segundos en nada. Fumamos mucho. Hablamos poco. Tras un par de horas contándonos nuestras vidas (con esa falsa intimidad que se produce con la gente que conoces en vacaciones, gente que, tras volver de allí, es probable que no vuelvas a encontrarte nunca), me levanto y me voy al riad. Reflexiono (trascendente, claro, como no podía ser de otra forma después de una noche fumando) sobre el papel que los turistas desempeñan en estos sitios, los portadores de dinero, el combustible que pone a funcionar la maquinaria. Llego a la conclusión de que en sitios así lo más importante no es que no te estafen sino no sentirse estafado. Es decir, aceptar que se trata de un juego en el que es poco probable que pagues el mismo precio que pagan ellos por los servicios. Y aceptarlo con ganas. Una vez que consigues hacerlo todo fluye de forma natural. En ese juego todos se llevan lo suyo. Es justo. Y además son simpáticos y te dan conversación.
Suenan mis pasos amortiguados cuando vuelvo al riad, paso debajo de un arco blanco adosado a una torre de planta portuguesa que destaca sobre las demás torres (las antiguas torres de defensa de la medina) por su altura, una torre blanca que deja ver aquí y allí la piedra que la conforma. Dejo a mi izquierda la entrada a la torre, una gran puerta de madera con vistas a una pequeña plaza en la que juegan los niños, enfilo una calle estrecha, casi cubierta por el género de cuatro tiendas pequeñas, con artículos para turistas (con esas horribles zapatillas chinas de plástico que parecen colgar por doquier) y llego al riad. Le digo a la persona encargarda (Annissa, una marroquí simpática y de gran dentadura) que necesito luz en la terraza para leer, que me voy a subir allí a leer un rato y tomar unas notas. Escribo.

martes, septiembre 14, 2010

Assilah I

Como en todos los viajes, el aeropuerto de Barajas me acompaña el tiempo suficiente como para hacerme sentir ese estado de ánimo ligero y juguetón que siempre ayuda a dejar la ciudad sin pena, con un interés curioso. Ayer, después de un par de copas, yo defendía la existencia de una república pannacional de aeropuertos, deslocalizada y arborescente, como una red de embajadas sin país, ya que un aeropuerto se parece, más que nada, a otro aeropuerto. Hoy constato esa impresión, esa idea que tuve gracias al alcohol se corrobora: la misma cocacola cero, en las mismas mesas de formica, sacada el mismo autoservicio, las mismas tiendas Godiva para aquellos que no han tenido tiempo de buscar un detalle para la mujer y deben cumplir con el rito de llevar un recuerdo, las mismas pantallas con las salidas y las llegadas, los suelos pulidos y tan lisos que apetece llevar una maleta con ruedas, las mismas parejas que se separan con lágrimas en los ojos. Algunos amigos, en aquella conversación, me decían que los aeropuertos eran muy distintos entre sí. Yo no lo niego, es necesaria esa variedad (cultural y paisajística) en cualquier república pero vuelvo a insistir en mi idea: a lo que más se parece un aeropuerto es a otro aeropuerto.
Salgo con una hora de retraso pero no me importa. Leo una novela de Pynchon, Contraluz, y, a pesar de llevar 100 páginas, todavía no sé como encajarla, aunque eso sí, es innegable que el hombre tiene un talento deslumbrante para las imágenes.
[Digresión: Pynchon es el único escritor que aparece habitualmente como un personaje de los Simpson, un hombre con una bolsa de papel en la cabeza con una gran interrogación ya que no se tienen imágenes de él (y creo que hoy en día esa es la mejor prueba de la conversión del escritor en un mito pop). Todos los años hay estudiantes que deciden darle caza, obtener una imagen del escritor. Esta actividad, la búsqueda de Pynchon, se ha convertido en una especie de pasatiempo para universitarios, como el Bloomsday para los aficionados al Ulises de Joyce. Parece ser que seguir el rastro de escritores, muertos o vivos, otorga al pasatiempo un aura cultural innegable. Fin de digresión.]
[Inserción desde el futuro: Me encanta el estado de la libreta en la que estas notas de viaje están escritas. En alguno de los viajes a la playa se ha mojado y, tras secarse, el pequeño cuaderno rojo ha quedado manchado y quebradizo en algunos sitios. Parece el cuaderno de notas de un reportero de guerra. Yo siempre quise ser reportero de guerra. Son el tipo de hombres que no tienen problemas para llevarse a una chica a la cama. Se les ve. Ahí en la pantalla tan rudos y valientes.]
Llego al aeropuerto de Tánger y espero una larga cola para sellar el pasaporte. Está bastante vacío, supongo que los marroquíes que vienen en verano esde Francia y España han vuelto ya y que los que vienen en avión, lo hacen sobre todo en agosto. El aeropuerto de Tánger es blanco y de altas columnas decoradas con azulejos. Tal vez sea cierto que existen muchas diferencias entre ellos. Tal vez. Al salir tomo un taxi. No es demasiado caro. Assilah está a 20 km. del aeropuerto y cuesta unos 20 euros. Si viajara acompañado sería más barato pero viajar solo no es barato, ya lo sé de otras ocasiones. Assilah es una medina de casas blancas azotada por el viento en la orilla del mar. Me recuerda a Tarifa. Me pregunto si sus habitantes estarán locos también. Abdul, negro de tanta intemperie, con rastas y dientes también negros me acompaña al riad y me ofrece costo y kifi por el camino. Hay que hacerse al juego. Soy un turista. Soy dinero. No pasa nada. Hace tiempo que no pretendo ser un «viajero», tal y como afirman todos esos gilipollas de la Internacional Papanatas, que diría Quim Monzó.
Doy una vuelta a las 15.00 y, además del calor, es Ramadán y el ritmo de los días es lento, la ciudad recuerda a un lagarto al sol a esas horas. Cuando me he dado cuenta de que los que estábamos en la calle éramos todos turistas vuelvo al hotel a echar la siesta. El riad está decorado con gusto y tiene una televisión que solo sintoniza dos cadenas locales españolas. Escucho música y pienso en las letras de las canciones. Pienso en mi proyecto, en mi librería. Duermo.
Recuerdo haber estado disfrutando de la siesta, refrescado por el aire acondicionado y lo recuerdo ahora [Digresión: este ahora realmente es un entonces], cuando tomo estas notas en la terraza del riad, de madrugada, completamente fumado, después de una noche tomando té y otras cosas con unos amigos marroquíes.

martes, septiembre 07, 2010

Aquí y ahora

Aquí y ahora son traicioneras, son palabras que se encarnan en el momento de leerlas en un lugar y un espacio que siempre son los del lector.
Mi aquí es distinto del suyo, ténganlo por seguro. Estoy en Assilah, en Marruecos.
Mi ahora también es diferente. No acabo de entender exactamente en qué pero el tiempo no funciona de la misma manera por aquí. Caben más cosas dentro. Sobre todo pereza.

Ya diré algo por aquí, supongo.

sábado, agosto 28, 2010

Atardecer

(A David Milch, creador de Deadwood)
(A David, que aún no sabe cuánto necesita verla)

Esta tarde mientras estaba tumbado en el sofá imaginé a alguien que recibía un disparo en el pecho y pensé que el hombre sentiría el impacto de la bala mucho antes de oír el sonido, pues la bala va más rápido que el sonido y la transmisión nerviosa es prácticamente instantánea, y en cómo sería recibir esa presión en el pecho y no entender nada y justo un instante después oír el disparo y comprender en ese minúsculo intervalo de tiempo que estás muerto. Y más tarde pensé que no era suficiente esa imagen para construir un relato que desde su inicio quiere existir como un cuento del oeste. Porque en los cuentos del oeste siempre suceden muchas cosas, siempre hay un hombre a caballo que hace algo o dice algo o informa a los demás de algo que ha sucedido y que pone en movimiento a los hombres del pueblo que corren a por sus armas y gritan que van a desollar a esos salvajes, si se trata de indios, o que van a desollar a esos cabrones, si se trata de hombres blancos y claro, en este cuento lo que sucede es que el hombre asiste horrorizado a su propia muerte en el pequeño intervalo de tiempo que pasa entre el impacto y el sonido.
Lo importante no sería, por tanto, el relato de los hechos, la narración de lo sucedido sino el punto de vista, el hombre con el tiempo escurriéndose muy lentamente, observando el brillo del agua en el abrevadero, las risas del bar y el estruendo de la música, el polvo en suspensión, el escarabajo escabulléndose a sus pies. No sucedería nada, solo esa impresión de estupefacción que poco a poco se transforma en la certidumbre de estar a punto de dejar de ser, en la convicción de que no habrá milagro posible. Este hombre que ahora comprende lo sucedido, este ser que se observa el pequeño agujero que ha hecho la bala al entrar en el pecho y que, justo después, sabe que se trata de un disparo, está a punto de dejar de comprenderlo todo, se sabe muerto aunque aún no lo está.
Este momento no parece suficiente para ser un cuento del oeste pero el relato no se deja domar e insiste y yo ya no tengo ganas de oponerme a lo que el cuento quiere ser. Así que me dejo llevar por la ambientación y por el infecto olor que surge de la zona de la curtiduría del pueblo minero, por la suciedad de los trajes de todos los habitantes, por los colores de las ropas de las furcias, por esa mirada de desprecio que el recién llegado del Este, siempre un lugar más civilizado que estos poblados que extienden la nación norteamericana hacia el Oeste, muestra hacia todos los que habitan aquel lugar miserable y dejado de la mano de Dios, y sigo viendo al hombre que continúa apagándose lentamente, que ahora ya no es más que un moribundo que se sabe moribundo y advierto que la tierra se ha movido de forma imperceptible y que la sombra del edificio en el que está la casa de postas se ha desplazado un milímetro y veo tres caras que han abierto mucho los ojos después de oír el disparo y contemplo de nuevo al hombre, al moribundo, al muerto en vida, lo veo desplomándose muy lentamente con la mano agarrándose el pecho, con la mano como si fuera un garfio, alrededor de un agujero de bala por el que, siguiendo una trayectoria recta y limpia, un proyectil del calibre 38 ha entrado destrozándolo todo a su paso y reventando parte del pulmón, la aorta y medio corazón y llevándose con él la vida miserable del hombre está cayendo al suelo en este mismo instante.

jueves, agosto 26, 2010

Escena

Después de abrir la puerta contempló los huecos de los muebles y los miró mucho tiempo, los rectángulos de bordes oscuros que el humo del tabaco había ido creando en torno a los cuadros, evidentes ahora que habían desaparecido, las pelusas que se movían lentas, como medusas en busca de una presa, el hueco más claro de la tarima en la zona del sofá. El plano general del hombre, con mirada apesadumbrada mientras suena una banda sonora melancólica y profunda, cambia entonces a un primer plano de su cara. La mirada muestra tristeza y a la vez resolución al mirar a su casa medio vacía. El hombre no llora aunque parezca a punto de hacerlo, se controla, no quiere, a pesar de que no haya nadie para verlo, dejarse llevar por la tristeza, quizá piense que eso no sería viril. Tal vez un ligero suspiro, como si se le escapara y más tarde un estirarse, un poner la espalda recta, como diciéndose ahora, con resolución. Y todo moviéndose con la lentitud propia de los ambientes densos, más densos que el aire, como si hubieran aparecido branquias en su cuello y toda su vida se desarrollara ahora bajo el agua. Su vida lenta y pesarosa, pesada y densa, cargada a la espalda. Un hombre de mediana edad mirando los huecos de los cuadros que ya no están en su casa, mirando las pelusas lentas y etéreas, observando el rayo de luz que entra desde la calle, las motas de polvo, el dibujo geométrico del parqué, la pintura blanca algo sucia por el paso del tiempo, el color ocre de los radiadores, los tres cojines tirados en el suelo de cualquier manera.

lunes, agosto 23, 2010

Viejos

Me fijo en sus manos, que parecen sarmientos, como si las venas azules estuvieran dispuestas sobre la piel y no debajo de ella, con todas las manchas que el tiempo ha ido depositando sobre ellas. Las mueve con habilidad, un poco retorcidas tal vez, afectadas ligeramente por la artritis, pero aún ágiles, pelando pimientos asados, patatas, tomates, envasando verduras asadas en botes con tapa de rosca para conservas, recogiendo la ropa del tendedero. Su ritmo es lento pero de una manera especial, como si fuera el mundo el que se condensara alrededor de ella, esperando.
Veo también a un hombre que regresa de un paseo con un bastón en las manos. Tiene el pelo muy blanco y un bigotito y va vestido con un pantalón ligero de verano y una camisa clara. El sombrero de paja le protege del sol de agosto. Parece tranquilo y feliz de poder dar un paseo por los alrededores del pueblo, de visitar sus castaños o su huerto o sus marranos. Tal vez solo le guste pasear y subir a algún monte y mirar desde allí las vistas, el pueblo de casas blancas en la falda de la montaña y el verde de las encinas. Se le ve ufano.
Pienso entonces que la vejez en un pueblo es mucho más digna que en la ciudad, que en un pueblo el tiempo más que apremiarlos, más que empujarlos fuera del carril central se arremolina en torno a ellos sin apenas rozarlos. Los viejos en los pueblos parecen tranquilos esperando. Los envidio, la verdad.

martes, agosto 17, 2010

Desplazamientos

El hombre maduro reflexiona últimamente sobre ciencia, sobre novela, sobre corpúsculos de dimensión uno que se agitan incansables en torno a un núcleo, sobre hombres afectados de cáncer que deciden cambiar algo en su vida, aunque lo hagan tarde, sobre mujeres elegantes que caminan sobre tacones y se ven enfrentadas a dilemas morales, sobre el tiempo que pasa y que nos amortaja poco a poco con un sudario invisible, que marca nuestras arrugas y blanquea nuestro pelo, sobre la agitación del mundo (el mundo de las supercuerdas).
El mundo se está conviertiendo para él poco a poco en un lugar aún más incomprensible. Le consta. El estudio es inútil y solo le muestra lo insondable de su tarea, la infinita profundidad de la sima en la que flota, buceando a 35 metros, mientras observa la pared cubierta de corales desvanecerse allá abajo, más alla de los cien metros de visibilidad con los que se cuenta en el mar Caribe. Un esfuerzo inútil y, precisamente, por eso, el único que merece la pena hacer.
El hombre maduro recuerda el poema de Cavafis (Ítaca y el camino y la vida) que se ha convertido en un lugar común, en un poema citado por los artículos de psicología de los suplementos dominicales, sé agua, amigo mío, tal y como decía Bruce Lee. Y también recuerda un personaje de una novela de Eduardo Lago que escribía versos en un papel de fumar que utilizaba inmediatamente para liar un cigarrillo y que, tras fumárselo, decía: la gracia está en escribirlos. Y a Pessoa en una habitación lisboeta soñando que viaja, soñando que algún día se atreverá a dejar su rutina de café y licor y marchará como Gauguin a los mares del Sur. A tantos y tantos otros. Y hace esto. Dejar por escrito impresiones, palabras, juegos brillantes como pescado recién sacado del mar, como mares al atardecer, como las gruesas y bruñidas tarimas de roble de los pisos burgueses, como fotones, como gravitones (esa entelequia) fluyendo de un cuerpo a otro a través de las líneas de campo. Como medusas a punto de morir, a punto de perder el agua que necesitan para seguir existiendo, como fuegos artificiales. Cosas sin sustancia, juegos florales.
Y entonces advierte que otra vez, a pesar de aborrecerlo, ha escrito un texto metaliterario. Y entonces dice mierda, otra vez.

lunes, agosto 16, 2010

Ciencia

Antes pensaba que los matemáticos creaban las herramientas que los físicos utilizaban para reflexionar sobre la naturaleza. Hasta mediados del siglo XIX era así. Las matemáticas ofrecían la posibilidad al hombre de conseguir verdades absolutas, verdades que más tarde explicaban comportamientos de sistemas naturales. Newton explicó las órbitas de los planetas, la forma de la tierra, etc., a la vez que creó el cálculo infinitesimal (con permiso de Leibniz).
Sin embargo, la aparición de geometrías no euclidianas a mediados del siglo XIX vino a corroborar que las matemáticas son mucho más extensas que la naturaleza, que es posible concebir sistemas formales consistentes que no tienen expresión en el mundo real, sino solo en la abstracción del cerebro de los matemáticos. Más tarde, Gödel demostró que cualquier sistema formal que el hombre pudiera crear contiene proposiciones indemostrables en su seno, formuladas, por supuesto, de acuerdo a las reglas preestablecidas. De esa manera, la pretensión de los matemáticos de contar con el mejor instrumento para explicar el mundo se vino abajo, estalló en pedazos como una copa sometida a un sonido de frecuencia demasiado alta. Las matemáticas habían dejado de ser suficientes para explicar la naturaleza. Es decir, las matemáticas son infinitas y, a su vez, siempre serán insuficientes para explicar el mundo.

En cuanto a la física, John D. Barrow dice lo siguiente en su Libro de la Nada: «Quien está fuera del mundo de la ciencia podría verse tentado a pensar que la progresión de nuestro conocimiento sobre el funcionamiento de la Naturaleza consiste en reemplazar teorías falsas por teorías nuevas de las que pensamos que son correctas durante un tiempo pero que finalmente se mostrarán también falsas. De este modo, la única cosa segura sobre la teoría actualmente favorita es que se demostrará que es tan falsa como sus predecesoras.
Esta caricatura yerra el aspecto clave. Cuando en la ciencia tiene lugar un cambio importante, en el que una nueva teoría sube al escenario, la teoría entrante tiene la propiedad de acercarse cada vez más a la vieja teoría en cierta situación límite. De hecho, revela que la antigua teoría era una aproximación (normalmente muy buena) a la nueva, y sigue siendo válida en un abanico concreto de condiciones. Así, la teoría de la relatividad especial de Einstein se convierte en la teoría del movimiento de Newton cuando las velocidades son mucho menores que la de la luz, y la teoría de la relatividad de Einstein se convierte en la teoría de la gravedad de Newton cuando los campos gravitatorios son débiles y los cuerpos se mueven a velocidades menores que la de la luz. En años recientes hemos empezado incluso a imaginar qué aspecto podría tener la teoría sucesora de la de Einstein. Parece que la teoría de la relatividad general de Einstein es un caso límite a baja energía de una teoría más profunda y más amplia, que ha sido bautizada como teoría M.»
Es decir, las teorías que explican la naturaleza se acumulan unas sobre otras, como muñecas rusas, como capas de cebolla. A su vez, estas teorías están basadas en estructuras formales puras, esto es, matemáticas, de existencia independiente.

De estas dos premisas se concluye que cada pregunta que el hombre se responde plantea una nueva batería de preguntas sin respuesta, como un árbol que no dejara de crecer.

Desde los sistemas de cuenta de los hombres neolíticos (mejor saber cuántos corderos hay al principio y al final del día en el rebaño) hasta los espacios tensoriales, desde el animismo hasta la teoría de cuerdas van cinco milenios de pensamiento humano, de ingenio, de inteligencia. Para acabar concluyendo que la tarea siempre estará inacabada. Y no por ello los pensadores cejan en su empeño.

Eso es lo que nos hacen inequívocamente humanos. Porque los monos también sienten empatía por otros monos. Y los elefantes mueven tristes las moles de sus cuerpos cuando van camino del cementerio.